Libro III. contra Celso.
XVI, 1–4
1. Luego, como si quisiera culpar al Verbo de los males de la herejía asociados con el cristianismo, nos reprocha diciendo: "Habiendo crecido en número y estando ampliamente dispersos, se dividen y subdividen aún más; cada cual quiere tener su propio partido." Y de nuevo dice: "Siendo demasiado numerosos para mantenerse juntos, se refutan unos a otros; comparten, por así decirlo, si es que lo comparten, el único nombre, lo único que, a pesar de sus divisiones, se avergüenzan de abandonar; en cuanto a lo demás, todos van cada uno por su lado." En respuesta, diremos que jamás se hallan sectas diferentes en ningún ámbito del pensamiento a menos que el principio implicado sea de grave importancia y utilidad práctica. Tomemos la ciencia de la medicina. Es útil y necesaria al género humano, y son muchas las cuestiones que surgen en cuanto a la curación del cuerpo. Por eso, como se admite, hay varias sectas entre los griegos, y supongo que también entre los bárbaros, cuantos profesan practicar el arte de curar. Tomemos otra ilustración, la filosofía, en cuanto profesa la búsqueda de la verdad y el conocimiento de las realidades, sugiere el modo propio de vida y se esfuerza por enseñar cosas provechosas a nuestra raza. Pero los puntos en cuestión implican mucha diversidad de opinión, y por eso surgió un número increíble de sectas filosóficas de mayor o menor distinción. Es más, aun el judaísmo tuvo pretexto para el surgimiento de sectas, mediante la interpretación variada de los escritos de Moisés y de las palabras de los Profetas. De manera semejante, porque el cristianismo apareció, no solo a los de mente baja, como dice Celso, sino también a muchos griegos instruidos, como asunto de grave importancia, surgieron sectas por necesidad, y no del todo por espíritu faccioso o contencioso, sino porque tantos, aun de la clase letrada, estaban ansiosos por entender el significado del cristianismo. A consecuencia de esto, porque los estudiosos interpretaban de modo diferente lo que por todas partes se creía que eran enunciados divinos, brotaron sectas que llevaban los nombres de pensadores que tenían una consideración reverente por el origen del Verbo, pero que de algún modo, por razonamientos especiosos y plausibles, fueron puestos en conflicto unos con otros. Pero ningún hombre sensato rehuiría la ciencia de la medicina a causa de sus diferentes sectas; ni un hombre de propósitos rectos haría de las muchas sectas de la filosofía un pretexto para odiarla; y, de manera semejante, no debemos condenar los libros sagrados de Moisés y de los Profetas a causa de las sectas judías.
2. Si todo esto es coherente, ¿no podemos ofrecer una apología semejante por las sectas del cristianismo? Lo que dice Pablo acerca de ellas me parece verdaderamente admirable: "Es preciso que también haya sectas entre vosotros, para que los que son aprobados se hagan manifiestos entre vosotros." Pues así como un hombre "aprobado" en la ciencia de la medicina es aquel que está familiarizado con la práctica de muchas sectas diferentes y, habiendo considerado con imparcialidad sus pretensiones, ha elegido la mejor; y así como el estudiante avanzado de filosofía que, teniendo un conocimiento extenso de su materia, está familiarizado con sus detalles, y por eso presta su adhesión al razonamiento más fuerte, puede ser llamado "aprobado"; así, diría yo, quien examina cuidadosamente las sectas del judaísmo y del cristianismo se convierte en el cristiano más sabio. Pero cualquiera que culpe al Verbo a causa de nuestras sectas culparía también la enseñanza de Sócrates, porque del estudio de aquel filósofo han surgido muchas escuelas diferentes de pensamiento. Es más, un hombre podría culpar incluso las doctrinas de Platón porque Aristóteles abandonó el estudio de él y tomó una línea propia, punto al que ya nos hemos referido. Pero Celso me parece haberse familiarizado con ciertas sectas que ni siquiera comparten con nosotros el nombre de Jesús. Puede que le hayan llegado rumores de los ofitas y cainitas, o de los sostenedores de alguna otra opinión totalmente ajena a la enseñanza de Jesús. Pero la doctrina cristiana no ha de ser culpada en lo más mínimo por esto.
3. Concediendo que hay algunos entre nosotros los cristianos que no admiten que nuestro Dios sea el mismo que el Dios de los judíos, de ningún modo se sigue que hayan de ser culpados quienes prueban por las mismas Escrituras que uno y el mismo Dios es Dios de los judíos y de los gentiles; Pablo lo muestra claramente cuando, después de dejar la religión judía y abrazar el cristianismo, dice: "Doy gracias a Dios, a quien sirvo desde mis antepasados con limpia conciencia." Concedamos también que hay una tercera clase compuesta de quienes llaman a algunas personas psíquicas y a otras espirituales (supongo que Celso se refiere a los valentinianos); pero ¿qué tenemos que ver con eso nosotros, que pertenecemos a la Iglesia? Nosotros somos los acusadores de quienes introducen la doctrina de naturalezas constituidas de tal modo que deben salvarse o deben perecer. Concédase además que hay ciertas personas que profesan ser gnósticos, como los epicúreos que se llaman a sí mismos filósofos; nuestra respuesta es que los hombres que destruyen la creencia en la Providencia no podrían ser realmente filósofos, ni pueden ser cristianos quienes nos imponen estas ficciones monstruosas tan repugnantes a los seguidores de Jesús.
4. Celso continúa diciendo: "Y hasta dicen las cosas más vergonzosas unos de otros; no harían la menor concesión en interés de la armonía; pues se detestan por completo unos a otros." En respuesta, aun en la filosofía, como ya hemos dicho, pueden hallarse sectas rivales, y lo mismo sucede en la medicina. Nosotros, sin embargo, siguiendo al Verbo de Jesús, y habiendo hecho de ello nuestro estudio para pensar, hablar y hacer cuanto Él ha dicho, siendo injuriados, bendecimos: siendo perseguidos, soportamos: siendo difamados, rogamos; y no diríamos cosas vergonzosas de aquellos cuyas opiniones difieren de las nuestras; sino que haríamos todo cuanto estuviera en nuestro poder para elevarlos a un nivel superior mediante la lealtad perseverante al Creador solo, y obrando como hombres que un día serán juzgados. Pero si los heterodoxos no quieren ser persuadidos, tenemos nuestra regla para tratar con ellos. "Al hombre hereje, después de una primera y segunda amonestación, evítalo, sabiendo que el tal se ha pervertido y peca, estando condenado por sí mismo." Y además, los hombres que entienden las palabras "Bienaventurados los pacificadores" y "Bienaventurados los mansos" no detestarían por completo a los adversarios que rebajan el cristianismo.
Capítulo XVII. Una respuesta a ciertos filósofos que dicen que da lo mismo si llamamos a Aquel que es Dios sobre todos
con el nombre de Zeus, corriente entre los griegos, o con el que usan los indios, por ejemplo, o los egipcios. Libros I y V contra Celso.
XVII, 1–2
1. Celso dice entonces: "Los cabreros y pastores reconocieron a un solo dios, ya lo llamen el Altísimo, o Adonai, o el Dios del Cielo, o Sabaoth, o le dieron alguna designación local a su gusto; más allá de esto nada saben". Y después dice: "Da lo mismo si llamamos al Dios Supremo con el nombre de Zeus, corriente entre los griegos, o con algún nombre indio, por ejemplo, o egipcio". Ahora bien, en respuesta a esto debemos señalar que aquí llegamos a un tema profundo y misterioso: la naturaleza de los nombres. ¿Diremos, como piensa Aristóteles, que los nombres se dan arbitrariamente? ¿O, con los estoicos, que son naturales, siendo los primeros sonidos articulados imitativos de lo que los nombres denotan, de modo que también nos familiarizan con ciertos principios de etimología? ¿O, como enseña Epicuro, difiriendo en esto de los estoicos, son "naturales", en el sentido de que los hombres primitivos prorrumpieron en un habla que variaba según sus circunstancias? Si, pues, en nuestro argumento principal podemos mostrar la naturaleza de los nombres poderosos, algunos de los cuales son usados por los sabios de Egipto, o por los doctos magos de Persia, o por los brahmanes filósofos de la India, o por los samaneos, y así en cada nación; y si logramos demostrar que lo que se llama magia no es, como suponen los epicúreos y aristotélicos, incoherente de principio a fin, sino, como prueban los expertos, un sistema bien trabado, con palabras conocidas por muy pocos, — si, digo, llegamos hasta aquí, sostendremos que el nombre Sabaoth, y Adonai, y cualesquiera otros que la tradición hebrea considera con gran reverencia, no son aplicables a cosas creadas ordinarias, sino a una ciencia misteriosa de las cosas divinas, relacionada con el Creador del universo. Se sigue que estos nombres, cuando se pronuncian en su debida conexión, y otros nombres corrientes en egipcio de ciertos demonios con poderes particulares solamente, y otros en la lengua persa de otros seres espirituales, y así en cada nación, pueden aplicarse a ciertos propósitos. Y así se hallará que los demonios a quienes se han asignado diferentes partes de la tierra llevan nombres según el dialecto del lugar y la nación. Cualquiera, por tanto, que tenga una concepción más noble, aunque sea sólo ligera, de estas cosas, tendrá cuidado de aplicar nombres diferentes a cosas diferentes, para que no le vaya mejor que a aquellos que erróneamente dan el nombre de Dios a la materia inanimada, o degradan el título "el bien" separándolo de la Causa Primera, o de la virtud y el honor, y lo aplican al ciego Pluto, y a las proporciones de carne y sangre y huesos requeridas para la salud y la fuerza, o a lo que se considera nacimiento noble.
2. Y quizá no es menos peligroso degradar el nombre de Dios, o el título "bien", a objetos impropios, que cambiar los nombres de Dios para adaptarlos a alguna doctrina secreta, y aplicar los nombres de lo mejor a lo peor, y de lo peor a lo mejor. No me detengo en el hecho de que, cuando oímos hablar de Zeus, se da a entender que era hijo de Cronos y Rea, y esposo de Rea, y hermano de Poseidón, y padre de Atenea y Artemisa, y que tuvo relaciones con su hija Perséfone; o que, cuando oímos el nombre de Apolo, recordamos que era hijo de Leto y Zeus, y hermano de Artemisa, y medio hermano de Hermes; por no mencionar todas las demás historias maravillosas que nos cuentan los sabios a quienes Celso aprueba, que son los autores de estas opiniones, y los antiguos teólogos de Grecia. ¿No es irrazonable que Zeus sea su nombre propio, y sin embargo no tenga a Cronos por padre y a Rea por madre? Y debemos tratar a todos los demás llamados dioses de la misma manera. Pero la acusación de ninguna manera se aplica a aquellos que, de acuerdo con alguna doctrina misteriosa, aplican el nombre Sabaoth, o Adonai, o cualquiera de los otros nombres, al Dios (verdadero). Tan pronto como un hombre pueda explicar filosóficamente los misterios de los nombres, hará muchos descubrimientos respecto de los dados a los Ángeles de Dios, uno de los cuales se llama Miguel, otro Gabriel, otro Rafael, siendo los nombres adecuados al servicio que prestan según la voluntad del Dios de todo el universo. Nuestro Jesús también se atiene a la misma filosofía de los nombres; pues su nombre ya ha sido claramente probado para expulsar a innumerables demonios de almas y cuerpos, obrando poderosamente en los que padecían de quienes los demonios eran expulsados. Y, tratando de los nombres, debemos además observar que quienes están familiarizados con el uso de encantamientos nos dicen que si pronunciamos el mismo encantamiento en su propia lengua, es posible efectuar lo que el encantamiento profesa hacer; pero que si lo cambiamos a otra lengua, no importa cuál, puede hallarse débil y completamente ineficaz. El poder de producir un cierto efecto no debe atribuirse, por tanto, al significado actual del encantamiento, sino a las cualidades y peculiaridades de los sonidos. Por tanto, sobre líneas tales como éstas defenderemos a los cristianos por esforzarse incluso hasta la muerte para no llamar a Dios con el nombre de Zeus, ni darle un nombre en otra lengua. Pues los cristianos en sus confesiones o bien emplean el nombre usual de Dios, sin mayor definición, o añaden: "El Hacedor de todas las cosas", "El Creador del cielo y de la tierra" — Aquel que para beneficiar a la humanidad envió a tales y cuales sabios, con cuyos nombres el nombre de Dios unido otorga un cierto poder maravilloso entre los hombres. Mucho más podría decirse sobre el tema de los nombres contra aquellos que piensan que su uso es asunto de indiferencia. Y si Platón es muy admirado por decir en *Filebo, "*Mi temor, Protarco, al nombrar a los dioses es considerable," pues Filebo, que discutía con Sócrates, dijo que el verdadero nombre de Afrodita era Placer, ¿no deberíamos aprobar mucho más la piedad de los cristianos, puesto que no hay ni uno de los nombres transmitidos en la mitología que ellos apliquen al Hacedor del mundo?
Y en el Libro V, tratando del mismo tema, dice:
XVII, 3–6
3. Pero como Celso piensa que da lo mismo si llamamos al Altísimo Júpiter, o Zen, o Adoneo, o Sabaoth, o Amón, como hacen los egipcios, o Papeo como los escitas, discutamos brevemente estos puntos, y recordemos al lector lo que se dijo arriba sobre esta gran cuestión, cuando el lenguaje de Celso nos invitó al argumento. Repetimos, pues, que la naturaleza de los nombres no depende, como piensa Aristóteles, de las reglas arbitrarias de quienes los dan. Pues las lenguas de los hombres ni siquiera se originan con los hombres, como es claro para quienes pueden prestar atención a la naturaleza de los encantamientos apropiados de diversas maneras por los autores de las lenguas, según difieren las lenguas y los nombres se pronuncian de manera diferente. Ya hemos discutido brevemente esto, y hemos sostenido que aunque tienen un poder natural en una lengua dada, si se traducen a otra lengua pierden el efecto que tenían en su propia expresión apropiada. Y hallamos que la misma peculiaridad se aplica al hombre. Supongamos que alguien es llamado desde su nacimiento por un nombre griego; si cambiamos el nombre a egipcio, o romano, o a alguna otra lengua, no podríamos hacerle hacer o sufrir lo que haría si fuera llamado por su nombre original. Ni siquiera si tradujéramos al griego un nombre que era romano desde el principio, podríamos hacer lo que el encantamiento profesa hacer si se atiene al primer nombre del hombre. Ahora bien, si lo que hemos dicho respecto a los nombres humanos es verdad, ¿qué deberíamos pensar de los nombres que de alguna manera u otra se remontan a la naturaleza divina? Por ejemplo, se transfiere al griego algún poder nuevo del nombre Abraham, algo es significado por el nombre Isaac, y algo mostrado por el título Jacob; y si un hombre invocara o jurara por el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob, produciría algún efecto, ya sea por la naturaleza de los nombres o por su poder, pues incluso los demonios son vencidos y se someten a un hombre que usa este lenguaje. Pero si uno dijera: "El Dios del padre elegido del sonido", y "el Dios de la risa", y "el Dios del que hace tropezar", el nombre así usado es tan ineficaz como cualquier otro nombre ordinario. De manera similar, si cambiamos el nombre Israel al griego o a alguna otra lengua, no efectuaremos nada; pero si lo mantenemos como es, y lo usamos en conjunción con tales expresiones como los doctos piensan que deben asociarse con él, habrá algún resultado del uso de tal lenguaje conforme a las profesiones de quienes emplean tales invocaciones. Y diremos lo mismo respecto al nombre Sabaoth, que a menudo se halla en los encantamientos, a saber, que si cambiamos el nombre a "El Señor de los Ejércitos", o "Señor de las Huestes", o "Todopoderoso" (pues los intérpretes lo toman de manera diferente), no efectuaremos nada; pero si nos atenemos a su pronunciación apropiada, produciremos, como dicen los doctos, algún efecto, y lo mismo vale para Adonai. Ahora bien, si ni "Sabaoth" ni "Adonai", cuando se cambian a lo que parecen significar en griego, producen algún efecto, ¡cuánto menos podrían ser eficaces entre hombres que piensan que da lo mismo si llamamos al Dios Supremo Júpiter, o Zen, o Adonai, o Sabaoth!
5. Pues bien, Moisés y los profetas, entendiendo estas cosas y los misterios correspondientes, prohibieron a cualquiera que practicara la oración al Dios Supremo solo tomar el nombre de otros dioses en sus labios, o recordarlos en un corazón enseñado a ser puro de toda necedad en pensamiento o palabra. Y esta es la razón por la que preferiríamos soportar todo ultraje antes que confesar que Júpiter es Dios. Pues no suponemos que Júpiter y Sabaoth sean lo mismo, ni consideramos a Júpiter en absoluto divino, sino que pensamos que algún demonio, amigo ni del hombre ni del Dios verdadero, se regocija en el nombre. E incluso si los egipcios nos ofrecieran a Amón con amenazas de muerte, moriremos antes que llamar a Amón Dios, pues el nombre probablemente se usa en algunos encantamientos egipcios que invocan al demonio. Los escitas pueden decir que Papeo es "el Dios Supremo", pero no seremos persuadidos; pues aunque emplean el solemne título de "Dios Supremo", es sólo en un sentido que agrada al demonio a quien se le asignó el desierto escita con la raza y la lengua escitas, no porque Papeo sea un nombre propio de Dios. Cualquiera, sin embargo, que dé a Dios Su nombre en la lengua escita, o la egipcia, o la lengua en la que ha sido criado, no cometerá pecado.
6. Ni siquiera nos gusta llamar al sol Apolo, o a la luna Diana; sino que adorando al Creador con adoración pura, y alabando sus hermosas obras, no contaminamos las cosas divinas ni siquiera en cuanto al nombre. Estamos de acuerdo con lo que Platón dice en el Filebo; no querría que el Placer fuera llamado diosa: "Tan grande es mi temor, Protarco, al nombrar a los dioses". Nosotros también tenemos realmente tal temor al nombrar a Dios y sus hermosas obras, que no aceptaremos ninguna fábula ni siquiera como alegoría, que pueda perjudicar a los jóvenes.