XXII, 36
36. Algunos podrán decir: ¿Por qué la confianza de Abrahán en Dios no le impidió tener miedo de confesar a su esposa? Dios podía haber apartado de él la muerte que temía, y podía haber protegido tanto a él como a su esposa mientras estaban entre extraños, de suerte que Sara, aunque muy hermosa, no fuera deseada por nadie, ni Abrahán muerto por causa de ella. Por supuesto, Dios podía haber hecho esto; sería absurdo negarlo. Pero si, en respuesta a la gente, Abrahán les hubiera dicho que Sara era su esposa, su confianza en Dios habría incluido a la vez su propia vida y la castidad de Sara. Ahora bien, es parte de la sana doctrina que, cuando un hombre tiene algún medio en su poder, no debe tentar al Señor su Dios. Así, no fue porque el Salvador no pudiera proteger a sus discípulos por lo que les dijo: "Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra." [] Y Él mismo dio el ejemplo. Pues, aunque tenía poder para entregar su propia vida, y no la entregó hasta que quiso hacerlo, sin embargo, siendo niño, huyó a Egipto, llevado por sus padres; [] y cuando subió a la fiesta, no fue abiertamente, sino en secreto, aunque en otras ocasiones hablaba abiertamente a los judíos, quienes, a pesar de su furia y hostilidad, no podían echarle mano, porque no había llegado su hora, —no la hora en que se vería obligado a morir, sino la hora en que consideraría oportuno ser entregado a la muerte. Así, Aquel que manifestó poder divino enseñando y reprendiendo abiertamente, sin permitir que el furor de sus enemigos le hiciera daño, también, al escapar y ocultarse, mostró la conducta propia de la debilidad de los hombres, para que estos no tienten a Dios cuando tienen algún medio en su poder de escapar al peligro que los amenaza. Así también en el apóstol, no fue por desesperar del auxilio y la protección divinos, ni por pérdida de fe, por lo que fue descolgado por el muro en una cesta para escapar de ser apresado por sus enemigos: [] no por falta de fe en Dios escapó así, sino porque no escapar, cuando esta huida era posible, habría sido tentar a Dios. Por consiguiente, cuando Abrahán estaba entre extraños, y cuando, a causa de la notable hermosura de Sara, tanto su vida como la castidad de ella corrían peligro, puesto que estaba en su poder proteger no ambas cosas, sino una sola, a saber, su vida, para no tentar a Dios hizo lo que pudo; y en lo que no pudo, confió en Dios. Incapaz de ocultar que era hombre, ocultó que era marido, para no ser muerto; confiando a Dios la preservación de la pureza de su esposa.
XXII, 37
37. Podría también haber diferencia de opinión sobre el punto delicado de si la castidad de Sara habría sido violada incluso si alguien hubiera tenido trato con ella, puesto que ella se sometía a ello para salvar la vida de su marido, con conocimiento y autoridad de este. En esto no habría abandono de la fidelidad conyugal ni rebelión contra la autoridad del marido; del mismo modo que Abrahán no fue adúltero cuando, sometiéndose a la autoridad legítima de su esposa, consintió en ser padre por medio de la esclava de su mujer. Pero, por la naturaleza misma de la relación, no es lo mismo que una esposa tenga dos maridos, ambos vivos, que un hombre tenga dos esposas; de modo que consideramos la explicación ya dada de la conducta de Abrahán como la más correcta e irreprensible: que nuestro padre Abrahán evitó tentar a Dios tomando las medidas que pudo para la preservación de su propia vida, y que mostró su esperanza en Dios confiándole la castidad de su esposa.
XXII, 38
38. Pero un placer que todos deben sentir se obtiene de esta narración tan fielmente registrada en las Sagradas Escrituras, cuando examinamos el carácter profético de la acción y llamamos con fe piadosa y diligencia a la puerta del misterio, para que el Señor abra y nos muestre quién fue prefigurado en aquella antigua persona, y de quién es esposa esta que, estando en tierra extranjera y entre extraños, no se le permite ser manchada ni contaminada, para que sea llevada a su propio marido sin mancha ni arruga. Así encontramos que la vida justa de la Iglesia es para gloria de Cristo, para que su hermosura traiga honor a su esposo, como Abrahán fue honrado a causa de la hermosura de Sara entre los habitantes de aquella tierra extranjera. A la Iglesia, a quien se dice en el Cantar de los Cantares: "Oh tú, la más hermosa entre las mujeres", [] los reyes le ofrecen dones en reconocimiento de su hermosura; como el rey Abimelec ofreció dones a Sara, admirando la gracia de su aspecto; tanto más cuanto que, aunque la amaba, no se le permitió profanarla. La santa Iglesia es también en secreto la esposa del Señor Jesucristo. Pues en secreto y en lo profundo del Espíritu es como el alma del hombre se une al Verbo de Dios, de modo que los dos son una sola carne; de lo cual habla el apóstol como de un gran misterio en el matrimonio, refiriéndose a Cristo y a la Iglesia. [] Asimismo, el reino terrenal de este mundo, tipificado por los reyes a quienes no se les permitió mancillar a Sara, no tuvo conocimiento ni experiencia de la Iglesia como esposa de Cristo, es decir, de cuán fielmente mantenía ella su relación con su Esposo, hasta que intentó violarla y se vio obligado a ceder ante el testimonio divino dado por la fe de los mártires, y en la persona de monarcas posteriores fue llevado humildemente a honrar con dones a la Esposa a quien sus predecesores no habían podido humillar sometiéndola a sí mismos. Lo que, en el tipo, sucedió en el reinado de un solo y mismo rey se cumple en los primeros monarcas de esta era y en sus sucesores.
XXII, 39
39. Además, cuando se dice que la Iglesia es hermana de Cristo, no por la madre sino por el padre, aprendemos la excelencia de la relación, la cual no es de la naturaleza temporal del linaje terreno, sino de la gracia divina, que es eterna. Por esta gracia dejaremos de ser raza de mortales cuando recibamos poder para ser llamados y llegar a ser hijos de Dios. Esta gracia no la obtenemos de la sinagoga, que es madre de Cristo según la carne, sino de Dios Padre. Y cuando Cristo nos llama a otra vida donde no hay muerte, nos enseña, en lugar de reconocerla, a negar la relación terrena, donde la muerte sigue de cerca al nacimiento; pues dice a sus discípulos: "No llaméis a nadie padre vuestro en la tierra; porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los cielos." [] Y nos dio ejemplo de ello cuando dijo: "¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: Estos son mis hermanos." Y para que nadie pensara que se refería a una relación terrena, añadió: "Cualquiera que haga la voluntad de mi Padre, ese es mi hermano, y hermana, y madre." [] como si dijera: De Dios mi Padre derivo esta relación, no de la Sinagoga mi madre; os llamo a la vida eterna, donde tengo un nacimiento inmortal, no a la vida terrena, pues para apartaros de esta vida he tomado la mortalidad.
XXII, 40
40. En cuanto a la razón por la cual, aunque entre extraños está oculto de quién es esposa la Iglesia, no está oculto de quién es hermana, es claramente porque resulta oscuro y difícil de entender cómo el alma humana y el Verbo de Dios se unen o se mezclan, o cualquiera que sea la palabra que se use para expresar esta conexión entre Dios y la criatura. De esta conexión proviene que Cristo y la Iglesia sean llamados esposo y esposa, o marido y mujer. La otra relación, en la cual Cristo y todos los santos son hermanos por la gracia divina y no por la consanguinidad terrena, o por el padre y no por la madre, se expresa más fácilmente con palabras y se entiende con más facilidad. Pues la misma gracia hace que todos los santos sean también hermanos unos de otros; mientras que en su sociedad nadie es esposo de todos los demás. Así también, no obstante la sobrepujante justicia y sabiduría de Cristo, su humanidad fue reconocida mucho más clara y prontamente por los extraños, quienes, en verdad, no se equivocaban al creerle hombre, pero no entendían que era Dios además de hombre. Por eso dice Jeremías: "Él es hombre, ¿y quién lo conocerá?" [] Es hombre, porque se manifiesta que es hermano. ¿Y quién lo conocerá? Porque está oculto que es esposo. Esto debe bastar como defensa de nuestro padre Abrahán contra la impudencia, la ignorancia y la malicia de Fausto.
XXII, 41
41. También Lot, hermano de Abrahán, fue justo y hospitalario en Sodoma, y fue hallado digno de escapar de la conflagración que prefiguraba el juicio futuro; pues estaba libre de toda participación en la corrupción del pueblo de Sodoma. Fue tipo del cuerpo de Cristo, que en la persona de todos los santos gime ahora entre los impíos y malvados, a cuyas malas obras no consiente, y será rescatado al fin del mundo de su sociedad, cuando ellos sean condenados al castigo del fuego eterno. La mujer de Lot fue tipo de una clase diferente de hombres, a saber, de aquellos que, llamados por la gracia de Dios, miran hacia atrás, en lugar de, como Pablo, olvidar lo que queda atrás y extenderse a lo que está delante. [] El Señor mismo dice: "Ninguno que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el reino de los cielos." [] Ni omitió mencionar el caso de la mujer de Lot; pues ella, para nuestra advertencia, fue convertida en estatua de sal, para que, así sazonados, no tomemos a la ligera este peligro, sino que estemos en guardia contra él. Así, cuando el Señor amonestaba a todos a desprenderse de lo que queda atrás con el más decidido empeño por alcanzar lo que está delante, dijo: "Acordaos de la mujer de Lot." [] Y, además de estos, hay todavía un tercer tipo en Lot, cuando sus hijas se acostaron con él. Pues aquí Lot parece prefigurar la ley futura; porque los que proceden de la ley, y están bajo la ley, por malentenderla, la embotan, por así decirlo, y producen las obras de la incredulidad mediante un uso ilícito de la ley. "La ley es buena", dice el apóstol, "si uno la usa legítimamente." []
XXII, 42
42. No excusa esta acción de Lot ni de sus hijas el hecho de que representara la perversidad que después había de manifestarse en ciertos casos. Una cosa es el propósito de las hijas de Lot, y otra el propósito de Dios, al permitir que esto sucediera para manifestar alguna verdad; pues Dios, a la vez que pronuncia juicio sobre las acciones de los hombres de aquellos tiempos, dispone en su providencia la prefiguración del futuro. Como parte de la Escritura, esta acción es profecía; como parte de la historia de los implicados, es un crimen.
XXII, 43
43. Al mismo tiempo, en este asunto no hay razón para el torrente de injurias que la ciega hostilidad de Fausto descarga sobre él. Por la ley eterna, que exige la preservación del orden natural y condena su violación, el juicio en este caso no es el que habría sido si Lot hubiera sido movido por una pasión criminal a cometer incesto con sus hijas, o si ellas hubieran ardido en deseos contra la naturaleza. En justicia, debemos preguntar no sólo qué se hizo, sino con qué motivo, para obtener una visión justa de la acción como efecto de ese motivo. La resolución de las hijas de Lot de acostarse con su padre fue efecto del deseo natural de descendencia para preservar la raza; pues suponían que no quedaban otros hombres, pensando que el mundo entero había sido consumido en aquella conflagración, la cual, por lo que sabían, no había dejado a nadie vivo salvo a ellas mismas. Mejor les habría sido no ser nunca madres, que llegar a serlo de su propio padre. Pero, con todo, el cumplimiento de un deseo como éste es muy distinto de la maldita gratificación de la concupiscencia.
XXII, 44
44. Sabiendo que su padre condenaría su designio, las hijas de Lot juzgaron necesario cumplirlo sin que él lo supiera. Se nos dice que lo embriagaron, de manera que no se dio cuenta de lo ocurrido. Su culpa, por tanto, no es de incesto, sino de embriaguez. También ésta es condenada por la ley eterna, que sólo permite comida y bebida en cuanto la naturaleza las requiere para la conservación de la salud. Hay, ciertamente, una gran diferencia entre un hombre ebrio y un bebedor habitual; pues el bebedor no está siempre ebrio, y un hombre puede embriagarse en una ocasión sin ser un bebedor. Sin embargo, tratándose de un hombre justo, hemos de dar cuenta aun de un solo caso de embriaguez. ¿Qué pudo hacer que Lot consintiera en recibir de sus hijas todas las copas de vino que ellas le seguían mezclando, o acaso dándoselo puro? ¿Fingieron ellas un dolor excesivo, y recurrió él a este consuelo en su soledad y en la pérdida de su madre, pensando que ellas también bebían, mientras que sólo fingían beber? Pero no parece éste un método propio de un hombre justo para consolar a sus amigos en la aflicción. ¿Habrían aprendido las hijas en Sodoma algún arte vil que les permitiera embriagar a su padre con unas pocas copas, para que él, en su ignorancia, pecara, o más bien fuera víctima del pecado? Pero no es probable que la Escritura hubiera omitido toda mención de esto, ni que Dios hubiera permitido que su siervo fuera así ultrajado sin culpa alguna de su parte.
XXII, 45
45. Pero defendemos las sagradas Escrituras, no los pecados de los hombres. Tampoco pretendemos justificar esta acción, como si nuestro Dios la hubiera ordenado o aprobado; ni como si, cuando en la Escritura se llama justos a los hombres, ello significara que no podían pecar si querían. Y puesto que en los libros que esos críticos censuran Dios en ninguna parte expresa aprobación de esta acción, ¿qué necedad irreflexiva es presentar un cargo contra esos escritos a partir de este relato, cuando en otros lugares tales acciones son condenadas con prohibiciones expresas? En la historia de las hijas de Lot la acción se relata, no se alaba. Y conviene que el juicio de Dios se declare en unos casos y se oculte en otros, para que con su manifestación se ilumine nuestra ignorancia, y con su ocultamiento se ejercite nuestra mente recordando lo que ya sabemos, o se estimule nuestra indolencia a buscar una explicación. Aquí, pues, Dios, que puede sacar bien del mal, hizo surgir naciones de este origen, según le pareció bien, pero no trajo sobre sus propias Escrituras la culpa del pecado del hombre. Es escritura de Dios, pero no obra suya; no propone estas cosas para nuestra imitación, sino que las presenta para nuestra advertencia.
XXII, 46
46. La desvergüenza de Fausto aparece notablemente al acusar también a Isaac, hijo de Abraham, de fingir que su esposa Rebeca era su hermana. [] Pues en cuanto a la familia de Rebeca, la Escritura no guarda silencio, y resulta que era su hermana en el sentido bien conocido de la palabra. Que ocultara que era su esposa no es sorprendente, ni carece de importancia, si lo hizo imitando a su padre, de modo que puede justificarse por los mismos motivos. Basta remitir a la respuesta ya dada a la acusación de Fausto contra Abraham, pues es igualmente aplicable a Isaac. Tal vez, sin embargo, algún investigador pregunte qué significado típico hay en que el rey extranjero descubriera que Rebeca era esposa de Isaac al verlo jugar con ella; pues no lo habría sabido si no hubiera visto a Isaac jugando con Rebeca como habría sido impropio hacerlo con una mujer que no fuera su esposa. Cuando los varones santos se comportan así como esposos, no lo hacen neciamente, sino con propósito: pues se acomodan a la naturaleza del sexo más débil con palabras y acciones de suave juego; no con afeminamiento, sino con varonilidad contenida. Pero semejante conducta hacia cualquier mujer que no sea la esposa sería vergonzosa. Ésta es una cuestión de buenas costumbres, a la que se alude sólo por si algún rígido defensor de la insensibilidad censurara al varón santo incluso por jugar con su esposa. Pues si esos hombres sin humanidad ven a un hombre sereno charlando juguetonamente con niños para adaptarse con bondadosa simpatía al entendimiento infantil, piensan que está loco; olvidando que ellos mismos fueron niños una vez, o ingratos por su madurez. El significado típico, respecto de Cristo y su Iglesia, que ha de hallarse en este gran patriarca jugando con su esposa, y en que así se descubriera la relación conyugal, lo verá todo aquel que, para no ofender a la Iglesia con doctrina errónea, estudie con cuidado en la Escritura el secreto del Esposo de la Iglesia. Hallará que el Esposo de la Iglesia ocultó por un tiempo, en forma de siervo, la majestad en la que era igual al Padre, estando en forma de Dios, para que la débil humanidad pudiera unirse a Él, y para acomodarse así a su esposa. Lejos de ser absurdo, tiene una conveniencia simbólica que el profeta de Dios usara una alegría que es de la carne para corresponder al afecto de su esposa, como el Verbo de Dios mismo se hizo carne para habitar entre nosotros.
XXII, 47
47. Asimismo, se acusa a Jacob, hijo de Isaac, de haber cometido un gran crimen por haber tenido cuatro esposas. Pero aquí no hay fundamento para una acusación criminal: pues la pluralidad de esposas no era crimen cuando era la costumbre; y es crimen ahora, porque ya no es la costumbre. Hay pecados contra la naturaleza, pecados contra la costumbre y pecados contra las leyes. ¿En cuál de estos sentidos, pues, pecó Jacob al tener pluralidad de esposas? En cuanto a la naturaleza, usó a las mujeres no para la gratificación sensual, sino para la procreación de hijos. En cuanto a la costumbre, ésta era la práctica común entonces en aquellos países. Y en cuanto a las leyes, no existía prohibición alguna. La única razón de que sea ahora crimen hacer esto es que la costumbre y las leyes lo prohíben. Quien desprecia estas restricciones, aunque use a sus esposas sólo para tener hijos, comete sin embargo pecado, y daña a la sociedad humana misma, por causa de la cual se requiere la procreación de los hijos. En el actual estado alterado de costumbres y leyes, los hombres no pueden tener placer en la pluralidad de esposas sino por un exceso de concupiscencia; y así surge el error de suponer que nadie pudo jamás tener muchas esposas sino por sensualidad y por la vehemencia de deseos pecaminosos. Incapaces de formarse idea de hombres cuya fuerza de ánimo está más allá de su concepción, se comparan consigo mismos, como dice el apóstol, [] y así se equivocan. Conscientes de que, en su trato aun con una sola esposa, a menudo los mueve la mera pasión animal en vez de un motivo inteligente, piensan que es una inferencia obvia que, si no se guardan los límites de la moderación cuando hay una sola esposa, la debilidad ha de agravarse cuando hay más de una.
XXII, 48
48. Pero a quienes no tienen las virtudes de la templanza no se les debe permitir juzgar la conducta de los varones santos, como tampoco a los que padecen fiebre juzgar de la dulzura y salubridad de los alimentos. El alimento ha de administrarse no según los dictados del gusto enfermo, sino más bien según el juicio y la dirección de la salud, para curar la enfermedad. Si nuestros críticos, pues, desean alcanzar no una salud moral espuria y afectada, sino genuina y sólida, hallen cura creyendo el registro de la Escritura: que el honroso nombre de santo no se da sin razón a hombres que tuvieron varias esposas; y que la razón es ésta: que la mente puede ejercer tal dominio sobre la carne que no permite que el apetito implantado en nuestra naturaleza por la Providencia vaya más allá de los límites de la intención deliberada. Por un malentendido semejante, esta crítica, que consiste más en calumnia deshonesta que en juicio honesto, podría acusar también a los santos apóstoles de predicar el evangelio a tantas personas, no por el deseo de engendrar hijos para la vida eterna, sino por amor a la alabanza humana. No faltó renombre a estos nuestros padres en el evangelio, pues su alabanza se difundió en numerosas lenguas por las Iglesias de Cristo. De hecho, no podría tributarse mayor honor y gloria por parte de los hombres a sus semejantes. Fue el deseo pecaminoso de esta gloria en la Iglesia lo que llevó al réprobo Simón, en su ceguera, a querer comprar con dinero lo que por gracia divina se otorgaba gratuitamente a los apóstoles. [] Ha de haber tenido este deseo de gloria el hombre a quien el Señor, en el Evangelio, refrena en su deseo de seguirlo, diciendo: "Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza." [] El Señor vio que su mente estaba oscurecida por falsas apariencias y envanecida por una emoción repentina, y que no había fundamento de fe que ofreciera albergue al Maestro de la humildad; pues en el discipulado de Cristo el hombre no buscaba la gracia de Cristo, sino su propia gloria. Por este amor de la gloria fueron extraviados aquellos a quienes el apóstol Pablo caracteriza como predicadores de Cristo no con sinceridad, sino por contención y envidia; y, sin embargo, el apóstol se alegra de su predicación, sabiendo que podía suceder que, mientras los predicadores satisfacían su deseo de alabanza humana, nacieran creyentes entre sus oyentes; no como resultado del sentimiento de envidia que les hacía desear rivalizar o superar la fama de los apóstoles, sino por medio del evangelio que predicaban, aunque no con sinceridad; de modo que Dios pudo sacar bien de su mal. Así, un hombre puede ser inducido a casarse por deseo sensual, y no para engendrar hijos; y, sin embargo, puede nacer un hijo, buena obra de Dios, debida al poder natural, no a la mala conducta del padre. Así, pues, como los santos apóstoles se alegraban cuando su doctrina era aceptada por sus oyentes, no porque fueran ávidos de alabanza, sino porque deseaban difundir la verdad; así los santos patriarcas, en su trato conyugal, no eran movidos por el amor al placer, sino por el deseo inteligente de la continuación de su familia. Así, el número de sus oyentes no hizo ambiciosos a los apóstoles; ni el número de sus esposas hizo licenciosos a los patriarcas. Pero ¿por qué defender a los esposos, a cuyo carácter el Verbo divino da el más alto testimonio, cuando resulta que las esposas mismas consideraban su unión con sus esposos sólo como un medio de obtener hijos? Así, cuando se hallaban estériles, daban sus criadas a sus esposos; de modo que, mientras las criadas tenían la maternidad carnal, las esposas eran madres en intención.
XXII, 49
49. Fausto hace una afirmación totalmente infundada al acusar a las cuatro mujeres de disputar como mujeres perdidas por la posesión de su esposo. Dónde leyó Fausto esto, no lo sé, salvo que fuera en su propio corazón, como en un libro de impíos delirios, en el cual el propio Fausto es seducido por aquella serpiente respecto de la cual el apóstol temía por la Iglesia, a la que deseaba presentar como virgen casta a Cristo; no fuera que, como la serpiente engañó a Eva con su astucia, corrompiera también sus mentes apartándolas de la simplicidad de Cristo. [] Los maniqueos son tan aficionados a esta serpiente, que afirman que hizo más bien que mal. De ella debió de sacar Fausto su mente corrompida con las mentiras que se le infundieron, y que ahora reproduce en estas infames calumnias, atreviéndose incluso a ponerlas por escrito. No es cierto que una de las criadas arrebatara a Jacob a la otra, ni que disputaran por poseerlo. Había arreglo, porque no había pasión licenciosa; y la ley de la autoridad conyugal era tanto más fuerte cuanto que no había nada del desenfreno del deseo carnal. El que una de sus esposas lo contratara prueba lo que aquí se dice, en abierta oposición a las calumnias de los maniqueos. ¿Por qué habría de contratarlo una, si no era porque por el arreglo le correspondía ir a la otra? No se sigue que nunca habría ido a Lea si ella no lo hubiera contratado. Ha de haber ido a ella siempre en su turno, pues tuvo muchos hijos con ella; y en obediencia a ella tuvo hijos con su criada, y después, sin contrato alguno, con ella misma. En esta ocasión era el turno de Raquel, de modo que ella tenía la potestad que tan expresamente menciona el apóstol en el Nuevo Testamento: "El marido no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer." [] Raquel tenía un trato con su hermana y, estando en deuda con ella, la remitió a Jacob, deudor suyo. Pues el apóstol usa esta figura cuando dice: "Que el marido dé a la mujer lo que le es debido." [] Raquel dio lo que estaba en su poder, como debido de su esposo, a cambio de lo que ella había elegido tomar de su hermana.
XXII, 50
50. Si Jacob hubiera tenido el carácter que Fausto, en su incurable ceguera, supone, y no hubiera sido siervo de la justicia más bien que de la concupiscencia, ¿no habría estado esperando con ansia todo el día el placer de pasar la noche con la más hermosa de sus esposas, a la que ciertamente amaba más que a la otra, y por la que pagó el precio de dos veces siete años de servicio gratuito? ¿Cómo, entonces, al caer el día, camino de su amada, habría podido consentir en ser desviado, si hubiera sido tal como lo representan los ignorantes maniqueos? ¿No habría despreciado el deseo de las mujeres y habría insistido en ir a la hermosa Raquel, que le pertenecía aquella noche no sólo como su legítima esposa, sino también por corresponderle en el orden regular? Habría usado así su potestad de esposo, pues tampoco la mujer tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el esposo; y teniendo en aquella ocasión el arreglo de la obediencia de ellas en favor de la gratificación de su amor a la belleza, habría podido imponer su autoridad con mayor éxito. En tal caso redundaría en crédito de las mujeres que, mientras él pensaba en su propio placer, ellas contendieran por tener un hijo. Pero, tal como fue, este varón virtuoso, con varonil dominio del apetito sensual, pensó más en lo que debía de su parte que en lo que se le debía a él, y, en lugar de usar de su poder para su propio placer, consintió en ser sólo el deudor en esta mutua obligación. Así consintió en pagar la deuda a la persona a quien aquella a quien era debida deseaba que la pagara. Cuando, por este pacto privado de sus esposas, Jacob se vio de pronto e inesperadamente forzado a apartarse de la esposa hermosa para ir a la de menos gracia, no cedió ni a la ira ni a la decepción, ni trató de persuadir a sus esposas de que le dejaran salirse con la suya; sino que, como esposo justo y padre inteligente, viendo a sus esposas preocupadas por la procreación de hijos, que era todo lo que él mismo deseaba en el matrimonio, juzgó mejor ceder a su autoridad, deseando que cada una tuviera un hijo: pues, siendo todos los hijos suyos, su propia autoridad no quedaba menoscabada. Como si les hubiera dicho: Arreglad entre vosotras, como os plazca, cuál ha de ser la madre; a mí nada me importa, pues en todo caso yo soy el padre. Este dominio sobre los apetitos, y el simple deseo de engendrar hijos, Fausto habría tenido bastante agudeza para verlo y aprobarlo, si su mente no hubiera sido corrompida por las doctrinas escandalosas de su secta, que lo llevan a hallar faltas en todo lo de la Escritura y, además, le enseñan a condenar como el mayor crimen la procreación de hijos, que es el fin propio del matrimonio.
XXII, 51
51. Ahora bien, habiendo defendido la conducta del patriarca y refutado una acusación nacida de estos detestables errores, aprovechemos la ocasión para indagar su significado simbólico, y llamemos con la reverencia de la fe, para que el Señor nos abra el sentido típico de las cuatro esposas de Jacob, de las cuales dos eran libres y dos esclavas. Vemos que en la esposa y en las esclavas de Abraham el apóstol entiende los dos Testamentos. [\n Gálatas 4:22-24\n] Pero allí una representa a cada uno; aquí la aplicación no ajusta tan bien, pues hay dos y dos. Allí, además, el hijo de la esclava es desheredado; pero aquí los hijos de las esclavas reciben la tierra prometida junto con los hijos de las mujeres libres: de modo que este tipo debe tener un significado distinto.
XXII, 52
52. Suponiendo que las dos esposas libres apuntan al Nuevo Testamento, por el cual somos llamados a la libertad, ¿qué significa que haya dos? Tal vez porque en la Escritura, como hallará el lector atento, se dice que tenemos dos vidas en el cuerpo de Cristo: una temporal, en la que sufrimos dolor, y otra eterna, en la que contemplaremos la bienaventuranza de Dios. Vemos la una en la pasión del Señor, y la otra en su resurrección. Los nombres de las mujeres apuntan a este significado: se dice que Lea significa Sufrimiento, y Raquel el Primer Principio hecho visible, o el Verbo que hace visible el Primer Principio. La acción, pues, de nuestra vida humana mortal, en la que vivimos por la fe, realizando muchas tareas dolorosas sin saber qué beneficio puede resultar de ellas para aquellos en quienes estamos interesados, es Lea, la primera esposa de Jacob. Y así se dice que tenía ojos débiles. Pues los propósitos de los mortales son tímidos, y nuestros planes inciertos. A su vez, la esperanza de la contemplación eterna de Dios, acompañada de una percepción segura y deleitosa de la verdad, es Raquel. Y por esto se la describe como hermosa y bien formada. Esta es la amada de todo estudiante piadoso, y por ella sirve a la gracia de Dios, por la cual nuestros pecados, aunque sean como la grana, son hechos blancos como la nieve. [\n Isaías 1:18\n] Pues Labán significa blanquear; y leemos que Jacob sirvió a Labán por Raquel. [\n Génesis 29:17\n] Ningún hombre se vuelve a servir a la justicia, en sumisión a la gracia del perdón, sino para vivir en paz en el Verbo que hace visible el Primer Principio, es decir, Dios; esto es, sirve por Raquel, no por Lea. Porque lo que un hombre ama en las obras de justicia no es la fatiga de hacer y sufrir. Nadie desea esta vida por sí misma; como Jacob no deseaba a Lea, que sin embargo le fue traída, y llegó a ser su esposa, y la madre de sus hijos. Aunque no podía ser amada por sí misma, el Señor hizo que fuera soportada como un paso hacia Raquel; y entonces vino a ser aprobada a causa de sus hijos. Así, todo siervo útil de Dios, introducido en su gracia por la cual sus pecados son hechos blancos, tiene en su mente, en su corazón y en su afecto, cuando así se vuelve a Dios, nada más que el conocimiento de la sabiduría. Esto esperamos obtener a menudo como recompensa por practicar los siete preceptos de la ley que conciernen al amor del prójimo, para no dañar a nadie: a saber, Honra a tu padre y a tu madre; No cometerás adulterio; No matarás; No robarás; No darás falso testimonio; No desearás la mujer de tu prójimo; No codiciarás los bienes de tu prójimo. Cuando un hombre ha obedecido estos en la medida de su capacidad, y, en lugar de los gozos brillantes de la verdad que deseaba y esperaba, se encuentra en la oscuridad de las múltiples pruebas de este mundo atado a una dura paciencia, o ha abrazado a Lea en lugar de Raquel, si hay perseverancia en su amor, soporta a la una para alcanzar a la otra; y como si se le dijera: Sirve otros siete años por Raquel, oye siete mandamientos nuevos: ser pobre de espíritu, ser manso, ser un doliente, tener hambre y sed de justicia, ser misericordioso, puro y pacificador. [\n Mateo 5:3-9\n] Un hombre desearía, si fuera posible, obtener de una vez los gozos de la sabiduría amable y perfecta, sin soportar la fatiga de la acción y del sufrimiento; pero esto es imposible en la vida mortal. Esto parece querer decirse, cuando se le dice a Jacob: "No es costumbre en nuestro país casar a la menor antes que a la mayor." [\n Génesis 29:26\n] La mayor puede muy bien significar la primera en el orden del tiempo. Así, en la disciplina del hombre, el trabajo de hacer la obra de la justicia precede al deleite de entender la verdad.
XXII, 53
53. A este propósito está escrito: "Has deseado la sabiduría; guarda los mandamientos, y el Señor te la dará." [\n Eclesiástico 1:33\n] Los mandamientos son los que conciernen a la justicia, y la justicia es la que es por la fe, rodeada de la incertidumbre de las tentaciones; de modo que el entendimiento es la recompensa de una creencia piadosa de lo que aún no se entiende. El significado que he dado a estas palabras: "Has deseado la sabiduría; guarda los mandamientos, y el Señor te la dará", lo hallo también en el pasaje: "Si no creyereis, no entenderéis"; lo que muestra que, así como la justicia es por la fe, el entendimiento viene por la sabiduría. Por consiguiente, en el caso de los que exigen ávidamente la verdad evidente, no debemos condenar el deseo, sino regularlo, para que, comenzando por la fe, avance hacia el fin deseado por medio de las buenas obras. La vida de virtud es una de fatiga; el fin deseado es la sabiduría sin nubes. ¿Por qué he de creer, dice uno, lo que no está claramente probado? Déjame oír alguna palabra que me revele el primer principio de todas las cosas. Este es el gran anhelo del alma racional en la búsqueda de la verdad. Y la respuesta es: Lo que deseas es excelente, y muy digno de tu amor; pero primero hay que casarse con Lea, y luego con Raquel. El efecto propio de tu afán es conducirte a someterte al método correcto, en lugar de rebelarte contra él; porque sin este método no puedes alcanzar aquello a lo que tan ardientemente aspiras. Y cuando se ha alcanzado, la posesión de la hermosa forma del conocimiento estará acompañada en este mundo de los trabajos de la justicia. Pues por clara y verdadera que sea en esta vida nuestra percepción del bien inmutable, el cuerpo mortal es aún un peso sobre la mente, y la tienda terrenal es un lastre para el entendimiento en su múltiple actividad. El fin, pues, es uno, pero muchas cosas hay que atravesar por causa de él.