VII, 8
Pues con razón sentimos odio hacia Novaciano, que ha desgarrado la Iglesia y arrastrado a algunos de los hermanos a la impiedad y la blasfemia, y ha introducido una enseñanza impía acerca de Dios, y ha calumniado a nuestro compasivo Señor Jesucristo tachándolo de despiadado. Y además de todo esto rechaza el santo bautismo, y derriba la fe y la confesión que lo preceden, y destierra enteramente de ellos al Espíritu Santo, si es que en verdad había esperanza de que permaneciera o volviera a ellos.
VII, 9
1. Su quinta epístola fue escrita a Sixto, obispo de Roma. En ésta, después de decir mucho contra los herejes, relata cierto suceso de su tiempo como sigue: "Pues en verdad, hermano, estoy necesitado de consejo, y pido tu juicio acerca de cierto asunto que ha llegado a mí, temiendo estar en error."
2. Pues uno de los hermanos que se reúnen, que desde hace mucho había sido considerado creyente, y que, antes de mi ordenación y creo que antes del nombramiento del bienaventurado Heracles, era miembro de la congregación, estuvo presente con los recién bautizados. Y cuando oyó las preguntas y las respuestas, vino a mí llorando y lamentándose; y cayendo a mis pies reconoció y protestó que el bautismo con que había sido bautizado entre los herejes no era de este carácter, ni en ningún aspecto semejante a éste, porque estaba lleno de impiedad y blasfemia.
3. Y dijo que su alma estaba ahora traspasada de dolor, y que no tenía confianza para levantar los ojos a Dios, porque había salido de aquellas palabras y obras impías. Y por esto suplicó poder recibir esta purificación perfectísima, y la recepción y la gracia.
4. Pero no me atreví a hacer esto; y dije que su larga comunión era suficiente para ello. Pues no me atrevería a renovar desde el principio a quien había oído la acción de gracias y se había unido a repetir el Amén; a quien había estado junto a la mesa y había extendido las manos para recibir el bendito alimento; y que lo había recibido y participado durante mucho tiempo del cuerpo y de la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Pero le exhorté a tener buen ánimo y a acercarse a la participación de los santos con fe firme y buena esperanza.
5. Pero él no cesa de lamentarse, y se estremece al acercarse a la mesa, y apenas, aunque se le ruega, se atreve a estar presente en las oraciones.
6. Además de éstas, se conserva también otra epístola del mismo hombre sobre el bautismo, dirigida por él y su parroquia a Sixto y a la iglesia de Roma. En ésta examina con argumento extenso la cuestión entonces debatida. Y se conserva aún otra después de éstas, dirigida a Dionisio de Roma, acerca de Luciano. Esto en cuanto a estas cosas.
VII, 10
1. Galo y los demás gobernantes, habiendo tenido el gobierno menos de dos años, fueron derribados, y Valeriano, con su hijo Galieno, recibió el imperio. Las circunstancias que Dionisio relata de él podemos aprenderlas de su epístola a Hermamón, en la que da el siguiente relato:
2. Y de igual manera está revelado a Juan: 'Porque le fue dada', dice, 'una boca que hablaba grandes cosas y blasfemias; y le fue dada autoridad y cuarenta y dos meses.' []
3. Es admirable que ambas cosas ocurrieran bajo Valeriano; y es tanto más notable en este caso cuando consideramos su conducta anterior, pues había sido manso y amistoso con los hombres de Dios, ya que ninguno de los emperadores anteriores a él los había tratado con tanta bondad y favor; y ni siquiera los que se decía abiertamente que eran cristianos los recibían con tan manifiesta hospitalidad y amistad como él hizo al comienzo de su reinado. Pues toda su casa estaba llena de personas piadosas y era una iglesia de Dios.
4. Pero el maestro y jefe de la sinagoga de los magos de Egipto lo persuadió a cambiar de rumbo, instándolo a matar y perseguir a varones puros y santos porque se oponían y estorbaban los corruptos y abominables encantamientos. Pues hay y había hombres que, estando presentes y siendo vistos, aunque sólo respiraran y hablaran, podían dispersar los consejos de los demonios pecadores. Y lo indujo a practicar iniciaciones y abominables hechicerías y a ofrecer sacrificios inaceptables; a matar a innumerables niños y a sacrificar a los hijos de padres desdichados; a abrir las entrañas de recién nacidos y a mutilar y despedazar a las criaturas de Dios, como si con tales prácticas pudieran alcanzar la felicidad.
5. Añade a esto lo siguiente: Espléndidas, en verdad, fueron las ofrendas de acción de gracias que Macriano les presentó por el imperio que era el objeto de sus esperanzas. Se dice que había sido antes ministro general de finanzas del emperador; sin embargo, no hizo nada digno de alabanza ni de beneficio general, sino que cayó bajo la sentencia profética:
6. '¡Ay de los que profetizan de su propio corazón y no consideran el bien general!' [] Pues no percibió la providencia general, ni buscó el juicio de Aquel que es antes de todo, y por todo, y sobre todo. Por lo cual se hizo enemigo de su Iglesia católica, y se alejó y se enajenó de la compasión de Dios, y huyó lo más lejos posible de su salvación. En esto mostró la verdad de su propio nombre.
7. Y de nuevo, más adelante dice: Pues Valeriano, instigado a tales actos por este hombre, fue entregado a insultos y reproches, según lo que fue dicho por Isaías: 'Ellos escogieron sus propios caminos y sus abominaciones en las cuales se deleitaba su alma; también yo escogeré sus engaños y les pagaré sus pecados.' []
8. Pero este hombre deseaba locamente el reino, aunque era indigno de él, y no pudiendo poner el manto real sobre su cuerpo lisiado, presentó a sus dos hijos para cargar con los pecados de su padre. Pues respecto de ellos fue clara la declaración que Dios habló: 'Visitando las iniquidades de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen.' []
9. Pues acumulando sobre las cabezas de sus hijos sus propios malos deseos, en los cuales había tenido éxito, descargó sobre ellos su propia maldad y su odio hacia Dios.
Dionisio relata estas cosas acerca de Valeriano.
Comentario editorial · Valeriano: del favor a la persecución
Este relato es de Dionisio de Alejandría, a quien Eusebio cita. Valeriano habría sido al principio tan amable con los cristianos que «toda su casa estaba llena de personas piadosas» (VII, 10, 3), hasta que «el maestro y jefe de la sinagoga de los magos de Egipto» lo persuadió a perseguirlos (10, 4). McGiffert identifica a ese personaje con Macriano, su general más influyente, y recuerda que solo Dionisio lo llama jefe de los magos. En el capítulo siguiente, Dionisio cuenta su propio interrogatorio ante el prefecto Emiliano, que lo envió a Cefro, en Libia (VII, 11). Según Wikipedia, Valeriano promulgó dos cartas, en 257 (el clero debía sacrificar o ir al destierro) y en 258 (se mandaba ejecutar a los dirigentes), y fue vencido y capturado por los persas en 260. Dionisio ve en estos años los «cuarenta y dos meses» de (10, 2).
VII, 11
1. Pero en cuanto a la persecución que tan fieramente prevaleció en su reinado, y los sufrimientos que Dionisio y otros padecieron a causa de la piedad hacia el Dios del universo, sus propias palabras lo mostrarán, las cuales escribió en respuesta a Germano, un obispo contemporáneo que procuraba calumniarlo. Su declaración es como sigue:
2. En verdad estoy en peligro de caer en gran necedad y estupidez por verme forzado a relatar la maravillosa providencia de Dios hacia nosotros. Pero puesto que está dicho que 'es bueno guardar en secreto el secreto de un rey, pero es honorable revelar las obras de Dios', [] me enfrentaré a la violencia de Germano.
3. No fui solo a Emiliano; sino que mi copresbítero Máximo, y los diáconos Fausto, Eusebio y Queremón, y un hermano que estaba presente de Roma, fueron conmigo.
4. Pero Emiliano no me dijo al principio: 'No celebréis asambleas'; pues esto le era superfluo, y lo último para quien procuraba realizar lo primero. Porque no le preocupaba que nos reuniéramos, sino que nosotros mismos no fuéramos cristianos. Y me ordenó abandonar esto; suponiendo que si yo me apartaba de ello, los demás también me seguirían.
5. Pero le respondí, ni fuera de lugar ni con muchas palabras: 'Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres.' [] Y testifiqué abiertamente que adoraba al único y solo Dios, y a ningún otro; y que no me apartaría de esto ni dejaría jamás de ser cristiano. Entonces nos ordenó ir a una aldea cerca del desierto, llamada Cefro.
6. Pero escuchad las mismas palabras que se dijeron de una y otra parte, tal como fueron registradas: Habiendo sido citados Dionisio, Fausto, Máximo, Marcelo y Queremón, dijo Emiliano, el prefecto:
7. 'He razonado verbalmente con vosotros acerca de la clemencia que nuestros soberanos os han mostrado; pues os han dado la oportunidad de salvaros, si queréis volveros a lo que es según la naturaleza, y adorar a los dioses que preservan su imperio, y olvidar a los que son contrarios a la naturaleza. ¿Qué decís, pues, a esto? Porque no creo que vayáis a ser ingratos a su bondad, puesto que querrían conduciros a un mejor camino.'
8. Dionisio respondió: 'No todos los pueblos adoran a todos los dioses; sino cada uno a aquellos que aprueba. Nosotros, por tanto, reverenciamos y adoramos al único Dios, el Hacedor de todas las cosas; quien ha dado el imperio a los divinamente favorecidos y augustos Valeriano y Galieno; y le rogamos continuamente por su imperio, para que permanezca inconmovible.'
9. Emiliano, el prefecto, les dijo: 'Pero ¿quién os prohíbe adorarle a él, si es un dios, junto con los que son dioses por naturaleza? Pues se os ha ordenado reverenciar a los dioses, y a los dioses que todos conocen.' Dionisio respondió:
10. 'No adoramos a ningún otro.' Emiliano, el prefecto, les dijo: 'Veo que sois a la vez ingratos e insensibles a la bondad de nuestros soberanos. Por lo cual no permaneceréis en esta ciudad, sino que seréis enviados a las regiones de Libia, a un lugar llamado Cefro. Pues he escogido este lugar por mandato de nuestros soberanos, y de ningún modo se os permitirá a vosotros ni a otros, ni celebrar asambleas, ni entrar en los llamados cementerios.
11. Pero si alguno es visto fuera del lugar que he ordenado, o es hallado en alguna asamblea, se expondrá a peligro. Pues no faltará el castigo adecuado. Id, pues, adonde se os ha ordenado.'
Y me hizo partir de prisa, aunque estaba enfermo, sin concederme ni siquiera un día de respiro. ¿Qué oportunidad tuve, entonces, ya fuera de celebrar asambleas o de no celebrarlas?
12. Más adelante dice: Pero con la ayuda del Señor no abandonamos la asamblea pública. Antes bien, reuní con mayor diligencia a los que estaban en la ciudad, como si yo estuviera con ellos; estando, por así decirlo, 'ausente en cuerpo pero presente en espíritu.' [] Pero en Cefro se reunió con nosotros una gran iglesia de los hermanos que nos siguieron desde la ciudad y de los que se nos unieron desde Egipto; y allí 'Dios nos abrió una puerta para la Palabra.' []
13. Al principio fuimos perseguidos y apedreados; pero después no pocos de los gentiles abandonaron los ídolos y se volvieron a Dios. Pues hasta entonces no habían oído la Palabra, ya que entonces fue sembrada por primera vez por nosotros.
14. Y como si Dios nos hubiera llevado a ellos para este propósito, cuando hubimos cumplido este ministerio nos trasladó a otro lugar. Pues Emiliano, según parecía, deseaba transportarnos a lugares más ásperos y más parecidos a Libia; así que les ordenó reunirse desde todas partes en Mareotis, y les asignó diferentes aldeas a lo largo del país. Pero a nosotros ordenó que nos colocaran más cerca del camino real para que fuéramos apresados primero. Pues evidentemente dispuso y preparó las cosas de modo que, cuando quisiera apresarnos, pudiera tomarnos a todos sin dificultad.
15. Cuando se me ordenó por primera vez ir a Cefro, no sabía dónde estaba el lugar, y apenas había oído jamás el nombre; sin embargo, fui de buen grado y con ánimo alegre. Pero cuando se me dijo que debía trasladarme al distrito de Colutión, los que estaban presentes saben cómo quedé afectado.
16. Pues aquí me acusaré a mí mismo. Al principio me afligí y me turbé mucho; pues aunque aquellos lugares nos eran mejor conocidos y más familiares, se decía que la comarca carecía de hermanos y de hombres de carácter, y que estaba expuesta a las molestias de los viajeros y a las incursiones de ladrones.
17. Pero fui consolado cuando los hermanos me recordaron que estaba más cerca de la ciudad y que, mientras Cefro nos ofrecía mucha comunicación con los hermanos de Egipto, de modo que podíamos extender más ampliamente la Iglesia, como este lugar está más cerca de la ciudad, disfrutaríamos con más frecuencia de la vista de aquellos verdaderamente amados, más estrechamente unidos y queridísimos para nosotros. Pues vendrían y se quedarían, y podrían celebrarse reuniones especiales, como en los suburbios más apartados. Y así sucedió. Después de otros asuntos, escribe de nuevo lo siguiente acerca de lo que le sucedió:
18. Germano ciertamente se jacta de muchas confesiones. Puede hablar, en verdad, de muchas adversidades que él mismo ha soportado. Pero ¿puede enumerar cuantas podemos nosotros: sentencias, confiscaciones, proscripciones, saqueo de bienes, pérdida de dignidades, desprecio de la gloria mundana, desdén por las adulaciones de gobernadores y de consejeros, y paciente resistencia de las amenazas de los adversarios, de los gritos, de los peligros y persecuciones, y de las andanzas y angustias, y de toda clase de tribulaciones, como las que me sobrevinieron bajo Decio y Sabino, y como las que continúan aún ahora bajo Emiliano? Pero ¿dónde se ha visto a Germano? ¿Y qué relato hay de él?
19. Pero me aparto de esta gran necedad en la que estoy cayendo por causa de Germano. Y por la misma razón desisto de dar a los hermanos que lo conocen un relato de todo lo que sucedió.
20. El mismo escritor, también en la epístola a Domicio y Dídimo, menciona algunos pormenores de la persecución como sigue: Como los nuestros son muchos y desconocidos para vosotros, sería superfluo dar sus nombres; pero entended que hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, doncellas y matronas, soldados y civiles, de toda raza y edad, unos por los azotes y el fuego, otros por la espada, han vencido en el combate y recibido sus coronas.
21. Pero en el caso de algunos, un tiempo muy largo no fue suficiente para hacerlos aparecer aceptos al Señor; como, en efecto, también en mi propio caso parece que aún no ha transcurrido tiempo suficiente. Por lo cual me ha retenido durante el tiempo que él sabe que es conveniente, diciendo: 'En tiempo acepto te he oído, y en día de salvación te he ayudado.' []
22. Pues como habéis preguntado acerca de nuestros asuntos y deseáis que os digamos cómo nos encontramos, habéis oído plenamente que cuando nosotros —es decir, yo mismo, Gayo, Fausto, Pedro y Pablo— fuimos llevados como prisioneros por un centurión y magistrados, con sus soldados y criados, ciertas personas de Mareotis vinieron y nos arrastraron por la fuerza, pues no queríamos seguirlos.
23. Pero ahora yo y Gayo y Pedro estamos solos, privados de los demás hermanos, y encerrados en un lugar desierto y seco de Libia, a tres días de camino de Paretonio.
24. Dice más adelante: Los presbíteros Máximo, Dióscoro, Demetrio y Lucio se ocultaron en la ciudad y visitaban en secreto a los hermanos; pues Faustino y Áquila, que son más prominentes en el mundo, andan errantes por Egipto. Pero los diáconos Fausto, Eusebio y Queremón han sobrevivido a los que murieron en la peste. Eusebio es uno a quien Dios ha fortalecido y dotado desde el principio para cumplir con energía los ministerios en favor de los confesores encarcelados, y para atender a la peligrosa tarea de preparar para la sepultura los cuerpos de los mártires perfectos y bienaventurados.
25. Pues, como he dicho antes, hasta el presente el gobernador continúa dando muerte de manera cruel a los que son llevados a juicio. Y a unos destruye con tormentos, y a otros consume con la prisión y las cadenas; y no permite que nadie se acerque a ellos, e investiga si alguien lo hace. Sin embargo, Dios da alivio a los afligidos mediante el celo y la perseverancia de los hermanos.
26. Hasta aquí Dionisio. Pero debe saberse que Eusebio, a quien llama diácono, poco después llegó a ser obispo de la iglesia de Laodicea en Siria; y Máximo, de quien habla como presbítero entonces, sucedió al propio Dionisio como obispo de Alejandría. Pero Fausto, que estaba con él y que en aquel tiempo se distinguió por su confesión, fue preservado hasta la persecución de nuestros días, cuando, siendo muy anciano y lleno de días, cerró su vida con el martirio, siendo decapitado. Pero tales son las cosas que sucedieron en aquel tiempo a Dionisio.
VII, 12
Durante la mencionada persecución bajo Valeriano, tres varones en Cesarea de Palestina, insignes en su confesión de Cristo, fueron adornados con el divino martirio, convirtiéndose en alimento de fieras. Uno se llamaba Prisco, otro Malco, y el nombre del tercero era Alejandro. Dicen que estos varones, que vivían en el campo, al principio actuaron de manera cobarde, como si fueran descuidados e irreflexivos. Pues cuando se dio la oportunidad a quienes anhelaban el premio con deseo celestial, la trataron con ligereza, no fuera que se apoderaran de la corona del martirio prematuramente. Pero habiendo deliberado sobre el asunto, se apresuraron a Cesarea, y se presentaron ante el juez y encontraron el fin que hemos mencionado. Cuentan que además de éstos, en la misma persecución y en la misma ciudad, una mujer soportó un combate similar. Pero se dice que pertenecía a la secta de Marción.
VII, 13
Poco después de esto, Valeriano fue reducido a esclavitud por los bárbaros, y su hijo, al convertirse en único gobernante, administró el gobierno con más prudencia. Inmediatamente contuvo la persecución contra nosotros mediante proclamas públicas, y ordenó a los obispos desempeñar en libertad sus deberes acostumbrados, en un rescripto que decía así:
2. «El Emperador César Publio Licinio Galieno, Pío, Félix, Augusto, a Dionisio, Pinnas, Demetrio y los demás obispos. He ordenado que la generosidad de mi don se proclame por todo el mundo, para que se aparten de los lugares de culto religioso. Y para esto podéis usar esta copia de mi rescripto, para que nadie os moleste. Y esto que ahora podéis hacer legalmente, ya desde hace mucho tiempo os lo he concedido. Por tanto, Aurelio Cirenio, que es el administrador principal de los asuntos, observará esta ordenanza que he dado.»
He dado esto en una traducción del latín, para que pueda entenderse más fácilmente. Se conserva otro decreto suyo dirigido a otros obispos, permitiéndoles tomar posesión de nuevo de los llamados cementerios.
VII, 14
En aquel tiempo Sixto presidía todavía la iglesia de Roma, y Demetriano, sucesor de Fabio, la iglesia de Antioquía, y Firmiliano la de Cesarea de Capadocia; y además de éstos, Gregorio y su hermano Atenodoro, amigos de Orígenes, presidían las iglesias del Ponto; y habiendo muerto Teoctisto de Cesarea de Palestina, Domno recibió allí el episcopado. Lo ocupó sólo poco tiempo, y Teoteco, nuestro contemporáneo, le sucedió. También él fue miembro de la escuela de Orígenes. Pero en Jerusalén, tras la muerte de Mazabanes, Himeneo, que ha sido celebrado entre nosotros durante muchísimos años, le sucedió en su sede.
VII, 15
En este tiempo, cuando la paz de las iglesias había sido restaurada en todas partes, Marino, en Cesarea de Palestina, honrado por sus hazañas militares e ilustre por su familia y su riqueza, fue decapitado por su testimonio de Cristo, por la razón siguiente.
El sarmiento es una cierta insignia de honor entre los romanos, y quienes lo obtienen se convierten, dicen, en centuriones. Al quedar vacante un puesto, el orden de sucesión llamó a Marino a ese cargo. Pero cuando estaba a punto de recibir el honor, otra persona se presentó ante el tribunal y alegó que no era legal, según las leyes antiguas, que él recibiera la dignidad romana, por ser cristiano y no sacrificar a los emperadores; sino que el cargo le correspondía más bien a él.
Entonces el juez, llamado Aqueo, turbado, preguntó primero qué opinión sostenía Marino. Y cuando percibió que confesaba continuamente ser cristiano, le dio tres horas para reflexionar.
4. Cuando salió del tribunal, Teotecno, el obispo de allí, lo llevó aparte y conversó con él, y tomándolo de la mano lo condujo a la iglesia. Y de pie con él dentro, en el santuario, le levantó un poco el manto y le señaló la espada que colgaba de su costado; y al mismo tiempo puso ante él la Escritura de los divinos Evangelios, y le dijo que eligiera cuál de las dos deseaba. Y sin vacilar extendió su mano derecha y tomó la divina Escritura. «Aférrate, pues,» le dice Teotecno, «aférrate a Dios, y fortalecido por él obtén lo que has elegido, y vete en paz.»
Inmediatamente a su regreso, el pregonero gritó llamándolo al tribunal, pues el tiempo fijado ya se había cumplido. Y de pie ante el tribunal, y manifestando mayor celo por la fe, inmediatamente, tal como estaba, fue llevado y terminó su carrera con la muerte.
VII, 16
[Astirio] también es conmemorado por su piadosa audacia en relación con este asunto. Era un romano de rango senatorial, gozaba del favor de los emperadores y era conocido de todos por su noble cuna y su riqueza. Estando presente en la muerte del mártir, se llevó su cuerpo sobre los hombros, lo vistió con un manto espléndido y costoso, lo preparó para la sepultura de manera magnífica y le dio digna sepultura. Los amigos de este hombre, que quedan hasta nuestros días, cuentan muchos otros hechos acerca de él.
VII, 17
Entre éstos se halla también el siguiente prodigio. En Cesarea de Filipo, que los fenicios llaman Paneas, se muestran manantiales al pie del monte Panio, de los cuales brota el Jordán. Dicen que en cierto día de fiesta se arrojaba una víctima, y que por el poder del demonio desaparecía maravillosamente, y lo que sucedía era un prodigio famoso para los presentes. Astirio estuvo una vez allí cuando se hacían estas cosas, y viendo a la multitud asombrada por el suceso, se compadeció de su engaño; y mirando al cielo suplicó al Dios de todas las cosas por medio de Cristo, que reprendiera al demonio que engañaba al pueblo y pusiera fin al engaño de los hombres. Y dicen que cuando hubo orado así, inmediatamente el sacrificio flotó sobre la superficie del manantial. Y así desapareció el prodigio; y nunca más se obró maravilla alguna en aquel lugar.
VII, 18
Puesto que he mencionado esta ciudad, no creo propio omitir un relato digno de recordarse para la posteridad. Pues dicen que la mujer con flujo de sangre, que, como aprendemos del sagrado Evangelio, recibió de nuestro Salvador la liberación de su aflicción, era de este lugar, y que su casa se muestra en la ciudad, y que allí quedan notables memoriales de la bondad del Salvador para con ella.
Pues sobre una piedra elevada, junto a las puertas de su casa, se alza una imagen de bronce de una mujer arrodillada, con las manos extendidas, como si orara. Frente a ella hay otra imagen erguida de un hombre, hecha del mismo material, vestido decorosamente con un manto doble, y extendiendo la mano hacia la mujer. A sus pies, junto a la estatua misma, hay una planta extraña, que trepa hasta el borde del manto de bronce, y es remedio para toda clase de enfermedades.
Dicen que esta estatua es una imagen de Jesús. Ha permanecido hasta nuestros días, de modo que nosotros mismos también la vimos cuando estábamos en la ciudad.
Y no es extraño que aquellos de los gentiles que, en otro tiempo, fueron beneficiados por nuestro Salvador, hicieran tales cosas, puesto que hemos aprendido también que las semejanzas de sus apóstoles Pablo y Pedro, y del propio Cristo, se conservan en pinturas, acostumbrando los antiguos, como es probable, según una costumbre de los gentiles, a tributar esta clase de honor indistintamente a aquellos a quienes consideraban libertadores.
VII, 19
La silla de Santiago, que recibió primero el episcopado de la iglesia de Jerusalén del Salvador mismo y de los apóstoles, y que, como muestran los divinos registros, fue llamado hermano de Cristo, se ha conservado hasta ahora, mostrando claramente a todos los hermanos que le han sucedido allí en la sucesión la reverencia que tanto los de los tiempos antiguos como los de nuestros días mantuvieron y mantienen hacia los varones santos a causa de su piedad. Baste esto sobre este asunto.
VII, 20
[Dionisio], además de sus epístolas ya mencionadas, escribió en aquel tiempo también sus Epístolas festales, que se conservan, en las que emplea palabras de panegírico acerca de la fiesta de la Pascua. Dirigió una de ellas a Flavio, y otra a Domicio y Dídimo, en la que establece un canon de ocho años, sosteniendo que no es propio celebrar la fiesta pascual hasta después del equinoccio de primavera. Además de éstas, envió otra epístola a sus copresbíteros en Alejandría, así como varias otras a distintas personas mientras aún prevalecía la persecución.
VII, 21
Apenas se había restablecido la paz cuando regresó a Alejandría; pero como estallaron de nuevo la sedición y la guerra, que le hicieron imposible supervisar a todos los hermanos, separados en distintos lugares por la insurrección, en la fiesta de la Pascua, como si aún estuviera desterrado de Alejandría, se dirigió a ellos de nuevo por carta.
Y en otra epístola festal escrita más tarde a Hierax, obispo en Egipto, menciona la sedición que entonces prevalecía en Alejandría, como sigue:
¿Qué maravilla es que me resulte difícil comunicarme por cartas con los que viven lejos, cuando está fuera de mi poder incluso razonar conmigo mismo, o tomar consejo para mi propia vida?
En verdad necesito enviar cartas a quienes son como mis propias entrañas, que habitan en una misma casa, y hermanos de una misma alma, y ciudadanos de la misma iglesia; pero cómo enviarlas no puedo decir. Pues sería más fácil para uno ir, no sólo más allá de los límites de la provincia, sino incluso de Oriente a Occidente, que de Alejandría a la propia Alejandría.
Pues el corazón mismo de la ciudad es más intrincado e intransitable que aquel grande y sin sendas desierto que Israel atravesó durante dos generaciones. Y nuestros puertos lisos y sin olas se han vuelto como el mar, dividido y amurallado, a través del cual Israel pasó y en cuyo camino fueron abrumados los egipcios. Pues a menudo, por las matanzas allí cometidas, parecen el Mar Rojo.
Y el río que fluye junto a la ciudad a veces ha parecido más seco que el desierto sin agua, y más árido que aquel en el que Israel, al atravesarlo, sufrió tanta sed que clamaron contra Moisés, y el agua brotó para ellos de la peña escarpada, por medio de aquel que solo hace maravillas.
Otra vez se ha desbordado tanto que ha inundado todo el país circundante, y los caminos y los campos; amenazando con traer de vuelta el diluvio de agua que ocurrió en los días de Noé. Y fluye, contaminado siempre con sangre y matanzas y ahogamientos, como llegó a estarlo para el Faraón por medio de Moisés, cuando lo convirtió en sangre, y apestó.
¿Y qué otra agua podría purificar el agua que todo lo purifica? ¿Cómo podría el océano, tan grande e intransitable para los hombres, si se derramara en él, limpiar este mar amargo? ¿O cómo podría el gran río que fluía del Edén, si derramara las cuatro cabezas en que se divide en el único Geón, lavar esta contaminación?
¿O cuándo podrá volverse puro el aire envenenado por estas exhalaciones nocivas? Pues surgen tales vapores de la tierra, y vientos del mar, y brisas del río, y nieblas de los puertos, que los rocíos son, por así decirlo, secreciones de cadáveres que se pudren en todos los elementos a nuestro alrededor.
Sin embargo, los hombres se asombran y no pueden comprender de dónde vienen estas pestes continuas; de dónde estas graves enfermedades; de dónde estas dolencias mortales de toda clase; de dónde esta variada y vasta destrucción humana; por qué esta gran ciudad ya no contiene tantos habitantes, desde los tiernos infantes hasta los de edad más avanzada, como antes contenía de los que llamaba ancianos vigorosos. Pero los hombres de cuarenta a setenta años eran entonces mucho más numerosos, que su número no puede completarse ahora, aun cuando se inscriba y registre para la ración pública de alimentos a los de catorce a ochenta años.
Y los más jóvenes en apariencia se han vuelto, por así decirlo, de igual edad que los que antes eran los más viejos. Pero aunque ven a la raza de los hombres disminuir y consumirse así constantemente, y aunque su completa destrucción aumenta y avanza, no tiemblan.
VII, 22
Después de estos acontecimientos, una enfermedad pestilente siguió a la guerra, y al acercarse la fiesta escribió de nuevo a los hermanos, describiendo los sufrimientos consiguientes a esta calamidad.
Para los demás hombres, el presente podría no parecer un tiempo adecuado para una fiesta. Ni en verdad es éste ni ningún otro tiempo adecuado para ellos; ni los tiempos tristes, ni siquiera los que podrían considerarse especialmente alegres. Ahora, en verdad, todo es lágrimas y todos están de luto, y los lamentos resuenan a diario por la ciudad a causa de la multitud de muertos y moribundos.
Pues como estaba escrito de los primogénitos de los egipcios, así ahora 'se ha levantado un gran clamor, porque no hay casa donde no haya un muerto'. [] ¡Y ojalá esto fuera todo!
Pues muchas cosas terribles han sucedido ya. Primero, nos expulsaron; y aun solos, perseguidos y condenados a muerte por todos, aun así celebramos la fiesta. Y todo lugar de aflicción fue para nosotros un lugar de fiesta: campo, desierto, barco, posada, prisión; pero los mártires perfectos celebraron la fiesta más gozosa de todas, banqueteando en el cielo.
Después de estas cosas siguieron la guerra y el hambre, que soportamos en común con los gentiles. Pero soportamos solos aquellas cosas con que nos afligieron, y al mismo tiempo experimentamos también los efectos de lo que ellos se infligían y sufrían unos de otros; y de nuevo, nos gozamos en la paz de Cristo, que nos dio a nosotros solos.
6. «Pero después de que tanto nosotros como ellos habíamos gozado de una brevísima temporada de descanso, esta peste nos asaltó; para ellos más espantosa que cualquier espanto, y más intolerable que cualquier otra calamidad; y, como ha dicho uno de sus propios escritores, lo único que prevalece sobre toda esperanza. Pero para nosotros no fue así, sino que, no menos que las otras cosas, fue un ejercicio y una prueba. Pues no se mantuvo alejada ni siquiera de nosotros, sino que a los gentiles los asaltó con más severidad.»
Más adelante añade:
La mayoría de nuestros hermanos fueron pródigos en su excesivo amor y bondad fraternal. Se mantenían unidos unos a otros y visitaban a los enfermos sin temor, y los servían continuamente, sirviéndolos en Cristo. Y morían con ellos con la mayor alegría, tomando la aflicción de los otros, y atrayendo la enfermedad de sus vecinos hacia sí mismos y recibiendo voluntariamente sus dolores. Y muchos que cuidaban a los enfermos y daban fuerza a otros murieron ellos mismos habiendo transferido a sí mismos su muerte. Y el dicho popular que siempre parece una mera expresión de cortesía, lo hicieron entonces real en la acción, partiendo como 'escoria' de los otros.
En verdad los mejores de nuestros hermanos partieron de la vida de esta manera, incluidos algunos presbíteros y diáconos y aquellos del pueblo que tenían la más alta reputación; de modo que esta forma de muerte, por la gran piedad y la fuerte fe que mostró, pareció no carecer de nada del martirio.
Y tomaron los cuerpos de los santos en sus manos abiertas y en sus pechos, y les cerraron los ojos y las bocas; y los llevaron sobre sus hombros y los amortajaron; y se aferraron a ellos y los abrazaron; y los prepararon adecuadamente con lavados y vestiduras. Y al poco tiempo recibieron ellos mismos un trato semejante, pues los sobrevivientes seguían continuamente a los que los habían precedido.
10. «Pero entre los gentiles todo era muy distinto. Abandonaban a los que empezaban a enfermar, y huían de sus amigos más queridos. Y los arrojaban a las calles cuando estaban medio muertos, y dejaban a los muertos como desechos, sin sepultura. Evitaban toda participación o comunión con la muerte; cosa que, sin embargo, con todas sus precauciones, no les era fácil escapar.»
Después de esta epístola, cuando la paz se hubo restablecido en la ciudad, escribió otra carta festal a los hermanos en Egipto, y además varias otras después de ésta. Y se conserva también una cierta Sobre el sábado, y otra Sobre el ejercicio.
Además, escribió de nuevo una epístola a Hermamón y a los hermanos en Egipto, describiendo extensamente la maldad de Decio y de sus sucesores, y mencionando la paz bajo Galieno.
VII, 23
1. Pero nada hay como oír sus propias palabras, que son las siguientes:
Entonces él, habiendo traicionado a uno de los emperadores que le precedieron, y hecho la guerra al otro, pereció con toda su familia rápida y totalmente. Pero Galieno fue proclamado y universalmente reconocido a la vez como emperador antiguo y nuevo, siendo anterior a ellos y continuando después de ellos.
2. Pues según la palabra dicha por el profeta Isaías: 'He aquí que las cosas desde el principio se han cumplido, y ahora surgirán cosas nuevas' []. Porque así como una nube que pasa por delante de los rayos del sol y los oscurece por un poco de tiempo lo oculta y aparece en su lugar; pero cuando la nube ha pasado o se disipa, el sol que había salido antes aparece de nuevo; así Macriano, que se adelantó y se acercó al imperio existente de Galieno, no es, puesto que nunca fue. Pero el otro es tal como era.
3. Y su reino, como si hubiera desechado la vejez y hubiera sido purificado de la maldad anterior, ahora florece con más vigor, y es visto y oído más lejos, y se extiende en todas direcciones.
4. Luego indica el tiempo en que escribió esto con las siguientes palabras:
Se me ocurre de nuevo repasar los días de los años imperiales. Pues percibo que aquellos hombres impiísimos, aunque han sido famosos, en poco tiempo han quedado sin nombre. Pero el príncipe más santo y piadoso, habiendo pasado el séptimo año, está completando ahora el noveno, en el cual celebraremos la fiesta.
VII, 24
1. Además de todos estos, los dos libros Sobre las Promesas fueron preparados por él. La ocasión de estos fue Nepote, obispo en Egipto, que enseñaba que las promesas a los hombres santos en las Divinas Escrituras debían entenderse de una manera más judaica, y que habría un cierto milenio de lujuria corporal sobre esta tierra.
2. Como pensaba que podía establecer su opinión privada mediante la Revelación de Juan, escribió un libro sobre este asunto, titulado Refutación de los alegoristas.
3. Dionisio se opone a esto en sus libros Sobre las Promesas. En el primero da su propia opinión sobre el dogma; y en el segundo trata de la Revelación de Juan, y mencionando a Nepote al principio, escribe de él de esta manera:
4. Pero puesto que presentan cierta obra de Nepote, en la que confían con seguridad, como si probara fuera de toda duda que habrá un reino de Cristo sobre la tierra, confieso que en muchos otros aspectos apruebo y amo a Nepote, por su fe, su laboriosidad y su diligencia en las Escrituras, y por su extensa salmodia, con la que muchos de los hermanos todavía se deleitan; y lo tengo en mayor reverencia porque ha ido a descansar antes que nosotros. Pero la verdad debe ser amada y honrada por encima de todo. Y mientras debemos alabar y aprobar sin reticencias lo que se dice rectamente, debemos examinar y corregir lo que no parece haber sido escrito sanamente.
5. Si estuviera presente para exponer su opinión oralmente, una mera discusión no escrita, persuadiendo y reconciliando a los que se oponen mediante pregunta y respuesta, sería suficiente. Pero como algunos consideran su obra muy plausible, y como ciertos maestros tienen la ley y los profetas por algo sin importancia, no siguen los Evangelios y tratan con ligereza las epístolas apostólicas, mientras hacen promesas sobre la enseñanza de esta obra como si fuera algún gran misterio oculto, y no permiten a nuestros hermanos más sencillos tener pensamientos sublimes y elevados acerca de la gloriosa y verdaderamente divina aparición de nuestro Señor, y de nuestra resurrección de entre los muertos, y de nuestra reunión con él, y de ser hechos semejantes a él, sino que por el contrario los llevan a esperar cosas pequeñas y mortales en el reino de Dios, y cosas tales como las que existen ahora —puesto que así es, es necesario que disputemos con nuestro hermano Nepote como si estuviera presente. Más adelante dice:
6. Cuando estaba en el distrito de Arsínoe, donde, como sabéis, esta doctrina ha prevalecido durante mucho tiempo, de modo que han resultado cismas y apostasías de iglesias enteras, convoqué a los presbíteros y maestros de los hermanos en las aldeas —estando también presentes los hermanos que lo deseaban— y los exhorté a hacer un examen público de esta cuestión.
7. En consecuencia, cuando me trajeron este libro, como si fuera un arma y una fortaleza inexpugnable, sentado con ellos desde la mañana hasta la tarde durante tres días sucesivos, me esforcé por corregir lo que estaba escrito en él.
8. Y me regocijé por la constancia, sinceridad, docilidad e inteligencia de los hermanos, al considerar en orden y con moderación las cuestiones, las dificultades y los puntos de acuerdo. Y nos abstuvimos de defender de toda manera y con contención las opiniones que una vez habíamos sostenido, a menos que parecieran correctas. Tampoco evadimos las objeciones, sino que nos esforzamos cuanto fue posible por mantener y confirmar las cosas que teníamos delante, y si la razón dada nos satisfacía, no nos avergonzábamos de cambiar nuestras opiniones y concordar con otros; antes bien, con conciencia y sinceridad, y con los corazones abiertos ante Dios, aceptábamos todo lo que quedaba establecido por las pruebas y enseñanzas de las Sagradas Escrituras.
9. Y finalmente el autor y promotor de esta enseñanza, que se llamaba Coración, en presencia de todos los hermanos que estaban presentes, reconoció y nos testificó que ya no sostendría esta opinión, ni la discutiría, ni la mencionaría ni la enseñaría, pues estaba plenamente convencido por los argumentos en contra. Y algunos de los otros hermanos expresaron su satisfacción por la conferencia y por el espíritu de conciliación y armonía que todos habían manifestado.
VII, 25
1. [Después] habla de esta manera del Apocalipsis de Juan.
Algunos antes de nosotros han dejado de lado y rechazado el libro por completo, criticándolo capítulo por capítulo, y declarándolo sin sentido ni argumento, y sosteniendo que el título es fraudulento.
2. Pues dicen que no es la obra de Juan, ni es una revelación, porque está cubierta espesa y densamente por un velo de oscuridad. Y afirman que ninguno de los apóstoles, y ninguno de los santos, ni nadie en la Iglesia es su autor, sino que Cerinto, que fundó la secta que se llamó por él cerintiana, deseando autoridad respetable para su ficción, antepuso el nombre.
3. Pues la doctrina que enseñaba era esta: que el reino de Cristo será terrenal. Y como él mismo estaba entregado a los placeres del cuerpo y era totalmente sensual en su naturaleza, soñaba que aquel reino consistiría en las cosas que deseaba, a saber, en los deleites del vientre y de la pasión sexual; es decir, en comer y beber y casarse, y en fiestas y sacrificios y matanza de víctimas, bajo cuya apariencia pensaba que podría satisfacer sus apetitos con mejor gracia.
4. Pero no podría aventurarme a rechazar el libro, pues muchos hermanos lo tienen en gran estima. Pero supongo que está más allá de mi comprensión, y que hay un cierto significado oculto y más maravilloso en cada parte. Pues si no lo entiendo, sospecho que un sentido más profundo yace debajo de las palabras.
5. No los mido ni juzgo por mi propia razón, sino dejando más a la fe los considero demasiado altos para que yo los alcance. Y no rechazo lo que no puedo comprender, sino que más bien me admiro porque no lo entiendo.
6. Después de esto examina todo el Libro de la Revelación, y habiendo probado que es imposible entenderlo según el sentido literal, procede de la siguiente manera:
Habiendo terminado toda la profecía, por así decirlo, el profeta declara bienaventurados a los que la observen, y también a sí mismo. Pues dice: 'Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro, y yo, Juan, que vi y oí estas cosas.'
7. Por lo tanto, que fue llamado Juan, y que este libro es la obra de un tal Juan, no lo niego. Y convengo también en que es la obra de un hombre santo e inspirado. Pero no puedo admitir fácilmente que fuera el apóstol, el hijo de Zebedeo, el hermano de Santiago, por quien fueron escritos el Evangelio de Juan y la Epístola católica.
8. Pues juzgo por el carácter de ambos, y por las formas de expresión, y por toda la ejecución del libro, que no es suyo. Pues el evangelista en ninguna parte da su nombre, ni se proclama a sí mismo, ni en el Evangelio ni en la Epístola.
9. Más adelante añade:
Pero Juan nunca habla como refiriéndose a sí mismo, ni como refiriéndose a otra persona. Pero el autor del Apocalipsis se presenta a sí mismo desde el mismo comienzo: 'La Revelación de Jesucristo, que Dios le dio para mostrar a sus siervos rápidamente; y la envió y la significó por medio de su ángel a su siervo Juan, el cual dio testimonio de la palabra de Dios y de su testimonio, de todas las cosas que vio.' []
10. Luego escribe también una epístola: 'Juan a las siete iglesias que están en Asia, gracia sea con vosotros y paz.' [] Pero el evangelista no antepuso su nombre ni siquiera a la Epístola católica; sino que sin introducción comienza con el misterio de la revelación divina misma: 'Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos.' [] Pues por causa de tal revelación el Señor también bendijo a Pedro, diciendo: 'Bienaventurado eres, Simón Bar-Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.' []
11. Pero ni en la supuesta segunda o tercera epístola de Juan, aunque son muy breves, aparece el nombre de Juan; sino que está escrito el anónimo 'el anciano'. Pero este autor no consideró suficiente dar su nombre una vez y proseguir con su obra; sino que lo retoma de nuevo: 'Yo, Juan, que también soy vuestro hermano y compañero en la tribulación, y en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos por la Palabra de Dios y el testimonio de Jesús.' [] Y hacia el final habla así: 'Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro, y yo, Juan, que vi y oí estas cosas.'
12. Pero que el que escribió estas cosas se llamaba Juan debe creerse, como él lo dice; pero quién era no aparece. Pues no dijo, como a menudo en el Evangelio, que era el discípulo amado del Señor, o el que se recostó en su pecho, o el hermano de Santiago, o el testigo ocular y oyente del Señor.
13. Pues habría hablado de estas cosas si hubiera querido mostrarse claramente. Pero no dice ninguna de ellas; sino que habla de sí mismo como nuestro hermano y compañero, y testigo de Jesús, y bienaventurado porque había visto y oído las revelaciones.
14. Pero yo soy de la opinión de que hubo muchos con el mismo nombre que el apóstol Juan, quienes, a causa de su amor por él, y porque lo admiraban y emulaban, y deseaban ser amados por el Señor como él lo fue, tomaron para sí el mismo sobrenombre, así como muchos de los hijos de los fieles son llamados Pablo o Pedro.
15. Por ejemplo, hay también otro Juan, de sobrenombre Marcos, mencionado en los Hechos de los Apóstoles, a quien Bernabé y Pablo llevaron consigo; de quien también se dice: 'Y tenían también a Juan como ayudante.' [] Pero que sea él quien escribió esto, no lo diría. Pues no está escrito que fuera con ellos a Asia, sino: 'Cuando Pablo y su compañía zarparon de Pafos, llegaron a Perge de Panfilia, y Juan, apartándose de ellos, volvió a Jerusalén.' []
16. Pero creo que fue algún otro de los de Asia; como se dice que hay dos monumentos en Éfeso, cada uno con el nombre de Juan.
17. Y por las ideas, y por las palabras y su disposición, puede conjeturarse razonablemente que este es diferente de aquel.
18. Pues el Evangelio y la Epístola concuerdan entre sí y comienzan de la misma manera. El uno dice: 'En el principio era el Verbo'; [] el otro: 'Lo que era desde el principio.' [] El uno: 'Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre'; [] el otro dice las mismas cosas ligeramente alteradas: 'Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos; lo que hemos contemplado y nuestras manos han palpado del Verbo de vida —y la vida se manifestó.' []
19. Pues introduce estas cosas al principio, manteniéndolas, como es evidente por lo que sigue, en oposición a los que decían que el Señor no había venido en carne. Por lo cual también añade cuidadosamente: 'Y hemos visto y damos testimonio, y os declaramos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó. Lo que hemos visto y oído os lo declaramos también a vosotros.' []
20. Se atiene a esto y no se desvía de su tema, sino que discute todo bajo los mismos epígrafes y nombres, algunos de los cuales mencionaremos brevemente.
21. Cualquiera que examine con cuidado encontrará las frases 'la vida', 'la luz', 'volverse de las tinieblas' frecuentemente en ambos; también continuamente 'verdad', 'gracia', 'gozo', 'la carne y la sangre del Señor', 'el juicio', 'el perdón de los pecados', 'el amor de Dios hacia nosotros', el 'mandamiento de que nos amemos unos a otros', que debemos 'guardar todos los mandamientos'; la 'convicción del mundo, del Diablo, del Anticristo', la 'promesa del Espíritu Santo', la 'adopción de Dios', la 'fe continuamente requerida de nosotros', 'el Padre y el Hijo', ocurren en todas partes. De hecho, se ve claramente que un mismo y único carácter marca el Evangelio y la Epístola en todo.
22. Pero el Apocalipsis es diferente de estos escritos y extraño a ellos; no los toca, ni en lo más mínimo los roza; casi, por así decirlo, sin siquiera una sílaba en común con ellos.
23. Es más, la Epístola —pues paso por alto el Evangelio— no menciona ni contiene ninguna insinuación del Apocalipsis, ni el Apocalipsis de la Epístola. Pero Pablo, en sus epístolas, da alguna indicación de sus revelaciones, aunque no las ha escrito por separado.
24. Además, también se puede mostrar que la dicción del Evangelio y de la Epístola difiere de la del Apocalipsis.
25. Pues fueron escritos no sólo sin error en cuanto a la lengua griega, sino también con elegancia en su expresión, en sus razonamientos y en toda su estructura. Están muy lejos, ciertamente, de traicionar barbarismo o solecismo alguno, o vulgarismo de cualquier tipo. Pues el escritor tenía, según parece, ambos requisitos del discurso —es decir, el don del conocimiento y el don de la expresión— como el Señor se los había otorgado ambos a él.
26. No niego que el otro escritor vio una revelación y recibió conocimiento y profecía. Percibo, sin embargo, que su dialecto y lenguaje no son griego exacto, sino que usa modismos bárbaros y, en algunos lugares, solecismos.
27. Es innecesario señalarlos aquí, pues no quisiera que nadie pensara que he dicho estas cosas con espíritu de burla, pues he dicho lo que he dicho sólo con el propósito de mostrar claramente la diferencia entre los escritos.