Hom. 29, § 1–6
Rom. XV. 14
«Y yo mismo estoy persuadido de vosotros, hermanos míos, de que también vosotros estáis llenos de bondad, colmados de todo conocimiento, capaces también de amonestaros unos a otros.» (Así la mayoría: S. Crisóstomo, «otros.»)
Había dicho: «En cuanto soy Apóstol de los gentiles, honro mi ministerio.» [] Había dicho: «Mirad que tampoco a vosotros os perdone.» [] Había dicho: «No seáis sabios en vuestra propia opinión» []; y de nuevo: «¿Por qué juzgas a tu hermano?» [] Y: «¿Quién eres tú, que juzgas al siervo ajeno?» [] Y otras muchas cosas semejantes. Así que, como había hecho con frecuencia un tanto áspero su discurso, ahora habla con benignidad ([θεραπεύει]). Y lo que dijo al principio, eso hace también al fin. Al principio dijo: «Doy gracias a mi Dios por todos vosotros, porque vuestra fe es predicada en todo el mundo.» [] Pero aquí dice: «Estoy persuadido de que también vosotros estáis llenos de bondad, capaces también de amonestar a otros»; y esto es más que lo primero. Y no dice: he oído, sino: «estoy persuadido», y no tengo necesidad de oírlo de otros. Y «yo mismo», esto es, yo que reprendo, que os acuso. Que «estáis llenos de bondad» se aplica a la exhortación que acabo de dar. Como si dijera: no fue como si fuerais crueles u odiarais a vuestros hermanos por lo que os hice aquella exhortación, a recibir, y no a descuidar, y no a destruir «la obra de Dios». Pues sé que «estáis llenos de bondad». Pero me parece que aquí llama perfecta a la virtud de ellos. Y no dice que tenéis, sino «estáis llenos de». Y la continuación usa los mismos intensivos: «colmados de todo conocimiento». Porque supongamos que eran afectuosos, pero no sabían tratar debidamente a los que amaban. Por eso añadió: «todo conocimiento. Capaces de amonestar a otros», no solo de aprender, sino también de enseñar.
Ver. 15. «Sin embargo, os he escrito con mayor osadía, en cierto modo.»
Observad la humildad de Pablo, observad su sabiduría: cómo en la parte anterior dio un corte profundo y, cuando logró lo que quería, cuánta dulzura emplea a continuación. Pues aun sin lo que ha dicho, esta confesión de su osadía bastaría para desarmar su vehemencia. Y esto mismo hace también al escribir a los Hebreos, cuando dice: «Pero, amados, de vosotros esperamos cosas mejores y que tocan a la salvación, aunque hablemos así.» [] Y a los Corintios, de nuevo: «Ahora os alabo, hermanos, porque en todo os acordáis de mí y guardáis las instrucciones tal como os las entregué.» [] Y escribiendo a los Gálatas dice: «Confío en vosotros que no pensaréis de otra manera.» [] Y en todas las partes de sus Epístolas se puede hallar esto con frecuencia. Pero aquí aun en mayor grado. Pues ellos estaban en un rango más alto, y era necesario abatir su espíritu altanero, no solo con astringentes, sino también con laxantes. Y esto lo hace de diversas maneras. Por lo cual dice también aquí: «os he escrito con mayor osadía», y ni aun con esto queda satisfecho, sino que añade: «en cierto modo», es decir, suavemente; y aun aquí no se detiene, sino que ¿qué dice? «Como recordándooslo.» Y no dice como enseñando, ni simplemente recordando ([ἀναμιμνήσκων]), sino que usa una palabra ([ἐπαναμιμνήσκων]) que significa recordar de un modo tranquilo. Observad cómo el final coincide con la introducción. Pues como en aquel pasaje dijo: «que vuestra fe es conocida en todo el mundo» [], así también al fin de la Epístola: «Pues vuestra obediencia ha llegado a todos.» [] Y como al principio escribió: «Porque deseo veros, para comunicaros algún don espiritual, a fin de que seáis confirmados; es decir, para ser consolado juntamente con vosotros» (ib. 1,11-12); así también aquí dijo: «Como recordándooslo.» Y habiendo descendido de la cátedra del maestro, tanto allí como aquí, les habla como a hermanos y amigos de igual rango. Y esto es deber propio de un maestro: dar a su discurso la variedad que es provechosa a los oyentes. Ved, pues, cómo después de decir: «os he escrito con mayor osadía», y «en cierto modo», y «como recordándooslo», no quedó satisfecho ni con esto, sino que, haciendo su lenguaje todavía más humilde, prosigue:
«Por causa de la gracia que me ha sido dada por Dios.» Como dijo al principio: «Soy deudor.» [] Como si hubiera dicho: No he arrebatado para mí el honor, ni fui yo el primero en lanzarme a él, sino que Dios lo mandó, y esto además según gracia, no como si me hubiera destinado a este oficio porque yo lo mereciera. No os irritéis, pues, ya que no soy yo quien me ensalzo, sino Dios quien lo ordena. Y como allí dice: «a quien sirvo en el Evangelio de su Hijo» [], así también aquí, después de decir: «por causa de la gracia que me ha sido dada por Dios», añade:
Hom. 29, § 7–12
Ver. 16. «Que yo sea ministro de Jesucristo para los gentiles, ministrando ([ἱερουργοῦντα]) el Evangelio de Dios.»
Pues después de su abundante prueba de lo que afirma, eleva su discurso a un tono más sublime, no hablando de mero servicio, como al principio, sino de servicio y ministerio sacerdotal ([λειτουργίαν καὶ ἱερουργίαν]). Porque para mí esto es un sacerdocio: esta predicación y proclamación. Este es el sacrificio que ofrezco. Y nadie reprochará a un sacerdote por afanarse en ofrecer el sacrificio sin mancha. Y dice esto a la vez para elevar ([πτερῶν]) sus pensamientos y mostrarles que ellos son un sacrificio, y en disculpa de su propia parte en el asunto, porque fue designado para este oficio. Porque mi cuchillo, dice, es el Evangelio, la palabra de la predicación. Y la causa no es que yo sea glorificado, no es que yo aparezca conspicuo, sino que la «ofrenda ([προσφορὰ]) de los gentiles sea acepta, santificada por el Espíritu Santo.»
Es decir, que las almas de los que son enseñados por mí sean aceptas. Porque no fue tanto para honrarme a mí por lo que Dios me llevó a esta altura, cuanto por solicitud por vosotros. ¿Y cómo han de llegar a ser aceptos? En el Espíritu Santo. Porque no solo hay necesidad de fe, sino también de un modo de vida espiritual, para que guardemos el Espíritu que nos fue dado una vez para siempre. Pues no es madera ni fuego, ni altar y cuchillo, sino el Espíritu quien lo es todo en nosotros. Por esta causa pongo todos los medios para impedir que aquel Fuego se apague, como también se me ha ordenado hacer. ¿Por qué, pues, hablas a los que no lo necesitan? Precisamente por esto no os enseño, sino que os recuerdo, responde. Como el sacerdote está junto al fuego avivándolo, así hago yo, despertando vuestra prontitud de ánimo. Y observad: no dice «que la ofrenda de vosotros sea» etc., sino «de los gentiles». Y al decir de los gentiles, se refiere a todo el mundo, a la tierra y a todo el mar, para abatir su altivez, a fin de que no desdeñaran tener por maestro a quien se extendía ([τεινόμενον]) hasta el extremo del mundo. Como dijo al principio: «como entre los demás gentiles también, soy deudor a griegos y a bárbaros, a sabios y a ignorantes.» [Romanos 1,13-14]
Ver. 17. «Tengo, pues, de qué gloriarme por medio de Jesucristo en las cosas que se refieren a Dios.»
Puesto que se había humillado en extremo, de nuevo eleva su estilo, haciendo esto también por causa de ellos, para que no pareciera convertirse fácilmente en objeto de desprecio. Y mientras se eleva, recuerda su propia disposición y dice: «Tengo, pues, de qué gloriarme.» No me glorío, quiere decir, en mí mismo, no en nuestro celo, sino en la «gracia de Dios.»
Ver. 18. «Pues no me atreveré a hablar de ninguna de las cosas que Cristo no haya obrado por mí, para hacer obedientes a los gentiles, de palabra y de obra, mediante poderosas señales y prodigios, por el poder del Espíritu de Dios.»
Hom. 29, § 13
Y nadie, quiere decir, puede decir que mis palabras son mera jactancia. Pues de este ministerio sacerdotal mío son muchas las señales que tengo y las pruebas del nombramiento también. No la túnica larga ([ποδήρης]) y las campanillas como los de antaño, ni la mitra y la tiara ([κίδαρις]), sino señales y prodigios mucho más terribles que estos. Ni puede decirse que se me ha confiado ciertamente el encargo, pero que no lo he ejecutado. O, más bien, no soy yo quien lo ha ejecutado, sino Cristo. Por lo cual también en Él me glorío, no en cosas comunes, sino en las espirituales. Y esta es la fuerza de «en las cosas que se refieren a Dios». Que he cumplido el propósito para el cual fui enviado y que mis palabras no son mera jactancia, lo muestran los milagros y la obediencia de los gentiles. «Pues no me atreveré a hablar de ninguna de las cosas que Cristo no haya obrado por mí, para hacer obedientes a los gentiles, de palabra y de obra, mediante señales y prodigios, por el poder del Espíritu de Dios.» Ved con cuánta vehemencia intenta mostrar que todo es obra de Dios y nada suyo. Pues si hablo algo, o hago algo, u obro milagros, Él lo hace todo, el Espíritu Santo todo. Y esto lo dice para mostrar también la dignidad del Espíritu Santo. Ved cómo estas cosas son más maravillosas y más temibles que las de antaño: el sacrificio, la ofrenda, los símbolos. Pues cuando dice «de palabra y de obra, mediante poderosas señales y prodigios», quiere decir esto: la doctrina, la filosofía ([φιλοσοφίαν]) relativa al Reino, la manifestación de las acciones y de la conducta, los muertos resucitados, los demonios expulsados, los ciegos sanados, los cojos que saltaron y las demás obras maravillosas, todas las cuales obró en nosotros el Espíritu Santo. Luego, la prueba de estas cosas (pues todo esto todavía no es más que una afirmación) es la multitud de los discípulos. Por lo cual añade: «De manera que desde Jerusalén y por los alrededores hasta Ilírico, he predicado cumplidamente el Evangelio de Cristo.» Contad, pues, ciudades, lugares, naciones y pueblos, no solo los que están bajo los romanos, sino también los que están bajo los bárbaros. Porque no quiero que recorráis toda Fenicia, Siria, Cilicia y Capadocia, sino que contéis también las regiones de más allá: el país de los sarracenos, de los persas y de los armenios, y el de las demás naciones salvajes. Por eso dijo «por los alrededores», para que no solo vayáis por el camino real directo, sino que recorráis con la mente todo, aun la parte meridional de Asia. Y así como recorrió milagros espesos como la nieve en una sola palabra, diciendo «mediante poderosas señales y prodigios», así también ha comprendido de nuevo innumerables ciudades, naciones, pueblos y lugares en esta única palabra, «por los alrededores». Pues estaba muy lejos de toda jactancia. Y esto lo dijo por causa de ellos, para que no se envanecieran de sí mismos. Y al principio dijo: «para tener algún fruto también entre vosotros, así como entre los demás gentiles.» Pero aquí manifiesta la obligación de su sacerdocio. Pues como había hablado en tono más severo, muestra también por ello más claramente su poder. Por eso allí solo dice: «así como entre los demás gentiles». Pero aquí insiste plenamente en el tema, para que la altivez sea podada por todos lados. Y no dice simplemente que predicó el Evangelio, sino que «he predicado cumplidamente el Evangelio de Cristo.»
Hom. 29, § 14–24
Ver. 20. «Sí, de tal manera me he esforzado por predicar el Evangelio, no donde Cristo ya era nombrado.»
Ved aquí otra preeminencia: no solo había predicado el Evangelio a tantos y los había persuadido, sino que ni siquiera iba a los que ya se habían hecho discípulos. Tan lejos estaba de entrometerse con los discípulos de otros y de hacerlo por gloria, que aun se propuso enseñar a los que no habían oído. Pues no dice donde no fueron persuadidos, sino «donde Cristo ni siquiera era nombrado», lo cual es más. ¿Y cuál era la razón de esta ambición? «Para no edificar», dice, «sobre fundamento ajeno.»
Esto lo dice para mostrarse ajeno a la vanidad, y para instruirles en que no fue por amor a la gloria, ni por el honor que de ellos pudiera venirle, por lo que se puso a escribir, sino como quien cumple su ministerio, como quien perfecciona su deber sacerdotal, como quien ama su salvación. Pero llama al fundamento de los Apóstoles «ajeno», no en cuanto a la calidad de la persona ni a la naturaleza de la predicación, sino en cuanto a la cuestión de la recompensa. Pues no era que la predicación fuera de otro hombre, sino en cuanto iba a la recompensa de otro. Porque la recompensa de los trabajos de otros era, para este hombre, ajena. Luego muestra que se cumplió también una profecía, diciendo:
Ver. 21. «Como está escrito: Aquellos a quienes no se les anunció, verán; y los que no han oído entenderán.» [Isaías 3,15 [Septuaginta]]
Ved que corre adonde el trabajo es mayor, adonde la fatiga es más grande.
Ver. 22. «Por esta causa también me he visto muchas veces impedido de ir a vosotros.»
Observad de nuevo cómo hace el final de la misma textura que la introducción. Pues estando ya al principio de la Epístola, dijo: «Muchas veces me he propuesto ir a vosotros, pero hasta ahora he sido impedido.» [] Pero aquí da también la causa por la cual fue impedido, y no una vez, sino dos, y aun muchas. Pues como allí dice «muchas veces me propuse ir a vosotros», así también aquí: «me he visto muchas veces (o a menudo, [τὰ πολλὰ]) impedido de ir a vosotros.» Y es cosa que prueba un deseo muy fuerte el que lo intentara tantas veces.
Ver. 23. «Pero ahora, no teniendo ya lugar en estas regiones.»
Ved cómo muestra que no fue por codiciar gloria de ellos por lo que escribía y también iba. «Y teniendo desde hace muchos años gran deseo de ir a vosotros,»
Ver. 24. «Cuando emprenda mi viaje a España, confío en veros al pasar; y ser encaminado hacia allá por vosotros, si antes me he saciado un poco de vuestra compañía,»
Pues para que no pareciera tenerlos en poco, diciendo: Puesto que no tengo nada que hacer, por eso voy a vosotros, toca de nuevo el punto del amor diciendo: «Tengo desde hace muchos años gran deseo de ir a vosotros.» Porque la razón por la cual deseo ir no es que esté desocupado, sino que pueda dar a luz aquel deseo con el que estoy de parto desde hace tanto tiempo. Luego, para que esto tampoco los envanezca, considerad cómo los abaja diciendo: «Cuando emprenda mi viaje a España, confío en veros al pasar.» Pues por eso dijo esto, para que no se ensoberbecieran. Porque lo que quiere es mostrar su amor y, al mismo tiempo, impedir que sean melindrosos. Y así coloca esto junto a lo otro, y usa alternadamente cosas que confirman cada uno de los dos sentimientos. Por esta razón, de nuevo, para que no dijeran: ¿Nos haces un objeto secundario de tu viaje?, añade: y ser encaminado hacia allá por vosotros; esto es, para que seáis mis testigos de que no es por menosprecio de vosotros, sino por fuerza de la necesidad, por lo que paso de largo junto a vosotros. Mas como esto todavía es penoso, lo cura con más cuidado diciendo: «Si antes me he saciado un poco de vuestra compañía.» Pues al decir «al pasar», muestra que no codiciaba su buena opinión. Pero al decir «saciado», muestra que estaba ansioso de su amor, y no solo ansioso, sino en sumo grado; y por eso no dice «saciado», sino «un poco» saciado. Es decir, ninguna prolongación de tiempo puede llenarme ni crear en mí saciedad de vuestra compañía. Ved cómo muestra su amor, cuando aun estando de prisa no se levanta hasta quedar saciado. Y esto es signo de su gran afecto, el usar palabras tan cálidas. Pues no dice siquiera: os veré, sino «seré saciado», imitando así el lenguaje de los padres. Y al principio dijo: «para tener algún fruto» [] Pero aquí, para ser «saciado». Y ambas cosas son propias de quien atrae a otros hacia sí. Pues la una era una gran alabanza de ellos, si habían de darle fruto con su obediencia; y la otra, una prueba genuina de su propia amistad. Y escribiendo a los Corintios dice así: «Para que vosotros me encaminéis adondequiera que vaya» [], mostrando de todos modos un amor sin igual a sus discípulos. Y así, al principio de todas sus Epístolas empieza con esto, y al fin concluye de nuevo con esto. Pues como un padre indulgente ama a un hijo único y verdadero, así amaba él a todos los fieles. De donde provenía que dijera: «¿Quién es débil, y yo no soy débil? ¿Quién se escandaliza, y yo no ardo?» []
Hom. 29, § 25
Porque antes que nada, esto es lo que debe tener el maestro. Por eso también Cristo dice a Pedro: "Si me amas, apacienta mis ovejas" []. Pues el que ama a Cristo ama también a su rebaño. Y Moisés fue puesto al frente del pueblo de los judíos cuando mostró un sentimiento de benevolencia hacia ellos. Y David llegó así a ser rey, porque se le vio primero entrañablemente apegado al pueblo; hasta tal punto, siendo aún joven, se dolía por el pueblo, que arriesgó su vida por ellos cuando mató a aquel bárbaro. Y si dijo: "¿Qué se hará al hombre que mate a ese filisteo?" [1 Sam 19, 5; ib. 17, 26], no lo dijo para pedir recompensa, sino por deseo de que se depositara confianza en él y se le entregara la batalla contra aquel. Por eso, cuando se presentó ante el rey después de la victoria, no dijo nada de esto. También Samuel fue muy afectuoso; por eso dijo: "Lejos de mí pecar contra el Señor dejando de rogar por vosotros" []. Del mismo modo Pablo, o más bien no del mismo modo, sino en grado mucho mayor, ardía por todos sus discípulos. Por eso inspiró en sus discípulos tal afecto hacia él, que dijo: "Si hubiera sido posible, os habríais sacado los ojos para dármelos" []. Por este motivo Dios acusa sobre todo de esto a los maestros de los judíos, diciendo: "¡Pastores de Israel!, ¿acaso los pastores se apacientan a sí mismos? ¿No apacientan al rebaño?" [Ez 34, 2-3]. Pero ellos hacían lo contrario. Pues dice: "Coméis la leche, os vestís con la lana, matáis a las ovejas cebadas y no apacentáis al rebaño". Y Cristo, al trazar la regla del mejor Pastor, dijo: "El buen pastor da su vida por sus ovejas" []. Esto hizo también David, en otras muchas ocasiones y, sobre todo, cuando aquella espantosa ira de lo alto cayó sobre todo el pueblo. Pues mientras todos morían, dijo: "Yo, el pastor, he pecado; yo, el pastor, he obrado mal; y estas ovejas, ¿qué han hecho?" []. Y al elegir los castigos, no escogió el hambre ni la huida ante los enemigos, sino la peste enviada por Dios, con la esperanza de poner a salvo a todos los demás y de ser él, antes que todos, arrebatado. Pero como no sucedió así, se lamenta y dice: "Caiga tu mano sobre mí", o, si esto no bastara, "sobre la casa de mi padre" también. "Pues yo", dice, "el pastor, he pecado". Como si dijera: que si ellos también pecaron, yo soy quien debe sufrir el castigo, porque no los corregí; pero, siendo mío el pecado, yo merezco soportar la venganza. Pues para agrandar la culpa usó el nombre de "pastor". Así calmó la ira; así consiguió revocar la sentencia. ¡Tan grande es el poder de la confesión! "El justo es el primero en acusarse a sí mismo". Tan grande es la solicitud y compasión del buen Pastor. Porque sus entrañas se retorcían por la caída de ellos, como cuando a uno le matan a sus propios hijos. Y por eso suplicó que la ira cayera sobre él mismo. Y al principio de la matanza lo habría hecho, si no hubiera visto que avanzaba y que esperaba llegar hasta él. Cuando vio que esto no ocurría y que la calamidad se ensañaba con ellos, ya no se contuvo, sino que se dolió más que por Amnón, su primogénito. Entonces no pidió la muerte, pero ahora pide caer él antes que los demás. Así debe ser el gobernante: dolerse de las calamidades ajenas más que de las propias. Algo semejante sufrió también en el caso de su hijo, para que veas que no amaba a su hijo más que a sus súbditos; y, sin embargo, el joven era impúdico y maltrataba a su padre, y aun así dijo: "¡Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar!" []. ¿Qué dices, bienaventurado, tú, el más manso de los hombres? Tu hijo se había propuesto matarte y te rodeó de males innumerables. Y cuando ya había sido quitado de en medio y se había erigido el trofeo, ¿entonces pides ser inmolado? Sí, dice, porque no es por mí por quien el ejército ha vencido, sino que la guerra contra mí se hace más violenta que antes, y mis entrañas se desgarran ahora más que antes. Pues bien, estos tuvieron solicitud por los que les habían sido confiados; pero el bienaventurado Abraham se preocupó mucho aun por los que no le habían sido encomendados, hasta el punto de arrojarse a los peligros más alarmantes. Porque cuando hizo lo que hizo, no solo por su sobrino, sino también por el pueblo de Sodoma, no dejó de perseguir a aquellos persas hasta liberarlos a todos; y, sin embargo, podía haberse retirado después de haberlo rescatado, pero no quiso.
Tenía la misma solicitud por todos, y esto lo mostró también con su conducta posterior. Y cuando ya no era un ejército de bárbaros el que iba a sitiarlos, sino la ira de Dios la que arrancaba sus ciudades de los cimientos, y ya no era tiempo de armas, batalla y formación, sino de súplica, tan grande fue el celo que mostró por ellos, como si él mismo estuviera a punto de perecer. Por eso se presenta una, dos, tres veces, y aun muchas veces, ante Dios, y halla refugio en su naturaleza diciendo: "Soy polvo y ceniza" []; y, como veía que ellos se habían hecho traidores a sí mismos, suplica que sean salvados por causa de otros. Por eso también Dios dijo: "No ocultaré a Abraham, mi siervo, lo que voy a hacer" [], para que aprendamos cuán amante de los hombres es el justo. Y no habría dejado de suplicar si Dios no hubiera cesado primero; y parece que ruega por los justos, pero en realidad lo hace todo por ellos. Porque las almas de los santos son muy benignas y amantes de los hombres, tanto con los suyos como con los extraños. Y aun a los seres privados de razón extienden su mansedumbre. Por eso dijo cierto sabio: "El justo se compadece del alma de su ganado". Y si se compadece de las almas del ganado, cuánto más de las de los hombres. Pero, ya que he mencionado el ganado, consideremos a los pastores de ovejas de Capadocia y lo que sufren, en calidad y en grado, guardando seres privados de razón. Con frecuencia pasan tres días seguidos sepultados bajo la nieve. Y se dice que los de Libia soportan no menores trabajos que estos, vagando meses enteros por aquel desierto inhóspito y lleno de las fieras más terribles. Pues si por los seres irracionales hay tanto celo, ¿qué defensa presentaremos nosotros, a quienes se confían almas racionales y, sin embargo, dormimos un sueño profundísimo? ¿Acaso es justo holgar y estar tranquilos, y no correr por todas partes y entregarse a muertes sin cuento en favor de estas ovejas? ¿O no conocéis la dignidad de este rebaño? ¿No fue por él por quien vuestro Maestro soportó fatigas sin fin y después derramó su sangre? ¿Y tú buscas descanso? Pues ¿qué puede haber peor que esos pastores? ¿No veis que alrededor de estas ovejas hay lobos mucho más feroces y salvajes que los de este mundo? ¿No pensáis qué alma debe tener el que ha de tomar a su cargo este oficio? Los que gobiernan al pueblo, si solo tienen que deliberar sobre asuntos corrientes, añaden las noches a los días en vela. Y nosotros, que luchamos por el cielo, dormimos incluso de día. ¿Y quién nos librará ahora del castigo de todo esto? Pues si hubiera que ser despedazado, si hubiera que sufrir diez mil muertes, ¿no debería correr a ello como a un banquete? Y no solo los pastores, sino también las ovejas, oíd esto, para que hagáis más diligentes a los pastores, para que alentéis más su buena voluntad; y no con otra cosa sino con toda docilidad y obediencia. Así se lo ordenaba también Pablo, diciendo: "Obedeced a vuestros guías y sed dóciles, porque ellos velan por vuestras almas como quienes han de dar cuenta" []. Y cuando dice "velan", quiere decir miles de trabajos, cuidados y peligros. Porque el buen pastor, el que es como Cristo quiere, combate delante de innumerables testigos. Porque Cristo murió una vez por él; pero él muere diez mil veces por el rebaño, si es tal pastor como debe ser; pues un pastor así puede morir cada día. Por eso vosotros, conociendo cuál es el trabajo, cooperad con ellos: con oraciones, con celo, con prontitud, con afecto, para que nosotros podamos gloriarnos de vosotros y vosotros de nosotros. Pues por esto confió el Señor el rebaño al primero de los Apóstoles, al que lo amaba más que los demás; después de preguntarle primero si era amado por él, para que aprendas que esto, antes que todas las cosas, se tiene como prueba del amor hacia Él. Porque esto requiere un alma vigorosa. Esto he dicho de los pastores excelentes; no de mí ni de los de nuestros días, sino de cualquiera que sea como fue Pablo, como Pedro, como Moisés. Imitemos, pues, a estos, tanto los gobernantes como los gobernados. Porque el gobernado puede estar en lugar de pastor para su familia, para sus amigos, para sus siervos, para su esposa, para sus hijos; y si ordenamos así nuestras cosas, alcanzaremos toda clase de bienes. Que Dios nos conceda alcanzarlos a todos, por la gracia y el amor hacia los hombres, etc.
Hom. 30, § 1–3
Rom. XV. 25–27
"Mas ahora voy a Jerusalén a ministrar a los santos. Porque Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una contribución para los pobres de entre los santos que están en Jerusalén. Tuvieron a bien, en verdad, y son deudores de ellos".
Puesto que había dicho que ya no le queda "lugar en estas regiones" y que "desde hace muchos años tengo gran deseo de ir a vosotros", pero pensaba todavía demorarse, para que no pareciera que se burlaba de ellos, menciona también la causa por la que todavía lo difiere, y dice: "Voy a Jerusalén"; y aparentemente da la excusa de la dilación. Pero con esto consigue también otro objeto: exhortarlos a la limosna y hacerlos más solícitos en ella. Pues si no hubiera querido conseguir esto, habría bastado decir: "Voy a Jerusalén". Pero ahora añade la razón del viaje. "Porque voy", dice, "a ministrar a los santos". Y se extiende sobre el asunto, entra en razonamientos y dice que "son deudores", y que "si los gentiles han sido hechos partícipes de sus bienes espirituales, su deber es también ministrarles en los bienes materiales", para que aprendan a imitar a aquellos. Por eso hay mucha razón para admirar su sabiduría al idear este modo de dar el consejo. Pues era más probable que lo soportaran así que si lo hubiera dicho en forma de exhortación; porque entonces habría parecido que los insultaba, si, con ánimo de incitarlos, hubiera puesto delante de ellos a los corintios y a los macedonios. En efecto, por este motivo incita a los otros, diciendo: "Además, hermanos, os hacemos saber la gracia de Dios concedida a las Iglesias de Macedonia" []. Y a su vez incita a los macedonios por medio de estos: "Vuestro celo", dice, "ha provocado a muchísimos" []. Y de igual modo hace esto con los gálatas, cuando dice: "Como he ordenado a las Iglesias de Galacia, haced también vosotros" []. Pero en el caso de los romanos no lo hace así, sino de un modo más encubierto. Y esto lo hace también respecto de la predicación, como cuando dice: "¿Qué? ¿Acaso la palabra de Dios salió de vosotros, o solo a vosotros ha llegado?" []. Porque nada hay tan poderoso como la emulación. Y por eso la emplea con frecuencia. Pues también en otra parte dice: "Y así lo ordeno en todas las Iglesias" []; y de nuevo: "Como enseño en todas partes, en toda Iglesia" []. Y a los colosenses dice: "que el Evangelio crece y da fruto en todo el mundo" []. Esto, pues, hace también aquí en el caso de la limosna. Y considera qué dignidad hay en sus expresiones. Pues no dice: "voy a llevar limosnas", sino "a ministrar". Y si Pablo ministra, considera cuán grande es lo que se hace, cuando el Maestro del mundo se encarga de ser el portador y, a punto de viajar a Roma y deseando tanto verlos a ellos, prefiere, sin embargo, aquello a esto. "Porque Macedonia y Acaya tuvieron a bien", es decir, ha merecido su aprobación, su deseo. "Una contribución". Y no dice "limosna", sino "contribución". Y el "una contribución" no se dice sin intención, sino para que no parezca que reconviene a los romanos. Y no dice solamente "los pobres", sino "los santos pobres", haciendo así doble la recomendación: por la virtud y por la pobreza. Y ni aun con esto solo se contenta, sino que añade: "son deudores de ellos". Luego muestra cómo son deudores. Porque si, dice, "los gentiles han sido hechos partícipes de sus bienes espirituales, deben también ministrarles en los bienes materiales". Lo que quiere decir es esto. Por causa de ellos vino Cristo. A ellos se les hicieron todas las promesas, a ellos, a los judíos. De ellos vino Cristo. Y por eso se dijo: "La salvación viene de los judíos" []. De ellos salieron los Apóstoles, de ellos los Profetas, de ellos todos los bienes. De todos estos bienes, pues, el mundo fue hecho partícipe. Si, por tanto, dice, habéis sido hechos partícipes en lo que es mayor, y, habiendo sido dispuesto el banquete para ellos, vosotros habéis sido introducidos para disfrutar la mesa ya extendida, según la Parábola del Evangelio, también sois deudores de hacerlos partícipes de vuestros bienes materiales y de comunicárselos. Pero no dice "compartir", sino "ministrar", poniéndolos así en la fila de los ministros y de los que pagan tributo a los reyes. Y no dice "en vuestros bienes materiales", como había dicho "en sus bienes espirituales". Porque los bienes espirituales eran suyos; pero los materiales no pertenecían solo a aquellos, sino que eran propiedad común de todos. Pues mandaba que el dinero se tuviera por perteneciente a todos, no solo a los que lo poseían.
Hom. 30, § 4–12
Vers. 28. "Así que, cuando haya cumplido esto y les haya entregado este fruto".
Es decir, cuando lo haya depositado, como en los tesoros reales, como en un lugar seguro contra ladrones y peligros. Y no dice "limosna", sino "fruto" de nuevo, para mostrar que los que daban ganaban con ello. "Pasaré por vosotros a España". Menciona de nuevo España para mostrar su diligencia y su calor hacia ellos.
Vers. 29. "Y sé que, al ir a vosotros, llegaré con la plenitud de la bendición del Evangelio de Cristo".
¿Qué fuerza tiene "con la plenitud de la bendición"? O habla de limosnas, o, en general, de buenas obras. Porque "bendición" es nombre que da muy comúnmente a la limosna. Como cuando dice: "como bendición y no como codicia" []. Y era costumbre antigua que se la llamara así. Pero como aquí ha añadido "del Evangelio", por este motivo afirmamos que no habla solo de dinero, sino de todas las demás cosas. Como si hubiera dicho: sé que, cuando llegue, os hallaré con el honor y la lozanía de todas las buenas obras, y dignos de innumerables alabanzas en el Evangelio. Y este es un modo muy eficaz de aconsejar: me refiero a esta manera de anticipar su atención con encomios. Pues cuando los exhorta a modo de consejo, este es el modo de corregirlos que adopta.
Vers. 30. "Os ruego, pues, hermanos, por el Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu".
Aquí de nuevo presenta a Cristo y al Espíritu, y no hace mención alguna del Padre. Y digo esto para que, cuando lo encuentres mencionando al Padre y al Hijo, o solo al Padre, no desprecies ni al Hijo ni al Espíritu. Y no dice "el Espíritu", sino "el amor del Espíritu". Porque así como Cristo amó al mundo, y así como lo ama el Padre, así también lo ama el Espíritu. ¿Y qué es lo que nos ruega? Déjame oírlo: "Que luchéis juntamente conmigo en vuestras oraciones a Dios por mí".
Vers. 31. "Para que sea librado de los incrédulos que están en Judea".
Una gran lucha, pues, se alza ante él. Y por esto también pide sus oraciones. Y no dice: para que yo luche en ella, sino "para que sea librado", como Cristo ordenó orar "para no entrar en tentación" []. Y al decir esto daba a entender que ciertos lobos malvados, fieras más bien que hombres, lo atacarían. Y con esto halló también fundamento para otra cosa: para mostrar que con razón tomaba el oficio de ministrar a los santos, si es que los incrédulos tenían tanta fuerza que hasta oraba para ser librado de ellos. Porque los que estaban entre tantos enemigos corrían peligro de perecer también de hambre. Y por eso había necesidad absoluta de que les llegara ayuda de otros lugares. "Y para que mi servicio a Jerusalén sea bien recibido por los santos".
Es decir, que mi sacrificio sea aceptado, que reciban con alegría lo que se les da. Mira cómo de nuevo ensalza la dignidad de los que habían de recibirlo. Luego pide la oración de un pueblo tan grande para que lo enviado sea bien recibido. Y con esto muestra otro punto: que el haber dado limosna no asegura que sea aceptada. Porque cuando uno la da forzado, o de ganancias injustas, o por vanidad, el fruto se pierde.
Hom. 30, § 13–21
Vers. 32. "Para que con gozo llegue a vosotros por la voluntad de Dios".
Como había dicho al principio: "Si de algún modo, al fin, tuviera yo un viaje próspero, por la voluntad de Dios, para ir a vosotros" []; así también aquí se acoge a la misma Voluntad, y dice que por esto me apresuro y quiero ser librado de ellos: para veros pronto y con alegría, sin traer de allí carga alguna de tristeza. "Y sea recreado con vosotros".
Mira cómo de nuevo muestra su modestia. Pues no dice: yo os enseñaré y os daré una lección, sino: "sea recreado con vosotros". Y, sin embargo, era él precisamente quien estaba en la lucha y el combate. ¿En qué sentido, pues, dice: "sea recreado con vosotros"? Es para complacerlos también en esto, y para hacerlos más alegres haciéndolos partícipes de su corona, y para mostrar que ellos también luchan y trabajan. Luego, como era costumbre suya, añade la oración después de la exhortación, y dice:
Vers. 33. "Y el Dios de paz sea con todos vosotros. Amén".
Cap. xvi, vers. 1. "Os recomiendo a Febe, nuestra hermana, diaconisa de la Iglesia que está en Cencreas".
Mira de cuántas maneras la reviste de dignidad. Pues la ha mencionado antes que todos los demás, y la ha llamado "hermana". Y no es poca cosa ser llamada hermana de Pablo. Además ha añadido su rango, al mencionar que es "diaconisa".
Vers. 2. "Que la recibáis en el Señor, como conviene a los santos".
Es decir, por causa del Señor, para que goce de honor entre vosotros. Pues el que recibe a una persona por causa del Señor, aunque no sea gran personaje el que recibe, la recibe con atención. Pero cuando es un santo, considera cuánta atención debe mostrársele. Y por esto añade: "como conviene a los santos", como tales personas deben ser recibidas. Pues ella tiene dos títulos para que le mostréis atención: el de ser recibida por causa del Señor y el de ser ella misma santa. "Y que la asistáis en cualquier asunto que necesite de vosotros". Mira qué poco los grava. Pues no dice: que la despachéis, sino que pongáis vuestra parte y le tendáis la mano; y que "en cualquier asunto que necesite". No en cualquier asunto que ella tenga, sino en los que os pida a vosotros. Y ella pedirá lo que esté en vuestro poder. Luego viene de nuevo una gran alabanza de ella. "Porque ella ha sido protectora de muchos y de mí mismo".
Mira su modo de proceder. Primero vienen los encomios, luego introduce la exhortación, y después da de nuevo encomios, poniendo así a cada lado de las necesidades de esta bienaventurada mujer sus alabanzas. Porque, ¿cómo no ha de ser bienaventurada la mujer que tiene la bendición de un testimonio tan favorable de Pablo, y que tuvo incluso el poder de prestar asistencia a quien había enderezado al mundo entero? Porque esta fue la cumbre de sus buenas obras, y por eso la colocó al final, al decir: "y de mí mismo". Pero, ¿qué significa "y de mí mismo"? Del heraldo del mundo, del que tanto ha sufrido, del que es capaz de asistir a millares. Imitemos, pues, hombres y mujeres, a esta santa mujer, y también a la que sigue, con su esposo. ¿Y quiénes son?
Hom. 30, § 22–29
Vers. 2. "Saludad", dice, "a Priscila y a Áquila, mis colaboradores en Cristo Jesús".
De la excelencia de estos da testimonio también San Lucas. En parte cuando dice que Pablo "se quedó con ellos, porque eran del oficio de hacer tiendas" []; y en parte cuando presenta a la mujer recibiendo a Apolo e instruyéndolo en el camino del Señor []. Ahora bien, estas son cosas grandes, pero las que menciona Pablo son mayores. ¿Y qué menciona? En primer lugar los llama "colaboradores", para señalar que habían sido partícipes de sus grandísimos trabajos y peligros. Luego dice:
Vers. 4. "Que por mi vida expusieron su propia cabeza".
Ya ves que son mártires consumados. Pues en tiempo de Nerón es probable que hubiera miles de peligros, en el tiempo en que hasta ordenó que todos los judíos fueran expulsados de Roma [].
"A quienes no solo yo doy gracias, sino también todas las Iglesias de los gentiles".
Aquí alude a su hospitalidad y a su ayuda material, admirándolos porque habían derramado su sangre y habían abierto a todos su hacienda entera. Ya ves que estas eran mujeres nobles, a las que su sexo no estorbó en modo alguno en la carrera de la virtud. Y esto es de esperar. "Porque en Cristo Jesús no hay varón ni mujer" []. Y lo que había dicho de la anterior, eso mismo dice también de esta. Pues de aquella había dicho: "ha sido protectora de muchos y de mí mismo"; así también de esta: "no solo yo doy gracias, sino también todas las Iglesias de los gentiles". Y para que en esto no pareciera un adulador, aduce también muchísimos testigos de estas mujeres.
Vers. 5. "Saludad igualmente a la Iglesia que está en su casa".
Porque ella había sido tan digna de estima que hasta hizo de su casa una Iglesia, tanto por hacer creyentes a todos los de ella, como porque la abría a todos los extranjeros. Pues él no solía llamar Iglesias a cualesquiera casas, sino donde había mucha piedad y mucho temor de Dios profundamente arraigado. Y por este motivo dijo también a los corintios: "Saludad a Áquila y Priscila, con la Iglesia que está en su casa" []. Y escribiendo acerca de Onésimo: "Pablo a Filemón, y a la amada Apia, y a la Iglesia que está en su casa" []. Porque es posible que un hombre, aun en estado de matrimonio, sea digno de ser venerado y noble. Mira, pues, cómo estos estaban en ese estado y llegaron a ser muy honorables, y, sin embargo, su oficio distaba mucho de ser honorable; pues eran "fabricantes de tiendas". Pero su virtud cubrió todo esto y los hizo más visibles que el sol. Y ni su oficio ni su matrimonio les fueron estorbo, sino que mostraron el amor que Cristo exigía de ellos. "Porque nadie tiene amor más grande que este, dice, que dar uno su vida por sus amigos" []. Y lo que es prueba de ser discípulo, eso lo consiguieron, puesto que tomaron la Cruz y lo siguieron. Porque quienes hicieron esto por Pablo, mucho más habrían mostrado su fortaleza en favor de Cristo.
Hom. 30, § 30
Oigan esto ricos y pobres. Pues si quienes vivían de su trabajo y regentaban un taller mostraron tal largueza que sirvieron a muchas Iglesias, ¿qué perdón pueden esperar los que son ricos y descuidan a los pobres? Porque aquellos no escatimaron ni su sangre por la voluntad de Dios, y tú escatimas hasta sumas mezquinas, y muchas veces no escatimas tu propia alma. Pero ¿fueron así con el maestro, y no así con los discípulos? Ni siquiera esto puede decirse. Porque "las Iglesias de los gentiles", dice, "les dan gracias". Y, sin embargo, ellos eran judíos. Pero tenían una fe tan pura, que también a ellos servían con toda prontitud. Así deben ser las mujeres, no adornándose con "cabellos trenzados, ni oro, ni vestidos costosos" [], sino con estas buenas obras. Porque, ¿qué emperatriz, dime, fue tan insigne o tan célebre como esta esposa del fabricante de tiendas? Está en boca de todos, no por diez o veinte años, sino hasta la venida de Cristo, y todos proclaman su fama por cosas que adornan mucho más que cualquier diadema real. Porque, ¿qué hay más grande, o tan grande, como haber sido protectora de Pablo, como haber salvado con peligro de su propia vida al maestro del mundo? Y considera: ¡cuántas emperatrices hay de las que nadie habla! Pero la esposa del fabricante de tiendas es celebrada en todas partes; y cuanto el sol abarca, no es más que el ámbito por el que corre la gloria de esta mujer. Persas, escitas y tracios, y los que habitan en los confines de la tierra, cantan el espíritu cristiano de esta mujer y lo bendicen. ¿Cuánta riqueza, cuántas diademas y púrpuras no te alegrarías de arriesgar por obtener tal testimonio? Porque nadie puede decir que en los peligros eran de un modo, y pródigos con el dinero, y que descuidaban la predicación; pues los llama "colaboradores y ayudadores" por este motivo. Y este "vaso escogido" [] no se avergüenza de llamar a una mujer su colaboradora, antes halla honor en hacerlo. Porque no es el sexo lo que mira, sino que lo que honra es la voluntad. ¿Qué hay igual a este ornamento? ¿Dónde está ahora la riqueza que se desborda por todos lados? ¿Y dónde el adorno de la persona? ¿Y dónde la vanagloria? Aprende que el vestido de la mujer no es el que se pone alrededor del cuerpo, sino el que adorna el alma, que nunca se quita, que no está guardado en un arca, sino depositado en los cielos. Mira su trabajo por la predicación, la corona en el martirio, la generosidad en el dinero, el amor de Pablo, el encanto que hallaron en Cristo. Compara con esto tu propio estado, tu ansiedad por el dinero, tu rivalidad con las meretrices, tu emulación de la hierba, y entonces verás quiénes eran ellos y quién eres tú. O más bien, no compares solamente, sino rivaliza con esta mujer y, dejando a un lado las cargas de la hierba (porque esto es tu costoso atavío), toma tú el vestido del cielo y aprende de dónde llegó Priscila a ser lo que fue. ¿Cómo, pues, llegaron a serlo? Porque durante dos años hospedaron a Pablo como huésped; y ¿qué no pudieron hacer por sus almas aquellos dos años? ¿Qué haré yo, dirás, porque no tengo a Pablo? Si quieres, puedes tenerlo en un sentido más verdadero que ellos. Porque a ellos no fue la vista de Pablo lo que los hizo de tal temple, sino las palabras de Pablo. Y así, si quieres, tendrás a Pablo, y a Pedro, y a Juan, y a todo el coro de los Profetas con los Apóstoles, tratando contigo continuamente. Pues toma los libros de estos bienaventurados y mantén un trato continuo con sus escritos, y ellos podrán hacerte semejante a la esposa del fabricante de tiendas. ¿Y por qué hablo de Pablo? Pues si quieres, tendrás al Maestro mismo de Pablo. Porque por la lengua de Pablo también Él conversará contigo. Y de otro modo podrás recibir a esta Persona: cuando recibas a los santos, cuando cuides de los que creen en Él. Y aun después de su partida tendrás muchos memoriales de piedad. Pues hasta la mesa en que comió el santo, y el asiento en que se sentó, y el lecho en que se acostó, saben traspasar a quien lo recibió, aun después de su partida. ¿Cuánto, pues, crees que fue traspasada aquella sunamita al entrar en la estancia alta donde moraba Eliseo, cuando vio la mesa, el lecho en que dormía el varón santo; y qué religiosidad debió de sentir?
Porque si no hubiera sido así, no habría puesto allí al niño muerto, si no hubiera sacado gran provecho de aquel lugar. Pues si nosotros, tanto tiempo después, al entrar donde Pablo moró, donde estuvo atado, donde se sentó y disertó, nos elevamos y nos sorprendemos arrebatados de los lugares al recuerdo de aquel día, cuando los hechos estaban aun más frescos, ¿qué debían de sentir los que religiosamente lo hospedaron? Sabiendo, pues, todo esto, recibamos a los santos, para que la casa resplandezca, para que sea librada de espinas que ahogan, para que la alcoba se convierta en un puerto. Y recibámoslos y lavémosles los pies. No eres mejor que Sara, ni más noble, ni más rica, aunque seas una emperatriz. Pues ella tenía trescientos dieciocho siervos nacidos en su casa, en un tiempo en que tener dos siervos ya era ser rico. ¿Y por qué menciono los trescientos dieciocho siervos? Ella había llegado a poseer el mundo entero en su descendencia y en las promesas; tenía por marido al "amigo de Dios" [Is 41, 8; Sant 2, 23]; tenía a Dios mismo por Patrono, cosa mayor que cualquier reino. Y, sin embargo, aunque estaba en tan ilustre y honorable estado, esta mujer amasó la harina, hizo todos los demás oficios de sierva y asistió en pie, en condición de sierva, mientras ellos banqueteaban. No eres de más noble linaje que Abraham, quien aun después de sus hazañas, después de sus victorias, después del honor que le tributó el rey de Egipto, después de expulsar a los reyes de los persas y erigir gloriosos trofeos, hizo el oficio de criado. Y no mires a esto: a que en apariencia los santos que se hospedan contigo son pobres, y andan como mendigos, y muchas veces en harapos, sino acuérdate de aquella voz que dice: "Cuanto hicisteis a uno de estos pequeñuelos, a mí me lo hicisteis" []. Y: "No despreciéis a uno de estos pequeños, porque sus ángeles ven de continuo el rostro de mi Padre que está en los cielos" []. Recíbelos, pues, con prontitud de ánimo, trayéndote como te traen diez mil bendiciones por el saludo de paz. Y después de Sara, considera también a Rebeca, que sacó agua y dio de beber, y llamó al extranjero, pisoteando toda altivez. ¡Y cuán grandes fueron las recompensas de hospitalidad que recibió! Y tú, si quieres, recibirás aun mayores que aquellas. Porque no será solo el fruto de los hijos lo que Dios te dará, sino el cielo y los bienes de allí, y la liberación del infierno y la remisión de los pecados. Porque grande, sí, muy grande, es el fruto de la hospitalidad. Así también Jetró, y eso que era extranjero, ganó como pariente al que con tan gran poder mandaba sobre el mar. Pues sus hijas también trajeron a su red aquella presa honorable. Poniendo, pues, tu pensamiento en estas cosas, y reflexionando sobre el temple varonil y heroico de aquellas mujeres, pisotea el ornato de este día, los adornos del vestido, las joyas costosas, los ungüentos perfumados. Y acaba ya con esos aires lascivos y delicados, y con el andar afectado, y vuelve toda esta atención hacia el alma, y enciende en tu mente un anhelo del cielo. Porque si su amor se apoderara de ti, verás el lodo y el barro y te reirás de las cosas que ahora tanto se admiran. Pues ni siquiera es posible que una mujer adornada con los dones espirituales vaya buscando estas ridiculeces. Habiendo, pues, desechado esto, que las mujeres de hombres disolutos, y las cómicas, y las cantantes ansían tanto, revístete del amor a la sabiduría, de la hospitalidad, de la protección de los santos, de la compunción, de la oración continua. Estos son mejores que el paño de oro; estos, más suntuosos que las joyas y los collares; estos te hacen de buena reputación entre los hombres y te alcanzan gran recompensa de Dios. Este es el vestido de la Iglesia, aquel el de los teatros. Este es digno del cielo, aquel de caballos y mulos; aquel se pone aun a los cadáveres, este resplandece solo en el alma buena en la que habita Cristo. Adquiramos, pues, este vestido, para que también nosotros seamos alabados por todas partes y seamos agradables a Cristo, por quien y con quien, etc. Amén.