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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 11 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 2. Exposición sumaria de la preexistencia y divinidad de nuestro Salvador y Señor Jesucristo
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 3. El nombre de Jesús, y también el de Cristo, fueron conocidos desde el principio y honrados por los profetas inspirados
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4. La religión proclamada por él a todas las naciones no era ni nueva ni extraña
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 5. El tiempo de su aparición entre los hombres
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 7. La supuesta discrepancia en los Evangelios con respecto a la genealogía de Cristo
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 8. La crueldad de Herodes hacia los infantes, y la manera de su muerte
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 9. Los tiempos de Pilato
  10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 12. Los discípulos de nuestro Salvador
  11. Sesión 11 · Parte 1 · ≈ 1 minFicha de la obra
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minLibro II
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 2. Cómo se sintió Tiberio al ser informado por Pilato acerca de Cristo
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 5. La embajada de Filón ante Cayo en favor de los judíos
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7. El suicidio de Pilato
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 11. El impostor Teudas y sus seguidores
  17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 15. El Evangelio según Marcos
  18. Sesión 18 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 18. Las obras de Filón que han llegado hasta nosotros
  19. Sesión 19 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 21. El Egipcio, mencionado también en los Hechos de los Apóstoles
  20. Sesión 20 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 24. Aniano, primer obispo de la iglesia de Alejandría después de Marcos
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro III
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 5. El último asedio de los judíos después de Cristo
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 7. Las predicciones de Cristo
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Las señales que precedieron a la guerra
  25. Sesión 25 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 10. La manera en que Josefo menciona los libros divinos
  26. Sesión 26 · Parte 3 · ≈ 11 minCapítulo 17. La persecución bajo Domiciano
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 24. El orden de los Evangelios
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 25. Las Divinas Escrituras que son aceptadas y las que no lo son
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 28. Cerinto el heresiarca
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 32. Simeón, obispo de Jerusalén, sufre el martirio
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Ignacio y sus epístolas
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 37. Los evangelistas que aún eran eminentes en aquel tiempo
  33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 1 minCapítulo 39. Los escritos de Papías
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro IV
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 6. El último asedio de los judíos bajo Adriano
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 8. Escritores eclesiásticos
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 12. La Apología de Justino dirigida a Antonino
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 12 minCapítulo 15. Bajo Vero, Policarpo con otros sufrió el martirio en Esmirna
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 16. Justino el Filósofo predica la Palabra de Cristo en Roma y sufre el martirio
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 17. Los mártires que Justino menciona en su propia obra
  41. Sesión 41 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 19. Los gobernantes de las iglesias de Roma y Alejandría durante el reinado de Vero
  42. Sesión 42 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 24. Teófilo, obispo de Antioquía
  43. Sesión 43 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 27. Apolinario, obispo de la iglesia de Hierápolis
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 14 minLibro V
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 1. El número de los que lucharon por la religión en las Galias bajo Vero y la naturaleza de sus combates
  46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 2. Los mártires, amados de Dios, sirvieron bondadosamente a los que cayeron en la persecución
  47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 5. Dios envió lluvia del cielo a Marco Aurelio César en respuesta a las oraciones de nuestro pueblo
  48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. Las declaraciones de Ireneo en relación con las Divinas Escrituras
  49. Sesión 49 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 11. Clemente de Alejandría
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 12. Los obispos de Jerusalén
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 17. Milcíades y sus obras
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Serapión sobre la herejía frigia
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 22. Los obispos bien conocidos en este tiempo
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 25. Cómo todos llegaron a un acuerdo respecto a la Pascua
  55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 5 minLibro VI
  56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 3. Siendo aún muy joven, enseñaba con diligencia la Palabra de Cristo
  57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 5. Potamiæna
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 9. Los milagros de Narciso
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Los escritos de Clemente
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 16. El ferviente estudio de Orígenes de las Divinas Escrituras
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 20. Las obras existentes de los escritores de aquella época
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 26. Heracles llega a ser obispo de Alejandría
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 28. La persecución bajo Maximino
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 34. Filipo César
  65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 40. Los acontecimientos que le sucedieron a Dionisio
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 42. Otros de quienes Dionisio da cuenta
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 44. Relato de Dionisio sobre Serapión
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 7 minLibro VII
  69. Sesión 69 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 8. La heterodoxia de Novato
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 11. Los acontecimientos que sucedieron en este tiempo a Dionisio y a los de Egipto
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 12. Los mártires en Cesarea de Palestina
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 18. La estatua que erigió la mujer con flujo de sangre
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 22. La peste que vino sobre ellos
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 25. El Apocalipsis de Juan
  75. Sesión 75 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 26. Las epístolas de Dionisio
  76. Sesión 76 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 31. La herejía perversa de los maniqueos, que comenzó en este tiempo
  77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Los distinguidos eclesiásticos de nuestro tiempo, y cuáles de ellos sobrevivieron hasta la destrucción de las iglesias
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 7 minLibro VIII
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 3. La naturaleza de los combates soportados en la persecución
  80. Sesión 80 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 7. Los egipcios en Fenicia
  81. Sesión 81 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 10. Los escritos del mártir Fileas en que se describen los sucesos de Alejandría
  82. Sesión 82 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 12. Muchos otros, hombres y mujeres, que sufrieron de diversas maneras
  83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 14. El carácter de los enemigos de la religión
  84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 15. Los sucesos que acaecieron a los gentiles
  85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 3 minLo que sigue se halla en algunos ejemplares en el Libro Octavo
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 8 minMártires de Palestina
  87. Sesión 87 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
  88. Sesión 88 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 5
  89. Sesión 89 · Parte 13 · ≈ 10 minCapítulo 8
  90. Sesión 90 · Parte 13 · ≈ 13 minCapítulo 10
  91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 12
  92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 6 minLibro IX
  93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 4. Los memoriales contra nosotros
  94. Sesión 94 · Parte 14 · ≈ 11 minCapítulo 8. Las desgracias que sobrevinieron en relación con estas cosas: hambre, peste y guerra
  95. Sesión 95 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 10. El derrocamiento de los tiranos y las palabras que pronunciaron antes de su muerte
  96. Sesión 96 · Parte 14 · ≈ 5 minCapítulo 11. La destrucción final de los enemigos de la religión
  97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 11 minLibro X
  98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 11 minCapítulo 4. Panegírico sobre el esplendor de los asuntos
  99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 12 minCapítulo 4. Panegírico sobre el esplendor de los asuntos
  100. Sesión 100 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 5. Copias de las leyes imperiales
  101. Sesión 101 · Parte 15 · ≈ 6 minCopia de otro decreto imperial que emitieron, indicando que la concesión se hacía solo a la Iglesia Católica
  102. Sesión 102 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. — Copia de una epístola imperial en la que se concede dinero a las iglesias
  103. Sesión 103 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. La victoria de Constantino y las bendiciones que bajo él recayeron sobre los súbditos del Imperio romano
  104. Sesión 104 · Parte 15 · ≈ 2 minLo que dejó la Historia eclesiástica

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    TEXTOS — EUSEBIO DE CESAREA

    Índice de la obra

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    Historia eclesiástica

    Siglo IV · Traducción castellana directa de la versión inglesa de McGiffert (Nicene and Post-Nicene Fathers)38 minPosición: 0% de esta parteParte 4 de 15 · Capítulo 24. El orden de los EvangeliosPublicado el Actualizado el Ref. ESC-EUS-01

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 11 minLibro I
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 2. Exposición sumaria de la preexistencia y divinidad de nuestro Salvador y Señor Jesucristo
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 3. El nombre de Jesús, y también el de Cristo, fueron conocidos desde el principio y honrados por los profetas inspirados
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4. La religión proclamada por él a todas las naciones no era ni nueva ni extraña
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 5. El tiempo de su aparición entre los hombres
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 7. La supuesta discrepancia en los Evangelios con respecto a la genealogía de Cristo
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 8. La crueldad de Herodes hacia los infantes, y la manera de su muerte
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 9. Los tiempos de Pilato
    10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 12. Los discípulos de nuestro Salvador
    11. Sesión 11 · Parte 1 · ≈ 1 minFicha de la obra
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minLibro II
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 2. Cómo se sintió Tiberio al ser informado por Pilato acerca de Cristo
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 5. La embajada de Filón ante Cayo en favor de los judíos
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7. El suicidio de Pilato
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 11. El impostor Teudas y sus seguidores
    17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 15. El Evangelio según Marcos
    18. Sesión 18 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 18. Las obras de Filón que han llegado hasta nosotros
    19. Sesión 19 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 21. El Egipcio, mencionado también en los Hechos de los Apóstoles
    20. Sesión 20 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 24. Aniano, primer obispo de la iglesia de Alejandría después de Marcos
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro III
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 5. El último asedio de los judíos después de Cristo
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 7. Las predicciones de Cristo
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Las señales que precedieron a la guerra
    25. Sesión 25 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 10. La manera en que Josefo menciona los libros divinos
    26. Sesión 26 · Parte 3 · ≈ 11 minCapítulo 17. La persecución bajo Domiciano
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 24. El orden de los Evangelios
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 25. Las Divinas Escrituras que son aceptadas y las que no lo son
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 28. Cerinto el heresiarca
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 32. Simeón, obispo de Jerusalén, sufre el martirio
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Ignacio y sus epístolas
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 37. Los evangelistas que aún eran eminentes en aquel tiempo
    33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 1 minCapítulo 39. Los escritos de Papías
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro IV
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 6. El último asedio de los judíos bajo Adriano
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 8. Escritores eclesiásticos
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 12. La Apología de Justino dirigida a Antonino
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 12 minCapítulo 15. Bajo Vero, Policarpo con otros sufrió el martirio en Esmirna
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 16. Justino el Filósofo predica la Palabra de Cristo en Roma y sufre el martirio
    40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 17. Los mártires que Justino menciona en su propia obra
    41. Sesión 41 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 19. Los gobernantes de las iglesias de Roma y Alejandría durante el reinado de Vero
    42. Sesión 42 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 24. Teófilo, obispo de Antioquía
    43. Sesión 43 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 27. Apolinario, obispo de la iglesia de Hierápolis
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 14 minLibro V
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 1. El número de los que lucharon por la religión en las Galias bajo Vero y la naturaleza de sus combates
    46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 2. Los mártires, amados de Dios, sirvieron bondadosamente a los que cayeron en la persecución
    47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 5. Dios envió lluvia del cielo a Marco Aurelio César en respuesta a las oraciones de nuestro pueblo
    48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. Las declaraciones de Ireneo en relación con las Divinas Escrituras
    49. Sesión 49 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 11. Clemente de Alejandría
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 12. Los obispos de Jerusalén
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 17. Milcíades y sus obras
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Serapión sobre la herejía frigia
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 22. Los obispos bien conocidos en este tiempo
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 25. Cómo todos llegaron a un acuerdo respecto a la Pascua
    55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 5 minLibro VI
    56. Sesión 56 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 3. Siendo aún muy joven, enseñaba con diligencia la Palabra de Cristo
    57. Sesión 57 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 5. Potamiæna
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 9. Los milagros de Narciso
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Los escritos de Clemente
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 16. El ferviente estudio de Orígenes de las Divinas Escrituras
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 20. Las obras existentes de los escritores de aquella época
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 26. Heracles llega a ser obispo de Alejandría
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 28. La persecución bajo Maximino
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 34. Filipo César
    65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 40. Los acontecimientos que le sucedieron a Dionisio
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 42. Otros de quienes Dionisio da cuenta
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 44. Relato de Dionisio sobre Serapión
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 7 minLibro VII
    69. Sesión 69 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 8. La heterodoxia de Novato
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 11. Los acontecimientos que sucedieron en este tiempo a Dionisio y a los de Egipto
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 12. Los mártires en Cesarea de Palestina
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 18. La estatua que erigió la mujer con flujo de sangre
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 22. La peste que vino sobre ellos
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 25. El Apocalipsis de Juan
    75. Sesión 75 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 26. Las epístolas de Dionisio
    76. Sesión 76 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 31. La herejía perversa de los maniqueos, que comenzó en este tiempo
    77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Los distinguidos eclesiásticos de nuestro tiempo, y cuáles de ellos sobrevivieron hasta la destrucción de las iglesias
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 7 minLibro VIII
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 3. La naturaleza de los combates soportados en la persecución
    80. Sesión 80 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 7. Los egipcios en Fenicia
    81. Sesión 81 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 10. Los escritos del mártir Fileas en que se describen los sucesos de Alejandría
    82. Sesión 82 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 12. Muchos otros, hombres y mujeres, que sufrieron de diversas maneras
    83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 14. El carácter de los enemigos de la religión
    84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 15. Los sucesos que acaecieron a los gentiles
    85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 3 minLo que sigue se halla en algunos ejemplares en el Libro Octavo
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 8 minMártires de Palestina
    87. Sesión 87 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
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    93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 4. Los memoriales contra nosotros
    94. Sesión 94 · Parte 14 · ≈ 11 minCapítulo 8. Las desgracias que sobrevinieron en relación con estas cosas: hambre, peste y guerra
    95. Sesión 95 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 10. El derrocamiento de los tiranos y las palabras que pronunciaron antes de su muerte
    96. Sesión 96 · Parte 14 · ≈ 5 minCapítulo 11. La destrucción final de los enemigos de la religión
    97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 11 minLibro X
    98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 11 minCapítulo 4. Panegírico sobre el esplendor de los asuntos
    99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 12 minCapítulo 4. Panegírico sobre el esplendor de los asuntos
    100. Sesión 100 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 5. Copias de las leyes imperiales
    101. Sesión 101 · Parte 15 · ≈ 6 minCopia de otro decreto imperial que emitieron, indicando que la concesión se hacía solo a la Iglesia Católica
    102. Sesión 102 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. — Copia de una epístola imperial en la que se concede dinero a las iglesias
    103. Sesión 103 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. La victoria de Constantino y las bendiciones que bajo él recayeron sobre los súbditos del Imperio romano
    104. Sesión 104 · Parte 15 · ≈ 2 minLo que dejó la Historia eclesiástica

    Capítulo 24. El orden de los Evangelios

    III, 24

    1. Este extracto de Clemente lo he insertado aquí por causa de la historia y para beneficio de mis lectores. Señalemos ahora los escritos indiscutidos de este apóstol.
    2. Y en primer lugar su Evangelio, que es conocido por todas las iglesias bajo el cielo, debe ser reconocido como genuino. Que ha sido con buena razón colocado por los antiguos en cuarto lugar, después de los otros tres Evangelios, puede hacerse evidente de la siguiente manera.
    3. Aquellos grandes y verdaderamente divinos varones, me refiero a los apóstoles de Cristo, fueron purificados en su vida y adornados con toda virtud del alma, pero eran incultos en el habla. Confiaban, en verdad, en la divina y taumatúrgica potestad que les fue concedida por el Salvador, pero no sabían cómo, ni intentaban, proclamar las doctrinas de su maestro en lenguaje estudiado y artístico, sino que, empleando solo la demostración del divino Espíritu, que obraba con ellos, y la potestad taumatúrgica de Cristo, que se mostraba por medio de ellos, publicaron el conocimiento del reino de los cielos por todo el mundo, prestando poca atención a la composición de obras escritas.
    4. Y esto lo hicieron porque eran asistidos en su ministerio por uno mayor que el hombre. Pablo, por ejemplo, que los superaba a todos en vigor de expresión y en riqueza de pensamiento, no puso por escrito más que las más brevísimas epístolas, aunque tenía innumerables asuntos misteriosos que comunicar, pues había alcanzado incluso las visiones del tercer cielo, había sido llevado al mismo paraíso de Dios, y había sido considerado digno de oír allí palabras indecibles.
    5. Y los demás seguidores de nuestro Salvador, los doce apóstoles, los setenta discípulos e innumerables otros además, no ignoraban estas cosas. Sin embargo, de todos los discípulos del Señor, solo Mateo y Juan nos han dejado memorias escritas, y ellos, dice la tradición, fueron inducidos a escribir solo bajo la presión de la necesidad.
    6. Pues Mateo, que al principio había predicado a los hebreos, cuando estaba a punto de ir a otros pueblos, puso su Evangelio por escrito en su lengua materna, y así compensó a aquellos a quienes se veía obligado a dejar por la pérdida de su presencia.
    7. Y cuando Marcos y Lucas ya habían publicado sus Evangelios, dicen que Juan, que había empleado todo su tiempo en proclamar oralmente el Evangelio, finalmente procedió a escribir por la siguiente razón. Habiendo llegado a manos de todos, y también a las suyas propias, los tres Evangelios ya mencionados, dicen que los aceptó y dio testimonio de su veracidad; pero que faltaba en ellos un relato de las obras hechas por Cristo al comienzo de su ministerio.
    8. Y esto, en verdad, es cierto. Pues es evidente que los tres evangelistas registraron solo las obras hechas por el Salvador durante un año después del encarcelamiento de Juan el Bautista, y lo indicaron así al comienzo de su relato.
    9. Pues Mateo, después del ayuno de cuarenta días y de la tentación que le siguió, indica la cronología de su obra cuando dice: «Ahora bien, cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró de Judea a Galilea.» []
    10. Marcos igualmente dice: «Ahora bien, después de que Juan fue entregado, Jesús vino a Galilea.» [] Y Lucas, antes de comenzar su relato de las obras de Jesús, marca de modo semejante el tiempo, cuando dice que Herodes, «añadiendo a todas las maldades que había hecho, encerró a Juan en la cárcel.» []
    11. Dicen, por tanto, que el apóstol Juan, habiéndosele pedido que lo hiciera por esta razón, dio en su Evangelio un relato del período que había sido omitido por los evangelistas anteriores, y de las obras hechas por el Salvador durante aquel período; es decir, de las que fueron hechas antes del encarcelamiento del Bautista. Y esto es indicado por él, dicen, con las siguientes palabras: «Este principio de milagros hizo Jesús»; y de nuevo cuando se refiere al Bautista, en medio de las obras de Jesús, como bautizando todavía en Enón, cerca de Salim; [] donde expresa el asunto claramente con las palabras: «Pues Juan no había sido aún arrojado a la cárcel.»
    12. Juan, en consecuencia, en su Evangelio, registra las obras de Cristo que fueron realizadas antes de que el Bautista fuera arrojado a la cárcel, pero los otros tres evangelistas mencionan los acontecimientos que sucedieron después de aquel tiempo.
    13. Quien entiende esto ya no puede pensar que los Evangelios están en desacuerdo entre sí, puesto que el Evangelio según Juan contiene los primeros actos de Cristo, mientras que los otros dan cuenta de la parte final de su vida. Y la genealogía de nuestro Salvador según la carne la omitió Juan muy naturalmente, porque ya había sido dada por Mateo y Lucas, y comenzó con la doctrina de su divinidad, que había sido, por así decirlo, reservada para él, como su superior, por el divino Espíritu.
    14. Baste con lo que hemos dicho acerca del Evangelio de Juan. Ya hemos expuesto la causa que llevó a la composición del Evangelio de Marcos.
    15. En cuanto a Lucas, al principio de su Evangelio, él mismo declara las razones que le indujeron a escribirlo. Dice que, como muchos otros habían emprendido con mayor temeridad componer una narración de los acontecimientos de los cuales él había adquirido un conocimiento perfecto, él mismo, sintiendo la necesidad de librarnos de sus inciertas opiniones, consignó en su propio Evangelio un relato exacto de aquellos sucesos acerca de los cuales había aprendido la plena verdad, ayudado por su intimidad y su estancia con Pablo y por su trato con los demás apóstoles.
    16. Baste con lo dicho por nosotros acerca de estas cosas. Pero en un lugar más oportuno intentaremos mostrar, mediante citas de los antiguos, lo que otros han dicho acerca de ellas.
    17. Pero de los escritos de Juan, no solo su Evangelio, sino también la primera de sus epístolas, ha sido aceptada sin disputa tanto ahora como en tiempos antiguos. Pero las otras dos son discutidas.
    18. En cuanto al Apocalipsis, las opiniones de la mayoría de los hombres siguen divididas. Pero a su debido tiempo esta cuestión será igualmente decidida a partir del testimonio de los antiguos.

    Capítulo 25. Las Divinas Escrituras que son aceptadas y las que no lo son

    III, 25

    1. Puesto que tratamos de este asunto, conviene resumir los escritos del Nuevo Testamento que ya se han mencionado. En primer lugar, pues, ha de ponerse el santo cuaternión de los Evangelios; a continuación, los Hechos de los Apóstoles.
    2. Después de esto han de contarse las epístolas de Pablo; a continuación, la primera epístola de Juan que se conserva, y asimismo la epístola de Pedro, han de mantenerse. Tras ellas ha de colocarse, si realmente parece conveniente, el Apocalipsis de Juan, sobre el cual daremos las distintas opiniones a su debido tiempo. Estos, pues, pertenecen a los escritos aceptados.
    3. Entre los escritos discutidos, aunque no obstante reconocidos por muchos, se conservan la llamada Epístola de Santiago y la de Judas, también la segunda Epístola de Pedro, y las llamadas segunda y tercera, ya pertenezcan al evangelista o a otra persona del mismo nombre.
    4. Entre los escritos rechazados han de contarse también los Hechos de Pablo, y el llamado Pastor, y el Apocalipsis de Pedro, y además de estos la Epístola conservada de Bernabé, y la llamada Doctrina de los Apóstoles; y además, como he dicho, el Apocalipsis de Juan, si parece conveniente, que algunos, como he dicho, rechazan, pero que otros cuentan entre los libros aceptados.
    5. Y entre estos algunos han colocado también el Evangelio según los hebreos, con el cual se deleitan especialmente aquellos de los hebreos que han aceptado a Cristo. Y todos estos pueden contarse entre los libros discutidos.
    6. Pero, no obstante, nos hemos visto obligados a dar un catálogo de estos también, distinguiendo aquellas obras que según la tradición eclesiástica son verdaderas y genuinas y comúnmente aceptadas, de aquellas otras que, aunque no canónicas sino discutidas, son sin embargo al mismo tiempo conocidas por la mayoría de los escritores eclesiásticos — nos hemos visto obligados a dar este catálogo para que podamos conocer tanto estas obras como las que son citadas por los herejes bajo el nombre de los apóstoles, incluyendo, por ejemplo, libros como los Evangelios de Pedro, de Tomás, de Matías, o de cualesquiera otros además de ellos, y los Hechos de Andrés y Juan y los demás apóstoles, que nadie perteneciente a la sucesión de escritores eclesiásticos ha juzgado digno de mención en sus escritos.
    7. Y además, el carácter del estilo está en desacuerdo con el uso apostólico, y tanto los pensamientos como el propósito de las cosas que en ellos se relatan están tan completamente fuera de acuerdo con la verdadera ortodoxia que claramente se muestran como ficciones de herejes. Por lo cual no han de colocarse ni siquiera entre los escritos rechazados, sino que todos han de ser desechados como absurdos e impíos.
    Prosigamos ahora con nuestra historia.
    Comentario editorial · Libros aceptados, discutidos y rechazados
    El resumen de III, 25 es la lista de escritos del Nuevo Testamento más citada de Eusebio. «Aceptados»: los cuatro Evangelios, Hechos, las cartas de Pablo, 1 Juan, 1 Pedro y, «si parece conveniente», el Apocalipsis. «Discutidos, aunque no obstante reconocidos por muchos»: Santiago, Judas, 2 Pedro y 2–3 Juan. Entre los «rechazados» pone los Hechos de Pablo, el Pastor de Hermas, el Apocalipsis de Pedro, la carta de Bernabé, la Doctrina de los Apóstoles y, otra vez «si parece conveniente», el Apocalipsis de Juan; los evangelios de Pedro, Tomás o Matías los descarta como ficciones de herejes. De Hebreos dice en III, 3 que Roma lo discutía. Si son tres clases o cuatro lo debaten los estudiosos (Wikipedia). Para McGiffert, Eusebio registra el uso de las iglesias de Oriente, no fija un canon, y «rechazado» (nothos) significa aquí «no canónico», no «falso».

    Capítulo 26. Menandro el Mago

    III, 26

    1. Menandro, que sucedió a Simón Mago, se mostró en su conducta otro instrumento del poder diabólico, no inferior al primero. Era también samaritano y llevó sus sortilegios a no menor extensión que su maestro, y al mismo tiempo se deleitó en relatos aún más maravillosos que él.
    2. Pues decía que él mismo era el Salvador, que había sido enviado desde eones invisibles para la salvación de los hombres; y enseñaba que nadie podía obtener dominio sobre los ángeles creadores del mundo a menos que primero hubiera pasado por la disciplina mágica impartida por él y hubiera recibido de él el bautismo. Quienes eran considerados dignos de esto participarían, incluso en la vida presente, de la inmortalidad perpetua, y nunca morirían, sino que permanecerían aquí para siempre, y sin envejecer se volverían inmortales. Estos hechos pueden aprenderse fácilmente de las obras de Ireneo.
    3. Y Justino, en el pasaje en que menciona a Simón, da cuenta también de este hombre, con las siguientes palabras: «Y sabemos que cierto Menandro, que era también samaritano, de la aldea de Caparatea, fue discípulo de Simón, y que él también, impulsado por los demonios, vino a Antioquía y engañó a muchos con su arte mágica. Y persuadió a sus seguidores de que no morirían. Y todavía hay algunos de ellos que afirman esto.»
    4. Y era ciertamente un artificio del diablo esforzarse, por medio de tales hechiceros, que asumían el nombre de cristianos, por difamar el gran misterio de la piedad mediante el arte mágica, y por medio de ellos hacer ridículas las doctrinas de la Iglesia acerca de la inmortalidad del alma y de la resurrección de los muertos. Pero los que han elegido a estos hombres como sus salvadores han caído de la verdadera esperanza.

    Capítulo 27. La herejía de los ebionitas

    III, 27

    1. El demonio malvado, sin embargo, no pudiendo arrancar a ciertos otros de su lealtad al Cristo de Dios, los halló no obstante susceptibles en una dirección diferente, y así los condujo a sus propios propósitos. Los antiguos llamaron con toda propiedad a estos hombres ebionitas, porque tenían opiniones pobres y mezquinas acerca de Cristo.
    2. Pues lo consideraban un hombre simple y común, que fue justificado solo por su virtud superior, y que era el fruto de la relación de un hombre con María. En su opinión, la observancia de la ley ceremonial era del todo necesaria, sobre la base de que no podían salvarse por la fe en Cristo solo y por una vida correspondiente.
    3. Había otros, sin embargo, además de ellos, que eran del mismo nombre, pero evitaban las creencias extrañas y absurdas de los primeros, y no negaban que el Señor nació de una virgen y del Espíritu Santo. Pero, no obstante, en cuanto que ellos también se negaban a reconocer que él preexistía, siendo Dios, Verbo y Sabiduría, se desviaron hacia la impiedad de los primeros, especialmente cuando, como ellos, se esforzaban por observar estrictamente el culto corporal de la ley.
    4. Estos hombres, además, pensaban que era necesario rechazar todas las epístolas del apóstol, a quien llamaban apóstata de la ley; y usaban solo el llamado Evangelio según los hebreos y hacían poco caso del resto.
    5. El sábado y el resto de la disciplina de los judíos los observaban igual que ellos, pero al mismo tiempo, como nosotros, celebraban los días del Señor como memorial de la resurrección del Salvador.
    6. Por lo cual, a consecuencia de tal conducta, recibieron el nombre de ebionitas, que significaba la pobreza de su entendimiento. Pues este es el nombre con que se llama a un hombre pobre entre los hebreos.

    Capítulo 28. Cerinto el heresiarca

    III, 28

    1. Hemos entendido que en este tiempo hizo su aparición Cerinto, el autor de otra herejía. Cayo, cuyas palabras citamos más arriba, en la Disputa que se le atribuye, escribe lo siguiente acerca de este hombre:
    2. «Pero Cerinto también, por medio de revelaciones que pretende fueron escritas por un gran apóstol, presenta ante nosotros cosas maravillosas que falsamente afirma le fueron mostradas por ángeles; y dice que después de la resurrección el reino de Cristo se establecerá sobre la tierra, y que la carne que habita en Jerusalén estará de nuevo sujeta a deseos y placeres. Y siendo enemigo de las Escrituras de Dios, afirma, con el propósito de engañar a los hombres, que habrá un período de mil años para fiestas nupciales.»
    3. Y Dionisio, que era obispo de la parroquia de Alejandría en nuestros días, en el segundo libro de su obra Sobre las Promesas, donde dice algunas cosas acerca del Apocalipsis de Juan que saca de la tradición, menciona a este mismo hombre con las siguientes palabras:
    4. Pero (dicen que) Cerinto, que fundó la secta que fue llamada, por él, la cerintiana, deseando autoridad respetable para su ficción, antepuso el nombre. Pues la doctrina que enseñaba era esta: que el reino de Cristo será terrenal.
    5. Y como él mismo era aficionado a los placeres del cuerpo y del todo sensual en su naturaleza, soñaba que aquel reino consistiría en las cosas que él deseaba, a saber, en las delicias del vientre y de la pasión sexual, es decir, en comer y beber y casarse, y en fiestas y sacrificios y en la matanza de víctimas, bajo la apariencia de las cuales pensaba que podía entregarse a sus apetitos con mejor gracia.
    6. Estas son las palabras de Dionisio. Pero Ireneo, en el primer libro de su obra Contra las herejías, da algunas doctrinas falsas más abominables del mismo hombre, y en el tercer libro relata una historia que merece ser registrada. Dice, con la autoridad de Policarpo, que el apóstol Juan entró una vez en un baño para bañarse; pero, al enterarse de que Cerinto estaba dentro, saltó del lugar y se precipitó fuera de la puerta, pues no podía soportar permanecer bajo el mismo techo que él. Y aconsejó a los que estaban con él que hicieran lo mismo, diciendo: «Huyamos, no sea que el baño se derrumbe; pues Cerinto, el enemigo de la verdad, está dentro.»

    Capítulo 29. Nicolás y la secta que lleva su nombre

    III, 29

    1. En este tiempo hizo su aparición la llamada secta de los nicolaítas y duró muy poco tiempo. De ella se hace mención en el Apocalipsis de Juan. Se jactaban de que el autor de su secta era Nicolás, uno de los diáconos que, con Esteban, fueron designados por los apóstoles con el propósito de servir a los pobres. Clemente de Alejandría, en el tercer libro de sus Stromata, relata las siguientes cosas acerca de él.
    2. Dicen que tenía una esposa hermosa, y que después de la ascensión del Salvador, acusado por los apóstoles de celos, la llevó en medio de ellos y dio permiso a cualquiera que quisiera casarse con ella. Pues dicen que esto estaba de acuerdo con aquella sentencia suya, de que uno debía abusar de la carne. Y los que han seguido su herejía, imitando ciega y neciamente lo que fue hecho y dicho, cometen fornicación sin vergüenza.
    3. Pero yo entiendo que Nicolás no tuvo trato con ninguna otra mujer que aquella con la que estaba casado, y que, en lo que respecta a sus hijos, sus hijas continuaron en estado de virginidad hasta la vejez, y su hijo permaneció incorrupto. Si esto es así, cuando llevó a su esposa, a quien amaba celosamente, en medio de los apóstoles, evidentemente renunciaba a su pasión; y cuando usaba la expresión, "abusar de la carne," inculcaba el dominio de sí mismo frente a aquellos placeres que se persiguen con afán. Pues supongo que, de acuerdo con el mandamiento del Salvador, no quería servir a dos señores, al placer y al Señor.
    4. Pero dicen que Matías también enseñó del mismo modo que debíamos luchar contra la carne y abusar de ella, y no ceder a ella por causa del placer, sino fortalecer el alma por la fe y el conocimiento. Esto en cuanto a los que entonces intentaron pervertir la verdad, pero en menos tiempo del que se ha tardado en contarlo se extinguieron por completo.

    Capítulo 30. Los apóstoles que estaban casados

    III, 30

    1. Clemente, en efecto, cuyas palabras acabamos de citar, después de los hechos arriba mencionados da una declaración, a causa de los que rechazaban el matrimonio, de los apóstoles que tenían esposas. «¿O rechazarán,» dice él, «incluso a los apóstoles? Pues Pedro y Felipe engendraron hijos; y Felipe también dio a sus hijas en matrimonio. Y Pablo no duda, en una de sus epístolas, en saludar a su esposa, a quien no llevaba consigo, para no verse incomodado en su ministerio.»
    2. Y puesto que hemos mencionado este asunto no es impropio añadir otro relato dado por el mismo autor y que merece leerse. En el séptimo libro de sus Stromata escribe lo siguiente: «Dicen, en consecuencia, que cuando el bienaventurado Pedro vio a su propia esposa llevada a morir, se regocijó por su llamada y su regreso a casa, y la llamó muy animadora y consoladoramente, dirigiéndose a ella por su nombre, y diciendo: "Acuérdate del Señor." Tal era el matrimonio de los bienaventurados, y su perfecta disposición hacia los que les eran muy queridos.» Siendo este relato pertinente al asunto que nos ocupa, lo he relatado aquí en su lugar apropiado.

    Capítulo 31. La muerte de Juan y de Felipe

    III, 31

    1. El tiempo y la manera de la muerte de Pablo y Pedro, así como sus lugares de sepultura, ya han sido mostrados por nosotros.
    2. El tiempo de la muerte de Juan también ha sido dado de manera general, pero su lugar de sepultura está indicado por una epístola de Policrates (que era obispo de la parroquia de Éfeso), dirigida a Víctor, obispo de Roma. En esta epístola lo menciona junto con el apóstol Felipe y sus hijas en las siguientes palabras:
    3. «Pues también en Asia han dormido grandes luces, que se levantarán de nuevo en el último día, en la venida del Señor, cuando venga con gloria desde el cielo y busque a todos los santos. Entre estos están Felipe, uno de los doce apóstoles, que duerme en Hierápolis, y sus dos hijas vírgenes ya ancianas, y otra hija que vivió en el Espíritu Santo y ahora descansa en Éfeso; y además Juan, que fue a la vez testigo y maestro, que se reclinó sobre el pecho del Señor, y siendo sacerdote llevaba la lámina sacerdotal. Él también duerme en Éfeso.»
    4. Esto en cuanto a su muerte. Y en el Diálogo de Cayo que mencionamos un poco más arriba, Proclo, contra quien dirigió su disputa, de acuerdo con lo ya citado, habla así acerca de la muerte de Felipe y sus hijas: «Después de él hubo cuatro profetisas, las hijas de Felipe, en Hierápolis de Asia. Su tumba está allí y la tumba de su padre.» Tal es su declaración.
    5. Pero Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, menciona a las hijas de Felipe que estaban en aquel tiempo en Cesarea de Judea con su padre, y que fueron honradas con el don de profecía. Sus palabras son las siguientes: «Llegamos a Cesarea; y entrando en la casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, nos quedamos con él. Este hombre tenía cuatro hijas, vírgenes, que profetizaban.»
    6. Hemos expuesto así en estas páginas lo que ha llegado a nuestro conocimiento acerca de los apóstoles mismos y de la era apostólica, y acerca de los sagrados escritos que nos han dejado, así como acerca de los que son discutidos, pero que sin embargo han sido públicamente usados por muchos en gran número de iglesias, y además, acerca de los que son del todo rechazados y están fuera de armonía con la ortodoxia apostólica. Habiendo hecho esto, prosigamos ahora con nuestra historia.

    Capítulo 32. Simeón, obispo de Jerusalén, sufre el martirio

    III, 32

    1. Se refiere que después de la era de Nerón y Domiciano, bajo el emperador cuyos tiempos estamos ahora registrando, se suscitó una persecución contra nosotros en ciertas ciudades a consecuencia de un levantamiento popular. En esta persecución hemos entendido que Simeón, el hijo de Cleofás, quien, como hemos mostrado, era el segundo obispo de la iglesia de Jerusalén, sufrió el martirio.
    2. Hegesipo, cuyas palabras ya hemos citado en varios lugares, es testigo también de este hecho. Hablando de ciertos herejes añade que Simeón fue acusado por ellos en este tiempo; y puesto que era evidente que era cristiano, fue torturado de diversas maneras durante muchos días, y asombró incluso al juez mismo y a sus asistentes en sumo grado, y finalmente sufrió una muerte semejante a la de nuestro Señor.
    3. Pero nada hay como oír al historiador mismo, que escribe lo siguiente: «Ciertos de estos herejes presentaron acusación contra Simeón, el hijo de Cleofás, sobre la base de que era descendiente de David y cristiano; y así sufrió el martirio, a la edad de ciento veinte años, mientras Trajano era emperador y Ático gobernador.»
    4. Y el mismo escritor dice que sus acusadores también, cuando se buscó a los descendientes de David, fueron arrestados como pertenecientes a aquella familia. Y podría razonablemente suponerse que Simeón era uno de los que vieron y oyeron al Señor, a juzgar por la longitud de su vida, y por el hecho de que el Evangelio hace mención de María, la esposa de Cleofás, que era el padre de Simeón, como ya se ha mostrado.
    5. El mismo historiador dice que hubo también otros, descendientes de uno de los llamados hermanos del Salvador, cuyo nombre era Judas, quienes, después de haber dado testimonio ante Domiciano, como ya se ha registrado, en favor de la fe en Cristo, vivieron hasta el mismo reinado.
    6. Escribe lo siguiente: «Vinieron, por tanto, y tomaron la dirección de cada iglesia como testigos y como parientes del Señor. Y establecida una paz profunda en cada iglesia, permanecieron hasta el reinado del emperador Trajano, y hasta que el arriba mencionado Simeón, hijo de Cleofás, tío del Señor, fue denunciado por los herejes, y fue él mismo de igual manera acusado por la misma causa ante el gobernador Ático. Y después de ser torturado durante muchos días sufrió el martirio, y todos, incluido incluso el procónsul, se maravillaron de que, a la edad de ciento veinte años, pudiera soportar tanto. Y se dieron órdenes de que fuera crucificado.»
    7. Además de estas cosas, el mismo hombre, mientras relata los acontecimientos de aquel período, registra que la Iglesia hasta aquel tiempo había permanecido como una virgen pura e incorrupta, puesto que, si había algunos que intentaban corromper la sana norma de la predicación de la salvación, yacían hasta entonces ocultos en tinieblas oscuras.
    8. Pero cuando el sagrado colegio de los apóstoles sufrió la muerte en diversas formas, y pasó la generación de los que habían sido considerados dignos de oír con sus propios oídos la sabiduría inspirada, entonces la liga del error impío se levantó como resultado de la necedad de maestros heréticos, quienes, porque ninguno de los apóstoles seguía vivo, intentaron desde entonces, con rostro audaz, proclamar, en oposición a la predicación de la verdad, la "ciencia falsamente así llamada."

    Capítulo 33. Trajano prohíbe que se busque a los cristianos

    III, 33

    1. Tan grande fue la persecución que por aquel tiempo se desató contra nosotros en muchos lugares, que Plinio Segundo, uno de los gobernadores más insignes, turbado por la gran multitud de mártires, se comunicó con el emperador acerca de la muchedumbre de los que eran condenados a muerte por su fe. Al mismo tiempo le informó en su comunicación que no había oído que hicieran nada profano ni contrario a las leyes, salvo que se levantaban al alba y cantaban himnos a Cristo como a Dios; pero que renunciaban al adulterio, al homicidio y a delitos semejantes, y que hacían todas las cosas conforme a las leyes.
    2. En respuesta a esto, Trajano promulgó el siguiente decreto: que no se debía buscar a la raza de los cristianos, pero que, si eran hallados, debían ser castigados. A causa de esto, la persecución que había amenazado con ser terrible en extremo quedó en cierto modo contenida; pero aún quedaron sobrados pretextos para quienes deseaban hacernos daño. Ora el pueblo, ora los gobernantes en diversos lugares, urdían asechanzas contra nosotros, de modo que, aunque no se desencadenaran grandes persecuciones, en las distintas provincias proseguían persecuciones locales, y muchos de los fieles padecieron martirio de diversas formas.
    3. Hemos tomado nuestra relación de la Apología latina de Tertuliano, que mencionamos más arriba. La traducción dice así: Y, en efecto, hemos hallado que se ha prohibido buscarnos. Pues cuando Plinio Segundo, gobernador de una provincia, condenó a ciertos cristianos y los privó de su dignidad, quedó confundido por la multitud, sin saber qué curso seguir en adelante. Por tanto, se comunicó con el emperador Trajano, informándole de que, aparte de su negativa a sacrificar, no había hallado en ellos impiedad alguna.
    4. Y también refirió esto: que los cristianos se levantaban temprano por la mañana y cantaban himnos a Cristo como a Dios, y que, con el fin de preservar su disciplina, prohibían el homicidio, el adulterio, la avaricia, el robo y cosas semejantes. En respuesta a esto, Trajano escribió que no se debía buscar a la raza de los cristianos, pero que, si eran hallados, debían ser castigados. Tales fueron los acontecimientos que tuvieron lugar en aquel tiempo.

    Capítulo 34. Evaristo, cuarto obispo de la Iglesia de Roma

    III, 34

    1. En el tercer año del reinado del emperador antes mencionado, Clemente confió el gobierno episcopal de la iglesia de Roma a Evaristo, y partió de esta vida después de haber presidido la enseñanza de la palabra divina durante nueve años en total.

    Capítulo 35. Justo, tercer obispo de Jerusalén

    III, 35

    1. Pero cuando también Simeón murió de la manera descrita, cierto judío de nombre Justo sucedió en el trono episcopal de Jerusalén. Era uno de los muchos miles de la circuncisión que en aquel tiempo creyeron en Cristo.

    Capítulo 36. Ignacio y sus epístolas

    III, 36

    1. Por aquel tiempo, Policarpo, discípulo de los apóstoles, era un varón eminente en Asia, pues se le había confiado el episcopado de la iglesia de Esmirna por quienes habían visto y oído al Señor.
    2. Y al mismo tiempo, Papías, obispo de la parroquia de Hierápolis, se hizo muy conocido, como también Ignacio, elegido obispo de Antioquía, segundo en la sucesión de Pedro, y cuya fama es celebrada aún por muchísimos.
    3. Se dice que fue enviado de Siria a Roma, y que llegó a ser pasto de las fieras a causa de su testimonio de Cristo.
    4. Y como hizo el viaje a través de Asia bajo la más estricta vigilancia militar, fortaleció las parroquias de las diversas ciudades donde se detuvo con homilías orales y exhortaciones; les advirtió, sobre todo, que estuvieran especialmente en guardia contra las herejías que comenzaban entonces a prevalecer, y les exhortó a mantenerse firmes en la tradición de los apóstoles. Además, juzgó necesario dar testimonio de aquella tradición por escrito y fijarla de manera estable para mayor seguridad.
    5. Así, cuando llegó a Esmirna, donde estaba Policarpo, escribió una epístola a la iglesia de Éfeso, en la que menciona a Onésimo, su pastor; y otra a la iglesia de Magnesia, situada junto al Meandro, en la que hace mención, a su vez, de un obispo Damas; y, finalmente, otra a la iglesia de Tralles, cuyo obispo, afirma, era en aquel tiempo Polibio.
    6. Además de éstas, escribió también a la iglesia de Roma, suplicándoles que no consiguieran librarle del martirio, y que así no le privaran de su ferviente esperanza. En confirmación de lo dicho, es oportuno citar brevemente de esta epístola.
    7. Escribe así: Desde Siria hasta la misma Roma lucho con fieras, por tierra y por mar, de noche y de día, atado en medio de diez leopardos, es decir, una compañía de soldados que sólo se vuelven peores cuando se les trata bien. En medio de sus maldades, sin embargo, estoy aprendiendo más plenamente el discipulado, pero no por ello quedo justificado.
    8. Ojalá goce yo de las fieras que me están preparadas; y ruego que las halle prontas; aun las incitaré a devorarme pronto, para que no me traten como han tratado a algunos a quienes, por miedo, se han negado a tocar. Y si no quieren, las obligaré. Perdonadme.
    9. Sé lo que me conviene. Ahora empiezo a ser discípulo. Que nada de lo visible y de lo invisible me tenga envidia, para que yo alcance a Jesucristo. Que vengan sobre mí fuego y cruz, ataques de fieras, dislocación de huesos, amputación de miembros, trituración de todo el cuerpo, tormentos del diablo; vengan sobre mí todas estas cosas, si tan sólo alcanzo a Jesucristo.
    10. Esto escribió desde la ciudad antes mencionada a las iglesias referidas. Y cuando hubo salido de Esmirna, escribió de nuevo desde Tróade a los filadelfos y a la iglesia de Esmirna; y particularmente a Policarpo, que presidía esta última iglesia. Y como le conocía bien como varón apostólico, le encomendó, como pastor verdadero y bueno, el rebaño de Antioquía, y le rogó que cuidara de él con diligencia.
    11. Y el mismo, escribiendo a los esmirniotas, usó las siguientes palabras acerca de Cristo, tomadas no sé de dónde: «Pero yo sé y creo que él estuvo en la carne después de la resurrección. Y cuando vino a Pedro y a sus compañeros, les dijo: Tomad, palpadme y ved que no soy un espíritu incorpóreo. E inmediatamente lo tocaron y creyeron.»
    12. Ireneo también conoció su martirio y menciona sus epístolas con las siguientes palabras: «Como dijo uno de los nuestros cuando fue condenado a las fieras a causa de su testimonio ante Dios: Soy trigo de Dios, y por los dientes de las fieras soy molido, para ser hallado pan puro.»
    13. Policarpo menciona también estas cartas en la epístola a los Filipenses que se le atribuye. Sus palabras son las siguientes: «Os exhorto, pues, a todos a ser obedientes y a practicar toda la paciencia que visteis con vuestros propios ojos, no sólo en los bienaventurados Ignacio, Rufo y Zósimo, sino también en otros de entre vosotros, así como en el propio Pablo y en los demás apóstoles; persuadidos de que todos éstos no corrieron en vano, sino en la fe y en la justicia, y de que han ido al lugar que les corresponde junto al Señor, con quien también padecieron. Porque no amaron el mundo presente, sino al que murió por nosotros y fue resucitado por Dios para nosotros.»
    14. Y después añade: Me habéis escrito, tanto vosotros como Ignacio, que si alguno va a Siria, lleve consigo las cartas vuestras. Y esto haré si tengo ocasión oportuna, ya sea yo mismo, ya sea uno a quien envíe para que sea también embajador por vosotros.
    15. Las epístolas de Ignacio que él nos envió y las demás que teníamos con nosotros, os las enviamos según nos encargasteis. Van adjuntas a esta epístola, y de ellas podréis obtener gran provecho. Pues contienen fe y paciencia, y todo género de edificación que atañe a nuestro Señor. Esto en cuanto a Ignacio. Pero fue sucedido por Heros en el episcopado de la iglesia de Antioquía.
    Comentario editorial · Ignacio de Antioquía y sus siete cartas
    Según McGiffert, Eusebio es el primero que cuenta con extensión la vida de Ignacio, y poco añade a lo que ya decían las cartas y Orígenes: segundo obispo de Antioquía, enviado de Siria a Roma para morir entre las fieras (III, 36, 2–3). Nombra las cartas escritas desde Esmirna (a los efesios, magnesios, tralianos y romanos; de esta última cita un pasaje, 36, 6–9) y desde Tróade (a los filadelfios, a los esmirneos y a Policarpo, 36, 10): las siete de la llamada recensión media, que Wikipedia tiene por la versión original de las cartas. La Crónica de Eusebio pone el martirio en el año décimo de Trajano, 107 (McGiffert); Wikipedia recoge propuestas que van de 116 a los años 140. Véanse Ignacio y Policarpo.

    Capítulo 37. Los evangelistas que aún eran eminentes en aquel tiempo

    III, 37

    1. Entre los célebres de aquel tiempo se contaba Cuadrato, de quien se dice que era renombrado, junto con las hijas de Felipe, por sus dones proféticos. Y había muchos otros además de éstos, conocidos en aquellos días, que ocupaban el primer lugar entre los sucesores de los apóstoles. Y también ellos, como discípulos ilustres de tan grandes varones, edificaron los fundamentos de las iglesias que los apóstoles habían puesto en todo lugar, predicaron el Evangelio cada vez más ampliamente y esparcieron las semillas salvadoras del reino de los cielos cerca y lejos por todo el mundo.
    2. Pues, en efecto, la mayoría de los discípulos de aquel tiempo, animados por la palabra divina con un amor más ardiente por la filosofía, ya habían cumplido el mandato del Salvador y habían repartido sus bienes entre los necesitados. Luego, emprendiendo largos viajes, desempeñaron el oficio de evangelistas, llenos del deseo de predicar a Cristo a quienes aún no habían oído la palabra de la fe, y de entregarles los divinos Evangelios.
    3. Y cuando apenas habían puesto los fundamentos de la fe en lugares extranjeros, nombraban a otros como pastores y les confiaban el cuidado de los recién incorporados, mientras ellos mismos partían de nuevo a otras regiones y naciones, con la gracia y la cooperación de Dios. Pues por medio de ellos se realizaban muchísimas obras admirables por el poder del divino Espíritu, de modo que, al primer anuncio, multitudes enteras de hombres abrazaban con ardor la religión del Creador del universo.
    4. Pero como nos es imposible enumerar los nombres de todos los que llegaron a ser pastores o evangelistas en las iglesias de todo el mundo en la época inmediatamente posterior a los apóstoles, hemos consignado, como era conveniente, únicamente los nombres de aquellos que nos han transmitido la doctrina apostólica en escritos que aún se conservan.

    Capítulo 38. La epístola de Clemente y los escritos que se le atribuyen falsamente

    III, 38

    1. Así lo hizo Ignacio en las epístolas que hemos mencionado, y Clemente en su epístola, que es aceptada por todos y que escribió en nombre de la iglesia de Roma a la iglesia de Corinto. En esta epístola ofrece muchos pensamientos tomados de la Epístola a los Hebreos, y cita además textualmente algunas de sus expresiones, mostrando así con toda claridad que no es una producción reciente.
    2. Por lo cual ha parecido razonable contarla entre los demás escritos del apóstol. Pues, como Pablo había escrito a los Hebreos en su lengua materna, unos dicen que el evangelista Lucas, y otros que este mismo Clemente, tradujo la epístola.
    3. Esta última opinión parece más probable, porque la epístola de Clemente y la dirigida a los Hebreos tienen un carácter semejante en cuanto al estilo, y además porque los pensamientos contenidos en las dos obras no son muy diferentes.
    4. Pero debe observarse también que se dice que hay una segunda epístola de Clemente. Pero no sabemos que ésta sea reconocida como la anterior, pues no hallamos que los antiguos hayan hecho uso alguno de ella.
    5. Y ciertos hombres han sacado a luz recientemente otros escritos prolijos y extensos bajo su nombre, que contienen diálogos de Pedro y Apión. Pero los antiguos no han hecho mención alguna de ellos, pues ni siquiera conservan el sello puro de la ortodoxia apostólica. El escrito reconocido de Clemente es bien conocido. Hemos hablado también de las obras de Ignacio y Policarpo.

    Capítulo 39. Los escritos de Papías

    III, 39

    1. Se conservan cinco libros de Papías, que llevan el título de Exposiciones de los Oráculos del Señor. Ireneo hace mención de éstos como las únicas obras escritas por él, con las siguientes palabras: «Estas cosas son atestiguadas por Papías, varón antiguo que fue oyente de Juan y compañero de Policarpo, en su cuarto libro. Pues cinco libros han sido escritos por él.» Éstas son las palabras de Ireneo.
    2. Pero el propio Papías, en el prefacio de sus discursos, de ninguna manera declara que él mismo fuera oyente y testigo ocular de los santos apóstoles, sino que muestra, por las palabras que emplea, que recibió las doctrinas de la fe de quienes habían sido amigos de éstos.
    3. Dice: Pero no vacilaré en consignar también para vosotros, junto con mis interpretaciones, todas las cosas que en algún momento aprendí cuidadosamente de los ancianos y recordé con diligencia, garantizando su verdad. Pues no me complacía, como a la multitud, en los que hablan mucho, sino en los que enseñan la verdad; no en los que relatan mandamientos extraños, sino en los que transmiten los mandamientos dados por el Señor a la fe y que brotan de la verdad misma.
    4. Si, pues, venía alguno que hubiera sido seguidor de los ancianos, le preguntaba acerca de las palabras de los ancianos: qué dijo Andrés, o qué dijo Pedro, o qué fue dicho por Felipe, o por Tomás, o por Santiago, o por Juan, o por Mateo, o por cualquier otro de los discípulos del Señor; y qué cosas dicen Aristión y el presbítero Juan, discípulos del Señor. Pues no pensaba que lo que había de sacarse de los libros me aprovechara tanto como lo que provenía de la voz viva y permanente.
    5. Vale la pena observar aquí que él enumera dos veces el nombre de Juan. Al primero lo menciona en conexión con Pedro, Santiago y Mateo y con los demás apóstoles, queriendo significar claramente al evangelista; pero al otro Juan lo menciona después de un intervalo, y lo coloca entre otros fuera del número de los apóstoles, anteponiéndole a Aristión, y lo llama expresamente presbítero.
    6. Esto muestra que es verdadera la afirmación de quienes dicen que hubo en Asia dos personas que llevaron el mismo nombre, y que había dos tumbas en Éfeso, cada una de las cuales, hasta el día de hoy, es llamada de Juan. Es importante notar esto. Pues es probable que fuera el segundo —si no se quiere admitir que fue el primero— el que vio la Revelación que se atribuye por nombre a Juan.
    7. Y Papías, de quien ahora hablamos, confiesa que recibió las palabras de los apóstoles de quienes los siguieron, pero dice que él mismo fue oyente de Aristión y del presbítero Juan. Al menos, los menciona con frecuencia por su nombre y expone sus tradiciones en sus escritos. Esperamos que estas cosas no hayan sido aducidas por nosotros en vano.
    8. Pero es conveniente añadir a las palabras de Papías ya citadas otros pasajes de sus obras en los que relata algunos otros sucesos maravillosos que afirma haber recibido por tradición.
    9. Que el apóstol Felipe moró en Hierápolis con sus hijas ya se ha dicho. Pero debe notarse aquí que Papías, contemporáneo suyo, dice que oyó un relato maravilloso de las hijas de Felipe. Pues cuenta que en su tiempo uno resucitó de entre los muertos. Y refiere otra historia maravillosa de Justo, por sobrenombre Barsabás: que bebió un veneno mortal y, sin embargo, por la gracia del Señor, no sufrió daño alguno.
    10. El libro de los Hechos refiere que los santos apóstoles, después de la ascensión del Salvador, presentaron a este Justo, junto con Matías, y oraron para que uno fuera elegido en lugar del traidor Judas, a fin de completar su número. El relato es el siguiente: «Y presentaron a dos: a José, llamado Barsabás, por sobrenombre Justo, y a Matías; y oraron y dijeron.» []
    11. El mismo escritor ofrece también otros relatos que dice que le llegaron por tradición no escrita, ciertas parábolas extrañas y enseñanzas del Salvador, y algunas otras cosas más míticas.
    12. A éstos pertenece su afirmación de que habrá un período de unos mil años después de la resurrección de los muertos, y de que el reino de Cristo será establecido en forma material sobre esta misma tierra. Supongo que tomó estas ideas por una mala comprensión de los relatos apostólicos, al no percibir que las cosas dichas por ellos fueron dichas mística y figurativamente.
    13. Pues parece haber sido de entendimiento muy limitado, como puede verse por sus discursos. Pero se debió a él que tantos Padres de la Iglesia posteriores adoptaran una opinión semejante, alegando en su propio apoyo la antigüedad del varón; como, por ejemplo, Ireneo y cualquier otro que haya proclamado puntos de vista similares.
    14. Papías ofrece también en su propia obra otros relatos de las palabras del Señor con la autoridad de Aristión, antes mencionado, y tradiciones transmitidas por el presbítero Juan; a las cuales remitimos a los amantes del saber. Pero ahora debemos añadir a sus palabras ya citadas la tradición que él da acerca de Marcos, el autor del Evangelio.
    15. «Esto dijo también el presbítero: Marcos, habiendo llegado a ser intérprete de Pedro, escribió con exactitud, aunque no en orden, todo lo que recordaba de las cosas dichas o hechas por Cristo. Pues ni oyó al Señor ni le siguió, sino que después, como he dicho, siguió a Pedro, quien adaptaba su enseñanza a las necesidades de sus oyentes, pero sin intención de dar un relato continuo de los discursos del Señor, de modo que Marcos no cometió error alguno al escribir así algunas cosas tal como las recordaba. Pues tuvo cuidado de una sola cosa: no omitir nada de lo que había oído y no afirmar nada de ello falsamente.» Estas cosas son relatadas por Papías acerca de Marcos.
    16. Pero acerca de Mateo escribe así: «Así, pues, Mateo escribió los oráculos en lengua hebrea, y cada uno los interpretó como pudo.» Y el mismo escritor emplea testimonios de la primera epístola de Juan y asimismo de la de Pedro. Y refiere otra historia de una mujer acusada de muchos pecados ante el Señor, la cual se contiene en el Evangelio según los Hebreos. Hemos juzgado necesario observar estas cosas en adición a lo ya dicho.
    Comentario editorial · Papías, entre la tradición oral y el juicio de Eusebio
    Buena parte de lo que se conserva de Papías procede de este capítulo. De su prólogo, Eusebio saca que Papías no oyó a los apóstoles sino a quienes los habían tratado, y que prefería «la voz viva y permanente» a los libros (III, 39, 2–4). Observa que nombra dos Juanes, el apóstol y el «presbítero», y sugiere que el Apocalipsis sería del segundo (39, 5–6). Transmite lo que «el presbítero» decía de Marcos, «intérprete de Pedro», que escribió con exactitud «aunque no en orden», y de Mateo, que escribió los «oráculos» en lengua hebrea (39, 15–16). Y lo juzga «de entendimiento muy limitado» por su milenarismo (39, 12–13). Son, pues, citas de Papías y comentarios de Eusebio: conviene leerlos por separado. Los fragmentos completos y su discusión, en Papías.
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