Capítulo 9. La carta del sínodo relativa a sus decisiones: y la condena de Arrio y de quienes coincidían con él
I, 9
A la santa, por la gracia de Dios, y gran iglesia de los alejandrinos, y a nuestros amados hermanos de todo Egipto, Libia y Pentápolis, los obispos reunidos en Nicea, que constituyen el grande y santo sínodo, envían saludo en el Señor.
Habiéndose, por la gracia de Dios, reunido en Nicea un grande y santo sínodo, convocados por nuestro piadosísimo soberano Constantino desde diversas ciudades y provincias para este fin, nos pareció indispensable que se os dirigiera una carta de parte del sagrado sínodo, a fin de que sepáis qué asuntos se sometieron a examen y cuáles fueron finalmente decididos y decretados.
En primer lugar, pues, se examinaron la impiedad y la culpa de Arrio y de sus partidarios en presencia de nuestro religiosísimo emperador Constantino; y se decidió por unanimidad que su impía opinión fuera anatematizada, con todas las expresiones blasfemas que ha proferido, al afirmar que 'el Hijo de Dios surgió de la nada', y que 'hubo un tiempo en que no existía'; diciendo además que 'el Hijo de Dios, por estar dotado de libre albedrío, era capaz tanto de vicio como de virtud'; y llamándolo criatura y obra. Todos estos sentimientos los ha anatematizado el santo sínodo, no teniendo apenas paciencia para soportar la audición de una opinión tan impía o, más bien, de semejante locura y de tales palabras blasfemas. Pero la conclusión de nuestras actuaciones contra él o bien habéis de haberla conocido ya, o pronto la sabréis; pues no querríamos parecer que pisoteamos a un hombre que ha recibido el castigo que su crimen merecía. Sin embargo, tan contagioso ha resultado su pestilente error, que ha arrastrado a la perdición a Teonas, obispo de Marmárica, y a Segundo de Tolemaida; pues han sufrido la misma condena que él. Pero cuando la gracia de Dios nos libró de aquellos execrables dogmas, con toda su impiedad y blasfemia, y de aquellas personas que se habían atrevido a causar discordia y división entre un pueblo antes pacífico, quedaba todavía la contumacia de Melecio [por tratar] y de los que habían sido ordenados por él; y ahora os exponemos, amados hermanos, qué resolución adoptó el sínodo sobre este punto. Se decretó, movido el sínodo a gran clemencia hacia Melecio, aunque en rigor era enteramente indigno de favor, que permaneciera en su propia ciudad, pero que no ejerciera autoridad alguna ni para ordenar ni para designar para la ordenación; y que no se presentara en ningún otro distrito o ciudad con este pretexto, sino que retuviera simplemente una dignidad nominal. Que los que habían recibido nombramientos de él, después de haber sido confirmados por una ordenación más legítima, fueran admitidos a la comunión con estas condiciones: que continuaran manteniendo su rango y ministerio, pero que se consideraran inferiores en todo respecto a todos los que han sido ordenados y establecidos en cada lugar e iglesia por nuestro honorable compañero de ministerio, Alejandro, de modo que no tengan autoridad para proponer o designar a quienes quieran, ni para hacer nada en absoluto sin el concurso de algún obispo de la Iglesia católica que sea uno de los sufragáneos de Alejandro. Por otra parte, aquellos que por la gracia de Dios y vuestras oraciones no se han hallado en cisma alguno, sino que han permanecido irreprochables en la Iglesia católica, tendrán autoridad para designar y ordenar a los que sean dignos del sagrado oficio, y para actuar en todas las cosas conforme a la ley y costumbre eclesiásticas. Cuando suceda que muera alguno de los que ocupan cargos en la iglesia, entonces que los que han sido admitidos recientemente sean elevados a la dignidad del difunto, con tal de que parezcan dignos y de que el pueblo los elija, ratificando también el obispo de Alejandría su elección. Este privilegio se concede ciertamente a todos los demás, pero a Melecio en persona de ningún modo le otorgamos la misma licencia, a causa de su anterior conducta desordenada y de la temeridad y ligereza de su carácter, para que no se le dé autoridad ni jurisdicción alguna, como hombre capaz de provocar de nuevo semejantes disturbios. Estas son las cosas que afectan especialmente a Egipto y a la santísima iglesia de los alejandrinos; y si se ha establecido algún otro canon u ordenanza, estando presente con nosotros nuestro señor y honorable compañero de ministerio y hermano Alejandro, a su regreso a vosotros entrará en detalles más minuciosos, puesto que ha sido partícipe de cuanto se ha tratado y ha tenido la dirección principal del asunto. Tenemos también una grata noticia que comunicaros acerca de la unidad de criterio sobre la cuestión de la santísima fiesta de la Pascua: pues este punto también se ha resuelto felizmente mediante vuestras oraciones; de modo que todos los hermanos de Oriente que hasta ahora han celebrado esta fiesta cuando la hacían los judíos, en adelante se conformarán a los romanos y a nosotros, y a todos los que desde el principio han observado nuestro período de celebración de la Pascua. Gozosos, pues, por estas conclusiones y por la unanimidad y paz generales, así como por la extirpación de toda herejía, recibid con mayor honor y más abundante amor a nuestro compañero de ministerio y vuestro obispo Alejandro, que nos ha deleitado grandemente con su presencia y, aun en su avanzada edad, ha soportado esfuerzos extraordinarios para que la paz pudiera restablecerse entre vosotros. Orad en favor de todos nosotros, para que lo decidido como justo se mantenga inviolablemente mediante Dios todopoderoso y nuestro Señor Jesucristo, juntamente con el Espíritu Santo; a quien sea la gloria por siempre. Amén.
Esta epístola del sínodo deja claro que no sólo anatematizaron a Arrio y a sus partidarios, sino también las mismas expresiones de sus doctrinas; y que, habiendo acordado entre sí respecto de la celebración de la Pascua, readmitieron a la comunión al heresiarca Melecio, permitiéndole conservar su rango episcopal, pero despojándolo de toda autoridad para actuar como obispo. Por esta razón, supongo, aún en la actualidad los melitianos de Egipto están separados de la iglesia, porque el sínodo privó a Melecio de todo poder. Debe además observarse que Arrio había escrito un tratado sobre su propia opinión, que tituló Thalía; pero el carácter del libro es laxo y disoluto, semejante en su estilo y metros a los cantos de Sotades. Esta producción también la condenó el sínodo al mismo tiempo. Y no fue sólo el sínodo el que se tomó la molestia de escribir cartas a las iglesias anunciando la restauración de la paz, sino que el propio emperador Constantino escribió personalmente y envió a la iglesia de los alejandrinos el siguiente mensaje.
Carta del Emperador.
Constantino Augusto, a la Iglesia católica de los alejandrinos. ¡Amados hermanos, salud! Hemos recibido de la Divina Providencia la inestimable bendición de vernos libres de todo error y unidos en el reconocimiento de una misma y única fe. El diablo ya no tendrá poder alguno contra nosotros, pues todo lo que había maquinado malignamente para nuestra destrucción ha sido enteramente derribado desde los cimientos. El esplendor de la verdad ha disipado por mandato de Dios aquellas disensiones, cismas, tumultos y, por así decirlo, venenos mortales de la discordia. Por lo cual todos adoramos a un solo Dios verdadero y creemos que él existe. Mas para que esto pudiera hacerse, por admonición divina reuní en la ciudad de Nicea a la mayor parte de los obispos; con quienes yo mismo también, que no soy sino uno de vosotros y que me gozo sobremanera en ser vuestro consiervo, emprendí la investigación de la verdad. En consecuencia, todos los puntos que a causa de la ambigüedad parecían ofrecer algún pretexto para la disensión han sido discutidos y examinados con exactitud. Y quiera la Divina Majestad perdonar la terrible enormidad de las blasfemias que algunos proferían desvergonzadamente acerca del poderoso Salvador, nuestra vida y esperanza; declarando y confesando que creen cosas contrarias a las Escrituras divinamente inspiradas. Mientras más de trescientos obispos, notables por su moderación y agudeza intelectual, fueron unánimes en la confirmación de una misma fe, la cual, según la verdad y la legítima construcción de la ley de Dios, no puede ser sino la fe; sólo Arrio, engañado por la sutileza del diablo, resultó ser el único diseminador de este mal, primero entre vosotros y después, con propósitos impíos, también entre otros. Abracemos, pues, aquella doctrina que el Todopoderoso nos ha presentado: volvamos a nuestros amados hermanos, de quienes un irreverente servidor del diablo nos ha separado: vayamos con toda prontitud al cuerpo común y a nuestros propios miembros naturales. Porque esto conviene a vuestra penetración, fe y santidad: que, puesto que se ha probado que el error se debe a quien es enemigo de la verdad, volváis al favor divino. Pues lo que se ha recomendado al juicio de trescientos obispos no puede ser otra cosa que la doctrina de Dios; ya que el Espíritu Santo, morando en las mentes de tantas personas dignas, los ha iluminado eficazmente respecto de la voluntad divina. Por tanto, nadie vacile ni se demore, sino que todos con presteza vuelvan al indudable camino del deber; para que, cuando llegue entre vosotros, lo que será lo antes posible, pueda con vosotros dar las debidas gracias a Dios, inspector de todas las cosas, por haberos revelado la fe pura y restaurado aquel amor por el cual habéis orado. Que Dios os proteja, amados hermanos.
Así escribió el emperador a los cristianos de Alejandría, asegurándoles que la exposición de la fe no se hizo ni precipitadamente ni al azar, sino que fue dictada con mucha investigación y tras riguroso examen: y no que unas cosas se dijeran y otras se silenciaran, sino que todo lo que pudiera aducirse convenientemente en apoyo de cualquier opinión quedó plenamente expuesto. Que nada, en efecto, se determinó precipitadamente, sino que todo se discutió de antemano con minuciosa exactitud; de suerte que cada punto que parecía ofrecer pretexto para la ambigüedad de sentido o la diferencia de opinión fue examinado a fondo, y sus dificultades removidas. En suma, llama pensamiento de Dios al pensamiento de todos los allí reunidos, y no duda de que la unanimidad de tantos obispos eminentes fue efectuada por el Espíritu Santo. Sabino, sin embargo, jefe de la herejía de los macedonios, rechaza intencionadamente estas autoridades y llama a los allí convocados personas ignorantes e iletradas; más aún, casi acusa de ignorancia al propio Eusebio de Cesarea; y no reflexiona que, aun cuando los que constituyeron aquel sínodo hubieran sido laicos, al estar iluminados por Dios y por la gracia del Espíritu Santo, les era del todo imposible errar respecto de la verdad. Sin embargo, oíd además lo que el emperador decretó en otra circular, tanto contra Arrio como contra los que sostenían sus opiniones, enviándola por todas partes a los obispos y al pueblo.
Otra epístola de Constantino.
Víctor Constantino Máximo Augusto, a los obispos y al pueblo.— Puesto que Arrio ha imitado a personas malvadas e impías, es justo que sufra semejante ignominia. Por lo cual, así como Porfirio, aquel enemigo de la piedad, por haber compuesto tratados licenciosos contra la religión, halló una recompensa adecuada, tal que desde entonces lo marcó con infamia, abrumándolo con merecido oprobio, y sus impíos escritos fueron también destruidos; así ahora parece conveniente que tanto Arrio como los que sostienen sus sentimientos sean denominados porfirianos, para que tomen su apelativo de aquellos cuya conducta han imitado. Y además de esto, si se descubriere algún tratado compuesto por Arrio, sea entregado a las llamas, a fin de que no sólo se suprima su depravada doctrina, sino también de que no quede de él memorial alguno por ningún medio. Por tanto, decreto que si alguien fuere sorprendido ocultando un libro compilado por Arrio y no lo presentare inmediatamente y lo quemare, la pena de esta ofensa será la muerte; pues inmediatamente después de la condena el criminal sufrirá la pena capital. ¡Que Dios os guarde!
Otra epístola.
Constantino Augusto, a las Iglesias.
Habiendo experimentado, por la floreciente condición de los asuntos públicos, cuán grande ha sido la gracia del poder divino, juzgué que éste era un objetivo que reclamaba mi cuidado por encima de todas las cosas: que entre las muy bienaventuradas asambleas de la Iglesia católica se mantuviera una sola fe, con amor sincero y piedad uniforme hacia Dios todopoderoso. Pero como percibí que esto no podía establecerse firme y permanentemente a menos que todos, o al menos la mayor parte de los obispos, pudieran reunirse en un mismo lugar y en concilio se discutiera por ellos cada punto de nuestra santísima religión, por eso se congregaron cuantos fue posible, y yo mismo también estuve presente como uno de vosotros; pues no negaré aquello de lo que especialmente me gozo: que soy vuestro consiervo. Todos los puntos se investigaron entonces minuciosamente, hasta que se publicó una decisión aceptable a Aquel que es el inspector de todas las cosas, para promover la uniformidad de juicio y de práctica; de modo que nada quedara en adelante para la disensión o la controversia en materia de fe. Allí también, habiéndose considerado la cuestión relativa al santísimo día de la Pascua, se determinó por común acuerdo que fuera conveniente que todos la celebraran en un solo y mismo día en todas partes. Pues ¿qué puede haber más apropiado, o qué más solemne, que esta fiesta, de la cual hemos recibido la esperanza de la inmortalidad, se guarde invariablemente en un mismo orden y por una razón manifiesta entre todos? Y en primer lugar, parecía muy indigno de esta sacratísima fiesta que la guardáramos siguiendo la costumbre de los judíos; un pueblo que, habiendo empapado sus manos en un ultraje atroz, ha contaminado así sus almas y está merecidamente ciego. Habiendo, pues, desechado su uso, nos es libre procurar que la celebración de esta observancia ocurra en lo futuro según el orden más correcto que hemos guardado desde el primer día de la Pasión hasta el tiempo presente. Por tanto, nada tengáis en común con aquel pueblo tan hostil, los judíos. Hemos recibido del Salvador otro camino; pues se nos ha puesto delante un curso tan legítimo como exacto en nuestra santa religión: siguiéndolo unánimemente, retirémonos, muy honrados hermanos, de aquella detestable asociación. Pues verdaderamente es absurdo que ellos se jacten de que somos incapaces de observar rectamente estas cosas sin su instrucción. Porque ¿sobre qué asunto serán competentes para formar un juicio correcto quienes, después de aquel asesinato de su Señor, habiendo sido privados de sus sentidos, no son guiados por motivo racional alguno, sino por un impulso ingobernable, adondequiera que los arrastre su innata furia? De ahí procede, por tanto, que incluso en este particular no perciban la verdad, de modo que, errando constantemente en grado sumo, en lugar de hacer una corrección adecuada, celebran la fiesta de la Pascua por segunda vez en el mismo año. ¿Por qué, pues, habríamos de seguir el ejemplo de quienes consta que están infectados de un grave error? ¡Seguramente no habríamos de permitir jamás que la Pascua se guarde dos veces en un solo y mismo año! Pero aun si estas consideraciones no se os hubieran presentado, correspondía a vuestra prudencia en todo tiempo velar, tanto con diligencia como con oración, para que la pureza de vuestra alma no tenga comunión alguna, ni parezca tenerla, con las costumbres de hombres tan enteramente depravados. Además debe considerarse también esto: que en un asunto tan importante y de tal significación religiosa, el más leve desacuerdo es sumamente irreverente. Pues nuestro Salvador nos dejó un solo día para observar en conmemoración de nuestra liberación, es decir, el día de su santísima Pasión; quiso también que su Iglesia católica fuera una; cuyos miembros, por mucho que estén dispersos en diversos lugares, son no obstante sostenidos por un solo Espíritu, es decir, por la voluntad de Dios. Considere la prudencia propia de vuestro sagrado carácter cuán grave e indecoroso es que en los mismos días unos observen ayunos, mientras otros celebran fiestas; y que después de los días de Pascua unos se entreguen a festividades y regocijos, y otros se sometan a ayunos señalados. Por esta razón, pues, la Divina Providencia dispuso que se efectuara una corrección apropiada y se estableciera la uniformidad de práctica, según supongo que todos sabéis.
Siendo, pues, conveniente que esto se enmendara de tal modo que nada tuviéramos en común con aquella nación de parricidas y de los que dieron muerte a su Señor; y siendo decoroso el orden que observan todas las iglesias de las regiones occidentales, meridionales y septentrionales, y también algunas de las orientales; por estas consideraciones, por ahora todos estimaron oportuno, y yo me comprometí a que ello fuera satisfactorio a vuestra prudente penetración, que lo que se observa con tan general unanimidad de sentimiento en la ciudad de Roma, en toda Italia, en África, en todo Egipto, en España, en Francia, en Bretaña, en Libia, en toda Grecia y en las diócesis de Asia, del Ponto y de Cilicia, vuestra inteligencia también lo aceptara de buen grado; reflexionando asimismo que no sólo hay mayor número de iglesias en los lugares antes mencionados, sino que además es obligación sumamente sagrada que todos deseen en común aquello que la razón estricta parece exigir y lo que no tiene comunión alguna con el perjurio de los judíos. Mas, para resumir brevemente el asunto, se determinó por común consentimiento que la festividad santísima de la Pascua se solemnizara en un solo y mismo día; pues ni siquiera es decoroso que en tan sagrada solemnidad exista diferencia alguna; y es más loable adoptar aquella opinión en la que no habrá mezcla de error extraño ni desviación de lo recto. Siendo, pues, estas cosas así coherentes, recibid con gozo este mandato celestial y verdaderamente divino; porque todo cuanto se hace en las sagradas asambleas de los obispos se refiere a la voluntad divina. Por lo cual, cuando hayáis dado a conocer a todos nuestros amados hermanos lo que se ha prescrito, os corresponde publicar las declaraciones arriba escritas, aceptar el razonamiento que se ha aducido y establecer esta observancia del día santísimo; para que, cuando yo llegue a la vista larga y ardientemente deseada de vuestro orden, pueda celebrar con vosotros la sagrada festividad en un solo y mismo día, y regocijarme con vosotros por todas las cosas, viendo cómo la crueldad satánica queda frustrada por el poder divino mediante nuestros esfuerzos, mientras vuestra fe, paz y concordia florecen por doquier. Que Dios os guarde, amados hermanos.
Otra epístola a Eusebio.
Víctor Constantino Máximo Augusto, a Eusebio.
Puesto que un propósito impío y la tiranía han perseguido hasta el presente a los siervos de Dios nuestro Salvador, he sido informado con crédito y estoy plenamente persuadido, amadísimo hermano, de que todos nuestros sagrados edificios, o por negligencia han caído en ruina, o por temor del peligro inminente no han sido adornados con la dignidad debida. Mas ahora que la libertad ha sido restaurada y que aquel dragón perseguidor, Licinio, por la providencia del Altísimo Dios y por nuestra intervención, ha sido apartado de la administración de los asuntos públicos, imagino que el poder divino se ha manifestado a todos, y al mismo tiempo que aquellos que por temor o incredulidad cayeron en cualesquiera pecados, habiendo reconocido al Dios vivo, vendrán al curso verdadero y recto de la vida. Por tanto, ordenad a las iglesias sobre las que vos mismo presidís, así como a los demás obispos que presiden en diversos lugares, juntamente con los presbíteros y diáconos a quienes conocéis, que sean diligentes respecto de los edificios sagrados, ya sea reparando los que permanecen en pie, o ampliándolos, o erigiendo otros nuevos dondequiera que sea necesario. Y pedid vos mismo, y los demás por medio de vos, los suministros necesarios tanto a los gobernadores de las provincias como a los oficiales de la prefectura pretoriana; pues se les han dado instrucciones para que ejecuten con toda diligencia las órdenes de vuestra santidad. Que Dios os guarde, amado hermano.
Estas instrucciones concernientes a la edificación de iglesias fueron enviadas por el emperador a los obispos de cada provincia; pero lo que escribió a Eusebio de Palestina acerca de la preparación de algunas copias de las Escrituras, podemos saberlo por las propias cartas:
Víctor Constantino Máximo Augusto, a Eusebio de Cesarea.
En la ciudad que deriva de nosotros su nombre, una grandísima multitud de personas, por la providencia auxiliadora de nuestro Dios Salvador, se ha unido a la santísima Iglesia, de modo que ésta ha recibido allí un aumento muy grande. Es, pues, necesario que en aquel lugar se provean más iglesias; por lo cual, entrad de todo corazón en el propósito que he concebido. He creído conveniente comunicar esto a vuestra prudencia: que ordenéis transcribir en pergamino bien preparado, por escribientes competentes y diestros con exactitud en su arte, cincuenta copias de las Sagradas Escrituras, descritas con claridad y de tamaño portátil, cuya provisión y uso sabéis que son necesarios para la instrucción de la Iglesia. También se han despachado cartas de nuestra clemencia al agente financiero de la diócesis para que tenga cuidado de proveer todo lo necesario para su preparación. A fin de que estas copias se tengan listas lo más rápidamente posible, sea tarea de vuestra diligencia; y estáis autorizado, en virtud de esta carta nuestra, a usar dos de los carruajes públicos para su transporte; pues así las copias que se transcriban de manera más satisfactoria podrán ser fácilmente traídas para nuestra inspección, cumpliendo este encargo uno de los diáconos de vuestra iglesia; el cual, cuando llegue a nosotros, experimentará nuestra liberalidad. Que Dios os guarde, amado hermano.
Otra epístola a Macario.
Víctor Constantino Máximo Augusto, a Macario de Jerusalén.— Tan grande es la gracia de nuestro Salvador, que ninguna abundancia de palabras parece adecuada para expresar su manifestación presente. Pues que el monumento de su santísima pasión, oculto largo tiempo bajo tierra, haya permanecido escondido durante un período de tantos años, hasta que, por la destrucción del enemigo común de todos, resplandezca ante sus propios siervos después de haber éstos recobrado la libertad, excede toda admiración. Porque si todos cuantos en toda la tierra habitable son tenidos por sabios se reunieran en un mismo lugar, deseando decir algo digno del acontecimiento, quedarían infinitamente por debajo de la menor parte de él; pues la aprehensión de este prodigio trasciende tanto a toda naturaleza capaz de razonamiento humano, cuanto las cosas celestiales son más poderosas que las humanas. De ahí, por tanto, que éste sea siempre mi propósito especial: que, así como la credibilidad de la verdad se demuestra diariamente con nuevos milagros, así las almas de todos nosotros se vuelvan más diligentes respecto de la santa ley, con modestia y unánime empeño. Mas deseo que sepáis plenamente lo que concibo que es bastante conocido en general: que ahora es mi principal cuidado que adornemos con magníficas estructuras aquel lugar santificado, que por disposición de Dios he liberado de una adición vergonzosa de un ídolo, como de una carga gravosa; el cual fue ciertamente consagrado desde el principio en el propósito de Dios, pero ha sido santificado más manifiestamente desde que Él ha sacado a la luz la evidencia de la pasión del Salvador. Por lo cual, corresponde a vuestra prudencia hacer tales disposiciones y provisión de todo lo necesario, que no sólo se edifique una iglesia en sí misma superior a cualquiera otra de cualquier parte, sino que las demás partes de ella sean también tales que todos los edificios más espléndidos de cada ciudad queden superados por ésta. En cuanto a la ejecución y casta hechura de los muros, sabed que hemos confiado el cuidado de estas cosas a nuestro amigo Draciliano, lugarteniente de los ilustrísimos prefectos del pretorio, y al gobernador de la provincia; pues mi piedad ha ordenado que artífices y obreros, y cualesquiera otras cosas que según vuestra sagacidad se les informe ser necesarias para la estructura, sean enviados inmediatamente por medio de su cuidado. Respecto de las columnas o de los mármoles, todo cuanto juzguéis más precioso y útil, vos mismo, después de haber inspeccionado el plano, cuidad de escribirnos; para que cuando entendamos por vuestra carta cuántas cosas y de qué clase pueda haber necesidad, éstas os sean enviadas de todas partes; porque es justo que el lugar más admirable del mundo sea adornado conforme a su dignidad. Mas deseo saber de vos si consideráis que la bóveda de la basílica debe ser artesonada o construida según algún otro plan; pues si ha de ser artesonada, también puede ser decorada con oro. Resta que vuestra santidad informe a los oficiales antes mencionados lo antes posible cuántos obreros y artífices, y cuánto dinero para gastos, habréis menester. Tened cuidado al mismo tiempo de informarme con prontitud, no sólo acerca de los mármoles y las columnas, sino también acerca de la bóveda artesonada, si en verdad decidierais que ésta es la más hermosa. Que Dios os guarde, amado hermano.
Habiendo escrito además el emperador otras cartas de carácter más oratorio contra Arrio y sus partidarios, hizo que se publicaran por todas partes en las ciudades, exponiéndolo al ridículo y zahiriéndolo con ironía. Es más, escribiendo a los nicomedios contra Eusebio y Teognis, censura la mala conducta de Eusebio, no sólo a causa de su arrianismo, sino también porque, habiendo estado antes bien dispuesto hacia el soberano, había conspirado traidoramente contra sus intereses. Luego los exhorta a elegir a otro obispo en su lugar. Pero he creído superfluo insertar aquí las cartas referentes a estas cosas, a causa de su extensión: quienes lo deseen pueden encontrarlas en otra parte y darles lectura. Basta esta noticia de tales sucesos.
I, 10
La diligencia del emperador me induce a mencionar otra circunstancia expresiva de su ánimo, que sirve para mostrar cuánto deseaba la paz. Pues aspirando a la armonía eclesiástica, convocó al concilio también a Acesio, obispo de la secta de los novacianos. Ahora bien, cuando la declaración de fe hubo sido escrita y suscrita por el sínodo, el emperador preguntó a Acesio si también él estaría de acuerdo con este credo y con la fijación del día en que debía observarse la Pascua. Respondió: "El sínodo no ha determinado nada nuevo, príncipe mío; pues así, desde el principio, desde los tiempos de los apóstoles, he recibido por tradición la definición de la fe y el tiempo de la celebración de la Pascua." Como el emperador le preguntara además: "¿Por qué razón, entonces, te separas tú de la comunión con el resto de la Iglesia?", él refirió lo que había tenido lugar durante la persecución bajo Decio, y aludió a la rigidez de aquel canon austero que declara que no es justo que las personas que después del bautismo han cometido un pecado, al cual las sagradas Escrituras llaman 'un pecado de muerte' [], sean consideradas dignas de participar en los sacramentos; que, en verdad, deben ser exhortadas al arrepentimiento, pero que no han de esperar la remisión del sacerdote, sino de Dios, que puede y tiene autoridad para perdonar los pecados. Cuando Acesio hubo hablado así, el emperador le dijo: "Pon una escalera, Acesio, y sube solo al cielo." Ni Eusebio Pánfilo ni ningún otro ha mencionado jamás estas cosas; pero yo las oí de un hombre de ningún modo propenso a la falsedad, que era muy anciano y que simplemente refería lo que había tenido lugar en el concilio en el curso de una narración. De lo cual conjeturo que quienes han pasado por alto este suceso en silencio fueron movidos por motivos que han influido en muchos otros historiadores; pues con frecuencia suprimen hechos importantes, ya por prejuicio contra algunos, ya por parcialidad hacia otros.
I, 11
Como hemos prometido arriba hacer alguna mención de Pafnucio y Espiridón, es tiempo de hablar de ellos aquí. Pafnucio era entonces obispo de una de las ciudades de la Tebaida superior: era hombre tan favorecido por Dios que por él se obraban milagros extraordinarios. En el tiempo de la persecución había sido privado de uno de sus ojos. El emperador honraba sobremanera a este hombre, y a menudo lo enviaba llamar al palacio y besaba la parte donde el ojo había sido arrancado. Tan gran devoción caracterizaba al emperador Constantino. Baste este solo hecho acerca de Pafnucio; ahora explicaré otra cosa que aconteció a consecuencia de su consejo, tanto para el bien de la Iglesia como para el honor del clero. A los obispos les pareció conveniente introducir una nueva ley en la Iglesia: que quienes estaban en las órdenes sagradas, hablo de obispos, presbíteros y diáconos, no tuvieran trato conyugal con las esposas con las que se habían casado siendo aún laicos. Ahora bien, cuando era inminente la discusión sobre este asunto, Pafnucio, levantándose en medio de la asamblea de obispos, les rogó encarecidamente que no impusieran un yugo tan pesado a los ministros de la religión, afirmando que "el matrimonio mismo es honorable, y el lecho sin mancilla" [], y urgiendo ante Dios que no debían dañar a la Iglesia con restricciones demasiado severas. "Porque no todos los hombres", dijo, "pueden soportar la práctica de una continencia rígida; ni quizá se preservaría la castidad de la esposa de cada uno"; y llamó castidad al trato de un hombre con su legítima esposa. Sería suficiente, pensaba, que quienes ya habían entrado en su sagrada vocación abjuraran del matrimonio, según la antigua tradición de la Iglesia; pero que nadie fuera separado de aquella a quien, antes de ser ordenado, se había unido. Y expresó estos sentimientos aunque él mismo no tenía experiencia del matrimonio y, para hablar con claridad, sin haber conocido jamás mujer; pues desde niño había sido criado en un monasterio, y era especialmente renombrado sobre todos los hombres por su castidad. Toda la asamblea del clero asintió al razonamiento de Pafnucio; por lo cual hicieron callar todo debate ulterior sobre este punto, dejando a la discreción de quienes eran maridos el ejercer la abstinencia, si así lo deseaban, respecto de sus esposas. Esto es suficiente acerca de Pafnucio.
Comentario editorial · Pafnucio y el celibato del clero
Según Sócrates, los obispos reunidos en Nicea quisieron imponer a obispos, presbíteros y diáconos la abstinencia de las esposas con quienes se habían casado siendo laicos. Pafnucio, obispo de la Tebaida Superior, que había perdido un ojo en la persecución, rogó que no se impusiera un yugo tan pesado a los ministros: bastaba con que quien ya era clérigo no se casara después, «según la antigua tradición de la Iglesia», y que nadie fuera separado de la esposa tomada antes de la ordenación. El concilio, dice, lo aceptó (I, 11). Zenos remite a los cánones apostólicos 5, 17, 26 y 51 y recuerda que la Iglesia antigua alentaba el celibato voluntario. Wikipedia advierte que Sócrates es la fuente más antigua que se conserva sobre Pafnucio, que se ha notado que ni Eusebio ni Atanasio lo mencionan y que varios historiadores dudan de que estuviera en Nicea o de que el episodio ocurriera así. Aquí solo se afirma lo que Sócrates cuenta.
I, 12
Respecto a Espiridón, tan grande era su santidad mientras era pastor, que fue considerado digno de ser hecho Pastor de hombres; y habiéndosele asignado el obispado de una de las ciudades de Chipre llamada Trimito, a causa de su extrema humildad continuó apacentando sus ovejas durante el desempeño del obispado. Muchas cosas extraordinarias se cuentan de él; registraré, sin embargo, sólo una o dos, para que no parezca que me aparto de mi asunto. Una vez, hacia medianoche, unos ladrones que habían entrado clandestinamente en su redil intentaron llevarse algunas de las ovejas. Pero Dios, que protegía al pastor, preservó también a sus ovejas; pues los ladrones fueron atados por un poder invisible a los apriscos. Al amanecer, cuando él fue a las ovejas y halló a los hombres con las manos atadas detrás de la espalda, comprendió lo que había sucedido; y después de orar libertó a los ladrones, amonestándolos y exhortándolos encarecidamente a mantenerse con trabajo honrado y a no tomar nada injustamente. Entonces les dio un carnero y los despidió, añadiendo con humor: "para que no parezca que habéis velado toda la noche en vano". Éste es uno de los milagros relacionados con Espiridón. Otro fue de esta clase. Tenía una hija virgen llamada Irene, que participaba de la piedad de su padre. Un conocido le confió para su custodia un adorno de considerable valor; ella, para guardarlo con más seguridad, escondió en la tierra lo que se le había depositado, y no mucho después murió. Posteriormente, el dueño de la propiedad vino a reclamarlo; y no hallando a la virgen, comenzó una conversación acalorada con el padre, a veces acusándolo de intentar defraudarlo, y otras rogándole que le devolviera el depósito. El anciano, considerando la pérdida de esta persona como su propia desgracia, fue al sepulcro de su hija y pidió a Dios que le mostrara antes de su debido tiempo la resurrección prometida. Y no fue defraudado en su esperanza; pues la virgen, reviviendo de nuevo, apareció a su padre y, habiéndole señalado el lugar donde había escondido el adorno, partió una vez más. Tales caracteres como éstos adornaban las iglesias en tiempo del emperador Constantino. Estos detalles los obtuve de muchos habitantes de Chipre. También he hallado un tratado compuesto en latín por el presbítero Rufino, del cual he recogido éstas y algunas otras cosas que se aducirán más adelante.
I, 13
He oído además acerca de Eutiquiano, varón piadoso que floreció por aquel mismo tiempo, el cual pertenecía también a la iglesia novaciana, aunque era venerado por la realización de milagros semejantes. Declararé sin ambages la autoridad en que fundo este relato, y no intentaré ocultarla, aunque con ello ofenda a algunos. Fue Auxanón, presbítero muy anciano de la iglesia novaciana, quien, siendo todavía muy joven, acompañó a Acesio al sínodo de Nicea y me refirió lo que he dicho acerca de él. Su vida se extendió desde aquel tiempo hasta el reinado de Teodosio el Joven; y cuando yo era apenas un muchacho me contó los hechos de Eutiquiano, extendiéndose mucho sobre la gracia divina que en él se manifestaba; pero aludió a una circunstancia, ocurrida en el reinado de Constantino, particularmente digna de mención. Uno de aquellos servidores militares, a quienes el emperador llama sus guardias domésticos [o de corps], habiendo sido sospechoso de prácticas traidoras, buscó su seguridad en la fuga. El monarca, indignado, ordenó que se le diera muerte dondequiera que fuese hallado; y habiendo sido arrestado en el Olimpo de Bitinia, fue cargado de pesadas y dolorosas cadenas y mantenido prisionero cerca de aquellos parajes del Olimpo donde Eutiquiano llevaba vida solitaria y sanaba los cuerpos y las almas de muchos. El anciano Auxanón, entonces muy joven, estaba con él y era instruido por él en la disciplina de la vida monástica. Muchas personas acudían a este Eutiquiano, rogándole que procurara la liberación del prisionero intercediendo por él ante el emperador, pues la fama de los milagros obrados por Eutiquiano había llegado a oídos del emperador. De buen grado prometió ir ante el soberano; pero como las cadenas causaban sufrimiento intolerable, quienes se interesaban en su favor declararon que la muerte por efecto de sus cadenas se anticiparía tanto a la venganza del emperador como a cualquier intercesión que se hiciera por el prisionero. Por consiguiente, Eutiquiano envió a los carceleros rogándoles que aliviaran al hombre; mas ellos respondieron que se pondrían en peligro si aliviaban a un criminal, y entonces él mismo fue a la prisión, acompañado de Auxanón; y como se negaban a abrir la cárcel, la gracia que reposaba sobre Eutiquiano se hizo más manifiesta, pues las puertas de la prisión se abrieron por sí mismas, mientras los carceleros tenían las llaves en su poder. Apenas Eutiquiano, junto con Auxanón, hubo entrado en la prisión, con gran asombro de todos los presentes, los grillos cayeron espontáneamente de los miembros del prisionero. Luego se dirigió con Auxanón a la ciudad que antiguamente se llamaba Bizancio y después Constantinopla, donde, habiendo sido admitido en el palacio imperial, salvó al hombre de la muerte; pues el emperador, que sentía gran veneración por Eutiquiano, concedió de buen grado su petición. Esto, en verdad, ocurrió algún tiempo después [del período al que se refiere esta parte de nuestra historia].
Los obispos que se habían reunido en el concilio de Nicea, después de redactar y registrar algunas otras disposiciones eclesiásticas que suelen llamar cánones, partieron de nuevo a sus respectivas ciudades; y como creo que será apreciado por los amantes del saber, añadiré aquí los nombres de los que estuvieron presentes, en la medida en que he podido averiguarlos, con la provincia y la ciudad sobre las que cada uno presidía, y asimismo la fecha en que tuvo lugar esta asamblea. Osio, que creo era obispo de Córdoba en España, como ya he dicho antes. Vito y Vicencio, presbíteros de Roma; Alejandro, obispo de Egipto; Eustacio de Antioquía Magna; Macario de Jerusalén, y Harpocración de Cinópolis: los nombres de los demás se hallan consignados por completo en el El Sinódico de Atanasio, obispo de Alejandría. Este sínodo se reunió (según hemos descubierto por la notación de la fecha antepuesta al acta del sínodo) en el consulado de Paulino y Juliano, el día 20 de mayo, en el año 636 del reinado de Alejandro el Macedonio. Así se llevó a término la obra del concilio. Ha de notarse que después del concilio el emperador se dirigió a las regiones occidentales del imperio.
Capítulo 14. Eusebio, obispo de Nicomedia, y Teognis, obispo de Nicea, que habían sido desterrados por concordar en opinión con Arrio, habiendo publicado su retractación y asentido al Credo, son restablecidos en sus sedes
I, 14
[Eusebio y Teognis, habiendo enviado una confesión penitencial a los principales obispos, fueron llamados del destierro por un edicto imperial y restituidos a sus propias iglesias, desplazando a los que habían sido ordenados en su lugar; Eusebio [desplazó] a Anfíon, y Teognis a Cresto. Esta es una copia de su retractación escrita:
]
'Habiendo sido condenados hace algún tiempo por vuestra piedad, sin juicio formal, deberíamos soportar en silencio las decisiones de vuestra sagrada sentencia. Pero como no es razonable que con nuestro silencio demos pábulo a los calumniadores contra nosotros, declaramos por la presente que coincidimos enteramente con vosotros en la fe; y también que, después de haber examinado atentamente el significado del término consubstancial, hemos sido por completo estudiosos de la paz, no habiendo seguido jamás la herejía. Después de sugerir cuanto nos pareció conveniente para la seguridad de las iglesias, y de asegurar plenamente a los que estaban bajo nuestra influencia, suscribimos la declaración de fe; no suscribimos el anatematismo, no porque objetáramos el credo, sino porque no creíamos que el acusado fuera tal como se le representaba, habiendo quedado satisfechos sobre este punto, tanto por sus cartas a nosotros como por conversaciones personales. Pero si vuestro santo concilio quedó convencido, nosotros, no oponiéndonos sino concurriendo en vuestras decisiones, con esta declaración les damos nuestro pleno asentimiento y confirmación; y esto no lo hacemos por cansancio del destierro, sino para sacudir la sospecha de herejía. Por tanto, si ahora tuvierais a bien restituirnos a vuestra presencia, nos tendréis en todo conformes y aquiescentes en vuestros decretos; especialmente habiendo parecido bien a vuestra piedad tratar con benignidad y llamar incluso a aquel que fue principalmente acusado. Sería absurdo que nosotros guardáramos silencio, dando así prueba presuntiva contra nosotros mismos, cuando aquel que parecía responsable ha sido autorizado a limpiarse de los cargos que se le imputaban. Dignaos, pues, como conviene a esa vuestra piedad amante de Cristo, recordar a nuestro religiosísimo emperador, presentar nuestras peticiones y determinar prontamente acerca de nosotros de un modo que sea digno de vosotros.'
Tal fue el tenor de la retractación de Eusebio y Teognis; de lo cual infiero que habían suscrito los artículos de fe que se habían propuesto, pero no quisieron hacerse partes en la condena de Arrio. Parece también que Arrio fue llamado antes que ellos; pero, aunque esto sea verdad, se le había prohibido entrar en Alejandría. Esto se evidencia por el hecho de que después ideó para sí un modo de regresar, tanto a la iglesia como a Alejandría, mediante una fingida penitencia, como mostraremos en su lugar oportuno.
Capítulo 15. Después del sínodo, a la muerte de Alejandro, Atanasio es constituido obispo de Alejandría
I, 15
Poco después de esto, habiendo muerto Alejandro, obispo de Alejandría, Atanasio fue puesto al frente de aquella iglesia. Rufino refiere que este [Atanasio], cuando era todavía un niño, jugaba con otros de su edad a un juego sagrado: era una imitación del sacerdocio y del orden de las personas consagradas. En este juego, pues, a Atanasio le correspondió la cátedra episcopal, y cada uno de los otros muchachos representaba o a un presbítero o a un diácono. Los niños se entregaban a este pasatiempo el día en que se celebraba la memoria del mártir y obispo Pedro. En aquel tiempo, Alejandro, obispo de Alejandría, pasando casualmente por allí, observó el juego en que estaban ocupados, y habiendo mandado llamar a los niños, les preguntó qué papel se había asignado a cada uno en el juego, juzgando que algo podría presagiarse por lo que se había hecho. Dio entonces instrucciones de que los niños fueran llevados a la iglesia e instruidos en las letras, pero especialmente Atanasio; y habiéndolo ordenado después diácono al llegar a la edad adulta, lo llevó a Nicea para que lo asistiera en las disputas que allí tuvieron lugar cuando se reunió el sínodo. Este relato acerca de Atanasio lo ha dado Rufino en sus propios escritos; y no es improbable que ocurriera, pues muchas cosas de esta índole han sucedido a menudo. Acerca de este asunto bastará con lo dicho arriba.
Capítulo 16. El emperador Constantino, habiendo engrandecido la antigua Bizancio, la llama Constantinopla
I, 16
Después del sínodo, el emperador pasó algún tiempo en recreo, y tras la celebración pública del vigésimo aniversario de su ascenso, se dedicó inmediatamente a la reparación de las iglesias. Esto lo llevó a efecto tanto en otras ciudades como en la ciudad que lleva su nombre, la cual, habiéndose llamado antes Bizancio, ensanchó, rodeó de macizas murallas y adornó con diversos edificios; y habiéndola hecho igual a la Roma imperial, la llamó Constantinopla, estableciendo por ley que se la designara Nueva Roma. Esta ley fue grabada en una columna de piedra erigida a la vista pública en el Estrategio, cerca de la estatua ecuestre del emperador. Construyó también en la misma ciudad dos iglesias, a una de las cuales llamó Irene, y a la otra Los Apóstoles. Y no sólo mejoró los asuntos de los cristianos, como he dicho, sino que también destruyó la superstición de los paganos; pues sacó sus imágenes a la vista pública para ornamento de la ciudad de Constantinopla, y colocó públicamente los trípodes délficos en el Hipódromo. Acaso parezca ahora superfluo mencionar estas cosas, pues se ven antes de oírse de ellas. Pero en aquel tiempo la causa cristiana recibió su mayor acrecentamiento; pues la Divina Providencia preservó muchísimas otras cosas durante los tiempos del emperador Constantino. Eusebio Pánfilo ha registrado con palabras magníficas las alabanzas del emperador; y consideré que no sería inoportuno aludir así a ellas del modo más conciso posible.
Capítulo 17. La madre del emperador, Helena, habiendo venido a Jerusalén, busca y halla la cruz de Cristo y edifica una iglesia
I, 17
Helena, la madre del emperador (de cuyo nombre, habiendo hecho de Drépano, antaño una aldea, una ciudad, el emperador la llamó Helenópolis), dirigida divinamente por sueños, fue a Jerusalén. Hallando que aquella que fue en otro tiempo Jerusalén estaba desolada 'como cabaña de frutos otoñales,' según el profeta, buscó con cuidado el sepulcro de Cristo, del cual resucitó tras su sepultura; y después de mucha dificultad, con la ayuda de Dios, lo descubrió. Cuál fue la causa de la dificultad lo explicaré en pocas palabras. Los que abrazaron la fe cristiana, después del tiempo de su pasión, veneraban grandemente este sepulcro; pero los que odiaban el cristianismo, habiendo cubierto el lugar con un montón de tierra, erigieron sobre él un templo a Venus y colocaron allí su imagen, sin cuidarse de la memoria del lugar. Esto se mantuvo por mucho tiempo; y llegó a conocimiento de la madre del emperador. Por consiguiente, habiendo ella hecho derribar la estatua, quitar la tierra y despejar enteramente el suelo, halló tres cruces en el sepulcro: una de ellas era aquella bendita cruz en la que Cristo había estado suspendido; las otras dos eran aquellas en las que habían muerto los dos ladrones crucificados con él. Con ellas se halló también la tablilla de Pilato, en la que él había escrito en diversos caracteres que el Cristo crucificado era rey de los judíos. Mas, como era dudoso cuál era la cruz que buscaban, la madre del emperador se afligió no poco; pero de esta preocupación la alivió pronto el obispo de Jerusalén, Macario. Y resolvió la duda por la fe, pues pidió una señal a Dios y la obtuvo. La señal fue esta: una mujer de la vecindad, que había estado largo tiempo afligida por una enfermedad, se hallaba ya a punto de morir; el obispo dispuso, pues, que se llevara cada una de las cruces a la moribunda, creyendo que sanaría al tocar la preciosa cruz. Y no se vio defraudado en su expectativa, pues habiendo sido aplicadas las dos cruces que no eran la del Señor, la mujer continuó en estado moribundo; pero cuando la tercera, que era la cruz verdadera, la tocó, fue sanada al instante y recobró su fuerza anterior. De esta manera, pues, se descubrió la cruz genuina. La madre del emperador erigió sobre el lugar del sepulcro una iglesia magnífica, y la llamó Nueva Jerusalén, habiéndola edificado frente a aquella ciudad vieja y desierta. Allí dejó una porción de la cruz, encerrada en una caja de plata, como memorial para quienes desearan verla; la otra parte la envió al emperador, el cual, persuadido de que la ciudad estaría perfectamente segura allí donde se conservara aquella reliquia, la encerró en secreto en su propia estatua, que se alza sobre una gran columna de pórfido en el foro llamado de Constantino en Constantinopla. He escrito esto ciertamente de oídas; pero casi todos los habitantes de Constantinopla afirman que es verdad. Además, los clavos con que las manos de Cristo fueron fijadas a la cruz (pues su madre, habiéndolos hallado también en el sepulcro, los había enviado) los tomó Constantino y mandó hacer con ellos frenos de brida y un yelmo, que usó en sus expediciones militares. El emperador proveyó todos los materiales para la construcción de las iglesias, y escribió a Macario el obispo para que apresurase estos edificios. Cuando la madre del emperador hubo terminado la Nueva Jerusalén, erigió otra iglesia en nada inferior sobre la cueva de Belén, donde Cristo nació según la carne; y no se detuvo aquí, sino que edificó una tercera en el monte de su Ascensión. Tan devotamente estaba afectada en estas cosas, que oraba en compañía de mujeres; e invitando a las vírgenes inscritas en el registro de las iglesias a un banquete, sirviéndolas ella misma, llevaba los platos a la mesa. Era también muy liberal con las iglesias y con los pobres; y habiendo vivido una vida de piedad, murió a los ochenta años aproximadamente. Sus restos fueron trasladados a Nueva Roma, la capital, y depositados en los sepulcros imperiales.
Capítulo 18. El emperador Constantino abole el paganismo y erige muchas iglesias en diversos lugares
I, 18
Después de esto, el emperador se mostró cada vez más atento a los intereses de los cristianos y abandonó las supersticiones paganas. Abolió los combates de gladiadores y colocó sus propias estatuas en los templos. Y como los paganos afirmaban que era Serapis quien hacía subir el Nilo para regar Egipto, porque solía llevarse un codo a su templo, ordenó a Alejandro que trasladara el codo a la iglesia. Y aunque predecían que el Nilo no se desbordaría por el desagrado de Serapis, sin embargo hubo una inundación al año siguiente y después, que se produjo con regularidad; así se demostró con hechos que la crecida del Nilo no era consecuencia de su superstición, sino de los decretos de la Providencia. Por aquel mismo tiempo, aquellos bárbaros, los sármatas y los godos, hicieron incursiones en territorio romano; pero el empeño del emperador respecto de las iglesias no disminuyó en absoluto, sino que proveyó convenientemente a ambas cosas. Poniendo su confianza en el estandarte cristiano, venció por completo a sus enemigos, hasta el punto de sacudirse el tributo de oro que los emperadores anteriores acostumbraban pagar a los bárbaros; mientras que éstos, aterrorizados por lo inesperado de su derrota, abrazaron entonces por primera vez la religión cristiana, por medio de la cual Constantino había sido protegido. De nuevo construyó otras iglesias, una de las cuales fue erigida cerca de la Encina de Mambré, bajo la cual declaran los Sagrados Oráculos que Abraham hospedó a los ángeles. Pues habiendo sido informado el emperador de que se habían levantado altares bajo aquella encina y que se ofrecían sobre ellos sacrificios paganos, censuró por carta a Eusebio, obispo de Cesarea, y ordenó que los altares fueran demolidos y que se erigiera una casa de oración junto a la encina. Ordenó también que se construyera otra iglesia en Heliópolis de Fenicia, por esta razón. Quién legisló originariamente para los habitantes de Heliópolis no me es posible afirmarlo, pero su carácter y costumbres pueden juzgarse por la [práctica de aquella] ciudad; pues las leyes del país ordenaban que las mujeres de allí fueran comunes, y por tanto los niños nacidos allí eran de ascendencia dudosa, de modo que no había distinción entre padres e hijos. Sus vírgenes también eran ofrecidas para la prostitución a los extranjeros que acudían allí. El emperador se apresuró a corregir este mal que durante mucho tiempo había prevalecido entre ellos. Y promulgando una solemne ley de castidad, eliminó aquel mal vergonzoso y proveyó al reconocimiento mutuo de las familias. Y habiendo construido allí iglesias, cuidó de que se ordenara un obispo y un clero sagrado. Así reformó las corrompidas costumbres del pueblo de Heliópolis. Asimismo demolió el templo de Venus en Afaca, en el monte Líbano, y abolió las infames prácticas que allí se celebraban. ¿Qué necesidad hay de que describa su expulsión del demonio pitónico de Cilicia, al mandar arrasar desde sus cimientos la mansión en que se ocultaba? Tan grande era, en verdad, la devoción del emperador al cristianismo, que cuando estaba a punto de emprender una guerra contra Persia, preparó un tabernáculo hecho de lino bordado a imitación de una iglesia, tal como Moisés lo había hecho en el desierto; [Éxodo xxxv.-xl] y lo construyó de manera que pudiera transportarse de un lugar a otro, a fin de tener una casa de oración aun en las regiones más desiertas. Pero la guerra no se llevó a cabo en aquel tiempo, por impedirlo el temor al emperador. Sería, en mi opinión, fuera de lugar describir aquí la diligencia del emperador en reconstruir ciudades y convertir muchas aldeas en ciudades; como, por ejemplo, Drépano, a la que dio el nombre de su madre, y Constancia en Palestina, llamada así por su hermana. Pues mi tarea no es enumerar las acciones del emperador, sino sencillamente las que están relacionadas con el cristianismo, y especialmente las que se refieren a las iglesias. Por lo cual dejo a otros más competentes para detallar tales asuntos las gloriosas hazañas del emperador, en cuanto que pertenecen a un tema distinto y requieren un tratado aparte. Pero yo mismo habría guardado silencio si la Iglesia hubiera permanecido libre de divisiones; pues donde el asunto no suministra materia para la narración, no hay necesidad de narrador. Sin embargo, puesto que la disputa sutil y vana ha confundido y al mismo tiempo dispersado la fe apostólica del cristianismo, juzgué conveniente registrar estas cosas a fin de que las vicisitudes de las iglesias no se pierdan en la oscuridad. Porque la información precisa sobre estos puntos procura celebridad entre la multitud y, al mismo tiempo, hace que quien la conoce esté más seguro contra el error, y le enseña a no dejarse arrastrar por cualquier sonido vacío de argumentación sofística que acaso oiga.