Hom. 18, § 1–5
Romanos X. 14, 15
«¿Cómo, pues, invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin predicador? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito.»
Aquí de nuevo les quita toda excusa. Pues como había dicho: «Les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a conocimiento,» y que «ignorando la justicia de Dios, no se sujetaron» a ella: muestra a continuación que por esta misma ignorancia eran punibles delante de Dios. No lo dice así directamente, sino que lo prueba prosiguiendo su discurso en forma de pregunta, y así los convence más claramente, construyendo todo el pasaje con objeciones y respuestas. Pero mira más atrás. El Profeta, dice, dijo: «Todo aquel que invocare el Nombre del Señor será salvo.» Ahora bien, alguno podría decir: Pero ¿cómo podían invocar a Aquel en quien no habían creído? Entonces viene una pregunta de él tras la objeción: ¿Y por qué no creyeron? Entonces otra objeción. Ciertamente uno puede decir: ¿Y cómo podían creer, si no habían oído? Pues sí oyeron, da a entender. Entonces otra objeción otra vez: «¿Y cómo podían oír sin predicador?» Entonces otra respuesta: Pues sí predicaron, y muchos fueron enviados con este mismo propósito. ¿Y de dónde consta que éstos son aquellos enviados? Entonces trae al profeta a continuación, que dice: «¡Cuán hermosos son los pies de los que evangelizan la paz, y anuncian buenas nuevas de bienes!» [] Ves cómo por la índole de la predicación señala a los predicadores. Pues ninguna otra cosa andaban éstos proclamando en todas partes, sino aquellos indecibles bienes, y la paz hecha por Dios con los hombres. Y así, al no creer, no es a nosotros, da a entender, a quienes descreéis, sino al profeta Isaías, que dijo muchos años ha que habíamos de ser enviados, y predicar, y decir lo que decimos. Si el ser salvo, pues, provenía del invocarle, y el invocarle del creer, y el creer del oír, y el oír del predicar, y el predicar del ser enviado, y si ellos fueron enviados, y predicaron, y el profeta iba con ellos para señalarlos, y proclamarlos, y decir que éstos eran los que él anunciaba de tantos siglos atrás, cuyos pies alababa aun por la materia de su predicación: entonces es del todo claro que el no creer fue culpa suya únicamente. Y esto porque lo que tocaba a Dios se había cumplido enteramente.
Ver. 16, 17. «Mas no todos obedecieron al Evangelio. Pues Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? Así que la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios.» []
Puesto que le apremiaban con otra objeción, a saber: que si éstos eran las personas enviadas en misión por Dios, todos deberían haberles escuchado: observa el juicio de Pablo, y mira cómo muestra que esto mismo que causaba la confusión, en realidad deshacía la confusión y el embarazo. Lo que te ofende, oh judío, diría, ¿después de tan grande y abundante evidencia, y demostración de los puntos? ¿Que todos no se sometieron al Evangelio? Pues esto mismo, tomado junto con lo demás, tiene fuerza para certificarte de la verdad de mis afirmaciones, aun en el hecho de que algunos no crean. Porque esto también lo predijo el profeta. Observa también su indecible sabiduría: cómo muestra más de lo que ellos esperaban, o de lo que esperaban que él tuviera que responder. Porque ¿qué es lo que dices? Quiere decir. ¿Que todos no han creído al Evangelio? ¡Pues bien! Isaías predijo también esto desde antiguo. O mejor, no solo esto, sino mucho más. Pues la queja que presentas es: ¿Por qué no creyeron todos? Pero Isaías va más allá. Porque ¿qué es lo que dice? «Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?» Entonces, habiéndose desembarazado de este embarazo haciendo del Profeta un baluarte contra ellos, vuelve a la línea en que estaba antes. Pues como había dicho que debían invocarle, pero que los que invocan deben creer, y los que creen deben oír primero, y los que han de oír deben tener predicadores, y los predicadores ser enviados, y como había mostrado que fueron enviados, y habían predicado; al ir a introducir otra objeción, tomando ocasión antes de otra cita del Profeta, con la que había respondido a la objeción un poco antes, la entreteje así, y la conecta con lo anterior. Pues como había presentado al Profeta diciendo: «Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio» ([ἀκοῇ])? Felizmente se apodera de la cita, como prueba de lo que dice: «Así que la fe viene por el oír» ([ἀκοῆς]). Y esto no lo hace como mera afirmación desnuda. Sino que como los judíos andaban siempre buscando una señal, y la vista de la Resurrección, y estaban ansiosos de la cosa, dice: Sin embargo, el Profeta no prometió cosa semejante, sino que era por el oír como habíamos de creer. Por eso hace bueno esto primero, y dice: «Así que la fe viene por el oír.» Y luego, puesto que esto parecía cosa baja de decir, mira cómo lo eleva. Pues dice: No hablaba de un mero oír, ni de la necesidad de oír palabras de hombres y creerlas, sino que me refiero a una gran clase de oír. Porque el oír es «por la palabra de Dios.» No hablaban lo suyo propio, sino que contaban lo que aprendieron de Dios. Y esto es cosa más alta que los milagros. Porque igualmente estamos obligados a creer y obedecer a Dios, ya hable o ya obre milagros. Pues tanto las obras como los milagros provienen de sus palabras. Porque el cielo y todo lo demás fue establecido de este modo. [] Habiendo mostrado, pues, que debemos creer a los profetas, que hablan siempre las palabras de Dios, y no andar buscando nada más, pasa a la objeción que mencioné, y dice:
Hom. 18, § 6–13
Ver. 18. «Pero digo: ¿No han oído?»
¿Qué, quiere decir, si los predicadores fueron enviados, y predicaron lo que se les mandó, y éstos no oyeron? Entonces viene una respuesta perfectísima a la objeción.
«Sí, en verdad: por toda la tierra ha salido su sonido, y hasta los confines del mundo sus palabras.»
¿Qué dices? Quiere decir. ¿Que no han oído? Pues el mundo entero, y los confines de la tierra, han oído. ¿Y vosotros, entre quienes los heraldos moraron tanto tiempo, y de cuya tierra eran, no habéis oído? ¿Puede esto jamás ser? Claro que si los confines del mundo oyeron, mucho más debéis vosotros. Entonces otra objeción.
Ver. 19. «Pero digo: ¿No lo supo Israel?»
Pues ¿qué si oyeron, quiere decir, pero no supieron lo que se decía, ni entendieron que éstas eran las personas enviadas? ¿No han de ser perdonados por su ignorancia? De ninguna manera. Pues Isaías había descrito su carácter con las palabras: «¡Cuán hermosos son los pies de los que evangelizan la paz!» [] Y antes de él el propio Legislador. De ahí prosigue.
«Primero Moisés dice: Yo os provocaré a celos con un pueblo que no es pueblo; con una nación insensata os irritaré.» []
Y así debían, aun por él, haber podido distinguir a los predicadores: no solo por el hecho de que éstos no creyeran, no solo por el hecho de predicar la paz, no solo por el hecho de traer las buenas nuevas de aquellos bienes, no solo por sembrarse la palabra en toda parte del mundo, sino por el hecho mismo de ver a sus inferiores, los de los gentiles, en mayor honor. Pues lo que ellos nunca habían oído, ni sus padres, esa sabiduría abrazaron éstos de repente ([ἐφιλοσόφουν]). Y esto era señal de tan intenso honor, que debía irritarlos, y conducirlos a celos, y al recuerdo de la profecía de Moisés, que decía: «Yo os provocaré a celos con un pueblo que no es pueblo.» Pues no era solo la grandeza del honor lo bastante para arrojarlos a los celos, sino también el hecho de que una nación hubiera llegado a gozar de estas cosas, la cual era de tan poca cuenta que apenas podía considerarse nación alguna. «Pues yo os provocaré a celos con un pueblo que no es nación; con una nación insensata os irritaré.» Porque ¿qué más insensato que los griegos (gentiles, véanse pp. 373, 377)? ¿O qué de menos cuenta? Mira cómo por todos los medios Dios había dado desde antiguo indicaciones y señales claras de estos tiempos, para quitarles su ceguera. Pues no fue en ningún rinconcito donde se hizo la cosa, sino en tierra, y en mar, y en cada cuarto del globo. Y veían a aquellos en el goce de innumerables bienes que antes habían sido objeto de su desprecio. Considérese, pues, que éste es aquel pueblo del que dijo Moisés: «Yo os provocaré a celos con un pueblo que no es pueblo, y con una nación insensata os irritaré.» ¿Fue solo Moisés entonces quien dijo esto? No, pues Isaías después de él lo dice también. Y por esto dijo Pablo: «Primero Moisés,» para mostrar que vendrá un segundo que dice las mismas cosas de manera más clara y llana. Como dice antes, que Isaías clama, así también aquí.
Hom. 18, § 14–16
Ver. 20. «Pero Isaías es muy osado, y dice.»
Ahora bien, lo que quiere decir es algo de este tenor. Se hizo violencia a sí mismo, y fue ambicioso de hablar: no algo velado, sino de poner las cosas desnudas ante vuestros ojos, y eligiendo más bien correr peligros (Orígenes in loc.) por hablar con claridad, que por mirar a su propia seguridad, dejaros algún refugio para vuestra impenetrabilidad; aunque no era la manera de la profecía decir esto tan claramente; pero aun así, para taparos la boca del todo, lo dice todo de antemano clara y distintamente. ¡Todo! ¿Qué todo? Pues el ser vosotros desechados, y también el ser ellos admitidos; hablando así: «Fui hallado de los que no me buscaban; me manifesté a los que no preguntaban por mí.» [] ¿Quiénes son, pues, los que no buscaban? ¿Quiénes los que no preguntaban por Él? Claramente no los judíos, sino los de los gentiles, que hasta entonces no le habían conocido. Así como Moisés dio su marca característica en las palabras «pueblo que no es pueblo» y «nación insensata,» así también aquí toma el mismo terreno para señalarlos, a saber, su extrema ignorancia. Y esto era una grande culpa que imputar a los judíos: que los que no le buscaban le hallaron, y los que le buscaban le perdieron.
Ver. 21. «Pero a Israel dice: Todo el día extendí mis manos a un pueblo desobediente y contradictor.» []
Hom. 18, § 17–19
Observa ahora que aquella dificultad, que tantos hacen materia de discusión, se descubre guardada desde antiguo en las palabras del Profeta, y con clara solución además. ¿Y cuál es? Oíste a Pablo decir antes: «¿Qué diremos, pues? Que los gentiles que no seguían la justicia han alcanzado la justicia. Pero Israel, que seguía la ley de la justicia, no ha alcanzado la ley de la justicia.» [] Esto dice también Isaías aquí. Pues decir: «Fui hallado de los que no me buscaban; me manifesté a los que no preguntaban por mí,» es lo mismo que decir: «que los gentiles que no seguían la justicia han alcanzado la justicia.» Luego, para mostrar que lo que sucedía no era solo de la gracia de Dios, sino también del temple de los que venían a Él, como también el desechamiento de los otros provenía de la contenciosidad de los que desobedecían, oye con lo que prosigue. «Pero a Israel dice: Todo el día extendí mis manos a un pueblo desobediente y contradictor;» significando aquí por el día todo el período de la antigua economía. Pero el extender las manos significa llamarlos y atraerlos a Sí, e invitarlos. Luego, para mostrar que la culpa fue toda suya, dice: «a un pueblo desobediente y contradictor.» ¡Ves qué grande cargo es éste contra ellos! Pues no le obedecieron ni aun cuando Él los invitaba, sino que le contradecían, y esto viéndole hacerlo, no una ni dos ni tres veces, sino todo el período. Pero otros que nunca le habían conocido, tuvieron poder para atraerle a sí. No que diga que ellos mismos tuvieron poder para hacerlo, sino para quitar las altivas imaginaciones aun de los gentiles, y mostrar que fue su gracia la que obró el todo, dice: me manifesté, y fui hallado. Podrá decirse: ¿Estaban, pues, vacíos de todo? De ningún modo, pues el tomar las cosas halladas, y el obtener conocimiento de lo que se les manifestaba, fue lo que ellos mismos aportaron. Luego, para impedir que éstos dijeran: Pero ¿por qué no te manifestaste también a nosotros?, establece lo que es más: que no solo me manifesté, sino que aun sigo con las manos extendidas, invitándolos, y mostrando todo el cuidado de un padre afectuoso, y de una madre puesta en su hijo. Mira cómo nos ha traído una respuesta lúcida a todas las dificultades antes planteadas, mostrando que fue de su propio temple que la ruina les sobrevino, y que son enteramente indignos de perdón. Pues aunque habían oído y entendido lo que se decía, ni aun entonces estaban dispuestos a venir a Él. Y lo que es mucho más, Él no les hizo oír estas cosas y entenderlas solamente, sino una cosa que tiene más fuerza para despertarlos y atraerlos a Sí: cuando eran desobedientes y contradictores, añadió a las demás. ¿Cuál es ésta? Es el exasperarlos y provocarlos a celos. Pues conoces el poder dominante de la pasión, y cuán grande es la fuerza que los celos poseen naturalmente para poner fin a toda contenciosidad, y despertar a los que se han vuelto negligentes. ¿Y por qué decir esto del hombre, cuando en los brutos irracionales, y en los niños antes de la edad cabal, tan grande es el poder que muestra? Pues un niño muchas veces no se somete a su padre cuando es llamado, sino que continúa obstinado. Pero cuando otro niño recibe atención, entonces, aun sin ser llamado, viene al seno de su padre, y lo que el llamamiento no pudo hacer, lo hará el provocarlo a celos. Esto, pues, hizo también Dios. Pues no solo llamó y extendió sus manos, sino que despertó en ellos también el sentimiento de celos, trayendo a los muy inferiores a ellos (cosa que hace a los hombres excesivamente celosos) no a sus bienes, sino (lo que era un paso mucho más fuerte, y hace el sentimiento aún más dominante) a bienes mucho mayores, y de mayor necesidad que los suyos, y tales como ellos ni siquiera habían imaginado en sueños. Mas aun así no se sometieron. ¿Qué perdón, pues, merecen los que muestran tan excesiva obstinación? Ninguno. Sin embargo, esto no lo dice él mismo, sino que lo deja a las conciencias de sus oyentes, para que lo recojan de la conclusión de lo que había expuesto, y de nuevo lo confirma por lo que prosigue con su acostumbrada sabiduría. Y esto lo hizo también antes, introduciendo objeciones en el caso de la Ley [véase sobre Romanos 7:7, pp. 420, I] y del pueblo, que presentaban una acusación más allá de la verdadera; y luego en la respuesta, que era para derribar ésta, concediendo cuanto le parecía, y cuanto el caso permitía, para hacer lo que decía no desagradable. Y esto hace aquí, escribiendo así:
Cap. xi. ver. 1. «Digo, pues: ¿Ha desechado Dios a su pueblo, al cual conoció de antemano? No sea; de ninguna manera.»
Y presenta la forma que usaría una persona en la duda, como tomando ocasión de lo dicho, y, después de formular esta declaración alarmante, mediante la negación hace que lo que sigue se admita con prontitud; y aquello que con todos los argumentos anteriores se había esforzado por demostrar lo confirma aquí también. ¿Qué es, pues, esto? Que aunque solo se salven unos pocos, la promesa queda en pie. Por esto no dice simplemente «pueblo», sino «pueblo al cual conoció de antemano». Luego, prosiguiendo con la prueba de que el «pueblo» no fue desechado: «Porque también yo soy israelita, de la simiente de Abraham, de la tribu de Benjamín».
Hom. 18, § 20–23
Yo, dice, el instructor, el predicador. Y como esto parecía contrario a lo dicho antes en las palabras «¿Quién ha creído a nuestro anuncio?», y «Todo el día extendí mis manos a un pueblo desobediente y contradictor», y «Yo os provocaré a celos con un pueblo que no es pueblo», no se contentó con la deprecación ni con haber dicho «No sea; de ninguna manera», sino que lo confirma retomándolo y diciendo: «Dios no ha desechado a su pueblo». Pero esto, podrán decir algunos, no es confirmación, sino una afirmación. Observad, pues, la confirmación: primero la primera, y luego la que sigue. La primera es que él mismo era de aquella raza. Y no habría, si estuviera a punto de desecharlos, elegido de entre ellos a aquel a quien confió toda la predicación, los asuntos del mundo, todos los misterios y toda la economía. Esta es, pues, una prueba; la siguiente, después de ella, es su decir «pueblo al cual conoció de antemano», es decir, al que Él sabía claramente que era apto para ello y que recibiría la fe. [Pococke sobre Oseas, p. 23. Véase Hechos 2:41; 4:4; 21:20] Pues tres, cinco y hasta diez mil creyentes había de entre ellos. Y así, para impedir que alguno diga: ¿Luego tú eres el pueblo? ¿Y porque tú has sido llamado, la nación ha sido llamada? — prosigue.
Ver. 2. «No ha desechado Dios a su pueblo, al cual conoció de antemano.»
Como si dijera: Tengo conmigo tres, cinco o diez mil. ¿Y qué? ¿El pueblo ha venido a ser tres, cinco o diez mil? ¿Aquella simiente que en multitud se comparaba a las estrellas del cielo y a la arena del mar? ¿Es así como nos engañas y nos haces trampa, haciendo del pueblo entero a ti mismo y a los pocos que están contigo, y nos inflaste con vanas esperanzas diciendo que la promesa se ha cumplido, cuando todos se han perdido y la salvación se reduce a unos pocos? ¡Todo esto es pura fanfarronería y vanidad! ¡No podemos soportar semejante sofistería! Pues bien, para que no digan esto, mirad cómo en lo que sigue pasa a la respuesta, no presentando la objeción, sino, antes que ella, fundando la respuesta en historia antigua. ¿Cuál es, pues, la respuesta?
Ver. 2-5. «¿No sabéis,» dice, «lo que dice la Escritura de Elías? Cómo él (así la mayoría; los manuscritos Sav. dicen "quien") intercede ante Dios contra Israel, diciendo: Señor, han matado a tus profetas y han derribado tus altares; y yo he quedado solo, y buscan mi vida. Pero ¿qué le dice la respuesta de Dios? Me he reservado siete mil hombres que no han doblado la rodilla ante la imagen de Baal. Así también, aun en el tiempo presente, queda un remanente según la elección de gracia.»
Hom. 18, § 24
Lo que quiere decir es casi esto. «Dios no ha desechado a su pueblo.» Porque si lo hubiera hecho, no habría admitido a ninguno de ellos. Pero si admitió a algunos, no los ha desechado. Aun así, se dirá: si no los hubiera desechado, habría admitido a todos. Esto no se sigue; pues en tiempo de Elías la parte que había de salvarse se había reducido a «siete mil»; y también ahora probablemente hay muchos que creen. Pero si no sabéis quiénes son, no es de extrañar, pues aquel profeta, que era varón tan grande y bueno, no lo sabía. Sino que Dios dispuso las cosas para sí aun cuando el profeta no las conocía. Considerad, pues, su juicio. Ahora, al probar lo que tenía delante, de modo encubierto acrecienta la acusación contra ellos. Por esto dio el pasaje entero: para hacer desfilar ante ellos su contumacia y mostrar que habían sido así desde antiguo. Porque si no hubiera querido esto, sino que hubiera dirigido toda su atención a probar que el pueblo consistía en los pocos, habría dicho que aun en tiempo de Elías quedaron siete mil. Pero ahora les lee el pasaje desde más atrás, como quien se ha esforzado en todo momento por mostrar que no era cosa extraña lo que hicieron con Cristo y con los Apóstoles, sino su práctica habitual. Pues para impedir que dijeran: "Como a un engañador dimos muerte a Cristo, y como a impostores perseguimos a los Apóstoles", aduce el texto que dice: «Señor, han matado a tus profetas y han derribado tus altares.» [] Luego, para no hacer su discurso mortificante para ellos, añade otra razón al aducir el texto. Porque no lo cita como si fuera a propósito para acusarlos, sino como quien intenta mostrar algunas otras cosas. Y los deja sin excusa aun por lo que antes se había hecho. Pues observad cuán fuerte es la acusación incluso por la persona que habla. Porque no es Pablo, ni Pedro, ni Santiago, ni Juan, sino uno a quien tenían en la mayor estima, el primero de los Profetas, el amigo de Dios, varón tan celoso por ellos que hasta fue entregado al hambre por ellos, y que hasta el día de hoy jamás ha muerto. ¿Qué dice, pues, este hombre? «Señor, han matado a tus profetas y han derribado tus altares; y yo he quedado solo, y buscan mi vida.» ¿Qué crueldad más brutal que esta? Porque cuando debían suplicar perdón por las ofensas ya cometidas, estaban dispuestos incluso a matarlo. Y todas estas cosas los dejan del todo sin perdón. Porque no fue durante la prevalencia del hambre, sino cuando la estación era favorable, y su vergüenza había sido quitada, y los demonios (es decir, los dioses falsos) habían sido avergonzados, y el poder de Dios se había mostrado, y el rey se había doblegado ante él, cuando cometieron estas audacias, pasando de asesinato en asesinato y haciendo desaparecer a sus maestros, y a los que los habrían llevado a mejor ánimo. ¿Qué podrían, pues, decir a esto? ¿Eran también ellos engañadores? ¿Eran también impostores? ¿No sabían de dónde procedían? Pero os afligían. Sí, pero también os decían cosas buenas. ¿Y qué de los altares? Los altares, ciertamente, no os afligían. ¿También ellos os exasperaban? ¡Ved de qué obstinación, de qué insolencia daban siempre pruebas! Por esto también en otro pasaje dice Pablo, escribiendo a los Tesalonicenses: También vosotros habéis padecido cosas semejantes de vuestros propios compatriotas, así como ellos de los judíos, los cuales mataron al Señor y a sus propios profetas, y a nosotros nos persiguieron, y no agradan a Dios, y son contrarios a todos los hombres []; que es lo que dice aquí también: que derribaron los altares y mataron a los profetas. Pero ¿qué dice la respuesta de Dios a él? «Me he reservado siete mil hombres que no han doblado la rodilla ante la imagen de Baal.» [] ¿Y qué tiene esto que ver con el asunto presente?, dirá alguno. Mucho tiene que ver con el asunto presente. Porque aquí muestra que Dios se vale de los dignos para salvar, aun cuando la promesa se haya hecho a toda la nación. Y esto lo señaló arriba cuando dijo: «Aunque el número de los hijos de Israel sea como la arena del mar, un remanente será salvo.» Y: «Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado simiente, habríamos venido a ser como Sodoma.» [] Y lo señala también desde este pasaje. Por lo cual prosigue diciendo: «Así también, aun en el tiempo presente, queda un remanente según la elección de gracia.» Observad que cada palabra mantiene su propio rango, mostrando a la vez la gracia de Dios y el temple obediente de los que reciben la salvación. Porque al decir elección mostró la aprobación de ellos, y al decir gracia mostró el don de Dios.
Hom. 18, § 25
Ver. 6. «Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Pero si es por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra.»
Hom. 18, § 26
Él salta de nuevo contra la disputa de los judíos, con lo que acaba de citarse; y sobre esta base los priva de excusa. Porque no podéis, quiere decir, ni siquiera decir que los Profetas llamaron, ciertamente, y Dios invitó, y la condición de las cosas clamaba, y el provocar a celos era suficiente para atraernos a Él, pero lo que se mandaba era gravoso, y por eso no pudimos acercarnos, ya que se nos exigía un despliegue de obras y laboriosas buenas acciones. Pues ni siquiera esto podéis decir. Porque ¿cómo os habría Dios exigido esto, cuando ello justamente echaría sombra sobre su gracia? Y esto lo dijo por deseo de mostrar que Él deseaba grandemente que ellos fueran salvos. [] Pues no solo su salvación se realizaría fácilmente, sino que era también la mayor gloria de Dios manifestar su amor hacia los hombres. ¿Por qué, pues, teméis acercaros, ya que no se os exigen obras? ¿Por qué disputáis y sois rencillosos cuando la gracia está ante vosotros, y por qué seguís poniéndome delante la Ley sin propósito alguno? Pues no seréis salvos por ella, y además malograréis también este don; porque si insistís pertinazmente en salvaros por ella, anuláis esta gracia de Dios. Luego, para que no les pareciera extraño, habiendo tomado primero a aquellos siete mil, dijo que fueron salvos por gracia. Pues cuando dice: «Así también, aun en el tiempo presente, queda un remanente según la elección de gracia», muestra que también ellos fueron salvos por gracia. Y no solo por esto, sino igualmente al decir: «Me he reservado para mí.» Porque este es el lenguaje de Quien muestra que Él mismo era el principal Contribuyente. Y si es por gracia, se dirá, ¿cómo es que no todos fuimos salvos? Porque no quisisteis. Pues la gracia, aunque sea gracia, salva a los que quieren, no a los que no la quieren, a los que se apartan de ella, a los que persisten en combatirla y oponerse a ella. Observad cómo en todo esto lo que está probando es: «No es que la Palabra de Dios haya quedado sin efecto», mostrando que los dignos eran aquellos a quienes llegaba la promesa, y que estos, aunque pocos, bien pueden ser el pueblo de Dios; y en verdad lo había dicho al principio de la Epístola con mucha fuerza, donde dice: «Pues ¿qué si algunos no creyeron?» [], y ni siquiera se detuvo en esto, sino que prosiguió: «Sí, sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso.» [] Y aquí lo confirma otra vez de otro modo, y muestra la fuerza de la gracia, y que siempre los unos eran salvos y los otros perecían. Demos, pues, gracias de que pertenecemos a los que se salvan, y de que, no habiendo podido salvarnos por obras, fuimos salvados por el don de Dios. Pero al dar gracias, no lo hagamos solo de palabra, sino en obras y acciones. Porque esta es la genuina acción de gracias: cuando hacemos aquellas cosas por las cuales Dios ciertamente ha de ser glorificado, y huimos de aquellas de las que fuimos liberados. Porque si nosotros, después de insultar al Rey, en lugar de ser castigados hemos sido honrados, y luego vamos y lo insultamos de nuevo, al ser hallados en la suma ingratitud, con justicia tendríamos que sufrir el sumo castigo, uno mucho mayor que el anterior. Porque la insolencia anterior no nos mostró tan ingratos como la cometida después del honor y de tanta atención que se nos ha dispensado. Huyamos, pues, de aquellas cosas de las que fuimos liberados, y no demos gracias solo con la boca, no sea que se diga también de nosotros: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.» [] Porque ¿cómo no es indecoroso que, cuando los «cielos declaran la gloria de Dios» [], tú, por quien fueron hechos los cielos que lo glorifican, hagas tales cosas que por ti sea blasfemado el Dios que te hizo? Por esto no solo el que blasfema, sino también tú mismo, serás reo de castigo. Pues los cielos tampoco glorifican a Dios emitiendo una voz, sino poniendo a otros a hacerlo al verlos, y sin embargo se dice que «declaran la gloria de Dios». Así también los que presentan una vida digna de admiración, aun cuando callen, glorifican a Dios, cuando otros por ellos lo glorifican. Porque Él no es tan reverenciado por el cielo cuanto por una vida inmaculada. Cuando, pues, conversamos con los gentiles, citamos (4 manuscritos leen o apuntan a la lectura «no citemos») no los cielos ante ellos, sino a los hombres, a quienes, aunque estaban en peor condición que las bestias, Él ha persuadido a ser competidores de los Ángeles. Y nosotros (1 manuscrito «hagamos») les tapamos la boca hablando de este cambio. Porque mucho mejor que el cielo es el hombre, y un alma más brillante que la hermosura de ellos puede poseer. Porque este, aunque visible desde tanto tiempo, no persuadió mucho. Pero Pablo, después de predicar poco tiempo, atrajo a todo el mundo hacia sí. [San Agustín sobre el Salmo 19:4] Porque poseía un alma no inferior al cielo, capaz de atraer a todos los hombres hacia sí. Nuestra alma ni siquiera es rival de la tierra; la suya es igual a los cielos. Aquel se mantiene guardando su propio límite y regla; pero la alteza de su alma trascendía todos los cielos y conversaba con Cristo mismo. [2 Corintios 10:15; Romanos 15:19, etc.] Y su belleza era tan grande, que hasta Dios la proclama. Porque las estrellas las admiraron los ángeles cuando fueron hechas. [] Pero a esta la admiró Él cuando dice: «Este me es un vaso escogido.» [] Y a este cielo lo cubre muchas veces una nube. Pero al alma de Pablo ninguna tentación la cubrió, sino que aun en las tormentas era más clara a la vista que el cielo sereno ([σταθερἅς] [μεσημβρίας]) al mediodía, y resplandecía constantemente como antes de que vinieran las nubes. Pues el Sol que resplandecía en él no enviaba rayos tales que pudieran ser encapotados por la concurrencia de tentaciones, sino que aun entonces resplandecía más. Por lo cual dice: «Mi gracia te basta, porque mi poder se perfecciona en la debilidad.» [] Esforcémonos, pues, por ser semejantes a él, y entonces aun este cielo será como nada, si queremos, ni el sol, ni todo el mundo. Porque estos son para nosotros, y no nosotros para ellos. Mostremos que somos dignos de que estos hayan sido hechos para nosotros. Porque si resultamos indignos de estos, ¿cómo seremos dignos de un reino? Pues ciertamente todos los que viven de modo que blasfeman a Dios son indignos de ver el sol. Los que lo blasfeman son indignos de gozar de las criaturas que lo glorifican; así como un hijo que insulta a su padre es indigno de ser servido por los siervos aprobados. De ahí que estos gozarán de gloria, y de aquella gran gloria; pero nosotros tendremos que sufrir castigo y venganza.
Hom. 18, § 27
¡Cuán miserable será, pues, que la creación, que fue hecha para vosotros, sea transformada «conforme a la libertad gloriosa de los hijos de Dios» [], y que nosotros, hechos hijos de Dios, por nuestra mucha desidia, seamos enviados a la perdición y al infierno, por causa de los cuales la creación gozará aquel gran tiempo de fiesta! Y para que esto no suceda, los que de nosotros tengan un alma pura consérvenla así, o mejor, hagan más intenso su resplandor. Y los que la tengan manchada, no desesperen. Pues «si» (dice) «vuestros pecados son como púrpura, los haré blancos como la nieve; y si son como escarlata, los haré blancos como la lana». [] Pero, cuando es Dios quien promete, no dudéis, sino haced aquellas cosas por las cuales podáis atraeros estas promesas. ¿Son incontables los actos temibles y desaforados cometidos por ti? ¿Y qué con eso? Porque hasta ahora no has partido al sepulcro donde ningún hombre confesará. (ib. 38:18; Salmo 6:5.) Hasta ahora el estadio ([θέατρον]) no se ha deshecho para ti, sino que estás dentro de la línea, y aun con una lucha al final puedes recuperar todas tus derrotas. Todavía no has llegado adonde estaba el rico, para oír que se te diga: «entre nosotros y vosotros hay una gran sima». [] El Esposo todavía no está cerca, de modo que haya que temer que te dé de su aceite. Aún puedes comprar y almacenar. Y todavía no hay quien diga: «No; para que no nos falte a nosotros y a vosotras» []; antes bien, hay muchos que venden: los desnudos, los hambrientos, los enfermos, los encarcelados. Da comida a estos, vestido a aquellos, visita a los enfermos, y el aceite vendrá más que de fuentes. El día de cuentas no está aquí. Usa el tiempo como sea menester, haz rebajas de las deudas, y al que debe «cien medidas de aceite, dile: Toma tu recibo y escribe cincuenta». [] Y con dinero, y con palabras, y con cualquier otra cosa haz del mismo modo, imitando a aquel mayordomo. Y aconséjate esto a ti mismo, y también a tus parientes, pues todavía tienes poder para decirlo. Todavía no has llegado a la necesidad de llamar a otro en su favor, sino que tienes poder para aconsejar a la vez a ti y a otros. [] Pero cuando hayas partido allá, ninguna de estas cosas tendrás poder para hacer en la necesidad. Y con razón. Porque tú, que tuviste fijado un período tan largo, y ni te aprovechaste a ti mismo ni a otro, ¿cómo, cuando estés en manos del Juez, podrás obtener esta gracia? Reuniendo, pues, todas estas cosas, aferrémonos a nuestra propia salvación y no perdamos la oportunidad de esta vida presente. Porque es posible, sí, es posible, aun en el último aliento, agradar a Dios. Es posible ganar aprobación por tu última voluntad; no ciertamente del mismo modo que en vida, pero aun así es posible. ¿Cómo, y de qué manera? Si lo dejas entre tus herederos y le das también ([καὶ αὐτᾥ]) una porción de toda tu hacienda. ¿No lo alimentaste en vida? Al menos cuando hayas partido, cuando ya no seas dueño, dale una parte de tus bienes. Él es amante de los hombres, no trata contigo con mezquindad. Es ciertamente señal de un deseo mayor, y por eso será más premiado, alimentarlo en vida. Pero si no lo has hecho, al menos haz lo que sigue en bondad. Déjalo coheredero con tus hijos; y si en esto eres perezoso, considera que su Padre te hizo coheredero con Él, y quebranta tu espíritu inhumano. Pues ¿qué excusa tendrás, si ni siquiera lo haces partícipe con tus hijos, a Aquel que te hizo participar del Cielo y fue muerto por ti? Y con todo, todo lo que Él hizo no lo hizo en pago de una deuda, sino otorgando un favor. Pero tú, después de tan grandes beneficios, has sido hecho deudor también. Y sin embargo, aun siendo así, es como si recibieras un favor, no como si exigieras el pago de una deuda, que Él te corona; y esto cuando lo que ha de recibir es suyo propio. Da, pues, tu dinero, que ya no te es de utilidad alguna y del cual ya no eres dueño; y Él te dará un Reino que te servirá perpetuamente, y con él te concederá también las cosas de esta vida. Porque si Él es hecho coheredero de tus hijos, aligera para ellos su orfandad, deshace las asechanzas contra ellos, rechaza los insultos, tapa las bocas de los pleitistas. Y si ellos mismos no pueden defender sus legados, Él mismo se levantará y no dejará que se los arrebaten.
Pero si aun esto permite, entonces Él mismo suple todo lo ordenado en el testamento con liberalidad aún mayor, porque solo ha sido mencionado en él. Déjalo, pues, por tu heredero. Porque es a Él a quien estás a punto de ir. Él mismo será tu Juez en el juicio por todo lo que aquí se ha hecho. Pero hay algunos tan miserables y mezquinos que, aunque no tienen hijos, no tienen ánimo para hacer esto, sino que prefieren dar lo que tienen a parásitos, a aduladores, a este y a aquel, antes que a Cristo, que les ha hecho tan grandes beneficios. ¿Y qué puede haber más irrazonable que esta conducta? Porque si uno comparara a hombres de esta laya con asnos, o aun con piedras, no diría nada equivalente a su irracionalidad e insensatez. Ni se podría hallar un símil que ponga delante de vosotros su locura y demencia. Pues ¿qué perdón obtendrán por no haberlo alimentado en vida, quienes, aun cuando están a punto de partir hacia Él, no tienen inclinación a darle sino una bagatela de aquellos bienes de los que ya no son dueños, sino que están en disposición tan enemiga y hostil que ni siquiera le dan parte en lo que para ellos es inútil? ¿No sabéis cuántos de los hombres ni siquiera fueron tenidos por dignos de alcanzar un fin de este género, sino que fueron arrebatados de repente? A ti, en cambio, Dios te da poder para dar órdenes a tus parientes, para hablar con ellos de tu hacienda y poner en orden todo lo que hay en tu casa. ¿Qué defensa, pues, tendrás que presentar, cuando aun después de recibir este favor de Él, hayas entregado traidoramente el beneficio, y te halles, por así decirlo, en oposición diametral a tus antepasados en la fe? Porque ellos aun en vida lo vendieron todo y lo pusieron a los pies de los Apóstoles. Pero tú, aun en tu muerte, no das parte alguna a los necesitados. Lo mejor, y lo que da mucha confianza, es remediar la pobreza en vida. Pero si no has querido hacer esto, al menos en tu lecho de muerte haz alguna acción noble. Porque esto no es lo que haría un amor fuerte a Cristo, pero aun así es un acto de amor. Pues si no quieres tener el lugar alto con los Corderos, aun estar después de ellos no es cosa leve, y con ello no ser colocado con los cabritos ni a la izquierda. Pero si ni siquiera esto haces, ¿qué alegato te rescatará, cuando ni el temor de la muerte, ni el haberse vuelto inútil para ti tu dinero, ni el dejar seguridad a tus hijos tras de ti, ni el atesorar mucho perdón allí para el tiempo venidero, te harán misericordioso para con el hombre? Por lo cual aconsejo, como lo mejor, que en vida des la mayor parte de tus bienes a los pobres. Pero si hay alguno de alma tan estrecha que no tenga corazón para hacerlo, al menos por necesidad hágase misericordioso. Porque cuando vivías como si no hubiera muerte, te aferrabas a tus bienes. Pero ahora, puesto que has aprendido que has de morir, al menos depón tu parecer y delibera sobre tus asuntos como quien ha de morir. O, mejor, como quien debe gozar de vida inmortal para siempre. Porque si lo que voy a decir es desagradable y está cargado de horror, aun así debe decirse. Cuenta al Señor entre tus siervos. ¿Das libertad a tus siervos? Dale a Cristo libertad del hambre, de la tribulación, de la prisión, de la desnudez. ¿Te horrorizan estas palabras? ¿No es, pues, más horrible cuando ni siquiera haces tanto? Y aquí la palabra te hiela la sangre. Pero cuando hayas partido a aquel mundo, y tengas que oír cosas mucho más graves que estas y ver los tormentos incurables, ¿qué dirás? ¿A quién huirás por refugio? ¿A quién llamarás en tu alianza y auxilio? ¿Será Abraham? No te escuchará. ¿O aquellas vírgenes? No te darán de su aceite. ¿Tu padre o tu abuelo? Ninguno de ellos, por santo que sea, tendrá poder para revocar aquella sentencia. Pesando, pues, todas estas cosas, a Aquel que es el único Señor para borrar el escrito contra ti y apagar aquella llama, a Él haz oración y súplica, y propíciatelo, alimentándolo y vistiéndolo continuamente ahora, para que en este mundo partas con buena esperanza, y cuando estés allí goces de los bienes eternos, a los cuales todos lleguemos por la gracia y el amor hacia los hombres, etc.