II, 39
Pero debo dar ahora cuenta del otro sínodo que el edicto del emperador había convocado en Oriente, como rival del de Rímini. En un principio se determinó que los obispos se reunieran en Nicomedía de Bitinia; pero un gran terremoto, que casi destruyó aquella ciudad, impidió que se congregaran allí. Esto ocurrió bajo el consulado de Tatiano y Cereal, el día 28 de agosto. Por tanto, planeaban trasladar el concilio a la vecina ciudad de Nicea; pero este plan se modificó de nuevo, pues pareció más conveniente reunirse en Tarso de Cilicia. Insatisfechos también con esta disposición, al fin se reunieron en Seleucia, llamada Áspera, ciudad de Isauria. Esto tuvo lugar en el mismo año [en que se celebró el concilio de Rímini], bajo el consulado de Eusebio e Hipacio, siendo el número de los convocados alrededor de ciento sesenta. Estuvo presente en esta ocasión Leonas, oficial distinguido adscrito a la casa imperial, ante quien el edicto del emperador había ordenado que se entablara la discusión acerca de la fe. También se ordenó que estuviera allí Laurencio, comandante en jefe de las tropas de Isauria, para atender a los obispos en lo que pudieran necesitar. En presencia, pues, de estos personajes, los obispos se reunieron allí el día 27 del mes de septiembre, y de inmediato comenzaron la discusión sobre la base de las actas públicas, estando presentes taquígrafos para escribir lo que cada uno dijera. Quienes deseen conocer los pormenores de los diversos discursos hallarán abundantes detalles de ellos en la colección de Sabino; pero nosotros señalaremos solo los puntos más importantes. El primer día de su reunión, Leonas ordenó a cada cual que propusiera lo que estimara conveniente; pero los presentes dijeron que ninguna cuestión debía agitarse en ausencia de los prelados que aún no habían llegado, pues Macedonio, obispo de Constantinopla, Basilio de Ancira y algunos otros, temerosos de una acusación por su mala conducta, no se habían presentado. Macedonio alegó indisposición y no asistió; Patrófilo dijo que padecía una afección en los ojos y que por ello le era necesario permanecer en los arrabales de Seleucia; y los demás ofrecieron varios pretextos para justificar su ausencia. Sin embargo, cuando Leonas declaró que debían abordarse los asuntos que se habían reunido a considerar, a pesar de la ausencia de estas personas, los obispos respondieron que no podían pasar a la discusión de cuestión alguna hasta que se hubiera investigado la vida y conducta de los acusados; pues Cirilo de Jerusalén, Eustacio de Sebaste en Armenia y algunos otros habían sido acusados de mala conducta por diversos motivos mucho antes. A consecuencia de esta objeción se suscitó una aguda contienda; unos afirmaban que debía conocerse primero de todas aquellas acusaciones, y otros negaban que cosa alguna debiera anteponerse a las cuestiones de fe. No poco contribuyeron a aumentar esta disputa las órdenes del emperador, pues se presentaron cartas suyas que instaban a considerar primero ora esto, ora aquello. Habiendo surgido la disputa sobre este asunto, se produjo así un cisma, y el concilio de Seleucia quedó dividido en dos facciones, una de las cuales estaba encabezada por Acacio de Cesarea de Palestina, Jorge de Alejandría, Uranio de Tiro y Eudoxio de Antioquía, a quienes apoyaban solo unos treinta y dos obispos más. De la parte contraria, que era con mucho la más numerosa, los principales eran Jorge de Laodicea de Siria, Sofronio de Pompeiópolis de Paflagonia y Eleusio de Cízico. Habiendo decidido la mayoría examinar primero las cuestiones doctrinales, el partido de Acacio se opuso abiertamente al Credo niceno y quiso introducir otro en su lugar. La otra facción, considerablemente más numerosa, coincidía con todas las decisiones del concilio de Nicea, pero criticaba su adopción del término homoousion. En consecuencia, debatieron este punto, diciéndose mucho de una y otra parte, hasta bien entrada la tarde, cuando Silvano, que presidía la iglesia de Tarso, insistió con gran vehemencia en 'que no había necesidad de una nueva exposición de la fe, sino que era su deber más bien confirmar la que se publicó en Antioquía, en la consagración de la iglesia de aquel lugar'. Ante esta declaración, Acacio y sus partidarios se retiraron en privado del concilio, mientras los otros, presentando el credo compuesto en Antioquía, lo leyeron y luego se separaron por aquel día. Reunidos al día siguiente en la iglesia de Seleucia, después de haber cerrado las puertas, leyeron de nuevo el mismo credo y lo ratificaron con sus firmas. En esta ocasión, los lectores y diáconos presentes firmaron en nombre de ciertos obispos ausentes que habían manifestado su aquiescencia a su formulación.
II, 40
Acacio y sus partidarios criticaron lo hecho, porque, a saber, cerraron las puertas de la iglesia y de ese modo estamparon sus firmas; declarando que 'todas esas transacciones secretas eran justamente sospechosas y carecían de toda validez'. Hacía estas objeciones porque estaba ansioso por presentar otra exposición de la fe redactada por él mismo, que ya había sometido a los gobernadores Leonas y Laurencio, y ahora se empeñaba en que solo ella fuera confirmada y establecida, en lugar de la que había sido suscrita. Así, el segundo día no se ocupó de otra cosa que de los esfuerzos de su parte para lograr este objeto. Al tercer día, Leonas procuró lograr una reunión amistosa de ambas partes; durante su transcurso habían llegado Macedonio de Constantinopla y también Basilio de Ancira. Pero cuando los acacianos vieron que ambas partes habían llegado a la misma posición, se negaron a reunirse, diciendo que 'no solo los que habían sido depuestos antes, sino también los que en ese momento se hallaban bajo alguna acusación, debían ser excluidos de la asamblea'. Y como, tras muchas cavilaciones por ambas partes, prevaleció esta opinión, los que se hallaban bajo alguna acusación salieron del concilio, y el partido de Acacio entró en su lugar. Entonces Leonas dijo que Acacio había puesto en sus manos un documento al que deseaba llamar su atención; pero no dijo que era el borrador de un credo que, en algunos puntos de modo encubierto y en otros de modo inequívoco, contradecía al anterior. Cuando los presentes guardaron silencio, pensando que el documento contenía algo distinto de una exposición de fe, se leyó el siguiente credo compuesto por Acacio, junto con su preámbulo.
'Habiéndonos reunido ayer por orden del emperador en Seleucia, ciudad de Isauria, el día 27 de septiembre, nos esforzamos al máximo, con toda moderación, por preservar la paz de la Iglesia y determinar las cuestiones doctrinales con autoridad profética y evangélica, de modo que nada se sancionara en la confesión de fe eclesiástica contrario a las sagradas Escrituras, como lo ha ordenado nuestro emperador Constancio, amadísimo de Dios. Pero como ciertos individuos en el sínodo han obrado injuriosamente contra varios de nosotros, impidiendo a algunos expresar sus sentimientos y excluyendo a otros del concilio contra su voluntad; y al mismo tiempo han introducido a quienes han sido depuestos y a personas ordenadas contra el canon eclesiástico, de modo que el sínodo ha presentado un espectáculo de tumulto y desorden, del cual el ilustrísimo Leonas, conde, y el eminentísimo Laurencio, gobernador de la provincia, han sido testigos oculares, nos vemos por tanto en la necesidad de hacer esta declaración. Que no repudiamos la fe que fue ratificada en la consagración de la iglesia de Antioquía; pues le damos nuestra decidida preferencia, porque recibió la conformidad de nuestros padres que allí se reunieron para examinar algunos puntos controvertidos. Sin embargo, puesto que los términos homoousion y homoiousion han turbado en el pasado las mentes de muchos y continúan inquietándolas; y, además, recientemente algunos han acuñado un término nuevo al afirmar el anomoion del Hijo respecto al Padre: rechazamos los dos primeros, por ser expresiones que no se hallan en las Escrituras; pero anatematizamos por completo el último, y consideramos a quienes favorecen su uso como extraños a la Iglesia. Reconocemos expresamente el homoion del Hijo respecto al Padre, conforme a lo que el apóstol ha declarado acerca de él, [] «quien es la imagen del Dios invisible.»
'Confesamos, pues, y creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, y de todas las cosas visibles e invisibles. Creemos también en su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, engendrado de él sin pasión antes de todos los siglos, Dios Verbo, unigénito de Dios, Luz, Vida, Verdad y Sabiduría; por quien fueron hechas todas las cosas que están en los cielos y sobre la tierra, visibles e invisibles. Creemos que al final de los siglos tomó carne de la santa Virgen María, para abolir el pecado; que se hizo hombre, padeció por nuestro pecado, resucitó, y fue elevado a los cielos, para sentarse a la diestra del Padre, de donde vendrá otra vez con gloria a juzgar a vivos y muertos. Creemos también en el Espíritu Santo, a quien nuestro Señor y Salvador ha llamado el Consolador, y a quien envió a sus discípulos después de su partida, conforme a su promesa; por quien también santifica a todos los creyentes en la Iglesia, que son bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. A quienes predican algo contrario a este credo, los consideramos extraños a la Iglesia católica.'
Esta fue la declaración de fe propuesta por Acacio y suscrita por él mismo y por cuantos se adhirieron a su opinión, cuyo número ya hemos dado. Cuando esta se hubo leído, Sofronio, obispo de Pompeiópolis de Paflagonia, se expresó así: 'Si expresar cada día una opinión distinta se admite como exposición de la fe, nunca llegaremos a una comprensión exacta de la verdad'. Estas fueron las palabras de Sofronio. Y creo firmemente que si los predecesores de estos prelados, así como sus sucesores, hubieran abrigado sentimientos semejantes con respecto al credo niceno, se habrían evitado todos los debates polémicos, y las iglesias no se habrían visto agitadas por tan violentos e irracionales disturbios. Sin embargo, juzguen quienes sean capaces de comprender cómo son estas cosas. En aquella ocasión, después de que se hicieron muchas observaciones por todas partes, tanto con referencia a esta declaración doctrinal como en relación con las partes acusadas, se disolvió la asamblea. Al cuarto día, todos se reunieron de nuevo en el mismo lugar y reanudaron las sesiones con el mismo espíritu contencioso de antes. En esta ocasión, Acacio se expresó con estas palabras: 'Puesto que el credo niceno ha sido alterado no una sola vez, sino con frecuencia, no hay impedimento para que publiquemos otro en este momento'. A lo cual Eleusio, obispo de Cízico, respondió: 'El sínodo está reunido en este momento no para aprender lo que antes no sabía, ni para recibir un credo al que no había asentido antes, sino para confirmar la fe de los padres, de la cual no debería apartarse jamás, ni en vida ni en muerte'. Así habló Eleusio, oponiéndose a Acacio, entendiendo por 'la fe de los padres' aquel credo que había sido promulgado en Antioquía. Pero, ciertamente, también a él se le habría podido responder justamente de esta manera: '¿Cómo es, oh Eleusio, que llamáis a los reunidos en Antioquía «padres,» cuando no reconocéis a quienes fueron padres de ellos? Los redactores del credo niceno, por quienes fue reconocida la fe homousiana, tienen un derecho mucho mayor al título de «padres»; tanto por tener prioridad en el tiempo como porque los reunidos en Antioquía fueron investidos por ellos con el oficio sacerdotal. Ahora bien, si los de Antioquía han renegado de sus propios padres, quienes los siguen están siguiendo inconscientemente a parricidas. Además, ¿cómo pudieron recibir una ordenación legítima de aquellos cuya fe declaran insana e impía? Si, por tanto, quienes constituyeron el sínodo niceno no tuvieron el Espíritu Santo que se confiere por la imposición de manos, los de Antioquía no han recibido debidamente el sacerdocio; pues ¿cómo pudieron recibirlo de quienes no tenían poder para conferirlo?'. Tales consideraciones como estas podrían haberse presentado a Eleusio en respuesta a sus objeciones. Pero pasaron luego a otra cuestión, relacionada con la afirmación hecha por Acacio en su exposición de la fe, de que el Hijo era semejante al Padre, preguntándose unos a otros en qué consistía esta semejanza. El partido acaciano afirmaba que el Hijo era semejante al Padre solo en cuanto a su voluntad, y no en cuanto a su 'sustancia' o 'esencia'; pero los demás sostenían que la semejanza se extendía tanto a la esencia como a la voluntad. En altercados sobre este punto se consumió todo el día; y Acacio, refutado por sus propias obras publicadas, en las que había afirmado que 'el Hijo es en todo semejante al Padre', fue interrogado por sus oponentes: '¿cómo negáis ahora la semejanza del Hijo con el Padre en cuanto a su «esencia»?'. Acacio respondió que 'ningún autor, antiguo ni moderno, fue jamás condenado por sus propios escritos'. Mientras continuaban la discusión sobre este asunto hasta un punto sumamente tedioso, con mucho sentimiento de acritud y sutileza de argumentos, pero sin acercarse en absoluto a la unidad de juicio, Leonas se levantó y disolvió el concilio; y este fue el término del sínodo de Seleucia. Pues al día siguiente, aunque se le instó a ello, [Leonas] no quiso reunirse de nuevo con ellos. 'He sido comisionado por el emperador —dijo— para asistir a un concilio donde se esperaba que prevaleciera la unanimidad; pero puesto que de ningún modo podéis llegar a un entendimiento mutuo, ya no puedo estar presente; id, pues, a la iglesia, si os place, y entregaos allí a vanas charlas'. La facción acaciana, considerando esta decisión ventajosa para sí, se negó también a reunirse con los otros. El partido contrario, dejado solo, se reunió en la iglesia y pidió la asistencia de los que seguían a Acacio, para que se conociera de la causa de Cirilo, obispo de Jerusalén; pues aquel prelado había sido acusado mucho antes, aunque no puedo decir por qué motivos. Incluso había sido depuesto porque, por temor, no se había presentado durante dos años enteros, después de haber sido citado repetidamente para que se investigaran las acusaciones contra él. Sin embargo, cuando fue depuesto, envió una notificación escrita a quienes lo habían condenado, de que apelaría a una jurisdicción superior; y a esta apelación le dio su sanción el emperador Constancio. Cirilo fue así el primero y, en verdad, el único clérigo que se atrevió a romper con la costumbre eclesiástica, convirtiéndose en apelante, como se hace comúnmente en los tribunales seculares de justicia; y estaba entonces presente en Seleucia, dispuesto a ser sometido a juicio; por este motivo, los demás obispos invitaron al partido acaciano a ocupar sus lugares en la asamblea, para que en un concilio general se pronunciara sentencia definitiva sobre la causa de los que estaban acusados: pues citaron también a otros, acusados de diversos delitos, a comparecer ante ellos al mismo tiempo, los cuales, para protegerse, se habían refugiado entre los partidarios de Acacio. Por tanto, cuando aquella facción persistió en su negativa a reunirse, después de ser citada repetidamente, los obispos depusieron al propio Acacio, junto con Jorge de Alejandría, Uranio de Tiro, Teódulo de Queretapi en Frigia, Teodosio de Filadelfia en Lidia, Evagrio de la isla de Mitilene, Leoncio de Trípolis en Lidia y Eudoxio, que antes había sido obispo de Germánica, pero después se había insinuado en el obispado de Antioquía de Siria. Depusieron también a Patrófilo por contumacia, por no haberse presentado a responder a una acusación presentada contra él por un presbítero llamado Doroteo. A estos los depusieron; excomulgaron también a Asterio, Eusebio, Abgaro, Basilisco, Febo, Fidel, Eutiquio, Magno y Eustacio, determinando que no fueran restablecidos en la comunión hasta que hicieran una defensa tal que los librara de las imputaciones que pesaban sobre ellos. Hecho esto, dirigieron cartas explicativas a cada una de las iglesias cuyos obispos habían sido depuestos. Aniano fue entonces constituido obispo de Antioquía en lugar de Eudoxio; pero los acacianos, habiéndolo aprehendido poco después, lo entregaron en manos de Leonas y Laurencio, quienes lo enviaron al exilio. Los obispos que lo habían ordenado, indignados por este motivo, presentaron protestas contra el partido acaciano ante Leonas y Laurencio, en las cuales los acusaban abiertamente de haber violado las decisiones del sínodo. Viendo que por este medio no podía obtenerse reparación alguna, fueron a Constantinopla para exponer todo el asunto ante el emperador.
Capítulo 41. Del regreso del emperador desde Occidente, de cómo los acacianos se reúnen en Constantinopla y confirman el Símbolo de Ariminio, tras hacerle algunas adiciones
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Y entonces el emperador regresó de Occidente y nombró un prefecto para Constantinopla, de nombre Honorato, tras haber suprimido el oficio de procónsul. Pero los acacianos, adelantándose a los obispos, los calumniaron ante el emperador, persuadiéndolo de que no admitiera el símbolo que aquellos habían propuesto. Esto irritó tanto al emperador que resolvió dispersarlos; publicó, pues, un edicto ordenando que quienes de ellos estaban sujetos a desempeñar ciertos cargos públicos no quedaran ya exentos del cumplimiento de los deberes que les correspondían. Pues a varios de ellos se les podía llamar a ocupar diversos departamentos oficiales, relacionados tanto con la magistratura de la ciudad como con la subordinación a los presidentes y gobernadores de las provincias. Mientras estos eran así hostigados, los partidarios de Acacio permanecieron por bastante tiempo en Constantinopla y celebraron otro sínodo. Habiendo mandado llamar a los obispos de Bitinia, unos cincuenta se reunieron en esta ocasión, entre los cuales se hallaba Maris, obispo de Calcedonia; estos confirmaron el símbolo leído en Rímini, al cual se habían antepuesto los nombres de los cónsules. Habría sido innecesario repetirlo aquí, si no se le hubieran hecho algunas adiciones; pero, puesto que así se hizo, puede ser conveniente transcribirlo en su nueva forma.
'Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, de quien son todas las cosas. Y en el unigénito Hijo de Dios, engendrado de Dios antes de todos los siglos y antes de todo principio; por quien todas las cosas visibles e invisibles fueron hechas; que es el unigénito nacido del Padre, el único del único, Dios de Dios, semejante al Padre que lo engendró, según las Escrituras, y cuya generación nadie conoce, sino solo el Padre que lo engendró. Sabemos que este unigénito Hijo de Dios, enviado del Padre, descendió de los cielos, como está escrito, para destruir el pecado y la muerte; y que nació del Espíritu Santo y de la Virgen María según la carne, como está escrito, y conversó con sus discípulos; y que, después de haberse cumplido toda dispensación según la voluntad de su Padre, fue crucificado y murió, y fue sepultado y descendió a las partes inferiores de la tierra, ante cuya presencia el hades mismo tembló; quien también resucitó de entre los muertos al tercer día, conversó de nuevo con sus discípulos y, al cumplirse los cuarenta días, fue elevado a los cielos, y está sentado a la diestra del Padre, de donde vendrá en el último día, el día de la resurrección, en la gloria de su Padre, para retribuir a cada uno según sus obras. [Creemos] también en el Espíritu Santo, a quien él mismo, el unigénito de Dios, Cristo nuestro Señor y Dios, prometió enviar a la humanidad como el Consolador, conforme está escrito: [] «el Espíritu de verdad»; a quien envió a ellos después de ser recibido en los cielos. Mas, puesto que la palabra ousía [sustancia o esencia], que los padres usaron en un sentido muy simple e inteligible, pero que el pueblo no entendió, ha sido causa de ofensa, nos ha parecido bien rechazarla, pues ni siquiera se halla contenida en las Sagradas Escrituras; y que en adelante no se haga mención alguna de ella, por cuanto las santas Escrituras en ninguna parte han mencionado la sustancia del Padre y del Hijo. Ni siquiera debe nombrarse la «subsistencia» del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Pero afirmamos que el Hijo es semejante al Padre, del modo que las Sagradas Escrituras declaran y enseñan. Sean, pues, anatema todas las herejías, ya condenadas anteriormente o surgidas últimamente, que se opongan a esta exposición de la fe.'
Estas cosas fueron reconocidas entonces en Constantinopla. Y ahora que por fin hemos salido del laberinto de todas las diversas fórmulas de fe, contemos su número. Después de la promulgada en Nicea, otras dos fueron propuestas en Antioquía con ocasión de la dedicación de la iglesia de aquel lugar. Una tercera fue presentada al emperador en la Galia por Narciso y los que lo acompañaban. La cuarta fue enviada por Eudoxio a Italia. Hubo tres fórmulas del símbolo publicadas en Sirmio, una de las cuales, con los nombres de los cónsules antepuestos, fue leída en Rímini. El partido acaciano presentó una octava en Seleucia. La última fue la de Constantinopla, que contenía la cláusula prohibitiva respecto a la mención de 'sustancia' o 'subsistencia' en relación con Dios. A este símbolo dio su asentimiento Ulfilas, obispo de los godos, aunque antes se había adherido al de Nicea; pues era discípulo de Teófilo, obispo de los godos, que estuvo presente en el concilio niceno y suscribió lo que allí se determinó. Baste esto sobre estos asuntos.
II, 42
Acacio, Eudoxio y los que en Constantinopla se unieron a ellos deseaban vivamente que también ellos, por su parte, pudieran deponer a algunos del partido contrario. Conviene observar que ninguno de los dos partidos se dejaba guiar por consideraciones religiosas al hacer deposiciones, sino por otros motivos; pues aunque no concordaban en la fe, el fundamento de sus recíprocas deposiciones no era el error doctrinal. El partido acaciano, pues, aprovechándose de la indignación del emperador contra otros, y especialmente contra Macedonio, que abrigaba y deseaba desahogar, en primer lugar depuso a Macedonio, tanto por haber causado tanta matanza como por haber admitido a la comunión a un diácono que había sido hallado culpable de fornicación. Depusieron luego a Eleusio, obispo de Cízico, por haber bautizado y después investido con el diaconado a un sacerdote de Hércules en Tiro llamado Heraclio, del que se sabía que practicaba artes mágicas. Semejante sentencia se pronunció contra Basilio, o Basilas —como también se le llamaba—, que había sido constituido obispo de Ancira en lugar de Marcelo; las causas aducidas para esta condena fueron: que había encarcelado injustamente a cierto individuo, lo había cargado de cadenas y lo había sometido a tortura; que había calumniado a algunas personas; y que había perturbado a las iglesias de África con sus epístolas. También fue depuesto Draconcio, por haber dejado la iglesia de Galacia por la de Pérgamo. Depusieron además, con diversos pretextos, a Neonas, obispo de Seleucia, ciudad en la que se había reunido el sínodo, a Sofronio de Pompeiópolis en Paflagonia, a Elpidio de Satala, en Macedonia, y a Cirilo de Jerusalén, y a otros por varias razones.
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Pero a Eustacio, obispo de Sebastia en Armenia, ni siquiera se le permitió defenderse, porque había sido depuesto mucho antes por Eulalio, su propio padre, obispo de Cesarea de Capadocia, por vestir de una manera indigna del oficio sacerdotal. Nótese que Melecio fue nombrado su sucesor, de quien hablaremos más adelante. Eustacio fue condenado después por un sínodo reunido a causa de él en Gángra, en Paflagonia, por haber hecho, tras su deposición por el concilio de Cesarea, muchas cosas contrarias a los cánones eclesiásticos. Pues había 'prohibido el matrimonio' y sostenía que había que abstenerse de las carnes; incluso separó a muchos de sus esposas y persuadió a los que no querían reunirse en las iglesias a comulgar en casa. Con pretexto de piedad, sedujo también a siervos apartándolos de sus amos. Él mismo llevaba el hábito de filósofo e indujo a sus seguidores a adoptar un vestido nuevo y extraordinario, ordenando que se cortara el cabello de las mujeres. Permitió que se descuidaran los ayunos prescritos, pero recomendó ayunar los domingos. En suma, prohibió que se ofrecieran oraciones en las casas de los casados, y declaró que tanto la bendición como la comunión de un presbítero que continuara viviendo con una esposa con la que se había casado legítimamente cuando aún era laico debían rechazarse como una abominación. Por hacer y enseñar estas cosas y muchas otras semejantes, un sínodo reunido, como hemos dicho, en Gángra de Paflagonia lo depuso y anatematizó sus opiniones. Esto, sin embargo, se hizo después. Mas, al ser expulsado Macedonio de la sede de Constantinopla, Eudoxio, que ya consideraba secundaria la sede de Antioquía, fue promovido al obispado vacante, siendo consagrado por los acacianos, que en este caso no consideraron que ello era incoherente con sus actuaciones anteriores. Pues quienes habían depuesto a Draconcio por su traslado de Galacia a Pérgamo obraban claramente en contra de sus propios principios y decisiones al ordenar a Eudoxio, que entonces hacía un segundo cambio. Después de esto enviaron su propia exposición de la fe, en su forma corregida y complementada, a Rímini, ordenando que todos los que se negaran a firmarla fueran desterrados en virtud del edicto del emperador. Informaron también de lo que habían hecho a los demás prelados de Oriente que coincidían con ellos en opinión, y más especialmente a Patrófilo, obispo de Escitópolis, que, al salir de Seleucia, se había dirigido directamente a su propia ciudad. Habiendo sido Eudoxio constituido obispo de la ciudad imperial, la gran iglesia llamada Sophia fue consagrada entonces, en el décimo consulado de Constancio y el tercero de Julián César, el día 15 de febrero. Estando Eudoxio al frente de esta sede, fue cuando pronunció por primera vez aquella sentencia que aún hoy corre por todas partes: 'El Padre es impío, el Hijo es piadoso'. Como el pueblo parecía sobresaltarse por esta expresión y comenzaba a armarse un tumulto, 'No os turbéis' —dijo— 'por lo que acabo de decir: porque el Padre es impío, pues no adora a persona alguna; pero el Hijo es piadoso, porque adora al Padre'. Habiendo dicho esto Eudoxio, el tumulto se apaciguó y se suscitó una gran risa en la iglesia; y este dicho suyo continúa siendo una burla incluso hoy. Los heresiarcas, en verdad, inventaban con frecuencia sutiles frases como estas, y con ellas desgarraban la iglesia. Así terminó el sínodo de Constantinopla.
II, 44
Ahora conviene hablar de Melecio, quien, como hemos observado recientemente, fue nombrado obispo de Sebastia en Armenia después de la deposición de Eustacio; de Sebastia fue trasladado a Berea, ciudad de Siria. Hallándose presente en el sínodo de Seleucia, suscribió el símbolo que allí expuso Acacio, y de inmediato regresó a Berea. Cuando se celebró la asamblea del sínodo en Constantinopla, el pueblo de Antioquía, viendo que Eudoxio, seducido por la magnificencia de la sede de Constantinopla, había despreciado a su iglesia, mandó llamar a Melecio y lo invistió con el obispado de la iglesia de Antioquía. Al principio él evitó todas las cuestiones doctrinales, limitando sus discursos a temas morales; pero después expuso a sus oyentes el Credo niceno y afirmó la doctrina del homousion. Enterado de esto el emperador, ordenó que fuera enviado al destierro, e hizo que Euzoio, que antes había sido depuesto junto con Arrio, fuera instalado obispo de Antioquía en su lugar. Sin embargo, quienes estaban unidos a Melecio se separaron de la congregación arriana y celebraban sus asambleas aparte; no obstante, los que originalmente abrazaban la opinión homousiana no querían comulgar con ellos, porque Melecio había sido ordenado por los arrianos y sus partidarios habían sido bautizados por ellos. Así quedó dividida la iglesia antioquena, incluso entre aquellos cuyas opiniones en materia de fe correspondían exactamente. Entretanto, al enterarse el emperador de que los persas se preparaban para emprender otra guerra contra los romanos, se dirigió a toda prisa a Antioquía.
II, 45
Macedonio, al ser expulsado de Constantinopla, llevó mal su condena y se volvió inquieto; se unió, pues, a la otra facción que había depuesto a Acacio y a los suyos en Seleucia, y envió una delegación a Sofronio y Eleusio para animarlos a adherirse a aquel símbolo que primero se promulgó en Antioquía y después se confirmó en Seleucia, proponiendo darle el nombre fingido de símbolo 'homoiousiano'. De este modo atrajo en torno a sí un gran número de partidarios, que por él se denominan todavía 'macedonios'. Y aunque los que disentían de los acacianos en el sínodo seleuciano no habían usado antes el término homoiousios, desde entonces lo afirmaron con claridad. Hubo, sin embargo, un rumor popular de que este término no se originó con Macedonio, sino que fue invención más bien de Maratonio, que poco antes había sido puesto al frente de la iglesia de Nicomedia; por cuya causa los defensores de esta doctrina fueron llamados también 'maratonianos'. A este partido se unió Eustacio, que por las razones antes expuestas había sido expulsado de la iglesia de Sebastia. Pero cuando Macedonio comenzó a negar la divinidad del Espíritu Santo en la Trinidad, Eustacio dijo: 'No puedo admitir que el Espíritu Santo sea Dios, ni me atrevo a afirmar que sea una criatura'. Por esta razón, los que sostienen el homousion del Hijo llaman a estos herejes 'Pneumatómacos'. De qué modo estos macedonios llegaron a ser tan numerosos en el Helesponto lo diré en su lugar oportuno. Entretanto, los acacianos sintieron un vivísimo deseo de que se convocara otro sínodo en Antioquía, por haber cambiado de parecer respecto a su anterior afirmación de la semejanza 'en todas las cosas' del Hijo con el Padre. Un pequeño número de ellos se reunió, pues, en el consulado siguiente, que fue el de Tauro y Florencio, en Antioquía de Siria, donde residía entonces el emperador, siendo obispo Euzoio. Se renovó entonces la discusión sobre algunos puntos que habían determinado antes, y en el curso de ella declararon que el término 'homoios' debía borrarse de la fórmula de fe que se había publicado tanto en Rímini como en Constantinopla; y ya no ocultaron, sino que declararon abiertamente, que el Hijo era enteramente desemejante del Padre, no solo en cuanto a su esencia, sino incluso en cuanto a su voluntad; afirmando además con audacia, como ya lo había hecho Arrio, que había sido hecho de la nada. Los que en aquella ciudad favorecían la herejía de Euncio dieron su asentimiento a esta opinión; por cuya circunstancia, además del apelativo general de arrianos, fueron llamados también 'Anomeos' y 'Exucontianos' por los homousianos de Antioquía, quienes sin embargo estaban entonces divididos entre sí a causa de Melecio, como ya he observado. Preguntados, pues, por ellos cómo se atrevían a afirmar que el Hijo es desemejante del Padre y que tiene su existencia de la nada, después de haberlo reconocido como 'Dios de Dios' en su símbolo anterior, intentaron eludir esta objeción con falaces subterfugios como estos. 'La expresión, «Dios de Dios,»' —dijeron— 'ha de entenderse en el mismo sentido que las palabras del apóstol: [] «pero todas las cosas proceden de Dios». Por lo cual el Hijo es de Dios, como siendo una de esas todas las cosas: y por esta razón se añaden en el borrador del símbolo las palabras «según las Escrituras».' El autor de este sofisma fue Jorge, obispo de Laodicea, quien, poco versado en tales frases, ignoraba la manera en que Orígenes había explicado antes estas expresiones peculiares del apóstol, tras haber investigado a fondo la materia. Pero a pesar de estos evasivos sofismas, no pudieron soportar el oprobio y la contumelia que se habían atraído, y volvieron al símbolo que antes habían publicado en Constantinopla; y así cada uno se retiró a su distrito. Jorge, volviendo a Alejandría, reasumió su autoridad sobre las iglesias de allí, pues Atanasio aún no había aparecido. A los de aquella ciudad que se oponían a sus sentimientos los persiguió; y conduciéndose con gran severidad y crueldad, se hizo extremadamente odioso al pueblo. En Jerusalén, Arrenio fue puesto al frente de la iglesia en lugar de Cirilo; podemos señalar también que Heraclio fue ordenado obispo allí después de él, y después de él Hilario. Al fin, sin embargo, Cirilo volvió a Jerusalén y fue de nuevo investido con la presidencia de la iglesia de allí. Por el mismo tiempo brotó otra herejía, que surgió de la siguiente circunstancia.
II, 46
Había en Laodicea de Siria dos hombres del mismo nombre, padre e hijo: se llamaban Apolinar; el primero era presbítero y el segundo lector en aquella iglesia. Ambos enseñaban literatura griega: el padre, gramática, y el hijo, retórica. El padre era natural de Alejandría, y al principio enseñó en Beroso; pero después se trasladó a Laodicea, donde se casó, y nació el joven Apolinar. Fueron contemporáneos del sofista Epifanio, y como eran verdaderos amigos suyos, llegaron a intimar con él; pero Teódoto, obispo de Laodicea, temiendo que semejante trato pervirtiera sus principios y los condujera al paganismo, les prohibió que se asociaran con él; ellos, sin embargo, prestaron poca atención a esta prohibición, pues continuó su familiaridad con Epifanio. Jorge, el sucesor de Teódoto, también procuró impedir que conversaran con Epifanio; mas no pudiendo persuadirlos en modo alguno en este punto, los excomulgó. El joven Apolinar, considerando este severo proceder como un acto de injusticia y confiando en los recursos de su sofística retórica, dio origen a una nueva herejía, que recibió el nombre de su inventor y aún hoy tiene muchos partidarios. No obstante, algunos afirman que no fue por la razón arriba señalada por lo que se apartaron de Jorge, sino porque vieron la inestabilidad e inconsistencia de su profesión de fe; pues unas veces sostenía que el Hijo es semejante al Padre, conforme a lo que se había decretado en el sínodo de Seleucia, y otras favorecía la opinión arriana. Tomaron, por tanto, esto como pretexto para separarse de él; mas como nadie siguiera su ejemplo, introdujeron una nueva forma de doctrina, y al principio afirmaron que en la economía de la encarnación, Dios Verbo asumió un cuerpo humano sin alma. Después, como si cambiaran de parecer, se retractaron, admitiendo que tomó ciertamente un alma, pero que era irracional, ocupando Dios Verbo mismo el lugar de la mente. Los que los siguieron y llevan su nombre hoy día afirman que éste es su único punto de diferencia [respecto de los católicos]; pues reconocen la consustancialidad de las personas en la Trinidad. Pero hablaremos más extensamente de los dos Apolinares en el lugar oportuno.
II, 47
Mientras el emperador Constancio continuaba residiendo en Antioquía, Julián César trabó combate en las Galias con un inmenso ejército de bárbaros, y habiendo obtenido sobre ellos la victoria, se hizo sumamente popular entre los soldados, que lo proclamaron emperador. Al saberse esto, el emperador Constancio se sintió dolorosamente afectado; por lo cual fue bautizado por Euzoio y de inmediato se dispuso a emprender una expedición contra Julián. Al llegar a las fronteras de Capadocia y Cilicia, la excesiva agitación de su ánimo le produjo una apoplejía, que puso fin a su vida en Mopsucrene, bajo el consulado de Tauro y Florencio, el 3 de noviembre. Esto ocurrió en el primer año de la olimpíada 285. Constancio había vivido cuarenta y cinco años y reinado treinta y ocho; de ellos, trece fue colega de su padre en el imperio y, tras la muerte de éste, veinticinco años [como único emperador], cuyo período posterior se narra en este libro.
III, 1
El emperador Constancio murió en las fronteras de Cilicia el 3 de noviembre, durante el consulado de Tauro y Florencio; Julián, dejando las partes occidentales del imperio hacia el 11 de diciembre siguiente, bajo el mismo consulado, llegó a Constantinopla, donde fue proclamado emperador. Y puesto que es forzoso que hable del carácter de este príncipe, tan eminentemente distinguido por su saber, no esperen sus admiradores que yo intente un estilo retórico pomposo, como si fuera necesario que la descripción correspondiera a la dignidad del asunto; pues siendo mi propósito compilar una historia de la religión cristiana, es a la vez propio, para ser mejor entendido, y consecuente con mi propósito original, mantener un estilo humilde y sencillo. Sin embargo, conviene describir su persona, nacimiento, educación y la manera en que se hizo dueño de la soberanía; y para hacerlo será necesario entrar en algunos detalles antecedentes. Constantino, que dio a Bizancio su propio nombre, tuvo dos hermanos llamados Dalmacio y Constancio, hijos del mismo padre, pero de distinta madre. El primero de éstos tuvo un hijo que llevaba su propio nombre: el segundo tuvo dos hijos, Galó y Julián. Ahora bien, como a la muerte de Constantino, el fundador de Constantinopla, los soldados habían dado muerte al hermano menor, Dalmacio, la vida de sus dos hijos huérfanos también corrió peligro; pero una enfermedad que amenazaba ser fatal preservó a Galó de la violencia de los asesinos de su padre, mientras que la tierna edad de Julián —pues solo tenía ocho años por entonces— lo protegió. Habiéndose calmado gradualmente los celos del emperador hacia ellos, Galó asistió a las escuelas de Éfeso, en Jonia, país en el que les habían quedado considerables posesiones hereditarias. Y Julián, cuando creció, prosiguió sus estudios en Constantinopla, acudiendo constantemente al palacio, donde se hallaban entonces las escuelas, en ropas sencillas, bajo la superintendencia del eunuco Mardonio. En gramática fue su instructor Nicocles el lacedemonio; y Ecebolio el sofista, que era entonces cristiano, le enseñó retórica: pues el emperador había dispuesto que no tuviera maestros paganos, no fuera a ser seducido por las supersticiones paganas. Pues Julián era cristiano al principio. Su aprovechamiento en las letras pronto llegó a ser tan notable, que empezó a decirse que era capaz de gobernar el Imperio romano; y al difundirse generalmente este rumor popular, inquietó sobremanera el ánimo del emperador, de modo que lo hizo trasladar de la Gran Ciudad a Nicomedía, prohibiéndole al mismo tiempo frecuentar la escuela de Libanio, el sofista sirio. Pues Libanio, habiendo sido expulsado por entonces de Constantinopla por una conjura de los educadores de allí, se había retirado a Nicomedía, donde abrió una escuela. Allí dio rienda suelta a su indignación contra los educadores en el tratado que compuso acerca de ellos. A Julián, sin embargo, se le prohibió asistir a sus lecciones, porque Libanio era pagano en religión; no obstante, se procuró en privado sus discursos, que no sólo admiraba sobremanera, sino que también leía con frecuencia y con atento estudio. Como se iba haciendo muy diestro en el arte retórico, llegó a Nicomedía el filósofo Máximo (no el bizantino, padre de Euclides), sino el efesio, a quien más tarde el emperador Valentiniano hizo ejecutar por practicante de magia. Esto tuvo lugar más tarde; en aquel tiempo, lo único que lo atraía a Nicomedía era la fama de Julián. De él [Julián] recibió, además de los principios de la filosofía, sus propios sentimientos religiosos y el deseo de poseer el imperio. Cuando estas cosas llegaron a oídos del emperador, Julián, entre la esperanza y el temor, se afanó por adormecer las sospechas que se habían despertado, y por ello comenzó a adoptar la apariencia externa de lo que en otro tiempo era en realidad. Se rapó la cabeza hasta la piel y fingió vivir una vida monástica; y mientras en privado se entregaba a sus estudios filosóficos, en público leía las sagradas escrituras de los cristianos y, además, fue constituido lector en la iglesia de Nicomedía. Así, con estos especiosos pretextos, consiguió apartar el disgusto del emperador. Ahora bien, hizo todo eso por miedo, pero de ningún modo abandonó su esperanza; decía a sus amigos que no estaban lejanos tiempos más felices, en que poseería el poder imperial. En esta situación de las cosas, su hermano Galó, habiendo sido creado César, de camino al Oriente vino a Nicomedía a verlo. Pero cuando no mucho después de esto Galó fue muerto, Julián fue sospechoso para el emperador; por lo cual éste ordenó que se le pusiera una guardia: pronto, sin embargo, halló medios de escapar de ellos y, huyendo de un lugar a otro, logró ponerse a salvo. Al fin, habiendo descubierto su retiro la emperatriz Eusebia, persuadió al emperador de que lo dejara indemne y le permitiera ir a Atenas a proseguir sus estudios filosóficos. De allí —para ser breves— lo llamó de nuevo el emperador y después lo creó César; además de esto, uniéndolo en matrimonio con su propia hermana Helena, lo envió contra los bárbaros. Pues los bárbaros a quienes el emperador Constancio había tomado como fuerzas auxiliares contra el tirano Magnencio, como no habían sido de utilidad alguna contra el usurpador, comenzaban a saquear las ciudades romanas. Y como era joven, le ordenó no emprender nada sin consultar a los demás jefes militares.
Ahora bien, habiendo obtenido tales atribuciones estos generales, se volvieron negligentes en sus deberes, y los bárbaros, en consecuencia, se fortalecieron. Advirtiéndolo Julián, permitió que los comandantes se entregaran al lujo y a la disipación, pero se esforzó por infundir valor a los soldados, ofreciendo una recompensa estipulada a quien matara a un bárbaro. Esta medida debilitó eficazmente al enemigo y, al mismo tiempo, le granjeó el afecto del ejército. Se cuenta que, al entrar en una ciudad, una corona cívica suspendida entre dos columnas cayó sobre su cabeza, a la que se ajustaba exactamente; ante lo cual todos los presentes prorrumpieron en gritos de admiración, considerándolo como presagio de que un día llegaría a ser emperador. Algunos han afirmado que Constancio lo envió contra los bárbaros con la esperanza de que pereciera en un combate contra ellos. No sé si quienes dicen esto dicen la verdad; pero ciertamente es improbable que, habiendo contraído antes una alianza tan estrecha con él, buscase luego su destrucción en perjuicio de sus propios intereses. Cada cual forme su propio juicio sobre el asunto. La queja de Julián al emperador por la inercia de sus jefes militares le procuró un colaborador en el mando más afín a su propio ardor; y mediante sus esfuerzos combinados se atacó de tal manera a los bárbaros, que éstos le enviaron una embajada asegurándole que habían recibido orden, por cartas del emperador que mostraban, de marchar contra los territorios romanos. Pero él encarceló al embajador y, atacando vigorosamente a las fuerzas enemigas, las derrotó por completo; y habiendo apresado vivo a su rey, lo envió a Constancio. Inmediatamente después de este brillante éxito fue proclamado emperador por los soldados; y como no había a mano corona imperial, uno de sus guardias tomó la cadena que llevaba al cuello y la ciñó alrededor de la cabeza de Julián. Así llegó Julián a ser emperador; pero si en adelante se condujo como corresponde a un filósofo, decídanlo mis lectores. Pues ni entró en comunicación con Constancio por medio de una embajada, ni le rindió el menor homenaje en reconocimiento de los favores pasados; antes bien, nombrando otros gobernadores para las provincias, lo dispuso todo precisamente como le plugo. Además, procuró hacer despreciable a Constancio recitando públicamente en todas las ciudades las cartas que éste había escrito a los bárbaros; y así, habiendo indispuesto a los habitantes de aquellos lugares, fácilmente los indujo a rebelarse contra Constancio y pasarse a su bando. Después de esto ya no llevó más la máscara del cristianismo, sino que por todas partes abrió los templos paganos, ofreciendo sacrificios a los ídolos; y designándose a sí mismo 'Pontifex Maximus', permitió a cuantos quisieran celebrar sus festividades supersticiosas. De esta manera consiguió suscitar una guerra civil contra Constancio; y así, por lo que a él respecta, habría envuelto al imperio en todas las desastrosas consecuencias de una guerra. Pues el propósito de este filósofo no habría podido lograrse sin mucho derramamiento de sangre; pero Dios, en la soberanía de sus propios designios, contuvo el furor de estos antagonistas sin detrimento para el Estado, mediante la desaparición de uno de ellos. Pues cuando Julián llegó al territorio de los tracios, le fue llevada la noticia de que Constancio había muerto; y así se preservó entonces el Imperio romano de la lucha intestina que lo amenazaba. Julián hizo inmediatamente su entrada pública en Constantinopla y consideró consigo mismo cómo podría granjearse mejor a las masas y asegurarse el favor popular. En consecuencia, recurrió a las siguientes medidas: sabía que Constancio se había hecho odioso a los defensores de la fe homousiana al expulsarlos de las iglesias y proscribir a sus obispos. También era consciente de que los paganos estaban sumamente descontentos a causa de las prohibiciones que les impedían ofrecer sacrificios a sus dioses, y deseaban ardientemente que se abrieran sus templos, con libertad para practicar sus ritos idólatras. De hecho, comprendía que, mientras ambas clases abrigaban secretamente sentimientos rencorosos contra su predecesor, el pueblo en general estaba sumamente exasperado por la violencia de los eunucos y, especialmente, por la rapacidad de Eusebio, jefe de la cámara imperial. En estas circunstancias trató a todos los partidos con sutileza: con unos disimuló; a otros se los ganó confiriéndoles obligaciones, pues era aficionado a aparentar beneficencia; pero a todos en común manifestó su propia predilección por la idolatría de los paganos. Y en primer lugar, para mancillar la memoria de Constancio haciéndolo aparecer cruel con sus súbditos, llamó de vuelta a los obispos desterrados y les restituyó sus bienes confiscados. Luego mandó a los agentes competentes que se abrieran sin demora los templos paganos. Después ordenó que quienes habían sido víctimas de la conducta extorsionadora de los eunucos recobraran los bienes de que habían sido despojados. A Eusebio, jefe de la cámara imperial, lo castigó con la muerte, no sólo por las injurias que había infligido a otros, sino porque estaba seguro de que por sus maquinaciones había sido asesinado su hermano Galó. El cuerpo de Constancio lo honró con funerales imperiales, pero expulsó del palacio a los eunucos, barberos y cocineros. De los eunucos prescindió porque eran innecesarios a consecuencia de la muerte de su esposa, ya que había resuelto no volver a casarse; de los cocineros, porque mantenía una mesa muy sencilla; y de los barberos, porque decía que uno bastaba para muchísimas personas. A éstos los despidió por las razones dadas; redujo también a la mayoría de los secretarios a su condición anterior, y asignó a los que conservó un salario adecuado a su oficio. Reformó asimismo el modo de viajar públicamente y de transportar lo necesario, aboliendo el empleo de mulas, bueyes y asnos para este propósito, y permitiendo que sólo se usaran caballos. Estas diversas economías fueron muy elogiadas por unos pocos, pero fuertemente reprobadas por todos los demás, por tender a hacer despreciable la dignidad imperial, despojándola de aquellos adornos de pompa y magnificencia que ejercen tan poderosa influencia sobre el ánimo del vulgo. Y no sólo eso, sino que por la noche solía velar componiendo discursos que después pronunciaba en el senado; aunque en realidad fue el primer y único emperador desde los tiempos de Julio César que pronunció discursos en aquella asamblea. A los eminentes en letras les extendió el más halagüeño patrocinio, y especialmente a los filósofos profesionales; a consecuencia de lo cual, abundancia de pretendientes a este género de saber acudió al palacio desde todas partes, vistiendo sus palios, más notables por su atuendo que por su erudición. Estos impostores, que adoptaban invariablemente los sentimientos religiosos de su príncipe, eran todos hostiles al bienestar de los cristianos; y el propio Julián, a quien su excesiva vanidad impulsaba a ridiculizar a todos sus predecesores en un libro que escribió titulado Los Césares, fue llevado por la misma altanera disposición a componer también tratados contra los cristianos. La expulsión de los cocineros y barberos conviene en cierto modo a un filósofo, en verdad, pero no a un emperador; mas ridiculizar y caricaturizar a otros no es propio ni del filósofo ni del emperador: pues tales personajes deben estar por encima de la influencia de la envidia y la detracción. Un emperador puede ser filósofo en todo lo que atañe a la moderación y al dominio de sí mismo; pero si un filósofo intentara imitar lo que podría convenir a un emperador, con frecuencia se apartaría de sus propios principios. Hemos hablado así brevemente del emperador Julián, trazando su origen, educación, temple de ánimo y el modo en que llegó a investirse del poder imperial.