Capítulo 1. Antemio, prefecto pretoriano, administra el gobierno de Oriente en nombre del joven Teodosio
VII, 1
Tras la muerte de Arcadio el primero de mayo, durante el consulado de Basso y Felipe, su hermano Honorio continuó gobernando las partes occidentales del imperio; pero la administración de Oriente recayó en su hijo Teodosio el Joven, que entonces sólo tenía ocho años. La gestión de los asuntos públicos fue, por tanto, confiada a Antemio, prefecto pretoriano, nieto de aquel Felipe que en el reinado de Constancio expulsó a Pablo de la sede de Constantinopla y estableció en su lugar a Macedonio. Por sus órdenes, Constantinopla fue rodeada de altas murallas. Era estimado y en verdad era el hombre más prudente de su tiempo, y rara vez hacía algo sin consejo, sino que consultaba con los más juiciosos de sus amigos respecto de todos los asuntos prácticos, y especialmente con el sofista Troilo, quien, sobresaliendo en dotes filosóficas, igualaba al propio Antemio en sabiduría política. Por lo cual casi todas las cosas se hacían con la concurrencia de Troilo.
VII, 2
Cuando el emperador Teodosio se hallaba en el octavo año de su edad, Ático estaba en el tercer año de su presidencia sobre la iglesia de Constantinopla, varón, como dijimos por anticipación, distinguido a la vez por su saber, su piedad y su discreción, por lo cual sucedió que las iglesias bajo su episcopado alcanzaron una condición muy floreciente. Pues no sólo unió a los de 'la familia de la fe' [], sino que además, con su prudencia, suscitó la admiración de los herejes, a los que en verdad de ningún modo deseaba hostigar; pero si alguna vez se veía obligado a infundirles temor de sí mismo, pronto se mostraba después manso y clemente con ellos. Mas en verdad no descuidó sus estudios; pues trabajó asiduamente en la lectura de los escritos de los antiguos, y a menudo pasaba noches enteras en esa tarea; y así no podía ser confundido por los razonamientos de los filósofos ni por las falaces sutilezas de los sofistas. Además de esto era afable y ameno en la conversación, y siempre dispuesto a compadecerse de los afligidos; y, en una palabra, para resumir sus excelencias con la sentencia del apóstol: 'Se hizo todo para todos' []. Antes, siendo presbítero, había tenido la costumbre, después de componer sus sermones, de confiarlos a la memoria y luego recitarlos en la iglesia; pero con diligente aplicación adquirió confianza e hizo su instrucción improvisada y elocuente. Sin embargo, sus discursos no eran de tal índole que fueran recibidos con mucho aplauso por sus oyentes, ni que merecieran ser puestos por escrito. Baste esto respecto de sus talentos, erudición y costumbres. Hemos de pasar ahora a relatar las cosas dignas de memoria que sucedieron en su tiempo.
VII, 3
Cierto Teodosio era obispo de Sínada en Frigia Pacata; perseguía violentamente a los herejes de aquella provincia —y había un gran número de ellos— y especialmente a los de la secta macedonia; los expulsaba no sólo de la ciudad, sino también del campo. Este proceder no lo seguía por ningún precedente de la iglesia ortodoxa, ni por el deseo de propagar la verdadera fe; sino que, esclavizado por el amor a la sórdida ganancia, lo impulsaba el motivo avaricioso de amasar dinero extorsionándolo a los herejes. Con este fin intentaba toda clase de atentados contra los macedonios, poniendo armas en manos de su clero; y empleaba contra ellos innumerables estratagemas; ni se abstenía de entregarlos a los tribunales seculares. Pero especialmente hostigaba a su obispo, cuyo nombre era Agapeto; y hallando que los gobernadores de la provincia no estaban investidos de autoridad suficiente para castigar a los herejes según su deseo, fue a Constantinopla y solicitó edictos de naturaleza más rigurosa al prefecto pretoriano. Mientras Teodosio estaba ausente en este asunto, Agapeto, quien, como he dicho, presidía la secta macedonia, llegó a una conclusión sabia y prudente. Comunicándose con su clero, reunió a todo el pueblo bajo su guía y los persuadió de abrazar la fe homousiana. Cuando asintieron a esta proposición, se dirigió inmediatamente a la iglesia acompañado no sólo por sus propios partidarios, sino por todo el cuerpo del pueblo. Allí, habiendo ofrecido oración, tomó posesión de la cátedra episcopal en la que Teodosio acostumbraba sentarse; y predicando desde entonces la doctrina de la consustancialidad, reunió al pueblo y se hizo dueño de las iglesias de la diócesis de Sínada. Poco después de estos sucesos, Teodosio regresó a Sínada trayendo consigo poderes ampliados del prefecto y sin saber nada de lo ocurrido, y se dirigió a la iglesia tal como estaba. Siendo inmediatamente expulsado por unanimidad, se encaminó de nuevo a Constantinopla; al llegar a aquel lugar se quejó a Ático, el obispo, del trato que había recibido y del modo en que había sido privado de su obispado. Ático, percibiendo que este movimiento había resultado ventajoso para la iglesia, consoló a Teodosio lo mejor que pudo; recomendándole abrazar con ánimo contento una vida retirada, y sacrificar así sus propios intereses privados al bien público. Escribió luego a Agapeto autorizándolo a retener el episcopado, y diciéndole que no tuviera aprensión alguna de ser molestado a consecuencia del agravio de Teodosio.
VII, 4
Ésta fue una importante mejora en las circunstancias de la Iglesia, que ocurrió durante la administración de Ático. Ni estuvieron estos tiempos sin la atestiguación de milagros y sanaciones. Pues un cierto judío, paralítico desde hacía muchos años, estaba confinado en su lecho; y como toda clase de pericia médica y las oraciones de sus hermanos judíos habían sido empleadas sin provecho alguno, recurrió por fin al bautismo cristiano, confiando en él como el único remedio verdadero que había de usarse. Cuando el obispo Ático fue informado de sus deseos, lo instruyó en los primeros principios de la verdad cristiana, y habiéndole predicado que esperara en Cristo, ordenó que lo llevaran en su lecho a la pila bautismal. El judío paralítico, recibiendo el bautismo con fe sincera, tan pronto como fue sacado de la pila bautismal se halló perfectamente curado de su enfermedad, y continuó gozando después de buena salud. Este poder milagroso se dignó Cristo manifestarlo aun en nuestros tiempos; y la fama de ello hizo que muchos paganos creyeran y fueran bautizados. Pero los judíos, aunque buscaban con celo 'señales' [], ni siquiera las señales que realmente tuvieron lugar los indujeron a abrazar la fe. Tales bendiciones fueron así conferidas por Cristo a los hombres.
VII, 5
Muchos, sin embargo, sin hacer caso de estos sucesos, cedieron a su propia depravación; pues no sólo los judíos continuaron en la incredulidad después de este milagro, sino que también otros que aman seguirlos demostraron tener opiniones semejantes a las suyas. Entre éstos estaba Sabacio, de quien ya se ha hecho mención antes; el cual, no contentándose con la dignidad de presbítero a la que había llegado, sino aspirando a un obispado desde el principio, se separó de la iglesia de los novacianos, pretextando la observancia de la Pascua judía. Celebrando, pues, asambleas cismáticas aparte de su propio obispo Sisinio, en un lugar llamado Xerólofo, donde ahora está el foro de Arcadio, se atrevió a realizar un acto digno de los más severos castigos. Leyendo un día en una de estas reuniones aquel pasaje del Evangelio donde se dice: 'Era la Fiesta de los judíos llamada la Pascua', añadió lo que nunca fue escrito ni oído antes: 'Maldito sea el que celebre la Pascua fuera de los días de los ázimos.' Cuando estas palabras fueron divulgadas entre la gente, los laicos novacianos más sencillos, engañados por este artificio, acudían en tropel a él. Pero su fraudulenta fabricación de nada le sirvió; pues su falsificación dio lugar a consecuencias desastrosísimas. Pues poco después guardó esta fiesta anticipándose a la Pascua cristiana; y muchos, según su costumbre, acudieron en tropel a él. Mientras pasaban la noche en las vigilias acostumbradas, un pánico, como causado por espíritus malignos, cayó sobre ellos, como si Sisinio, su obispo, viniera con una multitud de personas a atacarlos. Por la perturbación que era de esperar en tal caso, y por estar encerrados de noche en un lugar estrecho, se pisotearon unos a otros, de modo que más de setenta de ellos murieron aplastados. Por esta causa muchos abandonaron a Sabacio; algunos, sin embargo, manteniendo su ignorante prejuicio, permanecieron con él. De qué manera Sabacio, con violación de su juramento, logró después hacerse ordenar obispo, lo relataremos más adelante.
VII, 6
Doroteo, obispo de los arrianos, quien, como hemos dicho, fue trasladado por aquella secta de Antioquía a Constantinopla, habiendo alcanzado la edad de ciento diecinueve años, murió el 6 de noviembre, en el séptimo consulado de Honorio y el segundo de Teodosio Augusto. Después de él presidió la secta arriana Barbas, en cuyo tiempo la facción arriana fue favorecida por poseer dos miembros muy elocuentes, ambos con el rango de presbítero, uno de los cuales se llamaba Timoteo y el otro Jorge. Ahora bien, Jorge sobresalía en las letras griegas; Timoteo, por su parte, era perito en las sagradas Escrituras. Jorge, en verdad, tenía constantemente en sus manos los escritos de Aristóteles y Platón; Timoteo hallaba su inspiración en Orígenes; también mostraba en sus exposiciones públicas de las santas Escrituras un no pequeño conocimiento de la lengua hebrea. Ahora bien, Timoteo se había identificado antes con la secta de los psatirianos; pero Jorge había sido ordenado por Barbas. Yo mismo he conversado con Timoteo, y me quedé sumamente impresionado por la prontitud con que respondía a las cuestiones más difíciles y aclaraba los pasajes más oscuros de los oráculos divinos; también citaba invariablemente a Orígenes como autoridad incuestionable en confirmación de sus propias afirmaciones. Pero me asombra que estos dos hombres continuaran sosteniendo la herejía de los arrianos; el uno tan versado en Platón, y el otro con Orígenes tan a menudo en sus labios. Pues Platón no dice que la segunda y la tercera causa, como suele llamarlas, tuvieran principio de existencia; y Orígenes reconoce en todas partes que el Hijo es coeterno con el Padre. Sin embargo, aunque permanecieron ligados a su propia iglesia, con todo, sin darse cuenta, cambiaron para mejor la secta arriana y sustituyeron muchas de las blasfemias de Arrio con sus propias enseñanzas. Pero baste de estas personas. Muriendo bajo el mismo consulado Sisinio, obispo de los novacianos, fue ordenado en su lugar Crisanto, de quien tendremos que hablar muy pronto.
VII, 7
Poco después, Teófilo, obispo de Alejandría, habiendo caído en un estado letárgico, murió el 15 de octubre, en el noveno consulado de Honorio y el quinto de Teodosio. Inmediatamente surgió una gran contienda acerca del nombramiento de un sucesor, procurando unos colocar al arcediano Timoteo en la cátedra episcopal; y deseando otros a Cirilo, que era sobrino de Teófilo. Habiéndose suscitado un tumulto entre el pueblo por esta causa, Abundancio, comandante de las tropas en Egipto, tomó partido por Timoteo. [Sin embargo, triunfaron los partidarios de Cirilo.] Por lo cual, al tercer día después de la muerte de Teófilo, Cirilo entró en posesión del episcopado, con mayor poder del que Teófilo jamás había ejercido. Pues desde aquel tiempo el obispado de Alejandría traspasó los límites de sus funciones sacerdotales y asumió la administración de los asuntos seculares. Inmediatamente, pues, Cirilo cerró las iglesias de los novacianos en Alejandría y tomó posesión de todos sus vasos y ornamentos consagrados; y luego despojó a su obispo Teopempto de todo lo que tenía.
VII, 8
Por este mismo tiempo sucedió que el cristianismo se difundió en Persia, por las causas siguientes. Se enviaban frecuentes embajadas de una a otra parte entre los soberanos de Persia y el Imperio romano, para las cuales había continuas ocasiones. La necesidad hizo en aquel tiempo que el emperador romano considerara oportuno enviar a Marutas, obispo de Mesopotamia, de quien ya se ha hecho mención antes, en misión ante el rey de los persas. El rey, descubriendo gran piedad en aquel varón, lo trató con gran honor y le prestó oídos como a uno que era en verdad amado de Dios. Esto excitó los celos de los magos, cuya influencia sobre el monarca persa es considerable, pues temían que persuadiera al rey a abrazar el cristianismo. Porque Marutas había curado con sus oraciones al rey de un violento dolor de cabeza al que había estado mucho tiempo sujeto y que los magos no habían podido aliviar. Los magos recurrieron, pues, a este engaño. Como los persas adoran el fuego, y el rey acostumbraba hacer sus adoraciones en cierto edificio al fuego que se mantenía perpetuamente encendido, ocultaron a un hombre debajo del sagrado hogar, ordenándole que hiciera esta exclamación a la hora del día en que el rey acostumbraba realizar su devoción: 'El rey debe ser expulsado porque es culpable de impiedad, al imaginar que un sacerdote cristiano es amado por la Deidad.' Cuando Isdigerdes — pues éste era el nombre del rey — oyó estas palabras, determinó despedir a Marutas, no obstante la reverencia con que lo consideraba. Pero Marutas, siendo verdaderamente un varón amante de Dios, por el fervor de sus oraciones descubrió la imposición de los magos. Yendo, pues, al rey, le dirigió estas palabras: 'No te dejes engañar, oh rey — dijo —, sino cuando entres de nuevo en aquel edificio y oigas la misma voz, explora el suelo de abajo, y descubrirás el fraude. Pues no es el fuego el que habla, sino un artificio humano hace esto.' El rey recibió la sugerencia de Marutas y fue como de costumbre a la casita donde estaba el fuego siempre encendido. Cuando oyó de nuevo la misma voz, ordenó que se cavara el hogar; con lo cual fue descubierto el impostor que pronunciaba las supuestas palabras de la Deidad. Indignándose el rey por el engaño así intentado, mandó que la tribu de los magos fuera diezmada. Cuando esto se efectuó, permitió a Marutas erigir iglesias donde quisiera; y desde aquel tiempo la religión cristiana se difundió entre los persas. Entonces Marutas, siendo llamado, fue a Constantinopla; no mucho después, sin embargo, fue enviado de nuevo como embajador a la corte persa. Otra vez los magos idearon artificios para impedir por todos los medios posibles que el rey le diera audiencia. Uno de sus artificios fue causar un olor repugnantísimo donde el rey acostumbraba ir, y luego acusar a los cristianos de ser los autores de ello. Pero el rey, habiendo tenido ya ocasión de sospechar de los magos, examinó el asunto con mucha diligencia y de cerca; y de nuevo fueron descubiertos los autores de la molestia. Por lo cual castigó a varios de ellos y tuvo a Marutas en honor aún más alto. Pues por los romanos como nación sentía mucha consideración, y apreciaba en gran manera la buena disposición de parte de ellos. Es más, casi abrazó él mismo la fe cristiana, pues Marutas, en unión con Abdas, obispo de Persia, dio otra prueba experimental de su poder: porque estos dos, entregándose a mucho ayuno y oración, habían expulsado a un demonio del que estaba poseído el hijo del rey. Pero la muerte de Isdigerdes impidió que hiciera profesión abierta del cristianismo. El reino recayó entonces en Vararanes, su hijo, en cuyo tiempo se rompió el tratado entre los romanos y los persas, como tendremos ocasión de narrar un poco más adelante.
VII, 9
Durante este período, a la muerte de Flaviano, Porfirio recibió el episcopado de Antioquía, y después de él Alejandro fue puesto al frente de aquella iglesia. Pero en Roma, habiendo tenido Dámaso aquel obispado dieciocho años, Siricio le sucedió; y habiendo presidido Siricio allí quince años, Anastasio gobernó la iglesia durante tres años; después de Anastasio, Inocencio [fue promovido a la misma sede]. Él fue el primer perseguidor de los novacianos en Roma, y les arrebató muchas de sus iglesias.
VII, 10
Por este mismo tiempo sucedió que Roma fue tomada por los bárbaros; pues un tal Alarico, bárbaro que había sido aliado de los romanos y había servido como aliado del emperador Teodosio en la guerra contra el usurpador Eugenio, y que por ello había sido honrado con dignidades romanas, no pudo soportar su buena fortuna. No quiso asumir la autoridad imperial, sino que, retirándose de Constantinopla, pasó a las regiones de Occidente, y llegando a Iliria asoló inmediatamente todo el país. En su marcha, sin embargo, los tesalios se le opusieron en las bocas del río Peneo, de donde hay un paso sobre el monte Pindo hacia Nicópolis de Epiro; y trabando combate, los tesalios mataron a unos tres mil de sus hombres. Después de esto, los bárbaros que lo acompañaban, destruyendo todo a su paso, tomaron por fin la propia Roma, que saquearon, incendiando el mayor número de las magníficas estructuras y otras admirables obras de arte que contenía. El dinero y los objetos de valor los robaron y repartieron entre sí. A muchos de los principales senadores los dieron muerte con diversos pretextos. Además, Alarico, en mofa de la dignidad imperial, proclamó emperador a un tal Átalo, a quien ordenó que se le atendiera con todas las insignias de la soberanía un día, y que al siguiente se le exhibiera con el hábito de un esclavo. Después de estas hazañas emprendió una retirada precipitada, por haberle llegado la noticia de que el emperador Teodosio había enviado un ejército a combatirlo. Y no era ficticia esta noticia; pues las fuerzas imperiales estaban realmente en camino; pero Alarico, sin esperar a que el rumor se confirmara, levantó el campamento y escapó. Se dice que, mientras avanzaba hacia Roma, un piadoso monje lo exhortó a no deleitarse en la perpetuación de tales atrocidades y a no regocijarse ya en la matanza y en la sangre. A lo que Alarico respondió: 'No avanzo en este camino por mi propia voluntad; sino que hay algo que irresistiblemente me impulsa cada día, diciendo: 'Procede a Roma y asuela esa ciudad'. Tal fue la carrera de este personaje.
VII, 11
Después de Inocencio, Zósimo gobernó la iglesia romana durante dos años; y después de él Bonifacio la presidió durante tres años. Le sucedió Celestino. Y este Celestino arrebató también las iglesias a los novacianos en Roma, y obligó a Rustícula, su obispo, a celebrar sus reuniones en secreto en casas particulares. Hasta este tiempo los novacianos habían florecido extraordinariamente en Roma, poseyendo allí muchas iglesias, a las que asistían grandes congregaciones. Pero la envidia los atacó también a ellos, tan pronto como el episcopado romano, al igual que el de Alejandría, se extendió más allá de los límites de la jurisdicción eclesiástica y degeneró en su estado actual de dominación secular. Pues a partir de entonces los obispos no permitieron ni siquiera a aquellos que concordaban con ellos en materia de fe gozar del privilegio de reunirse en paz, sino que los despojaron de todo lo que poseían, alabándolos meramente por esa concordia en la fe. Los obispos de Constantinopla se mantuvieron libres de esta [clase de conducta]; pues además de tolerarlos y permitirles celebrar sus asambleas dentro de la ciudad, como ya he señalado, los trataron con toda muestra de consideración cristiana.
VII, 12
Después de la muerte de Sisinio, Crisanto se vio constreñido a asumir el oficio episcopal. Era hijo de Marciano, predecesor de Sisinio, y habiendo tenido un cargo militar en palacio a temprana edad, fue después, bajo Teodosio el Grande, hecho gobernador de Italia, y luego lugarteniente de las Islas Británicas, en cuyos dos cargos se granjeó la más alta admiración. Volviendo a Constantinopla a una edad avanzada, deseando ardientemente ser nombrado prefecto de aquella ciudad, fue hecho obispo de los novacianos contra su voluntad. Pues como Sisinio, a punto de morir, lo había señalado como la persona más idónea para ocupar la sede, el pueblo, teniendo esta declaración por ley, procuró que fuera ordenado inmediatamente. Y mientras Crisanto intentaba evitar que se le impusiera esta dignidad, Sabacio, imaginando que se le ofrecía entonces una oportunidad favorable para hacerse dueño de las iglesias, y sin hacer caso del juramento con que se había obligado, procuró su propia ordenación de manos de unos pocos obispos insignificantes. Entre éstos se hallaba Hermógenes, que había sido excomulgado con maldiciones por el propio [Sabacio] a causa de sus escritos blasfemos. Pero este proceder perjuro de Sabacio de nada le sirvió: pues el pueblo, disgustado con su turbulencia, puso todo empeño en descubrir el retiro de Crisanto; y habiéndolo hallado retirado en Bitinia, lo trajeron de vuelta por la fuerza y lo invistieron con el obispado. Era un varón de modestia y prudencia sin igual; y así estableció y acrecentó las iglesias de los novacianos en Constantinopla. Fue además el primero en repartir oro entre los pobres de su propio patrimonio privado. Asimismo, de las iglesias no recibía sino dos hogazas del pan consagrado cada día del Señor. Tan solícito estaba en promover el provecho de su propia iglesia que atrajo a Ablabio, el orador más eminente de aquel tiempo, de la escuela de Troilo, y lo ordenó presbítero; cuyos sermones circulan y son notablemente elegantes y llenos de agudeza. Pero Ablabio fue después promovido al obispado de la iglesia de los novacianos en Nicea, donde al mismo tiempo enseñaba también retórica.
Capítulo 13. Conflicto entre los cristianos y los judíos en Alejandría: y ruptura entre el obispo Cirilo y el prefecto Orestes
VII, 13
Por este mismo tiempo sucedió que los habitantes judíos fueron expulsados de Alejandría por el obispo Cirilo por la siguiente causa. El público alejandrino se deleita con el tumulto más que ningún otro pueblo; y si en algún momento halla un pretexto, prorrumpe en los excesos más intolerables; pues jamás cesa su turbulencia sin derramamiento de sangre. Ocurrió en la presente ocasión que surgió un disturbio entre el populacho, no por causa de importancia seria, sino por un mal que se ha vuelto muy popular en casi todas las ciudades, a saber, la afición a los espectáculos de danza. Como los judíos están libres de negocios en sábado y pasan el tiempo, no en oír la Ley, sino en diversiones teatrales, los danzantes suelen reunir grandes multitudes ese día, y casi invariablemente se produce desorden. Y aunque esto era en cierto grado controlado por el gobernador de Alejandría, los judíos continuaban oponiéndose a tales medidas. Y aunque siempre son hostiles hacia los cristianos, se vieron incitados a una oposición aún mayor contra ellos a causa de los danzantes. Cuando, pues, el prefecto Orestes publicaba un edicto —pues así acostumbran llamar a los avisos públicos— en el teatro para la regulación de los espectáculos, algunos del partido del obispo Cirilo estaban presentes para conocer la naturaleza de las órdenes que iban a emitirse. Había entre ellos un tal Hierax, maestro de los rudimentos de la literatura, y oyente muy entusiasta de los sermones del obispo Cirilo, que se hacía notar por su prontitud en aplaudir. Cuando los judíos vieron a esta persona en el teatro, gritaron inmediatamente que había venido allí con el único propósito de suscitar sedición entre el pueblo. Ahora bien, Orestes miraba desde hacía tiempo con celos el creciente poder de los obispos, porque usurpaban la jurisdicción de las autoridades nombradas por el emperador, sobre todo porque Cirilo quería poner espías sobre sus actos; ordenó, por tanto, que se apresara a Hierax y lo sometió públicamente a tormento en el teatro. Cirilo, informado de esto, mandó llamar a los principales judíos y los amenazó con los más graves castigos si no desistían de molestar a los cristianos. El populacho judío, al oír estas amenazas, en lugar de reprimir su violencia, se enfureció aún más y se dejó llevar a formar conspiraciones para la destrucción de los cristianos; una de éstas fue de carácter tan desesperado que causó su total expulsión de Alejandría; la describiré ahora. Habiendo acordado que cada uno llevara en el dedo un anillo hecho de corteza de rama de palma, para reconocerse mutuamente, determinaron hacer un ataque nocturno contra los cristianos. Enviaron, pues, a las calles a personas que gritaran que la iglesia llamada de Alejandro estaba en llamas. Así, muchos cristianos, al oírlo, salieron corriendo, unos de una parte y otros de otra, con gran ansiedad por salvar su iglesia. Los judíos se arrojaron inmediatamente sobre ellos y los mataron; se distinguían fácilmente unos a otros por los anillos. Al amanecer, los autores de esta atrocidad no pudieron ocultarse; y Cirilo, acompañado de una inmensa multitud, acudiendo a sus sinagogas —pues así llaman a su casa de oración—, se las arrebató y expulsó a los judíos de la ciudad, permitiendo a la multitud saquear sus bienes. Así, los judíos que habían habitado la ciudad desde el tiempo de Alejandro el Macedonio fueron expulsados de ella, despojados de todo cuanto poseían, y dispersados, unos en una dirección y otros en otra. Uno de ellos, un médico llamado Adamantio, huyó a Ático, obispo de Constantinopla, y, profesando el cristianismo, algún tiempo después regresó a Alejandría y fijó allí su residencia. Pero Orestes, gobernador de Alejandría, se llenó de gran indignación por estos sucesos y se dolió sobremanera de que una ciudad de tal magnitud hubiera sido privada de repente de una porción tan grande de su población; comunicó, pues, inmediatamente todo el asunto al emperador. Cirilo también le escribió, describiendo la conducta ultrajante de los judíos; y entretanto envió a Orestes personas que mediaran en favor de una reconciliación: pues a ello lo había instado el pueblo. Y cuando Orestes se negó a escuchar los acercamientos amistosos, Cirilo le extendió el libro de los Evangelios, creyendo que el respeto a la religión lo induciría a deponer su resentimiento. Sin embargo, como ni siquiera esto tuvo efecto pacificador sobre el prefecto, sino que persistió en implacable hostilidad contra el obispo, ocurrió después el siguiente suceso.
VII, 14
Algunos de los monjes que habitaban las montañas de Nitria, de temperamento muy fogoso, a quienes Teófilo algún tiempo antes había armado injustamente contra Dióscoro y sus hermanos, arrebatados de nuevo por un celo ardiente, resolvieron luchar en favor de Cirilo. Unos quinientos de ellos, saliendo, pues, de sus monasterios, entraron en la ciudad; y encontrando al prefecto en su carro, lo llamaron pagano idólatra y le aplicaron muchos otros epítetos injuriosos. Él, suponiendo que esto era una trampa tendida por Cirilo, exclamó que era cristiano y que había sido bautizado por Ático, el obispo de Constantinopla. Como hicieron poco caso de sus protestas, y uno de ellos, llamado Amonio, arrojó una piedra a Orestes que lo golpeó en la cabeza y lo cubrió con la sangre que manaba de la herida, todos los guardias, salvo unos pocos, huyeron, arrojándose entre la multitud, unos en una dirección y otros en otra, temiendo ser muertos a pedradas. Entretanto, el populacho de Alejandría corrió en socorro del gobernador y puso en fuga al resto de los monjes; pero, habiendo apresado a Amonio, lo entregaron al prefecto. Éste lo sometió inmediatamente a tormento público, infligido con tal severidad que murió a consecuencia de él; y no mucho después dio cuenta a los emperadores de lo ocurrido. Cirilo, por su parte, envió también al emperador su versión del asunto; y haciendo depositar el cuerpo de Amonio en cierta iglesia, le dio el nuevo apelativo de Taumasio, ordenando que se le inscribiera entre los mártires y elogiando en la iglesia su magnanimidad como la de quien había caído en un combate en defensa de la piedad. Pero los más sensatos, aunque cristianos, no aceptaron la estimación prejuiciosa que Cirilo hacía de él; pues bien sabían que había sufrido el castigo debido a su temeridad y que no había perdido la vida bajo el tormento por negarse a negar a Cristo. Y el propio Cirilo, consciente de ello, dejó que el recuerdo del suceso se borrara gradualmente por el silencio. Pero la animosidad entre Cirilo y Orestes no se calmó en modo alguno en este punto, sino que se encendió de nuevo por un suceso semejante al anterior.
VII, 15
Había en Alejandría una mujer llamada Hipatia, hija del filósofo Teón, que alcanzó tales progresos en literatura y ciencia que llegó a superar con mucho a todos los filósofos de su tiempo. Habiendo sucedido en la escuela de Platón y Plotino, explicaba los principios de la filosofía a sus oyentes, muchos de los cuales venían de lejos para recibir sus enseñanzas. A causa del dominio de sí misma y de la soltura de maneras que había adquirido por el cultivo de su mente, no raramente se presentaba en público ante los magistrados. Ni sentía vergüenza al acudir a una asamblea de hombres. Pues todos, a causa de su extraordinaria dignidad y virtud, la admiraban aún más. Sin embargo, aun ella cayó víctima de los celos políticos que imperaban entonces. Pues como tenía frecuentes entrevistas con Orestes, se difundió calumniosamente entre el populacho cristiano que era ella quien impedía que Orestes se reconciliara con el obispo. Algunos de ellos, arrastrados por un celo feroz y fanático, cuyo cabecilla era un lector llamado Pedro, la acecharon cuando regresaba a casa, y arrastrándola de su carruaje, la llevaron a la iglesia llamada Césareo, donde la desnudaron por completo y luego la asesinaron con tejas. Después de despedazar su cuerpo, llevaron sus miembros mutilados a un lugar llamado Cinaron, y allí los quemaron. Este asunto acarreó no poca ignominia, no sólo sobre Cirilo, sino también sobre toda la iglesia alejandrina. Y ciertamente nada puede estar más lejos del espíritu del cristianismo que la tolerancia de matanzas, riñas y sucesos de esa índole. Esto sucedió en el mes de marzo, durante la Cuaresma, en el cuarto año del episcopado de Cirilo, bajo el décimo consulado de Honorio y el sexto de Teodosio.
Comentario editorial · Hipatia: lo que dice Sócrates y lo que no dice
Sócrates es el relato narrativo básico de la muerte de Hipatia, en marzo de 415, en Cuaresma. Presenta el crimen como un episodio de «celos políticos»: se calumniaba a Hipatia diciendo que impedía la reconciliación entre el gobernador Orestes y el obispo Cirilo; una turba capitaneada por un lector llamado Pedro la arrastró hasta el Césareo y la mató. Condena el hecho con dureza, y no menciona su paganismo. Wikipedia señala que no nombra a los asesinos, que identificarlos con los parabolanos es una suposición discutida y que solo Damascio (Vida de Isidoro) culpa a Cirilo directamente, con una cautela que el artículo recomienda. Zenos recoge que los historiadores han valorado de modo distinto su responsabilidad: unos la tienen por probable, otros por indirecta, y Bright la niega como parte directa.
VII, 16
Poco después los judíos renovaron sus prácticas malévolas e impías contra los cristianos y atrajeron sobre sí el castigo merecido. En un lugar llamado Inmestar, situado entre Calcis y Antioquía de Siria, los judíos se divertían a su manera acostumbrada con diversos juegos. De este modo se entregaron a muchas necedades, y al fin, impulsados por la embriaguez, se hicieron culpables de burlarse de los cristianos y aun del propio Cristo; y en escarnio de la cruz y de quienes ponen su confianza en el Crucificado, apresaron a un niño cristiano y, habiéndolo atado a una cruz, comenzaron a reírse y mofarse de él. Pero al poco tiempo, arrebatados por la furia, azotaron al niño hasta que murió en sus manos. Esta conducta provocó un agudo conflicto entre ellos y los cristianos; y tan pronto como los emperadores fueron informados del suceso, dieron órdenes al gobernador de la provincia de hallar y castigar a los delincuentes. Y así los habitantes judíos de aquel lugar pagaron la pena por la maldad que habían cometido en su impío juego.
Capítulo 17. Milagro realizado por Pablo, obispo de los novacianos, en el bautismo de un impostor judío
VII, 17
Sobre esta época Crisanto, obispo de los novacianos, después de haber presidido las iglesias de su propia secta durante siete años, murió el 26 de agosto, bajo el consulado de Monaxio y Plinta. Le sucedió en el episcopado Pablo, que antes había sido maestro de lengua latina; pero luego, dejando de lado la lengua latina, se había consagrado a un género de vida ascético; y habiendo fundado un monasterio de varones religiosos, adoptó un modo de vivir no muy distinto del que seguían los monjes en el desierto. En efecto, yo mismo lo hallé tal como Evagrio dice que deben ser los monjes que habitan en los desiertos; imitándolos en continuos ayunos, silencio, abstinencia de carne animal y, en su mayor parte, absteniéndose también del uso de aceite y vino. Además, se preocupaba por las necesidades de los pobres tanto como cualquier otro hombre; visitaba incansablemente a los que estaban en prisión, y en favor de muchos criminales intercedía ante los jueces, quienes lo escuchaban con gusto a causa de su eminente piedad. Pero ¿a qué alargar mi relato sobre él? Pues voy a mencionar un acto realizado por él que es muy digno de ser consignado por escrito. Cierto impostor judío, fingiendo haberse convertido al cristianismo, tenía la costumbre de ser bautizado a menudo, y con ese artificio amasó bastante dinero. Después de haber engañado a muchas de las sectas cristianas con este fraude —pues recibió el bautismo de los arrianos y de los macedonios—, como ya no quedaban otros con quienes practicar su hipocresía, vino finalmente a Pablo, obispo de los novacianos, y declarando que deseaba ardientemente el bautismo, pidió que se lo concediera de sus manos. Pablo alabó la determinación del judío, pero le dijo que no podía realizar aquel rito hasta que no hubiera sido instruido en los principios fundamentales de la fe y se hubiera entregado al ayuno y a la oración durante muchos días. El judío, obligado a ayunar contra su voluntad, se volvió tanto más importuno en su petición del bautismo; y como Pablo no quería desanimarlo con más demoras, puesto que era tan urgente, consintió en concederle lo pedido e hizo todos los preparativos necesarios para el bautismo. Habiendo comprado una vestidura blanca para él, ordenó que se llenara de agua la pila, y luego condujo al judío a ella para bautizarlo. Pero cierta potencia invisible de Dios hizo que el agua desapareciera de repente. El obispo, por supuesto, y los presentes no tuvieron la menor sospecha de la verdadera causa, sino que imaginaron que el agua se había escapado por los conductos subterráneos, por medio de los cuales suelen vaciarse las pilas; se cerraron, pues, con gran cuidado estos pasajes y se llenó de nuevo la pila. Sin embargo, cuando el judío fue llevado allí por segunda vez, el agua se desvaneció como antes. Entonces Pablo, dirigiéndose al judío, dijo: 'O eres un malhechor, hombre desdichado, o un ignorante que ya ha sido bautizado.' Habiéndose agolpado la gente para presenciar este milagro, uno de entre ellos reconoció al judío y lo identificó como quien había sido bautizado por Ático, el obispo, poco tiempo antes. Tal fue el prodigio obrado por las manos de Pablo, obispo de los novacianos.
Capítulo 18. Renovación de las hostilidades entre romanos y persas tras la muerte de Isdigerdes, rey de los persas
VII, 18
Muerto Isdigerdes, rey de los persas, que de ninguna manera había molestado a los cristianos en sus dominios, le sucedió en el reino su hijo, llamado Vararanes. Este príncipe, cediendo a la influencia de los magos, persiguió allí a los cristianos con rigor, infligiéndoles una variedad de castigos y tormentos persas. Por causa de la opresión se vieron, pues, obligados a abandonar su patria y buscar refugio entre los romanos, suplicándoles que no permitieran que fuesen completamente exterminados. Ático, el obispo, recibió a estos suplicantes con gran benignidad e hizo cuanto pudo para ayudarlos por todos los medios posibles: en consecuencia, puso los hechos en conocimiento del emperador Teodosio. Sucedió al mismo tiempo que salió a la luz otro agravio de los romanos contra los persas: los persas, es decir, no querían devolver a los trabajadores de las minas de oro que habían sido contratados de entre los romanos, y además saqueaban a los mercaderes romanos. El malestar que estas cosas produjeron aumentó mucho con la huida de los cristianos persas a territorio romano. Porque el rey persa envió inmediatamente una embajada para reclamar a los fugitivos. Pero los romanos de ningún modo estaban dispuestos a entregarlos; no solo por el deseo de defender a sus suplicantes, sino también porque estaban prontos a hacer cualquier cosa por la religión cristiana. Por esta razón prefirieron reanudar la guerra con los persas antes que permitir que los cristianos fuesen miserablemente destruidos. En consecuencia, se rompió la alianza y siguió una encarnizada guerra. De esta guerra no juzgo fuera de lugar dar una breve relación. El emperador romano envió primero un cuerpo de tropas bajo el mando del general Ardaburio; el cual, haciendo una irrupción a través de Armenia hacia Persia, devastó una de sus provincias llamada Azazene. Narsés, el general persa, marchó contra él con el ejército persa; pero al trabar combate fue derrotado y obligado a retirarse. Después juzgó ventajoso hacer una irrupción inesperada a través de Mesopotamia en los territorios romanos que estaban allí sin guarnición, pensando vengarse de este modo del enemigo. Pero este designio de Narsés no escapó a la observación del general romano. Habiendo, pues, saqueado Azazene, marchó también él apresuradamente a Mesopotamia. Por lo cual Narsés, aunque provisto de un gran ejército, se vio impedido de invadir las provincias romanas; pero llegando a Nísibis —ciudad en posesión de los persas, situada en las fronteras de ambos imperios— envió a Ardaburio a pedir que hicieran arreglos mutuos sobre la conducción de la guerra y fijaran tiempo y lugar para un combate. Pero él dijo a los mensajeros: 'Decid a Narsés que los emperadores romanos no pelearán cuando a él le plazca.' El emperador, percibiendo que el persa estaba reuniendo todas sus fuerzas, hizo levas adicionales para su ejército y puso toda su confianza en Dios para la victoria; y que el rey no quedó sin beneficio inmediato de esta piadosa confianza lo prueba la circunstancia siguiente. Como los constantinopolitanos estaban muy consternados y temerosos respecto del resultado de la guerra, ángeles de Dios se aparecieron a algunas personas en Bitinia que viajaban a Constantinopla por asuntos propios, y les ordenaron decir al pueblo que no se alarmara, sino que orara a Dios y tuviera por seguro que los romanos serían vencedores. Pues dijeron que ellos mismos habían sido designados por Dios para defenderlos. Cuando este mensaje se difundió, no solo consoló a los habitantes de la ciudad, sino que hizo más valerosos a los soldados. Trasladado el teatro de la guerra, como hemos dicho, de Armenia a Mesopotamia, los romanos encerraron a los persas en la ciudad de Nísibis, que sitiaron; y habiendo construido torres de madera que acercaban a las murallas mediante máquinas, mataron a gran número de los que las defendían, así como de los que corrían en su auxilio. Cuando Vararanes, el monarca persa, supo que su provincia de Azazene, por una parte, había sido asolada, y que, por otra, su ejército estaba estrechamente sitiado en la ciudad de Nísibis, resolvió marchar en persona con todas sus fuerzas contra los romanos; pero temiendo el valor romano, imploró la ayuda de los sarracenos, que estaban entonces gobernados por un caudillo belicoso llamado Alamundaro. Este príncipe, en consecuencia, trajo consigo un gran refuerzo de auxiliares sarracenos, exhortó al rey de los persas a no temer nada, pues pronto reduciría a los romanos bajo su poder y entregaría Antioquía de Siria en sus manos. Pero el acontecimiento no cumplió estas promesas; porque Dios infundió en el ánimo de los sarracenos un pánico terrible; e imaginando que el ejército romano caía sobre ellos, y no hallando otro camino de escape, se precipitaron, armados como estaban, al río Éufrates, donde se ahogaron cerca de cien mil de ellos. Tal fue la naturaleza del pánico.
Los romanos que sitiaban Nísibis, al comprender que el rey de Persia traía consigo un gran número de elefantes, se alarmaron a su vez, quemaron todas las máquinas que habían usado en el asedio y se retiraron a su propio país. Los combates que tuvieron lugar después, y cómo Areobindo, otro general romano, mató en singular combate al más valiente de los persas, y por qué medios Ardaburio destruyó a siete comandantes persas en una emboscada, y de qué manera Vitiano, otro general romano, venció al resto de las fuerzas sarracenas, creo que debo pasarlos por alto, no sea que me aparte demasiado de mi asunto.
VII, 19
Cómo el emperador Teodosio recibió noticias de lo sucedido en un espacio de tiempo increíblemente corto, y cómo era informado con rapidez de los acontecimientos que ocurrían lejos, intentaré explicarlo. Pues tuvo la fortuna de poseer entre sus súbditos a un hombre dotado de extraordinaria energía tanto de cuerpo como de mente, llamado Paladio; el cual cabalgaba con tanto vigor que alcanzaba las fronteras de los dominios romano y persa en tres días, y regresaba de nuevo a Constantinopla en otros tantos más. El mismo individuo recorría otras partes del mundo en misiones del emperador con igual celeridad; de modo que un hombre elocuente dijo en cierta ocasión, no sin agudeza: 'Este hombre, por su rapidez, demuestra que la vasta extensión del Imperio romano es poca.' El propio rey de los persas se asombraba de las hazañas expeditivas que le relataban de este correo; pero debemos contentarnos con los detalles anteriores acerca de él.
VII, 20
Ahora bien, el emperador de los romanos que residía en Constantinopla, plenamente consciente de que Dios le había dado manifiestamente la victoria, era tan benévolo que, aunque los suyos habían tenido éxito en la guerra, deseaba sin embargo concertar la paz; y con ese fin despachó a Helión, hombre en quien tenía la mayor confianza, con el encargo de celebrar un tratado de paz con los persas. Llegado Helión a Mesopotamia, al lugar donde los romanos, para su propia seguridad, habían abierto una trinchera, envió delante de sí como delegado a Maximino, hombre elocuente que acompañaba a Ardaburio, el comandante en jefe del ejército, para hacer los arreglos preliminares sobre las condiciones de paz. Maximino, al presentarse ante el rey persa, dijo que había sido enviado a él sobre este asunto no por el emperador romano, sino por sus generales; pues afirmó que esta guerra ni siquiera era conocida por el emperador y que, si lo fuera, sería considerada insignificante por él. Y como el soberano de Persia había decidido de buen grado recibir la embajada —pues sus tropas padecían escasez de provisiones—, se le presentó aquel cuerpo de entre ellos que se distingue con el nombre de 'los Inmortales'. Es este un cuerpo de hombres valientes, de unos diez mil, y aconsejó al rey que no escuchara ninguna propuesta de paz hasta que hubieran hecho un ataque contra los romanos, quienes, dijeron, se habían vuelto extremadamente descuidados. Aprobando el rey su consejo, ordenó que el embajador fuera encarcelado y custodiado, y permitió a los Inmortales poner en ejecución su plan contra los romanos. Ellos, pues, al llegar al lugar señalado, se dividieron en dos bandas, con el propósito de rodear una parte del ejército romano. Los romanos, viendo que se les acercaba un solo cuerpo de persas, se prepararon para recibirlo, sin haber visto la otra división, pues esta se lanzó de pronto a la batalla. Pero justo cuando el combate estaba a punto de comenzar, la Divina Providencia lo dispuso de tal modo que otra división del ejército romano, al mando del general Procopio, surgió de detrás de una colina y, al percibir a sus camaradas en peligro, atacó a los persas por la retaguardia. Así, los que poco antes habían rodeado a los romanos quedaron ellos mismos cercados. Habiendo destruido por completo a estos en poco tiempo, los romanos se volvieron contra los que salieron de su emboscada y, de igual manera, mataron a todos y cada uno de ellos con dardos. De este modo, aquellos a quienes los persas llamaban 'los Inmortales' se mostraron todos mortales, habiendo ejecutado Cristo esta venganza sobre los persas porque habían derramado la sangre de tantos de sus piadosos adoradores. El rey de los persas, al ser informado del desastre, fingió ignorar lo ocurrido y ordenó que se admitiera a la embajada, dirigiendo al embajador estas palabras: 'Consiento en la paz, no como cediendo a los romanos, sino para complacerte a ti, a quien he hallado el más prudente de todos los romanos.' Así concluyó aquella guerra que se había emprendido a causa de los sufridos cristianos de Persia, bajo el consulado de los dos Augustos, que era el decimotercero de Honorio y el décimo de Teodosio, en el cuarto año de la 300.ª Olimpíada; y con ella terminó la persecución que se había suscitado en Persia contra los cristianos.
VII, 21
Una noble acción de Acacio, obispo de Amida, acrecentó en gran manera su reputación entre todos los hombres. Como la soldadesca romana de ningún modo quería devolver al rey persa los cautivos que había tomado, estos cautivos, en número de unos siete mil, estaban siendo destruidos por el hambre en la devastada Azazene, y esto afligía mucho al rey de los persas. Entonces Acacio pensó que semejante asunto no debía tratarse a la ligera; habiendo, pues, reunido a su clero, les habló así: 'Nuestro Dios, hermanos míos, no necesita platos ni copas; porque ni come ni bebe, ni carece de nada. Puesto que, por la liberalidad de sus fieles miembros, la Iglesia posee muchos vasos tanto de oro como de plata, nos corresponde venderlos para que, con el dinero así reunido, podamos rescatar a los prisioneros y también suministrarles alimento.' Dichas estas cosas y muchas otras semejantes, ordenó fundir los vasos y, con lo obtenido, pagó a los soldados el rescate de sus cautivos, a quienes sostuvo durante algún tiempo; y luego, proveyéndoles lo necesario para el viaje, los envió de vuelta a su soberano. Esta benevolencia del excelente Acacio asombró al rey de los persas, como si los romanos acostumbraran vencer a sus enemigos tanto por su beneficencia en la paz como por su valor en la guerra. Dicen también que el rey persa deseó que Acacio viniera a su presencia para tener el placer de contemplar a un hombre semejante; deseo que pronto se vio satisfecho por orden del emperador Teodosio. Habiendo alcanzado los romanos por el favor divino una victoria tan señalada, muchos que eran ilustres por su elocuencia escribieron panegíricos en honor del emperador y los recitaron en público. La propia emperatriz compuso también un poema en verso heroico; pues poseía un excelente gusto literario; siendo hija de Leoncio, el sofista ateniense, había sido instruida por su padre en todo género de saber; Ático, el obispo, la había bautizado poco tiempo antes de su matrimonio con el emperador, y le había dado entonces el nombre cristiano de Eudocia, en lugar de su nombre pagano de Atenais. Muchos, como he dicho, produjeron elogios en esta ocasión. A algunos, en verdad, los estimulaba el deseo de ser notados por el emperador; mientras que otros estaban ansiosos por mostrar sus talentos a las masas, no queriendo que los conocimientos que habían alcanzado a fuerza de gran esfuerzo quedaran sepultados en la oscuridad.