Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 47 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 12 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 2 · ≈ 13 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
  3. Sesión 3 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
  4. Sesión 4 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
  5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
  7. Sesión 7 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo II. Que la Escritura Divina está cerrada y sellada
  8. Sesión 8 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo III. Por qué los libros inspirados son veintidós en número
  9. Sesión 9 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo V. Qué es "mucho hablar", y cuáles son los "muchos libros"?
  10. Sesión 10 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo VI. Toda la Divina Escritura es un instrumento de Dios, perfecto y apto para su obra
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo IX. Por qué es que la Divina Escritura usa a menudo el mismo término con significaciones diferentes, aun en el mismo lugar
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo X. Del las cosas en la Divina Escritura que parecen acercarse a ser piedra de tropiezo y roca de escándalo
  13. Sesión 13 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo XII. Que un hombre no debe desmayar al leer la Divina Escritura si no puede comprender los enigmas oscuros y las parábolas que hay en ella
  14. Sesión 14 · Parte 4 · ≈ 11 minCapítulo XIV. Aquellos que desean entender correctamente las Divinas Escrituras deben por necesidad conocer los principios lógicos adaptados a su uso
  15. Sesión 15 · Parte 4 · ≈ 12 minCapítulo XV. Respuesta a los filósofos griegos que menosprecian la pobreza de estilo de las Divinas Escrituras
  16. Sesión 16 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo XV. Respuesta a los filósofos griegos que menosprecian la pobreza de estilo de las Divinas Escrituras
  17. Sesión 17 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Acerca aquellos que difaman el cristianismo a causa de las herejías en la Iglesia
  18. Sesión 18 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo XVII. Una respuesta a ciertos filósofos que dicen que da lo mismo si llamamos a Aquel que es Dios sobre todos
  19. Sesión 19 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo XVIII. Una respuesta a aquellos filósofos griegos que profesan saberlo todo, y censuran la fe sencilla del hombre cristiano
  20. Sesión 20 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo XVIII. Una respuesta a aquellos filósofos griegos que profesan saberlo todo, y censuran la fe sencilla del hombre cristiano
  21. Sesión 21 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo XVIII. Una respuesta a aquellos filósofos griegos que profesan saberlo todo, y censuran la fe sencilla del hombre cristiano
  22. Sesión 22 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo XVIII. Una respuesta a aquellos filósofos griegos que profesan saberlo todo, y censuran la fe sencilla del hombre cristiano
  23. Sesión 23 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo XIX. Y de nuevo, anteriormente en el mismo libro, Orígenes dice que nuestra fe en nuestro Señor nada tiene en común con la fe irracional y supersticiosa de los gentiles
  24. Sesión 24 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
  25. Sesión 25 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
  26. Sesión 26 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
  27. Sesión 27 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
  28. Sesión 28 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
  29. Sesión 29 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo XXI. Del libre albedrío, con una explicación e interpretación de aquellas palabras de la Escritura que parecen destruirlo
  30. Sesión 30 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo XXI. Del libre albedrío, con una explicación e interpretación de aquellas palabras de la Escritura que parecen destruirlo
  31. Sesión 31 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo XXI. Del libre albedrío, con una explicación e interpretación de aquellas palabras de la Escritura que parecen destruirlo
  32. Sesión 32 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo XXI. Del libre albedrío, con una explicación e interpretación de aquellas palabras de la Escritura que parecen destruirlo
  33. Sesión 33 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo XXI. Del libre albedrío, con una explicación e interpretación de aquellas palabras de la Escritura que parecen destruirlo
  34. Sesión 34 · Parte 9 · ≈ 12 minCapítulo XXII. ¿Qué es la dispersión en la tierra de las almas racionales, es decir, humanas, indicada veladamente en la construcción de la torre y en la confusión de lenguas que allí tuvo lugar?
  35. Sesión 35 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo XXII. ¿Qué es la dispersión en la tierra de las almas racionales, es decir, humanas, indicada veladamente en la construcción de la torre y en la confusión de lenguas que allí tuvo lugar?
  36. Sesión 36 · Parte 10 · ≈ 13 minCapítulo XXIII. Sobre el destino, y cómo, aunque Dios conoce de antemano la conducta de cada uno, la responsabilidad humana permanece la misma
  37. Sesión 37 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo XXIII. Sobre el destino, y cómo, aunque Dios conoce de antemano la conducta de cada uno, la responsabilidad humana permanece la misma
  38. Sesión 38 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo XXIII. Sobre el destino, y cómo, aunque Dios conoce de antemano la conducta de cada uno, la responsabilidad humana permanece la misma
  39. Sesión 39 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo XXIII. Sobre el destino, y cómo, aunque Dios conoce de antemano la conducta de cada uno, la responsabilidad humana permanece la misma
  40. Sesión 40 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo XXIV. Materia no es increada, ni la causa del mal
  41. Sesión 41 · Parte 11 · ≈ 12 minCapítulo XXIV. Materia no es increada, ni la causa del mal
  42. Sesión 42 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo XXV. Que la "separación" que surge de la presciencia no suprime el libre albedrío
  43. Sesión 43 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo XXVI. De la cuestión de las cosas "buenas" y "malas"
  44. Sesión 44 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo XXVI. De la cuestión de las cosas "buenas" y "malas"
  45. Sesión 45 · Parte 12 · ≈ 12 minCapítulo XXVII. El significado de del endurecimiento del corazón de Faraón por el Señor
  46. Sesión 46 · Parte 12 · ≈ 12 minCapítulo XXVII. El significado de del endurecimiento del corazón de Faraón por el Señor
  47. Sesión 47 · Parte 12 · ≈ 3 minLo que dejó la Filocalia

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — ORÍGENES DE ALEJANDRÍA

    Índice de la obra

    Estás en la parte 6. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Filocalia

    Antología compilada probablemente a fines de los años 350 o comienzos de los 360 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de George Lewis (1911)41 minPosición: 0% de esta parteParte 6 de 12 · Capítulo XVIII. Una respuesta a aquellos filósofos griegos que profesan saberlo todo, y censuran la fe sencilla del hombre cristianoPublicado el Actualizado el Ref. ESC-ORI-06

    Leer por sesiones · 47 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 12 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 2 · ≈ 13 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
    3. Sesión 3 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
    4. Sesión 4 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
    5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
    6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
    7. Sesión 7 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo II. Que la Escritura Divina está cerrada y sellada
    8. Sesión 8 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo III. Por qué los libros inspirados son veintidós en número
    9. Sesión 9 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo V. Qué es "mucho hablar", y cuáles son los "muchos libros"?
    10. Sesión 10 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo VI. Toda la Divina Escritura es un instrumento de Dios, perfecto y apto para su obra
    11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo IX. Por qué es que la Divina Escritura usa a menudo el mismo término con significaciones diferentes, aun en el mismo lugar
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo X. Del las cosas en la Divina Escritura que parecen acercarse a ser piedra de tropiezo y roca de escándalo
    13. Sesión 13 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo XII. Que un hombre no debe desmayar al leer la Divina Escritura si no puede comprender los enigmas oscuros y las parábolas que hay en ella
    14. Sesión 14 · Parte 4 · ≈ 11 minCapítulo XIV. Aquellos que desean entender correctamente las Divinas Escrituras deben por necesidad conocer los principios lógicos adaptados a su uso
    15. Sesión 15 · Parte 4 · ≈ 12 minCapítulo XV. Respuesta a los filósofos griegos que menosprecian la pobreza de estilo de las Divinas Escrituras
    16. Sesión 16 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo XV. Respuesta a los filósofos griegos que menosprecian la pobreza de estilo de las Divinas Escrituras
    17. Sesión 17 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Acerca aquellos que difaman el cristianismo a causa de las herejías en la Iglesia
    18. Sesión 18 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo XVII. Una respuesta a ciertos filósofos que dicen que da lo mismo si llamamos a Aquel que es Dios sobre todos
    19. Sesión 19 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo XVIII. Una respuesta a aquellos filósofos griegos que profesan saberlo todo, y censuran la fe sencilla del hombre cristiano
    20. Sesión 20 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo XVIII. Una respuesta a aquellos filósofos griegos que profesan saberlo todo, y censuran la fe sencilla del hombre cristiano
    21. Sesión 21 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo XVIII. Una respuesta a aquellos filósofos griegos que profesan saberlo todo, y censuran la fe sencilla del hombre cristiano
    22. Sesión 22 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo XVIII. Una respuesta a aquellos filósofos griegos que profesan saberlo todo, y censuran la fe sencilla del hombre cristiano
    23. Sesión 23 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo XIX. Y de nuevo, anteriormente en el mismo libro, Orígenes dice que nuestra fe en nuestro Señor nada tiene en común con la fe irracional y supersticiosa de los gentiles
    24. Sesión 24 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
    25. Sesión 25 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
    26. Sesión 26 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
    27. Sesión 27 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
    28. Sesión 28 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
    29. Sesión 29 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo XXI. Del libre albedrío, con una explicación e interpretación de aquellas palabras de la Escritura que parecen destruirlo
    30. Sesión 30 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo XXI. Del libre albedrío, con una explicación e interpretación de aquellas palabras de la Escritura que parecen destruirlo
    31. Sesión 31 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo XXI. Del libre albedrío, con una explicación e interpretación de aquellas palabras de la Escritura que parecen destruirlo
    32. Sesión 32 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo XXI. Del libre albedrío, con una explicación e interpretación de aquellas palabras de la Escritura que parecen destruirlo
    33. Sesión 33 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo XXI. Del libre albedrío, con una explicación e interpretación de aquellas palabras de la Escritura que parecen destruirlo
    34. Sesión 34 · Parte 9 · ≈ 12 minCapítulo XXII. ¿Qué es la dispersión en la tierra de las almas racionales, es decir, humanas, indicada veladamente en la construcción de la torre y en la confusión de lenguas que allí tuvo lugar?
    35. Sesión 35 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo XXII. ¿Qué es la dispersión en la tierra de las almas racionales, es decir, humanas, indicada veladamente en la construcción de la torre y en la confusión de lenguas que allí tuvo lugar?
    36. Sesión 36 · Parte 10 · ≈ 13 minCapítulo XXIII. Sobre el destino, y cómo, aunque Dios conoce de antemano la conducta de cada uno, la responsabilidad humana permanece la misma
    37. Sesión 37 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo XXIII. Sobre el destino, y cómo, aunque Dios conoce de antemano la conducta de cada uno, la responsabilidad humana permanece la misma
    38. Sesión 38 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo XXIII. Sobre el destino, y cómo, aunque Dios conoce de antemano la conducta de cada uno, la responsabilidad humana permanece la misma
    39. Sesión 39 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo XXIII. Sobre el destino, y cómo, aunque Dios conoce de antemano la conducta de cada uno, la responsabilidad humana permanece la misma
    40. Sesión 40 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo XXIV. Materia no es increada, ni la causa del mal
    41. Sesión 41 · Parte 11 · ≈ 12 minCapítulo XXIV. Materia no es increada, ni la causa del mal
    42. Sesión 42 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo XXV. Que la "separación" que surge de la presciencia no suprime el libre albedrío
    43. Sesión 43 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo XXVI. De la cuestión de las cosas "buenas" y "malas"
    44. Sesión 44 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo XXVI. De la cuestión de las cosas "buenas" y "malas"
    45. Sesión 45 · Parte 12 · ≈ 12 minCapítulo XXVII. El significado de del endurecimiento del corazón de Faraón por el Señor
    46. Sesión 46 · Parte 12 · ≈ 12 minCapítulo XXVII. El significado de del endurecimiento del corazón de Faraón por el Señor
    47. Sesión 47 · Parte 12 · ≈ 3 minLo que dejó la Filocalia

    Capítulo XVIII. Una respuesta a aquellos filósofos griegos que profesan saberlo todo, y censuran la fe sencilla del hombre cristiano

    y se quejan de que prefieren la necedad a la sabiduría en la vida; además, que ningún hombre sabio o educado se ha hecho discípulo de Jesús; sino que barqueros y recaudadores de impuestos de la clase más baja, dicen, consiguen que necios y torpes, esclavos, mujeres débiles y niños, se sometan al Evangelio. Libros I y III contra Celso.

    XVIII, 1–3

    1. Luego nos insta a que, al formar nuestras opiniones, hagamos de la razón nuestra guía y la sigamos, porque quien da su asentimiento en otros términos seguramente será engañado; y compara a los hombres que tienen una fe irracional con los sacerdotes mendicantes de Cibeles y con los adivinos, mitreos y sabadianos, o cualquier otra clase que uno encuentre, enviados fantasmales de Hécate o de algún otro demonio, o demonios. Pues como entre ellos se encuentran con frecuencia hombres detestables que comercian con la ignorancia de los simples, y los conducen por donde quieren, así, dice Celso, sucede con los cristianos. Nos dice que ciertos maestros que ni darán ni recibirán cuenta de lo que creen emplean la fórmula: "No preguntes por qué, sino cree", y otra: "Tu fe te salvará"; y estos maestros, añade, sostienen que "la sabiduría mundana es cosa mala, y la necedad cosa buena". Esta es nuestra respuesta. Si todos los hombres pudieran abandonar las ocupaciones activas de la vida y aplicarse a la filosofía, ese sería el único camino que cualquier hombre debería tomar; pues en el cristianismo, por no hablar ofensivamente, se hallará no menos investigación que en otras partes; tenemos nuestra cuidadosa investigación de los artículos de la Fe, y nuestra explicación de las sentencias oscuras de los Profetas, las parábolas en los Evangelios, y otros innumerables eventos o disposiciones figurativas. Pero si este camino es impracticable, ya sea por el estrés de la vida, o por la debilidad humana, pues muy pocos están ansiosos por razonar, ¿qué mejor plan para beneficiar a la multitud podría idearse que el que fue entregado por Jesús a los gentiles? Y respecto al mayor número de creyentes, que han escapado del profundo lodo de maldad en el que antes se revolcaban, preguntamos: ¿cuál es realmente mejor — que con fe irracional sean reformados en su carácter, porque creen que los hombres son castigados por el pecado y recompensados por las buenas obras, o que no permitamos su conversión sobre la base de la mera fe, sino que esperemos a su investigación deliberada de las razones para creer? Es claro que casi todos serán excluidos de los beneficios que los otros han recibido por el simple creer; la multitud continuará llevando vidas abandonadas. Entonces, cualquier otra cosa que pruebe que el amor hacia el hombre que marcó la entrada del Verbo en los asuntos humanos no fue indeseado por Dios, esto debe incluirse. Un hombre religioso no supondrá que incluso un médico del cuerpo, que restaura a muchos enfermos a la salud, llega a ciudades o naciones independientemente de Dios; pues sin la ayuda de Dios nada llega a los hombres. Pero si el médico que cura los cuerpos de muchos que sufren, o los beneficia parcialmente, no cura sin la ayuda de Dios, ¿cuánto más es esto verdad de Aquel que sana las almas de muchos, las convierte, les hace bien, las une al Dios Supremo, y les enseña en todas sus acciones a hacer de Su buena voluntad su meta, y a evitar todo lo que en lo más mínimo Le desagrada en palabra, obra o pensamiento?
    2. Así pues, puesto que nuestros oponentes están siempre hablando de nuestra fe, tenemos que decirles que la permitimos sobre la base de que es algo bueno para la multitud, y confesamos que enseñamos a aquellos que no pueden abandonar todo lo demás e investigar la evidencia, a creer incluso sin razonamiento; y nuestros oponentes, aunque no confesarían tanto, hacen lo mismo. ¿Podría algún hombre que ha sido atraído a la Filosofía y se ha lanzado a alguna secta filosófica, ya sea al azar, o porque ha tenido acceso a algún maestro particular, llegar hasta aquí de otra manera que creyendo que esa secta es la mejor? Pues no es esperando oír los argumentos de todos los filósofos y de las diferentes sectas, y aprendiendo cómo algunas pueden ser refutadas y otras establecidas, que un hombre elige ser estoico, o seguidor de Platón, o peripatético, o epicúreo, o pertenecer a cualquier otra escuela filosófica; sino que es por un impulso irracional, aunque no admitirán el hecho, que llegan, por ejemplo, a abandonar a los demás y adoptar el estoicismo: rechazando la doctrina de Platón como menos digna que la de los otros, o el sistema peripatético porque es más humano, y admite más prontamente que otros las bendiciones de la humanidad. Y hay algunos que, alarmados ante el más leve acercamiento a la doctrina de la Providencia, arguyendo de lo que en la tierra acontece tanto a malos como a buenos, concluyen precipitadamente que no hay Providencia, y adoptan la opinión de Epicuro y Celso.
    3. Puesto que, pues, como la razón enseña, debemos creer a alguien que ha fundado una secta, griega o bárbara, ¿no deberíamos más bien creer al Dios Supremo, y a Aquel que enseña que debemos adorar a Dios solamente, y pasar por alto todo lo demás, como inexistente, o como existente y digno de honor, pero no de reverencia y adoración? Respecto a estos puntos, si un hombre no sólo cree, sino que también los considera a la luz de la razón, dará a conocer qué pruebas encuentra, y descubre mediante una investigación minuciosa. Es ciertamente más razonable, puesto que todas las cosas humanas dependen de la fe, creer a Dios antes que a ellas. ¿Acaso algún hombre emprende un viaje, se casa, engendra hijos, o siembra la tierra, a menos que crea que todo resultará para bien, aunque lo contrario sea posible, y a veces sucede? A pesar de la posible decepción, la creencia en un resultado próspero y en que realizarán sus deseos, hace que todos los hombres se aventuren incluso donde hay incertidumbre, y el resultado puede ser otro del que esperan. Ahora bien, si en cada empresa donde el resultado es incierto la esperanza y la creencia en un resultado exitoso es el sostén de la vida, ¿no tendrá un hombre con mucha más razón que si navegara el mar, o sembrara la tierra, o se casara con una esposa, o se ocupara en cualquier otro asunto humano, esta fe, y creerá en el Dios que hizo todas estas cosas, y en Aquel que, con sabiduría supereminente y magnanimidad divina, se aventuró a presentar esta doctrina a toda la humanidad, frente a grandes peligros y a lo que se consideraba una muerte vergonzosa, sufrimientos que soportó por el hombre, enseñando a sus primeros seguidores a recorrer audazmente todo el mundo en peligro a cada paso y con la expectativa constante de la muerte, para promover la salvación de los hombres?

    XVIII, 4–7

    4. Que el impugnador de la fe de los cristianos nos diga por qué pruebas demostrativas fue llevado a admitir la ocurrencia de numerosas conflagraciones y diluvios, y sobre qué bases sostiene que el último diluvio fue en el tiempo de Deucalión, y la última conflagración en el tiempo de Faetón. Si aduce los diálogos de Platón sobre estos temas, le diremos que nosotros también tenemos libertad de creer que un Espíritu Divino moró en el alma pura y piadosa de Moisés, quien se elevó por encima de todas las cosas creadas y se aferró al Hacedor del universo, y dio visiones más claras de las cosas de Dios que Platón o los filósofos griegos y bárbaros. Y si Celso exige nuestras razones para tal fe, que primero nos dé los fundamentos de sus opiniones no probadas, y de inmediato haremos buena nuestra posición.
    5. Celso es bienvenido a los maestros de fabulosas conflagraciones y diluvios. Según él, eran los más sabios de los egipcios, y se pueden ver rastros de su sabiduría en la adoración de criaturas irracionales, y en los argumentos para mostrar que tal adoración de Dios, aunque en parte perdida y misteriosa, es bastante razonable. Si los egipcios se jactan de su adoración de animales y explican los principios de su religión, ellos son sabios; pero si un hombre, asintiendo a la ley judaica y reconociendo al legislador, refiere todo al único Dios, el Hacedor del universo, es considerado por Celso y sus seguidores inferior a aquel que degrada la Divinidad al nivel no sólo de criaturas racionales y mortales, sino de criaturas irracionales, yendo así más allá de la fabulosa transmigración de las almas, según la cual un alma cae de las bóvedas del cielo y desciende a criaturas irracionales, no sólo las domesticadas, sino incluso las más salvajes. Y si los egipcios cuentan estas historias míticas, se cree que fueron filósofos con sus enigmas y misterios; pero si Moisés escribe historias para toda una nación, y lega leyes al pueblo, sus palabras son consideradas fábulas vacías, incapaces incluso de una interpretación alegórica. Pues esta es la opinión de Celso y los epicúreos.
    6. Luego, en términos expresos, Celso dice: "Si son tan amables de responderme, no como si yo fuera un novato, pues lo sé todo", y así sucesivamente. En respuesta a esta pretensión de saberlo "todo", que es una pieza asombrosa de fanfarronería, debemos observar que si hubiera leído las Escrituras, sobre todo los escritos proféticos, que admitimos están llenos de sentencias oscuras y cosas oscuras para la multitud, y si hubiera estudiado las parábolas en los Evangelios, y los textos de la Escritura que contienen la Ley y la historia del pueblo judío, y las expresiones de los Apóstoles, y, leyendo con mente justa y abierta, hubiera deseado llegar al significado, no habría sido tan audaz como para decir: "Lo sé todo". Ni siquiera nosotros, que nos entregamos a estos estudios, pretenderíamos saberlo "todo", pues la verdad nos es querida. Ninguno de nosotros dirá: "Sé todo lo que Epicuro enseñó", ni se jactará de que conoce todo Platón; siendo la verdad que hay numerosos puntos en los que incluso los expositores de las doctrinas no están de acuerdo. ¿Quién sería tan audaz como para decir: "Sé todo acerca de la filosofía estoica o peripatética"? aunque podría suceder que, oyendo a algunos torpes iletrados, inconscientes de su propia ignorancia, jactándose de su conocimiento universal, un hombre pudiera, por la autoridad de tales maestros, suponer que él mismo sabía todo. Me parece que Celso ha actuado de manera muy similar a como si un viajero en Egipto (donde quienes están familiarizados con la literatura nacional se entregan a muchas especulaciones sobre lo que se considera instituciones divinas, pero los iletrados se alegran mucho cuando oyen ciertos mitos sin entender los principios implicados) pensara que conocía toda la sabiduría de los egipcios, aunque, de hecho, era discípulo de los ignorantes, y nunca llegó a tener contacto con ninguno de los sacerdotes, ni fue enseñado las doctrinas misteriosas de los egipcios por uno de ellos. Y lo que he dicho acerca de los egipcios, sabios e ignorantes, vale, como podemos ver, para los persas. Tienen sus misterios, celebrados por los doctos según principios de razón, pero tomados simbólicamente por las masas y la gente ordinaria. Y lo mismo se aplica a los sirios e indios, y a todos los que tienen mitos y literatura.
    7. Además, Celso hace decir a muchos cristianos: "La sabiduría mundana es cosa mala, y la necedad cosa buena". Debemos, por tanto, observar que calumnia al Verbo, pues no da las palabras exactas de Pablo, que son así: "Si alguno piensa que es sabio entre vosotros en este mundo, hágase necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios". El Apóstol no dice sin calificación: "La sabiduría es necedad ante Dios", sino "la sabiduría de este mundo". De nuevo, no dice: "Si alguno entre vosotros piensa que es sabio, hágase necio absolutamente", sino "hágase necio en este mundo, para llegar a ser sabio". Pues bien, por "la sabiduría de este mundo" entendemos toda falsa filosofía, la cual, según la Escritura, está siendo reducida a nada; y llamamos a la necedad cosa buena, no absolutamente, sino cuando un hombre se hace necio para este mundo. Es lo mismo que si dijéramos que un platónico que cree en la inmortalidad del alma y en lo que se dice sobre su transmigración, es necio a los ojos de los estoicos que no dan cuartel a estas opiniones; o a los ojos de los peripatéticos que siempre están hablando de las vaciedades de Platón; o a los ojos de los epicúreos que acusan de superstición a quienes introducen una Providencia y ponen a Dios sobre todas las cosas. Y, además, que incluso, según el Verbo mismo, es mucho mejor asentir a nuestras doctrinas por razones de razón y sabiduría, que sobre la fuerza de la fe sin razonamiento de la que hemos hablado; y que, bajo ciertas circunstancias, el Verbo incluso quiso esto, para no dejar a los hombres del todo inútiles, lo muestra Pablo, el verdadero discípulo de Jesús, cuando dice: "Pues viendo que en la sabiduría de Dios el mundo por su sabiduría no conoció a Dios, plugo a Dios salvar a los creyentes por la necedad de la predicación". Esto muestra claramente que Dios debía haber sido conocido en la sabiduría de Dios. Y puesto que esto no sucedió, Dios, como por un segundo expediente, plugo salvar a los creyentes, no por necedad absolutamente, sino por necedad en lo que se refiere a la predicación. Pues la predicación de Jesucristo crucificado es "necedad de la predicación". Pablo es consciente de esto cuando dice: "Pero predicamos a Jesucristo crucificado, para los judíos tropezadero, y para los gentiles necedad; pero para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios".
    Y hacia el final del mismo libro, Libro I, respecto a la afirmación de que ningún hombre sabio o educado ha sido discípulo de Jesús, se dice lo siguiente: —

    XVIII, 8–9

    8. Es claro para aquellos capaces de investigar la historia de los Apóstoles con inteligencia y candor que fue por poder divino que enseñaron el cristianismo, y lograron someter a los hombres al Verbo de Dios. Pues no fue su hablar poderoso, ni que ofrecieran el Evangelio conforme a las reglas de la dialéctica o retórica griegas, lo que ganó a sus oyentes. Pero me parece que si Jesús hubiera elegido a ciertos hombres en general estima por su sabiduría, que pudieran pensar y hablar de modo que agradaran a la multitud, y los hubiera empleado como ministros de la doctrina, podría razonablemente haber sido sospechoso de haber sido predicado por una escuela como los líderes de alguna secta filosófica; y en ese caso la promesa de que el Verbo sería Divino no habría sido clara, en cuanto que el Verbo y la predicación estaba en palabras persuasivas de aquella sabiduría que se muestra en el estilo y la composición; y la fe cristiana, como la fe de los filósofos del mundo en sus doctrinas, habría estado en la sabiduría de los hombres y no en el poder de Dios. Pero ¿quién, cuando ve a pescadores y recaudadores de impuestos, hombres sin siquiera los rudimentos del aprendizaje (el Evangelio así los describe, y Celso les atribuye decir la verdad sobre su propia ignorancia), no sólo tratando audazmente con los judíos respecto a la fe en Jesús, sino también predicándolo en otras naciones, y con éxito, no preguntaría cómo llegaron a tener este poder convincente? pues no es un poder ordinario. Y ¿quién no diría que por un cierto poder divino en sus Apóstoles Jesús cumplió la promesa: "Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres"? Es un poder como éste el que Pablo, como hemos dicho antes, describe cuando dice: "Y mi palabra y mi predicación no fueron en palabras persuasivas de sabiduría, sino en demostración del Espíritu y de poder: para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios". Pues como leemos en los Profetas que predicen la predicación del Evangelio: "El Señor dio palabra a los que anuncian buenas nuevas con gran poder, el Rey de los poderes del Amado", para que se cumpla la profecía que dice: "Su palabra correrá muy velozmente". Y de hecho vemos que "El sonido de los apóstoles de Jesucristo salió por toda la tierra, y sus palabras hasta el fin del mundo". Así es que cuando los hombres oyen el Verbo proclamado con poder se llenan de poder, y lo manifiestan tanto por sus disposiciones como por sus vidas, y contendiendo ardientemente por la verdad incluso hasta la muerte; pero algunos oradores son meros charlatanes aunque profesen creer en Dios a través de Jesús, pues al no estar divinamente capacitados, sólo parecen estar sujetos al Verbo de Dios. Ya he mencionado un dicho de nuestro Salvador en los Evangelios, pero no obstante haré uso de él ahora, pues es apropiado, para mostrar cómo la presciencia de nuestro Salvador de la predicación del Evangelio se manifiesta de la manera más divina, y también cómo el Verbo sin maestros prevalece sobre aquellos que ceden a la persuasividad del poder divino: "La mies es verdaderamente mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies".
    9. Y en tanto que Celso habla de hombres infames y llama a los Apóstoles de Jesús viles recaudadores de impuestos y marineros, diremos al respecto que, para hallar falta en el Verbo, parece creer las Escrituras allí donde le place, pero rechazar los Evangelios para no tener que aceptar las manifestaciones de la Deidad proclamadas en esos mismos libros; pues quien ve cuán apegados están los escritores a la verdad al describir cosas menores no puede menos que creerles cuando tratan de cosas más divinas. Está, en efecto, escrito en la Epístola Católica de Bernabé, de la cual probablemente tomó Celso su descripción de los Apóstoles como "infames" y "viles", que "Jesucristo escogió para sus propios apóstoles a quienes eran notoriamente hombres sin ley". Y en el Evangelio según Lucas, Pedro dice a Jesús: "Apártate de mí, porque soy hombre pecador, Señor". Más aún, Pablo (aunque después llegó a ser Apóstol de Jesús) dice en su Epístola a Timoteo: "Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero". ¿Hay, pues, absurdo alguno en creer que Jesús, porque quiso mostrar al género humano su maravillosa destreza en sanar almas, escogió a hombres "infames" y "viles" y los llevó a tal grado de excelencia que fueron modelo de la vida más pura para quienes, por medio de ellos, fueron conducidos a someterse al Evangelio de Cristo?

    XVIII, 10–15

    10. Si hemos de echar en cara su pasado a hombres que han cambiado de vida, tiempo es ya de atacar a Fedón, aunque ahora sea el Filósofo; pues, según cuenta la historia, Sócrates lo sacó de una casa de mala fama y lo interesó en la filosofía. También haremos de la disolución de Polemón, el sucesor de Jenócrates, un reproche a la filosofía; cuando, por el contrario, deberíamos conceder a la filosofía al menos esto: que la razón, cuando es empleada por quienes poseen poder persuasivo, puede rescatar de tales vicios a quienes habían sido vencidos por ellos. Los griegos tienen un Fedón, no conozco otro, y un Polemón, quienes, tras una vida disoluta y por completo abominable, cambiaron y se hicieron filósofos; mientras que con Jesús no estuvieron solamente los Doce en la época de que hablamos, sino siempre muchos más, los cuales, habiéndose convertido en una alegre compañía de hombres de vida sobria, dicen acerca de su vida anterior: "Porque también nosotros éramos en otro tiempo insensatos, desobedientes, engañados, sirviendo a diversas concupiscencias y placeres, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, odiándonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor para con los hombres, mediante el lavacro de la regeneración y la renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros", llegamos a ser lo que somos. Porque "Dios envió su palabra, y los sanó, y los libró de sus destrucciones", como enseñó el profeta en los Salmos. Y añadiría, además, que Crisipo, en su tratado sobre la curación de las pasiones, siendo su objeto refrenar las pasiones de las almas de los hombres, aunque no se compromete con la verdad de ninguna doctrina particular, se esfuerza por aplicar su remedio según los principios de la secta a la que pertenecen los que han sido dominados por sus pasiones; y dice que, si el placer es el fin (filosófico), debemos curar las pasiones por medio del placer; y aun si, según algunos, hay tres clases de bienes, no por ello, conforme a esta doctrina, dejamos de librar semejantemente a los hombres de la tiranía de las pasiones. Pero los acusadores del cristianismo no ven cómo se calman las pasiones de las multitudes y se aquietan las olas encrespadas de la maldad, ni atienden al número de aquellos cuyos caracteres salvajes son domados por medio del Verbo. Y si comprueban que este beneficio público es un hecho, deberían confesar su gratitud al Verbo por haber librado a los hombres de muchos vicios mediante un método nuevo; y deberían dar testimonio de que, sea o no la verdad, en todo caso ha aprovechado al género humano.
    11. Jesús, enseñando a sus discípulos a no ser temerarios, les dijo: "Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la siguiente; y si os persiguen en la siguiente, huid de nuevo a otra"; y no solo enseñó, sino que fue ejemplo de una vida bien ordenada, en la cual jamás se afrontan los peligros sin objeto, fuera de sazón o sin razón. Esto, a su vez, lo pervierte Celso con malicia y hace que su judío diga a Jesús: "Huyes con tus discípulos a toda clase de lugares."
    12. "¿Qué necesidad había de que, siendo aún un infante, fueras llevado a Egipto para que no te degollaran? Pues no es verosímil que un dios tema a la muerte", y así sucesivamente. Pero por cuanto creemos a Jesús cuando Él mismo dice acerca de su divinidad: "Yo soy el camino, la verdad y la vida", o algo semejante; y como también le creemos cuando, refiriéndose a su cuerpo humano, dice: "Mas ahora procuráis matarme, un hombre que os ha dicho la verdad", sostenemos que Él era algo compuesto. Y por cuanto era su propósito, durante su estancia en la tierra, vivir vida de hombre, era justo que no se expusiera a la muerte fuera de sazón. Así también era necesario que fuera llevado por sus padres, guiados por uno de los ángeles de Dios.
    13. ¿Hay acaso absurdo alguno en suponer que, habiéndose hecho una vez hombre, su vida humana estuviera ordenada de tal modo que evitaba los peligros? No porque de otro modo le fuera imposible alcanzar su objeto, sino porque era conveniente dejar lugar a los medios y maneras de asegurar su seguridad. Y ciertamente era mejor que el niño Jesús escapara de la asechanza de Herodes y morara con sus padres en Egipto hasta la muerte del conspirador, antes que la Providencia que velaba sobre Jesús impidiera la voluntad de Herodes cuando se proponía matar al niño, o asociara a Jesús el casco oscuro de Plutón, del que hablan los poetas, o cosa semejante, o hiriera a quienes venían a destruirle, como fueron heridos los hombres de Sodoma. Si hubiera sido perfectamente evidente que se le dispensaba una ayuda extraordinaria, esto no habría favorecido su deseo de enseñar, como hombre aprobado por Dios, que tenía en sí algo más divino dentro del hombre visible; y ese "algo" era propiamente el Hijo de Dios, Dios el Verbo, el poder de Dios y la sabiduría de Dios, Aquel que es llamado Cristo. Pero no es este el momento de discutir la naturaleza compuesta y las partes de que estaba compuesto Jesús, que se hizo hombre; ese es un tema aparte y, si me es lícito decirlo, propio para ser investigado por los creyentes.
    14. Y la historia de Aristóteles tiene puntos de semejanza con la acusación calumniosa contra Jesús y sus discípulos. Cuando Aristóteles vio que iba a reunirse un tribunal para juzgarlo por impiedad, a causa de ciertas opiniones filosóficas que los atenienses consideraban impías, dejó Atenas y se quedó en Calcis, defendiéndose ante sus amigos con estas palabras: "Dejemos Atenas, para no dar a los atenienses ocasión de incurrir en la culpa que cometieron con Sócrates, y para que no pequen por segunda vez contra la filosofía."
    15. Y en el Libro III del mismo tratado contra Celso dice esto: —

    XVIII, 16–17

    Luego Celso pasa a citar lo que contra la enseñanza de Jesús dicen un número muy reducido de personas que se consideran cristianas, no las más inteligentes, según él supone, sino las más ignorantes, y nos dice "que tales reglas son establecidas por ellas: Que no venga persona educada, ni sabia, ni prudente; porque la educación, la sabiduría y la prudencia son tenidas entre nosotros por cosas malas. Pero si alguien es iletrado, si alguien carece de entendimiento, o no tiene educación, o es un mero niño, que venga con confianza. Ahora bien, el hecho de que confiesen que estas personas son dignas de su Dios muestra que no quieren ni pueden convencer sino a necios, gente de baja condición, zotes, esclavos, mujeres débiles y niños." Esta es nuestra respuesta. Cuando Jesús enseñaba el dominio propio, dijo: "Todo aquel que mira a una mujer para codiciarla ya adulteró con ella en su corazón." Ahora bien, supóngase que un hombre viera a unas pocas personas, entre tantas, que son consideradas cristianas, viviendo vidas desordenadas; con muy buena razón las acusaría de vivir contra la enseñanza de Jesús; pero sería sumamente irrazonable si imputara su falta al Evangelio. Asimismo, si se ve que la doctrina cristiana, tanto como cualquier otra, invita a los hombres a la sabiduría, deben ser censurados quienes se contentan con su propia ignorancia y dicen, no lo que relata Celso (pues aunque algunos son ignorantes e iletrados, no usan lenguaje tan desvergonzado), sino otras cosas que, aunque de mucho menor importancia, son sin embargo capaces de apartar a los creyentes de la práctica de la sabiduría.
    16. Que el Verbo quiere que seamos sabios podemos probarlo aun a partir de las antiguas Escrituras judías, que usamos tanto como los judíos, y no menos a partir de las que fueron escritas después de la venida de Jesús y son creídas en las iglesias como divinas. En el Salmo 50 se dice que David, en su oración a Dios, dijo: "Me has mostrado las cosas secretas y ocultas de tu sabiduría." Y cualquier lector de los Salmos puede hallar el libro lleno de muchas doctrinas sabias. Y Salomón, porque pidió sabiduría, la recibió; y las pruebas de su sabiduría pueden verse en sus obras, que contienen mucho pensamiento en pocas palabras, y en las cuales se pueden descubrir muchas alabanzas de la sabiduría y muchas admoniciones sobre la necesidad de abrazarla. Fue Salomón, de hecho, tan sabio que "la reina de Sabá, habiendo oído de su nombre y del nombre del Señor, vino a probarle con preguntas difíciles, y habló con él de todo lo que había en su corazón. Y Salomón le declaró todas sus preguntas: no hubo cosa alguna pasada por alto por el rey que no le declarara. Y la reina de Sabá vio toda la sabiduría de Salomón y todo lo que le pertenecía; y no quedó más espíritu en ella. Y dijo al rey: Verdadero era el informe que oí en mi tierra de ti y de tu sabiduría. Pero no creí las palabras hasta que vine, y mis ojos lo vieron; y he aquí que no se me había contado ni la mitad: tu sabiduría y tus riquezas exceden todo el informe que oí." De nuevo está escrito acerca del mismo Salomón: "Y Dios dio a Salomón sabiduría y entendimiento en extremo grande, y anchura de corazón como la arena que está a la orilla del mar. Y la sabiduría de Salomón excedió el entendimiento de todos los antiguos y todo el entendimiento de Egipto; y fue más sabio que todos los hombres", y así sucesivamente. Y tan deseoso está el Verbo de que haya hombres sabios entre los creyentes, que para ejercitar la inteligencia de los oyentes ha expresado algunas cosas en enigmas, algunas en lo que se llaman sentencias oscuras, otras mediante parábolas y otras mediante preguntas difíciles. Y uno de los profetas, Oseas, en sus palabras finales, exclama: "¿Quién es sabio, y entenderá estas cosas? ¿Prudente, y las conocerá?" También Daniel y sus compañeros en la cautividad hicieron tales progresos en toda la erudición cultivada por los sabios en torno al rey de Babilonia, que se probó que eran diez veces mejores que todos ellos. Y en Ezequiel se le dice al príncipe de Tiro, que se enorgullecía de su sabiduría: "¿No eres tú, ciertamente, más sabio que Daniel? Ningún secreto te fue mostrado."
    17. Y si llegas a los libros escritos después del tiempo de Jesús, hallarás que las multitudes de creyentes que oían las parábolas eran consideradas como "los de afuera", y dignas solo de los argumentos populares, mientras que los discípulos aprendían en privado la interpretación de las parábolas; porque Jesús explicaba privadamente todas las cosas a sus propios discípulos, honrando así a quienes reclamaban su sabiduría más que a las multitudes. Y promete a los que creen en Él que enviará sabios y escribas, diciendo: "He aquí, yo os envío sabios y escribas; y a algunos de ellos matarán y crucificarán." Y Pablo, en su lista de los dones de la gracia de Dios, puso en primer lugar la palabra de sabiduría, y en segundo, como inferior a ella, la palabra de conocimiento, y en tercero, todavía más bajo supongo, puso la fe. Y por cuanto honraba el Verbo por encima de los actos maravillosos, por esta razón coloca las operaciones de milagros y los dones de sanidades por debajo de los dones del Verbo. Y en los Hechos de los Apóstoles, Esteban da testimonio de la gran erudición de Moisés, tomando todas sus pruebas de escritos antiguos que no eran generalmente conocidos. Pues dice: "Y Moisés fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios." Y por esto Moisés era sospechoso en sus milagros; pensaban que podía obrarlos no porque, como profesaba, viniera de Dios, sino por la erudición de los egipcios en la que era diestro. El rey, por sospechar así de él, convocó a los encantadores de Egipto, a los sabios y a los hechiceros; y se probó que no eran nada en comparación con la sabiduría que había en Moisés, la cual superaba toda la sabiduría de los egipcios.

    XVIII, 18–20

    18. Pero lo que Pablo escribe en la primera Epístola a los Corintios, donde se dirige a ellos como griegos que se enorgullecen de su sabiduría griega, probablemente ha movido a algunos a pensar que el Verbo no quiere a los sabios. Si alguno lo piensa así, permítaseme decirle que, así como el Verbo reflexiona sobre los malos y dice que no son sabios en las cosas espirituales, invisibles y eternas, sino que, porque se ocupan solo de las cosas sensibles y las convierten en todo en todo, son sabios del mundo: así también, por cuanto hay muchas doctrinas, algunas de las cuales prestan apoyo a teorías de materia y sustancias corpóreas, y alegan que todas las subsistencias desde el principio eran corpóreas, y que no hay nada más junto a ellas, ya se llame "invisible" o "incorpóreo", el Verbo dice que esta es la sabiduría de este mundo, la cual está siendo reducida a la nada y hecha necia, y que es sabiduría de esta vida presente. Por otra parte, hay doctrinas que trasladan al alma de los asuntos terrenos a la bienaventuranza de la comunión con Dios y al reino que lleva su nombre, y enseñan al alma a despreciar todas las cosas sensibles y visibles por ser temporales, sino a proseguir hacia las cosas invisibles y a mantener ante los ojos las cosas que no se ven — y estas doctrinas, dice el Verbo, son la sabiduría de Dios. Pablo, con su amor a la verdad, hablando de ciertos sabios de entre los griegos y de la verdad que poseen, dice que, "habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni dieron gracias"; y nos dice que no tuvieron este conocimiento sin la ayuda de Dios. "Porque", dice, "Dios se lo manifestó." Supongo que alude oscuramente a quienes se elevan de las cosas visibles a las inteligibles, cuando escribe que "las cosas invisibles de él, desde la creación del mundo, se ven claramente, siendo percibidas por medio de las cosas hechas, aun su eterno poder y divinidad; de modo que no tienen excusa: porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni dieron gracias."
    19. Luego está el pasaje: "Pues mirad, hermanos, vuestra vocación: que no muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles, son llamados; sino que Dios escogió lo necio del mundo para avergonzar a los sabios; y Dios escogió lo vil del mundo y lo menospreciado y lo que no es, para reducir a la nada lo que es; a fin de que ninguna carne se gloríe delante de él." Algunos quizá se han sentido movidos por esto a suponer que ninguna persona educada, sabia o prudente abraza el Verbo. A tal persona le señalaríamos que las palabras no son: "No sabio según la carne", sino: "No muchos sabios según la carne". Y es evidente que, en el bosquejo de carácter de los que son llamados Obispos, cuando Pablo describió qué clase de hombre debe ser el obispo, dio al maestro su lugar propio: pues dice que el obispo "debe ser también capaz de convencer a los que contradicen, para que pueda tapar la boca de vanos habladores y engañadores." Y así como el Apóstol, al elegir a un hombre para el oficio de obispo, prefiere al que es marido de una sola mujer antes que al que se ha casado dos veces, y al hombre intachable antes que al que ha sido sorprendido en faltas, y al hombre templado antes que al contrario, y al hombre sobrio antes que al que no es sobrio, y al hombre ordenado antes que al que es algo desordenado: así también desea que el hombre especialmente calificado para el oficio de obispo sea apto para enseñar y capaz de tapar la boca de los que contradicen. ¿Cómo, pues, puede Celso, con alguna apariencia de razón, acusarnos de decir: "Que no venga persona educada, ni sabia, ni prudente"? De todas maneras, venga cualquier persona educada, sabia o prudente, si así lo desea; pero si alguien es ignorante, y sin inteligencia, y sin educación, e infantil, no será menos bienvenido. Pues el Verbo promete sanar a tales si vienen, haciéndolos a todos dignos de Dios.
    20. Y es otra falsedad que "los maestros del Verbo Divino quieren persuadir solo a gente necia, mal educada, estúpidos, esclavos, mujeres débiles y niños", aunque el Verbo llama aun a estos para hacerles bien. Pero también llama a quienes son muy diferentes de ellos, porque Cristo es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los que creen, ya sean hombres de entendimiento o gente más sencilla, y "Él es la propiciación ante el Padre por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo". Después de lo dicho, es demasiado esperar que respondamos a preguntas como estas, que Celso plantea: "¿Por qué es algo muy malo para un hombre haber sido educado, y haber estudiado los mejores argumentos, y ser y parecer sabio a la vez? ¿Cómo impide esto a un hombre conocer a Dios? ¿Puede acaso ser otra cosa que una ayuda y un medio por el cual un hombre pueda alcanzar más prontamente la verdad?". La verdadera educación no es algo malo, pues la educación es un camino hacia la virtud; pero ni siquiera los sabios de Grecia nos dirán que los que sostienen opiniones erróneas han de ser contados entre los "educados". Según nuestro Verbo, el conocimiento de la maldad no es sabiduría; y, si se me permite usar el término, hay un conocimiento de la maldad en los que sostienen opiniones falsas y en los que han sido engañados por argumentos falaces. Diría, por tanto, que son más ignorantes que sabios. Además, ¿quién no confesaría que es bueno haber estudiado los mejores argumentos? Sin embargo, ¿llamaremos "mejores" a cualesquiera argumentos, excepto a los que son verdaderos y que instan a los hombres a la búsqueda de la virtud? De nuevo, es bueno ser sabio, aunque no, como dice Celso, parecerlo; y haber sido educado, y haber estudiado los mejores argumentos, y ser hombre de entendimiento no es ciertamente un impedimento, sino una ayuda para conocer a Dios. Y es más propio de nosotros que de Celso decir esto, particularmente si se prueba que él es epicúreo.

    XVIII, 21–23

    21. Veamos lo que dice a continuación. "Pues ciertamente vemos incluso a los hombres de las plazas exhibiendo sus infames opiniones y reuniendo una multitud, aunque nunca se acercarían a una reunión de personas sensatas, y nunca se atreverían a mostrar sus verdaderos sentimientos entre ellas; pero dondequiera que ven a jovenzuelos, o a una tropa de esclavos, o a un grupo de necios, allá van y se exhiben." Ahora observad, os lo ruego, cómo en esto nos calumnia comparándonos con los hombres de las plazas que exhiben sus infames opiniones y reúnen una multitud. ¿Qué opiniones infames, pues, exhibimos? ¿O cómo nos asemejamos a ellos, cuando mediante lecturas y explicaciones de lo que leemos invitamos a los hombres a la adoración del Dios del universo, y al cultivo de las virtudes relacionadas con esa adoración, pero los disuadimos del desprecio del Ser Divino y de la práctica de todo lo contrario a la sana doctrina? Los filósofos, supongo, con gusto reunirían a tantos oyentes de sus discursos que invitan a los hombres a una vida virtuosa, como ha ocurrido notablemente con ciertos cínicos, que conversan públicamente con los oyentes que casualmente se encuentren presentes. ¿Se dirá entonces que estos filósofos, porque no reúnen un auditorio de personas consideradas educadas, sino que invitan al pueblo común a congregarse, son como los hombres de las plazas que exhiben sus infames opiniones y reúnen una multitud? La verdad es que ni Celso, ni nadie que esté de acuerdo con él, censura a los maestros que siguen el camino que dicta la humanidad y dirigen sus argumentos tanto a las masas ignorantes como a las demás personas.
    22. Si los filósofos no han de ser censurados por hacer esto, veamos si los cristianos no hacen más que ellos, y con mejor propósito, esforzándose por ganar a las multitudes para el amor de lo bello y lo bueno. Los filósofos que discurren en público no hacen distinciones en la elección de sus oyentes; cualquiera que quiera se queda y escucha. Pero los maestros cristianos, en cuanto pueden, primero ponen a prueba las almas de quienes desean oírlos y se alegran por ellos en privado; luego, cuando los oyentes parecen suficientemente fervorosos en su deseo de llevar una buena vida, los introducen en la asamblea pública, habiendo hecho una lista privada de los que son novicios y catecúmenos, y aún no han recibido el Sacramento de su purificación, y otra lista de los que, en lo posible, muestran su determinación de adoptar el cristianismo con exclusión de todo lo demás; y con estos están asociados ciertos oficiales designados para indagar cuidadosamente las vidas y conductas de los candidatos, a fin de impedir que los que son culpables de prácticas infames vengan a la asamblea pública, pero para acoger de corazón a los que son diferentes de estos, y hacerles bien día tras día. Y tienen un método semejante al tratar con los que caen en pecado, particularmente los licenciosos, a quienes, según Celso, se asemejan a los oradores de la plaza que exhiben sus infames opiniones, expulsan de la asamblea pública. La venerable escuela de los pitagóricos solía erigir cenotafios para los que abandonaban aquella filosofía, considerándolos como muertos. Pero nuestros maestros cristianos lamentan como muertos, por cuanto están perdidos y muertos para Dios, a los que han sido vencidos por la lascivia o alguna otra maldad repugnante; y considerándolos como resucitados de entre los muertos si manifiestan un cambio considerable, después los reciben, aunque se requiere un intervalo más largo que en el caso de los catecúmenos; sin embargo, no eligen para ningún oficio ni administración en la Iglesia de Dios a quienes pronto recayeron después de haberse sometido al Evangelio.
    23. Ahora dice Celso que estos hombres con quienes nos compara, los hombres de las plazas que exhiben sus infames opiniones y reúnen una multitud, nunca pensarían en acercarse a una compañía de personas sensatas, ni se aventurarían a mostrar sus verdaderos sentimientos entre ellas: "pero dondequiera que ven a jovenzuelos, o a una tropa de esclavos, y a un grupo de necios, allá van y se exhiben." Cuando así nos ultraja, es exactamente como las mujeres de baja condición que se complacen en calumniarse unas a otras. Pues hacemos todo lo posible por conseguir un auditorio de hombres sensatos, y entonces nos aventuramos en nuestros discursos públicos a presentar lo que es mejor y más divino, cuando tenemos un número de oyentes inteligentes; pero ocultamos y pasamos en silencio las verdades más profundas, cuando vemos que los que se congregan son la gente más sencilla, y requieren la enseñanza que metafóricamente se llama "leche". Pues Pablo, escribiendo a los Corintios, griegos cuyas costumbres aún no estaban purificadas, dice: "Os di de beber leche, no de comer carne; porque no podíais soportarla; ni aun ahora podéis; porque todavía sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos y contiendas, ¿no sois carnales y andáis como hombres?" Y el mismo Pablo, sabiendo que algunas cosas son alimento para el alma más madura, y que otras, siendo adecuadas para principiantes, son como "leche", dice: "Habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, no de alimento sólido. Porque todo aquel que participa de leche es sin experiencia de la palabra de justicia; porque es niño. Pero el alimento sólido es para los hombres adultos, es decir, para aquellos que por la costumbre tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal." Ahora bien, permitidme preguntar: ¿podrían los hombres que creen que esto está bien dicho suponer que las bellezas del Verbo nunca deben declararse a una asamblea de hombres sensatos, sino que "dondequiera que ven a jovenzuelos, y a una tropa de esclavos, y a un grupo de necios", allí "deberían presentar las verdades divinas y santas, y ante tal auditorio hacer ostentación al tratarlas?" Por el contrario, es claro para cualquiera que examine todo el curso de nuestras Escrituras que Celso, como las masas ignorantes, se mueve por odio contra la familia de Cristo cuando hace declaraciones tan falsas e injustificadas.

    XVIII, 24–26

    24. Confesamos que deseamos instruir a todos con el Verbo de Dios, haga Celso lo que quiera, para dar a los jovenzuelos la exhortación que les conviene y mostrar a los esclavos cómo pueden ser ennoblecidos por el Verbo si recobran una mente libre. Y nuestros defensores del cristianismo declaran enfáticamente que son deudores de griegos y bárbaros, de sabios y de necios; pues no niegan que están obligados a curar las almas incluso de los necios, para que, en cuanto puedan, dejando de lado su ignorancia, busquen con empeño la sabiduría y atiendan a las palabras de Salomón: "Necios, tened corazón entendido"; y: "El más necio de entre vosotros apártese hacia mí"; y a los que carecen de entendimiento la Sabiduría exhorta así: "Venid, comed de mi pan, y bebed del vino que he mezclado. Dejad la necedad para que viváis, y corregid el entendimiento en el conocimiento." También quisiera preguntar en respuesta a lo que Celso afirma, pues el punto es importante, si los maestros de filosofía no invitan a los jovenzuelos a venir a oírlos. ¿Y no instan a los jóvenes a abandonar una vida baja y volverse hacia algo mejor? ¿Cómo hace ver Celso que no desean que los esclavos abracen la filosofía? ¿Vamos a censurar a los filósofos por animar a los esclavos a volverse y llevar una vida virtuosa, como Pitágoras hizo con Zamolxis, y Zenón con Perseo, o como hicieron quienes muy recientemente ganaron a Epicteto para el lado de la filosofía? ¿Podéis vosotros, griegos, invitar a jovenzuelos, y esclavos, y necios, a abrazar la filosofía? y si nosotros lo hacemos, ¿no permitiréis que nuestro motivo sea el amor al hombre, viendo que deseamos con la virtud sanadora del Verbo curar toda naturaleza racional y hacerla apta para Dios, el Creador de todas las cosas?
    25. Cuando Celso, desconcertado por la multitud de los que acuden a oír el Verbo, alega que ninguna persona sensata obedece al Verbo, actúa como un hombre que alega que, porque tantas personas ignorantes se someten a las leyes, ninguna persona sensata obedece a Solón, por ejemplo, o a Licurgo, o a Zaleuco, o a cualquier otro legislador, particularmente si por "sensata" entiende en lo que respecta a la virtud. Pues así como los legisladores, proveyendo para las masas según sus puntos de vista sobre lo mejor, les han dado guía y leyes apropiadas por todas partes: así Dios, cuando da la ley en Jesucristo a todos los hombres en todas partes, conduce a los que no son "sensatos" así como a los demás, en cuanto tales hombres pueden ser conducidos, hacia una vida mejor. Pablo sabía esto cuando dijo: "Dios escogió lo necio del mundo para avergonzar a los que se creen sabios; y, hablando en general, llama "sabios" a todos aquellos que parecen ser proficientes en el saber pero han caído en un politeísmo impío; pues "Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por la semejanza de una imagen de hombre corruptible, y de aves, y de cuadrúpedos, y de reptiles."
    26. Celso censura al maestro cristiano como si buscara especialmente a ignorantes. En respuesta preguntaríamos: ¿A qué ignorantes os referís? Porque, hablando con propiedad, todo hombre inferior es un ignorante. Pues bien, si por ignorantes queréis decir gente inferior, ¿cuándo intentáis atraer hombres a la filosofía buscáis atraer a la gente inferior o a la culta? Ciertamente no a la culta, pues ya están familiarizados con la filosofía. A la gente inferior, entonces. Pero la gente inferior, como hemos visto, son ignorantes; y vuestro objetivo es ganar a muchos de esos hombres inferiores para la filosofía; se sigue que también vosotros buscáis ignorantes. Pero yo, aunque busque a los que así se llaman "ignorantes", soy como un médico humano que busca a los enfermos para traerles la ayuda que necesitan y restaurarlos a la salud y la fuerza. Si, no obstante, por "ignorantes" queréis decir a los que no solo no son listos, sino que son prodigiosamente estúpidos, mi respuesta es que hago lo posible por beneficiar también a estos, aunque no me gustaría que el grueso de los cristianos consistiera en ellos. Por preferencia busco hombres de cierta inteligencia y agudeza, en cuanto que son capaces de rastrear la interpretación clara de los dichos difíciles y de los pasajes oscuros de la Ley y los Profetas, y de los Evangelios, que habéis despreciado como si no contuvieran nada de valor, porque no habéis examinado de cerca su sentido, ni habéis tratado de penetrar en el significado de los escritores.
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la parte 6 de 12