III, 1
1. Tal era la condición de los judíos. Entretanto, los santos apóstoles y discípulos de nuestro Salvador se dispersaron por todo el mundo. Partia, según la tradición, fue asignada a Tomás como campo de trabajo, Escitia a Andrés, y Asia a Juan, quien, después de haber vivido allí algún tiempo, murió en Éfeso.
2. Pedro parece haber predicado en el Ponto, Galacia, Bitinia, Capadocia y Asia a los judíos de la dispersión. Y al fin, habiendo llegado a Roma, fue crucificado cabeza abajo; pues había pedido sufrir de esta manera. ¿Qué necesidad tenemos de decir acerca de Pablo, que predicó el Evangelio de Cristo desde Jerusalén hasta Ilírico, y después sufrió el martirio en Roma bajo Nerón? Estos hechos son relatados por Orígenes en el tercer volumen de su Comentario al Génesis.
III, 2
1. Después del martirio de Pablo y de Pedro, Lino fue el primero en obtener el episcopado de la iglesia de Roma. Pablo lo menciona, al escribir a Timoteo desde Roma, en la salutación al final de la epístola.
III, 3
1. Una epístola de Pedro, la llamada primera, es reconocida como genuina. Y los antiguos ancianos la usaron libremente en sus propios escritos como obra indiscutida. Pero hemos sabido que su segunda epístola existente no pertenece al canon; no obstante, como ha parecido provechosa a muchos, se ha usado junto con las demás Escrituras.
2. Los así llamados Hechos de Pedro, sin embargo, y el Evangelio que lleva su nombre, y la Predicación y el Apocalipsis, como se les llama, sabemos que no han sido universalmente aceptados, porque ningún escritor eclesiástico, antiguo o moderno, ha hecho uso de testimonios tomados de ellos.
3. Pero en el curso de mi historia tendré cuidado de mostrar, además de la sucesión oficial, qué escritores eclesiásticos han hecho uso, de tiempo en tiempo, de alguna de las obras discutidas, y qué han dicho respecto a los escritos canónicos y aceptados, así como respecto a los que no son de esta clase.
4. Tales son los escritos que llevan el nombre de Pedro, de los cuales solo uno sé que es genuino y reconocido por los antiguos ancianos.
5. Las catorce epístolas de Pablo son bien conocidas e indiscutidas. No es ciertamente correcto pasar por alto el hecho de que algunos han rechazado la Epístola a los Hebreos, diciendo que es discutida por la iglesia de Roma, con el fundamento de que no fue escrita por Pablo. Pero lo que han dicho acerca de esta epístola los que vivieron antes de nuestro tiempo lo citaré en el lugar oportuno. En cuanto a los así llamados Hechos de Pablo, no los he hallado entre los escritos indiscutidos.
6. Pero como el mismo apóstol, en las salutaciones al final de la Epístola a los Romanos, ha hecho mención, entre otros, de Hermas, a quien se atribuye el libro llamado El Pastor, debe observarse que también este ha sido discutido por algunos, y por causa de ellos no puede colocarse entre los libros reconocidos; mientras que por otros es considerado casi indispensable, especialmente para quienes necesitan instrucción en los elementos de la fe. Por eso, como sabemos, se ha leído públicamente en las iglesias, y he hallado que algunos de los escritores más antiguos lo usaron.
7. Esto servirá para mostrar los escritos divinos que son indiscutidos, así como los que no son universalmente reconocidos.
III, 4
1. Que Pablo predicó a los gentiles y puso los cimientos de las iglesias «desde Jerusalén y por los alrededores hasta Ilírico,» es evidente tanto por sus propias palabras [] como por el relato que Lucas ha dado en los Hechos.
2. Y en cuántas provincias predicó Pedro a Cristo y enseñó la doctrina del nuevo pacto a los de la circuncisión, resulta claro de sus propias palabras en su epístola ya mencionada como indiscutida, en la que escribe a los hebreos de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia. []
3. Pero el número y los nombres de aquellos de entre ellos que llegaron a ser verdaderos y celosos seguidores de los apóstoles, y fueron juzgados dignos de cuidar las iglesias fundadas por ellos, no es fácil decirlo, excepto los mencionados en los escritos de Pablo.
4. Pues tuvo innumerables colaboradores, o «compañeros de milicia,» como él los llamaba, y a la mayoría de ellos los honró con un memorial imperecedero, pues dio perdurable testimonio acerca de ellos en sus propias epístolas.
5. Lucas también, en los Hechos, habla de sus amigos y los menciona por su nombre.
6. Timoteo, según se registra, fue el primero en recibir el episcopado de la parroquia de Éfeso, Tito de las iglesias de Creta.
7. Pero Lucas, que era de ascendencia antioquena y médico de profesión, y que era especialmente íntimo de Pablo y muy versado en el resto de los apóstoles, nos ha dejado, en dos libros inspirados, pruebas de aquel arte de curación espiritual que aprendió de ellos. Uno de estos libros es el Evangelio, del cual testifica que lo escribió tal como lo entregaron los que desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, a todos los cuales, según dice, siguió con exactitud desde el primero. [] El otro libro es los Hechos de los Apóstoles, que compuso no a partir de relatos de otros, sino de lo que él mismo había visto.
8. Y dicen que Pablo quiso referirse al Evangelio de Lucas siempre que, como hablando de algún evangelio propio, usaba las palabras, «según mi Evangelio.»
9. En cuanto al resto de sus seguidores, Pablo testifica que Crescente fue enviado a las Galias; pero Lino, a quien menciona en la Segunda Epístola a Timoteo [] como su compañero en Roma, fue sucesor de Pedro en el episcopado de la iglesia de allí, como ya se ha mostrado.
10. También Clemente, que fue designado tercer obispo de la iglesia de Roma, fue, como Pablo testifica, su colaborador y compañero de milicia.
11. Además de estos, aquel areopagita, llamado Dionisio, que fue el primero en creer después del discurso de Pablo a los atenienses en el Areópago (como registra Lucas en los Hechos), es mencionado por otro Dionisio, escritor antiguo y pastor de la parroquia de Corinto, como el primer obispo de la iglesia de Atenas.
12. Pero los acontecimientos relacionados con la sucesión apostólica los relataremos en el momento oportuno. Entretanto, continuemos el curso de nuestra historia.
III, 5
1. Después de que Nerón hubo tenido el poder trece años, y de que Galba y Otón hubieron gobernado un año y seis meses, Vespasiano, que se había distinguido en las campañas contra los judíos, fue proclamado soberano en Judea y recibió el título de Emperador de los ejércitos de allí. Partiendo, por tanto, inmediatamente hacia Roma, confió la conducción de la guerra contra los judíos a su hijo Tito.
2. Pues los judíos, después de la ascensión de nuestro Salvador, además de su crimen contra él, habían estado tramando cuantas conjuras podían contra sus apóstoles. Primero Esteban fue apedreado hasta la muerte por ellos, y después de él Santiago, hijo de Zebedeo y hermano de Juan, fue decapitado, y finalmente Santiago, el primero que había obtenido la sede episcopal en Jerusalén después de la ascensión de nuestro Salvador, murió de la manera ya descrita. Pero el resto de los apóstoles, contra quienes se había conspirado incesantemente con miras a su destrucción, y que habían sido expulsados de la tierra de Judea, fueron a todas las naciones a predicar el Evangelio, confiando en el poder de Cristo, que les había dicho: «Id y haced discípulos de todas las naciones en mi nombre.»
3. Pero al pueblo de la iglesia de Jerusalén se le había ordenado, por una revelación concedida a hombres aprobados de allí antes de la guerra, que saliera de la ciudad y habitara en cierta ciudad de Perea llamada Pella. Y cuando los que creían en Cristo hubieron llegado allí desde Jerusalén, entonces, como si la ciudad real de los judíos y toda la tierra de Judea estuvieran enteramente desprovistas de hombres santos, el juicio de Dios alcanzó por fin a quienes habían cometido tales ultrajes contra Cristo y sus apóstoles, y destruyó totalmente a aquella generación de hombres impíos.
4. Pero el número de calamidades que por todas partes cayeron sobre la nación en aquel tiempo; las desgracias extremas a las que estuvieron especialmente sometidos los habitantes de Judea; los miles de hombres, así como de mujeres y niños, que perecieron por la espada, por el hambre y por otras formas de muerte innumerables; todas estas cosas, así como los muchos y grandes asedios que se llevaron a cabo contra las ciudades de Judea, y los sufrimientos excesivos padecidos por los que huyeron a la propia Jerusalén, como a ciudad de perfecta seguridad, y finalmente el curso general de toda la guerra, así como sus acontecimientos particulares en detalle, y cómo al fin la abominación de la desolación, anunciada por los profetas, [] estuvo en el mismísimo templo de Dios, tan celebrado desde antiguo, el templo que aguardaba ya su total y definitiva destrucción por el fuego; todas estas cosas, quien lo desee puede hallarlas descritas con exactitud en la historia escrita por Josefo.
5. Pero es necesario señalar que este escritor registra que la multitud de los que se reunieron de toda Judea en el tiempo de la Pascua, en número de tres millones de almas, fue encerrada en Jerusalén «como en una prisión,» por usar sus propias palabras.
6. Pues era justo que en los mismos días en que habían infligido sufrimiento al Salvador y Bienhechor de todos, al Cristo de Dios, en aquellos días, encerrados «como en una prisión,» se encontraran con la destrucción a manos de la justicia divina.
7. Pero pasando por alto las calamidades particulares que sufrieron por los intentos hechos contra ellos por la espada y por otros medios, creo necesario relatar solo las desgracias que causó el hambre, para que quienes lean esta obra tengan algún medio de saber que Dios no tardó en ejecutar venganza sobre ellos por su maldad contra el Cristo de Dios.
III, 6
1. Tomando de nuevo en nuestras manos el libro quinto de la Historia de Josefo, repasemos la tragedia de los acontecimientos que entonces ocurrieron.
2. «Para los ricos,» dice, era igualmente peligroso quedarse. Pues con el pretexto de que iban a desertar, se daba muerte a hombres por su riqueza. La locura de las sediciones aumentaba con el hambre, y ambas miserias se inflamaban más y más día tras día.
3. En ninguna parte se veía alimento; sino que, irrumpiendo en las casas, los hombres las registraban a fondo, y siempre que hallaban algo que comer atormentaban a los dueños con el pretexto de que habían negado tener algo; pero si no hallaban nada, los torturaban con el pretexto de que lo habían ocultado con más cuidado.
4. La prueba de tener o no tener alimento se hallaba en los cuerpos de los desdichados. A los que aún estaban en buena condición los suponían bien provistos de alimento, mientras que a los que ya estaban consumidos los dejaban pasar, pues parecía absurdo matar a quienes estaban a punto de perecer de necesidad.
5. Muchos, en efecto, vendían secretamente sus posesiones por una medida de trigo, si pertenecían a la clase más rica, o de cebada si eran más pobres. Luego, encerrándose en las partes más interiores de sus casas, unos comían el grano sin cocer a causa de su terrible necesidad, mientras que otros lo cocían según lo dictaban la necesidad y el miedo.
6. En ninguna parte se ponían mesas, sino que, arrebatando del fuego el alimento aún sin cocer, lo desgarraban en pedazos. Miserable era la comida, y espectáculo lamentable era ver a los más poderosos asegurarse abundancia mientras los más débiles se lamentaban.
7. De todos los males, en efecto, el hambre es el peor, y nada destruye con tanta eficacia como la vergüenza. Pues aquello que en otras circunstancias es digno de respeto, en medio del hambre es despreciado. Así, las mujeres arrebataban el alimento de las mismas bocas de sus maridos e hijos, de sus padres, y, lo más lamentable de todo, las madres de sus pequeños. Y mientras sus seres más queridos se consumían en sus brazos, no se avergonzaban de quitarles las últimas gotas que sostenían la vida.
8. Y aun mientras comían así, no permanecían sin ser descubiertos. Sino que por todas partes aparecían los alborotadores para robarles incluso estas porciones de alimento. Pues siempre que veían una casa cerrada, lo consideraban señal de que los de dentro estaban tomando alimento. E inmediatamente, derribando las puertas, entraban de golpe y arrebataban lo que estaban comiendo, casi arrancándolo de sus mismas gargantas.
9. Los ancianos que se aferraban a su alimento eran golpeados, y si las mujeres lo ocultaban en sus manos, se les arrancaba el cabello por hacerlo. No había piedad ni para las canas ni para los niños, sino que, tomando a los pequeños que se aferraban a sus mendrugos de comida, los estrellaban contra el suelo. Pero con los que se anticipaban a su entrada y tragaban lo que estaban por arrebatar, eran aún más crueles, como si hubieran sido agraviados por ellos.
10. E idearon los modos más terribles de tortura para descubrir alimento, tapando los conductos secretos de los desdichados con hierbas amargas y atravesando sus asientos con varas afiladas. Y los hombres sufrían cosas horribles incluso de oír, a fin de obligarlos a confesar la posesión de un solo pan, o para hacerles revelar una sola dracma de cebada que hubieran ocultado. Pero los verdugos mismos no padecían hambre.
11. Su conducta, en verdad, habría parecido menos bárbara si los hubiera impulsado la necesidad; pero lo hacían para dar rienda suelta a su locura y para proveerse de sustento para los días venideros.
12. Y cuando alguien se deslizaba fuera de la ciudad de noche hasta los puestos avanzados de los romanos para recoger hierbas silvestres, iban a su encuentro; y cuando pensaba que ya había escapado del enemigo, le arrebataban lo que había traído consigo, y aunque a menudo el hombre les suplicaba e, invocando el nombre más terrible de Dios, les conjuraba a darle una parte de lo que había obtenido arriesgando su vida, no le devolvían nada. De hecho, era afortunado si el despojado no era además asesinado.
13. A este relato, Josefo, después de referir otras cosas, añade lo siguiente: Puesta fin a la posibilidad de salir de la ciudad, toda esperanza de salvación para los judíos quedó cortada. Y el hambre aumentó y devoró al pueblo por casas y familias. Y las habitaciones se llenaron de mujeres y niños muertos, las callejuelas de la ciudad con los cadáveres de los ancianos.
14. Los niños y jóvenes, hinchados por el hambre, vagaban por las plazas como sombras, y caían allí donde la agonía los alcanzaba. Los enfermos no tenían fuerzas siquiera para enterrar a sus propios parientes, y quienes tenían fuerzas dudaban por la multitud de muertos y la incertidumbre sobre su propia suerte. Muchos, en efecto, morían mientras enterraban a otros, y muchos se encaminaban a sus tumbas antes de que la muerte viniera sobre ellos.
15. No había ni llanto ni lamento bajo estas desgracias; sino que el hambre sofocaba los afectos naturales. Los que morían de muerte lenta miraban con ojos secos a los que ya habían ido a su descanso antes que ellos. Un profundo silencio y una noche cargada de muerte rodeaban la ciudad.
16. Pero los ladrones eran más terribles que estas miserias; pues forzaban las casas, que ya eran meros sepulcros, robaban a los muertos y les arrancaban la cobertura de sus cuerpos, y se alejaban riendo. Probaban las puntas de sus espadas en los cadáveres, y a algunos que yacían en el suelo aún vivos los atravesaban para probar sus armas. Pero a aquellos que les rogaban que usaran su diestra y su espada contra ellos, los dejaban despectivamente para que el hambre los destruyera. Cada uno de estos moría con los ojos fijos en el templo; y dejaban con vida a los sediciosos.
17. Estos, al principio, ordenaron que los muertos fueran enterrados a expensas del tesoro público, pues no podían soportar el hedor. Pero después, cuando no pudieron hacerlo, arrojaron los cuerpos desde las murallas a las trincheras.
18. Y mientras Tito daba una vuelta y veía las trincheras llenas de muertos, y la sangre espesa rezumando de los cuerpos putrefactos, gimió en voz alta y, levantando las manos, puso a Dios por testigo de que aquello no era obra suya.
19. Después de hablar de algunas otras cosas, Josefo prosigue como sigue: "No puedo dudar en declarar lo que mis sentimientos me obligan a decir. Supongo que, si los romanos hubieran tardado más en venir contra estos criminales culpables, la ciudad habría sido tragada por un abismo, abrumada por un diluvio, o golpeada con tales rayos como los que destruyeron Sodoma. Porque había dado a luz una generación de hombres mucho más impíos que los que sufrieron tal castigo. En verdad, por su locura todo el pueblo fue llevado a la destrucción."
20. Y en el libro sexto escribe como sigue: De los que perecieron por el hambre en la ciudad, el número era incontable, y las miserias que sufrieron indecibles. Pues si aparecía en alguna casa la más mínima sombra de alimento, había guerra, y los amigos más queridos trababan combate cuerpo a cuerpo unos con otros, y se arrebataban mutuamente los más miserables sustentos de la vida.
21. Ni siquiera creían que los moribundos estuvieran sin alimento; sino que los ladrones los registraban mientras expiraban, no fuera que alguien fingiera la muerte ocultando comida en su seno. Con las bocas abiertas por falta de alimento, tropezaban y se tambaleaban como perros rabiosos, y golpeaban las puertas como si estuvieran borrachos, y en su impotencia se precipitaban en las mismas casas dos o tres veces en una hora.
22. La necesidad los obligaba a comer cualquier cosa que pudieran encontrar, y recogían y devoraban cosas que no eran aptas ni siquiera para las más inmundas bestias irracionales. Finalmente, ni siquiera se abstenían de sus cinturones y zapatos, y arrancaban las pieles de sus escudos y las devoraban. Algunos utilizaban incluso manojos de heno viejo como alimento, y otros recogían rastrojo y vendían el peso más pequeño por cuatro dracmas áticas.
23. Pero ¿por qué habría de hablar de la desvergüenza que se mostró durante el hambre hacia las cosas inanimadas? Pues voy a relatar un hecho como no está registrado ni por griegos ni por bárbaros; horrible de contar, increíble de oír. Y en verdad, con gusto habría omitido esta calamidad, para no parecer ante la posteridad un relator de fábulas, si no tuviera innumerables testigos de ella en mi propia época. Y además, prestaría un pobre servicio a mi patria si suprimiera el relato de los sufrimientos que ella soportó.
24. Había una cierta mujer llamada María que vivía al otro lado del Jordán, cuyo padre era Eleazar, de la aldea de Bathezor (que significa la casa del hisopo). Se distinguía por su familia y su riqueza, y había huido con el resto de la multitud a Jerusalén y estaba encerrada allí con ellos durante el asedio.
25. Los tiranos la habían despojado del resto de las propiedades que había traído consigo a la ciudad desde Perea. Y los restos de sus posesiones y cualquier alimento que se viera, los guardias entraban a diario y se lo arrebataban. Esto enfureció terriblemente a la mujer, y con sus frecuentes reproches e imprecaciones suscitó la ira de los rapaces villanos contra sí misma.
26. Pero nadie, ni por ira ni por piedad, quiso matarla; y ella se cansó de buscar comida para que otros comieran. La búsqueda, además, ya se había vuelto difícil en todas partes, y el hambre le atravesaba las entrañas y la médula, y el resentimiento ardía más violentamente que el hambre. Tomando, pues, como consejeras la ira y la necesidad, procedió a hacer algo sumamente antinatural.
27. Tomando a su hijo, un niño que mamaba de su pecho, ella dijo: Oh, niño miserable, en la guerra, en el hambre, en la sedición, ¿para qué te conservo? Esclavos entre los romanos seremos, aun si se nos permite vivir junto a ellos. Pero incluso la esclavitud es anticipada por el hambre, y los amotinados son más crueles que ambos. Ven, sé alimento para mí, una furia para estos amotinados, y un refrán para el mundo, pues esto es todo lo que falta para completar las calamidades de los judíos.
28. Y cuando hubo dicho esto, mató a su hijo; y habiéndolo asado, comió ella misma la mitad, y cubriendo el resto, lo guardó. Muy pronto aparecieron en escena los amotinados, y al oler el nefando olor, amenazaron con matarla inmediatamente a menos que les mostrara lo que había preparado. Ella respondió que les había guardado una porción excelente, y con eso destapó los restos del niño.
29. Ellos fueron inmediatamente presa del horror y del asombro, y quedaron paralizados ante la vista. Pero ella dijo: Este es mi propio hijo, y la acción es mía. Comed, porque yo también he comido. No seáis más misericordiosos que una mujer, ni más compasivos que una madre. Pero si sois demasiado piadosos y os encogéis ante mi sacrificio, ya he comido de él; dejad que el resto quede también para mí.
30. Ante estas palabras, los hombres salieron temblando, espantados en este único caso; aun así, con dificultad cedieron aquel alimento a la madre. Enseguida toda la ciudad se llenó de aquel crimen atroz, y como todos se representaban ante sus propios ojos la terrible acción, temblaban como si ellos mismos la hubieran cometido.
31. Los que sufrían por el hambre anhelaban ahora la muerte; y bienaventurados eran los que habían muerto antes de oír y ver miserias como estas.
32. Tal fue la recompensa que recibieron los judíos por su maldad e impiedad, contra el Cristo de Dios.
III, 7
1. Es conveniente añadir a estos relatos la verdadera predicción de nuestro Salvador en la que anunció de antemano estos mismos acontecimientos.
2. Sus palabras son las siguientes: «¡Ay de las que estén encinta y de las que críen en aquellos días! Orad para que vuestra huida no sea en invierno ni en día de sábado. Porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá jamás.»
3. El historiador, calculando el número total de los muertos, dice que perecieron un millón cien mil personas por el hambre y la espada, y que el resto de los sediciosos y ladrones, traicionados unos por otros después de la toma de la ciudad, fueron asesinados. Pero los jóvenes más altos y los que se distinguían por su belleza fueron reservados para el triunfo. Del resto de la multitud, los que tenían más de diecisiete años fueron enviados como prisioneros a trabajar en las obras de Egipto, mientras que aún más fueron dispersados por las provincias para encontrar la muerte en los teatros, por la espada y por las fieras. Los menores de diecisiete años fueron llevados para ser vendidos como esclavos, y solo de estos el número llegó a noventa mil.
4. Estas cosas sucedieron de esta manera en el segundo año del reinado de Vespasiano, conforme a las profecías de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien por el poder divino las vio de antemano como si ya estuvieran presentes, y lloró y se lamentó según la declaración de los santos evangelistas, que dan las mismas palabras que pronunció cuando, como si se dirigiera a la misma Jerusalén, dijo:
5. «Si hubieras conocido, también tú, en este día, lo que pertenece a tu paz. Pero ahora está oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán con empalizada, te cercarán, te estrecharán por todas partes y te derribarán a ti y a tus hijos hasta el suelo.»
6. Y luego, como si hablara acerca del pueblo, dice, «Porque habrá gran angustia en la tierra y cólera sobre este pueblo. Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones. Y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumplan los tiempos de los gentiles.» Y de nuevo: «Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que su desolación está cerca.»
7. Si alguien compara las palabras de nuestro Salvador con los demás relatos del historiador acerca de toda la guerra, ¿cómo no ha de asombrarse y admitir que la presciencia y la profecía de nuestro Salvador fueron verdaderamente divinas y extraordinariamente admirables?
8. Acerca de aquellas calamidades, pues, que sobrevinieron a toda la nación judía después de la pasión del Salvador y después de las palabras que pronunció la multitud de los judíos, cuando pidieron la liberación del ladrón y asesino, pero suplicaron que el Príncipe de la vida fuera quitado de en medio de ellos, no es necesario añadir nada al relato del historiador.
9. Pero puede ser apropiado mencionar también aquellos acontecimientos que mostraron la bondad de aquella Providencia todobondadosa que contuvo su destrucción durante cuarenta años completos después de su crimen contra Cristo; durante ese tiempo, muchos de los apóstoles y discípulos, y el mismo Santiago, el primer obispo de allí, el que es llamado hermano del Señor, estaban todavía vivos, y morando en la misma Jerusalén, permanecieron como el más firme baluarte del lugar. La Divina Providencia, pues, siguió mostrándose paciente con ellos para ver si por el arrepentimiento de lo que habían hecho podían obtener perdón y salvación; y además de tal paciencia, la Providencia también les dio señales maravillosas de las cosas que estaban a punto de sucederles si no se arrepentían.
10. Puesto que estas cosas han sido consideradas dignas de mención por el historiador ya citado, no podemos hacer nada mejor que contarlas para beneficio de los lectores de esta obra.
III, 8
1. Tomando, pues, la obra de este autor, lee lo que registra en el libro sexto de su Historia. Sus palabras son las siguientes: Así fue ganado en este tiempo el miserable pueblo por los impostores y falsos profetas; pero no prestaron atención ni dieron crédito a las visiones y señales que anunciaban la desolación venidera. Por el contrario, como heridos por un rayo, y como si no tuvieran ojos ni entendimiento, despreciaron las proclamas de Dios.
2. En un tiempo, una estrella, en forma de espada, se detuvo sobre la ciudad, y un cometa, que duró todo un año; y de nuevo, antes de la revuelta y antes de los disturbios que condujeron a la guerra, cuando el pueblo estaba reunido para la fiesta de los panes sin levadura, el día octavo del mes de Xántico, a la hora novena de la noche, brilló una luz tan grande alrededor del altar y del templo que parecía pleno día; y esto continuó durante media hora. Esto pareció a los inexpertos una buena señal, pero fue interpretado por los escribas sagrados como anuncio de aquellos acontecimientos que muy pronto sucedieron.
3. Y en la misma fiesta, una vaca, llevada por el sumo sacerdote para ser sacrificada, dio a luz un cordero en medio del templo.
4. Y la puerta oriental del templo interior, que era de bronce y muy maciza, y que al atardecer era cerrada con dificultad por veinte hombres, y descansaba sobre vigas reforzadas con hierro, y tenía barras hundidas profundamente en el suelo, fue vista a la hora sexta de la noche abrirse por sí misma.
5. Y no muchos días después de la fiesta, el día veintiuno del mes de Artemisio, se vio una cierta visión maravillosa que supera toda creencia. El prodigio podría parecer fabuloso si no lo relataran los que lo vieron, y si las calamidades que siguieron no fueran dignas de tales señales. Pues antes de la puesta del sol, se vieron carros y tropas armadas por toda la región en el aire, girando entre las nubes y rodeando las ciudades.
6. Y en la fiesta llamada Pentecostés, cuando los sacerdotes entraron en el templo de noche, como era su costumbre, para realizar los servicios, dijeron que al principio percibieron un movimiento y un ruido, y después una voz como de una gran multitud, que decía: 'Vámonos de aquí'.
7. Pero lo que sigue es aún más terrible; pues un cierto Jesús, hijo de Ananías, un campesino común, cuatro años antes de la guerra, cuando la ciudad estaba particularmente próspera y pacífica, vino a la fiesta, en la cual era costumbre que todos hicieran tiendas en el templo para honra de Dios, y de repente comenzó a gritar: 'Una voz del oriente, una voz del occidente, una voz de los cuatro vientos, una voz contra Jerusalén y el templo, una voz contra los novios y las novias, una voz contra todo el pueblo.' Día y noche recorría todas las callejuelas gritando así.
8. Pero algunos de los ciudadanos más distinguidos, molestos por el grito ominoso, apresaron al hombre y lo golpearon con muchos azotes. Pero sin pronunciar una palabra en su favor, ni decir nada en particular a los presentes, continuó gritando con las mismas palabras de antes.
9. Y los gobernantes, pensando, como era verdad, que el hombre estaba movido por un poder superior, lo llevaron ante el gobernador romano. Y entonces, aunque fue azotado hasta el hueso, ni suplicó ni derramó lágrimas, sino que, cambiando su voz al tono más lamentable posible, respondía a cada golpe con las palabras: '¡Ay, ay de Jerusalén!'
10. El mismo historiador registra otro hecho aún más maravilloso que este. Dice que se encontró en sus escritos sagrados cierto oráculo que declaraba que en ese tiempo una cierta persona saldría de su país para gobernar el mundo. Él mismo entendió que esto se cumplió en Vespasiano.
11. Pero Vespasiano no gobernó todo el mundo, sino solo aquella parte que estaba sometida a los romanos. Con mejor derecho podría aplicarse a Cristo; a quien el Padre dijo, «Pídeme, y te daré los gentiles por herencia tuya, y los confines de la tierra por posesión tuya.» En aquel mismo tiempo, de hecho, la voz de sus santos apóstoles «resonó por toda la tierra, y sus palabras hasta el fin del mundo.»
III, 9
1. Después de todo esto, es conveniente que sepamos algo en cuanto al origen y la familia de Josefo, quien tanto ha contribuido a la historia que nos ocupa. Él mismo nos da información sobre este punto en las siguientes palabras: «Josefo, hijo de Matatías, sacerdote de Jerusalén, quien él mismo luchó contra los romanos al principio y fue obligado a estar presente en lo que sucedió después.»
2. Fue el más notable de todos los judíos de aquel tiempo, no solo entre su propio pueblo, sino también entre los romanos, de modo que fue honrado con la erección de una estatua en Roma, y sus obras fueron consideradas dignas de un lugar en la biblioteca.
3. Escribió la totalidad de las Antigüedades de los judíos en veinte libros, y una historia de la guerra con los romanos que tuvo lugar en su tiempo, en siete libros. Él mismo testifica que esta última obra no solo fue escrita en griego, sino que también fue traducida por él mismo a su lengua nativa. Es digno de crédito aquí debido a su veracidad en otros asuntos.
4. Existen además otros dos libros suyos que merecen ser leídos. Tratan de la antigüedad de los judíos, y en ellos responde a Apión el Gramático, quien en aquel tiempo había escrito un tratado contra los judíos, y también a otros que habían intentado vilipendiar las instituciones hereditarias del pueblo judío.
5. En el primero de estos libros da el número de los libros canónicos del llamado Antiguo Testamento. Aparentemente, sacando su información de la antigua tradición, muestra qué libros eran aceptados sin disputa entre los hebreos. Sus palabras son las siguientes.
III, 10
1. No tenemos, por tanto, una multitud de libros que disientan y se contradigan entre sí; sino que tenemos solo veintidós, que contienen el registro de todo el tiempo y son justamente tenidos por divinos.
2. De estos, cinco son de Moisés, y contienen las leyes y la tradición respecto al origen del hombre, y continúan la historia hasta su propia muerte. Este período abarca casi tres mil años.
3. Desde la muerte de Moisés hasta la muerte de Artajerjes, que sucedió a Jerjes como rey de Persia, los profetas que siguieron a Moisés escribieron la historia de sus propios tiempos en trece libros. Los otros cuatro libros contienen himnos a Dios y preceptos para la regulación de la vida de los hombres.
4. Desde el tiempo de Artajerjes hasta nuestros días todos los acontecimientos han sido registrados, pero los relatos no son dignos de la misma confianza que depositamos en los que los precedieron, porque no ha habido durante este tiempo una sucesión exacta de profetas.
5. Cuánto estamos apegados a nuestros propios escritos se muestra claramente con nuestro trato hacia ellos. Pues aunque ya ha pasado un período tan grande, nadie se ha atrevido ni a añadir ni a quitar de ellos, sino que está innato en todos los judíos desde su mismo nacimiento considerarlos como enseñanzas de Dios, y atenerse a ellos, y, si es necesario, morir alegremente por ellos.
Estas observaciones del historiador he pensado que podrían introducirse ventajosamente en este contexto.
6. Otra obra de no poco mérito ha sido producida por el mismo escritor, Sobre la supremacía de la razón, que algunos han llamado Maccabaicum, porque contiene un relato de las luchas de aquellos hebreos que contendieron valientemente por la verdadera religión, como se relata en los libros llamados Macabeos.
7. Y al final del vigésimo libro de sus Antigüedades, el mismo Josefo da a entender que se había propuesto escribir una obra en cuatro libros acerca de Dios y su existencia, según las opiniones tradicionales de los judíos, y también acerca de las leyes, por qué permiten algunas cosas mientras prohíben otras. Y el mismo escritor menciona también en sus propias obras otros libros escritos por él mismo.
8. Además de estas cosas, es apropiado citar también las palabras que se encuentran al final de sus Antigüedades, en confirmación del testimonio que hemos extraído de sus relatos. En ese lugar ataca a Justo de Tiberíades, quien, como él mismo, había intentado escribir una historia de los acontecimientos contemporáneos, sobre la base de que no había escrito verazmente. Habiendo presentado muchas otras acusaciones contra el hombre, continúa con estas palabras:
9. Yo, ciertamente, no tuve miedo respecto a mis escritos como tú lo tuviste, sino que, por el contrario, presenté mis libros a los propios emperadores cuando los acontecimientos estaban casi ante los ojos de los hombres. Pues era consciente de que había preservado la verdad en mi relato, y por tanto no me vi defraudado en mi expectativa de obtener su atestación.
10. Y presenté mi historia también a muchos otros, algunos de los cuales estuvieron presentes en la guerra, como, por ejemplo, el rey Agripa y algunos de sus parientes.
11. Pues el emperador Tito deseaba tanto que el conocimiento de los acontecimientos se comunicara a los hombres solo por mi historia, que refrendó los libros con su propia mano y ordenó que se publicaran. Y el rey Agripa escribió sesenta y dos epístolas testificando la veracidad de mi relato. De estas epístolas Josefo adjunta dos. Pero esto bastará en cuanto a él. Prosigamos ahora con nuestra historia.
III, 11
1. Después del martirio de Santiago y de la conquista de Jerusalén que siguió inmediatamente, se dice que los apóstoles y discípulos del Señor que todavía vivían se reunieron de todas partes con los que estaban emparentados con el Señor según la carne (pues la mayoría de ellos también estaban todavía vivos) para deliberar sobre quién era digno de suceder a Santiago.
2. Todos ellos, de común acuerdo, declararon a Simeón, hijo de Cleofás, de quien el Evangelio también hace mención, digno del trono episcopal de aquella parroquia. Era primo, como dicen, del Salvador. Pues Hegesipo registra que Cleofás era hermano de José.
III, 12
Relata también que Vespasiano, después de la conquista de Jerusalén, dio órdenes de que se buscara a todos los que pertenecían al linaje de David, para que no quedara entre los judíos ninguno de la raza real; y a consecuencia de esto, una persecución terrible pendió de nuevo sobre los judíos.
III, 13
Después de que Vespasiano hubo reinado diez años, Tito, su hijo, le sucedió. En el segundo año de su reinado, Lino, que había sido obispo de la iglesia de Roma durante doce años, entregó su cargo a Anacleto. Pero Tito fue sucedido por su hermano Domiciano después de haber reinado dos años y el mismo número de meses.
III, 14
En el cuarto año de Domiciano, Aniano, primer obispo de la parroquia de Alejandría, murió después de ocupar el cargo veintidós años, y fue sucedido por Abilio, el segundo obispo.
III, 15
En el duodécimo año del mismo reinado, Clemente sucedió a Anacleto después de que este último hubiera sido obispo de la iglesia de Roma durante doce años. El apóstol, en su Epístola a los Filipenses, nos informa que este Clemente era su colaborador. Sus palabras son las siguientes: «Con Clemente y el resto de mis colaboradores, cuyos nombres están en el libro de la vida.»
III, 16
Se conserva una epístola de este Clemente que es reconocida como genuina y que es de considerable extensión y de mérito notable. La escribió en nombre de la iglesia de Roma a la iglesia de Corinto, cuando había surgido una sedición en esta última iglesia. Sabemos que esta epístola también ha sido usada públicamente en muchísimas iglesias, tanto en tiempos antiguos como en los nuestros. Y de que en efecto tuvo lugar una sedición en la iglesia de Corinto en el tiempo referido, Hegesipo es testigo digno de confianza.
III, 17
Domiciano, habiendo mostrado gran crueldad hacia muchos, y habiendo dado muerte injustamente a no pequeño número de hombres bien nacidos y notables en Roma, y habiendo desterrado sin causa y confiscado los bienes de muchísimos otros varones ilustres, se convirtió finalmente en sucesor de Nerón en su odio y enemistad contra Dios. Fue, de hecho, el segundo que suscitó una persecución contra nosotros, aunque su padre Vespasiano no había emprendido nada perjudicial para nosotros.
III, 18
1. Se dice que en esta persecución el apóstol y evangelista Juan, que todavía vivía, fue condenado a habitar en la isla de Patmos a consecuencia de su testimonio de la Palabra divina.
2. Ireneo, en el libro quinto de su obra Contra las herejías, donde discute el número del nombre del Anticristo que se da en el llamado Apocalipsis de Juan, habla así acerca de él:
3. «Si fuera necesario que su nombre se proclamara abiertamente en el tiempo presente, lo habría declarado aquel que vio la revelación. Pues fue vista no hace mucho, sino casi en nuestra propia generación, al final del reinado de Domiciano.»
4. Hasta tal punto floreció, en verdad, la doctrina de nuestra fe en aquel tiempo que incluso los escritores que estaban lejos de nuestra religión no dudaron en mencionar en sus historias la persecución y los martirios que tuvieron lugar durante ella.
5. Y, en efecto, indicaron con precisión el tiempo. Pues registraron que en el año decimoquinto de Domiciano, Flavia Domitila, hija de una hermana de Flavio Clemente, que en aquel tiempo era uno de los cónsules de Roma, fue desterrada con muchos otros a la isla de Poncia a consecuencia del testimonio dado por Cristo.
III, 19
Pero cuando este mismo Domiciano ordenó que los descendientes de David fueran muertos, una antigua tradición dice que algunos de los herejes presentaron acusación contra los descendientes de Judá (de quien se dice que fue hermano del Salvador según la carne), alegando que eran del linaje de David y que estaban emparentados con el propio Cristo. Hegesipo relata estos hechos con las siguientes palabras.
III, 20
1. De la familia del Señor vivían todavía los nietos de Judá, de quien se dice que fue hermano del Señor según la carne.
2. Se dio información de que pertenecían a la familia de David, y fueron llevados ante el emperador Domiciano por el Evocato. Pues Domiciano temía la venida de Cristo, como también Herodes la había temido. Y les preguntó si eran descendientes de David, y confesaron que lo eran. Entonces les preguntó cuántas propiedades tenían, o cuánto dinero poseían. Y ambos respondieron que tenían solo nueve mil denarios, la mitad de los cuales pertenecía a cada uno de ellos.
4. Y esta propiedad no consistía en plata, sino en un terreno que contenía solo treinta y nueve yugadas, y del cual pagaban sus impuestos y se sustentaban con su propio trabajo.
5. Entonces mostraron sus manos, exhibiendo la dureza de sus cuerpos y los callos producidos en sus manos por el continuo esfuerzo como prueba de su propio trabajo.
6. Y cuando se les preguntó acerca de Cristo y de su reino, de qué clase era y dónde y cuándo había de aparecer, respondieron que no era un reino temporal ni terrenal, sino celestial y angélico, que aparecería al fin del mundo, cuando él viniera en gloria a juzgar a los vivos y a los muertos, y a dar a cada uno según sus obras.
7. Al oír esto, Domiciano no dictó sentencia contra ellos, sino que, despreciándolos como de ninguna importancia, los dejó ir, y por un decreto puso fin a la persecución de la Iglesia.
8. Pero cuando fueron liberados, gobernaron las iglesias porque eran testigos y también parientes del Señor. Y establecida la paz, vivieron hasta el tiempo de Trajano. Estas cosas son relatadas por Hegesipo.
9. Tertuliano también ha mencionado a Domiciano con las siguientes palabras: «También Domiciano, que poseía una parte de la crueldad de Nerón, intentó una vez hacer lo mismo que este último hizo. Pero como tenía, supongo, algo de inteligencia, muy pronto cesó, e incluso hizo volver a aquellos a quienes había desterrado.»
10. Pero después de que Domiciano hubo reinado quince años, y Nerva hubo sucedido en el imperio, el Senado romano, según los escritores que registran la historia de aquellos días, votó que los honores de Domiciano fueran anulados, y que aquellos que habían sido injustamente desterrados volvieran a sus hogares y les fueran restituidas sus propiedades.
11. Fue en este tiempo cuando el apóstol Juan volvió de su destierro en la isla y se estableció en Éfeso, según una antigua tradición cristiana.
III, 21
1. Después de que Nerva hubo reinado poco más de un año, fue sucedido por Trajano. Fue durante el primer año de su reinado cuando Abilio, que había gobernado la iglesia de Alejandría durante trece años, fue sucedido por Cerdón.
2. Él fue el tercero que presidió aquella iglesia después de Aniano, que fue el primero. En aquel tiempo Clemente todavía gobernaba la iglesia de Roma, siendo también el tercero que ocupó allí el episcopado después de Pablo y Pedro.
3. Lino fue el primero, y después de él vino Anacleto.
III, 22
En este tiempo Ignacio era conocido como el segundo obispo de Antioquía, habiendo sido Evodio el primero. Simeón igualmente era en aquel tiempo el segundo gobernante de la iglesia de Jerusalén, habiendo sido el hermano de nuestro Salvador el primero.
III, 23
1. En aquel tiempo el apóstol y evangelista Juan, aquel a quien Jesús amaba, vivía todavía en Asia, y gobernaba las iglesias de aquella región, habiendo vuelto después de la muerte de Domiciano de su destierro en la isla.
2. Y que todavía estaba vivo en aquel tiempo puede establecerse por el testimonio de dos testigos. Deben ser dignos de confianza quienes han mantenido la ortodoxia de la Iglesia; y tales fueron, en efecto, Ireneo y Clemente de Alejandría.
3. El primero, en el libro segundo de su obra Contra las herejías, escribe así: «Y todos los ancianos que se asociaron con Juan, el discípulo del Señor, en Asia, dan testimonio de que Juan se lo transmitió. Pues permaneció entre ellos hasta el tiempo de Trajano.»
4. Y en el libro tercero de la misma obra atestigua lo mismo con las siguientes palabras: «Pero la iglesia de Éfeso también, que fue fundada por Pablo, y donde Juan permaneció hasta el tiempo de Trajano, es fiel testigo de la tradición apostólica.»
5. Clemente igualmente, en su libro titulado ¿Qué rico puede salvarse?, indica el tiempo, y añade un relato que es muy atractivo para aquellos que gozan oyendo lo que es hermoso y provechoso. Toma y lee la historia que dice así:
6. Escucha un cuento, que no es un mero cuento, sino un relato acerca de Juan el apóstol, que ha sido transmitido y atesorado en la memoria. Pues cuando, después de la muerte del tirano, volvió de la isla de Patmos a Éfeso, se fue, a invitación de ellos, a los territorios vecinos de los gentiles, para nombrar obispos en algunos lugares, en otros para poner en orden iglesias enteras, y en otros para elegir para el ministerio a alguno de aquellos que eran señalados por el Espíritu.
7. Cuando llegó a una de las ciudades no muy lejana (cuyo nombre es dado por algunos), y hubo consolado a los hermanos en otros asuntos, finalmente se volvió hacia el obispo que había sido nombrado, y viendo a un joven de físico poderoso, de apariencia agradable y de temperamento ardiente, dijo: "A este te lo encomiendo con toda seriedad en presencia de la Iglesia y con Cristo como testigo". Y cuando el obispo hubo aceptado el encargo y hubo prometido todo, repitió la misma exhortación con una apelación a los mismos testigos, y luego partió para Éfeso.
8. Pero el presbítero, llevando a su casa al joven que le fue encomendado, lo crió, lo guardó, lo cuidó y finalmente lo bautizó. Después de esto relajó su cuidado y vigilancia más estrictos, con la idea de que al poner sobre él el sello del Señor le había dado una protección perfecta.
9. Pero algunos jóvenes de su propia edad, ociosos y disolutos, y acostumbrados a prácticas malignas, lo corrompieron cuando fue así prematuramente liberado de toda sujeción. Al principio lo atrajeron con costosos entretenimientos; luego, cuando salían de noche para robar, lo llevaron consigo, y finalmente exigieron que se uniera a ellos en algún crimen mayor.
10. Gradualmente se acostumbró a tales prácticas, y a causa de la firmeza de su carácter, dejando el camino recto y tomando el freno entre los dientes como un caballo de boca dura y poderoso, se precipitó con más violencia hacia las profundidades.
11. Y finalmente, desesperando de la salvación en Dios, ya no meditaba lo insignificante, sino que, habiendo cometido algún gran crimen, puesto que ya estaba perdido de una vez para siempre, esperaba sufrir una suerte semejante a la de los demás. Tomándolos, pues, y formando una banda de ladrones, se convirtió en audaz capitán de bandidos, el más violento, el más sanguinario, el más cruel de todos ellos.
12. Pasó el tiempo, y habiendo surgido alguna necesidad, enviaron a buscar a Juan. Pero él, cuando hubo puesto en orden los otros asuntos por los cuales había venido, dijo: "Ven, obispo, devuélvenos el depósito que tanto yo como Cristo te encomendamos, siendo testigo la iglesia sobre la cual presides".
13. Pero el obispo se quedó al principio confundido, pensando que se le acusaba falsamente respecto a dinero que no había recibido, y no podía creer la acusación respecto a lo que no tenía, ni podía descreer a Juan. Pero cuando este dijo: "Reclamo al joven y el alma del hermano", el anciano, gimiendo profundamente y al mismo tiempo prorrumpiendo en lágrimas, dijo: "Está muerto". "¿Cómo y qué clase de muerte?" "Está muerto para Dios", dijo; "pues se volvió malvado y abandonado, y al final ladrón. Y ahora, en lugar de la iglesia, frecuenta el monte con una banda semejante a él".
14. Pero el apóstol rasgó sus vestiduras, y golpeándose la cabeza con gran lamentación, dijo: "¡Buen guardián dejé para el alma de un hermano! Pero que me traigan un caballo, y que alguien me muestre el camino". Salió cabalgando de la iglesia tal como estaba, y llegando al lugar, fue hecho prisionero por la avanzada de los ladrones.
15. Él, sin embargo, ni huyó ni suplicó, sino que gritó: "Para esto he venido; llévenme ante su capitán".
16. Este último, mientras tanto, esperaba, armado como estaba. Pero cuando reconoció a Juan acercándose, se volvió avergonzado para huir.
17. Pero Juan, olvidando su edad, lo persiguió con todas sus fuerzas, gritando: "¿Por qué, hijo mío, huyes de mí, tu propio padre, desarmado, anciano? Ten piedad de mí, hijo mío; no temas; aún tienes esperanza de vida. Yo daré cuenta a Cristo por ti. Si es necesario, sufriré de buen grado tu muerte como el Señor padeció la muerte por nosotros. Por ti entregaré mi vida. Detente, cree; Cristo me ha enviado".
18. Y él, al oírlo, primero se detuvo y bajó la mirada; luego arrojó sus armas, y después tembló y lloró amargamente. Y cuando el anciano se acercó, lo abrazó, haciendo confesión con lamentos como pudo, bautizándose una segunda vez con lágrimas, y ocultando solo su mano derecha.
19. Pero Juan, empeñando su palabra y asegurándole con juramento que encontraría perdón ante el Salvador, le suplicó, cayó de rodillas, le besó la propia mano derecha como si ya estuviera purificada por el arrepentimiento, y lo condujo de vuelta a la iglesia. E intercediendo por él con copiosas oraciones, y luchando junto con él en continuos ayunos, y sometiendo su mente con diversas palabras, no partió, según dicen, hasta haberlo restaurado a la iglesia, ofreciendo un gran ejemplo de verdadero arrepentimiento y una gran prueba de regeneración, un trofeo de una resurrección visible.