Hom. 17, § 1–9
Rom. X. 1
«Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios por ellos es que sean salvos.»
Ahora va a reprenderlos de nuevo con más vehemencia que antes. Por lo cual aparta de nuevo toda sospecha de odio y hace un gran esfuerzo de antemano por corregir la mala interpretación. No miréis, dice, a las palabras ni a las acusaciones, sino observad que no digo esto con ánimo hostil. Pues no es probable que la misma persona desee su salvación, y no solo la desee, sino que incluso ore por ella, y sin embargo los odie y sienta aversión hacia ellos. Porque aquí llama a su ardiente deseo y a la oración que hace ([εὐδοκίαν]), «deseo del corazón.» Pues no solo el ser librados del castigo, sino que también sean salvos, es lo que tanto se propone y por lo que ora. Y no solo por esto, sino también por lo que sigue, muestra la buena voluntad que tiene hacia ellos. Pues en lo que le está permitido, en cuanto puede, se abre camino y porfía por hallar al menos una sombra de excusa para ellos. Y no tiene poder, vencido por la naturaleza de los hechos.
Ver. 2. «Porque les doy testimonio,» dice, «de que tienen celo de Dios, pero no conforme a conocimiento.»
¿No debería ser esto, pues, motivo para perdonarlos y no para acusarlos? Porque si no es por hombre que están separados, sino por celo, merecían ser compadecidos antes que castigados. Pero observad con qué destreza los favorece con la palabra y, sin embargo, muestra su obstinación inoportuna.
Ver. 3. «Porque ignorando,» dice, «la justicia de Dios.»
De nuevo la palabra llevaría al perdón. Pero lo que sigue lleva a una acusación más fuerte, y tal que elimina toda defensa de cualquier género.
«Y procurando,» dice, «establecer su propia justicia, no se han sometido a la justicia de Dios.»
Y dice estas cosas para mostrar que erraron por petulancia y amor al poder, más bien que por ignorancia, y que ni siquiera esta justicia por las obras de la Ley establecieron. [] Porque decir «procurando establecer» es lo que uno diría para mostrar esto. Y ciertamente no lo ha declarado en palabras llanas (pues no ha dicho que quedaron cortos en ambas justicias), pero lo ha insinuado de manera muy juiciosa y con la sabiduría que tanto le cuadra. Porque si todavía están «procurando» establecer aquella, es muy evidente que aún no la han establecido. Si no se han sometido a esta, también han quedado cortos en esta. Pero llama a aquella su «propia justicia,» ya sea porque la Ley ya no estaba en vigor, ya porque era una de trabajos y fatigas. A esta la llama justicia de Dios, la que es por la fe, porque proviene enteramente de la gracia de arriba y porque en este caso los hombres son justificados no por trabajos, sino por el don de Dios. Pero los que siempre resistieron al Espíritu Santo y porfiadamente intentaron ser justificados por la Ley, no se pasaron a la fe. Y como no se pasaron a la fe, ni recibieron la justicia que de ella se sigue, y tampoco pudieron ser justificados por la Ley, quedaron despojados de todos los recursos.
Hom. 17, § 10–13
Ver. 4. «Porque Cristo es el fin de la Ley para justicia a todo el que cree.»
Ved el juicio de Pablo. Porque como había hablado de una justicia y de otra justicia, para que los judíos que creyeron no parecieran tener la una pero estar excluidos de la otra y ser acusados de ilegalidad (pues no había menos motivo de temer por estos, por ser aún recién llegados), y para que los judíos no esperaran de nuevo lograrla y dijeran: "Aunque no la hemos cumplido ahora, ciertamente la cumpliremos", ved qué terreno toma. Muestra que no hay más que una justicia, y que esta tiene su pleno cumplimiento en esto, y que el que ha tomado para sí esta, la que es por la fe, ha cumplido también aquella. Pero el que rechaza esta, queda corto también en aquella. Porque si Cristo es «el fin de la Ley,» el que no tiene a Cristo, aun cuando parezca tener aquella justicia, no la tiene. Pero el que tiene a Cristo, aunque no haya cumplido la Ley rectamente, ha recibido el todo. Porque el fin del arte del médico es la salud. Así como el que puede sanar, aunque no tenga el arte del médico, lo tiene todo; pero el que no sabe curar, aunque parezca seguidor de ese arte, queda corto en todo: así sucede en el caso de la Ley y de la fe. El que tiene esta tiene también el fin de aquella; pero el que está sin esta es extraño a ambas. Porque ¿cuál era el objeto de la Ley? Hacer justo al hombre. Pero no tenía el poder, pues nadie la cumplió. Este era, pues, el fin de la Ley, y a esto miraba en todo, y para esto se hicieron todas sus partes: sus fiestas, mandamientos, sacrificios y todo lo demás, para que el hombre fuera justificado. Pero este fin lo cumplió Cristo de manera más plena por la fe. No temáis, pues, dice, como si transgredierais la Ley por haberos pasado a la fe. Porque entonces la transgredís, cuando por causa de ella no creéis en Cristo. Si creéis en Él, entonces la habéis cumplido también, y mucho más de lo que mandaba. Porque habéis recibido una justicia mucho mayor. Luego, como esto era una afirmación, trae de nuevo prueba de las Escrituras.
Ver. 5. «Porque Moisés,» dice, «describe la justicia que es por la Ley.»
Lo que quiere decir es esto. Moisés nos muestra la justicia que se sigue de la Ley, de qué índole es y de dónde viene. ¿De qué índole es, pues, y en qué consiste? En cumplir los mandamientos. «El que hace estas cosas (R.T.: el hombre),» dice, «vivirá por ellas.» [] Y no hay otro modo de hacerse justo en la Ley sino cumpliéndola entera. Pero esto no ha sido posible a nadie, y por eso esta justicia les ha fallado ([διαπέπτωκεν]). Pero cuéntanos, Pablo, también de la otra justicia, la que es por gracia. ¿Cuál es entonces, y en qué consiste? Oíd las palabras en que da un claro bosquejo de ella. Pues después de haber refutado la otra, pasa enseguida a esta y dice:
Hom. 17, § 14–15
Ver. 6, 7, 8, 9. Pero la justicia que es por la fe habla de este modo: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para hacer bajar a Cristo de arriba); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). Pero ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, es decir, la palabra de la fe que predicamos. Que si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.
Para impedir, pues, que los judíos dijeran: ¿Cómo los que no hallaron la justicia menor llegaron a hallar la mayor?, da una razón a la que no había respuesta: que este camino era más fácil que aquel. Porque aquel exige el cumplimiento de todas las cosas (pues cuando hagas todo, entonces vivirás); pero la justicia que es por la fe no dice esto, sino ¿qué?
Hom. 17, § 16
«Si confiesas con tu boca al Señor Jesús, y crees en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.» Luego, para que no parezca que la hace despreciable al mostrarla fácil y barata, observad cómo amplía su explicación. Pues no llega inmediatamente a las palabras recién citadas, sino ¿qué dice? «Pero la justicia que es por la fe dice de este modo: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para hacer bajar a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir de nuevo a Cristo de entre los muertos).» Porque a la virtud que se manifiesta en obras se opone una desidia que relaja nuestros trabajos, y se requiere un alma muy despierta para no ceder a ella; así, cuando se pide creer, hay razonamientos que turban y hacen estragos en las mentes de la mayoría, y se necesita un alma de cierto vigor para sacudírselos del todo. Y es justamente por esto por lo que trae lo mismo ante uno. Y como hizo en el caso de Abraham, así hace también aquí. Pues habiendo mostrado allí que fue justificado por la fe, para que no pareciera haber conseguido tan gran corona por mera casualidad, como si fuera cosa de poca monta, para ensalzar la naturaleza de la fe, dice: «El cual creyó en esperanza contra esperanza, para venir a ser padre de muchas naciones. Y no se debilitó en la fe, ni consideró su cuerpo ya muerto, ni la esterilidad del seno de Sara. No vaciló ante la promesa de Dios por incredulidad, sino que se fortaleció en la fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era poderoso para cumplir lo que había prometido.» []: mostrando así que hay necesidad de vigor y de un alma elevada, que acoja cosas que superan toda expectativa y no tropiece en las apariencias. Esto, pues, hace también aquí, y muestra que se requiere una mente sabia y un espíritu celestial (gr. que alcanza el cielo) y grande. Y no dice meramente «No digas,» sino «No digas en tu corazón,» es decir, ni siquiera pienses en dudar y decirte a ti mismo: ¿Y cómo puede ser esto? Veis que esta es una característica principal de la fe: dejar todas las consecuencias de este mundo inferior y buscar así lo que está por encima de la naturaleza, desechar la debilidad del cálculo y aceptarlo todo del Poder de Dios. Los judíos, sin embargo, no solo afirmaban esto, sino que decían que no era posible ser justificado por la fe. Pero él vuelve incluso lo sucedido a otra cuenta, para que, habiendo mostrado que la cosa es tan grande que incluso después de sucedida requería fe, parezca con razón coronar a estos; y usa las palabras que se hallan en el Antiguo Testamento, esforzándose siempre por mantenerse muy lejos de las acusaciones de amor a las novedades y de oposición a él. Pues esto que aquí dice de la fe, lo dice Moisés a ellos del mandamiento, mostrando así que habían gozado de un gran beneficio de parte de Dios. Porque no hay necesidad, quiere decir, de subir al cielo, ni de cruzar un gran mar y recibir luego los mandamientos; cosas tan grandes y magníficas las ha hecho Dios de fácil acceso para nosotros. ¿Y qué significa la frase «Cerca de ti está la palabra?» Esto es: es fácil. Porque en tu mente y en tu lengua está tu salvación. No hay largo camino que recorrer, ni mares que surcar, ni montañas que pasar para salvarse. Aunque no quieras cruzar siquiera el umbral, puedes, aun sentado en casa, ser salvo. Pues «en tu boca y en tu corazón» está la fuente de la salvación. Y además, por otro motivo, hace fácil la palabra de la fe, y dice: «Dios le levantó de los muertos.» Piensa, pues, en la dignidad del Obrero, y ya no verás dificultad alguna en la cosa. Que Él es Señor, resulta claro de la resurrección. Y esto lo dijo ya al principio de la Epístola: «Que fue declarado Hijo de Dios con poder... por la resurrección de entre los muertos.» [] Pero que la resurrección es también fácil, se ha mostrado aun a los muy incrédulos, por el poder del que la obra. Siendo, pues, mayor la justicia, y ligera y fácil de recibir, ¿no es señal de la mayor porfía dejar lo ligero y fácil y emprender imposibilidades? Porque no podían decir que la rechazaban por gravosa. Ved, pues, cómo les quita toda excusa. ¿Qué merecen que se diga en su defensa los que escogen lo gravoso e impracticable, y dejan pasar lo que es ligero, capaz de salvarlos y de darles lo que la Ley no podía dar? Todo esto puede venir solo de un espíritu porfiado y en estado de rebelión contra Dios. Porque la Ley es gravosa ([ἐ] [παχθὴς]), pero la gracia es fácil. La Ley, por mucho que disputen, no salva; la gracia produce la justicia que resulta de sí misma, y también la que procede de la Ley. ¿Qué excusa, pues, los librará, si están dispuestos a porfiar contra esta y se aferran a aquella sin provecho alguno? Luego, como había hecho una afirmación fuerte, la confirma de nuevo con la Escritura.
Hom. 17, § 17
Ver. 11-13. «Porque la Escritura dice:» prosigue, «Todo el que cree en Él no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego; pues el mismo Señor de todos es rico para con todos los que le invocan. Porque todo el que invocare el nombre del Señor será salvo.»
Hom. 17, § 18
Veis cómo aduce testigos, ya de la fe, ya de la confesión de ella. Porque las palabras «Todo el que cree» señalan la fe. Pero las palabras «Todo el que invocare» exponen la confesión. Luego, para proclamar la universalidad de la gracia y abatir su jactancia, lo que antes había demostrado largamente lo recuerda aquí brevemente a la memoria, mostrando de nuevo que no hay diferencia entre el judío y el incircunciso. «Porque no hay,» dice, «diferencia entre el judío y el griego.» Y lo que había dicho del Padre al argumentar este punto, lo dice aquí del Hijo. Porque como antes dijo al afirmar esto: «¿Es Dios solo de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? Sí, también de los gentiles: puesto que hay un solo Dios» []:— así dice también aquí: «Porque el mismo Señor de todos es rico para con todos (y sobre todos).» [] Veis cómo lo presenta deseando en extremo nuestra salvación, ya que incluso considera esto como riqueza para sí; de modo que ni aun ahora han de desesperar, ni imaginar que, con tal que se arrepientan, sean imperdonables. Porque Aquel que considera como riqueza para sí el salvarnos, no cesará de ser rico. Pues aun esto es riqueza: el hecho de que el don se derrame sobre todos. Porque lo que más le angustia era que ellos, que gozaban de una prerrogativa sobre todo el mundo, fuesen ahora por la fe degradados de esos tronos y no quedaran en nada mejores que los demás; por eso introduce constantemente a los Profetas como prediciendo que tendrían igual honor que ellos. «Porque todo el que,» dice, «cree en Él no será avergonzado» []; y, «Todo el que invocare el nombre del Señor será salvo.» [] Y el «todo el que» se pone en todos los casos para que no pudieran replicar nada. Pero no hay nada peor que la vanagloria. Porque fue esta, esta sobre todo, la que causó su ruina. Por lo cual también Cristo les dijo: «¿Cómo podéis creer, los que recibís gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene solo de Dios?» [] Esta, además de la ruina, expone a los hombres a mucha irrisión y, antes del castigo del otro mundo, los envuelve en males innumerables en este. Y si os parece bien, para que aprendáis esto con claridad, dejando por ahora los cielos de los que aquella nos excluye y el infierno al que nos arroja, investiguemos todo el asunto tal como aquí se nos presenta. ¿Qué puede haber, pues, más ruinoso que esto? ¿Qué más deshonroso o más ofensivo? Porque que este desorden es ruinoso resulta claro de la gente que gasta sin provecho alguno en teatros, carreras de caballos y otros gastos tan impertinentes; de los que construyen casas hermosas y costosas, y lo disponen todo en un estilo inútil de extravagancia, en lo cual no debo entrar en este discurso. Pero que una persona enferma de esto tenga que ser forzosamente extravagante, gastadora, rapaz y avara, cualquiera puede verlo. Pues para tener comida que dar al bruto, mete la mano en los bienes ajenos. ¿Y por qué hablo de bienes? No es solo dinero, sino almas también lo que devora este fuego, y no obra muerte solo aquí, sino también en el más allá. Porque la vanidad es madre del infierno, y enciende grandemente aquel fuego y el gusano venenoso. Puede verse que tiene poder incluso sobre los muertos. ¿Y qué puede ser peor que esto? Las demás pasiones las pone fin la muerte, pero esta aun después de la muerte muestra su fuerza y se esfuerza por desplegar su naturaleza incluso en el cadáver. Pues cuando los hombres dan órdenes en su lecho de muerte de que les levanten magníficos monumentos que consumirán todos sus bienes, y se afanan por disponer de antemano una vasta extravagancia en su funeral, y en vida insultan al pobre que se les acerca por un centavo y un solo pan, pero cuando mueren dan un rico banquete al gusano, ¿qué mayor esclavitud al mal se puede buscar? De este daño nacen también amores desordenados. Porque hay muchos a quienes no los ha arrastrado al adulterio la hermosura del aspecto, ni el deseo de yacer con ella, sino el afán de alardear: «He conquistado a tal persona.» ¿Y a qué mencionar los otros males que brotan de esto? Pues preferiría ser por largo tiempo (3 manuscritos [διηνεκὥς]) esclavo de diez mil salvajes, que una sola vez de la vanidad. Porque ni siquiera ellos imponen a sus cautivos mandatos como los que este vicio impone a sus devotos. Porque dice: Sé esclavo de todos, sea más noble o sea inferior a ti. Desprecia tu alma, descuida la virtud, ríete de la libertad, inmola tu salvación, y si haces algo bueno, no lo hagas para agradar a Dios, sino para mostrarlo a la multitud, para que por estas cosas pierdas aun tu corona. Y si das limosna o si ayunas, sufre los trabajos, pero cuida de perder la ganancia. ¿Qué puede haber más cruel que estos mandatos? De ahí se enseñorea la envidia, de ahí la altivez, de ahí la avaricia, madre de los males. Porque la multitud de criados, y los siervos negros con libreas doradas, y los parásitos, y los aduladores, y los carros plateados, y las demás absurdidades mayores que estas, no se tienen por placer alguno ni por necesidad, sino por mera vanidad. Sí, dirá alguno, que esta aflicción es un mal cualquiera puede verlo; pero cómo hemos de mantenernos completamente libres de ella, eso es lo que debéis decirnos. Pues bien, en primer lugar, si te persuades de que este desorden es funesto, habrás hecho un muy buen comienzo para corregirlo. Porque cuando un hombre está enfermo, envía pronto por el médico, si primero se le ha hecho saber que está enfermo. Pero si buscas además otro camino para escapar de aquí, mira a Dios continuamente y conténtate con la gloria que viene de Él; y si sientes que la pasión te hace cosquillas y te incita a contar tus buenas obras a tus consiervos, piensa luego que, después de contarlas, nada ganas. Apaga el deseo absurdo y di a tu alma: Mira, has estado tanto tiempo preñada de tus propias buenas obras para contarlas, y no has tenido ánimo de guardarlas para ti, sino que las has parloteado a todos. ¿Qué bien has sacado, pues, de esto? Ninguno en absoluto, sino pérdida hasta el extremo y abandono de todo lo que con mucho trabajo se había reunido. Y además de esto, considera también otra cosa: que la opinión de la mayoría está pervertida, y no solo pervertida, sino que se marchita muy pronto.
Hom. 17, § 19
Porque supongamos que te admiran por un tiempo: cuando la ocasión haya pasado, lo habrán olvidado todo, te habrán quitado la corona que Dios te había dado y no habrán podido asegurarte la suya propia. Y sin embargo, si ésta permaneciera, sería cosa miserable trocar aquélla por ésta. Pero cuando incluso ésta se desvanece, ¿qué defensa podremos presentar por haber traicionado la que permanece a cambio de la que no permanece, por perder tales bienes a cambio del crédito de unos pocos? Y en verdad, aunque los que alaban fueran muchos, aun así serían dignos de lástima, y tanto más cuanto más numerosos sean los que lo hacen. Pero si te sorprendes de lo que he dicho, oye a Cristo dando su sentencia de este modo: «¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!» [] Y así debe parecer, en efecto. Porque si en todo arte buscas a los artífices ([δημιουργοὺς]) del mismo para que sean jueces de él, ¿cómo confías la prueba de la virtud a la multitud, y no sobre todo a Aquel que la conoce con más certeza que nadie, y que mejor puede aplaudirla y coronarla? Inscribamos, pues, esta sentencia en nuestras paredes, y en nuestras puertas, y en nuestra mente, y digámonos constantemente a nosotros mismos: «¡Ay de nosotros, cuando todos los hombres hablen bien de nosotros!» Porque aun los que así hablan, después calumnian a uno como vano, y amigo de honores, y codicioso de su buena palabra. Pero Dios no hace así, sino que cuando te ve codiciar la gloria que viene de Él, entonces te alabará sobremanera, te honrará ([θαυμάσεται] om. en la mayoría de los manuscritos) y te proclamará vencedor. No así el hombre: cuando te halla esclavo en lugar de libre, gratificándote a menudo con meras palabras de falsa alabanza, te arrebata tu verdadera recompensa y te hace más siervo que un esclavo comprado. Porque éstos obedecen tras recibir órdenes, pero tú, aun sin órdenes, te haces esclavo. Pues ni siquiera esperas a oír algo de ellos, sino que con solo saber en qué puedes gratificarlos, aun sin mandato suyo, lo haces todo. ¿Qué infierno, pues, no mereceríamos, por dar gusto a los malvados y cortejar su servicio antes de que den órdenes, mientras no queremos escuchar a Dios, ni siquiera cuando cada día nos manda y exhorta? Y sin embargo, si eres codicioso de gloria y alabanza, evita la alabanza que viene de los hombres, y entonces alcanzarás la gloria. Apártate de los discursos hermosos, y entonces obtendrás alabanzas sin número, tanto de Dios como de los hombres. Porque a nadie solemos dar tanta gloria como al hombre que desprecia la gloria, ni alabar y honrar tanto como al que tiene en poco ser honrado y alabado. Y si nosotros hacemos esto, mucho más lo hará el Dios del universo. Y cuando Él te glorifique y te alabe, ¿qué hombre podrá con más justicia ser llamado bienaventurado? Porque no hay mayor diferencia entre gloria e ignominia que entre la gloria de arriba y la de los hombres. O mejor dicho, hay una mucho mayor, infinitamente mayor. Porque si ésta, aun cuando no se la compare con ninguna otra, es vil y deshonrosa, cuando lleguemos a escudriñarla junto a la otra, ¡considera cuán grande se hallará ser su vileza! Pues como una ramera se está en su puesto y se entrega a cualquiera, así son los esclavos de la vanidad. O mejor dicho, éstos son más viles que ella. Porque aquella clase de mujeres en muchos casos desprecia a los enamorados de ellas; pero tú te prostituyes a todos, sean esclavos fugitivos, o ladrones, o rateros (pues de éstos y de otros tales se componen los teatros que te aplauden), y a aquellos que individualmente consideras de ningún valor, en masa los honras más que a tu propia salvación, y te muestras menos digno de honor que cualquiera de ellos. Porque ¿cómo puedes ser otra cosa que menos digno, cuando estás pendiente de la buena palabra de otros, y piensas que no tienes suficiente contigo mismo, a menos que recibas la gloria que viene de otros? ¿No percibes, dime, además de lo que he dicho, que si eres objeto de atención y conocido de todos, si cometes una falta tendrás acusadores innumerables, pero si eres desconocido, permanecerás en seguridad? Sí, dirá alguno, pero si obro bien tendré admiradores innumerables. Ahora bien, lo temible es que no solo cuando pecas, sino aun cuando obras bien, el desorden de la vanidad te perjudica: en el primer caso arrastrando a miles, en el segundo privándote por entero de tu recompensa. Es, pues, cosa triste y llena de deshonra de todo género estar enamorado de la gloria aun en asuntos civiles. Pero cuando en las cosas espirituales estás en el mismo estado, ¿qué excusa te queda, cuando no estás dispuesto a dar a Dios siquiera tanto honor como tú mismo recibes de tus siervos? Porque el esclavo «mira a los ojos de su amo» [], y el jornalero a su patrón que ha de pagarle el salario, y el discípulo a su maestro. Pero tú haces todo lo contrario. Habiendo dejado al Dios que te contrató, a tu mismo Maestro, miras a tus consiervos; y esto sabiendo que Dios se acuerda de tus buenas obras aun después de esta vida, pero el hombre solo por el presente. Y teniendo espectadores congregados en el cielo, andas reuniendo espectadores en la tierra. Y donde lucha el atleta, allí querría ser honrado; pero tú, mientras tu lucha es arriba, te afanas por ganar la corona abajo. ¿Y qué puede haber peor que una locura como ésta? Pero consideremos, si te parece bien, también las coronas. Pues una se forma de arrogancia, otra de envidia contra otro, otra de disimulo y adulación, otra de riqueza, y otra de servil obsequiosidad. Y así como los niños en sus juegos infantiles se ponen unos a otros coronas de hierba, y muchas veces se ríen del coronado a sus espaldas, así también ahora los que te prodigan alabanzas, muchas veces bromean entre sí por habernos puesto yerba encima. ¡Y ojalá fuera solo hierba! Pero ahora la corona está cargada de mucho mal, y arruina todas nuestras buenas obras. Considerando, pues, su vileza, huye del daño que trae consigo. Porque ¿a cuántos querrías que te alabaran? ¿A cien? ¿O al doble, al triple, o al cuádruple? O mejor, si te place, ponlos en diez veces o veinte veces más, y que haya dos o cuatro mil, o si quieres, hasta diez mil que te aplaudan. Aun así, no serán mejores que otras tantas grajas graznando desde lo alto. O mejor, tomando en consideración la asamblea de los ángeles, éstos parecerán más viles que gusanos, y su buena palabra de no tanta solidez como una telaraña, o un humo, o un sueño.
Hom. 17, § 20
Oye, pues, cómo Pablo, que veía estas cosas a fondo, está tan lejos de buscarlas que hasta las rechaza, con las palabras: «Mas Dios me libre de gloriarme, sino en la cruz de Cristo.» [] Sé, pues, también tú émulo de esta gloria, para que no provoques al Maestro, porque al obrar así insultas a Dios, y no solo a ti mismo. Porque si fueras pintor, y tuvieras un discípulo, y él dejara de mostrarte su práctica del arte, y expusiera su pintura públicamente a cualquier transeúnte que quisiera mirarla, no lo tomarías con calma. Y si aun con tus consiervos esto es un insulto, ¡cuánto más con el Maestro! Pero si quieres aprender por otros motivos a sentir desprecio por la cosa, ten ánimo elevado, ríete de las apariencias, acrecienta tu amor a la verdadera gloria, llénate de temple espiritual, di a tu alma como dijo Pablo: «¿No sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?» [] y habiéndola así despertado, prosigue a reprenderla, y dile: "Tú que has de juzgar a los ángeles, ¿te dejarás juzgar por la hez del pueblo, y ser alabado con danzantes, y mimos, y gladiadores, y aurigas?" Pues éstos sí van tras tal aplauso. Pero tú levanta tu ala muy por encima del estruendo de éstos, y emula a aquel ciudadano del desierto, Juan, y aprende cómo estaba por encima de la multitud, y no se volvía a mirar a los aduladores, sino que cuando vio a todos los moradores de Palestina derramarse en torno a él, admirados y asombrados de él, no se hinchó con semejante honor, sino que se alzó contra ellos, y hablando a su gran concurrencia como a un solo joven, los reprendió así: «¡Serpientes, generación de víboras!» [] Y sin embargo, por él habían acudido corriendo, y dejado las ciudades, para ver a aquella santa persona, y aun así ninguna de estas cosas lo enervó. Pues estaba muy por encima de la gloria, y libre de toda vanidad. Así también Esteban, cuando vio al mismo pueblo otra vez, no honrándolo, sino enfurecido contra él, y rechinando los dientes, elevándose por encima de su ira, dijo: «Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón.» [] Así también Elías, cuando estaban presentes aquellos ejércitos, y el rey, y todo el pueblo, dijo: «¿Hasta cuándo cojearéis de ambos lados?» [1 Reyes 18:21, Septuaginta, sentido verdadero de «cojear»] Pero nosotros adulamos a todos, cortejamos a todos, comprando con esta servil obsequiosidad su honor. Por lo cual todo está trastornado, y por este favor el negocio del cristianismo es traicionado, y todo descuidado por la opinión de la multitud. Desterremos, pues, esta pasión, y entonces tendremos una recta noción de la libertad, y del puerto, y de la calma. Porque el hombre vano es siempre como los que están en la tormenta, temblando y temiendo, y sirviendo a mil amos. Pero el que está libre de esta servidumbre, es como los que están en puertos, gozando de una libertad sin mancha. No así aquel: cuantos conocidos tiene, tantos amos tiene, y se ve forzado a ser esclavo de todos ellos. ¿Cómo, pues, nos libraremos de esta dura esclavitud? Enamorándonos de otra gloria, que es gloria verdaderamente. Pues como con los enamorados de personas, la vista de una más hermosa, con solo ser vista, los aparta de la primera: así con los que cortejan la gloria que viene de los hombres, la gloria del cielo, si resplandece ante ellos, tiene poder para apartarlos de ésta. Miremos, pues, a ésta, y familiaricémonos del todo con ella, para que admirando su belleza, huyamos de la fealdad de la otra, y tengamos el beneficio de mucho deleite gozando de ésta continuamente. Que todos la alcancemos por la gracia y amor hacia los hombres, etc.