Siglo IV · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF (Oxford, rev. Gross Alexander)·46 min·Posición: 0% de esta parte·Parte 12 de 13 · Homilía 21·Publicado el ·Actualizado el ·Ref. ESC-CRI-EFE
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«Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre (que es el primer mandamiento con promesa), para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.»
Homilía 21, § 2
Como un hombre, al formar un cuerpo, pone primero la cabeza, después el cuello, luego los pies, así el bienaventurado Pablo procede en su discurso. Ha hablado del marido, ha hablado de la mujer, que es la segunda autoridad; ahora avanza por grados hasta el tercer rango, que es el de los hijos. Porque el marido tiene autoridad sobre la mujer, y el marido y la mujer sobre los hijos. Ahora, pues, fijaos en lo que dice.
Homilía 21, § 3
«Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor; porque este es el primer mandamiento con promesa.»
Homilía 21, § 4
Aquí no dice ni una palabra acerca de Cristo, ni una palabra sobre temas elevados, porque todavía dirige su discurso a entendimientos tiernos. Y por esta razón, además, hace breve su exhortación, ya que los niños no pueden seguir un argumento largo. Por esto mismo tampoco discurre nada acerca de un reino (porque no pertenece a la tierna edad de la infancia entender estos asuntos), sino que dice aquello que el alma de un niño desea sobre todo oír, a saber, que «vivirá largamente». Porque si alguno preguntara por qué omitió discurrir acerca de un reino, y les puso delante el mandamiento establecido en la ley, hace esto porque les habla como a niños, y porque sabe bien que si el marido y la mujer están así dispuestos según la ley que él ha establecido, habrá poca dificultad en asegurar la sujeción de los hijos. Porque siempre que cualquier asunto tiene un principio y fundamento bueno, sano y ordenado, todo marchará de allí en adelante con método y regularidad, con gran facilidad: lo más difícil es asentar el fundamento, poner una base firme. «Hijos», dice, «obedeced a vuestros padres en el Señor», es decir, según el Señor. Quiere decir: esto es lo que Dios os manda. Pero ¿y si mandaran cosas necias? Generalmente un padre, por necio que sea en sí mismo, no manda cosas necias. Sin embargo, aun en ese caso, el Apóstol ha resguardado el asunto diciendo: «en el Señor»; es decir, donde no vayáis a ofender a Dios. De modo que si el padre es gentil o hereje, ya no debemos obedecer, porque el mandato no es entonces «en el Señor». Pero ¿cómo dice: «el primer mandamiento»? Porque el primero es: «No cometerás adulterio; no matarás.» No habla de él, pues, como primero en rango, sino en cuanto a la promesa. Porque sobre aquellos otros no hay recompensa aneja, como promulgados con respecto a cosas malas y al apartamiento de cosas malas. Mientras que en estos otros, donde hay práctica del bien, hay además una promesa ofrecida. Y observad qué admirable fundamento ha puesto para el camino de la virtud, es decir, el honor y la veneración hacia los padres. Cuando quiere apartarnos de las malas prácticas, y está a punto de entrar en las virtuosas, esto es lo primero que ordena: el honor hacia los padres; pues ellos, antes que todos los demás, después de Dios, son los autores de nuestro ser, de modo que es razonable que sean los primeros en recoger los frutos de nuestras acciones rectas; y luego todo el resto de la humanidad. Porque si un hombre no tiene este honor hacia los padres, jamás será manso con los que no están unidos a él.
Homilía 21, § 5
Sin embargo, habiendo dado las necesarias instrucciones a los hijos, pasa a los padres, y dice:
Homilía 21, § 6
Ver. 4. «Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos; sino criadlos en el castigo y amonestación del Señor.»
Homilía 21, § 7
No dice: «Amadlos», porque a esto los arrastra la naturaleza aun contra su voluntad, y sería superfluo establecer una ley sobre tales asuntos. Pero ¿qué dice? «No provoquéis a ira a vuestros hijos», como hacen muchos desheredándolos, repudiándolos y tratándolos con altanería, no como libres, sino como esclavos. Por esto dice: «No provoquéis a ira a vuestros hijos.» Luego, lo que es la cosa principal de todas, muestra cómo serán llevados a la obediencia, refiriendo toda la fuente de ella a la cabeza y autoridad principal. Y del mismo modo como ha mostrado que el marido es la causa de la obediencia de la mujer (razón por la cual dirige a él la mayor parte de sus argumentos, aconsejándole que la una a sí mismo por el poder del amor), así también aquí refiere a él la eficacia, diciendo: «Criadlos en el castigo y amonestación del Señor.» Ved que donde hay vínculos espirituales, los vínculos naturales seguirán. ¿Quieres que tu hijo sea obediente? Desde el principio «críalo en el castigo y amonestación del Señor.» Nunca tengas por cosa innecesaria que sea diligente oyente de las divinas Escrituras. Porque allí lo primero que oirá será esto: «Honra a tu padre y a tu madre»; de modo que esto obra en favor tuyo. Nunca digas: esto es asunto de monjes. ¿Acaso estoy haciendo de él un monje? No. No hay necesidad de que se haga monje. ¿Por qué temer tanto a una cosa tan llena de tanta ventaja? Hazlo cristiano. Porque es de todas las cosas necesario que los laicos conozcan las lecciones derivadas de esta fuente; pero especialmente los niños. Porque su edad está llena de insensatez; y a esta insensatez se añaden los malos ejemplos derivados de los relatos paganos, donde se familiarizan con aquellos héroes tan admirados entre ellos, esclavos de sus pasiones y cobardes respecto de la muerte; como, por ejemplo, Aquiles, cuando se ablanda, cuando muere por su concubina, cuando otro se embriaga, y muchas otras cosas semejantes. Por tanto, requiere los remedios contra estas cosas. ¿Cómo no es absurdo enviar a los hijos a los oficios, y a la escuela, y hacer todo lo posible por estos objetos, y sin embargo no «criarlos en el castigo y amonestación del Señor»? Y por esta razón verdaderamente somos los primeros en recoger los frutos, porque criamos a nuestros hijos para que sean insolentes y disolutos, desobedientes y meros hombres vulgares. No hagamos, pues, esto; no, escuchemos la amonestación de este bienaventurado Apóstol. «Criémoslos en el castigo y amonestación del Señor.» Démosles un modelo. Hagamos que desde la más tierna edad se apliquen a la lectura de las Escrituras. ¡Ay, que por más constantemente que repito esto, se me mira como si dijera niñerías! Sin embargo, no cesaré de cumplir mi deber. ¿Por qué, decidme, no imitáis a los antiguos? Vosotras, mujeres, especialmente, emulad a aquellas admirables mujeres. ¿Ha nacido un hijo a alguna? Imitad el ejemplo de Ana []; mirad lo que ella hizo. Lo llevó en seguida al templo. ¿Quién de vosotros no preferiría que su hijo fuera un Samuel antes que ser rey de todo el mundo diez mil veces? «¿Y cómo», diréis, «es posible que llegue a ser tal?» ¿Por qué no es posible? Porque tú misma no lo escoges, ni lo encomiendas al cuidado de quienes pueden hacerlo tal. «¿Y quién», se dirá, «es tal?» Dios. Puesto que ella lo puso en manos de Dios. Porque ni siquiera Elí mismo era de los muy calificados para formarlo; (¿cómo podría serlo, él que no pudo formar ni a sus propios hijos?) No, fue la fe de la madre y su ferviente celo lo que obró todo. Era su primer hijo, y el único, y no sabía si tendría otros además. Sin embargo, no dijo: «Esperaré a que el niño crezca, para que guste de las cosas de esta vida; le permitiré que se entretenga un poco en ellas en sus años infantiles.» No, todos estos pensamientos los rechazó la mujer; estaba absorta en un solo objeto: cómo desde el principio podría dedicar la imagen espiritual a Dios. Bien podemos nosotros, los hombres, sonrojarnos ante la sabiduría de esta mujer. Ella lo ofreció a Dios, y allí lo dejó. Y por eso su estado matrimonial fue más glorioso, porque hizo de los objetos espirituales su primer cuidado, porque dedicó las primicias a Dios. Por eso fue fecundo su vientre, y obtuvo otros hijos además. Y por eso lo vio honorable aun en el mundo. Pues si los hombres, cuando son honrados, devuelven honor, ¿no lo hará mucho más Dios, que hace esto aun sin ser honrado? ¿Hasta cuándo seremos meros montones de carne? ¿Hasta cuándo estaremos inclinados hacia la tierra? Sea todo secundario para nosotros en comparación con el cuidado providente que debemos tener de nuestros hijos, y con nuestro «criarlos en el castigo y amonestación del Señor.» Si desde el principio se le enseña a ser amante de la verdadera sabiduría, entonces ha adquirido riqueza mayor que toda riqueza y un nombre más imponente. No lograrás nada tan grande enseñándole un arte, y dándole aquel aprendizaje exterior por el cual ganará riquezas, como si le enseñas el arte de despreciar las riquezas. Si deseas hacerlo rico, haz esto. Porque el hombre rico no es el que desea grandes riquezas y está rodeado de grandes riquezas; sino el que no necesita nada. Disciplina a tu hijo en esto, enséñale esto. Esta es la mayor riqueza. No busques cómo darle reputación y alto carácter en el aprendizaje exterior, sino considera profundamente cómo le enseñarás a despreciar la gloria que pertenece a esta vida presente. Por este medio llegaría a ser más distinguido y más verdaderamente glorioso. Esto es posible que lo logren igualmente el pobre y el rico. Estas son lecciones que un hombre no aprende de un maestro, ni por arte, sino por medio de los oráculos divinos. No busques cómo disfrutará de una larga vida aquí, sino cómo disfrutará de una vida sin límites y sin fin en el más allá. Dale las cosas grandes, no las pequeñas. Oye lo que dice Pablo: «Criadlos en el castigo y amonestación del Señor»; no estudies para hacerlo orador, sino edúcalo para que sea filósofo. En la falta de lo uno no habrá daño alguno; en la ausencia de lo otro, toda la retórica del mundo no será de provecho. Se necesitan temples, no palabras; carácter, no habilidad; obras, no palabras. Estas ganan al hombre el reino. Estas confieren los verdaderos beneficios. No afiles su lengua, sino limpia su alma. No digo esto para impedirte que le enseñes estas cosas, sino para impedirte que atiendas a ellas exclusivamente. No imagines que sólo el monje necesita estas lecciones de la Escritura. De todos los demás, los niños que están a punto de entrar en el mundo las necesitan especialmente. Porque así como el hombre que está siempre anclado en el puerto no es el que necesita que su barco esté aparejado y que necesita piloto y tripulación, sino el que está siempre en alta mar; así sucede con el hombre del mundo y el monje.
El uno ha entrado como en un puerto sin olas, y vive una vida sin turbaciones, y muy alejado de toda tormenta; mientras que el otro está siempre en el océano, y vive en alta mar en medio mismo del océano, luchando con olas sin número.
Homilía 21, § 8
Y aunque quizá no lo necesite él mismo, debe estar preparado para tapar la boca de otros. Así, cuanto más distinguido es en la vida presente, tanto más necesita de esta educación. Si pasa su vida en cortes, hay muchos paganos, y filósofos, y personas hinchadas con la gloria de esta vida. Es como un lugar lleno de hidrópicos. Tal es, en cierto modo, la corte. Todos están, por así decirlo, hinchados, y en estado de inflamación. Y los que no lo están, estudian para llegar a serlo. Ahora, pues, reflexiona cuán vasto beneficio es que tu hijo, al entrar allí, entre como un médico excelente, provisto de instrumentos que puedan calmar la inflamación peculiar de cada uno, y se acerque a cada uno, converse con él, y restablezca la salud del cuerpo enfermo, aplicando los remedios derivados de las Escrituras, y derramando discursos de la verdadera filosofía. Porque ¿con quién ha de conversar el recluso? ¿Con su pared y su techo? Sí, o también con el desierto y los bosques? ¿O con los pájaros y los árboles? Por tanto, él no tiene tanta necesidad de esta clase de disciplina. Sin embargo, hace de esto su ocupación para perfeccionar esta obra, no tanto para disciplinar a otros como a sí mismo. Hay, pues, toda necesidad de mucha disciplina de esta clase para los que han de mezclarse en el mundo presente, porque tal persona tiene más fuerte tentación al pecado que la otra. Y si quieres entenderlo, será además una persona más útil aun en el mundo mismo. Pues todos le tendrán veneración por estas palabras, cuando lo vean en el fuego sin quemarse, y no deseoso de poder. Pero poder obtendrá entonces, cuando menos lo desee, y será objeto de respeto aún más alto para el rey; porque no es posible que tal carácter quede oculto. Entre un número de personas sanas, ciertamente, un hombre sano no será notado; pero cuando hay un hombre sano entre un número de enfermos, la noticia se extenderá pronto y llegará a oídos del rey, y lo hará gobernante sobre muchas naciones. Sabiendo, pues, estas cosas, «criad a vuestros hijos en el castigo y amonestación del Señor.»
Homilía 21, § 9
«Pero supongamos que un hombre es pobre.» Aun así, de ninguna manera será más insignificante que el hombre que vive en cortes de reyes, porque no está en cortes de reyes; no, será tenido en admiración, y pronto ganará aquella autoridad que se concede voluntariamente, y no por compulsión. Porque si un grupo de griegos, hombres inútiles como son, y perros, tomando esa filosofía inútil de ellos (pues tal es la filosofía griega), o más bien no ella misma sino sólo su mero nombre, y vistiendo el manto raído, y dejándose crecer el cabello, impresionan a muchos; cuánto más el que es verdadero filósofo? Si una falsa apariencia, si una mera sombra de filosofía a primera vista nos atrapa así, ¿qué si amáramos la verdadera y pura filosofía? ¿No la cortejarán todos, y confiarán casas, esposas e hijos con plena confianza a tales hombres? Pero no hay, no, no existe ahora tal filósofo. Y por eso no es posible hallar un ejemplo de esta clase. Entre reclusos, ciertamente, hay tales, pero ya no entre la gente del mundo. Y que entre reclusos los hay, sería posible aducir varios ejemplos. Sin embargo, mencionaré uno entre muchos. Conocéis, sin duda, y habéis oído de, y algunos, quizá, también han visto, al hombre de quien ahora voy a hablar. Me refiero al admirable Julián. Este hombre era un rústico, de vida humilde, y de humilde linaje, y totalmente desinstruido en todas las habilidades exteriores, pero lleno de sabiduría sin adorno. Cuando entraba en las ciudades (y esto era raramente), jamás se producía tal concurrencia, ni cuando oradores, o sofistas, o cualquier otro pasaban cabalgando. Pero ¿qué digo? ¿No es su mismo nombre más glorioso que el de cualquier rey, y celebrado aun hasta este día? Y si estas cosas sucedían en este mundo, en el mundo en que el Señor no nos prometió ningún bien, en el cual nos ha dicho que somos extranjeros, consideremos cuán grandes serán las bendiciones reservadas para nosotros en los cielos. Si, donde eran peregrinos gozaron de tan gran honor, ¡cuán gran gloria gozarán donde está su propia ciudad! Si, donde Él prometió tribulación, encuentran tan atento cuidado, entonces donde promete verdaderos honores, ¡cuán grande será su descanso!
Comentario editorial · ¿Qué Julián es este?
Crisóstomo recuerda a «el admirable Julián», un rústico de humilde linaje que rara vez entraba en las ciudades y al que acudían multitudes, y su nombre, dice, es famoso «hasta el día de hoy». Una nota de la edición inglesa, que el epub no trae, lo identifica: natural de Cilicia, quizá de Tarso, mártir en Egas durante la persecución de Diocleciano, y de él hay un discurso de Crisóstomo en su alabanza. El prefacio de Alexander, en cambio, lo cuenta junto a Babilas como santo «de Antioquía» entre las pruebas de que las homilías se predicaron en esa ciudad; la edición no explica la diferencia. El texto de Crisóstomo no dice dónde vivió ni cómo murió.
¿Y queréis ahora que os presente ejemplos de hombres seculares? Al presente, en verdad, no tenemos ninguno; sin embargo, quizá hay incluso hombres seculares excelentes, aunque no hayan llegado a la más alta filosofía. Por tanto, os citaré ejemplos de los santos de los tiempos antiguos. ¡Cuántos, que tenían esposas que guardar e hijos que criar, no fueron inferiores en ningún aspecto, no, en ningún aspecto, a los que se han mencionado! Ahora, sin embargo, ya no es así, «a causa de la presente angustia» [], como dice este bienaventurado Apóstol. Ahora, pues, ¿a quién queréis que mencione? ¿A Noé, o a Abraham? ¿Al hijo de uno o del otro? ¿O, de nuevo, a José? ¿O queréis que vaya a los Profetas? Me refiero a Moisés, o a Isaías. Sin embargo, si queréis, llevemos nuestro discurso a Abraham, a quien todos nos presentan continuamente por encima de todos los demás. ¿No tenía esposa? ¿No tenía hijos? Sí, porque yo también uso el mismo lenguaje con vosotros, como vosotros conmigo. Tenía esposa, pero no fue por tener esposa que fue tan notable. Tenía riquezas, pero no fue por tener riquezas que agradó a Dios. Engendró hijos, pero no fue por engendrar hijos que fue proclamado bienaventurado. Tenía trescientos dieciocho siervos nacidos en su casa, pero no fue por esto que fue tenido por admirable. ¿Pero queréis saber por qué fue? Fue por su hospitalidad, por su desprecio de las riquezas, por su conducta castigada. Porque ¿cuál es, decidme, el deber de un filósofo? ¿No es despreciar tanto las riquezas como la gloria? ¿No es estar por encima de la envidia y de toda otra pasión? Venid, pues, traigámoslo adelante y despojémoslo, y mostrémonos qué filósofo era. Ante todo, estimó su patria como nada. Dios dijo: «Sal de tu tierra y de tu parentela» [], y al instante salió. No estaba atado a su casa (o seguramente jamás habría salido), ni al amor de amigos familiares, ni a ninguna otra cosa. ¿Pero qué? La gloria y el dinero los despreció sobre todos los demás. Pues cuando puso fin a la guerra poniendo en fuga al enemigo, y se le pidió que tomara el botín, lo rechazó. []
Homilía 21, § 11
De nuevo, el hijo de este gran hombre fue venerado, no por sus riquezas, sino por su hospitalidad: no por sus hijos, sino por su obediencia: no por su esposa, sino por la esterilidad infligida a su esposa. []
Homilía 21, § 12
Ellos consideraban la vida presente como nada, no iban tras la ganancia, despreciaban todas las cosas. Decidme, ¿qué clase de plantas son las mejores? ¿No son aquellas que tienen su fuerza por sí mismas y no son dañadas ni por lluvias, ni por granizadas, ni por ráfagas de viento, ni por ninguna otra vicisitud semejante, sino que permanecen desnudas desafiándolas todas, y no necesitan ni muro ni cerca que las proteja? Tal es el verdadero filósofo, tal es aquella riqueza de que hablamos. Nada tiene, y todo lo tiene: todo lo tiene, y nada tiene. Porque una cerca no está dentro, sino sólo fuera; un muro no es cosa de la naturaleza, sino sólo construido alrededor desde fuera. Y ¿qué otra vez, pregunto, qué clase de cuerpo es uno fuerte? ¿No es aquel que está en salud, y que no es vencido ni por el hambre ni por la hartura, ni por el frío ni por el calor; o es aquel que, en vista de todas estas cosas, necesita tanto de proveedores, como de tejedores, y cazadores, y médicos, para darle salud? Es rico el hombre, el verdadero filósofo, que no necesita ninguna de estas cosas. Por esta causa decía este bienaventurado Apóstol: «Criadlos en el castigo y amonestación del Señor.» No los rodeéis de defensas exteriores. Porque tal es la riqueza, tal es la gloria; porque cuando éstas caen, y ciertamente caen, la planta queda desnuda e indefensa, no sólo sin haber sacado provecho de ellas durante el tiempo pasado, sino aun daño. Porque aquellos mismos abrigos que impidieron que se acostumbrara a los ataques de los vientos, ahora la habrán preparado para perecer de una vez. Y así la riqueza es más bien dañosa, porque nos hace indisciplinados para las vicisitudes de la vida. Criemos, pues, a nuestros hijos para que sean tales que puedan soportar toda prueba, y no se sorprendan de lo que les sobrevenga; «criémoslos en el castigo y amonestación del Señor.» Y grande será la recompensa que así se nos guardará en depósito. Porque si los hombres por hacer estatuas y pintar retratos de reyes gozan de tan gran honor, ¿no recibiremos nosotros, que adornamos la imagen del Rey de reyes (porque el hombre es imagen de Dios), diez mil bendiciones, si logramos una verdadera semejanza? Porque la semejanza está en esto, en la virtud del alma, cuando educamos a nuestros hijos para que sean buenos, mansos, perdonadores (porque todos estos son atributos de Dios), beneficentes, humanos; cuando los educamos para que consideren el mundo presente como nada. Sea, pues, esta nuestra tarea: moldear y dirigir tanto a nosotros mismos como a ellos conforme a lo que es recto. De lo contrario, ¿con qué clase de valentía nos presentaremos ante el tribunal de Cristo? Si un hombre que tiene hijos indisciplinados es indigno de ser Obispo [], mucho más indigno es del reino de los Cielos. ¿Qué decís? Si tenemos una esposa indisciplinada, o hijos indisciplinados, ¿habremos de rendir cuenta? Sí, la rendiremos, si no aportamos con exactitud lo que se nos debe a nosotros mismos; porque nuestra virtud individual no basta para la salvación. Si el hombre que escondió el talento no ganó nada, sino que fue castigado aun de tal manera, es claro que la virtud individual de uno no basta para la salvación, sino que hay necesidad también de la de otro. Tengamos, pues, gran solicitud por nuestras esposas, y cuidemos mucho de nuestros hijos, de nuestros siervos y de nosotros mismos. Y en el gobierno tanto de nosotros como de ellos, roguemos a Dios que nos ayude en la obra. Si Él nos ve interesados en esta obra y solícitos por ella, nos ayudará; pero si nos ve sin prestarle atención, no nos dará su mano. Porque no nos concede su auxilio cuando dormimos, sino cuando también nosotros trabajamos. Pues un ayudador (como el nombre lo indica) no es ayudador de uno inactivo, sino de uno que también trabaja. Mas el buen Dios es capaz por sí mismo de llevar la obra a perfección, para que todos seamos tenidos por dignos de alcanzar las bendiciones prometidas, por la gracia y las compasiones de su Hijo unigénito, con Quien, juntamente con el Espíritu Santo, sea al Padre, gloria, poder y honor, ahora y siempre, y por todos los siglos. Amén.
Homilía 22
Efesios 6:5-8
Homilía 22, § 1
«Siervos, sed obedientes a los que, según la carne, son vuestros amos, con temor y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo; no en el servicio de ojos, como agradadores de los hombres, sino como siervos de Cristo, haciendo la voluntad de Dios desde el corazón; sirviendo de buena voluntad, como al Señor, y no a los hombres; sabiendo que cualquier bien que cada uno haga, eso mismo recibirá del Señor, sea siervo o libre.»
Homilía 22, § 2
Así, pues, no solo el esposo, ni la esposa, ni los hijos, sino también los siervos virtuosos contribuyen a la organización y protección de una casa. Por tanto, el bienaventurado Pablo no ha pasado por alto siquiera este departamento. Sin embargo, llega a él en último lugar, porque es último en dignidad y rango. Aun así les dirige también un largo discurso, ya no en el mismo tono que a los hijos, sino de un modo mucho más avanzado, por cuanto no les presenta a estos la promesa en este mundo, sino en el que ha de venir. «Sabiendo» —dice él— «que todo lo bueno o malo que cada uno haga, eso mismo recibirá del Señor», y así al instante los instruye a amar la sabiduría. Porque aunque sean inferiores a los hijos en dignidad, en espíritu les son superiores.
Homilía 22, § 3
«Siervos», dice, «sed obedientes a los que, según la carne, son vuestros amos.»
Homilía 22, § 4
Así, de inmediato levanta, de inmediato calma el alma herida. No os entristezcáis, parece decir, por ser inferiores a la esposa y a los hijos. La esclavitud no es más que un nombre. El señorío es «según la carne», breve y temporal; porque todo lo que es de la carne es transitorio.
Homilía 22, § 5
«Con temor», añade, «y temblor.»
Homilía 22, § 6
Veis que no exige el mismo temor de los esclavos que de las esposas: pues en aquel caso simplemente dijo: «y que la esposa vea que tema a su marido»; mientras que en este caso eleva la expresión, «con temor» —dice— «y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo.» Esto es lo que dice constantemente. ¿Qué quieres decir, bienaventurado Pablo? Él es un hermano, o más bien ha llegado a ser hermano, goza de los mismos privilegios, pertenece al mismo cuerpo. Sí, más aún, es hermano no solo de su propio señor, sino también del Hijo de Dios, es participante de todos los mismos privilegios; y sin embargo dices: «obedeced a vuestros amos según la carne, con temor y temblor»? Sí, por esta misma razón, diría, lo digo. Porque si mando a los hombres libres que se sometan unos a otros en el temor de Dios —como dijo antes, «sometiéndoos unos a otros en el temor de Cristo»—; si además mando a la esposa que tema y venere a su marido, aunque ella es su igual, mucho más debo hablar así al siervo. No es señal de bajo nacimiento, sino más bien la más verdadera nobleza, el saber rebajarnos, ser modestos y humildes, y ceder a nuestro prójimo. Y los libres han servido a los libres con mucho temor y temblor.
Homilía 22, § 7
«Con sencillez de corazón», dice.
Homilía 22, § 8
Y bien se dice, pues es posible servir con temor y temblor, y sin embargo no de buena voluntad, sino de cualquier manera que sea posible. Muchos siervos en muchas ocasiones engañan secretamente a sus amos. Y este engaño, por consiguiente, lo elimina diciendo: «con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo; no en el servicio de ojos, como agradadores de los hombres, sino como siervos de Cristo, haciendo la voluntad de Dios desde el corazón; sirviendo de buena voluntad, como al Señor, y no a los hombres.» ¿Veis cuántas palabras exige para implantar este buen principio, «con buena voluntad», quiero decir, y «desde el corazón»? Aquel otro servicio, «con temor y temblor», quiero decir, vemos que muchos lo rinden a sus amos, y la amenaza del amo contribuye en gran medida a asegurarlo. Pero muestra, dice, que servís como «siervo de Cristo», no del hombre. Haced vuestra la acción recta, no forzada. Así como en las palabras que siguen persuade e instruye al que es maltratado por otro a hacer suya la acción recta y la obra de su propia libre elección. Porque por cuanto el que golpea la mejilla no se supone que llegue a ese acto por alguna intención de la persona golpeada, sino solo por su propia malicia individual, ¿qué dice Él? «Vuélvele también la otra» []; para mostrarle que al someterte a la primera no fuiste renuente. Porque el que es pródigo en sufrir el mal, hace suyo lo que no es acto propio, al dejarse golpear también en la otra mejilla, y no meramente soportando el primer golpe. Pues esto último tendrá quizá incluso apariencia de cobardía; pero aquello, de una elevada filosofía.— Así mostrarás que también soportaste el primer golpe por causa de la sabiduría. Y así en el caso presente, muestra también aquí que soportas esta esclavitud de buen grado. El que agrada a los hombres, pues, no es siervo de Cristo. El siervo de Cristo no es agradador de los hombres. [] Porque ¿quién que sea siervo de Dios se propone agradar a los hombres? ¿Y quién que agrada a los hombres puede ser siervo de Dios?
Homilía 22, § 9
«Desde el corazón», dice, «sirviendo de buena voluntad.» Porque ya que es posible servir incluso con sencillez de corazón y no injustamente, y sin embargo no con todas las fuerzas, sino solo en cuanto se cumple el deber obligatorio, por tanto dice: hacedlo con prontitud, no por necesidad, por principio, no por coacción. Si así sirves, no eres esclavo; si lo haces por principio, si con buena voluntad, si desde el corazón, y si por amor de Cristo. Porque esta es la servidumbre que incluso Pablo, el hombre libre, sirve, y exclama: «Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús.» [] Mirad cómo despoja a vuestra esclavitud de su vileza. Porque así como el que ha sido robado, si da aún más al que le ha quitado, no es contado entre los robados, sino más bien entre los dadores liberales; no entre los que sufren mal, sino entre los que hacen bien; y más bien cubre al otro de deshonra con su liberalidad, que es cubierto de deshonra al ser robado—así, digo, en este caso, por su generosidad aparecerá al instante más magnánimo, y mostrando que no siente la injuria, avergonzará al otro.
Homilía 22, § 10
Hagamos, pues, servicio a nuestros amos por amor de Cristo, «sabiendo», continúa, «que cualquier bien que cada uno haga, eso mismo recibirá del Señor, sea siervo o libre.» Porque por cuanto era probable que muchos amos, siendo incrédulos, no tuvieran sentido de vergüenza y no correspondieran a sus esclavos por su obediencia, observad cómo les ha dado ánimo, para que no tengan ningún recelo sobre la recompensa, sino plena confianza respecto del pago. Porque así como los que reciben un beneficio, cuando no corresponden, hacen a Dios deudor de sus bienhechores; así, digo, también los amos, si, cuando son bien tratados por vosotros, no os recompensan, os recompensan tanto más, haciendo a Dios vuestro deudor.
Homilía 22, § 11
Vers. 9. «Y vosotros, amos», continúa, «haced lo mismo con ellos.»
Homilía 22, § 12
Lo mismo. ¿Qué es esto? «Con buena voluntad, servid.» Sin embargo, en realidad no dice «servid», aunque al decir «lo mismo» muestra claramente que este es su significado. Porque el amo mismo es siervo. «No como agradadores de los hombres», quiere decir, «y con temor y temblor»: es decir, para con Dios, temiendo que Él un día os acuse por vuestra negligencia hacia vuestros esclavos.
Homilía 22, § 13
«Y dejad las amenazas»; no seáis irritantes, quiere decir, ni opresivos.
Homilía 22, § 14
«Sabiendo que el Amo de ellos y el vuestro está en el Cielo.»
Homilía 22, § 15
¡Ah! ¡Cuán poderoso Amo insinúa aquí! ¡Cuán impresionante la sugerencia! Es esta. «Con la medida con que medís, se os medirá a vosotros» []; para que no oigáis la sentencia: «Siervo malvado, yo te perdoné toda aquella deuda.» []
Homilía 22, § 16
«Y no hay acepción de personas», dice, «ante Él.»
Homilía 22, § 17
No penséis, diría, que lo que se hace contra un siervo lo perdonará Él, porque se haya hecho a un siervo. Las leyes paganas, ciertamente, por ser leyes de hombres, reconocen una diferencia entre estas clases de ofensas. Pero la ley del Señor y Amo común de todos, como hace bien a todos por igual y dispensa los mismos derechos a todos, no conoce tal diferencia.
Homilía 22, § 18
Pero si alguno pregunta de dónde proviene la esclavitud y por qué ha hallado entrada en la vida humana (y sé que muchos se alegran tanto de hacer tales preguntas como desean ser informados de ellas), os lo diré. La esclavitud es fruto de la codicia, de la degradación, del salvajismo; pues Noé, lo sabemos, no tuvo siervo, ni Abel, ni Set, ni tampoco los que vinieron después de ellos. La cosa fue fruto del pecado, de la rebelión contra los padres. Escuchen esto los hijos: que siempre que son desobedientes a sus padres, merecen ser siervos. Tal hijo se despoja de su nobleza de nacimiento; porque el que se rebela contra su padre ya no es hijo; y si el que se rebela contra su padre no es hijo, ¿cómo será hijo el que se rebela contra nuestro verdadero Padre? Él se ha apartado de su nobleza de nacimiento, ha ultrajado a la naturaleza. Luego vienen también las guerras y las batallas, y toman sus prisioneros. Bien, pero Abraham, diréis, tenía siervos. Sí, pero no los usaba como siervos.
Homilía 22, § 19
Observad cómo todo depende de la cabeza; la esposa, diciéndole «que la ame»; los hijos, diciéndole «que los críe en el castigo y amonestación del Señor»; los siervos, por las palabras: «sabiendo que el Amo de ellos y vuestro está en el Cielo.» Así, dice él, vosotros también de la misma manera, como siendo vosotros mismos siervos, seréis amables e indulgentes. «Por lo demás, fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza.»
Homilía 22, § 20
Pero si, antes de considerar lo que sigue, tenéis ánimo de escuchar, haré las mismas observaciones acerca de los siervos que ya he hecho antes acerca de los hijos. Enseñadles a ser religiosos, y todo lo demás seguirá por necesidad. Pero ahora, cuando alguien va al teatro, o va al baño, arrastra tras sí a todos sus siervos; pero cuando va a la iglesia, ni por un momento; ni los obliga a asistir y escuchar. Ahora bien, ¿cómo escuchará vuestro siervo, cuando tú, su amo, estás atendiendo a otras cosas? ¿Has comprado, has adquirido a tu esclavo? Ante todas las cosas, ordénale lo que Dios quiere que haga: ser amable con sus consiervos y tener en gran estima la virtud.
Homilía 22, § 21
La casa de cada uno es una ciudad; y cada hombre es un príncipe en su propia casa. Que la casa del rico es de este carácter es bastante evidente, donde hay tierras, y administradores, y gobernantes sobre gobernantes. Pero digo que también la casa del pobre es una ciudad. Porque aquí también hay oficios de autoridad; por ejemplo, el esposo tiene autoridad sobre la esposa, la esposa sobre los siervos, los siervos a su vez sobre sus propias esposas; a su vez las esposas y los esposos sobre los hijos. ¿No os parece que es, por así decirlo, una especie de rey, teniendo tantas autoridades bajo su propia autoridad? ¿Y que sería conveniente que fuese más hábil tanto en el gobierno doméstico como en el general que todos los demás? Porque el que sabe administrar estos en sus diversas relaciones sabrá elegir a los hombres más aptos para los oficios, sí, y escogerá a los excelentes. Y así la esposa será un segundo rey en la casa, faltándole solo la diadema; y el que sabe escoger a este rey regulará de modo excelente todo lo demás.
Homilía 22, § 22
Vers. 10. «Por lo demás», dice, «fortaleceos en el Señor.»
Homilía 22, § 23
Siempre que el discurso está por concluir, emplea siempre este giro. ¿No dije bien desde el principio que la casa de cada hombre es un campamento en sí misma? Pues mirad, habiendo dispuesto los diversos oficios, procede a armarlos y a llevarlos a la guerra. Si nadie usurpa el oficio del otro, sino que cada uno permanece en su puesto, todo estará bien ordenado.
Homilía 22, § 24
«Fortaleceos», dice, «en el Señor, y en el poder de su fuerza.»
Homilía 22, § 25
Es decir, en la esperanza que tenemos en Él, por medio de su auxilio. Porque como había ordenado muchos deberes que era necesario cumplir, no temáis, parece decir, poned vuestra esperanza en el Señor, y Él hará todo fácil.
Homilía 22, § 26
Vers. 11. «Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del Diablo.»
Homilía 22, § 27
No dice contra las luchas ni contra las hostilidades, sino contra las «asechanzas». Porque este enemigo está en guerra con nosotros, no simplemente ni abiertamente, sino con «asechanzas». ¿Qué se entiende por asechanzas? Usar «asechanzas» es engañar y atrapar mediante artificio o ardid; cosa que ocurre tanto en el caso de las artes como por palabras, acciones y estratagemas, en el caso de quienes nos seducen. Quiero decir algo así. El Diablo nunca nos propone los pecados en sus colores propios; no habla de idolatría, sino que la disfraza con otro vestido, usando «asechanzas», es decir, haciendo plausible su discurso, empleando disfraces. Ahora, por tanto, el Apóstol de este modo está a la vez despertando a los soldados y haciéndolos vigilantes, persuadiéndolos e instruyéndolos en que nuestro conflicto es con uno diestro en las artes de la guerra, y con uno que no guerrea simple ni directamente, sino con mucha astucia. Y primero, entonces, despierta a los discípulos considerando la destreza del Diablo; pero en segundo lugar, por su naturaleza y el número de sus fuerzas. No es por ningún deseo de desanimar a los soldados que están bajo él, sino para despertarlos y avivarlos, que menciona estas estratagemas y los prepara para estar vigilantes; pues si meramente hubiera detallado su poder y se hubiera detenido ahí en su discurso, habría tenido que desanimarlos. Pero ahora, en tanto que antes y después de esto muestra que es posible vencer a tal enemigo, más bien les levanta el ánimo; pues cuanto más claramente se expone la fuerza de nuestros adversarios a los nuestros, tanto más fervorosos hará a nuestros soldados.
Homilía 22, § 28
Vers. 12. «Porque nuestra lucha no es», dice, «contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los gobernadores del mundo de estas tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad, en los lugares celestiales.»
Homilía 22, § 29
Habiéndolos estimulado por el carácter del conflicto, pasa después a despertarlos también con los premios que se les presentan. Pues ¿cuál es su argumento? Habiendo dicho que los enemigos son feroces, añade además que nos despojan de vastas bendiciones. ¿Cuáles son estas? El conflicto se desarrolla «en los lugares celestiales»; la lucha no es por riquezas, no por gloria, sino por ser nosotros esclavizados. Y así la enemistad es irreconciliable. La contienda y el conflicto son más feroces cuando hay vastos intereses en juego; pues la expresión «en los lugares celestiales» equivale a «por las cosas celestiales». No es que puedan ganar algo con la conquista, sino que puedan despojarnos. Como si alguno dijera: «¿En qué consiste el contrato?» En oro. La palabra «en» significa «en favor de»; la palabra «en» significa también «a causa de». Observad cómo el poder del enemigo nos sobresalta; cómo nos hace a todos circunspectos, saber que el riesgo es por vastos intereses, y la victoria por causa de grandes recompensas. Porque él está haciendo todo lo posible para arrojarnos del Cielo.
Homilía 22, § 30
Habla de ciertos «principados, y potestades, y gobernadores del mundo de estas tinieblas.» ¿Qué tinieblas? ¿Son las de la noche? No, sino las de la maldad. «Porque en otro tiempo erais», dice él, «tinieblas» []; llamando así a aquella maldad que hay en esta vida presente; porque más allá de ella, no tendrá lugar alguno, ni en el Cielo, ni en el mundo venidero.
Homilía 22, § 31
«Gobernadores del mundo» los llama, no porque tengan dominio sobre el mundo, sino porque la Escritura suele llamar «el mundo» a las prácticas malvadas; como, por ejemplo, donde Cristo dice: «No son de este mundo, como tampoco yo soy del mundo.» [] ¿Qué, entonces? ¿No eran del mundo? ¿No estaban vestidos de carne? ¿No eran de los que están en el mundo? Y otra vez: «El mundo me aborrece, pero a vosotros no os puede aborrecer.» [] Donde de nuevo llama por este nombre a las prácticas malvadas. Así, el Apóstol aquí por mundo significa a los hombres malvados, y los espíritus malignos tienen un poder más especial sobre ellos. «Contra las huestes espirituales de maldad», dice él, «en los lugares celestiales». «Principados, y potestades», dice; así como en los lugares celestiales hay «tronos y dominios, principados y potestades» [].
Homilía 22, § 32
Ver. 13. «Por tanto», dice él, «tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y, habiendo hecho todas las cosas, estar firmes.»
Homilía 22, § 33
Por «día malo» quiere decir la vida presente, y la llama también «este presente siglo malo» [], por los males que se hacen en él. Es como si dijera: Estad siempre armados. Y otra vez, «habiendo hecho todas las cosas», dice; es decir, tanto las pasiones como las concupiscencias viles, y todas las demás cosas que nos turban. No habla meramente de hacer la obra, sino de completarla, de modo que no sólo matemos, sino que estemos firmes también después de haber matado. Porque muchos que han conseguido esta victoria, han caído de nuevo. «Habiendo hecho», dice, «todas las cosas»; no habiendo hecho unas, y no las otras. Pues aun después de la victoria, es preciso estar firmes. El enemigo puede ser herido, pero las cosas heridas reviven si no estamos firmes. Pero si después de haber caído se levantan de nuevo, mientras estemos firmes, ellos están caídos. Mientras no vacilemos, el adversario no se levanta de nuevo.
Homilía 22, § 34
«Vistámonos toda la armadura de Dios.» ¿Veis cómo destierra todo temor? Porque si es posible «hacer todas las cosas, y estar firmes», su descripción detallada del poder del enemigo no produce cobardía ni temor, sino que sacude la desidia. «Para que podáis», dice él, «resistir en el día malo.» Y además les da ánimo también por el tiempo; el tiempo, parece decir, es corto; de modo que es necesario que estéis firmes; no desmayéis cuando la matanza se haya consumado.
Homilía 22, § 35
Moral. Si, pues, es una guerra, si tales son las fuerzas dispuestas contra nosotros, si «los principados» son incorpóreos, si son «gobernadores del mundo», si son «las huestes espirituales de maldad», ¿cómo, decidme, podéis vivir en la molicie? ¿Cómo podéis ser disolutos? ¿Cómo, si estamos desarmados, podremos vencer? Que cada uno repita para sí estas palabras cada día, siempre que esté bajo la influencia de la ira o de la concupiscencia, siempre que aspire, y sin provecho alguno, a esta vida lánguida. Escuche al bienaventurado Pablo, que le dice: «Nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades.» Guerra más dura que la que es materia de los sentidos, conflicto más fiero. Pensad cuánto tiempo lucha este enemigo, por qué es por lo que pelea, y estad más en guardia que nunca. «No», dirá alguno, «sino que, al ser el diablo, debería haber sido quitado de en medio, y así todos se habrían salvado.» Estos son los pretextos que algunos de vuestros indolentes pronuncian en su defensa. Cuando deberíais estar agradecido, oh hombre, de que, si tenéis ánimo, tenéis la victoria sobre tal enemigo, al contrario, incluso estáis descontentos, y pronunciáis las palabras de un soldado perezoso y soñoliento. Conocéis los puntos de ataque, si queréis. Explorad por todos lados, fortificaos. No sólo contra el diablo es el conflicto, sino también contra sus potestades. ¿Cómo, entonces, diréis, hemos de luchar contra las tinieblas? Haciéndonos luz. ¿Cómo contra las «huestes espirituales de maldad»? Haciéndonos buenos. Porque la maldad es contraria al bien, y la luz ahuyenta las tinieblas. Pero si nosotros mismos también somos tinieblas, inevitablemente seremos hechos cautivos. ¿Cómo, pues, los venceremos? Si lo que ellos son por naturaleza, eso llegamos a ser por elección, libres de sangre y carne, así los venceremos. Porque en otro tiempo era probable que los discípulos tuvieran muchos perseguidores; «no imaginéis», diría, «que son ellos los que os hacen la guerra. Los que realmente os hacen la guerra son los espíritus que obran en ellos. Contra ellos es nuestra lucha.» Dos cosas previene con estas consideraciones: los hace más valientes en sí mismos y desata su ira contra los que guerrean contra ellos. ¿Y por qué es nuestra lucha contra éstos? Puesto que también tenemos un aliado invencible, la gracia del Espíritu. Hemos sido enseñados en un arte tal que nos capacita para luchar no contra hombres, sino contra espíritus. Antes bien, si tenemos ánimo, ni siquiera lucharemos; porque es porque lo elegimos por lo que hay lucha, ya que tan grande es el poder de Aquel que mora en nosotros, que Él dijo: «He aquí os he dado potestad de pisar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo.» [] Todo poder nos ha dado, tanto de luchar como de no luchar. Es porque somos perezosos por lo que tenemos que luchar contra ellos; porque que Pablo no luchaba, oíd lo que él mismo dice: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?» [] Y otra vez oíd sus palabras: «Dios aplastará pronto a Satanás bajo vuestros pies.» [] Porque lo tenía bajo su sujeción; de donde también dijo: «Te mando en el nombre de Jesucristo que salgas de ella.» [] Y éste no es el lenguaje de uno que lucha; porque el que lucha aún no ha vencido, y el que ha vencido ya no lucha; ha subyugado, ha tomado cautivo. Y así Pedro tampoco luchó con el diablo, sino que hizo lo que era mejor que luchar. En el caso de los fieles, de los obedientes, de los catecúmenos, prevalecieron sobre él con grandísima ventaja y sobre sus potestades. Por eso también el bienaventurado Pablo dijo: «Pues no ignoramos sus maquinaciones» [], que era además el modo por el cual especialmente lo vencía; y otra vez oíd sus palabras: «Y no es de maravillar, si sus ministros también se disfrazan como ministros de justicia.» [] Tan bien conocía cada parte del conflicto, y nada se le escapaba. Otra vez, «Porque el misterio de la iniquidad», dice él, «ya está obrando.» [].
Homilía 22, § 36
Pero contra nosotros es la lucha; pues oídle de nuevo decir: «Estoy persuadido de que ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni las potestades, ni ninguna otra criatura, podrá separarnos del amor de Cristo.» [] No dice simplemente «de Cristo», sino «del amor de Cristo». Porque muchos hay que están unidos a Cristo, por cierto, y sin embargo no lo aman. No sólo, dice, no me persuadiréis a negarlo, sino ni siquiera a amarlo menos. Y si las potestades de arriba no tuvieron fuerza para hacer esto, ¿quién más lo movería? No, sin embargo, que diga esto como si realmente lo intentaran, sino por suposición; por lo cual también dijo: «Estoy persuadido». Así que no luchaba, y sin embargo teme sus artificios; porque oíd lo que dice: «Temo que, de algún modo, así como la serpiente engañó a Eva con su astucia, vuestros sentidos sean corrompidos de la simplicidad que es en Cristo.» [] Es cierto, diréis, pero usa esta palabra también respecto de sí mismo, donde dice: «Pues temo que, de algún modo, después de haber predicado a otros, yo mismo sea desechado.» ¿Cómo, entonces, estás «persuadido de que nadie te separará»? ¿No percibes que la expresión es de humildad y de bajeza? Porque él ya moraba en el Cielo. Y de ahí también que dijera: «Pues nada sé contra mí mismo» []; y otra vez: «He acabado la carrera» []. De modo que no fue con respecto a estas cosas que el diablo puso obstáculos en su camino, sino con referencia a los intereses de los discípulos. ¿Y por qué, pues? Porque en estos puntos él no era el único dueño, sino también la voluntad de ellos. Allí el diablo prevaleció en algunos casos; no, tampoco allí prevaleció sobre él, sino sobre la desidia de las personas que no prestaban atención. Si, en efecto, ya por pereza o por cualquier otra cosa semejante, hubiera dejado de cumplir su propio deber, entonces el diablo habría prevalecido sobre él; pero si él por su parte hizo todo lo que pudo, y ellos no obedecieron, no prevaleció sobre él, sino sobre la desobediencia de ellos; y la enfermedad no prevaleció sobre el médico, sino sobre la indocilidad del enfermo; pues cuando el médico toma toda precaución y el enfermo deshace todo, el enfermo es vencido, no el médico. Así que en ningún caso prevaleció sobre Pablo. Pero en nuestro propio caso, es motivo de contento que seamos capaces, aun tanto, de luchar. Porque para los romanos, en efecto, no es esto lo que pide, sino ¿qué? «Dios aplastará pronto a Satanás bajo vuestros pies.» [] Y para estos efesios invoca a «Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos.» [] El que lucha todavía está sujeto, pero le basta no haber caído. Cuando partamos de aquí, entonces, y no antes, se conseguirá la gloriosa victoria. Por ejemplo, tomad el caso de alguna concupiscencia mala. Lo extraordinario sería ni siquiera abrigarla, sino sofocarla. Si, sin embargo, esto no es posible, entonces, aunque tengamos que luchar con ella y retenerla hasta el fin, si partimos todavía luchando, somos vencedores. Pues el caso no es el mismo aquí que con los luchadores; porque allí, si no derribas a tu antagonista, no has vencido; pero aquí, si no eres derribado, has vencido; si no eres derribado, lo has derribado a él; y con razón, porque allí ambos luchan por la victoria, y cuando el uno es derribado, el otro es coronado; aquí, sin embargo, no es así, sino que el diablo se afana por nuestra derrota; cuando, entonces, lo privo de aquello a lo que se encamina, soy vencedor. Porque no es derribarnos, sino hacernos partícipes de su propia ruina lo que ansía. Ya, pues, soy vencedor, porque él ya está derribado y en estado de ruina; y su victoria no consiste en ser él mismo coronado, sino en efectuar mi ruina; de modo que aunque no lo derribe, si yo no soy derribado, he vencido. ¿Qué es, pues, una victoria gloriosa? Es, sobre todo, pisotearlo, como hizo Pablo, teniendo por nada las cosas de este mundo presente. Imitémosle también nosotros, y esforcémonos por estar por encima de ellas, y por no darle en ninguna parte asidero sobre nosotros. Las riquezas, las posesiones, la vanagloria, le dan asidero. Y muchas veces, ciertamente, esto lo ha excitado, y muchas veces lo ha exasperado. Pero, ¿qué necesidad hay de luchar? ¿Qué necesidad de empeñarse con él? El que está empeñado en el acto de luchar tiene el desenlace incierto, no sea que él mismo sea vencido y capturado. Mientras que el que lo pisotea tiene la victoria segura.
Homilía 22, § 37
¡Oh, pues, pisoteemos el poder del diablo; pisoteemos nuestros pecados, es decir, todo lo que pertenece a esta vida, la ira, la concupiscencia, la vanagloria, toda pasión; para que cuando partamos a aquel mundo, no seamos convictos de haber traicionado aquel poder que Dios nos ha dado; porque así alcanzaremos también los bienes venideros. Pero si en esto somos infieles, ¿quién nos confiará aquellas cosas que son mayores? Si no pudimos pisotear a uno que había caído, que había sido deshonrado, que había sido despreciado, que yacía bajo nuestros pies, ¿cómo nos dará el Padre las recompensas de un Padre? Si no subyugamos a uno puesto en sujeción a nosotros, ¿qué confianza tendremos para entrar en la casa de nuestro Padre? Porque, decidme, supongamos que tuvierais un hijo, y que él, despreciando a la parte bien dispuesta de vuestra casa, se asociara con los que os han afligido, con los que han sido expulsados de la casa de su padre, con los que pasan su tiempo en la mesa de juego, y que continuara haciéndolo hasta el final; ¿no será desheredado? Es bien claro que lo será. Y así también nosotros; si, despreciando a los Ángeles que han agradado a nuestro Padre y a quienes Él ha puesto sobre nosotros, tenemos nuestra conversación con el diablo, inevitablemente seremos desheredados, lo cual Dios no permita; sino empeñémonos en la guerra que hemos de librar contra él.
Homilía 22, § 38
Si alguno tiene un enemigo, si alguno ha sido agraviado por él, si alguno está exasperado, reúna toda aquella ira, toda aquella fiereza, y derrámela sobre la cabeza del diablo. Aquí la ira es cosa buena, aquí la cólera es provechosa, aquí la venganza es laudable, porque así como entre los paganos la venganza es un vicio, así verdaderamente aquí la venganza es una virtud. Así pues, si tenéis algunas faltas, despojaos de ellas aquí. Y si no sois capaces vosotros mismos de apartarlas, hacedlo, aun con vuestros miembros también. ¿Os ha golpeado alguno? Guardad malicia contra el diablo, y nunca abandonéis vuestro odio hacia él. O también, ¿nadie os ha golpeado? Guardadle malicia todavía, porque insultó, porque ofendió a vuestro Señor y Maestro, porque daña y guerrea contra vuestros hermanos. Con él estad siempre en enemistad, siempre implacables, siempre sin misericordia. Así será humillado, así despreciable, así será presa fácil. Si somos fieros con él, nunca será fiero con nosotros. Si somos complacientes, entonces él será fiero; no es con él como con nuestros hermanos. Él es el enemigo y adversario, tanto de la vida como de la salvación, tanto la nuestra como la suya propia. Si no se ama a sí mismo, ¿cómo podrá amarnos a nosotros? Pongámonos, pues, en orden de batalla y hirámosle, teniendo por poderoso confederado al Señor Jesucristo, que puede tanto hacernos inexpugnables a sus asechanzas como dignos de los bienes venideros; lo cual Dios conceda que todos alcancemos, por la gracia y la misericordia amorosa de nuestro Señor Jesucristo, con quien, juntamente con el Espíritu Santo, sea al Padre la gloria, el poder y el honor, ahora y siempre, y por todos los siglos. Amén.
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