XXVII, 1–2
1. Casi todos los lectores del Libro del Éxodo, tanto los que no creen como los que dicen creerlo, se sienten turbados ante las palabras que se repiten con frecuencia: "El Señor endureció el corazón de Faraón," y "Yo endureceré el corazón de Faraón." Porque entre muchas otras causas de la incredulidad de los hombres debemos incluir ésta: que se dicen de Dios cosas indignas de Dios, y es indigno de Dios provocar el endurecimiento del corazón de ningún hombre, y efectuar el endurecimiento para que aquel que es endurecido desobedezca la voluntad del que lo endurece. Y preguntan además: ¿No es absurdo que Dios influya en alguien para que desobedezca Su voluntad? Eso sería una prueba clara de que Dios no deseaba que Faraón obedeciera Sus mandatos. Y a los creyentes ordinarios les suena muy duro decir: "El Señor endureció el corazón de Faraón." Pues los lectores que están convencidos de que no hay otro Dios sino el Creador, piensan que Dios, por así decirlo, arbitrariamente, tiene misericordia de quien Él quiere tener misericordia, y endurece a quien Él quiere, sin que haya razón alguna para que a un hombre se le muestre misericordia por parte de Dios, y a otro sea endurecido por Él. Y otros, mejor aconsejados que éstos, dicen que consideran que la Escritura contiene muchos secretos, y que no por eso se apartan de la fe sana; y uno de los secretos que sostienen es la verdadera explicación de esta porción de la Escritura. Otros, alegando que hay un Dios distinto del Creador, lo tendrán por justo pero no bueno, de manera muy necia e impía, llegando al extremo de separar la rectitud de la bondad, y suponiendo que es posible que la rectitud exista en alguien aparte de la bondad, y que la bondad sea separada de la rectitud. Y aunque dicen esto, sin embargo, en contradicción con su propia concepción de un Dios justo, conceden el punto de que Él endurece el corazón de Faraón, y lo hace desobediente a Sí mismo. Porque si Aquel que da a cada hombre lo que le corresponde, y otorga a los que han sido ellos mismos la causa de su progreso o deterioro, las cosas que Él sabe que cada uno está capacitado para recibir, — si Él es justo, ¿cómo puede ser justo aquel Dios que fue la causa del pecado de Faraón? No la causa absoluta, por cierto, sino en la medida en que ellos entienden que Él contribuyó a que Faraón se convirtiera en un hombre sumamente injusto. Pues en cuanto refieren el endurecimiento del corazón de Faraón a nada digno del propósito de un Dios justo, no alcanzo a comprender cómo, aun según su propio razonamiento, pueden hacer del que endurece el corazón de Faraón un Dios justo. Debemos, por tanto, instarles en la exposición del pasaje que tenemos delante, o bien a mostrar cómo un Dios justo endurece, o bien a armarse de valor y decir que el Creador, porque endurece, es un Dios malvado. Si no pueden hallar sino escasas pruebas de que el Dios justo es capaz de endurecer el corazón de un hombre, y no se atreven a ser tan impíos como para admitir que acusan al Creador de maldad, que se refugien en algún otro modo de interpretar las palabras: "El Señor endureció el corazón de Faraón," y no contradigan más su propia concepción de un Dios justo, porque creen entender el sentido literal. Tal vez al fin confesarán que no saben qué es lo que insinúa el Verbo.
2. Fuera, pues, con tales concepciones de la naturaleza Divina como las que estamos investigando en la cuestión que nos ocupa. Quedan hechas trizas. Pero en cuanto hay quienes alegan la excusa de la constitución natural, suponiendo que algunas personas fueron creadas para perdición, y aducen estos pasajes en apoyo de sus opiniones, sosteniendo que su afirmación queda claramente probada por el hecho de que el corazón de Faraón fue endurecido por el Señor, vamos, hagámosles unas cuantas preguntas. Un hombre creado para perdición jamás podría crecer en bondad, porque su naturaleza original neutraliza sus esfuerzos por alcanzar la virtud. ¿Qué necesidad había, entonces, de que Faraón, que era, como decís, hijo de perdición, fuera endurecido por Dios para que no dejara ir al pueblo? Pues nos decís que si no hubiera sido endurecido, los habría dejado ir. Además, quisiéramos una respuesta a otra pregunta: ¿Qué habría hecho Faraón si no hubiera sido endurecido? Si los hubiera dejado ir, al no ser endurecido, no tenía una naturaleza destinada a la perdición. Si no los hubiera dejado ir, el endurecimiento de su corazón era superfluo; porque habría rehusado igualmente dejarlos ir, aunque no hubiera sido endurecido. Y ¿qué hizo Dios para dominar su razón cuando lo endureció? ¿Y cómo es que lo culpa, diciendo: "Por cuanto me desobedeces, he aquí yo mataré a tu primogénito"? ¿Acaso el que endurece endurece a uno ya duro? Es claro que lo duro no se endurece, sino que el cambio es de blandura a dureza; y la blandura de corazón es, según la Escritura, digna de alabanza, como lo hemos observado a menudo. Que nos digan, por tanto, si Faraón pasa del bien al mal; además, si Dios al culpar a Faraón lo culpa sin causa, o no sin causa; si sin causa, ¿cómo sigue siendo sabio y justo? Si no sin causa, Faraón era responsable de sus pecados de desobediencia; y si era responsable, no tenía una naturaleza destinada a la perdición. Debemos ciertamente hacer otra pregunta, porque el Apóstol, llevando sus argumentos a su plena conclusión, dice: "De manera que del que quiere tiene misericordia, y al que quiere endurece. Me dirás entonces: ¿Por qué, pues, inculpa todavía? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad?" ¿Quién es, preguntamos, el que endurece y tiene misericordia? Ciertamente el endurecer no pertenece a un Dios y el tener misericordia a otro distinto, si seguimos la expresión apostólica, sino que ambas cosas se atribuyen al mismo Dios. Entonces, o bien los que hallan misericordia en Cristo pertenecen a Aquel que endurece el corazón de Faraón, y es ocioso que nuestros adversarios inventen otro dios distinto (como permiten que sea) del Dios bueno, el cual no sólo tiene misericordia sino que también endurece; o Él ya no sería, como ellos suponen, ni siquiera bueno.
XXVII, 3–6
3. Hemos entrado adrede en todos estos detalles con considerable extensión, en oposición a quienes se congratulan sin fundamento de su entendimiento y se quejan de nuestra sencillez, a fin de mostrar que ni en sus concepciones de Dios, ni en sus doctrinas sobre las naturalezas, el Verbo, cuando se le examina, les presta apoyo alguno. Por nuestra parte, estamos convencidos por muchas razones, tanto al estudiar las sagradas Escrituras como al contemplar la magnitud de las fuerzas que obran en la creación y las evidencias de un designio ordenado, de que las cosas visibles e invisibles, las temporales y las eternas, provienen de Dios el Creador, a quien ha de considerarse uno y el mismo que el Padre de nuestro Señor y Salvador, el Dios bueno, justo y sabio; y al manejar las Escrituras nos esforzamos por mantener eso firmemente a la vista, rogando a Dios nuestro Salvador que nos muestre todas las cosas que corresponden a un Dios bueno y justo y sabio, pues suponemos que las cosas de que hablamos no pueden considerarse, al menos por los seres inteligentes, como resultado del azar, sino que debemos preguntarnos si son consistentes con Su bondad, justicia y sabiduría.
4. Algo así, pues, suponemos que es el significado de las palabras: "El Señor endureció el corazón de Faraón". El Verbo de Dios es médico del alma, y emplea los métodos más diversos, apropiados y oportunos para sanar a los enfermos; y de estos métodos de curación, unos más, otros menos, causan dolor y tormento a los que están bajo tratamiento; y los remedios, además, parecen inapropiados a veces, otras no; y, además, actúan con rapidez o lentitud; y se aplican a veces cuando los pacientes se han saciado de pecado, o cuando, por así decirlo, apenas lo han tocado. Toda la Escritura inspirada abunda en pruebas de cada una de estas afirmaciones. Por ejemplo, leemos que se aplicaron al pueblo remedios más o menos tristes en el curso de lo que les aconteció, con fines de castigo y corrección, en guerras de mayor o menor magnitud, y en hambres de más o menos duración; y tenemos un ejemplo de tratamiento aparentemente inapropiado en el pasaje: "No castigaré a vuestras hijas cuando fornicaren, ni a vuestras nueras cuando adulteraren". Puede ser que Dios deje a sí mismas a las almas que desean con avidez las dulzuras del placer corporal, hasta que, saciadas, abandonan los objetos de su anhelo; están, por así decirlo, hastiadas de ellos, y no es probable que caigan pronto en las mismas trampas, porque están disgustadas y han sido atormentadas hasta ese punto. Las almas son sanadas más lentamente, porque, si pronto se libraran de sus sufrimientos, tendrían en poco volver a caer por segunda vez en los mismos males. El Dios que las diseñó conoce todas sus diferentes constituciones, y, por cuanto es experto en el arte de sanar, sólo a Él corresponde decir qué es lo mejor que debe hacerse por cada una, y cuándo.
5. En algunas enfermedades corporales, cuando el mal está, como dicen, arraigado en lo profundo, el médico, con ayuda de ciertas drogas, atrae y fuerza la materia hacia la superficie, produciendo inflamación e hinchazón severas, causando más dolores que los que el paciente tenía antes de someterse a tratamiento — como se hace en los casos de hidrofobia y enfermedades semejantes. Así también Dios, creo yo, trata el mal secreto y arraigado en el alma. El médico podría decir en uno de sus casos: "Haré que se forme inflamación alrededor de la herida, y forzaré a ciertas partes a hincharse, de modo que produzcan un absceso maligno"; y cuando habla así, un oyente no culpará a un experto científico, sino que incluso lo alabará por, por así decirlo, amenazar con producir esos efectos, mientras que otro oyente lo culpará, y alegará que un hombre que hace depender una cura de inflamaciones y abscesos debe ser un curandero; así es, creo yo, cuando Dios dice: "Yo endureceré el corazón de Faraón." Y viendo que estas cosas están escritas, el que las oye como oráculos de Dios, observando la dignidad del Que habla, las acepta, y todo el que busca halla un modo de mostrar aun aquí la bondad de Dios; porque el pueblo fue asegurado más abiertamente de su salvación mediante los numerosos milagros; y, en segundo lugar, hubo bondad respecto de los egipcios, cuantos, asombrados de lo que sucedía, se propusieron seguir a los hebreos: porque "una multitud mixta," dice el historiador, "de egipcios salió con ellos"; y hubo quizá un propósito más profundo y secreto de beneficiar al propio Faraón, cuando ya no oculte el veneno ni contenga el mal, sino que lo saque a la luz, y quizá con su conducta le ponga fin: de modo que, habiendo pasado por todas las etapas de la erupción de la maldad que hay en él, pueda hallar el árbol que dio el mal fruto menos vigoroso, tal vez al fin marchitándose, cuando sea abrumado en el mar: no, como podría suponerse, para perecer del todo, sino para que deseche y sea aliviado de la carga de sus pecados, y, puede ser, descienda al Hades en paz, o en menor guerra del alma.
6. Los lectores, sin embargo, difícilmente quedarán convencidos: sospecharán que hay algo forzado en nuestra versión del asunto, a saber, que el endurecimiento del corazón de Faraón fue para su bien, y que todo lo que se nos dice, hasta el abrumamiento en el mar, fue por causa suya. Veamos, pues, si no podemos disipar esta renuencia y convencer a nuestros lectores de la verdad de lo que decimos. "Muchos son los azotes," dice David, "de los impíos"; y su hijo enseña que "Dios azota a todo hijo que recibe." Y en otra parte David, en una promesa profética concerniente a Cristo y a los que creen en Él, dice: "Si dejaren sus hijos mi ley, y no anduvieren en mis juicios; si profanaren mis estatutos, y no guardaren mis mandamientos; entonces visitaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades. Mas no quitaré de él mi misericordia." Así, pues, es un favor del Señor que el transgresor sea visitado con vara y el pecador con azotes. Y en la medida en que el pecador no es azotado, todavía no es sometido a disciplina y corrección. Y por eso Dios amenaza con que, si los pecados de los habitantes de Judá se hacen grandes, ya no castigará a sus hijas cuando forniquen, ni a sus nueras cuando adulteren. Y en otra parte dice: "Porque te purifiqué, y no fuiste purificada, no volveré a airarme contra ti, ni volveré a tener celos de ti." Así, pues, hay pecadores con quienes Dios no está furioso; si así puede decirse, aunque está airado, no está furioso.
XXVII, 7–9
7. Debemos observar también que las amenazas de los Profetas contra la multitud terminan con "Y sabrán que yo soy el Señor"; y no sólo las amenazas contra los israelitas, sino también las dirigidas contra los egipcios y asirios y los demás enemigos del pueblo. Y este final familiar de muchas amenazas se halla también en el Libro del Éxodo: "Y sabrán todos los egipcios que yo soy el Señor": los sufrimientos habituales son traídos sobre ellos con este propósito mismo, para que puedan conocer al Señor. Y en los Macabeos se dice algo semejante: "Ruego, pues, a los que leyeren este libro, que no se desanimen por estas calamidades, sino que consideren que aquellos castigos no son para destrucción, sino para corrección de nuestra nación. Porque es señal de su gran bondad, cuando los malhechores no son tolerados por mucho tiempo, sino castigados de inmediato. Pues no como con las otras naciones, a las que el Señor soporta sin castigar hasta que lleguen a la plenitud de sus pecados, así trata con nosotros; sino que, aunque castiga con adversidad, no desampara a su propio pueblo." Si el incurrir castigo por los pecados es señal de la gran bondad de Dios, quiero que consideréis si Faraón, en cuanto fue castigado después del endurecimiento de su corazón, y corregido al igual que su pueblo, no fue castigado con buena razón, y conforme a su propia maldad. Y David, como imitando a Dios, y teniendo debida consideración a los tiempos y sazones, cuando da a Salomón mandato acerca de Joab, para castigarlo por sus ofensas contra Abner hijo de Ner y matarlo por sus yerros, pasa a decir: "Y tú harás descender sus canas en paz al sepulcro." Y es claro, como también nos dijo el judío, que el descansar Joab en paz sería el resultado de su castigo, no debiéndosele ya tormento ni castigo después de su libramiento de ellos, porque ya había recibido allí su merecido. Y así pensamos que toda amenaza y dolor y castigo, cosas que provienen de Dios, nunca se infligen para dañar a los que sufren, sino siempre para hacerles bien. Y lo que se considera los términos más severos que podemos aplicar a Dios, furor e ira, son llamados reprensión y castigo en el pasaje: "Oh Señor, no me reprendas en tu furor, ni me castigues en tu ira"; donde el suplicante ruega no necesitar reprensión mediante el furor de Dios, ni castigo mediante la ira de Dios, pues hubo algunos que serían reprendidos en el furor de Dios, y castigados en Su ira.
8. Pero para que asintamos más prontamente a lo dicho, debemos valernos de pasajes semejantes del Nuevo Testamento. El Salvador dice: "Fuego vine a echar en la tierra; ¿y qué quiero, si ya está encendido?" Si el fuego que vino a echar sobre la tierra no hubiera sido un fuego salvador, al menos un fuego salvador para los hombres, el Hijo del Dios bueno no habría dicho esto. Y luego está el caso de Pedro, quien, cuando con la espada de su boca mató a Ananías y Safira, porque pecaron mintiendo, no a los hombres sino al Señor, tuvo en vista no sólo la edificación de quienes, viendo lo sucedido, mostrarían mayor reverencia hacia la fe de Cristo, sino también el bienestar de los ofensores visitados con la muerte. Deseaba que partieran del cuerpo purificados por su muerte súbita e inesperada; pues algo de razón tenían de su parte, en cuanto dieron incluso la mitad de sus posesiones para las necesidades de los menesterosos. Y Pablo también, aunque pronuncia sentencia de ceguera sobre el compañero de Sergio Paulo el procónsul, procura por medio del sufrimiento apartarlo del pecado hacia la piedad, pues le dice: "Oh lleno de todo engaño y de toda villanía, hijo del diablo, enemigo de toda justicia, ¿no cesarás de pervertir los caminos rectos del Señor? Y ahora quedarás ciego, sin ver el sol por un tiempo." ¿Qué "tiempo" sería, sino aquel en que, habiendo sido castigado y atormentado por sus pecados, se arrepintiera y se hiciera digno de ver el sol de ambos modos? — con sus ojos corporales, para que el poder Divino fuese proclamado en la restauración de su vista, y con los ojos del alma, cuando, como creyente, se deleitara en la piedad. También Demas y Hermógenes, a quienes Pablo entregó a Satanás para que aprendieran a no blasfemar, experimentaron algo semejante a lo que hemos dicho. Y el hombre de Corinto que tenía a la mujer de su padre fue asimismo entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que su espíritu fuese salvo en el día del Señor. No es de extrañar, pues, que el trato dado a Faraón, de modo que fue endurecido y finalmente envuelto en tales castigos, haya de atribuirse a la bondad de Dios. Por el presente baste lo anterior, que ponemos tal como se nos vino a la cabeza, para las palabras: "Y el Señor endureció el corazón de Faraón." Si alguien, con la debida consideración a la gloria de Dios, descubriere argumentos mejores, y que no tengan tinte alguno de impiedad, y pudiere sustentarlos con la evidencia de las Divinas Escrituras, con gusto nos serviremos de ellos.
Orígenes trata el mismo asunto en otra parte —
9. Entre otras consideraciones, quisiera además instar a que, posiblemente, así como los médicos en el tratamiento de la hidrofobia, para impedir que el veneno se apodere del interior y mate al hombre, lo atraen a la superficie, causando así un sufrimiento e inflamación más agudos: así Dios mediante su arte curativa extrae el mal secreto que acecha en las profundidades del alma, y lo hace manifestarse, para poder inducir después un estado saludable. Este, creo, es el significado de lo que leemos en Deuteronomio: "Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído el Señor tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar sus mandamientos, o no. Y te afligió, y te hizo padecer hambre, y te alimentó con maná, que no conocías tú, ni tus padres habían conocido; para hacerte saber que no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor vive el hombre." Obsérvese aquí que Dios humilla y prueba, para que lo que hay en el corazón de cada hombre sea conocido, en tanto que yace profundo y se revela mediante las tribulaciones. Y tal es la declaración del Señor a Job en la tormenta y el torbellino: "¿Piensas que he obrado contigo con otro propósito que el de que aparezcas justo?" No dijo: "Para que seas justo", sino: "Para que aparezcas justo". Justo era aun antes de sus pruebas, pero Dios quiso que mostrara su justicia mediante lo que le aconteció.
En otro lugar de los mismos Comentarios sobre el Éxodo —
Comentario editorial · «El judío»
Orígenes cita aquí a «el judío» como autoridad sobre las palabras «descender sus canas en paz» dichas de Joab (). Lewis, en una nota, conjetura que fue probablemente un rabino al que Orígenes empleó para aprender hebreo, y remite a las menciones de un maestro hebreo en Sobre los principios I, 3, 4 y IV, 26. Es una hipótesis de Lewis, no un dato del texto.
Para ampliar: Nota de Lewis (Lewis, nota 685)
XXVII, 10–12
10. Uno de nuestros amigos, para resolver la dificultad, toma una ilustración de la vida diaria, y nos dice cuán frecuentemente sucede que amos bondadosos y longánimes hacia sus siervos errantes dicen: "Yo te arruiné"; y "Yo te malcrié"; dando a entender que su bondad y longanimidad parecen haber ocasionado peor conducta. Así como un razonador sofístico puede decir que, porque el amo habla de ese modo, confiesa que ha malcriado al siervo; así, puede argüirse, lo que Dios en su bondad hace, habiéndose convertido en ocasión del endurecimiento de Faraón, se describe como haber endurecido el corazón de Faraón. Y nuestro amigo descubrirá en las propias palabras del Apóstol el sentido más suave que desea: "¿O menosprecias las riquezas de su bondad, y paciencia, y longanimidad, ignorando que la bondad de Dios te guía al arrepentimiento? Pero por tu dureza y tu corazón impenitente atesoras para ti mismo ira en el día de la ira, y de la manifestación del justo juicio de Dios; el cual pagará a cada uno conforme a sus obras." De todos modos, el mismo Apóstol, en la misma Epístola a los Romanos, dice: "¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira, y dar a conocer su poder, soportó con mucha longanimidad los vasos de ira preparados para destrucción", como si la longanimidad de Dios, habiendo soportado los vasos de ira, los hubiera, por así decirlo, producido. Pues si, a causa de su longanimidad, no castigaba a los pecadores sino que tenía compasión de ellos, y si la maldad abundaba por ello, en cierto modo por su longanimidad soportaba los vasos de ira, y, por así decirlo, Él mismo los hacía vasos de ira, y en consecuencia Él mismo endurecía su corazón. Pues cuando Faraón, aunque se obraron tantas señales y maravillas, no se persuade, sino que después de sus extrañas experiencias aún resiste, ¿no queda ciertamente probado que es más duro y más incrédulo, y no parece como si la dureza y la incredulidad hubieran surgido de los milagros maravillosos? El pasaje del Evangelio es similar: "Para juicio he venido yo a este mundo"; pues el Salvador no se propuso venir para juicio, sino que su venida para juicio de aquellos que después de sus obras maravillosas no creyeron en Él fue una consecuencia de su venida; vino, además, para caída de muchos; pero no se propuso al venir hacer caer a aquellos para cuya caída vino.
Y en otro lugar —
11. Así, las obras maravillosas, para quienes las aceptan y creen, como fue el caso de la multitud mixta de egipcios que salieron con el pueblo, significan misericordia; pero para los incrédulos traen endurecimiento de corazón. Y, además, aparte de lo ya dicho, podemos aducir pasajes similares del Evangelio, que demuestran que aun el Salvador parece haber sido causa de mal para algunas personas. "¡Ay de ti, Coresín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los prodigios hechos en vosotras se hubieran hecho en Tiro y Sidón, hace tiempo que se habrían arrepentido, sentados en cilicio y ceniza. Pero os digo que será más tolerable para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaúm", y así sucesivamente. El Salvador conocía de antemano la incredulidad de los habitantes de Coresín y Betsaida y Cafarnaúm, y que será más tolerable para la tierra de Sodoma en el día del juicio que para ellos. ¿Por qué, entonces, hace sus obras maravillosas en Coresín y Betsaida, viendo que esas obras harán más tolerable en el día del juicio para la gente de Tiro y Sidón que para ellos?
Y de nuevo —
12. "Y dirás a Faraón: Israel es mi hijo, mi primogénito: y te he dicho: Deja ir a mi hijo, para que me sirva; y si rehúsas dejarlo ir: he aquí, yo mataré a tu hijo, a tu primogénito." Permítaseme preguntar a aquellas personas que alegan que esta es la acción de un Dios justo, y suponen, según el sentido literal de las palabras, que el corazón de Faraón fue endurecido, cómo Aquel que endureció el corazón de Faraón para que no dejara ir al pueblo puede ser justo, y al mismo tiempo amenazar con que, a menos que Faraón los deje ir, matará a su hijo primogénito. Apremiados, confesarán que debe ser un Dios malo. Luego, nuevamente, serán perturbados por otros pasajes y forzados a escapar de su servidumbre a la letra, en tanto que el sentido literal, según ellos, es inconsistente con la justicia del Creador. Y una vez que se vean compelidos a investigar el asunto, llegarán tan lejos que ya no acusarán al Creador, sino que admitirán que es bueno. Preguntemos, pues, a quienes creen entender las palabras: "El Señor endureció el corazón de Faraón", si creen que las amenazas antedichas fueron pronunciadas por Dios por boca de Moisés inspirado para la ocasión, o si no había verdad en ellas. Si no había verdad en ellas, Dios, según ellos, no es ni justo ni veraz, y según su propio razonamiento no es Dios en absoluto; pero si las palabras fueron verdaderamente pronunciadas, les pediría que consideren si Dios no culpa a Faraón como agente libre cuando dice: "Si no dejas ir a mi pueblo"; y en otro lugar: "¿Hasta cuándo rehusarás humillarte ante mí?" Pues la pregunta: "¿Hasta cuándo rehusarás humillarte ante mí?" tiene la intención de avergonzar a Faraón, porque, si no se humillaba, no era que no pudiera, sino que no quería. Y luego está lo que antes dijo Moisés a Faraón: "Para que sepas que la tierra es del Señor. Pero en cuanto a ti y a tus siervos, sé que aún no habéis temido al Señor." Esto muestra que temerán — un buen argumento contra los heterodoxos, pues prueba la bondad de Dios, y refuta su doctrina de que un hombre esté naturalmente condenado a la perdición.
Y en el Libro II de los Comentarios sobre el "Cantar de los Cantares " —
XXVII, 13
13. Obsérvese además que el sol, aunque blanco y resplandeciente, parece ser la causa de que un hombre se vuelva negro, no por lo que él mismo hace, sino por causa de aquel que se vuelve negro. Y así también, quizá, el Señor endurece el corazón de Faraón, aunque la causa de esto estaba relacionada con el hecho de que el rey amargaba la vida de los hebreos con dura servidumbre, en barro y en ladrillo, y en toda la servidumbre, no en los montes y colinas, sino en las llanuras. Pues convirtiéndose en hombre material por su propia maldad, y viviendo una vida en todo conforme a la carne, precisamente porque es aficionado al barro, desea convertir también a los hebreos en barro, pues su propia razón no está purificada del barro; y así como el barro se endurece con el sol, así su razón fue endurecida por los resplandecientes rayos de la Divinidad que visitaba a Israel. Y que algo semejante es la interpretación del pasaje, y que no es el propósito del siervo de Dios escribir mera historia, será claro para cualquiera que observe que cuando los hijos de Israel gemían, no gemían por causa del ladrillo, ni por causa del barro, ni por causa de la paja, sino por causa de la servidumbre; y su clamor subió a Dios no por causa del barro, sino, repetimos, por causa de la servidumbre. Por lo cual Dios también oyó sus gemidos, aunque no oyó el gemido de quienes clamaban a Él, no por causa de la servidumbre, sino por causa del barro y de su condición terrenal.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Lo que se lee aquí es un florilegio y debe leerse como tal: los pasajes están separados de las obras de que salen, y la rúbrica de cada capítulo es de los compiladores, no de Orígenes. El capítulo XXIV transcribe, según la rúbrica, un pasaje de Eusebio, que a su vez cita un tratado de Máximo; los capítulos XXI y XXVII no nombran su obra. Aun así, es la fuente del griego de Sobre los principios III, 1 y IV, 1–3, y conserva la carta a Gregorio y pasajes de comentarios que de otro modo no se leerían.
El propio prefacio a la edición griega muestra que ya se leía con recelo: quien lo escribió admitía que Basilio y Gregorio compilaron la obra, pero creía que otras manos habían mezclado «la paja con el trigo», y dice haber marcado los pasajes heterodoxos. Esa discusión sobre qué es de Orígenes, qué de los compiladores y qué de quienes los copiaron sigue abierta (Wikipedia).
Para seguir leyendo en Eusebeia: la vida y el pensamiento de Orígenes; Sobre los principios, donde el griego de III, 1 y IV, 1–3 se lee junto al latín de Rufino; el Contra Celso, de donde salen los capítulos XV a XX y XXII en otra versión inglesa; el Panegírico a Orígenes, de Gregorio Taumaturgo, destinatario de la carta del capítulo XIII; el Comentario a Juan y el Comentario a Mateo; y el taller de exégesis patrística.
Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; no se ha cotejado con el griego. Las notas distinguen lo que dice el texto, lo que dicen las fuentes citadas y la lectura del editor.