Hom. 26, § 1–5
Rom. XIV. 14
«Sé, y estoy persuadido en (gr. en) el Señor Jesús, de que nada hay inmundo de suyo; mas para aquel que estima algo inmundo, para él es inmundo.»
Después de reprender primero a quien juzga a su hermano, y de moverlo a dejar ese reproche, se explaya luego sobre la parte doctrinal, y adoctrina en tono desapasionado a los más débiles, mostrando también en esto mucha mansedumbre. Porque no dice que será castigado, ni nada semejante, sino que se limita a aliviarle de sus temores en el asunto, y eso con miras a que se deje persuadir más fácilmente por lo que le dice; y dice: «Sé, y estoy persuadido.» Y luego, para impedir que alguno de los que no confiaban en él (o «creían,» [τὥν οὐ πιστὥν]) diga: ¿Y a nosotros qué se nos da de que tú estés persuadido? Pues no eres testimonio digno de fe como para competir con tan grande ley y con oráculos bajados de lo alto, prosigue: «en el Señor.» Es decir, como quien lo ha aprendido de Él, como quien tiene en Él su confianza. Luego el juicio no es de mente humana. ¿De qué estás persuadido y qué sabes? Dínoslo. «Que nada es inmundo de suyo.» Por naturaleza, dice, nada es inmundo, sino que llega a serlo por el espíritu con que uno lo usa. Por tanto, lo es solo para ese mismo, y no para todos. «Pues para aquel que estima algo inmundo, para él es inmundo.» ¿Qué, pues? ¿Por qué no corriges a tu hermano, para que no lo tenga por inmundo? ¿Por qué no lo apartas con plena autoridad de ese hábito mental y de esa manera de concebir las cosas, para que nunca lo convierta en común? Mi razón, dice, es que temo afligirlo. Por eso prosigue,
Vers. 15. «Pero si tu hermano se contrista por tu comida, ya no andas conforme a la caridad.»
Ved hasta dónde, por ahora, llega su afecto por él, mostrando que hace tanto caso de él que, por no afligirlo, ni siquiera se atreve a imponer cosas de gran urgencia, sino que prefiere atraerlo hacia sí con condescendencia y caridad. Pues aun cuando lo ha librado de sus temores, no lo arrastra ni lo fuerza, sino que lo deja dueño de sí mismo. Porque privar a uno de las viandas no es cosa tan grande como abrumarlo de tristeza. Ved cuánto insiste en la caridad. Y esto porque sabe que ella lo puede todo. Y por este motivo les pide algo más. Pues tan lejos está, dice, de que sea propio que ellos os aflijan, que deberían incluso, si fuere preciso, no vacilar en condescender con vosotros. Por lo cual prosigue diciendo: «No pierdas con tu comida a aquel por quien Cristo murió.» ¿O es que no estimas a tu hermano lo bastante ni siquiera para comprar su salvación al precio de la abstinencia de viandas? Y sin embargo Cristo no rehusó hacerse esclavo, ni morir por él; pero tú no desprecias siquiera el alimento para salvarlo. Y con todo, Cristo no había de ganar a todos, y aun así murió por todos, cumpliendo así lo que le correspondía. ¿Pero no adviertes que con la comida lo derribas en lo más importante, y todavía porfías? ¿Y a aquel a quien Cristo cuida con tanto esmero lo tienes por tan despreciable, y deshonras a quien Él ama? Pues Él no murió solo por el débil, sino aun por el enemigo. ¿Y tú no te abstendrás siquiera de viandas por el que es débil? Cristo hizo lo mayor; tú no haces ni lo menor. Y Él era Señor; tú, hermano. Estas palabras bastaban para dejarlo mudo. Pues lo muestran de espíritu mezquino, y que después de recibir de Dios tan grandes bienes, no da en retorno ni siquiera los pequeños.
Hom. 26, § 6–11
Vers. 16, 17. «No sea, pues, vuestro bien blasfemado; porque el reino de Dios no es comida ni bebida.»
Por su «bien» entiende aquí o la fe, o la esperanza de los premios futuros, o la perfección de su estado religioso. Pues no se trata solo, dice, de que dejes de aprovechar a tu hermano, sino de que haces que la doctrina misma, la gracia de Dios y su don sean blasfemados. Ahora bien, cuando peleas, cuando disputas, cuando eres molesto, cuando introduces cisma en la Iglesia, y afrentas a tu hermano y te apartas de él, los de afuera hablarán mal de ti. Y tan lejos está de venir bien de esto, que sucede justamente lo contrario. Porque vuestro bien es la caridad, el amor a la fraternidad, el estar unidos, el estar ligados entre sí, el vivir en paz, el vivir en mansedumbre ([ἐ] [πιεικείας]). De nuevo, para poner fin a sus temores y a la porfía del otro, dice: «Porque el reino de Dios no es comida ni bebida.» ¿Acaso por estas cosas, dice, hemos de ser aprobados? Como dice también en otro pasaje: «Ni si comemos somos mejores, ni si no comemos somos peores.» Y no necesita prueba alguna, sino que se contenta con afirmarlo. Lo que dice es esto: Si comes, ¿te conduce eso al Reino? Y por eso, satirizándolos como muy pagados de sí mismos en esto, no dijo «comida» solamente, sino «bebida.» ¿Cuáles son, pues, las cosas que nos llevan acá? «La justicia, la paz y el gozo;» y una vida virtuosa, y la paz con nuestros hermanos (a la que se opone esta inclinación a las riñas), y el gozo nacido de la unanimidad, que este reproche pone fin. Pero esto no lo dijo a una sola parte, sino a ambas, por ser ocasión oportuna para decirlo a las dos. Luego, como había mencionado la paz y el gozo, y hay también una paz y un gozo en las malas acciones, añade: «en el Espíritu Santo.» Pues el que arruina a su hermano, al punto ha subvertido la paz y ha agraviado el gozo, más gravemente que el que roba dinero. Y lo peor es que Otro lo salvó, y tú lo agravias y arruinas. Siendo, pues, que comer y el pretendido estado de perfección no traen estas virtudes, sino que traen las cosas que las subvierten, ¿cómo puede ser justo hacer poco caso de las cosas pequeñas para dar firmeza a las grandes? Luego, como este reproche nacía en parte de vanidad, prosigue diciendo:
Vers. 18. «Pues el que en esto sirve a Cristo, es agradable a Dios y aprobado por los hombres.»
Porque no te admirarán tanto por tu estado perfecto, cuanto todos por la paz y el amor mutuo. Pues esto es cosa hermosa, de la que todos sacarán provecho; pero de aquello ni uno siquiera.
Vers. 19. «Sigamos, pues, lo que contribuye a la paz y lo que sirve para la edificación mutua.»
Esto se aplica al otro, para que se vuelva pacífico; pero también lo segundo a este último, para que no destruya a su hermano. Aun así, hace que ambas cosas se apliquen a cada uno de los dos, al decir «mutuamente» y mostrar que sin paz no es fácil edificar.
Hom. 26, § 12–17
Vers. 20. «No destruyas por la comida la obra de Dios.»
Da este nombre a la salvación del hermano, y acrecienta grandemente el temor, mostrando que hace lo contrario de lo que desea. Pues tú, dice, estás tan lejos de edificar como te propones, que incluso destruyes, y ello una edificación que no es de hombre, sino de Dios, y no por un fin grande, sino por una cosa trivial. Pues fue «por la comida», dice. Luego, para que tantas indulgencias no confirmen al hermano débil en su error, vuelve de nuevo a la doctrina, así:
«Todas las cosas a la verdad son limpias; pero es malo para aquel que come con ofensa.»
Es decir, al que lo hace con mala conciencia. Y así, si lo forzaras y él comiera, nada se ganaría. Porque no es el comer lo que hace inmundo, sino la intención con que uno come. Si, pues, no corriges esa intención, todo lo has hecho en vano y has empeorado las cosas; porque tener una cosa por inmunda no es tan malo como gustarla cuando uno la tiene por inmunda. Aquí, pues, cometes dos errores: uno, aumentar su prejuicio con tu inclinación a las disputas, y otro, hacerle probar lo que para él es inmundo. Y así, mientras no lo persuadas, no lo fuerces.
Vers. 21. «Bueno es no comer carne, ni beber vino, ni hacer cosa alguna en que tu hermano tropiece, o se escandalice, o se debilite.»
De nuevo pide la alternativa mayor: que no solo no lo fuercen, sino que incluso condesciendan con él. Pues él mismo lo hizo a menudo, como cuando circuncidó [], cuando se rapó [], cuando ofreció aquel sacrificio judío []. Y no dice al hombre «hazlo así», sino que lo expone en forma de máxima, para que el otro, el débil, no se vuelva de nuevo demasiado indolente. ¿Y cuáles son sus palabras? «Bueno es no comer carne.» ¿Y por qué digo carne? Si es vino, o cualquier otra cosa semejante que cause ofensa, abstente. Pues nada es tan importante como la salvación de tu hermano. Y esto nos lo muestra Cristo, pues vino del Cielo y padeció todo lo que sufrió por nosotros. Y quiero que observes cómo lo hace comprender también al otro mediante las palabras: «tropiece, o se escandalice, o se debilite.» Y no me digas (quiere decir) que él es así sin razón, sino que tú tienes poder para enderezarlo. Porque el otro tiene pleno derecho a ser ayudado en su debilidad, y para ti esto no es pérdida, no siendo caso de hipocresía, sino de edificación y economía. Pues si lo fuerzas, al punto se destruye, te condenará y se fortificará aún más en no comer. Pero si condesciendes con él, entonces te amará, no sospechará de ti como maestro, y después lograrás sembrar insensiblemente en él las opiniones rectas. Mas si una vez te odia, habrás cerrado la entrada a tu razonamiento. No lo obligues, pues; antes abstente tú mismo por él, no absteniéndote de ello como de cosa inmunda, sino porque él se escandaliza, y te amará más. Así aconseja también Pablo cuando dice: «Bueno es no comer carne,» no porque fuera inmunda, sino porque el hermano se escandaliza y es débil.
Hom. 26, § 18–22
Vers. 22. «¿Tienes fe? Tenla para ti mismo.»
Aquí me parece que da una suave advertencia a los más adelantados contra la vanidad. Lo que dice es esto: ¿Quieres mostrarme que eres perfecto y enteramente pertrechado? No me lo muestres a mí; baste con tu conciencia. Y por fe no entiende aquí la que atañe a las doctrinas, sino la que toca al asunto que trae entre manos. Porque de aquella dice: «Con la boca se hace confesión para salvación» []; y: «A cualquiera que me negare delante de los hombres, yo también lo negaré.» [] Pues aquella, si no se confiesa, nos arruina; y esta, si se confiesa fuera de tiempo, hace lo mismo. «Dichoso el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba.» De nuevo hiere al débil, y da al otro (esto es, al fuerte) una corona suficiente, la de su conciencia. Aun si nadie te ve, es decir, puedes ser feliz en ti mismo. Porque después de decir «Tenla para ti mismo», para que no piense que es un tribunal despreciable, le dice que esto es mejor para ti que el mundo. Y si todos te acusan, y tú no te condenas a ti mismo, y tu conciencia no te presenta cargo alguno, eres dichoso. Pero esta afirmación no la hizo para aplicarla a cualquier persona. Pues hay muchos que no se condenan a sí mismos y, sin embargo, son grandes transgresores; y estos son los más miserables de los hombres. Pero él se atiene al asunto que trae entre manos.
Vers. 23. «Mas el que duda se condena si come.»
De nuevo, lo dice para exhortarlo a que tenga misericordia del débil. Porque ¿qué bien hay si come dudando y se condena a sí mismo? Pues yo apruebo al que come y, al hacerlo, no tiene duda. Mira cómo lo induce no solo a comer, sino también a comer con buena conciencia. Luego menciona asimismo la razón por la que es condenado, prosiguiendo con estas palabras:
«Porque no come de fe.» No porque sea inmundo, sino porque no es de fe. Pues él no creyó que fuera limpio, sino que lo tocó teniéndolo por inmundo. Y con esto les muestra también cuán grande daño hacen los que obligan a los hombres, y no los persuaden, a tocar cosas que hasta entonces les habían parecido inmundas, para que, por esto al menos, dejen el reproche. «Pues todo lo que no es de fe es pecado.» Pues cuando uno no está seguro, ni cree que una cosa es limpia, ¿cómo puede hacer otra cosa que pecar? Ahora bien, todas estas cosas las ha dicho Pablo acerca del asunto que trae entre manos, no acerca de todo. Y observa cuánto cuidado pone en no ofender a nadie; ya había dicho antes: «Si tu hermano se contrista por tu comida, ya no andas conforme a la caridad.» Pero si no se debe contristarlo, mucho menos se le debe escandalizar. Y otra vez: «No destruyas por la comida la obra de Dios.» Pues si fuera grave iniquidad derribar una iglesia, mucho más lo es hacerlo al templo espiritual. Porque un hombre es más digno que una iglesia; pues no fue por muros por quienes Cristo murió, sino por estos templos.
Hom. 26, § 23
Vigilemos, pues, nuestra conducta por todos lados, y no demos a nadie ni la más pequeña ocasión. Porque la vida presente es un estadio, y deberíamos tener millares de ojos [Hilario, sobre el Salmo 119] en todas direcciones, y ni siquiera imaginar que la ignorancia será excusa suficiente. Pues existe, ciertamente existe, el ser castigado por ignorancia, cuando la ignorancia es inexcusable. Ya que también los judíos fueron ignorantes, pero no de manera excusable. Y los gentiles fueron ignorantes, pero no tienen excusa []. Pues cuando ignoras aquello que no es posible saber, no se te hará cargo por ello; pero cuando se trata de cosas fáciles y posibles, serás castigado con el mayor rigor. De otro modo, si no fuéramos excesivamente negligentes, sino que pusiéramos de nuestra parte todo lo que nos corresponde, Dios nos tendería su mano también en aquello que ignoramos. Y esto mismo dijo Pablo a los filipenses: «Si en algo sentís de otra manera, Dios os revelará aun esto.» []. Mas cuando ni siquiera queremos hacer aquello de que somos dueños, tampoco tendremos en esto el provecho de su auxilio. Y esto fue también lo que sucedió con los judíos. «Por esta causa», dice, «les hablo en parábolas, porque viendo no ven.» []. ¿En qué sentido era que viendo no veían? Veían expulsados demonios, y decían: Tiene demonio. Veían resucitar muertos, y no adoraban, sino que intentaban matarlo. Mas no era de esta condición Cornelio []. Por esta razón, cuando él cumplía todo su deber con sinceridad, Dios le añadió también lo que le faltaba. No digas, pues: ¿cómo es que Dios desatendió a tal persona, que no era fingida ([ἄ] [πλαστος]) y era buena, aunque gentil? Porque, en primer lugar, ningún hombre puede saber con certeza si alguien no es fingido, sino solo Aquel que «formó ([πλάσαντι]) los corazones uno a uno.» []. Y luego hay que decir también esto: que acaso ([πολλάκις]) tal hombre no fue ni reflexivo ni fervoroso. ¿Y cómo podía serlo, se dirá, siendo tan ignorante? ([ἄ] [πλαστος]). Te ruego, pues, que consideres a este hombre simple y sencillo, y obsérvalo en los asuntos de la vida, y verás en él un modelo de la mayor escrupulosidad, de modo que si la hubiera mostrado en las cosas espirituales, no habría sido desatendido; porque las verdades de la fe son más claras que el sol. Y dondequiera que un hombre vaya, podría fácilmente apoderarse de su propia salvación, si tuviera, digo, ánimo de ser solícito, y no mirara esto como ocupación secundaria. Pues ¿estaban esas obras encerradas en Palestina, o en un rinconcito del mundo? ¿No has oído decir al profeta: «Todos me conocerán, desde el más pequeño hasta el más grande?» []. ¿No ves que las cosas mismas proclaman la verdad? ¿Cómo, pues, han de tener excusa, viendo como ven la doctrina de la verdad extendida por todas partes, y no se afanan ni se cuidan de aprenderla? ¿Y exiges todo esto, se pregunta, de un salvaje rudo? No; no solo de un salvaje rudo, sino de cualquiera que sea más salvaje que los hombres de hoy. Pues ¿por qué, dime, en las cosas de este mundo sabe responder cuando es agraviado, resistir cuando se le hace violencia, y hacer e idear todo para que jamás se le tuerza la voluntad ni en lo más mínimo; pero en las cosas espirituales no emplea ese mismo juicio? Y cuando un hombre adora una piedra y la cree un dios, le guarda fiestas, gasta dinero en ella, le muestra gran temor, y de ningún modo se vuelve negligente por su simpleza. Y cuando ha de buscar al mismo y verdadero Dios, ¿me vienes entonces con la sencillez y la simpleza? No son así, ciertamente no lo son. Porque las quejas no son más que mera negligencia. Pues ¿cuáles consideras más simples y rudos, los de los días de Abraham o los de ahora? [] Claramente los primeros. ¿Y cuándo era más fácil hallar la religión, ahora o entonces? Claramente ahora. Pues ahora el Nombre de Dios es proclamado aun por todos los hombres, los Profetas han predicado, las cosas se han cumplido, los gentiles han sido convencidos []. Pero en aquel tiempo la mayoría estaba aún sin instrucción, y el pecado dominaba. Y no había ley que instruyera, ni profetas, ni milagros, ni doctrina, ni multitud de hombres versados en ella, ni ninguna otra cosa semejante; sino que todo yacía entonces como en profunda tiniebla, en una noche sin luna y tempestuosa. Y sin embargo, aun entonces aquel varón admirable y noble, aunque los obstáculos eran tan grandes, conoció a Dios y practicó la virtud, y llevó a muchos al mismo celo; y esto aunque ni siquiera tenía la sabiduría de los de afuera. Porque ¿cómo la tendría, cuando ni siquiera se habían inventado aún las letras? Con todo, puso de su parte, y Dios se juntó con él para suplir lo que le faltaba. Pues ni siquiera esto puedes decir, que Abraham recibió la religión de sus padres, porque [Taré, véase Josué 24:2] era idólatra.
Y sin embargo, aunque procedía de tales antepasados, era inculto, vivía entre gente inculta y no tenía instructor en la religión, alcanzó el conocimiento de Dios, y en comparación con todos sus descendientes, que tuvieron la ventaja de la Ley y de los Profetas, fue tanto más ilustre cuanto no hay palabras para expresar. ¿Por qué fue, pues? Porque en las cosas de este mundo no se daba gran ansiedad, y en las del espíritu ponía toda su atención. (En Hom. sobre el Gén. 33, etc.) ¿Y qué de Melquisedec? ¿No nació también en aquellos tiempos, y fue tan resplandeciente que fue llamado incluso sacerdote de Dios? (En Hom. sobre el Gén. 35, 36.) Pues es suma y enteramente imposible que el hombre sobrio ([νήφοντα]) quede jamás desatendido. Y no nos turben estas cosas; antes, sabiendo que en cada caso el poder está en la disposición de la mente, miremos por nuestros propios deberes, para hacernos mejores. No pidamos cuentas a Dios, ni indaguemos por qué dejó a tal persona y llamó a tal otra. Pues hacemos lo mismo que un siervo que ha ofendido y se pusiera a escudriñar la administración de la casa de su señor. ¡Desdichado y miserable hombre!, cuando debieras estar pensando en la cuenta que has de dar y en cómo reconciliarte con tu señor, ¿pides tú cuentas por cosas de las que no has de responder, pasando por alto aquellas de las que sí has de dar razón? ¿Qué he de decir al gentil? —pregunta. Pues lo mismo que he venido diciendo. Y no mires solo a lo que dirás al gentil, sino también a los medios de enmendarte. Cuando él se escandalice examinando tu vida, entonces piensa qué dirás. Porque si él se escandaliza, no se te pedirá cuenta por él; mas si es por tu manera de vivir que se le daña, tendrás que pasar el mayor peligro. Cuando te vea filosofar sobre el reino, y agitarte por las cosas de esta vida, y a un tiempo temer el infierno y temblar por las calamidades de esta vida, entonces ponlo en tu mente. Cuando vea esto y te acuse, y diga: Si amas el Reino, ¿cómo no desprecias las cosas de esta vida? Si esperas el juicio terrible, ¿por qué no desprecias los terrores de este mundo? Si esperas la inmortalidad, ¿por qué no haces escarnio de la muerte? Cuando él diga esto, preocúpate de qué defensa harás. Cuando te vea temblar por el pensamiento de perder tu dinero, tú que esperas los cielos, y alegrarte en extremo por un solo centavo, y vender tu alma de nuevo por poco dinero, entonces ponlo en tu mente. Porque estas son las cosas, precisamente estas, que hacen tropezar a los gentiles. Y así, si te preocupa su salvación, haz tu defensa en estos puntos, no con palabras, sino con obras. Pues no es por aquella cuestión por lo que alguien blasfemó jamás de Dios, sino por las malas vidas de los hombres hay millares de blasfemias en todas partes. Corrígelo, pues, de este modo. Porque el gentil te preguntará enseguida: ¿Cómo voy a saber que los mandamientos de Dios son factibles? Pues tú, que eres de estirpe cristiana y te has criado en esta excelente religión, no haces nada semejante. Y ¿qué le responderás? De seguro dirás: Te mostraré a otros que lo hacen: monjes que moran en los desiertos. ¿Y no te avergüenzas de confesar que eres cristiano y, con todo, remitirlo a otros, como quien no puede mostrar que tú despliegas el temple de un cristiano? Pues él dirá al punto: ¿Qué necesidad tengo de ir a los montes y rebuscar los desiertos? Porque si no hay posibilidad de que una persona que vive en medio de las ciudades sea discípulo, triste imputación es esta para esta regla de conducta: que hayamos de dejar las ciudades y huir a los desiertos. Muéstrame tú un hombre que tenga esposa, hijos y familia, y que sin embargo siga la sabiduría. ¿Qué diremos, pues, a todo esto? ¿No hemos de bajar la cabeza y avergonzarnos? Porque Cristo no nos dio tal mandamiento; sino ¿qué? «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres» [], no a los montes, desiertos, soledades y lugares apartados. Y esto lo digo no por injuriar a los que se han retirado a los montes, sino por llorar a los que moran en las ciudades, porque han desterrado de ellas la virtud. Por lo cual os suplico que introduzcamos también aquí la disciplina que hay allá, para que las ciudades lleguen a ser verdaderamente ciudades. Esto aprovechará al gentil; esto lo librará de incontables ofensas. Y así, si quieres librarlo del escándalo y gozar tú de premios sin número, ordena tu propia vida y hazla resplandecer por todos lados, «para que los hombres vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.» Pues así gozaremos también nosotros de aquella gloria inefable y grande, la cual Dios conceda que todos alcancemos, por la gracia y el amor hacia los hombres, etc.
Hom. 27, § 1–3
Rom. XIV, 25-27
«Y al que es poderoso para afirmaros según mi Evangelio, y la predicación de Jesucristo según la revelación del misterio, que se ha mantenido oculto desde el principio del mundo, pero ahora se ha manifestado, y (manuscritos [τε] que Sav. omite) por las Escrituras de los Profetas, según el mandamiento del Dios eterno, manifestado a todas las naciones para la obediencia de la fe: al único sabio Dios, a Él sea gloria mediante Jesucristo nuestro Señor. Amén.»
Es costumbre constante de Pablo concluir su exhortación con oraciones y doxologías. Porque sabe que el asunto no es de poca importancia. Y lo hace por afecto y por cautela. Pues es propio de un maestro entregado a sus hijos y a Dios no instruirlos sólo de palabra, sino también, mediante la oración, atraer sobre su enseñanza el auxilio que viene de Dios. Y esto hace también aquí. La conexión es la siguiente: «Al que es poderoso para afirmaros, sea gloria por siempre. Amén.» Pues de nuevo se aferra a aquellos hermanos débiles, y a ellos dirige su discurso. Porque cuando reprendía, hacía que todos participaran de su reprensión; mas ahora, cuando ora, es por ellos por quienes adopta la actitud de un suplicante. Y después de decir «para afirmaros,» pasa a dar el modo de ello, «según mi Evangelio;» y esto era lo que haría uno para mostrar que todavía no estaban firmemente asentados, sino que estaban en pie, aunque con vacilación. Luego, para dar credibilidad a lo que dice, prosigue: «y la predicación de Jesucristo;» es decir, la que Él mismo predicó. Pero si Él la predicó, las doctrinas no son nuestras, sino que las leyes son de Él. Y después, al examinar la naturaleza de la predicación, muestra que este don es de mucho provecho y de mucho honor; y esto lo prueba primero por la persona de quien lo declara, y luego también por las cosas declaradas. Pues era buena nueva. Además, por no haberla dado a conocer a nadie antes de nosotros. Y esto lo insinúa con las palabras: «según la revelación del misterio.» Y esto es señal de la mayor amistad: hacernos partícipes de los misterios, y a nadie antes que a nosotros. «Que se ha mantenido oculto desde el principio del mundo, pero ahora se ha manifestado.» Porque había sido determinado desde antiguo, pero sólo ahora se manifestó. ¿Cómo se manifestó? «Por las Escrituras de los Profetas.» También aquí libra del temor a la persona débil. Pues ¿qué temes? ¿Acaso temes apartarte de la Ley? Esto es lo que la Ley quiere, esto predijo desde antiguo. Pero si indagas la causa de que se manifieste ahora, haces algo que no es seguro, al ser curioso acerca de los misterios de Dios y llamarlo a juicio. Porque no debemos, en cosas de esta naturaleza, actuar como entrometidos, sino complacernos y contentarnos con ellas. Por eso, para poner freno a un espíritu de ese tipo, añade: «según el mandamiento del Dios eterno, para la obediencia de la fe.» Pues la fe exige obediencia, no curiosidad. Y cuando Dios manda, uno debe ser obediente, no curioso. Luego usa otro argumento para animarlos, diciendo «manifestado a todas las naciones.» Es decir, no eres tú solo, sino el mundo entero el que está en este Credo, pues no tuvo por maestro a hombre, sino a Dios. Por lo cual añade también: «mediante Jesucristo.» Pero no sólo fue manifestado, sino también confirmado. Ambas cosas son obra suya. Y por esta razón también el modo de leerse es: «Al que es poderoso para afirmaros mediante Jesucristo;» y, como decía, atribuye ambas cosas a Él; o mejor, no sólo estas dos, sino también la gloria que corresponde (o se atribuye, gr. [τὴν εἰς]) al Padre. Y por esto también dijo: «a quien sea gloria por siempre, Amén.» Y usa de nuevo una doxología por reverencia ante lo incomprensible de estos misterios. Pues aun ahora que han aparecido, no hay modo de comprenderlos por razonamientos, sino que por la fe hemos de llegar a su conocimiento, porque de ninguna otra manera podemos. Bien dice: «Al único sabio Dios.» Pues si sólo reflexionas cómo hizo entrar a las naciones, y las mezcló con aquellos que en tiempos antiguos habían obrado bien, cómo salvó a los que estaban desesperados, cómo llevó hasta el cielo a hombres que no eran dignos de la tierra, y condujo a los que habían caído de la vida presente a aquella vida inmortal e inalterable, y a los que eran pisoteados por los demonios los hizo competir con los Ángeles, y abrió el Paraíso, y puso fin a todos los males antiguos, y esto además en poco tiempo y por un camino fácil y compendioso, entonces aprenderás su sabiduría; cuando veas que lo que ni los Ángeles ni los Arcángeles conocían, lo aprendieron de repente los gentiles mediante Jesús. (2 manuscritos añaden «entonces conocerás su poder.» ) Con razón, pues, hay que admirar su sabiduría y darle gloria. Pero tú sigues deteniéndote en pequeñeces, sentado aún bajo la sombra. Y esto no se parece mucho al que da gloria. Pues quien no tiene confianza en Él, ni fe en la fe, no da testimonio de la grandeza de sus obras. Pero él mismo ofrece gloria en favor de ellos, para llevarlos también al mismo celo. Mas cuando le oigas decir: «al único sabio Dios,» no pienses que se dice en menosprecio del Hijo. Pues si todas estas cosas por las que se hace manifiesta su sabiduría fueron hechas por Cristo, y sin Él ninguna sola, es bien claro que Él es igual también en sabiduría. ¿Cuál es, pues, la razón de decir «único?» Para ponerlo en contraste con todo ser creado. Después de dar la doxología, pasa de nuevo de la oración a la exhortación, dirigiendo su discurso contra los fuertes, y dice así:
Comentario editorial · La doxología que aquí cierra la carta
La homilía 27 comenta una doxología («Y al que es poderoso para afirmaros…») que hoy se lee al final de la carta, en Romanos 16:25-27, pero que su texto coloca tras Romanos 14, de ahí la referencia «XIV, 25-27» de la edición. Según la nota de Stevens, la ponían en este lugar Teodoreto, Cirilo de Alejandría, Juan Damasceno y unos doscientos manuscritos minúsculos; Orígenes la colocaba donde hoy, al final, y un manuscrito alejandrino del siglo V la trae dos veces. Wikipedia añade que los manuscritos la sitúan en lugares distintos y que eso refuerza la hipótesis de una forma antigua de la carta con catorce capítulos.
Hom. 27, § 4–10
Cap. xv. ver. 1. «Nosotros, pues, que somos fuertes, debemos» — dice «debemos,» no «tenemos la bondad de.» ¿Qué es lo que debemos hacer?— «sobrellevar las flaquezas de los débiles.»
Mira cómo ha despertado su atención con sus alabanzas, no sólo llamándolos poderosos, sino también poniéndolos a su lado. Y no sólo con esto, sino por la ventaja de la cosa vuelve a atraerlos, y por no ser gravosa. Pues tú, dice, eres poderoso, y no eres en nada peor por condescender. Pero para él el peligro es de extrema consecuencia, si no se le soporta. Y no dice el enfermo, sino las «flaquezas de los débiles,» atrayéndolo así e inclinándolo a misericordia. Como en otro lugar dice también: «Vosotros que sois espirituales, restaurad a tal persona.» [] ¿Te has vuelto poderoso? Devuelve a Dios el don de haberte hecho así. Y lo devolverás si corriges la debilidad del enfermo. Pues nosotros también éramos débiles, pero por gracia nos hemos vuelto poderosos. Y esto hemos de hacer no sólo en este caso, sino también en el de quienes son débiles en otros aspectos. Como, por ejemplo, si alguno es colérico, o insolente, o tiene cualquier otra flaqueza semejante, sopórtalo. ¿Y cómo ha de ser esto? Escucha lo que sigue. Pues después de decir «debemos sobrellevar,» añade: «y no agradarnos a nosotros mismos.»
Ver. 2. «Cada uno de nosotros agrade a su prójimo para su bien, para edificación.»
Pero lo que dice es esto: ¿Eres poderoso? Que el débil tenga prueba de tu poder. Que llegue a conocer tu fuerza; agrégale. Y no dice simplemente agrada, sino para su bien, y no simplemente para su bien, no sea que el adelantado diga: ¡Mira, lo estoy atrayendo a su bien! Sino que añade: «para edificación.» Y así, si eres rico o tienes poder, no te agrades a ti mismo, sino al pobre y al necesitado, porque de este modo tendrás a la vez gloria verdadera de que gozar, y prestarás gran servicio. Pues la gloria de las cosas del mundo pronto vuela, pero la de las cosas del Espíritu permanece, si lo haces para edificación. Por ello a todos los hombres exige esto. Pues no es esta o aquella persona la que ha de hacerlo, sino «cada uno de vosotros.» Luego, como era cosa grande lo que les había mandado, y les había ordenado incluso relajar su propia perfección para corregir la debilidad del otro, introduce de nuevo a Cristo, con las siguientes palabras:
Ver. 3. «Porque tampoco Cristo se agradó a sí mismo.»
Y esto lo hace siempre. Pues cuando trataba de la limosna, lo trajo a colación y dijo: «Conocéis la gracia del Señor, que siendo rico, por nosotros se hizo pobre.» [] Y cuando exhortaba a la caridad, era de Él de quien exhortaba con las palabras «Como Cristo nos amó.» [] Y cuando daba consejo acerca de soportar vergüenza y peligros, se refugió en Él y dijo: «El cual, por el gozo puesto delante de él, soportó la Cruz, menospreciando la vergüenza.» []. Así también en este pasaje muestra cómo Él hizo esto, y cómo el profeta lo proclamó desde antiguo. Por eso prosigue:
«Los improperios de los que te improperaban cayeron sobre mí.» [] Pero ¿qué significa «No se agradó a sí mismo?» Tenía poder para no ser improperado, poder para no sufrir lo que sufrió, si hubiera querido mirar por lo suyo. Pero no estuvo de ese ánimo. Antes bien, por mirar por nuestro bien descuidó lo suyo. ¿Y por qué no dijo: «Se vació a sí mismo?» [] Porque no era lo único que quería señalar, que se hizo hombre, sino que fue también maltratado, y obtuvo mala reputación entre muchos, al ser tenido por débil. Pues dice: «Si eres Hijo de Dios, baja de la Cruz.» []. Y: «A otros salvó; a sí mismo no puede salvarse.» []. Por eso menciona una circunstancia que era apta para su presente asunto, y prueba mucho más de lo que se propuso; pues muestra que no fue Cristo solo el improperado, sino también el Padre. «Pues los improperios de los que te improperaban cayeron,» dice, «sobre mí.» Pero lo que dice es casi esto: Lo que ha sucedido no es cosa nueva ni extraña. Pues los del Antiguo Testamento que llegaron a tener costumbre de improperar a Él, también desvariaron contra su Hijo. Pero estas cosas fueron escritas para que no los imitemos. Y luego los provee (gr. los unge) para una paciente tolerancia de las tentaciones.
Hom. 27, § 11–18
Ver. 4. «Porque todo lo que fue escrito anteriormente,» dice, «fue escrito para nuestra enseñanza, a fin de que, mediante la paciencia y el consuelo de las Escrituras, tengamos esperanza.»
Es decir, para que no desfallezcamos (pues hay varios conflictos por dentro y por fuera), para que, fortalecidos y consolados por las Escrituras, mostremos paciencia, para que viviendo en paciencia permanezcamos en esperanza. Pues estas cosas se producen mutuamente: la paciencia engendra esperanza, y la esperanza paciencia. Y ambas son producidas por las Escrituras. Luego trae de nuevo su discurso a la forma de oración, y dice:
Ver. 5. «Y el Dios de la paciencia y de la consolación os conceda ser unánimes entre vosotros, según Cristo Jesús.»
Pues como había dado su propio consejo, y había propuesto también el ejemplo de Cristo, añadió asimismo el testimonio de las Escrituras, para mostrar que con la Escritura, Él mismo da también paciencia. Y por esto dijo: «Y el Dios de la paciencia y de la consolación os conceda ser unánimes entre vosotros, según Cristo Jesús.» Pues esto es lo que haría el amor: estar dispuesto hacia el otro como hacia uno mismo. Luego, para mostrar de nuevo que no exige un amor cualquiera, añade: «según Cristo Jesús.» Y esto lo hace en todas partes, porque hay también otra clase de amor. ¿Y cuál es la ventaja de que ellos estén de acuerdo?
Ver. 6. «Para que con una sola mente,» dice, «y una sola boca, glorifiquéis a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo.»
No dice meramente con una boca, sino que nos manda hacerlo también con una sola voluntad. Mira cómo ha unido todo el cuerpo en uno, y cómo concluye de nuevo su discurso con una doxología, con la cual da el mayor estímulo a la unanimidad y la concordia. Luego, desde este punto, se atiene a la misma exhortación de antes, y dice:
Ver. 7. «Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios.»
El ejemplo es de nuevo como antes, y la ganancia inefable. Pues esto da gloria especial a Dios: el estar estrechamente unidos. Y así, aunque estés en desacuerdo con tu hermano contra tu voluntad (Field «estando afligido por causa de él,» según Savile, pero contra los manuscritos) y por causa de él, considera que al poner fin a tu ira glorificas a tu Señor; y aunque no sea por cuenta de tu hermano, por esto al menos reconcíliate con él; o mejor dicho, por esto primero. Pues Cristo también insiste en esto por todos los motivos posibles, y al dirigirse a su Padre dijo: «En esto conocerán todos que me has enviado, si son uno.» []
Hom. 27, § 19
Obedezcamos, pues, y unámonos unos a otros. Porque en este lugar ya no es al débil, sino a todos, a quienes está despertando. Y si alguno estuviera dispuesto a romper contigo, no rompas tú también. Ni pronuncies aquella frase fría: «Amo al que me ama; si mi ojo derecho no me ama, me lo arranco.» Porque estas son palabras satánicas, propias de publicanos y del espíritu mezquino de los gentiles. Pero tú, que has sido llamado a una ciudadanía mayor y estás inscrito en los libros del Cielo, estás sujeto a leyes mayores. No hables de este modo; antes bien, cuando él no esté dispuesto a amarte, muestra entonces más amor, para que lo atraigas a ti. Porque él es un miembro; y cuando por alguna fuerza un miembro es separado del cuerpo, hacemos todo para unirlo de nuevo, y luego le prestamos más atención. Pues la recompensa es mayor entonces, cuando uno atrae a sí a una persona que no está dispuesta a amar. Porque si Él nos manda invitar a la cena a los que no pueden darnos recompensa alguna, para que lo que corresponde a recompensa sea mayor, mucho más debemos hacer esto en lo que respecta a la amistad. Ahora bien, el que es amado y ama, sí te da una recompensa. Pero el que es amado y no ama, ha hecho a Dios deudor tuyo en su lugar. Y además, cuando él te ama no necesita mucho esfuerzo; pero cuando no te ama, entonces necesita tu ayuda. No hagas, pues, de la causa del esfuerzo una causa de desidia; y no digas: porque él está enfermo, por eso no cuido de él (pues la enfermedad es en verdad el entorpecimiento del amor), sino calienta tú de nuevo lo que se ha enfriado. Pero supón que no se calienta, «¿y qué?» es la réplica. Continúa haciendo tu parte. «¿Y si se vuelve más perverso?» Sólo te está procurando un retorno tanto mayor, y te muestra tanto más imitador de Cristo. Pues si el amarse unos a otros había de ser la característica de los discípulos («En esto,» dice, «conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros» ), [] considera cuán grande ha de ser amar a uno que nos odia. Porque tu Maestro amó a los que lo odiaban, y los llamó a Él; y cuanto más débiles eran, tanto mayor cuidado les mostró; y clamó y dijo: «Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.» [] Y a publicanos y pecadores los consideró dignos de la misma mesa con Él. Y tan grande como fue la deshonra con que el pueblo judío lo trató, tan grande fue el honor y la solicitud que les mostró, sí, y mucho mayor. Imítalo tú también: porque esta buena obra no es ligera, sino una sin la cual ni siquiera el mártir puede agradar mucho a Dios, como dice Pablo. No digas, pues: Soy odiado, y por eso no amo. Porque precisamente por eso debes amar más. Y además, no está en la naturaleza de las cosas que un hombre que ama sea pronto odiado; por bruto que sea, ama a los que lo aman. Pues esto, dice, hacen los paganos y los publicanos. [] Pero si cada uno ama a los que lo aman, ¿quién no amaría a los que aman siendo odiados? Muestra, pues, esta conducta, y no dejes de usar esta palabra: «Ódiame cuanto quieras; yo no dejaré de amarte,» y entonces humillarás su inclinación a la querella y echarás fuera toda frialdad. Porque este desorden proviene o de excesivo calor ([φλεγμονἥς], inflamación), o de frialdad; pero ambas cosas suele corregirlas la fuerza del amor con su calor. ¿No has visto nunca a los que están entregados a un amor vil ser golpeados, escupidos, insultados, maltratados de mil maneras por aquellas fornicarias? ¿Y qué? ¿Los insultos rompen este amor? De ningún modo: lo encienden más aún. Y sin embargo, los que hacen estas cosas, además de ser rameras, son de clase baja y despreciable.
Pero los que se someten a ello, a menudo tienen antepasados ilustres que contar, y mucha otra nobleza de que jactarse. Sin embargo, ninguna de estas cosas rompe el vínculo, ni los aparta de la que aman. ¿Y no nos avergonzamos, pues, de hallar cuán grande poder tiene el amor del diablo (v. p. 520) y de los demonios, y no ser capaces de mostrar tanto en el amor según Dios? ¿No percibes que esta es un arma muy grande contra el diablo? ¿No ves que aquel demonio malvado está al lado, arrastrando hacia sí al hombre que odias, y deseando arrebatar al miembro? ¿Y tú pasas de largo y entregas el premio del combate? Porque tu hermano, que yace entre vosotros, es el premio. Y si vences, recibes una corona; pero si eres negligente, te vas sin corona. Deja, pues, de pronunciar aquella frase satánica: «si mi ojo me odia, no puedo verlo.» Porque nada hay más vergonzoso que esta frase, y sin embargo la generalidad la presenta como señal de espíritu noble. Pero nada hay más innoble que todo esto, nada más insensato, nada más necio. Por eso estoy en verdad muy afligido de que las obras del vicio sean tenidas por las de la virtud, de que mirar por encima a los hombres y despreciarlos parezca honorable y digno. Y esta es la mayor trampa del diablo: investir a la iniquidad de buena reputación, con lo cual se hace difícil borrarla. Pues a menudo he oído a hombres atribuirse mérito por no acercarse a quienes les son contrarios. Y sin embargo, tu Maestro halló gloria en esto. ¡Cuántas veces no lo despreciaron ([διέπτυσαν]) los hombres! ¡Cuántas veces le mostraron aversión! Mas Él no deja de correr hacia ellos. No digas, pues: «No puedo soportar acercarme a los que me odian,» sino di: «No puedo soportar despreciar ([διαπτύσαι]) a los que me desprecian.» Este es el lenguaje del discípulo de Cristo, como el otro lo es del diablo. Esto hace a los hombres honorables y gloriosos, como lo otro los hace vergonzosos y ridículos. Por este motivo sentimos admiración por Moisés, porque incluso cuando Dios dijo: «Déjame, para que los destruya en mi ira,» [] no pudo soportar despreciar a los que tantas veces le habían mostrado aversión, sino que dijo: «Si quieres perdonarles su pecado, perdónalo; si no, bórrame también a mí.» [] Esto se debía a que él era amigo de Dios y copista de Él. Y no nos enorgullezcamos de cosas por las que deberíamos ocultar el rostro. Ni usemos el lenguaje de esos individuos lascivos, que son la escoria de los hombres: sé cómo escarnecer ([καταπτύσαι], escupir) a miles. Pero aunque otro lo use, riámonos de él y tapémosle la boca por deleitarse en aquello de lo que debería avergonzarse. ¿Qué dices, di, desprecias a un hombre que cree, al cual, cuando era incrédulo, Cristo no despreció? ¿Por qué digo que no lo despreció? Pues Él le tuvo tal amor, cuando era vil y deforme, que hasta murió por él. Él, entonces, amó tanto, y a una persona así, ¿y tú ahora, cuando él se ha hecho hermoso y admirable, lo desprecias; ahora que se ha hecho miembro de Cristo y cuerpo de tu Maestro? ¿No consideras lo que estás diciendo, ni percibes lo que te atreves a hacer? Tiene a Cristo como Cabeza, y Mesa, y Vestidura, y Vida, y Luz, y Esposo, y Él es todo para él, ¿y te atreves a decir: «a este lo desprecio yo?» ¿y no sólo a este, sino a miles de otros con él? Detente, oh hombre, y cesa de tu locura; llega a conocer a tu hermano. Aprende que estas son palabras de irracionalidad y frenesí, y di al contrario: aunque me desprecie diez mil veces, jamás me mantendré aparte de él. De este modo ganarás a tu hermano, vivirás para gloria de Dios y participarás de los bienes venideros. Que Dios nos conceda a todos alcanzarlos, por la gracia y el amor hacia los hombres, etc.
Hom. 28, § 1–3
Rom. XV. 8
«Digo, pues, que Jesucristo fue ministro de la circuncisión para la verdad de Dios, a fin de confirmar las promesas hechas a los padres.»
De nuevo habla de la solicitud de Cristo por nosotros, insistiendo en el mismo tema y mostrando cuán grandes cosas ha hecho por nosotros, y cómo «no se agradó a sí mismo» []. Y además de esto, hay otro punto que demuestra: que los de los gentiles son deudores a Dios por mayor cuantía. Y si por mayor cuantía, entonces deben soportar a los débiles entre los judíos. Pues como había hablado muy duramente contra tales, para que esto no los ensoberbeciera, humilla su irracionalidad mostrando que fue por «la promesa hecha a los padres» como ellos recibieron los bienes, mientras que los gentiles los tuvieron por pura compasión y amor hacia los hombres solamente. Y esta es la razón de que diga: «Y para que los gentiles glorifiquen a Dios por su misericordia.» Pero para que lo dicho quede más claro, conviene oír una vez más las palabras mismas, para que veáis qué significa que Cristo haya sido hecho «Ministro de la circuncisión para la verdad de Dios, a fin de confirmar las promesas hechas a los padres». ¿Qué es, pues, lo que se afirma? Había una promesa hecha a Abraham, que decía: «A ti te daré la tierra, y a tu descendencia, y en tu descendencia serán benditas todas las naciones.» [] Pero después de esto, todos los de la descendencia de Abraham quedaron sujetos a castigo. Pues la Ley obró ira contra ellos al ser transgredida, y desde entonces los privó de aquella promesa hecha a los padres. Por tanto, vino el Hijo y obró juntamente con el Padre, para que aquellas promesas se cumplieran y tuvieran su efecto. Pues habiendo cumplido toda la Ley, en lo cual también cumplió la circuncisión, y habiendo, por ella y por la Cruz, librado a los tales de la maldición de la transgresión, no consintió que esta promesa cayera por tierra. Así pues, cuando lo llama «Ministro de la circuncisión», quiere decir esto: que habiendo venido y cumplido la Ley, sido circuncidado y nacido de la descendencia de Abraham, deshizo la maldición, detuvo la ira de Dios, e hizo aptos para las promesas a quienes habían de recibirlas, por quedar libres una vez para siempre de su alienación. Para impedir, pues, que estos acusados dijeran: ¿Cómo, entonces, vino Cristo a circuncidarse y a guardar toda la Ley?, vuelve su argumento a la conclusión contraria. Pues no fue para que la Ley continuara, sino para ponerle fin, libraros de su maldición y dejaros enteramente en libertad del dominio de aquella Ley. Pues fue porque habíais transgredido la Ley por lo que Él la cumplió, no para que vosotros la cumplierais, sino para confirmaros las promesas hechas a los padres, que la Ley había dejado en suspenso, mostrando que habíais ofendido y erais indignos de la herencia. Y así también tú eres salvo por gracia, puesto que fuiste desechado. No riñas, pues, ni te aferres perversamente a la Ley en este tiempo inoportuno, ya que ella también te habría arrojado fuera de la promesa, si Cristo no hubiera padecido tantas cosas por ti. Y las padeció, no porque tú fueras digno de salvación, sino para que Dios fuese veraz. Y luego, para que esto no envaneciera al de los gentiles, dice:
Hom. 28, § 4–8
Vers. 9. «Y para que los gentiles glorifiquen a Dios por su misericordia.»
Pero lo que quiere decir es esto. Los de los judíos habrían tenido las promesas, aunque fueran indignos. Pero tú no tenías ni siquiera esto, sino que fuiste salvo por el amor hacia los hombres solamente, aun si, para decirlo en lo más bajo, ellos tampoco habrían aprovechado las promesas, si Cristo no hubiera venido. Mas para amalgamarlos (o temperarlos, [κεράσῃ]) y no permitir que se alzaran contra los débiles, hace mención de las promesas. Pero de estos dice que fue por sola misericordia como fueron salvos. Por tanto, están más obligados a glorificar a Dios. Y gloria es para Dios que se mezclen entre sí, se unan, alaben con una sola mente, soporten al más débil y no descuiden el miembro que ha sido desgajado. Luego añade testimonios, en los que muestra que el hombre de los judíos debe mezclarse con los de los gentiles; y así dice: «Como está escrito: Por esto te confesaré entre los gentiles, oh Señor, y cantaré a tu Nombre.» []
Vers. 10-12. «Y alegraos, gentiles, con su pueblo. Y alabad al Señor, todos los gentiles» []; «y todos los pueblos lo alaben.» [] «Y saldrá una raíz de Jesé, y el que se levantará para reinar sobre los gentiles; en Él confiarán los gentiles.» []
Ahora bien, todas estas citas las ha dado para mostrar que debemos estar unidos y glorificar a Dios; y también para humillar al judío, a fin de que no se ensoberbezca sobre estos, puesto que todos los profetas los llamaron a ellos, y asimismo para persuadir al hombre de los gentiles a ser humilde, mostrándole que tenía que responder de una gracia mayor. Luego concluye de nuevo su argumento con una oración.
Vers. 13. «Que el Dios de la esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza, por el poder del Espíritu Santo.»
Hom. 28, § 9
Es decir, para que os libréis de esa insensibilidad ([ἀ] [θυμίας]) de unos con otros, y nunca seáis abatidos por las tentaciones. Y esto será por vuestro abundar en esperanza. Ahora bien, esta es la causa de todos los bienes, y viene del Espíritu Santo. Pero no viene simplemente del Espíritu, sino a condición de que nosotros aportemos también nuestra parte. Por eso dice: «en el creer». Pues este es el camino para que os llenéis de gozo, si creéis, si esperáis. Y no dice si esperáis, sino «si abundáis en esperanza», para que no halléis consuelo solo en las tribulaciones, sino que aun tengáis gozo por la abundancia de fe y de esperanza. Y de esta manera también atraeréis hacia vosotros al Espíritu. De esta manera, cuando Él haya venido, os mantendréis continuamente en todos los bienes. Pues así como el alimento mantiene nuestra vida, y por él se gobierna el cuerpo, así, si tenemos buenas obras, tendremos el Espíritu; y si tenemos el Espíritu, tendremos también buenas obras. Como también, por el contrario, si no tenemos obras, el Espíritu se aleja volando. Pero si somos abandonados por el Espíritu, también cojearemos en las obras. Pues cuando este se ha ido, viene el impuro: esto es evidente por Saúl. Pues ¿qué importa que no nos ahogue como a él, si aún nos estrangula de algún otro modo por las obras malvadas? Tenemos necesidad, pues, del arpa de David, para encantar nuestras almas con los cánticos divinos, tanto estos como los que provienen de las buenas acciones. Pues si hacemos solo lo uno, y mientras escuchamos el encanto, guerreamos con el encantador por nuestras acciones, como él hizo antiguamente []; el remedio se nos volverá incluso juicio, y la locura se hará más furiosa. Porque antes de oír, el malvado demonio temía que oyéramos y nos recobráramos. Pero cuando aun después de oírlo continuamos como estábamos, esto es precisamente lo que le quita el temor. Cantemos, pues, el Salmo de las buenas obras, para arrojar el pecado que es peor que el demonio. Porque un demonio ciertamente no nos privará del cielo, sino que en algunos casos hasta colabora con los sobrios de mente. Pero el pecado nos expulsará seguramente. Pues este es un demonio que recibimos voluntariamente, una locura elegida por nosotros mismos. Por lo cual tampoco tiene quien lo compadezca o lo perdone. Cantemos, pues, encantamientos sobre un alma en tal situación, tanto de las demás Escrituras como del bienaventurado David. Y cante la boca, y sea instruida la mente. Esto no es poca cosa. Porque si una vez enseñamos a la lengua a cantar, el alma se avergonzará de idear lo contrario de lo que esta canta. Ni es este el único bien que ganaremos, pues también llegaremos a conocer muchas cosas que nos interesan. Porque él te diserta tanto de las cosas presentes como de las venideras, de las visibles y de la creación invisible. Y si quieres saber del cielo, si permanece como está o será mudado, te da una respuesta clara y dirá: «Los cielos se envejecerán como un vestido, y como un manto los doblarás, oh Dios, y serán mudados.» [] Y si deseas oír de nuevo acerca de la forma de ellos, oirás: «Que extiende el cielo como una cortina» ([δέρριν]). Y si quieres saber más acerca de la espalda de ellos, te dirá de nuevo: «que cubre con aguas sus altas cámaras.» [] Y aun aquí no se detiene, sino que igualmente te disertará acerca de la anchura y la altura, y te mostrará que estas son de igual medida. Pues «Cuanto está lejos el oriente», dice, «del occidente, tanto alejó de nosotros nuestras iniquidades.
Como la altura del cielo sobre la tierra, así es la misericordia del Señor sobre los que le temen.» (ib. 103:12, 11.) Pero si quieres ocuparte del fundamento de la tierra, tampoco esto te lo ocultará, sino que le oirás cantar y decir: «La fundó sobre los mares.» [] Y si deseas saber de los terremotos, de dónde vienen, te librará también de esta dificultad, diciendo: «Que mira a la tierra, y la hace temblar.» [Salmo 103:32] Y si preguntas para qué sirve la noche, esto también puedes aprenderlo y saberlo de él. Pues «en ella se mueven todas las bestias de la selva.» [Salmo 103:20] Y de qué manera sirven los montes, te dirá: «Los altos montes son para los ciervos.» Y por qué hay peñascos: «Los peñascos son refugio para los erizos.» [Salmo 103:18] ¿Por qué hay árboles que no dan fruto? Apréndelo de él, pues «allí anidan los gorriones.» [Salmo 103:17] ¿Por qué hay fuentes en los desiertos? Oye: «para que junto a ellas moren las aves del cielo y las bestias salvajes.» [Salmo 103:12] ¿Por qué hay vino? No para que bebas solamente (pues el agua es de naturaleza suficiente para esto), sino para que seas también alegrado, «Porque el vino alegra el corazón del hombre.» [Salmo 103:15] Y sabiendo esto sabrás hasta dónde es lícito el uso del vino. ¿De dónde se alimentan las aves y las bestias salvajes? Oirás de sus palabras: «Todos estos esperan de Ti, para que les des su comida a su tiempo.» [Salmo 103:27] Si dices: ¿Para qué sirve el ganado? Él te responderá que también este es para ti, «Que hace crecer la hierba», dice, «para el ganado, y la hierba verde para el servicio de los hombres.» [Salmo 103:14] ¿Cuál es el uso de la luna? Óyele decir: «Hizo la luna para las estaciones.» [] Y que todas las cosas visibles e invisibles han sido hechas, es cosa que también nos ha enseñado claramente al decir: «Él habló, y fueron hechos; Él mandó, y fueron creados.» [Salmo 32:9] Y que hay fin de la muerte, esto también lo enseña cuando dice: «Dios librará mi alma de la mano del infierno cuando me reciba.» [Salmo 43:15] ¿De dónde fue hecho nuestro cuerpo? También nos lo dice; «Él se acuerda de que somos polvo» []; y de nuevo, ¿a dónde va? «Volverá a su polvo.» [] ¿Por qué fue hecho este universo? Por ti: «Pues lo coronas de gloria y honra, y lo pones sobre las obras de Tus manos.» (ib. 8:5, 6.) ¿Tenemos los hombres alguna comunión con los Ángeles? Esto también nos lo dice, diciendo así: «Lo has hecho poco menor que los Ángeles.» Del amor de Dios: «Como un padre se compadece de sus hijos, así es el Señor misericordioso con los que le temen.» [] Y de las cosas que nos han de sobrevenir después de esta vida presente, y de aquella condición imperturbable, enseña: «Vuelve a tu reposo, oh alma mía.» [] Por qué el cielo es tan grande, esto también lo dirá. Pues es porque «los cielos declaran la gloria de Dios.» [] Por qué fueron hechos el día y la noche; no para que brillen y nos den descanso solamente, sino también para que nos instruyan. «Porque no hay palabras ni discursos cuyas voces (es decir, el día y la noche) no se oigan.» [Salmo 18:3] Cómo está el mar extendido alrededor de la tierra, esto también lo aprenderás de aquí. «El abismo como un vestido es su envoltura.» Pues así lo tiene el hebreo.
Comentario editorial · Dos numeraciones de los salmos
En este tramo de la homilía 28 Crisóstomo recorre la creación con un salmo que sus Biblias numeraban 103 y que en las traducciones con numeración hebrea es el 104 (el vino que alegra el corazón, los peñascos para los erizos, las aves que anidan). La numeración de los salmos difiere, casi siempre en uno, entre los manuscritos hebreos y la Septuaginta: según Wikipedia, las traducciones protestantes usan la hebrea y las ortodoxas orientales la griega. Por eso, junto a citas que sí coinciden («Salmo 103:13», «como un padre se compadece…», que es el salmo 103 en las dos), otras del mismo párrafo llevan el número griego y no enlazan con el versículo.
Hom. 28, § 10
Pero teniendo una muestra en lo que he mencionado, tendrás noción de todo lo demás: lo tocante a Cristo, a la resurrección, a la vida venidera, al reposo, al castigo, a las cosas morales, todo lo que concierne a las doctrinas, y hallarás el libro lleno de innumerables bendiciones. Y si caes en tentaciones, sacarás de aquí mucho consuelo. Si caes aun en pecados, hallarás aquí innumerables remedios guardados, o si en pobreza o tribulación, verás muchos puertos. Y si eres justo, ganarás mucha seguridad; y si pecador, mucho alivio. Pues si eres justo y eres maltratado, le oirás decir: «Por causa tuya somos muertos todo el día; somos contados como ovejas para el matadero.» [] «Todas estas cosas nos han sobrevenido, y no nos hemos olvidado de Ti.» [Salmo 43:17] Y si tus buenas obras te ensoberbecen, le oirás decir: «No entres en juicio con Tu siervo, porque en Tu presencia ningún viviente será justificado» [], y al punto serás humillado. Y si eres pecador y has desesperado de ti mismo, le oirás cantar continuamente: «Hoy, si oyeres Su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación» (ib. 95:7, 8), y serás sostenido prontamente. Y si aun tienes una corona sobre tu cabeza, y eres altivo, aprenderás que «el rey no se salva por un gran ejército, ni el gigante se salvará por la grandeza de su poder» []: y te hallarás capaz de ser razonable. Si eres rico y de buena reputación, de nuevo le oirás cantar: «¡Ay de los que confían en su propio poder, y se glorían en la multitud de sus riquezas!» [Salmo 48:6] Y: «En cuanto al hombre, sus días son como la hierba» [], y: «Su gloria no descenderá con él tras él» []: y no tendrás por grandes ninguna de las cosas de la tierra. Pues cuando lo más espléndido de todo, a saber, la gloria y el poder, es tan sin valor, ¿qué otra cosa de las de la tierra merece tenerse en cuenta? Pero ¿estás en abatimiento? Óyele decir: «¿Por qué estás tan triste, oh alma mía, y por qué me turbas? Espera en Dios, porque a Él le confesaré.» [] ¿O ves a hombres en honra que no la merecen? «No te enojes a causa de los que obran iniquidad. Porque como la hierba serán secados, y como la hierba verde pronto caerán.» (ib. 37:1, 2) ¿Ves que justos y pecadores son castigados? Sábete que la causa no es la misma. Pues «muchas», dice, «son las plagas de los pecadores.» [] Pero en el caso de los justos no dice plagas, sino: «Muchas son las tribulaciones de los justos, pero el Señor los libra de todas ellas.» [] Y de nuevo: «La muerte del pecador es mala.» [Salmo 33:21] Y: «Preciosa a los ojos del Señor es la muerte de Sus santos.» [] Di estas cosas continuamente: instrúyete con ellas. Porque cada palabra de estas encierra un océano inescrutable de sentido. Pues las hemos recorrido solo de pasada; pero si quisieras someter estos pasajes a una investigación exacta, verás que son grandes las riquezas. Mas por ahora es posible, aun con lo que he dado, quedar limpio de las pasiones que te oprimen. Pues como él prohíbe que envidiemos, o estemos afligidos, o abatidos fuera de sazón, o que pensemos que las riquezas son algo, o la tribulación, o la pobreza, o que imaginemos que la vida misma es algo, te libra de todas las pasiones. Así que por esto demos gracias a Dios, y tengamos siempre a mano nuestro tesoro, «para que por la paciencia y el consuelo de las Escrituras tengamos esperanza» [], y gocemos de los bienes venideros. Los cuales Dios nos conceda alcanzar a todos, por la gracia y amor hacia los hombres de nuestro Señor Jesucristo. Por Quien y con Quien, etc.