Fausto rechaza la acusación de adoración al sol, y sostiene que, si bien los maniqueos creen que el poder de Dios habita en el sol y su sabiduría en la luna, adoran no obstante a una sola deidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. No son un cisma de los gentiles, ni una secta. Agustín subraya la acusación de politeísmo, y emprende una elaborada comparación de la mitología maniquea y pagana.
XX, 1
1. Fausto dijo: Preguntáis por qué adoramos el sol, si somos una secta o religión separada, y no paganos, o meramente un cisma de los gentiles. Puede, por tanto, ser conveniente indagar en el asunto, para que veamos si el nombre de gentiles es más aplicable a vosotros o a nosotros. Acaso, al daros de manera amistosa esta sencilla exposición de mi fe, parezca que hago una apología de ella, como si me avergonzara —Dios me libre— de rendir homenaje a los divinos luminares. Podéis tomarlo como os plazca; pero no me arrepentiré de lo que he hecho si logro transmitir a algunos al menos este tanto de conocimiento: que nuestra religión no tiene nada en común con la de los gentiles.
XX, 2
2. Adoramos, pues, a una sola deidad bajo la triple denominación del Dios omnipotente Padre, y su hijo Cristo, y el Espíritu Santo. Siendo estos uno y lo mismo, creemos también que el Padre habita propiamente en la luz suprema o principal, que Pablo llama "luz inaccesible", [] y el Hijo en su segunda luz o luz visible. Y como el Hijo es en sí mismo doble, según el apóstol, que habla de Cristo como poder de Dios y sabiduría de Dios, [] creemos que su poder habita en el sol, y su sabiduría en la luna. Creemos también que el Espíritu Santo, la tercera majestad, tiene su asiento y su morada en todo el círculo de la atmósfera. Por su influjo e infusión espiritual, la tierra concibe y da a luz al Jesús mortal, quien, colgando de todo árbol, es la vida y salvación de los hombres. Aunque os opongáis a estas doctrinas con tanta violencia, vuestra religión se asemeja a la nuestra en atribuir al pan y al vino la misma sacralidad que nosotros atribuimos a todo. Esta es nuestra creencia, de la cual tendréis ocasión de oír más, si así lo deseáis. Entretanto, hay alguna fuerza en la consideración de que vosotros, o cualquiera a quien se pregunte dónde habita su Dios, dirá que habita en la luz; de modo que el testimonio en favor de mi adoración es casi universal.
Comentario editorial · El «Jesús mortal» de Fausto
Para negar que los maniqueos adoren el sol, Fausto expone en XX, 2 lo que creen: el Padre habita en la luz suprema, el poder del Hijo en el sol y su sabiduría en la luna, y el Espíritu Santo en el aire; de la tierra nace el «Jesús mortal», que cuelga de todo árbol. Newman anota que esa doctrina del Jesus patibilis (él escribe patabilis) se expone aquí más que en ningún otro libro, y que expresa la idea maniquea de que la vida divina presa en el mundo sufre con cualquier daño hecho a las plantas; remite a Baur. Wikipedia, que cita a Lieu, la describe como el «Jesús paciente», suspendido de una cruz mística de luz presente en todo árbol, hierba y fruto, y hasta en las piedras y el suelo. Agustín responde en XX, 11, comparando esa concepción en la tierra con el nacimiento de una virgen.
XX, 3
3. En cuanto a que nos llaméis un cisma de los gentiles y no una secta, supongo que la palabra cisma se aplica a quienes tienen las mismas doctrinas y adoración que otros, y solo eligen reunirse por separado. La palabra secta, a su vez, se aplica a aquellos cuya doctrina es del todo distinta de la de otros, y que han hecho una forma de culto divino peculiar de ellos mismos. Si esto es lo que las palabras significan, en primer lugar, en nuestra doctrina y adoración no tenemos semejanza alguna con los paganos. Ya veremos si vosotros la tenéis. La doctrina pagana es que todas las cosas buenas y malas, viles y gloriosas, caducas e imperecederas, mudables e inmutables, materiales y divinas, tienen un solo principio. En oposición a esto, mi creencia es que Dios es el principio de todas las cosas buenas, y Hyle [la materia] de las contrarias. Hyle es el nombre que nuestro maestro en teología da al principio o naturaleza del mal. Los paganos, en consecuencia, creen correcto adorar a Dios con altares, y santuarios, e imágenes, y sacrificios, e incienso. Aquí también mi práctica difiere por completo de la suya: pues me considero a mí mismo un templo razonable de Dios, si soy digno de serlo; y considero a Cristo su Hijo como la imagen viva de su majestad viva; y tengo una mente bien cultivada por altar verdadero, y oraciones puras y sencillas por verdadero modo de rendir honores divinos y de ofrecer sacrificios. ¿Es esto ser un cisma de los paganos?
XX, 4
4. En cuanto a la adoración del Dios omnipotente, podríais llamarnos un cisma de los judíos, pues todos los judíos son bastante osados para profesar esta adoración, si no fuera por la diferencia en la forma de nuestro culto, aunque puede cuestionarse si los judíos adoran realmente al Omnipotente. Pero la doctrina que he mencionado es común a los paganos en su adoración del sol, y a los judíos en su adoración del Omnipotente. Incluso en relación con vosotros, no somos propiamente un cisma, aunque reconocemos a Cristo y lo adoramos; pues nuestro culto y doctrina son diferentes de los vuestros. En un cisma, poco o nada se cambia del original; como, por ejemplo, vosotros, en vuestro cisma de los gentiles, habéis traído con vosotros la doctrina de un único principio, pues creéis que todas las cosas son de Dios. Los sacrificios los cambiáis en ágapes, los ídolos en mártires, a quienes oráis como ellos a sus ídolos. Aplacáis las sombras de los difuntos con vino y comida. Guardáis las mismas festividades que los gentiles; por ejemplo, las calendas y los solsticios. En vuestro modo de vivir no habéis hecho cambio alguno. Claramente sois un mero cisma; pues la única diferencia respecto del original es que os reunís por separado. En esto habéis seguido a los judíos, que se separaron de los gentiles, pero difirieron solo en no tener imágenes. Pues usaron templos, y sacrificios, y altares, y un sacerdocio, y todo el ciclo de ceremonias igual que las de los gentiles, solo que más supersticiosas. Como los paganos, creen en un único principio; de modo que tanto vosotros como los judíos sois cismas de los gentiles, pues tenéis la misma fe, y casi el mismo culto, y os llamáis sectas solo porque os reunís por separado. El hecho es que solo hay dos sectas: los gentiles y nosotros. Nosotros y los gentiles somos tan contrarios en nuestra creencia como la verdad y la falsedad, el día y la noche, la pobreza y la riqueza, la salud y la enfermedad. Vosotros, a su vez, no sois una secta en relación ni con la verdad ni con el error. Sois meramente un cisma, y un cisma no de la verdad, sino del error.
XX, 5
5. Agustín respondió: ¡Oh odiosa mezcla de ignorancia y astucia! ¿Por qué ponéis argumentos en boca de vuestro adversario que nadie que os conozca usaría? No os llamamos paganos, ni cisma de paganos; pero decimos que os asemejáis a ellos en adorar a muchos dioses. Mas sois mucho peores que los paganos, pues ellos adoran cosas que existen, aunque no debieran ser adoradas: pues los ídolos tienen existencia, aunque para la salvación son nada. Así, adorar un árbol con oraciones, en lugar de mejorarlo con el cultivo, no es adorar nada, sino adorar de manera equivocada. Cuando el apóstol dice que "lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios", [] quiere decir que estos demonios existen, a quienes se hacen los sacrificios, y con quienes no quiere que tengamos parte. Así también, el cielo y la tierra, el mar y el aire, el sol y la luna, y los demás cuerpos celestes, son todos objetos que tienen existencia sensible. Cuando los paganos adoran estos como dioses, o como partes de un gran Dios (pues algunos de ellos identifican el universo con la Deidad Suprema), adoran cosas que tienen existencia. Al argumentar con paganos, no negamos la existencia de estas cosas, sino que decimos que no deben ser adoradas; y recomendamos la adoración del Creador invisible de todas ellas, en quien solo el hombre puede hallar la felicidad que todos admiten que desea. A aquellos, a su vez, que adoran lo que es invisible e inmaterial, pero aún criatura, como el alma o la mente del hombre, les decimos que la felicidad no se halla en la criatura ni aun bajo esta forma, y que debemos adorar al Dios verdadero, que no solo es invisible, sino inmutable; pues solo Él debe ser adorado, en cuyo goce el adorador halla felicidad, y sin el cual el alma debe ser miserable, cualquier otra cosa que posea. Vosotros, en cambio, que adoráis cosas que no tienen existencia alguna salvo en vuestras leyendas ficticias, estaríais más cerca de la verdadera piedad y religión si fuerais paganos, o si adorarais lo que tiene existencia, aunque no sea objeto propio de adoración. De hecho, no adoráis propiamente el sol, aunque él lleva vuestras oraciones consigo en su curso alrededor de los cielos.
XX, 6
6. Vuestras afirmaciones acerca del sol mismo son tan falsas y absurdas que, si él os pagara por la injuria que le hacéis, os abrasaría hasta la muerte. En primer lugar, llamáis al sol una nave, de modo que no solo estáis a mundos de distancia, como suele decirse, sino a la deriva. Además, mientras todos ven que el sol es redondo, que es la forma que corresponde por su perfección a su posición entre los cuerpos celestes, sostenéis que es triangular, es decir, que su luz brilla sobre la tierra a través de una ventana triangular en el cielo. De ahí que os inclinéis y dobleguéis ante el sol, mientras no adoráis este sol visible, sino alguna nave imaginaria que suponéis que brilla a través de una abertura triangular. Sin duda, jamás se habría oído hablar de esta nave si las palabras necesarias para la composición de ficciones heréticas hubieran de pagarse, como la madera necesaria para las cuadernas de una nave. Todo esto es comparativamente inocuo, por ridículo o lamentable que sea. Muy diferente es vuestra perversa fantasía acerca de jóvenes de ambos sexos que salen de esta nave, cuya belleza excita vivos deseos en los príncipes y princesas de las tinieblas; y así los miembros de vuestro dios son liberados de este humillante confinamiento en los miembros de la raza de las tinieblas, por medio de la pasión pecaminosa y el apetito sensual. Y a estos vuestros sucios harapos queréis unir el misterio de la Trinidad; pues decís que el Padre habita en una luz secreta, el poder del Hijo en el sol, y su sabiduría en la luna, y el Espíritu Santo en el aire.
XX, 7
7. En cuanto a esta triple o, mejor dicho, cuádruple ficción, ¿qué diré de la luz secreta del Padre, sino que no podéis pensar en luz alguna salvo la que habéis visto? De vuestro conocimiento de la luz visible, con la que las bestias y los insectos, al igual que los hombres, están familiarizados, formáis alguna vaga idea en vuestra mente, y la llamáis la luz en la que Dios Padre habita con sus súbditos. ¿Cómo podéis distinguir entre la luz por la cual vemos y aquella por la cual entendemos, cuando, según vuestras ideas, entender la verdad no es otra cosa que formar la concepción de formas materiales, ya finitas o, en algunos casos, infinitas; y de verdad creéis en estas fantasías descabelladas? Es manifiesto que el acto de mi mente al pensar en vuestra región de luz que no tiene existencia es enteramente diferente de mi concepción de Alejandría, que existe, aunque no la he visto. Y, de nuevo, el acto de formar una concepción de Alejandría, que nunca he visto, es muy diferente de pensar en Cartago, que conozco. Pero esta diferencia es insignificante en comparación con la que hay entre mi pensamiento de las cosas materiales que conozco por haberlas visto, y mi entendimiento de la justicia, la castidad, la fe, la verdad, el amor, la bondad, y cosas de esta naturaleza. ¿Podéis describir esta luz intelectual, que nos da una percepción clara de la distinción entre ella misma y otras cosas, así como de la distinción entre esas cosas entre sí? Y sin embargo, ni siquiera este es el sentido en que puede decirse que Dios es luz, pues esta luz es creada, mientras que Dios es el Creador; la luz es hecha, y Él es el Hacedor; la luz es mudable. Pues el intelecto cambia de la aversión al deseo, de la ignorancia al conocimiento, del olvido al recuerdo; mientras que Dios permanece el mismo en voluntad, en verdad y en eternidad. De Dios derivamos el comienzo de la existencia, el principio del conocimiento, la ley del afecto. De Dios todos los animales, racionales e irracionales, derivan la naturaleza de su vida, la capacidad de sensación, la facultad de emoción. De Dios todos los cuerpos derivan su subsistencia en la extensión, su belleza en el número y su orden en el peso. Esta luz es un único ser divino, en una inseparable existencia trina; y sin embargo, sin suponer la asunción de forma corporal alguna, asignáis a lugares separados partes de la sustancia inmaterial, espiritual e inmutable. Y en lugar de tres lugares para la Trinidad, tenéis cuatro: uno, la luz inaccesible, que no conocéis en absoluto, para el Padre; dos, el sol y la luna, para el Hijo; y además uno, el círculo de la atmósfera, para el Espíritu Santo. De la luz inaccesible del Padre no diré nada más por ahora, pues los creyentes ortodoxos no separan al Hijo y al Espíritu del Padre en relación con esta luz.
XX, 8
8. Es difícil comprender cómo os ha prendido la idea absurda de colocar el poder del Hijo en el sol y su sabiduría en la luna. Pues, como el Hijo permanece inseparablemente en el Padre, su sabiduría y su poder no pueden separarse entre sí, de modo que uno esté en el sol y la otra en la luna. Solo las cosas materiales pueden ser así asignadas a lugares separados. Si tan solo entendierais esto, os habría impedido tomar las producciones de una fantasía enfermiza como materia para tantas ficciones. Pero hay incoherencia e improbabilidad, así como falsedad, en vuestras ideas. Pues, según vosotros, el asiento de la sabiduría es inferior en brillo al asiento del poder. Ahora bien, la energía y la productividad son cualidades del poder, mientras que la luz enseña y manifiesta; de modo que si el sol tuviera el mayor calor, y la luna la mayor luz, estos absurdos podrían parecer tener alguna verosimilitud para hombres de mente carnal, que no conocen nada sino mediante concepciones materiales. Por la conexión entre gran calor y movimiento, podrían identificar el poder con el calor; mientras que la luz, por su brillo y por hacer discernibles las cosas, podría representar la sabiduría. Pero ¡qué necedad y qué profanación, colocar el poder en el sol, que tanto sobresale en luz, y la sabiduría en la luna, que es tan inferior en brillo! Y mientras separáis a Cristo de sí mismo, no distinguís entre Cristo y el Espíritu Santo; siendo así que Cristo es uno, el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el Espíritu es una persona distinta. Mas, según vosotros, el aire, que hacéis asiento del Espíritu, llena y penetra el universo. Así, el sol y la luna en su curso están siempre unidos al aire. Pero la luna se acerca al sol en un momento, y se aleja de él en otro. De modo que, si hemos de creeros, o, mejor dicho, si nos permitimos ser engañados por vosotros, la sabiduría se aleja del poder la mitad de la circunferencia de un círculo, y de nuevo se acerca a él la otra mitad. Y cuando la sabiduría está llena, está a distancia del poder. Pues cuando la luna está llena, la distancia entre los dos cuerpos es tan grande que la luna sale por el oriente mientras el sol se pone por el occidente. Mas como la pérdida de poder produce debilidad, cuanto más llena está la luna, más débil debe ser la sabiduría. Si, como es ciertamente verdad, la sabiduría de Dios es inmutable en poder, y el poder de Dios inmutable en sabiduría, ¿cómo podéis separarlos hasta asignarlos a lugares diferentes? ¿Y cómo puede ser diferente el lugar cuando la sustancia es la misma? ¿No es esto el desatino del sometimiento a las fantasías materiales; mostrando una falta tal de poder y sabiduría que vuestra sabiduría es tan débil como vuestro poder es necio? Este absurdo execrable dividiría a Cristo entre el sol y la luna: su poder en uno y su sabiduría en la otra; de modo que sería incompleto en ambos, careciendo de sabiduría en el sol y de poder en la luna, mientras en ambos suministra jóvenes, varones y hembras, para excitar el afecto de los príncipes y princesas de las tinieblas. Tales son las doctrinas que aprendéis y profesáis. Tal es la fe que dirige vuestra conducta. ¿Y podéis asombraros de que se os mire con aborrecimiento?
XX, 9
9. Pero, además de vuestros errores acerca de esos luminares visibles y conocidos, a los que adoráis no por lo que son, sino por lo que vuestra fantasía desbocada los hace ser, vuestras demás absurdidades son todavía peores. Vuestro ilustre Portador del mundo, y Atlas, que le ayuda a sostenerlo, son seres irreales. Como otras innumerables criaturas de vuestra imaginación, no tienen existencia alguna, y sin embargo los adoráis. Por eso decimos que sois peores que los paganos, al mismo tiempo que os asemejáis a ellos en adorar a muchos dioses. Sois peores, porque mientras ellos adoran cosas que existen aunque no sean dioses, vosotros adoráis cosas que ni son dioses ni ninguna otra cosa, pues no tienen existencia. Los paganos, además, tienen fábulas, pero saben que son fábulas; y o bien las consideran como divertidas invenciones poéticas, o tratan de explicarlas como representaciones de la naturaleza de las cosas, o de la vida del hombre. Así dicen que Vulcano es cojo, porque la llama del fuego común tiene un movimiento irregular; que la Fortuna es ciega, por lo incierto de lo que se llama sucesos fortuitos; que hay tres Parcas con rueca, huso y dedos que hilan la lana en hilo, porque hay tres tiempos: el pasado, ya hilado y arrollado en el huso; el presente, que pasa por los dedos de la hilandera; y el futuro, todavía en lana atada a la rueca, y que pronto pasará por los dedos al huso, es decir, por el presente al futuro; y que Venus es la esposa de Vulcano, porque el placer tiene una conexión natural con el calor; y que es la amante de Marte, porque el placer no es propiamente la compañera de los guerreros; y que Cupido es un niño con alas y arco, por las heridas que la pasión irreflexiva e inconstante inflige en los corazones de los desdichados; y así con muchas otras fábulas. La gran absurdidad está en que continúen adorando a estos seres después de dar tales explicaciones; pues el culto sin las explicaciones, aunque criminal, sería un crimen menos atroz. Las mismas explicaciones prueban que no adoran a aquel Dios, cuyo solo goce puede dar la felicidad, sino cosas que Él ha creado. Y aun en la criatura adoran no sólo las virtudes, como en Minerva, que nació de la cabeza de Júpiter y que representa la prudencia —cualidad de la razón que, según Platón, tiene su asiento en la cabeza—, sino también sus vicios, como en Cupido. Por eso uno de sus poetas dramáticos dice: "La pasión pecaminosa, en favor del vicio, hizo del Amor un dios." Incluso a males corporales se les levantaron templos en Roma, como en el caso de la palidez y de la fiebre. Por no detenernos en el pecado de los adoradores de esos ídolos, a quienes en cierto modo afectan las formas corpóreas, de suerte que les rinden homenaje como a deidades cuando los ven colocados en algún lugar elevado y tratados con gran honor y reverencia, hay mayor pecado en las mismas explicaciones que pretenden servir de apología de esos objetos mudos, sordos, ciegos y sin vida. Sin embargo, aunque, como he dicho, esas cosas nada aportan a la salvación ni a utilidad alguna, tanto ellas como las cosas que se dice que representan son existencias reales. Pero vuestro Primer Hombre, que guerrea con los cinco elementos; y vuestro Espíritu Poderoso, que construye el mundo con los cuerpos cautivos de la raza de las tinieblas, o mejor, con los miembros de vuestro dios en sujeción y esclavitud; y vuestro Sostenedor del mundo, que tiene en su mano los restos de esos miembros y que lamenta la captura, la esclavitud y la contaminación de los demás; y vuestro gigante Atlas, que mantiene al Sostenedor del mundo sobre sus hombros, no sea que, por cansancio, arroje su carga e impida así que se complete la imitación final de la masa de las tinieblas, que ha de ser la última escena de vuestro drama: éstas y otras innumerables absurdidades no están representadas en pintura ni en escultura, ni en explicación alguna; y sin embargo creéis y adoráis cosas que no tienen existencia, mientras os burláis de los cristianos por ser crédulos al creer en realidades con una fe que pacifica el espíritu sometido a su influjo. Los objetos de vuestro culto pueden mostrarse con muchas pruebas que no tienen existencia, pruebas que no aduzco aquí, porque, aunque podría sin dificultad discurrir filosóficamente sobre la construcción del mundo, llevaría demasiado tiempo hacerlo aquí. Una sola prueba basta. Si esas cosas son reales, Dios tiene que estar sujeto a cambio, a corrupción y a contaminación; suposición tan blasfema como irracional. Todas esas cosas, por tanto, son vanas, falsas e irreales. Así sois mucho peores que aquellos paganos, a los que todos conocen y que aún conservan huellas de sus antiguas costumbres, de las cuales ellos mismos se avergüenzan; pues mientras ellos adoran cosas que no son dioses, vosotros adoráis cosas que no existen.
XX, 10
10. Si pensáis que vuestras doctrinas son verdaderas porque no se parecen a los errores de los paganos, y que nosotros estamos en el error porque tal vez diferimos más de vosotros que de ellos, lo mismo valdría decir que un muerto goza de buena salud porque no está enfermo; o que la buena salud es indeseable, porque difiere menos de la enfermedad que de la muerte. O, si en muchos casos debe considerarse a los paganos más muertos que enfermos, lo mismo valdría alabar las cenizas del sepulcro porque ya no tienen forma humana, en comparación con el cuerpo vivo, que no difiere tanto de un cadáver como de las cenizas. Así se nos reprocha parecernos más al cadáver del paganismo que a las cenizas del maniqueísmo. Pero en las divisiones sucede con frecuencia que una misma cosa se coloca en clases distintas, según el punto de semejanza en que se funda la división. Por ejemplo, si los animales se dividen en los que vuelan y los que no pueden volar, en esta división los hombres y las bestias se clasifican juntos, a diferencia de las aves, porque ambos son incapaces de volar. Pero si se dividen en racionales e irracionales, las bestias y las aves se clasifican juntas, a diferencia de los hombres, pues ambas están privadas de razón. Fausto no pensó en esto cuando dijo: En realidad sólo hay dos sectas, los gentiles y nosotros, pues nos oponemos directamente a ellos en nuestras creencias. La oposición que quiere decir es ésta: que los gentiles creen en un único principio, mientras que los maniqueos creen también en el principio de la raza de las tinieblas. Ciertamente, según esta división, coincidimos en general con los paganos. Pero si dividimos a todos los que tienen religión entre los que adoran a un solo Dios y los que adoran a muchos dioses, los maniqueos han de ser clasificados junto con los paganos, y nosotros junto con los judíos. Ésta es otra distinción, de la que puede decirse que sólo hace dos sectas. Tal vez digáis que consideráis que todos vuestros dioses son de una sola sustancia, cosa que no hacen los paganos. Pero al menos os asemejáis a ellos en asignar a vuestros dioses diferentes poderes, funciones y empleos. Uno combate contra la raza de las tinieblas; otro construye el mundo con la parte que es capturada; otro, de pie en lo alto, tiene el mundo en su mano; otro lo sostiene desde abajo; otro hace girar las ruedas de los fuegos, de los vientos y de las aguas inferiores; otro, en su circuito por los cielos, recoge con sus rayos los miembros de vuestro dios de las cloacas. En verdad, vuestros dioses tienen innumerables ocupaciones, según vuestras descripciones fabulosas, que ni explicáis ni representáis en forma visible. Pero, además, si los hombres se dividieran entre los que creen que Dios se interesa por los asuntos humanos y los que no lo creen, los paganos y los judíos, y vosotros y todos los herejes que tienen algo de cristianismo, seréis clasificados juntos, en oposición a los epicúreos y a cualesquiera otros que sostengan opiniones semejantes. Como éste es un principio de importancia, también aquí podemos decir que sólo hay dos sectas, y vosotros pertenecéis a la misma secta que nosotros. Difícilmente os atreveréis a disentir de nosotros en la opinión de que Dios se ocupa de los asuntos humanos, de modo que en esta materia vuestra oposición a los epicúreos os hace poneros de nuestro lado. Así, según la naturaleza de la división, lo que en un momento está en una clase, en otro momento está en otra: lo que aquí está unido, allí está separado; en unas cosas se nos clasifica con otros, y a ellos con nosotros; en otras se nos clasifica aparte, y permanecemos solos. Si Fausto pensara en esto, no diría tan elocuentes tonterías.
XX, 11
11. Pero ¿qué hemos de pensar de estas palabras de Fausto: El Espíritu Santo, por su influjo e infusión espiritual, hace que la tierra conciba y dé a luz al Jesús mortal, que, colgado de todo árbol, es la vida y la salvación de los hombres? Dejando pasar por un momento lo absurdo de esta afirmación, observamos la necedad de creer que el Jesús mortal pueda ser concebido por el poder del Espíritu Santo mediante la tierra, pero no por la Virgen María. ¿Os atrevéis a comparar la santidad del vientre de aquella virgen casta con cualquier pedazo de tierra donde crecen árboles y plantas? ¿Pretendéis mirar con horror a una virgen pura, mientras no os encogéis de creer que Jesús es producido en huertos regados por las sucias cloacas de una ciudad? Pues toda clase de plantas brotan y se nutren en semejante humedad. Queréis que Jesús nazca de este modo, mientras clamáis contra la idea de que nazca de una virgen. ¿Pensáis que la carne es más impura que los excrementos que su naturaleza rechaza? ¿Es la suciedad más limpia que la carne que la expulsa? ¿No sabéis cómo se abonan los campos para hacerlos productivos? Vuestra necedad viene a parar en esto: que el Espíritu Santo, que, según vosotros, despreció el vientre de María, hace concebir a la tierra con tanta mayor fecundidad cuanto más cuidadosamente se la enriquece con desechos de animales. ¿Respondéis que el Espíritu Santo conserva en todas partes su pureza incorruptible? Pregunto de nuevo: ¿por qué no también en el vientre de la virgen? Pasando de la concepción, sostenéis, respecto del Jesús mortal —que, como decís, nace de la tierra, la cual ha concebido por el poder del Espíritu Santo—, que pende en forma de fruto de todo árbol; de suerte que, además de esta contaminación, sufre una impureza adicional por la carne de los innumerables animales que comen el fruto, salvo, ciertamente, la pequeña cantidad que purificáis al comerla vosotros. Mientras nosotros creemos y confesamos que Cristo, Hijo de Dios y Verbo de Dios, se hizo carne sin sufrir mancilla, porque la sustancia divina no es manchada por la carne, como no lo es por nada, vuestras nociones fantásticas harían que Jesús quedara manchado aun colgado del árbol, antes de entrar en carne de ningún animal; pues si no quedara manchado, no habría necesidad de que lo purificarais comiéndolo. Y si todos los árboles son la cruz de Cristo, como Fausto parece dar a entender cuando dice que Jesús pende de todo árbol, ¿por qué no arrancáis el fruto y bajáis así a Jesús de su suspensión en el árbol para sepultarlo en vuestro estómago, lo cual correspondería a la buena obra de José de Arimatea, cuando bajó de la cruz al verdadero Jesús para sepultarlo? [] ¿Por qué habría de ser impío bajar a Cristo del árbol, mientras es piadoso ponerlo en el sepulcro? Tal vez queráis aplicar a vosotros las palabras que Pablo cita del profeta: "Su garganta es un sepulcro abierto:" [] y así esperáis con la boca abierta hasta que alguien venga a usar vuestra garganta como el mejor sepulcro para Cristo. Una vez más, ¿cuántos Cristos hacéis? ¿Hay uno a quien llamáis el Cristo mortal, a quien la tierra concibe y da a luz por el poder del Espíritu Santo; otro crucificado por los judíos bajo Poncio Pilato; y un tercero a quien dividís entre el sol y la luna? ¿O es una y la misma persona, parte de la cual está encerrada en los árboles, para ser liberada con la ayuda de la otra parte que no está encerrada? Si así es, y admitís que Cristo padeció bajo Poncio Pilato, aunque es difícil ver cómo pudo padecer sin carne, como vosotros decís, la gran cuestión es con quién dejó aquellas naves de que habláis, para poder descender y padecer estas cosas, que ciertamente no habría podido padecer sin tener un cuerpo de alguna clase. Una mera presencia espiritual no habría podido hacerlo susceptible de esos padecimientos, y con su presencia corpórea no podía estar al mismo tiempo en el sol, en la luna y en la cruz. De modo que, si no tenía cuerpo, no fue crucificado; y si tenía cuerpo, la cuestión es de dónde lo sacó: pues, según vosotros, todos los cuerpos pertenecen a la raza de las tinieblas, aunque no podéis pensar en la sustancia divina sino como algo material. Así, tenéis que decir o que Cristo fue crucificado sin cuerpo, lo cual es del todo absurdo; o que fue crucificado en apariencia y no en realidad, lo cual es blasfemia; o que no todos los cuerpos pertenecen a la raza de las tinieblas, sino que la sustancia divina tiene también un cuerpo, y no un cuerpo inmortal, sino susceptible de crucifixión y muerte, lo cual, de nuevo, es enteramente erróneo; o que Cristo tuvo un cuerpo mortal procedente de la raza de las tinieblas, de suerte que, mientras no permitís que el cuerpo de Cristo venga de la Virgen María, lo deriváis de la raza de los demonios. Finalmente, como en la afirmación de Fausto, en la que alude del modo más breve posible a las largas historias de la invención maniquea, la tierra por el poder del Espíritu Santo concibe y da a luz al Jesús mortal, que, colgado de todo árbol, es la vida y salvación de los hombres, ¿por qué este Salvador habría de ser representado por cuanto está colgado, porque estuvo colgado del árbol, y no por cuanto nace, porque nació? Pero si queréis decir que el Jesús de los árboles, el Jesús crucificado bajo Poncio Pilato y el Jesús dividido entre el sol y la luna son todos una y la misma sustancia, ¿por qué no dais el nombre de Jesús a toda vuestra multitud de deidades? ¿Por qué no habría de ser también Jesús vuestro Sostenedor del mundo, y Atlas, y el Rey de Honor, y el Espíritu Poderoso, y el Primer Hombre, y todos los demás, con sus varios nombres y ocupaciones?
XX, 12
12. Así pues, con respecto al Espíritu Santo, ¿cómo podéis decir que es la tercera persona, cuando las personas que mencionáis son innumerables? ¿O por qué no es él mismo Jesús? Y ¿por qué Fausto engaña a la gente, al intentar hacer ver un acuerdo entre él y los verdaderos cristianos, de quienes difiere sólo demasiado, diciendo: Adoramos a un solo Dios bajo la triple denominación de Dios todopoderoso Padre, Cristo su Hijo y el Espíritu Santo? ¿Por qué la denominación es sólo triple, en lugar de múltiple? Y ¿por qué la distinción es sólo de denominación, y no de realidad, si hay tantas personas como nombres? Pues no es como si dierais tres nombres a la misma cosa, como la misma arma puede llamarse espada corta, daga o puñal; o como dais el nombre de luna, y de barco menor, y de luminaria de la noche, y así sucesivamente, a la misma cosa. Porque no podéis decir que el Primer Hombre sea lo mismo que el Espíritu Poderoso, o que el Sostenedor del mundo, o que el gigante Atlas. Son todas personas distintas, y a ninguna de ellas llamáis Cristo. ¿Cómo puede haber una sola Deidad con funciones opuestas? ¿O por qué no habría de ser Cristo mismo la única persona, si en una sola sustancia Cristo pende de los árboles, fue perseguido por los judíos y existe en el sol y la luna? El hecho es que vuestras fantasías andan todas descarriadas, y no son mejores que los sueños de la locura.
XX, 13
¿Cómo puede Fausto pensar que nos parecemos a los maniqueos en atribuir sacralidad al pan y al vino, cuando ellos consideran un sacrilegio gustar el vino? Reconocen a su dios en la uva, pero no en la copa; tal vez les escandaliza que sea pisoteado y embotellado. No consideramos sagrado cualquier pan y vino como producción natural, como si Cristo estuviera encerrado en el grano o en las vides, como se imaginan los maniqueos, sino lo que es verdaderamente consagrado como símbolo. Lo que no está consagrado, aunque sea pan y vino, es sólo alimento o refrigerio, sin nada de sagrado; aunque bendecimos y damos gracias a Dios por todo don, tanto corporal como espiritual. Según vuestra idea, Cristo está encerrado en todo lo que coméis, y es liberado por la digestión del encierro adicional de vuestros intestinos. Así, cuando coméis, vuestro dios sufre; y cuando digerís, sufrís vosotros por su recuperación. Cuando os llena, vuestra ganancia es su pérdida. Esto podría considerarse bondad de su parte, porque sufre en vosotros para vuestro beneficio, si no fuera porque gana su libertad escapando y dejándoos vacíos. No hay el menor parecido entre nuestra reverencia al pan y al vino y vuestras doctrinas, que no tienen verdad alguna. Comparar ambas cosas es aún más necio que decir, como algunos hacen, que en el pan y el vino adoramos a Ceres y a Baco. Menciono esto ahora para mostrar de dónde sacasteis la necia idea de que nuestros padres guardaban el sábado en honor de Saturno. Pues así como no hay relación alguna entre el culto de las deidades paganas Ceres y Baco y nuestra observancia del sacramento del pan y del vino, que aprobáis tanto que deseáis pareceros a nosotros en ello, así tampoco hubo sujeción a Saturno en el caso de nuestros padres, que observaban el descanso del sábado de una manera apropiada a los tiempos proféticos.
XX, 14
Podríais haber encontrado una semejanza entre vuestra religión y la de los paganos en lo que respecta a "Hyle" [la materia], de la que los paganos hablan a menudo. Vosotros, por el contrario, sostenéis que os oponéis directamente a ellos en vuestra creencia en el principio del mal, al que vuestro maestro en teología llama "Hyle". Pero aquí sólo mostráis vuestra ignorancia y, con afectación de erudición, usáis esta palabra sin saber lo que significa. Los griegos, al hablar de la naturaleza, dan el nombre de "Hyle" a la materia subyacente de las cosas, que no tiene forma propia, sino que admite todas las formas corpóreas, y se conoce sólo a través de estos fenómenos cambiantes, sin ser ella misma objeto de sensación o percepción. Algunos gentiles, en verdad, hacen erróneamente esta materia coeterna con Dios, como no derivada de Él, aunque las formas corpóreas sí lo sean. En este manifiesto error os parecéis a los paganos, pues sostenéis que "Hyle" tiene un principio propio y no proviene de Dios. Sólo la ignorancia os lleva a negar esta semejanza. Al decir que "Hyle" no tiene forma propia y que sólo puede recibir sus formas de Dios, los paganos se acercan a la verdad que nosotros creemos, en contraposición a vuestros errores. No sabiendo qué es "Hyle" o la materia subyacente de las cosas, la convertís en la raza de las tinieblas, en la que colocáis no sólo innumerables formas corpóreas de cinco clases diferentes, sino también una mente formativa. En efecto, tan grande es vuestra ignorancia o locura, que llamáis a esta mente "Hyle" y la hacéis dar formas en lugar de recibirlas. Si existiera una mente formativa como la que decís, y elementos corpóreos capaces de forma, la palabra "Hyle" se aplicaría propiamente a los elementos corpóreos, que serían la materia que ha de ser formada por la mente, a la que hacéis principio del mal. Aun esto no sería un uso del todo exacto de la palabra "Hyle", que no tiene forma de ninguna clase; mientras que estos elementos, aunque capaces de nuevas formas, ya tienen la forma de elementos y pertenecen a clases diferentes. Con todo, este uso de la palabra no sería tan desacertado, a pesar de vuestra ignorancia; pues así se aplicaría, como propiamente se hace, a lo que recibe forma, y no a lo que la da. Aun así, sin embargo, aparecerían vuestra necedad e impiedad al atribuir tanto bien al principio del mal, por no saber que todas las naturalezas de toda clase, todas las formas en su proporción y todos los pesos en su orden, sólo pueden venir del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Tal como están las cosas, no sabéis ni qué es "Hyle" ni qué es el mal. ¡Ojalá pudiera persuadiros de que os abstuvierais de engañar a personas aún más ignorantes que vosotros!
XX, 15
Todo el mundo debe ver la necedad de que os jactéis de ser superiores a los paganos porque ellos usan altares y templos, imágenes, sacrificios e incienso en el culto a Dios, lo que vosotros no hacéis. Como si no fuera mejor construir un altar y ofrecer sacrificio a una piedra, que tiene alguna clase de existencia, que emplear una imaginación acalorada en adorar cosas que no tienen existencia alguna. ¿Y qué queréis decir al afirmar que sois un templo racional de Dios? ¿Puede ser templo de Dios lo que en parte es construcción del diablo? ¿Y no es esto cierto de vosotros, que decís que todos vuestros miembros y todo vuestro cuerpo fueron formados por el principio del mal, al que llamáis "Hyle", y que una parte de esta mente formativa habita en el cuerpo junto con una parte de vuestro dios? Y como esta parte de vuestro dios está atada y encerrada, deberíais ser llamados prisión de Dios más bien que templo suyo. Tal vez sea vuestra alma el templo de Dios, puesto que la tenéis de la región de la luz. Pero generalmente no llamáis a vuestra alma templo, sino parte o miembro de Dios. Así, cuando decís que sois templo de Dios, ha de ser en vuestro cuerpo, que, según decís, fue formado por el diablo. Así blasfemáis contra el templo de Dios, llamándolo no sólo hechura de Satanás, sino prisión de Dios. El apóstol, por el contrario, dice: "El templo de Dios es santo, el cual templo sois vosotros." Y para mostrar que esto no se refiere meramente al alma, dice expresamente: "¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios?" Llamáis templo de Dios a la hechura de los demonios, y allí, para usar las palabras de Fausto, colocáis a Cristo, el Hijo de Dios, la imagen viva de la majestad viva. Bien puede vuestra impiedad inventar un templo fabuloso para un Cristo fabuloso. La imagen de la que habláis debe llamarse así, porque es criatura de vuestra imaginación.
XX, 16
Si vuestra mente es un altar, ya veis de quién es ese altar. Podéis verlo por las mismas doctrinas y deberes en los que decís estar instruidos. Se os enseña a no dar comida a un mendigo; y así vuestro altar humea con el sacrificio de la crueldad. El Señor destruye tales altares; pues con palabras citadas de la ley nos dice qué ofrenda agrada a Dios: "Misericordia quiero, y no sacrificio." Observad en qué ocasión usa el Señor estas palabras. Fue cuando, al pasar por un campo, los discípulos arrancaron espigas de grano porque tenían hambre. Vuestra doctrina os llevaría a llamar a esto asesinato. Vuestra mente es un altar, no de Dios, sino de demonios mentirosos, por cuyas doctrinas la conciencia maligna es cauterizada como con hierro candente, [], llamando asesinato a lo que la verdad llama inocencia. Pues en sus palabras a los judíos, Cristo os asesta anticipadamente un golpe fatal: "Si supieseis qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes." []
XX, 17
Ni podéis decir que honráis a Dios con sacrificios en forma de oraciones puras y simples: pues, con vuestras bajas y deshonrosas ideas sobre la naturaleza y sustancia divinas, hacéis que vuestro dios sea la víctima en los sacrificios de los paganos; tan lejos estáis de agradar al Dios verdadero con vuestros sacrificios. Pues sostenéis que Dios está encerrado no sólo en los árboles y las plantas, o en el cuerpo humano, sino también en la carne de los animales, que lo contamina con su impureza. ¿Y cómo puede vuestra alma alabar a Dios, cuando de hecho le reprocháis al llamar a vuestra alma una partícula de su sustancia hecha cautiva por la raza de las tinieblas, como si Dios no pudiera sostener el combate sino mediante esta corrupción de sus miembros y este cautiverio deshonroso? En lugar de honrar a Dios en vuestras oraciones, lo insultáis. Pues ¿qué pecado cometisteis, cuando le pertenecíais, para ser castigados así por el dios al que clamáis, no porque lo abandonasteis pecaminosamente por vuestra propia elección; pues él mismo os entregó a sus enemigos para obtener la paz de su reino? Ni siquiera sois entregados como rehenes para ser custodiados honrosamente. Ni es como cuando un pastor tiende un lazo para cazar una bestia salvaje: pues no pone a uno de sus propios miembros en el lazo, sino a algún animal de su rebaño; y, por lo general, de modo que la bestia salvaje sea atrapada antes de que el animal sea herido. Vosotros, aunque sois los miembros de vuestro dios, sois entregados al enemigo, cuya ferocidad mantenéis alejada de vuestro dios sólo contagiándoos con su impureza, infectándoos con sus corrupciones, sin culpa alguna vuestra. No podéis usar en vuestras oraciones las palabras: "Líbranos, Señor, por la gloria de tu nombre; y por amor de tu nombre perdona nuestros pecados." Vuestra oración es: "Líbranos por tu destreza, pues aquí sufrimos opresión, tortura y contaminación, sólo para que Tú puedas lamentarte sin ser molestado en tu reino." Estas son palabras de reproche, no de súplica. Tampoco podéis usar las palabras que nos enseñó el Maestro de la verdad: "Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores." [] Pues ¿quiénes son los deudores que han pecado contra vosotros? Si es la raza de las tinieblas, no perdonáis sus deudas, sino que hacéis que sean arrojados del todo y encerrados en prisión eterna. ¿Y cómo puede Dios perdonaros vuestras deudas, cuando Él más bien pecó contra vosotros al enviaros a tal estado, que vosotros contra Él, a quien obedecisteis al ir? Si esto no fue pecado en Él, porque se vio obligado a hacerlo, esta excusa debe aplicarse a vosotros, ahora que habéis sido derrotados en el combate, más que a Él antes de que comenzara el combate. Sufrís ahora por la mezcla del mal, lo que no era el caso con Él cuando, sin embargo, se vio obligado a enviaros. Así que o bien Él exige que le perdonéis su deuda; o, si Él no está en deuda con vosotros, menos aún lo estáis vosotros con Él. Parece que vuestros sacrificios y vuestras oraciones puras y simples son blasfemias falsas y viles.
XX, 18
¿Cómo es, a propósito, que usáis las palabras templo, altar y sacrificio para encomiar vuestras propias prácticas? Si tales cosas pueden decirse propiamente que pertenecen a la religión verdadera, deben constituir el culto verdadero del Dios verdadero. Y si existe tal cosa como un sacrificio verdadero al Dios verdadero, lo que está implícito en la expresión honores divinos, debe haber un único sacrificio verdadero del que los demás son imitaciones. Por una parte, tenemos las imitaciones espurias en el caso de los dioses falsos y mentirosos, es decir, de los demonios, que exigen orgullosamente honores divinos de sus engañados devotos, como es o fue el caso en los templos e ídolos de los gentiles. Por otra parte, tenemos las indicaciones proféticas de un sacrificio sumamente verdadero que ha de ofrecerse por los pecados de todos los creyentes, como en los sacrificios ordenados por Dios a nuestros padres; junto con lo cual estaba también la unción simbólica típica de Cristo, pues el nombre Cristo mismo significa ungido. Los sacrificios de animales, por tanto, reclamados presuntuosamente por los demonios, eran una imitación del sacrificio verdadero que se debe sólo al único Dios verdadero, y que sólo Cristo ofreció en su altar. Así dice el apóstol: "Los sacrificios que ofrecen los gentiles, a los demonios los ofrecen, y no a Dios." [] No censura los sacrificios, sino el ofrecerlos a los demonios. Los hebreos, a su vez, en sus sacrificios de animales, que ofrecían a Dios en muchas y variadas formas, adecuadas al significado de la institución, tipificaban el sacrificio ofrecido por Cristo. Este sacrificio es también conmemorado por los cristianos en la sagrada ofrenda y participación del cuerpo y de la sangre de Cristo. Los maniqueos no entienden ni la pecaminosidad de los sacrificios gentiles, ni la importancia de los sacrificios hebreos, ni el uso de la ordenanza del sacrificio cristiano. Sus propios errores son la ofrenda que presentan al diablo que los ha engañado. Y así se apartan de la fe, prestando atención a espíritus seductores y a doctrinas de demonios, hablando mentiras con hipocresía.
XX, 19
Quizá convenga que Fausto, o al menos quienes se sienten encantados con los escritos de Fausto, sepan que la doctrina de un único principio no nos vino de los gentiles; pues la creencia en un solo Dios verdadero, del que se deriva toda clase de naturaleza, es parte de la verdad original conservada entre los gentiles, a pesar de que hayan caído en muchos dioses falsos. Pues los filósofos gentiles tuvieron conocimiento de Dios, porque, como dice el apóstol: "las cosas invisibles de Dios, desde la creación del mundo, se ven claramente, siendo entendidas por las cosas que son hechas, incluso su eterno poder y deidad; de modo que no tienen excusa." Pero, como añade el apóstol: "habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; antes se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en una imagen hecha semejante a hombre corruptible, y a aves, y a cuadrúpedos, y a reptiles." [] Éstos son los ídolos de los gentiles, que no pueden explicar sino refiriéndose a las criaturas hechas por Dios; de modo que esta misma explicación de su idolatría, de la que los gentiles más ilustrados solían enorgullecerse como prueba de su superioridad, muestra la verdad de las siguientes palabras del apóstol: "Adoraron y sirvieron a la criatura antes que al Creador, el cual es bendito por siempre." [] En lo que diferís de los gentiles, estáis en el error; en lo que os parecéis a ellos, sois peores que ellos. No creéis, como ellos, en un único principio; y así caéis en la impiedad de creer que la sustancia del único Dios verdadero está sujeta a subyugación y corrupción. En cuanto al culto de una pluralidad de dioses, la doctrina de demonios mentirosos ha llevado a los gentiles a adorar muchos ídolos, y a vosotros a adorar muchos fantasmas.
XX, 20
No convertimos los sacrificios de los gentiles en ágapes, como dice Fausto que hacemos. Nuestros ágapes son más bien un sustituto del sacrificio del que habló el Señor, con las palabras ya citadas: "Misericordia quiero, y no sacrificio." En nuestros ágapes los pobres obtienen alimento vegetal o animal; y así la criatura de Dios se usa, en cuanto es adecuado, para el alimento del hombre, que también es criatura de Dios. Habéis sido llevados por demonios mentirosos, no a la abnegación, sino al error blasfemo, a "abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad. Porque todo lo que Dios creó es bueno, y nada hay que desechar, si se toma con acción de gracias." [] En pago de las bondades del Creador, lo insultáis ingratamente con vuestra impiedad; y porque en nuestros ágapes a menudo se da carne a los pobres, comparáis la caridad cristiana con los sacrificios paganos. Éste, ciertamente, es otro punto en el que os parecéis a algunos paganos. Consideráis un crimen matar animales, porque pensáis que las almas de los hombres pasan a ellos; idea que se encuentra en los escritos de algunos filósofos gentiles, aunque sus sucesores parecen haber pensado de otro modo. Pero aquí de nuevo estáis sumamente equivocados: pues ellos temían degollar a un pariente en el animal; pero vosotros teméis la matanza de vuestro dios, pues sostenéis que incluso las almas de los animales son sus miembros.
XX, 21
En cuanto a que tributamos honor a la memoria de los mártires, y a la acusación de Fausto de que los adoramos en lugar de a los ídolos, no me cuidaría de responder a semejante cargo si no fuera para mostrar cómo Fausto, en su afán de echarnos encima el oprobio, ha ido más allá de las invenciones maniqueas y ha caído, sin advertirlo, en una noción popular de la poesía pagana, a pesar de que tanto ansía distinguirse de los paganos. Pues al decir que hemos convertido los ídolos en mártires, sostiene que los adoramos con ritos semejantes y que aplacamos las sombras de los difuntos con vino y alimentos. ¿Crees, entonces, en las sombras? Nunca te oímos hablar de tales cosas, ni las hemos leído en tus libros. De hecho, por lo general os oponéis a estas ideas: pues nos decís que las almas de los muertos, si son malvadas o no están purificadas, son forzadas a pasar por diversos cambios, o sufren castigos aún más severos; mientras que las almas buenas son colocadas en naves y navegan por el cielo hacia esa región imaginaria de luz por la cual murieron combatiendo. Según vosotros, pues, ninguna alma permanece cerca del lugar donde el cuerpo fue sepultado; y ¿cómo puede haber sombras de los difuntos? ¿Qué son, y dónde están? El amor de Fausto por maldecir le ha hecho olvidar su propio credo; o tal vez habló dormido de fantasmas, y ni siquiera despertó al ver sus palabras por escrito. Es cierto que los cristianos tributan honor religioso a la memoria de los mártires, tanto para excitarnos a imitarlos como para obtener participación en sus méritos y la ayuda de sus oraciones. Pero no levantamos altares a ningún mártir, sino al Dios de los mártires, aunque sea en memoria de los mártires. Ninguno de los que ofician en el altar junto al sepulcro de los santos dice jamás: Te ofrecemos un sacrificio a ti, ¡oh Pedro!, o ¡oh Pablo!, o ¡oh Cipriano! La ofrenda se hace a Dios, que dio la corona del martirio, y se hace en memoria de quienes así fueron coronados. La emoción se acrecienta por las asociaciones del lugar, y el amor se enciende tanto hacia quienes son nuestros ejemplos como hacia Aquel con cuya ayuda podemos seguir tales ejemplos. Miramos a los mártires con la misma intimidad afectuosa que sentimos hacia los hombres santos de Dios en esta vida, cuando sabemos que sus corazones están preparados para soportar el mismo padecimiento por la verdad del evangelio. Hay más devoción en nuestro sentimiento hacia los mártires porque sabemos que su combate ha terminado; y podemos hablar con mayor confianza en alabanza de quienes ya son vencedores en el cielo que de quienes aún combaten aquí. Lo que propiamente es culto divino, que los griegos llaman latría, y para lo cual no hay palabra en latín, lo tributamos, tanto en doctrina como en práctica, únicamente a Dios. A este culto pertenece la ofrenda de sacrificios; como vemos en la palabra idolatría, que significa el tributar este culto a los ídolos. Por consiguiente, jamás ofrecemos, ni pedimos a nadie que ofrezca, sacrificio a un mártir, ni a un alma santa, ni a ángel alguno. Quien cae en este error es instruido por la doctrina, sea a modo de corrección o de cautela. Pues los propios seres santos, ya sean santos o ángeles, rehúsan aceptar lo que saben que se debe a Dios solo. Lo vemos en Pablo y Bernabé, cuando los hombres de Licaonia quisieron sacrificarles como a dioses a causa de los milagros que realizaban. Ellos rasgaron sus vestiduras y contuvieron a la gente, clamando y persuadiéndoles de que no eran dioses. Lo vemos también en los ángeles, como leemos en el Apocalipsis que un ángel no permitió que se le adorara, y dijo a quien lo adoraba: "Yo soy consiervo tuyo y de tus hermanos." [] Quienes reclaman este culto son espíritus soberbios, el diablo y sus ángeles, como vemos en todos los templos y ritos de los gentiles. Algunos hombres soberbios también han imitado su ejemplo; como se cuenta de algunos reyes de Babilonia. Así, el santo Daniel fue acusado y perseguido porque, cuando el rey decretó que no se hiciera petición a ningún dios, sino solo al rey, fue hallado adorando y orando a su propio Dios, es decir, al único Dios verdadero. [Daniel vi] En cuanto a quienes beben con exceso en los banquetes de los mártires, por supuesto condenamos su conducta; pues hacerlo aun en sus propias casas sería contrario a la sana doctrina. Pero debemos enmendar lo malo y prescribir lo bueno, y es necesario soportar por un tiempo algunas cosas que no se ajustan a nuestra enseñanza. Las reglas de conducta cristiana no han de tomarse de las licencias de los intemperantes ni de las flaquezas de los débiles. Aun así, la culpa de la intemperancia es mucho menor que la de la impiedad. Sacrificar a los mártires, aun en ayunas, es peor que volver a casa ebrio de su banquete; sacrificar a los mártires, digo, que es cosa distinta de sacrificar a Dios en memoria de los mártires, como hacemos constantemente, en la forma requerida desde la revelación del Nuevo Testamento, pues esto pertenece al culto o latría que se debe solo a Dios. Pero es vano intentar que estos herejes entiendan el pleno sentido de aquellas palabras del Salmista: "El que ofrece sacrificio de alabanza me glorifica, y por este camino le mostraré mi salvación." Antes de la venida de Cristo, la carne y la sangre de este sacrificio eran prefiguradas en los animales degollados; en la pasión de Cristo los tipos se cumplieron por el sacrificio verdadero; después de la ascensión de Cristo, este sacrificio se conmemora en el sacramento. Entre los sacrificios de los paganos y los de los hebreos hay toda la diferencia que existe entre una falsa imitación y una anticipación típica. No despreciamos ni denunciamos la virginidad de las santas mujeres porque hubiera vírgenes vestales. Y, del mismo modo, no es reproche para los sacrificios de nuestros padres que los gentiles también tuvieran sacrificios. Grande es la diferencia entre la virginidad cristiana y la vestal; sin embargo, consiste por entero en el ser a quien el voto se hace y se paga; así, la diferencia en el ser a quien los sacrificios de paganos y hebreos se hacen y se ofrecen establece una amplia diferencia entre ellos. En un caso se ofrecen a los demonios, que presuntuosamente reclaman esto para ser tenidos por dioses, porque el sacrificio es un honor divino. En el otro, se ofrecen al único Dios verdadero, como tipo del sacrificio verdadero, que también había de ofrecérsele a Él en la pasión del cuerpo y de la sangre de Cristo.
XX, 22
Fausto se equivoca al decir que nuestros antepasados judíos, en su separación de los gentiles, conservaron el templo, y los sacrificios, y los altares, y el sacerdocio, y abandonaron solo las imágenes esculpidas o los ídolos; pues podrían haber sacrificado, como hacen algunos, sin ninguna imagen esculpida, a los árboles y a los montes, o incluso al sol, a la luna y a las estrellas. Si hubieran tributado así a esos objetos el culto llamado latría, habrían servido a la criatura en lugar de al Creador, y habrían caído en el grave error de la superstición pagana; e incluso sin ídolos, habrían hallado demonios dispuestos a aprovecharse de su error y a aceptar sus ofrendas. Pues estos espíritus soberbios y malvados no se alimentan, como algunos neciamente suponen, del olor del sacrificio y del humo, sino de los errores de los hombres. No gozan de refrigerio corporal, sino de un placer maligno, cuando de algún modo engañan a la gente o cuando, con osada apropiación de una majestad prestada, se jactan de recibir honores divinos. No fueron, por tanto, solo los ídolos de los gentiles lo que nuestros antepasados judíos abandonaron. No sacrificaron ni a la tierra ni a cosa terrena alguna, ni al mar, ni al cielo, ni a los ejércitos del cielo, sino que pusieron las víctimas sobre el altar del único Dios, Creador de todo, quien requería estas ofrendas como medio de prefigurar a la víctima verdadera, por la cual Él nos ha reconciliado consigo en la remisión de los pecados mediante nuestro Señor Jesucristo. Así Pablo, dirigiéndose a los creyentes, que forman el cuerpo cuya Cabeza es Cristo, dice: "Os ruego, pues, hermanos, por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios." [] Los maniqueos, por su parte, dicen que los cuerpos humanos son obra de la raza de las tinieblas y prisión en la que se halla encerrada la deidad cautiva. Así, la doctrina de Fausto es muy distinta de la de Pablo. Pero puesto que quien os predique un evangelio distinto del que habéis recibido sea anatema, lo que Cristo dice en Pablo es la verdad, mientras que Maniqueo en Fausto es anatema.
XX, 23
Fausto dice también, sin saber lo que dice, que hemos conservado las costumbres de los gentiles. Pero viendo que el justo vive por la fe, y que el fin del mandamiento es el amor nacido de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe no fingida, y que estas tres cosas, fe, esperanza y amor, permanecen para formar la vida de los creyentes, es imposible que haya semejanza en las costumbres de quienes difieren en estas tres cosas. Quienes creen de modo distinto, esperan de modo distinto y aman de modo distinto, también deben vivir de modo distinto. Y si nos parecemos a los gentiles en el uso de cosas tales como el alimento y la bebida, las casas, los vestidos y los baños, y, en el caso de quienes nos casamos, en tomar y guardar esposas y en engendrar y criar a los hijos como herederos, hay aún una gran diferencia entre el hombre que usa estas cosas para algún fin propio y el que, al usarlas, da gracias a Dios, sin tener ideas indignas o erróneas acerca de Dios. Pues así como vosotros, según vuestra propia herejía, aunque comáis el mismo pan que los demás hombres, y viváis del producto de las mismas plantas y del agua de la misma fuente, y os vistáis como los demás con lana y lino, lleváis sin embargo una vida distinta, no porque comáis o bebáis, o vistáis de modo distinto, sino porque diferís de los demás en vuestras ideas y en vuestra fe, y en todas estas cosas tenéis a la vista un fin propio —el fin, a saber, expuesto en vuestras falsas doctrinas—, del mismo modo nosotros, aunque nos parezcamos a los gentiles en el uso de estas y otras cosas, no nos parecemos a ellos en nuestra vida; pues mientras las cosas son las mismas, el fin es distinto: porque el fin que tenemos a la vista es, según el justo mandamiento de Dios, el amor nacido de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe no fingida; del cual algunos, habiéndose desviado, se han vuelto a vanas palabrerías. En esta vana palabrería vosotros os lleváis la palma, pues no atendéis al hecho de que tan grande es la diferencia de vida que produce una fe distinta, aun cuando las cosas que se poseen y se usan son las mismas, que aunque vuestros seguidores tienen esposas y, a su pesar, engendran hijos, para quienes acumulan y atesoran riquezas; aunque comen carne, beben vino, se bañan, siegan cosechas, vendimian, trafican y ocupan altos cargos, vosotros los contáis sin embargo como pertenecientes a vosotros y no a los gentiles, aunque en sus acciones se acercan más a los gentiles que a vosotros. Y aunque algunos gentiles se parecen a vosotros en algunas cosas más que vuestros propios seguidores —aquellos, por ejemplo, que por devoción supersticiosa se abstienen de carne, vino y matrimonio—, vosotros contáis a vuestros seguidores, aun cuando usen todas estas cosas y por ello sean desemejantes a vosotros, como pertenecientes al rebaño de Maniqueo antes que a quienes os imitan en las prácticas. Consideráis que os pertenece una mujer que cree en Maniqueo, aunque sea madre, antes que una Sibila, aunque nunca se case. Pero diréis que muchos de los llamados cristianos católicos son adúlteros, ladrones, avaros, borrachos y cuanto hay de contrario a la sana doctrina. Pregunto si ninguno de esos se halla en vuestra compañía, que es casi demasiado pequeña para llamarse compañía. Y porque hay entre los paganos quienes no son de este carácter, ¿los consideráis mejores que a vosotros mismos? Y sin embargo, de hecho, vuestra herejía es tan blasfema que incluso vuestros seguidores que no tienen tal carácter son peores que los paganos que lo tienen. Por tanto, no es reproche contra la sana doctrina, que sola es católica, que muchos quieran tomar su nombre sin someterse a su benéfica influencia. Debemos recordar el verdadero sentido del contraste que el Señor establece entre la pequeña compañía y la masa de la humanidad, extendida por todo el mundo; porque la compañía de los santos y creyentes es pequeña, como pequeña es la cantidad de grano comparada con el montón de paja; y sin embargo, el buen grano es más que suficiente para superaros con mucho en número a vosotros, buenos y malos juntos, pues buenos y malos son ambos extraños a la verdad. En una palabra, no somos un cisma de los gentiles, pues diferimos de ellos grandemente para mejor; tampoco lo sois vosotros, pues diferís de ellos grandemente para peor.