V, 12
1. En este tiempo Narciso era obispo de la iglesia de Jerusalén, y hasta el día de hoy es celebrado por muchos. Era el decimoquinto en la sucesión desde el asedio de los judíos bajo Adriano. Hemos mostrado que desde aquel tiempo la iglesia de Jerusalén se compuso por primera vez de gentiles, después de los de la circuncisión, y que Marcos fue el primer obispo gentil que presidió sobre ellos.
2. Después de él, la sucesión en el episcopado fue: primero Casiano; tras él Publio; luego Máximo; después de ellos Juliano; luego Gayo; después de él, Símaco y otro Gayo, y de nuevo otro Juliano; después de éstos, Capitón, Valente y Doliciano; y después de todos ellos Narciso, el trigésimo en la sucesión regular desde los apóstoles.
V, 13
1. En este tiempo, Rodo, natural de Asia, instruido, como él mismo afirma, por Tatiano, a quien ya conocemos, habiendo compuesto varios libros, publicó entre los demás uno contra la herejía de Marción. Dice que esta herejía estaba dividida en su tiempo en diversas opiniones; y, al describir a quienes provocaron la división, refuta con exactitud las falsedades inventadas por cada uno de ellos.
2. Pero escucha lo que escribe:
Por eso también discrepan entre sí, manteniendo una opinión inconsecuente. Pues Apeles, uno del rebaño, enorgulleciéndose de su manera de vivir y de su edad, reconoce un solo principio, pero dice que las profecías provienen de un espíritu contrario, llevado a esta opinión por las respuestas de una doncella llamada Filumena, que estaba poseída por un demonio.
3. Pero otros, entre los cuales están Potito y Basílico, mantienen dos principios, como también el marinero Marción mismo.
4. Éstos, siguiendo al lobo del Ponto y, como él, incapaces de penetrar la división de las cosas, se volvieron temerarios y, sin dar prueba alguna, afirmaron dos principios. Otros, a su vez, cayendo en un error peor, consideran que no hay sólo dos, sino tres naturalezas. De éstos, Sínero es el guía y jefe, como dicen los que defienden su enseñanza.
5. El mismo autor escribe que mantuvo una conversación con Apeles. Habla como sigue:
Pues el anciano Apeles, al conversar con nosotros, fue refutado en muchas cosas que dijo falsamente; por lo cual también dijo que no era en absoluto necesario examinar la doctrina de uno, sino que cada cual debía continuar manteniendo lo que creía. Pues afirmó que los que confiaban en el Crucificado serían salvos, con tal de que se hallaran haciendo buenas obras. Pero, como hemos dicho antes, su opinión acerca de Dios era la más oscura de todas. Pues hablaba de un solo principio, como también lo hace nuestra doctrina.
6. Luego, después de exponer plenamente su propia opinión, añade:
Cuando le dije: "Dime cómo sabes esto o cómo puedes afirmar que hay un solo principio", respondió que las profecías se refutaban a sí mismas, porque no han dicho nada verdadero; pues son inconsecuentes, falsas y contradictorias. Pero cómo hay un solo principio, dijo que no lo sabía, sino que así estaba persuadido.
7. Como entonces le conjuré a decir la verdad, juró que lo hacía al decir que no sabía cómo hay un solo Dios no engendrado, sino que lo creía. Entonces me reí y le reproché que, llamándose a sí mismo maestro, no supiera confirmar lo que enseñaba.
8. En la misma obra, dirigiéndose a Calistio, el mismo autor reconoce que había sido instruido en Roma por Tatiano. Y dice que Tatiano había preparado un libro de Problemas, en el cual prometía explicar las partes oscuras y ocultas de las divinas Escrituras. El propio Rodo promete dar en una obra suya soluciones a los problemas de Tatiano. Se conserva también un Comentario suyo sobre el Hexameron.
9. Pero este Apeles escribió muchas cosas, de manera impía, sobre la ley de Moisés, blasfemando contra las palabras divinas en muchas de sus obras, mostrándose, al parecer, muy celoso de su refutación y derribo.
Basta por ahora acerca de éstos.
V, 14
El enemigo de la Iglesia de Dios, que es enfáticamente aborrecedor del bien y amante del mal, y no deja sin probar ninguna clase de astucia contra los hombres, estuvo de nuevo activo suscitando extrañas herejías contra la Iglesia. Pues algunas personas, como reptiles venenosos, se arrastraron por Asia y Frigia, jactándose de que Montano era el Paráclito y de que las mujeres que lo seguían, Priscila y Maximila, eran profetisas de Montano.
V, 15
Otros, de los cuales Florino era el principal, florecieron en Roma. Éste cayó del presbiterado de la Iglesia, y Blasto se vio envuelto en una caída semejante. También arrastraron a muchos de la Iglesia a su opinión, esforzándose cada uno por introducir sus propias innovaciones en lo que respecta a la verdad.
V, 16
1. Contra la llamada herejía frigia, el poder que siempre lucha por la verdad levantó una fuerte e invencible arma: Apolinario de Hierápolis, a quien ya hemos mencionado antes, y con él a muchos otros varones de talento, por quienes se ha dejado abundante material para nuestra historia.
2. Uno de éstos, al comienzo de su obra contra ellos, insinúa primero que había contendido con ellos en controversias orales.
3. Comienza su obra de esta manera:
Habiendo sido instado por ti durante un tiempo muy largo y suficiente, oh amado Avircio Marcelo, a escribir un tratado contra la herejía de los que se llaman según Milcíades, he dudado hasta el presente, no por falta de capacidad para refutar la falsedad o dar testimonio de la verdad, sino por temor y aprensión de que a algunos pudiera parecerles que yo hacía adiciones a las doctrinas o preceptos del Evangelio del Nuevo Testamento, que es imposible, para quien ha escogido vivir según el Evangelio, ni aumentar ni disminuir.
4. Pero hallándome recientemente en Ancira de Galacia, encontré a la iglesia de allí muy agitada por esta novedad, no profecía, como ellos la llaman, sino más bien falsa profecía, como se mostrará. Por tanto, según nuestra capacidad, con la ayuda del Señor, disputamos en la iglesia muchos días acerca de éstas y otras cuestiones propuestas por separado por ellos, de modo que la iglesia se regocijó y fue fortalecida en la verdad, y los del bando contrario quedaron momentáneamente confundidos, y los adversarios se afligieron.
5. Los presbíteros del lugar, estando presente también nuestro copresbítero Zótico de Otrous, nos pidieron que dejáramos un registro de lo dicho contra los que se oponen a la verdad. No lo hicimos, sino que prometimos ponerlo por escrito tan pronto como el Señor nos lo permitiera, y enviárselo con prontitud.
6. Dicho esto junto con otras cosas, al comienzo de su obra, procede a exponer la causa de la herejía arriba mencionada como sigue:
Su oposición y su reciente herejía, que los ha separado de la Iglesia, surgió por la siguiente causa.
7. Se dice que hay una cierta aldea llamada Ardabau en aquella parte de Misia que limita con Frigia. Allí por primera vez, dicen, cuando Grato era procónsul de Asia, un recién convertido, de nombre Montano, por su inextinguible deseo de liderazgo, dio ocasión al adversario contra él. Y quedó fuera de sí, y hallándose de repente en una especie de frenesí y éxtasis, deliraba, y comenzó a balbucir y a proferir cosas extrañas, profetizando de una manera contraria a la costumbre constante de la Iglesia transmitida por tradición desde el principio.
8. Algunos de los que oyeron sus espurias expresiones en aquel tiempo se indignaron, y lo reprendieron como a un poseído que estaba bajo el dominio de un demonio, guiado por un espíritu engañoso y que extraviaba a la multitud; y le prohibieron hablar, recordando la distinción trazada por el Señor y su advertencia de guardarse vigilantemente contra la venida de falsos profetas. [] Pero otros, imaginándose poseídos del Espíritu Santo y de un don profético, se enorgullecieron y no poco se hincharon; y olvidando la distinción del Señor, desafiaron al espíritu loco, insidioso y seductor, y fueron burlados y engañados por él. A consecuencia de esto, ya no se le pudo contener para que guardara silencio.
9. Así, por artificio, o más bien por semejante sistema de malvada astucia, el diablo, maquinando la destrucción para los desobedientes y siendo indignamente honrado por ellos, excitó e inflamó secretamente sus entendimientos, ya extrañados de la verdadera fe. Y agitó además a dos mujeres, y las llenó del espíritu falso, de modo que hablaban desaforadamente, irrazonablemente y de manera extraña, como la persona ya mencionada. Y el espíritu las declaró bienaventuradas mientras ellas se regocijaban y gloriaban en él, y las hinchó con la magnitud de sus promesas. Pero a veces las reprendía abiertamente de manera sabia y fiel, para parecer un reprensor. Pero los de los frigios que fueron engañados eran pocos en número.
Y el espíritu arrogante les enseñó a injuriar a toda la Iglesia universal bajo el cielo, porque el espíritu de la falsa profecía no recibía de ella ni honor ni entrada en ella.
10. Pues los fieles de Asia se reunían a menudo en muchos lugares de toda Asia para examinar este asunto, y examinaban las novedosas expresiones y las declaraban profanas, y rechazaban la herejía, y así estas personas fueron expulsadas de la Iglesia y excluidas de la comunión.
11. Tras relatar estas cosas al principio, y continuar la refutación de su engaño a través de toda su obra, en el segundo libro habla como sigue de su fin:
12. Puesto que, por tanto, nos llamaban asesinos de los profetas porque no recibíamos a sus locuaces profetas, que, según dicen, son aquellos que el Señor prometió enviar al pueblo, [] respondan ellos como en la presencia de Dios: ¿Quién hay, oh amigos, de entre éstos que comenzaron a hablar, desde Montano y las mujeres en adelante, que haya sido perseguido por los judíos o muerto por hombres sin ley? Ninguno. ¿O ha sido alguno de ellos apresado y crucificado por el Nombre? Verdaderamente no. ¿O ha sido alguna de estas mujeres azotada alguna vez en las sinagogas de los judíos, o apedreada? No; nunca en ninguna parte.
13. Pero se dice que Montano y Maximila murieron con otra clase de muerte. Pues se cuenta que, incitados por el espíritu de frenesí, ambos se ahorcaron; no al mismo tiempo, sino en la época que la fama común asigna para la muerte de cada uno. Y así murieron, y terminaron sus vidas como el traidor Judas.
14. Así también, según la fama general, aquella persona notable, el primer administrador, por así decirlo, de su llamada profecía, uno llamado Teódoto —quien, como si en algún momento hubiera sido arrebatado y recibido en el cielo, caía en trances y se encomendaba al espíritu engañoso— fue lanzado como un disco, y murió miserablemente.
15. Dicen que estas cosas sucedieron de esta manera. Pero como no las vimos, oh amigo, no pretendemos saberlo. Quizá de tal manera, quizá no, murieron Montano, Teódoto y la mujer arriba mencionada.
16. Dice de nuevo en el mismo libro que los santos obispos de aquel tiempo intentaron refutar el espíritu en Maximila, pero fueron impedidos por otros que claramente cooperaban con el espíritu.
17. Escribe como sigue:
Y no diga el espíritu, en la misma obra de Asterio Urbano, por medio de Maximila: 'Soy expulsado de entre las ovejas como un lobo. No soy lobo. Soy palabra y espíritu y poder.' Pero muestre claramente y pruebe el poder en el espíritu. Y por el espíritu obligue a confesarlo a aquellos que estaban entonces presentes con el propósito de probar y razonar con el espíritu hablador, —aquellos varones eminentes y obispos, Zótico, de la aldea de Comana, y Juliano, de Apamea, cuyos bocas amordazaron los seguidores de Temisón, negándose a permitir que el espíritu falso y seductor fuera refutado por ellos.
18. De nuevo en la misma obra, después de decir otras cosas en refutación de las falsas profecías de Maximila, indica el tiempo en que escribió estos relatos, y menciona sus predicciones en las cuales profetizaba guerras y anarquía. Su falsedad la censura de la siguiente manera:
19. «¿Y no se ha mostrado claramente que esto es falso? Pues hoy hace más de trece años que la mujer murió, y no ha habido ni una guerra parcial ni general en el mundo; sino más bien, por la misericordia de Dios, paz continua incluso para los cristianos.» Estas cosas están tomadas del segundo libro.
20. Añadiré también breves extractos del tercer libro, en el que habla así contra sus jactancias de que muchos de ellos habían sufrido el martirio:
Cuando, por tanto, se hallan en un aprieto, siendo refutados en todo lo que dicen, intentan refugiarse en sus mártires, alegando que tienen muchos mártires y que esto es evidencia segura del poder del llamado espíritu profético que está con ellos. Pero esto, según parece, es enteramente falaz.
21. Pues algunas de las herejías tienen muchísimos mártires; pero ciertamente no por eso concordaremos con ellas ni confesaremos que poseen la verdad. Y en primer lugar, ciertamente, los llamados marcionitas, de la herejía de Marción, dicen que tienen una multitud de mártires por Cristo; sin embargo, no confiesan en verdad al propio Cristo.
Un poco más adelante continúa:
22. «Cuando los llamados al martirio desde la Iglesia por la verdad de la fe se han encontrado con alguno de los así llamados mártires de la herejía frigia, se han apartado de ellos y han muerto sin ninguna comunión con ellos, porque no querían dar su asentimiento al espíritu de Montano y de las mujeres. Y que esto es cierto y tuvo lugar en nuestro propio tiempo en Apamea sobre el Meandro, entre los que sufrieron el martirio con Gayo y Alejandro de Eumenia, es bien sabido.»
V, 17
1. En esta obra menciona a un escritor, Milcíades, afirmando que también escribió cierto libro contra la herejía arriba mencionada. Después de citar algunas de sus palabras, añade:
Habiendo hallado estas cosas en cierta obra de ellos en oposición a la obra del hermano Alcibíades, en la cual muestra que un profeta no debe hablar en éxtasis, hice un resumen.
2. Un poco más adelante en la misma obra da una lista de los que profetizaron bajo el nuevo pacto, entre los cuales enumera a una tal Amia y a Cuadrato, diciendo:
Pero el falso profeta cae en un éxtasis, en el cual está sin vergüenza ni temor. Comenzando con ignorancia premeditada, pasa, como se ha dicho, a la locura involuntaria del alma.
3. No pueden mostrar que uno de los antiguos o uno de los nuevos profetas fuera arrebatado así en espíritu. Tampoco pueden jactarse de Ágabo, ni de Judas, ni de Silas, ni de las hijas de Felipe, ni de Amia en Filadelfia, ni de Cuadrato, ni de ningún otro que no les pertenezca.
4. Y de nuevo, poco después, dice: «Pues si, como afirman, después de Cuadrato y Amia en Filadelfia, las mujeres con Montano recibieron el don profético, muestren quién de entre ellos lo recibió de Montano y de las mujeres. Pues el apóstol consideró necesario que el don profético continuara en toda la Iglesia hasta la venida final. Pero no pueden mostrarlo, aunque éste es el año catorce desde la muerte de Maximila.»
5. Así escribe. Pero el Milcíades a quien se refiere ha dejado otros monumentos de su celo por las Divinas Escrituras, en los discursos que compuso contra los griegos y contra los judíos, respondiendo a cada uno de ellos por separado en dos libros. Y además dirige una apología a los gobernantes terrenales, en favor de la filosofía que abrazó.
V, 18
1. Como la llamada herejía frigia florecía todavía en Frigia en su tiempo, también Apolonio, escritor eclesiástico, emprendió su refutación y escribió una obra especial contra ella, corrigiendo en detalle las falsas profecías corrientes entre ellos y reprobando la vida de los fundadores de la herejía. Pero oye sus propias palabras respecto a Montano:
2. «Sus acciones y su enseñanza muestran quién es este nuevo maestro. Éste es el que enseñó la disolución del matrimonio; que impuso leyes para el ayuno; que llamó a Pepuza y Timio, pequeñas ciudades de Frigia, Jerusalén, queriendo reunir gentes en ellas de todas partes; que nombró recaudadores de dinero; que ideó la recepción de regalos bajo el nombre de ofrendas; que proveyó salarios para los que predicaban su doctrina, para que su enseñanza prevaleciera mediante la glotonería.»
3. Así escribe acerca de Montano; y un poco más adelante escribe como sigue acerca de sus profetisas: «Mostramos que estas primeras profetisas mismas, tan pronto como fueron llenas del Espíritu, abandonaron a sus maridos. Cuán falsamente, por tanto, hablan los que llaman virgen a Prisca.»
4. Después dice: «¿No os parece que toda Escritura prohíbe a un profeta recibir regalos y dinero? Por tanto, cuando veo a la profetisa recibir oro y plata y vestidos costosos, ¿cómo puedo evitar reprenderla?»
5. Y de nuevo, un poco más adelante, habla así acerca de uno de sus confesores:
Así también Temisón, que estaba revestido de plausible codicia, no pudo soportar la señal de la confesión, sino que arrojó las cadenas a cambio de una abundancia de posesiones. Sin embargo, aunque debería haberse mostrado humilde por esto, se atrevió a jactarse como mártir y, a imitación del apóstol, escribió cierta epístola católica, para instruir a aquellos cuya fe era mejor que la suya, contendiendo por palabras de sonido vacío y blasfemando contra el Señor y los apóstoles y la santa Iglesia.
6. Y de nuevo, acerca de otros de los honrados entre ellos como mártires, escribe como sigue:
Por no hablar de muchos, que la propia profetisa nos hable de Alejandro, que se llamaba a sí mismo mártir, con quien ella suele banquetear, y a quien muchos adoran. No es necesario mencionar sus robos y demás audacias por las que fue castigado, pues los archivos los contienen.
7. ¿Cuál de ellos perdona los pecados del otro? ¿Perdona el profeta los robos del mártir, o el mártir la codicia del profeta? Pues aunque el Señor dijo: 'No os procuréis oro, ni plata, ni dos túnicas,' [] estos hombres, en completa oposición, transgreden en cuanto a la posesión de las cosas prohibidas. Pues mostraremos que aquellos a quienes llaman profetas y mártires obtienen su provecho no solo de los ricos, sino también de los pobres, de los huérfanos y de las viudas.
8. Pero si tienen confianza, que se presenten y discutan estas cosas, para que, si son convencidos, dejen en adelante de transgredir. Pues los frutos del profeta deben ser probados; 'porque el árbol se conoce por su fruto.' []
9. Pero, para que quienes lo deseen puedan saber acerca de Alejandro, fue juzgado por Emilio Frontino, procónsul en Éfeso; no por causa del Nombre, sino por los robos que había cometido, siendo ya apóstata. Posteriormente, habiendo declarado falsamente a favor del nombre del Señor, fue puesto en libertad, habiendo engañado a los fieles que allí había. Y su propia parroquia, de donde provenía, no lo recibió, porque era ladrón. Quienes deseen saber acerca de él tienen los registros públicos de Asia. ¡Y sin embargo, el profeta con quien pasó muchos años no sabe nada de él!
10. Al exponerlo a él, por medio de él exponemos también la pretensión del profeta. Podríamos mostrar lo mismo de muchos otros. Pero si tienen confianza, que soporten la prueba.
11. De nuevo, en otra parte de su obra habla así de los profetas de quienes se jactan:
Si niegan que sus profetas hayan recibido dones, que reconozcan esto: que si son convencidos de recibirlos, no son profetas. Y aportaremos multitud de pruebas de esto. Pero es necesario que todos los frutos de un profeta sean examinados. Dime, ¿se tiñe un profeta el cabello? ¿Se pinta un profeta los párpados? ¿Se deleita un profeta en el adorno? ¿Juega un profeta con tablas y dados? ¿Presta un profeta con usura? Que confiesen si estas cosas son lícitas o no; pero yo demostraré que han sido hechas por ellos.
12. Este mismo Apolonio afirma en la misma obra que, en el momento en que escribía, era el año cuadragésimo desde que Montano había comenzado su pretendida profecía.
13. Y dice también que Zótico, mencionado por el escritor anterior, cuando Maximila fingía profetizar en Pepuza, se le opuso y se esforzó por refutar el espíritu que obraba en ella; pero fue impedido por quienes estaban de acuerdo con ella. Menciona también a un tal Traseas entre los mártires de aquel tiempo.
Habla, además, de una tradición según la cual el Salvador ordenó a sus apóstoles no apartarse de Jerusalén durante doce años. Utiliza también testimonios del Apocalipsis de Juan, y relata que un hombre muerto, mediante el poder divino, fue resucitado por el propio Juan en Éfeso. Añade también otras cosas con las que expone plena y abundantemente el error de la herejía de la que hemos estado hablando. Estas son las cosas registradas por Apolonio.
V, 19
1. Serapión, que, según se dice, sucedió entonces a Maximino como obispo de la iglesia de Antioquía, menciona las obras de Apolinario contra la herejía antes mencionada. Y alude a él en una carta privada dirigida a Cárico y Poncio, en la cual él mismo expone la misma herejía, y añade las siguientes palabras:
2. «Para que veáis que las acciones de esta banda mentirosa de la llamada nueva profecía son una abominación para toda la hermandad en todo el mundo, os he enviado escritos del bienaventurado Claudio Apolinario, obispo de Hierápolis en Asia.»
3. En la misma carta de Serapión se encuentran las firmas de varios obispos, uno de los cuales se suscribe de la siguiente manera:
Yo, Aurelio Cirenio, testigo, ruego por vuestra salud.
Y otro de esta manera:
Elio Publio Julio, obispo de Develtum, colonia de Tracia. Vive Dios en los cielos, el bienaventurado Sotas de Anquíalo quiso expulsar el demonio de Priscila, pero los hipócritas no se lo permitieron.
4. Y las firmas autógrafas de muchos otros obispos que concordaban con ellos se contienen en la misma carta.
Esto en cuanto a estas personas.
V, 20
1. [Ireneo] escribió varias cartas contra quienes perturbaban la sana ordenanza de la Iglesia en Roma. Una de ellas fue a Blasto Sobre el cisma; otra a Florino Sobre la monarquía, o Que Dios no es autor del mal. Pues Florino parecía defender esta opinión. Y como estaba siendo arrastrado por el error de Valentín, Ireneo escribió su obra Sobre la Ogdóada, en la que muestra que él mismo había conocido a los primeros sucesores de los apóstoles.
2. Al final del tratado hemos encontrado una nota hermosísima que nos vemos obligados a insertar en esta obra. Dice lo siguiente:
Os conjuro, a vosotros que copiéis este libro, por nuestro Señor Jesucristo y por su glorioso advenimiento cuando venga a juzgar a vivos y muertos, a que comparéis lo que escribáis y lo corrijáis cuidadosamente según este manuscrito, y a que también escribáis esta conjuración y la pongáis en la copia.
3. Estas cosas pueden leerse provechosamente en su obra y ser referidas por nosotros, para que tengamos en aquellos varones antiguos y verdaderamente santos el mejor ejemplo de esmerada diligencia.
4. En la carta a Florino, de la cual hemos hablado, Ireneo menciona de nuevo su intimidad con Policarpo, diciendo:
Estas doctrinas, oh Florino, por decirlo suavemente, no son de sano juicio. Estas doctrinas disienten de la Iglesia y arrastran a la mayor impiedad a quienes las aceptan. Estas doctrinas, ni siquiera los herejes fuera de la Iglesia se han atrevido jamás a publicar. Estas doctrinas no te las transmitieron los presbíteros que nos precedieron, que fueron compañeros de los apóstoles.
5. Pues cuando yo era un muchacho, te vi en el Asia inferior con Policarpo, moviéndote esplendorosamente en la corte real, y esforzándote por ganar su aprobación.
6. Recuerdo los acontecimientos de aquel tiempo más claramente que los de los años recientes. Pues lo que los muchachos aprenden, creciendo con su mente, se une a ella; de modo que puedo describir el lugar mismo en el que se sentaba el bienaventurado Policarpo mientras conversaba, y sus salidas y entradas, y la manera de su vida, y su aspecto físico, y sus discursos al pueblo, y los relatos que daba de su trato con Juan y con los demás que habían visto al Señor. Y como recordaba sus palabras, y lo que oyó de ellos acerca del Señor, y acerca de sus milagros y de su enseñanza, habiéndolas recibido de testigos oculares de la 'Palabra de vida' [], Policarpo refería todas las cosas en armonía con las Escrituras.
7. Contándoseme estas cosas por la misericordia de Dios, las escuchaba atentamente, anotándolas no en papel, sino en mi corazón. Y continuamente, por la gracia de Dios, las recuerdo con fidelidad. Y puedo dar testimonio ante Dios de que si aquel bienaventurado y apostólico presbítero hubiera oído algo semejante, habría gritado, se habría tapado los oídos y, como era su costumbre, habría exclamado: 'Oh buen Dios, ¿para qué tiempos me has reservado que yo deba soportar estas cosas?' Y habría huido del lugar donde, sentado o de pie, hubiera oído tales palabras.
8. Y esto puede mostrarse claramente por las cartas que envió, ya sea a las iglesias vecinas para su confirmación, ya a algunos de los hermanos, amonestándolos y exhortándolos. Hasta aquí Ireneo.
V, 21
1. Por aquel mismo tiempo, en el reinado de Cómodo, nuestra condición se hizo más favorable, y por la gracia de Dios las iglesias de todo el mundo gozaron de paz, y la palabra de salvación conducía a toda alma, de toda raza de hombres, al culto piadoso del Dios del universo. De modo que ahora en Roma muchos que se distinguían grandemente por su riqueza y su familia se convirtieron con toda su casa y parientes a su salvación.
2. Pero el demonio que odia lo bueno, siendo maligno por naturaleza, no pudo soportar esto, sino que se preparó de nuevo para el combate, tramando muchas maquinaciones contra nosotros. Y llevó al tribunal a Apolonio, de la ciudad de Roma, varón renombrado entre los fieles por su erudición y filosofía, habiendo incitado a uno de sus siervos, bien apto para tal fin, a acusarlo.
3. Pero este hombre desdichado presentó la acusación a destiempo, porque por decreto real era ilícito que los delatores de tales cosas vivieran. Y sus piernas fueron quebradas al instante, habiendo pronunciado contra él esta sentencia el juez Perennio.
4. Pero el mártir, muy amado de Dios, habiendo sido encarecidamente suplicado y rogado por el juez para que diera cuenta de sí ante el Senado, hizo en presencia de todos una elocuente defensa de la fe por la cual daba testimonio. Y como por decreto del Senado fue condenado a muerte por decapitación; una antigua ley exigía que quienes eran llevados al tribunal y se negaban a retractarse no fueran liberados. Quien desee conocer sus argumentos ante el juez y sus respuestas a las preguntas de Perennio, y toda su defensa ante el Senado, los encontrará en los registros de los antiguos martirios que hemos recopilado.
V, 22
En el décimo año del reinado de Cómodo, Víctor sucedió a Eleuterio, habiendo este último ocupado el episcopado durante trece años. En el mismo año, después de que Juliano hubiera completado su décimo año, Demetrio recibió el cargo de las parroquias de Alejandría. En este tiempo el mencionado Serapión, el octavo desde los apóstoles, era todavía bien conocido como obispo de la iglesia de Antioquía. Teófilo presidía en Cesarea de Palestina; y Narciso, a quien hemos mencionado antes, tenía todavía a su cargo la iglesia de Jerusalén. Báquilo al mismo tiempo era obispo de Corinto en Grecia, y Polícrates de la parroquia de Éfeso. Y además de estos, una multitud de otros, como es probable, eran entonces prominentes. Pero hemos dado los nombres solo de aquellos cuya solidez de fe ha llegado hasta nosotros por escrito.
V, 23
1. Una cuestión de no poca importancia surgió en aquel tiempo. Pues las parroquias de toda Asia, como por una tradición más antigua, sostenían que el día catorce de la luna, día en el que se mandaba a los judíos sacrificar el cordero, debía observarse como la fiesta de la pascua del Salvador. Era, por tanto, necesario terminar su ayuno en ese día, cualquiera que fuese el día de la semana en que cayera. Pero no era costumbre de las iglesias del resto del mundo terminarlo en ese tiempo, pues observaban la práctica que, por tradición apostólica, ha prevalecido hasta el presente, de terminar el ayuno en ningún otro día sino en el de la resurrección de nuestro Salvador.
2. Se celebraron sínodos y asambleas de obispos por esta causa, y todos, de común acuerdo, mediante correspondencia mutua redactaron un decreto eclesiástico: que el misterio de la resurrección del Señor se celebrara en ningún otro día sino en el día del Señor, y que observáramos el cierre del ayuno pascual solo en este día. Aún se conserva un escrito de los que entonces se reunieron en Palestina, presididos por Teófilo, obispo de Cesarea, y Narciso, obispo de Jerusalén. Y también se conserva otro escrito de los que se reunieron en Roma para considerar la misma cuestión, que lleva el nombre del obispo Víctor; también de los obispos del Ponto, presididos por Palmas, como el más antiguo; y de las parroquias de las Galias, de las cuales Ireneo era obispo, y de las de Osrhoëne y las ciudades de allí; y una carta personal de Báquilo, obispo de la iglesia de Corinto, y de muchísimos otros, que emitieron la misma opinión y juicio, y emitieron el mismo voto.
3. Y lo que se ha dado arriba fue su decisión unánime.
V, 24
1. Pero los obispos de Asia, guiados por Polícrates, decidieron atenerse a la antigua costumbre que les había sido transmitida. Él mismo, en una carta que dirigió a Víctor y a la iglesia de Roma, expuso en las siguientes palabras la tradición que le había llegado:
2. Nosotros observamos el día exacto; sin añadir ni quitar. Pues también en Asia han dormido grandes lumbreras, que resucitarán en el día de la venida del Señor, cuando venga con gloria desde el cielo y busque a todos los santos. Entre estas están Felipe, uno de los doce apóstoles, que durmió en Hierápolis; y sus dos hijas vírgenes ya ancianas, y otra hija, que vivió en el Espíritu Santo y ahora descansa en Éfeso; y, además, Juan, que fue testigo y maestro, que se recostó sobre el pecho del Señor y, siendo sacerdote, llevó la placa sacerdotal.
3. Durmió en Éfeso.
4. Y Policarpo en Esmirna, que fue obispo y mártir; y Traseas, obispo y mártir de Eumenia, que durmió en Esmirna.
5. ¿Qué necesidad tengo de mencionar al obispo y mártir Sagaris, que durmió en Laodicea, o al bienaventurado Papirio, o a Melitón, el Eunuco que vivió enteramente en el Espíritu Santo, y que yace en Sardis, aguardando el episcopado desde el cielo, cuando resucite de entre los muertos?
6. Todos estos observaron el día catorce de la pascua según el Evangelio, sin apartarse en nada, sino siguiendo la regla de fe. Y también yo, Polícrates, el menor de todos vosotros, obro según la tradición de mis parientes, a algunos de los cuales he seguido de cerca. Pues siete de mis parientes fueron obispos; y yo soy el octavo. Y mis parientes siempre observaron el día en que el pueblo apartaba la levadura.
7. Yo, por tanto, hermanos, que he vivido sesenta y cinco años en el Señor, y me he reunido con los hermanos por todo el mundo, y he recorrido toda la Sagrada Escritura, no me espantan las palabras aterradoras. Pues otros mayores que yo han dicho: 'Hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres' [].
8. Luego escribe de todos los obispos que estaban presentes con él y pensaban como él. Sus palabras son las siguientes:
Podría mencionar a los obispos que estaban presentes, a quienes convoqué a petición vuestra; cuyos nombres, si los escribiera, constituirían una gran multitud. Y ellos, viendo mi pequeñez, dieron su consentimiento a la carta, sabiendo que no llevaba mis canas en vano, sino que siempre había gobernado mi vida según el Señor Jesús.
9. Entonces Víctor, que presidía la iglesia de Roma, intentó inmediatamente separar de la unidad común a las parroquias de toda Asia, con las iglesias que concordaban con ellas, por heterodoxas; y escribió cartas y declaró a todos los hermanos de allí completamente excomulgados.
10. Pero esto no agradó a todos los obispos. Y le suplicaron que considerara las cosas de la paz, y de la unidad y amor fraternos. Se conservan palabras de ellos, reprendiendo duramente a Víctor.
11. Entre ellos estaba Ireneo, quien, enviando cartas en nombre de los hermanos de las Galias sobre las cuales presidía, sostenía que el misterio de la resurrección del Señor debía observarse solo en el día del Señor. Amonesta adecuadamente a Víctor a que no separe a iglesias enteras de Dios que observaban la tradición de una costumbre antigua, y después de muchas otras palabras prosigue de la siguiente manera:
12. Pues la controversia no es solo acerca del día, sino también acerca de la manera misma del ayuno. Pues algunos piensan que deben ayunar un día, otros dos, otros aún más; algunos, además, cuentan su día como consistente en cuarenta horas de día y de noche.
13. Y esta variedad en su observancia no se ha originado en nuestro tiempo; sino mucho antes, en el de nuestros antepasados. Es probable que no se atuvieran a una exactitud estricta, y así formaron una costumbre para su posteridad según su propia simplicidad y modo peculiar. Sin embargo, todos ellos vivieron no menos en paz, y también nosotros vivimos en paz unos con otros; y el desacuerdo respecto al ayuno confirma el acuerdo en la fe.
14. A esto añade el siguiente relato, que puedo insertar propiamente:
Entre estos estaban los presbíteros anteriores a Sóter, que presidieron la iglesia que ahora gobiernas. Nos referimos a Aniceto, y a Pío, y a Higinio, y a Telesforo, y a Sixto. Ellos ni lo observaron ellos mismos, ni permitieron que los que vinieron después lo hicieran. Y sin embargo, aunque no lo observaban, no por ello estaban menos en paz con quienes venían a ellos de las parroquias en las que se observaba; aunque esta observancia era más opuesta a quienes no la observaban.
15. Pero ninguno fue jamás expulsado por causa de esta forma; sino que los presbíteros anteriores a ti que no la observaban, enviaban la eucaristía a los de otras parroquias que la observaban.
16. Y cuando el bienaventurado Policarpo estuvo en Roma en el tiempo de Aniceto, y discreparon un poco sobre ciertas otras cosas, inmediatamente hicieron las paces entre sí, sin querer disputar sobre este asunto. Pues ni Aniceto pudo persuadir a Policarpo a no observar lo que siempre había observado con Juan, el discípulo de nuestro Señor, y con los otros apóstoles con quienes había tenido trato; ni Policarpo pudo persuadir a Aniceto a observarlo, pues decía que debía seguir las costumbres de los presbíteros que lo habían precedido.
17. Pero aunque las cosas estaban en esta forma, comulgaron juntos, y Aniceto concedió la administración de la eucaristía en la iglesia a Policarpo, manifiestamente como muestra de respeto. Y se separaron el uno del otro en paz, tanto los que observaban como los que no, manteniendo la paz de toda la iglesia.
18. Así Ireneo, cuyo nombre verdaderamente lo decía, se convirtió en pacificador en este asunto, exhortando y negociando de esta manera en favor de la paz de las iglesias. Y trató por carta acerca de esta cuestión discutida, no solo con Víctor, sino también con la mayoría de los otros gobernantes de las iglesias.
Comentario editorial · La cuestión pascual: Polícrates, Víctor e Ireneo
Las iglesias de Asia celebraban la Pascua el día catorce de la luna, cuando los judíos inmolaban el cordero, cayera en el día de la semana que cayera; las demás, solo en domingo (V, 23, 1). Eusebio cita los sínodos que decidieron por el domingo y la carta de Polícrates de Éfeso a Víctor de Roma, que defiende la costumbre de Asia con una lista de autoridades —Felipe, Juan, Policarpo, Melitón— y con sus «sesenta y cinco años en el Señor» (V, 24, 1–8). Víctor intentó entonces cortar de la comunión a las iglesias de Asia (24, 9); Ireneo le recuerda que sus predecesores toleraron la diferencia, y que Policarpo y Aniceto se despidieron en paz (24, 11–17). Wikipedia fecha el sínodo de Roma en 193 y dice que la excomunión no llegó a aplicarse. Véanse Ireneo y Policarpo.
Para ampliar: Quartodecimanism (Wikipedia (en)) · Pope Victor I (Wikipedia (en)).
V, 25
1. Los de Palestina a quienes hemos mencionado recientemente, Narciso y Teófilo, y con ellos Casio, obispo de la iglesia de Tiro, y Claro de la iglesia de Tolemaida, y los que se reunieron con ellos, habiendo expuesto muchas cosas respecto a la tradición concerniente a la pascua que les había llegado por sucesión desde los apóstoles, al final de su escrito añaden estas palabras:
2. «Procurad enviar copias de nuestra carta a toda iglesia, para que no demos ocasión a aquellos que fácilmente engañan sus almas. Os mostramos ciertamente que también en Alejandría la guardan el mismo día que nosotros. Pues se llevan cartas de nosotros a ellos y de ellos a nosotros, de modo que de la misma manera y al mismo tiempo guardamos el día sagrado.»
V, 26
Además de las obras y cartas de Ireneo que hemos mencionado, se conserva cierto libro suyo Sobre el conocimiento, escrito contra los griegos, muy conciso y notablemente enérgico; y otro que dedicó a un hermano Marciano, En demostración de la predicación apostólica; y un volumen que contiene varias Disertaciones, en el cual menciona la Epístola a los Hebreos y la llamada Sabiduría de Salomón, haciendo citas de ellas. Estas son las obras de Ireneo que han llegado a nuestro conocimiento.
Habiendo terminado Cómodo su reinado después de trece años, Severo se convirtió en emperador menos de seis meses después de su muerte, habiendo reinado Pertinax durante el tiempo intermedio.
V, 27
Numerosos recuerdos del celo fiel de los antiguos varones eclesiásticos de aquel tiempo se conservan todavía entre muchos. De éstos destacaríamos en particular los escritos de Heráclito Sobre el Apóstol, y los de Máximo sobre la cuestión tan debatida entre los herejes, el Origen del mal, y sobre la Creación de la materia. También los de Cándido sobre el Hexameron, y los de Apión sobre el mismo asunto; asimismo los de Sexto sobre la Resurrección, y otro tratado de Arabiano, y escritos de una multitud de otros, respecto de los cuales, por no tener datos, es imposible declarar en nuestra obra cuándo vivieron o dar cuenta alguna de su historia. Y obras de otros muchos han llegado hasta nosotros cuyos nombres no podemos dar, ortodoxas y eclesiásticas, como muestran sus interpretaciones de las Divinas Escrituras, pero desconocidas para nosotros, porque sus nombres no constan en sus escritos.
Capítulo 28. Los que primero promovieron la herejía de Artemón; su manera de vivir, y cómo osaron corromper las Sagradas Escrituras
V, 28
1. En una laboriosa obra de uno de estos escritores contra la herejía de Artemón, que Pablo de Samosata intentó reavivar de nuevo en nuestros días, hay un relato apropiado a la historia que ahora examinamos.
2. Pues critica, como innovación tardía, la herejía arriba mencionada que enseña que el Salvador era un mero hombre, porque intentaban engrandecerla como antigua. Habiendo dado en su obra muchos otros argumentos en refutación de su blasfema falsedad, añade las siguientes palabras:
3. Pues dicen que todos los primeros maestros y los apóstoles recibieron y enseñaron lo que ellos ahora declaran, y que la verdad del Evangelio se conservó hasta los tiempos de Víctor, que fue el decimotercer obispo de Roma desde Pedro, pero que desde su sucesor, Zefirino, la verdad había sido corrompida.
4. Y lo que dicen podría ser plausible si, ante todo, las Divinas Escrituras no los contradijeran. Y hay escritos de ciertos hermanos más antiguos que los tiempos de Víctor, los cuales escribieron en favor de la verdad contra los gentiles y contra las herejías que existían en su día. Me refiero a Justino, Milcíades, Tatiano y Clemente, y a muchos otros, en todas cuyas obras se habla de Cristo como Dios.
5. Pues ¿quién no conoce las obras de Ireneo y de Melitón y de otros que enseñan que Cristo es Dios y hombre? ¡Y cuántos salmos e himnos, escritos por los fieles hermanos desde el principio, celebran a Cristo, la Palabra de Dios, hablando de él como Divino!
6. Pues ¿cómo, habiéndose predicado durante tantos años la opinión sostenida por la Iglesia, puede su predicación haberse demorado, como ellos afirman, hasta los tiempos de Víctor? ¿Y cómo no se avergüenzan de hablar así falsamente de Víctor, sabiendo bien que él separó de la comunión a Teodoto, el zapatero, jefe y padre de esta apostasía que niega a Dios, y el primero en declarar que Cristo es mero hombre? Pues si Víctor hubiera estado de acuerdo con sus opiniones, como afirma su calumnia, ¿cómo llegó a expulsar a Teodoto, el inventor de esta herejía?
7. Esto en cuanto a Víctor. Su obispado duró diez años, y Zefirino fue nombrado su sucesor hacia el año noveno del reinado de Severo. El autor del libro arriba mencionado, a propósito del fundador de esta herejía, narra otro suceso ocurrido en tiempo de Zefirino, con estas palabras:
8. Recordaré a muchos de los hermanos un hecho que tuvo lugar en nuestro tiempo, el cual, si hubiera acontecido en Sodoma, podría, creo, haberles servido de escarmiento. Hubo cierto confesor, Natalio, no hace mucho, sino en nuestros propios días.
9. Este hombre fue engañado en cierta ocasión por Asclepiodoto y por otro Teodoto, cambista. Ambos eran discípulos de Teodoto, el zapatero, quien, como he dicho, fue la primera persona excomulgada por Víctor, obispo a la sazón, a causa de este sentimiento, o más bien insensatez.
10. Natalio fue persuadido por ellos para dejarse elegir obispo de esta herejía con un salario, que ellos le pagarían, de ciento cincuenta denarios al mes.
11. Habiéndose unido así a ellos, el Señor le advirtió muchas veces por medio de visiones. Pues el Dios compasivo y nuestro Señor Jesucristo no quiso que un testigo de sus propios sufrimientos, excluido de la Iglesia, pereciera.
12. Pero como prestaba poca atención a las visiones, porque estaba atrapado por el primer puesto entre ellos y por aquella vergonzosa codicia que destruye a muchísimos, fue azotado por santos ángeles y castigado severamente durante toda la noche. Entonces, habiéndose levantado por la mañana, se vistió de cilicio y se cubrió de ceniza, y con gran prisa y lágrimas se postró ante Zefirino, el obispo, rodando a los pies no sólo del clero, sino también de los laicos; y conmovió con sus lágrimas a la compasiva Iglesia del Cristo misericordioso. Y aunque usó mucha súplica y mostró los verdugones de los azotes que había recibido, apenas fue readmitido en la comunión.
13. Añadiremos del mismo escritor algunos otros extractos acerca de ellos, que dicen así:
Han tratado las Divinas Escrituras con temeridad y sin temor. Han dejado de lado la regla de la fe antigua; y a Cristo no han conocido. No se esfuerzan por aprender lo que declaran las Divinas Escrituras, sino que se afanan laboriosamente tras cualquier forma de silogismo que pueda idearse para sostener su impiedad. Y si alguien les presenta un pasaje de la Divina Escritura, ven si de él puede hacerse una forma de silogismo conjuntiva o disyuntiva.
14. Y como siendo de la tierra y hablando de la tierra, e ignorantes del que viene de lo alto, abandonan los santos escritos de Dios para entregarse a la geometría: algunos de ellos miden con laboriosidad a Euclides; admiran a Aristóteles y a Teofrasto; y a Galeno, quizá, alguno lo llega incluso a adorar.
15. Pero que quienes usan las artes de los incrédulos para sus opiniones heréticas y adulteran la fe sencilla de las Divinas Escrituras con la astucia de los impíos están lejos de la fe, ¿qué falta hace decirlo? Por tanto, han puesto sus manos con osadía sobre las Divinas Escrituras, alegando que las han corregido.
16. Que no hablo falsamente de ellos en este asunto, quien lo desee puede aprenderlo. Pues si alguno reúne sus respectivas copias y las compara unas con otras, hallará que difieren grandemente.
17. Las de Asclepíades, por ejemplo, no concuerdan con las de Teodoto. Y muchas de ellas pueden obtenerse, porque sus discípulos han escrito asiduamente las correcciones, como ellos las llaman, es decir, las corrupciones, de cada uno de ellos. Además, las de Hermófilo no concuerdan con éstas, y las de Apolónides no son coherentes consigo mismas. Pues puedes comparar las preparadas por ellos en fecha más temprana con las que corrompieron después, y las hallarás muy diferentes.
18. Pero cuán osada es esta ofensa, no es probable que ellos mismos lo ignoren. Pues o bien no creen que las Divinas Escrituras fueron dichas por el Espíritu Santo, y así son incrédulos, o bien se creen más sabios que el Espíritu Santo, y en ese caso, ¿qué otra cosa son sino endemoniados? Pues no pueden negar la comisión del crimen, ya que las copias han sido escritas por sus propias manos. Pues no recibieron tales Escrituras de sus instructores, ni pueden producir copia alguna de la cual hayan sido transcritas.
19. Pero algunos de ellos no han considerado que valga la pena corromperlas, sino que simplemente niegan la ley y los profetas, y así, mediante su enseñanza sin ley e impía bajo pretexto de gracia, se han hundido en las más bajas profundidades de la perdición.
Baste esto para estas cosas.
VI, 1
Cuando Severo comenzó a perseguir a las iglesias, se dieron gloriosos testimonios por todas partes de los atletas de la religión. Esto sucedió especialmente en Alejandría, a cuya ciudad, como a un teatro muy destacado, fueron llevados de Egipto y de toda la Tebaida, según su mérito, atletas de Dios, y ganaron de Dios coronas mediante su gran paciencia bajo muchos tormentos y toda clase de muerte. Entre éstos estaba Leónides, llamado padre de Orígenes, que fue decapitado mientras su hijo era aún joven. Cuán notable era la predilección de este hijo por la Palabra divina, a consecuencia de la instrucción de su padre, no estará de más exponerlo brevemente, ya que su fama ha sido celebrada grandemente por muchos.
VI, 2
1. Muchas cosas podrían decirse al intentar describir la vida del varón mientras estaba en la escuela; pero este solo asunto requeriría un tratado aparte. Sin embargo, por el presente, abreviando la mayor parte, expondremos unos pocos hechos acerca de él tan brevemente como sea posible, recogiéndolos de ciertas cartas y del testimonio de personas todavía vivas que lo conocieron.
2. Lo que cuentan de Orígenes me parece digno de mención, incluso, por así decirlo, desde que estaba en fajas.
Era el décimo año del reinado de Severo, mientras Leto era gobernador de Alejandría y del resto de Egipto, y Demetrio había recibido poco antes el episcopado de las parroquias de allí, como sucesor de Juliano.
3. Como la llama de la persecución se había encendido grandemente, y multitudes habían alcanzado la corona del martirio, tal deseo de martirio se apoderó del alma de Orígenes, aunque todavía era un muchacho, que se acercó al peligro, lanzándose adelante y precipitándose al combate en su afán.
4. Y en verdad el término de su vida habría estado muy cerca si la divina y celestial Providencia, para beneficio de muchos, no hubiera impedido su deseo por medio de su madre.
5. Pues, al principio, suplicándole, le rogó que tuviera compasión de sus sentimientos maternos hacia él; pero al hallar que, cuando supo que su padre había sido apresado y encarcelado, se mostraba aún más resuelto y completamente arrebatado por su celo por el martirio, escondió toda su ropa y así lo obligó a permanecer en casa.
6. Pero, como no había otra cosa que pudiera hacer, y su celo más allá de su edad no le permitía estar quieto, envió a su padre una carta alentadora sobre el martirio, en la cual lo exhortaba, diciendo: «Mira no cambies de parecer por nuestra causa.» Esto puede registrarse como la primera prueba de la sabiduría juvenil de Orígenes y de su genuino amor por la piedad.
7. Pues ya entonces había atesorado no pocos recursos en las palabras de la fe, habiendo sido instruido en las Divinas Escrituras desde la infancia. Y no las había estudiado con indiferencia, pues su padre, además de darle la acostumbrada educación liberal, las había convertido en asunto de no secundaria importancia.
8. Ante todo, antes de iniciarlo en las ciencias griegas, lo ejercitó en los estudios sagrados, exigiéndole aprender y recitar cada día.
9. Y esto no era molesto para el muchacho, sino que se mostraba ávido y diligente en estos estudios. Y no se contentaba con aprender lo simple y evidente en las palabras sagradas, sino que buscaba algo más, e incluso a esa edad se ocupaba en especulaciones más profundas. De modo que dejaba perplejo a su padre con preguntas sobre el verdadero sentido de las Escrituras inspiradas.
10. Y su padre lo reprendía aparentemente ante su rostro, diciéndole que no investigara más allá de su edad, ni más allá del sentido manifiesto. Pero para sus adentros se regocijaba grandemente y daba gracias a Dios, autor de todo bien, por haberlo considerado digno de ser padre de tal hijo.
11. Y cuentan que a menudo, estando junto al muchacho dormido, descubría su pecho como si el Espíritu divino estuviera encerrado en él, y lo besaba con reverencia; considerándose dichoso en su hermosa prole. Estas y otras cosas semejantes se refieren de Orígenes cuando era muchacho.
12. Pero cuando su padre terminó su vida en el martirio, quedó con su madre y seis hermanos menores cuando no tenía aún diecisiete años.
13. Y como los bienes de su padre fueron confiscados para el tesoro real, él y su familia carecían de lo necesario para la vida. Pero fue considerado digno de la divina solicitud. Y halló acogida y descanso en casa de una mujer de gran riqueza, distinguida en su manera de vivir y en otros respectos. Ella trataba con gran honor a un famoso hereje que entonces estaba en Alejandría; el cual, sin embargo, había nacido en Antioquía. Él estaba con ella como hijo adoptivo, y ella lo trataba con la mayor benignidad.
14. Pero aunque Orígenes se veía en la necesidad de tratarlo, dio desde entonces fuertes muestras de su ortodoxia en la fe. Pues cuando, a causa de la aparente destreza en la argumentación de Pablo —pues éste era el nombre del hombre—, acudía a él una gran multitud, no sólo de herejes sino también de los nuestros, nunca se pudo inducir a Orígenes a unirse con él en la oración; pues mantenía, aunque muchacho, la regla de la Iglesia, y abominaba, como en algún lugar lo expresa, las enseñanzas heréticas. Habiendo sido instruido por su padre en las ciencias de los griegos, después de la muerte de éste se dedicó con más asiduidad y exclusividad al estudio de la literatura, de modo que obtuvo una considerable preparación en filología y pudo, no mucho después de la muerte de su padre, dedicándose a esa materia, ganar una retribución ampliamente suficiente para sus necesidades a su edad.