Sobre el domingo llamado «Episozomenes», a los que habían venido a Antioquía desde el campo; también sobre el tema de evitar los juramentos.
Comentario editorial · ¿Cuándo se predicó la homilía 19?
La tabla del prefacio benedictino la sitúa el 28 de junio, el domingo anterior a la Ascensión: sería la única de la serie posterior a Pascua. La fecha depende del título («el domingo llamado Episozomenes») y las fuentes que cita el prefacio no coinciden: según Allacio, entre los capadocios epizomenē es el día de la Ascensión y el domingo así llamado es el quinto después de Pascua; según Savile, el primero después de Pascua; Tillemont lo identifica con el Domingo de Pasión, hacia donde se inclina el autor del prefacio. Una nota del editor inglés vuelve a la fecha de la tabla y la apoya en una homilía sobre Ana. La propia homilía menciona la fiesta de los mártires y a los campesinos llegados a la ciudad.
Homilía 19, § 1
1. ¡Habéis gozado durante estos últimos días en los santos mártires! ¡Os habéis saciado del festín espiritual! ¡Todos habéis exultado con honesta exultación! ¡Habéis contemplado sus costillas al descubierto, y sus lomos lacerados; la sangre brotando por todas partes; diez mil formas de tormento! ¡Habéis visto la naturaleza humana mostrando lo que está por encima de la naturaleza, y coronas tejidas con sangre! Habéis danzado una hermosa danza por toda la ciudad; vuestro noble capitán conduciéndoos; pero la enfermedad me obligó a quedarme en casa, aunque contra mi voluntad. Pero si no tomé parte en la fiesta, participé del placer de ella. Si no pude gozar de vuestra asamblea pública, compartí, sin embargo, vuestra alegría. Porque tal es el poder del amor, que hace que los que no están gozando realmente se regocijen igualmente con los que gozan; persuadiéndoles a tener por comunes a sí mismos los bienes de su prójimo. Por eso, aun estando sentado en casa, me regocijaba con vosotros; y ahora, aunque todavía no estoy enteramente libre de mi enfermedad, me he levantado y he corrido a vuestro encuentro, para ver vuestros rostros tan deseados y tomar parte en la presente fiesta.
Homilía 19, § 2
2. Pues yo considero que el día de hoy es en verdad una grandísima fiesta por causa de nuestros hermanos, que con su presencia embellecen nuestra ciudad y adornan la Iglesia; un pueblo extraño a nosotros por la lengua, pero en armonía con nosotros en cuanto a la fe, un pueblo que pasa su tiempo en tranquilidad y lleva una vida honesta y sobria. Porque entre estos hombres no hay espectáculos de iniquidad: ni carreras de caballos, ni rameras, ni ninguno de esos desórdenes propios de una ciudad, sino que toda clase de licencia está desterrada, y una gran sobriedad florece por todas partes. Y la razón es que su vida es laboriosa; y tienen, en el cultivo de la tierra, una escuela de virtud y sobriedad, y siguen aquel arte que Dios introdujo antes que todos los demás en nuestra vida. Pues antes del pecado de Adán, cuando gozaba de mucha libertad, se le impuso una cierta labranza del suelo; no ciertamente laboriosa ni penosa, sino una que le proporcionaba mucha buena disciplina, pues fue puesto, se dice, «a labrar el jardín y guardarlo.» A cada uno de estos hombres podéis verlo a un tiempo ocupado en uncir los bueyes de labor, y guiar el arado, y cortar el surco profundo; y en otro momento subir al púlpito sagrado, y cultivar las almas de los que están bajo su autoridad; a un tiempo cortando las espinas del suelo con la podadera, a otro purgando los pecados del alma por la Palabra. Porque no se avergüenzan del trabajo como los habitantes de nuestra ciudad, sino que se avergüenzan de la ociosidad, sabiendo que ésta ha enseñado toda clase de maldad; y que para los que la aman, ha resultado maestra de iniquidad desde el principio.
Homilía 19, § 3
3. Éstos son nuestros filósofos, y suya la mejor filosofía, mostrando su virtud no por su apariencia exterior, sino por su mente. Los filósofos paganos no son en carácter en nada mejores que los que actúan en el escenario y en los juegos de los actores; ¡y no tienen nada que mostrar fuera del manto raído, la barba y la larga túnica! Pero éstos, muy al contrario, despidiéndose del bastón y de la barba, y de los demás atavíos, tienen sus almas adornadas con las doctrinas de la verdadera filosofía, y no sólo con las doctrinas, sino también con la práctica real. Y si preguntaras a cualquiera de éstos, que viven una vida rústica con la pala y el arado, acerca de los dogmas sobre los cuales los filósofos paganos han disertado infinitamente, y han gastado multitud de palabras sin poder decir nada sano, uno de éstos te daría una respuesta exacta sacada de su tesoro de sabiduría. Y no sólo es esto de admirar, sino que confirman la credibilidad de estas doctrinas con sus acciones. Pues del hecho de que tenemos un alma inmortal, y de que en adelante daremos cuenta de lo que hemos hecho aquí, y compareceremos ante un Tribunal temible, sus mentes están de una vez plenamente persuadidas, y han regulado además todo el curso de su vida por tales esperanzas; y se han hecho superiores a toda pompa mundana, instruidos como han sido por las sagradas Escrituras, en que «todo es vanidad, sí, vanidad de vanidades,» [] y no codician ansiosamente ninguna de las cosas que parecen tan espléndidas.
Homilía 19, § 4
4. Éstos también saben filosofar acerca de Dios, tal como Dios lo ha determinado; y si, tomando a uno de ellos, quisieras ahora presentar a algún filósofo pagano —o más bien, ¡ahora no podrías encontrar uno!—, pero si tomaras a uno de éstos, y abrieras luego los libros de sus antiguos filósofos, y los repasaras, e instituyeras una indagación comparativa sobre lo que éstos responden ahora y lo que los otros en su día propusieron filosóficamente, verías cuánta sabiduría correspondía a los primeros, y cuánta insensatez a los segundos. Pues mientras algunos de aquéllos afirmarían que las cosas existentes carecían de providencia, y que la creación no tenía su origen en Dios; que la virtud no era suficiente por sí misma, sino que necesitaba de riquezas, nobleza y esplendor exterior, y de otras cosas aún más ridículas; y mientras éstos, por otra parte, discurrirían sabiamente acerca de la Providencia, acerca de los futuros Tribunales de juicio, acerca del poder creador de Dios, que saca todas las cosas de la nada, así como acerca de todos los demás puntos, aunque al mismo tiempo estaban enteramente desprovistos de instrucción mundana; ¿quién no podría aprender de aquí el poder de Cristo, que ha mostrado que estas personas sin letras y sencillas son tanto más sabias que aquéllos que tanto se jactan de su sabiduría, cuanto los hombres discretos se ven en comparación de los niños pequeños? Pues ¿qué daño puede resultarles de su sencillez en cuanto al saber, cuando sus pensamientos están llenos de mucha sabiduría? ¿Y qué ventaja tienen esos filósofos de esta erudición, cuando el entendimiento carece de rectos pensamientos? Sería como si uno tuviera una espada con la empuñadura de plata, mientras la hoja fuera más débil que el más vil plomo. Porque verdaderamente estos filósofos tienen la lengua engalanada con palabras y nombres, pero su entendimiento está lleno de mera debilidad y no sirve para nada. No sucede así con estos filósofos, sino todo lo contrario. Su entendimiento está lleno de sabiduría espiritual y su modo de vida es un traslado de sus doctrinas. Entre éstos no hay mujeres lujosas; no hay adornos de vestido, ni colores, ni afeites; sino que toda corrupción semejante de costumbres está desaprobada. De aquí que la población a su cargo sea más fácilmente educada en la sobriedad, y observan con suma rigidez la ley que dio Pablo, cuando mandó que se tuviera alimento y vestido, y nada más se buscara. [] Entre ellos no hay ungüentos perfumados que fascinen los sentidos; sino que la tierra, produciendo hierbas, les prepara una variada fragancia de flores, por encima de toda la habilidad de los perfumistas. Por esta razón, sus cuerpos y también sus almas gozan de un estado sano de salud, en cuanto que han desterrado todo lujo de comida y alejado todos los malos torrentes de la embriaguez; y comen justamente lo que basta para subsistir. No los despreciemos, pues, por su apariencia exterior, sino admiremos su mente. Pues ¿de qué sirve el hábito exterior, cuando el alma está más miserablemente vestida que cualquier mendigo? El hombre debe ser alabado y admirado no por el vestido, más aún, no por su forma corporal, sino por su alma. ¡Desnuda el alma de estos hombres, y verás su belleza y la riqueza que posee, en sus palabras, en sus doctrinas y en todo el sistema de sus costumbres!
Homilía 19, § 5
5. Avergüéncense, pues, los gentiles; que escondan la cabeza y se escabullan a causa de sus filósofos y de su sabiduría, ¡miserable como es más que toda insensatez! Pues los filósofos que ha habido entre ellos en vida apenas han podido enseñar sus doctrinas a muy pocos, que fácilmente pueden contarse; y cuando cualquier peligro insignificante los sobrecogió, perdieron aun a éstos. Pero los discípulos de Cristo, los pescadores, los publicanos y los fabricantes de tiendas, en pocos años atrajeron al mundo entero a la verdad; y cuando desde entonces han estado surgiendo constantemente diez mil peligros, la predicación del Evangelio estaba tan lejos de ser sofocada, que todavía florece y aumenta; y enseñaron a personas sencillas, labradores de la tierra y ocupados con el ganado, a ser amantes de la sabiduría. Tales son las personas que, además de todo lo demás, teniendo profundamente arraigado en ellas aquel amor que es fuente de todos los bienes, [] se han apresurado a venir a nosotros, emprendiendo un viaje tan largo, para poder venir y abrazar a sus demás miembros.
Homilía 19, § 6
6. Venid, pues, y en correspondencia a estos favores (hablo de su amor y bondadoso sentimiento), démosles una provisión, y enviémoslos así a su casa; y suscitemos de nuevo la cuestión acerca de los juramentos; para que de las mentes de todos arranquemos de raíz esta mala costumbre. Pero primero, deseo recordaros hoy un poco las cosas de que hablamos últimamente.
Cuando los judíos, habiendo sido librados de Persia, y puestos en libertad de aquella tiranía, regresaron a su propia tierra, «Vi,» dice uno, «una hoz voladora, de veinte codos de largo y diez codos de ancho.» [] Oyeron también al Profeta dándoles esta instrucción: «Ésta es la maldición que sale sobre la faz de toda la tierra, y entra en la casa del que jura falsamente; y reposará en medio de ella, y derribará la madera y todas las piedras.» Cuando leímos este pasaje, preguntamos entonces también por qué había de destruir no sólo al jurador, sino también su casa, y dijimos que la razón era ésta: que Dios quiere que los castigos de los pecados más graves permanezcan continuamente visibles; para que todos aprendan después prudencia. Así, pues, siendo necesario que el perjuro, una vez muerto, fuera sepultado y entregado al seno de la tierra; para que su maldad no fuera sepultada juntamente con él, su casa fue convertida en un montón de ruinas, a fin de que todos los que pasaran, al verla, y conocer la razón de la ruina, evitaran imitar el pecado.
Homilía 19, § 7
7. Esto sucedió también en Sodoma. Pues cuando ardieron en su concupiscencia unos hacia otros, entonces también la tierra misma fue abrasada, encendida por el fuego de lo alto. Porque Él dispuso que la venganza de este pecado permaneciera para siempre.
Y observad la misericordia de Dios. A los que habían pecado no los dejó continuar ardiendo hasta el día de hoy, sino que, después de haber estado una vez en llamas, los sepultó; y abrasando la faz de la tierra, la puso visiblemente delante de todos los que después quisieran mirar estas cosas; y ahora la vista de aquella tierra, a través de todas las generaciones posteriores, ha dado una amonestación superior a todos los poderes de la palabra, clamando, por así decir: «¡No os atreváis a hacer las obras de Sodoma, no sea que padezcáis la suerte de Sodoma!» Porque el precepto comúnmente no hace una impresión tan profunda en la mente como un espectáculo temible, que lleva sobre sí los vestigios de la calamidad a través de todo tiempo. Y dan testimonio las personas que han visitado estos lugares, las cuales muchas veces, cuando oyen a la Escritura discurrir sobre estas cosas, no se aterran mucho; pero cuando han ido y se han detenido en el sitio, y ven toda su superficie desfigurada, y han presenciado los efectos del fuego, sin verse suelo en ninguna parte, sino todo polvo y cenizas, vuelven asombradas por el espectáculo, llevándose una fuerte lección de castidad. Pues verdaderamente, la naturaleza misma del castigo era una figura de la naturaleza del pecado. Así como ellos practicaron un comercio estéril, que no tenía por fin la procreación de hijos, así Dios trajo sobre ellos un castigo tal, que hizo el seno de la tierra perpetuamente estéril y desprovisto de todos los frutos. Por esta razón también amenazó con destruir las moradas de los juradores, para que con sus castigos hicieran a los demás más dueños de sí mismos.
Homilía 19, § 8
8. Pero estoy dispuesto a mostrar hoy, no la destrucción de una, dos o tres casas a consecuencia de juramentos, sino la de toda una ciudad y de un pueblo amado de Dios; de una nación que siempre había gozado de mucho cuidado divino; y de una raza que había escapado de muchos peligros. Pues Jerusalén misma, la ciudad de Dios, que tenía el arca santa y todo aquel culto divino —donde hubo una vez profetas, y la gracia del Espíritu, y el arca; y las tablas de la alianza, y la urna de oro—; donde los ángeles eran visitantes frecuentes; esta ciudad, digo, cuando tuvieron lugar multitud de guerras, y muchas naciones extranjeras la atacaron, como ceñida por un muro de diamante, se burló siempre de todas ellas, y mientras la tierra era enteramente destruida, no sufrió daño alguno. Y no sólo es esto admirable, sino que frecuentemente, al expulsar a sus enemigos, les infligía un duro golpe, y gozaba tanto del cuidado providencial de Dios, que Dios mismo dijo: «Hallé a Israel como un racimo de uvas en el desierto; y vi a vuestros padres como el primer fruto de la higuera.» [] Y de nuevo, de la ciudad misma: «Como aceitunas en el extremo de la rama más alta, y dirán: No les hagáis daño.» Sin embargo, la ciudad amada de Dios; que había escapado de tantos peligros; que había sido favorecida con el perdón, en medio de la multitud de sus pecados; que sola había podido evitar la cautividad, mientras todos los demás eran llevados, no una ni dos veces, sino muy a menudo; fue arruinada únicamente por un juramento. Pero cómo, paso a decirlo.
Homilía 19, § 9
9. Uno de sus reyes fue Sedequías. Este Sedequías juró a Nabucodonosor, rey de los bárbaros, que permanecería en alianza con él. Después se rebeló, y se pasó al rey de Egipto, despreciando la obligación de su juramento, y padeció las cosas que oiréis en seguida. Pero primero es necesario mencionar la parábola del profeta, en la que representó enigmáticamente todos estos asuntos: «La palabra del Señor,» dice, «vino a mí, diciendo: Hijo de hombre, propón un enigma y habla una parábola, y di: Así dice el Señor Dios: Un águila grande, de grandes alas y largas, extendida, llena de garras.» [] Aquí llama águila al rey de los babilonios, y dice de él que es «grande y de largas alas;» y lo llama extendido y «lleno de garras,» a causa de la multitud de su ejército, de la grandeza de su poder y de la rapidez de su invasión. Porque así como las alas y las garras del águila son su armadura, así los caballos y los soldados lo son para los reyes. Esta águila, prosigue, «tiene la guía para entrar en el Líbano.» ¿Qué se entiende por «la guía?» Consejo, designio. Y Judea es llamada Líbano, por su situación cerca de aquel monte. Después, queriendo hablar de los juramentos y tratados, «Tomó,» dice, «de la simiente de la tierra, y la plantó en un campo fértil, para que arraigara junto a aguas abundantes. La puso para ser contemplada; y creció, y se convirtió en una vid débil, de pequeña estatura, y extendió sus ramas hacia él, y sus raíces estaban debajo de él.» [] Aquí llama vid a la ciudad de Jerusalén; pero al decir que extendió sus ramas hacia el águila, y que sus raíces estaban debajo de él, se refiere a los tratados y alianzas hechos con él; y a que se echó sobre él. Luego, con el propósito de declarar la iniquidad de esto, dice: «Y hubo otra águila grande,» (hablando del rey egipcio), «con grandes alas y con muchas garras; y la vid se inclinó hacia ella, y sus sarmientos hacia ella, y echó sus ramas, para ser regada. Por eso dije: Así dice el Señor Dios: ¿Prosperará?» [] Es decir, «después de haber quebrantado el juramento y los tratados, ¿podrá permanecer, o estar segura, o evitar caer?» En seguida, para mostrar que esto no ha de suceder, sino que ciertamente ha de ser destruida a causa del juramento, discurre acerca de su castigo y alega la causa. «Porque sus tiernas raíces y sus frutos se corromperán, y todo lo que de ella brota se secará.» [] Y para mostrar que no será destruida por fuerza humana, sino porque se ha hecho enemigo a Dios por medio de estos juramentos, añade: «No por brazo poderoso, ni por mucha gente, para arrancarla de raíz.» Tal es, en efecto, la parábola, pero el profeta la explica de nuevo cuando dice: «He aquí que el rey de Babilonia viene contra Jerusalén.» [] Y luego, después de decir algunas otras cosas en medio, menciona los juramentos y los tratados. «Porque,» dice, «hará alianza con él;» [] y en seguida, hablando del apartamiento de ella, prosigue: «Y se apartará de él, enviando mensajeros a Egipto, para que le den caballos y mucha gente.» Y luego pasa a mostrar que es a causa del juramento por lo que toda esta destrucción ha de tener lugar. «Ciertamente en el lugar donde habita el rey que lo hizo rey, aquel que ha despreciado mi maldición y ha transgredido mi alianza, en medio de Babilonia morirá; y no por gran poder ni por multitud, porque despreció el juramento al transgredir esta mi alianza; ciertamente haré recaer sobre su cabeza este mi juramento que ha deshonrado, y mi alianza que ha roto; y extenderé mi red sobre él.» [] ¿Veis que no una, ni dos, sino repetidamente se dice que por causa del juramento había de padecer todas estas cosas? Porque Dios es inexorable cuando los juramentos son tratados con desprecio. Y no solamente por el castigo que vino sobre la ciudad por el juramento, sino también por la dilación y el aplazamiento, puede verse cuánto se preocupa Dios por la inviolabilidad de los juramentos. «Y aconteció,» se nos dice, «en el año noveno del reinado de Sedequías, a los diez días del mes, que Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino con todo su ejército contra Jerusalén, y acampó contra ella, y construyó un muro contra ella en derredor, y la ciudad fue sitiada hasta el año undécimo del rey Sedequías, y el día noveno del mes, y no había pan para que el pueblo comiera, y la ciudad fue abierta por brecha.» [] Podía, en efecto, desde el primer día haberlos entregado y darlos en manos de sus enemigos; pero permitió que primero fueran consumidos durante el espacio de tres años, y experimentaran un asedio angustiosísimo; a fin de que durante este intervalo, humillados por el terror de las fuerzas de fuera, o por el hambre que oprimía la ciudad por dentro, obligaran al rey, aun de mala gana, a someterse al bárbaro; y se obtuviera algún alivio para el pecado cometido. Y para probar que esto es verdad, y no conjetura mía, escuchad lo que le dice por el profeta: «Si sales a los príncipes del rey de Babilonia, entonces vivirá tu alma, y esta ciudad no será quemada a fuego; y vivirás tú y tu casa. Pero si no sales a los príncipes del rey de Babilonia, entonces esta ciudad será entregada en mano de los caldeos; y la quemarán a fuego, y tú no escaparás de su mano. Y dijo el rey: Temo a los judíos que se han pasado a los caldeos, no sea que me entreguen en sus manos y se burlen de mí. Pero Jeremías dijo: No te entregarán. Obedece, te lo ruego, la palabra del Señor que te hablo; así te irá mejor, y tu alma vivirá. Pero si rehúsas salir, ésta es la palabra que el Señor me ha mostrado: Todas las mujeres que quedan en casa del rey de Judá serán sacadas a los príncipes del rey de Babilonia; y dirán: Los hombres que estaban en paz contigo te han engañado y han prevalecido contra ti; prevalecerán cuando resbalen tus pies; se han apartado de ti, y sacarán a todas tus mujeres y a tus hijos a los caldeos, y tú no escaparás de su mano, porque serás tomado por la mano del rey de Babilonia, y esta ciudad será quemada a fuego.» []
Homilía 19, § 10
10. Mas cuando no logró persuadirlo con este discurso, y él permaneció en su pecado y transgresión, al cabo de tres años entregó Dios la ciudad, mostrando a un tiempo su clemencia y la ingratitud de aquel rey. Y entrando con grandísima facilidad, ellos «quemaron la casa del Señor, y la casa del rey, y las casas de Jerusalén, y toda casa grande quemó el capitán de la guardia, y derribó el muro de Jerusalén;» y por doquiera estaba el fuego del bárbaro, siendo el juramento el conductor del incendio y llevando la llama en todas direcciones. «Y al resto del pueblo que había quedado en la ciudad, y a los fugitivos que se habían pasado al rey de Babilonia, los llevó cautivos el capitán de la guardia. [] Y las columnas de bronce que estaban en la casa del Señor, y las basas, y el mar de bronce que estaba en la casa del Señor, los caldeos los rompieron en pedazos. Y las ollas, y las paletas, y las tazas, y los incensarios, y todos los utensilios de bronce con que ministraban, se los llevaron. Y los braseros, y todos los vasos de oro y plata, se los llevaron. Además, Nabuzardán, capitán de la guardia, se llevó las dos columnas, y las basas, y el mar que Salomón había hecho para la casa del Señor. Y se llevaron a Seraías, el sumo sacerdote, y a Sofonías, el segundo sacerdote, y a los tres guardianes de la puerta; y de la ciudad a un eunuco que estaba al mando de los hombres de guerra; y a cinco hombres de los que estaban en la presencia del rey; y a Safán, el jefe del ejército, y al escriba principal, y a sesenta hombres. Y los tomó, y los llevó al rey de Babilonia, y el rey los hirió y los mató.» []
Homilía 19, § 11
11. Tened presente, pues, os ruego, ahora la «hoz voladora» que «reposa en la casa del jurador;» y «destruye los muros y la madera y las piedras.» Tened presente, os ruego, cómo este juramento entró en la ciudad y derribó casas, y templo, y muros, y espléndidos edificios, y convirtió la ciudad en un montón de ruinas; y que ni el Santo de los Santos, ni los vasos sagrados, ni cosa alguna pudo apartar aquel castigo y venganza, ¡porque el juramento había sido quebrantado! La ciudad, ciertamente, fue así destruida miserablemente. Mas el rey padeció lo que era aún más miserable y lamentable. [] Y así como la hoz voladora derribó los edificios, así también lo derribó a él en su huida. Pues «el rey,» dice, «salió de noche por el camino de la puerta, y los caldeos cercaron la ciudad, y el ejército de los caldeos persiguió al rey y lo alcanzó, y tomaron al rey, y lo llevaron al rey de Babilonia, y el rey de Babilonia pronunció juicio contra Sedequías, y degolló a sus hijos delante de su rostro, y sacó los ojos a Sedequías, y lo ató con grillos, y lo llevó a Babilonia.» ¿Qué quiere decir la expresión: «pronunció juicio contra él?» Le exigió cuenta de su conducta, litigó contra él; y primero degolló a sus dos hijos, para que fuese espectador de la calamidad de su casa, y contemplase aquella deplorable tragedia; y luego le sacó los ojos. ¿Por qué, pregunto otra vez, ocurrió esto? ¡Para que fuese como maestro para los bárbaros, y también para los judíos que moraban entre ellos; y para que los que tenían ojos disciernan por medio de aquel que fue privado de la vista cuán grande mal es un juramento! Y no sólo éstos, sino todos los que moraban junto al camino, viendo a aquel hombre encadenado y ciego, aprendiesen por su calamidad la grandeza de su pecado. Por eso uno de los profetas declara: «No verá Babilonia.» [] Y otro: «Será llevado a Babilonia.» [] Y la profecía parece, en verdad, contradictoria. Pero no lo es; pues ambas son verdaderas. Porque no vio Babilonia, aunque fue llevado a Babilonia. ¿Cómo, pues, no vio Babilonia? Porque fue en Judea donde le sacaron los ojos; pues donde el juramento había sido menospreciado, allí también fue vindicado, y él mismo sometido al castigo. ¿Y cómo fue llevado a Babilonia? En estado de cautiverio. Pues como el castigo fue doble, privación de la vista y cautiverio, los profetas lo tomaron por separado. El uno dice: «No verá Babilonia,» hablando de la pérdida de sus ojos; el otro dice: «Será llevado a Babilonia,» significando su cautiverio.
Homilía 19, § 12
12. Sabiendo, pues, estas cosas, hermanos, y recogiendo lo que ahora se ha expuesto, así como lo que se ha dicho antes, desistamos al fin de esta mala costumbre, ¡sí, os ruego y os suplico a todos! Pues si en la antigua dispensación, cuando a los judíos no se les exigía la más estricta sabiduría moral, sino que se les extendía mucha condescendencia, tal ira fue el efecto de un solo juramento; tal captura y cautiverio; ¿qué castigo es probable que sufran ahora los que juran, después de una ley expresa que prohíbe la práctica, y tan grande adición de preceptos? ¿Acaso es todo lo que se requiere que vengamos a la asamblea y oigamos lo que se dice? Pues en verdad es razón de mayor condenación, y de castigo más inevitable, que estemos continuamente oyendo, ¡y sin embargo no hagamos lo que se manda! ¿Qué excusa tendremos, o qué perdón, si reuniéndonos aquí desde la más tierna juventud hasta la más avanzada vejez, y gozando de la ventaja de tanta instrucción, permanecemos igual que ellos, y no nos esforzamos por corregir un solo defecto? Que nadie en adelante alegue costumbre. Pues esto es justamente lo que me indigna y me provoca: que no seamos capaces de vencer la costumbre. Y, decidme, si no vencemos la costumbre, ¿cómo podremos vencer la concupiscencia, que tiene su raíz aun en los principios de nuestra naturaleza? Pues es natural sentir deseo; pero desear perversamente viene después, por elección. Mas esta práctica de jurar no toma ni siquiera su primer principio de la naturaleza, sino de la mera negligencia.
Homilía 19, § 13
13. Y para que aprendáis que no por la dificultad de la cosa, sino por nuestra desidia, este pecado ha avanzado a tal extremo, traigamos a la memoria cuántas cosas mucho más difíciles que éstas realizan los hombres; y eso sin esperar recompensa alguna de ellas. Pensemos qué servicios impone el diablo; cuán laboriosos, cuán penosos son; y sin embargo, la dificultad no ha sido obstáculo para estos servicios. Pues ¿qué puede haber más difícil, pregunto, que cuando un joven, entregándose a aquellos que se comprometen a hacer sus miembros flexibles y ágiles, emplea su más esforzado empeño en doblar todo su cuerpo hasta darle la forma exacta de una rueda, y dar vueltas sobre el pavimento; agotándose sus fuerzas al mismo tiempo por los ojos, y por el movimiento de las manos, así como por otras contorsiones para ser transformado en semejanza de mujer? Y sin embargo, ni la dificultad de estas hazañas, ni la degradación que de ellas proviene, son tenidas en cuenta. Y además, aquellos que son arrastrados al tablado de danza, y usan los miembros del cuerpo como si fuesen alas, ¿quién que los contemple puede dejar de quedar asombrado? Así también, aquellos que lanzan cuchillos al aire uno tras otro, y los atrapan todos por el mango, ¿a quién no avergonzarían de los que se niegan a soportar trabajo alguno por causa de la virtud? ¿Y qué puede decirse de aquellos hombres que, equilibrando una pértiga sobre la frente, la mantienen tan firme como un árbol arraigado en la tierra? Y ésta no es la única parte maravillosa del asunto, sino que ponen a niños pequeños a luchar unos con otros en lo alto del árbol; y ni las manos, ni ninguna otra parte del cuerpo ayudando, la frente sola sostiene la pértiga sin vacilar, y con más firmeza que cualquier clase de amarradura. Y también: otro camina sobre la cuerda más delgada, con la misma intrepidez con que los hombres corren sobre llanuras niveladas. Sin embargo, estas cosas, que aun en el pensamiento parecen impracticables, se han vuelto posibles por arte. ¿Qué cosa semejante a ésta tenemos, pregunto, que alegar en cuanto a los juramentos? ¿Qué clase de dificultad? ¿Qué fatiga? ¿Qué arte? ¿Qué peligro? Sólo se necesita de nuestra parte un poco de diligencia, y toda nuestra tarea será rápidamente realizada.
Homilía 19, § 14
14. Y no me digáis: «He cumplido la mayor parte;» pues si no habéis cumplido el todo, considerad que aún no habéis hecho nada; porque esto poco, si se descuida, es destrucción para todo lo demás. A menudo, en verdad, cuando los hombres han edificado una casa y puesto el techo, han destruido toda la fábrica por no ocuparse de una sola teja que se ha desprendido de ella. Y lo mismo puede verse que ocurre con los vestidos; pues también allí, si se hace un pequeño agujero y no se remienda, resulta un gran rasgón. Y esto también sucede con frecuencia en cuanto a las inundaciones; pues éstas, si encuentran apenas una pequeña entrada, dejan pasar todo el torrente. Tú también, entonces, aunque te hayas fortificado por todos lados, y sólo una pequeña parte quede aún sin fortificar, ¡tapiéala también ésta contra el diablo, para que seas hecho fuerte por todos los costados! Has visto la hoz! Has visto la cabeza de Juan! Has oído la historia referente a Saúl! Has oído la manera del cautiverio judío! Y además de todo esto, has oído la sentencia de Cristo que declara que no sólo cometer perjurio, sino jurar de cualquier manera, es cosa diabólica, y todo ello artificio del maligno. Has oído que por doquier los perjurios siguen a los juramentos. Reuniendo, pues, todas estas cosas, escríbelas sobre tu entendimiento. ¿No veis cómo las mujeres y los niñitos suspenden Evangelios de su cuello como amuleto poderoso, y los llevan consigo a todos los lugares adonde van? Así escribe tú los mandamientos del Evangelio y sus leyes sobre tu mente. Aquí no hay necesidad de oro o de bienes, ni de comprar un libro; sino sólo de la voluntad, y de los afectos del alma despiertos, y el Evangelio será tu guardián más seguro, llevándolo como entonces lo harás, no fuera, sino atesorado dentro; sí, en las cámaras secretas del alma. Cuando te levantes, pues, de tu lecho, y cuando salgas de tu casa, repite esta ley: «Yo os digo: No juréis en modo alguno.» [] Y el dicho será para ti una disciplina; pues no hay necesidad de mucho trabajo, sino sólo de un grado moderado de atención. Y que esto es verdad, puede probarse así. Llama a tu hijo, y atemorízalo, y amenázalo con darle unos cuantos azotes, si no observa debidamente esta ley; y verás cómo inmediatamente se abstendrá de esta costumbre. ¿No es, pues, verdaderamente absurdo que los niñitos, por el temor que inspiramos, cumplan este mandamiento, y que nosotros no temamos a Dios como nuestros hijos nos temen a nosotros?
Homilía 19, § 15
15. Lo que dije antes, ahora lo repito de nuevo. Establezcamos una ley para nosotros en este asunto: no entrometernos ni en asuntos públicos ni privados hasta que hayamos cumplido esta ley; y entonces, ciertamente, bajo la presión de esta obligación, venceremos fácilmente, y a la vez nos adornaremos a nosotros mismos y decoraremos nuestra ciudad. Pues considerad qué cosa sería que se dijese por todas partes a través del mundo: «¡Una práctica que conviene a cristianos está establecida en Antioquía, y no oiréis a nadie proferir un juramento, aun cuando la más grande necesidad le sea impuesta!» Esto es lo que ciertamente oirán las ciudades vecinas; es más, no sólo las ciudades vecinas, sino que hasta los confines de la tierra llegará el rumor. Pues es en verdad probable que tanto los mercaderes que tratan con vosotros, como otros que llegan de este lugar, refieran todas estas cosas. Cuando, pues, muchos en tono de encomio mencionen los puertos de otras ciudades, o los mercados, o la abundancia de mercancías, haced que los que vengan de aquí puedan decir que hay en Antioquía lo que no se ve en ninguna otra ciudad; ¡pues que los hombres que allí moran preferirían que les cortasen la lengua antes que permitir que un juramento saliese de su boca! Éste será vuestro ornamento y defensa, y no sólo eso, sino que traerá abundante recompensa. Pues otros también ciertamente os emularán e imitarán. Pero si cuando uno ha ganado apenas una o dos personas, [] ha de recibir tan grande recompensa de Dios, ¿qué galardón no recibiréis vosotros cuando seáis los instructores del mundo entero? Es vuestro deber, pues, avivaros, velar y ser sobrios; sabiendo que no sólo de nuestras propias buenas obras, sino de las que también hemos obrado en otros, recibiremos la mejor recompensa, y gozaremos de mucho favor ante Dios, el cual quiera concedernos a todos gozarlo continuamente, y después alcanzar el reino de los cielos, en Cristo Jesús nuestro Señor; a quien con el Padre, y el Espíritu Santo, sea gloria y poder ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.