XXII, 54
54. Así Jacob tiene dos esposas libres; pues ambas son hijas de la remisión de los pecados, es decir, del blanqueamiento, esto es, de Labán. Una es amada, la otra es soportada. Pero la que es soportada es la más fecunda y la que antes da fruto, para que sea amada, si no por sí misma, al menos por sus hijos. Pues el trabajo de los justos es especialmente fecundo en aquellos a quienes engendran para el reino de Dios, predicando el evangelio en medio de muchas pruebas y tentaciones; y a estos los llaman su gozo y su corona [\n Filipenses 4:1\n] por quienes están en trabajos más abundantes, en azotes sin medida, en muertes muchas veces, [\n 2 Corintios 11:23\n] — por quienes tienen de fuera combates y de dentro temores. [\n 2 Corintios 7:5\n] Tales nacimientos resultan con la mayor facilidad y abundancia de la palabra de fe, la predicación de Cristo crucificado, que habla también de su naturaleza humana en tanto que puede entenderse fácilmente, para no dañar los ojos débiles de Lea. Raquel, en cambio, con ojo claro, está fuera de sí para Dios, [\n 2 Corintios 5:13\n] y ve en el principio al Verbo de Dios con Dios, y desea dar a luz, pero no puede; pues ¿quién declarará su generación? Así, la vida dedicada a la contemplación, para ver con un ojo mental no débil las cosas invisibles a la carne, pero entendidas por las cosas que han sido hechas, y para discernir la manifestación inefable del eterno poder y la divinidad de Dios, busca el ocio de toda ocupación, y por tanto es estéril. En este hábito de retiro, donde el fuego de la meditación arde con viveza, falta la simpatía con la debilidad humana y con la necesidad que los hombres tienen de nuestra ayuda en sus calamidades. Esta vida arde también con el deseo de hijos (pues desea enseñar lo que sabe, y no ir con la corrupción de la envidia [\n Sabiduría 6:23\n]), y ve a su vida hermana plenamente ocupada en el trabajo y en dar a luz; y se aflige de que los hombres corran tras aquella virtud que cuida de sus necesidades y debilidades, en lugar de aquella que tiene una lección divina e imperecedera que impartir. Esto es lo que se quiere decir cuando se dice: "Raquel tuvo envidia de su hermana." [\n Génesis 30:1\n] Además, como la pura percepción intelectual de aquello que no es materia, y por tanto no es objeto del sentido corporal, no puede expresarse con palabras que brotan de la carne, la doctrina de la sabiduría prefiere procurar algún alojamiento para la verdad divina en la mente mediante las figuras e ilustraciones materiales que se presenten, antes que renunciar a enseñar estas cosas; y así Raquel prefirió que su esposo tuviera hijos por medio de su sierva, antes que quedarse sin hijos. Bilhá, el nombre de su sierva, se dice que significa vieja; y así, aun cuando hablamos de la naturaleza espiritual e inmutable de Dios, se sugieren ideas relacionadas con la vida vieja de los sentidos corporales.
XXII, 55
55. También Lea obtuvo hijos por medio de su sierva, por el deseo de tener una familia numerosa. Zilpa, su sierva, se interpreta boca abierta. Así, la sierva de Lea representa a aquellos de quienes se dice en la Escritura que se dedican a la predicación del evangelio con boca abierta, pero no con corazón abierto. Así está escrito de algunos: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí." [\n Isaías 29:13\n] A tales dice el apóstol: "Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de cometer adulterio, ¿cometes adulterio?" [\n Romanos 2:21-22\n] Pero que aun por este arreglo la esposa libre de Jacob, tipo del trabajo o de la paciencia, pudiera obtener hijos que fueran herederos del reino, lo dice el Señor: "Lo que ellos os digan, hacedlo; pero no hagáis conforme a sus obras." [\n Mateo 23:3\n] Y de nuevo, la vida apostólica, soportando la prisión, dice: "Ya sea que Cristo sea predicado por pretexto o por verdad, en esto me gozo, y me gozaré aún." [\n Filipenses 1:18\n] Es el gozo de la madre por su numerosa familia, aunque nacida de su sierva.
XXII, 56
56. En una ocasión Lea debió a Raquel el llegar a ser madre, pues Raquel, a cambio de unas mandrágoras, permitió que su esposo pasara la noche con su hermana. Sé que algunos piensan que comer este fruto tiene el efecto de hacer fecundas a las mujeres estériles, y que Raquel, por su deseo de hijos, estaba resuelta a conseguir el fruto de su hermana. Pero yo no estaría de acuerdo con esto, aunque Raquel hubiera concebido en aquel momento. Como Lea concibió entonces, y además tuvo otros dos hijos antes de que Dios abriera la matriz de Raquel, no hay razón para suponer tal propiedad en la mandrágora, sin experiencia alguna que lo pruebe. Daré mi explicación; los más capaces que yo pueden dar otra mejor. Aunque este fruto no se encuentra a menudo, tuve una vez, para gran satisfacción mía, a causa de su relación con este pasaje de la Escritura, ocasión de verlo. Examiné el fruto con todo el cuidado que pude, no con ayuda de ningún conocimiento recóndito de la naturaleza de las raíces o de las virtudes de las plantas, sino sólo en cuanto yo o cualquiera podría aprender de la vista, del olfato y del gusto. Me pareció un fruto de agradable aspecto y de olor dulce, pero insípido; y confieso que es difícil decir por qué Raquel lo deseaba tanto, salvo por su rareza y su dulce olor. En cuanto a por qué el incidente se narra en la Escritura, en la que las fantasías de las mujeres no se mencionarían como importantes a menos que se pretendiera que aprendiéramos de ellas alguna lección importante, lo único que se me ocurre es la idea muy sencilla de que el fruto representa un buen carácter; no la alabanza que un hombre recibe de unas pocas personas justas y sabias, sino la opinión popular, que otorga grandeza y renombre a un hombre, y que no es deseable por sí misma, pero es esencial para el éxito de los hombres buenos en sus esfuerzos por beneficiar a sus semejantes. Así dice el apóstol que conviene tener buen testimonio de los de afuera; [\n 1 Timoteo 3:7\n] pues aunque no son infalibles, el lustre de su alabanza y el olor de su buena opinión son una gran ayuda para los esfuerzos de quienes buscan beneficiarlos. Y este renombre popular no lo obtienen los que están más altos en la Iglesia, a menos que se expongan a los trabajos y peligros de una vida activa. Así el hijo de Lea halló las mandrágoras cuando salió al campo, esto es, cuando andaba honradamente hacia los de afuera. La búsqueda de la sabiduría, por el contrario, retirada de la multitud afanosa y absorta en la meditación tranquila, jamás podría obtener una partícula de esta aprobación pública, sino por medio de aquellos que toman la administración de los negocios públicos, no por el gusto de ser jefes, sino para ser útiles. Estos hombres de acción y de negocios se esfuerzan por el bien público, y por un uso popular de su influencia consiguen la aprobación del pueblo aun para la vida tranquila del estudiante y del indagador de la verdad; y así, por medio de Lea, las mandrágoras llegan a manos de Raquel. La propia Lea las recibió de su hijo primogénito, es decir, en honor de su fecundidad, que representa todo el resultado provechoso de una vida laboriosa expuesta a las vicisitudes comunes; una vida que muchos evitan a causa de sus compromisos molestos, porque, aunque podrían tomar la delantera, están inclinados al estudio y dedican todas sus fuerzas a la tranquila búsqueda del conocimiento, enamorados de la belleza de Raquel.
XXII, 57
57. Pero así como es justo que esta vida estudiosa gane la aprobación pública dándose a conocer, no puede ganar justamente esa aprobación si mantiene a su seguidor en el retiro, en lugar de usar sus facultades para el manejo de los asuntos eclesiásticos, y así impide que sea de utilidad general; con este propósito dice Lea a su hermana: "¿Te parece poco haberme quitado a mi marido, que quieras quitarme también las mandrágoras de mi hijo?" [\n Génesis 30:15\n] El marido representa a todos aquellos que, aunque aptos para la vida activa y capaces de gobernar la Iglesia, administrando a los creyentes el misterio de la fe, por su amor al estudio y a la búsqueda de la sabiduría desean abandonar todas las ocupaciones molestas y sepultarse en el aula. Así, las palabras: "¿Te parece poco haberme quitado a mi marido, que quieras quitarme también las mandrágoras de mi hijo?" significan: "¿Te parece poco que la vida de estudio mantenga en el retiro a hombres requeridos para los trabajos de la vida pública? ¿Y pide además el renombre popular?"
XXII, 58
58. Para obtener este renombre con justicia, Raquel entrega su esposo a su hermana por una noche; es decir, aquellos que, por su talento para los negocios, están capacitados para el gobierno, deben consentir, por el bien público, en llevar la carga y sufrir las penalidades de la vida pública; no sea que la búsqueda de la sabiduría, a la que dedican su ocio, sea mal hablada y no consiga de la multitud la buena opinión, representada por el fruto, que es necesaria para el aliento de sus discípulos. Pero la vida de negocios debe imponérseles. Esto se muestra claramente cuando Lea sale al encuentro de Jacob, que venía del campo, lo agarra y le dice: "Entra a mí, porque te he alquilado con las mandrágoras de mi hijo." [\n Génesis 30:16\n] Como si dijera: ¿Quieres que el conocimiento que amas sea bien considerado? No rehúyas el trabajo de los negocios. Lo mismo sucede constantemente en la Iglesia. Lo que leemos se explica con lo que hallamos en nuestra propia experiencia. ¿No vemos por todas partes hombres que vienen de ocupaciones seculares para buscar ocio para el estudio y la contemplación de la verdad, su amada Raquel, y son interceptados a medio camino por asuntos eclesiásticos que exigen que se pongan a trabajar, como si Lea les dijera: Entra a mí? Cuando tales hombres ministran con sinceridad el misterio de Dios, de modo que en la noche de este mundo engendran hijos en la fe, se gana la aprobación popular también para aquella vida, por amor a la cual abandonaron las ocupaciones mundanas, y de cuya adopción fueron apartados para emprender la benéfica tarea del gobierno. En todos sus trabajos apuntan principalmente a esto: que su manera de vida elegida tenga mayor y más amplio renombre, como habiendo provisto al pueblo de tales jefes; así Jacob consiente en ir con Lea para que Raquel obtenga el fruto de olor dulce y hermoso aspecto. También Raquel, con el tiempo, por misericordia de Dios, da a luz un hijo ella misma, pero no sino después de algún tiempo; pues rara vez sucede que haya una aprehensión sana, aunque sólo parcial, sin ideas carnales, de lecciones sagradas de sabiduría como esta: "En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios." [\n Juan 1:1\n]
XXII, 59
59. Basta esto como respuesta a las falsas acusaciones que Fausto lanzó contra los tres patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob, de quienes el Dios a quien adora la Iglesia católica se dignó tomar su nombre. No es este el lugar de discurrir sobre los méritos y la piedad de estos tres varones, ni sobre la dignidad de su carácter profético, que está más allá de la comprensión de las mentes carnales. Basta en este tratado defenderlos de los ataques calumniosos de la malevolencia y la falsedad, para que quienes leen las Escrituras con espíritu criticón y hostil no se imaginen haber probado algo contra la sacralidad y el provecho de estos libros, por sus intentos de denigrar el carácter de hombres que en ellos se mencionan con tanto honor.
XXII, 60
60. Debe añadirse que Lot, hermano —esto es, pariente de sangre— de Abraham, no debe ser puesto al mismo nivel que aquellos de quienes Dios dice: "Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob"; ni pertenece a aquellos de quienes la Escritura da testimonio de haber perseverado justos hasta el fin, aunque en Sodoma llevó una vida piadosa y virtuosa y mostró una hospitalidad digna de alabanza, de modo que fue rescatado del fuego y Dios dio a su descendencia una tierra en que habitar, por amor a su tío Abraham. Por estos motivos es alabado en la Escritura, no por intemperancia o incesto. Pero cuando hallamos malas y buenas acciones registradas de una misma persona, debemos tomar advertencia de las unas y ejemplo de las otras. Así pues, el pecado de Lot, de quien se nos dice que era justo antes de este pecado, en lugar de manchar el carácter de Dios o la verdad de la Escritura, más bien nos invita a aprobar y admirar el relato en su semejanza con un espejo fiel, que refleja no sólo las bellezas y perfecciones, sino también las faltas y deformidades, de quienes a él se acercan; con mayor razón, en el caso de Judá, que se acostó con su nuera, podemos ver cuán infundados son los reproches lanzados contra la narración. El registro sagrado tiene una autoridad que lo eleva muy por encima no meramente de las cavilaciones de un puñado de maniqueos, sino de la decidida enemistad de todo el mundo gentil; pues, en confirmación de sus pretensiones, vemos que ya ha traído a casi todos los pueblos de sus supersticiones idólatras a la adoración de un solo Dios, según la regla del cristianismo. Ha conquistado el mundo, no por la violencia y la guerra, sino por la fuerza irresistible de la verdad. ¿Dónde, pues, es alabado Judá en la Escritura? ¿Dónde se dice algo bueno de él, salvo que en la bendición pronunciada por su padre es distinguido por encima de los demás, a causa de la profecía de que Cristo vendría en la carne de su tribu? [\n Génesis 49:8-12\n]
XXII, 61
61. Judá, como dice Fausto, cometió fornicación; y además de eso, podemos acusarlo de vender a su hermano a Egipto. ¿Es acaso menoscabo para la luz el que, al revelar todas las cosas, descubra lo que es desagradable a la vista? Pues tampoco el carácter de la Escritura queda afectado por las malas acciones de las que el propio registro nos informa. Indudablemente, según la ley eterna, que exige la conservación del orden natural y prohíbe su transgresión, la unión conyugal debe tener lugar sólo para la procreación de los hijos y después de la celebración del matrimonio, para mantener así el vínculo de la paz. Por consiguiente, la prostitución de las mujeres, meramente para la satisfacción de la pasión pecaminosa, es condenada por la ley divina y eterna. Comprar la degradación de otro deshonra al comprador; de modo que, aunque el pecado habría sido mayor si Judá se hubiera acostado a sabiendas con su nuera (pues si, como dice el Señor, el hombre y la mujer ya no son dos, sino una sola carne, [\n Mateo 19:6\n] la nuera es lo mismo que una hija), es, no obstante, manifiesto que, en lo que respecta a su propia intención, quedó deshonrado por su trato con una ramera. La mujer, por otra parte, que engañó a su suegro, no pecó por desenfreno, ni porque amara las ganancias de la iniquidad, sino por su deseo de tener hijos de esta familia en particular. Así, defraudada en dos de los hermanos, y no obteniendo al tercero, logró con astucia tener un hijo del padre de ellos; y la recompensa que obtuvo la guardó, no como adorno, sino como prenda. Ciertamente habría sido mejor permanecer sin hijos que llegar a ser madre sin matrimonio. Con todo, su deseo de tener a su suegro como padre de sus hijos era muy distinto de tener hacia él un afecto criminal. Y cuando, por orden de él, fue sacada para ser muerta, al presentar el báculo, el collar y el anillo, diciendo que el padre del niño era el hombre que le había dado aquellas prendas, Judá las reconoció y dijo: "Ella ha sido más justa que yo" — no alabándola, sino condenándose a sí mismo. Él culpó menos el deseo de ella de tener hijos que su propia pasión ilícita, que lo había llevado a una a quien creía ramera. En sentido semejante, se dice de algunos que justificaron a Sodoma; [\n Ezequiel 16:52\n] es decir, su pecado era tan grande que Sodoma parecía justa en comparación. E incluso admitiendo que de esta mujer no se habla como comparativamente menos culpable, sino que es realmente alabada por su suegro, mientras que, por no observar los ritos establecidos del matrimonio, es una criminal a los ojos de la ley eterna de la justicia, que prohíbe la transgresión del orden natural, tanto en lo que respecta al cuerpo como, primero y principalmente, en lo que respecta a la mente, ¿qué hay de extraño en que un pecador alabe a otro?
XXII, 62
62. El error de Fausto y del maniqueísmo en general consiste en suponer que estas objeciones prueban algo contra nosotros, como si nuestra reverencia por la Escritura y nuestra profesión de respeto por su autoridad nos obligaran a aprobar todas las malas acciones mencionadas en ella; mientras que cuanto mayor es nuestro homenaje a la Escritura, más decidida debe ser nuestra condena de lo que la propia verdad de la Escritura nos enseña a condenar. En la Escritura, toda fornicación y adulterio son condenados por la ley divina; por consiguiente, cuando se narran acciones de esta clase, sin ser expresamente condenadas, no se pretende que las alabemos, sino que nosotros mismos juzguemos sobre ellas. Todos execran la crueldad de Herodes en el Evangelio, cuando, en su inquietud al oír del nacimiento de Cristo, mandó degollar a tantos niños. [\n Mateo 2:16\n] Pero esto se narra simplemente sin ser condenado. O si la absurdidad maniquea es lo bastante atrevida como para negar la verdad de esta narración, puesto que no admiten el nacimiento de Cristo, que fue lo que turbó a Herodes, que lean el relato de la ciega furia de los judíos, que se refiere sin expresión alguna de reproche, aunque el sentimiento de aborrecimiento es el mismo en todos.
XXII, 63
63. Pero, se dice, Judá, que se acostó con su nuera, es contado como uno de los doce patriarcas. ¿Y no fue Judas, que traicionó al Señor, contado entre los doce apóstoles? ¿Y no fue éste, que era un diablo, enviado junto con ellos a predicar el evangelio? [\n Juan 6:70-71\n] En respuesta a esto, se dirá que después de su crimen Judas se ahorcó y fue quitado del número de los apóstoles; mientras que Judá, después de su mala conducta, no sólo fue bendecido junto con sus hermanos, sino que obtuvo honor y aprobación especiales de su padre, de quien tan favorablemente se habla en la Escritura. Pero la principal lección que debe aprenderse de esto es que esta profecía no se refiere a Judá, sino a Cristo, de quien se predijo que vendría en la carne de su tribu; y la razón misma de que se mencione este crimen de Judá ha de hallarse en lo deseable que es enseñarnos a buscar otro significado en las palabras de su padre, que se ve que no le son aplicables en su mala conducta, por la alabanza que expresan.
XXII, 64
64. Sin duda, la intención de las calumnias de Fausto es dañar esta misma afirmación: que Cristo nació de la tribu de Judá. Especialmente, porque en la genealogía dada por Mateo encontramos el nombre de Zara, a quien esta mujer Tamar dio a luz para Judá. Si Fausto hubiera querido reprochar meramente a la familia de Jacob, y no el nacimiento de Cristo, podría haber tomado el caso de Rubén, el primogénito, que cometió el crimen antinatural de mancillar el lecho de su padre, fornicación de la cual dice el apóstol que ni siquiera se nombraba entre los gentiles. [\n 1 Corintios 5:1\n] Jacob también menciona esto en su bendición, acusando a su hijo de la acción infame. Fausto podría haber sacado a relucir esto, ya que Rubén parece haber sido culpable de incesto deliberado, y no hubo disfraz de ramera en este caso; si no fuera que la conducta de Tamar al no desear nada sino tener hijos es más odiosa para Fausto que si hubiera actuado por pasión criminal, y ¿no deseaba él desacreditar la encarnación, trayendo reproche sobre los progenitores de Cristo? Desdichadamente, Fausto no se da cuenta de que el más verdadero y veraz Salvador es un maestro, no sólo en sus palabras, sino también en su nacimiento. En su origen carnal hay esta lección para quienes debían creer en Él de todas las naciones: que los pecados de sus padres no necesitan ser impedimento para ellos. Además, el Esposo, que había de llamar a buenos y malos a sus bodas, [\n Mateo 22:10\n] se dignó asemejarse a sus invitados, naciendo de buenos y malos. Confirma así como típico de sí mismo el símbolo de la Pascua, en la que se mandó que el cordero que había de comerse fuera tomado de las ovejas o de las cabras, es decir, de los justos o de los impíos. [\n Éxodo 12:3-5\n] Conservando en todo momento la indicación de la divinidad y de la humanidad, como hombre consintió en tener como padres tanto a malos como a buenos, mientras que como Dios eligió el nacimiento milagroso de una virgen.
XXII, 65
65. La impiedad, por tanto, de los ataques de Fausto contra la Escritura no puede dañar a nadie sino a sí mismo; pues lo que así ataca es ahora, con razón, objeto de reverencia universal. Como ya se ha dicho, el registro sagrado, como un espejo fiel, no tiene adulación en sus retratos, y o bien él mismo dicta sentencia sobre las acciones humanas como dignas de aprobación o desaprobación, o bien deja que el lector lo haga. Y no sólo distingue a los hombres como censurables o dignos de alabanza, sino que también toma nota de casos en que los censurables merecen alabanza y los dignos de alabanza merecen censura. Así, aunque Saúl era censurable, no fue menos digno de alabanza en él examinar con tanto cuidado quién había comido alimento durante la maldición y pronunciar la severa sentencia en obediencia al mandamiento de Dios. [1 Samuel xiv] Asimismo, tuvo razón al desterrar de la tierra a los que tenían espíritus familiares y adivinos. [\n 1 Samuel 28:3\n] Y aunque David era digno de alabanza, no estamos llamados a aprobar o imitar sus pecados, que Dios reprende por medio del profeta. Y así Poncio Pilato no obró mal al declarar inocente al Señor, a pesar de las acusaciones de los judíos; [\n Juan 19:4, 6\n] ni fue digno de alabanza en Pedro negar al Señor tres veces; ni tampoco fue digno de alabanza en aquella ocasión en que Cristo lo llamó Satanás porque, no entendiendo las cosas de Dios, quería apartar a Cristo de su pasión, es decir, de nuestra salvación. Aquí Pedro, inmediatamente después de ser llamado bienaventurado, es llamado Satanás. Cuál carácter le pertenecía más verdaderamente, lo podemos ver por su apostolado y por su corona de martirio.
XXII, 66
66. También en el caso de David leemos tanto acciones buenas como malas. Pero dónde residía la fuerza de David y cuál era el secreto de su éxito es suficientemente claro, no para la ciega malevolencia con que Fausto ataca los escritos santos y a los hombres santos, sino para el discernimiento piadoso, que se inclina ante la autoridad divina y, al mismo tiempo, juzga rectamente de la conducta humana. Los maniqueos hallarán, si leen las Escrituras, que Dios reprende a David más de lo que lo hace Fausto. [] Pero leerán también del sacrificio de su penitencia, de su extraordinaria mansedumbre para con su enemigo despiadado y sediento de sangre, a quien David, tan piadoso como valiente, dejó ir ileso cuando una y otra vez cayó en sus manos. Leerán de su memorable humildad bajo el castigo divino, cuando la cerviz real se inclinó de tal modo bajo el yugo del Maestro, que soportó con perfecta paciencia las amargas burlas de su enemigo, aunque estaba armado y tenía hombres armados consigo. Y cuando su compañero se enfureció por tales cosas dichas al rey, y estuvo a punto de devolver el insulto sobre la cabeza del burlador, él lo contuvo suavemente, apelando al temor de Dios en apoyo de su propia orden real, y diciendo que esto le había sucedido como castigo de Dios, que había enviado a aquel hombre a maldecirlo. [2 Samuel xvi] Leerán cómo, con el amor de un pastor por el rebaño que se le ha confiado, estuvo dispuesto a morir por ellos, cuando, después de haber contado al pueblo, Dios tuvo a bien castigar su orgullo pecaminoso disminuyendo el número del que se jactaba. En esta destrucción, Dios, en quien no hay iniquidad, en su juicio secreto, quitó a la vez la vida de aquellos que sabía indignos de vivir, y con esta disminución curó la vanagloria que se había enorgullecido del número del pueblo. Leerán de aquel escrupuloso temor de Dios en su respeto por el emblema de Cristo en la unción sagrada, que hizo que el corazón de David lo golpeara con pesar por haber cortado secretamente un pequeño trozo del manto de Saúl, para probarle que no deseaba matarlo, cuando podría haberlo hecho. Leerán de su prudente comportamiento con respecto a sus hijos, y también de su ternura hacia ellos —cómo, cuando uno estaba enfermo, suplicó al Señor por él con muchas lágrimas y con mucha humillación, pero cuando murió, un niño inocente, no lo lloró; y de nuevo, cómo, cuando su joven hijo fue arrastrado con hostilidad antinatural a una violación infame del lecho de su padre, y en una guerra parricida, deseó que viviera, y lloró por él cuando fue muerto; porque pensó en la condenación eterna de un alma culpable de tales crímenes, y deseó que viviera para escapar de esta condenación siendo llevado a la sumisión y al arrepentimiento. Estas, y muchas otras cosas dignas de alabanza y ejemplares, pueden verse en este hombre santo mediante un examen cándido de la narración de la Escritura, especialmente si con humilde piedad y fe no fingida consideramos el juicio de Dios, que conocía los secretos del corazón de David, y que, en su inspección infalible, aprueba de tal modo a David que lo encomienda como modelo a sus hijos.
XXII, 67
67. Debió de ser a causa de esta inspección de las profundidades del corazón de David por el Espíritu de Dios que, cuando al ser reprendido por el profeta, dijo: He pecado, se le consideró digno de que se le dijera, inmediatamente después de esta breve confesión, que era perdonado — es decir, que era admitido a la salvación eterna. Pues no escapó a la corrección de la vara paternal, de la que Dios habló en su amenaza, para que, mientras por su confesión obtenía la exención eterna, pudiera ser probado por el castigo temporal. Y es una notable evidencia de la fuerza de la fe de David, y de su espíritu manso y sumiso, que, cuando el profeta le había dicho que Dios lo había perdonado, aunque las consecuencias amenazadas todavía se permitió que siguieran, no acusó al profeta de haberlo engañado, ni murmuró contra Dios como si lo hubiera burlado con una declaración de perdón. Este hombre profundamente santo, cuya alma fue elevada hacia Dios, y no contra Dios, sabía que si el Señor no hubiera aceptado misericordiosamente su confesión y arrepentimiento, sus pecados habrían merecido castigo eterno. Así, cuando en lugar de esto fue hecho sufrir bajo la corrección temporal, vio que, mientras el perdón seguía en vigor, se proveía también una disciplina saludable. También Saúl, cuando fue reprendido por Samuel, dijo: He pecado. [\n 1 Samuel 15:24\n] ¿Por qué, entonces, no se le consideró apto para que se le dijera, como a David, que el Señor había perdonado su pecado? ¿Hay acepción de personas en Dios? De ningún modo. Mientras que para el oído humano las palabras eran las mismas, el ojo divino veía una diferencia en el corazón. La lección que debemos aprender de estas cosas es que el reino de los cielos está dentro de nosotros, [\n Lucas 17:28\n] y que debemos adorar a Dios desde nuestros sentimientos más íntimos, para que de la abundancia del corazón hable la boca, en lugar de honrarlo con los labios, como el pueblo de antaño, mientras nuestro corazón está lejos de Él. Podemos aprender también a juzgar de los hombres, cuyo corazón no podemos ver, sólo como juzga Dios, que ve lo que nosotros no podemos, y que no puede ser parcial ni inducido a error. Teniendo, por la alta autoridad de la sagrada Escritura, el anuncio más claro de la opinión de Dios sobre David, podemos considerar absurda o deplorable la temeridad de los hombres que sostienen una opinión diferente. La autoridad de la Escritura, en lo que respecta al carácter de estos hombres de tiempos antiguos, está apoyada por la evidencia de las profecías que contienen, y que ahora están recibiendo su cumplimiento.
XXII, 68
68. Vemos lo mismo en el Evangelio, donde los demonios confiesan que Cristo es el Hijo de Dios con las palabras usadas por Pedro, pero con un corazón muy distinto. Así, aunque las palabras eran las mismas, Pedro es alabado por su fe, mientras que la impiedad de los demonios es reprimida. Porque Cristo, no por sentido humano, sino por conocimiento divino, podía examinar y discernir de modo infalible las fuentes de donde procedían las palabras. Además, hay multitudes que confiesan que Cristo es el Hijo del Dios vivo, sin merecer la misma aprobación que Pedro — no sólo de aquellos que dirán en aquel día: "Señor, Señor", y recibirán la sentencia: "Apartaos de mí", sino también de aquellos que serán puestos a la derecha. Tal vez nunca hayan negado a Cristo ni una sola vez; tal vez nunca se hayan opuesto a su pasión por nuestra salvación; tal vez nunca hayan obligado a los gentiles a vivir como judíos; [] y, sin embargo, no serán honrados igual que Pedro, quien, aun habiendo hecho todas esas cosas, se sentará en uno de los doce tronos y juzgará no sólo a las doce tribus, sino también a los ángeles. Asimismo, muchos que jamás han deseado la mujer de otro, ni procurado la muerte del marido, como hizo David, jamás alcanzarán el lugar que David, no obstante, ocupó en el favor divino. Hay una enorme diferencia entre lo que es de suyo tan indeseable que debe rechazarse por completo, y la cosecha rica y abundante que puede aparecer después. Pues los labradores se complacen sobre todo con los campos de los cuales, después de escardarlos, quizá, de grandes cardos, reciben el ciento por uno; no con los campos que jamás tuvieron cardos y apenas rinden el treinta por uno.
XXII, 69
69. Así también Moisés, que fue siervo tan fiel de Dios en toda su casa; ministro de la ley santa, justa y buena; de cuyo carácter habla el apóstol en las palabras aquí citadas; [] ministro también de los símbolos que, aunque no conferían la salvación, prometían al Salvador, como el Salvador mismo muestra cuando dice: "Si creyerais a Moisés, también me creeríais a mí, porque de mí escribió él" — pasaje con el cual ya hemos respondido suficientemente a las cavilaciones presuntuosas de los maniqueos — este Moisés, siervo del Dios vivo, verdadero, altísimo, que hizo el cielo y la tierra, no de una sustancia extraña, sino de la nada; no por apremio de la necesidad, sino por plenitud de bondad; no por el padecimiento de sus miembros, sino por el poder de su palabra; este Moisés, que con humildad rehusó este alto ministerio, pero lo aceptó con obediencia, lo guardó con fidelidad y lo cumplió con diligencia; que gobernó al pueblo con vigilancia, lo reprendió con vehemencia, lo amó con fervor y lo soportó con paciencia, presentándose ante Dios en favor de sus súbditos para recibir su consejo y aplacar su ira; este hombre grande y bueno no ha de ser juzgado por las maliciosas representaciones de Fausto, sino por lo que dice Dios, cuya palabra es expresión verdadera de su verdadero juicio acerca de este hombre, a quien conocía porque lo hizo. Porque también los pecados de los hombres son conocidos por Dios, aunque no sea Él su autor; pero los advierte como juez en quienes se niegan a reconocerlos, y los perdona como padre en quienes los confiesan. A su siervo Moisés, tal como queda descrito, lo amamos y admiramos, y en cuanto nos es posible lo imitamos, quedando ciertamente muy lejos de sus méritos, aunque no hayamos matado a ningún egipcio, ni despojado a nadie, ni emprendido guerra alguna; acciones de Moisés que, en un caso, fueron impulsadas por el celo del futuro campeón de su pueblo, y en los otros, ordenadas por Dios.
XXII, 70
70. Podría mostrarse que, aunque Moisés mató al egipcio sin que Dios se lo mandara, la acción fue divinamente permitida, pues, por el carácter profético de Moisés, prefiguraba algo futuro. Sin embargo, por ahora no uso este argumento, sino que considero la acción como carente de sentido simbólico. A la luz, pues, de la ley eterna, fue malo que alguien sin autoridad legal matara a aquel hombre, aun siendo éste de mala condición y, además, el agresor. Pero en las almas donde ha de venir una gran virtud suele haber una cosecha temprana de vicios, en los cuales podemos discernir todavía una disposición para alguna virtud particular, que vendrá cuando el alma esté debidamente cultivada. Pues así como los labradores, cuando ven la tierra producir grandes cosechas, aunque de malas hierbas, la juzgan buena para el grano; o cuando ven sarmientos silvestres, que han de ser arrancados, consideran sin embargo la tierra buena para vides útiles; y cuando ven una colina cubierta de olivos silvestres, concluyen que con cultivo producirá buen fruto: así la disposición de ánimo que llevó a Moisés a tomar la ley en sus propias manos, para impedir que quedara sin castigo la injuria hecha a su hermano, que vivía entre extranjeros, por un malvado ciudadano del país, no era inepta para la producción de virtud, sino que, por falta de cultivo, daba señales de su fecundidad de manera injustificable. Aquel que después, por medio de su ángel, llamó a Moisés al monte Sinaí, con la comisión divina de liberar al pueblo de Israel de Egipto, y que lo adiestró en la obediencia mediante la aparición milagrosa de la zarza que ardía y no se consumía, e instruyéndolo en su ministerio, fue el mismo que, mediante la llamada dirigida desde el cielo a Saulo cuando perseguía a la Iglesia, lo humilló, lo levantó y lo animó; o, en palabras figuradas, con ese golpe cortó la rama, la injertó y la hizo fecunda. Porque la energía feroz de Pablo, cuando en su celo por las tradiciones heredadas perseguía a la Iglesia, creyendo prestar un servicio a Dios, era como una cosecha de malas hierbas que daba grandes señales de fecundidad. Lo mismo sucedió con Pedro, cuando sacó su espada de la vaina para defender al Señor y cortó la oreja derecha de un agresor, y el Señor lo reprendió con algo semejante a una amenaza, diciendo: "Vuelve tu espada a su vaina; porque todo el que tome la espada, a espada perecerá." [] Tomar la espada es usar armas contra la vida de un hombre sin la sanción de la autoridad constituida. El Señor, en verdad, había dicho a sus discípulos que llevaran espada, pero no les dijo que la usaran. Y que después de este pecado Pedro llegara a ser pastor de la Iglesia no fue más impropio que el que Moisés, después de herir al egipcio, llegara a ser guía de la congregación. En ambos casos la falta no nació de crueldad inveterada, sino de un celo apresurado susceptible de corrección. En ambos casos hubo indignación contra la injuria, acompañada en un caso por amor a un hermano y en el otro por un amor, todavía carnal, al Señor. Aquí había un mal que someter o arrancar de raíz; pero el corazón con tales capacidades sólo necesitaba, como la buena tierra, ser cultivado para hacerse fecundo en virtud.