Fausto explica que la negación maniquea de que el hombre fuera hecho por Dios se aplica al hombre carnal, no al espiritual. Agustín aclara los contrastes que el apóstol Pablo establece entre la carne y el espíritu, de modo que excluyen la interpretación maniquea.
XXIV, 1
1. Fausto dijo:
Se nos pide la razón de nuestra negativa a que el hombre sea hecho por Dios.
Pero no afirmamos que el hombre en ningún sentido sea hecho por Dios; solamente preguntamos en qué sentido, y cuándo, y cómo.
Pues, según el apóstol, hay dos hombres, a uno de los cuales llama a veces el hombre exterior, generalmente el terreno, y a veces también el hombre viejo; al otro lo llama el hombre interior, o celestial, o nuevo.
La cuestión es:
¿cuál de estos es hecho por Dios?
Pues hay asimismo dos tiempos de nuestro nacimiento: uno, cuando la naturaleza nos sacó a esta luz, atándonos con las ligaduras de la carne; y el otro, cuando la verdad nos regeneró en nuestra conversión del error y en nuestra entrada en la fe.
Es de este segundo nacimiento del que habla Jesús en el Evangelio, cuando dice: "A menos que un hombre nazca de nuevo, no puede ver el reino de Dios". [] Nicodemo, sin saber lo que Cristo quería decir, quedó perplejo y preguntó cómo podía ser esto, pues un hombre viejo no podía entrar en el vientre de su madre y nacer una segunda vez.
Jesús respondió: "A menos que un hombre nazca del agua y del Espíritu Santo, no puede ver el reino de Dios".
Luego añade: "Lo que nace de la carne, carne es; y lo que nace del Espíritu, espíritu es".
De aquí que, como el nacimiento en que nuestros cuerpos se originan no es el único nacimiento, sino que hay otro en el cual nacemos de nuevo en espíritu, surge una cuestión importante de esta distinción: cuál de aquellos nacimientos es aquel en el que Dios nos hace.
La manera del nacimiento también es doble.
En el humillante proceso de la generación ordinaria, brotamos del ardor de la pasión animal; pero cuando somos traídos a la fe, somos formados bajo buena instrucción en honor y pureza en Jesucristo, por el Espíritu Santo.
Por esta razón, en toda religión, y especialmente en la religión cristiana, los niños pequeños son invitados a la membresía.
Esto se insinúa en las palabras de su apóstol: "Hijitos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros". [] La cuestión, pues, no es si Dios hace al hombre, sino qué hombre hace, y cuándo, y cómo.
Porque si es cuando somos formados en el vientre que Dios nos forma según su propia imagen, que es la creencia común de gentiles y judíos, y que es también vuestra creencia, entonces Dios hace al hombre viejo, y nos produce por medio de la pasión sensual, lo cual no parece adecuado a su divina naturaleza.
Pero si es cuando somos convertidos y llevados a una vida mejor que somos formados por Dios, que es la doctrina general de Cristo y de sus apóstoles, y que es también nuestra doctrina, en este caso Dios nos hace hombres nuevos, y nos produce en honor y pureza, lo cual concordaría perfectamente con su sagrada y adorable majestad.
Si no rechazáis la autoridad de Pablo, os probaremos por él qué hombre hace Dios, y cuándo, y cómo.
Dice a los efesios: "Que os despojéis, en cuanto a vuestra pasada manera de vivir, del viejo hombre, que está corrompido por los deseos engañosos; y os renovéis en el espíritu de vuestra mente; y os vistáis del nuevo hombre, que según Dios es creado en justicia y santidad de la verdad". [] Esto muestra que en la creación del hombre según la imagen de Dios, se habla de otro hombre, y de otro nacimiento, y de otra manera de nacimiento.
El despojarse y vestirse de que habla apuntan al tiempo de la recepción de la verdad; y la afirmación de que el hombre nuevo es creado por Dios implica que el hombre viejo no es creado ni por Dios ni según Dios.
Y cuando añade que este hombre nuevo es hecho en santidad y justicia y verdad, señala así a otra manera de nacimiento de la cual este es el carácter, y que, como he dicho, difiere ampliamente de la manera en que se efectúa la generación corporal.
Y como declara que sólo el primero es de Dios, se sigue que el segundo no lo es.
De nuevo, escribiendo a los colosenses, usa palabras del mismo tenor: "Despojaos del viejo hombre con sus hechos, y vestíos del nuevo hombre, que se renueva en el conocimiento de Dios según la imagen de Aquel que lo creó en vosotros".
Aquí no sólo muestra que es el hombre nuevo el que Dios hace, sino que declara el tiempo y la manera de la formación, pues las palabras en el conocimiento de Dios apuntan al tiempo de creer.
Luego añade, según la imagen de Aquel que lo creó, para dejar claro que el hombre viejo no es la imagen de Dios, ni formado por Dios.
Además, las palabras siguientes: "Donde no hay ni varón ni mujer, ni judío ni griego, ni bárbaro ni escita", [] muestran más claramente aún que el nacimiento por el cual somos hechos varón y mujer, griegos y judíos, escitas y bárbaros, no es el nacimiento en que Dios efectúa la formación del hombre; sino que el nacimiento con que Dios tiene que ver es aquel en el cual perdemos la diferencia de nación y sexo y condición, y nos volvemos uno como Aquel que es uno, es decir, Cristo.
Así, el mismo apóstol dice de nuevo: "Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos: no hay judío ni griego, no hay varón ni mujer, no hay siervo ni libre; sino que todos sois uno en Cristo". [] El hombre, pues, es hecho por Dios, no cuando de uno es dividido en muchos, sino cuando de muchos llega a ser uno.
La división está en el primer nacimiento, o sea el del cuerpo; la unión viene por el segundo, que es inmaterial y divino.
Esto proporciona fundamento suficiente para nuestra opinión: que el nacimiento del cuerpo debe atribuirse a la naturaleza, y el segundo nacimiento a la Majestad Supernal.
Así, el mismo apóstol dice de nuevo a los corintios: "Yo os engendré en Cristo Jesús por el evangelio"; [] y, hablando de sí mismo, a los gálatas: "Cuando plugo a Aquel que me separó desde el vientre de mi madre revelar a su Hijo en mí, para que yo lo predicara entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre". [] Es evidente que en todas partes habla del segundo nacimiento, o espiritual, como aquel en que somos hechos por Dios, a diferencia de la indecencia del primer nacimiento, en el cual estamos al nivel de los demás animales en cuanto a dignidad y pureza, pues somos concebidos en el vientre materno, y somos formados, y sacados a luz.
Podéis observar que en este asunto la disputa entre nosotros no es tanto sobre una cuestión de doctrina como de interpretación.
Pues vosotros pensáis que es el hombre viejo, o exterior, o terreno, el que se dice que fue hecho por Dios; mientras que nosotros aplicamos esto al hombre celestial, dando la superioridad al hombre interior o nuevo.
Y nuestra opinión no es temeraria ni infundada, pues la hemos aprendido de Cristo y de sus apóstoles, de quienes se prueba que fueron los primeros en el mundo que así enseñaron.
XXIV, 2
2. Agustín respondió: El apóstol Pablo ciertamente usa la expresión el hombre interior para el espíritu de la mente, y el hombre exterior para el cuerpo y para esta vida mortal; pero en ninguna parte lo encontramos haciendo de estos dos hombres diferentes, sino uno solo, que es todo hecho por Dios, tanto el interior como el exterior. Sin embargo, es hecho a imagen de Dios sólo en cuanto al interior, que, además de ser inmaterial, es racional, y no lo poseen los animales inferiores. Dios, pues, no hizo a un hombre según su propia imagen, y a otro hombre no según esa imagen; sino al único hombre, que incluye tanto lo interior como lo exterior, lo hizo según su propia imagen, no en cuanto a la posesión de un cuerpo y de vida mortal, sino en cuanto a la mente racional con el poder de conocer a Dios, y con la superioridad respecto de todas las criaturas irracionales que implica la posesión de la razón. Fausto admite que el hombre interior es hecho por Dios, cuando, como él dice, es renovado en el conocimiento de Dios según la imagen de Aquel que lo creó. Lo admito de buen grado con la autoridad del apóstol. ¿Por qué no admite Fausto, con la misma autoridad, que "Dios ha colocado los miembros cada uno en el cuerpo, como le ha placido"? [] Aquí aprendemos del mismo apóstol que Dios es también el formador del hombre exterior. ¿Por qué toma Fausto sólo lo que cree que está a su favor, mientras que deja de lado o rechaza lo que desbarata las locuras de los maniqueos? Además, al tratar del hombre terreno y del celestial, y al hacer la distinción entre lo mortal y lo inmortal, entre lo que somos en Adán y lo que seremos en Cristo, el apóstol cita la declaración de la ley respecto del cuerpo terreno o animal, refiriéndose al mismo libro y al mismo pasaje donde está escrito que Dios hizo también al hombre terreno. Hablando de la manera en que los muertos resucitarán, y del cuerpo con el cual vendrán, después de usar el símil de las semillas del grano, que son sembradas como grano desnudo, y que Dios les da un cuerpo como le place, y a cada semilla su propio cuerpo —así, de paso, derribando el error de los maniqueos, que dicen que los granos y las plantas, y todas las raíces y brotes, son creados por la raza de las tinieblas, y no por Dios, quien, según ellos, en vez de ejercer poder en la producción de estos objetos, está Él mismo sujeto a confinamiento en ellos—, prosigue, después de esta refutación de las impiedades maniqueas, a describir las diferentes clases de carne. "Toda carne", dice, "no es la misma carne". Luego habla de cuerpos celestes y terrestres, y después del cambio de nuestro cuerpo por el cual se volverá espiritual y celestial. "Se siembra", dice, "en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder; se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual". Luego, para mostrar el origen del cuerpo animal, dice: "Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual; como está escrito: El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente". [] Ahora bien, esto está escrito en el Génesis, [] donde se relata cómo Dios hizo al hombre, y animó el cuerpo que había formado de la tierra. Por el hombre viejo, el apóstol simplemente quiere decir la vida vieja, que es una vida en pecado, y es a la manera de Adán, de quien se dice: "Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron". [] Así, todo este hombre, tanto la parte interior como la exterior, ha envejecido a causa del pecado, y es susceptible al castigo de la mortalidad. Hay, sin embargo, una restauración del hombre interior, cuando es renovado según la imagen de su Creador, en el despojarse de la injusticia —es decir, el hombre viejo—, y en el vestirse de justicia —es decir, el hombre nuevo. Pero cuando lo que se siembra cuerpo animal resucite cuerpo espiritual, también el hombre exterior alcanzará la dignidad de un carácter celestial; de modo que todo lo que ha sido creado sea creado de nuevo, y todo lo que ha sido hecho sea rehecho por el Creador y Hacedor mismo. Esto se explica brevemente en las palabras: "El cuerpo está muerto a causa del pecado; pero el espíritu es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu de Aquel que levantó a Jesús de los muertos mora en vosotros, Aquel que levantó a Cristo de los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros". [] Nadie instruido en la doctrina católica ignora que es en el cuerpo donde unos son varones y otras mujeres, no en el espíritu de la mente, en el cual somos renovados según la imagen de Dios. Pero en otra parte el apóstol enseña que Dios es el Hacedor de ambos; pues dice: "Ni la mujer sin el varón, ni el varón sin la mujer, en el Señor; porque así como la mujer procede del varón, así también el varón por la mujer; pero todas las cosas proceden de Dios". [] La única respuesta que se da a esto, por la perversa estupidez de aquellos que están alienados de la vida de Dios por la ignorancia que hay en ellos, a causa de la ceguera de su corazón, es que todo lo que les agrada en los escritos apostólicos es verdadero, y todo lo que les desagrada es falso. Esta es la locura de los maniqueos, que serán sabios si dejan de ser maniqueos. Tal como están, si se les pregunta si es Él quien rehace y renueva al hombre interior (el cual reconocen que es renovado según la imagen de Dios, y ellos mismos citan el pasaje en apoyo de esto; y, según Fausto, Dios hace al hombre cuando el hombre interior es renovado en la imagen de Dios), responderán que sí. Y si luego les preguntamos cuándo hizo Dios lo que ahora renueva, tendrán que idear algún subterfugio para impedir la exposición de sus absurdos. Pues, según ellos, el hombre interior no es formado ni creado ni originado por Dios, sino que es parte de su propia sustancia enviada contra sus enemigos; y en lugar de envejecer por el pecado, es por necesidad capturado y dañado por el enemigo. Para no repetir todas las necedades que dicen, el primer hombre del que hablan no es el hombre de la tierra, terreno, del que habla el apóstol, [] sino una invención que procede de su propio almacén de falsedades. Fausto, aunque elige al hombre como tema de discusión, no dice una palabra de este primer hombre; pues teme que sus oponentes en la discusión pudieran llegar a saber algo acerca de él.
Fausto procura poner en ridículo la pretensión ortodoxa de creer en la infinitud de Dios caricaturizando las representaciones antropomórficas del Antiguo Testamento. Agustín expresa su desesperanza de poder inducir a los maniqueos a adoptar ideas correctas sobre la infinitud de Dios mientras sigan considerando el alma y a Dios como extendidos en el espacio.
XXV, 1
1. Fausto dijo: ¿Es Dios finito o infinito? Debe ser finito, a menos que os equivoquéis al dirigiros a Él como el Dios de Abraham y de Isaac y de Jacob; a menos, en verdad, que el ser así invocado sea diferente del Dios que llamáis infinito. En el caso del Dios de Abraham y de Isaac y de Jacob, la marca de la circuncisión, que separaba a estos hombres de la comunión con otros pueblos, marcaba también el límite del poder de Dios como extendiéndose sólo a ellos. Y un ser cuyo poder es finito no puede él mismo ser infinito. Además, en esta invocación, no mencionáis siquiera a los antiguos anteriores a Abraham, como Enoc, Noé y Sem, y otros semejantes, a quienes concedéis que fueron justos aunque en la incircuncisión; sino que, porque les faltaba esta marca distintiva, no llamaréis a Dios su Dios, sino sólo de Abraham y de su simiente. Ahora bien, si Dios es uno e infinito, ¿qué necesidad hay de tal particularidad cuidadosa al invocarle, como si no bastara nombrar a Dios, sin añadir de quién es Dios —a saber, de Abraham, de Isaac y de Jacob—, como si Abraham fuera un punto de referencia por el cual guiarse en vuestra invocación, para escapar del naufragio entre un banco de deidades? Los judíos, que son circuncidados, muy propiamente pueden invocar a esta deidad, pues tienen una razón para ello, porque llaman a Dios el Dios de la circuncisión, en contraste con los dioses de la incircuncisión. Pero por qué hacéis vosotros lo mismo, es difícil de entender; pues no pretendéis tener la señal de Abraham, aunque invocáis a su Dios. Si entendemos bien el asunto, los judíos y su Dios parecen haberse puesto marcas el uno al otro con el propósito de reconocerse, para no perderse mutuamente. Así, Dios les dio la repugnante marca de la circuncisión, para que, en cualquier tierra o entre cualquier pueblo en que estuvieran, pudieran por la circuncisión ser conocidos como suyos. Ellos a su vez marcaron a Dios llamándolo el Dios de sus padres, para que, dondequiera que Él estuviese, aunque entre una multitud de dioses, pudiera, al oír el nombre Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, saber al instante que era a Él a quien se invocaba. Así vemos a menudo, en un grupo de personas del mismo nombre, que nadie responde hasta que se le llama por su apellido. De la misma manera, el pastor o el ganadero se sirve de una marca para impedir que su propiedad sea tomada por otros. Al marcar así a Dios llamándolo el Dios de Abraham y de Isaac y de Jacob, mostráis no sólo que Él es finito, sino también que no tenéis conexión con Él, porque no tenéis la marca de la circuncisión por la cual Él reconoce a los suyos. Por tanto, si este es el Dios que adoráis, no puede haber duda de que Él es finito. Pero si decís que Dios es infinito, debéis ante todo abandonar a esta deidad finita, y, alterando vuestra invocación, mostrar vuestra penitencia por vuestros pasados errores. Hemos probado así que Dios es finito, tomándoos en vuestro propio terreno. Pero para determinar si el Dios supremo y verdadero es infinito o no, sólo necesitamos referirnos a la oposición entre el bien y el mal. Si el mal no existe, entonces ciertamente Dios es infinito; de lo contrario, Él debe ser finito. El mal, sin embargo, indudablemente existe; por tanto, Dios no es infinito. Es donde el bien termina donde el mal comienza.
XXV, 2
2. Agustín respondió: Nadie que os conozca soñaría con preguntaros acerca de la infinitud de Dios, o con discutir el asunto con vosotros. Pues, antes de que pueda haber algún grado de espiritualidad en cualquiera de vuestras concepciones, debéis primero tener vuestras mentes despejadas por la fe simple y por algún conocimiento elemental, de las ilusiones de las ideas carnales y materiales. Esto os lo impide vuestra herejía, pues invariablemente representa el cuerpo y el alma y a Dios como extendidos en el espacio, ya sea finitos o infinitos, mientras que la idea del espacio es aplicable sólo al cuerpo. Mientras esto sea así, será mejor para vosotros dejar este asunto en paz; pues no podéis enseñar verdad alguna respecto de él, como tampoco en otras materias; y en esto sois incapaces de aprender, como podríais hacerlo en otras cosas, si no fuerais soberbios y pendencieros. Pues en cuestiones tales como cómo puede Dios ser finito, cuando ningún espacio puede contenerlo; cómo puede ser infinito, cuando el Hijo lo conoce perfectamente; cómo puede ser finito, y sin embargo ilimitado; cómo puede ser infinito, y sin embargo perfecto; cómo puede ser finito, quien es sin medida; cómo puede ser infinito, quien es la medida de todas las cosas—, todas las ideas carnales no valen para nada; y si la carnalidad ha de ser eliminada, debe primero avergonzarse de sí misma. En consecuencia, vuestra mejor manera de terminar el asunto que habéis presentado de Dios como finito o infinito, es no decir nada más sobre ello hasta que dejéis de extraviaros tan lejos de Cristo, que es el fin de la ley. Del Dios de Abraham y de Isaac y de Jacob ya hemos dicho bastante para mostrar por qué Él, que es el Dios verdadero de todas las criaturas, quiso ser conocido familiarmente por su pueblo bajo este nombre. Sobre la circuncisión, también hemos hablado ya en varios lugares en respuesta a reproches ignorantes. Los maniqueos no encontrarían nada que ridiculizar en este signo si lo consideraran como instituido por Dios, para ser un símbolo apropiado del despojarse de la carne. Deberían, pues, considerar el rito con mente cristiana y no herética; como está escrito: "Para los puros todas las cosas son puras". Pero, considerando la verdad de las palabras siguientes: "Para los impuros e incrédulos nada es puro, sino que aun su mente y su conciencia están contaminadas", [] debemos recordar a nuestros ingeniosos oponentes que, si la circuncisión es indecente, como ellos dicen, deberían más bien llorar que reírse de ella; pues su dios está expuesto a restricción y contaminación en conjunto tanto con la piel que se corta como con la sangre que se derrama.
Fausto insiste en que Jesús pudo haber muerto aunque no hubiera nacido, por el ejercicio del poder divino; sin embargo, rechaza tanto el nacimiento como la muerte. Agustín sostiene que hay algunas cosas que ni siquiera Dios puede hacer, una de las cuales es morir. Refuta el docetismo de los maniqueos.
XXVI, 1
1. Fausto dijo: Preguntáis: Si Jesús no nació, ¿cómo murió? Pues bien, esto es una probabilidad, de las que se emplean a falta de pruebas. Responderemos, no obstante, a la pregunta con ejemplos tomados de lo que vosotros generalmente creéis. Si son verdaderos, probarán nuestro caso; si son falsos, no os ayudarán más de lo que nos ayudan a nosotros. Decís, pues: ¿Cómo pudo morir Jesús, si no era hombre? A mi vez pregunto yo: ¿Cómo no murió Elías, siendo hombre? ¿Pudo un mortal traspasar los límites de la inmortalidad, y no pudo Cristo añadir a su inmortalidad la experiencia de la muerte que fuera necesaria? Si Elías, contra natura, vive para siempre, ¿por qué no admitir que Jesús, con no mayor contrariedad a la naturaleza, pudo permanecer en la muerte durante tres días? Además, no es sólo Elías, sino también Moisés y Enoc, a quienes creéis inmortales y arrebatados al cielo con sus cuerpos. Por consiguiente, si es un buen argumento que Jesús era hombre porque murió, es igualmente buen argumento que Elías no era hombre porque no murió. Pero así como es falso que Elías no fuera hombre, a pesar de su supuesta inmortalidad, así es falso que Jesús fuera hombre, aunque se considere que murió. La verdad es, si queréis creerla, que los hebreos estaban equivocados tanto respecto de la muerte de Jesús como de la inmortalidad de Elías. Pues es igualmente falso que Jesús muriera y que Elías no muriera. Pero vosotros creéis lo que os place; y para lo demás, apeláis a la naturaleza. Y, admitiendo esta apelación, la naturaleza está contra la muerte del inmortal y contra la inmortalidad del mortal. Y si nos referimos al poder de efectuar su propósito tal como lo poseen Dios y el hombre, parece más posible que Jesús muriera que Elías no muriera; pues el poder de Jesús es mayor que el de Elías. Pero si exaltáis al más débil al cielo, aunque la naturaleza esté en contra, y, olvidando su condición de mortal, lo dotáis de felicidad eterna, ¿por qué no he de admitir que Jesús pudo morir si quiso, aun cuando concediera que su muerte fue real y no mera apariencia? Pues, así como desde el comienzo de su asunción de la semejanza del hombre experimentó en apariencia todas las vicisitudes de la humanidad, era del todo consecuente que completara el sistema apareciendo morir.
XXVI, 2
2. Además, ha de recordarse que esta referencia a lo que la naturaleza concede como posible debe hacerse en relación con toda la historia de Jesús, y no sólo con su muerte. Según la naturaleza, es imposible que un hombre ciego de nacimiento vea la luz; y sin embargo Jesús parece haber realizado un milagro de este género, de modo que los propios judíos exclamaron que desde el principio del mundo no se había visto que alguien abriera los ojos de un ciego de nacimiento. [Juan ix] Así también la curación de una mano seca, el dar poder de habla y expresión a los mudos de nacimiento, el devolver la animación a los muertos, con la recuperación de su estructura corporal después de iniciada la disolución, producen un sentimiento de asombro y deben parecer del todo increíbles a la vista de lo que naturalmente es posible e imposible. Y sin embargo, como cristianos, creemos que todas estas cosas fueron hechas por la misma persona; pues no atendemos a la ley de la naturaleza, sino a la poderosa operación de Dios. Hay también una historia de Jesús arrojado desde la cima de un monte, habiendo escapado ileso. Si, pues, cuando fue arrojado desde una altura no murió, simplemente porque no quiso morir, ¿por qué no habría de tener el poder de morir cuando le plugo? Tomamos este camino para responderos porque tenéis afición a la discusión y afectáis usar armas lógicas que no os pertenecen propiamente. En cuanto a nuestra propia creencia, no es más cierto que Jesús murió que que Elías es inmortal.
XXVI, 3
3. Agustín respondió: En cuanto a Enoc y Elías y Moisés, nuestra creencia no está determinada por las suposiciones de Fausto, sino por las declaraciones de la Escritura, que descansan como descansan sobre fundamentos de la evidencia más firme y segura. Las personas en el error, como vosotros, no están capacitadas para decidir qué es natural y qué contra natura. Admitimos que lo que es contrario al curso ordinario de la experiencia humana se llama comúnmente contra natura. Así el apóstol emplea las palabras: "Si fuisteis cortados del olivo silvestre e injertados contra natura en el buen olivo". [] Contra natura se emplea aquí en el sentido de contrario a la experiencia humana del curso de la naturaleza; como que un olivo silvestre injertado en un buen olivo produzca la grosura del olivo en lugar de acebuchinas. Pero Dios, Autor y Creador de todas las naturalezas, no hace nada contra natura; pues todo lo que hace Aquel que establece todo orden natural y medida y proporción debe ser natural en todos los casos. Y el hombre mismo sólo obra contra natura cuando peca; y entonces, por el castigo, es devuelto de nuevo a la naturaleza. El orden natural de la justicia exige o que el pecado no se cometa o que no quede sin castigo. En ambos casos, el orden natural se conserva, si no por el alma, al menos por Dios. Pues el pecado duele a la conciencia y trae aflicción a la mente del pecador, por la pérdida de la luz de la justicia, aun cuando no sigan sufrimientos físicos, que se infligen para corrección o se reservan para el incorregible. No hay, sin embargo, impropiedad en decir que Dios hace una cosa contra natura, cuando es contraria a lo que conocemos de la naturaleza. Pues damos el nombre de naturaleza al curso usual y común de la naturaleza; y todo lo que Dios hace contrario a esto, lo llamamos prodigio o milagro. Pero contra la ley suprema de la naturaleza, que está más allá del conocimiento tanto de los impíos como de los creyentes débiles, Dios jamás obra, como tampoco obra contra Sí mismo. En cuanto a los seres espirituales y racionales, a cuya clase pertenece el alma humana, cuanto más participan de esta ley y luz inmutables, tanto más claramente ven lo que es posible y lo que es imposible; y, además, cuanto mayor es su distancia de ella, tanto menor es su percepción del futuro y más frecuente su asombro ante sucesos extraños.
XXVI, 4
4. Así, de lo que sucedió a Elías somos ignorantes; pero aun así creemos las veraces declaraciones de la Escritura acerca de él. De una cosa estamos ciertos: que lo que Dios quiso sucedió, y que, salvo por la voluntad de Dios, nada puede suceder a nadie. Así, si se me dice que es posible que la carne de cierto hombre sea transformada en cuerpo celestial, admito la posibilidad, pero no puedo decir si se hará; y la razón de mi ignorancia es que no conozco la voluntad de Dios en el asunto. Que se hará si es la voluntad de Dios, es perfectamente claro e indudable. Además, si se me dice que algo sucedería si Dios no lo impidiera, respondo con confianza que lo que ha de suceder es la acción de Dios, no el suceso que de otro modo habría acontecido. Pues Dios conoce su propia acción futura, y por tanto conoce también el efecto de esa acción al impedir que suceda lo que de otro modo habría sucedido; y, fuera de toda cuestión, lo que Dios conoce es más cierto que lo que el hombre piensa. De ahí que sea tan imposible que lo futuro no suceda, como que lo pasado no haya sucedido; pues jamás puede ser voluntad de Dios que algo sea, en el mismo sentido, a la vez verdadero y falso. Por tanto, todo lo que es propiamente futuro no puede sino suceder; lo que no sucede nunca fue futuro; así como todas las cosas que están propiamente en el pasado tuvieron lugar indudablemente.
XXVI, 5
5. Por consiguiente, decir: si Dios es omnipotente, que haga que lo que se ha hecho quede deshecho, es en realidad decir: si Dios es omnipotente, que haga que una cosa sea en el mismo sentido a la vez verdadera y falsa. Dios puede poner fin a la existencia de cualquier cosa, cuando la cosa a la que se ha de poner fin tiene existencia presente; como cuando pone fin por la muerte a la existencia de alguien que ha sido traído a la existencia en el nacimiento; pues en este caso hay una existencia actual que puede ser detenida. Pero cuando una cosa no existe, no se puede detener su existencia. Ahora bien, lo pasado ya no existe; y todo lo que tiene una existencia que puede ser detenida no puede ser pasado. Lo que es verdaderamente pasado ya no es presente; y la verdad de su existencia pasada está en nuestro juicio, no en la cosa misma que ya no existe. La proposición que afirma que algo es pasado es verdadera cuando la cosa ya no existe. Dios no puede hacer falsa tal proposición, porque no puede contradecir la verdad. La verdad en este caso, o el juicio verdadero, está ante todo en nuestra propia mente, cuando lo conocemos y le damos expresión. Pero si desapareciera de nuestras mentes por olvidarlo, seguiría permaneciendo como verdad. Siempre será verdad que la cosa pasada que ya no es presente tuvo existencia; y la verdad de su existencia pasada después de haber cesado es la misma que la verdad de su existencia futura antes de comenzar a ser. Esta verdad no puede ser contradicha por Dios, en quien permanece la suprema e inmutable verdad, y cuya iluminación es la fuente de toda la verdad que se halla en cualquier mente o entendimiento. Ahora bien, Dios no es omnipotente en el sentido de poder morir; ni esta incapacidad impide que sea omnipotente. La verdadera omnipotencia pertenece a Aquel que verdaderamente existe, y que es la única fuente de toda existencia, tanto espiritual como corpórea. El Creador hace el uso que le place de todas sus criaturas; y su placer está en armonía con la justicia verdadera e inmutable, por la cual, como por su propia naturaleza, Él, inmutable en Sí mismo, lleva a cabo los cambios de todas las cosas mudables según el mérito de sus naturalezas o de sus acciones. Nadie, por tanto, sería tan necio como para negar que Elías, siendo criatura de Dios, pudo ser cambiado o para peor o para mejor; o que por la voluntad del Dios omnipotente pudo ser cambiado de un modo inusitado entre los hombres. Así que no podemos tener razón para dudar de lo que con la alta autoridad de la Escritura se relata de él, a menos que limitemos el poder de Dios a las cosas que nos son familiares.
XXVI, 6
6. El argumento de Fausto es: Si Elías, que era hombre, pudo escapar a la muerte, ¿por qué no habría de tener Cristo el poder de morir, puesto que era más que hombre? Esto es lo mismo que decir: Si la naturaleza humana puede ser cambiada para mejor, ¿por qué no habría de ser cambiada para peor la naturaleza divina?— argumento débil, puesto que la naturaleza humana es mudable, mientras que la naturaleza divina no lo es. Tal método de inferencia conduciría al absurdo manifiesto de que, si Dios puede otorgar gloria eterna al hombre, debe también tener el poder de consignarse a Sí mismo a la miseria eterna. Fausto replicará que su argumento se refiere sólo a tres días de muerte para Dios, comparados con la vida eterna para el hombre. Pues bien, si entendierais los tres días de muerte en el sentido de la muerte de la carne que Dios tomó como parte de nuestra naturaleza mortal, estaríais perfectamente en lo cierto; pues la verdad del evangelio da a conocer que la muerte de Cristo durante tres días fue para la vida eterna de los hombres. Pero al argumentar que no hay impropiedad en afirmar una muerte de tres días de la naturaleza divina misma, sin asunción alguna de mortalidad, porque la naturaleza humana puede ser dotada de inmortalidad, mostráis la necedad de quien no conoce ni a Dios ni los dones de Dios. Y, en verdad, puesto que hacéis que parte de vuestro dios esté atada a la masa de las tinieblas para siempre, ¿cómo podéis escapar de la conclusión absurda ya mencionada, de que Dios se consigna a Sí mismo a la miseria eterna? Tendréis entonces que probar que parte de la luz es luz, mientras que parte de Dios no es Dios. Para daros en una palabra, sin argumento, la verdadera razón de nuestra fe, en cuanto a que Elías haya sido arrebatado al cielo desde la tierra, aunque sólo hombre, y en cuanto a que Cristo haya nacido verdaderamente de una virgen y haya muerto verdaderamente en la cruz, nuestra creencia en ambos casos se funda en la declaración de la Sagrada Escritura, que es piedad creer e impiedad no creer. Lo que se dice de Elías pretendéis negarlo, pues pretenderéis cualquier cosa. Respecto de Cristo, aunque ni siquiera vosotros llegáis al extremo de decir que no pudo morir, aunque pudo nacer, aun así negáis su nacimiento de una virgen y afirmáis que su muerte en la cruz fue fingida, lo que equivale a negarla también, salvo como burla para el engaño de los hombres; y concedéis tanto meramente para obtener indulgencia para vuestras propias mentiras de parte de los creyentes en estas ficciones.
XXVI, 7
7. La pregunta que Fausto hace parecer que se le hace por un católico: Si Jesús no nació, ¿cómo pudo morir?, sólo podría hacerla quien pasara por alto el hecho de que Adán murió, aunque no nació. ¿Quién se atreverá a decir que el Hijo de Dios no pudo, si hubiera querido, hacerse para Sí un verdadero cuerpo humano del mismo modo que lo hizo para Adán; pues todas las cosas fueron hechas por Él? [] ¿O quién negará que Aquel que es el Hijo omnipotente del Omnipotente pudo, si hubiera elegido, tomar un cuerpo de una sustancia celestial, o del aire o del vapor, y transformarlo de tal modo en el carácter preciso de un cuerpo humano, que hubiera podido vivir como hombre y morir en él? O, una vez más, si hubiera elegido tomar un cuerpo de ninguna de las sustancias materiales que había hecho, sino crear para Sí de la nada carne real, como todas las cosas fueron creadas por Él de la nada, ninguno de nosotros se opondrá diciendo que no pudo haberlo hecho. La razón de que creamos que nació de la Virgen María no es que de otro modo no hubiera podido aparecer entre los hombres en un cuerpo verdadero, sino porque así está escrito en la Escritura, en la que debemos creer para ser cristianos o para ser salvos. Creemos, pues, que Cristo nació de la Virgen María, porque así está escrito en el Evangelio; creemos que murió en la cruz, porque así está escrito en el Evangelio; creemos que tanto su nacimiento como su muerte fueron reales, porque el Evangelio no es ficción. Por qué eligió padecer todas estas cosas en un cuerpo tomado de una mujer es asunto conocido sólo por Él mismo. Quizá tomó este camino para dar importancia y honor a ambos sexos que Él había creado, tomando la forma de un hombre y naciendo de una mujer; o puede haber habido alguna otra razón, no podemos decirlo. Pero esto puede afirmarse con confianza: que lo que tuvo lugar fue exactamente como se nos dice en la narración evangélica, y que lo que la sabiduría de Dios determinó fue exactamente lo que debía haber sucedido. Ponemos la autoridad del Evangelio por encima de todas las discusiones heréticas; y admiramos el consejo de la sabiduría divina más que cualquier consejo de cualquier criatura.
XXVI, 8
8. Fausto nos llama a creerle, y dice: La verdad es, si queréis creerla, que los hebreos estaban equivocados tanto respecto de la muerte de Jesús como de la inmortalidad de Elías. Y poco después añade: Así como desde el comienzo de su asunción de la semejanza del hombre experimentó en apariencia todas las vicisitudes de la humanidad, era del todo consecuente que sellara la dispensación apareciendo morir. ¿Cómo puede este mentiroso infame, que declara que Cristo fingió la muerte, esperar ser creído? ¿Acaso Cristo profirió falsedad cuando dijo: "Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado a muerte y resucite al tercer día"? [] ¿Y nos decís que creamos lo que decís, como si no profirierais falsedades? En ese caso, Pedro fue más veraz que Cristo cuando le dijo: "¡Lejos de Ti, Señor! ¡Esto no te acontecerá!"; por lo cual se le dijo: "¡Apártate de mí, Satanás!". [] Esta reprensión no fue perdida para Pedro, pues, después de su corrección y plena preparación, predicó hasta su propia muerte la verdad de la muerte de Cristo. Pero si Pedro mereció ser llamado Satanás por pensar que Cristo no moriría, ¿cómo debéis ser llamados vosotros, cuando no sólo negáis que Cristo murió, sino que afirmáis que fingió la muerte? Dais, como razón para que Cristo apareciera morir, que experimentó en apariencia todas las vicisitudes de la humanidad. Pero que fingió todas las vicisitudes de la humanidad es sólo vuestra opinión en oposición al Evangelio. En realidad, cuando el evangelista dice que Jesús durmió, [] que tuvo hambre, [] que tuvo sed, [] que estuvo triste, [] o alegre, y así sucesivamente—todas estas cosas son verdaderas en el sentido de no ser fingidas, sino experiencias reales; sólo que fueron experimentadas, no por mera necesidad natural, sino en el ejercicio de una voluntad que las gobernaba y de un poder divino. En el caso de un hombre, la ira, la tristeza, el dormir, el tener hambre y sed, son a menudo involuntarios; en Cristo eran actos de su propia voluntad. Así también los hombres nacen sin acto alguno de su propia voluntad y padecen contra su voluntad; mientras que Cristo nació y padeció por su propia voluntad. Aun así, las cosas son verdaderas; y la narración precisa de ellas tiene por objeto instruir en la verdad a todo el que cree en el evangelio de Cristo, no engañarlo con falsedades.
Fausto advierte contra llevar demasiado lejos el argumento de que, si Jesús no nació, no pudo haber padecido. Agustín acepta por igual el nacimiento y la muerte apoyándose en el testimonio del relato evangélico, que es autoridad más alta que la falsedad de Maniqueo.
XXVII, 1
1. Dijo Fausto: Si Jesús no nació, no pudo haber padecido; pero, puesto que padeció, debe de haber nacido. Os aconsejo que no recurráis a la inferencia lógica en estas materias, pues de lo contrario se tambaleará toda vuestra fe. Porque, incluso según vosotros, Jesús nació milagrosamente de una virgen; cosa que el argumento que va de los consecuentes a los antecedentes muestra ser falsa. Pues vuestro argumento podría volverse así contra vosotros: Si Jesús nació de una mujer, debe de haber sido engendrado por un hombre; pero no fue engendrado por un hombre; por lo tanto, no nació de una mujer. Si, como creéis, pudo nacer sin ser engendrado, ¿por qué no pudo también padecer sin haber sido dado a luz?
XXVII, 2
2. Respondió Agustín: El argumento al que aquí replicáis es uno que solo podrían usar personas tan ignorantes como las que conseguís engañar, no quienes saben lo bastante como para refutaros. Jesús pudo nacer sin ser engendrado y padecer sin haber sido dado a luz. El ser una cosa y no la otra fue efecto de su propia voluntad. Quiso nacer sin ser engendrado, y no padecer sin haber sido dado a luz. Y si preguntáis cómo sé que fue dado a luz y que padeció, lo leo en el fiel relato evangélico. Si yo pregunto cómo sabéis lo que afirmáis, presentáis la autoridad de Maniqueo y acusáis al evangelio de falsedad. Aun cuando Maniqueo no presentara la falsedad como una excelencia en Cristo, yo no creería sus afirmaciones. Su alabanza de la falsedad no procede de nada que hallara en Cristo, sino de su propio carácter moral.
Fausto vuelve a la genealogía e insiste en examinarla en cuanto a su coherencia consigo misma. Agustín toma posición sobre la autoridad de la Escritura y sostiene que las afirmaciones de Mateo acerca del nacimiento de Cristo deben aceptarse como definitivas.
XXVIII, 1
1. Dijo Fausto: Cristo, decís, no pudo haber muerto si no hubiera nacido. Respondo: Si nació, no pudo haber sido Dios; o, si pudo ser Dios y nacer a la vez, ¿por qué no pudo a la vez nacer y morir? Está claro que los argumentos y las consecuencias necesarias no son aplicables a estas materias, donde la cuestión es la explicación que ha de darse de Jesús. La respuesta debe obtenerse de sus propias declaraciones, o de las declaraciones de sus apóstoles acerca de él. La genealogía debe examinarse en cuanto a su coherencia consigo misma, en lugar de argumentar desde la suposición de la muerte de Cristo hasta el hecho de su nacimiento; porque pudo haber padecido sin haber nacido, o pudo haber nacido y, sin embargo, no haber padecido jamás; pues vosotros mismos reconocéis que para Dios nada es imposible, lo cual es incompatible con la negación de que Cristo hubiera podido padecer sin haber nacido.
XXVIII, 2
2. Respondió Agustín: Siempre respondéis a argumentos que nadie usa, en lugar de a nuestros argumentos reales, que no podéis responder. Nadie dice que Cristo no pudiera morir si no hubiera nacido; porque Adán murió aunque no había nacido. Lo que decimos es que Cristo nació, porque esto lo dice no este o aquel hereje, sino el santo evangelio; y que murió, pues también esto está escrito, no en alguna producción herética, sino en el santo evangelio. Dejáis de lado el argumento sobre la cuestión de la verdadera explicación que ha de darse de Jesús y remitís a lo que él dice de sí mismo y a lo que sus apóstoles dicen de él; y, sin embargo, cuando empiezo a citar el evangelio de su apóstol Mateo, donde tenemos todo el relato del nacimiento de Cristo, negáis inmediatamente que Mateo escribiera el relato, aunque esto lo afirma el testimonio continuo de toda la Iglesia, desde los días de la presidencia apostólica hasta los obispos de nuestro propio tiempo. ¿Qué autoridad alegaréis contra esto? Tal vez algún libro de Maniqueo, donde se niega que Jesús naciera de una virgen. Pues bien, del mismo modo que yo creo que vuestro libro es producción de Maniqueo, puesto que ha sido conservado y transmitido entre los discípulos de Maniqueo, desde el tiempo en que vivió hasta hoy, por una sucesión regular de vuestros presidentes, os pido que creáis que el libro que cito fue escrito por Mateo, puesto que ha sido transmitido desde los días de Mateo en la Iglesia, sin interrupción alguna en la conexión entre aquel tiempo y el presente. La cuestión es, entonces, si hemos de creer las afirmaciones de un apóstol que estuvo en compañía de Cristo mientras estuvo en la tierra, o las de un hombre lejano en Persia, nacido mucho después de Cristo. Pero tal vez citaréis algún otro libro que lleva el nombre de un apóstol conocido por haber sido elegido por Cristo; y allí hallaréis que Cristo no nació de María. Puesto que, entonces, uno de los libros ha de ser falso, la cuestión en este caso es si hemos de rendir nuestra creencia a un libro reconocido y aprobado como transmitido desde el principio en la Iglesia fundada por Cristo mismo, y mantenido a través de los apóstoles y sus sucesores en una conexión ininterrumpida por todo el mundo hasta el día de hoy; o a un libro que esta Iglesia condena como desconocido, y que, además, es presentado por hombres que demuestran su veracidad alabando a Cristo por su falsedad.
XXVIII, 3
3. Aquí diréis: Examinad la genealogía tal como se da en los dos evangelios y ved si es coherente consigo misma. Ya se ha dado respuesta a esto. Vuestra dificultad es cómo pudo José tener dos padres. Pero aun cuando no hubierais podido imaginar la explicación de que uno era su propio padre y el otro adoptivo, no debisteis haberos apresurado tanto a oponeros a tan alta autoridad. Ahora que se os ha dado esta explicación, os exhorto a reconocer la verdad del evangelio, y sobre todo a cesar en vuestros ataques maliciosos e irracionales contra la verdad.
XXVIII, 4
4. Fausto se remite de la manera más plausible a lo que Jesús dijo de sí mismo. Pero ¿cómo ha de saberse esto sino por los relatos de sus discípulos? Y si no los creemos cuando nos dicen que Cristo nació de una virgen, ¿cómo creeremos lo que registran como dicho por Cristo de sí mismo? Porque, en cuanto a cualquier escrito que pretenda proceder inmediatamente del propio Cristo, si fuera realmente suyo, ¿cómo es que no se lee y reconoce y se le tiene por autoridad suprema en la Iglesia, la cual, comenzando con Cristo mismo y continuada por sus apóstoles, a quienes sucedieron los obispos, ha sido mantenida y extendida hasta nuestros propios días, y en la cual se halla el cumplimiento de muchas predicciones anteriores, mientras que las relativas a los últimos días han de cumplirse con certeza en el futuro? En cuanto a la aparición de semejante escrito, habría que considerar de qué parte procede. Suponiendo que hubiera procedido de Cristo mismo, quienes estaban en relación inmediata con él podrían muy bien haberlo recibido y transmitido a otros. En este caso, la autoridad del escrito quedaría plenamente establecida por las tradiciones de diversas comunidades y de sus presidentes, como ya he dicho. ¿Quién, pues, es tan insensato como para creer en nuestros días que la Epístola de Cristo publicada por Maniqueo es genuina, o para no creer el relato de Mateo sobre las palabras y acciones de Cristo? O, si la cuestión es si Mateo es el verdadero autor, ¿quién no creería, también en esto, lo que halla en la Iglesia, que tiene una historia distinta en conexión ininterrumpida desde los días de Mateo hasta el tiempo presente, antes que a un intruso persa, que llega más de doscientos años después y quiere que creamos su relato de las palabras y acciones de Cristo antes que el de Mateo? Y ello cuando, incluso en el caso del apóstol Pablo, que fue llamado desde el cielo después de la ascensión del Señor, la Iglesia no le habría creído si no hubiera habido apóstoles vivos con quienes pudiera comunicarse y comparar su evangelio con el de ellos, para ser reconocido como perteneciente a la misma sociedad. Cuando se comprobó que Pablo predicaba lo que predicaban los apóstoles, y que vivía en comunión y armonía con ellos, y cuando el testimonio de Dios se añadió por el hecho de obrar Pablo milagros semejantes a los obrados por los apóstoles, su autoridad llegó a ser tan grande que sus palabras son ahora recibidas en la Iglesia como si, para usar sus propias y apropiadas palabras, Cristo hablara en él. [] Maniqueo, por su parte, piensa que la Iglesia de Cristo debe creer lo que él dice en oposición a las Escrituras, que están sostenidas por una evidencia tan fuerte y continua, y en las que la Iglesia halla una enérgica conminación: que quien le predique algo distinto de lo que ha recibido sea anatema. []
XXVIII, 5
5. Fausto nos dice que tiene buenos fundamentos para concluir que estas Escrituras son indignas de crédito. Y, sin embargo, habla de no usar argumentos. Pero el argumento también será refutado. El fin de todo el argumento es llevar al alma a creer que la razón de su miseria en este mundo es ser el medio de impedir que Dios sea privado de su reino, y que la sustancia y naturaleza de Dios está tan expuesta a cambio, corrupción, daño y contaminación, que parte de ella queda incurablemente manchada y es consignada por Él mismo a castigo eterno en la masa de las tinieblas, aunque, cuando estaba en inofensiva unión con Él y sin crimen alguno, la envió a sabiendas adonde había de sufrir mancha. Este es el fin de todos vuestros argumentos y ficciones; ¡y ojalá hubiera un fin de ellos en cuanto a vuestro corazón y vuestros labios, para que algún día desistierais de creer y proferir esas execrables blasfemias! Pero, dice Fausto, pruebo por los propios escritos que no pueden ser dignos de confianza en todos los puntos, pues se contradicen unos a otros. ¿Por qué no decir, entonces, que son enteramente indignos de confianza, si su testimonio es inconsecuente y se contradice a sí mismo? Pero, dice Fausto, digo lo que pienso que está de acuerdo con la verdad. ¿Con qué verdad? La verdad no es sino vuestra propia ficción, que comienza con la batalla de Dios, continúa con su contaminación y termina con su condenación. Nadie, dice Fausto, cree en escritos que se contradicen. Pero si pensáis que lo hacen, es porque no los entendéis; pues vuestra ignorancia se ha manifestado respecto de los pasajes que habéis citado en apoyo de vuestra opinión, y lo mismo aparecerá respecto de cualesquiera citas que aún podáis hacer. Así que no hay razón para que no creamos estos escritos, sostenidos como están por un testimonio tan poderoso; y esta es de suyo la mejor razón para declarar anatema a quienes predican algo distinto de lo que allí está escrito.