XII, 1
1. Fausto dijo: ¿Por qué no creo a los profetas? Más bien, ¿por qué los creéis vosotros? Diréis que por sus profecías acerca de Cristo. Por mi parte, he leído a los profetas con la más ávida atención, y no he hallado tales profecías. Y ciertamente denota una fe débil no creer en Cristo sin pruebas y testimonios. En efecto, vosotros mismos acostumbráis enseñar que la fe cristiana es tan simple y absoluta que no admite investigaciones laboriosas. ¿Por qué, pues, destruís la simplicidad de la fe apuntalándola con evidencias, y además evidencias judías? O si cambiáis de opinión acerca de las evidencias, ¿qué testigo más digno de confianza podríais tener que Dios mismo dando testimonio de su Hijo cuando lo envió a la tierra —no por un profeta ni por un intérprete— con una voz inmediatamente desde el cielo: "Este es mi Hijo amado, creedle"? [] Y de nuevo él da testimonio de sí mismo: "Salí del Padre, y he venido al mundo"; [] y en muchos pasajes semejantes. Cuando los judíos discutieron este testimonio, diciendo: "Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero", él respondió: "Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero. Está escrito en vuestra ley que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo soy uno que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí". [] No menciona a los profetas. De nuevo apela al testimonio de sus propias obras, diciendo: "Si no me creéis a mí, creed a las obras"; [] no: "Si no me creéis a mí, creed a los profetas". Por consiguiente, no necesitamos testimonios acerca de nuestro Salvador. Todo lo que buscamos en los profetas es prudencia y virtud, y un buen ejemplo, lo cual, bien sabéis, no se encuentra en los profetas judíos. Esto, sin duda, explica que me remitáis de inmediato a sus predicciones como razón para creerlos, sin una palabra acerca de sus acciones. Esto podrá ser buena política, pero no armoniza con la declaración de la Escritura de que es imposible recoger uvas de los espinos, o higos de los abrojos. Esto puede servir por ahora como respuesta breve y suficiente a la cuestión de por qué no creemos a los profetas. El hecho de que no profetizaron de Cristo está abundantemente probado en los escritos de nuestros padres. Sólo añadiré esto: que si los profetas hebreos conocieron y predicaron a Cristo, y sin embargo vivieron vidas tan viciosas, se les podría aplicar lo que Pablo dice de los sabios entre los gentiles: "Habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; sino que se hicieron vanos en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido". [] Veis que el conocimiento de las cosas grandes vale poco, si la vida no corresponde.
XII, 2
2. Agustín respondió: El sentido de todo esto es que los profetas hebreos no predijeron nada de Cristo, y que, si lo hicieron, sus predicciones no nos sirven, y que ellos mismos no vivieron de manera adecuada a la dignidad de tales profecías. Debemos, pues, probar el hecho de las profecías; y su utilidad para la verdad y firmeza de nuestra fe; y que las vidas de los profetas estuvieron en armonía con sus palabras. En esta triple discusión, llevaría mucho tiempo, bajo el primer encabezado, citar de todos los libros los pasajes en que puede mostrarse que Cristo fue predicho. La frivolidad de Fausto puede ser refutada eficazmente por el peso de una gran autoridad. Aunque Fausto no cree a los profetas, profesa creer a los apóstoles. Arriba, como para satisfacer las dudas de algún oponente, declara que cree ciertamente al apóstol Pablo. Escuchemos, pues, lo que Pablo dice de los profetas. Sus palabras son: "Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, acerca de su Hijo, que fue hecho de la simiente de David según la carne". [] ¿Qué más desea Fausto? ¿Sostendrá que el apóstol habla de otros profetas, y no de los profetas hebreos? En cualquier caso, el evangelio del que se dice que fue prometido se refería al Hijo de Dios, que fue hecho para él de la simiente de David según la carne; y a este evangelio dice el apóstol que fue apartado. De modo que la herejía maniquea se opone a la fe en el evangelio, que enseña que el Hijo de Dios fue hecho de la simiente de David según la carne. Además, hay muchos pasajes donde el apóstol da testimonio claramente en favor de los profetas hebreos, con una autoridad que quebranta el cuello de estos orgullosos maniqueos.
XII, 3
3. "Digo la verdad en Cristo", dice el apóstol, "no miento, dándome testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo, de que tengo gran tristeza y continuo dolor de corazón. Porque desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, mis parientes según la carne; los cuales son israelitas, de quienes son la adopción, y la gloria, y los pactos, y la promulgación de la ley, y el culto, y las promesas; de quienes son los padres, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos". [] Aquí tenemos el más abundante y expreso testimonio y la más solemne recomendación. La adopción de la que aquí se habla es evidentemente mediante el Hijo de Dios; como dice el apóstol a los gálatas: "En la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, hecho de mujer, hecho bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos". [] Y la gloria de la que se habla es principalmente aquella de la que dice en la misma Epístola a los Romanos: "¿Qué ventaja tiene el judío? ¿O qué provecho hay en la circuncisión? Mucho, en todas maneras. Principalmente, porque a ellos les fueron confiados los oráculos de Dios". [] ¿Pueden los maniqueos decirnos de algunos oráculos de Dios confiados a los judíos además de los de los profetas hebreos? Y ¿por qué se dice que los pactos pertenecen especialmente a los israelitas, sino porque no sólo les fue dado el Antiguo Testamento, sino que también el Nuevo fue prefigurado en el Antiguo? Nuestros adversarios muestran a menudo mucha ferocidad ignorante al atacar la dispensación de la ley dada a los israelitas, no entendiendo que Dios quiere que no estemos bajo la ley, sino bajo la gracia. Aquí les responde el apóstol mismo, quien, al hablar de las ventajas de los judíos, menciona como una de ellas el que tuvieron la promulgación de la ley. Si la ley hubiera sido mala, el apóstol no la habría referido en alabanza de los judíos. Y si Cristo no hubiera sido anunciado por la ley, el Señor mismo no habría dicho: "Si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí"; [] ni habría dado el testimonio que dio después de su resurrección, diciendo: "Era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos". []
XII, 4
4. Pero como los maniqueos predican otro Cristo, y no a aquel que los apóstoles predicaron, sino a un falso Cristo de su propia falsa invención, a imitación de cuya falsedad ellos mismos dicen mentiras, aunque quizá se les crea cuando no se avergüenzan de profesar ser seguidores de un impostor, les ha sucedido lo que el apóstol afirma de los judíos incrédulos: "Cuando se lee a Moisés, un velo está puesto sobre su corazón". Ni les será quitado este velo que les impide entender a Moisés hasta que se vuelvan a Cristo; no a un Cristo de su propia hechura, sino al Cristo de los profetas hebreos. Pues, como dice el apóstol: "Cuando os volváis al Señor, el velo será quitado". [] No podemos extrañarnos de que no crean en el Cristo que resucitó de entre los muertos, y que dijo: "Era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos"; porque este Cristo mismo nos ha dicho lo que Abraham respondió a un rico de duro corazón cuando éste, estando en tormentos en el infierno, le pidió que enviara a alguien a sus hermanos para instruirlos, a fin de que no vinieran también ellos a aquel lugar de tormento. La respuesta de Abraham fue: "Tienen a Moisés y a los profetas; que los oigan". Y cuando el rico dijo que no creerían a menos que alguno resucitara de entre los muertos, recibió esta respuesta veracísima: "Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco creerán aunque alguno resucitare de entre los muertos". [] Por tanto, los maniqueos no oirán a Moisés y a los profetas, y así no creen a Cristo, aunque resucitó de entre los muertos. En efecto, ni siquiera creen que Cristo resucitó de entre los muertos. Pues ¿cómo pueden creer que resucitó, cuando no creen que murió? Pues, además, ¿cómo pueden creer que murió, cuando niegan que tuvo un cuerpo mortal?
XII, 5
5. Pero nosotros rechazamos a esos falsos maestros cuyo Cristo es falso, o mejor dicho, cuyo Cristo nunca existió. Pues tenemos un Cristo verdadero y veraz, predicho por los profetas, predicado por los apóstoles, quienes en innumerables lugares se remiten a los testimonios de la ley y los profetas en apoyo de su predicación. Pablo, en una breve frase, da la visión correcta de este asunto. "Ahora", dice, "la justicia de Dios sin la ley se ha manifestado, siendo testificada por la ley y los profetas". [] ¿Qué profetas, sino los de Israel, a quienes, como dice expresamente, pertenecen los pactos, la promulgación de la ley y las promesas? ¿Y qué promesas, sino acerca de Cristo? En otro lugar, hablando de Cristo, dice concisamente: "Todas las promesas de Dios son en él sí". [] Pablo me dice que la promulgación de la ley perteneció a los israelitas. También me dice que Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree. También me dice que todas las promesas de Dios son en Cristo sí. Y vosotros me decís que los profetas de Israel no predijeron nada de Cristo. ¿Creeré las absurdidades de Maniqueo, que refiere una vana y larga fábula en oposición a Pablo? ¿O creeré a Pablo cuando nos previene: "Si alguno os predica otro evangelio distinto del que os hemos predicado, sea anatema"?
XII, 6
6. Nuestros adversarios quizá nos pidan que señalemos pasajes donde Cristo es predicho por los profetas de Israel. Se diría que podrían quedar satisfechos con la autoridad de los apóstoles, que declaran que lo que leemos en los escritos de los profetas hebreos se cumplió en Cristo, o con la del propio Cristo, que dice que estas cosas fueron escritas de él. Quien no sea capaz de señalar los pasajes debe culpar a su propia ignorancia; pues no se puede acusar de falsedad a los apóstoles, ni a Cristo, ni a las sagradas Escrituras. Sin embargo, puede aducirse un ejemplo entre muchos. El apóstol, en los versículos que siguen al pasaje antes citado, dice: "La palabra de Dios no puede fallar. Porque no todos los que son de Israel son Israel; ni por ser simiente de Abraham son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: no los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa son contados como simiente". [] ¿Qué puede decir nuestro adversario contra esto, en vista de la declaración hecha a Abraham: "En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra"? En el tiempo en que el apóstol dio la siguiente exposición de esta promesa: "A Abraham y a su simiente fueron hechas las promesas. No dice: Y a las simientes, como de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo", [] una duda sobre este punto habría sido entonces menos inexcusable, pues en aquel tiempo aún no habían creído en Cristo todas las naciones, el cual es predicado como de la simiente de Abraham. Pero ahora que vemos el cumplimiento de lo que leemos en la antigua profecía —ahora que todas las naciones son realmente benditas en la simiente de Abraham, a quien se dijo hace miles de años: "En tu simiente serán benditas todas las naciones"—, es mera obstinación necia tratar de introducir otro Cristo, no de la simiente de Abraham, o sostener que no hay predicciones de Cristo en los libros proféticos de los hijos de Abraham.
XII, 7
7. Enumerar todos los pasajes de los profetas hebreos referentes a nuestro Señor y Salvador Jesucristo excedería los límites de un volumen, por no hablar de las breves respuestas de que consta este tratado. Todo el contenido de estas Escrituras se refiere, directa o indirectamente, a Cristo. A menudo la referencia es alegórica o enigmática, quizá en una alusión verbal o en una narración histórica, que exige diligencia en el estudiante y lo recompensa con el placer del descubrimiento. Otros pasajes, en cambio, son claros; porque, sin la ayuda de lo claro, no podríamos entender lo oscuro. Y aun los pasajes figurativos, al ser reunidos, se hallarán tan armoniosos en su testimonio de Cristo que avergonzarán la torpeza del escéptico.
XII, 8
8. En la creación, Dios terminó sus obras en seis días y reposó el séptimo. La historia del mundo comprende seis períodos marcados por los tratos de Dios con los hombres. El primer período va de Adán a Noé; el segundo, de Noé a Abraham; el tercero, de Abraham a David; el cuarto, de David a la cautividad en Babilonia; el quinto, de la cautividad al advenimiento en humildad de nuestro Señor Jesucristo; el sexto está ahora en curso y terminará con la venida del Salvador exaltado al juicio. Lo que corresponde al séptimo día es el descanso de los santos, no en esta vida, sino en otra, donde el rico vio a Lázaro descansando mientras él era atormentado en el infierno; donde no hay tarde, porque no hay decadencia. En el sexto día, en el Génesis, el hombre es formado a imagen de Dios; en el sexto período del mundo se descubre claramente nuestra transformación en la renovación de nuestra mente, conforme a la imagen de aquel que nos creó, como dice el apóstol. [] Así como una esposa fue hecha para Adán de su costado mientras dormía, la Iglesia llega a ser propiedad de su Salvador moribundo, por el sacramento de la sangre que brotó de su costado después de su muerte. La mujer hecha del costado de su marido se llama Eva, o Vida, y madre de los vivientes; y el Señor dice en el Evangelio: "Si no coméis mi carne y bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros". [] Toda la narración del Génesis, en sus más mínimos detalles, es una profecía de Cristo y de la Iglesia con referencia ya a los buenos cristianos, ya a los malos. Hay significado en las palabras del apóstol cuando llama a Adán "figura del que había de venir"; [] y cuando dice: "Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Este es un gran misterio; pero yo hablo de Cristo y de la Iglesia". [] Esto apunta de manera muy obvia al modo en que Cristo dejó a su Padre; porque "aunque estaba en la forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo". [] Y así también dejó a su madre, la sinagoga de los judíos que se aferraba a la carnalidad del Antiguo Testamento, y se unió a la Iglesia, su santa esposa, para que en la paz del Nuevo Testamento los dos fueran una sola carne. Pues aunque con el Padre era Dios, por quien fuimos hechos, se hizo en la carne partícipe de nuestra naturaleza, para que llegáramos a ser el cuerpo del cual él es la cabeza.
XII, 9
9. Así como el sacrificio de Caín, del fruto de la tierra, es rechazado, mientras que el sacrificio de Abel, de sus ovejas y de su grosura, es aceptado, así la fe del Nuevo Testamento, que alaba a Dios en el culto inofensivo de la gracia, es preferida a las observancias terrenales del Antiguo Testamento. Pues aunque los judíos hacían bien en practicar estas cosas, eran culpables de incredulidad por no distinguir el tiempo del Nuevo Testamento, cuando vino Cristo, del tiempo del Antiguo Testamento. Dijo Dios a Caín: "Si ofreces bien, pero no divides bien, has pecado". Si Caín hubiera obedecido a Dios cuando dijo: "Conténtate, pues a ti se referirá, y tú lo dominarás", habría referido su pecado a sí mismo, tomando sobre sí la culpa y confesándosela a Dios; y así, ayudado por los socorros de la gracia, habría dominado su pecado, en vez de obrar como esclavo del pecado matando a su hermano inocente. Así también los judíos, de quienes todas estas cosas son figura, si se hubieran contentado, en lugar de ser turbulentos, y hubieran reconocido el tiempo de la salvación por el perdón de los pecados mediante la gracia, y hubieran oído a Cristo decir: "Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento"; [] y: "Todo aquel que comete pecado, esclavo es del pecado"; y: "Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres"; [] —ellos, en la confesión, habrían referido su pecado a sí mismos, diciendo al Médico, como está escrito en el Salmo: "Dije: Señor, ten misericordia de mí; sana mi alma, porque contra ti he pecado". Y hechos libres por la esperanza de la gracia, habrían dominado el pecado mientras continuara en su cuerpo mortal. Pero ahora, ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer una justicia propia, orgullosos de las obras de la ley, en lugar de humillarse a causa de sus pecados, no se han contentado; y sometidos al pecado que reina en su cuerpo mortal, de modo que le obedecen en sus concupiscencias, han tropezado en la piedra de tropiezo y se han inflamado de odio contra aquel cuyas obras les dolía ver aceptadas por Dios. El hombre que había nacido ciego y había recibido la vista les dijo: "Sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno le sirve y hace su voluntad, a ese oye"; [] como si hubiera dicho: Dios no mira el sacrificio de Caín, sino que mira el sacrificio de Abel. Abel, el hermano menor, es muerto por el hermano mayor; Cristo, cabeza del pueblo menor, es muerto por el pueblo mayor de los judíos. Abel muere en el campo; Cristo muere en el Calvario.
XII, 10
10. Dios pregunta a Caín dónde está su hermano, no como si no lo supiera, sino como un juez pregunta a un criminal culpable. Caín responde que no lo sabe y que no es guardián de su hermano. ¿Y qué respuesta pueden dar hoy los judíos, cuando les preguntamos con la voz de Dios, es decir, de las sagradas Escrituras, acerca de Cristo, sino que no conocen al Cristo de quien hablamos? La ignorancia de Caín era fingida, y los judíos se engañan al rechazar a Cristo. Además, habrían sido en cierto modo guardianes de Cristo, si hubieran querido recibir y guardar la fe cristiana. Pues el hombre que guarda a Cristo en su corazón no pregunta, como Caín: ¿Soy yo guardián de mi hermano? Luego dice Dios a Caín: "¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra". Así la voz de Dios en las sagradas Escrituras acusa a los judíos. Porque la sangre de Cristo tiene una voz potente en la tierra, cuando el Amén de respuesta de los que creen en Él viene de todas las naciones. Esta es la voz de la sangre de Cristo, porque la voz clara de los fieles redimidos por su sangre es la voz de la sangre misma.
XII, 11
11. Luego dice Dios a Caín: "Maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir la sangre de tu hermano de tu mano. Pues labrarás la tierra, y ya no te dará su fuerza. Gimiendo y temblando estarás en la tierra". No dice: Maldita sea la tierra, sino: Maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir la sangre de tu hermano de tu mano. Así, el pueblo incrédulo de los judíos es maldito de la tierra, es decir, de la Iglesia, que en la confesión de los pecados abrió su boca para recibir la sangre derramada para la remisión de los pecados por la mano del pueblo que no quiso estar bajo la gracia, sino bajo la ley. Y este homicida es maldecido por la Iglesia; es decir, la Iglesia admite y confiesa la maldición pronunciada por el apóstol: "Todos los que son de las obras de la ley están bajo la maldición de la ley". [] Luego, después de decir: Maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir la sangre de tu hermano de tu mano, lo que sigue no es: Pues la labrarás, sino: Labrarás la tierra, y no te dará su fuerza. La tierra que ha de labrar no es necesariamente la misma que abrió su boca para recibir la sangre de su hermano de su mano. De esta tierra es maldito, y así labra una tierra que ya no le dará su fuerza. Es decir, la Iglesia admite y confiesa que el pueblo judío es maldito, porque después de matar a Cristo continúan labrando el suelo de una circuncisión terrenal, de un sábado terrenal, de una pascua terrenal, mientras la fuerza o virtud oculta de dar a conocer a Cristo, que este laboreo contiene, no es dada a los judíos mientras continúan en la impiedad y la incredulidad, pues se revela en el Nuevo Testamento. Mientras no se vuelvan a Dios, el velo que está sobre sus mentes al leer el Antiguo Testamento no es quitado. Este velo lo quita solo Cristo, quien no suprime la lectura del Antiguo Testamento, sino la cubierta que oculta su virtud. Así, en la crucifixión de Cristo, el velo se rasgó en dos, para que por la pasión de Cristo los misterios ocultos fueran revelados a los creyentes que se vuelven a Él con la boca abierta en confesión para beber su sangre. De este modo, el pueblo judío, como Caín, continúa labrando la tierra, en la observancia carnal de la ley, la cual no les da su fuerza, porque no perciben en ella la gracia de Cristo. Así también, la carne de Cristo fue la tierra de la cual, crucificándolo, los judíos produjeron nuestra salvación, pues Él murió por nuestros pecados. Pero esta tierra no les dio a ellos su fuerza, porque no fueron justificados por la virtud de su resurrección, pues resucitó para nuestra justificación. Como dice el apóstol: "Fue crucificado en debilidad, pero vive por el poder de Dios". [] Este es el poder de aquella tierra, desconocido para los impíos e incrédulos. Cuando Cristo resucitó, no se apareció a los que lo habían crucificado. Así, a Caín no le fue permitido ver la fuerza de la tierra que labró para sembrar en ella su simiente; como dijo Dios: "Labrarás la tierra, y ya no te dará su fuerza".
XII, 12
12. "Gimiendo y temblando estarás en la tierra". Aquí nadie puede dejar de ver que en toda tierra donde los judíos están dispersos lloran la pérdida de su reino, y están en temerosa sujeción al número inmensamente superior de cristianos. Respondió, pues, Caín, y dijo: "Mi castigo es mayor de lo que puedo soportar. Si me echas hoy de la faz de la tierra, y de tu rostro quedaré escondido, y seré gimiendo y temblando en la tierra, y sucederá que cualquiera que me hallare me matará". Aquí gime, en efecto, de terror, temiendo que, tras perder su posesión terrenal, haya de sufrir la muerte del cuerpo. A esto llama un caso peor que el de no darle la tierra su fuerza, o que el de la muerte espiritual. Porque su mente es carnal; pues poco le importa estar escondido del rostro de Dios, es decir, estar bajo la ira de Dios, si no fuera porque puede ser hallado y muerto. Esta es la mente carnal que labra la tierra, pero no obtiene su fuerza. El ocuparse de lo carnal es muerte; pero él, ignorando esto, llora la pérdida de su posesión terrenal y teme la muerte corporal. Pero ¿qué responde Dios? "No será así —dice—, sino que cualquiera que matare a Caín, siete veces será castigado". Es decir, no es como tú dices: no perecerá por muerte corporal la raza impía de los judíos carnales. Pues quien los destruya de este modo sufrirá una venganza siete veces mayor, es decir, traerá sobre sí la pena septiforme bajo la cual yacen los judíos por la crucifixión de Cristo. Así, hasta el fin de los siete días del tiempo, la continua preservación de los judíos será una prueba para los cristianos creyentes del castigo merecido por quienes, en la soberbia de su reino, dieron muerte al Señor.
XII, 13
13. "Y puso Dios una señal sobre Caín, para que no lo matara cualquiera que lo hallara". Es un hecho digno de la mayor atención que todas las naciones sojuzgadas por Roma adoptaron las ceremonias paganas del culto romano; mientras que la nación judía, ya sea bajo monarcas paganos o cristianos, jamás ha perdido la señal de su ley, por la cual se distingue de todas las demás naciones y pueblos. Ningún emperador o monarca que halla bajo su gobierno al pueblo con esta señal lo mata, es decir, no hace que dejen de ser judíos, y que como judíos no estén separados en sus observancias y sean distintos del resto del mundo. Solo cuando un judío se pasa a Cristo, ya no es Caín, ni sale de la presencia de Dios, ni habita en la tierra de Nod, que se dice significa conmoción. Contra este mal de la conmoción ora el salmista: "No permitas que mis pies resbalen"; y también: "No me muevan las manos de los impíos"; y: "Los que me atribulan se alegrarán si yo resbalare"; y: "El Señor está a mi diestra, para que no sea yo conmovido"; y así en innumerables lugares. Este mal sobreviene a quienes dejan la presencia de Dios, es decir, su misericordia. Así dice el salmista: "Dije en mi prosperidad: No seré jamás conmovido". Pero observa lo que sigue: "Señor, con tu favor diste fuerza a mi gloria; escondiste tu rostro, y fui turbado"; lo cual nos enseña que no en sí misma, sino por participación en la luz de Dios, puede alma alguna poseer hermosura, u honor, o fuerza. Los maniqueos deberían pensar en esto, para guardarse de la blasfemia de identificarse con la naturaleza y sustancia de Dios. Pero no pueden pensar, porque no se contentan. Son ajenos al sábado del corazón. Si se contentaran, como se le dijo a Caín, referirían su pecado a sí mismos; es decir, echarían la culpa sobre sí mismos, y no sobre una raza de tinieblas de la que nadie jamás oyó hablar, y así, por la gracia de Dios, vencerían su pecado. Pero ahora los maniqueos, y todos los que se oponen a la verdad con sus varias herejías, dejan la presencia de Dios, como Caín y los judíos dispersos, y habitan la tierra de la conmoción, es decir, de la inquietud carnal, en lugar del goce de Dios, es decir, en lugar de Edén, que se interpreta Festín, donde estaba plantado el paraíso. Pero para no apartarme demasiado del argumento de este tratado, debo limitarme a unas pocas observaciones breves bajo este punto.
XII, 14
14. Omitiendo, pues, muchos pasajes de estos libros en los que puede hallarse a Cristo, pero que requieren explicación y prueba más largas, aunque los sentidos más ocultos son los más dulces, puede obtenerse un testimonio convincente de la enumeración de cosas como las siguientes: — Que Enoc, el séptimo desde Adán, agradó a Dios y fue trasladado, como ha de haber un séptimo día de descanso al que serán trasladados todos los que, durante el sexto día de la historia del mundo, son hechos nuevas criaturas por el Verbo encarnado. Que Noé, con su familia, se salva por agua y madera, así como la familia de Cristo se salva por el bautismo, que representa el sufrimiento de la cruz. Que el arca está hecha de vigas dispuestas en cuadrado, así como la Iglesia está construida de santos preparados para toda buena obra: pues un cuadrado se mantiene firme por cualquier lado. Que la longitud es seis veces la anchura y diez veces la altura, como un cuerpo humano, para mostrar que Cristo apareció en un cuerpo humano. Que la anchura llega a cincuenta codos; como dice el apóstol: "Nuestro corazón se ha ensanchado"; [] es decir, con amor espiritual, del cual dice de nuevo: "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado". [] Pues en el quincuagésimo día después de su resurrección, Cristo envió su Espíritu Santo para ensanchar los corazones de sus discípulos. Que tiene trescientos codos de largo, lo que hace seis veces cincuenta; como hay seis períodos en la historia del mundo durante los cuales Cristo no ha dejado de ser predicado: en cinco anunciado por los profetas, y en el sexto proclamado en el evangelio. Que tiene treinta codos de alto, la décima parte de la longitud; porque Cristo es nuestra altura, quien en su trigésimo año dio su sanción a la doctrina del evangelio, declarando que no vino a destruir la ley, sino a cumplirla. Ahora bien, los diez mandamientos son el corazón de la ley; y por eso la longitud del arca es diez veces treinta. También el mismo Noé era el décimo desde Adán. Que las vigas del arca están unidas por dentro y por fuera con brea, para significar por la unión compacta la tolerancia del amor, que preserva la conexión fraterna de ser dañada, y el vínculo de la paz de ser roto por las ofensas que prueban a la Iglesia ya sea desde fuera o desde dentro. Pues la brea es una sustancia pegajosa, de gran energía y fuerza, para representar el ardor del amor que, con gran poder de aguante, todo lo soporta en el mantenimiento de la comunión espiritual.
XII, 15
15. Que toda especie de animales está encerrada en el arca; así como la Iglesia contiene a todas las naciones, lo cual fue mostrado también en el vaso presentado a Pedro. Que animales limpios e inmundos hay en el arca; así como buenos y malos participan de los sacramentos de la Iglesia. Que los limpios van de siete en siete, y los inmundos de dos en dos; no porque los malos sean menos que los buenos, sino porque los buenos guardan la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; y del Espíritu se dice en la Escritura que tiene una operación septiforme, siendo "el Espíritu Santo de sabiduría y de entendimiento, de consejo y de fortaleza, de conocimiento y de piedad, y de temor de Dios". [] Así también el número cincuenta, que se relaciona con la venida del Espíritu Santo, se compone de siete veces siete y uno más; por lo que se dice: "Esforzándoos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz". [] Los malos, a su vez, van de dos en dos, como fácilmente divididos, por su tendencia al cisma. Que Noé, contando su familia, era el octavo; porque la esperanza de nuestra resurrección ha aparecido en Cristo, que resucitó de entre los muertos en el octavo día, es decir, en el día después del séptimo, o sábado. Este día era el tercero desde su pasión; pero en la cuenta ordinaria de los días, es a la vez el octavo y el primero.
XII, 16
16. Que todo el arca junta se remata en un codo por arriba; así como la Iglesia, el cuerpo de Cristo reunido en la unidad, es elevada a la perfección. Así dice Cristo en el Evangelio: "El que conmigo no recoge, desparrama". [] Que la entrada está en el costado; así como nadie entra en la Iglesia sino por el sacramento de la remisión de los pecados que brotó del costado abierto de Cristo. Que los espacios inferiores del arca están divididos en cámaras de dos y de tres: así como la multitud de todas las naciones en la Iglesia se divide en dos, a saber, circuncisos e incircuncisos; o en tres, según descienden de los tres hijos de Noé. Y estas partes del arca se llaman inferiores, porque en este estado terrenal hay diferencia de razas, y arriba somos completados en uno. Arriba no hay diversidad; porque Cristo es todo y en todos, rematándonos, por así decir, en un codo por arriba con unidad celestial.
XII, 17
17. Que el diluvio vino siete días después de que Noé entrara en el arca; como nosotros somos bautizados en la esperanza del descanso futuro, que era significado por el séptimo día. Que toda carne sobre la faz de la tierra, fuera del arca, fue destruida por el diluvio; como, fuera de la comunión de la Iglesia, aunque el agua del bautismo es la misma, es eficaz solo para destrucción, y no para salvación. Que llovió durante cuarenta días y cuarenta noches; como el sacramento del bautismo celestial lava toda la culpa de los pecados contra los diez mandamientos a través de los cuatro confines del mundo (cuatro veces diez es cuarenta), ya sea que esa culpa haya sido contraída en el día de la prosperidad o en la noche de la adversidad.
XII, 18
18. Que Noé tenía quinientos años cuando Dios le dijo que hiciera el arca, y seiscientos cuando entró en el arca; lo cual muestra que el arca fue hecha durante cien años, que parecen corresponder a los años de una edad del mundo. Así la sexta edad está ocupada con la construcción de la Iglesia por la predicación del evangelio. El hombre que se aprovecha de la oferta de salvación es hecho como una viga cuadrada, apta para toda buena obra, y forma parte del edificio sagrado. Además, era el segundo mes del año seiscientos cuando Noé entró en el arca, y en dos meses hay sesenta días; de modo que aquí, como en todo múltiplo de seis, tenemos el número que denota la sexta edad.
XII, 19
19. Que se hace mención del día veintisiete del mes; como ya hemos visto la significación del cuadrado en las vigas. Aquí especialmente es significativo; pues como veintisiete es el cubo de tres, hay una trinidad en los medios por los cuales somos, por así decir, cuadrados, o aptos para toda buena obra. Por la memoria nos acordamos de Dios; por el entendimiento lo conocemos; por la voluntad lo amamos. Que en el mes séptimo el arca descansó; recordándonos de nuevo el séptimo día de descanso. Y aquí de nuevo, para denotar la perfección de los que están en reposo, se menciona por segunda vez el día veintisiete del mes. Así lo que se promete en esperanza se realiza en la experiencia. Hay aquí una combinación de siete y ocho; pues el agua subió quince codos por encima de las montañas, señalando un profundo misterio en el bautismo: el sacramento de nuestra regeneración. Porque el séptimo día de descanso está conectado con el octavo de la resurrección. Pues cuando los santos reciban de nuevo sus cuerpos después del descanso del estado intermedio, el descanso no cesará; sino que más bien el hombre entero, cuerpo y alma unidos, renovado en la salud inmortal, alcanzará la realización de su esperanza en el disfrute de la vida eterna. Así el sacramento del bautismo, como las aguas de Noé, se eleva sobre toda la sabiduría de los soberbios. Siete y ocho se combinan también en el número ciento cincuenta, compuesto de setenta y ochenta, que fue el número de días durante los cuales prevaleció el agua, señalando el profundo significado del bautismo al consagrar al hombre nuevo para mantener la fe del descanso y de la resurrección.