VII, 39
Poco después de esto, Pablo, obispo de los novacianos, alcanzó fama de hombre verdaderamente amado por Dios en mayor medida que antes. Habiéndose declarado en Constantinopla un incendio terrible, como nunca antes había sucedido —pues el fuego destruyó la mayor parte de la ciudad—, mientras eran consumidos los mayores graneros públicos, los baños de Aquiles y todo lo demás que hallaba a su paso, avanzó por fin hasta la iglesia de los novacianos situada cerca de Pelargo. Cuando el obispo Pablo vio la iglesia en peligro, corrió al altar, donde encomendó a Dios la preservación de la iglesia y de cuanto contenía; y no cesó de orar, no solo por ella, sino también por la ciudad. Y Dios lo oyó, como claramente lo demostró el suceso: pues aunque el fuego penetró en aquel oratorio por todas sus puertas y ventanas, no causó daño alguno. Y mientras muchos edificios contiguos caían presa del elemento devorador, la iglesia misma se veía ilesa en medio de toda la conflagración, triunfando sobre sus furiosas llamas. Esto continuó durante dos días y dos noches, hasta que el fuego se extinguió, después de haber abrasado gran parte de la ciudad; pero la iglesia permaneció entera, y, lo que es más admirable todavía, no se observó ni el más mínimo rastro de humo en sus maderas ni en sus muros. Esto ocurrió el 17 de agosto, en el decimocuarto consulado de Teodosio, que ejerció junto con Máximo. Desde entonces, los novacianos celebran anualmente la preservación de su iglesia, el 17 de agosto, con acciones de gracias especiales a Dios. Y casi todos los hombres, cristianos y la mayor parte de los paganos, desde entonces han seguido venerando aquel lugar como un sitio peculiarmente consagrado, a causa del milagro obrado para su salvaguarda. Baste lo dicho acerca de estos asuntos.
VII, 40
Maximiano, después de haber gobernado pacíficamente la iglesia durante dos años y cinco meses, murió el 12 de abril, en el consulado de Areobindo y Aspar. Ocurrió que era el quinto día de la semana de ayunos que precede inmediatamente a la Pascua. El día de la semana era jueves. Entonces el emperador Teodosio, deseando impedir los disturbios en la iglesia que suelen acompañar a la elección de un obispo, tomó una sabia providencia en este asunto; pues, para que no hubiera de nuevo disputa acerca de la elección de un obispo y surgiera así tumulto, sin demora, antes de que el cuerpo de Maximiano fuera sepultado, ordenó a los obispos que se hallaban entonces en la ciudad colocar a Proclo en la cátedra episcopal. Pues ya había recibido cartas de Celestino, obispo de Roma, aprobando esta elección, las cuales había remitido a Cirilo de Alejandría, a Juan de Antioquía y a Rufo de Tesalónica; en ellas les aseguraba que no había impedimento para el traslado a otra sede de una persona que había sido nominada y era realmente obispo de alguna iglesia. Proclo, investido así del episcopado, celebró las exequias de Maximiano; pero ya es tiempo de dar brevemente también alguna cuenta de él.
VII, 41
Proclo fue lector desde edad muy temprana y, frecuentando asiduamente las escuelas, se consagró al estudio de la retórica. Al llegar a la edad adulta, tenía trato constante con el obispo Ático, de quien había sido constituido secretario. Cuando hubo hecho grandes progresos, su protector lo promovió al rango de diácono; posteriormente, elevado al presbiterado, como ya hemos dicho antes, fue ordenado por Sisinio obispo de Cízico. Pero todas estas cosas sucedieron mucho antes. En este tiempo le fue asignada la cátedra episcopal de Constantinopla. Era un hombre de excelencia moral igual a la de cualquier otro; pues, habiendo sido formado por Ático, fue celoso imitador de todas las virtudes de aquel obispo. Sin embargo, ejercitó la paciencia en mayor grado que su maestro, quien ocasionalmente practicaba severidades contra los herejes; pues Proclo era amable con todos, convencido de que la bondad es mucho más eficaz que la violencia para hacer avanzar la causa de la verdad. Resolviendo, por tanto, no injerirse con molestia en herejía alguna, restauró en su propia persona a la iglesia aquella dignidad suave y benigna de carácter que tantas veces antes había sido desdichadamente violada. En este aspecto siguió el ejemplo del emperador Teodosio; pues así como este había resuelto no ejercer jamás su autoridad imperial contra los criminales, así también Proclo se había propuesto no inquietar a quienes abrigaban otros sentimientos en materias divinas distintos de los que él mismo cultivaba.
VII, 42
Por estas razones, el emperador tenía altísima estima por Proclo. Pues, en verdad, él mismo era modelo para todos los verdaderos clérigos, y jamás aprobaba a quienes intentaban perseguir a otros. Es más, me atrevo a afirmar que en mansedumbre superó a todos los que jamás han desempeñado fielmente el oficio sacerdotal. Y lo que se registra de Moisés en el libro de Números, [] 'Aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la faz de la tierra', puede aplicarse con toda justicia al día de hoy; pues el emperador Teodosio es 'manso más que todos los hombres que hay sobre la faz de la tierra'. Es por causa de esta mansedumbre que Dios sometió a sus enemigos sin conflictos bélicos, como lo demuestran claramente la captura del usurpador Juan y la posterior derrota de los bárbaros. Porque el Dios del universo ha concedido a este devotísimo emperador, en nuestros tiempos, una ayuda sobrenatural semejante a la que se otorgó en otro tiempo a los justos. No escribo estas cosas por adulación, sino que narro verazmente hechos que todos pueden atestiguar.
VII, 43
Después de la muerte del usurpador, los bárbaros a quienes había llamado en su auxilio contra los romanos hicieron preparativos para devastar las provincias romanas. Informado de esto el emperador, inmediatamente, como era su costumbre, encomendó a Dios la dirección del asunto; y perseverando en ferviente oración, obtuvo prontamente lo que buscaba; pues vale la pena prestar atención a las calamidades que sobrevinieron a los bárbaros. Pues su jefe, cuyo nombre era Rougas, fue muerto por un rayo. Siguió luego una peste que destruyó a la mayor parte de los hombres que estaban bajo su mando; y como si esto no fuera suficiente, descendió fuego del cielo y consumió a muchos de los supervivientes. Esto llenó a los bárbaros del mayor terror; no tanto porque se hubieran atrevido a tomar las armas contra una nación de tanto valor como la que poseían los romanos, sino porque percibían que estos eran asistidos por un Dios poderoso. En esta ocasión, el obispo Proclo predicó un sermón en la iglesia en el que aplicó una profecía de Ezequiel a la liberación obrada por Dios en la reciente emergencia, y fue por ello muy admirado. Este es el tenor de la profecía:
'Y tú, hijo de hombre, profetiza contra Gog, príncipe de Ros, Mosoc y Tóbel. Porque yo lo juzgaré con muerte, con sangre, con lluvia torrencial y con piedras de granizo. También haré llover fuego y azufre sobre él, sobre todas sus tropas y sobre muchas naciones que están con él. Y seré engrandecido y glorificado, y seré conocido a los ojos de muchas naciones; y sabrán que yo soy el Señor.'
Esta aplicación de la profecía fue recibida con gran aplauso, como he dicho, y aumentó la estima en que se tenía a Proclo. Además, la providencia de Dios recompensó la mansedumbre del emperador de otras varias maneras, una de las cuales fue la siguiente.
VII, 44
Tenía de la emperatriz Eudocia, su esposa, una hija llamada Eudoxia. Su primo Valentiniano, a quien él había nombrado emperador de Occidente, la pidió para sí en matrimonio. Habiendo dado el emperador Teodosio su asentimiento a esta propuesta, y habiendo consultado entre sí acerca del lugar en las fronteras de ambos imperios donde sería deseable que se celebrara el matrimonio, se decidió que ambas partes fueran a Tesalónica (que está aproximadamente a mitad de camino) con este fin. Pero Valentiniano envió un mensaje en el sentido de que no le causaría la molestia de ir, pues él mismo iría a Constantinopla. En consecuencia, habiendo asegurado las regiones occidentales con una guardia suficiente, se dirigió allí con motivo de sus nupcias, que se celebraron en el consulado de Isidoro y Sinator; después de lo cual regresó con su esposa a Occidente. Este fausto acontecimiento tuvo lugar en aquel tiempo.
Capítulo 45. El cuerpo de Juan Crisóstomo es trasladado a Constantinopla y depositado en la iglesia de los Apóstoles por el emperador a instancias de Proclo
VII, 45
No mucho después de esto, el obispo Proclo devolvió a la iglesia a quienes se habían separado de ella a causa de la deposición del obispo Juan, habiendo calmado la irritación con un expediente prudente. Cuál fue este debemos contarlo ahora. Habiendo obtenido el permiso del emperador, trasladó el cuerpo de Juan desde Comana, donde estaba sepultado, a Constantinopla, en el trigésimo quinto año después de su deposición. Y habiéndolo llevado en solemne procesión por la ciudad, lo depositó con mucho honor en la iglesia llamada The Apostles. Por este medio, los admiradores de aquel prelado se aplacaron y volvieron a asociarse en comunión con la Iglesia [católica]. Esto sucedió el 27 de enero, en el decimosexto consulado del emperador Teodosio. Pero me asombra que la envidia, que se ha desatado contra Orígenes desde su muerte, haya perdonado a Juan. Pues aquel fue excomulgado por Teófilo unos doscientos años después de su fallecimiento, ¡mientras que este fue restituido a la comunión por Proclo en el trigésimo quinto año después de su muerte! Tan diferente era Proclo de Teófilo. Y los hombres observadores e inteligentes no pueden engañarse respecto de cómo se hicieron estas cosas y de cómo se hacen continuamente.
VII, 46
Poco después del traslado del cuerpo de Juan, Pablo, obispo de los novacianos, murió el 21 de julio, bajo el mismo consulado; y en su propio funeral unió, en cierto sentido, a todas las diferentes sectas en una sola iglesia. Pues todos los partidos acompañaron su cuerpo hasta la tumba, cantando salmos juntos, ya que incluso durante su vida, por su rectitud, gozaba de estima universal entre todos. Pero como Pablo, justo antes de su muerte, realizó un acto memorable, juzgo conveniente insertarlo en esta historia, pues puede ser interesante para los lectores de esta obra conocerlo. Y para que el brillo de aquel importante hecho no quede oscurecido por detenerse en detalles circunstanciales de menor importancia, no me detendré a explayarme sobre el rigor con que mantuvo su disciplina ascética en cuanto a la alimentación incluso durante toda su enfermedad, sin la menor desviación del régimen que se había prescrito, ni la omisión de ninguno de los ejercicios ordinarios de devoción con su fervor acostumbrado. Pero ¿cuál fue este hecho? Consciente de que su partida estaba próxima, mandó llamar a todos los presbíteros de las iglesias a su cargo y así les habló: 'Atended mientras estoy vivo a la elección de un obispo que os presida, no sea que la paz de vuestras iglesias se turbe en lo venidero.' Habiendo respondido ellos que mejor sería no dejar este asunto en sus manos: 'Pues como', dijeron, 'algunos de nosotros tenemos un juicio sobre el asunto y otros otro, de ningún modo nombraríamos al mismo individuo. Deseamos, por tanto, que tú mismo designes a la persona que querrías que te sucediera.' 'Dadme entonces', dijo Pablo, 'esta declaración vuestra por escrito, de que elegiréis a aquel que yo designe.' Cuando hubieron escrito esta promesa y la ratificaron con sus firmas, Pablo, incorporándose en el lecho y sentándose, escribió en el papel el nombre de Marciano, sin informar a ninguno de los presentes de lo que había insertado. Esta persona había sido promovida al rango de presbítero e instruida por él en la disciplina ascética, pero se hallaba entonces en el extranjero. Habiendo doblado este documento y puesto en él su propio sello, hizo que los principales presbíteros lo sellaran también; después de lo cual lo entregó en manos de Marcos, obispo de los novacianos en Escitia, que a la sazón se alojaba en Constantinopla, a quien habló así: 'Si a Dios place que yo continúe mucho más en esta vida, restitúyeme este depósito, confiado ahora a tu custodia. Pero si le parece bien llevarme, descubrirás aquí dentro a quién he elegido como sucesor mío en el episcopado.' Poco después de esto murió; y al tercer día después de su muerte, habiéndose desdoblado el papel en presencia de gran número de personas, se halló dentro el nombre de Marciano, y todos clamaron que era digno del honor. Se despacharon, pues, mensajeros sin demora para traerlo a Constantinopla. Estos, con piadoso fraude, hallándolo residente en Tiberiópolis de Frigia, lo trajeron consigo; con lo cual fue ordenado y colocado en la cátedra episcopal el día 21 del mismo mes.
VII, 47
Además, el emperador Teodosio ofreció acciones de gracias a Dios por las bendiciones que le habían sido concedidas; al mismo tiempo veneraba a Cristo con los más especiales honores. Envió también a su esposa Eudocia a Jerusalén, pues ella se había obligado con voto a ir allí, si vivía para ver el matrimonio de su hija. Por tanto, la emperatriz, en su visita a la ciudad santa, adornó sus iglesias con los más costosos dones; y tanto entonces como después de su regreso, decoró todas las iglesias de las demás ciudades de Oriente con variedad de ornamentos.
VII, 48
Por este mismo tiempo, bajo el decimoséptimo consulado de Teodosio, el obispo Proclo emprendió la realización de un acto como ninguno entre los antiguos había hecho. Habiendo muerto Firmo, obispo de Cesarea de Capadocia, los habitantes de aquel lugar vinieron a Constantinopla para consultar a Proclo sobre el nombramiento de un obispo. Mientras Proclo consideraba a quién preferir para aquella sede, sucedió que todos los senadores vinieron a la iglesia a visitarlo en el día de sábado; entre ellos se hallaba también Talasio, varón que había administrado el gobierno de las naciones y ciudades de Iliria. Y como se decía que el emperador estaba a punto de confiarle el gobierno de las regiones orientales, Proclo puso sus manos sobre él y lo ordenó obispo de Cesarea, en lugar de prefecto del pretorio.
En tan floreciente estado se hallaban los asuntos de la Iglesia en este tiempo. Pero cerraremos aquí nuestra historia, rogando que las iglesias de todas partes, con las ciudades y las naciones, vivan en paz; pues mientras dure la paz, quienes desean escribir historias no hallarán materiales para su propósito. Y nosotros mismos, oh santo varón de Dios, Teodoro, no habríamos podido realizar en siete libros la tarea que emprendimos a petición tuya, si los amantes de sediciones hubieran preferido permanecer quietos.
Este último libro contiene una relación de los acontecimientos de treinta y dos años; y toda la historia, comprendida en siete libros, abarca un período de ciento cuarenta años. Comienza desde el primer año de la 271.ª olimpíada, en la cual Constantino fue proclamado emperador, y termina en el segundo año de la 305.ª olimpíada, en la cual el emperador Teodosio ejerció su decimoséptimo consulado.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Zenos cuenta que Sozomeno se sirvió de Sócrates para su historia paralela, que lo usaron el diácono cartaginés Liberato y Teodoro el Lector, y que el segundo concilio de Nicea lo citó. Hacia comienzos del siglo VI, Epifanio el Escolástico lo tradujo al latín, junto con Sozomeno y Teodoreto, por encargo de Casiodoro: la Historia tripartita, en doce libros, que se imprimió desde antes de 1523 y fue en Occidente el modo de leer a estos historiadores. Wikipedia añade que esa compilación fundió a los tres y que ocultó sus diferencias hasta el estudio de Hartmut Leppin (1996).
Lo que la obra no es también cuenta. Zenos la juzga más cuidadosa que la de Eusebio en reconocer y corregir sus versiones, la más justa de su tiempo con los disidentes, y a la vez descuidada en la cronología posterior a 398, ignorante de la Iglesia de Occidente y crédula con los prodigios; Harnack, que él cita, la resume como saber poco fiable y buena voluntad mucha. Sobre Nicea y el arrianismo, véanse el credo niceno-constantinopolitano y el arrianismo; sobre los concilios que siguieron, Concilios IV–VII.
Para seguir leyendo en Eusebeia: la obra que Sócrates continúa, la Historia eclesiástica de Eusebio; los textos de Atanasio que él leyó para rehacer sus libros I y II, la Apología contra los arrianos, los Cuatro discursos y Sobre los concilios de Rímini y Seleucia; y de Hilario, Sobre los concilios.
Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase. El epub no trae la introducción, el prefacio ni las notas de Zenos: lo que aquí se dice de ellos procede de la edición de CCEL, y son juicios de 1890 que la investigación posterior ha matizado. Cuando las fuentes difieren, las notas dicen cuál afirma qué; esta edición no fija las fechas de la obra ni de los hechos que cuenta.