II, 19
Después de transcurridos unos tres años desde los sucesos antes registrados, los obispos orientales reunieron de nuevo un sínodo y, habiendo compuesto otra fórmula de fe, la transmitieron a los de Italia por medio de Eudoxio, a la sazón obispo de Germanicía, y de Martirio y Macedonio, que era obispo de Mopsuestia en Cilicia. Esta fórmula del Credo, escrita de forma más extensa, contenía muchas adiciones respecto de las que la habían precedido, y fue expuesta en estos términos:
'Creemos en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador y Hacedor de todas las cosas, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra; y en su Hijo unigénito Jesucristo nuestro Señor, que fue engendrado del Padre antes de todos los siglos; Dios de Dios; Luz de Luz; por quien todas las cosas en los cielos y en la tierra, visibles e invisibles, fueron hechas; el cual es el Verbo, y la Sabiduría, y el Poder, y la Vida, y la Luz verdadera; el cual en los últimos días por nosotros se hizo hombre, y nació de la santa virgen; que fue crucificado, y murió, y fue sepultado, y resucitó de entre los muertos al tercer día, y subió al cielo, y está sentado a la diestra del Padre, y vendrá en la consumación de los siglos a juzgar a vivos y muertos, y a dar a cada uno conforme a sus obras; cuyo reino, siendo perpetuo, continuará por siglos infinitos; porque está sentado a la diestra del Padre, no sólo en este siglo, sino también en el venidero. Creemos asimismo en el Espíritu Santo, es decir, en el Consolador, a quien el Señor, conforme a su promesa, envió a sus apóstoles después de su ascensión al cielo, para enseñarles y traerles todas las cosas a la memoria; por quien también son santificadas las almas de los que creen sinceramente en él. Pero a los que afirman que el Hijo fue hecho de cosas que no existen, o de otra sustancia, y no de Dios, o que hubo un tiempo o un siglo en que no existió, la santa Iglesia católica los tiene por extraños. La santa y católica Iglesia anatematiza igualmente a los que dicen que hay tres dioses, o que Cristo no es Dios antes de todos los siglos, o que no es ni Cristo, ni el Hijo de Dios, o que la misma persona es Padre, Hijo y Espíritu Santo, o que el Hijo no fue engendrado, o que el Padre no engendró al Hijo por su propia voluntad o deseo. Ni es seguro afirmar que el Hijo tuvo su existencia de cosas que no eran, puesto que esto en ninguna parte se declara acerca de él en las Escrituras divinamente inspiradas. Ni se nos enseña que tuvo su ser de ninguna otra sustancia preexistente aparte del Padre, sino que fue verdaderamente engendrado de solo Dios; pues la palabra divina enseña que hay un solo principio ingénito sin principio, el Padre de Cristo. Pero los que sin autoridad de la Escritura afirman temerariamente que hubo un tiempo en que él no era, no deben preconcebir ningún intervalo antecedente de tiempo, sino solamente a Dios, que sin tiempo lo engendró; porque tanto los tiempos como los siglos fueron hechos por medio de él. Sin embargo, no debe pensarse que el Hijo es co-inoriginado, o co-ingénito con el Padre: pues propiamente no hay padre de lo co-inoriginado o co-ingénito. Pero sabemos que el Padre, siendo el único inoriginado e incomprensible, ha engendrado inefable e incomprensiblemente para todos, y que el Hijo fue engendrado antes de los siglos, pero no es ingénito como el Padre, sino que tiene principio, a saber, el Padre que lo engendró, porque «la cabeza de Cristo es Dios.» [] Ahora bien, aunque según las Escrituras reconocemos tres cosas o personas, a saber, la del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo, no por ello hacemos tres dioses: pues sabemos que no hay sino un solo Dios perfecto en sí mismo, ingénito, inoriginado e invisible, el Dios y Padre del Unigénito, el único que tiene existencia de sí mismo y el único que concede abundantemente la existencia a todas las demás cosas. Pero aunque afirmamos que hay un solo Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Unigénito, no negamos por eso que Cristo sea Dios antes de los siglos, como hacen los secuaces de Pablo de Samosata, quienes afirman que después de su encarnación fue deificado por exaltación, siendo por naturaleza un mero hombre. Sabemos ciertamente que estuvo sujeto a su Dios y Padre; no obstante, fue engendrado de Dios, y es por naturaleza Dios verdadero y perfecto, y no fue hecho Dios después a partir de hombre; sino que por nosotros fue hecho hombre a partir de Dios, y nunca ha dejado de ser Dios. Además execramos y anatematizamos a los que falsamente lo llaman mera palabra insustancial de Dios, que tiene existencia solamente en otro, ya sea como la palabra proferida, o como la palabra concebida en la mente; y que pretenden que antes de los siglos no era ni el Cristo, el Hijo de Dios, el Mediador, ni la Imagen de Dios; sino que llegó a ser el Cristo, y el Hijo de Dios, desde el tiempo en que tomó nuestra carne de la virgen, hace unos cuatrocientos años. Pues afirman que Cristo tuvo el principio de su reino desde aquel tiempo, y que tendrá fin después de la consumación de todas las cosas y del juicio. Tales personas son los secuaces de Marcelo y Fotino, los ancyro-gálatas, que so pretexto de establecer su soberanía, como los judíos, suprimen la existencia eterna y la deidad de Cristo, y la perpetuidad de su reino. Pero nosotros sabemos que no es simplemente la palabra de Dios por emisión o concepción mental, sino Dios Verbo viviente que subsiste por sí mismo; e Hijo de Dios y Cristo; y que no sólo por presencia coexistió y conversó con su Padre antes de los siglos, y le sirvió en la creación de todas las cosas, visibles e invisibles, sino que era el Verbo sustancial del Padre, y Dios de Dios: porque éste es aquel a quien el Padre dijo, «Hagamos al hombre a nuestra imagen, y conforme a nuestra semejanza:» quien en su propia persona se apareció a los padres, dio la ley, y habló por los profetas; y habiéndose hecho hombre al fin, manifestó su Padre a todos los hombres, y reina por siglos sin fin. Cristo no ha alcanzado ninguna dignidad nueva; sino que creemos que fue perfecto desde el principio, y semejante a su Padre en todas las cosas; y a los que dicen que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son la misma persona, suponiendo impíamente que los tres nombres se refieren a una y la misma cosa y persona, los expulsamos merecidamente de la iglesia, porque por la encarnación hacen al Padre, que es incomprensible e impasible, sujeto a comprensión y padecimiento. Tales son los denominados patropasianos entre los romanos, y entre nosotros sabelianos. Pues sabemos que el Padre que envió permaneció en la naturaleza propia de su inmutable deidad; pero que Cristo, que fue enviado, ha cumplido la economía de la encarnación. De igual manera, a los que irreverentemente afirman que Cristo fue engendrado no por la voluntad y el beneplácito de su Padre, atribuyendo así a Dios una necesidad involuntaria que no procede de elección, como si hubiera engendrado al Hijo por coacción, los consideramos sumamente impíos y ajenos a la verdad, porque se han atrevido a determinar acerca de él cosas incompatibles con nuestras nociones comunes de Dios, y contrarias ciertamente al sentido de la Escritura divinamente inspirada. Porque sabiendo que Dios es independiente y Señor de sí mismo, sostenemos devotamente que por su propia voluntad y beneplácito engendró al Hijo. Y aunque creemos reverentemente lo que se dice de él; «El Señor me creó como principio de sus caminos a causa de sus obras»: sin embargo, no suponemos que fue hecho de manera semejante a las criaturas u obras hechas por él. Pues es impío y repugnante a la fe de la iglesia comparar al Creador con las obras creadas por él; o imaginar que tuvo el mismo modo de generación que cosas de naturaleza totalmente distinta de la suya: porque las sagradas Escrituras nos enseñan que el solo Hijo unigénito fue real y verdaderamente engendrado. Ni cuando decimos que el Hijo es de sí mismo, y que vive y subsiste de modo semejante al Padre, lo separamos por ello del Padre, como si supusiéramos que están disociados por la intervención de espacio y distancia en sentido material. Pues creemos que están unidos sin medio ni intervalo, y que son incapaces de separarse el uno del otro: todo el Padre abrazando al Hijo; y todo el Hijo unido y reposando eternamente en el seno del Padre. Creyendo, por tanto, en la Trinidad enteramente perfecta y santísima, y afirmando que el Padre es Dios, y que el Hijo también es Dios, no reconocemos dos dioses, sino uno solo, a causa de la majestad de la Deidad y del perfecto consorcio y unión de los reinos: gobernando el Padre sobre todas las cosas universalmente, e incluso sobre el Hijo mismo; estando el Hijo sujeto al Padre, pero, exceptuado éste, gobernando sobre todas las cosas que fueron hechas después de él y por él; y por la voluntad del Padre concediendo abundantemente a los santos la gracia del Espíritu Santo. Pues los Sagrados Oráculos nos informan que en esto consiste el carácter de la soberanía que Cristo ejerce.'
'Nos hemos visto obligados, desde la publicación de nuestro anterior epítome, a dar esta exposición más amplia del credo; no para satisfacer una vana ambición, sino para limpiarnos de toda sospecha extraña acerca de nuestra fe que pueda existir entre quienes ignoran nuestros verdaderos sentimientos. Y para que los habitantes de Occidente sepan tanto de las desvergonzadas tergiversaciones del partido heterodoxo, como también conozcan la opinión eclesiástica de los obispos orientales acerca de Cristo, confirmada por el testimonio no torcido de las Escrituras divinamente inspiradas, entre todos aquellos de mente no pervertida.'
II, 20
Los prelados occidentales, por ser de otra lengua y no entender esta exposición, no quisieron admitirla; diciendo que el Credo niceno era suficiente, y que no perderían tiempo en nada más allá de él. Pero cuando el emperador hubo escrito de nuevo para insistir en la restitución a Pablo y Atanasio de sus respectivas sedes, aunque sin efecto a causa de la continua agitación del pueblo, estos dos obispos pidieron que se convocara otro sínodo, para que su causa, así como otras cuestiones relativas a la fe, pudieran ser resueltas por un concilio ecuménico, pues hacían evidente que su deposición no había surgido de otra causa sino para que la fe pudiera ser más fácilmente pervertida. Se convocó, pues, otro concilio general para reunirse en Sárdica, ciudad de Iliria, por la autoridad conjunta de los dos emperadores; el uno pidiendo por carta que así se hiciera, y el otro, el de Oriente, accediendo gustosamente a ello. Era el undécimo año después de la muerte del padre de los dos Augustos, durante el consulado de Rufino y Eusebio, cuando se reunió el Sínodo de Sárdica. Según la declaración de Atanasio, asistieron unos 300 obispos de las partes occidentales del imperio; pero Sabino dice que sólo vinieron setenta de las partes orientales, entre los cuales estaba Isquiras de Mareotes, que había sido ordenado obispo de aquella región por los que depusieron a Atanasio. De los restantes, unos fingieron enfermedad corporal; otros se quejaron de la brevedad del aviso, echando la culpa de ello a Julio, obispo de Roma, aunque había transcurrido año y medio desde el momento en que se había convocado; intervalo en el cual Atanasio permaneció en Roma aguardando la reunión del sínodo. Cuando por fin se reunieron en Sárdica, los prelados orientales se negaron a reunirse o a entrar en conferencia alguna con los de Occidente, a menos que primero excluyeran de la asamblea a Atanasio y a Pablo. Pero como Protógenes, obispo de Sárdica, y Osio, obispo de Córdoba, ciudad de España, no permitirían de ningún modo que estuvieran ausentes, los obispos orientales se retiraron inmediatamente y, volviendo a Filipópolis de Tracia, celebraron un concilio separado, en el cual anatematizaron abiertamente el término homousios; y, habiendo introducido la opinión anomea en sus epístolas, las enviaron en todas direcciones. Por otra parte, los que permanecieron en Sárdica, condenando en primer lugar su partida, despojaron después de su dignidad a los acusadores de Atanasio; luego, confirmando el Credo niceno y rechazando el término anomoion, reconocieron más claramente la doctrina de la consustancialidad, la cual insertaron también en epístolas dirigidas a todas las iglesias. Ambas partes creían haber obrado rectamente: los de Oriente, porque los obispos occidentales habían favorecido a quienes ellos habían depuesto; y éstos, a su vez, no sólo a consecuencia de la retirada de los que los habían depuesto antes de que el asunto fuera examinado, sino también porque ellos mismos eran los defensores de la fe nicena, que la otra parte se había atrevido a adulterar. Restituyeron, por tanto, a Pablo y Atanasio sus sedes, y también a Marcelo de Ancira, en la Galacia Menor, que había sido depuesto mucho antes, como hemos dicho en el libro anterior. En aquel tiempo, ciertamente, se esforzó al máximo por conseguir la revocación de la sentencia pronunciada contra él, declarando que la sospecha de que sostenía el error de Pablo de Samosata procedía de un malentendido de algunas expresiones de su libro. Debe notarse, sin embargo, que Eusebio Pánfilo escribió tres libros enteros contra Marcelo, en los cuales cita las propias palabras de aquel autor para probar que afirma con Sabelio el libio y Pablo de Samosata, que el Señor [Jesús] era un mero hombre.
II, 21
Pero puesto que algunos han intentado estigmatizar incluso al mismo Eusebio Pánfilo como si hubiera favorecido las opiniones arrianas en sus obras, no estará de más hacer aquí algunas observaciones acerca de él. En primer lugar, pues, estuvo presente en el concilio de Nicea, que definió la doctrina del homousion y dio su asentimiento a lo que allí se determinó. Y en el tercer libro de la Vida de Constantino se expresó en estos términos: 'El emperador incitó a todos a la unanimidad, hasta que los hubo hecho unánimes en el juicio sobre aquellos puntos en que antes estaban en desacuerdo; de modo que estuvieron completamente de acuerdo en Nicea en materia de fe.' Puesto que Eusebio, al mencionar el Sínodo de Nicea, dice que todas las diferencias fueron resueltas, y que todos llegaron a la unidad de sentimiento, ¿qué fundamento hay para suponer que él mismo era arriano? También los arrianos se engañan ciertamente al suponer que era favorable a sus doctrinas. Pero quizá alguno dirá que en sus discursos parece haber adoptado las opiniones de Arrio, por decir con frecuencia por Cristo, a lo que responderíamos que los escritores eclesiásticos usan a menudo este modo de expresión y otros semejantes que denotan la economía de la humanidad de nuestro Salvador: y que antes que todos ellos el apóstol hizo uso de tales expresiones, y nunca ha sido tenido por maestro de falsa doctrina. Además, puesto que Arrio se ha atrevido a decir que el Hijo es una criatura, como uno de los demás, obsérvese lo que dice Eusebio sobre este asunto, en su primer libro contra Marcelo:
'Él solo, y ningún otro, ha sido declarado ser, y es, el Hijo unigénito de Dios; por lo cual justamente podría cualquiera censurar a los que han presumido afirmar que es una criatura hecha de la nada, como las demás criaturas; pues ¿cómo entonces sería Hijo? ¿Y cómo podría ser Hijo unigénito de Dios, si se le asignara la misma naturaleza que a las otras criaturas... y si fuera una de las muchas cosas creadas, viendo que él, como ellas, sería en tal caso partícipe de una creación de la nada? Pero las Sagradas Escrituras no nos instruyen así.' Luego añade un poco después: 'Quien, pues, define al Hijo como hecho de cosas que no son, y como criatura producida de la nada preexistente, olvida que, si bien concede el nombre de Hijo, le niega ser Hijo en realidad. Porque el que es hecho de la nada no puede ser verdaderamente el Hijo de Dios, como tampoco las demás cosas que han sido hechas; sino que el verdadero Hijo de Dios, por cuanto es engendrado del Padre, es propiamente llamado Unigénito y amado del Padre. Por esta razón también, él mismo es Dios; pues ¿qué puede ser la prole de Dios, sino la semejanza perfecta de quien lo engendró? Un soberano ciertamente edifica una ciudad, pero no la engendra; y se dice que engendra un hijo, no que edifica uno. Un artífice, asimismo, puede ser llamado el hacedor, pero no padre de su obra; mientras que de ningún modo podría llamársele hacedor de aquel a quien ha engendrado. Así también, el Dios del Universo es Padre del Hijo; pero apropiadamente podría llamársele Hacedor y Creador del mundo. Y aunque una vez se dice en la Escritura, [] «El Señor me creó como principio de sus caminos a causa de sus obras,» conviene, sin embargo, que consideremos el sentido de esta frase, que explicaré más adelante; y no, como ha hecho Marcelo, que a partir de un solo pasaje pongamos en peligro la doctrina más importante de la iglesia.'
Estas y muchas otras expresiones semejantes ha proferido Eusebio Pánfilo en el primer libro contra Marcelo; y en su tercer libro, declarando en qué sentido ha de tomarse el término criatura, dice:
'Establecidas así estas cosas, se sigue que, en el mismo sentido que lo precedente, las palabras «El Señor me creó como principio de sus caminos, a causa de sus obras,» han de haberse dicho. Pues aunque dice que fue creado, no es como si dijera que llegó a la existencia de lo que no era, ni que él también fue hecho de la nada como las demás criaturas, lo cual algunos erróneamente han supuesto; sino como subsistiendo, viviendo, preexistiendo, y siendo antes de la constitución del mundo entero; y habiendo sido designado para regir el universo por su Señor y Padre: usándose aquí la palabra creado en lugar de ordenado o constituido. Ciertamente el apóstol [] llamó expresamente criatura a los gobernantes y magistrados entre los hombres, cuando dijo: «Someteos a toda criatura humana por causa del Señor; ya sea al rey, como a soberano, o a los gobernadores, como enviados por él.» También el profeta, cuando dice: «Prepárate, Israel, para invocar a tu Dios. Porque he aquí el que confirma el trueno, crea el Espíritu y anuncia su Cristo a los hombres»:...no ha usado la palabra «el que crea» en el sentido de hace de la nada. Pues Dios no creó entonces el Espíritu, cuando anunció su Cristo a todos los hombres, ya que [] «No hay nada nuevo bajo el sol»; sino que el Espíritu existía y tenía ser previamente: pero fue enviado en el tiempo en que los apóstoles estaban reunidos, cuando, a manera de trueno, «vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba; y fueron llenos del Espíritu Santo.» Y así anunciaron a todos los hombres al Cristo de Dios, conforme a aquella profecía que dice: [] «He aquí el que confirma el trueno, crea el Espíritu y anuncia su Cristo a los hombres»: usándose la palabra «crea» en lugar de «envía,» o ordena; y el trueno, en otra figura, implicando la predicación del Evangelio. Asimismo, el que dice: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,» no dijo esto como si no tuviera corazón, sino que oraba para que su mente fuera purificada. Así también se dice: [] «Para crear en sí mismo de los dos un solo hombre nuevo,» en lugar de unir. Considérese también si este pasaje no es de la misma clase: [] «Vestíos del hombre nuevo, creado según Dios»; y éste: [] «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es»; y cualesquiera otras expresiones de naturaleza semejante que pueda hallar quien escudriñe cuidadosamente la Escritura divinamente inspirada. Por lo cual, nadie debe sorprenderse si en este pasaje, «El Señor me creó como principio de sus caminos,» el término «creado» se usa metafóricamente, en lugar de «designado» o constituido.'
Tales palabras usa Eusebio en su obra contra Marcelo; las hemos citado a causa de los que calumniosamente han intentado difamarlo y acusarlo. Tampoco pueden probar que Eusebio atribuya un principio de subsistencia al Hijo de Dios, aunque puedan hallarlo usando con frecuencia las expresiones por acomodación; y especialmente así, porque era émulo y admirador de las obras de Orígenes, en las cuales quienes son capaces de comprender la profundidad de los escritos de Orígenes percibirán que en todas partes se dice que el Hijo fue engendrado del Padre. Estas observaciones se han hecho de paso, a fin de refutar a quienes han tergiversado a Eusebio.
Capítulo 22. El Concilio de Sárdica restituye a Pablo y Atanasio a sus sedes; y, ante la negativa del emperador de Oriente a admitirlos, el emperador de Occidente lo amenaza con la guerra
II, 22
Los reunidos en Sárdica, así como los que habían formado un concilio separado en Filipópolis de Tracia, habiendo cumplido cada cual lo que juzgaron necesario, regresaron a sus respectivas ciudades. Desde entonces, por tanto, la Iglesia de Occidente quedó separada de la de Oriente; y el límite de comunión entre ambas era el monte llamado Soucis, que divide a los ilirios de los tracios. Hasta este monte había comunión indistinta, aunque existía diferencia de fe; pero más allá no comulgaban unos con otros. Tal era el estado de perturbación de las iglesias en aquel período. Poco después de estos sucesos, el emperador de las regiones de Occidente informó a su hermano Constancio de lo ocurrido en Sárdica y le rogó que restituyera a Pablo y a Atanasio a sus sedes. Pero como Constancio demoraba llevar a efecto este asunto, el emperador de Occidente volvió a escribirle, dándole a elegir entre restablecer a Pablo y a Atanasio en su antigua dignidad y devolverles sus iglesias, o, si no lo hacía, considerarlo como su enemigo y esperar inmediatamente la guerra. La carta que dirigió a su hermano fue la siguiente:
'Atanasio y Pablo están aquí conmigo; y tras investigarlo, estoy plenamente convencido de que son perseguidos a causa de la piedad. Por tanto, si te comprometes a restituirlos en sus sedes y a castigar a quienes tan injustamente los han perjudicado, te los enviaré; pero si te niegas a hacerlo, ten por cierto que yo mismo iré allí y los restableceré en sus propias sedes, a pesar de tu oposición.'
Capítulo 23. Constancio, temiendo las amenazas de su hermano, llama a Atanasio por carta y lo envía a Alejandría
II, 23
Al recibir esta comunicación, el emperador de Oriente cayó en perplejidad; y enviando inmediatamente a buscar a la mayor parte de los obispos orientales, les comunicó la alternativa que su hermano le había presentado y preguntó qué debía hacerse. Respondieron que era mejor conceder las iglesias a Atanasio que emprender una guerra civil. En consecuencia, el emperador, urgido por la necesidad, convocó a Atanasio y a sus amigos a su presencia. Entretanto, el emperador de Occidente envió a Pablo a Constantinopla, con dos obispos y otro séquito honorable, habiéndolo provisto de sus propias cartas, junto con las del sínodo. Pero mientras Atanasio seguía receloso y vacilaba en ir a su encuentro —pues temía las intrigas de sus calumniadores—, el emperador de Oriente, no una sola vez, sino una segunda y una tercera, lo invitó a acudir a él; esto resulta evidente por sus cartas, que, traducidas del latín, son las siguientes:
Epístola de Constancio a Atanasio.
Constancio Víctor Augusto, a Atanasio, el obispo.
Nuestra compasiva clemencia no puede permitir que seas por más tiempo sacudido y turbado como por las impetuosas olas del mar. Nuestra infatigable piedad no se ha olvidado de ti, expulsado de tu patria, despojado de tus bienes y errante por soledades sin caminos. Y aunque he diferido demasiado tiempo el informarte por carta del propósito de mi ánimo, esperando que vinieras a nosotros por propia voluntad a buscar remedio para tus males, sin embargo, puesto que quizá el temor ha impedido la realización de tus deseos, por ello hemos enviado a tu reverencia cartas llenas de indulgencia, a fin de que sin temor te apresures a comparecer en nuestra presencia; así, tras experimentar nuestra benevolencia, podrás alcanzar tu deseo y ser restablecido en tu propio lugar. Por esta razón he pedido a mi señor y hermano Constancio Víctor Augusto que te conceda permiso para venir, a fin de que, con el consentimiento de ambos, seas restituido a tu patria, teniendo esta garantía de nuestro favor.
Otra epístola a Atanasio.
Constancio Víctor Augusto, al obispo Atanasio.
Aunque en una carta anterior te hemos dado a entender suficientemente que podías venir con confianza a nuestra corte, ya que estamos sumamente deseosos de restablecerte en tu propio lugar, de nuevo hemos dirigido esta carta a tu reverencia. Por tanto, te instamos a que, sin desconfianza ni temor alguno, tomes un vehículo público y te apresures a venir a nosotros, para que puedas obtener lo que deseas.
Otra epístola a Atanasio.
Constancio Víctor Augusto, al obispo Atanasio.
Mientras residíamos en Edesa, donde se hallaban presentes tus presbíteros, nos plugo enviar a uno de ellos a ti, con el fin de apresurar tu llegada a nuestra corte, para que, después de haber sido introducido en nuestra presencia, pudieras inmediatamente dirigirte a Alejandría. Pero como ha transcurrido un tiempo considerable desde que recibiste nuestra carta y, sin embargo, no has venido, ahora nos apresuramos a recordarte que te presentes ante nosotros con prontitud, para que así puedas regresar a tu patria y alcanzar tu deseo. Para darte una garantía más amplia de nuestra intención, te hemos enviado a Achetas, el diácono, por quien sabrás cuál es nuestro ánimo respecto de ti y que podrás conseguir lo que deseas; es decir, nuestra disposición a facilitar los fines que tienes en vista.
Cuando Atanasio hubo recibido estas cartas en Aquilea —pues allí moraba tras su partida de Sárdica—, se apresuró inmediatamente a Roma; y habiendo mostrado estas comunicaciones a Julio, el obispo, causó grandísimo gozo en la Iglesia romana. Pues parecía como si también el emperador de Oriente hubiera reconocido su fe, puesto que había llamado de nuevo a Atanasio. Entonces Julio escribió al clero y al pueblo de Alejandría en favor de Atanasio, en estos términos:
Epístola de Julio, obispo de Roma, a los de Alejandría.
Julio, el obispo, a los presbíteros, diáconos y pueblo que habita en Alejandría, hermanos amados, salutaciones en el Señor.
También yo me regocijo con vosotros, amados hermanos, porque al fin veis ante vuestros ojos el fruto de vuestra fe. Pues que esto es realmente así, cualquiera puede percibirlo respecto de mi hermano y coepíscopo Atanasio, a quien Dios os ha restituido, tanto por la pureza de su vida como en respuesta a vuestras oraciones. De aquí se hace evidente que vuestras súplicas a Dios han sido ofrecidas sin cesar puras y rebosantes de amor; porque, acordándoos de las divinas promesas y de la caridad a ellas unida, que aprendisteis de la instrucción de mi hermano, sabíais con certeza y, según la recta fe que hay en vosotros, preveíais claramente que vuestro obispo, a quien teníais en vuestros devotos corazones como si estuviera siempre presente, no estaría separado de vosotros para siempre. Por lo cual no es necesario que yo os dirija muchas palabras, pues vuestra fe se ha anticipado ya a cuanto yo pudiera decir; y la oración común de todos vosotros se ha cumplido según la gracia de Cristo. Me regocijo, pues, con vosotros y repito que habéis conservado vuestras almas invictas en la fe. Y con mi hermano Atanasio me regocijo igualmente; porque, aun padeciendo muchas aflicciones, jamás se ha olvidado de vuestro amor y deseo; pues aunque por un tiempo parecía apartado de vosotros en persona, estaba siempre presente con vosotros en espíritu. Es más, estoy convencido, amados, de que toda prueba que ha soportado no ha carecido de gloria; pues así vuestra fe y la suya han sido probadas y manifestadas a todos. Pero si no le hubieran acontecido tantos trabajos, ¿quién habría creído que teníais tan gran estima y amor por este eminente prelado, o que él estaba dotado de tan distinguidas virtudes, por las cuales además de ningún modo será defraudado de su esperanza en los cielos? Ha obtenido, por consiguiente, un testimonio de confesión glorioso en todo sentido, tanto en el siglo presente como en el venidero. Pues habiendo padecido tantas y tan diversas pruebas por tierra y por mar, ha pisoteado toda maquinación de la herejía arriana; y aunque a menudo expuesto al peligro a causa de la envidia, despreció la muerte, protegido por Dios todopoderoso y por nuestro Señor Jesucristo, confiando siempre en que no sólo escaparía de las asechanzas [de sus adversarios], sino que también sería restituido para vuestro consuelo y os traería a la vez mayores trofeos de vuestra propia conciencia. Por este medio ha sido dado a conocer como glorioso hasta los confines de toda la tierra, habiendo sido aprobado su mérito por la pureza de su vida, la firmeza de su propósito y su constancia en la doctrina celestial, todo ello atestiguado por vuestra invariable estima y amor. Vuelve, pues, a vosotros más ilustre ahora que cuando partió de vosotros. Porque si el fuego prueba los metales preciosos —hablo del oro y de la plata— para purificarlos, ¿qué puede decirse de un varón tan excelente y proporcionado a su mérito, que después de haber vencido el fuego de tantas calamidades y peligros, ahora os es restituido, declarado inocente no sólo por nosotros, sino también por todo el sínodo? Recibid, pues, con honor y gozo piadosos, amados hermanos, a vuestro obispo Atanasio, junto con los que han sido sus compañeros en la tribulación. Y regocijaos de haber alcanzado el objeto de vuestras oraciones, vosotros que con vuestras cartas de apoyo habéis dado, por así decirlo, de comer y de beber a vuestro pastor, hambriento y sediento de vuestro bien espiritual. Y de hecho fuisteis un consuelo para él mientras peregrinaba en tierra extraña; y lo abrigasteis con vuestros más fieles afectos cuando fue objeto de intrigas y persecuciones. En cuanto a mí, me hace feliz aun representarme en la imaginación el deleite de cada uno de vosotros ante su regreso, los piadosos saludos del pueblo, la gloriosa fiesta de los reunidos para recibirlo y, en verdad, cuál será todo el aspecto de aquel día cuando mi hermano os sea devuelto de nuevo; cuando terminen los pasados trabajos y su anhelado y deseado regreso una todos los corazones en la más cálida expresión de gozo. Este sentimiento se extenderá en altísimo grado a nosotros, que consideramos como una muestra del favor divino el haber sido privilegiados de llegar a conocer a una persona tan eminente. Nos corresponde, por tanto, cerrar esta epístola con una oración. Que Dios todopoderoso y su Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, os concedan continuamente esta gracia, recompensando así la admirable fe que habéis manifestado respecto de vuestro obispo con un ilustre testimonio: que lo más excelente que 'ojo no vio, ni oído oyó, ni ha subido al corazón del hombre, lo que Dios ha preparado para los que le aman,' [] os aguarde a vosotros y a los vuestros en el mundo venidero, por nuestro Señor Jesucristo, por quien sea la gloria a Dios todopoderoso por los siglos de los siglos. Amén. Ruego para que seáis fortalecidos, amados hermanos.
Atanasio, confiando en estas cartas, llegó a Oriente. El emperador Constancio no lo recibió entonces con hostilidad de ánimo; sin embargo, a instigación de los arrianos, intentó tenderle asechanzas y le dirigió estas palabras: 'Has sido restablecido en tu sede conforme al decreto del sínodo y con nuestro consentimiento. Pero como algunos del pueblo de Alejandría se niegan a estar en comunión contigo, permíteles tener una iglesia en la ciudad.' A esta exigencia respondió Atanasio prontamente: 'Tú tienes poder, soberano mío, tanto para ordenar como para llevar a efecto cuanto te plazca. Yo, por tanto, te rogaría también que me concedieras un favor.' Habiendo el emperador prometido de buen grado acceder, Atanasio inmediatamente añadió que deseaba que se le concediera lo mismo que el emperador había solicitado de él, a saber: que en cada ciudad se asignara una iglesia a quienes se negaran a estar en comunión con los arrianos. Los arrianos, percibiendo que el propósito de Atanasio era contrario a sus intereses, dijeron que este asunto podía posponerse para otro momento; pero permitieron que el emperador obrara como le pluguiera. Restituyó, pues, a Atanasio, a Pablo y a Marcelo sus respectivas sedes; y también a Asclepas, obispo de Gaza, y a Lucio de Adrianópolis. Pues también éstos habían sido recibidos por el Concilio de Sárdica: Asclepas, porque mostró actas de las cuales resultaba que Eusebio Pánfilo, junto con otros varios, después de haber examinado su causa, lo había restituido a su antigua dignidad; y Lucio, porque sus acusadores habían huido. En esto, los edictos del emperador fueron despachados a sus respectivas ciudades, ordenando a los habitantes recibirlos de buen grado. En Ancira, ciertamente, cuando Basilio fue expulsado y Marcelo fue introducido en su lugar, se produjo un tumulto considerable, que dio ocasión a sus enemigos para calumniarlo; pero el pueblo de Gaza recibió de buena voluntad a Asclepas. Macedonio, en Constantinopla, cedió por un breve tiempo a Pablo, reuniendo asambleas por su cuenta y separadamente, en una iglesia distinta de aquella ciudad. Además, el emperador escribió en favor de Atanasio a los obispos, al clero y al pueblo, respecto a recibirlo gozosamente; y al mismo tiempo ordenó por otras cartas que todo lo que se había decretado contra él en los tribunales judiciales quedara abrogado. Las comunicaciones relativas a ambos asuntos fueron las siguientes:
Epístola de Constancio en favor de Atanasio.
Víctor Constancio Máximo Augusto, a los obispos y presbíteros de la Iglesia católica.
El reverendísimo obispo Atanasio no ha sido desamparado por la gracia de Dios. Pues aunque por un breve tiempo fue sometido a prueba según los hombres, ha obtenido de la Providencia omnisciente la exoneración que le era debida; habiendo sido restituido por la voluntad de Dios y por nuestra decisión, tanto a su patria como a la iglesia que por permisión divina presidía. Fue, por tanto, conveniente que lo que se conforma a esto fuera debidamente atendido por nuestra clemencia: de modo que todo lo que anteriormente se había decretado contra los que estaban en comunión con él quede ahora rescindido; que toda sospecha contra él cese en adelante; y que la inmunidad de que antes gozaban aquellos clérigos que están con él sea, como es justo, confirmada. Además, consideramos justo añadir esto a nuestra gracia para con él: que todo el cuerpo eclesiástico entienda que se extiende protección a todos los que se han adherido a él, sean obispos u otros clérigos; y la unión con él será prueba suficiente de la recta intención de cada uno. Por lo cual hemos ordenado, a semejanza de la providencia anterior, que cuantos tengan el buen juicio de alistarse con el partido y el parecer más sanos y elegir su comunión, gocen de aquella indulgencia que ahora hemos concedido de acuerdo con la voluntad de Dios.
Otra epístola enviada a los alejandrinos.
Víctor Constancio Máximo Augusto, al pueblo de la Iglesia católica de Alejandría.
Proponiéndonos como fin vuestro buen orden en todos los aspectos, y sabiendo que desde hace tiempo habéis estado privados de la superintendencia episcopal, consideramos justo enviaros de nuevo a Atanasio, vuestro obispo, varón conocido de todos por la rectitud y santidad de su vida y costumbres. Habiéndolo recibido con vuestra acostumbrada y conveniente cortesía, y habiéndolo constituido en auxiliar de vuestras oraciones a Dios, esforzaos por mantener en todo momento, según el canon eclesiástico, la armonía y la paz, que serán tan honorables para vosotros como gratas para nosotros. Pues no es razonable que se suscite entre vosotros disensión o facción alguna hostil a la prosperidad de nuestros tiempos; y confiamos en que tal desgracia se apartará por completo de vosotros. Os exhortamos, por tanto, a perseverar asiduamente en vuestras acostumbradas devociones, con la ayuda de aquél, como antes dijimos, de suerte que cuando esta vuestra determinación sea generalmente conocida, entrando en las oraciones de todos, incluso los paganos que aún están esclavizados en la ignorancia del culto idolátrico, se apresuren a buscar el conocimiento de nuestra sagrada religión, amadísimos alejandrinos. De nuevo, pues, os exhortamos a atender estas cosas: acoged de corazón a vuestro obispo, como quien os ha sido designado por la voluntad de Dios y por nuestro decreto; y consideradlo digno de ser abrazado con todos los afectos de vuestras almas. Pues esto os conviene y es consecuente con nuestra clemencia. Mas para reprimir toda tendencia a sediciones y tumultos en personas de índole facciosa, se han dado órdenes a nuestros jueces de entregar al rigor de las leyes a todos los que descubran ser sediciosos. Teniendo en cuenta, por tanto, nuestra determinación y la de Dios, así como la ansiedad que sentimos por asegurar la armonía entre vosotros, y recordando también el castigo que se infligirá a los desordenados, poned especial cuidado en obrar conforme a las sanciones de nuestra sagrada religión, honrando con toda reverencia a vuestro obispo; para que así, en unión con él, presentéis vuestras súplicas al Dios y Padre del universo, tanto por vosotros mismos como por el ordenado gobierno de todo el género humano.
Una epístola sobre la abrogación de los decretos contra Atanasio.
Víctor Constancio Augusto, a Nestorio, y en los mismos términos a los gobernadores de Augustámnica, Tebaida y Libia.
Si se hallare que en algún tiempo anterior se ha promulgado alguna disposición perjudicial y derogatoria para los que están en comunión con el obispo Atanasio, nuestra voluntad es que ahora quede enteramente abrogada; y que su clero goce de nuevo de la misma inmunidad que anteriormente le fue otorgada. Ordenamos estricta obediencia a este mandato, con el fin de que, puesto que el obispo Atanasio ha sido restituido a su iglesia, todos los que están en comunión con él posean los mismos privilegios que antes tenían, y tales como los que ahora gozan los demás eclesiásticos; para que, así, arreglados felizmente sus asuntos, también ellos participen de la prosperidad general.
Capítulo 24. Atanasio, al pasar por Jerusalén en su regreso a Alejandría, es recibido en comunión por Máximo; y un sínodo de obispos, convocado en aquella ciudad, confirma el Credo niceno
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Atanasio, el obispo, fortalecido con tales cartas, pasó por Siria y llegó a Palestina. Al llegar a Jerusalén informó al obispo Máximo tanto de lo que se había hecho en el Concilio de Sárdica como de que el emperador Constancio había confirmado su decisión; propuso entonces que se celebrara allí un sínodo de obispos. Máximo, por tanto, sin demora envió a llamar a algunos de los obispos de Siria y Palestina y, habiendo reunido un concilio, restituyó a Atanasio a la comunión y a su antigua dignidad. Después de lo cual el sínodo comunicó por carta a los alejandrinos y a todos los obispos de Egipto y Libia lo que se había resuelto respecto a Atanasio. Ante esto, los adversarios de Atanasio se burlaron en extremo de Máximo, porque, habiendo contribuido antes a su deposición, había cambiado de pronto de parecer y, como si nada hubiera ocurrido antes, había votado por su restauración a la comunión y a su rango. Cuando Ursacio y Valente, que habían sido ardientes partidarios del arrianismo, se enteraron de estas cosas, condenando su celo anterior, fueron a Roma, donde presentaron su retractación al obispo Julio y dieron su asentimiento a la doctrina de la consustancialidad; escribieron también a Atanasio y expresaron su disposición a mantener en adelante la comunión con él. Así, Ursacio y Valente fueron en aquel tiempo dominados por la buena fortuna de Atanasio e inducidos a reconocer la fe ortodoxa. Atanasio pasó por Pelusio camino de Alejandría y amonestó a los habitantes de cada ciudad a guardarse de los arrianos y a recibir solamente a quienes profesaran la fe homousiana. En algunas de las iglesias realizó también ordenaciones; lo cual dio otro motivo de acusación contra él, por haberse atrevido a ordenar en diócesis ajenas. Tal fue el curso de los asuntos en aquel período respecto a Atanasio.
II, 25
Por aquel tiempo una extraordinaria conmoción sacudió todo el Estado; de sus principales capítulos daremos breve cuenta, pues juzgamos necesario no pasarlos enteramente por alto. Mencionamos en nuestro primer libro que, tras la muerte del fundador de Constantinopla, sus tres hijos le sucedieron en el imperio; ahora debe declararse también que un pariente suyo, Dalmacio, llamado así por su padre, compartió con ellos la autoridad imperial. A esta persona, después de estar asociada con ellos en la soberanía durante muy poco tiempo, los soldados le dieron muerte, sin que Constancio hubiera ordenado ni prohibido su destrucción. La manera en que también Constantino el Joven fue muerto por los soldados al invadir la parte del imperio que correspondía a su hermano ya ha sido registrada más de una vez. Después de su muerte, se suscitó la guerra pérsica contra los romanos, en la cual Constancio no tuvo éxito alguno; pues en una batalla librada de noche en las fronteras de ambos bandos, los persas tuvieron en alguna ligera medida ventaja. Y esto en un tiempo en que los asuntos de los cristianos no estaban menos revueltos, pues había gran perturbación en todas las iglesias por causa de Atanasio y del término homoousion. Habiendo llegado los asuntos a tal extremo, surgió en las regiones occidentales un tirano llamado Magnencio, quien mató a traición a Constante, emperador de la parte occidental del imperio, que residía entonces en las Galias. Hecho esto, estalló una furiosa guerra civil, y Magnencio se apoderó de toda Italia, sometió a su poder África y Libia, e incluso se hizo dueño de las Galias. Pero en la ciudad de Sirmio, en Iliria, los militares proclamaron a otro tirano llamado Vetranión; mientras una nueva perturbación sumió a la propia Roma en conmoción. Pues había un sobrino de Constantino, de nombre Nepociano, quien, apoyado por un grupo de gladiadores, asumió allí la soberanía. Sin embargo, fue muerto por algunos oficiales de Magnencio, quien invadió personalmente las provincias occidentales y sembró la desolación por todas partes.
Capítulo 26. Tras la muerte de Constante, emperador de Occidente, Pablo y Atanasio son expulsados de nuevo de sus sedes; el primero es asesinado camino del destierro; pero el segundo escapa huyendo
II, 26
La confluencia de estos acontecimientos desastrosos ocurrió en un breve espacio de tiempo; pues sucedieron en el cuarto año después del concilio de Sárdica, durante el consulado de Sergio y Nigriniano. Cuando estas circunstancias se divulgaron, toda la soberanía del imperio pareció recaer en Constancio únicamente, quien, proclamado en Oriente único autócrata, hizo los más enérgicos preparativos contra los usurpadores. Entonces los adversarios de Atanasio, pensando que había llegado una coyuntura favorable, formularon de nuevo las acusaciones más calumniosas contra él, antes de su llegada a Alejandría; asegurando al emperador Constancio que estaba subvirtiendo todo Egipto y Libia. Y el haberse atrevido a ordenar fuera de los límites de su propia diócesis contribuyó no poco a dar crédito a las acusaciones contra él. Entretanto, en esta coyuntura, Atanasio entró en Alejandría; y habiendo convocado un concilio de obispos en Egipto, confirmaron por voto unánime lo que se había decidido en el sínodo de Sárdica y en el reunido en Jerusalén por Máximo. Pero el emperador, imbuido desde hacía tiempo de doctrina arriana, revocó todos los procedimientos indulgentes que tan recientemente había resuelto. Y, en primer lugar, ordenó que Pablo, obispo de Constantinopla, fuera enviado al destierro; a quien los que lo conducían estrangularon en Cucuso, en Capadocia. También fue expulsado Marcelo, y Basilio fue hecho de nuevo gobernante de la iglesia de Ancira. Lucio de Adrianópolis, cargado de cadenas, murió en prisión. Los informes que se hicieron acerca de Atanasio obraron de tal modo en el ánimo del emperador, que en un furor ingobernable mandó que se le diera muerte dondequiera que fuese hallado; incluyó además a Teódulo y Olimpio, que presidían iglesias en Tracia, en la misma proscripción. Sin embargo, Atanasio no ignoraba las intenciones del emperador; sino que, al enterarse de ellas, recurrió una vez más a la huida, y así escapó a las amenazas del emperador. Los arrianos denunciaron esta retirada como criminal, particularmente Narciso, obispo de Neronias en Cilicia, Jorge de Laodicea y Leoncio, que entonces tenía a su cargo la iglesia de Antioquía. Esta última persona, siendo presbítero, había sido privada de su rango, porque, para alejar toda sospecha de trato ilícito con una mujer llamada Eustolia, con quien pasaba una parte considerable de su tiempo, se había castrado a sí mismo y, desde entonces, vivía con ella más libremente, sobre la base de que ya no podía haber motivo alguno para malas conjeturas. Posteriormente, sin embargo, a instancias del emperador Constancio, fue creado obispo de la iglesia de Antioquía, después de Esteban, sucesor de Plácito. Baste esto sobre este punto.
Capítulo 27. Macedonio, habiendo tomado posesión de la sede de Constantinopla, inflige mucho daño a quienes disienten de él
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Por aquel tiempo, habiendo sido Pablo depuesto de la manera descrita, Macedonio se convirtió en gobernante de las iglesias de Constantinopla; el cual, adquiriendo grandísimo ascendiente sobre el emperador, suscitó entre los cristianos una guerra de género no menos grave que la que libraban los propios usurpadores. Pues, habiendo persuadido a su soberano a cooperar con él en la devastación de las iglesias, consiguió que cualquier medida perniciosa que decidiera adoptar fuera ratificada por ley. Y por esta causa, en las diversas ciudades se proclamó un edicto y se designó una fuerza militar para llevar a efecto los decretos imperiales. En consecuencia, los que reconocían la doctrina de la consustancialidad fueron expulsados no solo de las iglesias, sino también de las ciudades. Al principio se contentaron con la expulsión; pero a medida que el mal crecía, recurrieron al extremo peor de inducir por la fuerza a la comunión con ellos, cuidándose bien poco de semejante profanación de las iglesias. Su violencia, en verdad, no era apenas menor que la de aquellos que antaño habían obligado a los cristianos a adorar ídolos; pues aplicaban toda clase de azotes, variedad de torturas y confiscación de bienes. Muchos fueron castigados con el destierro; algunos murieron bajo tortura; y otros fueron ejecutados mientras eran conducidos al exilio. Estas atrocidades se ejercieron en todas las ciudades orientales, pero especialmente en Constantinopla; la discordia interna, que antes era solo ligera, fue así salvajemente aumentada por Macedonio tan pronto como obtuvo el obispado. Sin embargo, las ciudades de Grecia e Iliria, junto con las de las regiones occidentales, gozaban todavía de tranquilidad, puesto que conservaban la armonía entre sí y seguían adhiriéndose a la regla de fe promulgada por el concilio de Nicea.
Capítulo 28. Relato de Atanasio sobre los actos de violencia cometidos en Alejandría por Jorge el Arriano
II, 28
Qué crueldades perpetró Jorge en Alejandría al mismo tiempo puede saberse por la narración de Atanasio, quien sufrió y presenció los acontecimientos. En su 'Apología de su huida', hablando de estos sucesos, se expresa así:
'Además, vinieron a Alejandría buscando de nuevo destruirme; y en esta ocasión sus procedimientos fueron peores que antes; pues, habiendo rodeado de repente la iglesia los soldados, se levantó el estruendo de la guerra en lugar de la voz de la oración. Después, a su llegada durante la Cuaresma, Jorge, enviado desde Capadocia, añadió al mal que se le había instruido hacer. Pasada la semana de Pascua, las vírgenes fueron arrojadas a prisión, los obispos fueron llevados encadenados por los soldados, y hasta las moradas de huérfanos y viudas fueron allanadas por la fuerza y saqueadas sus provisiones. Los cristianos eran asesinados de noche; las casas eran selladas; y los parientes del clero eran puestos en peligro por su causa. Aun estas atrocidades eran espantosas; pero las que siguieron lo fueron todavía más. Pues en la semana siguiente al santo Pentecostés, el pueblo, habiendo ayunado, salió al cementerio a orar, porque todos sentían aversión a la comunión con Jorge; informado de esto aquel hombre malvadísimo, instigó contra ellos a Sebastián, un oficial que era maniqueo. Este, en consecuencia, al frente de un cuerpo de tropas armadas con espadas desenvainadas, arcos y dardos, salió a atacar al pueblo, aunque era el día del Señor; hallando solo a pocos orando —pues la mayor parte se había retirado por lo avanzado de la hora— realizó hazañas como cabía esperar de ellos. Habiendo encendido un fuego, colocó a las vírgenes cerca de él, para obligarlas a decir que eran de la fe arriana; pero viendo que se mantenían firmes y despreciaban el fuego, las desnudó entonces y las golpeó de tal modo en el rostro, que durante mucho tiempo después apenas podían ser reconocidas. Apresando también a unos cuarenta hombres, los azotó de manera extraordinaria; pues de tal modo les laceró las espaldas con varas recién cortadas de la palmera, que aún tenían sus espinas, que algunos se vieron obligados a recurrir repetidamente a auxilio quirúrgico para que les extrajeran las espinas de la carne, y otros, incapaces de soportar la agonía, murieron bajo este tormento. A todos los supervivientes, junto con una virgen, los desterraron al Gran Oasis. Los cuerpos de los muertos ni siquiera los entregaron a sus parientes, sino que, negándoles los ritos de sepultura, los ocultaron como les pareció conveniente, para que no aparecieran las pruebas de su crueldad. Hicieron esto obrando como locos. Pues mientras los amigos de los difuntos se alegraban por causa de su confesión, pero lamentaban que sus cuerpos estuvieran insepultos, la impía inhumanidad de estos actos se divulgaba más claramente. Pues poco después de esto enviaron al destierro, fuera de Egipto y de las dos Libias, a los siguientes obispos: Amonio, Thmuis, Cayo, Filón, Hermes, Plinio, Psenosiris, Nilamón, Agatón, Anagamfo, Marcos, Amonio, otro Marcos, Draconcio, Adelfio y Atenodoro; y a los presbíteros Hierax y Discoro. Y con tanta dureza los trataron al conducirlos, que algunos expiraron durante el camino y otros en el lugar del destierro. De esta manera se deshicieron de más de treinta obispos, pues el ansioso deseo de los arrianos, como el de Acab, era exterminar la verdad si era posible.'
Tales son las palabras de Atanasio acerca de las atrocidades perpetradas por Jorge en Alejandría. Entretanto, el emperador condujo su ejército a Iliria. Pues allí la urgencia de los asuntos públicos exigía su presencia, y especialmente la proclamación de Vetranión como emperador por los militares. Al llegar a Sirmio, tuvo una conferencia con Vetranión durante una tregua; y lo manejó de tal modo que los soldados que antes se habían declarado por él cambiaron de bando y aclamaron a Constancio únicamente como Augusto y autócrata soberano. En las aclamaciones, por tanto, no se hizo mención alguna de Vetranión. Vetranión, viéndose abandonado, se arrojó al instante a los pies del emperador; Constancio, quitándole su corona imperial y la púrpura, lo trató con gran clemencia y le recomendó pasar el resto de sus días tranquilamente en condición de ciudadano particular, observando que una vida de reposo en su avanzada edad era mucho más adecuada que una dignidad que acarreaba ansiedades y cuidados. Los asuntos de Vetranión llegaron a este desenlace; y el emperador ordenó que se le diera una generosa asignación de los ingresos públicos. Escribiendo a menudo después al emperador durante su residencia en Prusa, en Bitinia, Vetranión le aseguraba que le había conferido la mayor bendición al liberarlo de las inquietudes que son inseparables compañeras del poder soberano. Añadiendo que él mismo no obraba sabiamente al privarse de aquella felicidad en el retiro que le había otorgado. Baste esto sobre este punto. Después de estas cosas, el emperador Constancio, habiendo creado César a su pariente Galó y dándole su propio nombre, lo envió a Antioquía de Siria, proveyendo así a la guarda de las regiones orientales. Cuando Galó entraba en esta ciudad, apareció en Oriente la señal del Salvador; pues una columna en forma de cruz vista en los cielos causó gran asombro a los espectadores. El emperador envió a sus demás generales contra Magnencio con fuerzas considerables, y él mismo permaneció en Sirmio aguardando el curso de los acontecimientos.