Siglo IV · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Morris y Simcox (Nicene and Post-Nicene Fathers)
Texto base: versión inglesa de J. B. Morris y W. H. Simcox, revisada con notas por George B. Stevens, Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 11 (1889) · 32 homilías
Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Morris y Simcox (rev. Stevens); no del griego, y sin traductor humano
Pablo escribió a Roma una carta densa, llena de objeciones que él mismo plantea y contesta, y Crisóstomo la lee como un predicador que quiere que sus oyentes la entiendan: cita un tramo, lo explica frase a frase, se detiene donde el argumento es difícil y termina cada homilía con una exhortación a vivir lo que acaba de comentar. Son treinta y dos homilías que cubren los dieciséis capítulos de la carta, desde la salutación hasta las advertencias finales. Es el comentario de referencia de la exégesis antioquena sobre Romanos y uno de los textos con que la Iglesia antigua discutió el pecado de Adán, la ley, la justificación y la gracia.
Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de J. B. Morris y W. H. Simcox, revisada con notas por George B. Stevens, publicada en 1889 en el volumen 11 de la primera serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF), Saint Chrysostom: Homilies on the Acts of the Apostles and the Epistle to the Romans, dirigido por Philip Schaff. La portada de CCEL presenta las homilías sobre Romanos como «traducidas por el rev. J. B. Morris, M.A., de Exeter College, Oxford, y el rev. W. H. Simcox, de Queen's College, Oxford», y «revisadas, con notas, por George B. Stevens», profesor de la Universidad de Yale. La versión castellana es automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y no ha sido revisada por un traductor humano.
Ficha de la obra
Autor
Juan Crisóstomo (Wikipedia: Antioquía, 347 – Comana del Ponto, 14 de septiembre de 407), presbítero de Antioquía y después arzobispo de Constantinopla
Título
Homilías sobre la Epístola a Romanos (en el NPNF, Homilies on Romans)
Fecha
La Catholic Encyclopedia da c. 391 para la redacción del comentario; los editores de Oxford, siguiendo a Tillemont, concluyen que se predicó en Antioquía, antes del episcopado de Constantinopla (398)
Género
Treinta y dos homilías, un comentario seguido de la carta
Estructura
Cada homilía abre con el pasaje de Romanos que comenta; los párrafos se numeran «§ n» dentro de cada homilía
Extensión
Unas 185 000 palabras en esta edición
Traducción
Castellana, automática y directa del inglés de Morris y Simcox (rev. Stevens); no del griego
Fuente
Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 11 (1889), tal como lo recogen New Advent y CCEL
Las treinta y dos homilías
Cada homilía empieza con el versículo desde el que comenta, tal como lo da la edición (Crisóstomo sigue la carta sin saltarse tramos, así que cada una llega hasta donde empieza la siguiente).
Homilía
Comienza en
Homilía
Comienza en
1
Rom 1:1
17
Rom 10:1
2
Rom 1:8
18
Rom 10:14
3
Rom 1:18
19
Rom 11:7
4
Rom 1:26
20
Rom 12:1
5
Rom 1:28
21
Rom 12:4
6
Rom 2:17
22
Rom 12:14
7
Rom 3:9
23
Rom 13:1
8
Rom 4:1
24
Rom 13:11
9
Rom 4:23
25
Rom 14:1
10
Rom 5:12
26
Rom 14:14
11
Rom 6:5
27
Rom 14:25-27 (la doxología)
12
Rom 6:19
28
Rom 15:8
13
Rom 7:14
29
Rom 15:14
14
Rom 8:12
30
Rom 15:25
15
Rom 8:28
31
Rom 16:5
16
Rom 9:1
32
Rom 16:17
La fuente y su traducción
Los editores de Oxford (C. Marriott, en el prefacio a la edición inglesa) describen el comentario de Crisóstomo a Romanos como uno de los más cerrados y argumentativos que dejó, y atribuyen esa calidad a que el estilo mismo de la carta obliga a imaginar lo que sentían sus primeros destinatarios y a seguir su razonamiento paso a paso. El mismo prefacio dice que la traducción parte del texto griego de Savile, salvo donde se indica otra cosa, y cita como ejemplos de ese cuidado la ilustración del matrimonio y la ley en Romanos 7 (homilía 12) y el comentario a Romanos 9:3 (homilía 16), donde se nota el afecto de Crisóstomo por Pablo. La traducción es obra del rev. J. B. Morris. Pusey cuenta en 1876 que, como el texto benedictino había sido revisado por Field con ayuda de los manuscritos europeos, no se quiso reimprimir el volumen sin revisar la traducción por ese texto; lo hizo W. H. Simcox, que por lo demás dejó la versión anterior casi intacta. En 1889, Stevens mejoró la edición de Oxford con cambios de redacción, la corrección de errores, las citas bíblicas puestas al día y notas críticas propias; el prefacio dice que las notas inglesas a Romanos son pocas y breves.
Sobre el lugar y la fecha, las fuentes no dicen lo mismo. La Catholic Encyclopedia sitúa la redacción del comentario hacia 391; el prefacio de Oxford, siguiendo a Tillemont, lee en la homilía 8 que Crisóstomo habla de sí mismo y de sus oyentes como bajo un solo obispo, lo que no encaja con ser él el obispo de Constantinopla, y añade que parece dirigirse a oyentes con fácil acceso al lugar donde Pablo enseñó y estuvo encadenado, lo que concordaría con Antioquía (el propio prefacio reconoce que esa prisión de Pablo allí no consta). Ninguna de las dos fuentes da un año exacto de predicación.
Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.
Lo que viene de la edición. La división en treinta y dos homilías es la del NPNF. Los párrafos de la edición se numeran aquí «§ n» dentro de cada homilía, y los pasajes llevan el rango de los párrafos que reúnen; la numeración es de esta lectura, no de la edición. Cada homilía abre en el epub con el pasaje de Romanos que comenta, citado con los números romanos del NPNF («Rom. IV. 23»), y los lemas posteriores («Ver. 15.») se conservan como párrafos propios. El epub incluye algunas anotaciones de los editores ingleses dentro del texto, como «(manuscritos [τε] que Sav. omite)» en la homilía 27. No incluye el «Argumento» general con que el NPNF abre el comentario (Field cuenta ese texto como la primera homilía, pero los editores de Oxford no alteraron la numeración usual), ni las notas de Morris y de Stevens, ni los prefacios: lo que se lee aquí es el texto de las homilías.
Las referencias a los salmos. Las citas bíblicas entre corchetes del epub se leen aquí como referencias a un pasaje que el lector puede abrir. Crisóstomo cita los salmos según la Septuaginta, y el epub mezcla su numeración con la hebrea. Donde el número del epub no corresponde al versículo citado (por ejemplo, «Salmo 103:15», el vino que alegra el corazón, en la homilía 28, que es el salmo 104:15 en la numeración hebrea), la referencia se deja como texto, sin enlace: ni se cambia el número de la traducción ni se abre un versículo equivocado. El cotejo se hizo contra el texto de la RV 1960 en la biblioteca local.
Defectos de la traducción castellana, conservados. Una sola palabra del inglés queda sin traducir: «same», en una anotación de los editores ingleses de la homilía 6 («4 manuscritos omiten “same”»); el epub trae además anotaciones sueltas de esos editores con abreviaturas («Sav.», «Serm. LXII», «O.T.»). Hay referencias del epub sin resolver («Cánt. v. 16», que cita una oración como «Con corazón contrito y espíritu humilde seamos aceptados») que se dejan como texto.
«Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el Evangelio de Dios, (que Él había prometido antes por sus profetas en las Santas Escrituras.)»
Moisés, habiendo escrito cinco libros, en ninguna parte les puso su propio nombre; tampoco lo hicieron los que después de él compusieron la historia de los acontecimientos posteriores a él; ni tampoco Mateo, ni Juan, ni Marcos, ni Lucas; pero el bienaventurado Pablo en todas sus Epístolas pone su propio nombre. Ahora bien, ¿por qué fue esto? Porque ellos escribían a personas que estaban presentes, y habría sido superfluo darse a conocer cuando estaban presentes. Pero este hombre enviaba sus escritos desde lejos y en forma de carta, por cuya causa era necesaria la adición del nombre. Y si en la Epístola a los Hebreos no hace lo mismo, esto también es conforme a su propio sabio juicio. Pues como sentían prejuicio contra él, para que al oír el nombre desde el principio no cerraran toda entrada a su discurso, sutilmente se ganó su atención ocultando el nombre. Pero si algunos Profetas y Salomón pusieron sus nombres, esto lo dejo como materia para que vosotros mismos lo examinéis más adelante, por qué algunos quisieron ponerlo así y otros no. Porque no habéis de aprenderlo todo de mí, sino que también vosotros mismos habéis de esforzaros e indagar más, no sea que os volváis más torpes de ingenio.
«Pablo, siervo de Jesucristo.» ¿Por qué cambió Dios su nombre y llamó Pablo al que era Saulo? Fue para que ni siquiera en esto quedara por debajo de los Apóstoles, sino que pudiera adquirir aquella preeminencia que tenía el principal de los Discípulos []; y tener con ello un fundamento para una unión más estrecha con ellos. Y se llama a sí mismo siervo de Cristo, pero no solo esto; porque hay muchas clases de servidumbre. Una debida a la creación, según la cual dice: «porque todos son tus siervos» []; y según la cual dice: «Nabucodonosor, mi siervo» [], pues la obra es sierva de Aquel que la hizo. Otra clase es la que procede de la fe, de la cual dice: «Pero gracias a Dios que aunque erais siervos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.» [] Otra es la que procede de la sujeción civil ([πολιτείας]), según la cual dice: «Moisés mi siervo ha muerto» []; y en verdad todos los judíos eran siervos, pero Moisés de manera especial, por brillar con más intensidad en la comunidad. Puesto que, pues, en todas las formas de la admirable servidumbre, Pablo era siervo, esto lo pone en lugar del mayor título de dignidad, diciendo: «siervo de Jesucristo.» Y los Nombres pertenecientes a la economía los expone, subiendo desde lo más bajo. Pues con el Nombre Jesús, vino el Ángel del Cielo cuando fue concebido de la Virgen; y Cristo se llama por ser ungido, lo cual también pertenecía a la carne. ¿Y con qué óleo, podría preguntarse, fue ungido? No fue con óleo con lo que fue ungido, sino con el Espíritu. Y la Escritura tiene ejemplos de llamar a tales «Cristos»: en cuanto el Espíritu es lo principal en la unción, y aquello para lo cual se usa el óleo. ¿Y dónde llama «Cristos» a los que no son ungidos con óleo? «No toquéis,» dice, «a mis ungidos, y no hagáis mal a mis profetas» [], pero en aquel tiempo aún no existía siquiera la institución de ungir con óleo.
«Llamado apóstol.» Se llama a sí mismo «llamado» en todas sus Epístolas, mostrando así su propia franqueza ([εὐγνωμοσύνην]), y que no fue por buscar él que lo halló, sino que, al ser llamado, se acercó y obedeció. Y a los fieles los llama «llamados a ser santos,» pero mientras que ellos habían sido llamados hasta el punto de ser creyentes, a él se le había confiado además una cosa distinta, a saber, el apostolado, cosa llena de innumerables bendiciones, y a la vez mayor que todos los dones y que los abarca todos.
Hom. 1, § 6–9
Y ¿qué más hay que decir de ello, sino que todo lo que Cristo hacía estando presente, esto lo confió a sus manos cuando se fue? Lo cual también Pablo proclama en voz alta, hablando de ello y engrandeciendo la dignidad del oficio apostólico; «Somos embajadores de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros;» es decir, en lugar de Cristo. «Apartado para el Evangelio de Dios.» [] Pues como en una casa cada uno es puesto aparte para diversos trabajos, así también en la Iglesia hay diversas distribuciones de ministerios. Y en esto me parece insinuar que no fue designado solo por suerte, sino que desde antiguo y desde el principio estaba ordenado para este oficio; lo cual también dice Jeremías que Dios habló acerca de sí mismo: «Antes que salieras del vientre, te santifiqué, te ordené profeta a las naciones.» [] Pues al escribir a una ciudad vanidosa y de todo punto henchida de orgullo, usa por eso de todos los medios para mostrar que su elección era de Dios. Porque Él mismo lo llamó y Él mismo lo apartó. Y hace esto para que la Epístola merezca crédito y halle fácil acogida. «Al Evangelio de Dios.» Así que no es Mateo solo Evangelista, ni Marcos, como tampoco este hombre solo Apóstol, sino ellos también; aunque se diga que él es esto de manera preeminente y ellos aquello. Y lo llama Evangelio, no solo por los bienes que ya se han realizado, sino también por los que han de venir. ¿Y cómo es que dice que el Evangelio «de Dios» es predicado por él? Porque dice: «apartado para el Evangelio de Dios» — pues el Padre era manifiesto, aun antes de los Evangelios. Pero aun si era manifiesto, lo era solo a los judíos, y ni siquiera a todos estos como convenía. Porque no lo conocían como Padre, y concebían de Él muchas cosas indignamente. Por lo cual también Cristo dice: «Los verdaderos adoradores» vendrán, y que «el Padre busca a los tales que le adoren.» [] Pero fue después cuando Él mismo con el Hijo fue revelado al mundo entero, lo cual Cristo también anunció de antemano, diciendo: «para que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú has enviado.» [] Pero lo llama el «Evangelio» de Dios, para alegrar al oyente desde el principio. Porque no vino con noticias que entristecieran el semblante, como los profetas con sus acusaciones, cargos y reproches, sino con buenas nuevas, a saber, el «Evangelio de Dios;» innumerables tesoros de bendiciones permanentes e inmutables.
Ver. 2. «Que había prometido antes por sus profetas en las Santas Escrituras.»
Pues el Señor, dice él, «dará la palabra a los que anuncian buenas nuevas con gran poder» [Salmo 68:12, Septuaginta]; y otra vez, «¡Cuán hermosos son los pies de los que predican el Evangelio de la paz!» [] Ved aquí tanto el nombre del Evangelio expresamente como su carácter, establecidos en el Antiguo Testamento. Porque, quiere decir, no lo proclamamos solo con palabras, sino también con obras; ya que no era humano, sino divino e indecible, y superior a toda naturaleza. Ahora bien, puesto que le han echado en cara también la acusación de novedad, Él muestra que es más antiguo que los griegos y descrito de antemano en los Profetas. Y si no lo dio desde el principio a causa de los que no querían recibirlo, con todo, los que estaban dispuestos lo oyeron. «Abraham, vuestro padre,» dice, «se regocijó de ver mi día, y lo vio, y se alegró.» [] ¿Cómo entonces dice Él: «Muchos profetas desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron?» [] No quiere decir que no lo vieran como vosotros veis y oís, la Carne misma y los milagros ante vuestros ojos. Pero dejadme rogaros que miréis y veáis cuánto tiempo antes fueron estas cosas predichas. Pues cuando Dios está a punto de hacer abiertamente algunas cosas grandes, las anuncia con mucha antelación, para ejercitar el oído de los hombres en la recepción de ellas cuando lleguen.
«En las Santas Escrituras.» Porque los Profetas no solo hablaron, sino que también escribieron lo que hablaron; y no solo escribieron, sino que también los prefiguraron con acciones, como Abraham cuando condujo arriba a Isaac, y Moisés cuando levantó la Serpiente, y cuando extendió sus manos contra Amalec, y cuando ofreció el Cordero Pascual.
Hom. 1, § 10–13
Ver. 3. «Acerca de su Hijo, que fue hecho del linaje de David según la carne.»
¿Qué haces, oh Pablo, que después de elevar así nuestras almas y ensalzarlas, y de hacer pasar ante ellas cosas grandes e indecibles en espectáculo, y de hablar del Evangelio, y además del Evangelio de Dios, y de traer el coro de los Profetas, y mostrar a todos ellos anunciando muchos años antes las cosas que habían de venir, por qué nos haces bajar de nuevo a David? ¿Estás hablando, dime, de un hombre cualquiera, dándole por padre al hijo de Jesé? ¿Y en qué son estas cosas dignas de lo que acabas de decir? Sí, son plenamente dignas. Porque nuestro discurso no es, dice él, sobre un mero hombre. Tal fue mi razón para añadir: «según la carne;» insinuando que hay también una Generación del Mismo según el Espíritu. ¿Y por qué comenzó por aquella y no por esta, que es más alta? Porque aquello era de donde Mateo, Lucas y Marcos comenzaron. Pues el que quiere llevar de la mano a los hombres al Cielo, necesita conducirlos hacia arriba desde abajo. Así también fue ordenada la economía real. Primero, es decir, lo vieron hombre sobre la tierra, y luego comprendieron que era Dios. En la misma dirección, pues, en que Él mismo había trazado su enseñanza, su discípulo también configuró el camino que allí conduce. Por tanto, la generación según la carne se coloca primero en su lenguaje, no porque fuera primera, sino porque él quería conducir al oyente de esta a aquella.
Ver. 4. «Y declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos, a saber, Jesucristo.»
Lo que se dice se ha hecho oscuro por la estrecha trabazón de las palabras, y por ello es necesario dividirlo. ¿Qué es, pues, lo que dice? Predicamos, dice él, a Aquel que fue hecho de David. Pero esto es claro. ¿De dónde, pues, es claro que esta Persona encarnada era también Hijo de Dios? Primero, por los profetas; por lo cual dice: «Que había prometido antes por los Profetas en las Santas Escrituras.» [] Y este modo de demostración no es débil. Y luego también por el modo mismo de su Nacimiento: lo cual también expone al decir: «del linaje de David según la carne:» pues quebrantó la regla de la naturaleza. En tercer lugar, por los milagros que hizo, que dan una demostración de mucho poder, pues «en poder» significa esto. En cuarto lugar, por el Espíritu que dio a los que creen en Él, y por medio del cual los hizo santos a todos, por lo cual dice: «según el Espíritu de santidad.» Pues solo de Dios era conceder tales dones. En quinto lugar, por la Resurrección; porque Él primero y Él solo se resucitó a sí mismo: y esto, Él mismo dijo que era sobre todo un milagro suficiente para tapar la boca incluso a los que se comportaban desvergonzadamente. Pues, «Destruid este Templo,» dice, «y en tres días lo levantaré» []; y, «Cuando hayáis levantado» a Mí «de la tierra, entonces conoceréis que Yo soy» []; y otra vez, Esta «generación pide señal; y no se le dará señal, sino la señal de Jonás.» [] ¿Qué es, pues, el ser «declarado?» el ser mostrado, el ser manifestado, el ser juzgado, el ser confesado, por el sentir y el sufragio de todos; por los Profetas, por el maravilloso Nacimiento según la Carne, por el poder que había en los milagros, por el Espíritu, mediante el cual dio la santificación, por la Resurrección, con la cual puso fin a la tiranía de la muerte.
Hom. 1, § 14–15
Ver. 5. «Por quien recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia de la fe.»
Ved la franqueza del siervo. Nada quiere que sea suyo, sino todo de su Maestro. Y en verdad fue el Espíritu quien dio esto. Por lo cual dice: «Muchas cosas tengo que deciros, pero ahora no podéis soportarlas. Pero cuando venga Él, el Espíritu de Verdad, Él os guiará a toda verdad» []; y otra vez, «Apartadme a Pablo y a Bernabé.» [] Y en la Epístola a los Corintios dice que «a uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría, a otro palabra de conocimiento» []; y que Él reparte todas las cosas como quiere. Y al dirigirse a los Milesios, dice: «Sobre los cuales el Espíritu Santo os ha puesto por pastores y obispos.» [] Veis: llama cosas del Hijo a las del Espíritu, y cosas del Espíritu a las del Hijo. «Gracia y apostolado;» es decir, no somos nosotros los que hemos logrado por nosotros mismos llegar a ser Apóstoles. Porque no fue por haber trabajado y laborado mucho que se nos asignó esta dignidad, sino que recibimos gracia, y el resultado feliz es parte del don celestial. «Para la obediencia de la fe.» Así que no fueron los Apóstoles quienes lo lograron, sino la gracia que allanó el camino delante de ellos. Pues era parte suya ir de un lado a otro y predicar, pero persuadir era de Dios, que obraba en ellos. Como también dice Lucas, que «les abrió el corazón» []; y otra vez, a quienes les fue dado oír la palabra de Dios. «A la obediencia;» no dice, al cuestionamiento y aparato ([κατασκευὴν]) de argumento, sino «a la obediencia.» Porque no fuimos enviados, quiere decir, a discutir, sino a entregar aquellas cosas que se nos habían confiado. Porque cuando el Maestro declara algo, los que oyen no deben ser examinadores escrupulosos y curiosos de lo que se les dice, sino solo receptores; pues por esto fueron enviados los Apóstoles, para hablar lo que habían oído, no para añadir nada de su propio caudal, y para que nosotros por nuestra parte creamos— ¿qué es lo que hemos de creer?— «acerca de su Nombre.» No que hayamos de ser curiosos acerca de la esencia, sino que creamos en el Nombre; porque esto fue lo que también obró los milagros. Pues dice: «en el Nombre de Jesucristo, levántate y anda.» [] Y esto también requiere fe, y no se puede aprehender nada de estas cosas por razonamiento ([λογισμᾥ καταλαβεἵν]). «Entre todas las naciones, entre las cuales estáis también vosotros, llamados de Jesucristo.» ¿Qué? ¿Acaso Pablo predicó a todas las naciones? Ahora bien, que recorrió todo el espacio desde Jerusalén hasta Ilírico, y de allí partió de nuevo hasta los confines de la tierra, es claro por lo que escribe a los Romanos; pero aun si no llegó a todas, con todo lo que dice no es falso, porque no habla de sí solo, sino de los doce Apóstoles y de todos los que anunciaron la palabra después de ellos. Y en otro sentido, no se debe hallar falta alguna en la frase, si se refiere a sí mismo, cuando se considera su ánimo dispuesto, y cómo después de la muerte no cesa de predicar en todas las partes del mundo. Y considera cómo ensalza el don, y muestra que es grande y mucho más excelso que el anterior, puesto que las cosas antiguas eran con una sola nación, pero este don atrajo a sí mar y tierra. Y atiende también a esto: cuán libre está el ánimo de Pablo de toda adulación; pues al conversar con los Romanos, que estaban asentados como sobre una especie de cumbre del mundo entero, no les atribuye más que a las otras naciones, ni por el hecho de estar ellos entonces en el poder y gobernar, dice que tengan también ventaja alguna en las cosas espirituales. Sino que (quiere decir) como predicamos a todas las naciones, así también a vosotros, contándoos con escitas y tracios: pues si no quisiera mostrar esto, sería superfluo decir «Entre las cuales estáis también vosotros.» Y esto lo hace para abatir su altivez ([κενὥν τὸ φύσημα]) y postrar la vanidad hinchada de sus mentes, y para enseñarles a honrar a los demás igual que a sí mismos: y así prosigue hablando sobre este mismo punto.
Hom. 1, § 16–20
Ver. 6. «Entre las cuales estáis también vosotros, los llamados de Jesucristo.»
Es decir, junto con quienes también vosotros estáis; y no dice que llamó a los otros con vosotros, sino a vosotros con los otros. Porque si en Cristo Jesús no hay siervo ni libre, mucho menos hay rey y particular. Pues también vosotros fuisteis llamados y no vinisteis por vosotros mismos.
Ver. 7. «A todos los que estáis en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos: gracia a vosotros y paz de Dios nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.»
Ved cuán continuamente pone la palabra «llamado,» diciendo, «llamado a ser apóstol; entre las cuales también vosotros sois llamados; a todos los que estáis en Roma, llamados:» y esto no lo hace por superfluidad de palabras, sino por deseo de recordarles el beneficio. Pues como entre los que creían era probable que hubiera algunos de los cónsules ([ὑ] [πάτων]; Ben. consulares ) y gobernantes, así como pobres y hombres comunes, dejando a un lado la desigualdad de rangos, escribe a todos bajo una sola denominación. Pero si en las cosas más necesarias y espirituales, todas las cosas se presentan como comunes tanto a esclavos como a libres, por ejemplo, el amor de Dios, el llamamiento, el Evangelio, la adopción, la gracia, la paz, la santificación, y todo lo demás, ¿cómo podría ser sino suma necedad que, a quienes Dios había unido y hecho de igual honor en las cosas mayores, aquellos se dividieran por causa de las cosas terrenas? Por este motivo, presumo, desde el principio, este bienaventurado Apóstol, después de expulsar esta enfermedad perniciosa, los conduce a la madre de las bendiciones, la humildad de ánimo. Esta hacía mejores a los siervos, pues aprendían que ningún daño recibirían de su servidumbre mientras tuvieran la verdadera libertad; esta inclinaría a los amos a ser mansos, al ser instruidos de que no tienen ventaja alguna en ser libres, a menos que a los bienes de la fe se les dé el primer lugar. Y para que aprendáis que no hacía esto para obrar confusión, arrasándolo todo, sino que aún conocía la mejor distinción, no escribió simplemente a todos los que estaban en Roma, sino con una definición añadida, «amados de Dios.» Porque esta es la mejor discriminación, y muestra de dónde era la santificación. ¿De dónde, pues, era la santificación? Del Amor. Pues después de decir «amados,» prosigue, «llamados a ser santos,» mostrando que de esto procede la fuente de todas las bendiciones. Pero santos llama a todos los fieles. «Gracia a vosotros y paz.»
¡Oh saludo que nos trae innumerables bendiciones! Esto también mandó Cristo a los Apóstoles que usaran como primera palabra al entrar en las casas. [] Por lo cual es de esto de donde Pablo también en todas partes toma su comienzo, de la gracia y la paz; porque no fue pequeña la guerra a la que Cristo puso fin, sino en verdad una que era variada, de toda clase y de larga duración ([τοικίλον καὶ ταντοδαπὸν]); y esto no por nuestros trabajos, sino por su gracia. Puesto que, pues, el amor nos presentó la gracia, y la gracia la paz, habiéndolas colocado en el orden debido de un saludo, ruega sobre ellos que permanezcan perpetuas e inconmovibles, para que ninguna otra guerra se encienda de nuevo en llama, y suplica a Aquel que las dio que mantenga estas cosas firmemente asentadas, diciendo así: «Gracia sea a vosotros y paz de Dios nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.» Ved en este pasaje que el «de» es común al Hijo y al Padre, y esto es equivalente a «del cual.» Porque no dijo: Gracia sea a vosotros y paz de Dios el Padre, «por» nuestro Señor Jesucristo; sino, «de Dios el Padre, y del Señor Jesucristo.» ¡Extraño! ¡Cuán poderoso es el amor de Dios! Nosotros, que éramos enemigos y deshonrados, nos hemos convertido de repente en santos e hijos. Porque cuando lo llama Padre, muestra que ellos son hijos; y cuando dice hijos, ha desvelado todo el tesoro de las bendiciones.
Hom. 1, § 21
Esforcémonos, pues, por mostrar una conducta digna del don, y perseveremos en paz y santidad. Porque otras dignidades son solo por un tiempo, y se acaban junto con esta vida presente, y pueden comprarse con dinero (por lo cual podría decirse que no son dignidades en absoluto, sino solo nombres de dignidades, que tienen su fuerza en la investidura de hermosos atavíos y la servilidad de los servidores), pero esta, como dada por Dios, el don de la santificación y de la adopción, no es quebrantada ni siquiera por la muerte, sino que aun aquí hace conspicuos a los hombres, y también parte con nosotros en nuestro viaje a la vida venidera. Porque el que persevera en la adopción y guarda una vigilancia exacta sobre su santidad, es mucho más resplandeciente y más feliz incluso que el que está ceñido con la diadema misma y tiene la púrpura; y tiene el deleite de una paz abundante en la vida presente y se nutre de buenas esperanzas, y no tiene motivo de preocupación ni perturbación, sino que goza de constante placer; porque en cuanto al buen ánimo y la alegría, no es la grandeza del poder, ni la abundancia de riquezas, ni la pompa de la autoridad, ni la fuerza del cuerpo, ni la suntuosidad de la mesa, ni el adorno de los vestidos, ni ninguna otra de las cosas al alcance del hombre lo que ordinariamente los produce, sino el éxito espiritual y una buena conciencia solamente. Y el que tiene esta limpia, aunque esté vestido de andrajos y luchando con el hambre, tiene mejor ánimo que los que viven tan muellemente. Así también el que es consciente de malas obras, aun cuando reúna para sí todos los bienes de todos los hombres, es el más desdichado de todos los hombres. Por esta causa Pablo, viviendo en continua hambre y desnudez, y siendo azotado cada día, estaba gozoso, y andaba más apaciblemente que los que entonces eran emperadores. Pero Acab, aunque rey y entregado a un lujo suntuoso, cuando cometió aquel único pecado, gimió y quedó abatido de ánimo, y su semblante decayó tanto antes del pecado como después del pecado. Si, pues, queremos gozar del placer, sobre todas las cosas evitemos la maldad y sigamos la virtud; ya que no está en la naturaleza de las cosas que uno tenga parte de ella en otros términos, aun cuando estuviéramos montados en el trono mismo del rey. Por lo cual también Pablo dice: «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz.» [] Hagamos, pues, que este fruto crezca en nosotros, para que estemos en la fruición del gozo aquí, y obtengamos el reino venidero, por la gracia y el amor hacia los hombres de nuestro Señor Jesucristo, por quien y con quien, sea la gloria al Padre y al Espíritu Santo, ahora y siempre, por todos los siglos. Amén.
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