V, introducción
Antes de comenzar el libro quinto de nuestra historia, hemos de rogar a quienes lean este tratado que no nos censuren con demasiada prisa porque, habiéndonos propuesto escribir una historia eclesiástica, entremezclemos todavía con los asuntos eclesiásticos una relación de las guerras ocurridas durante el período considerado, en la medida en que pudo ser debidamente comprobada. Pues esto lo hemos hecho por varias razones: en primer lugar, para presentar a nuestros lectores una exposición exacta de los hechos; en segundo lugar, para que el ánimo de los lectores no se hastíe con la repetición de las contenciosas disputas de los obispos y de sus insidiosos designios de unos contra otros; pero muy especialmente para que quede de manifiesto que, cuantas veces se perturban los asuntos del Estado, los de la Iglesia, como por una suerte de vital simpatía, se desordenan también. En efecto, quien examine el asunto con atención hallará que los males del Estado y las tribulaciones de la Iglesia han estado inseparablemente unidos; pues advertirá que o han surgido juntos, o se han sucedido inmediatamente. A veces los asuntos de la Iglesia van primero; luego siguen las conmociones del Estado, y a veces a la inversa, de modo que no puedo creer que este invariable intercambio sea meramente fortuito, sino que estoy persuadido de que procede de nuestras iniquidades; y de que estos males nos son infligidos como merecidos castigos, si en verdad, como dice el Apóstol con verdad, 'Los pecados de algunos hombres se manifiestan de antemano, precediéndoles a juicio; mas a otros les siguen después.' [] Por esta razón hemos entretejido muchos asuntos del Estado con nuestra historia eclesiástica. De las guerras llevadas a cabo durante el reinado de Constantino no hemos hecho mención, por no haber hallado relación alguna de ellas en la que se pudiera confiar a causa de su iniquidad; pero de los acontecimientos posteriores, cuanta información pudimos recoger de quienes aún vivían, en el orden de su ocurrencia, la hemos pasado en rápida revista. Hemos incluido continuamente a los emperadores en estos detalles históricos; porque desde el tiempo en que comenzaron a profesar la religión cristiana, los asuntos de la Iglesia han dependido de ellos, de modo que hasta los más grandes sínodos han sido, y aún son, convocados por disposición suya. Finalmente, hemos reparado particularmente en la herejía arriana, porque ha inquietado tan grandemente a las iglesias. Considérense suficientes estas observaciones a modo de prefacio; ahora proseguiremos con nuestra historia.
Capítulo 1. Tras la muerte de Valente, los godos atacan de nuevo Constantinopla y son rechazados por los ciudadanos, ayudados por algunos auxiliares sarracenos
V, 1
Después de que el emperador Valente hubo perdido así la vida, de una manera que nunca ha podido comprobarse satisfactoriamente, los bárbaros se acercaron de nuevo a las mismísimas murallas de Constantinopla y asolaron los arrabales por todos lados. Ante lo cual el pueblo, indignado, se armó con cuantas armas pudo cada cual echar mano, y salió por su propia voluntad contra el enemigo. La emperatriz Dominica hizo que se distribuyera del tesoro imperial la misma paga que solía darse a los soldados a cuantos se ofrecían voluntarios para este servicio. Unos pocos sarracenos ayudaron también a los ciudadanos, siendo aliados enviados por su reina Mavia; de esta última ya hemos hablado. De este modo, habiendo combatido en esta ocasión el pueblo, los bárbaros se retiraron a gran distancia de la ciudad.
Capítulo 2. El emperador Graciano hace volver a los obispos ortodoxos y expulsa a los herejes de las iglesias. Toma a Teodosio como colega en el Imperio
V, 2
Graciano, hallándose ya en posesión del imperio, junto con Valentiniano el Joven, y condenando la cruel política de su tío Valente para con los cristianos [ortodoxos], hizo volver a los que había enviado al destierro. Decretó además que personas de todas las sectas, sin distinción, pudieran reunirse con seguridad en sus iglesias; y que solo los eunomianos, los fotinianos y los maniqueos fueran excluidos de las iglesias. Siendo asimismo consciente de la languideciente condición del imperio romano y del creciente poder de los bárbaros, y percibiendo que el Estado necesitaba un hombre valiente y prudente, tomó a Teodosio como colega en el poder soberano. Este [Teodosio] descendía de una noble familia de España y había adquirido tan distinguida celebridad por su valor en las guerras, que universalmente se le consideraba digno de la dignidad imperial, aun antes de que Graciano lo eligiera. Habiéndolo, pues, proclamado emperador en Sirmio, ciudad de Iliria, en el consulado de Ausonio y Olybrio, el 16 de enero, dividió con él el cuidado de dirigir la guerra contra los bárbaros.
V, 3
Ahora bien, en este tiempo Dámaso, que había sucedido a Liberio, presidía entonces la iglesia de Roma. Cirilo estaba todavía en posesión de la de Jerusalén. La iglesia antioquena, como hemos dicho, estaba dividida en tres partes: pues los arrianos habían elegido a Doroteo como sucesor de su obispo Euzoio; mientras que una porción del resto estaba bajo el gobierno de Paulino, y los demás se alineaban con Melecio, que había sido llamado del destierro. Lucio, aunque ausente, habiéndose visto obligado a abandonar Alejandría, mantenía sin embargo la autoridad episcopal entre los arrianos de aquella ciudad; los homousianos de allí estaban encabezados por Timoteo, que sucedió a Pedro. En Constantinopla, Demófilo, sucesor de Eudoxio, presidía la facción arriana y estaba en posesión de las iglesias; pero los que se negaban a estar en comunión con él celebraban sus asambleas aparte.
Capítulo 4. Los macedonios, que habían suscrito la doctrina 'homousiana', vuelven a su antiguo error
V, 4
Después de la diputación de los macedonios a Liberio, aquella secta fue admitida a la plena comunión con las iglesias en todas las ciudades, mezclándose indistintamente con quienes desde el principio habían abrazado la forma de fe publicada en Nicea. Pero cuando la ley del emperador Graciano permitió a las distintas sectas reunirse sin restricción en los servicios públicos de la religión, resolvieron de nuevo separarse; y habiéndose reunido en Antioquía de Siria, decidieron evitar de nuevo la palabra homousios y no tener en modo alguno comunión con los partidarios del Credo niceno. Sin embargo, no obtuvieron ventaja alguna de este intento; pues la mayoría de su propio partido, disgustada por la volubilidad con que unas veces mantenían una opinión y otras otra, se apartó de ellos y desde entonces se adhirió firmemente a quienes profesaban la doctrina del homousion.
V, 5
Por este tiempo se suscitó en Antioquía de Siria un grave conflicto a causa de Melecio. Ya hemos observado que Paulino, obispo de aquella ciudad, no fue enviado al destierro a causa de su eminente piedad; y que Melecio, después de ser restablecido por Juliano, fue de nuevo desterrado por Valente y, finalmente, llamado en el reinado de Graciano. A su regreso a Antioquía, halló a Paulino muy debilitado por la vejez; sus partidarios, por tanto, pusieron inmediatamente el mayor empeño en que fuera asociado a aquel obispo en el oficio episcopal. Y cuando Paulino declaró que 'era contrario a los cánones tomar como coadjutor a quien había sido ordenado por los arrianos', el pueblo recurrió a la violencia e hizo que fuera consagrado en una de las iglesias fuera de la ciudad. Hecho esto, se produjo una gran perturbación; pero después se logró que el pueblo se uniera con las siguientes estipulaciones. Habiendo reunido a aquellos del clero que pudieran considerarse dignos candidatos al obispado, hallaron que eran seis, de los cuales Flaviano era uno. A todos ellos los obligaron con juramento a no hacer esfuerzo alguno por lograr ser ordenados, cuando muriera uno u otro de los dos obispos, sino a permitir que el superviviente retuviera sin perturbación la posesión de la sede del difunto. Así se dieron las garantías, y el pueblo tuvo paz y ya no disputó más entre sí. Los luciferianos, sin embargo, se separaron de los demás, porque Melecio, que había sido ordenado por los arrianos, fue admitido al episcopado. En este estado de la iglesia antioquena, Melecio se vio en la necesidad de ir a Constantinopla.
Capítulo 6. Gregorio de Nacianzo es trasladado a la sede de Constantinopla. El emperador Teodosio, enfermando en Tesalónica tras su victoria sobre los bárbaros, es allí bautizado por Ascolio, el obispo
V, 6
Por el sufragio común de muchos obispos, Gregorio fue trasladado en este tiempo de la sede de Nacianzo a la de Constantinopla, y esto ocurrió del modo antes descrito. Por el mismo tiempo, los emperadores Graciano y Teodosio obtuvieron sendas victorias sobre los bárbaros. Y Graciano partió inmediatamente hacia la Galia, porque los alamanes estaban asolando aquellas provincias; pero Teodosio, después de erigir un trofeo, se apresuró hacia Constantinopla y llegó a Tesalónica. Allí enfermó gravemente y expresó el deseo de recibir el bautismo cristiano. Ahora bien, había sido instruido en los principios cristianos por sus antepasados y profesaba la fe 'homousiana'. Volviéndose, pues, cada vez más ansioso de ser bautizado, a medida que su mal empeoraba, envió a buscar al obispo de Tesalónica y le preguntó en primer lugar qué doctrinas sostenía. Habiendo respondido el obispo 'que la opinión de Arrio no había invadido aún las provincias de Iliria, ni la novedad a la que aquel hereje había dado origen había comenzado a hacer presa en las iglesias de aquellos países; sino que continuaban preservando inquebrantable aquella fe que desde el principio fue entregada por los apóstoles y había sido confirmada en el Sínodo Niceno', el emperador fue bautizado con gran gozo por el obispo Ascolio; y habiéndose recobrado de su enfermedad no muchos días después, llegó a Constantinopla el veinticuatro de noviembre, en el quinto consulado de Graciano y el primero del suyo propio.
Capítulo 7. Gregorio, hallando cierto descontento por su nombramiento, abdica el episcopado de Constantinopla. El emperador ordena a Demófilo, el obispo arriano, que asienta al 'homousion' o abandone la ciudad. Elige esto último
V, 7
Ahora bien, en aquel tiempo Gregorio de Nacianzo, tras su traslado a Constantinopla, celebraba sus asambleas dentro de la ciudad en un pequeño oratorio, junto al cual los emperadores edificaron después una magnífica iglesia, y la llamaron Anastasia. Pero Gregorio, que en elocuencia y piedad superaba con mucho a todos los de la edad en que vivía, comprendiendo que algunos murmuraban de su promoción porque era extranjero, después de expresar su alegría por la llegada del emperador, renunció al obispado de Constantinopla. Cuando el emperador halló la iglesia en este estado, comenzó a considerar por qué medios podía hacer la paz, lograr la unión y engrandecer las iglesias. Inmediatamente, por tanto, manifestó su deseo a Demófilo, que presidía el partido arriano; y le preguntó si estaba dispuesto a asentir al Credo niceno y reunir así al pueblo y establecer la paz. Al negarse Demófilo a acceder a esta propuesta, el emperador le dijo: 'Puesto que rechazas la paz y la armonía, te ordeno que abandones las iglesias.' Cuando Demófilo oyó esto, sopesando en su ánimo la dificultad de contender contra un poder superior, convocó a sus seguidores en la iglesia y, puesto en medio de ellos, habló así: 'Hermanos, escrito está en el Evangelio []: «Si os persiguen en una ciudad, huid a otra.» Por tanto, ya que el emperador necesita las iglesias, tened presente que de ahora en adelante celebraremos nuestras asambleas fuera de la ciudad.' Dicho esto, se marchó; no, sin embargo, comprendiendo rectamente el sentido de aquella expresión del Evangelista, pues el verdadero significado del sagrado oráculo es que quienes quieren evitar el curso de este mundo han de buscar la Jerusalén celestial. Salió, pues, fuera de las puertas de la ciudad, y allí celebró en adelante sus asambleas. Con él salió también Lucio, quien, expulsado de Alejandría, como antes hemos referido, había escapado a Constantinopla y allí moraba. Así los arrianos, después de haber estado en posesión de las iglesias durante cuarenta años, fueron expulsados de la ciudad, a causa de su oposición a la paz propuesta por el emperador Teodosio, en el quinto consulado de Graciano y el primero de Teodosio Augusto, el 26 de noviembre. Los partidarios de la fe 'homousiana' recobraron de este modo la posesión de las iglesias.
Capítulo 8. Un sínodo compuesto por ciento cincuenta obispos se reúne en Constantinopla. Decretos aprobados. Ordenación de Nectario
V, 8
El emperador, sin demora, convocó un sínodo de los prelados de su propia fe, a fin de establecer el Credo niceno y nombrar un obispo para Constantinopla; y como no carecía de esperanza de atraer a los macedonios a sus propias opiniones, invitó también a los que presidían aquella secta a estar presentes. Se reunieron, pues, en esta ocasión, del partido homousiano, Timoteo de Alejandría, Cirilo de Jerusalén, quien entonces reconocía la doctrina del homousion, habiendo retractado su anterior opinión; Melicio de Antioquía, que había llegado allí previamente para asistir a la instalación de Gregorio; Ascholio también de Tesalónica, y muchos otros, que sumaban en total ciento cincuenta. De los macedonios, los jefes eran Eleusio de Cízico y Marciano de Lámpsaco; éstos, con el resto, la mayoría de los cuales venían de las ciudades del Helesponto, eran treinta y seis. En consecuencia, se reunieron en el mes de mayo, bajo el consulado de Euquerio y Evagrio, y el emperador puso sus mayores esfuerzos, junto con los obispos que albergaban sentimientos semejantes a los suyos, para atraer a Eleusio y a sus partidarios a su lado. Se les recordó la diputación que habían enviado por medio de Eustacio a Liberio, entonces obispo de Roma; que no mucho antes habían entrado por propia voluntad en comunión indistinta con los ortodoxos; y se les representó la inconsistencia y volubilidad de su conducta, al intentar ahora subvertir la fe que una vez reconocieron y profesaron estar de acuerdo con los católicos. Pero ellos, prestando poca atención tanto a las amonestaciones como a las reprensiones, prefirieron mantener el dogma arriano antes que asentir a la doctrina "homousiana". Tras hacer esta declaración, partieron de Constantinopla; además escribieron a sus partidarios en cada ciudad, encargándoles que de ningún modo armonizaran con el credo del sínodo de Nicea. Los obispos del otro partido, permaneciendo en Constantinopla, entraron en consulta sobre la ordenación de un obispo; pues Gregorio, como antes hemos dicho, había renunciado a aquella sede y se preparaba para regresar a Nacianzo. Había entonces un hombre llamado Nectario, de familia senatorial, apacible y suave en sus modales, y admirable en todo el curso de su vida, aunque a la sazón desempeñaba el cargo de procurador. Este hombre fue arrebatado por el pueblo y elegido para el episcopado, y fue ordenado en consecuencia por ciento cincuenta obispos entonces presentes. Los mismos prelados publicaron además un decreto, prescribiendo "que el obispo de Constantinopla tuviera la siguiente prerrogativa de honor después del obispo de Roma, porque aquella ciudad era Nueva Roma". Confirmaron también de nuevo el Credo niceno. Entonces se constituyeron patriarcados y se distribuyeron las provincias, para que ningún obispo pudiera ejercer jurisdicción alguna sobre otras iglesias fuera de su propia diócesis: pues esto se había hecho a menudo indiscriminadamente antes, a consecuencia de las persecuciones. A Nectario, pues, se le asignaron la gran ciudad y Tracia. Heladio, sucesor de Basilio en el obispado de Cesarea de Capadocia, obtuvo el patriarcado de la diócesis del Ponto junto con Gregorio, hermano de Basilio, obispo de Nisa en Capadocia, y Otreio, obispo de Melitina en Armenia. A Anfiloquio de Iconio y a Optimo de Antioquía de Pisidia se les asignó la diócesis asiática. La superintendencia de las iglesias de todo Egipto se encomendó a Timoteo de Alejandría. Sobre Pelagio de Laodicea y Diodoro de Tarso recayó la administración de las iglesias de Oriente; sin menoscabo, empero, de las prerrogativas de honor reservadas a la iglesia antioquena y conferidas a Melicio, entonces presente. Decretaron además que, según lo exigía la necesidad, los asuntos eclesiásticos de cada provincia fueran administrados por un sínodo de la provincia. Estas disposiciones fueron confirmadas por la aprobación del emperador. Tal fue el resultado de este sínodo.
Comentario editorial · Constantinopla (381): un canon que Sócrates da íntegro
Sócrates dice que Teodosio convocó un sínodo en mayo de 381, con ciento cincuenta obispos «de su propia fe» y treinta y seis macedonianos que se marcharon sin ceder, y que los reunidos ordenaron obispo a Nectario, confirmaron de nuevo el credo de Nicea y decretaron que el obispo de Constantinopla tuviera la primacía de honor después del de Roma, «porque aquella ciudad era Nueva Roma» (V, 8). Zenos identifica ese decreto con el canon 3 y observa que Sócrates lo da entero y con sus palabras; Valesio lo entendía como primacía de honor, sin jurisdicción. Wikipedia añade que Calcedonia (451) es la fuente más antigua que asocia el credo «niceno-constantinopolitano» con este concilio, : los estudiosos discuten si el sínodo lo promulgó.
Capítulo 9. El cuerpo de Pablo, obispo de Constantinopla, es trasladado con honor desde su lugar de destierro. Muerte de Melecio
V, 9
El emperador hizo retirar en aquel tiempo de la ciudad de Ancira el cuerpo del obispo Pablo, a quien Felipe, prefecto del Pretorio, había desterrado a instigación de Macedonio y mandado estrangular en Cucuso, ciudad de Armenia, como ya he mencionado. Recibió, pues, los restos con gran reverencia y honor, y los depositó en la iglesia que hoy toma de él su nombre; de la cual estaba antes en posesión el partido macedonio mientras permaneció separado de los arrianos, pero fue expulsado entonces por el emperador, porque rehusó adoptar sus sentimientos. Por este tiempo, Melicio, obispo de Antioquía, cayó enfermo y murió; en su alabanza pronunció Gregorio, hermano de Basilio, una oración fúnebre. El cuerpo del obispo difunto fue conducido por sus amigos a Antioquía; donde quienes se habían identificado con sus intereses rehusaron de nuevo someterse a Paulino, e hicieron que Flaviano fuera puesto en lugar de Melicio, y el pueblo comenzó a disputar de nuevo. Así, otra vez la iglesia antioquena quedó dividida en facciones rivales, no fundadas en diferencia alguna de fe, sino simplemente en una preferencia de obispos.
Capítulo 10. El emperador ordena una asamblea compuesta por todas las diversas sectas. Arcadio es proclamado Augusto. Se permite a los novacianos celebrar sus asambleas en la ciudad de Constantinopla: otros herejes son expulsados
V, 10
Grandes disturbios ocurrieron también en otras ciudades, al ser expulsados los arrianos de las iglesias. Pero no puedo admirar suficientemente la prudencia del emperador en esta coyuntura. Pues no quiso llenar de disturbios las ciudades, en cuanto de él dependía, y así, después de muy poco tiempo, convocó una conferencia general de las sectas, pensando que mediante una discusión entre sus obispos podrían ajustarse sus mutuas diferencias y establecerse la unanimidad. Y estoy persuadido de que este propósito del emperador fue la razón de que sus asuntos prosperaran tanto en aquel tiempo. En efecto, por una especial dispensación de la Divina Providencia, las naciones bárbaras fueron reducidas a sometimiento bajo él: y entre otros, Atanarico, rey de los godos, hizo entrega voluntaria de sí mismo a él, con todo su pueblo, y murió poco después en Constantinopla. En esta coyuntura el emperador proclamó Augusto a su hijo Arcadio, el dieciséis de enero, en el segundo consulado de Merobaudes y Saturnilo. No mucho después, en el mes de junio, bajo el mismo consulado, llegaron de todas partes los obispos de todas las sectas: por tanto, el emperador mandó llamar a Nectario, el obispo, y consultó con él sobre los mejores medios para liberar a la religión cristiana de las disensiones y reducir a la iglesia a un estado de unidad. "Los temas de controversia", dijo, "deben discutirse con imparcialidad, para que mediante la detección y eliminación de las fuentes de discordia se logre un acuerdo universal". Al oír esta proposición, Nectario cayó en inquietud y la comunicó a Agelio, obispo de los novacianos, por cuanto éste abrigaba los mismos sentimientos que él en materia de fe. Este hombre, aunque eminentemente piadoso, no era en modo alguno competente para sostener una disputa sobre puntos doctrinales; por ello propuso remitir el asunto a Sisinio, su lector, como persona apta para dirigir una conferencia. Sisinio, que no sólo era docto, sino que poseía gran experiencia y estaba bien informado tanto en las exposiciones de las sagradas Escrituras como en los principios de la filosofía, convencido de que las disputas, lejos de sanar las divisiones, suelen crear herejías de carácter más inveterado, dio el siguiente consejo a Nectario, sabiendo bien que los antiguos en ninguna parte atribuyeron un comienzo de existencia al Hijo de Dios, concibiéndolo coeterno con el Padre: aconsejó que evitaran la guerra dialéctica y presentaran como pruebas de la verdad los testimonios de los antiguos. "Que el emperador", dijo, "pregunte a los jefes de cada secta si prestarían alguna deferencia a los antiguos que florecieron antes de que el cisma distrajera a la iglesia, o si los repudiarían como ajenos a la fe cristiana. Si rechazan su autoridad, que también los anatematicen; y si se atrevieran a dar tal paso, ellos mismos serían al instante expulsados por el pueblo, y así la verdad resultará manifiestamente victoriosa. Pero si, por el contrario, no están dispuestos a dejar de lado a los padres, será entonces asunto nuestro presentar sus libros, con los cuales quedarán plenamente atestiguadas nuestras opiniones". Nectario, habiendo oído estas palabras de Sisinio, se apresuró al palacio e informó al emperador del plan que se le había sugerido; el cual, percibiendo al punto su sabiduría y propiedad, lo llevó a efecto con consumada prudencia. Pues sin descubrir su objeto, preguntó simplemente a los jefes de los herejes si tenían algún respeto por las enseñanzas de aquellos maestros que vivieron antes de la disensión en la iglesia y si las aceptarían. Como no los repudiaron, sino que respondieron que los veneraban altamente como a sus maestros, el emperador les preguntó de nuevo si se someterían a ellos como testigos acreditados de la doctrina cristiana. Ante esta pregunta, los líderes de los diversos partidos, con sus campeones lógicos —pues muchos habían venido preparados para un debate sofístico— se hallaron sumamente turbados. Pues se produjo una división entre ellos, ya que algunos asintieron a lo razonable de la proposición del emperador, mientras otros retrocedieron, conscientes de que en modo alguno era favorable a sus intereses: de suerte que, estando todos afectados de diverso modo hacia los escritos de los antiguos, ya no pudieron ponerse de acuerdo entre sí, discrepando no sólo de otras sectas, sino que los de la misma secta diferían unos de otros. Por tanto, la malicia concordante, como la lengua de los gigantes de antaño, fue confundida, y su torre de maldad derribada. El emperador, percibiendo por su confusión que su única confianza estaba en argumentos sutiles y que temían apelar a las exposiciones de los padres, recurrió a otro método: ordenó a cada secta que expusiera por escrito sus propios dogmas peculiares. En consecuencia, los que eran tenidos por los más hábiles entre ellos redactaron una declaración de sus respectivos credos, en términos lo más circunspectos que pudieron idear; se fijó un día, y los obispos seleccionados para este propósito se presentaron en el palacio. Nectario y Agelio comparecieron como defensores de la fe "homousiana"; Demófilo sostuvo el dogma arriano; Eunomio mismo tomó a su cargo la causa de los eunomianos; y Eleusio, obispo de Cízico, representó las opiniones de los denominados macedonios. El emperador les dio a todos una recepción cortés; y recibiendo de cada uno su declaración escrita de fe, se encerró a solas y oró con gran fervor para que Dios lo asistiera en sus esfuerzos por averiguar la verdad. Luego, examinando con gran cuidado la declaración que cada uno le había presentado, condenó todas las demás, por cuanto introducían una separación de la Trinidad, y aprobó únicamente aquella que contenía la doctrina del homousion. Esta decisión hizo que los novacianos florecieran de nuevo y celebraran sus reuniones dentro de la ciudad: pues el emperador, complacido con la concordancia de su profesión con aquella que él abrazaba, promulgó una ley que les aseguraba la posesión pacífica de sus propios edificios eclesiásticos, y asignó a sus iglesias privilegios iguales a aquellos a los que daba su sanción más especial. Pero los obispos de las otras sectas, a causa de su desacuerdo entre sí, fueron despreciados y censurados incluso por sus propios seguidores: de modo que, abrumados de perplejidad y vejación, partieron dirigiendo cartas consolatorias a sus adherentes, a quienes exhortaban a no turbarse porque muchos los habían abandonado y se habían pasado al partido homousiano; pues decían: "Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos" [] —expresión que nunca usaban cuando, por la fuerza y el terror, la mayoría del pueblo estaba de su lado. Sin embargo, los creyentes ortodoxos no estuvieron enteramente exentos de inquietud; pues los asuntos de la iglesia antioquena causaron divisiones entre los presentes en el sínodo. Los obispos de Egipto, Arabia y Chipre se combinaron contra Flaviano e insistieron en su expulsión de Antioquía; pero los de Palestina, Fenicia y Siria contendieron con igual celo en su favor. El resultado que surgió de esta contienda lo describiré en su lugar apropiado.
Capítulo 11. El emperador Graciano es asesinado por la traición del usurpador Máximo. Por temor a él, Justina deja de perseguir a Ambrosio
V, 11
Casi al mismo tiempo en que se celebraban estos sínodos en Constantinopla, ocurrieron en las regiones occidentales los siguientes acontecimientos. Máximo, desde la isla de Britania, se rebeló contra el imperio romano y atacó a Graciano, que estaba entonces cansado y agotado por una guerra con los alamanes. En Italia, siendo Valentiniano aún menor de edad, Probo, hombre de dignidad consular, tenía la administración principal de los asuntos y era a la sazón prefecto del Pretorio. Justina, la madre del joven príncipe, que abrigaba sentimientos arrianos, mientras vivió su esposo no había podido molestar a los homousianos; pero yendo a Milán cuando su hijo era todavía joven, manifestó gran hostilidad hacia Ambrosio, el obispo, y ordenó que fuera desterrado. Mientras el pueblo, por su excesivo apego a Ambrosio, ofrecía resistencia a los encargados de llevarlo al destierro, llegó la noticia de que Graciano había sido asesinado por la traición del usurpador Máximo. En efecto, Andragatio, general bajo Máximo, habiéndose ocultado en una litera semejante a un lecho, que era llevada por mulas, ordenó a sus guardias difundir delante de él el rumor de que la litera contenía a la esposa del emperador Graciano. Encontraron al emperador cerca de la ciudad de Lyon, en Francia, justo cuando acababa de cruzar el río; quien, creyendo que era su esposa y no sospechando traición alguna, cayó en manos de su enemigo como un ciego en la zanja; pues Andragatio, saltando súbitamente de la litera, lo mató. Así pereció Graciano en el consulado de Merogaudes y Saturnino, en el vigésimo cuarto año de su edad y el decimoquinto de su reinado. Cuando esto sucedió, se reprimió la indignación de la emperatriz Justina contra Ambrosio. Después, Valentiniano, de muy mala gana, pero constreñido por la necesidad del momento, admitió a Máximo como colega suyo en el imperio. Probo, alarmado por el poder de Máximo, resolvió retirarse a las regiones de Oriente: dejando, pues, Italia, se dirigió a Iliria y fijó su residencia en Tesalónica, ciudad de Macedonia.
Capítulo 12. Mientras el emperador Teodosio se ocupa en preparativos militares contra Máximo, nace su hijo Honorio. Luego se dirige a Milán para enfrentarse al usurpador
V, 12
Pero el emperador Teodosio estaba lleno de gran solicitud y levantó un poderoso ejército contra el usurpador, temiendo que éste meditara también el asesinato del joven Valentiniano. Mientras se ocupaba en esta preparación, llegó una embajada de los persas, pidiendo la paz al emperador. Entonces también la emperatriz Flacila le dio un hijo llamado Honorio, el 9 de septiembre, en el consulado de Ricomelio y Clearco. Bajo el mismo consulado, y un poco antes, murió Agelio, obispo de los novacianos. Al año siguiente, en el que Arcadio Augusto desempeñó su primer consulado junto con Baudón, murió Timoteo, obispo de Alejandría, y fue sucedido en el episcopado por Teófilo. Alrededor de un año después de esto, habiendo partido de esta vida Demófilo, el prelado arriano, los arrianos mandaron llamar de Tracia a Marino, un jefe de su propia herejía, a quien confiaron el obispado; pero Marino no ocupó mucho tiempo aquella posición, pues bajo él aquella secta se dividió en dos partidos, como explicaremos más adelante; porque invitaron a Doroteo a venir a ellos desde Antioquía de Siria, y lo constituyeron su obispo. Entretanto, el emperador Teodosio marchó a la guerra contra Máximo, dejando a su hijo Arcadio con autoridad imperial en Constantinopla. En consecuencia, al llegar a Tesalónica encontró a Valentiniano y a los suyos en gran ansiedad, porque por compulsión habían reconocido al usurpador como emperador. Teodosio, sin embargo, no dio expresión pública a sus sentimientos; ni rechazó ni admitió la embajada de Máximo; pero, incapaz de soportar la dominación tiránica sobre el imperio romano bajo la asunción de un nombre imperial, reunió apresuradamente sus fuerzas y avanzó hacia Milán, adonde el usurpador ya había ido.
V, 13
En el tiempo en que el emperador estaba así ocupado en su expedición militar, los arrianos provocaron un gran tumulto en Constantinopla mediante ardides como éstos. Los hombres gustan de inventar afirmaciones sobre asuntos que desconocen; y, si en alguna ocasión se les da motivo, agrandan hasta un punto prodigioso los rumores acerca de lo que desean, siendo siempre amigos del cambio. Esto se vio fuertemente ejemplificado en Constantinopla en aquella ocasión: pues cada cual inventaba noticias sobre la guerra que se libraba a distancia, según su propio capricho, presumiendo siempre los resultados más desastrosos; y antes de que hubiera comenzado siquiera el combate, hablaban de hechos relativos a él, de los cuales nada sabían, con tanta seguridad como si hubieran sido espectadores en el mismo lugar de la acción. Así se afirmó confiadamente que 'el usurpador había derrotado al ejército del emperador', especificándose incluso el número de hombres muertos de uno y otro lado; y que 'el propio emperador había estado a punto de caer en manos del usurpador'. Entonces los arrianos, exasperados en grado sumo porque se había puesto en posesión de las iglesias de la ciudad a quienes antes habían sido objeto de su persecución, comenzaron a acrecentar estos rumores con añadidos propios. Pero como la circulación de tales relatos con creciente exageración hizo con el tiempo que hasta los propios campesinos los creyeran —pues quienes los habían difundido de oídas afirmaban a los autores de estas falsedades que las noticias que de ellos habían recibido se habían visto plenamente corroboradas en otras partes—, entonces, en efecto, los arrianos se envalentonaron para cometer actos de violencia y, entre otros ultrajes, prendieron fuego a la casa de Nectario, el obispo. Esto se hizo en el segundo consulado de Teodosio Augusto, que desempeñó con Cinegio.
V, 14
Cuando el emperador marchó contra el usurpador, la noticia de los formidables preparativos que aquél había hecho alarmó tanto a las tropas de Máximo, que en lugar de combatir por él, lo entregaron atado al emperador, quien lo hizo ejecutar el veintisiete de agosto, bajo el mismo consulado. Andragatio, el que con su propia mano había matado a Graciano, al conocer la suerte de Máximo, se precipitó al río vecino y se ahogó. Entonces los emperadores victoriosos hicieron su entrada pública en Roma, acompañados por Honorio, hijo de Teodosio, todavía un mero niño, a quien su padre había hecho venir de Constantinopla inmediatamente después de la derrota de Máximo. Continuaron, pues, en Roma celebrando sus fiestas triunfales; durante este tiempo el emperador Teodosio dio una notable muestra de clemencia hacia Símaco, hombre que había desempeñado el cargo consular y estaba a la cabeza del Senado de Roma. Pues este Símaco se distinguía por su elocuencia, y muchos de sus discursos compuestos en lengua latina se conservan todavía; pero como había escrito un panegírico de Máximo y lo había pronunciado públicamente ante él, fue después acusado de alta traición; por lo cual, para escapar de la pena capital, se refugió en una iglesia. La veneración del emperador por la religión lo llevó no sólo a honrar a los obispos de su propia comunión, sino a tratar con consideración también a los de los novacianos, que abrazaban el credo 'homousiano': por complacer, pues, a Leoncio, obispo de la iglesia novaciana de Roma, que intercedió en favor de Símaco, le perdonó graciosamente aquel crimen. Símaco, después de obtener su perdón, escribió un discurso apologético al emperador Teodosio. Así la guerra, que en sus comienzos amenazaba tan gravemente, llegó a un rápido término.
V, 15
Casi por el mismo tiempo, tuvieron lugar en Antioquía de Siria los siguientes acontecimientos. Tras la muerte de Paulino, el pueblo que había estado bajo su dirección se negó a someterse a la autoridad de Flaviano, e hizo ordenar obispo de su propio partido a Evagrio. Como éste no sobrevivió mucho a su ordenación, no se constituyó otro en su lugar, habiendo sido obra de Flaviano el que así fuera; no obstante, quienes aborrecían a Flaviano por haber violado su juramento celebraban sus asambleas por separado. Entretanto Flaviano, como suele decirse, 'no dejó piedra por mover' para someter también a éstos; y esto lo consiguió poco después, cuando aplacó la ira de Teófilo, a la sazón obispo de Alejandría, por cuya mediación concilió asimismo a Dámaso, obispo de Roma. Pues ambos habían estado muy descontentos con Flaviano, tanto por el perjurio del que se había hecho culpable como por el cisma que había ocasionado entre un pueblo antes unido. Teófilo, pues, apaciguado, envió a Isidoro, presbítero, a Roma, y así reconcilió a Dámaso, que seguía ofendido; representándole lo conveniente que era pasar por alto la pasada mala conducta de Flaviano, en aras de producir la concordia entre el pueblo. Restablecida de este modo la comunión con Flaviano, el pueblo de Antioquía fue inducido en poco tiempo a aceptar la unión lograda. Tal fue la conclusión de este asunto en Antioquía. Pero los arrianos de aquella ciudad, expulsados de las iglesias, acostumbraban celebrar sus reuniones en los suburbios. Entretanto, habiendo muerto por este tiempo Cirilo, obispo de Jerusalén, fue sucedido por Juan.
Capítulo 16. Demolición de los templos idólatras de Alejandría y el consiguiente conflicto entre paganos y cristianos
V, 16
A instancias de Teófilo, obispo de Alejandría, el emperador dio por este tiempo una orden para la demolición de los templos paganos de aquella ciudad, mandando además que se ejecutara bajo la dirección de Teófilo. Aprovechando esta ocasión, Teófilo se esforzó al máximo por exponer los misterios paganos al desprecio. Y, para empezar, hizo limpiar el Mitreo y exhibió a la vista pública las huellas de sus sangrientos misterios. Luego destruyó el Serapeo, y públicamente ridiculizó los sangrientos ritos del Mitreo; mostró asimismo el Serapeo lleno de supersticiones extravagantes, e hizo pasear los falos de Príapo por medio del foro. Los paganos de Alejandría, y en especial los profesores de filosofía, no pudieron contener su ira ante esta exposición, y superaron en feroz venganza sus ultrajes de una ocasión anterior: pues de común acuerdo, a una señal concertada, se lanzaron impetuosamente sobre los cristianos y asesinaron a cuantos pudieron apresar. Los cristianos intentaron asimismo resistir a los agresores, con lo que el mal se agravó todavía más. Esta desesperada refriega se prolongó hasta que la saciedad de sangre le puso fin. Entonces se descubrió que habían muerto muy pocos paganos, pero un gran número de cristianos; mientras que el número de heridos de uno y otro lado era casi innumerable. El temor se apoderó entonces de los paganos por lo sucedido, pues consideraban el desagrado del emperador. Porque, habiendo hecho lo que les pareció bien a sus propios ojos y habiendo apagado con su derramamiento de sangre su propio coraje, unos huyeron en una dirección, otros en otra, y muchos, abandonando Alejandría, se dispersaron por diversas ciudades. Entre éstos se hallaban los dos gramáticos Heladio y Amonio, de los que fui discípulo en mi juventud en Constantinopla. De Heladio se decía que era sacerdote de Júpiter, y de Amonio, de Simio. Así, terminado aquel desorden, el gobernador de Alejandría y el comandante en jefe de las tropas de Egipto ayudaron a Teófilo a demoler los templos paganos. Éstos fueron, pues, arrasados hasta el suelo, y las imágenes de sus dioses fundidas en ollas y otros utensilios convenientes para uso de la iglesia de Alejandría; pues el emperador había ordenado a Teófilo que los distribuyera para alivio de los pobres. Todas las imágenes fueron, en consecuencia, hechas pedazos, excepto una estatua del dios antes mencionado, que Teófilo conservó y colocó en un lugar público; 'No sea,' dijo, 'que en el futuro los paganos nieguen que jamás hayan adorado a tales dioses.' Esta acción disgustó grandemente, en particular, al gramático Amonio, quien, según mi conocimiento, solía decir que 'la religión de los gentiles era gravemente ultrajada en que aquella única estatua no hubiera sido también fundida, sino conservada, a fin de hacer ridícula aquella religión.' Heladio, sin embargo, se jactaba en presencia de algunos de haber matado en aquel desesperado ataque a nueve hombres con su propia mano. Tales fueron los hechos en Alejandría por aquel tiempo.
V, 17
Cuando el templo de Serapis fue derribado y dejado al descubierto, se hallaron en él, grabados en piedras, ciertos caracteres que llaman jeroglíficos, con formas de cruces. Tanto cristianos como paganos, al verlos, se los apropiaron y aplicaron a sus respectivas religiones: pues los cristianos, que afirman que la cruz es el signo de la pasión salvadora de Cristo, reclamaban aquel carácter como peculiarmente suyo; pero los paganos alegaban que podía pertenecer en común a Cristo y a Serapis; 'pues', decían, 'simboliza una cosa para los cristianos y otra para los paganos.' Mientras se debatía este punto entre ellos, algunos de los paganos convertidos al cristianismo, versados en estos caracteres jeroglíficos, interpretaron la forma de una cruz y dijeron que significa 'Vida venidera.' Los cristianos se aferraron exultantes a esto, considerándolo decididamente favorable a su religión. Pero después de descifrarse otros jeroglíficos que contenían una predicción según la cual 'Cuando aparezca la cruz', —pues ésta era 'vida venidera'— 'el templo de Serapis será destruido', un número muy grande de paganos abrazó el cristianismo y, confesando sus pecados, fueron bautizados. Tales son los informes que he oído respecto al descubrimiento de este símbolo en forma de cruz. Pero no puedo imaginar que los sacerdotes egipcios conocieran de antemano las cosas relativas a Cristo cuando grabaron la figura de una cruz. Pues si 'la venida' de nuestro Salvador al mundo 'fue un misterio oculto desde los siglos y desde las generaciones', como declara el apóstol; y si el propio diablo, príncipe de la maldad, nada supo de ello, sus ministros, los sacerdotes egipcios, es probable que estuvieran aún más ignorantes del asunto; pero la Providencia sin duda dispuso que en la indagación acerca de este carácter sucediera algo análogo a lo que ocurrió antiguamente en la predicación de Pablo. Pues éste, hecho sabio por el Espíritu Divino, empleó un método semejante con los atenienses [] y atrajo a muchos de ellos a la fe, cuando, al leer la inscripción de uno de sus altares, la acomodó y aplicó a su propio discurso. A no ser, ciertamente, que alguien diga que el Verbo de Dios obró en los sacerdotes egipcios, como lo hizo en Balaam [] y en Caifás []; pues estos hombres pronunciaron profecías de cosas buenas a su pesar. Baste esto sobre el asunto.
V, 18
El emperador Teodosio, durante su breve estancia en Italia, confirió el mayor beneficio a la ciudad de Roma, con concesiones por una parte y abrogaciones por otra. Sus liberalidades fueron en verdad muy espléndidas; y removió dos abusos de los más infames que existían en la ciudad. Uno de ellos era el siguiente: había edificios de inmensa magnitud, erigidos en la antigua Roma en tiempos pasados, en los cuales se hacía pan para distribuir entre el pueblo. Los que tenían a su cargo estos edificios, a los que en lengua latina se llamaba Mancipes, con el tiempo los convirtieron en receptáculos de ladrones. Ahora bien, como las panaderías de estas estructuras estaban situadas debajo, construían tabernas al lado de cada una, donde tenían prostitutas; con lo cual atrapaban a muchos de los que iban allí ya para refrescarse, ya para satisfacer sus concupiscencias, pues mediante cierto artificio mecánico los precipitaban desde la taberna a la panadería de abajo. Esto se practicaba principalmente con extranjeros; y los que de este modo eran secuestrados se veían obligados a trabajar en las panaderías, donde muchos de ellos quedaban emparedados hasta la vejez, sin que se les permitiera salir, dando a sus amigos la impresión de que habían muerto. Sucedió que uno de los soldados del emperador Teodosio cayó en esta trampa; el cual, encerrado en la panadería e impedido de salir, desenvainó un puñal que llevaba y mató a quienes se interponían en su camino: los demás, aterrados, le dejaron escapar. Cuando el emperador fue informado del caso, castigó a los Mancipes y ordenó derribar estas guaridas de gentes sin ley y perdidas. Ésta fue una de las vergonzosas molestias de las que el emperador purgó la ciudad imperial: la otra era de esta naturaleza. Cuando se sorprendía a una mujer en adulterio, castigaban a la delincuente no a modo de corrección, sino más bien de agravación de su crimen. Pues, encerrándola en un estrecho prostíbulo, la obligaban a prostituirse de la manera más repugnante; haciendo sonar campanillas en el momento del acto impuro para que los que pasaban no ignoraran lo que se hacía dentro. Esto estaba sin duda destinado a marcar el crimen con mayor ignominia ante la opinión pública. Tan pronto como el emperador tuvo conocimiento de esta indecente costumbre, de ningún modo la toleró; sino que, habiendo ordenado derribar los Sistra —pues así se denominaba a estos lugares de prostitución penal—, estableció otras leyes para el castigo de las adúlteras. Así libró el emperador Teodosio a la ciudad de dos de sus abusos más desacreditados; y cuando hubo arreglado todos los demás asuntos a su satisfacción, dejó al emperador Valentiniano en Roma, y regresó él mismo con su hijo Honorio a Constantinopla, y entró en aquella ciudad el 10 de noviembre, en el consulado de Taciano y Símaco.
V, 19
Por este tiempo se consideró necesario abolir el oficio de aquellos presbíteros de las iglesias que tenían a su cargo las penitencias; esto se hizo por la siguiente razón. Cuando los novacianos se separaron de la Iglesia porque no querían comunicar con los que habían caído durante la persecución bajo Decio, los obispos añadieron al canon eclesiástico un presbítero de penitencia a fin de que los que habían pecado después del bautismo pudieran confesar sus pecados en presencia del presbítero así designado. Y este modo de disciplina se mantiene todavía, entre otras instituciones heréticas, en todas las demás sectas; sólo los homoousianos, junto con los novacianos que sostienen las mismas opiniones doctrinales, lo han abandonado. Los segundos, en verdad, jamás admitieron que se estableciera; y los homoousianos, que están ahora en posesión de las iglesias, después de conservar esta función durante un período considerable, la abolieron en tiempos de Nectario, a consecuencia de un suceso que ocurrió en la iglesia constantinopolitana, el cual es como sigue: Una mujer de noble familia, acudiendo al penitenciario, hizo una confesión general de los pecados que había cometido desde su bautismo; y el presbítero le impuso ayuno y oración continua, para que, junto con el reconocimiento del error, tuviera que mostrar también obras dignas de arrepentimiento. Algún tiempo después, la misma dama se presentó de nuevo y confesó que se había hecho culpable de otro crimen, pues un diácono de la iglesia había dormido con ella. Cuando esto quedó probado, el diácono fue expulsado de la iglesia; pero el pueblo se indignó mucho, no sólo ofendido por lo sucedido, sino también porque el hecho había traído escándalo y degradación sobre la Iglesia. Cuando, a consecuencia de esto, los eclesiásticos fueron sometidos a burlas y reproches, Eudemon, presbítero de la iglesia, alejandrino de nacimiento, persuadió a Nectario, el obispo, a abolir el oficio de presbítero penitenciario y a dejar a cada uno a su propia conciencia en cuanto a la participación de los sagrados misterios: pues sólo así, a su juicio, podía preservarse a la Iglesia del oprobio. Habiendo oído esta explicación del asunto de labios de Eudemon, me he atrevido a incluirla en el presente tratado; pues, como he señalado a menudo, no he escatimado esfuerzo alguno para obtener una relación auténtica de los hechos de parte de quienes mejor los conocían, y para examinar todo informe, no sea que yo afirme algo que pudiera ser falso. Mi observación a Eudemon, cuando me refirió por primera vez la circunstancia, fue ésta: 'Si, oh presbítero, vuestro consejo ha sido provechoso para la Iglesia o no, Dios lo sabe; pero veo que quita los medios de reprendernos mutuamente las faltas y nos impide obrar según aquel precepto del apóstol, «No tengáis compañerismo con las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas.»' Sobre este asunto baste esto.
V, 20
Considero además justo no dejar pasar inadvertidos los procedimientos de los demás cuerpos religiosos, a saber, los arrianos, los novacianos y aquellos que recibieron sus denominaciones de Macedonio y Eunomio. Pues la Iglesia, una vez dividida, no descansó en aquel cisma, sino que los separatistas, tomando ocasión de los pretextos más leves y frívolos, discreparon entre sí. La manera y el tiempo, así como las causas por las cuales suscitaron mutuas disensiones, los declararemos a medida que avancemos. Pero obsérvese aquí que el emperador Teodosio no persiguió a ninguno de ellos excepto a Eunomio; pero como éste, celebrando reuniones en casas privadas de Constantinopla, donde leía las obras que había compuesto, corrompía a muchos con sus doctrinas, ordenó que fuese enviado al destierro. De los demás herejes no interfirió con ninguno; ni los obligó a mantener comunión consigo; sino que les permitió a todos reunirse en sus propios conventículos y sostener sus propias opiniones sobre puntos de fe cristiana. A los demás se les concedió permiso para edificarse iglesias fuera de las ciudades; pero como los novacianos sostenían sentimientos precisamente idénticos a los suyos en cuanto a la fe, ordenó que se les permitiese continuar sin ser molestados en sus iglesias dentro de las ciudades, como ya antes he hecho notar. Acerca de éstos, sin embargo, pienso que es oportuno dar en este lugar alguna cuenta más extensa, y por tanto trazaré de nuevo algunas circunstancias de su historia.
V, 21
De la iglesia novaciana de Constantinopla, Agelio fue obispo por espacio de cuarenta años, a saber, desde el reinado de Constantino hasta el sexto año del emperador Teodosio, como ya he declarado en algún lugar anteriormente. Percibiendo que se acercaba su fin, ordenó a Sisinio para sucederle en el obispado. Esta persona era presbítero de la iglesia que presidía Agelio, notablemente elocuente, y había sido instruido en filosofía por Máximo, al mismo tiempo que el emperador Julián. Ahora bien, como los laicos novacianos estaban descontentos con esta elección, y deseaban más bien que hubiera ordenado a Marciano, hombre de eminente piedad, por cuya influencia su secta había quedado sin ser molestada durante el reinado de Valente, Agelio, por tanto, para calmar el descontento de su pueblo, impuso también las manos sobre Marciano. Habiéndose recuperado un poco de su enfermedad, fue a la iglesia y así, por su propia voluntad, se dirigió a la congregación: "Después de mi muerte sea Marciano vuestro obispo; y después de Marciano, Sisinio". Sobrevivió a estas palabras sólo un breve tiempo; habiendo sido, pues, Marciano constituido obispo de los novacianos, surgió también en su iglesia una división, por esta causa. Marciano había promovido al rango de presbítero a un judío converso llamado Sabacio, quien sin embargo continuó conservando muchos de sus prejuicios judaicos; y además era muy ambicioso de ser hecho obispo. Habiendo, pues, unido confidencialmente a su interés a dos presbíteros, Teoctisto y Macario, que estaban al corriente de sus designios, resolvió defender aquella innovación hecha por los novacianos en tiempo de Valente, en Pazum, aldea de Frigia, respecto de la fiesta de Pascua, a la que ya he aludido. Y en primer lugar, bajo pretexto de más ascética austeridad, se retiró privadamente de la iglesia, diciendo que "estaba afligido por causa de ciertas personas a quienes sospechaba indignas de participar del sacramento". Pronto se descubrió, sin embargo, que su objeto era celebrar asambleas aparte. Cuando Marciano entendió esto, censuró amargamente su propio error, por haber ordenado para el presbiterado a personas tan atentas a la vanagloria; y frecuentemente decía: "Mejor le habría sido imponer las manos sobre espinas que habérselas impuesto a Sabacio". Para poner freno a sus procedimientos, consiguió que se convocara un sínodo de obispos novacianos en Angarum, ciudad comercial cerca de Helenópolis en Bitinia. Al reunirse allí, convocaron a Sabacio y le pidieron que explicara la causa de su descontento. Al afirmar él que estaba turbado por el desacuerdo existente respecto de la fiesta de Pascua, y que ésta debía guardarse según la costumbre de los judíos, y conforme a aquella sanción que los reunidos en Pazum habían establecido, los obispos presentes en el sínodo, percibiendo que esta afirmación era un mero subterfugio para disfrazar su deseo de la silla episcopal, le obligaron a comprometerse bajo juramento a que jamás aceptaría un obispado. Habiendo así jurado, aprobaron un canon respecto de esta fiesta, al que titularon "indiferente", declarando que "un desacuerdo sobre tal punto no era razón suficiente para separarse de la iglesia; y que el concilio de Pazum no había hecho nada perjudicial al canon católico. Que aunque los antiguos que vivieron más cerca de los tiempos de los apóstoles diferían acerca de la observancia de esta fiesta, ello no impidió su comunión unos con otros, ni creó disensión alguna. Además, que los novacianos de la Roma imperial nunca habían seguido el uso judío, sino que siempre guardaban la Pascua después del equinoccio; y, sin embargo, no se separaban de los de su propia fe que la celebraban en día diferente". De estas y muchas consideraciones semejantes, hicieron el canon "Indiferente" arriba mencionado acerca de la Pascua, por el cual cada uno quedaba en libertad de guardar la costumbre que por predilección tenía en esta materia, si así le placía; y que no haría diferencia alguna en cuanto a la comunión, sino que, aunque celebraran de modo diferente, estarían en acuerdo en la iglesia. Después de haberse establecido así esta regla, Sabacio, obligado por su juramento, anticipaba el ayuno guardándolo en privado, siempre que existía alguna discrepancia en el tiempo de la solemnidad pascual, y habiendo velado toda la noche, celebraba el sábado de la pascua; luego, al día siguiente, iba a la iglesia y con el resto de la congregación participaba de los sacramentos. Siguió este curso durante muchos años, de modo que no podía ocultarse al pueblo; a imitación de lo cual algunos de los más ignorantes, y principalmente los frigios y los gálatas, suponiendo que se justificarían con esta conducta, lo imitaron y guardaron la pascua en secreto según su manera. Pero Sabacio, después, despreciando el juramento por el cual había renunciado a la dignidad episcopal, celebró reuniones cismáticas y fue constituido obispo de sus seguidores, como mostraremos más adelante.
Capítulo 22. Opiniones del autor respecto de la celebración de la Pascua, el bautismo, el ayuno, el matrimonio, la Eucaristía y otros ritos eclesiásticos
V, 22
Ya que hemos tocado el asunto, no considero irrazonable decir algunas palabras acerca de la Pascua. Me parece que ni los antiguos ni los modernos que han pretendido seguir a los judíos han tenido fundamento racional alguno para contender tan obstinadamente sobre ello. Pues no han tomado en consideración el hecho de que, cuando el judaísmo fue transformado en cristianismo, cesó la obligación de observar la ley mosaica y los tipos ceremoniales. Y la prueba del asunto es clara; porque ninguna ley de Cristo permite a los cristianos imitar a los judíos. Por el contrario, el apóstol lo prohíbe expresamente; no sólo rechazando la circuncisión, sino también desaprobando la contienda acerca de los días de fiesta. En su epístola a los Gálatas [] escribe: "Decidme, los que deseáis estar bajo la ley, ¿no oís la ley?". Y continuando su argumentación, demuestra que los judíos estaban en servidumbre como siervos, pero que aquellos que han venido a Cristo son "llamados a la libertad de hijos" []. Además los exhorta a no hacer caso alguno de "días, y meses, y años" []. De nuevo, en su epístola a los Colosenses [] declara distintamente que tales observancias son meras sombras; por lo cual dice: "Nadie os juzgue en comida, o en bebida, o respecto de día de fiesta, o de luna nueva, o de días de sábado; los cuales son sombra de lo por venir". Las mismas verdades son también confirmadas por él en la epístola a los Hebreos [] con estas palabras: "Porque cambiado el sacerdocio, necesario es que se haga también cambio de la ley". Ni los apóstoles, pues, ni los Evangelios, han impuesto en parte alguna el "yugo de servidumbre" [] a los que han abrazado la verdad; sino que han dejado la Pascua y toda otra fiesta para ser honradas por la gratitud de los que reciben la gracia. Por lo cual, en cuanto los hombres aman las fiestas porque les proporcionan cesación del trabajo, cada individuo en cada lugar, según su propio placer, ha celebrado por costumbre prevalente la memoria de la pasión salvadora. El Salvador y sus apóstoles no nos han ordenado por ley alguna guardar esta fiesta; ni los Evangelios y los apóstoles nos amenazan con pena, castigo o maldición alguna por descuidarla, como la ley mosaica hace con los judíos. Es meramente por causa de la exactitud histórica, y para reproche de los judíos, porque se contaminaron con sangre en sus mismas fiestas, que se registra en los Evangelios que nuestro Salvador padeció en los días de los "panes sin levadura". El objetivo de los apóstoles no era señalar días de fiesta, sino enseñar una vida justa y piedad. Y me parece que, así como muchas otras costumbres han sido establecidas en localidades individuales según el uso, así también la fiesta de Pascua llegó a observarse en cada lugar según las peculiaridades individuales de los pueblos, en cuanto ninguno de los apóstoles legisló sobre la materia. Y que la observancia no se originó por legislación, sino como costumbre, lo indican los hechos mismos. En Asia Menor la mayoría guardaba el día catorce de la luna, sin hacer caso del sábado; sin embargo, nunca se separaron de los que hacían de otro modo, hasta que Víctor, obispo de Roma, influido por un celo demasiado ardiente, fulminó sentencia de excomunión contra los cuartodecimanos en Asia. Por lo cual también Ireneo, obispo de Lyon en Francia, censuró severamente a Víctor por carta por su calor inmoderado; diciéndole que, aunque los antiguos diferían en su celebración de la Pascua, no desistían de la intercomunión. También que Policarpo, obispo de Esmirna, que después sufrió martirio bajo Gordiano, continuó comunicando con Aniceto, obispo de Roma, aunque él mismo, según el uso de su nativa Esmirna, guardaba la Pascua el día catorce de la luna, como lo atestigua Eusebio en el libro quinto de su Historia eclesiástica. Mientras, pues, algunos en Asia Menor observaban el día arriba mencionado, otros en Oriente guardaban aquella fiesta en sábado ciertamente, pero diferían en cuanto al mes. Los primeros pensaban que debía seguirse a los judíos, aunque no con exactitud; los segundos guardaban la Pascua después del equinoccio, rehusando celebrar con los judíos; "pues", decían, "debe celebrarse cuando el sol está en Aries, en el mes llamado Xántico por los antioquenos y abril por los romanos". En esta práctica, aseguraban, no se conformaban a los judíos modernos, que yerran en casi todo, sino a los antiguos y a Josefo, según lo que ha escrito en el libro tercero de sus Antigüedades judías. Así, estas gentes estaban en desacuerdo entre sí. Pero todos los demás cristianos en las partes occidentales, y hasta el océano mismo, se halla que han celebrado la Pascua después del equinoccio, por tradición muy antigua. Y de hecho, éstos, obrando de esta manera, nunca han discrepado sobre este asunto. No es verdad, como algunos han pretendido, que el sínodo bajo Constantino alterara esta fiesta; pues el mismo Constantino, escribiendo a los que diferían respecto de ella, recomendó que, siendo ellos pocos en número, pudieran ponerse de acuerdo con la mayoría de sus hermanos. Su carta se hallará por extenso en el libro tercero de la Vida de Constantino de Eusebio; pero el pasaje en ella relativo a la Pascua dice así:
"Es un orden conveniente el que observan todas las iglesias de las partes occidental, meridional y septentrional del mundo, y también algunos lugares de Oriente. Por lo cual todos en la presente ocasión han juzgado recto, y yo me he comprometido a que contará con la aquiescencia de vuestra prudencia, que lo que se observa unánimemente en la ciudad de Roma, en toda Italia, África y todo Egipto, en España, Francia, Britania, Libia y toda Grecia, la diócesis de Asia y del Ponto, y Cilicia, vuestra sabiduría también abrazará de buen grado; considerando no sólo que el número de iglesias en los lugares antedichos es mayor, sino también que, debiendo haber concurrencia universal en lo más razonable, nos conviene no tener nada en común con los pérfidos judíos."
Tal es el tenor de la carta del emperador. Además los cuartodecimanos afirman que la observancia del día catorce les fue transmitida por el apóstol Juan; mientras que los romanos y los de las partes occidentales nos aseguran que su uso se originó con los apóstoles Pedro y Pablo. Sin embargo, ninguna de estas partes puede presentar testimonio escrito alguno en confirmación de lo que asevera. Mas que el tiempo de guardar la Pascua en diversos lugares depende del uso, lo infiero de esto: que aquellos que convienen en la fe difieren entre sí en cuestiones de uso. Y no será acaso inoportuno notar aquí la diversidad de costumbres en las iglesias. Los ayunos antes de Pascua se hallarán diferentemente observados entre pueblos diferentes. Los de Roma ayunan tres semanas sucesivas antes de Pascua, exceptuando sábados y domingos. Los de Iliria y toda Grecia y Alejandría observan un ayuno de seis semanas, que llaman "el ayuno de los cuarenta días". Otros, comenzando su ayuno desde la séptima semana antes de Pascua, y ayunando sólo tres veces cinco días, y aun con intervalos, llaman sin embargo a ese tiempo "el ayuno de los cuarenta días". Es ciertamente sorprendente para mí que, difiriendo así en el número de días, den ambos un mismo apelativo común; pero unos asignan una razón para ello, y otros otra, según sus varias fantasías. Puede verse también un desacuerdo acerca de la manera de abstinencia de alimentos, así como sobre el número de días. Algunos se abstienen enteramente de cosas que tienen vida; otros se alimentan sólo de peces de entre todas las criaturas vivientes; muchos, junto con el pescado, comen también aves, diciendo que, según Moisés [], éstas fueron asimismo hechas de las aguas. Algunos se abstienen de huevos y de toda clase de frutas; otros participan sólo de pan seco; aun otros no comen ni siquiera esto; mientras otros, habiendo ayunado hasta la hora nona, después toman cualquier clase de alimento sin distinción. Y entre varias naciones hay otros usos, para los cuales se asignan innumerables razones. Puesto que, sin embargo, nadie puede presentar un mandato escrito como autoridad, es evidente que los apóstoles dejaron a cada uno a su libre voluntad en la materia, a fin de que cada uno pudiera hacer lo bueno no por coacción o necesidad. Tal es la diferencia en las iglesias sobre el asunto de ayunos. Ni hay menos variación en lo que respecta a las asambleas religiosas. Porque aunque casi todas las iglesias del mundo celebran los sagrados misterios en el sábado de cada semana, sin embargo los cristianos de Alejandría y de Roma, a causa de alguna antigua tradición, han dejado de hacer esto. Los egipcios de los alrededores de Alejandría, y los habitantes de Tebaida, tienen sus asambleas religiosas en el sábado, pero no participan de los misterios de la manera usual entre los cristianos en general: pues después de haber comido y satisfecho con alimentos de toda clase, al atardecer, haciendo sus ofrendas, participan de los misterios. En Alejandría, a su vez, el miércoles de la Semana de Pasión y el Viernes Santo, se leen las Escrituras y los doctores las exponen; y todos los oficios usuales se realizan en sus asambleas, excepto la celebración de los misterios. Esta práctica en Alejandría es de gran antigüedad, pues parece que Orígenes enseñó muy comúnmente en la iglesia en aquellos días. Siendo él un doctísimo maestro en los Libros Sagrados, y percibiendo que la "impotencia de la ley" [] de Moisés quedaba debilitada por la explicación literal, le dio una interpretación espiritual; declarando que nunca ha habido sino una verdadera Pascua, la que celebró el Salvador cuando pendió de la cruz: porque entonces venció a las potestades adversas y erigió esto como trofeo contra el diablo. En la misma ciudad de Alejandría, lectores y cantores son elegidos indistintamente de entre los catecúmenos y los fieles; mientras que en todas las demás iglesias sólo los fieles son promovidos a estos oficios. Yo mismo también aprendí de otra costumbre en Tesalia. Si un clérigo en aquel país, después de recibir órdenes, durmiere con su mujer, a la que había legalmente desposado antes de su ordenación, sería degradado. En Oriente, ciertamente, todos los clérigos, y aun los obispos mismos, se abstienen de sus mujeres: pero esto lo hacen por su propia voluntad, y no por necesidad de ley alguna; porque ha habido entre ellos muchos obispos que han tenido hijos de sus legítimas mujeres durante su episcopado. Se dice que el autor del uso que prevalece en Tesalia fue Heliodoro, obispo de Trica en aquel país; bajo cuyo nombre existen libros de amores, titulados Etiópicas, que compuso en su juventud. La misma costumbre prevalece en Tesalónica, y en Macedonia, y en Grecia. He conocido también otra particularidad en Tesalia, a saber, que bautizan allí sólo en los días de Pascua; a consecuencia de lo cual un grandísimo número de ellos mueren sin haber recibido el bautismo. En Antioquía de Siria el sitio de la iglesia está invertido; de modo que el altar no mira hacia el oriente, sino hacia el occidente. En Grecia, sin embargo, y en Jerusalén y en Tesalia van a las oraciones tan pronto como se encienden las velas, de la misma manera que los novacianos en Constantinopla. Igualmente en Cesarea, y en Capadocia, y en Chipre, los presbíteros y obispos exponen las Escrituras por la tarde, después de encendidas las velas. Los novacianos del Helesponto no realizan sus oraciones del todo de la misma manera que los de Constantinopla; en la mayoría de las cosas, sin embargo, su uso es semejante al de la iglesia prevaleciente. En suma, es imposible hallar en parte alguna, entre todas las sectas, dos iglesias que concuerden exactamente en su ritual respecto de las oraciones. En Alejandría ningún presbítero tiene permitido dirigirse al público: regulación que se hizo después de que Arrio suscitó un disturbio en aquella iglesia. En Roma ayunan todos los sábados. En Cesarea de Capadocia excluyen de la comunión a los que han pecado después del bautismo, como hacen los novacianos. La misma disciplina era practicada por los macedonios en el Helesponto, y por los cuartodecimanos en Asia. Los novacianos en Frigia no admiten a los que se han casado dos veces; pero los de Constantinopla ni los admiten ni los rechazan abiertamente, mientras que en las partes occidentales son abiertamente recibidos. Esta diversidad fue ocasionada, según imagino, por los obispos que en sus respectivas épocas gobernaron las iglesias; y aquellos que recibieron estos varios ritos y usos los transmitieron como leyes a su posteridad. Sin embargo, dar un catálogo completo de todas las varias costumbres y observancias ceremoniales en uso en toda ciudad y país sería difícil—más bien imposible; pero los ejemplos que hemos aducido son suficientes para mostrar que la Fiesta de Pascua se celebraba, por algún precedente remoto, de modo diferente en cada provincia particular. Hablan, pues, al azar quienes afirman que el tiempo de guardar la Pascua fue alterado en el sínodo de Nicea; porque los obispos allí reunidos trabajaron con empeño para reducir a la primera minoría disidente a la uniformidad de práctica con el resto del pueblo. Ahora bien, que muchas diferencias existían aun en la edad apostólica de la iglesia ocasionadas por tales asuntos, no era desconocido aun para los apóstoles mismos, como lo testifica el libro de Los Hechos. Pues cuando entendieron que ocurría una perturbación entre los creyentes a causa de una disensión de los gentiles, habiéndose reunido todos, promulgaron una ley divina, dándole la forma de una carta. Con esta sanción liberaron a los cristianos de la servidumbre de las observancias formales y de toda vana contienda acerca de estas cosas; y les enseñaron el camino de la verdadera piedad, prescribiendo sólo aquellas cosas que conducían a su logro. La epístola misma, que transcribiré aquí, está registrada en Los Hechos de los Apóstoles.
"Los apóstoles y los ancianos y los hermanos, a los hermanos de entre los gentiles que están en Antioquía, Siria y Cilicia, salud. Por cuanto hemos oído que algunos que han salido de entre nosotros os han turbado con palabras, subvirtiendo vuestras almas, diciendo: Es necesario circuncidaros y guardar la ley; a los cuales no dimos mandamiento alguno: nos ha parecido bien, reunidos de común acuerdo, enviaros varones escogidos, con nuestros amados Bernabé y Pablo, hombres que han arriesgado sus vidas por el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Os enviamos, pues, a Judas y a Silas, quienes también os dirán de palabra lo mismo. Porque ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros no imponeros carga mayor que estas cosas necesarias: que os abstengáis de lo sacrificado a los ídolos, y de sangre, y de lo estrangulado, y de fornicación; de las cuales cosas si os guardareis, bien haréis. Pasadlo bien."
Estas cosas ciertamente agradaron a Dios; pues la carta dice expresamente: "Ha parecido bien al Espíritu Santo no imponeros carga mayor que estas cosas necesarias". Hay, no obstante, algunas personas que, despreciando estos preceptos, suponen que toda fornicación es materia indiferente; pero contienden acerca de los días santos como si les fuera la vida en ello, contraviniendo así los mandamientos de Dios, y legislando para sí mismas, y anulando el decreto de los apóstoles: ni perciben que ellas mismas practican lo contrario de aquellas cosas que Dios aprobó. Es posible fácilmente extender nuestro discurso respecto de la Pascua y demostrar que los judíos no observan regla exacta alguna ni en el tiempo ni en la manera de celebrar la solemnidad pascual; y que los samaritanos, que son un brote de los judíos, celebran siempre esta fiesta después del equinoccio. Pero este asunto requeriría un tratado distinto y copioso: por tanto, meramente añadiré que aquellos que tanto afectan imitar a los judíos, y tan ansiosos están por una observancia precisa de los tipos, deberían apartarse de ellos en nada. Pues si han escogido ser tan exactos, no deben sólo observar días y meses, sino también todas las demás cosas que Cristo (que fue "hecho bajo la ley" []) hizo a la manera de los judíos; o que injustamente sufrió de ellos; o hizo típicamente para bien de todos los hombres. Entró en una barca y enseñó. Ordenó que la Pascua fuese preparada en un aposento alto. Mandó desatar un asno que estaba atado. Propuso a un hombre que llevaba un cántaro de agua como señal para apresurar sus preparativos para la Pascua. [Hizo] un número infinito de otras cosas de esta naturaleza que están registradas en los evangelios. Y, sin embargo, aquellos que suponen ser justificados por guardar esta fiesta, juzgarían absurdo observar cualquiera de estas cosas de manera corporal. Porque ningún doctor sueña jamás con ir a predicar desde una barca— ningún individuo imagina necesario subir a un aposento alto para celebrar allí la Pascua— jamás atan, y luego desatan, un asno otra vez— y finalmente nadie ordena a otro llevar un cántaro de agua, a fin de que se cumplan los símbolos. Con razón han considerado tales cosas como sabiendo más bien a judaísmo: porque los judíos son más solícitos por las solemnidades exteriores que por la obediencia del corazón; y por tanto están bajo maldición, porque no disciernen el alcance espiritual de la ley mosaica, sino que descansan en sus tipos y sombras. Los que favorecen a los judíos admiten el significado alegórico de estas cosas; y, sin embargo, emprenden una guerra mortal contra la observancia de días y meses, sin aplicarles un sentido semejante: así se envuelven necesariamente en una condenación común con los judíos.
Pero bastante creo que se ha dicho acerca de estas cosas. Volvamos ahora al asunto que tratábamos anteriormente, el hecho de que la Iglesia una vez dividida no permaneció en aquella división, sino que los separados se dividieron de nuevo entre sí, tomando ocasión de los motivos más triviales. Los novacianos, como he declarado, se dividieron entre sí a causa de la fiesta de Pascua, no limitándose la controversia a un solo punto. Pues en las diferentes provincias unos tomaban una visión de la cuestión, y otros otra, discrepando no sólo acerca del mes, sino también de los días de la semana, y de otras materias sin importancia; en algunos lugares celebraban asambleas separadas por ello, en otros se unían en mutua comunión.
Comentario editorial · La Pascua y las costumbres: la postura de Sócrates
En este capítulo Sócrates sostiene que ninguna ley de Cristo manda imitar a los judíos en la fecha de la Pascua y que los apóstoles dejaron «la Pascua y toda otra fiesta» a la gratitud de los creyentes; cita para ello Gálatas, Colosenses y Hebreos (V, 22). Después describe cómo variaban entre las iglesias el ayuno, el bautismo, el matrimonio y la eucaristía, para mostrar que esas prácticas no eran esenciales. Zenos lo cuenta entre los rasgos de su pensamiento: amplitud de criterio en la Pascua, que juzgaba demasiado formalista si se fijaba con precisión, y atención a la diversidad de usos. El mismo Zenos señala que, al describir el ayuno de las iglesias occidentales, Sócrates se equivoca en la duración (tres semanas, sin sábados ni domingos).
V, 23
Pero también por esta causa surgieron disensiones entre los arrianos. Las cuestiones contenciosas que se agitaban a diario entre ellos los llevaron a proponer las proposiciones más absurdas. Pues, como siempre se ha creído en la Iglesia que Dios es el Padre del Hijo, el Verbo, se preguntaba si Dios podía ser llamado "Padre" antes de que el Hijo tuviera subsistencia. Así, al afirmar que el Verbo de Dios no fue engendrado del Padre, sino creado "de la nada", y cayendo con ello en error sobre el punto capital y principal, cayeron merecidamente en absurdas cavilaciones acerca de un mero nombre. Doroteo, pues, a quien hicieron venir de Antioquía, sostenía que Dios ni era ni podía ser llamado Padre antes de que el Hijo existiera. Pero Marino, a quien habían llamado de Tracia antes que a Doroteo, picado por la mayor deferencia que se tributaba a su rival, se encargó de defender la opinión contraria. A consecuencia de esto surgió un cisma entre ellos, y, divididos así respecto de este término, cada partido celebró reuniones separadas. Los de Doroteo conservaron sus lugares originarios de asamblea; pero los seguidores de Marino construyeron oratorios propios y afirmaron que el Padre había sido siempre Padre, aun cuando el Hijo no existiera. Esta facción de los arrianos fue denominada psatirianos, porque uno de los más celosos defensores de esta opinión fue Teoctisto, sirio de nacimiento y vendedor de tortas [psatiropola] de oficio. Selenas, obispo de los godos, adoptó las opiniones de este partido; era hombre de linaje mixto: godo por parte de padre y frigio por parte de madre, por lo cual enseñaba en la iglesia con gran facilidad en ambas lenguas. Esta facción, sin embargo, pronto riñó entre sí, pues Marino discrepó de Agapio, a quien él mismo había promovido al obispado de Éfeso. Disputaron, empero, no sobre punto alguno de religión, sino con mezquindad acerca de la precedencia, y en esto los godos se pusieron de parte de Agapio. Por lo cual muchos de los eclesiásticos bajo su jurisdicción, abominando la vanagloriosa contienda entre estos dos, los abandonaron a ambos y se adhirieron a la fe homousiana. Los arrianos, habiendo permanecido así divididos entre sí durante treinta y cinco años, se reunieron de nuevo en el reinado de Teodosio el Joven, bajo el consulado de Plinta, general en jefe del ejército, que era miembro de la secta de los psatirianos; y se les persuadió a desistir de la contienda. Después aprobaron una resolución, dándole toda la fuerza de ley, de que la cuestión que había provocado su separación no volviera a suscitarse jamás. Pero esta reconciliación no se extendió más allá de Constantinopla; pues en otras ciudades donde se hallaba cualquiera de estos dos partidos, persistieron en su separación anterior. Esto baste acerca de la división entre los arrianos.
V, 24
Pero tampoco los seguidores de Eunomio permanecieron sin disensiones: pues el propio Eunomio se había separado mucho antes de Eudoxio, que lo ordenó obispo de Cízico, aprovechando la negativa de aquel obispo a restituir a la comunión a su maestro Aecio, que había sido expulsado. Pero los que derivaron de él su nombre se dividieron después en varias facciones. Pues primero Teofronio, capadocio, instruido en el arte de la disputa por Eunomio, y que había adquirido un barniz de las Categorías de Aristóteles y de su Libro de la interpretación, compuso algunos tratados titulados Sobre el ejercicio de la mente. Habiendo atraído, empero, sobre sí la reprobación de su propia secta, fue expulsado como apóstata. Después celebró asambleas aparte de ellos y dejó tras de sí una herejía que llevaba su propio nombre. Además, en Constantinopla un tal Eutiquio, por una absurda disputa, se apartó de los eunomianos y todavía continúa celebrando reuniones separadas. Los seguidores de Teofronio son denominados "eunomioteofronianos", y los de Eutiquio reciben el apelativo de "eunomieutiquianos". Cuáles eran esos términos insensatos acerca de los cuales diferían, lo considero indigno de ser consignado en esta historia, para no entrar en materias ajenas a mi propósito. Me limitaré a observar que adulteraron el bautismo: pues no bautizan en el nombre de la Trinidad, sino en la muerte de Cristo. Entre los macedonios hubo también por algún tiempo una división, cuando Eutropio, presbítero, celebraba asambleas separadas y Carterio no estaba de acuerdo con él. Posiblemente hay en otras ciudades sectas emanadas de estas; pero, viviendo en Constantinopla, donde nací y me eduqué, describo más particularmente lo que ha ocurrido en esa ciudad, tanto porque yo mismo he presenciado algunas de estas cosas, como porque los acontecimientos allí ocurridos son de importancia preeminente y, por tanto, más dignos de conmemoración. Entiéndase, sin embargo, que lo que aquí he referido sucedió en períodos distintos, y no al mismo tiempo. Pero si alguien desea conocer los nombres de las diversas sectas, puede satisfacerse fácilmente leyendo un libro titulado Ancoratus, compuesto por Epifanio, obispo de Chipre; pero yo me contentaré con lo ya expuesto. Los asuntos públicos se agitaron de nuevo por una causa a la que me referiré ahora.
Capítulo 25. El usurpador Eugenio procura la muerte de Valentiniano el Joven. Teodosio obtiene una victoria sobre él
V, 25
Había en las regiones de Occidente un gramático llamado Eugenio, quien, después de haber enseñado durante algún tiempo lengua latina, dejó su escuela y fue destinado al servicio de palacio, siendo nombrado secretario principal del emperador. Como poseía un grado considerable de elocuencia y por ello era tratado con mayor distinción que otros, no pudo soportar con moderación su buena fortuna. Pues, asociándose con Arbogastes, natural de Galacia Menor, que entonces mandaba una división del ejército, hombre de modales ásperos y muy sanguinario, determinó usurpar la soberanía. Estos dos, por tanto, acordaron asesinar al emperador Valentiniano, habiendo corrompido a los eunucos de la cámara imperial. Estos, al recibir tentadoras promesas de ascenso, estrangularon al emperador mientras dormía. Eugenio, asumiendo de inmediato la autoridad suprema en las regiones occidentales del imperio, se condujo como era de esperar de un usurpador. Cuando el emperador Teodosio tuvo conocimiento de estas cosas, se afligió sobremanera, porque su derrota de Máximo no había hecho sino preparar el camino a nuevas dificultades. Reunió, pues, sus fuerzas militares, y habiendo proclamado Augusto a su hijo Honorio el 10 de enero, en su tercer consulado, que ejercía con Abundancio, partió de nuevo apresuradamente hacia las regiones de Occidente, dejando a sus dos hijos investidos con la autoridad imperial en Constantinopla. Mientras marchaba contra Eugenio, un gran número de bárbaros de más allá del Danubio ofrecieron voluntariamente sus servicios y lo siguieron en esta expedición. Después de una marcha rápida llegó a las Galias con un numeroso ejército, donde Eugenio lo esperaba, también al frente de un inmenso cuerpo de tropas. Se libró, pues, una batalla cerca del río Frígido, que dista [unas treinta y seis millas] [de Aquileia]. En aquella parte de la batalla donde los romanos luchaban contra sus propios compatriotas, el combate fue dudoso; pero donde estaban empeñadas las tropas auxiliares bárbaras del emperador Teodosio, las fuerzas de Eugenio tuvieron gran ventaja. Cuando el emperador vio perecer a los bárbaros, se arrojó al suelo en gran angustia e invocó la ayuda de Dios en aquel trance; y su ruego no fue desatendido, pues Bacurio, su principal oficial, inspirado por súbito y extraordinario ardor, se lanzó con su vanguardia hacia donde los bárbaros se veían más acosados, rompió las filas enemigas y puso en fuga a quienes poco antes se hallaban ellos mismos en persecución. Ocurrió también otra circunstancia maravillosa. Se levantó de pronto un viento violento que volvió contra los propios soldados de Eugenio los dardos que estos arrojaban, y al mismo tiempo impulsó con mayor ímpetu contra sus adversarios los lanzados por las fuerzas imperiales. Tan eficaz fue la oración del emperador. Vuelto así el éxito de la lucha, el usurpador se arrojó a los pies del emperador y rogó que se le perdonara la vida; pero, mientras yacía postrado como suplicante a los pies [del emperador], fue decapitado por los soldados el 6 de septiembre, en el tercer consulado de Arcadio y el segundo de Honorio. Arbogastes, que había sido la causa principal de tanto mal, después de continuar su huida durante dos días tras la batalla y no viendo posibilidad de escape, se quitó la vida con su propia espada.
V, 26
El emperador Teodosio, a consecuencia de la ansiedad y las fatigas relacionadas con esta guerra, cayó en enfermedad corporal; y, creyendo que la enfermedad que lo había atacado sería mortal, se preocupó más por los asuntos públicos que por su propia vida, considerando cuán grandes calamidades suelen sobrevenir a los pueblos tras la muerte de su soberano. Mandó, pues, llamar apresuradamente a su hijo Honorio desde Constantinopla, deseando ante todo poner en orden la situación de las regiones occidentales del imperio. Después de la llegada de su hijo a Milán, pareció recobrarse un poco y ordenó la celebración de los juegos del hipódromo con motivo de su victoria. Antes de la cena se encontraba bastante bien y fue espectador de los juegos; pero después de cenar se sintió de pronto demasiado enfermo para volver a ellos, y envió a su hijo a presidirlos en su lugar. Al llegar la noche murió, era el diecisiete de enero, durante el consulado de Olibrio y Probo. Esto fue en el primer año de la ducentésima nonagésima cuarta Olimpíada. El emperador Teodosio vivió sesenta años y reinó dieciséis. Este libro comprende, por tanto, los acontecimientos de dieciséis años y ocho meses.