XXII, 71
71. En cuanto a la objeción de Fausto al despojo de los egipcios, no sabe lo que dice. En esto Moisés no sólo no pecó, sino que habría sido pecado no hacerlo. Fue por mandato de Dios, quien, por su conocimiento tanto de las acciones como de los corazones de los hombres, puede decidir qué debe sufrir cada uno y por medio de quién. El pueblo en aquel tiempo era todavía carnal y estaba absorto en afectos terrenales, mientras que los egipcios estaban en abierta rebelión contra Dios, pues usaban el oro, criatura de Dios, al servicio de los ídolos, para deshonra del Creador, y habían oprimido gravemente a los extranjeros haciéndolos trabajar sin paga. Así, los egipcios merecían el castigo, y los israelitas fueron adecuadamente empleados para infligirlo. Quizá, en verdad, no fue tanto un mandato cuanto un permiso concedido a los hebreos para obrar en este asunto según sus propias inclinaciones; y Dios, al enviar el mensaje por medio de Moisés, sólo quiso que ellos quedaran así informados de su permiso. Pudo haber también razones misteriosas para lo que Dios dijo al pueblo sobre este asunto. En cualquier caso, los mandatos de Dios han de recibirse con sumisión, no discutirse. El apóstol dice: "¿Quién conoció la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?" [] Así pues, ya fuera la razón la que he dicho, ya hubiera en el designio secreto de Dios alguna razón desconocida para que dijera al pueblo, por medio de Moisés, que pidieran prestadas cosas a los egipcios y se las llevaran consigo, esto permanece cierto: que tal cosa fue dicha por alguna buena razón, y que Moisés no pudo lícitamente hacer otra cosa que lo que Dios le dijo, dejando a Dios la razón del mandato, mientras el deber del siervo es obedecer.
XXII, 72
72. Pero, dice Fausto, no puede admitirse que el Dios verdadero, que es también bueno, diera jamás tal mandato. Respondo que tal mandato no puede darlo con justicia sino el Dios verdadero y bueno, que es el único que conoce en cada caso el mandato conveniente, y el único incapaz de infligir un sufrimiento inmerecido a nadie. Esta bondad ignorante y espuria del corazón humano podría igualmente negar lo que Cristo dice y oponerse a que los malvados sean hechos sufrir por el Dios bueno, cuando diga a los ángeles: "Recoged primero la cizaña en manojos para quemarla." Sin embargo, los siervos fueron detenidos cuando quisieron hacerlo prematuramente: "No sea que, al recoger la cizaña, arranquéis también con ella el trigo." [] Así, sólo el Dios verdadero y bueno sabe cuándo, a quién y por medio de quién ordenar algo o permitir algo. Del mismo modo, esta bondad humana, o más bien necedad, podría objetar que el Señor permitiera a los demonios entrar en los cerdos, cosa que pidieron con intención dañina, [] sobre todo porque los maniqueos creen que no sólo los cerdos, sino los insectos más viles, tienen almas humanas. Pero dejando a un lado estas nociones absurdas, es innegable que nuestro Señor Jesucristo, Hijo único de Dios y, por tanto, Dios verdadero y bueno, permitió la destrucción de cerdos ajenos, con pérdida de vidas y de gran cantidad de bienes, a petición de los demonios. Nadie puede estar tan loco como para suponer que Cristo no habría podido expulsar a los demonios de los hombres sin satisfacer su malicia con la destrucción de los cerdos. Si, pues, el Creador y Gobernador de todas las naturalezas, en su providencia, que, aunque misteriosa, es siempre justa, condescendió con la inclinación violenta e injusta de aquellos espíritus perdidos ya destinados al fuego eterno, ¿por qué no habrían de ser despojados los egipcios, opresores inicuos, por los hebreos, pueblo libre que reclamaría el pago de su trabajo forzoso y penoso, tanto más cuanto que las posesiones terrenales que así perdieron eran usadas por los egipcios en sus ritos impíos, para deshonra del Creador? Aun así, si Moisés hubiera originado esta orden, o si el pueblo lo hubiera hecho espontáneamente, sin duda habría sido pecado; y quizá el pueblo pecó, no por hacer lo que Dios mandaba o permitía, sino por algún deseo propio de lo que tomaba. El permiso dado a esta acción por la autoridad divina estaba de acuerdo con el justo y buen consejo de Aquel que usa los castigos tanto para refrenar a los malvados como para educar a su propio pueblo; que sabe también dar preceptos más elevados a los que pueden soportarlos, mientras comienza por lo más bajo en el trato con los débiles. En cuanto a Moisés, no se le puede culpar ni de codiciar los bienes ni de disputar, en ningún caso, la autoridad divina.
XXII, 73
73. Según la ley eterna, que exige la conservación del orden natural y prohíbe su transgresión, algunas acciones tienen carácter indiferente, de modo que se culpa a los hombres por presunción si las hacen sin ser llamados a ello, mientras que se les alaba con razón por hacerlas cuando son requeridos. El acto, el agente y la autoridad para la acción son todos de gran importancia en el orden de la naturaleza. Que Abraham sacrificara a su hijo por propia voluntad sería locura espantosa. Hacerlo por mandato de Dios lo acredita como fiel y sumiso. Esto lo proclama con tanta fuerza la voz misma de la verdad, que Fausto, rebuscando con avidez alguna falta y reducido al fin a acusaciones calumniosas, no tiene la audacia de atacar esta acción. Apenas es posible que haya olvidado una hazaña tan famosa que vuelve a la mente por sí sola sin ningún estudio o reflexión, y que de hecho es repetida por tantas lenguas y representada en tantos lugares, que nadie puede pretender cerrar los ojos o los oídos a ella. Si, por tanto, mientras que matar Abraham a su hijo por propia voluntad habría sido antinatural, hacerlo por mandato de Dios muestra no sólo una obediencia sin culpa, sino loable, ¿por qué culpa Fausto a Moisés por despojar a los egipcios? Vuestro sentimiento de desaprobación de la mera acción humana debería ser refrenado por el respeto a la sanción divina. ¿Os atreveréis a culpar a Dios mismo por desear tales acciones? Entonces: "Quítate de delante de mí, Satanás, porque no comprendes las cosas que son de Dios, sino las de los hombres." ¡Ojalá esta reprensión obrara en vosotros lo que obró en Pedro, y que en adelante predicarais la verdad acerca de Dios, que ahora, juzgando por un sentido débil, censuráis! Como Pedro llegó a ser un mensajero celoso para anunciar a los gentiles aquello a lo que al principio se oponía, cuando el Señor habló de ello como de su intención.
XXII, 74
74. Ahora bien, si esta explicación basta para satisfacer la obstinación humana y la perversa interpretación errónea de las acciones rectas, mostrando la enorme diferencia entre la indulgencia de la pasión y la presunción por parte de los hombres, y la obediencia al mandato de Dios, que sabe qué permitir o qué ordenar, y también el tiempo y las personas, y la debida acción o padecimiento en cada caso, el relato de las guerras de Moisés no suscitará sorpresa ni aborrecimiento, pues en guerras llevadas a cabo por mandato divino mostró no ferocidad, sino obediencia; y Dios, al dar el mandato, no obró con crueldad, sino con justa retribución, dando a cada uno lo que merecía y advirtiendo a quienes necesitaban advertencia. ¿Cuál es el mal en la guerra? ¿Es la muerte de algunos que de todos modos pronto morirán, para que otros vivan en pacífica sujeción? Eso es mero disgusto cobarde, no sentimiento religioso alguno. Los males reales en la guerra son el amor a la violencia, la crueldad vengativa, la enemistad fiera e implacable, la resistencia salvaje y el ansia de poder, y cosas semejantes; y generalmente es para castigar estas cosas, cuando se requiere la fuerza para infligir el castigo, que, en obediencia a Dios o a alguna autoridad legítima, los hombres buenos emprenden guerras, cuando se hallan en tal situación respecto de la conducta de los asuntos humanos, que la recta conducta exige que obren, o hagan obrar a otros, de este modo. De otro modo, Juan, cuando los soldados que vinieron a ser bautizados preguntaron: "¿Qué haremos?", habría respondido: "Arrojad las armas; abandonad el servicio; jamás golpeéis, hiráis o dejéis inválido a nadie." Pero, sabiendo que tales acciones en la batalla no eran homicidas, sino autorizadas por la ley, y que los soldados no se vengaban así, sino que defendían la seguridad pública, respondió: "No hagáis violencia a nadie, no denunciéis falsamente y contentaos con vuestra paga." [] Pero como los maniqueos acostumbran hablar mal de Juan, que oigan al propio Señor Jesucristo ordenando que este dinero se dé al César, dinero con el que Juan dice a los soldados que se contenten. "Dad", dice, "al César lo que es del César." [] Porque el dinero del tributo se da precisamente para pagar a los soldados para la guerra. Además, en el caso del centurión que dijo: "Soy un hombre bajo autoridad, y tengo soldados a mis órdenes; y digo a uno: Ve, y va; y a otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace", Cristo alabó debidamente su fe; [] no le dijo que dejara el servicio. Pero no hay necesidad aquí de entrar en la larga discusión sobre las maneras justas e injustas.
XXII, 75
75. Mucho depende de las causas por las cuales los hombres emprenden guerras, y de la autoridad que tienen para hacerlo; pues el orden natural, que busca la paz del género humano, ordena que el monarca tenga el poder de emprender la guerra si lo juzga conveniente, y que los soldados cumplan sus deberes militares en favor de la paz y seguridad de la comunidad. Cuando la guerra se emprende en obediencia a Dios, que quiere reprender, humillar o quebrantar la soberbia del hombre, ha de reconocerse que es guerra justa; pues aun las guerras que nacen de la pasión humana no pueden dañar el bien eterno de Dios, ni siquiera herir a sus santos; porque en la prueba de su paciencia, en la corrección de su espíritu y en soportar la corrección paternal, antes resultan aprovechados que perjudicados. Nadie puede tener poder alguno contra ellos sino el que le es dado de arriba. Porque no hay potestad sino de Dios, [] el cual ordena o permite. Así, pues, si un hombre justo, sirviendo tal vez a un rey impío, puede cumplir el deber propio de su posición en el Estado luchando por orden de su soberano —pues en algunos casos es claramente voluntad de Dios que luche, y en otros, donde esto no es tan claro, puede ser un mandato injusto del rey, mientras el soldado es inocente, porque su posición hace de la obediencia un deber—, ¿cuánto más irreprochable ha de ser el hombre que hace la guerra con la autoridad de Dios, de quien todo el que le sirve sabe que jamás puede exigir cosa injusta?
XXII, 76
76. Si se supone que Dios no pudo mandar la guerra, porque en tiempos posteriores dijo el Señor Jesucristo: "Yo os digo: No resistáis al mal; antes bien, si alguno te golpea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra", [] la respuesta es que lo que aquí se exige no es una acción corporal, sino una disposición interior. La sede sagrada de la virtud es el corazón, y tales eran los corazones de nuestros padres, los justos de la antigüedad. Pero el orden exigía tal regulación de los acontecimientos y tal distinción de tiempos que mostrara ante todo que incluso las bendiciones terrenales (pues así se consideran los reinos temporales y la victoria sobre los enemigos, y estas son las cosas que la comunidad de los impíos de todo el mundo continuamente pide a los ídolos y a los demonios) están por entero bajo el dominio y a disposición del único Dios verdadero. Así, bajo el Antiguo Testamento, el secreto del reino de los cielos, que había de revelarse a su debido tiempo, estaba velado, y hasta tal punto oscurecido, bajo el disfraz de las promesas terrenales. Pero cuando vino la plenitud de los tiempos para la revelación del Nuevo Testamento, que estaba oculto bajo los tipos del Antiguo, había de darse claro testimonio de la verdad: que hay otra vida por la cual esta vida debe ser tenida en poco, y otro reino por el cual la oposición de todos los reinos terrenales debe soportarse con paciencia. Así, el nombre de mártires, que significa testigos, fue dado a quienes, por la voluntad de Dios, dieron este testimonio con sus confesiones, sus sufrimientos y su muerte. Tan grande es el número de estos testigos que, si hubiera placido a Cristo —que llamó a Saulo con una voz del cielo y, tras cambiarlo de lobo en oveja, lo envió en medio de lobos— unirlos a todos en un solo ejército y darles éxito en la batalla, como se lo dio a los hebreos, ¿qué nación podría resistirlos? ¿Qué reino quedaría sin someter? Pero como la doctrina del Nuevo Testamento es que debemos servir a Dios no por la felicidad temporal de esta vida, sino por la felicidad eterna venidera, esta verdad quedó confirmada de modo impresionante por la paciencia en soportar lo que comúnmente se llama adversidad por amor de aquella felicidad. Así, en la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios, hecho de mujer, hecho bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley, hecho del linaje de David según la carne, envía a sus discípulos como ovejas en medio de lobos, y les manda no temer a los que pueden matar el cuerpo pero no pueden matar el alma, y promete que aun el cuerpo será enteramente restaurado, de modo que ni un cabello se perderá. La espada de Pedro la manda envainar, restaurando como antes la oreja de su enemigo que había sido cortada. Dice que podría obtener legiones de ángeles para destruir a sus enemigos, pero que debe beber la copa que la voluntad de su Padre le ha dado. Da ejemplo bebiendo esta copa, y luego la entrega a sus seguidores, manifestando así, de palabra y de obra, la gracia de la paciencia. Por eso Dios lo resucitó de entre los muertos y le ha dado un nombre que está sobre todo nombre; para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. [] Los patriarcas y profetas, pues, tienen un reino en este mundo, para mostrar que también estos reinos son dados y quitados por Dios; los apóstoles y los mártires no tuvieron reino aquí, para mostrar la superior deseabilidad del reino de los cielos. Sin embargo, los profetas pudieron aun en aquellos tiempos morir por la verdad, como dice el Señor mismo: "Desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías; [] y en estos días, desde el comienzo del cumplimiento de lo profetizado en el salmo de Cristo, bajo la figura de Salomón, que significa pacificador, como Cristo es nuestra paz, [] "Todos los reyes de la tierra se postrarán ante Él, todas las naciones le servirán", hemos visto a emperadores cristianos, que han puesto toda su confianza en Cristo, obtener espléndidas victorias sobre enemigos impíos, cuya esperanza estaba en los ritos de la idolatría y del culto a los demonios. Hay pruebas públicas e innegables del hecho de que, por una parte, los pronósticos de los demonios resultaron falaces, y por otra, las predicciones de los santos fueron un medio de apoyo; y tenemos ahora escritos en los que se registran esos hechos.
XXII, 77
77. Si nuestros necios adversarios se sorprenden de la diferencia entre los preceptos dados por Dios a los ministros del Antiguo Testamento, en un tiempo en que la gracia del Nuevo estaba aún sin revelarse, y los dados a los predicadores del Nuevo Testamento, ahora que la oscuridad del Antiguo está removida, hallarán que Cristo mismo dice una cosa en un tiempo y otra en otro. "Cuando os envié", dice, "sin alforja, ni bolsa, ni calzado, ¿os faltó algo? Y ellos dijeron: Nada. Entonces les dice: Pero ahora, el que tiene alforja, tómela, y también bolsa; y el que no tiene espada, venda su manto y compre una." Si los maniqueos hallaran pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento que difirieran de este modo, lo proclamarían como prueba de que los Testamentos se oponen entre sí. Pero aquí la diferencia está en las palabras de una misma y única persona. En un tiempo dice: "Os envié sin alforja, ni bolsa, ni calzado, y nada os faltó"; en otro: "Ahora, el que tiene alforja, tómela, y también bolsa; y el que tiene túnica, véndala y compre una espada." ¿No muestra esto cómo, sin inconsistencia alguna, los preceptos, los consejos y los permisos pueden cambiarse, según que los diferentes tiempos exigen disposiciones diferentes? Si se dice que había un sentido simbólico en el mandato de tomar alforja y bolsa y de comprar una espada, ¿por qué no ha de haber un sentido simbólico en el hecho de que un mismo Dios ordenó en tiempos antiguos a los profetas hacer la guerra y lo prohibió a los apóstoles? Y hallamos en el pasaje que hemos citado del Evangelio que las palabras dichas por el Señor fueron puestas en práctica por sus discípulos. Pues, además de que al principio fueron sin alforja ni bolsa y, sin embargo, nada les faltó, como es claro por la pregunta del Señor y su respuesta, ahora que habla de comprar una espada, dicen: "He aquí, aquí hay dos espadas"; y Él respondió: "Basta." De ahí que hallemos a Pedro con un arma cuando cortó la oreja del agresor, en cuya ocasión su audacia espontánea fue reprimida, porque, aunque se le había dicho que tomara una espada, no se le había dicho que la usara. Sin duda era misterioso que el Señor exigiera llevar armas y prohibiera usarlas. Pero correspondía a Él dar los preceptos convenientes, y a ellos obedecer sin reserva.
XXII, 78
78. Es, por tanto, mera calumnia infundada acusar a Moisés de hacer la guerra, pues menos mal habría sido hacer la guerra por su propia voluntad que no hacerla cuando Dios se lo mandó. Y atreverse a culpar al mismo Dios por dar semejante mandato, o no creer posible que un Dios justo y bueno lo hiciera, muestra, por decir lo mínimo, una incapacidad de considerar que, a la vista de la divina providencia, que penetra todas las cosas desde lo más alto hasta lo más bajo, el tiempo nada puede añadir ni quitar; sino que todas las cosas van, vienen o permanecen según el orden de la naturaleza o el mérito en cada caso particular, mientras que en los hombres la voluntad recta está unida a la ley divina, y la pasión ingobernada es refrenada por el orden de la ley divina; de modo que el hombre bueno quiere sólo lo que se le manda, y el hombre malo sólo puede hacer lo que se le permite, al mismo tiempo que es castigado por lo que quiere hacer injustamente. Así, en todas las cosas que parecen espantosas y terribles a la debilidad humana, el mal real es la injusticia; lo demás es sólo el resultado de las propiedades naturales o del demérito moral. Esta injusticia se ve en todo caso en que un hombre ama por sí mismas cosas que sólo son deseables como medios para un fin, y busca por mor de otra cosa lo que debería amarse por sí mismo. Pues así, en cuanto puede, perturba en sí el orden natural que la ley eterna nos exige observar. A su vez, un hombre es justo cuando busca usar las cosas sólo para el fin para el que Dios las destinó, y gozar de Dios como fin de todo, mientras goza de sí mismo y de su amigo en Dios y por Dios. Porque amar en el amigo el amor de Dios es amar al amigo por Dios. Ahora bien, tanto la justicia como la injusticia, para ser actos en absoluto, deben ser voluntarias; de otro modo no puede haber recompensas ni castigos justos; cosa que ningún hombre en su sano juicio afirmará. La ignorancia y la debilidad que impiden a un hombre conocer su deber, o hacer todo lo que desea, pertenecen al secreto orden penal de Dios y a sus insondables juicios, pues en Él no hay iniquidad. Así se nos informa por la palabra segura de Dios del pecado de Adán; y la Escritura declara con verdad que en él todos mueren, y que por él entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte. Y nuestra experiencia da abundante evidencia de que, en castigo por este pecado, nuestro cuerpo está corrompido y oprime al alma, y el tabernáculo de barro estorba la mente en su múltiple actividad; [] y sabemos que sólo podemos ser librados de este castigo por una intervención misericordiosa. Por eso exclama el apóstol angustiado: "¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor." [] Esto es lo que sabemos; pero las razones de la distribución del juicio y de la misericordia divinos, por qué uno está en esta condición y otro en aquella, aunque justas, son desconocidas. Sin embargo, estamos seguros de que todas estas cosas se deben a la misericordia o al juicio de Dios, mientras que las medidas, los números y los pesos con que el Creador de todas las producciones naturales ordena todas las cosas están ocultos a nuestra vista. Porque Dios no es el autor, sino el ordenador del pecado; de modo que las acciones pecaminosas, que son pecaminosas porque son contra natura, son juzgadas y ordenadas, y asignadas a su propio lugar y condición, para que no traigan discordia y deshonra sobre la naturaleza universal. Siendo esto así, y como los juicios de Dios y los movimientos de la voluntad del hombre contienen la razón oculta por la cual las mismas circunstancias prósperas que algunos usan bien son la ruina de otros, y las mismas aflicciones bajo las cuales algunos ceden son provechosas para otros, y puesto que toda la vida mortal del hombre sobre la tierra es una prueba, [] ¿quién puede decir si en un caso particular es bueno o malo —en tiempo de paz, reinar o servir, estar tranquilo o morir— o en tiempo de guerra, mandar o luchar, vencer o ser muerto? Al mismo tiempo, sigue siendo verdad que todo lo bueno lo es por la bendición divina, y todo lo malo lo es por el juicio divino.
XXII, 79
79. Nadie, pues, sea tan atrevido que se apresure a acusar a los hombres, por no decir a Dios. Si el servicio de los ministros del Antiguo Testamento, que eran también heraldos del Nuevo, consistía en dar muerte a los pecadores, y el de los ministros del Nuevo Testamento, que son también intérpretes del Antiguo, en ser muertos por los pecadores, el servicio en ambos casos se presta al único Dios, quien, variando la lección según los tiempos, enseña a la vez que las bendiciones temporales se han de buscar en Él, y que se han de abandonar por Él, y que la aflicción temporal es enviada por Él y debe soportarse por Él. No hubo, por tanto, crueldad en el mandato ni en la acción de Moisés, cuando, en su santo celo por su pueblo, al que deseaba ver sujeto al único Dios verdadero, al saber que se habían apartado para adorar un ídolo hecho por sus propias manos, impresionó entonces sus mentes con un temor saludable y les dio una advertencia para el futuro, usando la espada en el castigo de unos pocos, cuyo justo castigo Dios, contra quien habían pecado, decretó en lo profundo de su secreto juicio que se infligiera de inmediato. Que Moisés obró así no por crueldad, sino por gran amor, puede verse en las palabras con que oró por los pecados del pueblo: "Si has de perdonar su pecado, perdónalo; y si no, bórrame de tu libro." [] El indagador piadoso que compare la matanza con la oración hallará en esto la evidencia más clara de la terrible naturaleza del daño hecho al alma por la prostitución ante las imágenes de los demonios, puesto que tal amor se enciende en tal ira. Vemos lo mismo en el apóstol, quien, no por crueldad sino por amor, entregó a un hombre a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu fuera salvo en el día del Señor Jesús. [] También entregó a otros, para que aprendieran a no blasfemar. [] En los libros apócrifos de los maniqueos hay una colección de fábulas, publicada por autores desconocidos bajo el nombre de los apóstoles. Sin duda, los libros habrían sido sancionados por la Iglesia en el tiempo de su publicación, si hombres santos y doctos entonces vivos, y competentes para decidir el asunto, hubiesen juzgado que su contenido era verdadero. Una de las historias es que el apóstol Tomás estuvo una vez en una fiesta de bodas en un país donde era desconocido, cuando uno de los siervos lo golpeó, y que al instante, con su maldición, trajo un terrible castigo sobre este hombre. Pues cuando salió a la fuente para traer agua a los invitados, un león cayó sobre él y lo mató, y la mano con la que había dado un leve golpe al apóstol fue arrancada, en cumplimiento de la imprecación, y traída por un perro a la mesa en que el apóstol estaba recostado. ¿Qué podría ser más cruel que esto? Y sin embargo, si no me equivoco, la historia continúa diciendo que el apóstol compensó la crueldad obteniendo para el hombre la bendición del perdón en el otro mundo; de modo que, mientras las gentes de aquel extraño país aprendían a temer al apóstol por ser tan amado de Dios, el bien eterno del hombre quedaba asegurado a cambio de la pérdida de esta vida mortal. Poco importa si la historia es verdadera o falsa. En todo caso, los maniqueos, que tienen por genuinos y auténticos libros que el canon de la Iglesia rechaza, deben admitir, como muestra la historia, que la virtud de la paciencia, que el Señor manda cuando dice: "Si alguien te golpea en la mejilla derecha, vuélvele también la izquierda", puede estar en la disposición interior, aunque no se muestre en la acción corporal ni en las palabras. Pues cuando el apóstol fue golpeado, en lugar de volver el otro lado al hombre, o de decirle que repitiera el golpe, rogó a Dios que perdonara a su agresor en el otro mundo, pero que no dejara la injuria impune en aquel momento. Interiormente conservaba un sentimiento bondadoso, mientras exteriormente deseaba que el hombre fuera castigado como ejemplo. Como los maniqueos creen esto, con razón o sin ella, también pueden creer que tal era la intención de Moisés, siervo de Dios, cuando derribó a espada a los que hicieron y adoraron el ídolo; pues sus propias palabras muestran que suplicó de tal modo el perdón para su pecado de idolatría que pidió ser borrado del libro de Dios si su oración no era oída. No hay comparación entre que un extranjero sea golpeado con la mano y el deshonor hecho a Dios al abandonarlo por un ídolo, cuando Él había sacado al pueblo de la esclavitud de Egipto, lo había conducido a través del mar y había cubierto con las aguas al enemigo que los perseguía. Ni, en cuanto al castigo, hay comparación entre ser muerto a espada y ser despedazado por las fieras. Pues los jueces, al administrar la ley, condenan a la exposición a las fieras a criminales peores que los que son condenados a morir a espada.
XXII, 80
80. Otra de las acusaciones maliciosas e impías de Fausto que hay que responder se refiere a lo que el Señor dijo al profeta Oseas: "Toma para ti mujer de fornicaciones e hijos de fornicaciones." [] En cuanto a este pasaje, la mente impura de nuestros adversarios está tan cegada que no entienden las palabras claras del Señor en su evangelio, cuando dice a los judíos: "Los publicanos y las rameras irán delante de vosotros al reino de Dios." [] No hay nada contrario a la misericordia de la verdad, ni incoherente con la fe cristiana, en que una ramera deje la fornicación y se convierta en esposa casta. En verdad, nada sería más indigno en quien profesa ser profeta que no creer que todos los pecados de la mujer caída fueron perdonados cuando ella cambió para mejor. Así, cuando el profeta tomó a la ramera como esposa, fue bueno para la mujer que su vida fuera enmendada, y la acción simbolizaba una verdad de la que hablaremos en seguida. Pero es evidente lo que ofende a los maniqueos en este caso; pues su gran empeño es impedir que las rameras queden encinta. Les habría complacido más que la mujer siguiera siendo prostituta, para no encerrar a su dios, que el que se hiciera esposa de un solo hombre y tuviera hijos.
XXII, 81
81. En cuanto a Salomón, basta decir que la condenación de su conducta en la narración fiel de la sagrada Escritura es mucho más grave que la vehemencia pueril de los ataques de Fausto. La Escritura nos dice con fiel exactitud tanto el bien que Salomón tuvo al principio, como las malas acciones por las cuales perdió el bien con que comenzó; mientras que Fausto, en sus ataques, como hombre que cierra los ojos, o que no tiene ojos en absoluto, no busca guía en la luz, sino que se mueve únicamente por violenta animosidad. Para los lectores piadosos y discernidores de las sagradas Escrituras, la evidencia de la castidad de los santos varones de quienes se dice que tuvieron varias esposas se halla en esto: que Salomón, quien con su poligamia satisfizo sus pasiones, en lugar de buscar descendencia, es expresamente señalado como culpable de ser amante de mujeres. Esto, como nos informa la verdad que no acepta la persona de ningún hombre, lo arrastró al abismo de la idolatría.
XXII, 82
82. Habiendo ya repasado todos los casos en que Fausto halla falta en el Antiguo Testamento, y habiendo atendido al mérito de cada uno, ya defendiendo a los hombres de Dios contra las calumnias de los herejes carnales, ya, donde los hombres estaban en falta, mostrando la excelencia y la majestad de la Escritura, tomemos de nuevo los casos en el orden de las acusaciones de Fausto y veamos el sentido de las acciones registradas, qué tipifican y qué anuncian. Esto ya lo hemos hecho en el caso de Abraham, Isaac y Jacob, de quienes Dios dijo que era su Dios, como si el Dios de la naturaleza universal no fuera Dios de nadie fuera de ellos; no honrándolos con un título vacío, sino porque Él, que es el único que podía tener un conocimiento pleno y perfecto, conocía la sincera y notable caridad de estos hombres; y porque estos tres patriarcas unidos formaban un tipo notable del futuro pueblo de Dios, al tener no solo hijos libres de mujeres libres, como de Sara, de Rebeca, de Lía y de Raquel, sino también hijos siervos, como de esta misma Rebeca nació Esaú, a quien se dijo: "Servirás a tu hermano"; [] y al tener de mujeres siervas no solo hijos siervos, como de Agar, sino también hijos libres, como de Bilha y Zilpa. Así también en el pueblo de Dios, los espiritualmente libres no solo tienen hijos nacidos para el goce de la libertad, como aquellos a quienes se dice: "Sed imitadores de mí, así como yo lo soy de Cristo", [] sino que también tienen hijos nacidos en esclavitud culpable, como Simón nació de Felipe. [] A su vez, de siervos carnales nacen no solo hijos de esclavitud culpable, que los imitan, sino también hijos de feliz libertad, a quienes se dice: "Lo que digan, hacedlo; pero no obréis según sus obras." [] Quien observe rectamente el cumplimiento de este tipo en el pueblo de Dios, mantiene la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz, perseverando hasta el fin en unión con unos y en paciente tolerancia de otros. De Lot también hemos hablado ya, y hemos mostrado lo que la Escritura menciona como digno de alabanza en él, lo que como digno de censura y el sentido de toda la narración.
XXII, 83
83. Hemos de considerar ahora el significado profético de la acción de Judá al acostarse con su nuera. Pero, por causa de aquellos cuyo entendimiento es débil, comenzaremos observando que en la sagrada Escritura las malas acciones son a veces proféticas, no de mal, sino de bien. La divina providencia conserva en todo su bondad esencial, de modo que, como en el ejemplo dado antes, de un trato adúltero nace un hijo varón, buena obra de Dios a partir del mal del hombre, por el poder de la naturaleza y no debida a la mala conducta de los padres; así en las Escrituras proféticas, donde se registran tanto acciones buenas como malas, la narración, siendo ella misma profética, predice algo bueno incluso mediante el relato de lo malo, debiéndose el mérito no al malhechor, sino al escritor. Judá, cuando, para satisfacer su pasión pecaminosa, entró a Tamar, no tuvo intención con su conducta licenciosa de tipificar nada relacionado con la salvación de los hombres, como tampoco Judas, que traicionó al Señor, pretendió producir resultado alguno relacionado con la salvación de los hombres. Entonces, si del mal hecho de Judas el Señor sacó la buena obra de nuestra redención mediante su propia pasión, ¿por qué su profeta, de quien Él mismo dice: "Él escribió de mí", no habría de hacer, para instruirnos, que la mala acción de Judá significara algo bueno? Bajo la guía e inspiración del Espíritu Santo, el profeta ha compilado una narración de acciones de modo que forme una profecía continua de las cosas que se proponía anunciar. Al predecir el bien, no importa si las acciones típicas son buenas o malas. Si está escrito con tinta roja que los etíopes son negros, o con tinta negra que los galos son blancos, esta circunstancia no afecta a la información que la escritura transmite. Sin duda, si se tratara de una pintura en lugar de una escritura, el color equivocado sería un defecto; así, cuando las acciones humanas se presentan para ejemplo o advertencia, mucho depende de si son buenas o malas. Pero cuando las acciones se relatan o registran como tipos, el mérito o demérito de los agentes carece de importancia, con tal que haya una verdadera relación típica entre la acción y la cosa significada. Así, en el caso de Caifás en el Evangelio, por lo que respecta a su intención inicua y dañina, e incluso por lo que respecta a sus palabras en el sentido en que las usó, a saber, que un justo debía ser condenado a muerte injustamente, ciertamente eran malas; y sin embargo había un buen sentido en sus palabras que él no conocía cuando dijo: "Conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que perezca toda la nación." Así está escrito de Él: "Esto no lo dijo por sí mismo, sino que, siendo sumo sacerdote, profetizó que Jesús había de morir por el pueblo." [] De la misma manera, la acción de Judá fue mala en cuanto a su pasión pecaminosa, pero tipificaba un gran bien que él ignoraba. Por sí mismo hizo el mal, mientras que no fue por sí mismo que tipificó el bien. Estas observaciones preliminares se aplican no solo a Judá, sino también a todos los demás casos en que en la narración de malas acciones está contenida una profecía de bien.