VII, 26
1. Además de éstas, se conservan muchas otras epístolas de Dionisio, como las dirigidas contra Sabelio, a Amón, obispo de la iglesia de Berenice, y una a Telésforo, y otra a Eufránor, y de nuevo otra a Amón y a Euporo. Escribió también otros cuatro libros sobre el mismo tema, dirigidos a su homónimo Dionisio, en Roma.
2. Además de éstas, tenemos entre nosotros muchas de sus epístolas, y extensos libros escritos en forma epistolar, como los Sobre la Naturaleza, dirigidos al joven Timoteo, y uno Sobre las Tentaciones, que también dedicó a Eufránor.
3. Además, en una carta a Basílides, obispo de las parroquias de la Pentápolis, dice que había escrito una exposición del comienzo del Eclesiastés. Y también nos ha dejado varias cartas dirigidas a esta misma persona. Hasta aquí lo referente a Dionisio.
Pero habiendo quedado ya completa nuestra relación de estos asuntos, permítasenos mostrar a la posteridad el carácter de nuestra propia época.
VII, 27
1. Después de que Sixto hubo presidido la iglesia de Roma durante once años, Dionisio, homónimo del de Alejandría, le sucedió. Por el mismo tiempo murió Demetriano en Antioquía, y Pablo de Samosata recibió aquel episcopado.
2. Como sostenía, contra la enseñanza de la Iglesia, opiniones bajas y degradadas acerca de Cristo, a saber, que en su naturaleza era un hombre común, se rogó a Dionisio de Alejandría que acudiera al sínodo. Pero no pudiendo ir a causa de su edad y debilidad física, dio por carta su opinión sobre el asunto en cuestión. Pero todos los demás pastores de las iglesias, de todas partes, se apresuraron a reunirse en Antioquía, como contra un despojador del rebaño de Cristo.
VII, 28
1. De éstos, los más eminentes eran Firmiliano, obispo de Cesarea en Capadocia; los hermanos Gregorio y Atenodoro, pastores de las iglesias del Ponto; Heleno, de la parroquia de Tarso, y Nicomas de Iconio; además, Himeneo, de la iglesia de Jerusalén, y Teoteco de la iglesia vecina de Cesarea; y además de éstos, Máximo, que presidió de manera distinguida sobre los hermanos de Bostra. Si alguien los contara, no podría dejar de notar muchos otros, además de presbíteros y diáconos, que en aquel tiempo se habían reunido por la misma causa en la ciudad antes mencionada. Pero éstos eran los más ilustres.
2. Cuando todos éstos se reunieron en diferentes ocasiones y con frecuencia para considerar estos asuntos, en cada reunión se discutían los argumentos y las cuestiones; los partidarios del samosatense se esforzaban por encubrir y ocultar su heterodoxia, y los otros se afanaban celosamente por poner al descubierto y manifestar su herejía y blasfemia contra Cristo.
3. Entretanto, Dionisio murió en el año duodécimo del reinado de Galieno, después de haber ocupado el episcopado de Alejandría durante diecisiete años, y Máximo le sucedió.
4. A Galieno, después de un reinado de quince años, le sucedió Claudio, quien en dos años entregó el gobierno a Aureliano.
VII, 29
1. Durante su reinado se celebró un sínodo final compuesto por muchísimos obispos, y el cabecilla de la herejía en Antioquía fue descubierto, y su falsa doctrina claramente mostrada ante todos, y fue excomulgado de la Iglesia católica bajo el cielo.
2. Malquión especialmente lo sacó de su escondite y lo refutó. Era un hombre docto en otros aspectos, y director de la escuela sofista de cultura griega en Antioquía; sin embargo, a causa de la superior nobleza de su fe en Cristo había sido hecho presbítero de aquella parroquia. Este hombre, habiendo mantenido con él una discusión, que fue tomada por estenógrafos y que sabemos todavía se conserva, fue el único capaz de desenmascarar al hombre que disimulaba y engañaba a los demás.
VII, 30
1. Los pastores que se habían reunido a causa de este asunto prepararon, de común acuerdo, una epístola dirigida a Dionisio, obispo de Roma, y a Máximo de Alejandría, y la enviaron a todas las provincias. En ella manifiestan a todos su propio celo y el perverso error de Pablo, y los argumentos y discusiones que tuvieron con él, y muestran toda la vida y conducta del hombre. Bien puede dejarse constancia en el momento presente de los siguientes extractos de su escrito:
2. «A Dionisio y Máximo, y a todos nuestros compañeros en el ministerio en todo el mundo, obispos, presbíteros y diáconos, y a toda la Iglesia católica bajo el cielo, Heleno, Himeneo, Teófilo, Teoteco, Máximo, Proclo, Nicomas, Eliano, Pablo, Bolano, Protógenes, Hierax, Eutiquio, Teodoro, Malquión y Lucio, y todos los demás que habitan con nosotros en las ciudades y naciones vecinas, obispos, presbíteros y diáconos, y las iglesias de Dios, saludo a los amados hermanos en el Señor.»
3. Un poco más adelante prosiguen así: Enviamos a buscar y llamamos a muchos obispos desde lejos para que nos libraran de esta doctrina mortífera; como Dionisio de Alejandría y Firmiliano de Capadocia, aquellos bienaventurados. El primero de éstos, no considerando digno de ser interpelado al autor de este engaño, envió una carta a Antioquía, no dirigida a él, sino a toda la parroquia, de la cual damos copia más abajo.
4. Pero Firmiliano vino dos veces y condenó sus innovaciones, como lo sabemos y atestiguamos los que estuvimos presentes, y muchos otros lo entienden. Pero como prometió cambiar de opinión, le creyó y esperó que, sin reproche alguno para la Palabra, se hiciera lo necesario. Así que retrasó el asunto, engañado por aquel que negaba incluso a su propio Dios y Señor, y no había guardado la fe que antes profesaba.
5. Y ya Firmiliano estaba de nuevo en camino hacia Antioquía, y había llegado hasta Tarso, porque había aprendido por experiencia su impiedad negadora de Dios. Pero mientras nosotros, habiéndonos reunido, lo reclamábamos y esperábamos su llegada, murió.
6. Después de otras cosas, describen del siguiente modo la manera de vida que él llevaba:
7. Puesto que se ha apartado de la regla de la fe y se ha desviado tras enseñanzas viles y espurias, no es necesario —puesto que está fuera— que juzguemos sus prácticas: por ejemplo, en que, aunque antes indigente y pobre, sin haber recibido riqueza de sus padres, ni ganado nada con el comercio o los negocios, ahora posee abundante riqueza mediante sus iniquidades y actos sacrílegos, y mediante lo que extorsiona a los hermanos, privando a los agraviados de sus derechos y prometiendo ayudarlos por una recompensa, aunque engañándolos, y despojando a los que en su aflicción están dispuestos a dar para obtener la reconciliación con sus opresores, 'suponiendo que la piedad es ganancia'; [] —
8. o en que es altivo y está hinchado, y asume dignidades mundanas, prefiriendo ser llamado ducenario antes que obispo; y se pavonea por las plazas, leyendo cartas y recitándolas mientras camina en público, atendido por una guardia personal, con una multitud que le precede y le sigue, de modo que la fe es envidiada y odiada a causa de su soberbia y altivez de corazón—
9. o en que practica artimañas en las asambleas eclesiásticas, se las ingenia para glorificarse y engañar con apariencias, y asombrar las mentes de los simples, preparándose un tribunal y un trono elevado —no como discípulo de Cristo— y poseyendo un "secretum" —como los gobernantes del mundo— y llamándolo así, y golpeándose el muslo con la mano y pateando el tribunal con los pies— o en que reprende e insulta a los que no aplauden, y agitan sus pañuelos como en los teatros, y gritan y saltan como los hombres y mujeres que están apostados a su alrededor y lo escuchan de esta manera indecorosa, sino a los que escuchan reverentemente y con orden como en la casa de Dios— o en que ataca violenta y groseramente en público a los expositores de la Palabra que han partido de esta vida, y se ensalza a sí mismo, no como obispo, sino como sofista y charlatán,
10. y suprime los salmos a nuestro Señor Jesucristo, por ser producciones modernas de hombres modernos, y entrena a mujeres para que le canten salmos a él en medio de la iglesia en el gran día de la Pascua, cosa que cualquiera se estremecería al oír, y persuade a los obispos y presbíteros de los distritos y ciudades vecinas que lo adulan, para que promuevan las mismas ideas en sus discursos al pueblo.
11. Pues para anticipar algo de lo que en breve escribiremos, no quiere reconocer que el Hijo de Dios ha descendido del cielo. Y esto no es una mera afirmación, sino que se prueba abundantemente por las actas que os hemos enviado; y no menos donde dice: "Jesucristo es de abajo". Pero los que le cantan y lo ensalzan entre el pueblo dicen que su impío maestro ha descendido como un ángel del cielo. Y él no prohíbe tales cosas; antes bien, el arrogante está presente cuando se pronuncian.
12. Y están las mujeres, las "subintroductæ", como las llama la gente de Antioquía, pertenecientes a él y a los presbíteros y diáconos que están con él. Aunque conoce y ha convencido a estos hombres, sin embargo hace la vista gorda ante esto y ante sus otros pecados incurables, para que estén atados a él y, por temor a sí mismos, no se atrevan a acusarle por sus malvadas palabras y obras. Pero también los ha hecho ricos; por lo cual es amado y admirado por los que codician tales cosas.
13. Sabemos, amados, que el obispo y todo el clero deben ser ejemplo para el pueblo de todas las buenas obras. Y no ignoramos cuántos han caído o incurrido en sospecha por las mujeres que así han introducido. De modo que, aunque concediéramos que no comete acto pecaminoso alguno, debería evitar la sospecha que surge de tal cosa, no sea que escandalice a alguien o induzca a otros a imitarlo.
14. Pues, ¿cómo puede reprender o amonestar a otro a no ser demasiado familiar con las mujeres —no sea que caiga, como está escrito—, cuando él mismo ya ha despedido a una, y ahora tiene consigo dos, lozanas y hermosas, y las lleva consigo dondequiera que va, y al mismo tiempo vive en lujos y excesos?
15. A causa de estas cosas, todos se lamentan y gimen en privado; pero temen tanto su tiranía y su poder, que no se atreven a acusarlo.
16. Pero, como hemos dicho, aunque uno podría pedir cuentas al hombre por esta conducta, si sostuviera la doctrina católica y estuviera contado entre nosotros, puesto que ha despreciado el misterio y se pavonea en la abominable herejía de Artemas (pues, ¿por qué no mencionar a su padre?), consideramos innecesario exigirle explicación de estas cosas.
17. Después, al final de la epístola, añaden estas palabras:
Por tanto, nos hemos visto obligados a excomulgarlo, puesto que se opone a Dios y se niega a obedecer; y a nombrar en su lugar a otro obispo para la Iglesia Católica. Por dirección divina, según creemos, hemos nombrado a Domno, que está adornado con todas las cualidades propias de un obispo, y que es hijo del bienaventurado Demetriano, quien antes presidió de manera distinguida sobre la misma parroquia. Os hemos informado de esto para que le escribáis, y podáis recibir de él cartas de comunión. Pero que este hombre escriba a Artemas; y que los que piensan como Artemas, comulguen con él.
18. Como Pablo había caído del episcopado, así como de la fe ortodoxa, Domno, como se ha dicho, llegó a ser obispo de la iglesia de Antioquía.
19. Pero como Pablo se negaba a entregar el edificio de la iglesia, se apeló al emperador Aureliano; y éste decidió el asunto con toda equidad, ordenando que el edificio fuera entregado a aquellos a quienes los obispos de Italia y de la ciudad de Roma lo adjudicaran. Así, este hombre fue expulsado de la iglesia, con extrema deshonra, por el poder mundano.
20. Tal fue el trato de Aureliano para con nosotros en aquel tiempo; pero en el curso de su reinado cambió de parecer respecto a nosotros, y fue movido por ciertos consejeros a instaurar una persecución contra nosotros. Y hubo gran rumor sobre esto por todas partes.
21. Pero cuando estaba a punto de hacerlo, y se hallaba, por así decirlo, en el acto mismo de firmar los decretos contra nosotros, el juicio divino vino sobre él y lo detuvo en el borde mismo de su empresa, mostrando de manera que todos pudieran ver claramente que los gobernantes de este mundo nunca pueden hallar ocasión contra las iglesias de Cristo, a no ser que la mano que las defiende lo permita, en juicio divino y celestial, por causa de disciplina y corrección, en los momentos que juzgue mejores.
22. Después de un reinado de seis años, a Aureliano le sucedió Probo. Reinó el mismo número de años, y Caro, con sus hijos, Carino y Numeriano, le sucedió. Después de que éstos hubieran reinado menos de tres años, el gobierno recayó en Diocleciano y en los asociados con él. Bajo ellos tuvo lugar la persecución de nuestro tiempo, y la destrucción de las iglesias relacionada con ella.
23. Poco antes de esto, Dionisio, obispo de Roma, después de ocupar el cargo durante nueve años, murió, y le sucedió Félix.
Comentario editorial · Pablo de Samosata y la carta de los obispos
Eusebio conserva la carta con que los obispos reunidos en Antioquía informaron a Dionisio de Roma y a Máximo de Alejandría de la deposición de Pablo de Samosata, obispo de Antioquía (VII, 30). Según Wikipedia es el único documento indudablemente contemporáneo sobre él; Pablo enseñaba, dice, que Jesús nació hombre y recibió el Logos, y se lo acusaba además de enriquecerse con el cargo. McGiffert considera esta carta clave para entender la cristología del Logos. Advierte también que el sínodo suele fecharse en 268 o 269 pero no pudo ser en 269 y quizá fue anterior; Pablo conservó la sede hasta 272, cuando Aureliano dejó la decisión a los obispos de Roma e Italia (Wikipedia). Véase el cristianismo del siglo III.
VII, 31
1. En este tiempo, el loco, llamado así por su herejía demoníaca, se armó en la perversión de su razón, cuando el diablo, Satanás, que él mismo lucha contra Dios, lo puso por delante para la destrucción de muchos. Era un bárbaro en su vida, tanto de palabra como de obra; y en su naturaleza demoníaco y demente. A consecuencia de ello, pretendió hacerse pasar por Cristo, y, henchido en su locura, se proclamó a sí mismo el Paráclito y el mismísimo Espíritu Santo; y después, como Cristo, eligió doce discípulos como partícipes de su nueva doctrina.
2. Y remendó juntas doctrinas falsas e impías recogidas de una multitud de impiedades largo tiempo extinguidas, y las arrastró, como un veneno mortífero, desde Persia hasta nuestra parte del mundo. De él, el impío nombre de los maniqueos sigue prevaleciendo entre muchos. Tal fue el fundamento de esta «ciencia falsamente llamada,» que surgió en aquellos tiempos.
Capítulo 32. Los distinguidos eclesiásticos de nuestro tiempo, y cuáles de ellos sobrevivieron hasta la destrucción de las iglesias
VII, 32
1. En este tiempo, Félix, después de haber presidido la iglesia de Roma durante cinco años, fue sucedido por Eutiquiano, pero éste en menos de diez meses dejó el cargo a Cayo, que vivió en nuestros días. Lo ocupó unos quince años, y a su vez fue sucedido por Marcelino, a quien alcanzó la persecución.
2. Por el mismo tiempo, Timeo recibió el episcopado de Antioquía después de Domno, y Cirilo, que vivió en nuestros días, le sucedió. En su tiempo conocimos a Doroteo, hombre docto entre los de su época, que fue honrado con el oficio de presbítero en Antioquía. Era amante de lo bello en las cosas divinas, y se dedicó a la lengua hebrea, de modo que leía las Escrituras hebreas con facilidad.
3. Pertenecía a los especialmente liberales, y no desconocía la propedéutica griega. Además de esto, era eunuco, habiéndolo sido desde su mismo nacimiento. Por esta razón, como si fuera un milagro, el emperador lo acogió en su familia, y lo honró poniéndolo al frente de los talleres de tintura de púrpura en Tiro. Le hemos oído exponer sabiamente las Escrituras en la Iglesia.
4. Después de Cirilo, Tirano recibió el episcopado de la parroquia de Antioquía. En su tiempo ocurrió la destrucción de las iglesias.
5. Eusebio, que había venido de la ciudad de Alejandría, gobernó las parroquias de Laodicea después de Sócrates. La ocasión de su traslado allí fue el asunto de Pablo. Fue por esta causa a Siria, y fue retenido de volver a casa por los de allí que eran celosos en las cosas divinas. Entre nuestros contemporáneos fue un hermoso ejemplo de religión, como se ve fácilmente por las palabras de Dionisio que hemos citado.
6. Anatolio fue nombrado su sucesor; un hombre bueno, como suele decirse, sucediendo a otro. También él era alejandrino de nacimiento. En erudición y destreza en la filosofía griega, como la aritmética y la geometría, la astronomía y la dialéctica en general, así como en la teoría de la física, ocupó el primer lugar entre los hombres más capaces de nuestro tiempo, y también estaba a la cabeza en la ciencia retórica. Se dice que por esta razón los ciudadanos de Alejandría le pidieron que estableciera allí una escuela de filosofía aristotélica.
7. Cuentan de él muchos otros hechos eminentes durante el asedio del Pyrucheium en Alejandría, por los cuales fue especialmente honrado por todos los que ocupaban altos cargos; pero daré lo siguiente sólo como ejemplo.
8. Dicen que el pan había faltado a los sitiados, de modo que era más difícil resistir el hambre que al enemigo de fuera; pero él, estando presente, proveyó para ellos de esta manera. Como la otra parte de la ciudad estaba aliada con el ejército romano, y por tanto no estaba sitiada, Anatolio envió a buscar a Eusebio —pues él todavía estaba allí antes de su traslado a Siria, y se hallaba entre los no sitiados, y poseía, además, una gran reputación y un nombre renombrado que había llegado incluso al general romano— y le informó de los que perecían en el asedio por el hambre.
9. Cuando él se enteró de esto, pidió al comandante romano, como el mayor favor posible, que concediera seguridad a los desertores del enemigo. Habiendo obtenido su petición, lo comunicó a Anatolio. Tan pronto como recibió el mensaje, convocó al senado de Alejandría, y al principio propuso que todos llegaran a una reconciliación con los romanos. Pero cuando percibió que estaban irritados por este consejo, dijo: «Pero no creo que os opongáis a mí, si os aconsejo que enviéis a los supernumerarios y a los que de ningún modo nos son útiles, como viejas y niños y ancianos, fuera de las puertas, para que vayan adonde les plazca. Pues, ¿por qué retener sin propósito a estos que, de todos modos, pronto morirán? ¿Y por qué destruir con hambre a los que están lisiados y mutilados de cuerpo, cuando deberíamos proveer sólo para hombres y jóvenes, y distribuir el pan necesario entre los que se necesitan para la guarnición de la ciudad?»
10. Con tales argumentos persuadió a la asamblea, y levantándose el primero dio su voto para que toda la multitud, ya de hombres o de mujeres, que no era necesaria para el ejército, saliera de la ciudad, porque si permanecían y continuaban innecesariamente en la ciudad, no habría para ellos esperanza alguna de salvación, sino que perecerían de hambre.
11. Como todos los demás del senado estuvieron de acuerdo con esto, salvó a casi todos los sitiados. Dispuso que primero escaparan los pertenecientes a la iglesia, y después, de los demás de la ciudad, los de todas las edades, no sólo las clases incluidas en el decreto, sino, al amparo de éstas, una multitud de otros, secretamente vestidos con ropas de mujer; y mediante su gestión salieron de las puertas de noche y escaparon al campamento romano. Allí Eusebio, como un padre y un médico, recibió a todos ellos, consumidos por el largo asedio, y los repuso con toda clase de prudencia y cuidado.
12. La iglesia de Laodicea fue honrada por dos pastores tales en sucesión, que, por la providencia de Dios, llegaron después de la mencionada guerra desde Alejandría a aquella ciudad.
13. Anatolio no escribió muchísimas obras; pero en las que han llegado hasta nosotros podemos discernir su elocuencia y erudición. En ellas expone particularmente sus opiniones sobre la Pascua. Parece importante dar aquí los siguientes extractos de ellas.
14. De los Cánones Pascuales de Anatolio. Hay, pues, en el primer año la luna nueva del primer mes, que es el comienzo de todo ciclo de diecinueve años, en el día veintiséis del mes egipcio Famenot; pero según los meses de los macedonios, el día veintidós de Distro, o, como dirían los romanos, el undécimo antes de las calendas de abril.
15. En dicho día veintiséis de Famenot, se encuentra el sol no sólo entrado en el primer segmento, sino ya pasando por el cuarto día en él. Acostumbran llamar a este segmento el primer dodecatemorio, y el equinoccio, y el comienzo de los meses, y la cabeza del ciclo, y el punto de partida del circuito planetario. Pero al que precede a éste lo llaman el último de los meses, y el duodécimo segmento, y el dodecatemorio final, y el fin del circuito planetario. Por lo cual sostenemos que los que colocan en él el primer mes, y determinan por él el catorce de la Pascua, cometen un error no pequeño ni común.
16. Y esto no es opinión nuestra; sino que era conocido por los judíos de antiguo, incluso antes de Cristo, y era cuidadosamente observado por ellos. Esto puede aprenderse de lo que dicen Filón, Josefo y Museo; y no sólo de ellos, sino también de los aún más antiguos, los dos Agatobulos, apellidados "Maestros", y el famoso Aristóbulo, que fue elegido entre los setenta intérpretes de las sagradas y divinas Escrituras hebreas por Ptolomeo Filadelfo y su padre, y que también dedicó sus libros exegéticos sobre la ley de Moisés a los mismos reyes.
17. Estos escritores, al explicar cuestiones relativas al Éxodo, dicen que todos por igual deben sacrificar las ofrendas pascuales después del equinoccio de primavera, en medio del primer mes. Pero esto ocurre mientras el sol pasa por el primer segmento del círculo solar o, como algunos de ellos lo han llamado, del zodíaco. Aristóbulo añade que es necesario para la fiesta de la Pascua que no sólo el sol pase por el segmento equinoccial, sino también la luna.
18. Pues como hay dos segmentos equinocciales, el vernal y el otoñal, directamente opuestos entre sí, y como el día de la Pascua fue fijado en el catorce del mes, comenzando por la tarde, la luna ocupará una posición diametralmente opuesta al sol, como puede verse en las lunas llenas; y el sol estará en el segmento del equinoccio de primavera, y necesariamente la luna en el del otoñal.
19. Sé que ellos han dicho muchas otras cosas, algunas de ellas probables y otras que se acercan a una demostración absoluta, con las cuales se esfuerzan por probar que es del todo necesario guardar la Pascua y la fiesta de los panes sin levadura después del equinoccio. Pero me abstengo de exigir este tipo de demostración en asuntos de los que el velo de la ley mosaica ha sido retirado, de modo que ahora, por fin, con el rostro descubierto, contemplamos sin cesar, como en un espejo, a Cristo y las enseñanzas y los sufrimientos de Cristo. [] Pero que entre los hebreos el primer mes estaba cerca del equinoccio lo muestran también las enseñanzas del Libro de Enoc.
20. El mismo escritor ha dejado también los Institutos de aritmética, en diez libros, y otros testimonios de su experiencia y pericia en las cosas divinas.
21. Teoteco, obispo de Cesarea de Palestina, lo ordenó primero como obispo, con la intención de hacerlo su sucesor en su propia parroquia después de su muerte. Y por poco tiempo ambos presidieron la misma iglesia. Pero el sínodo que se reunió para examinar el caso de Pablo lo llamó a Antioquía, y, al pasar por la ciudad de Laodicea, muerto ya Eusebio, fue detenido allí por los hermanos.
22. Y después de que Anatolio partió de esta vida, el último obispo de aquella parroquia antes de la persecución fue Esteban, a quien muchos admiraban por su conocimiento de la filosofía y de otras letras griegas. Pero no estaba igualmente entregado a la fe divina, como lo manifestó el avance de la persecución; pues mostró que era un simulador cobarde y poco viril, más bien que un verdadero filósofo.
23. Pero esto no dañó gravemente a la iglesia, pues Teodoto restauró sus asuntos, siendo constituido de inmediato obispo de aquella parroquia por Dios mismo, el Salvador de todos. Justificó con sus obras tanto su señorial nombre como su oficio de obispo. Pues sobresalió en el arte de la medicina para los cuerpos y en el arte de curar las almas. Y ningún otro hombre lo igualó en bondad, sinceridad, compasión y celo por ayudar a cuantos necesitaban su auxilio. Estaba también muy entregado a la erudición divina. Tal era él.
24. En Cesarea de Palestina, Agapio sucedió a Teoteco, quien había desempeñado con el mayor celo los deberes de su episcopado. También a él sabemos que trabajó con diligencia y que manifestó una providencia genuinísima en la supervisión de su pueblo, cuidando en particular de todos los pobres con mano generosa.
25. En su tiempo conocimos a Pánfilo, aquel hombre elocuentísimo, de vida verdaderamente filosófica, que fue considerado digno del oficio de presbítero en aquella parroquia. No sería poca cosa mostrar qué clase de hombre era y de dónde venía. Pero hemos descrito, en nuestra obra especial acerca de él, todos los pormenores de su vida, y de la escuela que estableció, y las pruebas que soportó en muchas confesiones durante la persecución, y la corona del martirio con que fue finalmente honrado. Pero de todos los que allí había, él era en verdad el más admirable.
26. Entre los más cercanos a nuestros tiempos, hemos conocido a Pierio, de los presbíteros de Alejandría, y a Melecio, obispo de las iglesias del Ponto: hombres rarísimos.
27. El primero se distinguió por su vida de extrema pobreza y por su erudición filosófica, y fue sumamente diligente en la contemplación y exposición de las cosas divinas, y en los discursos públicos en la iglesia. Melecio, a quien los doctos llamaban la «miel del Ática», era un hombre a quien todos describirían como el más consumado en toda clase de erudición; y sería imposible admirar suficientemente su habilidad retórica. Podría decirse que ésta la poseía por naturaleza; pero ¿quién podría superar la excelencia de su gran experiencia y erudición en otros aspectos?
28. Pues en todas las ramas del saber, si te hubieras propuesto ponerlo a prueba aunque fuera una sola vez, habrías dicho que era el más hábil y erudito. Además, las virtudes de su vida no eran menos notables. Lo observamos bien en el tiempo de la persecución, cuando durante siete años completos estuvo huyendo de su furia en las regiones de Palestina.
29. Zambdas recibió el episcopado de la iglesia de Jerusalén después del obispo Himeneo, a quien mencionamos poco más arriba. Murió al poco tiempo, y Hermón, el último antes de la persecución en nuestros días, sucedió a la silla apostólica, que se ha conservado allí hasta el tiempo presente.
30. En Alejandría, Máximo, que después de la muerte de Dionisio había sido obispo durante dieciocho años, fue sucedido por Teonas. En su tiempo, Aquilas, que había sido nombrado presbítero en Alejandría al mismo tiempo que Pierio, se hizo célebre. Fue puesto al frente de la escuela de la fe sagrada, y mostró frutos de filosofía rarísimos y no inferiores a los de nadie, y una conducta genuinamente evangélica.
31. Después de que Teonas hubo desempeñado el cargo durante diecinueve años, Pedro recibió el episcopado en Alejandría, y fue muy eminente entre ellos durante doce años enteros. De éstos, gobernó la iglesia menos de tres años antes de la persecución, y por el resto de su vida se sometió a una disciplina más rigurosa y cuidó abiertamente del interés general de las iglesias. Por esta causa fue decapitado en el noveno año de la persecución, y fue adornado con la corona del martirio.
32. Habiendo escrito en estos libros la relación de las sucesiones desde el nacimiento de nuestro Salvador hasta la destrucción de los lugares de culto —un período de trescientos cinco años—, permitidme pasar a los combates de quienes, en nuestros días, han luchado heroicamente por la religión, y dejar por escrito, para información de la posteridad, la extensión y la magnitud de aquellos conflictos.