Premisa central
Según la lectura habitual, para Justino, Taciano, Teófilo y Atenágoras el Logos era la razón de Dios, que Dios emitió antes de crear el mundo, y desde esa emisión lo llaman Hijo. Orígenes cambió el momento: si el Logos es la razón y la sabiduría de Dios, el Padre no pudo estar nunca sin él, y el Hijo lo es desde siempre. Cuando Arrio dijo que hubo un tiempo sin Hijo, Atanasio le respondió con un argumento del mismo tipo. Los estudiosos discrepan sobre cuánto separaba a los apologistas de esa conclusión.
Hacia 155, en Roma, Justino pide al emperador que no condene a los cristianos por ateos y le recuerda que también lo parecieron Sócrates y Heráclito: «los que vivieron conforme a la razón son cristianos», porque Cristo es «la Palabra de la que participó todo linaje de hombres» (1 Apología 46). En griego «razón» y «palabra» son una sola voz, logos. Decir que Cristo era el Logos obligaba a preguntar qué clase de realidad es una razón que además es un Hijo, y desde cuándo lo es.
El término no tiene equivalente exacto en castellano. Según Hatch, significa en parte pensamiento y en parte voluntad, y a la vez la expresión del pensamiento en una frase y de la voluntad en una ley (The Influence of Greek Ideas, p. 176). Los estoicos, escribe, daban personalidad al Logos, y Filón lo coloca «en la frontera entre el Creador y la criatura», ni ingénito como Dios ni engendrado como nosotros (p. 248). Kelly observa que los apologistas, más filónicos que joánicos, desarrollaron la idea del Logos para hacer plausible a la vez la unión de Cristo con el Padre antes del tiempo y su manifestación en el espacio y en el tiempo (Early Christian Doctrines, p. 96). Tertuliano ya señalaba el problema de traducción: los griegos llaman logos a la razón y a la palabra, y entre los latinos se acostumbra decir «Palabra», aunque conviene más tener a la Razón por anterior (Contra Práxeas 5, 3).
El Evangelio de Juan había identificado al Logos con Cristo ( y ). Lo que añadieron los autores del siglo II fue una explicación de lo que esa Palabra es respecto de Dios. El castellano de los escritos del sitio traduce el término de tres maneras («Palabra», «Verbo», «Logos») según la obra; este artículo escribe Logos, salvo en las citas.
Trifón pide a Justino que muestre cómo puede haber «otro Dios además del Hacedor de todas las cosas» (Diálogo 50 y 55). Justino responde que Dios engendró al Logos antes de todas las criaturas:
Justino: Os daré otro testimonio, amigos míos, de las Escrituras: que Dios engendró antes de todas las criaturas un Principio, [que fue] un cierto poder racional [que procede] de Sí mismo, que es llamado por el Espíritu Santo, ahora la Gloria del Señor, ahora el Hijo, de nuevo Sabiduría, de nuevo un Ángel, luego Dios, y luego Señor y Logos; [...] Porque Él puede ser llamado por todos esos nombres, puesto que sirve a la voluntad del Padre, y puesto que fue engendrado del Padre por un acto de voluntad; así como vemos que sucede entre nosotros: pues cuando proferimos alguna palabra, engendramos la palabra; sin embargo, no por escisión, de modo que disminuya la palabra [que permanece] en nosotros, cuando la proferimos: y así como vemos que sucede también en el caso del fuego, que no disminuye cuando ha encendido [otro], sino que permanece el mismo; y el que ha sido encendido por él asimismo parece existir por sí mismo, sin disminuir aquel del cual fue encendido.
Dos imágenes sostienen el pasaje: la palabra que se profiere sin que el que habla se quede sin ella, y el fuego que enciende otro fuego sin menguar. Las dos defienden lo mismo: que la generación del Logos no divide a Dios. Justino sabe que algunos lo negaban. Según ellos, el poder enviado por el Padre es indivisible e inseparable de él, como la luz del sol lo es del sol, y el Padre lo hace brotar cuando quiere y lo recoge cuando quiere. Justino lo contradice: es «algo numéricamente distinto», engendrado «por su poder y voluntad, pero no por abscisión» (Diálogo 128). En la Primera apología sitúa a Cristo «en el segundo lugar» y al Espíritu profético «en el tercero» (13). Esas objeciones son un antecedente del monarquianismo que Hipólito y Tertuliano combatirán después (Kelly, p. 119).
Kelly precisa lo que Justino llama generación: es la «puesta fuera» del Logos para la creación y la revelación, resultado de un acto de la voluntad del Padre; el origen del Logos dentro de Dios, dice, Justino no lo discute (p. 97). Con eso, la filiación se cuenta desde la emisión, como en los demás apologistas (Kelly, p. 100). Hatch advierte que la eternidad de la generación es incierta en Justino (Greek Ideas, p. 267, nota 4).
Los apologistas atribuyen al Logos dos funciones. Es el agente con que el Padre crea y ordena el universo, y es quien revela la verdad a los hombres (Kelly, p. 97). La segunda es la que más importa a Justino ante un público pagano. Si el Logos ilumina a todo hombre, lo que los filósofos acertaron lo acertaron por una parte de él:
Pues lo que quiera que los legisladores o filósofos pronunciaron bien, lo elaboraron encontrando y contemplando alguna parte de la Palabra. Pero como no conocieron la Palabra entera, que es Cristo, a menudo se contradijeron a sí mismos. [...] Pero estas cosas nuestro Cristo las hizo por su propio poder. Pues nadie confió en Sócrates hasta el punto de morir por esta doctrina, pero en Cristo, que fue parcialmente conocido incluso por Sócrates (pues Él era y es la Palabra que está en todo hombre, y que predijo las cosas que habían de acontecer tanto por medio de los profetas como en su propia persona cuando fue hecho de pasiones semejantes, y enseñó estas cosas), no sólo creyeron filósofos y eruditos, sino también artesanos y personas enteramente sin educación.
En el capítulo 13 Justino llama a esa parte «palabra espermática» y distingue entre la semilla y la cosa misma: «una cosa es la simiente y la imitación implantada según la capacidad, y otra muy distinta la cosa misma». El perfil de Justino desarrolla el argumento. Justino habla del Logos como de alguien: el que «predijo» y «enseñó».
Los otros tres apologistas dicen con más detalle qué había antes de la emisión. Taciano, discípulo de Justino, escribe que Dios estaba solo, pero que el Logos estaba en él por «el poder del Logos», y que brota por la sola voluntad del Padre:
Dios era en el principio; pero el principio, se nos ha enseñado, es el poder del Logos. Pues el Señor del universo, que es Él mismo el fundamento necesario ([ὑπόστασις]) de todo ser, en cuanto que ninguna criatura existía aún, estaba solo; pero en cuanto que era todo poder, Él mismo, fundamento necesario de las cosas visibles e invisibles, todas las cosas estaban con Él; con Él, por el Poder del Logos ([διὰ λογικῆς δυνάμεως]), subsiste también el Logos mismo, que estaba en Él. Y por su mera voluntad brota el Logos; y el Logos, no surgiendo en vano, llega a ser la obra primogénita del Padre. A Él (el Logos) lo conocemos como el principio del mundo. Pero llegó a ser por participación, no por escisión; porque lo que es cortado se separa de la sustancia original, mientras que lo que viene por participación, al hacer elección de su función, no hace deficiente a aquel de quien se toma.
Teófilo de Antioquía es el único que nombra las dos fases con los adjetivos técnicos. Dios tenía al Logos «interno» (endiathetos) en sus entrañas y lo engendró, «emitiéndolo» con su sabiduría antes de todas las cosas (A Autólico II, 10). La palabra griega de II, 22 es prophorikos, que el castellano del sitio traduce «proferida»:
Pero ¿qué otra cosa es esta voz sino la Palabra de Dios, que es también su Hijo? No como los poetas y escritores de mitos hablan de los hijos de los dioses engendrados por ayuntamiento [con mujeres], sino como la verdad expone, la Palabra, que existe siempre, reside dentro del corazón de Dios. Porque antes de que cosa alguna llegara a ser, lo tenía a Él como consejero, siendo su propia mente y pensamiento. Pero cuando Dios quiso hacer todo lo que había determinado, engendró esta Palabra, proferida, primogénita de toda la creación, no vaciándose a sí mismo de la Palabra [la Razón], sino habiendo engendrado la Razón, y conversando siempre con su Razón.
Atenágoras añade una precisión que los otros no tienen. Dice que el Hijo es «el Logos del Padre en idea y en operación» y que, al salir, no «llegó a ser»:
Pero concebimos también a un Hijo de Dios. Y que nadie considere ridículo que Dios tenga un Hijo. Porque no hemos pensado acerca de Dios y del Padre ni acerca del Hijo como los poetas fabrican mitos, mostrando a los dioses en nada mejores que los hombres, sino que el Hijo de Dios es el Logos del Padre en idea y en operación. Pues por Él y mediante Él todas las cosas fueron hechas, siendo uno el Padre y el Hijo. Y estando el Hijo en el Padre y el Padre en el Hijo, en unidad y poder del Espíritu, la mente y razón del Padre es el Hijo de Dios.Pero si en su inteligencia superior se les ocurre preguntar qué significa el Hijo, diré brevemente que es el primer producto del Padre, no como habiendo llegado a ser —pues desde el principio Dios, siendo mente eterna, tenía en sí mismo al Logos, siendo eternamente racional—, sino en cuanto salió para ser idea y poder operante de todas las cosas materiales, que yacían sin cualidades, y de la tierra inactiva, estando las partículas más pesadas mezcladas con las más ligeras.
Los cuatro textos, puestos uno junto a otro, no dicen lo mismo:
| Autor | Antes de la emisión | Cómo sale | Imagen o fórmula |
|---|---|---|---|
| Justino, Diálogo 61 y 128 | No lo dice: habla de un «poder racional» engendrado «antes de todas las criaturas» | Por un acto de voluntad, sin escisión | Una palabra que se profiere; un fuego que enciende otro |
| Taciano 5 | El Logos «estaba en» Dios por el poder del Logos | «Brota» por la voluntad del Padre y es «obra primogénita» | Una antorcha que enciende otras; el que habla y no se queda sin palabra |
| Teófilo II, 10 y 22 | Está «dentro» de Dios como consejero, su mente y su pensamiento | Dios lo «engendró», «emitiéndolo»; es «proferido» | La palabra interior y la palabra dicha |
| Atenágoras 10 | Dios «tenía en sí mismo al Logos», siendo «eternamente racional» | «Salió» como idea y poder operante; no «llegó a ser» | «El Hijo en el Padre y el Padre en el Hijo» |
La lectura clásica distingue en los apologistas dos etapas: el Logos inmanente en Dios, que es su razón, y el Logos emitido para crear, que desde entonces es Hijo. Kelly la acepta y dice dos cosas sobre ella. «Padre» significaba para los apologistas la Deidad entera como autora de todo lo que existe, y no la primera Persona de la Trinidad; y la generación del Logos, y con ella su derecho al título «Hijo», la fechaban en la emisión (Early Christian Doctrines, p. 100). Las acusaciones modernas de que no distinguían al Logos del Padre hasta la creación, y de que lo subordinaban, tienen para él «una validez superficial» a la luz de la ortodoxia posterior, pero «no tienen sentido» en la atmósfera en que escribían; para él hablaban de lo que después se llamó personalidad del Verbo, aunque faltara el vocabulario (pp. 100–101).
Harnack saca de los mismos textos otra conclusión. El Logos se convirtió en hipóstasis distinta del Padre solo con la emisión; el Logos endiathetos no lo es todavía; y como el Logos tiene origen y el Padre no, el Logos queda «en segundo lugar» por razón de su origen, no de su esencia (History of Dogma II, cap. 4). Con todo, el mismo Harnack previene en una nota contra la costumbre de distinguir entre las concepciones de Justino, Atenágoras, Taciano y Teófilo: ninguno escribió un tratado sobre el Logos y Taciano 5 es el único que da afirmaciones precisas. Dorner había separado ya a Atenágoras de los otros: según él rechaza la idea de que el Logos se hiciera hipóstasis en la creación y lo pone eternamente en Dios (Doctrine of the Person of Christ I, pp. 283–284).
Edwards recorta más. Solo Teófilo, entre los del siglo II, nombra las dos fases con endiathetos y prophorikos. Tertuliano defiende la teoría sin esos adjetivos, y Taciano la tiene «claramente», pero tampoco los usa. De Justino dice que afirma una generación del Logos sin hablar de ninguna fase anterior, y de Atenágoras que es un testigo mejor, aunque ambiguo (Vigiliae Christianae 54, pp. 160–161). Para Pettersen, en cambio, Justino y Teófilo usaron ambos la distinción estoica; ninguno quería decir que Dios quedara «sin razón» tras emitirla, y en Teófilo, al hablar de un Dios que no queda «sin Logos», puede haber un germen de la generación eterna (The Second-Century Apologists, cap. 5). D. H. Williams lee el Autólico de otro modo: para él el Logos de Teófilo es del todo Dios, «no un segundo Dios», y el obispo apenas distingue cronológicamente al Logos del Hijo (Defending and Defining the Faith, pp. 207–209).
En Roma y en Cartago el Logos de los apologistas se encuentra con un adversario: los que niegan que el Logos sea otro que el Padre. Noeto, que Kelly sitúa en Esmirna a fines del siglo II, rechazaba la doctrina del Logos y leía el prólogo de Juan en sentido alegórico (pp. 119–120). Tertuliano escribe contra Práxeas hacia 213 (Kelly) y responde con una explicación tomada de la psicología. Antes de crear, dice, Dios no estaba solo:
[2] Pues antes de todas las cosas, Dios estaba solo, siendo él mismo para sí mismo mundo y lugar y todo. Solo, porque nada extrínseco había fuera de él. Pero ni aun entonces estaba solo: tenía consigo lo que tenía dentro de sí mismo, su razón, la suya propia. Racional es Dios, y la razón estaba en él primeramente, y así de él proceden todas las cosas: esa razón es su propio sentir. [3] Los griegos la llaman lo/goj, con cuyo vocablo designamos también la palabra; y por eso ya es costumbre entre los nuestros, por simplicidad de interpretación, decir que en el principio la Palabra estaba junto a Dios, cuando más conviene tener a la Razón por anterior, porque Dios no fue verbal desde el principio, sino racional, aun antes del principio, y porque también la palabra misma, consistiendo en la razón, muestra que ésta le es anterior como su sustancia.
Para Tertuliano la razón está siempre en Dios, y la Palabra es esa razón cuando Dios la dispone y la dice. La hace «segunda» respecto de sí, como la palabra que uno se dice a sí mismo al pensar (5, 6–7), y le da su «nacimiento perfecto» cuando Dios dice «Sea la luz» (7, 1). Es la persona del Hijo, «segundo a partir del Padre» (7, 9). Kelly resume: Tertuliano, igual que los apologistas, fechaba la generación perfecta del Verbo en su emisión para crear, y antes de ese momento no se podía decir con propiedad que Dios tuviera un Hijo (p. 112). La frase de Contra Hermógenes 3 que Kelly y Hatch citan en ese sentido, «hubo un tiempo en que ni el pecado existía con Dios, ni el Hijo», está en el artículo sobre la generación eterna.
Hipólito dice lo mismo con otras palabras. En el Contra Noeto (10), Dios existía solo y, sin embargo, «existía en pluralidad», porque no estaba sin razón, sin sabiduría, sin poder ni sin consejo. Después engendró al Verbo «como Luz de Luz» y lo puso ante el mundo como su Señor. Cuando habla de la encarnación fija un límite al título «Hijo»:
Porque ni aun el Verbo, antes de la encarnación y cuando estaba solo por sí mismo, era todavía Hijo perfecto, aunque era Verbo perfecto, unigénito. Ni podía la carne subsistir por sí misma aparte del Verbo, porque tiene su subsistencia en el Verbo. Así, pues, fue manifestado un solo Hijo perfecto de Dios.
Kelly escribe que Hipólito se resistía a llamar «Hijo» al Verbo salvo en sentido proléptico antes de la encarnación (p. 112). Edwards añade que en la Refutación (X, 33) la primera fase, en que Dios concibe al Logos, no parece eterna: precede a la segunda, en que lo emite (p. 163). La expresión «Luz de Luz», que Nicea pondrá en el credo, ya está en el pasaje del Contra Noeto 10. Ireneo es una excepción: Edwards señala que conoce los dos adjetivos, pero solo para discutirlos en boca de los valentinianos (Contra las herejías II, 12, 5), y que no los usa al hablar del Logos (pp. 162–163).
Clemente de Alejandría escribe hacia 200 y para él Cristo es el Logos desde antes de crear el mundo. En el Protréptico lo presenta como el «canto nuevo» que es el más antiguo:
Pero antes de la fundación del cosmos, nosotros, que íbamos a existir en él, fuimos engendrados primero por Dios; nosotros, las criaturas racionales del Logos de Dios, por quien somos antiguos, porque "en el principio era el Logos". Pero que el Logos existía desde arriba, era y es principio divino de todas las cosas: y que ahora ha recibido el nombre antiguamente santificado, digno de poder —Cristo—, me ha sido llamado canto nuevo. [...] Ha aparecido el maestro por quien todas las cosas fueron creadas, el Logos que, concediendo la vida en el principio al crear como demiurgo, al aparecer como maestro enseñó a vivir bien, para que más tarde, como Dios, conceda el vivir siempre.
Los Stromata V y VII no están publicados en el sitio; de la edición inglesa de la ANF se traducen aquí dos pasajes. En el primero Clemente rechaza una lectura de la palabra:
Y quien nos dio parte en el ser y la vida nos dio también parte en la razón, queriendo que vivamos a la vez racional y rectamente. Pues el Logos del Padre del universo no es el logos proferido (λόγος προφορικός), sino la sabiduría y la bondad más manifiesta de Dios, y también su poder, que es omnipotente y verdaderamente divino, y no es inconcebible para quienes no lo confiesan: es la voluntad omnipotente.
En el segundo, el Hijo aparece como el Logos paterno al que está sometido todo lo creado:
Pues desde su propio punto de vista el Hijo de Dios nunca es desplazado: no se divide, no se separa, no pasa de lugar en lugar; está siempre en todas partes y no está contenido en ninguna; es mente entera, luz paterna entera; todo ojos, que lo ve todo, lo oye todo, lo sabe todo, y escruta con su poder las potestades. A él está sometida toda la hueste de los ángeles y de los dioses; él, el Logos paterno, que muestra la santa administración para aquel que lo sometió todo a él.
Kelly resume el Logos de Clemente así: unidad y pluralidad a la vez, mente del Padre que contiene sus ideas y las fuerzas con que anima el mundo; su generación no tiene principio («el Padre no existe sin el Hijo») y la subordinación que se le nota viene de la jerarquía platónica y no de una desigualdad de ser (pp. 126–127). Hatch ya había visto en Stromata V, 1 que Clemente niega la distinción entre el Logos prophorikos y el endiathetos que Teófilo acepta (Greek Ideas, p. 265, nota 1).
La discusión sobre Clemente es otra. Focio, en el siglo IX, atribuye a las Hipotiposis la tesis de que el Hijo es Logos por homonimia con el Logos del Padre, que no es el que se hizo carne. Si Focio leía bien, Clemente habría enseñado una teoría de dos Logoi, que es lo que Edwards atribuye a la investigación moderna, con Casey, Wolfson y Lilla a la cabeza (pp. 159, 168). Edwards sostiene que Focio leyó mal: el pasaje se parece a Stromata V, 1 y a lo que Hipólito y Orígenes dicen en su momento, una advertencia contra tomar el título Logos como si fuera la palabra que se dice al hablar (Vigiliae Christianae 54, pp. 168–171). Bigg ya había escrito que la noticia de Focio «debe de descansar en un error» (Christian Platonists, conferencia II, nota), y Harnack la llama malentendido (vol. II, nota sobre la doctrina del Logos de Clemente). Osborn la da por descartada: «es ahora seguro» que no puede atribuirse a Clemente (Clement of Alexandria, p. 134, nota 8, que cita además un estudio de Markschies de 1993, no disponible aquí). Edwards defiende, además, un fragmento latino de Casiodoro sobre 1 Juan que hablaría de una generación sin principio, pero su autenticidad no se puede comprobar con lo que hay en la biblioteca.
Orígenes toma el mismo punto de partida y llega a otra conclusión. En Sobre los principios explica por qué el Hijo se llama Palabra, y de la explicación saca una consecuencia:
3. Ahora bien, del mismo modo que hemos entendido que la Sabiduría era el principio de los caminos de Dios y que se dice que fue creada porque preformaba y contenía en sí las especies y los principios de todas las criaturas, debemos entender que es la Palabra de Dios porque revela a todos los demás seres, es decir, a la creación entera, la naturaleza de los misterios y secretos contenidos en la sabiduría divina. Por eso se la llama Palabra: porque es, por así decirlo, intérprete de los secretos de la mente. De ahí que me parezca acertada la expresión que se encuentra en los Hechos de Pablo, donde se dice que la Palabra es un ser vivo. Juan, sin embargo, con mayor elevación y propiedad, dice al comienzo de su Evangelio, al definir a Dios como la Palabra mediante una definición particular: "Y Dios era la Palabra, y esta estaba en el principio con Dios". Así pues, quien atribuya un comienzo a la Palabra o Sabiduría de Dios, cuide de no incurrir en impiedad contra el propio Padre ingénito, pues niega que haya sido siempre Padre, que haya engendrado la Palabra y que haya poseído sabiduría en todos los períodos precedentes, ya se los llame tiempos, eras o de cualquier otro modo.
Orígenes argumenta desde Dios. Un Padre que primero no tuviera Palabra y Sabiduría y luego las engendrara cambiaría, o habría tenido una potestad sin usarla (Sobre los principios I, 2, 2). Llama «aliento de la potestad de Dios» a la Sabiduría y concluye que «el aliento de la potestad de Dios existió siempre y no tuvo otro principio que Dios mismo» (I, 2, 9). Lo que los apologistas habían puesto en una fase previa, la razón en Dios, Orígenes lo identifica con el Hijo, y por eso la emisión deja de ser el comienzo de la filiación. Kelly resume el resultado: el Padre engendra al Hijo por un acto eterno, de modo que no se puede decir «hubo un tiempo en que no era» (p. 128); y, a diferencia de Tertuliano y de Hipólito, Padre, Hijo y Espíritu son hipóstasis distintas desde siempre y no solo en la economía (p. 129).
El otro lado de su argumento es la crítica a la palabra proferida. En el Comentario a Juan, Orígenes presenta a quienes preguntan qué es el Hijo cuando se le llama Verbo y usan el Salmo para decir que es una expresión del Padre:
El pasaje que más utilizan es el de los Salmos: "Mi corazón ha producido un buen Verbo"; e imaginan que el Hijo de Dios es una expresión del Padre depositada, por así decirlo, en sílabas y, en consecuencia, si seguimos examinando su postura, no le reconocen una hipóstasis independiente ni tienen claridad acerca de su esencia. No quiero decir que confundan sus cualidades, sino que no tienen claridad sobre el hecho mismo de que posea una esencia propia. Pues nadie puede comprender cómo aquello a lo que se llama "Verbo" puede ser un Hijo. Y un Verbo animado de esa índole, que no sea una entidad distinta del Padre y que, por tanto, carezca de subsistencia propia, no es un Hijo; o bien, si es un Hijo, que digan que Dios Verbo es un ser distinto y posee una esencia propia.
Orígenes objeta que, si el Verbo es solo una expresión, carece de subsistencia propia y no puede ser Hijo. Edwards, que cita el pasaje como Comentario a Juan I, 24, 151, lo pone junto a Hipólito y a Clemente como una misma advertencia contra tomar el título Logos por la palabra que se dice al hablar, y recuerda que se suele pensar que apuntaba a los monarquianos (Vigiliae Christianae 54, pp. 170–171 y 175). En el libro II Orígenes explica además cómo el Logos es Dios sin ser «el Dios»:
A tales personas hemos de decirles que Dios, por una parte, es Dios verdadero por sí mismo —Autotheos—; por eso dice el Salvador en su oración al Padre: "Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero". Todo cuanto está más allá del Dios verdadero, en cambio, llega a ser dios por participación en su divinidad y no debe llamarse sencillamente "el Dios", con artículo, sino más bien "dios", sin artículo. [...] Pero la imagen arquetípica de todas esas imágenes es, a su vez, el Verbo de Dios, que estaba en el principio y que, por estar con Dios, es Dios en todo momento; no lo es por sí mismo, sino por estar con el Padre, ni seguiría siendo Dios, si concebimos tal posibilidad, más que permaneciendo siempre en la contemplación ininterrumpida de las profundidades del Padre.
En el mismo comentario, II, 6, Orígenes concluye que «hay tres hipóstasis» y que nada es increado salvo el Padre; el artículo Ousía e hipóstasis explica qué se disputó después de esa frase. La subordinación que Kelly ve en Orígenes es de otro tipo que la de los apologistas. No depende de la fecha de la emisión: la plenitud de la Deidad está concentrada en el Padre, «fuente», y el Hijo la posee por participación (pp. 131–132). Un fragmento conservado de un comentario a Hebreos dice que una emanación como la de Sabiduría 7:25 parece homoousios con aquello de que emana, y Kelly no ve razón de peso para negar que la palabra sea de Orígenes (p. 129). Edwards defiende además lo que dice Rufino en Principios I, 2, 6, donde el Hijo y el Padre comparten «unidad de naturaleza y sustancia». El artículo sobre el homoousios discute la palabra.
Cuando Arrio dice en Alejandría que hubo un tiempo sin Hijo, Atanasio cita así su Talía:
"Porque Dios —dice— estaba solo, y aún no existían el Verbo ni la Sabiduría. Entonces, queriendo formarnos, hizo a uno y lo llamó Verbo, Sabiduría e Hijo, para formarnos por medio de él". Así pues, dice que hay dos sabidurías: primero, el atributo que coexiste con Dios; y, luego, que el Hijo tuvo origen en esta sabiduría y solo recibió los nombres de Sabiduría y Verbo por participar de ella. "Pues la Sabiduría —dice—, por voluntad del Dios sabio, recibió su existencia en la Sabiduría". De igual modo, dice que hay en Dios otro Verbo además del Hijo, y que el Hijo, a su vez, por participar de él, recibe por gracia los nombres de Verbo e Hijo.
Edwards recuerda que el obispo Alejandro atribuía a Arrio una doctrina de dos Logoi y que lo hacía como quien denuncia una herejía conocida; él mismo duda de que Arrio la sostuviera (Vigiliae Christianae 54, p. 159). Añade que el concilio de Nicea no insistió en el título Logos y que en la confesión que Arrio presentó a Constantino en 327 Cristo es el Logos del mundo y no el del Padre (p. 159, nota 3). Atanasio contesta con dos argumentos. El primero es del mismo tipo que el de Orígenes: si «Hijo» significa lo engendrado por el Padre, y lo engendrado por el Padre es su Verbo y su Sabiduría, decir que hubo un tiempo sin Hijo es decir que hubo un tiempo en que Dios carecía de razón:
Pero si es Hijo, como dice el Padre y proclaman las Escrituras, y "Hijo" no significa otra cosa que lo engendrado por el Padre, y lo engendrado por el Padre es su Verbo, su Sabiduría y su Resplandor, ¿qué decir sino que, al sostener que "hubo un tiempo en que el Hijo no existía", despojan a Dios de su Verbo como saqueadores y afirman abiertamente de Él que hubo un tiempo en que carecía de su propio Verbo y Sabiduría, que la Luz estuvo un tiempo sin resplandor y que la Fuente estuvo un tiempo estéril y seca? Pues, aunque fingen espantarse ante la palabra "tiempo", a causa de quienes se lo reprochan, y dicen que Él existía antes de los tiempos, al señalar ciertos intervalos durante los cuales imaginan que no existía, siguen siendo sumamente irreligiosos, ya que igualmente sugieren la existencia de tiempos y atribuyen a Dios una ausencia de Razón.
El segundo argumento corrige la imagen de la palabra. En el Discurso II, 36 Atanasio dice que el Logos de Dios no es como nuestra palabra, que se extingue al decirla: «el Logos de Dios es uno y el mismo» y permanece, y no es lícito preguntar cómo procede de Dios. En Sobre la encarnación el título sigue en uso: la renovación de la creación es obra «del mismo Logos que la hizo en el principio» (§ 1, 4). El credo de 325 confiesa al «Hijo de Dios, engendrado del Padre» y no usa el título Logos. Lo que se decidió después sobre las palabras lo cuentan Homoousios y Ousía e hipóstasis.
La primera es cuánto debía la doctrina a la filosofía y cuánto a la Escritura. Hatch ve en las teorías sobre la génesis del Logos una influencia del pensamiento griego «aún más conspicua» que en las etapas anteriores, y en la eternidad de la generación la solución que prevaleció (Greek Ideas, pp. 263–267). Kelly dice que el pensamiento de los apologistas era «más filónico que joánico» (p. 96). Pettersen (cap. 5) y Williams (en una nota a su capítulo sobre Teófilo) ven en este más deuda con Filón que con el estoicismo.
La segunda es si los apologistas pensaban en dos etapas. Kelly y Harnack aceptan la distinción y la leen de manera contraria: para el primero, los apologistas percibían ya distinciones eternas en Dios aunque les faltara el vocabulario, y para el segundo, la hipóstasis del Logos empieza con la emisión. Edwards la limita a Teófilo, Dorner exceptúa a Atenágoras, Pettersen la reconoce en Justino y Teófilo, y Williams dice de este último que apenas distingue en el tiempo al Logos del Hijo. Harnack advertía que ninguno de los cuatro escribió un tratado sobre el Logos y que distinguirlos entre sí era arriesgado.
La tercera es si la doctrina de Nicea abandonó la teología del Logos. Hanson sostiene que la doctrina trinitaria definitiva puso «un freno brusco» a una línea de desarrollo, la del Logos como puente entre un Padre impasible y un mundo transitorio, y que esa línea se abandonó (The Search for the Christian Doctrine of God, p. 872). Ve además a los arrianos con «una larga y respetable tradición de teología del Logos» a sus espaldas (pp. 425–426). Ayres le responde que los pro-nicenos «transforman pero no abandonan» la teología del Logos anterior, y toma de De Régnon el argumento de que el Hijo, imagen que revela al Padre, sigue siendo mediador sin dejar de ser consustancial (Nicaea and Its Legacy, pp. 302–304).
La lista es del editor, no de los Padres: pasajes que ellos citan o que sostienen los términos de la discusión.
- y : el Logos con Dios, que es Dios, que se hizo carne. Lo citan Teófilo (II, 22), Tertuliano (Contra Práxeas 5, 3) y Clemente (Protréptico 1).
- : «primogénito de toda creación». Justino, Taciano y Teófilo usan «primogénito».
- : la Sabiduría que Dios «creó» o «engendró» antes de la tierra. Justino (Diálogo 61), Atenágoras (10), Tertuliano (Contra Práxeas 7) y Orígenes (Principios I, 2, 2) la leen del Hijo.
- : «Rebosa mi corazón palabra buena». Es el versículo con que Tertuliano (Contra Práxeas 7) y Orígenes (Comentario a Juan I, 23) discuten si el Hijo es una expresión del Padre.
- y : los textos de Noeto en favor de la identidad entre Padre e Hijo (Kelly, p. 120).
- : «Hagamos al hombre». Justino lo usa en el Diálogo (62) para mostrar que Dios habla con otro.
Un lector pregunta: «Justino llama al Logos "otro Dios", Orígenes lo llama "segundo Dios" y Arrio decía que era inferior al Padre. ¿Es lo mismo?». Se puede responder en tres pasos.
- Qué supone. Que «segundo» y «engendrado» tenían el mismo sentido antes y después de Nicea.
- Qué distingue. Para los apologistas, «Padre» nombra a Dios como autor de todo y «Hijo» al Logos emitido para crear; el segundo lugar viene de ahí (Kelly, pp. 100–101; Harnack lo lee como subordinación de origen). Para Orígenes, el Hijo es engendrado siempre y es «segundo» por derivar del Padre, que es la única fuente de la Deidad. Para Arrio, según Atanasio, el Hijo fue hecho de la nada, hubo un tiempo en que no existía y es mudable (Discurso I, 5).
- Dónde lo comprueba. En el Diálogo 128 («numéricamente distinto» y sin abscisión), en Principios I, 2, 2–3 (el Padre nunca sin su Sabiduría) y en el Discurso I, 5 de Atanasio, citando a Arrio. Que la subordinación de los dos primeros sea de la misma clase que la de Arrio se discute: Hanson sitúa a los arrianos en la tradición del Logos (pp. 425–426), y Kelly niega que los apologistas subordinaran al Hijo en el sentido de la crítica posterior (pp. 100–101).
Los cristianos del siglo II dijeron que Cristo es el Logos y entendieron esa palabra con las categorías de su tiempo: la razón de Dios y su expresión. Según Kelly y Harnack, para los apologistas, Tertuliano e Hipólito el Logos era Hijo desde su emisión para crear. Clemente rechazó que el Logos del Padre fuera el logos proferido; Orígenes rechazó que el Hijo fuera una expresión depositada en sílabas y concluyó que, si el Logos es la razón y la sabiduría de Dios, no hay un Dios sin él. Sigue en discusión cuánto había de dos etapas en cada apologista, si Clemente enseñó dos Logoi, de dónde viene la homoousía de Orígenes y si Nicea cerró o transformó la teología del Logos.
La próxima vez que aparezca el Logos en un Padre anterior a Nicea, se pueden preguntar tres cosas: si habla de la razón de Dios o de su emisión, desde cuándo llama Hijo a ese Logos y a quién tiene delante.
Nota de lectura · Fuentes de este artículo
Primarios. Justino, 1 Apología 13 y 46, 2 Apología 10 y 13, Diálogo con Trifón 50, 55, 61 y 128; Taciano, Discurso a los griegos 5; Teófilo, A Autólico II, 10 y 22; Atenágoras, Súplica 10; Tertuliano, Contra Práxeas 5 y 7; Hipólito, Contra Noeto 10 y 15; Clemente, Protréptico 1; Orígenes, Sobre los principios I, 2, 2, 3 y 9, Comentario a Juan I, 23, II, 2 y II, 6; Atanasio, Discursos contra los arrianos I, 5 y 14, II, 36, y Sobre la encarnación 1: textos castellanos de Eusebeia, copiados sin cambios de Justino y su Diálogo, Taciano, Teófilo, Atenágoras, Tertuliano, Hipólito, Clemente, Orígenes, Principios, Orígenes, Comentario a Juan y Atanasio, Discursos. Clemente, Stromata V, 1 y VII, 2: traducidos del inglés de William Wilson (Ante-Nicene Fathers, vol. 2), porque los Stromata V–VII no están publicados en el sitio. Orígenes, Comentario a Juan I, 23, es el que Edwards cita como I, 24, 151.
Estudios. J. N. D. Kelly, Early Christian Doctrines, pp. 95–104, 110–115, 119–120 y 126–136; M. J. Edwards, «Clement of Alexandria and His Doctrine of the Logos», Vigiliae Christianae 54 (2000), pp. 159–177; Eric Osborn, Clement of Alexandria (2005), pp. 133–134 y n. 8; Charles Bigg, The Christian Platonists of Alexandria (ed. de 1913), conferencia II; Edwin Hatch, The Influence of Greek Ideas and Usages upon the Christian Church, pp. 176, 248 y 263–267; Adolf Harnack, History of Dogma, vol. II, caps. 4 y 5 y nota sobre Clemente; August Dorner, Doctrine of the Person of Christ, división I, vol. 1, pp. 282–284; Alvyn Pettersen, The Second-Century Apologists (2020), cap. 5; D. H. Williams, Defending and Defining the Faith, pp. 207–209; R. P. C. Hanson, The Search for the Christian Doctrine of God, pp. 425–426 y 872; Lewis Ayres, Nicaea and Its Legacy, pp. 302–304. Cada lectura de este artículo se atribuye a su autor.
Límites. No están en la biblioteca Grillmeier, Christ in Christian Tradition I, ni Wolfson, Lilla, Casey, Prestige ni Markschies: Wolfson, Lilla, Casey y Markschies aparecen aquí solo a través de Edwards y de Osborn. No se consultó el griego ni el latín de ningún pasaje; para Teófilo y Clemente las palabras griegas (endiathetos, prophorikos) se toman de Edwards, de la edición ANF y del propio texto del sitio. El castellano de los escritos del sitio es en parte traducción automática hecha del inglés, y vierte logos de modos distintos. La traducción de Stromata V, 1 y VII, 2 es de segunda mano. Las fechas de Justino (Pettersen), Teófilo (Pettersen), Atenágoras (el escrito del sitio) y Tertuliano (Kelly) dependen de esas fuentes, la de Hipólito se da como límite por su muerte, y la de los primeros libros del Comentario a Juan (antes de 231) se toma del artículo Ousía e hipóstasis. Las páginas de los estudios son las de cada libro según la conversión de la biblioteca y pueden diferir una unidad; en Bigg no se verificó la página, y Dorner y Harnack se citan por la traducción inglesa de la biblioteca. Que Orígenes usara homoousios depende de un fragmento sobre Hebreos (PG 14, 1308, según Kelly) y de lo que Rufino traduce, que Edwards defiende; esa autenticidad se discute.
- Generación eterna: cómo Orígenes formuló que el Hijo es engendrado sin principio y qué objetó Arrio.
- Subordinacionismo: la misma pregunta vista desde los textos que parecen poner al Hijo por debajo del Padre.
- Los apologetas del siglo II ante el emperador: el contexto de Justino, Taciano, Atenágoras y Teófilo.
- Justino Mártir, Clemente de Alejandría y Orígenes: los tres perfiles donde el Logos ocupa más lugar.
- Regla de fe: el resumen de lo que Ireneo y Tertuliano decían haber recibido, con el Logos en el centro del segundo artículo.
- Homoousios y Ousía e hipóstasis: las dos palabras con que se cerró lo que el Logos de los apologistas dejaba abierto.
- Credo niceno-constantinopolitano: el texto de 325 y de 381.