Fausto afirma que aun si se pudiera demostrar que el Antiguo Testamento contiene predicciones, estas solo interesarían a los judíos, sirviendo la literatura pagana para el mismo propósito entre los gentiles. Agustín muestra el valor de la profecía para gentiles y judíos por igual.
XIII, 1
1. Fausto dijo: Se nos pregunta cómo adoramos a Cristo cuando rechazamos a los profetas, que anunciaron la promesa de su venida. Es dudoso que, examinándolo, pueda demostrarse que los profetas hebreos predijeron a nuestro Cristo, es decir, al Hijo de Dios. Pero aunque así fuera, ¿qué nos importa a nosotros? Si esos testimonios de los profetas de los que habláis fueran el medio de convertir a alguien del judaísmo al cristianismo, y si después descuidara a esos profetas, ciertamente estaría equivocado y sería culpable de ingratitud. Pero nosotros somos por naturaleza gentiles, de la incircuncisión; como dice Pablo, nacidos bajo otra ley. Aquellos a quienes los gentiles llaman poetas fueron nuestros primeros maestros religiosos, y de ellos fuimos después convertidos al cristianismo. No nos hicimos primero judíos, para llegar al cristianismo mediante la fe en sus profetas; sino que fuimos atraídos únicamente por la fama, las virtudes y la sabiduría de nuestro libertador Jesucristo. Si yo estuviera todavía en la religión de mis padres, y viniera un predicador usando a los profetas como evidencia a favor del cristianismo, lo tendría por loco por intentar apoyar lo dudoso con algo aún más dudoso para un gentil de otra religión completamente distinta. Primero tendría que persuadirme a creer en los profetas, y luego, mediante los profetas, a creer en Cristo. Y para probar la verdad de los profetas, serían necesarios otros profetas. Pues si los profetas dan testimonio de Cristo, ¿quién da testimonio de los profetas? Quizá digáis que Cristo y los profetas se apoyan mutuamente. Pero un pagano, que nada tiene que ver con ninguno de los dos, no creería ni el testimonio de Cristo acerca de los profetas, ni el de los profetas acerca de Cristo. Si el pagano se hace cristiano, tiene que agradecérselo a su propia fe, y a nada más. Supongamos, a modo de ilustración, que conversamos con un gentil que indaga. Le decimos que crea en Cristo, porque es Dios. Pide pruebas. Lo remitimos a los profetas. Pregunta: ¿Qué profetas? Respondemos: Los hebreos. Sonríe y dice que no les cree. Le recordamos que Cristo da testimonio de ellos. Él responde, riendo, que primero debemos hacerle creer en Cristo. El resultado de tal conversación es que nos quedamos callados, y el indagador se marcha, pensando que somos más celosos que sabios. Otra vez digo: la Iglesia cristiana, que consta más de gentiles que de judíos, nada puede deber a los testigos hebreos. Si, como se dice, se encuentran algunas profecías de Cristo en la Sibila, o en Hermes, llamado Trismegisto, o en Orfeo, o en cualquier poeta pagano, podrían ayudar a la fe de aquellos que, como nosotros, son conversos del paganismo al cristianismo. Pero el testimonio de los hebreos nos es inútil antes de la conversión, pues entonces no podemos creerles; y superfluo después, pues creemos sin ellos.
XIII, 2
2. Agustín respondió: Después de la larga respuesta del libro anterior, una respuesta breve puede bastar aquí. Para quien haya leído aquella respuesta, debe parecer una locura que Fausto persista en negar que Cristo fue anunciado por los profetas hebreos, cuando la nación hebrea era la única en la que el nombre de Cristo tenía una sacralidad peculiar al ser aplicado a reyes y sacerdotes; sentido en el que se siguió aplicando hasta la venida de Aquel a quien esos reyes y sacerdotes tipificaban. ¿Dónde aprendió el maniqueo el nombre de Cristo? Si de Maniqueo, es muy extraño que los africanos, por no hablar de otros, crean al persa Maniqueo, puesto que Fausto censura a los romanos y griegos, y a otros gentiles, por creer a los profetas hebreos como pertenecientes a otra raza. Según Fausto, las predicciones de la Sibila, o de Orfeo, o de cualquier poeta pagano, son más adecuadas para llevar a los gentiles a creer en Cristo. Olvida que ninguna de estas se lee en las iglesias, mientras que la voz de los profetas hebreos, resonando por todas partes, atrae multitudes de personas al cristianismo. Cuando es tan evidente que los hombres son llevados en todas partes a Cristo por los profetas hebreos, es un gran absurdo decir que esos profetas no son adecuados para los gentiles.
XIII, 3
3. Cristo, tal como fue anunciado por los profetas hebreos, no os agrada; pero este es el Cristo en quien creen las naciones gentiles, con las cuales, según vosotros, la profecía hebrea no debería tener peso. Ellos reciben el evangelio que, como dice Pablo, "Dios había prometido antes por sus profetas en las Santas Escrituras, acerca de su Hijo, que fue hecho de la simiente de David según la carne." [] Así leemos en Isaías: "Saldrá una raíz de Jesé, que se levantará para reinar sobre las naciones; en Él confiarán los gentiles." [] Y de nuevo: "He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarán su nombre Emanuel," [] que interpretado es: Dios con nosotros. Ni piense el maniqueo que Cristo es anunciado solo como hombre por los profetas hebreos; pues esto es lo que Fausto parece insinuar cuando dice: "Nuestro Cristo es el Hijo de Dios," como si el Cristo de los hebreos no fuera el Hijo de Dios. Podemos probar que Cristo, el hijo de la virgen de la profecía hebrea, es Dios. Pues el Señor mismo enseña a los judíos carnales a no pensar que, porque es anunciado como hijo de David, no es más que eso. Pregunta: "¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo?" Responden: "De David." Entonces, para recordarles el nombre Emanuel, Dios con nosotros, dice: "¿Cómo, pues, David, en el Espíritu, lo llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?" [] Aquí, pues, Cristo aparece como Dios en la profecía hebrea. ¿Qué profecía pueden mostrar los maniqueos con el nombre de Cristo en ella?
XIII, 4
4. Maniqueo, ciertamente, no fue profeta de Cristo, sino que se llama a sí mismo apóstol, lo cual es una falsedad descarada; pues es bien sabido que esta herejía comenzó no solo después de Tertuliano, sino después de Cipriano. En todas sus cartas Maniqueo comienza así: "Maniqueo, apóstol de Jesucristo." ¿Por qué creéis lo que Maniqueo dice de Cristo? ¿Qué evidencia da de su apostolado? Este mismo nombre de Cristo nos es conocido solo por los judíos, quienes, al aplicarlo a sus reyes y sacerdotes, no eran individualmente, sino como nación, profetas de Cristo y del reino de Cristo. ¿Qué derecho tiene de usar este nombre, él que os prohíbe creer a los profetas hebreos, para haceros discípulos heréticos de un falso Cristo, como él mismo es un falso y herético apóstol? Y si Fausto cita como evidencia en su propio apoyo a algunos profetas que, según él, anuncian a Cristo, ¿cómo satisfará a su supuesto indagador, que no creerá ni a los profetas ni a Fausto? ¿Tomará a nuestros apóstoles como testigos? A menos que pueda encontrar algunos apóstoles vivos, tendrá que leer sus escritos; y estos están todos en su contra. Enseñan nuestra doctrina de que Cristo nació de la Virgen María, que era el Hijo de Dios, de la simiente de David según la carne. No puede pretender que los escritos han sido corrompidos, pues eso sería atacar la credibilidad de sus propios testigos. O si produce sus propios manuscritos de los escritos apostólicos, también debe obtener para ellos la autoridad de las iglesias fundadas por los propios apóstoles, mostrando que han sido preservados y transmitidos con su sanción. Será difícil para un hombre hacerme creer sobre la evidencia de escritos que derivan toda su autoridad de su propia palabra, la cual yo no creo.
XIII, 5
5. Pero quizá creéis el rumor común acerca de Cristo. Fausto hace una débil sugerencia de este tipo como último recurso, para escapar de la obligación de presentar sus autoridades sin valor, o de caer bajo el poder de quienes se le oponen. Bien, si el rumor es vuestra autoridad, debéis considerar las consecuencias de confiar en tal evidencia. Hay muchas cosas malas que se dicen de vosotros y que no queréis que la gente crea. ¿Es razonable hacer que la misma evidencia sea verdadera respecto de Cristo y falsa respecto de vosotros mismos? De hecho, negáis el rumor común acerca de Cristo. Pues el rumor más ampliamente difundido, y que todos han oído repetir, es el que afirma claramente que Cristo nació de la simiente de David, según la promesa hecha en las Escrituras hebreas a Abraham, Isaac y Jacob: "En tu simiente serán benditas todas las naciones." No admitís este testimonio hebreo, pero no parecéis tener otro. La autoridad de nuestros libros, que está confirmada por el acuerdo de tantas naciones, apoyada por una sucesión de apóstoles, obispos y concilios, está en vuestra contra. Vuestros libros no tienen autoridad, pues es una autoridad mantenida por solo unos pocos, y estos adoradores de un Dios y un Cristo mentirosos. Si no siguen el ejemplo de los seres que adoran, su testimonio debe estar en contra de su propia y falsa doctrina. Y, una vez más, el rumor común da una muy mala cuenta de vosotros, e invariablemente afirma, en oposición a vosotros, que Cristo era de la simiente de David. No oísteis la voz del Padre desde el cielo. No visteis las obras con las que Cristo dio testimonio de sí mismo. Los libros que cuentan estas cosas profesáis recibirlos, para mantener una apariencia engañosa de cristianismo; pero cuando se cita algo en vuestra contra, decís que los libros han sido corrompidos. Citáis el pasaje donde Cristo dice: "Si no me creéis a mí, creed a las obras;" y de nuevo: "Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí;" pero no nos permitís citar en respuesta pasajes como estos: "Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna, y ellas son las que dan testimonio de mí;" "Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí;" "A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos;" "Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos." ¿Qué tenéis que decir en vuestra defensa? ¿Dónde está vuestra autoridad? Si rechazáis estos pasajes de la Escritura, a pesar de la autoridad de peso que los favorece, ¿qué milagros podéis mostrar? Sin embargo, aunque hicierais milagros, deberíamos guardarnos de recibir su evidencia en vuestro caso; porque el Señor nos ha advertido de antemano: "Muchos falsos Cristos y falsos profetas se levantarán, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos. He aquí, os lo he dicho antes." [] Esto muestra que la autoridad establecida de la Escritura debe pesar más que cualquier otra; pues deriva nueva confirmación del progreso de los acontecimientos que suceden, como la Escritura prueba, en cumplimiento de las predicciones hechas tanto tiempo antes de su ocurrencia.
XIII, 6
6. ¿Acaso vuestras doctrinas son tan manifiestamente verdaderas, que no requieren apoyo de milagros ni de ningún testimonio? Mostradnos esas verdades evidentes por sí mismas, si tenéis algo de ese tipo que mostrar. Vuestras leyendas, como ya hemos visto, son largas y necias, cuentos de viejas para diversión de mujeres y niños. El comienzo está desconectado del resto, el medio es inconsistente, y el final es un fracaso miserable. Si comenzáis con el Dios inmortal, invisible e incorruptible, ¿qué necesidad había de que Él peleara contra la raza de las tinieblas? Y en cuanto al medio de vuestra teoría, ¿qué pasa con la incorruptibilidad e inmutabilidad de Dios, cuando sus miembros en frutas y verduras son purificados por vuestra masticación y digestión? Y en cuanto al fin, ¿es justo que el alma desdichada sea castigada con reclusión duradera en la masa de las tinieblas, porque su Dios es incapaz de limpiarla de la mancha contraída por un mal externo a sí misma en el cumplimiento de su propia comisión? Os quedáis sin respuesta. ¡Ved la inutilidad de vuestros jactanciosos manuscritos, numerosos y valiosos como decís que son! ¡Ay de las fatigas de los anticuarios! ¡Ay de la propiedad de los desdichados dueños! ¡Ay del alimento de los engañados seguidores! Desprovistos como estáis de la autoridad de la Escritura, del poder de milagros, de excelencia moral y de sana doctrina, partid avergonzados, y volved penitentes, confesando a aquel verdadero Cristo, que es el Salvador de todos los que creen en Él, cuyo nombre y cuya Iglesia se muestran ahora como fueron anunciados antiguamente, no por algún ser que sale de las tinieblas subterráneas, sino por una nación en un reino distinto establecido para este propósito, para que allí se predijeran figurativamente de Cristo las cosas que ahora se cumplen en realidad, y los profetas pudieran anunciar por escrito lo que los apóstoles ahora exhiben en su predicación.
XIII, 7
7. Supongamos, pues, una conversación con un gentil que indaga, en la que Fausto nos describió como haciendo un pobre papel, aunque su propio papel era mucho más deplorable. Si decimos al gentil: Cree en Cristo, porque es Dios, y, cuando pide pruebas, presentamos la autoridad de los profetas, si dice que no cree a los profetas, porque son hebreos y él es gentil, podemos probar la verdad de los profetas por el cumplimiento real de sus profecías. Difícilmente podría ignorar las persecuciones sufridas por los primeros cristianos de parte de los reyes de este mundo; o si las ignoraba, podría informarse por la historia y los registros de las leyes imperiales. Pero esto es lo que encontramos anunciado hace mucho tiempo por el profeta, que dice: "¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantan los reyes de la tierra, y príncipes consultan unidos contra el Señor y contra su Cristo." El resto del Salmo muestra que esto no se dice de David. Pues lo que sigue podría convencer al más obstinado incrédulo: "El Señor me dijo: Mi hijo eres tú; yo te he engendrado hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra." Esto nunca sucedió a los judíos, cuyo rey era David, pero ahora se cumple claramente en la sujeción de todas las naciones al nombre de Cristo. Esta y muchas profecías semejantes, que llevaría demasiado tiempo citar, seguramente impresionarían la mente del indagador. Vería a esos mismos reyes de la tierra ahora felizmente sometidos por Cristo, y a todas las naciones sirviéndole; y oiría las palabras del Salmo en el que esto fue predicho tanto tiempo antes: "Todos los reyes de la tierra se postrarán delante de Él; todas las naciones le servirán." Y si leyera todo ese Salmo, que se aplica figurativamente a Salomón, encontraría que Cristo es el verdadero Rey de paz, pues Salomón significa pacífico; y encontraría muchas cosas en el Salmo aplicables a Cristo, que no tienen referencia alguna al literal rey Salomón. Luego está aquel otro Salmo donde se habla de Dios como ungido por Dios, señalando la misma palabra ungido a Cristo, mostrando que Cristo es Dios, pues se representa a Dios como siendo ungido. Al leer lo que se dice en este Salmo de Cristo y de la Iglesia, encontraría que lo que allí se predice se cumple en el estado presente del mundo. Vería los ídolos de las naciones pereciendo de sobre la tierra, y encontraría que esto es predicho por los profetas, como en Jeremías: "Entonces les diréis: Los dioses que no hicieron los cielos ni la tierra, perecerán de la tierra y de debajo de los cielos;" [] y de nuevo: "Oh Señor, fortaleza mía, y fuerza mía, y refugio mío en el día de la aflicción, a ti vendrán las naciones desde los extremos de la tierra, y dirán: Ciertamente nuestros padres heredaron mentira, vanidad y cosas en las que no hay provecho. ¿Hará acaso el hombre dioses para sí, y esos no son dioses? Por tanto, he aquí, yo les haré saber en aquel tiempo, les haré conocer mi mano y mi poder; y sabrán que yo soy el Señor." [] Al oír estas profecías, y ver su cumplimiento real, no necesito decir que se conmovería; pues sabemos por experiencia cómo los corazones de los creyentes son confirmados al ver antiguas predicciones que ahora reciben su cumplimiento.
XIII, 8
8. En el mismo profeta hallaría el indagador una prueba clara de que Cristo no es meramente uno de los grandes hombres que han aparecido en el mundo. Porque Jeremías prosigue diciendo: "Maldito el varón que confía en el hombre, y hace de la carne su brazo, y cuyo corazón se aparta del Señor: porque será como la retama en el desierto, y no verá cuando viniere el bien; sino que habitará en los sequedales del yermo, en tierra salada y no habitada. Bendito el varón que confía en el Señor, y cuya esperanza es el Señor: porque será como el árbol junto al agua, que extiende sus raíces hacia la corriente; no temerá cuando viniere el calor, sino que su hoja estará verde; no se fatigará en el año de sequía, ni dejará de dar fruto." []. Al oír esta maldición pronunciada en el lenguaje figurado de la profecía contra el que confía en el hombre, y la bendición en estilo semejante sobre el que confía en Dios, el indagador podría dudar de nuestra doctrina, en la cual enseñamos no sólo que Cristo es Dios, de modo que nuestra confianza no está en el hombre, sino también que es hombre porque tomó nuestra naturaleza. Así, algunos yerran negando la humanidad de Cristo, aunque admiten su divinidad. Otros, por el contrario, afirman su humanidad, pero niegan su divinidad, y así o se vuelven infieles o incurren en la culpa de confiar en el hombre. El indagador, pues, podría decir que el profeta dice solamente que Cristo es Dios, sin referencia alguna a su naturaleza humana; mientras que, en nuestra doctrina apostólica, Cristo no sólo es Dios en quien podemos confiar con seguridad, sino el Mediador entre Dios y los hombres: el hombre Jesús. El profeta explica esto en las palabras en que parece corregirse y suplir la omisión: "Su corazón", dice, "está triste por completo; y Él es hombre, ¿y quién lo conocerá?" []. Él es hombre, para que en forma de siervo sane a los duros de corazón, y para que reconozcan como Dios a quien se hizo hombre por ellos, a fin de que su confianza no esté en el hombre, sino en el Dios-hombre. Él es hombre tomando forma de siervo. ¿Y quién lo conocerá? Porque "siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios." []. Él es hombre, porque "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros". ¿Y quién lo conocerá? Porque "en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios." []. Y en verdad su corazón estuvo triste por completo. Pues incluso respecto de sus propios discípulos su corazón estuvo triste, cuando dijo: "¿Tanto tiempo he estado con vosotros, y aún no me habéis conocido?" "Tanto tiempo he estado con vosotros" responde a las palabras "Él es hombre", y "¿aún no me habéis conocido?" a "¿quién lo conocerá?" Y la persona no es otra sino aquel que dice: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre." []. De modo que nuestra confianza no está en el hombre, para quedar bajo la maldición del profeta, sino en el Dios-hombre, esto es, en el Hijo de Dios, el Salvador Jesucristo, el Mediador entre Dios y los hombres. En la forma de siervo el Padre es mayor que Él; en la forma de Dios es igual al Padre.
XIII, 9
9. En Isaías leemos: "Será derribada la soberbia del hombre; y sólo el Señor será exaltado en aquel día. Y esconderán la obra de sus manos en las hendiduras de las peñas, y en las cuevas y cavernas de la tierra, por el temor del Señor y por la gloria de su poder, cuando se levante para sacudir terriblemente la tierra. Porque en aquel día el hombre arrojará sus ídolos de oro y plata, que hicieron para adorarlos, como cosa inútil y dañina." []. Acaso el propio indagador, que, como supone Fausto, se reiría y diría que no cree a los profetas hebreos, ha escondido ídolos hechos de mano en alguna hendidura, o cueva, o caverna. O tal vez conozca a un amigo, o vecino, o conciudadano que haya hecho esto por el temor del Señor, el cual, mediante la severa prohibición de los reyes de la tierra, que ahora le sirven y se postran ante él, como predijo el profeta, sacude la tierra, es decir, quebranta el corazón obstinado de los hombres mundanos. No es probable que el indagador deje de creer a los profetas hebreos, cuando halla sus predicciones cumplidas, acaso en su propia persona.
XIII, 10
10. Más bien podría temerse que el indagador, en medio de tan copiosas pruebas, dijera que los cristianos compusieron aquellos escritos cuando los acontecimientos descritos ya habían comenzado a suceder, para que tales sucesos no parecieran deberse a un propósito meramente humano, sino como divinamente predichos. Podría temerse esto, de no ser por el pueblo de los judíos, tan extendido y tan conocido; que Caín, con la marca de que no debía ser muerto por nadie; que Cam, el siervo de sus hermanos, llevando como carga los libros para su instrucción. De los manuscritos judíos probamos que estas cosas no fueron escritas por nosotros para acomodarse al suceso, sino que hace mucho tiempo fueron publicadas y conservadas como profecías en la nación judía. Estas profecías se explican ahora en su cumplimiento: pues incluso lo que en ellas es oscuro — porque estas cosas les acontecieron como ejemplo, y fueron escritas para nuestro provecho, sobre quienes ha venido el fin de los siglos — se hace ahora claro; y lo que estaba oculto en las sombras del futuro es ahora visible a la luz de la experiencia real.
XIII, 11
11. El indagador podría presentar como dificultad el hecho de que aquellos en cuyos libros se encuentran estas profecías no están unidos con nosotros en el evangelio. Pero cuando se convenza de que también esto está predicho, sentirá cuán fuerte es la prueba. Las profecías de la incredulidad de los judíos nadie puede dejar de verlas, nadie puede fingir ceguera ante ellas. Nadie puede dudar de que Isaías habló de los judíos cuando dijo: "El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; pero Israel no ha conocido, y mi pueblo no ha considerado"; [] o también, en las palabras citadas por el apóstol: "Extendí mis manos todo el día a un pueblo rebelde y contradictor"; y especialmente donde dice: "Dios les ha dado espíritu de vértigo, ojos para que no vean, y oídos para que no oigan, y no entiendan", y muchos pasajes semejantes. Si el indagador objetara que no era culpa de los judíos si Dios los cegó para que no conocieran a Cristo, intentaríamos del modo más sencillo posible hacerle comprender que esta ceguera es el justo castigo de otros pecados secretos conocidos por Dios. Probaríamos que el apóstol reconoce este principio cuando dice de algunas personas: "Dios los entregó a las concupiscencias de sus propios corazones y a una mente réproba, para hacer lo que no conviene"; [] y que los propios profetas hablan de esto. Pues, volviendo a las palabras de Jeremías: "Él es hombre, ¿y quién lo conocerá?", para que no sirva de excusa a los judíos el que no conocieron — porque si hubieran conocido, como dice el apóstol, "nunca habrían crucificado al Señor de la gloria", [] —, el profeta pasa a mostrar que su ignorancia fue resultado de su criminalidad secreta; pues dice: "Yo, el Señor, escudriño el corazón y pruebo los riñones, para dar a cada uno según sus caminos y según el fruto de sus obras."
XIII, 12
12. Si la siguiente dificultad en la mente del indagador surgiera de las divisiones y herejías entre los llamados cristianos, aprendería que también esto está notado por los profetas. Pues, como si fuera natural que, después de quedar satisfecho acerca de la ceguera de los judíos, se presentara esta objeción por las divisiones entre los cristianos, Jeremías, observando este orden en su profecía, añade inmediatamente en el pasaje ya citado: "La perdiz es clamorosa, recoge lo que no ha parido, haciendo riquezas sin juicio." Porque la perdiz es notoriamente pendenciera, y a menudo es atrapada por su afán de pelear. Así los herejes discuten no para hallar la verdad, sino con una determinación obstinada de ganar la victoria de un modo u otro, para recoger, como dice el profeta, lo que no han parido. Porque aquellos a quienes extravían son cristianos ya nacidos del evangelio, a quienes la profesión cristiana de los herejes engaña. Así hacen riquezas no con juicio, sino con precipitación irreflexiva. Pues no consideran que los seguidores a quienes recogen como sus riquezas son arrebatados de la genuina y original sociedad cristiana, y privados de sus beneficios; y como el apóstol describe a estos herejes en las palabras: "De la manera que Janes y Jambres resistieron a Moisés, así también estos resisten a la verdad: hombres de mente corrompida, réprobos en cuanto a la fe. Mas no irán más adelante; porque su insensatez será manifiesta a todos, como también lo fue la de aquellos." []. Así el profeta prosigue diciendo de la perdiz, que recoge lo que no ha parido: "En la mitad de sus días lo dejarán, y al fin será un necio"; es decir, el que al principio engañó a la gente con una ostentación prometedora de sabiduría superior, será un necio, es decir, se le verá como necio. Se le verá cuando su insensatez sea manifiesta a todos los hombres, y a aquellos para quienes al principio era un sabio, entonces les será un necio.
XIII, 13
13. Como anticipando que el indagador preguntaría a continuación por qué señal clara un joven discípulo, aún no capaz de distinguir la verdad entre tantos errores, podría hallar la verdadera Iglesia de Cristo, ya que el claro cumplimiento de tantas predicciones lo compelía a creer en Cristo, el profeta responde a esta pregunta en lo que sigue, y enseña que la Iglesia de Cristo, que describe proféticamente, es manifiestamente visible. Sus palabras son: "Un trono alto y glorioso es nuestro santuario." []. Este trono glorioso es la Iglesia de la cual dice el apóstol: "El templo de Dios es santo, el cual templo sois vosotros." []. También el Señor, previendo la visibilidad de la Iglesia como ayuda para los discípulos jóvenes que podrían ser engañados, dice: "Una ciudad asentada sobre un monte no puede esconderse." []. Puesto que, pues, un trono alto y glorioso es nuestro santuario, no se ha de hacer caso de quienes quieran llevarnos al sectarismo, diciendo: "He aquí, Cristo está aquí", o "He allí". He aquí, he allí, habla de división; pero la verdadera ciudad está sobre un monte, y el monte es aquel que, como leemos en el profeta Daniel, creció de una piedra pequeña hasta llenar toda la tierra. []. Y no se ha de hacer caso de quienes, profesando algún misterio oculto reservado a un pequeño número, dicen: He aquí, en el aposento; he aquí, en el desierto: porque una ciudad asentada sobre un monte no puede esconderse, y un trono alto y glorioso es nuestro santuario.
XIII, 14
14. Después de considerar estos casos del cumplimiento de la profecía acerca de reyes y pueblos que actuaron como perseguidores y luego se hicieron creyentes, acerca de la destrucción de los ídolos, de la ceguera de los judíos, de su testimonio a los escritos que han conservado, de la necedad de los herejes, de la dignidad de la Iglesia de cristianos verdaderos y genuinos, el indagador recibiría con toda razón el testimonio de estos profetas acerca de la divinidad de Cristo. Sin duda, si empezáramos instándole a creer profecías todavía no cumplidas, podría responder con justicia: ¿Qué tengo yo que ver con estos profetas, de cuya verdad no tengo prueba? Pero, en vista del manifiesto cumplimiento de tantas predicciones notables, ninguna persona cándida despreciaría ni las cosas que se consideró dignas de ser predichas en aquellos tiempos antiguos con tanta solemnidad, ni a quienes hicieron las predicciones. A nadie podemos confiar más seguramente, en cuanto a sucesos ya pasados o todavía futuros, que a hombres cuyas palabras están apoyadas por la evidencia de que tantas predicciones notables se han cumplido.
XIII, 15
15. Si en la Sibila o en las Sibilas, o en Orfeo, o en Hermes, si acaso existió tal persona, o en otros poetas, teólogos, sabios o filósofos paganos, se enseña o predice alguna verdad acerca de Dios o del Hijo de Dios, puede ser útil para la refutación del error pagano, pero no puede llevarnos a creer en estos escritores. Porque mientras hablaban, porque no podían evitarlo, del Dios a quien adoramos, o bien enseñaban a sus conciudadanos a adorar ídolos y demonios, o les permitían hacerlo sin atreverse a protestar contra ello. Pero nuestros escritores sagrados, con la autoridad y el auxilio de Dios, fueron el medio de establecer y conservar entre su pueblo un gobierno bajo el cual las costumbres paganas eran condenadas como sacrilegio. Si alguno de este pueblo caía en la idolatría o en el culto a los demonios, era castigado por las leyes o confrontado por las terribles denuncias de los profetas. Adoraban a un solo Dios, hacedor del cielo y de la tierra. Tenían ritos; pero esos ritos eran proféticos, o simbólicos de cosas venideras, y debían cesar con la aparición de las cosas significadas. Todo el estado era un gran profeta, con su rey y su sacerdote simbólicamente ungidos, lo cual se interrumpió, no por deseo de los propios judíos, que estaban en ignorancia por su incredulidad, sino sólo con la venida de Aquel que era Dios, ungido con gracia espiritual sobre sus compañeros, el santo de los santos, el verdadero Rey que habría de gobernarnos, el verdadero Sacerdote que habría de ofrecerse a sí mismo por nosotros. En una palabra, las predicciones del ingenio pagano acerca de la venida de Cristo son tan diferentes de la profecía sagrada como la confesión de los demonios de la proclamación de los ángeles.
Comentario editorial · La Sibila y Hermes como testigos
Según el argumento de la edición, Fausto sostiene en XIII que, aun si el Antiguo Testamento contuviera predicciones, solo interesarían a los judíos, y que entre los gentiles cumpliría ese papel la literatura pagana. En XIII, 15 Agustín nombra a la Sibila, a Orfeo y a Hermes. Los Oráculos sibilinos son, dice Wikipedia, una colección en hexámetros griegos atribuida a las sibilas; se conservan catorce libros, en una edición del siglo VI o VII, y los más antiguos (3 a 5) los compusieron en parte judíos de Alejandría; judíos y cristianos los ampliaron. Newman anota que los escritores cristianos de los tres primeros siglos no sospecharon su carácter y los tuvieron por testimonios del mundo pagano. Los escritos herméticos son, según Wikipedia, sobre todo de los siglos II y III.
Para ampliar: Sibylline Oracles (Wikipedia (en)) · Hermetica (Wikipedia (en)).
XIII, 16
16. Por semejantes argumentos, que podrían ampliarse si discutiéramos con alguien criado en el paganismo, y que podrían apoyarse con pruebas en número aún mayor, el indagador que Fausto ha presentado ante nosotros sería ciertamente llevado a creer, a menos que prefiriera sus pecados a su salvación. Como creyente, sería acogido y cuidado en el seno de la Iglesia católica, y se le enseñaría a su debido tiempo la conducta que se exige de él. Vería a muchos que no practican los deberes exigidos; pero esto no quebrantaría su fe, aunque estas personas pertenecieran a la misma Iglesia y participaran de los mismos sacramentos que él. Comprendería que pocos comparten la herencia de Dios, mientras muchos participan de sus signos externos; que pocos están unidos en la santidad de vida y en el don del amor derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado, el cual es una fuente escondida a la que ningún extraño puede acercarse; y que muchos se unen a la solemnidad del sacramento, el cual, el que come y bebe indignamente, come y bebe juicio para sí mismo, mientras que el que descuida comerlo no tendrá vida en sí, [] y así nunca alcanzará la vida eterna. Comprenderá también que los buenos son llamados pocos en comparación con la multitud de los malos, pero que, esparcidos por el mundo, hay muchísimos creciendo entre la cizaña y mezclados con la paja, hasta el día de la siega y de la purificación. Como esto se enseña en el Evangelio, así está predicho por los profetas. Leemos: "Como lirio entre espinas, así es mi amada entre las hijas"; [] y también: "He morado en las tiendas de Cedar; pacífico entre los que aborrecían la paz"; y también: "Marca con una señal en la frente a los que gimen y claman por las iniquidades de mi pueblo, que se cometen en medio de ellos." []. El indagador sería confirmado por tales pasajes; y siendo ya conciudadano de los santos y de la familia de Dios, no ya extranjero de Israel, sino verdadero israelita, en quien no hay engaño, aprendería a pronunciar desde un corazón sin engaño las palabras que siguen en el pasaje de Jeremías ya citado: "Oh Señor, paciencia de Israel: sean desolados todos los que te abandonan." Después de hablar de la perdiz clamorosa, que recoge lo que no ha parido; y después de ensalzar la ciudad asentada sobre un monte que no puede esconderse, para impedir que los herejes aparten a los hombres de la Iglesia católica; después de las palabras: "Un trono alto y glorioso es nuestro santuario", parece preguntarse a sí mismo: ¿Qué hacemos con todos esos hombres malvados que se hallan mezclados con la Iglesia, y que se vuelven más numerosos a medida que la Iglesia se extiende y todas las naciones se unen en Cristo? Y entonces siguen las palabras: "Oh Señor, paciencia de Israel." La paciencia es necesaria para obedecer el mandato: "Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega." []. La impaciencia contra los malos podría llevar a abandonar a los buenos, que en sentido estricto son el cuerpo de Cristo, y abandonarlos a ellos sería abandonarlo a Él. Así el profeta prosigue diciendo: "Sean desolados todos los que te abandonan; sean confundidos los que se han apartado a la tierra." La tierra es el hombre que confía en sí mismo e induce a otros a confiar en él. Así el profeta añade: "Sean derribados, porque han abandonado al Señor, la fuente de la vida." Este es el grito de la perdiz: que ha conseguido la fuente de la vida, y la dará; y así los hombres son recogidos a ella, y se apartan de Cristo, como si Cristo, cuyo nombre habían profesado, no hubiera cumplido su promesa. La perdiz recoge a los que no ha parido. Y para hacer esto, declara: La salvación que Cristo promete está conmigo; yo la daré. En oposición a esto el profeta dice: "Sáname, oh Señor, y seré sanado; sálvame, y seré salvo." Así leemos en el apóstol: "Nadie se gloríe en los hombres"; [] o en las palabras del profeta: "Tú eres mi alabanza." []. Tal es una muestra de instrucción en la doctrina apostólica y profética, por la cual un hombre puede ser edificado sobre el fundamento de los apóstoles y profetas.
XIII, 17
17. Fausto no nos ha dicho cómo probaría la divinidad de Cristo al pagano, a quien hace decir: No creo ni a los profetas en apoyo de Cristo, ni a Cristo en apoyo de los profetas. Sería absurdo suponer que un hombre así creyera lo que Cristo dice de sí mismo, cuando no cree lo que dice de otros. Pues si lo considera indigno de crédito en un caso, debe considerarlo así en todos, o al menos más cuando habla de sí mismo que cuando habla de otros. Quizá, a falta de esto, Fausto le leería las Sibilas y Orfeo, y cuantas profecías paganas acerca de Cristo pudiera encontrar. Pero ¿cómo podría hacerlo, cuando confiesa que no conoce ninguna? Sus palabras son: "Si, como se dice, se hallan profecías de Cristo en la Sibila, o en Hermes, llamado Trismegisto, o en Orfeo, o en cualquier poeta pagano." ¿Cómo podría leer escritos de los que nada sabe, y que supone que existen solo de oídas, a uno que no quiere creer ni a los profetas ni a Cristo? ¿Qué haría, entonces? ¿Presentaría a Maniqueo como testigo de Cristo? Lo contrario de esto es lo que hacen los maniqueos. Se aprovechan del extendido buen olor del nombre de Cristo para ganar aceptación a Maniqueo, a fin de endulzar con esta miel el filo de su copa envenenada. Apoderándose de las promesas de Cristo a sus discípulos de que enviaría al Paráclito, es decir, al Consolador o Abogado, dicen que ese Paráclito es Maniqueo, o está en Maniqueo, y así se insinúan en las mentes de los hombres que no saben cuándo vino realmente Aquel que fue prometido por Cristo. Quienes han leído el libro canónico llamado los Hechos de los Apóstoles encuentran allí una referencia a la promesa de Cristo y el relato de su cumplimiento. Fausto, pues, no tiene prueba alguna que ofrecer al que inquiere. No es probable que nadie se ofusque hasta el punto de aceptar la autoridad de Maniqueo cuando rechaza la de Cristo. ¿No respondería con burla, si no con ira: Por qué me pides que crea en libros persas, cuando me prohíbes creer en libros hebreos? El maniqueo no tiene asidero sobre el que inquiere, a menos que este ya esté en cierto modo convencido de la verdad del cristianismo. Cuando lo halla dispuesto a creer en Cristo, entonces lo engaña con la representación de Cristo dada por Maniqueo. Así la perdiz recoge lo que no ha puesto. ¿Cuándo lo dejaréis vosotros, a quienes él recoge? ¿Cuándo veréis que es un necio, él que os dice que el testimonio hebreo no vale para los incrédulos y es superfluo para los creyentes?
XIII, 18
18. Si los creyentes han de desechar todos los libros que los han llevado a creer, no veo por qué habrían de seguir leyendo el evangelio mismo. También el evangelio debe ser inútil para ese que inquiere, quien, según la lastimosa suposición de Fausto, rechaza con burla la autoridad de Cristo. Y para el creyente debe ser superfluo, si las noticias verdaderas de Cristo son superfluas para los creyentes. Y si el creyente ha de leer el evangelio para no olvidar lo que ha creído, así también a los profetas, para no olvidar por qué creyó. Pues si olvida esto, su fe no puede ser firme. Según este principio, deberíais desechar los libros de Maniqueo, por cuya autoridad ya creéis que la luz —esto es, Dios— peleó contra las tinieblas, y que, para atar a las tinieblas, la luz fue primero tragada y atada, y contaminada y desgarrada por las tinieblas, para ser restaurada, y liberada, y purificada, y sanada mediante vuestro comer, por lo cual sois recompensados no siendo condenados para siempre a la masa de las tinieblas, junto con aquella parte de la luz que no puede ser rescatada. Esta ficción está suficientemente publicada por vuestra práctica y vuestras palabras. ¿Por qué buscáis el testimonio de libros, y añadís a la confusión de vuestro Dios el consumo de fuerzas en la tarea innecesaria de escribir manuscritos? Quemad todos vuestros pergaminos, con sus encuadernaciones finamente adornadas; así os libraréis de una carga inútil, y vuestro Dios, que sufre encierro en el volumen, quedará libre. ¡Qué misericordia sería para los miembros de vuestro Dios si pudierais cocer vuestros libros y coméroslos! Sin embargo, podría haber una dificultad por la prohibición del alimento animal. Entonces la escritura tendría que compartir la impureza de la piel de oveja. En verdad, vosotros tenéis la culpa de esto, pues, como decís que sucedió en la primera guerra entre la luz y las tinieblas, pusisteis lo que estaba limpio en la pluma en contacto con la inmundicia del pergamino. O quizá, en atención a los colores, podríamos decirlo al revés; y así las tinieblas serían vuestras, en la tinta que trajisteis contra la luz de las páginas blancas. Si estas observaciones os irritan, más bien deberíais enojaros con vosotros mismos por creer doctrinas de las que estas son consecuencias necesarias. En cuanto a los libros de los apóstoles y profetas, los leemos como un registro de nuestra fe, para alentar nuestra esperanza y avivar nuestro amor. Estos libros están en perfecta armonía unos con otros; y su armonía, como la música de una trompeta celestial, nos despierta del letargo de la mundanidad y nos impulsa al premio de nuestra alta vocación. El apóstol, después de citar de los profetas las palabras: "Los oprobios de los que te oprobaban cayeron sobre mí", pasa a hablar del provecho de leer a los profetas: "Porque todo lo que fue escrito en tiempos pasados, para nuestra enseñanza fue escrito; para que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza." [] Si Fausto niega esto, solo podemos decir con Pablo: "Si alguno os predica una doctrina distinta de la que habéis recibido, sea anatema." []