VI, introducción
El encargo que nos encomendaste, oh santo varón de Dios, Teodoro, lo hemos cumplido en los cinco libros precedentes, en los cuales, según nuestra capacidad, hemos abarcado la historia de la Iglesia desde la época de Constantino. Advierte, sin embargo, que no hemos sido en modo alguno estudiosos del estilo; pues consideramos que, de habernos mostrado demasiado escrupulosos con la elegancia de la expresión, habríamos podido frustrar el objeto que teníamos a la vista. Pero aun suponiendo que nuestro propósito hubiera podido todavía cumplirse, estábamos enteramente privados del ejercicio de aquella facultad discrecional de la que los historiadores antiguos parecen haberse servido tan ampliamente, por la cual cada uno de ellos se creía con plena libertad para ampliar o cercenar los hechos. Además, una composición refinada de ningún modo sería edificante para la muchedumbre y para los hombres iletrados, que solo se afanan por conocer los hechos y no por admirar la belleza de la dicción. Por tanto, para no hacer mi obra inútil para ambas clases de lectores —de una parte para los doctos, porque ninguna elaboración del lenguaje podría satisfacerlos para ponerla al nivel de la magnificencia de los escritores de la antigüedad, y de otra para los indoctos, porque no podrían comprender los hechos si se los oscureciera con una ostentación de palabras—, hemos adoptado a propósito un estilo despojado ciertamente de toda afectación de sublimidad, pero a la vez claro y perspicuo.
Al comenzar, empero, nuestro libro sexto, hemos de advertir esto: que, al emprender la narración de los acontecimientos de nuestra propia edad, tememos presentar cosas que pueden ser desagradables a muchos; ya sea porque, según el proverbio, "La verdad es amarga"; por no mencionar con encomio los nombres de aquellos a quienes algunos aman; o por no engrandecer sus acciones. Los celosos de nuestras iglesias nos condenarán por no llamar a los obispos "Amadísimos de Dios", "Santísimos" y cosas semejantes. Otros serán contenciosos porque no concedemos a los emperadores los apelativos de "Divinísimos" y "Señores", ni les aplicamos los demás epítetos que suelen asignárseles. Pero como fácilmente podría demostrar con el testimonio de autores antiguos que entre ellos el siervo acostumbraba dirigirse a su señor simplemente por el nombre, sin aludir a su dignidad ni a sus títulos, a causa de la premura de los negocios, de igual modo obedeceré las leyes de la historia, que exigen una narración sencilla y fiel, no oscurecida por velo alguno. Procederé a consignar con exactitud lo que yo mismo he visto o he podido averiguar de testigos presenciales; habiendo comprobado la verdad por la unanimidad de los testigos que hablaban de los mismos asuntos y por cuantos medios he podido disponer. El proceso de averiguar la verdad fue ciertamente laborioso, pues muchas y distintas personas daban relatos diferentes, y algunos pretendían ser testigos oculares, mientras otros afirmaban estar más íntimamente enterados de estas cosas que ningún otro.
Capítulo 1. A la muerte de Teodosio, sus dos hijos se dividen el Imperio. Rufino es muerto a los pies de Arcadio
VI, 1
Después de la muerte del emperador Teodosio, en el consulado de Olibrio y Probino, el diecisiete de enero, sus dos hijos asumieron la administración del Imperio romano. Así, Arcadio asumió el gobierno de Oriente, y Honorio el de Occidente. A la sazón, Dámaso era obispo de la iglesia de la Roma imperial, y Teófilo de la de Alejandría, Juan de Jerusalén y Flaviano de Antioquía; mientras que la sede episcopal de Constantinopla o Nueva Roma estaba ocupada por Nectario, como mencionamos en el libro precedente. El cuerpo del emperador Teodosio fue trasladado a Constantinopla el 8 de noviembre del mismo consulado, y fue sepultado honrosamente por su hijo Arcadio con las solemnidades fúnebres acostumbradas. No mucho después, el día 28 del mismo mes, llegó también el ejército que había servido a las órdenes del emperador Teodosio en la guerra contra el usurpador. Cuando, según la costumbre, el emperador Arcadio salió al encuentro del ejército fuera de las puertas, los soldados dieron muerte a Rufino, el prefecto pretoriano. Pues se sospechaba que aspiraba a la soberanía, y tenía fama de haber invitado a entrar en los territorios romanos a los hunos, nación bárbara que ya había devastado Armenia y que a la sazón hacía incursiones de saqueo en otras provincias de Oriente. El mismo día en que Rufino fue muerto, murió Marciano, obispo de los novacianos, y fue sucedido en el episcopado por Sisinio, de quien ya hemos hecho mención.
VI, 2
Poco tiempo después murió también Nectario, obispo de Constantinopla, durante el consulado de Cesario y Ático, el 27 de septiembre. Suscitóse entonces inmediatamente una contienda acerca del nombramiento de sucesor, proponiendo unos a una persona y otros a otra; al fin, sin embargo, se determinó mandar llamar a Juan, presbítero de la iglesia de Antioquía, pues corría el rumor de que era muy instruido y, a la vez, elocuente. Por el consentimiento general, pues, tanto del clero como del laicado, fue llamado muy pronto a Constantinopla por el emperador Arcadio; y, para hacer la ordenación más autorizada e imponente, se rogó a varios prelados que estuvieran presentes, entre ellos también Teófilo, obispo de Alejandría. Este hombre hizo cuanto pudo para menoscabar la reputación de Juan, deseoso de promover a aquella sede a Isidoro, presbítero de su propia iglesia, a quien estaba muy apegado, a causa de un asunto muy delicado y peligroso que Isidoro había emprendido para servir a sus intereses. Qué era esto debo exponerlo ahora. Mientras el emperador Teodosio se preparaba para atacar al usurpador Máximo, Teodosio envió a Isidoro con presentes, entregándole cartas dobles, y le ordenó que presentara tanto los presentes como las cartas correspondientes a quien resultara vencedor. De acuerdo con estas instrucciones, Isidoro, al llegar a Roma, aguardó allí el desenlace de la guerra. Pero este asunto no permaneció mucho tiempo en secreto: pues un lector que lo acompañaba se apoderó ocultamente de las cartas; ante lo cual Isidoro, muy alarmado, regresó a Alejandría. Esta fue la razón por la cual Teófilo favorecía tan ardientemente a Isidoro. La corte, sin embargo, dio la preferencia a Juan; y como muchos habían reavivado las acusaciones contra Teófilo y preparado memoriales de diversos cargos para presentarlos a los obispos entonces reunidos, Eutropio, jefe de la cámara imperial, recogió estos documentos y se los mostró a Teófilo, intimándole que "eligiera entre ordenar a Juan y someterse a un juicio por los cargos formulados contra él". Teófilo, aterrorizado ante esta alternativa, consintió en ordenar a Juan. Así, Juan fue investido con la dignidad episcopal el 26 de febrero, bajo el consulado siguiente, que el emperador Honorio celebró con juegos públicos en Roma, y Eutiquiano, a la sazón prefecto pretoriano, en Constantinopla. Pero puesto que este hombre es célebre, tanto por los escritos que ha dejado como por las muchas tribulaciones en que cayó, es propio que no pase sus asuntos en silencio, sino que relate del modo más compendioso posible de dónde era y de qué linaje; también las particularidades de su elevación al episcopado y los medios por los cuales fue después degradado; y, finalmente, cómo fue más honrado después de su muerte de lo que había sido en vida.
VI, 3
Juan era natural de Antioquía de Siria-Cele, hijo de Segundo y Antusa, y vástago de una familia noble de aquel país. Estudió retórica con Libanio el sofista, y filosofía con Andragatio el filósofo. Estando a punto de emprender la práctica del derecho civil, y reflexionando sobre el curso inquieto e injusto de quienes se consagran a la práctica de los tribunales forenses, se inclinó hacia el modo de vida más tranquilo, que adoptó siguiendo el ejemplo de Evagrio. Evagrio mismo había sido educado con los mismos maestros, y algún tiempo antes se había retirado a una vida privada. En consecuencia, dejó de lado el hábito legal y aplicó su mente a la lectura de las sagradas Escrituras, frecuentando la iglesia con gran asiduidad. Convenció además a Teodoro y a Máximo, que habían sido sus condiscípulos bajo Libanio el sofista, a abandonar una profesión cuyo objeto primario era la ganancia, y a abrazar una vida de mayor sencillez. De estas dos personas, Teodoro llegó después a ser obispo de Mopsuestia en Cilicia, y Máximo de Seleucia en Isauria. En aquel tiempo, siendo ardientes aspirantes a la perfección, emprendieron la vida ascética, bajo la guía de Diodoro y Carterio, que entonces presidían una institución monástica. El primero de éstos fue elevado posteriormente al obispado de Tarso, y escribió muchos tratados, en los cuales limitó su atención al sentido literal de la Escritura, evitando lo místico. Pero basta respecto a estas personas. Ahora bien, Juan vivía entonces en los términos más íntimos con Basilio, a la sazón constituido diácono por Melecio, pero después ordenado obispo de Cesarea de Capadocia. En consecuencia, Zenón el obispo, a su regreso de Jerusalén, lo nombró lector en la iglesia de Antioquía. Mientras permanecía en calidad de lector compuso el libro Contra los judíos. Habiéndole conferido Melecio no mucho después el rango de diácono, produjo su obra Sobre el sacerdocio, y las Contra Estagirio; y además también las Sobre la incomprensibilidad de la naturaleza divina, y Sobre las mujeres que vivían con los eclesiásticos. Después, a la muerte de Melecio en Constantinopla —pues allí había ido con motivo de la ordenación de Gregorio Nacianceno—, Juan se separó de los melecianos, sin entrar en comunión con Paulino, y pasó tres años enteros en retiro. Más tarde, muerto Paulino, fue ordenado presbítero por Evagrio, el sucesor de Paulino. Tal es un breve esbozo de la carrera de Juan antes de su llamada al oficio episcopal. Se dice que, a causa de su celo por la templanza, era severo y riguroso; y uno de sus primeros amigos ha dicho "que en su juventud manifestó propensión a la irritabilidad, más bien que a la modestia". Por la rectitud de su vida, estaba libre de ansiedad acerca del porvenir, y su sencillez de carácter lo hacía abierto e ingenuo; no obstante, la libertad de palabra que se permitía ofendía a muchísimos. En la enseñanza pública era poderoso para reformar las costumbres de sus oyentes; pero en la conversación privada era frecuentemente tenido por altivo y presuntuoso por quienes no lo conocían.
VI, 4
Siendo de tal disposición y maneras, y promovido al episcopado, Juan fue llevado a conducirse con su clero con más altivez de la debida, proponiéndose corregir las costumbres del clero a él subordinado. Habiendo así irritado el ánimo de los eclesiásticos, fue malquistado por ellos; y muchos se apartaron de él como de hombre apasionado, y otros se convirtieron en sus acérrimos enemigos. Serapión, un diácono de su séquito, lo indujo a enajenarse aún más sus ánimos; y una vez, en presencia de todo el clero reunido, gritó en alta voz al obispo: "Nunca podréis gobernar a estos hombres, señor mío, a menos que los arrojéis a todos con vara". Este discurso suyo suscitó un sentimiento general de animosidad contra el obispo; y el obispo, no mucho después, expulsó a muchos de ellos de la iglesia, a unos por una causa y a otros por otra. Y, como suele suceder cuando las personas en oficio adoptan medidas tan violentas, los así expulsados por él formaron bandos y lo denunciaron ante el pueblo. Lo que contribuyó en gran medida a dar crédito a estas quejas fue el hecho de que el obispo no quería comer con nadie más, y nunca aceptaba invitación a un banquete. A causa de esto la conjura contra él se extendió ampliamente. Sus razones para no comer con otros nadie las conocía con certeza, pero algunos, en justificación de su conducta, afirman que tenía un estómago muy delicado y una digestión débil, que lo obligaba a ser cuidadoso en su dieta, y por eso comía solo; mientras que otros pensaban que esto se debía a su rígida y habitual abstinencia. Cualquiera que haya sido el motivo real, la circunstancia misma contribuyó no poco a los cargos de sus calumniadores. El pueblo, no obstante, siguió mirándolo con amor y veneración, a causa de sus valiosos discursos en la iglesia, y por eso los que procuraban difamarlo sólo se atrajeron el desprecio. Cuán elocuentes, convincentes y persuasivos eran sus sermones, tanto los que fueron publicados por él mismo como los que fueron anotados por taquígrafos mientras los pronunciaba, ¿por qué habríamos de detenernos a declararlo? Quienes deseen formarse una idea adecuada de ellos deben leerlos por sí mismos, y de ello obtendrán a la vez placer y provecho.
Capítulo 5. Juan atrae sobre sí el desagrado de muchas personas de rango y poder. Del eunuco Eutropio
VI, 5
Mientras Juan estuvo en conflicto solamente con el clero, las maquinaciones contra él fueron del todo impotentes; pero cuando pasó a reprender también a muchos de los que ocupaban cargos públicos con vehemencia desmedida, la ola de impopularidad comenzó a volverse contra él con ímpetu mucho mayor. De ahí que se contaran muchas historias en su menoscabo. Y la mayoría de éstas hallaron oyentes atentos y crédulos. Este creciente prejuicio fue no poco aumentado por un discurso que pronunció en aquel tiempo contra Eutropio. Pues Eutropio era el jefe de los eunucos de la cámara imperial, y el primero de todos los eunucos que fue admitido a la dignidad de cónsul. Él, deseando infligir venganza sobre ciertas personas que se habían refugiado en las iglesias, indujo a los emperadores a hacer una ley que excluía a los delincuentes del privilegio de asilo, y autorizaba la captura de quienes habían buscado el amparo de los sagrados edificios. Pero su autor fue castigado por esto casi de inmediato; pues apenas se había promulgado la ley, antes de que Eutropio mismo, habiendo incurrido en el desagrado del emperador, huyó en busca de protección a la iglesia. El obispo, por tanto, mientras Eutropio, temblando de miedo, yacía bajo la mesa del altar, subiendo al púlpito desde el cual acostumbraba dirigirse al pueblo para ser oído con más distinción, pronunció una invectiva contra él: por lo cual pareció crear mayor desagrado en algunos, pues no sólo negó compasión al desdichado, sino que añadió el insulto a la crueldad. Por orden del emperador, sin embargo, por ciertos delitos cometidos por él, Eutropio, aunque ostentaba el consulado, fue decapitado, y su nombre borrado de la lista de cónsules, permitiéndose que sólo el de Teodoro, su colega, permaneciera como en ejercicio de ese año. Se dice que Juan usó después la misma licencia hacia Gainas también, que era entonces comandante en jefe del ejército; tratándolo con rudeza característica, porque se había atrevido a pedir al emperador que asignara a los arrianos, con cuyos sentimientos concordaba, una de las iglesias dentro de la ciudad. A muchos otros también de los órdenes superiores, por una variedad de causas, censuró con la misma libertad sin ceremonia, de modo que por estos medios se creó muchos adversarios poderosos. Por lo cual Teófilo, obispo de Alejandría, inmediatamente después de su ordenación, estaba tramando su derrocamiento; y concertó medidas para este propósito en secreto, tanto con los amigos que lo rodeaban como por carta con los que estaban a distancia. Pues no era tanto la audacia con que Juan flagelaba cuanto le era odioso lo que afectaba a Teófilo, como su propio fracaso en colocar a su presbítero favorito Isidoro en la silla episcopal de Constantinopla. En tal estado se hallaban los asuntos del obispo Juan en aquel tiempo; el mal lo amenazaba así desde el comienzo mismo de su episcopado. Pero entraremos en estas cosas más extensamente a medida que avancemos.
Capítulo 6. Gainas el godo intenta usurpar el poder soberano; después de llenar de desorden Constantinopla, es muerto
VI, 6
Narraré ahora algunas circunstancias memorables que ocurrieron en aquel período, en las cuales se verá cómo la Divina Providencia intervino por medios extraordinarios para la preservación de la ciudad y del imperio romano del mayor peligro. Gainas era bárbaro de origen, pero después de hacerse súbdito romano, y habiéndose alistado en el servicio militar, y ascendido gradualmente de un rango a otro, fue al fin nombrado general en jefe de la caballería y la infantería romanas. Cuando hubo obtenido esta elevada posición, olvidó su condición y sus relaciones, y fue incapaz de contenerse, y por otra parte, según el dicho común, "no dejó piedra sin remover" para hacerse con el control del gobierno romano. Para lograr esto mandó llamar a los godos de su propio país, y dio las principales comisiones del ejército a sus parientes. Entonces, cuando Tribigildo, uno de sus deudos que tenía el mando de las fuerzas en Frigia, a instigación de Gainas se había rebelado abiertamente, y estaba llenando de confusión y pavor a la gente de Frigia, consiguió que se le encomendara la supervisión de los asuntos en la provincia perturbada. Ahora bien, el emperador Arcadio, sin sospechar daño alguno, le confió el cargo de estos asuntos. Gainas, por tanto, partió inmediatamente al frente de un número inmenso de godos bárbaros, aparentemente en expedición contra Tribigildo, pero con la intención real de establecer su propia dominación injusta. Al llegar a Frigia comenzó a subvertirlo todo. En consecuencia, los asuntos de los romanos se vieron de inmediato sumidos en gran consternación, no sólo a causa de la vasta fuerza bárbara que Gainas tenía a su mando, sino también porque las regiones más fértiles y opulentas del Oriente se veían amenazadas de desolación. En esta emergencia el emperador, obrando con mucha prudencia, procuró detener el curso del bárbaro mediante destreza: le envió, pues, una embajada con instrucciones de apaciguarlo por el momento con toda clase de concesiones. Habiendo exigido Gainas que Saturnino y Aureliano, dos de los más distinguidos del orden senatorial, y hombres de dignidad consular, a quienes sabía desfavorables a sus pretensiones, fueran entregados a él, el emperador, de muy mala gana, cedió a la exigencia de la crisis; y estas dos personas, preparadas a morir por el bien público, se sometieron noblemente a la disposición del emperador. Procedieron, pues, a encontrarse con el bárbaro, en un lugar usado para carreras de caballos a cierta distancia de Calcedonia, resueltos a soportar cuanto él estuviera dispuesto a infligir; sin embargo, no sufrieron daño alguno. El usurpador, simulando descontento, avanzó a Calcedonia, adonde el emperador Arcadio acudió también a su encuentro. Entraron ambos entonces en la iglesia donde está depositado el cuerpo de la mártir Eufemia, y allí se comprometieron mutuamente con juramento a que ninguno maquinaría contra el otro. El emperador ciertamente mantuvo su promesa, teniendo un respeto religioso por el juramento, y siendo por ello amado de Dios. Pero Gainas pronto lo violó, y no se desvió de su propósito original; por el contrario, estaba decidido a la matanza, el saqueo y el incendio, no sólo contra Constantinopla, sino también contra toda la extensión del imperio romano, si por algún medio podía llevarlo a efecto. La ciudad fue, en consecuencia, completamente inundada por los bárbaros, y sus habitantes quedaron reducidos a una condición equivalente a la de cautivos. Además, era tan grande el peligro de la ciudad que un cometa de prodigiosa magnitud, que se extendía desde el cielo hasta la tierra, como nunca antes se había visto, dio preaviso de ello. Gainas intentó primero, de la manera más desvergonzada, apoderarse de la plata expuesta públicamente a la venta en las tiendas: pero cuando los propietarios, advertidos de antemano por el rumor de su intención, se abstuvieron de exponerla en sus mostradores, sus pensamientos se desviaron a otro objeto, que era enviar un inmenso cuerpo de bárbaros por la noche con el propósito de incendiar el palacio. Entonces, en verdad, apareció claramente que Dios tenía cuidado providencial sobre la ciudad: pues una multitud de ángeles se apareció a los rebeldes, en forma de hombres armados de estatura gigantesca, ante los cuales los bárbaros, imaginando que eran un gran ejército de tropas valientes, se alejaron con terror y partieron. Cuando esto fue referido a Gainas, le pareció del todo increíble —pues sabía que la mayor parte del ejército romano estaba a distancia, disperso como guarnición por las ciudades orientales— y envió a otros la noche siguiente y en repetidas ocasiones después. Ahora bien, como volvían constantemente con la misma declaración —pues los ángeles de Dios se presentaban siempre en la misma forma—, vino con una gran multitud, y al fin se convirtió él mismo en espectador del prodigio. Entonces, suponiendo que lo que veía era realmente un cuerpo de soldados, y que se ocultaban de día y desbarataban sus designios de noche, desistió de su intento, y tomó otra resolución que concebía sería perjudicial para los romanos; pero el resultado demostró que les era en gran medida ventajosa. Fingiendo estar poseído por un demonio, salió como para orar a la iglesia de San Juan Apóstol, que dista siete millas de la ciudad. Con él iban bárbaros que llevaban armas, habiéndolas ocultado en toneles y otros envoltorios especiosos. Y cuando los soldados que guardaban las puertas de la ciudad los detectaron, y no les permitieron pasar, los bárbaros desenvainaron sus espadas y les dieron muerte. Un tumulto pavoroso se suscitó entonces en la ciudad, y la muerte parecía amenazar a todos; no obstante, la ciudad continuó segura en aquel momento, estando sus puertas bien defendidas por todas partes. El emperador, con oportuna sabiduría, proclamó a Gainas enemigo público, y ordenó que todos los bárbaros que quedaban encerrados en la ciudad fueran muertos. Así, un día después de que los guardias de las puertas hubieran sido muertos, los romanos atacaron a los bárbaros dentro de los muros cerca de la iglesia de los godos —pues allí se habían refugiado los que de ellos habían quedado en la ciudad— y después de destruir a un gran número de ellos incendiaron la iglesia, y la quemaron hasta los cimientos. Gainas, informado de la matanza de los de su partido que no lograron salir de la ciudad, y percibiendo el fracaso de todos sus artificios, dejó la iglesia de San Juan y avanzó rápidamente hacia Tracia. Al llegar al Quersoneso intentó pasar desde allí y tomar Lámpsaco, a fin de que desde ese lugar pudiera hacerse dueño de las partes orientales. Como el emperador había despachado inmediatamente fuerzas en persecución tanto por tierra como por mar, ocurrió otra maravillosa interposición de la Divina Providencia. Pues mientras los bárbaros, desprovistos de naves, juntaban apresuradamente balsas e intentaban cruzar en ellas, de repente apareció la flota romana, y el viento del oeste comenzó a soplar con fuerza. Esto ofreció un paso fácil a los romanos; pero los bárbaros con sus caballos, sacudidos de arriba abajo en sus frágiles barcas por la violencia del vendaval, fueron al fin abrumados por las olas; muchos de ellos fueron también destruidos por los romanos. De esta manera, durante la travesía, pereció un vasto número de bárbaros; pero Gainas, partiendo de allí, huyó a Tracia, donde se topó con otro cuerpo de las fuerzas romanas y fue muerto por ellos junto con los bárbaros que lo atendían. Basta aquí esta noticia somera de Gainas.
Quienes deseen detalles más minuciosos de las circunstancias de aquella guerra, deben leer La Gainea de Eusebio Escolástico, que era a la sazón discípulo de Troilo el sofista; y habiendo sido espectador de la guerra, refirió sus acontecimientos en un poema heroico compuesto de cuatro libros; y en cuanto los sucesos aludidos habían tenido lugar hacía poco, adquirió para sí gran celebridad. El poeta Amonio ha compuesto también muy recientemente otra descripción en verso de las mismas transacciones, que recitó ante el emperador en el décimo sexto consulado de Teodosio el joven, que ejerció con Fausto.
Esta guerra terminó bajo el consulado de Estilicón y Aureliano. Al año siguiente, el consulado fue celebrado por Fravito, también godo de origen, que fue honrado por los romanos, y mostró gran fidelidad y apego hacia ellos, prestando importantes servicios en esta misma guerra. Por esta razón alcanzó la dignidad de cónsul. En aquel año, el diez de abril, nació un hijo al emperador Arcadio, el buen Teodosio.
Pero mientras los asuntos del estado estaban así perturbados, los dignatarios de la Iglesia no se abstuvieron en lo más mínimo de sus vergonzosas cábala contra los demás, para gran oprobio de la religión cristiana; pues durante este tiempo los eclesiásticos incitaron tumultos unos contra otros. El origen del mal tuvo su comienzo en Egipto de la siguiente manera.
Capítulo 7. Disensión entre Teófilo, obispo de Alejandría, y los monjes del desierto. Condena de los libros de Orígenes
VI, 7
Poco antes se había suscitado la cuestión de si Dios es una existencia corpórea y tiene forma de hombre, o si es incorpóreo y sin figura humana ni, en general, ninguna otra forma corporal. De esta cuestión surgieron contiendas y disputas entre muchísimas personas, favoreciendo unos una opinión sobre el asunto y patrocinando otros la contraria. Muchísimos de los ascetas más simples afirmaban que Dios es corpóreo y tiene figura humana; pero la mayoría de los demás condenaban su juicio y sostenían que Dios es incorpóreo y libre de toda forma cualquiera que sea. Con estos últimos coincidía tan plenamente Teófilo, obispo de Alejandría, que en la iglesia, ante todo el pueblo, invectivaba contra quienes atribuían a Dios forma humana, enseñando expresamente que el Ser Divino es totalmente incorpóreo. Cuando los ascetas egipcios se enteraron de esto, abandonaron sus monasterios y vinieron a Alejandría, donde provocaron un tumulto contra el obispo, acusándolo de impiedad y amenazándolo con matarlo. Teófilo, dándose cuenta del peligro, tras alguna reflexión recurrió a este expediente para librarse de la muerte con que se le amenazaba. Fue a los monjes y, en tono conciliador, les dirigió estas palabras: ‘Al veros, contemplo el rostro de Dios.’ La expresión de esta sentencia moderó la furia de aquellos hombres, y respondieron: ‘Si verdaderamente admites que el semblante de Dios es como el nuestro, anatematiza el libro de Orígenes; pues algunos, sacando argumentos de ellos, se oponen a nuestra opinión. Si no haces esto, espera ser tratado por nosotros como impío y enemigo de Dios.’ ‘Pero en lo que a mí respecta —dijo Teófilo—, haré de buena gana lo que pedís; y no os enojéis conmigo, pues yo también desapruebo las obras de Orígenes y considero dignos de censura a quienes las patrocinan.’ Así logró apaciguar y despachar a los monjes en aquel momento; y probablemente toda la disputa sobre este asunto habría quedado zanjada, de no haber sido por otra circunstancia que ocurrió inmediatamente después. Al frente de los monasterios de Egipto había cuatro personas devotas como superintendentes, llamadas Dióscoro, Amonio, Eusebio y Eutimio; estos hombres eran hermanos y recibían el apelativo de ‘los Monjes Altos’ a causa de su estatura. Se distinguían además tanto por la santidad de sus vidas como por la amplitud de su erudición, y por estas razones gozaban de gran reputación en Alejandría. Teófilo en particular, el prelado de aquella ciudad, los amaba y honraba en gran manera, hasta el punto de constituir a uno de ellos, Dióscoro, obispo de Hermópolis contra su voluntad, habiéndolo sacado a la fuerza de su retiro. A otros dos les rogó que se quedaran con él, y con dificultad logró persuadirlos; aun así, ejercitando su autoridad como obispo, consiguió su propósito: por tanto, cuando los hubo investido con el oficio clerical, les encomendó la administración de los asuntos eclesiásticos. Ellos, constreñidos por la necesidad, desempeñaron con éxito las funciones así impuestas; sin embargo, estaban descontentos porque no podían entregarse a las actividades filosóficas y a los ejercicios ascéticos. Y como con el paso del tiempo pensaron que estaban siendo perjudicados espiritualmente, al observar que el obispo estaba entregado al lucro y ávidamente empeñado en la adquisición de riquezas, y, según el dicho común, ‘no dejaba piedra sin remover’ por causa del lucro, se negaron a permanecer más tiempo con él, declarando que amaban la soledad y la preferían con mucho a vivir en la ciudad. Mientras ignoró el verdadero motivo de su partida, les rogó encarecidamente que se quedaran con él; pero cuando percibió que estaban descontentos con su conducta, se irritó en exceso y amenazó con causarles toda clase de daños. Mas ellos, haciendo poco caso de sus amenazas, se retiraron al desierto; ante lo cual Teófilo, evidentemente de temperamento precipitado y maligno, levantó no pequeño clamor contra ellos, y por todos los medios procuró con empeño hacerles daño. Concibió también aversión contra su hermano Dióscoro, obispo de Hermópolis. Le molestaba además sobremanera la estima y veneración en que lo tenían los ascetas. Consciente, no obstante, de que no podría causar ningún perjuicio a estas personas si no lograba excitar hostilidad en el ánimo de los monjes contra ellas, se valió de este artificio para conseguirlo. Bien sabía que aquellos hombres, en sus frecuentes discusiones teológicas con él, habían sostenido que la Divinidad era incorpórea y de ningún modo tenía forma humana; porque [argüían] semejante constitución implicaría el acompañamiento necesario de las pasiones humanas. Ahora bien, esto había sido demostrado por los escritores antiguos y especialmente por Orígenes. Teófilo, sin embargo, aunque sostenía exactamente la misma opinión respecto de la naturaleza divina, para satisfacer sus sentimientos vengativos no dudó en pervertir lo que él y ellos habían enseñado rectamente; sino que engañó a la mayoría de los monjes, hombres sinceros pero ‘rudos en el hablar’ [\n 2 Corintios 11:6\n], la mayor parte de los cuales era completamente iletrada. Enviando cartas a los monasterios del desierto, les aconsejaba que no hicieran caso ni a Dióscoro ni a sus hermanos, por cuanto afirmaban que Dios no tenía cuerpo. ‘Ahora bien —dijo—, según la sagrada Escritura, Dios tiene ojos, oídos, manos y pies, como los tienen los hombres; pero los partidarios de Dióscoro, siendo seguidores de Orígenes, introducen el dogma blasfemo de que Dios no tiene ni ojos, ni oídos, ni pies, ni manos.’ Con este sofisma se aprovechó de la simplicidad de aquellos monjes, y así se suscitó entre ellos una encendida disensión. Los que tenían mente cultivada no se dejaron engañar por esta apariencia de verdad y, por tanto, siguieron adhiriéndose a Dióscoro y a Orígenes; pero los más ignorantes, que superaban con mucho en número a los otros, inflamados por un celo ardiente sin conocimiento, levantaron de inmediato clamor contra sus hermanos. Hecha así una división, ambos partidos se tachaban mutuamente de impíos; y algunos, escuchando a Teófilo, llamaban a sus hermanos ‘origenistas’ e ‘impíos’, y los otros llamaban a los que se dejaban convencer por Teófilo ‘antropomorfitas’. Por esta causa surgió una violenta altercación y una guerra inextinguible entre los monjes. Teófilo, al recibir noticia del éxito de su estratagema, fue a Nitria, donde están los monasterios, acompañado de una multitud de personas, y armó a los monjes contra Dióscoro y sus hermanos; quienes, en peligro de perder la vida, escaparon con gran dificultad.
Mientras estas cosas estaban en curso en Egipto, Juan, obispo de Constantinopla, las ignoraba, pero florecía en elocuencia y se hacía cada vez más célebre por sus discursos. Además, fue el primero en ampliar las oraciones contenidas en los himnos nocturnos, por el motivo que estoy a punto de señalar.
Capítulo 8.— Los arrianos y los partidarios del ‘homousion’ celebran asambleas nocturnas y cantan himnos antifonales, una especie de composición atribuida a Ignacio, de sobrenombre Teóforo. Conflicto entre los dos partidos
VI, 8
Los arrianos, como hemos dicho, celebraban sus reuniones fuera de la ciudad. Por tanto, cada vez que ocurrían los días festivos —quiero decir el sábado y el día del Señor— en cada semana, en los cuales suelen celebrarse asambleas en las iglesias, se congregaban dentro de las puertas de la ciudad en torno a las plazas públicas y cantaban versos responsoriales adaptados a la herejía arriana. Esto lo hacían durante la mayor parte de la noche; y de nuevo por la mañana, cantando los mismos himnos que llamaban responsoriales, desfilaban por medio de la ciudad, y así salían por las puertas para ir a sus lugares de reunión. Pero como no desistían de proferir expresiones injuriosas contra los homoousianos, cantando a menudo palabras como estas: ‘¿Dónde están los que dicen que tres cosas no son más que un solo poder?’, Juan, temiendo que algunos de los más simples se dejaran apartar de la iglesia por semejantes himnos, les opuso a algunos de los suyos, para que ellos también, empleándose en cantar himnos nocturnos, oscurecieran el esfuerzo de los arrianos y confirmaran a su propio partido en la profesión de su fe. El propósito de Juan parecía ciertamente bueno, pero terminó en tumultos y peligros. Pues como los homoousianos ejecutaban sus himnos nocturnos con mayor aparato —ya que Juan había inventado para ellos cruces de plata, en las cuales se llevaban cirios encendidos, costeadas por la emperatriz Eudoxia—, los arrianos, que eran muy numerosos y ardían de envidia, resolvieron vengarse mediante un ataque desesperado y tumultuoso contra sus rivales. Pues por el recuerdo de su propia dominación reciente, estaban llenos de confianza en su capacidad de vencer y de desprecio hacia sus adversarios. Sin demora, por tanto, en una de aquellas noches trabaron combate; y Briso, uno de los eunucos de la emperatriz, que a la sazón guiaba a los cantores de estos himnos, fue herido por una piedra en la frente, y también murieron algunas personas de uno y otro bando. Con lo cual, irritado el emperador, prohibió a los arrianos cantar sus himnos en público en adelante. Tales fueron los sucesos de aquella ocasión.
Debemos, sin embargo, hacer ahora alguna alusión al origen de esta costumbre en la iglesia del canto responsorial. Ignacio, tercer obispo de Antioquía de Siria desde el apóstol Pedro, quien también había tenido trato con los propios apóstoles, vio en una visión ángeles himnando en cánticos alternos a la Santa Trinidad. En consecuencia, introdujo el modo de cantar que había observado en la visión en la iglesia antioquena; de donde se transmitió por tradición a todas las demás iglesias. Tal es la relación [que hemos recibido] acerca de estos himnos responsoriales.
Capítulo 9. Disputa entre Teófilo y Pedro que conduce a un intento, por parte del primero, de deponer a Juan, obispo de Constantinopla
VI, 9
No mucho después de esto, los monjes del desierto, junto con Dióscoro y sus hermanos, llegaron a Constantinopla. Los acompañaba también Isidoro, antes el amigo más íntimo del obispo Teófilo, pero convertido entonces en su más acérrimo enemigo, con ocasión de la circunstancia siguiente: cierto hombre llamado Pedro era a la sazón arcipreste de la iglesia alejandrina; Teófilo, irritado contra esta persona, determinó expulsarla de la iglesia; y como motivo de expulsión, le imputó el cargo de haber admitido a la participación de los sagrados misterios a una mujer de la secta maniquea, sin obligarla antes a renunciar a su herejía maniquea. Como Pedro declaró en su defensa que no solo los errores de esta mujer habían sido abjurados previamente, sino que el propio Teófilo había sancionado su admisión a la eucaristía, Teófilo se indignó, como si hubiera sido gravemente calumniado; con lo cual afirmó que desconocía por completo la circunstancia. Pedro, por tanto, llamó a Isidoro para que diera testimonio del conocimiento que el obispo tenía de los hechos referentes a la mujer. Ahora bien, Isidoro se hallaba a la sazón en Roma, en una misión de Teófilo ante Dámaso, el prelado de la ciudad imperial, con el fin de lograr una reconciliación entre este y Flaviano, obispo de Antioquía; pues los partidarios de Melecio se habían separado de Flaviano por detestar su perjurio, como ya hemos señalado. Cuando Isidoro regresó de Roma y fue citado como testigo por Pedro, declaró que la mujer había sido recibida con consentimiento del obispo, y que él mismo le había administrado el sacramento. Ante esto, Teófilo se encolerizó y, airado, expulsó a ambos. Esto proporcionó el motivo de que Isidoro fuera a Constantinopla con Dióscoro y sus hermanos, a fin de someter al conocimiento del emperador y de Juan, el obispo, la injusticia y violencia con que Teófilo los había tratado. Juan, informado de los hechos, dio a aquellos hombres una recepción honorable, y no los excluyó de la comunión de las oraciones, pero difirió su comunión de los sagrados misterios hasta que se examinaran sus asuntos. Mientras las cosas estaban en esa situación, llegó a oídos de Teófilo un falso rumor de que Juan los había admitido a la participación de los misterios y estaba además dispuesto a prestarles ayuda; por lo cual resolvió no solo vengarse de Isidoro y de Dióscoro, sino también, si era posible, arrojar a Juan de su cátedra episcopal. Con este designio escribió a todos los obispos de las diversas ciudades y, ocultando su verdadero motivo, condenó ostensiblemente en ellas solo los libros de Orígenes: los cuales Atanasio, su predecesor, había usado en confirmación de su propia fe, apelando con frecuencia al testimonio y la autoridad de los escritos de Orígenes en sus discursos contra los arrianos.
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Renovó además su amistad con Epifanio, obispo de Constancia, en Chipre, con quien anteriormente había estado en desacuerdo. Pues Teófilo acusaba a Epifanio de tener pensamientos bajos acerca de Dios, al suponer que tenía forma humana. Ahora bien, aunque Teófilo en realidad no había cambiado de sentimiento y había denunciado a quienes pensaban que la divinidad tenía forma humana, sin embargo, a causa de su odio hacia otros, negó abiertamente sus propias convicciones; y ahora se declaraba amigo de Epifanio, como si hubiera mudado de parecer y coincidiera con él en su modo de ver a Dios. Consiguió luego que Epifanio convocara por carta un sínodo de los obispos de Chipre, a fin de condenar los escritos de Orígenes. Epifanio, hombre de mente y costumbres simples a causa de su extraordinaria piedad, se dejó influir fácilmente por las cartas de Teófilo: habiendo, pues, reunido un concilio de obispos en aquella isla, hizo que en él se prohibiera la lectura de las obras de Orígenes. Escribió también a Juan, exhortándolo a abstenerse del estudio de los libros de Orígenes y a convocar un sínodo para decretar lo mismo que él había hecho. Por consiguiente, cuando Teófilo hubo engañado de este modo a Epifanio, famoso por su piedad, viendo prosperar su designio según su deseo, cobró más confianza y él mismo reunió también a un gran número de obispos. En aquella asamblea, siguiendo el mismo camino que Epifanio, hizo que se pronunciara una sentencia semejante de condena sobre los escritos de Orígenes, muerto hacía casi doscientos años: no teniendo esto como primer objetivo, sino más bien su propósito de venganza contra Dióscoro y sus hermanos. Juan, prestando poca atención a las comunicaciones de Epifanio y Teófilo, se dedicaba a instruir a las iglesias; y florecía cada vez más como predicador, pero no hacía caso de las asechanzas que se le tendían. Sin embargo, tan pronto como se hizo patente a todos que Teófilo se esforzaba por despojar a Juan de su obispado, todos aquellos que le guardaban rencor a Juan se unieron para calumniarlo. Y así muchos del clero, y muchos de los que ejercían cargos y de los que tenían gran influencia en la corte, creyendo que ahora habían hallado una oportunidad de vengarse de Juan, se empeñaron en conseguir la convocación de un gran sínodo en Constantinopla, en parte enviando cartas y en parte despachando mensajeros en todas direcciones con ese fin.
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El odio contra Juan Crisóstomo aumentó considerablemente por otro suceso adicional, como sigue: florecían en aquel tiempo dos obispos, sirios de nacimiento, llamados Severiano y Antíoco; Severiano presidía la iglesia de Gábala, ciudad de Siria, y Antíoco la de Tolemaida en Fenicia. Ambos eran célebres por su elocuencia; pero aunque Severiano era varón muy docto, no lograba usar perfectamente la lengua griega; y así, al hablar griego, delataba su origen sirio. Antíoco fue el primero en llegar a Constantinopla, y habiendo predicado en las iglesias durante algún tiempo con gran celo y habilidad, y habiendo reunido así una gran suma de dinero, regresó a su propia iglesia. Severiano, al oír que Antíoco había reunido una fortuna con su visita a Constantinopla, decidió seguir su ejemplo. Se ejercitó, pues, para la ocasión, y habiendo compuesto varios sermones, partió hacia Constantinopla. Siendo recibido muy amablemente por Juan, hasta cierto punto lo halagó y adulo, y no fue menos amado y honrado por él: entretanto, sus discursos le granjearon gran celebridad, de modo que atrajo la atención de muchas personas de alto rango, y aun del propio emperador. Y como sucedió por aquel tiempo que murió el obispo de Éfeso, Juan se vio obligado a ir a Éfeso para ordenar un sucesor. A su llegada a aquella ciudad, como el pueblo estaba dividido en su elección, proponiendo unos a una persona y otros a otra, Juan, percibiendo que ambos partidos estaban en ánimo contencioso y que no querían aceptar su consejo, resolvió sin mucha demora poner fin a su disputa prefiriendo para el episcopado a un tal Heráclides, diácono suyo y de origen chipriota. Y así ambos partidos, desistiendo de su mutua contienda, tuvieron paz. Ahora bien, como esta demora [en Éfeso] se prolongaba, Severiano continuó predicando en Constantinopla, y cada día crecía en el favor de sus oyentes. De esto no quedó ignorante Juan, pues se le informaba prontamente de cuanto ocurría, comunicándole Serapión, de quien ya hemos hablado, las noticias y afirmando que la iglesia estaba siendo turbada por Severiano; así el obispo se sintió movido por un sentimiento de celos. Habiendo, pues, entre otras cosas, privado a muchos novacianos y cuartodecimanos de sus iglesias, regresó a Constantinopla. Aquí reasumió el cuidado de las iglesias bajo su propia jurisdicción especial. Pero la arrogancia de Serapión nadie podía soportarla; pues habiendo ganado la confianza y el aprecio ilimitados de Juan, estaba tan envanecido por ello que trataba a todos con desprecio. Y por esta causa también se inflamó más la animosidad contra el obispo. En una ocasión, cuando Severiano pasó junto a él, Serapión omitió rendirle el homenaje debido a un obispo, y permaneció sentado [en lugar de levantarse], indicando claramente cuán poco le importaba su presencia. Severiano, incapaz de soportar pacientemente esta [supuesta] grosería y desprecio, dijo en alta voz a los presentes: 'Si Serapión muriera cristiano, Cristo no se ha encarnado.' Serapión, tomando ocasión de esta observación, incitó públicamente a Crisóstomo a la enemistad contra Severiano: pues suprimiendo la cláusula condicional de la frase, 'Si Serapión muere cristiano', y diciendo que había afirmado que 'Cristo no se ha encarnado', presentó varios testigos de su propio partido para sostener esta acusación. Al ser informada de esto, la emperatriz Eudoxia reprendió severamente a Juan, y ordenó que Severiano fuera llamado inmediatamente de Calcedonia de Bitinia. Regresó de inmediato; pero Juan no quiso tener trato alguno con él, ni escuchó a nadie que le instara a hacerlo, hasta que al fin la propia emperatriz Eudoxia, en la iglesia llamada Los Apóstoles, puso a su hijo Teodosio, que ahora reina tan felizmente, pero entonces era un infante, ante las rodillas de Juan, y conjurándolo repetidamente por el joven príncipe su hijo, con dificultad logró que se reconciliara con Severiano. De esta manera, pues, estos hombres se reconciliaron exteriormente; pero no obstante continuaron abrigando un sentimiento rencoroso el uno hacia el otro. Tal fue el origen de la animosidad [de Juan] contra Severiano.
Capítulo 12. Epifanio, para complacer a Teófilo, realiza ordenaciones en Constantinopla sin permiso de Juan
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Poco después de esto, a instancias de Teófilo, el obispo Epifanio vino de nuevo de Chipre a Constantinopla; trajo también consigo una copia del decreto sinodal en el que no excomulgaban al propio Orígenes, sino que condenaban sus libros. Al llegar a la iglesia de San Juan, que dista siete millas de la ciudad, desembarcó y allí celebró un oficio; luego, después de haber ordenado a un diácono, entró de nuevo en la ciudad. Complaciendo a Teófilo, rehusó la cortesía de Juan y tomó alojamiento en una casa particular. Después reunió a los obispos que se hallaban entonces en la capital, y presentando su copia del decreto sinodal condenatorio de las obras de Orígenes, lo leyó ante ellos; no pudiendo asignar otra razón para este juicio sino que a Teófilo y a él les pareció bien rechazarlos. Algunos, en efecto, por respeto reverencial hacia Epifanio, suscribieron el decreto; pero muchos se negaron a hacerlo, entre ellos Teótimo, obispo de Escitia, quien se dirigió así a Epifanio:— 'Yo ni quiero, Epifanio —dijo—, insultar la memoria de uno que terminó su vida piadosamente hace mucho tiempo; ni me atrevo a ser culpable de un acto tan impío como el de condenar lo que nuestros predecesores no rechazaron; y especialmente cuando no conozco doctrina perversa alguna contenida en los libros de Orígenes.' Habiendo dicho esto, presentó una de las obras de aquel autor, y leyendo unos pocos pasajes de ella, mostró que las opiniones expuestas estaban en perfecta conformidad con la fe ortodoxa. Luego añadió: 'Los que hablan mal de estos escritos están inconscientemente arrojando deshonra sobre el sagrado volumen de donde se extraen sus principios.' Tal fue la respuesta que Teótimo, obispo célebre por su piedad y rectitud de vida, dio a Epifanio.
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Mas, puesto que detractores maliciosos han engañado a muchas personas y han logrado disuadirlas de leer a Orígenes, como si fuera un escritor blasfemo, no considero inoportuno hacer algunas observaciones respecto a él. Personas de carácter despreciable, y destituidas de capacidad para alcanzar eminencia por sí mismas, a menudo procuran llamar la atención denigrando a quienes los superan. Y primero Metodio, obispo de una ciudad de Licia llamada Olimpo, padeció esta dolencia; después Eustacio, que por breve tiempo presidió la iglesia de Antioquía; tras él Apolinar; y por último Teófilo. Este cuarteto de detractores ha calumniado a Orígenes, pero no por los mismos motivos, habiendo hallado uno una causa de acusación contra él, y otro otra distinta; y así cada uno ha demostrado que aquello a lo que no puso objeción, lo ha aceptado plenamente. Pues como uno ha atacado una opinión en particular, y otro ha hallado falta en otra, es evidente que cada uno ha admitido como verdadero lo que no ha impugnado, dando una aprobación tácita a lo que no ha atacado. Metodio, en efecto, cuando en varios lugares había vituperado a Orígenes, después, como retractándose de todo lo que había dicho antes, expresa su admiración por el hombre, en un diálogo que tituló Xenón. Mas afirmo que de la censura de estos hombres resulta mayor elogio para Orígenes. Pues quienes han investigado cuanto juzgaban digno de reprobación en él, y sin embargo nunca le han acusado de sostener opiniones malsanas respecto de la santa Trinidad, de este modo muestran del modo más claro que dan testimonio de su piedad ortodoxa; y al no reprocharle en este punto, lo encomian con su propio testimonio. Pero Atanasio, el defensor de la doctrina de la consustancialidad, en sus Discursos contra los arrianos cita continuamente a este autor como testigo de su propia fe, entretejiendo sus palabras con las suyas, y diciendo: 'El más admirable y asiduo Orígenes', dice, 'con su propio testimonio confirma nuestra doctrina acerca del Hijo de Dios, afirmando que es coeterno con el Padre.' Por tanto, quienes cargan de oprobio a Orígenes pasan por alto el hecho de que sus maldiciones caen al mismo tiempo sobre Atanasio, el panegirista de Orígenes. Bastará esto para la vindicación de Orígenes; volvamos ahora al curso de nuestra historia.
Capítulo 14. Se pide a Epifanio que se reúna con Juan; al negarse, se le amonesta sobre sus procederes anticanónicos; alarmado por esto, abandona Constantinopla
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Juan no se ofendió porque Epifanio, contrariamente al canon eclesiástico, hubiera hecho una ordenación en su iglesia; sino que lo invitó a permanecer con él en el palacio episcopal. Él, sin embargo, respondió que ni se quedaría ni oraría con él, a menos que expulsara de la ciudad a Dióscoro y a sus hermanos, y suscribiera con su propia mano la condenación de los libros de Orígenes. Ahora bien, como Juan difería la realización de estas cosas, diciendo que nada debía hacerse precipitadamente antes de la investigación por un concilio general, los adversarios de Juan indujeron a Epifanio a adoptar otro proceder. Pues maquinaron que, al celebrarse una reunión en la iglesia llamada Los Apóstoles, Epifanio saliera y delante de todo el pueblo condenara los libros de Orígenes, excomulgara a Dióscoro con sus seguidores, y acusara a Juan de favorecerlos. Estas cosas fueron referidas a Juan; por lo cual al día siguiente envió el mensaje adjunto a Epifanio justo cuando entraba en la iglesia:
'Haces muchas cosas contrarias a los cánones, Epifanio. En primer lugar, has hecho una ordenación en las iglesias bajo mi jurisdicción; luego, sin mi encargo, has oficiado en ellas por tu propia autoridad. Además, cuando antes te invité a venir aquí, rehusaste venir, y ahora te tomas esa libertad tú mismo. Guárdate, pues, no sea que, suscitándose un tumulto entre el pueblo, también tú mismo incurras en peligro por ello.'
Epifanio, alarmado al oír estas amonestaciones, salió de la iglesia; y después de acusar a Juan de muchas cosas, emprendió su regreso a Chipre. Algunos dicen que, cuando estaba a punto de partir, dijo a Juan: 'Espero que no mueras obispo'; a lo que Juan respondió: 'No esperes llegar a tu propia patria.' No puedo asegurar que quienes me refirieron estas cosas dijeran la verdad; pero, no obstante, el suceso fue en el caso de ambos como se profetizó arriba. Pues Epifanio no llegó a Chipre, habiendo muerto a bordo del barco durante su travesía; y Juan poco tiempo después fue expulsado de su sede, como mostraremos al proseguir.
Capítulo 15. Juan es expulsado de su Iglesia por un sínodo celebrado en Calcedonia a causa de su censura contra las mujeres
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Cuando Epifanio se hubo marchado, Juan fue informado por alguien de que la emperatriz Eudoxia había incitado a Epifanio contra él. Y siendo de temperamento fogoso y de palabra pronta, poco después pronunció una invectiva pública contra las mujeres en general. El pueblo fácilmente tomó esto como dicho indirectamente contra la emperatriz, y así el discurso fue recogido por personas malintencionadas y referido a las autoridades. Al fin, al ser informada de ello, la emperatriz se quejó inmediatamente a su esposo, diciéndole que el insulto ofrecido a ella misma era igualmente un insulto contra él. El emperador, por tanto, autorizó a Teófilo a convocar sin demora un sínodo contra Juan; Severiano cooperó también en promoverlo, pues aún guardaba rencor contra Crisóstomo. No intervino, en consecuencia, mucho tiempo antes de que Teófilo llegara, habiendo persuadido a varios obispos de diferentes ciudades para que lo acompañaran; éstos, sin embargo, habían sido convocados también por orden del emperador. A muchos de los obispos de Asia los había depuesto Juan cuando fue a Éfeso y ordenó a Heráclides. Por consiguiente, todos, por acuerdo previo, se reunieron en Calcedonia de Bitinia. Cirino era a la sazón obispo de Calcedonia, egipcio de nacimiento, quien dijo muchas cosas a los obispos en desdoro de Juan, denunciándolo como 'el impío', 'el altivo', 'el inexorable'. Ellos, en verdad, quedaron muy satisfechos con estas denuncias. Pero Marutas, obispo de Mesopotamia, habiendo pisado involuntariamente el pie de Cirino, resultó gravemente lastimado por ello y no pudo embarcarse con los demás hacia Constantinopla, sino que permaneció en Calcedonia. Los demás cruzaron. Ahora bien, Teófilo había manifestado tan abiertamente su hostilidad a Juan, que ninguno del clero salió a recibirlo ni le rindió el menor honor; pero unos marineros alejandrinos que se hallaban en el lugar —pues por aquel tiempo estaban allí las naves que transportaban grano— lo saludaron con alegres aclamaciones. Se excusó de entrar en la iglesia y fijó su morada en una de las mansiones imperiales llamada 'La Placidiana'. Entonces, por esta causa, comenzó a derramarse un torrente de acusaciones contra Juan; pues ya no se hacía mención de Orígenes, sino que todos se empeñaban en presentar una variedad de criminalizaciones, muchas de ellas ridículas. Arregladas así las cosas preliminares, los obispos se reunieron en uno de los suburbios de Calcedonia, lugar llamado 'La Encina', e inmediatamente citaron a Juan para que respondiera a los cargos presentados contra él. Citó también a Serapión el diácono; Tigris, el presbítero eunuco, y Pablo, el lector, fueron asimismo convocados a comparecer allí con él, pues estos hombres estaban incluidos en las acusaciones como partícipes de su culpa. Y como Juan, recusando a los que lo habían citado por ser enemigos suyos, se negaba a comparecer, y pedía un concilio general, sin demora repitieron su citación cuatro veces sucesivas; y como persistía en su negativa a reunirse con ellos como jueces, dando siempre la misma respuesta, lo condenaron y lo depusieron sin asignar otra causa para su deposición sino que se negaba a obedecer la citación. Esta decisión, al anunciarse hacia la tarde, incitó al pueblo a una sedición de lo más alarmante; hasta el punto de que velaron toda la noche, y de ningún modo permitieron que lo sacaran de la iglesia, sino que gritaban que su causa debía decidirse en una asamblea mayor. Un decreto del emperador, sin embargo, mandó que fuera expulsado inmediatamente y enviado al destierro; lo que tan pronto como Juan supo, se entregó voluntariamente alrededor del mediodía, sin conocimiento de la multitud, al tercer día después de su condenación: pues temía cualquier movimiento insurreccional por su causa, y, en consecuencia, fue llevado.
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El pueblo se tornó entonces intolerablemente tumultuoso; y, como sucede a menudo en tales casos, muchos que antes estaban adversamente dispuestos contra él, trocaron ahora su hostilidad en compasión, y decían de aquel a quien tan recientemente habían deseado ver depuesto, que había sido calumniado. De este modo, pues, fueron muy numerosos los que clamaban contra el emperador y el sínodo de obispos; pero el origen de la intriga lo atribuían más particularmente a Teófilo. Pues su conducta fraudulenta ya no podía ocultarse, quedando expuesta por muchas otras indicaciones, y especialmente por el hecho de haber tenido comunión con Dióscoro y con los llamados 'los Monjes Altos', inmediatamente después de la deposición de Juan. Pero Severiano, predicando en la iglesia y juzgando que era ocasión propicia para declamar contra Juan, dijo: 'Si Juan no hubiera sido condenado por otra cosa, la altivez de su porte era crimen suficiente para justificar su deposición. A los hombres, en verdad, se les perdonan todos los demás pecados: pero «Dios resiste a los soberbios,» como nos enseñan las Divinas Escrituras.' Estos reproches hicieron al pueblo todavía más inclinado a la oposición; de modo que el emperador dio orden de que fuera llamado de inmediato. En consecuencia, Brisón, eunuco al servicio de la emperatriz, fue enviado tras él, quien hallándolo en Preneto —ciudad comercial situada frente a Nicomedia— lo trajo de vuelta hacia Constantinopla. Y como había sido llamado, Juan se negó a entrar en la ciudad, declarando que no lo haría hasta que su inocencia hubiera sido admitida por un tribunal superior. Así permaneció en un suburbio llamado Marianas. Ahora bien, como se demoraba en aquel lugar, la conmoción aumentó e hizo que el pueblo prorrumpiera en lenguaje muy indignado y oprobioso contra sus gobernantes; por lo cual, para contener su furor, Juan se vio obligado a proseguir. En su camino una vasta multitud, con veneración y honor, lo condujo inmediatamente a la iglesia; allí le rogaron que se sentara en la silla episcopal y les diera su acostumbrada bendición. Cuando él procuraba excusarse, diciendo que 'esto debía lograrse por orden de sus jueces, y que quienes lo condenaron debían primero revocar su sentencia', ellos se inflamaban aún más con el deseo de verlo restablecido y de oírlo dirigirse de nuevo a ellos. El pueblo finalmente prevaleció para que reasumiera su asiento y orara como de costumbre por la paz sobre ellos; después de lo cual, actuando bajo la misma constricción, les predicó. Esta condescendencia de parte de Juan dio a sus adversarios otro motivo de criminalización; pero sobre esto no tomaron medida alguna por el momento.
Capítulo 17. Conflicto entre los constantinopolitanos y los alejandrinos a causa de Heráclides; huida de Teófilo y de los obispos de su partido
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En primer lugar, Teófilo intentó investigar el caso de la ordenación de Heráclides, para ver si podía encontrar así ocasión de deponer de nuevo a Juan. Heráclides no estaba presente en este examen. Sin embargo, fue juzgado en ausencia, acusado de haber golpeado injustamente a algunas personas y de haberlas arrastrado después encadenadas por el centro de la ciudad de Éfeso. Como Juan y sus partidarios protestaran contra la injusticia de sentenciar a una persona ausente, los alejandrinos sostuvieron que debían oír a los acusadores de Heráclides, aunque éste no estuviera presente. Por tanto, se produjo una aguda contienda entre los alejandrinos y los constantinopolitanos, y estalló un tumulto en el que muchos resultaron heridos y algunos muertos. Teófilo, viendo lo que ocurría, huyó a Alejandría sin ceremonia; y los demás obispos, excepto los pocos que apoyaban a Juan, siguieron su ejemplo y regresaron a sus respectivas sedes. Después de estos sucesos, Teófilo quedó desacreditado ante todos; pero el odio que se le tenía aumentó enormemente por la desvergüenza con que continuó leyendo las obras de Orígenes. Y cuando se le preguntó por qué favorecía así lo que había condenado públicamente, respondió: 'Los libros de Orígenes son como un prado esmaltado de flores de toda clase. Si, por tanto, encuentro entre ellos una hermosa, la recojo; pero lo que me parece espinoso, lo salto por encima, como aquello que me pincharía.' Pero Teófilo dio esta respuesta sin reflexionar sobre el dicho del sabio Salomón, [] que 'las palabras de los sabios son como aguijones'; y los que son pinchados por los preceptos que contienen no deberían dar coces contra ellos. Por estas razones, pues, Teófilo fue despreciado por todos. Dióscoro, obispo de Hermópolis, uno de los llamados 'los Monjes Altos', murió poco después de la huida de Teófilo, y fue honrado con un funeral magnífico, siendo enterrado en la iglesia de 'La Encina', donde se había convocado el sínodo a causa de Juan. Entretanto, Juan se ocupaba asiduamente en predicar. Ordenó a Serapión obispo de Heraclea de Tracia, a causa del cual se había levantado el odio contra él. No mucho después ocurrieron los siguientes acontecimientos.
VI, 18
En este tiempo se erigió una estatua de plata de la emperatriz Eudoxia, cubierta con un largo manto, sobre una columna de pórfido sostenida por una base elevada. Y ésta no estaba ni cerca ni lejos de la iglesia llamada Sofía, sino que sólo la mitad de la anchura de la calle las separaba. Ante esta estatua se acostumbraban celebrar juegos públicos; Juan los consideraba un ultraje hecho a la iglesia, y habiendo recobrado su acostumbrada libertad y agudeza de lengua, la empleó contra quienes los toleraban. Ahora bien, aunque habría sido propio inducir a las autoridades mediante una petición suplicante a que discontinuaran los juegos, no lo hizo así, sino que empleando un lenguaje injurioso ridiculizó a quienes habían ordenado tales prácticas. La emperatriz aplicó de nuevo sus expresiones a sí misma como indicadoras de un marcado desprecio hacia su propia persona; por lo tanto, se esforzó por lograr la convocación de otro concilio de obispos contra él. Cuando Juan se dio cuenta de esto, pronunció en la iglesia aquella célebre oración que comienza con estas palabras: 'Otra vez Herodías delira; otra vez se turba; danza de nuevo; y de nuevo desea recibir la cabeza de Juan en una bandeja.' Esto, por supuesto, exasperó aún más a la emperatriz. No mucho después llegaron los siguientes obispos: Leoncio de Ancira en Asia, Amonio de Laodicea en Pisidia, Brisón de Filipos en Tracia, Acacio de Berea en Siria, y algunos otros. Juan se presentó ante ellos sin temor y exigió una investigación de los cargos que se le imputaban. Pero al llegar el aniversario del nacimiento de nuestro Salvador, el emperador no quiso asistir a la iglesia como de costumbre, sino que envió a Crisóstomo un mensaje en el sentido de que no debía participar de la comunión con él hasta que se hubiera librado de los crímenes de que estaba acusado. Ahora bien, como Juan mantenía una actitud audaz y ardiente, y sus acusadores parecían acobardarse, los obispos presentes, dejando de lado todas las demás cuestiones, dijeron que se limitarían a esta sola consideración: que él, por su propia responsabilidad, después de su deposición, se había sentado de nuevo en la silla episcopal, sin estar autorizado por un concilio eclesiástico. Como él alegara que sesenta y cinco obispos que habían estado en comunión con él lo habían reinstalado, los partidarios de Leoncio objetaron, diciendo: 'Un número mayor votó contra ti, Juan, en el sínodo.' Pero aunque Juan sostuvo entonces que aquél era un canon de los arrianos y no de la iglesia católica, y que por tanto no tenía efecto contra él — pues había sido formulado en el concilio convocado contra Atanasio en Antioquía, para la subversión de la doctrina de la consustancialidad — los obispos no quisieron escuchar su defensa, sino que lo condenaron inmediatamente, sin considerar que al usar este canon estaban sancionando la deposición del propio Atanasio. Esta sentencia fue pronunciada poco antes de Pascua; por tanto, el emperador envió a decir a Juan que no podía ir a la iglesia, porque dos sínodos lo habían condenado. En consecuencia, Crisóstomo fue silenciado y no volvió más a la iglesia; pero los que eran de su partido celebraron la Pascua en los baños públicos llamados Constantinanos, y desde entonces abandonaron la iglesia. Entre ellos había muchos obispos y presbíteros, con otros del orden clerical, que desde aquel tiempo celebraban sus asambleas por separado en diversos lugares, y por él fueron denominados 'Juanitas.' Durante dos meses, Juan se abstuvo de aparecer en público; después, un decreto del emperador lo envió al destierro. Así, fue llevado al destierro por la fuerza, y el mismo día de su partida, algunos de los juanitas incendiaron la iglesia, que, por medio de un fuerte viento del este, se comunicó con la casa del senado. Este incendio ocurrió el 20 de junio, bajo el sexto consulado de Honorio, que compartía con Aristeneto. Las severidades que Optato, prefecto de Constantinopla, pagano de religión y enemigo de los cristianos, infligió a los amigos de Juan, y cómo dio muerte a muchos de ellos a causa de este acto de incendio, creo que debo pasarlas por alto en silencio.
Capítulo 19. Ordenación de Arsacio como sucesor de Juan. Indisposición de Cirino, obispo de Calcedonia
VI, 19
Después de transcurridos unos pocos días, Arsacio fue ordenado obispo de Constantinopla; era hermano de Nectario, que tan hábilmente había administrado la sede antes de Juan, aunque entonces era ya muy anciano, teniendo más de ochenta años. Mientras administraba el episcopado con mucha suavidad y paz, Cirino, obispo de Calcedonia, a quien Maruthas, obispo de Mesopotamia, había pisado inadvertidamente el pie, quedó tan gravemente afectado por el accidente que se produjo gangrena y fue necesario amputarle el pie. Y esta amputación no se realizó una sola vez, sino que hubo de repetirse a menudo; pues después de cortado el miembro lesionado, el mal se extendió de tal modo por todo su organismo que el otro pie, habiendo también enfermado, tuvo que someterse a la misma operación. He aludido a esta circunstancia porque muchos han afirmado que lo que sufrió fue un juicio sobre él por sus calumniosas difamaciones contra Juan, a quien con tanta frecuencia tildaba de arrogante e inexorable, como ya he dicho. Además, como el 30 de septiembre, en el consulado antes mencionado, hubo una extraordinaria caída de granizo de inmenso tamaño en Constantinopla y sus suburbios, también se declaró que era una expresión de la indignación divina a causa de la injusta deposición de Crisóstomo; y la muerte de la emperatriz contribuyó a dar mayor credibilidad a estos informes, pues tuvo lugar cuatro días después de la tormenta de granizo. Otros, sin embargo, afirmaron que Juan había sido depuesto merecidamente, por la violencia que había ejercido en Asia y Lidia, al privar a los novacianos y cuartodecimanos de muchas de sus iglesias, cuando fue a Éfeso y ordenó a Heráclides. Pero si la deposición de Juan fue justa, como declaran sus enemigos, o si Cirino sufrió en castigo por sus calumniosas injurias; si el granizo cayó, o la emperatriz murió por causa de Juan, o si estas cosas sucedieron por otras razones, o por éstas en conexión con otras, sólo Dios lo sabe, que es el escudriñador de los secretos y el justo juez de la verdad misma. Yo simplemente he registrado los rumores que corrían en aquel tiempo.
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Pero Arsacio no sobrevivió mucho tiempo a su ascenso al obispado; pues murió el 11 de noviembre bajo el siguiente consulado, que fue el segundo de Estilicón y el primero de Antemio. Debido a que el obispado se hizo deseable y muchos aspiraban a la sede vacante, transcurrió mucho tiempo antes de la elección de un sucesor; pero al fin, en el siguiente consulado, que fue el sexto de Arcadio y el primero de Probo, un hombre devoto llamado Ático fue promovido al episcopado. Era natural de Sebaste de Armenia y había seguido una vida ascética desde temprana edad; además, junto con una moderada porción de erudición, poseía una gran cantidad de prudencia natural. Pero hablaré de él más particularmente un poco más adelante.
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Juan, llevado al destierro, murió en Comana, en el Euxino, el 14 de septiembre, en el siguiente consulado, que fue el séptimo de Honorio y el segundo de Teodosio. Un hombre, como hemos observado antes, que a causa de su celo por la templanza se inclinaba más a la ira que a la paciencia; y su santidad personal de carácter lo llevaba a permitirse una libertad de lenguaje que para otros era intolerable. En verdad, me es de lo más inexplicable cómo, con un celo tan ardiente por la práctica del dominio propio y la irreprochabilidad de vida, en sus sermones parecía enseñar una visión laxa de la templanza. Pues mientras que por el sínodo de obispos se aceptaba el arrepentimiento una sola vez de aquellos que habían pecado después del bautismo, él no dudaba en decir: 'Acercaos, aunque os hayáis arrepentido mil veces.' Por esta doctrina, muchos incluso de sus amigos lo censuraron, pero especialmente Sisinio, obispo de los novacianos, quien escribió un libro condenatorio de la expresión de Crisóstomo arriba citada, y lo reprendió severamente por ella. Pero esto ocurrió mucho antes.
VI, 22
No estará fuera de lugar aquí, creo, dar alguna cuenta de Sisinio. Era, como he dicho a menudo, un hombre notablemente elocuente y bien instruido en filosofía. Pero había cultivado particularmente la lógica y era profundamente hábil en la interpretación de las santas Escrituras; hasta el punto de que el hereje Eunomio a menudo retrocedía ante la agudeza que mostraba su razonamiento. En cuanto a su dieta, no era simple; pues aunque practicaba la más estricta moderación, su mesa estaba siempre suntuosamente provista. También acostumbraba darse el gusto de vestir ropas blancas y bañarse dos veces al día en los baños públicos. Y cuando alguien le preguntó '¿por qué él, un obispo, se bañaba dos veces al día?', respondió: 'Porque es inconveniente bañarse tres veces.' Yendo un día por cortesía a visitar al obispo Arsacio, fue preguntado por uno de los amigos de aquel obispo: '¿por qué llevaba una vestidura tan inadecuada para un obispo? ¿Y dónde está escrito que un eclesiástico deba vestirse de blanco?' 'Dime tú primero,' dijo él, '¿dónde está escrito que un obispo deba vestir de negro?' Como el que hacía la pregunta no supiera qué responder a esta contrapregunta, Sisinio replicó: 'No puedes mostrar que un sacerdote deba vestir de negro. Pero Salomón es mi autoridad, cuya exhortación es, «Sean blancos tus vestidos.» [] Y nuestro Salvador en los Evangelios aparece vestido con ropas blancas: además, mostró a Moisés y Elías a los apóstoles, vestidos con ropas blancas.' Su pronta respuesta a éstas y otras preguntas provocó la admiración de los presentes. De nuevo, cuando Leoncio, obispo de Ancira en Galacia Menor, que había quitado una iglesia a los novacianos, estaba de visita en Constantinopla, Sisinio fue a él y le rogó que devolviera la iglesia. Pero él lo recibió groseramente, diciendo: 'Vosotros, los novacianos, no debéis tener iglesias; pues quitáis el arrepentimiento y excluís la misericordia divina.' Mientras Leoncio profería éstos y muchos otros improperios contra los novacianos, Sisinio respondió: 'Nadie se arrepiente más de corazón que yo.' Y cuando Leoncio le preguntó: '¿Por qué te arrepientes?', dijo: 'De haber venido a verte.' En una ocasión, el obispo Juan, teniendo una disputa con él, dijo: 'La ciudad no puede tener dos obispos.' 'Ni los tiene,' dijo Sisinio. Juan, irritado por esta respuesta, dijo: 'Ves que pretendes que tú solo eres el obispo.' 'No digo eso,' replicó Sisinio; 'sino que no soy obispo sólo en tu estimación, yo que lo soy para otros.' Juan, aún más enojado por esta réplica, dijo: 'Detendré tu predicación; porque eres un hereje.' A lo que Sisinio respondió de buen humor: 'Te daré una recompensa, si me libras de un deber tan arduo.' Juan, ablandado un poco por esta respuesta, dijo: 'No haré que dejes de predicar, si encuentras tan molesto el hablar.' Tan ocurrente era Sisinio y tan pronto en la réplica; pero sería tedioso extenderse más en sus agudezas. Por lo cual, mediante unos pocos ejemplos hemos ilustrado qué clase de persona era, considerando éstos como suficientes. Sólo añadiré que era célebre por su erudición, y a causa de ella todos los obispos que le sucedieron lo amaron y honraron; y no sólo ellos, sino también todos los principales miembros del senado lo estimaban y admiraban. Es autor de muchas obras; pero se caracterizan por una afectación demasiado grande de elegancia en la dicción y una mezcla profusa de expresiones poéticas. Por lo cual era más admirado como orador que como escritor; pues había dignidad en su semblante y su voz, así como en su forma y aspecto, y cada movimiento de su persona era gracioso. A causa de estos rasgos era amado por todas las sectas, y gozaba de especial favor con el obispo Ático. Pero debo concluir esta breve noticia sobre Sisinio.
VI, 23
No mucho después de la muerte de Juan, murió también el emperador Arcadio. Este príncipe era de temperamento suave y apacible, y hacia el final de su vida se le consideraba muy amado de Dios, por la siguiente circunstancia. Había en Constantinopla una inmensa mansión llamada Caria; pues en el patio de ella hay un nogal en el que se dice que Acacio sufrió el martirio por ahorcamiento; a causa de lo cual se construyó cerca una capilla, que el emperador Arcadio un día quiso visitar, y después de haber orado allí, se marchó de nuevo. Todos los que vivían cerca de esta capilla corrieron en tropel para ver al emperador; y algunos, saliendo de la mansión referida, se esforzaron por ocupar las calles de antemano para tener una mejor vista de su soberano y su séquito, mientras otros seguían su comitiva, hasta que todos los que la habitaban, incluyendo mujeres y niños, habían salido por completo de ella. Apenas quedó vacío de sus ocupantes este vasto edificio, cuyas construcciones rodeaban por completo la iglesia, cuando todo el edificio se derrumbó. Ante esto hubo un gran clamor, seguido de gritos de admiración, porque se creyó que la oración del emperador había rescatado a tan gran número de personas de la destrucción. Este acontecimiento ocurrió de esa manera. El 1 de mayo murió Arcadio, dejando a su hijo Teodosio de sólo ocho años, bajo el consulado de Basso y Felipe, en el segundo año de la 297ª olimpíada. Había reinado trece años con Teodosio su padre, y catorce años después de la muerte de éste, y entonces había alcanzado el trigésimo primer año de su edad. Este libro abarca un espacio de doce años y seis meses.