Premisa central
Se llama montanismo al movimiento de la «nueva profecía», que empezó en Frigia con Montano y las profetisas Prisca y Maximila, llegó a Roma, a las Galias y a África, y tuvo en Tertuliano a su único autor conservado. Sus adversarios lo trataron de falsa profecía, de ambición y de codicia y, con más fuerza desde el siglo IV, de error sobre Dios. Epifanio y Tertuliano dicen que su fe sobre el Padre, el Hijo y el Espíritu era la de la Iglesia, e Hipólito lo dice de la mayoría; lo suyo era la disciplina: ayunos, segundas nupcias, perdón de los pecados graves y huida en la persecución. Qué enseñaron Montano y las profetisas, y qué añadió Tertuliano, es lo que las fuentes dejan separar solo en parte.
Un autor sin nombre, que cita Eusebio, llegó a Ancira de Galacia y encontró a la Iglesia de allí «muy agitada por esta novedad, no profecía, como ellos la llaman, sino más bien falsa profecía» (V, 16, 4). Disputó muchos días en la iglesia con los partidarios de la novedad, los presbíteros le pidieron que dejara por escrito lo dicho y de esa petición salió el libro que Eusebio resume y cita. Las dos palabras de la frase, profecía y falsa profecía, contienen la discusión entera. Casi todo lo que se sabe de quienes la sostenían lo cuentan quienes la rechazaban.
La novedad tenía nombre propio. Montano, un converso reciente de Frigia, y dos mujeres, Prisca (Priscila en Eusebio) y Maximila, hablaban en nombre del Espíritu, y era el Paráclito prometido en el Evangelio de Juan, según Tertuliano, quien hablaba por ellos. Su profecía se discutió en Asia, en Lyon, en Roma y en Cartago. En Asia los obispos excluyeron a sus partidarios, y en el siglo IV un concilio mandó recibirlos como paganos.
De Montano y las profetisas se puede preguntar qué dijeron, en los pocos casos en que se los oye; de sus adversarios, de qué los acusaron y con qué pruebas; y de Tertuliano, cuánto del montanismo que describe es de Montano y cuánto suyo, porque lo conoció en Cartago una generación después y por un camino que nadie describe bien.
De los montanistas no se conserva ningún libro. Heine, que edita sus oráculos y los testimonios antiguos (The Montanist Oracles and Testimonia, Mercer University Press, 1989), recuerda que las fuentes mencionan muchos tratados suyos y que todos se perdieron, salvo los que Tertuliano escribió después de adoptar la nueva profecía. Lo demás son tres cosas: unos pocos oráculos citados por otros, las descripciones de los adversarios y los tratados de Tertuliano. Heine reúne catorce oráculos que acepta como auténticos o probables, y cinco dudosos.
Sobre el origen en Frigia las fuentes más importantes, según Heine, son Eusebio y Epifanio, por lo que cada uno cita. Eusebio conserva fragmentos de dos libros anteriores: el del Anónimo, que dice haber disputado con los frigios en Galacia y escribe más de trece años después de la muerte de Maximila (V, 16, 19), y el de Apolonio, escrito cuarenta años después de que Montano empezara a profetizar (V, 18, 12). Epifanio no dice a quién copia. Heine sigue a Lipsius y a Voigt en que usó un escrito de finales del siglo II o principios del III, y sostiene, con argumentos que da en otro lugar, que ese escrito procedía de Frigia. Las tres fuentes son hostiles.
Los tratados de Tertuliano son lo contrario: la voz de un partidario. Heine advierte de que no sirven para reconstruir el montanismo frigio, porque sus opiniones a veces discrepan de lo que se sabe de allí y parecen modificaciones propias, y porque el montanismo pudo llegarle por Roma, donde ya se habían introducido otras novedades. Osborn llega a algo parecido: Tertuliano probablemente no trató con montanistas de Asia Menor ni de Roma, y las ideas que conoció en Cartago ya estaban modificadas por el ambiente africano.
Pierre de Labriolle reunió el corpus en Les sources de l'histoire du montanisme (1913) y lo estudió en La crise montaniste (1913). Heine rehace su colección: omite noventa y seis textos, casi todos del siglo IV o posteriores y muchos de ellos simples menciones en listas de herejías, y reordena el resto por lugares y por la antigüedad de la fuente citada, no del autor que la cita. Los pasajes de este artículo salen de los escritos que el sitio publica y de las ediciones de la biblioteca; donde Heine o la traducción de Epifanio por Williams tienen derechos, se resumen con el nombre de su autor.
El relato más antiguo del origen es el del Anónimo, que Eusebio copia. Cada rasgo es una acusación, así que se lee mejor entero:
7. Se dice que hay una cierta aldea llamada Ardabau en aquella parte de Misia que limita con Frigia. Allí por primera vez, dicen, cuando Grato era procónsul de Asia, un recién convertido, de nombre Montano, por su inextinguible deseo de liderazgo, dio ocasión al adversario contra él. Y quedó fuera de sí, y hallándose de repente en una especie de frenesí y éxtasis, deliraba, y comenzó a balbucir y a proferir cosas extrañas, profetizando de una manera contraria a la costumbre constante de la Iglesia transmitida por tradición desde el principio.8. Algunos de los que oyeron sus espurias expresiones en aquel tiempo se indignaron, y lo reprendieron como a un poseído que estaba bajo el dominio de un demonio, guiado por un espíritu engañoso y que extraviaba a la multitud; y le prohibieron hablar, recordando la distinción trazada por el Señor y su advertencia de guardarse vigilantemente contra la venida de falsos profetas. [] Pero otros, imaginándose poseídos del Espíritu Santo y de un don profético, se enorgullecieron y no poco se hincharon; y olvidando la distinción del Señor, desafiaron al espíritu loco, insidioso y seductor, y fueron burlados y engañados por él. A consecuencia de esto, ya no se le pudo contener para que guardara silencio.9. Así, por artificio, o más bien por semejante sistema de malvada astucia, el diablo, maquinando la destrucción para los desobedientes y siendo indignamente honrado por ellos, excitó e inflamó secretamente sus entendimientos, ya extrañados de la verdadera fe. Y agitó además a dos mujeres, y las llenó del espíritu falso, de modo que hablaban desaforadamente, irrazonablemente y de manera extraña, como la persona ya mencionada. Y el espíritu las declaró bienaventuradas mientras ellas se regocijaban y gloriaban en él, y las hinchó con la magnitud de sus promesas. Pero a veces las reprendía abiertamente de manera sabia y fiel, para parecer un reprensor. Pero los de los frigios que fueron engañados eran pocos en número.Y el espíritu arrogante les enseñó a injuriar a toda la Iglesia universal bajo el cielo, porque el espíritu de la falsa profecía no recibía de ella ni honor ni entrada en ella.10. Pues los fieles de Asia se reunían a menudo en muchos lugares de toda Asia para examinar este asunto, y examinaban las novedosas expresiones y las declaraban profanas, y rechazaban la herejía, y así estas personas fueron expulsadas de la Iglesia y excluidas de la comunión.
Montano, dice el Anónimo, era un recién convertido de una aldea de Misia, en el límite con Frigia, que habló «fuera de sí» cuando Grato era procónsul de Asia. Unos lo reprendieron como a un poseído y otros lo escucharon. Dos mujeres se sumaron. El Anónimo lo explica todo por la ambición de Montano y por la acción del diablo, y añade que los frigios engañados fueron pocos y que los fieles de Asia, reunidos varias veces, examinaron los dichos de los profetas, los declararon profanos y los separaron de la Iglesia. No da el año.
La fecha se discute. Epifanio la fija hacia el año decimonoveno de Antonino Pío, que Williams convierte en 157. Según Heine, Eusebio la pone hacia 171. Barnes sitúa a Montano cerca de 170, Osborn deja 157 y 172 como los dos extremos posibles y Dunn habla de entre 165 y 170. En el relato del Anónimo hay un nombre, el procónsul Grato, pero no un año.
Apolonio escribe cuando se cumplían cuarenta años desde el comienzo de la profecía, y aporta el resto de las acusaciones sobre Montano y las dos mujeres. Es un texto de polémica y así hay que leerlo:
2. «Sus acciones y su enseñanza muestran quién es este nuevo maestro. Éste es el que enseñó la disolución del matrimonio; que impuso leyes para el ayuno; que llamó a Pepuza y Timio, pequeñas ciudades de Frigia, Jerusalén, queriendo reunir gentes en ellas de todas partes; que nombró recaudadores de dinero; que ideó la recepción de regalos bajo el nombre de ofrendas; que proveyó salarios para los que predicaban su doctrina, para que su enseñanza prevaleciera mediante la glotonería.»3. Así escribe acerca de Montano; y un poco más adelante escribe como sigue acerca de sus profetisas: «Mostramos que estas primeras profetisas mismas, tan pronto como fueron llenas del Espíritu, abandonaron a sus maridos. Cuán falsamente, por tanto, hablan los que llaman virgen a Prisca.»4. Después dice: «¿No os parece que toda Escritura prohíbe a un profeta recibir regalos y dinero? Por tanto, cuando veo a la profetisa recibir oro y plata y vestidos costosos, ¿cómo puedo evitar reprenderla?»
Algunas de esas acusaciones tienen eco en otras fuentes. Epifanio dice que los frigios expulsaban a quien se casaba por segunda vez (Panarion 48, 9), lo que no es lo mismo que disolver los matrimonios, pero va en la misma dirección. Las leyes de ayuno aparecen en Hipólito, que habla de «novedades de ayunos» (VIII, 12), y en Tertuliano, que las defiende. Que Pepuza era Jerusalén lo dicen también Epifanio y Cirilo de Jerusalén. Que las dos profetisas dejaron a sus maridos lo repiten Schaff y Barnes sin discutirlo; entre las fuentes de este artículo, solo Apolonio lo afirma.
Heine edita los oráculos en la primera parte de su libro: cuatro de Montano, cuatro de Maximila, dos de Prisca, uno atribuido a Quintila o a Priscila y tres de profetas sin nombre que cita Tertuliano. Son lo más directo que se conserva, aunque cada uno llega en la cita de un adversario o de Tertuliano, con la lectura que ellos le dan. Las traducciones que siguen son de Eusebeia sobre el texto griego o latino que Heine edita; los números son los de su colección.
Montano habla de sí mismo como de un instrumento. Epifanio le cita esta frase (Panarion 48, 4; nº 3): «Mira, el hombre es como una lira, y yo me lanzo sobre él como el plectro. El hombre duerme y yo velo. Mira, es el Señor quien hace salir de sí los corazones de los hombres y quien da corazón a los hombres». Otras dos suenan distinto: «Yo soy el Señor Dios, el Todopoderoso, que habita en un hombre» (48, 11, 1; nº 1) y «Ni ángel ni enviado, sino yo, el Señor Dios Padre, he venido» (48, 11, 9; nº 2). Epifanio las lee como una pretensión de Montano de ser Dios Padre. Schaff, en cambio, piensa que los adversarios dedujeron mal, de que los oráculos hablen en primera persona, que Montano se tuviera por el Paráclito o por el Padre. Barnes los lee como la voz de Dios que habla por un instrumento pasivo. Un cuarto oráculo promete que los justos brillarán cien veces más que el sol y los pequeños que se salven, cien veces más que la luna (48, 10, 3; nº 4).
De Maximila se conservan cuatro. Eusebio cita el que el Anónimo le reprocha: «Soy expulsado de entre las ovejas como un lobo. No soy lobo. Soy palabra y espíritu y poder» (V, 16, 17; nº 5). Epifanio cita otros tres. «Después de mí ya no habrá profeta, sino el fin» (48, 2, 4; nº 6), donde Williams señala que los manuscritos varían entre «profeta» y «profetisa». «No me oigáis a mí, sino oíd a Cristo» (48, 12, 4; nº 7). Y un texto en el que dice que el Señor la envió como partidaria, anunciadora e intérprete de este esfuerzo, de esta alianza y de esta promesa, obligada, quiera o no quiera, a conocer el conocimiento de Dios (48, 13, 1; nº 8). Williams anota que Maximila habla aquí de sí misma en masculino y que Epifanio lo lee de otro modo, como un mandato de enseñar a los que quieren y a los que no, y lo refuta sobre esa base.
Los dos oráculos de Prisca los transmite Tertuliano. En Sobre la resurrección de la carne (11, 2) cita su sentencia sobre quienes niegan la resurrección: el sitio traduce «Son carnales y, sin embargo, odian la carne» (nº 9). En la Exhortación a la castidad (10, 5) la llama «santa profetisa» y le atribuye que la pureza produce armonía, y que quienes la practican ven visiones y, con el rostro inclinado, oyen voces saludables, tan claras como secretas (nº 10).
Otro oráculo es de clase distinta: el que Epifanio da a las quintilianas (49, 1; nº 11). Quintila o Priscila, él no sabe cuál, se durmió en Pepuza y vio a Cristo con forma de mujer y vestido de blanco, que le infundió sabiduría y le reveló que aquel lugar era santo y que allí bajaría la Jerusalén celeste. Heine lo incluye entre los auténticos, con una nota: su autenticidad está cuestionada (Groh), y Tertuliano, que esperaba el milenio, habla de Jerusalén y no menciona nunca Pepuza.
Por último, Tertuliano cita tres veces una voz del Paráclito sin dar nombre de profeta. Una trata del perdón: «La Iglesia puede perdonar el delito, pero yo no lo haré, para que no cometan otros además» (Sobre la modestia 21, 7; nº 12). Dos tratan del martirio, en Sobre la huida 9, 4 (nº 13 y 14).
Heine deja entre los dudosos lo que algunos textos tardíos ponen en boca de Montano: «Yo soy el Padre, y el Hijo, y el Paráclito», que Dídimo y un diálogo posterior entre un montanista y un ortodoxo citan como suyo, y un fragmento atribuido a unas Odas de Montano sobre la naturaleza única de Cristo. A propósito del diálogo, Heine observa que en su contexto esas palabras no se toman como pretensión de Montano sobre sí mismo; son afirmaciones cristológicas parecidas a las de los sabelianos.
Sobre Dios hablan, pues, solo los oráculos 1 y 2, los mismos que Epifanio lee como pretensión de ser el Padre. Jerónimo, en la carta 41, atribuye a los montanistas la doctrina de Sabelio y no cita ningún oráculo.
El Anónimo no discute lo que los profetas decían. Discute cómo lo decían, y propone una regla: el falso profeta habla en éxtasis, «sin vergüenza ni temor», y de la ignorancia premeditada pasa «a la locura involuntaria del alma». Los profetas de verdad no hablaron así.
2. Un poco más adelante en la misma obra da una lista de los que profetizaron bajo el nuevo pacto, entre los cuales enumera a una tal Amia y a Cuadrato, diciendo:Pero el falso profeta cae en un éxtasis, en el cual está sin vergüenza ni temor. Comenzando con ignorancia premeditada, pasa, como se ha dicho, a la locura involuntaria del alma.3. No pueden mostrar que uno de los antiguos o uno de los nuevos profetas fuera arrebatado así en espíritu. Tampoco pueden jactarse de Ágabo, ni de Judas, ni de Silas, ni de las hijas de Felipe, ni de Amia en Filadelfia, ni de Cuadrato, ni de ningún otro que no les pertenezca.4. Y de nuevo, poco después, dice: «Pues si, como afirman, después de Cuadrato y Amia en Filadelfia, las mujeres con Montano recibieron el don profético, muestren quién de entre ellos lo recibió de Montano y de las mujeres. Pues el apóstol consideró necesario que el don profético continuara en toda la Iglesia hasta la venida final. Pero no pueden mostrarlo, aunque éste es el año catorce desde la muerte de Maximila.»
El argumento tiene dos partes. La primera dice que la profecía siempre fue lúcida. Epifanio la desarrolla en el capítulo 48 con una larga serie de casos (Moisés, Isaías, Ezequiel, Daniel, Pedro) y con una explicación del «éxtasis» que Dios envió sobre Adán, que según él fue sueño y no desvarío. La segunda es histórica: si el don profético continúa en la Iglesia hasta la venida final, que los montanistas muestren quién lo recibió de Montano y de las mujeres. Epifanio vuelve sobre ella en 48, 2, con un giro propio: si hay que recibir los dones, ¿por qué no hay profetas después de Maximila? Y si los hubo hasta ella, ella misma dijo que después vendría el fin, y el fin no ha llegado. Epifanio usa así un oráculo auténtico, el nº 6, contra quien lo pronunció.
Hace lo mismo con el nº 7, «no me oigáis a mí, sino oíd a Cristo». Si hablaba por el Espíritu Santo, razona, no habría dicho que no la oyeran; y si hablaba por sí misma, no era profetisa (48, 12). Con el oráculo de Montano sobre el brillo de los justos razona igual: Cristo dijo que los justos brillarían como el sol, y Montano promete más de lo que el Señor prometió (48, 10, 6). Y añade que el Espíritu que reparte los dones «a cada uno como él quiere» () no prohibiría sus propias palabras (48, 12, 12).
Tertuliano defiende el éxtasis con un ejemplo de su propia iglesia. Para probar que el alma tiene cuerpo, cuenta en Sobre el alma que entre ellos hay una hermana que recibe revelaciones en la asamblea del día del Señor, y copia sus palabras:
Pues, viendo que reconocemos carismas espirituales, o dones, también nosotros hemos merecido alcanzar el don profético, aunque viniendo después de Juan (el Bautista). Tenemos ahora entre nosotros una hermana a quien ha cabido en suerte ser favorecida con diversos dones de revelación, los cuales experimenta en el Espíritu por visión extática en medio de los sagrados ritos del día del Señor en la iglesia: conversa con ángeles, y a veces incluso con el Señor; ve y oye comunicaciones misteriosas; entiende el corazón de algunos hombres, y a quienes están en necesidad distribuye remedios. Ya sea en la lectura de las Escrituras, o en el canto de los salmos, o en la predicación de los sermones, o en la ofrenda de oraciones, en todos estos servicios religiosos se le ofrecen materia y ocasión de ver visiones. Bien pudo habernos sucedido, mientras esta hermana nuestra estaba arrebatada en el Espíritu, que hubiéramos discurrido de manera inefable acerca del alma. Después de que el pueblo es despedido al concluir los sagrados oficios, tiene la costumbre regular de informarnos de todo aquello que haya visto en visión (pues todas sus comunicaciones son examinadas con el más escrupuloso cuidado, a fin de que su verdad sea probada). «Entre otras cosas,» dice ella, «me ha sido mostrada un alma en forma corporal, y un espíritu ha tenido costumbre de aparecérseme; no, empero, una ilusión vana y vacía, sino tal que se ofrecería incluso a ser tocada con la mano, blanda y transparente y de color etéreo, y en forma semejante en todo a la de un ser humano.»
Tertuliano llama «éxtasis» a la visión de su hermana y lo valora como signo de gracia. Según una nota de Williams, en Contra Marción IV, 22 y V, 8 equipara el éxtasis con la amentia y dice que el profeta pierde los sentidos al ser cubierto por el poder de Dios; es decir, acepta la descripción de los adversarios y le da signo contrario. Lo que la hermana ve se somete a examen: «todas sus comunicaciones son examinadas con el más escrupuloso cuidado». Y entre sus dones figura el de distribuir remedios a quienes están en necesidad; el texto no precisa de qué clase. Es la única alusión de este artículo a algo parecido a una curación: ni en Eusebio V, 16-19 ni en el capítulo 48 de Epifanio aparecen los profetas sanando enfermos.
Las pruebas que unos y otros proponen para reconocer a un profeta son tres. El Anónimo y Epifanio piden lucidez: el que habla fuera de sí no es profeta. Apolonio pide frutos: «los frutos del profeta deben ser probados», y enumera lo que un profeta no hace (teñirse el cabello, pintarse los párpados, jugar a los dados, prestar con usura; V, 18, 11). Epifanio y Tertuliano piden concordancia con Cristo y con la regla de fe. Epifanio, que el Espíritu glorifique a Cristo, según . Tertuliano, que la nueva profecía deje intacta la regla de fe y ordene solo la disciplina (Sobre el velo de las vírgenes, 1).
El pasaje de Pablo sobre los dones es el mismo del que se ocupa «A otro, dones de sanidades», que sigue en otra línea la pregunta de si los dones continuaron después de los apóstoles. Allí, Justino, Ireneo y Orígenes atestiguan que continúan, y Crisóstomo confiesa que ya no ocurren. En el montanismo se ve el caso en que la continuidad de un don se discutió con nombres propios, con un criterio de examen y con consecuencias para la comunión. Los adversarios, además, no niegan la profecía en general: el Anónimo cita a Ágabo, a Judas, a Silas, a las hijas de Felipe, a Amia y a Cuadrato como profetas verdaderos (V, 17, 3). La discusión es sobre quién es profeta, no sobre si el Espíritu los da.
En Asia la respuesta de las iglesias fue la excomunión y, según los adversarios, el exorcismo. El Anónimo dice que dos obispos, Zótico de Comana y Juliano de Apamea, quisieron examinar el espíritu que hablaba por Maximila y que los partidarios de Temisón les taparon la boca (V, 16, 17). Serapión de Antioquía escribió a Cárico y a Poncio, con escritos de Apolinar de Hierápolis, y la carta lleva firmas de otros obispos. Una de ellas, la de Elio Publio Julio, obispo de Develtum, en Tracia, dice: «el bienaventurado Sotas de Anquíalo quiso expulsar el demonio de Priscila, pero los hipócritas no se lo permitieron» (V, 19, 3).
Firmiliano de Cesarea, en la carta a Cipriano sobre el bautismo de los herejes (la 74 de la numeración que sigue el sitio y la 75 en Hartel y en los estudios), recuerda que se reunió con otros obispos en Iconio y que allí decidieron que ningún bautismo celebrado fuera de la Iglesia valía (§ 19). Los catafrigios eran uno de los casos:
según lo cual también los que son llamados catafrigios, y se esfuerzan por reclamar para sí nuevas profecías, no pueden tener ni al Padre, ni al Hijo, ni al Espíritu Santo; de los cuales, si preguntamos qué Cristo anuncian, responderán que predican a Aquel que envió al Espíritu que habla por Montano y Prisca. Y en estos, cuando observamos que no ha habido espíritu de verdad, sino de error, sabemos que quienes mantienen su falsa profecía contra la fe de Cristo no pueden tener a Cristo.
Firmiliano no habla de errores sobre Dios. El § 19 los describe como quienes, «aunque reciben a los nuevos profetas», parecen reconocer al mismo Padre y al mismo Hijo, y concluye que, fuera de la Iglesia, ningún bautismo vale. La lógica es la de Tertuliano con signo contrario: para Firmiliano quien sigue a Montano no tiene el Espíritu, y para Tertuliano son los psíquicos quienes lo rechazan (Sobre el ayuno, 1). La fecha del sínodo de Iconio no consta en el texto.
Lyon intervino de otra manera. Eusebio cuenta, a continuación del relato de los mártires, que los hermanos de las Galias, mientras sus mártires estaban todavía en la cárcel, escribieron a Asia y Frigia y a Eleuterio, obispo de Roma, sobre la profecía de Montano y los suyos, «negociando por la paz de las iglesias» (V, 3, 4). Califica su juicio de «prudente y muy ortodoxo» y no dice cuál fue. Ireneo llevó una carta a Eleuterio (V, 4, 1-2); Eusebio no dice que esa carta tratara del montanismo. Harnack concluye que los confesores de Lyon se mostraron abiertamente simpatizantes del movimiento de Asia, y Schaff habla de una posición conciliadora que simpatizaba al menos con la seriedad moral, el entusiasmo por el martirio y la esperanza milenarista.
Ireneo escribió también, en el libro III, un pasaje que desde antiguo se lee como una referencia al montanismo. El sitio lo publica con una aclaración del traductor entre paréntesis:
Otros, de nuevo (los montanistas), para anular el don del Espíritu, que en los últimos tiempos ha sido, por el beneplácito del Padre, derramado sobre la raza humana, no admiten aquel aspecto [de la dispensación evangélica] presentado por el Evangelio de Juan, en el cual el Señor prometió que enviaría al Parácletos; sino que descartan a la vez el Evangelio y el Espíritu profético. ¡Hombres miserables, en verdad! que quieren ser pseudo-profetas, en efecto, pero que descartan el don de profecía de la Iglesia; actuando como aquellos (los encratitas) que, a causa de los que entran en hipocresía, se mantienen alejados de la comunión de los hermanos. Debemos concluir, además, que estos hombres (los montanistas) no pueden admitir tampoco al apóstol Pablo. Pues, en su Epístola a los Corintios, habla expresamente de dones proféticos, y reconoce a hombres y mujeres profetizando en la Iglesia. Pecando, por tanto, en todos estos particulares, contra el Espíritu de Dios, caen en el pecado irremisible.
El paréntesis «(los montanistas)» no es de Ireneo: lo añade la traducción inglesa de la ANF, y Schaff dice de esas referencias que son algo dudosas. Heine, que lo incluye entre los testimonios de Roma, recuerda que Labriolle corrigió el texto latino (volunt por nolunt). Con la corrección, los «infelices» de Ireneo no quieren ser pseudoprofetas y, aun así, rechazan la gracia de la profecía en la Iglesia: no serían montanistas, sino cristianos que reaccionaban contra ellos. Barnes lo entiende así: Ireneo censura una reacción excesiva, la de quienes, por el uso que se hacía de los textos de Juan sobre el Paráclito, rechazaron todo el Evangelio. La traducción que publica el sitio sigue el texto sin la corrección («que quieren ser pseudo-profetas») y, con el paréntesis, se lee al revés. Heine añade que en la Demostración de la predicación apostólica (99) Ireneo vuelve a hablar de gente que rechaza el carisma de la profecía.
En Roma, Tertuliano cuenta una historia que solo él cuenta:
[5] Pues él mismo, entonces, al obispo romano, que ya reconocía las profecías de Montano, Prisca y Maximila, y por ese reconocimiento otorgaba la paz a las iglesias de Asia y Frigia, afirmando falsedades sobre esos mismos profetas y sus iglesias y defendiendo las autoridades de sus predecesores, lo obligó a revocar las cartas de paz ya enviadas y a desistir del propósito de acoger los carismas. Así Práxeas ejecutó en Roma los dos trabajos del diablo: expulsó la profecía e introdujo la herejía; puso en fuga al Paracleto y crucificó al Padre. [6] Habían brotado aquí también las cizañas de Práxeas, sembradas encima mientras muchos dormían en la simplicidad de la doctrina: trasplantadas luego por medio de quien Dios quiso, parecía incluso que habían sido arrancadas. Finalmente, el doctor de antaño se había precavido de su enmienda, y queda un quirógrafo entre los psíquicos, entre quienes entonces se gestionó el asunto. [7] Desde entonces, silencio. Y a nosotros, ciertamente, después el reconocimiento y la defensa del Paracleto nos separó de los psíquicos. Pero aquellas cizañas habían esparcido entonces la semilla por todas partes: así, durante algún tiempo, bajo hipocresía, con astuta vivacidad se ocultó y ahora de nuevo ha brotado. Pero también de nuevo será erradicada, si el Señor lo quiere, en esta ocasión; y si no, en su día se recogerán todas las cosechas adulteras y, con los demás escándalos, se quemarán en fuego inextinguible.
Tertuliano no nombra al obispo de Roma. Schaff supone que fue Eleuterio o Víctor, y Barnes no ve razón para dudar de la noticia: un testimonio contemporáneo así no lo habrían repetido los historiadores eclesiásticos, cuyo interés era engrandecer a los ortodoxos aun suprimiendo hechos. Harnack da por buena la escena. Eusebio no la recoge, y es la única fuente que tenemos de que un obispo de Roma estuvo a punto de reconocer el movimiento. Tertuliano la cuenta para culpar a Práxeas, a quien acusa de traer de Asia a Roma este género de perversidad y de combatir los carismas.
La corriente romana la conocemos por sus enemigos. Eusebio cuenta que bajo Zefirino un hombre de iglesia, Cayo, sostuvo una disputa escrita con Proclo, «jefe de la herejía frigia» (II, 25, 6), y que en ella «frena la temeridad y audacia de sus oponentes al presentar nuevas Escrituras» (VI, 20, 3). De Proclo conserva una frase: las hijas de Felipe fueron cuatro profetisas y sus tumbas están en Hierápolis (III, 31, 4). Esas mismas hijas de Felipe las alegan en Epifanio las quintilianas (49, 2, 2) para justificar a sus profetisas, y el Anónimo las cuenta entre los profetas verdaderos. Los dos bandos citaban a las mismas.
El autor de la Refutación (atribuida a Hipólito) describe así a los frigios:
--- Hipólito de Roma (atribución discutida) · Refutación de todas las herejías · VIII, 12 --- Pero hay otros que son ellos mismos aún más heréticos por naturaleza (que los anteriores), y son frigios de nacimiento. Éstos han sido hechos víctimas del error por haber sido previamente cautivados por dos mujeres miserables, llamadas una tal Priscila y Maximila, a quienes suponían profetisas. Y afirman que a éstas había venido el Espíritu Paráclito; y con anterioridad a ellas, consideran de manera semejante a Montano como profeta. Y estando en posesión de un número infinito de sus libros, (los Frigios) están desbordados por el engaño; y no juzgan cualesquiera afirmaciones que éstas hagan, según (el criterio de) la razón; ni prestan atención a quienes son competentes para decidir; sino que son arrastrados adelante de manera incauta, por la confianza que depositan en estas (impostoras). Y alegan que han aprendido algo más a través de éstas que de la ley, y de los profetas, y de los Evangelios. Pero engrandecen a estas mujeres miserables por encima de los Apóstoles y de todo don de la gracia, de modo que algunos de ellos se atreven a afirmar que hay en ellas algo superior a Cristo. Éstos reconocen que Dios es el Padre del universo y Creador de todas las cosas, de manera semejante a la Iglesia, y (reciben) cuantas cosas atestigua el Evangelio acerca de Cristo. Introducen, sin embargo, las novedades de ayunos, y fiestas, y comidas de alimentos tostados, y banquetes de rábanos, alegando que han sido instruidos por mujeres. Y algunos de éstos asienten a la herejía de los noetianos, y afirman que el Padre mismo es el Hijo, y que éste (uno) estuvo sometido a generación, y sufrimiento, y muerte. Acerca de éstos ofreceré de nuevo una explicación, de manera más minuciosa; pues la herejía de éstos ha sido ocasión de males para muchos. Somos, por tanto, de la opinión de que las afirmaciones hechas acerca de estos (herejes) son suficientes cuando hayamos probado brevemente a todos que la mayoría de sus libros son necios, y sus intentos (de razonamiento) débiles, y dignos de ninguna consideración. Pero no es necesario que quienes poseen una mente sana presten atención (ni a sus volúmenes ni a sus argumentos).
El pasaje reúne lo que otros dicen en pedazos: que tienen un número infinito de libros, que ponen a las profetisas por encima de los apóstoles, que aceptan al Padre Creador y lo que el Evangelio dice de Cristo «de manera semejante a la Iglesia», que innovan en ayunos y fiestas y que algunos de ellos son noetianos. En el libro X el mismo autor es más breve y más benévolo:
--- Hipólito de Roma (atribución discutida) · Refutación de todas las herejías · X, 21 --- Los Frigios, sin embargo, derivan los principios de su herejía de cierto Montano, y de Priscila y Maximila, y consideran a estas desdichadas mujeres como profetisas, y a Montano como profeta. Sin embargo, en lo que se refiere al origen y creación del universo, los Frigios se supone que se expresan correctamente; mientras que en los dogmas que enuncian respecto de Cristo, no han formado sus opiniones de manera impertinente. Pero son seducidos al error en común con los herejes anteriormente aludidos, y dedican su atención a los discursos de éstos por encima de los Evangelios, estableciendo así regulaciones acerca de ayunos novedosos y extraños.
Los dos textos no dicen lo mismo. El primero reprocha a las profetisas el lugar que se les da y a algunos frigios que sean noetianos. El segundo no encuentra falta en lo que dicen del origen del mundo ni en lo que enseñan de Cristo, y deja la diferencia en los discursos de las profetisas puestos sobre los Evangelios y en los ayunos. Para este autor, pues, la diferencia con los frigios estaba en los ayunos y en el peso de las profetisas, salvo en el caso de quienes seguían a Noeto. Eso concuerda con lo que dicen Epifanio y Tertuliano.
Jerónimo fijó la imagen: Tertuliano fue presbítero hasta la edad madura y entonces, «impulsado por la envidia y el abuso del clero de la iglesia romana, cayó en la doctrina de Montano» (Varones ilustres, 53). Añade que escribió «directamente contra la iglesia» Sobre la modestia, Sobre la persecución, Sobre los ayunos, Sobre la monogamia, seis libros Sobre el éxtasis y un séptimo contra Apolonio (53 y 40). Barnes sostiene que Jerónimo no pudo saber a qué edad Tertuliano se hizo montanista, aunque la dirección de su desarrollo es clara por sus obras: en Sobre la modestia el mismo autor admite que antes pensaba como los psíquicos sobre la penitencia.
Barnes registra huellas de la nueva profecía en once tratados (Contra Práxeas, Contra los valentinianos, Sobre el alma, Sobre la corona del soldado, Exhortación a la castidad, Sobre la huida, Sobre el ayuno, Sobre la monogamia, Sobre la modestia, Sobre la resurrección de la carne y Sobre el velo de las vírgenes), y propone un orden. Coloca Contra los valentinianos, Sobre el alma y la Resurrección hacia 206-207; el primer libro de Contra Marción, con una declaración abierta a favor del Paráclito, en 207-208; las obras de exhortación (Velo, Castidad, Huida) hacia 208-209; y Contra Práxeas, Monogamia, Ayuno y Modestia al final, hacia 210-211. En el postscriptum de 1985 admite que el pasaje montanista de Contra Marción I pudo añadirse más tarde, y que entonces todas las obras montanistas serían posteriores a 208.
La historia de un paso en la madurez la discute Dunn, que no ve dos fases en la vida literaria de Tertuliano: sus ideas se agudizaron con los años, pero ya había rasgos de lo que luego fue la nueva profecía en las obras más antiguas. Dunn cita a Trevett, para quien Tertuliano era montanista por instinto, y a Wright, que juzga que adoptar la nueva profecía a mitad de su carrera no cambió de manera significativa su rumbo. Osborn va en la misma dirección: el rigorismo de Tertuliano era anterior a 207 y la nueva profecía lo confirmó.
Cuatro asuntos recorren los tratados.
El Paráclito y el progreso de la disciplina. En Sobre el velo de las vírgenes establece una distinción que sostiene lo demás:
La regla de fe, en efecto, es del todo una, la única inamovible e irreformable: la de creer en un solo Dios omnipotente, Creador del universo, y en su Hijo Jesucristo, nacido de la Virgen María, crucificado bajo Poncio Pilato, resucitado al tercer día de entre los muertos, recibido en los cielos, sentado ahora a la diestra del Padre, que ha de venir a juzgar a vivos y muertos mediante la resurrección de la carne también (además de la del espíritu). Siendo constante esta ley de fe, los demás puntos de disciplina y de conducta admiten la novedad de la corrección, pues la gracia de Dios obra y avanza hasta el fin.[…]La justicia, pues (porque el Dios de la justicia y de la creación es el mismo), estuvo primero en estado rudimentario, con un temor natural de Dios; de ahí avanzó, por la Ley y los Profetas, hasta la infancia; de ahí pasó, por el Evangelio, al fervor de la juventud; ahora, por el Paráclito, se va asentando en la madurez. Él será, después de Cristo, el único a quien se llame y venere Maestro, pues no habla por sí mismo, sino lo que Cristo manda. Es el único prelado, porque solo él sucede a Cristo. Quienes lo han recibido anteponen la verdad a la costumbre. Quienes lo han oído profetizar hasta el presente, y no solo en la antigüedad, mandan que las vírgenes se cubran por completo.
La regla de fe no cambia (véase La regla de fe) y la disciplina avanza. Tertuliano lo repite en Sobre el ayuno: la discusión es cuántas veces hay que ayunar y casarse, y la fe queda fuera de ella.
El martirio. La nueva profecía manda, según Tertuliano, afrontar la persecución y no huir de ella. En Sobre la huida escribe a Fabio, que le lleva la contraria, en parte «por no aceptar al Consolador» (cap. 1), y cierra el argumento con una palabra del Espíritu:
Y si consultas al Espíritu, ¿qué aprueba más que aquella palabra del Espíritu? Pues incita a casi todos a ir a ofrecerse al martirio, y no a huir de él; de modo que también nosotros la recordamos. Si eres expuesto a la infamia pública, es para tu bien; porque quien no es expuesto a deshonra entre los hombres lo será ante el Señor. No te avergüences: la justicia te saca a la vista de todos. ¿Por qué avergonzarte de ganar gloria? La ocasión se te da cuando estás ante los ojos de los hombres. Y en otro lugar: No busquéis morir en lechos nupciales, ni en abortos, ni en fiebres blandas, sino en el martirio, para que sea glorificado quien padeció por vosotros.
Thelwall traduce «lechos nupciales» donde el latín que edita Heine dice lectulis, «camas». Tertuliano repite la segunda frase en Sobre el alma 55, 5, donde el sitio traduce que la muerte del cristiano no debe llegar «en fiebres suaves y en lechos blandos» y que «la única llave para abrir el Paraíso es la sangre de vuestra propia vida».
El Anónimo no dice que los montanistas rehúyan el martirio. Dice que ninguno de sus profetas fue perseguido ni apedreado (V, 16, 12), que si presumen de mártires también los tienen las herejías (V, 16, 20-21) y que los fieles llamados al martirio en Apamea murieron sin comulgar con los mártires frigios (V, 16, 22). Barnes resume la acusación de otro modo, como si el Anónimo hubiera dicho que evitaban deliberadamente el martirio, y la juzga falsa.
El ayuno. Sobre el ayuno, contra los psíquicos es el tratado donde Tertuliano resume la causa de la discusión:
Dejo dicho de una vez quiénes son esos adversarios: son los embutidos (botuli), exteriores e interiores, de los psíquicos. Ellos son los que provocan controversia con el Paráclito; por eso se rechazan las nuevas profecías: no porque Montano, Priscila y Maximila prediquen otro Dios, ni porque separen a Jesucristo (de Dios), ni porque trastornen regla alguna de fe o de esperanza, sino porque enseñan abiertamente que se ha de ayunar más a menudo que casarse.Nos acusan de tener ayunos propios; de prolongar por lo común nuestras Estaciones hasta la tarde; de guardar también xerofagias, manteniendo la comida sin humedad de carne ni de jugo ni de fruta especialmente suculenta; de no comer ni beber nada con sabor a vino; y de abstenernos del baño, acorde con nuestra dieta seca. Nos reprochan por ello la novedad, y establecen como regla contra su licitud que, si es presunción humana, ha de juzgarse herejía; y, si es declaración espiritual, seudoprofecía; con tal de que, de un modo u otro, los que reclamamos oigamos anatema.
Es el testimonio más claro de qué se discutía: ayunar más y casarse una sola vez, con un Dios que no está en discusión. Es también un texto de parte, escrito por quien llama «embutidos» a sus adversarios. Barnes añade que Tertuliano, ante las acusaciones de gula, avaricia, juego y robo que le lanzaban los católicos, casi no las discute y contesta con otras de la misma clase.
El perdón. El edicto contra el que escribe Sobre la modestia lo trata el artículo sobre la penitencia pública. Aquí interesa lo que dice del Espíritu y de los obispos:
Pero, dices, la Iglesia tiene el poder de perdonar los pecados. Esto lo reconozco y lo adjudico más que tú, yo que tengo al Paráclito mismo en la persona de los nuevos profetas, que dice: La Iglesia tiene el poder de perdonar los pecados; pero yo no lo haré, para que no cometan otros además. ¿Y si hubiera hecho esa declaración un espíritu seudoprofético? Más bien sería propio de un subversor recomendarse por clemencia e influir a todos los demás para que pequen.[…]Porque la Iglesia misma es, propia y principalmente, el Espíritu mismo, en quien está la Trinidad de la única Divinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. […] Y así la Iglesia, es cierto, perdonará los pecados; pero será la Iglesia del Espíritu, por medio de un hombre espiritual; no la Iglesia que consiste en un número de obispos. Pues el derecho y el arbitrio son del Señor, no del siervo; del propio Dios, no del sacerdote.
El obispo contra el que escribe reclamaba el poder de las llaves como sucesor de los apóstoles. Harnack, que habla del obispo de Roma (Tertuliano no lo nombra), dice que los montanistas negaban que el Espíritu que recibieron los apóstoles pudiera transmitirse: el Espíritu se da a la Iglesia y obra en los profetas, y en los nuevos profetas en grado supremo. Para el desarrollo de esta cuestión en el sitio, véase Autoridad y ministerio.
La Pasión de Perpetua y Felicidad tiene un prefacio que defiende que se recojan por escrito las «visiones modernas», con la profecía de como argumento:
Pero miren bien los hombres si juzgan que el poder del Espíritu Santo es uno solo según los tiempos y las sazones; pues algunas cosas posteriores deben estimarse en más, por estar más cerca de los últimos tiempos, conforme a la sobreabundancia de gracia manifestada hacia los períodos finales determinados para el mundo. Porque «en los últimos días, dice el Señor, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne; y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán. Y sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré de mi Espíritu; y vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños.» Y así nosotros—que reconocemos y reverenciamos, como hacemos con las profecías, las visiones modernas igualmente prometidas a nosotros, y consideramos los demás poderes del Espíritu Santo como un ministerio de la Iglesia para el cual también fue enviado, administrando todos los dones en todos, tal como el Señor distribuyó a cada uno—, tan necesario es que las recojamos por escrito como que las conmemoremos en la lectura para gloria de Dios; para que ninguna debilidad o desaliento de la fe suponga que la gracia divina habitó solo entre los antiguos, ya sea en cuanto a la condescendencia que suscitó mártires, ya en cuanto a las revelaciones concedidas; puesto que Dios cumple siempre lo que ha prometido, como testimonio para los incrédulos y beneficio para los creyentes.
Barnes, en 1971, juzgó que el carácter teológico de la Pasión era montanista de punta a cabo, y dedujo que la Iglesia de Cartago estuvo a punto de pasarse a la nueva profecía y que los montanistas eran aún aceptados en 203. En el postscriptum de 1985 escribe que el intento de mostrar que los mártires, además de la Pasión, son montanistas es poco convincente (cita a Matthews), y mantiene que el redactor no es Tertuliano, tesis que sostiene Braun. Heine incluye entre los testimonios de África solo el prefacio. El prefacio defiende lo mismo que Tertuliano, que el Espíritu sigue hablando, y no nombra a Montano. La nota de la propia Pasión resume el debate sobre su redactor.
Reunidas, las acusaciones contra los montanistas son siete. Para cada una se puede ver quién la hace y qué dicen las otras fuentes.
| Acusación | Quién la formula | Qué dicen las otras fuentes |
|---|---|---|
| Profetizar en éxtasis, fuera de sí | El Anónimo (V, 16, 7-9; V, 17, 2); Epifanio (48, 3-8) | Tertuliano lo reconoce y lo defiende (Sobre el alma 9). Montano, en su oráculo de la lira, se describe pasivo. Se discute su valor, no el hecho |
| Montano y Maximila murieron ahorcados | El Anónimo, que lo da como fama común (V, 16, 13); Jerónimo lo atribuye a Apolonio (Varones ilustres 40) | El Anónimo añade que no lo vio: «quizá de tal manera, quizá no» (V, 16, 15). Las dos fuentes no coinciden en quién lo contó |
| Codicia: ofrendas, salarios, oro y vestidos de la profetisa, un mártir ladrón | Apolonio (V, 18, 2-11) | Barnes dice que Tertuliano casi no responde a estos cargos. Ninguna otra fuente temprana los confirma |
| Que sus profetas nunca fueron perseguidos, que sus mártires no valen o que evitaban el martirio | El Anónimo (V, 16, 12 y 20-22); Barnes lo resume así | Tertuliano exhorta al martirio (Sobre la huida 9; Sobre el alma 55, 5). Barnes juzga falsa la acusación |
| Sacrificar niños en los misterios | Cirilo de Jerusalén (Catequesis XVI, 8); Epifanio (48, 14); Jerónimo (carta 41, 4) | No aparece en los textos de Eusebio V, 16-19. Jerónimo escribe que prefiere no creerlo. Según una nota de Williams, Teodoreto y el Praedestinatus lo dan como rumor |
| Error sobre Dios: Montano se tiene por el Padre; modalismo | Epifanio (48, 11); Jerónimo (carta 41, 3); Hipólito (VIII, 12 y X, 22, de algunos) | Hipólito (X, 21), Epifanio (48, 1, 4) y Tertuliano (Sobre el ayuno 1) dicen que su fe era la de la Iglesia. Tertuliano combate el modalismo en Contra Práxeas |
| Mujeres en cargos de la Iglesia | Epifanio (49, 2): las quintilianas tienen obispas y presbíteras. Firmiliano (carta 74, § 10): una profetisa celebra la eucaristía y bautiza | Epifanio no sabe si la práctica es de los frigios o de los quintilianos. Firmiliano no llama montanista a esa mujer, aunque Heine y Labriolle recogen el caso |
Barnes sostiene que solo en el siglo IV pudieron los escritores acusar a los montanistas de error puramente teológico, y que lo hicieron apoyándose en una interpretación perversa y anacrónica de un oráculo de Montano. Heine lo dice de otro modo: desde el siglo IV las controversias trinitaria y cristológica colorean la idea de lo que enseñaron. La acusación más grave es la del niño sacrificado, que Cirilo da ya hacia 348 con un detalle propio: dice que los cristianos fueron sospechosos de lo mismo «hasta hace poco en el tiempo de persecución», porque aquellos montanistas llevaban el nombre común de cristianos.
--- Cirilo de Jerusalén · Catequesis · Cat. XVI, 8 --- 8. Sean también vuestra abominación los catafrigios, y Montano, su cabecilla en el mal, y sus dos así llamadas profetisas, Maximila y Priscila. Pues este Montano, que estaba fuera de sí y realmente loco (pues no habría dicho tales cosas, si no hubiera estado loco), se atrevió a decir que él mismo era el Espíritu Santo—él, hombre miserable, y lleno de toda inmundicia y lascivia; pues basta solo insinuar esto, por respeto a las mujeres presentes. Y habiendo tomado posesión de Pepuza, una aldea muy pequeña de Frigia, falsamente la llamó Jerusalén; y degollando a desdichados niños pequeños, y troceándolos en alimento impío, para el propósito de sus así llamados misterios—(por lo cual hasta hace poco en el tiempo de persecución fuimos sospechosos de hacer esto, porque estos montanistas eran llamados, falsamente en verdad, con el nombre común de cristianos;)— sin embargo se atrevió a llamarse a sí mismo el Espíritu Santo, estando como estaba lleno de toda impiedad y crueldad inhumana, y condenado por una sentencia irrevocable.
Epifanio, años después, dice que lo cuenta por lo que ha oído, y Jerónimo no lo cree. El canon de Constantinopla que se cita más abajo no menciona crímenes.
En 376 Epifanio escribe que la secta está en Frigia, Galacia y Capadocia, en Cilicia y, en su mayor parte, en Constantinopla (48, 14, 2). Dice que cuenta lo que ha sabido de viva voz, por escritos y por personas que le confirmaron lo que él suponía (48, 15, 1). Williams observa que de las quintilianas del capítulo 49 solo habla Epifanio, y que quizá dedujo la existencia de esa secta de la rareza de un oráculo de Priscila, o de que viniera en un documento distinto del de los demás.
Jerónimo escribe en Roma, en 385, a Marcela, a quien un partidario de Montano había intentado convertir (así lo dice la nota inicial del NPNF). La carta enumera las diferencias:
En primer lugar, diferimos de los montanistas en cuanto a la regla de fe. Nosotros distinguimos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como tres personas, pero los unimos en una sola sustancia. Ellos, en cambio, siguiendo la doctrina de Sabelio, fuerzan la Trinidad en los estrechos límites de una sola personalidad. Nosotros, aunque no lo alentamos, permitimos las segundas nupcias, pues Pablo manda casarse a las viudas jóvenes. Ellos suponen que repetir el matrimonio es un pecado tan terrible que quien lo comete ha de ser tenido por adúltero. Nosotros, según la tradición apostólica (en la cual el mundo entero concuerda con nosotros), ayunamos una sola Cuaresma al año; ellos guardan tres en el año, como si tres salvadores hubieran padecido. […] Entre nosotros los obispos ocupan el lugar de los apóstoles; entre ellos el obispo no ocupa el primer lugar, sino el tercero: pues ponen primero a los patriarcas de Pepuza, en Frigia, y junto a ellos a los ministros llamados «administradores», y los obispos quedan relegados al tercer rango, o casi al último. […] Además, cierran las puertas de la Iglesia a casi todas las faltas, mientras nosotros leemos a diario: «Deseo el arrepentimiento del pecador más que su muerte».Paso por alto sus sacramentos de pecado, compuestos, se dice, de niños de pecho sometidos a un martirio triunfal. Prefiero, digo, no creerlos; las acusaciones de derramamiento de sangre bien pueden ser falsas.
Jerónimo y Tertuliano hablan del mismo movimiento y no dicen lo mismo de su fe. Jerónimo les atribuye la doctrina de Sabelio, y Tertuliano defendía contra Práxeas la distinción de personas (véase Contra Práxeas). Las fuentes ofrecen una explicación posible. Hipólito conoce frigios noetianos (VIII, 12; X, 22), y Williams señala que el Pseudo-Tertuliano y Dídimo distinguen entre montanistas monarquianos y los que no lo son. Del texto de Jerónimo se saca también un dato de organización, que Osborn recoge con la bibliografía de Labriolle: patriarcas que hacían de metropolitanos y presbíteros que administraban el dinero. Osborn añade que Montano y sus seguidores no se llamaron a sí mismos «iglesia» y siguieron unidos a la Iglesia universal, que no hubo una jerarquía rival como la habría con novacianos y donatistas, y que en los escritos de Tertuliano la nueva profecía tampoco tiene rasgos de cisma.
El canon 5 de Constantinopla (381; el 7 del volumen del NPNF) incluye a los montanistas entre quienes se reciben como paganos:
Pero a los eunomianos, que son bautizados con una sola inmersión, y a los montanistas, que aquí se llaman frigios, y a los sabelianos, que enseñan la identidad del Padre y del Hijo, y hacen otras varias cosas dañosas, y a [los partidarios de] todas las demás herejías — pues hay muchos tales aquí, particularmente entre los que vienen del país de los gálatas:— a todos estos, cuando desean volverse a la ortodoxia, los recibimos como paganos. El primer día los hacemos cristianos; el segundo, catecúmenos; el tercero, los exorcizamos soplando tres veces en su rostro y oídos; y así los instruimos y los obligamos a pasar algún tiempo en la Iglesia, y a oír las Escrituras; y entonces los bautizamos.
Es lo contrario de lo que el mismo canon dispone con los novacianos, a quienes basta ungir. Según Schaff, los sucesores de Constantino, hasta Justiniano (530), dictaron leyes contra los montanistas varias veces, y la secta, a la que en África también se llamó de los tertulianistas, duró hasta el siglo VI. Schaff recuerda además el testimonio de Agustín: Tertuliano habría abandonado a los montanistas y fundado una secta propia, que se reconcilió con la Iglesia de Cartago. Dunn, que sigue a Barnes (1985), duda de que fuera así y de que Tertuliano saliera alguna vez de la Iglesia.
Queda establecido que no se conserva ningún libro montanista fuera de los de Tertuliano; que de Montano y de las profetisas hay una docena de frases, y de ellas solo dos hablan de Dios; que el movimiento nació en Frigia y los obispos de Asia lo rechazaron; que Roma dudó, según Tertuliano, y que Cartago lo toleró durante años, según Barnes. Epifanio y Tertuliano dicen que su fe sobre el Padre, el Hijo y el Espíritu era la de la Iglesia, e Hipólito lo dice de la mayoría. Eso es lo que cuentan las fuentes del siglo II y principios del III. Lo que se dijo después, de Cirilo y Jerónimo a los concilios, es posterior.
Siguen en discusión la fecha (157, 170 o 172); el sentido de los oráculos en primera persona; si hubo montanistas modalistas; si la acusación de rehuir el martirio tiene algún fundamento; si la Pasión de Perpetua es montanista; si Tertuliano cambió de rumbo hacia 207 o era montanista por instinto desde antes; y si existió una iglesia montanista aparte o una corriente dentro de las iglesias. Cada una depende de una fuente o de dos que se contradicen.
Queda el efecto del movimiento sobre la Iglesia que lo rechazó. Harnack sostiene que, ante la pretensión de los profetas de dar a la Iglesia oráculos auténticos de Dios, los obispos opusieron el canon recién formado y declararon que todo lo obligatorio para los cristianos estaba en los profetas del Antiguo Testamento y en los apóstoles. La relación entre el montanismo y el cierre del canon se trata en La formación del canon. Schaff, protestante, ve en el movimiento un «hipercristianismo» ascético, y lo compara con los cuáqueros, las congregaciones irvingitas y los anabaptistas. Es una comparación suya y no la de las fuentes.
El Anónimo, Apolonio y Serapión están en la Historia eclesiástica de Eusebio (V, 3 a 4 y 14 a 19), y el testimonio de Hipólito en su Refutación (VIII, 12 y X, 21 y 22). De Tertuliano están en el sitio Contra Práxeas, Sobre el alma y Sobre la resurrección de la carne, y su perfil trata la discusión sobre su montanismo; la Pasión de Perpetua y Felicidad lleva una nota sobre su redactor. Firmiliano está en las Cartas de Cipriano, Cirilo en sus Catequesis, Jerónimo en Sobre los varones ilustres y los cánones de 381 en los concilios ecuménicos. Para otra negativa a readmitir a los caídos, véase el novacianismo; para otra herejía conocida sobre todo por sus adversarios, el gnosticismo. Para el contexto, El cristianismo del siglo II, El cristianismo del siglo III, Persecución y martirio y El milenio.
Nota de lectura · Nombres y numeraciones
Los nombres de las profetisas cambian según la fuente. Eusebio, en la traducción del sitio, escribe Priscila y Maximila; Tertuliano, Prisca y Maximilla. Aquí se usa Prisca al hablar de ella en general o con Tertuliano, y Priscila cuando se cita a Eusebio.
Tres citas llevan dos numeraciones. La Refutación tiene la de la ANF, que sigue el sitio (los frigios en VIII, 12 y X, 21 y 22), y la de Wendland, que usan Williams y casi todos los estudios modernos (VIII, 19 y X, 25 y 26). Ireneo, Contra las herejías III, 11, 9 en la ANF es III, 11, 12 en la edición de Harvey que usa Heine. La carta de Firmiliano es la 74 en la numeración de la ANF que sigue el sitio y la 75 en Hartel.
Nota de lectura · Fuentes de este artículo y sus límites
Primarios. Los pasajes de Eusebio (Historia eclesiástica II, 25; III, 31; V, 3 a 4 y 14 a 19; VI, 20), de Hipólito (Refutación VIII, 12; X, 21 y 22), de Ireneo (Contra las herejías III, 11), de Tertuliano (Contra Práxeas, Sobre el alma, Sobre la resurrección de la carne, Pasión de Perpetua y Felicidad), de Firmiliano (carta 74 de la numeración del sitio), de Cirilo (Catequesis XVI), de Jerónimo (Varones ilustres 40 y 53) y del canon 5 de Constantinopla I se copian de los escritos que el sitio publica, en las traducciones que allí se declaran, hechas del inglés de las colecciones ANF y NPNF. Los de Sobre el velo de las vírgenes, Sobre la huida, Sobre el ayuno, Sobre la modestia y la carta 41 de Jerónimo, que el sitio no publica, se traducen del inglés de Thelwall (ANF 4) y de Fremantle (NPNF 2, 6). Los oráculos se citan en traducción de Eusebeia sobre el texto griego o latino que edita Heine.
Con derechos. De Epifanio, Panarion 48 y 49, se usó la traducción de Frank Williams (The Panarion of Epiphanius of Salamis, libros I-III, 2.ª ed., Brill, 2009) y se resume con su nombre. Heine (The Montanist Oracles and Testimonia, Patristic Monograph Series 14, Mercer University Press, 1989) se leyó entero en su introducción y en las partes citadas, y se resume: sus traducciones no se copian.
Estudios. Timothy D. Barnes, Tertullian: A Historical and Literary Study (Oxford, 1971; reimpresión de 1985 con «Tertullian Revisited: A Postscript»). Eric Osborn, Tertullian, First Theologian of the West (Cambridge University Press, 1997). Geoffrey D. Dunn, Tertullian (Early Church Fathers, Routledge, 2004). Adolf von Harnack, History of Dogma, vol. 2 (trad. de N. Buchanan, de la 3.ª ed. alemana). Philip Schaff, History of the Christian Church, vol. 2, §§ 109-111. Lo que se toma de Trevett, de Wright, de Groh, de Matthews y de Braun viene a través de Dunn, de Heine o de Barnes y se dice así.
Límites. Trevett (Montanism: Gender, Authority and the New Prophecy, 1996) y Tabbernee (Montanist Inscriptions and Testimonia, 1997; Fake Prophecy and Polluted Sacraments, 2007) no están en la biblioteca. Labriolle (Les sources de l'histoire du montanisme y La crise montaniste, en francés) está en la biblioteca y no se leyó: aparece a través de Heine, Williams y Osborn. La entrada de Salmond en Smith y Wace es ilegible en el PDF de la biblioteca (columnas mezcladas por el OCR) y no se usó. No se cotejaron los textos griegos y latinos con ediciones críticas más allá de lo que reproduce Heine. Sobre la monogamia, Sobre la corona del soldado y la Exhortación a la castidad se citan por Heine, Epifanio, Barnes y Osborn y no se leyeron enteros. La fecha del sínodo de Iconio y el año de los primeros oráculos no los fija ninguna de las fuentes consultadas. Las inscripciones que Heine deja fuera quedan fuera también aquí.