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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 12 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 2 · ≈ 13 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
  3. Sesión 3 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
  4. Sesión 4 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
  5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
  7. Sesión 7 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo II. Que la Escritura Divina está cerrada y sellada
  8. Sesión 8 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo III. Por qué los libros inspirados son veintidós en número
  9. Sesión 9 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo V. Qué es "mucho hablar", y cuáles son los "muchos libros"?
  10. Sesión 10 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo VI. Toda la Divina Escritura es un instrumento de Dios, perfecto y apto para su obra
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo IX. Por qué es que la Divina Escritura usa a menudo el mismo término con significaciones diferentes, aun en el mismo lugar
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo X. Del las cosas en la Divina Escritura que parecen acercarse a ser piedra de tropiezo y roca de escándalo
  13. Sesión 13 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo XII. Que un hombre no debe desmayar al leer la Divina Escritura si no puede comprender los enigmas oscuros y las parábolas que hay en ella
  14. Sesión 14 · Parte 4 · ≈ 11 minCapítulo XIV. Aquellos que desean entender correctamente las Divinas Escrituras deben por necesidad conocer los principios lógicos adaptados a su uso
  15. Sesión 15 · Parte 4 · ≈ 12 minCapítulo XV. Respuesta a los filósofos griegos que menosprecian la pobreza de estilo de las Divinas Escrituras
  16. Sesión 16 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo XV. Respuesta a los filósofos griegos que menosprecian la pobreza de estilo de las Divinas Escrituras
  17. Sesión 17 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Acerca aquellos que difaman el cristianismo a causa de las herejías en la Iglesia
  18. Sesión 18 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo XVII. Una respuesta a ciertos filósofos que dicen que da lo mismo si llamamos a Aquel que es Dios sobre todos
  19. Sesión 19 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo XVIII. Una respuesta a aquellos filósofos griegos que profesan saberlo todo, y censuran la fe sencilla del hombre cristiano
  20. Sesión 20 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo XVIII. Una respuesta a aquellos filósofos griegos que profesan saberlo todo, y censuran la fe sencilla del hombre cristiano
  21. Sesión 21 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo XVIII. Una respuesta a aquellos filósofos griegos que profesan saberlo todo, y censuran la fe sencilla del hombre cristiano
  22. Sesión 22 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo XVIII. Una respuesta a aquellos filósofos griegos que profesan saberlo todo, y censuran la fe sencilla del hombre cristiano
  23. Sesión 23 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo XIX. Y de nuevo, anteriormente en el mismo libro, Orígenes dice que nuestra fe en nuestro Señor nada tiene en común con la fe irracional y supersticiosa de los gentiles
  24. Sesión 24 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
  25. Sesión 25 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
  26. Sesión 26 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
  27. Sesión 27 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
  28. Sesión 28 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
  29. Sesión 29 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo XXI. Del libre albedrío, con una explicación e interpretación de aquellas palabras de la Escritura que parecen destruirlo
  30. Sesión 30 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo XXI. Del libre albedrío, con una explicación e interpretación de aquellas palabras de la Escritura que parecen destruirlo
  31. Sesión 31 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo XXI. Del libre albedrío, con una explicación e interpretación de aquellas palabras de la Escritura que parecen destruirlo
  32. Sesión 32 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo XXI. Del libre albedrío, con una explicación e interpretación de aquellas palabras de la Escritura que parecen destruirlo
  33. Sesión 33 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo XXI. Del libre albedrío, con una explicación e interpretación de aquellas palabras de la Escritura que parecen destruirlo
  34. Sesión 34 · Parte 9 · ≈ 12 minCapítulo XXII. ¿Qué es la dispersión en la tierra de las almas racionales, es decir, humanas, indicada veladamente en la construcción de la torre y en la confusión de lenguas que allí tuvo lugar?
  35. Sesión 35 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo XXII. ¿Qué es la dispersión en la tierra de las almas racionales, es decir, humanas, indicada veladamente en la construcción de la torre y en la confusión de lenguas que allí tuvo lugar?
  36. Sesión 36 · Parte 10 · ≈ 13 minCapítulo XXIII. Sobre el destino, y cómo, aunque Dios conoce de antemano la conducta de cada uno, la responsabilidad humana permanece la misma
  37. Sesión 37 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo XXIII. Sobre el destino, y cómo, aunque Dios conoce de antemano la conducta de cada uno, la responsabilidad humana permanece la misma
  38. Sesión 38 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo XXIII. Sobre el destino, y cómo, aunque Dios conoce de antemano la conducta de cada uno, la responsabilidad humana permanece la misma
  39. Sesión 39 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo XXIII. Sobre el destino, y cómo, aunque Dios conoce de antemano la conducta de cada uno, la responsabilidad humana permanece la misma
  40. Sesión 40 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo XXIV. Materia no es increada, ni la causa del mal
  41. Sesión 41 · Parte 11 · ≈ 12 minCapítulo XXIV. Materia no es increada, ni la causa del mal
  42. Sesión 42 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo XXV. Que la "separación" que surge de la presciencia no suprime el libre albedrío
  43. Sesión 43 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo XXVI. De la cuestión de las cosas "buenas" y "malas"
  44. Sesión 44 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo XXVI. De la cuestión de las cosas "buenas" y "malas"
  45. Sesión 45 · Parte 12 · ≈ 12 minCapítulo XXVII. El significado de del endurecimiento del corazón de Faraón por el Señor
  46. Sesión 46 · Parte 12 · ≈ 12 minCapítulo XXVII. El significado de del endurecimiento del corazón de Faraón por el Señor
  47. Sesión 47 · Parte 12 · ≈ 3 minLo que dejó la Filocalia

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    TEXTOS — ORÍGENES DE ALEJANDRÍA

    Índice de la obra

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    Filocalia

    Antología compilada probablemente a fines de los años 350 o comienzos de los 360 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de George Lewis (1911)53 minPosición: 0% de esta parteParte 7 de 12 · Capítulo XIX. Y de nuevo, anteriormente en el mismo libro, Orígenes dice que nuestra fe en nuestro Señor nada tiene en común con la fe irracional y supersticiosa de los gentilesPublicado el Actualizado el Ref. ESC-ORI-06

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 12 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 2 · ≈ 13 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
    3. Sesión 3 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
    4. Sesión 4 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
    5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 12 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
    6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo I. De la inspiración de la divina Escritura
    7. Sesión 7 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo II. Que la Escritura Divina está cerrada y sellada
    8. Sesión 8 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo III. Por qué los libros inspirados son veintidós en número
    9. Sesión 9 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo V. Qué es "mucho hablar", y cuáles son los "muchos libros"?
    10. Sesión 10 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo VI. Toda la Divina Escritura es un instrumento de Dios, perfecto y apto para su obra
    11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo IX. Por qué es que la Divina Escritura usa a menudo el mismo término con significaciones diferentes, aun en el mismo lugar
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo X. Del las cosas en la Divina Escritura que parecen acercarse a ser piedra de tropiezo y roca de escándalo
    13. Sesión 13 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo XII. Que un hombre no debe desmayar al leer la Divina Escritura si no puede comprender los enigmas oscuros y las parábolas que hay en ella
    14. Sesión 14 · Parte 4 · ≈ 11 minCapítulo XIV. Aquellos que desean entender correctamente las Divinas Escrituras deben por necesidad conocer los principios lógicos adaptados a su uso
    15. Sesión 15 · Parte 4 · ≈ 12 minCapítulo XV. Respuesta a los filósofos griegos que menosprecian la pobreza de estilo de las Divinas Escrituras
    16. Sesión 16 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo XV. Respuesta a los filósofos griegos que menosprecian la pobreza de estilo de las Divinas Escrituras
    17. Sesión 17 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Acerca aquellos que difaman el cristianismo a causa de las herejías en la Iglesia
    18. Sesión 18 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo XVII. Una respuesta a ciertos filósofos que dicen que da lo mismo si llamamos a Aquel que es Dios sobre todos
    19. Sesión 19 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo XVIII. Una respuesta a aquellos filósofos griegos que profesan saberlo todo, y censuran la fe sencilla del hombre cristiano
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    23. Sesión 23 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo XIX. Y de nuevo, anteriormente en el mismo libro, Orígenes dice que nuestra fe en nuestro Señor nada tiene en común con la fe irracional y supersticiosa de los gentiles
    24. Sesión 24 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
    25. Sesión 25 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
    26. Sesión 26 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
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    28. Sesión 28 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales
    29. Sesión 29 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo XXI. Del libre albedrío, con una explicación e interpretación de aquellas palabras de la Escritura que parecen destruirlo
    30. Sesión 30 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo XXI. Del libre albedrío, con una explicación e interpretación de aquellas palabras de la Escritura que parecen destruirlo
    31. Sesión 31 · Parte 8 · ≈ 12 minCapítulo XXI. Del libre albedrío, con una explicación e interpretación de aquellas palabras de la Escritura que parecen destruirlo
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    36. Sesión 36 · Parte 10 · ≈ 13 minCapítulo XXIII. Sobre el destino, y cómo, aunque Dios conoce de antemano la conducta de cada uno, la responsabilidad humana permanece la misma
    37. Sesión 37 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo XXIII. Sobre el destino, y cómo, aunque Dios conoce de antemano la conducta de cada uno, la responsabilidad humana permanece la misma
    38. Sesión 38 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo XXIII. Sobre el destino, y cómo, aunque Dios conoce de antemano la conducta de cada uno, la responsabilidad humana permanece la misma
    39. Sesión 39 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo XXIII. Sobre el destino, y cómo, aunque Dios conoce de antemano la conducta de cada uno, la responsabilidad humana permanece la misma
    40. Sesión 40 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo XXIV. Materia no es increada, ni la causa del mal
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    43. Sesión 43 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo XXVI. De la cuestión de las cosas "buenas" y "malas"
    44. Sesión 44 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo XXVI. De la cuestión de las cosas "buenas" y "malas"
    45. Sesión 45 · Parte 12 · ≈ 12 minCapítulo XXVII. El significado de del endurecimiento del corazón de Faraón por el Señor
    46. Sesión 46 · Parte 12 · ≈ 12 minCapítulo XXVII. El significado de del endurecimiento del corazón de Faraón por el Señor
    47. Sesión 47 · Parte 12 · ≈ 3 minLo que dejó la Filocalia

    Capítulo XIX. Y de nuevo, anteriormente en el mismo libro, Orígenes dice que nuestra fe en nuestro Señor nada tiene en común con la fe irracional y supersticiosa de los gentiles

    y que es a la vez digna de elogio y conforme con las nociones morales originarias de la humanidad. En respuesta también a quienes dicen: ¿Cómo pensamos que Jesús es Dios, viendo que tuvo un cuerpo mortal?

    XIX, 1–4

    1. La fe en Antínoo o en algún otro héroe egipcio o griego es, si se me permite la expresión, desafortunada; pero la fe en Jesús parece ser o bien afortunada, o bien tener sus pretensiones severamente probadas; pues parece ser afortunada para la multitud, y severamente probada por muy pocos. Y si digo que cierta fe es afortunada, como la llamaría la multitud, refiero la explicación de esta buena fortuna a Dios, que conoce las causas de la suerte de cada ser humano en la vida. Y los griegos admitirán también que, incluso en el caso de quienes son tenidos por sus hombres más sabios, la buena fortuna explica mucho, como por ejemplo la clase de maestros que tienen, y si se encuentran con otros mejores (pues otros hombres enseñan doctrinas opuestas), y si han recibido una mejor educación. Pues es la suerte de muchos ser educados de tal manera que no pueden obtener ni siquiera una percepción débil de la vida superior, sino que desde sus primeros años están destinados a estar entre los favoritos de hombres licenciosos, o de tiranos, o a hallarse en alguna otra condición triste que impide que se abran los ojos del alma. Supongo plenamente que las causas de esto se han de hallar en los decretos de la Providencia; pero no es fácil explicar cómo afectan las causas a la humanidad. Pensé en hacer esta digresión de pasada, pues recordamos el antiguo dicho: "¡Qué maravillas obra la fe cuando una vez se apodera de algo!" Era necesario hablar de diferentes formas de fe debido a las diferentes maneras en que los hombres son educados; y a partir de esto pasar a mostrar que lo que se llama buena o mala fortuna parece ayudar incluso a los hombres inteligentes en este mismo respecto: que parecen más razonables que otros hombres, y con mejor razón adoptan en su mayor parte sus opiniones. Pero basta con esto.
    2. Pero debemos considerar lo que dice Celso a continuación. Entre otras cosas, nos dice que "ya estamos bajo la influencia de la fe cuando así nos sometemos a Jesús". Y en verdad la fe efectúa esta sumisión. Observad, sin embargo, si el acto mismo de fe no muestra algo digno de elogio cuando nos sometemos a Dios, que está sobre todas las cosas, confesando nuestra gratitud a Aquel que nos ha guiado a tal fe, y diciendo que no sin la ayuda de Dios emprendió y llevó a cabo tan difícil tarea. Y creemos también en las intenciones de quienes escribieron los Evangelios, al advertir la cautela y la escrupulosidad mostradas en sus escritos, y cómo no admiten nada espurio, aventurado, inventado o falto de escrúpulos. Pues nos impresiona que almas que nada sabían de los extraños artificios enseñados por la sofística sin escrúpulos de los griegos, y por la retórica que se esgrime en los tribunales, no podrían haber inventado así incidentes capaces por sí mismos de llevar a los hombres a la fe y a una vida conforme a su fe. Y supongo que por esto quiso Jesús emplear a tales maestros de sus doctrinas, para que no hubiera lugar a sospechar en ellos sofismas plausibles, sino para que quienes son capaces de entender vean claramente que la pureza de intención de los escritores, con su, si se me permite decirlo, gran sencillez, fue considerada digna de la ayuda divina, la cual realiza mucho más de lo que la dicción, la composición y la recta construcción con sus refinamientos y reglas del arte griego parecen capaces de realizar.
    3. Ahora ved si los principios de nuestra fe, estando en conformidad con las concepciones originarias del hombre, no obran un cambio en los oyentes de mente recta del Verbo. Pues aunque la doctrina pervertida, apoyada con mucha instrucción, ha podido implantar en la mente de la multitud la creencia de que las imágenes son dioses, y de que las cosas hechas de oro, plata, marfil y piedra son dignas de culto, el sentido común, sin embargo, nos prohíbe pensar que Dios sea de algún modo materia corruptible, o que se le honre cuando es modelado por hombres en formas de materia muerta, que se supone lo representan pictórica o simbólicamente. Y, en consecuencia, decidimos de inmediato respecto de las imágenes que no son dioses; y respecto de tales obras de arte que no han de compararse con el Creador; y que resultan insignificantes cuando pensamos en Dios, que está sobre todas las cosas, Hacedor, Conservador y Gobernador del universo. Y el alma racional, como si reconociera su afinidad, rechaza de inmediato lo que hasta entonces imaginaba como dioses, y reanuda su afecto natural hacia el Creador; y a causa de ese afecto natural hacia Él, acepta con avidez a Aquel que primero mostró estas verdades al mundo gentil por medio de los discípulos que preparó y a quienes envió con poder y autoridad divinos a predicar el Verbo acerca de Dios y de su reino.
    4. Y puesto que Celso, no sé cuántas veces ya, nos echa en cara que sostenemos que Jesús, aunque tuvo un cuerpo mortal, es un dios, y que suponemos que en esto mostramos nuestra piedad, es superfluo decir más, pues ya se ha dicho más que suficiente. Con todo, quisiera que nuestros acusadores supieran que Aquel que pensamos y estamos persuadidos que era desde el principio Dios e Hijo de Dios, es el Verbo mismo, la Sabiduría misma y la Verdad misma; y afirmamos que el cuerpo mortal y el alma humana que en él moraba, no solo por comunicación con Él, sino por unión y mezcla íntima, obtuvieron los más altos honores, y habiendo participado de la naturaleza divina, fueron asumidos en Dios. Y si alguien tropieza con lo que decimos acerca de su cuerpo, preste atención a lo que dicen los griegos acerca de la materia, que en sí misma carece de cualidades, adquiriendo las cualidades que el Creador desea revestirle; y cómo con frecuencia se despoja de sus cualidades anteriores y asume otras mejores de una clase diferente. Pues si esta es doctrina sólida, ¿es de extrañar que la cualidad de mortalidad inherente al cuerpo de Jesús debiera, por la providencia de Dios, que así lo quiso, cambiar en una que fuera celestial y divina?
    Comentario editorial · Antínoo: dos fechas
    El capítulo compara la fe en Antínoo con la fe en Jesús. Antínoo fue el favorito del emperador Adriano. Lewis, en una nota, dice que se ahogó en el Nilo en el año 122 y que Adriano lo hizo contar entre los dioses, y remite a Contra Celso III, 36–37. Wikipedia sitúa su muerte en octubre de 130, durante un viaje de Adriano por el Nilo; añade que Adriano lo proclamó dios y que las circunstancias del fallecimiento siguen siendo un misterio, entre el accidente, el suicidio y el sacrificio. Las dos fuentes difieren en la fecha.

    XIX, 5

    5. Celso, pues, no mostró su habilidad dialéctica cuando, comparando la carne humana de Jesús con el oro, la plata y la piedra, vio que era más corruptible que ellos. Pues, hablando con propiedad, lo incorruptible no puede ser más incorruptible que otra cosa incorruptible, ni lo corruptible puede ser más corruptible que otra cosa corruptible. Pero aun admitiendo que hay grados de corruptibilidad, responderemos además que, si es posible que la materia que subyace a todas las cualidades cambie sus cualidades, ¿por qué habría de ser imposible que la carne de Jesús cambiara sus cualidades, y llegara a ser tal como debe ser si ha de vivir en el cielo y en las regiones superiores, no teniendo ya las cualidades de la debilidad carnal, y cualesquiera otras cualidades que Celso llamó "impurezas"? y al hacerlo no habló como filósofo. Pues, en el sentido propio, la impureza es el resultado del vicio; pero la naturaleza del cuerpo no está contaminada; pues en cuanto naturaleza corporal no tiene vicio, que es el que genera la impureza.

    Capítulo XX. Una respuesta a aquellos que dicen que el mundo entero, incluido el hombre, no fue hecho para el hombre, sino para las criaturas irracionales

    pues las criaturas irracionales viven con menos fatiga que los hombres; además, que son más sabias que nosotros, y son queridas de Dios, y tienen un concepto de Dios, y conocen por anticipado el futuro; en lo cual también nos opondremos a la transmigración de las almas, y tendremos algo que decir acerca de la adivinación y de la superchería relacionada con ella. Del Libro IV. contra Celso.

    XX, 1–3

    1. Luego dice —me refiero a Celso—: "Pero, para no limitar mis observaciones a los judíos, pues ese no es mi propósito, sino para tratar del conjunto de la naturaleza, como prometí, explicaré con más claridad lo que he dicho". ¿Qué hombre modesto que lea esto y sea consciente de la debilidad humana no retrocedería ante la impertinencia de un hombre que promete dar cuenta del conjunto de la naturaleza, y tan presuntuoso como Celso al atreverse a dar semejante título a su libro? Veamos, pues, qué es lo que promete decirnos acerca del conjunto de la naturaleza, y qué luz arroja sobre el asunto.
    2. Pues bien, pasa a censurarnos largamente por afirmar que Dios ha hecho todas las cosas para el hombre. Y, acudiendo a las historias de los animales y a la sagacidad que manifiestan, quiere probar que todo existe no más para los hombres que para las criaturas irracionales. En esto me parece hablar como aquellos hombres que, por odio a las personas que les desagradan, les reprochan las mismas cualidades por las que se alaba a sus propios amigos. Pues así como la enemistad ciega a estos hasta el punto de no darse cuenta de que acusan a sus amigos cuando creen denigrar a sus enemigos, así Celso, en esta confusión de pensamiento, no ha visto que censura a los filósofos del Pórtico, en cuanto que, no sin sabiduría, otorgan al hombre el primer lugar y, en general, prefieren la naturaleza racional a todos los seres irracionales, y sostienen que la Providencia ha hecho todas las cosas principalmente por causa de la creación racional. Y las criaturas racionales, en cuanto que son los objetos principales de la Providencia, son consideradas como hijos engendrados; pero las criaturas irracionales e inanimadas son como las secundinas. Pienso además que, así como en nuestras ciudades los inspectores de los víveres y del mercado ejercen su oficio solamente por causa de los hombres, pero aun los perros y otras criaturas irracionales disfrutan también de la abundancia, así la Providencia provee principalmente para las criaturas racionales, pero de ello se sigue también que las criaturas irracionales disfruten de lo que existe por causa de los hombres. Y así como yerra quien dice que los encargados del mercado no proveen más para los hombres que para los perros, porque tanto los perros como los hombres disfrutan de la abundancia de lo que se vende, así Celso y los que piensan como él son mucho más culpables de impiedad hacia Dios, "que provee para las criaturas racionales; pues fingen preguntar. "¿Qué más se hace para el sustento del hombre que para las plantas, los árboles, las raíces y los espinos?"
    3. Pues, en primer lugar, mostrando ahora más claramente sus ideas epicúreas, piensa que "el trueno, el relámpago y la lluvia no son obras de Dios". Y, en segundo lugar, dice que "si uno concediera que estas son obras de Dios, no existen más para nosotros los hombres que para las plantas, los árboles, las raíces y los espinos"; así, como un verdadero epicúreo, admite que son resultado del azar y no dispuestas por la Providencia. Si no son más útiles a los hombres que a las plantas, los árboles, las raíces y los espinos, es claro que no son don de la Providencia, o que proceden de una Providencia que no provee más para nosotros que para los árboles, una raíz o un espino. Pero la impiedad es evidente de cualquier modo que se tome; y es necio oponerse a tales opiniones resistiendo a un hombre que nos acusa de impiedad; pues cualquiera puede ver, por lo dicho, quién es el culpable de impiedad. Luego añade: "Aun si decís que estas cosas (se refiere, claramente, a las plantas, los árboles, las raíces y los espinos) crecen para los hombres, ¿qué razón hay para decir que crecen más por causa de los hombres que por causa de las criaturas irracionales más salvajes?". Desearía que Celso nos dijera claramente que la gran variedad en los productos de la tierra no es obra de la Providencia, sino que un concurso fortuito de átomos es la causa de tantas cualidades, y que debemos al azar tantas especies de plantas, árboles y hierbas que se asemejan unas a otras; y que ninguna razón las diseñó desde el principio, y que no brotan de un entendimiento infinitamente admirable. Pero nosotros, los cristianos, que estamos consagrados al servicio del Creador de estas cosas, el único Dios, encontramos aun en esto motivos de gratitud al Hacedor de todas ellas, porque preparó para nosotros una morada tan hermosa y, por causa nuestra, para los animales que nos sirven: "Él hace brotar la hierba para el ganado, y la planta para el servicio del hombre, para sacar alimento de la tierra; y el vino que alegra el corazón del hombre, y el aceite que hace brillar su rostro, y el pan que fortalece el corazón del hombre". Y si también preparó alimento para las bestias más salvajes, no es de extrañar; pues estas bestias, como han sostenido algunos filósofos, estaban destinadas a ser una escuela de adiestramiento para la criatura racional. Y uno de nuestros sabios dice en algún lugar: "No digáis: ¿Qué es esto? ¿para qué es aquello?, porque todas las cosas han sido hechas para sus usos"; y: "No digáis: ¿Qué es esto? ¿para qué es aquello?, porque a su tiempo serán buscadas".

    XX, 4–6

    4. Después de esto, queriendo Celso mostrar que la Providencia no ha hecho las cosas que crecen sobre la tierra más para nosotros que para las bestias más salvajes, dice: "Nos agotamos con un trabajo incesante, y aun con toda nuestra labor apenas conseguimos el sustento; pero todo crece para las bestias sin que aren ni siembren". No ve que, porque Dios quiso que la inteligencia del hombre encontrara en todas partes un campo de ejercicio, para que no permaneciera ociosa y sin alguna noción de las artes, hizo al hombre una criatura de muchas necesidades, con la intención de que fuera impulsado por sus propias necesidades a descubrir artes diversas, unas para su sustento, otras para su protección. Pues era mejor que los hombres que no habían de buscar ni estudiar las cosas divinas estuvieran en necesidad, de modo que tuvieran que emplear su entendimiento en descubrir esas artes diversas, antes que, por la abundancia, descuidaran por completo su entendimiento. Un resultado de la escasez de las cosas necesarias para la vida fue la agricultura; otro, el cultivo de la vid; otro, los distintos modos de jardinería; otro, los oficios del carpintero y del herrero, que suministran herramientas a las artes que atienden al sustento del hombre. Y la necesidad de protección trajo el tejido, que siguió al cardado e hilado de la lana, y también la construcción; y así la inteligencia del hombre se elevó incluso hasta la arquitectura. Y la falta de cosas necesarias condujo también al transporte de mercancías desde ciertos lugares, mediante el arte de navegar y la pericia del piloto, hasta quienes carecían de ellas; de modo que, por estas razones, así como por otras, uno podría admirar a la Providencia por haber hecho a la criatura racional, para su provecho, más necesitada que las criaturas irracionales. Pues las criaturas irracionales tienen su alimento preparado, porque no poseen medios de cultivar las artes; y tienen una protección natural, pues están cubiertas de pelo, o de alas, o de escamas córneas, o de conchas.
    5. Pero algún defensor de la dignidad del hombre, nos dice, puede objetar que las criaturas irracionales fueron creadas por causa del hombre. "Si alguien nos llamara señores de la creación porque cazamos y nos alimentamos de las demás criaturas, preguntaremos a nuestra vez: ¿No está más cerca de la verdad decir que nosotros existimos por causa de ellas, porque ellas nos cazan y nos devoran? El hecho es que nosotros debemos tener redes y armas, y muchos hombres, y perros, que nos ayuden en la caza, mientras que la naturaleza les dio sus propias armas en cuanto nacieron, haciendo así de nosotros una presa fácil para ellas." Ahora bien, aquí veis de nuevo cuán gran ayuda es para nosotros el don del entendimiento, y mejor que cualquier arma que las fieras parecen tener. Nosotros, al menos, aunque nuestra fuerza corporal es muy inferior a la de los animales, y muy inferior a la de algunos de ellos, obtenemos dominio sobre ellos mediante nuestro entendimiento, y cazamos incluso bestias tan enormes como los elefantes. A algunos animales que la naturaleza destinó a ser domesticados, los amansamos con nuestra mansedumbre; pero al tratar con los que no pueden ser domesticados, o a los que parecería inútil domesticar, atendemos a nuestra propia seguridad, y cuando queremos los mantenemos encerrados, o, cuando los queremos para alimento, los matamos, tal como hacemos con los animales que no son salvajes. Así pues, el Creador ha hecho todas las cosas para que sirvan a la criatura racional, y para que estén sometidas a su inteligencia racional. Necesitamos perros para fines tales como guardar los rebaños, o el ganado, o las manadas de cabras, o nuestras casas; y ganado para labrar la tierra; mientras que usamos otras bestias para tirar de vehículos o llevar cargas. Así podemos decir que los leones y los osos, los leopardos y los jabalíes, y todos los animales semejantes, se nos han dado para ejercitar y desarrollar nuestra hombría.
    6. Luego, desafiando a la humanidad, que percibe su propia superioridad sobre las criaturas irracionales, dice: "En respuesta a vuestra afirmación de que Dios nos ha dado el poder de capturar y aprovechar plenamente a las bestias salvajes, adoptaremos esta posición. Es probable que, antes de que se construyeran ciudades, o se inventaran los oficios, o se hicieran arreglos sociales semejantes, antes de que se idearan armas y redes, los hombres fueran arrebatados y devorados por las bestias salvajes, mientras que las bestias solo por rarísima casualidad eran capturadas por los hombres." Ahora bien, en respuesta a esto, advertid que, aunque los hombres capturen a las bestias y las bestias arrebaten a los hombres, hay una gran diferencia entre los hombres que prevalecen por la inteligencia y las bestias cuya naturaleza salvaje y cruel les da el dominio sobre los hombres, y que no usan su inteligencia para asegurar su salvación frente a ellas. Cuando Celso hace la observación acerca de un tiempo en que no había ciudades, ni artes, ni tales medios de trato social, debe, creo, haber olvidado lo que dijo antes, a saber, que "el mundo era increado e incorruptible, y que solo los moradores de la tierra estaban expuestos a diluvios y conflagraciones, y que sus desgracias no terminaban ahí". Así como no corresponde a quienes suponen que el mundo es eterno hablar de su comienzo, tampoco pueden hablar de un tiempo en que no había ciudades de ninguna clase y las artes no habían sido descubiertas. Ahora bien, por mor del argumento, concedamos que él y nosotros estamos aquí de acuerdo, aunque no es en absoluto coherente consigo mismo en lo que dijo antes. Pero ¿tiene esto algo que ver con que los hombres al principio fueran capturados y devorados por las fieras, mientras que aún las fieras no eran capturadas por los hombres? Ciertamente, si el mundo llegó a existir mediante la sabiduría de la Providencia, y Dios es el soberano de todo, las pequeñas centellas de la raza humana deben al principio haber sido guardadas por un poder superior, de modo que al principio hubo trato entre la Naturaleza Divina y los hombres. Así lo pensó el poeta de Ascra, pues dijo:
    "Comunes eran entonces los banquetes, y comunes los asientos,
    para los dioses inmortales y los hombres mortales."

    XX, 7–9

    7. Y el Verbo divino, según Moisés, al presentar a los primeros hombres, les hace oír una voz más divina, y oráculos, y a veces ver a los ángeles de Dios que venían a visitarlos. Es ciertamente probable que, al comienzo del mundo, la naturaleza humana recibiera más ayuda que después; hasta el momento en que, habiendo avanzado en entendimiento y en las demás cualidades viriles, y habiendo descubierto artes diversas, los hombres pudieron vivir vidas independientes, y no necesitaron continuamente guardianes y gobernadores, con manifestación milagrosa del servicio prestado a la voluntad de Dios. Por consiguiente, es falso decir que al principio "los hombres eran capturados y devorados por las bestias, pero las bestias casi nunca eran capturadas por los hombres". Y esto muestra también la falsedad de lo que Celso expresa así: "De modo que, al menos en este aspecto, Dios sometió a los hombres a las bestias, antes que a las bestias a los hombres". Pues Dios no sometió a los hombres a las bestias, sino que dio las bestias para que fueran capturadas por la inteligencia de los hombres, y por las artes que la inteligencia sugiere para su destrucción. Pues no sin la ayuda de Dios idearon los hombres los medios de salvarse de las bestias y de mantener su dominio sobre ellas.
    8. El noble crítico, pasando por alto el hecho de que tantos filósofos introducen la Providencia en sus argumentos y afirman que hace todo por causa de las criaturas racionales, se esfuerza cuanto puede por destruir sus doctrinas, que son útiles para mostrar el acuerdo de la doctrina cristiana y la filosofía en estos puntos; ni percibe qué injuria y estorbo es para la piedad aceptar la opinión de que para Dios no hay diferencia entre el hombre y las hormigas o las abejas. Como no observa esto, Celso dice: "Si los hombres parecen aventajar a las criaturas irracionales, en cuanto que habitan en ciudades, y tienen alguna forma de gobierno, y magistraturas, y autoridades, ello nada viene al caso, pues las hormigas y las abejas poseen también todo esto. Las abejas, en todo caso, tienen su reina con su séquito y servidores; tienen también sus guerras y victorias, y hacen cautivos a los vencidos; tienen sus ciudades e incluso arrabales, la división del trabajo, y tribunales para juzgar a los miembros ociosos y malos de la comunidad; en cualquier caso, expulsan a los zánganos y los castigan." Ahora bien, tampoco aquí ha visto Celso dónde reside la diferencia entre lo que se realiza por el pensamiento y la razón, y lo que resulta de una naturaleza irracional y de la mera hechura de una criatura. No hay en las criaturas un don original de razón que explique estas acciones, pues no tienen razón; sino que el Ancianísimo, Aquel que es a la vez Hijo de Dios y Rey del universo que le está sujeto, ha creado una naturaleza irracional que, por su misma falta de razón, ayuda a las criaturas no consideradas dignas de razón. Las ciudades, pues, surgieron entre los hombres junto con muchas artes y un sistema legal; y las formas de gobierno, las magistraturas y las autoridades humanas, ya sean las que se llaman propiamente así porque aseguran buenos hábitos y actividades, o las que reciben ese nombre con menos propiedad, en la medida en que imitan hasta donde es posible a las primeras; pues fue contemplando estos hábitos y actividades como los legisladores lograron establecer las mejores formas de gobierno, magistraturas y autoridades. Pero nada semejante puede hallarse entre las criaturas irracionales, aunque Celso transfiera a las hormigas y a las abejas los nombres derivados de la razón, y las instituciones fundadas en la razón, "ciudad", "gobierno", "magistraturas", "autoridades". Aun así, no debemos aceptar a las hormigas o a las abejas, pues no razonan cuando actúan así; sino que debemos admirar la naturaleza divina, que extiende hasta las criaturas irracionales lo que puedo llamar la imitación de lo racional, quizá para ruborizar a las criaturas racionales; de modo que, cuando miren a las hormigas, se vuelvan más diligentes y administren mejor sus propios bienes; y cuando observen a las abejas, obedezcan a sus autoridades, y tomen su parte en los deberes de gobierno que tienden a promover el bienestar de los ciudadanos.
    9. Tal vez las llamadas "guerras" de las abejas están destinadas a ser una lección de guerra justa y regular entre los hombres, si surgiera la necesidad. Y las abejas no tienen "ciudades" ni "suburbios"; pero sus colmenas y celdas hexagonales, sus obras y su división del trabajo, son para el bien de los hombres, que requieren miel para muchos propósitos, para la curación de sus cuerpos y como alimento saludable. Y no debemos comparar el trato que las abejas dan a los zánganos con los tribunales que procesan a los holgazanes y a los malhechores en nuestras ciudades, ni con los castigos que se les infligen. Pero, como dije antes, aunque debemos admirar la naturaleza de las abejas en estos aspectos, debemos reconocer que el hombre es capaz de considerar los detalles de todo y de ordenarlo todo, pues coopera con la Providencia, y no solo realiza las obras de la Providencia de Dios, sino también las de su propia previsión.

    XX, 10–12

    10. Después de hablar de las abejas, para desacreditar en la medida de lo posible las ciudades, las formas de gobierno, las magistraturas, las autoridades y la guerra patriótica, no solo de los cristianos sino de la humanidad en general, Celso procede a presentar un elaborado elogio de las hormigas, a fin de que, al elogiar así a las hormigas, pueda derribar la superioridad del hombre en la gestión de sus provisiones de alimentos, y mostrar su desprecio por la provisión que el hombre hace para sus cuarteles de invierno, como si no fuera más que la previsión irracional de las hormigas donde Celso cree que la muestran. ¿No convertiría Celso, en lo que de él depende, a cualquiera de los más simples, y a los que no están capacitados para examinar las cosas en todos sus aspectos, de ayudar a un semejante muy cargado y de compartir su fatiga, diciéndonos que las hormigas, cuando ven a una compañera que se afana con una carga, la ayudan a llevarla? El que necesita la instrucción del Verbo, y de ninguna manera le presta oído, dirá: "Parece que no somos mejores que las hormigas incluso cuando ayudamos a los que están fatigados por sus pesadas cargas; ¿por qué seguir haciéndolo en vano?" Las hormigas, en efecto, al ser criaturas irracionales, no se enorgullecerían porque sus obras se compararan con las de los hombres; pero los hombres, al poder aprender mediante la razón cómo se menosprecia su vida social, podrían, si dependiera de Celso y de sus argumentos, sufrir daño; pues Celso no ve que, al querer apartar a sus lectores del cristianismo, también está desviando la simpatía de los que no son cristianos de los más cargados de sus semejantes. Si fuera un filósofo con espíritu público, no solo debería abstenerse de destruir al mismo tiempo el cristianismo y las prácticas benéficas de la vida humana, sino que debería, si fuera posible, apoyar la excelencia que el cristianismo tiene en común con el resto de la humanidad. Suponiendo, sin embargo, que las hormigas arranquen los brotes del grano que tienen almacenado para impedir que se hinche, a fin de que les dure como alimento todo el año, no debemos imaginar que esto sea el resultado del razonamiento en las hormigas, sino más bien creer que la Naturaleza, madre de todas las cosas, ha constituido aun a las criaturas irracionales de modo que no deje ni a la más pequeña sin algún rastro de la razón de la Naturaleza. No puede ser que Celso —en un momento de olvido, pues en muchas cosas le gusta seguir a Platón— quiera indicar que todas las almas son de la misma clase, y que el alma del hombre en nada difiere de la de las hormigas y las abejas; eso sería no solo hacer descender el alma de las bóvedas del cielo al cuerpo humano, sino también a todo lo demás. Los cristianos no asentirán a estas opiniones, pues ya han captado la verdad de que el alma del hombre fue hecha a imagen de Dios; y ven que es imposible que una naturaleza creada a imagen de Dios borre por completo sus características y tome otras, copias de no sé qué, en las criaturas irracionales.
    11. Y puesto que Celso dice también que "cuando mueren las hormigas, las supervivientes eligen un lugar de sepultura, y que allí tienen sus memoriales familiares", debo responder que cuanto más elogia a las criaturas irracionales, tanto más, a su pesar, exalta la obra de aquella razón que ordenó todas las cosas, y muestra la inteligencia del hombre, que es capaz mediante la razón de ordenar las ventajas naturales de las criaturas irracionales. ¿Por qué digo "irracionales", viendo que Celso piensa que las criaturas así llamadas por el consentimiento general de la humanidad no son irracionales? Y él, que prometió discutir toda la gama de la naturaleza, y se jactó de su veracidad en el título de su libro, no piensa que las hormigas, al menos, carezcan de razón. Pues habla de hormigas que hablan entre sí, y hace las siguientes observaciones: "Realmente es un hecho que cuando se encuentran se hablan unas a otras, y por eso nunca pierden el camino; así que tienen una plena medida de razón, y algunas nociones generales, y una voz, saben qué son los accidentes y expresan lo que quieren decir". Es ciertamente verdad que cuando dos personas hablan entre sí usan una voz que expresa algún significado, y con frecuencia describe lo que se llaman "accidentes"; pero ¿no sería muy ridículo decir que encontramos ese tipo de cosa en las hormigas?
    12. Y no se avergüenza de añadir (para mostrar plenamente la indecencia de sus opiniones a los que vengan después de él): "¡Vamos! Si alguien mirara desde el cielo hacia la tierra, ¿qué diferencia parecería haber entre las obras de nosotros los hombres y las de las hormigas y las abejas?" Ahora imaginemos un espectador que mira desde el cielo, como supone Celso, y ve las obras de los hombres y de las hormigas: ¿mira los cuerpos de los hombres y de las hormigas, y no percibe que en los hombres el principio rector es racional y puesto en acción por la facultad razonadora, y que, por el contrario, en las hormigas el principio rector es irracional, puesto en acción sin ayuda de la razón, por impulso y fantasía, junto con algún artificio secreto de la naturaleza? Pero es absurdo suponer que alguien que viera desde el cielo lo que se hace en la tierra deseara mirar los cuerpos de los hombres y de las hormigas desde tal distancia, y no estuviera mucho más deseoso de ver la naturaleza de los principios rectores y la fuente de los impulsos, ya sean racionales o irracionales. Y si una vez ve la fuente de todos los impulsos, verá por supuesto también la diferencia, y la superioridad del hombre no solo sobre las hormigas sino también sobre los elefantes. Pues el espectador desde el cielo descubrirá en las criaturas irracionales, cualquiera que sea su tamaño, ningún otro principio que, si se me permite llamarlo así, la irracionalidad; mientras que en las criaturas racionales verá la razón, propiedad común de todos los hombres, y de los seres celestiales y Divinos, y quizás también del mismísimo Dios Supremo; y es a causa de la razón que se dice que el hombre fue hecho a imagen de Dios, pues la razón es la imagen del mismísimo Dios Supremo.

    XX, 13–14

    13. A continuación, como si hiciera todo lo posible por degradar a la raza humana y hacerla semejante a las naturalezas irracionales, y como si se resistiera a renunciar a todo lo que se relata de las criaturas irracionales que muestra su dignidad, dice que algunas de ellas tienen poderes mágicos al igual que los hombres; de modo que ni siquiera en este aspecto pueden los hombres reclamar distinción especial, ni soñar con tener superioridad sobre la creación bruta. Esto es lo que nos dice: "Si los hombres se enorgullecen de la magia, el hecho es que las serpientes y las águilas son más sabias que los hombres también en este aspecto; ellas, al menos, conocen muchos antídotos y medios para evitar el daño, y especialmente la virtud de ciertas piedras para salvar a sus crías; cuando los hombres encuentran estas piedras creen que han conseguido algo maravilloso". Ahora bien, en primer lugar, no puedo entender cómo aplica el nombre de "magia" a la, ¿diremos? experiencia, o especie de instinto que los animales tienen al usar los antídotos que la naturaleza proporciona, pues el nombre tiene otra aplicación familiar; puede ser que se olvide de sí mismo y, como un verdadero epicúreo, quiera menospreciar el uso de tales artes por completo porque pertenece a la profesión de la magia. Sin embargo, concedamos que los hombres se enorgullecen de su conocimiento de estas cosas, sean o no magos. ¿Se sigue que las serpientes son más sabias en esta demostración que los hombres, porque usan el hinojo para aclarar su vista y agilizar sus movimientos, siendo la verdad que toman este remedio natural no porque calculen (el efecto), sino porque están así constituidas? Los hombres no llegan a tales métodos, como las serpientes, mediante los meros impulsos de la naturaleza, sino en parte por experimento, en parte por razón, y a veces por cálculo y siguiendo las reglas de la ciencia. Incluso suponiendo que las águilas encuentren y lleven al nido lo que se llama la "piedra del águila" para mantener seguras a sus crías, ¿se sigue que las águilas son sabias, o más sabias que los hombres, quienes, por tener la facultad de la razón, descubren por experimento lo que se da a las águilas como remedio natural, y lo usan inteligentemente? Supongamos que otros antídotos llegan a ser conocidos por los animales, ¿es esto una prueba de que en ellos no es la naturaleza sino la razón la que hace el descubrimiento? Si la razón hiciera el descubrimiento, no habría un descubrimiento, o dos o tres, limitados a las serpientes, y algo diferente entre las águilas, y así con las otras criaturas; los descubrimientos serían tan numerosos como entre los hombres. Pero el hecho de que los remedios estén exclusivamente adaptados a la naturaleza particular de cada animal muestra que los animales no tienen sabiduría ni razón, sino que para su bien están naturalmente dispuestos a tales remedios mediante el poder creador de la razón Divina.
    14. Si, en efecto, quisiera unirme a la discusión con Celso en estas líneas, podría citar las palabras de Salomón en los Proverbios: "Cuatro cosas hay pequeñas sobre la tierra, pero son sumamente sabias: las hormigas, pueblo no fuerte, pero preparan su comida en el verano; los conejos, pueblo nada robusto, pero hacen sus casas en las rocas; las langostas, que no tienen rey, pero salen todas por cuadrillas a una sola palabra de mando; la lagartija, que se agarra con sus manos, y aunque es fácil de atrapar, está en las fortalezas de los reyes". Pero las palabras no son claras, y por lo tanto no me sirvo de ellas; de acuerdo con el título del libro (se llama "Proverbios"), las considero como "dichos oscuros" y busco el significado. Pues los escritores inspirados suelen distinguir las muchas maneras de transmitir un significado más profundo que el literal, y una de ellas es el Proverbio. Por eso es que incluso en nuestros Evangelios se relata que nuestro Salvador dijo: "Estas cosas os he hablado en proverbios: viene la hora cuando ya no os hablaré en proverbios". Ahora bien, no son las hormigas que vemos las que son más sabias que los sabios, sino las hormigas indicadas proverbialmente. Y decimos lo mismo de los otros animales. Pero Celso piensa que los libros de Jesús y de los cristianos son producciones muy simples y corrientes, y supone que quienes los tratan alegóricamente hacen violencia al significado de los escritores. Que esto baste para mostrar cuán fútil es que Celso nos calumnie; y que sea la reputación de su argumento probar que las serpientes y las águilas son más sabias que los hombres.

    XX, 15–16

    15. Y queriendo mostrar aún con mayor extensión que incluso las concepciones que el hombre tiene de Dios no son más notables que el lado mortal de su naturaleza, sino que algunas de las criaturas irracionales tienen pensamientos de Dios, sobre Quien los pensadores más agudos de todas partes, griegos y bárbaros, han tenido opiniones tan discordantes, dice: "Si el hombre, por haber captado algunos pensamientos Divinos, se supone que supera a los demás animales, permítaseme recordar a los que son de esta opinión que muchos otros animales presentarán una reclamación a lo mismo; y con muy buena razón; pues ¿qué hay más Divino que prever y predecir el futuro? Bien, los hombres aprenden el arte de otros animales, y especialmente de las aves; y todos los que profesan conocer lo que ellas señalan son adivinos. Ahora bien, si las aves, o cualesquiera otras criaturas oraculares dotadas por Dios de presciencia, nos enseñan por señales, parece que tienen naturalmente una relación más estrecha con Dios, y son más sabias que los hombres y más queridas para Dios. Y hombres inteligentes nos dicen que las aves tienen sus asambleas, obviamente más sagradas que las nuestras; y, además, que de alguna manera descubren lo que las aves dicen, y que dan prueba real del descubrimiento cada vez que declaran de antemano lo que las aves dijeron, a saber, que las aves irían a algún lugar y harían esto y aquello, y luego muestran que las aves fueron allí e hicieron lo que predijeron. Y en cuanto a los elefantes, nada podría superar su fidelidad a los juramentos o ser más fiel a las cosas Divinas, justamente porque, supongo, tienen algún conocimiento de Dios". Ahora bien, observemos aquí cuán a menudo da por sentado lo que aún es materia especulativa, siendo el hecho que tanto los griegos como los bárbaros han descubierto, o aprendido de ciertos demonios, los modos de las aves y de otras criaturas, de los cuales se dice que derivan sus poderes de adivinación. En primer lugar, es cuestionable si existe tal arte de augurio y, en general, alguna base para la adivinación por medio de animales, o no. En segundo lugar, entre los que admiten que hay un arte de adivinación mediante las aves, no se está de acuerdo en cuanto a por qué la adivinación toma esa forma; pues algunos dicen que es de demonios o dioses de la adivinación que los animales reciben sus impulsos, las aves para diferentes vuelos y gritos, los otros animales para tales y cuales movimientos; mientras que otros sostienen que las almas de estos animales son más divinas que otras, y están adaptadas al propósito; lo cual es muy improbable.
    16. Si Celso deseaba probar con lo anterior que las criaturas irracionales tienen una naturaleza Divina y son más sabias que el hombre, debería haber demostrado plenamente que existe tal arte como la adivinación; luego, debería haber mostrado más claramente cómo puede defenderse; luego haber dado bases claras para rechazar los argumentos de quienes eliminarían tales artes; y, por último, debería haber refutado decisivamente los argumentos de quienes dicen que es de demonios o dioses que los animales derivan sus impulsos de adivinación. Entonces sería el momento de tratar la cuestión de si el alma de las criaturas irracionales es más Divina que la de los hombres. Si hubiera mostrado así un espíritu filosófico al tratar asuntos tan importantes, habríamos resistido sus afirmaciones plausibles lo mejor que pudiéramos; habríamos refutado su declaración de que las criaturas irracionales son más sabias que los hombres, y habríamos probado cuán falso es que tengan concepciones más sagradas de Dios que las nuestras, y que celebren ciertas asambleas sagradas. Pero, tal como están las cosas, el hombre que nos reprocha creer en el Dios Supremo espera que creamos que las almas de las aves tienen concepciones más divinas y claras que los hombres. Si esto es realmente cierto, las aves tienen concepciones más claras de Dios que Celso, y no es de extrañar que superen a Celso, que tanto menosprecia al hombre. Celso ciertamente hace todo lo posible para que parezca que las aves tienen concepciones mayores y más divinas, no digo que las que tenemos los cristianos, o los judíos, que usan las mismas Escrituras que nosotros, sino incluso que las que tenían los griegos, que trataron de Dios y de la naturaleza Divina, pues eran hombres. Así que, según Celso, la raza de las aves adivinas, en verdad, entiende la naturaleza de Dios mejor que Ferécides, y Pitágoras, y Sócrates, y Platón. Y parece que debemos ir y ser instruidos por las aves, para que, así como, según Celso, ellas nos enseñan por medio de la adivinación lo que va a suceder, así también puedan librar a los hombres de sus dudas respecto al Ser Divino, transmitiéndoles la concepción clara de Él a la que han llegado. Se sigue que Celso, sosteniendo como sostiene que las aves son superiores a los hombres, debería ir a las aves para instruirse, y no a uno de aquellos distinguidos filósofos griegos.

    XX, 17–19

    17. Pero debemos añadir algunas observaciones, entre muchas, en respuesta a lo anterior, pues deseamos refutar por completo las falsas opiniones de Celso y demostrar su ingratitud hacia su Hacedor; porque Celso, siendo hombre y estando en honra, no entiende; por lo cual ni siquiera es como las aves y las demás criaturas irracionales que él considera dotadas del don de la adivinación; sino que, cediéndoles la preeminencia, va más lejos que los egipcios, que adoran a las criaturas irracionales como dioses, y se coloca a sí mismo, y, en cuanto puede, a toda la raza humana, por debajo de las criaturas irracionales, pues cree que los hombres tienen concepciones de Dios más bajas y mezquinas. Dirijamos, pues, nuestra investigación principalmente al punto de si existe realmente, o no, un arte de adivinación por las aves y los demás animales tenidos por "adivinos", pues el argumento ha de tratarse con respeto en ambos sentidos; por un lado, nos insta a no aceptar cosa tal como la adivinación, no sea que las criaturas racionales abandonen los oráculos de los demonios y recurran a las aves; por otro lado, aporta mucha evidencia clara para mostrar que muchas personas se han preservado de los mayores peligros porque creyeron en la adivinación por las aves. Para nuestro propósito presente, concedamos que el augurio es una realidad: mi objeto es mostrar a cualquier persona que esté predispuesta en su favor, que aunque esto se conceda, la superioridad del hombre sobre las criaturas irracionales, y sobre las mismas criaturas con poderes de adivinación, es incomparablemente grande. Digamos, pues, que aunque hubiera en ellas una naturaleza Divina capaz de predecir el futuro, y tan ricamente dotada que de su superfluidad pudiera revelar el futuro a cualquier hombre que deseara conocerlo, debemos suponer que estas criaturas conocerían mucho antes sus propios asuntos. Pero si conocieran sus propios asuntos, habrían tenido cuidado de no volar a ningún lugar donde los hombres ponen trampas y redes para atraparlas, o donde los arqueros las toman como blanco y las flechan en pleno vuelo. Y ciertamente, si las águilas conocieran de antemano los designios contra sus crías, ya fueran de serpientes que trepan hasta ellas y las matan, o de hombres que intentan capturarlas por deporte o para algún otro propósito, no habrían hecho sus nidos donde probablemente estarían expuestas a estos ataques; y, en general, ni una sola criatura viviente podría jamás haber sido capturada por los hombres, siendo como era más Divina y más sabia que los hombres.
    18. Además, si las aves de presagio conversan unas con otras; si, como dice Celso, las aves adivinas y las demás criaturas irracionales que tienen una naturaleza Divina y concepciones de Dios, y que tienen conocimiento del futuro, revelaran este conocimiento a otras, el gorrión en Homero no habría hecho su nido donde la serpiente la destruiría a ella y a sus pequeños; y la serpiente no habría, como relata el mismo poeta, dejado de guardarse de ser atrapada por el águila. Homero, aquel poeta maravilloso, cuenta así la historia del gorrión —
    "¡He aquí una maravilla! Enviada a la luz por el Júpiter Olímpico,
    una serpiente, de dorso rojo como la sangre,
    de aspecto temible, saliendo de debajo
    de los altares, se deslizó directamente hacia el plátano.
    Allí, en la rama más alta, bajo las hojas
    acurrucados, yacían los implumes polluelos del gorrión;
    ocho crías, y el ave madre la novena.
    A los ocho polluelos, lanzando agudos gritos,
    la serpiente devoró; y mientras la madre volaba,
    lamentándose sobre su prole, en círculos,
    desenroscándose, ¡la atrapó, chillando, por el ala!
    Entonces, cuando la serpiente hubo tragado a los polluelos del gorrión
    y a ella misma, por el Dios que primero
    la envió a la luz, se obró un milagro:
    pues Júpiter, hijo de Saturno de profundo designio,
    la convirtió en piedra; y nosotros, maravillados, lo contemplamos."
    Respecto al águila dice —
    "Un águila que remontaba el vuelo llevaba en sus garras
    un dragón, enorme en tamaño, de rojo color de sangre,
    vivo, y aún respirando, no todavía sometido;
    pues, retorciéndose hacia atrás, a través del pecho atravesó
    a su portador, cerca del cuello; él, herido de dolor,
    dejó caer su presa, que cayó en medio de la multitud;
    luego, chillando, fue arrastrado por el vendaval.
    Los troyanos, estremeciéndose, vieron en medio de ellos
    la serpiente moteada, terrible portento de Júpiter."
    ¿Diremos que el águila era un ave adivina, pero que la serpiente, aunque los augures se sirven de la criatura, no tenía el don de la adivinación? La distinción arbitraria es fácil de refutar, ¿y no es la suposición de que ambas tenían el don fácilmente desmentida? ¿No habría la serpiente, si hubiera poseído poder adivinatorio, tenido cuidado de que el águila no la tratara así? Se podrían aducir innumerables otros ejemplos para mostrar que los animales no tienen en sí mismos un alma adivinatoria. Pero, como dice el poeta, y la mayoría de los hombres están de acuerdo, "el propio Júpiter Olímpico la envió a la luz"; y si Apolo también usa un halcón como mensajero, se pretende algo simbólico, pues se dice que un halcón es el veloz mensajero de Apolo.
    19. Nuestra opinión es que ciertos demonios sin valor (Titanes o Gigantes, si se me permite decirlo), habiendo pecado contra el verdadero Dios y los ángeles en el cielo, y habiendo caído del cielo, se revuelcan en las existencias corporales más groseras y en las cosas inmundas de la tierra; tienen cierta percepción del futuro, y en cuanto que no están cargados de cuerpos terrenales, y están empeñados en esa clase de cosas (pues desean seducir a la raza humana de su lealtad al Dios real), se ocultan en las bestias más rapaces y salvajes, y en otras de especie más astuta, y las hacen en cualquier momento hacer lo que eligen; o vuelven las fantasías de tales criaturas hacia tales y tales vuelos y movimientos; de modo que los hombres, atrapados en la trampa de ese poder adivinatorio que hay en las criaturas irracionales, no busquen a Aquel Que todo lo abarca, ni traten de descubrir la forma pura de adoración, sino que se hundan por sus especulaciones al nivel de las aves y serpientes de la tierra, y aún más abajo, al de los zorros y lobos. Pues los expertos han observado que las indicaciones más claras del futuro se dan a través de criaturas como estas; puede ser porque los demonios no pueden "poseer" tan plenamente a los animales más mansos como a los salvajes, a los que se asemejan estrechamente en maldad, aunque la maldad no es realmente maldad en tales animales.

    XX, 20–22

    20. Y nada en Moisés me parece más maravilloso que lo que voy a mencionar. Porque él comprende las diferentes naturalezas de los animales, y ha aprendido de Dios los hechos sobre ellos y los demonios que tienen afinidad con cada uno, o ha hecho el descubrimiento ejercitando su propia sabiduría, todos los animales que clasifica como inmundos son aquellos considerados por los egipcios y el resto de la humanidad como relacionados con la adivinación, mientras que los que no están así relacionados son, en general, animales limpios. Entre los inmundos Moisés coloca al lobo, al zorro, a la serpiente, al águila, al halcón y otros semejantes. Y, hablando en general, encontrarás, no solo en la Ley sino en los Profetas, que estos animales se toman para representar las peores cualidades, mientras que no hay ningún caso de un lobo o un zorro mencionado en relación con algo bueno. Parece haber, pues, una comunión entre tal clase de demonios y cada clase de animales. Y así como entre los hombres algunos son más fuertes que otros, y en absoluto por causa de su carácter moral: así algunos demonios en cosas indiferentes pueden ser más fuertes que otros; y algunos de ellos pueden usar ciertos animales para engañar a los hombres, según el placer de aquel que en las palabras de nuestras Escrituras es llamado "el príncipe de este mundo"; y otros distintos pueden mostrar el futuro por medio de otra clase de animal. Y observa que los demonios son tan inmundos que hasta las comadrejas son tomadas por ellos para revelar el futuro. Ahora juzga por ti mismo cuál es la mejor opinión que cabe adoptar: que Dios sobre todos, y Su Hijo, impulsan a las aves y otras criaturas para la adivinación, o que quienes dan el impulso a tales animales, y no a los hombres, aunque los hombres están presentes, son demonios sin valor, y, como los llaman nuestras sagradas Escrituras, "inmundos".
    21. Pero si el alma de las aves es realmente Divina porque el futuro se predice por medio de ellas, ¿no debemos admitir con mucha más razón que dondequiera que los hombres reciben presagios, el alma del medio a través del cual se oyen los presagios es Divina? Según tales maestros como estos, debemos creer que la esclava en Homero que molía el grano era "divina"; pues, hablando de los pretendientes, dijo —
    "¡Ojalá comieran aquí su última comida!"
    Ella era "divina": el gran Ulises, el amigo de la Atenea de Homero, no era "divino", pero comprendiendo los presagios dados por la esclava "divina" se regocijó; en palabras del poeta: "El noble Ulises se regocijó con el presagio". Además, observa que si las aves tienen realmente un alma Divina y percepciones de Dios, o, como dice Celso, "de los dioses", cuando los hombres estornudamos, estornudamos, por supuesto, porque tenemos una cierta divinidad y facultad adivinatoria del alma. Pues muchos dan testimonio de esto; y el poeta dice en consecuencia —
    "Telémaco estornudó mientras se ofrecía la plegaria."
    Por lo cual, también, Penélope dice —
    "¿No ves que mi hijo estornudó mientras hablabas?"
    22. El verdadero Dios, sin embargo, al impartir un conocimiento del futuro no emplea ni criaturas irracionales ni hombres ordinarios, sino las almas más santas y puras de los hombres, tales como las que Él inspira con poder profético. Y esto explica por qué entre los otros maravillosos preceptos de la ley de Moisés debemos colocar prohibiciones tales como "No practicaréis el augurio, ni observaréis las aves". Y en otro lugar: "Porque las naciones que el Señor tu Dios destruirá delante de tu rostro, escucharán a los agoreros y adivinos; mas a ti no te ha permitido esto el Señor tu Dios". Y en otra parte: "Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará el Señor tu Dios". En una ocasión Dios quiso por medio de un agorero apartar a Su pueblo de la práctica del augurio, y por lo tanto hizo que un espíritu en el agorero dijera: "Porque no hay agüero en Jacob, ni adivinación en Israel; a su tiempo se dirá a Jacob y a Israel lo que Dios ha de hacer". Precisamente porque conocemos estos y otros pasajes semejantes, deseamos observar el mandamiento místico: "Guarda tu corazón con toda diligencia", no sea que algún demonio usurpe el trono de la razón, o algún espíritu hostil vuelva nuestra imaginación a seguir sus deseos. Y oramos para que "la luz del conocimiento de la gloria de Dios" resplandezca en nuestros corazones, morando el Espíritu de Dios en nuestra imaginación e imprimiendo en nosotros las cosas de Dios; "porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios".

    XX, 23–25

    23. Y debemos saber que el conocimiento del futuro no es necesariamente Divino: pues en sí mismo es una cosa indiferente, y se encuentra tanto en hombres malos como en buenos. Los médicos, en todo caso, por su conocimiento médico saben ciertas cosas de antemano, aunque puedan ser hombres de mal carácter; y así también, los capitanes de barco, aunque puedan ser bribones, conocen las señales del tiempo, de los vientos tempestuosos y de los cambios atmosféricos, por su peculiar experiencia y observación. Supongo que nadie dirá que porque tienen este conocimiento son "divinos", no importa qué bribones sean. Así pues, cuando Celso dice: "¿Qué puede declararse más Divino que prever y preanunciar el futuro?", implica lo que es falso. También es falso que "muchos de los animales tienen derecho a concepciones Divinas", pues ninguna criatura irracional tiene una concepción de Dios. También es falso que "las criaturas irracionales tienen una intimidad más estrecha con Dios"; pues el hecho es que los hombres malos, por altos que sean sus logros, están lejos de la intimidad con Dios. Sostenemos que solo los verdaderamente sabios y los sinceramente piadosos se acercan en absoluto a la intimidad con Dios: hombres tales como nuestros Profetas y Moisés, a quien a causa de la gran pureza de su carácter el Verbo ha dado testimonio, diciendo: "Moisés solo se acercará a Dios, los demás no se acercarán". ¿No es impiedad que el hombre que nos acusa de impiedad diga que "las criaturas irracionales no solo son más sabias que el hombre, sino que también son más queridas para Dios"? ¿Y quién no retrocedería ante el escuchar a un hombre que dice que la serpiente, el zorro, el lobo, el águila y el halcón son más queridos para Dios que el género humano? Tendrá que admitir que si estas criaturas son más queridas para Dios que los hombres, estas mismas criaturas son obviamente más queridas para Dios que Sócrates, y Platón, y Pitágoras, y Ferécides, y los demás expositores de Dios y de la naturaleza Divina, cuyas alabanzas cantó no hace mucho. Uno podría realmente ofrecer una oración por Celso, y decir: "Si estas criaturas son más queridas para Dios que los hombres, ¡ojalá seas tan querido para Dios como ellas, y ojalá llegues a asemejarte a esas criaturas que, según tú, son más queridas para Dios que los hombres!" Y que no suponga que tal oración es realmente una imprecación; ¿pues quién no oraría para llegar a ser enteramente como aquellos que, está persuadido, son más queridos para Dios que otros, para que él, como ellos, pueda llegar a ser querido para Dios?
    24. Y queriendo mostrar que las asambleas de las criaturas irracionales son más sagradas que las nuestras, Celso atribuye lo que relata no a mortales ordinarios, sino a hombres "inteligentes"; aunque en verdad solo los buenos son inteligentes, pues ningún hombre malo es inteligente. Bien, habla de esta manera: "Los hombres inteligentes dicen que las criaturas tienen sus asambleas, obviamente más sagradas que las nuestras; y que de algún modo descubren lo que se dice y muestran que realmente tienen el conocimiento, en cuanto que anuncian de antemano que las aves dijeron que se irían y harían esto o aquello, y luego muestran que efectivamente se fueron e hicieron lo que ya habían predicho". En realidad, ninguna persona "inteligente" cuenta tales historias, y ningún hombre sabio dice que las asambleas de las criaturas irracionales son más sagradas que las de los hombres. Sin embargo, si para poner a prueba las afirmaciones de Celso examinamos a qué conducen, resulta, según él, que las asambleas de las criaturas irracionales son más sagradas que las de los venerables Ferécides, Pitágoras, Sócrates y Platón, y los filósofos en general, lo cual, a primera vista, no solo es indecoroso, sino de lo más absurdo. Pero si hemos de creer que ciertos hombres, que han obtenido su información del grito inarticulado de las aves, anuncian de antemano que las aves irán a algún lugar y harán esto o aquello, sostendremos que la información ha sido dada a los hombres por demonios mediante ciertas señales, con el propósito de que los hombres sean engañados por los demonios, y su entendimiento arrastrado desde el cielo y desde Dios a la tierra y a lugares aún más bajos.
    25. No sé cómo Celso llegó a oír hablar de un juramento prestado por elefantes, y que muestran más fidelidad hacia el Ser Divino que nosotros los hombres, y que tienen un conocimiento de Dios. Conozco bastantes historias maravillosas sobre el animal y su docilidad, pero no tengo noticia de que alguien haya hablado de juramentos de elefantes, a menos que, quizás, Celso llame a su docilidad y a la especie de pacto que hacen de una vez por todas con los hombres, el cumplimiento de un juramento; pero eso también es absurdo. Hay casos, aunque raros, de elefantes que, después de parecer domesticados, atacan ferozmente a los hombres y los matan, y de ser por lo tanto condenados a muerte como ya de ninguna utilidad. Y para probar su punto, según él cree, de que la cigüeña tiene más piedad que los hombres, nuestro adversario aduce lo que se relata acerca de que ama y cuida a sus padres y les trae alimento. Debo añadir, por tanto, que incluso esta conducta de las cigüeñas no procede de una consideración de lo que es justo, ni del razonamiento, sino de la naturaleza, siendo el propósito de la naturaleza al formarlas el dar un ejemplo en las criaturas irracionales lo bastante fuerte como para avergonzar a los hombres y moverlos a mostrar gratitud hacia sus padres. Si Celso hubiera conocido la vasta diferencia entre hacer estas cosas con la ayuda de la razón y hacerlas sin la ayuda de la razón, y por los meros impulsos de la naturaleza, nunca habría dicho que las cigüeñas tienen más piedad que los hombres. Además, como decidido a sostener la piedad de las criaturas irracionales, Celso aduce la fábula de la criatura arábiga, el Fénix, del que se dice que visita Egipto a largos intervalos, y que trae a su padre, muerto y sepultado en un globo de mirra, y deposita los restos en el templo del Sol. Ahora bien, aun suponiendo que lo que aquí se relata sea verdad, puede ser el resultado de procesos naturales; pues la Divina Providencia ha dado prueba al hombre, incluso en las diferentes constituciones de las criaturas vivientes, de la rica variedad que se encuentra en el ordenamiento del mundo, variedad que se extiende incluso a las aves; y trajo a la existencia una criatura única, no para que los hombres se maravillaran de la criatura, sino de su Creador.

    XX, 26

    26. A todo esto añade Celso lo siguiente: "Así como no todas las cosas han sido hechas por causa del león, del águila o del delfín, tampoco lo han sido por causa del hombre; sino que el fin fue que este mundo, como obra de Dios, fuese una unidad completa y perfecta; y por eso todas las partes han sido proporcionadas, no unas a otras, salvo en un sentido secundario, sino al todo, y Dios cuida del todo; y la Providencia nunca lo abandona, ni degenera, ni Dios con el transcurso del tiempo lo vuelve de nuevo hacia Sí, ni se enoja por causa de los hombres más que por causa de los monos o de las moscas; ni amenaza a estas criaturas, cada una de las cuales ha recibido a su vez la suerte que le fue asignada". Respondamos, aunque sea brevemente, a estas alegaciones. Creo haber dicho ya bastante para mostrar cómo todas las cosas han sido hechas para el hombre y para toda criatura racional; pues principalmente por causa de la criatura racional todas las cosas han sido creadas. Celso puede decirnos que el mundo no existe más para el hombre que para el león o las demás criaturas que menciona; pero nosotros sostendremos que el Creador no ha hecho estas cosas para el león, el águila o el delfín, sino todas las cosas por causa de la criatura racional; y esto es así, en palabras de Celso, "para que este mundo sea, como obra de Dios, una unidad completa y perfecta"; pues debemos reconocer el buen sentido de esto. Pero el cuidado de Dios no es meramente universal, como piensa Celso, sino que, cuidando del todo, tiene un cuidado especial por cada criatura racional. Y una Providencia general nunca fallará; pues es su plan, aunque haya un deterioro general a causa de la porción racional que peca, purificar toda la creación y, con el tiempo, volverla de nuevo hacia Sí. Es cierto que Dios nunca se enoja por causa de monos y moscas; pero por cuanto los hombres han transgredido los impulsos de la naturaleza, trae sobre ellos juicio y castigo, y los amenaza por medio de los Profetas y del Salvador que vino a salvar a todo el género humano; para que, mediante su amenaza, los que oyen se conviertan, y los que descuidan las palabras destinadas a convertirlos paguen justamente la pena que es propio que Dios, según su propia voluntad y como conviene al todo, inflija a quienes necesitan tan doloroso tratamiento y corrección. Pero nuestro cuarto libro es ya bastante extenso, y por eso terminaremos aquí el discurso. ¡Que Dios conceda por medio de su Hijo, que es Dios el Verbo, y Sabiduría, y Verdad, y Justicia, y todo lo demás que las sagradas Escrituras dicen de su Divinidad, que comencemos el quinto volumen para provecho de nuestros lectores, y lo terminemos bien, con la ayuda de su Verbo que mora en nuestra alma!
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