8. Pues el que llega primero es quien recoge todo el fruto; y cuando, a instancia de otro, deponéis vuestra ira, la buena obra debe contarse como de él; pues habéis cumplido la ley como haciendo un favor a él, no como obedeciendo a Dios. Pero si, cuando nadie ruega, cuando ni siquiera se acerca ni os solicita el hombre que hizo la injuria, vosotros mismos, desechando de vuestro pensamiento toda vergüenza y toda demora, corréis libremente hacia el injuriador y apagáis por completo la ira, la buena acción se hace enteramente vuestra, y recibiréis toda la recompensa. Si digo, «Practicad el ayuno,» vuestra excusa, acaso, es la debilidad corporal. Si digo, «Dad a los pobres,» es la pobreza, y la crianza de los hijos. Si digo, «Haced tiempo para las asambleas de la Iglesia,» son los cuidados mundanos. Si digo, «Prestad atención a lo que se dice, y considerad el poder de lo que se enseña,» es la falta de instrucción. Si digo, «Corregid a otro,» decís, «Cuando se le da consejo, no hace caso, porque a menudo he hablado y he sido despreciado.» Frías, como son tales excusas, sin embargo tenéis algunas excusas que alegar. Pero supongamos que digo, «Abandonad vuestra ira,» ¿cuál de éstas alegaréis entonces? Pues ni enfermedad del cuerpo, ni pobreza, ni falta de cultura, ni falta de ocio, ni ninguna otra cosa de ese género tenéis que aducir; sino que este pecado es, sobre todos los demás, el más inexcusable. ¿Cómo podréis extender las manos hacia el cielo, o mover la lengua, o pedir perdón? Pues aunque Dios desea perdonar vuestros pecados, vosotros mismos no se lo permitís, mientras retenéis el de vuestro consiervo. Pero supongamos que él es cruel, feroz y salvaje, y ávido de venganza y represalia. Precisamente por esto debéis otorgar el perdón especialmente. ¿Habéis sido agraviados mucho, y robados, y calumniados, y perjudicados en asuntos de suma importancia; y deseáis ver a vuestro enemigo castigado? Pues aun por esto os será útil perdonarle. Pues supongamos que vosotros mismos tomáis venganza y la promovéis, sea con palabras, con obras o con imprecaciones contra el adversario; entonces Dios no la promoverá después, en cuanto habéis tomado vuestra venganza; y no sólo no promoverá el asunto por vosotros, sino que os exigirá un castigo como despreciador de Él mismo. Pues si esto mismo sucede entre los hombres, a saber, que si golpeamos al siervo de otro, el amo se indigna y llama al acto una injuria (pues aunque seamos tratados injustamente, ya por esclavos, ya por hombres libres, conviene que aguardemos las decisiones legales de magistrados o amos); si, pues, aun entre los hombres, vengarnos no sería seguro, ¡cuánto más cuando Dios es el vengador!