Hom. 31, § 1–3
Rom. XVI. 5
«Saludad a mi amado Epeneto, que es las primicias de Acaya para Cristo.»
Pienso que muchos, aun de los que tienen apariencia de ser hombres sumamente buenos, pasan de prisa por esta parte de la Epístola como si fuera superflua y de no gran peso en ella. Y creo que lo mismo les sucede respecto de la genealogía que hay en el Evangelio. Porque al ser un catálogo de nombres, piensan que no pueden sacar de ella ningún gran provecho. Pues los que trabajan el oro cuidan aun de las pequeñas limaduras, mientras que éstos pasan por alto incluso tan grandes masas de oro. Para que esto, pues, no les suceda, lo que ya he dicho bastaría para apartarlos de su indolencia. Porque que el provecho aun de esto no es despreciable, lo hemos mostrado ya por lo dicho en una ocasión anterior, cuando levantamos vuestra alma por medio de estos discursos. Nos esforzaremos, pues, hoy también en cavar en este mismo lugar. Porque es posible aun de los meros nombres sacar un gran tesoro. Si, por ejemplo, se os mostrara por qué Abraham fue llamado así, por qué Sara, por qué Israel, por qué Samuel, encontraríais aun de esto muchísimos y verdaderos temas de investigación. Y de los tiempos también, y de los lugares, podéis recoger la misma ventaja. Porque el hombre bueno se enriquece aun de estas cosas; pero el perezoso no saca provecho ni de las cosas más evidentes. Así, el nombre mismo de Adán nos enseña no pequeña sabiduría, y el de su hijo, y el de su mujer, y la mayoría de los demás. Porque los nombres sirven para recordarnos varias circunstancias. Muestran a la vez los beneficios de Dios y la gratitud de las mujeres. Porque cuando concibieron por don de Dios, fueron ellas las que pusieron estos nombres a los hijos. Pero ¿por qué estamos ahora filosofando sobre nombres, mientras se descuidan significados tan importantes, y muchos ni siquiera conocen los nombres mismos de los libros sagrados? Aun así, no debemos retirarnos de la atención a cosas de este género. Porque «deberíais», dice Él, «haber puesto mi dinero a los cambistas» []. Y por tanto, aunque no haya nadie que escuche, hagamos nuestra parte, y mostremos que no hay nada superfluo, nada añadido al azar en las Escrituras. Porque si estos nombres no tuvieran uso, no habrían sido entonces añadidos a la Epístola, ni habría escrito Pablo lo que ha escrito. Pero hay algunos tan de ánimo bajo, y vacíos, e indignos del Cielo, que piensan que no sólo los nombres, sino libros enteros de la Biblia son inútiles, como el Levítico, Josué, y otros más. Y de esta manera muchos de los simples han llegado a rechazar el Antiguo Testamento, y avanzando por el camino que resulta de este mal hábito de la mente, han podado asimismo muchas partes del Nuevo Testamento también. Pero de estos hombres, como ebrios y que viven para la carne, no hacemos gran caso. Pero si alguno es amante de la sabiduría, y amigo de los entretenimientos espirituales, sépase que aun las cosas que parecen sin importancia en la Escritura no están puestas allí al azar y sin propósito, y que aun las leyes antiguas tienen mucho que aprovecharnos. Porque dice: «Todas estas cosas son figuras y están escritas para nuestra instrucción» []. Por lo cual a Timoteo también le dice: «Presta atención a la lectura, a la exhortación» [], instándolo así a la lectura de los libros antiguos, aunque era un hombre con tan grande espíritu en sí, como para poder expulsar demonios y resucitar muertos. Sigamos ahora con el tema que tenemos entre manos. «Saludad a mi amado Epeneto.» Vale la pena aprender de esto cómo distribuye a cada uno las distintas alabanzas. Porque esta alabanza no es ligera, sino aun muy grande, y prueba de gran excelencia en él, que Pablo lo tuviera por amado, Pablo, que no sabía amar por favor, y no por juicio frío. Luego viene otro encomio: «que es las primicias de Acaya». Porque lo que quiere decir es, o que saltó adelante antes que ningún otro, y se hizo creyente (y esto no era pequeña alabanza), o que mostró una conducta más religiosa que ningún otro. Y por esto, después de decir «que es las primicias de Acaya», no se calla, sino que para impedir que sospeches que es una gloria del mundo, añadió: «para Cristo». Ahora bien, si en los asuntos civiles el que es primero parece grande y honorable, mucho más en éstos. Como, pues, era probable que fueran de baja extracción, habla de la verdadera nobleza de nacimiento y preeminencia, y le da sus honores por esto. Y dice que es «las primicias», no de Corinto solamente, sino de toda la nación, como habiéndose hecho por así decir una puerta, y una entrada para los demás. Y para tal, la recompensa no es pequeña. Porque tal hombre segará mucha recompensa también de los logros de otros, en que él también contribuyó mucho a ellos comenzando.
Hom. 31, § 4–8
Ver. 6. «Saludad a María, la cual ha trabajado mucho entre nosotros.»
¿Cómo es esto? ¡Otra vez una mujer es honrada y proclamada vencedora! Otra vez nosotros, los hombres, somos avergonzados. O más bien, no somos sólo avergonzados, sino que hasta se nos confiere un honor. Porque un honor tenemos, en que haya tales mujeres entre nosotros, pero somos avergonzados, en que nosotros los hombres quedamos tan atrás de ellas. Pero si llegamos a saber de dónde viene que estén tan adornadas, nosotros también las alcanzaremos pronto. ¿De dónde, pues, es su adorno? Escuchen hombres y mujeres. No es de brazaletes, ni de collares, ni tampoco de sus eunucos y sus criadas, y vestidos bordados en oro, sino de sus trabajos en favor de la verdad. Porque dice: «la cual ha trabajado mucho entre nosotros», es decir, no sólo para sí misma, ni para su propio adelanto, (porque esto muchas mujeres del día de hoy lo hacen, con ayunos, y durmiendo en el suelo), sino para otros también, corriendo así la carrera que corrieron Apóstoles y Evangelistas. ¿En qué sentido, pues, dice: «No permito a la mujer enseñar»? [] Quiere impedirle presentarse en público [], y desde el asiento del bema, no de la palabra de la enseñanza. Pues si éste fuera el caso, ¿cómo habría dicho a la mujer que tenía marido incrédulo: «¿Cómo sabes, oh mujer, si salvarás a tu marido?» [] ¿O cómo llegó a permitirle amonestar a los hijos, cuando dice: «se salvará engendrando hijos, si permanecen en la fe, y caridad, y santidad, con sobriedad»? [] ¿Cómo llegó Priscila a instruir aun a Apolos? No fue, pues, para cortar la conversación privada para provecho que dijo esto, sino la que era ante todos, y que era deber del maestro dar en la asamblea pública; o además, en caso de que el marido sea creyente y plenamente instruido, capaz también de instruirla a ella. Cuando ella es la más sabia, entonces no le prohíbe enseñar y mejorarlo a él. Y no dice, la que enseñó mucho, sino «la que trabajó mucho», porque junto con la enseñanza ([τοὓ λόγου]) desempeña además otros ministerios, los que tocan a peligros, los que tocan a dinero, los que tocan a viajes. Porque las mujeres de aquellos días eran más animosas que leones, compartiendo con los Apóstoles sus trabajos por causa del Evangelio. De esta manera iban viajando con ellos, y también desempeñaban todos los demás ministerios. Y aun en los días de Cristo le seguían mujeres «que le servían de sus bienes» [], y atendían al Maestro.
Ver. 7. «Saludad a Andrónico y a Junia, mis parientes.»
Esto también parece un encomio. Y lo que sigue lo es mucho más. ¿Y de qué clase es éste? «Y mis compañeros de prisión.» Porque éste es el honor más grande, la noble proclamación. ¿Y dónde era Pablo prisionero, para llamarlos «mis compañeros de prisión»? Prisionero, en verdad, no había estado, pero había sufrido cosas peores que los prisioneros, al ser no sólo un extraño para su patria y su familia, sino al luchar con el hambre y la muerte continua, y miles de otras cosas. Porque de un prisionero la única desgracia es ésta: que está separado de sus parientes, y a menudo tiene que ser esclavo en lugar de libre. Pero en este caso puede uno mencionar tentaciones espesas como copos de nieve, que este bienaventurado varón soportó siendo llevado y traído de un lado a otro, azotado, encadenado, apedreado, náufrago, con innumerables personas tramando contra él. Y los cautivos, en verdad, no tienen más enemigo después de ser llevados lejos, sino que incluso experimentan gran cuidado de parte de los que los han tomado. Pero este hombre estaba continuamente en medio de enemigos, y veía lanzas por todos lados, y espadas afiladas, y ejércitos, y batallas. Puesto que, pues, era probable que éstos compartieran muchos peligros con él, los llama compañeros de cautiverio. Como en otro pasaje también: «Aristarco, mi compañero de prisión» []. Luego otra alabanza además. «Que son insignes entre los Apóstoles.» Y en verdad, ser apóstoles del todo ya es una gran cosa. ¡Pero ser incluso insignes entre éstos, considera cuán grande encomio es! Pero eran insignes por sus obras, por sus logros. ¡Oh! ¡Cuán grande es la devoción ([φιλοσοφία]) de esta mujer, que fuera contada siquiera digna del nombre de apóstol! Pero aun aquí no se detiene, sino que añade otro encomio además, y dice: «Los cuales también fueron en Cristo antes que yo.»
Porque esto también es una alabanza muy grande, que brotaran y vinieran antes que otros. Pero dejadme llamar vuestra atención sobre el alma santa, cuán incontaminada está de vanidad. Porque después de gloria como la suya en especie y grado, pone a otros delante de sí mismo, y no nos oculta el hecho de haber venido después de ellos, ni se avergüenza de confesarlo. ¿Y por qué os sorprendéis de que no se avergüence de esto, cuando ni siquiera rehúye exhibir ante los hombres su vida anterior, llamándose «blasfemo, y perseguidor»? [] Puesto que, pues, no podía ponerlos delante de otros por este título, se buscó a sí mismo, que había entrado después de otros, y de esto sí encontró manera de otorgarles una alabanza diciendo: «Los cuales fueron en Cristo antes que yo.»
Hom. 31, § 9–23
Ver. 8. «Saludad a Amplias, mi amado.»
Aquí otra vez prodiga encomios sobre su persona por su amor. Porque el amor de Pablo era para Dios, trayendo consigo innumerables bendiciones. Porque si ser amado por el rey es una gran cosa, ¿qué gran encomio debe ser ser amado por Pablo? Porque si no hubiera adquirido gran virtud, ¿no habría atraído su amor? Puesto que en cuanto a los que viven en vicio y transgresiones, él suele ([οἶδε]) no sólo abstenerse de amarlos, sino aun anatematizarlos. Como cuando dice: «Si alguno no ama al Señor Jesús, sea anatema» []; y: «Si alguno os predica otro evangelio del que habéis recibido, sea anatema» [].
Ver. 9. «Saludad a Urbano, mi colaborador en el Señor.»
Este es un encomio mayor que el otro. Porque éste incluso comprende aquél. «Y a Estaquis, mi amado.» Esto otra vez es un honor de la misma clase.
Ver. 10. «Saludad a Apeles, aprobado en Cristo.»
No hay alabanza como ésta: ser irreprensible, y no dar asidero en las cosas de Dios. Porque cuando dice: «aprobado en Cristo», incluye la lista entera de virtudes. ¿Y por qué motivo no dice en ninguna parte mi señor tal, mi maestro este? Porque estos encomios eran mayores que aquéllos. Porque aquéllos son meros títulos de rango ([τιμἥς]), pero éstos son de virtud. Y este mismo honor no lo pagaba al azar, ni como dirigiéndose a varios de virtud inferior con los caracteres altos y grandes. Porque en cuanto se dirige, y eso además a uno junto a otro, y en la misma carta, los honra a todos por igual. Pero al exponer las alabanzas particularmente a cada uno, pone ante nosotros la virtud peculiar de cada cual; de modo que ni engendra envidia honrando a uno y deshonrando a otro, ni obra en ellos indolencia y confusión, dándoles a todos la misma dignidad, aunque no merecían la misma. Ved ahora cómo vuelve otra vez a las admirables mujeres. Porque después de decir: «Saludad a los que son de la casa de Aristóbulo»,
Ver. 11. «Saludad a Herodión, mi pariente; saludad a los que son de la casa de Narciso;»
Quienes, es probable, no eran tan dignos como los antedichos, por lo cual tampoco los menciona a todos por nombre, sino que después de darles el encomio que les convenía, el de ser fieles, (y éste es el significado de,)
«los cuales están en el Señor.»
Vuelve otra vez a las mujeres, y dice:
Ver. 12. «Saludad a Trifena y a Trifosa, las cuales trabajan en el Señor.»
Y en cuanto a la mujer anterior, dice que «trabajó por vosotros», pero de éstas que están todavía trabajando. Y este no es pequeño encomio: que estén en trabajo continuamente, y que no sólo trabajen, sino que se afanen incluso. Y a Pérsida la llama también amada, para mostrar que es mayor que éstas.
Porque dice: «Saludad a mi amada Pérsida.»
Y de sus grandes trabajos asimismo da testimonio, y dice: «la cual ha trabajado mucho en el Señor.»
Tan bien sabe nombrar a cada uno según sus merecimientos, haciendo así a éstos más ansiosos al no privarlos de ninguna de sus deudas, sino encomiando aun la más ligera preeminencia, y haciendo a los otros más virtuosos, e incitándolos al mismo celo, por sus encomios sobre éstos.
Hom. 31, § 24–32
Ver. 12. «Saludad a Rufo, escogido en el Señor, y a su madre y mía.»
Aquí otra vez las cosas buenas están sin ningún inconveniente, pues el hijo y la madre son cada uno de tal carácter, y la casa está llena de bendición, y la raíz concuerda con el fruto; porque no habría dicho simplemente «su madre y mía», si no hubiera estado dando testimonio a la mujer de gran virtud.
Ver. 14. «Saludad a Asíncrito, a Flegonte, a Hermas, a Patrobas, a Hermes, y a los hermanos que están con ellos.»
Aquí no estés mirando cómo los empieza sin ningún encomio, sino cómo no los consideró, aunque muy inferiores, al parecer, a todos, indignos de ser saludados por él. O más bien, incluso esto no es ligera alabanza: que los llame siquiera hermanos, como también llama santos a los que vienen después de ellos. Porque dice:
Ver. 15. «Saludad a Filólogo, y a Julia, y a Nereo y a su hermana, y a Olimpas, y a todos los santos que están con ellos;»
Que era la dignidad más grande, y altura indecible de honor. Luego, para impedir que surja envidia alguna por dirigirse él a uno de un modo y a otro de otro, y a algunos por nombre y a algunos sin distinción, y a algunos con más puntos de alabanza, y a algunos con menos, de nuevo los mezcla en la igualdad de la caridad, y en el santo beso, diciendo:
Ver. 16. «Saludaos unos a otros con santo beso.»
Para expulsar de ellos, con esta salutación, toda discusión que los confundía, y todo terreno para el pequeño orgullo; para que ni el grande despreciara al pequeño, ni el pequeño envidiara al mayor, sino que la altanería y la envidia fueran más ahuyentadas, cuando este beso sosegaba y allanaba a cada uno. Y por tanto no sólo les ordena saludar de esta manera, sino que les envía de igual modo el saludo de las Iglesias. Porque «os saludan», dice, no tal o cual persona individualmente, sino todos vosotros en común,
«Las Iglesias de Cristo.»
Hom. 31, § 33
Veis que no son pequeñas ganancias las que sacamos de estos saludos, y qué tesoros habríamos pasado por alto de prisa, si en esta parte de la Epístola no la hubiéramos examinado con exactitud, tal como estaba en nuestro poder. De modo que si se halla alguno sabio y espiritual, se sumergirá aun más hondo, y encontrará mayor número de perlas. Pero puesto que algunos han hecho a menudo cuestión de por qué en esta Epístola saludó a tantos, cosa que no ha hecho en ninguna otra Epístola, podríamos decir que se debe a no haber visto todavía a los romanos, que hace esto. Y aun se podría decir: «Bien, tampoco había visto a los colosenses, y sin embargo no hizo nada de este tipo.» Pero éstos eran más honorables que otros, y habían venido allí de otras ciudades, como a ciudad más segura y más real. Puesto que, pues, vivían en país extranjero, y necesitaban mucha provisión para seguridad, y algunos de ellos eran de sus conocidos, pero algunos también estaban allí que le habían prestado muchos servicios importantes, con razón los encomia por cartas; porque la gloria de Pablo era entonces no pequeña, sino tan grande, que aun de que les enviara cartas, los que tenían la dicha de tener una Epístola para ellos, ganaban mucha protección. Porque los hombres no sólo lo reverenciaban, sino que incluso le tenían miedo. De no haber sido así, no habría dicho, que había sido «socorredor de muchos, y de mí mismo también» []. Y otra vez: «Desearía yo mismo ser anatema» []. Y a Filemón le escribió y dijo: «como Pablo ya anciano, y prisionero de Jesucristo» [Gálatas, «He aquí, yo Pablo os digo» Gálatas 5:2]. Y: «Me recibisteis como a Jesucristo» []. Y escribiendo a los Corintios dijo: «Ya algunos están envanecidos, como si yo no hubiera de ir a vosotros» []. Y otra vez: «Estas cosas las he transferido en figura a mí mismo y a Apolos, para que aprendáis en nosotros a no pensar de los hombres más de lo que está escrito» []. Ahora bien, de todos estos pasajes es claro que todos tenían gran opinión de él. Queriendo, pues, que se sintieran con soltura, y estuvieran en honor, saludó a cada uno de ellos, exponiendo su alabanza de la mejor manera posible. Porque a uno lo llama amado, a otro pariente, a otro ambas cosas, a otro compañero de prisión, a otro colaborador, a otro aprobado, a otro elegido. Y de las mujeres a una la saluda por su título, porque no la llama sierva de la Iglesia de un modo indefinido (porque si esto fuera así, habría dado a Trifena y a Pérsida este nombre también), sino a ésta como quien tiene el oficio de diaconisa, y a otra como ayuda y asistente, a otra como madre, a otra por los trabajos que sufrió, y a algunos los saluda por la casa a que pertenecían, a algunos por el nombre de Hermanos, a algunos por el apelativo de Santos. Y a algunos los honra por el mero hecho de saludarlos, y a algunos por saludarlos por nombre, y a algunos por llamarlos primicias, y a algunos por su precedencia en el tiempo, pero más que a todos, a Priscila y a Aquila. ([τοὺς περὶ Πρ. κ. ᾿Α].) Porque aun si todos eran creyentes, aun así no todos eran iguales, sino que diferían en sus méritos. Por lo cual, para llevarlos a todos a mayor emulación, no deja ocultos los encomios de nadie. Porque cuando los que trabajan más no reciben también la recompensa mayor, muchos se vuelven más indolentes. Por este motivo, aun en el reino, los honores no son iguales, ni entre los discípulos eran todos iguales, sino que los tres eran preeminentes sobre los demás. Y entre estos tres otra vez había gran diferencia. Porque éste es un método muy exacto observado por Dios hasta lo último. Por eso, «una estrella difiere de otra estrella en gloria» [], dice. Y sin embargo todos eran Apóstoles y todos han de sentarse en doce tronos, y todos dejaron sus bienes, y todos acompañaron a Él; aun así, fue a los tres a los que tomó. Y otra vez, a estos mismos tres, Él dijo que era posible ([ἐ] [γχωρεῖν]) que algunos fueran aun superiores. «Porque el sentaros», dice, «a mi diestra y a mi siniestra, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado» []. Y pone a Pedro delante de ellos, cuando dice: «¿Me amas más que éstos?» [] Y Juan también fue amado incluso por encima de los demás. Porque habrá un examen estricto de todos, y si eres aunque sea un poco mejor que tu prójimo, si es siquiera un átomo, o cualquier cosa por pequeña que sea, Dios no pasará por alto ni esto. Y esto aun desde antiguo se podía ver despuntar. Porque aun Lot era hombre recto, pero no tanto como Abraham; y Ezequías otra vez, pero no tanto como David: y todos los profetas, pero no tanto como Juan.
Hom. 31, § 34
¿Dónde están, pues, los que, teniendo a la vista toda esta gran exactitud, no quieren admitir que hay un infierno? Pues si todos los justos no han de gozar la misma suerte, si aventajan a otros aun en poco ( «pues una estrella,» dice, «difiere de otra estrella en gloria,» ) [], ¿cómo han de estar los pecadores en la misma suerte que los justos? ¡Semejante confusión no la haría ni siquiera el hombre, mucho menos Dios! Pero si quieres, te mostraré que incluso en el caso de los pecadores, arguyendo a partir de los hechos existentes, hay esta distinción, y un juicio exacto y justo. Considera ahora: Adán pecó, y Eva pecó, y ambos transgredieron; sin embargo, no fueron igualmente pecadores. Y por lo tanto, tampoco fueron castigados por igual. Pues la diferencia fue tan grande que Pablo dijo, «Adán no fue engañado, sino que la mujer, al ser engañada, incurrió en la transgresión.» Y sin embargo, el engaño fue uno solo. Mas aun así el examen escrutador de Dios señaló una diferencia tan grande que Pablo hiciera esta afirmación. De nuevo, Caín fue castigado; pero Lamec, que cometió un asesinato después de él, no sufrió un castigo ni con mucho tan grande. Y sin embargo, éste fue un asesinato, y aquél fue un asesinato, y aquél tanto peor, porque ni aun con el ejemplo se había vuelto mejor. Pero como aquél ni mató a su hermano tras una exhortación, ni necesitó acusador, ni se encogió de responder cuando Dios lo interrogó, sino que aun sin acusador alguno se defendió por sí mismo y se condenó más severamente, obtuvo perdón. Pero el otro, como hizo lo contrario, fue castigado. Mira con qué exactitud escudriña Dios los hechos. Por esta razón castigó a los del diluvio de una manera, y a los de Sodoma de otra; y a los israelitas, tanto a los de Babilonia como a los del tiempo de Antíoco, de maneras diferentes: mostrando así que lleva cuenta estricta de nuestras acciones. Y éstos fueron esclavos durante setenta años, y aquéllos durante cuatrocientos; pero otros, a su vez, se comieron a sus hijos, y padecieron innumerables calamidades más graves, y ni aun así fueron liberados, ni ellos ni los que fueron quemados vivos en Sodoma. «Pues más tolerable,» dice Él, «será para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad.» [] Pues si Él no tiene cuidado de nosotros, ni cuando pecamos ni cuando obramos rectamente, quizá habrá alguna razón en decir que no hay castigo. Pero puesto que es tan sumamente apremiante en que no pequemos, y emplea tantos medios para mantenernos en lo recto, es muy claro que castiga a los malvados, y también corona a los que obran rectamente. Mas déjame rogarte que consideres la injusticia de la mayoría. Pues critican a Dios porque, siendo tan a menudo paciente, pasa por alto que tantos impíos, impuros o violentos no sufran castigo ahora. Y de nuevo, si Él amenaza con castigarlos en el otro mundo, son vehementes y apremiantes en sus acusaciones. Y sin embargo, si esto les es doloroso, deberían aceptar y admirar lo otro. ¡Oh, la necedad! ¡Oh, el ánimo irracional y asinino! ¡Oh, el alma amiga del pecado, que va tras el vicio! Porque de aquí nacen todas estas opiniones. Y así, si los que dicen estas cosas se dispusieran a apoderarse de la virtud, al punto se hallarían satisfechos también acerca del infierno, y no dudarían. ¿Y dónde (se dice) y en qué lugar está este infierno? Pues algunos fabuladores dicen que está en el valle de Josafat, aplicando así al infierno lo que se dijo acerca de cierta guerra pasada. Pero la Escritura no dice esto. Mas ¿en qué lugar, dime, estará? En algún sitio, según creo, al menos completamente fuera del ámbito de este mundo. Pues así como las cárceles y las minas están a gran distancia de las residencias reales, así estará el infierno en algún lugar fuera de este mundo. No busquemos, pues, saber dónde está, sino cómo escapar de él. Ni tampoco, porque Dios no castiga a todos aquí, dejemos de creer las cosas venideras. Pues Él es misericordioso y paciente: por eso amenaza, y no nos arroja al punto. Pues «No quiero,» dice Él, «la muerte del pecador.» [] Mas si no hay muerte del pecador, las palabras son vanas. Y ciertamente sé que no hay nada menos agradable para vosotros que estas palabras. Pero para mí nada es más agradable. ¡Y ojalá fuera posible, en nuestra comida, y en nuestra cena, y en nuestros baños, y en todas partes, estar discurriendo acerca del infierno! Pues entonces no sentiríamos el dolor de los males de este mundo, ni el placer de sus bienes. Pues ¿qué me diríais que era un mal? ¿La pobreza? ¿La enfermedad? ¿El cautiverio? ¿La mutilación del cuerpo? Pues todas estas cosas son juego comparadas con el castigo de allí, aun si hablaras de los que son atormentados por el hambre toda su vida; o de los que están mutilados desde sus primeros días y mendigan, aun esto es lujo comparado con aquellos otros males.
Ocupémonos, pues, continuamente en hablar de estas cosas. Pues recordar el infierno impide que caigamos en él. ¿No oyes a san Pablo decir, «Quiénes sufrirán castigo eterno, lejos de la faz del Señor?» [] ¿No oyes cuál era el carácter de Nerón, a quien Pablo incluso llama el Misterio del Anticristo? Pues «el misterio de iniquidad,» dice, «ya opera.» [] ¿Qué, pues? ¿Nerón no ha de padecer nada? ¿El Anticristo no ha de padecer nada? ¿O el Diablo nada? Entonces será siempre Anticristo, y así el Diablo. Pues no cesarán en la maldad, a menos que sean castigados. «Sí,» dices, «pero que hay infierno todos lo ven. Sólo los incrédulos han de caer en él.» ¿Cuál es la razón, dime? Es porque los creyentes reconocen a su Señor. ¿Y qué tiene esto que ver? Cuando su vida es impura, serán por este motivo castigados más severamente que los incrédulos. «Pues cuantos pecaron sin ley, también sin ley perecerán; pero cuantos pecaron en la ley, por la ley serán juzgados.» [] Y, «El siervo que conoció la voluntad de su señor, y no la hizo, será azotado con muchos azotes.» [] Pero si no existe eso de dar cuenta de la propia vida, y todo esto se dice de manera laxa, entonces tampoco el Diablo recibirá venganza. Pues también él conoce a Dios, y mucho más que los hombres, y todos los demonios lo conocen, y tiemblan, y confiesan que Él es su Juez. Si, pues, no hay rendición de cuentas de nuestra vida, ni de las malas obras, ellos también escaparán del todo. Estas cosas no son así, ¡ciertamente no lo son! No os engañéis, amados. Pues si no hay infierno, ¿cómo han de juzgar los Apóstoles a las doce tribus de Israel? ¿Cómo es que Pablo dice, «¿No sabéis que juzgaremos a los Ángeles? ¿Cuánto más las cosas de esta vida?» [] ¿Cómo es que Cristo dijo, «Los hombres de Nínive se levantarán y condenarán a esta generación» []; y, «Más tolerable será para la tierra de Sodoma en el día del juicio?» [] ¿Por qué, pues, os burláis de cosas que no son materia de burla? ¿Por qué te engañas a ti mismo e impones engaños a tu razón ([παραλογίζῃ], om. [τὴν ψυχήνσου])? ¿Por qué luchas contra el amor de Dios hacia los hombres? Pues fue por medio de esto que Él lo preparó, y amenazó, para que no fuéramos arrojados a él, habiéndonos vuelto mejores por este temor. Y así, el que suprime el hablar de estos asuntos no hace otra cosa que empujarnos a él, y llevarnos allí por este engaño. No aflojéis, pues, las manos de los que trabajan por la virtud, ni hagáis mayor la desidia de los que duermen. Pues si la multitud es persuadida de que no hay infierno, ¿cuándo dejará el vicio? ¿O cuándo se verá lo recto? No digo entre pecadores y justos, sino entre pecadores y pecadores. Pues ¿por qué uno es castigado aquí, y otro no, aunque comete los mismos pecados, o incluso mucho peores? Pues si no hay infierno, no tendrás nada que decir en defensa de esto a quienes lo ponen como objeción. Por lo cual mi consejo es que dejemos esta frivolidad y cerremos la boca a los que contradicen sobre estos asuntos. Pues habrá un escudriñamiento exacto de las cosas más pequeñas, tanto en el camino de los pecados como en el de las buenas obras; y seremos castigados por las miradas deshonestas, y por las palabras ociosas, y por las meras palabras injuriosas, y por la embriaguez daremos cuenta, así como por un vaso de agua fría recibiremos recompensa, y por un solo suspiro. [] Pues dice, «Pon una marca en las frentes de los hombres que suspiran y que claman.» [] ¿Cómo, pues, te atreves a decir que Él, que con tanta exactitud escudriñará nuestras acciones, amenazó con el infierno con meras palabras, y a la ligera? No, te lo ruego, no te destruyas a ti mismo y a los que por ti son persuadidos con estas vanas esperanzas. Pues si no crees nuestras palabras, pregunta a judíos y gentiles, y a todos los herejes. Y todos ellos, como con una sola boca, responderán que habrá un juicio, y una retribución. ¿Y no bastan los hombres? Pregunta a los mismos demonios, y los oirás clamar, «¿Por qué has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?» [] Y reuniendo todo esto, persuade a tu alma a no frivolizar ociosamente, no sea que por experiencia llegues a saber que hay infierno; sino que por esto seas sobrio, y así puedas escapar de aquellos tormentos, y alcanzar los bienes venideros; de los cuales ojalá todos participemos por la gracia y amor hacia los hombres, etc.
Hom. 32, § 1–3
Romanos XVI. 17, 18
«Ahora os ruego, hermanos, que señaléis a los que causan divisiones y ofensas contra la doctrina que habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque los que son tales no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a su propio vientre; y con buenas palabras y lisonjas engañan los corazones de los simples.»
De nuevo una exhortación, y oración después de la exhortación. Pues después de decirles que «señalen a los que causan divisiones,» y que no los escuchen, prosigue, «Y el Dios de paz aplastará a Satanás bajo vuestros pies en breve:» y, «La gracia de nuestro Señor sea con vosotros.» Y observa cuán suavemente los exhorta: no en carácter de consejero, sino de siervo, y con mucho respeto. Pues los llama hermanos, y también les suplica. Pues, «os ruego, hermanos» (dice). Luego también los pone a la defensiva mostrando el engaño de quienes abusaban de ellos. Pues como si no hubieran de ser discernidos de inmediato, dice, «Os ruego que señaléis,» es decir, que seáis sumamente cuidadosos, y que os familiaricéis, y que indaguéis a fondo... ¿a quiénes, dime? Pues bien, «a los que causan divisiones y ofensas, contra la doctrina que habéis aprendido.» Pues esto es, si algo lo es, la subversión de la Iglesia: el estar en divisiones. Ésta es el arma del diablo, esto lo trastorna todo. Pues mientras el cuerpo está unido en uno, él no tiene poder para entrar; pero de la división proviene la ofensa. ¿Y de dónde proviene la división? De opiniones contrarias a la enseñanza de los Apóstoles. ¿Y de dónde provienen opiniones de esta clase? De ser los hombres esclavos del vientre y de las demás pasiones. Pues «los tales,» dice, «no sirven al Señor, sino a su propio vientre.» Y así no habría ofensa, no habría división, a menos que se pensara alguna opinión contraria a la doctrina de los Apóstoles. Y esto lo señala aquí al decir, «contra la doctrina.» Y no dice: que nosotros hemos enseñado, sino «que habéis aprendido,» anticipándose así a ellos, y mostrando que ya estaban persuadidos de ellas, las habían oído y recibido. ¿Y qué hemos de hacer con los que causan daño de esta manera? No dice: reuníos y llegad a los golpes, sino «apartaos de ellos.» Pues si lo hicieron por ignorancia o error, uno debería corregirlos. Pero si pecan voluntariamente, alejaos de ellos de un salto. Y también en otro lugar dice esto. Pues dice, «Apartaos de todo hermano que ande desordenadamente» []: y al hablar a Timoteo acerca del calderero, le da el consejo semejante, y dice, «Del cual guárdate tú también.» [] Luego, también para azotar ([κωμῳδὥν]) a los que se atreven a hacer tales cosas, menciona asimismo la razón por la que urden esta división. «Pues los que son tales,» dice, «no sirven a nuestro Señor Cristo, sino a su propio vientre.» Y esto lo dijo también cuando escribió a los Filipenses, «Cuyo dios es su vientre.» [] Pero aquí me parece aludir a los de los judíos, a quienes siempre suele criticar particularmente como glotones. Pues al escribir a Tito también dijo de ellos, «Malas bestias, vientres perezosos.» [Tito 1:12, véase 5:10] Y Cristo también los reprende en este punto: «Devoráis las casas de las viudas» [], dice. Y los Profetas los acusan de cosas de este género. Pues, «Mi amado,» dice, «se ha engordado y se ha puesto grueso, y ha dado coces» []. Por lo cual también Moisés los exhortó, y dijo, «Cuando hayas comido y bebido y estés saciado, acuérdate del Señor tu Dios.» (ibíd. 6, 11-12.) Y en los Evangelios, los que dicen a Cristo, «¿Qué señal nos muestras?» [] pasan por alto todo lo demás, y se acuerdan del maná. Así aparecen en todas partes poseídos por esta afección. ¿Cómo, pues, no te avergüenzas de tener por maestros a esclavos del vientre, siendo tú hermano de Cristo? Ahora bien, el fundamento del error es éste; pero el modo de ataque es a su vez un desorden diferente, a saber, la adulación. Pues con «lisonjas,» dice, «engañan los corazones de los simples.» Pues su atención alcanza sólo a las palabras; pero su intención no es tal, pues está llena de fraude. Y no dice que os engañan a vosotros, sino «los corazones de los simples.» Y ni aun con esto se contentó, sino que, con miras a hacer esta afirmación menos áspera, dice,
Hom. 32, § 4–13
Vers. 19. «Pues vuestra obediencia se ha divulgado entre todos los hombres.»
Esto lo hace, no para dejarlos libres para ser desvergonzados, sino para ganárselos de antemano con encomios, y con la multitud de sus testigos, para captar su atención. Pues no soy yo solo el testigo, sino el mundo entero. Y no dice: por vuestro entendimiento, sino, «vuestra obediencia:» es decir, su docilidad, que era evidencia de mucha mansedumbre en ellos. «Me gozo, pues, por vosotros.» Y tampoco es éste un encomio pequeño. Luego, después de la alabanza, la amonestación. Pues para que, tras liberarlos de toda acusación contra ellos, no los hiciera más desidiosos, como no observados, les da otra insinuación en las palabras,
«Quiero que seáis sabios para el bien, y simples en cuanto al mal.»
Ves, pues, cómo los ataca de nuevo, y eso sin que ellos lo sospechen. Pues esto parece insinuar que algunos de ellos eran propensos a ser extraviados.
Vers. 20. «Y el Dios de paz aplastará a Satanás bajo vuestros pies en breve.»
Pues como había hablado de los que «causaban divisiones y ofensas entre ellos,» ha mencionado también al «Dios de paz,» para que se sintieran esperanzados acerca de la eliminación de estos males. Pues el que se goza en esto (es decir, en la paz) pondrá fin a lo que hace estragos en ella. Y no dice: someterá, sino «aplastará» [], que es una expresión más fuerte. Y no sólo a aquellas personas, sino también a aquel que era el general sobre ellos en esto: Satanás. Y no «aplastará» meramente, sino «bajo vuestros pies,» para que obtengan ellos mismos la victoria, y se ennoblezcan por el trofeo. Y el tiempo, a su vez, se hace motivo de consuelo. Pues añade, «en breve.» Y esto era a la vez oración y profecía. «La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros.»
¡Aquella arma grandísima; aquella muralla inexpugnable; aquella torre inconmovible! Pues les recuerda la gracia, para darles más alacridad. Porque si habéis sido librados de los males con mucho más graves, y librados sólo por gracia, mucho más seréis librados de los menores, ahora que también os habéis vuelto amigos, y aportáis igualmente vuestra propia parte. Ves cómo él no pone oración sin obras, ni obras sin oración. Pues después de darles crédito por su obediencia, entonces ora; para mostrar que necesitamos ambas cosas: nuestra propia parte así como la parte de Dios, si hemos de ser debidamente salvados. Pues no fue sólo antes, sino también ahora, aun siendo grandes y en alta estima, que necesitamos la gracia de Él.
Vers. 21. «Timoteo, mi colaborador, os saluda.»
Observa de nuevo los encomios acostumbrados. «Y Lucio, y Jasón, y Sosípatro, mis parientes.»
A este Jasón también lo menciona Lucas, y nos presenta asimismo su hombría, cuando dice que «lo arrastraron» ante «los gobernantes de la ciudad, gritando,» etc. [] Y es probable que los otros también fueran hombres de nota. Pues no menciona parientes escuetamente, a menos que fueran también semejantes a él en religiosidad.
Hom. 32, § 14–19
Vers. 22. «Yo, Tercio, que escribí esta Epístola, os saludo.»
También esto es un encomio no pequeño: ser el amanuense de Pablo. Mas no es para prodigarse encomios a sí mismo por lo que dice esto, sino para que él pudiera atraerse de parte de ellos un amor cálido, por este ministerio.
Vers. 23. «Gayo, mi huésped ([ξένος]), y de toda la Iglesia, os saluda.»
¡Mira qué corona le ha tejido al dar testimonio de tan gran hospitalidad en él, y al introducir a toda la Iglesia en la casa de este hombre! Pues por la palabra [ξένον], usada aquí, quiere decir un anfitrión, no un huésped. Pero cuando oigas que era anfitrión de Pablo, no lo admires sólo por su munificencia, sino también por la estrechez de su vida. Pues a menos que fuera digno de la excelencia de Pablo, nunca se habría hospedado allí; ya que él, que se esforzaba por ir más allá de muchos mandamientos de Cristo, nunca habría transgredido aquella ley que nos manda ser muy cuidadosos acerca de quiénes nos reciben, y acerca de hospedarnos con «personas» dignas. [] «Erasto, el tesorero de la ciudad, os saluda, y Cuarto, un hermano.» Hay un propósito en que añada «el tesorero de la ciudad,» pues como escribió a los Filipenses, «Los de la casa de César os saludan» [], para mostrar que el Evangelio había echado mano de gente grande, así también aquí menciona el título con miras al mismo objeto, y para mostrar que, para el hombre que presta atención, ni las riquezas son un impedimento, ni los cuidados del gobierno, ni ninguna otra cosa de este género.
Vers. 24. «La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén.»
¡Mira con qué debemos comenzar y terminar en todas partes! Pues con esto puso el fundamento de la Epístola, y con esto pone el techo; orando a la vez por la madre de todos los bienes para ellos, y trayendo a su memoria toda su benignidad. Pues ésta es la mejor prueba de un maestro generoso: beneficiar a sus discípulos no sólo de palabra, sino igualmente con la oración; por lo cual también uno dijo, «Pero entreguémonos continuamente a las oraciones, y al ministerio de la palabra.» []
Hom. 32, § 20
¿Quién hay, pues, que ore por nosotros, ya que Pablo ha partido? Estos que son los imitadores de Pablo. Sólo que nos entreguemos dignos de tal intercesión ([συνηγορίας]), para que no sea que oigamos la voz de Pablo aquí solamente, sino que en lo sucesivo, cuando hayamos partido, seamos tenidos por dignos de ver al luchador de Cristo. O más bien, si lo oímos aquí, ciertamente lo veremos en lo sucesivo; si no como de pie cerca de él, al menos ciertamente lo veremos, resplandeciendo cerca del Trono del rey. Donde los Querubines cantan la gloria, donde los Serafines vuelan, allí veremos a Pablo, con Pedro, y como un jefe y conductor del coro de los Santos, y disfrutaremos de su amor generoso. Pues si cuando estaba aquí amaba tanto a los hombres, que teniendo la opción de partir y estar con Cristo, eligió estar aquí, mucho más mostrará allí un afecto más cálido. Amo a Roma aun por esto, aunque ciertamente uno tiene otros motivos para alabarla: por su grandeza, y su antigüedad, y su hermosura, y su populosidad, y por su poder, y su riqueza, y por sus éxitos en la guerra. Pero dejo pasar todo esto, y la tengo por bienaventurada por este motivo: que tanto en su vida les escribió, y los amó tanto, y habló con ellos mientras estuvo con nosotros, y allí llevó su vida a su término. Por lo cual la ciudad es más notable por este motivo que por todos los otros juntos. Y como un cuerpo grande y fuerte, tiene como dos ojos resplandecientes los cuerpos de estos Santos. No brilla tanto el cielo, cuando el sol envía sus rayos, como resplandece la ciudad de Roma, enviando estas dos luces a todas las partes del mundo. Desde allí será arrebatado Pablo, desde allí Pedro. Pensadlo bien, y estremeceos ([φρίξατε]) ante el pensamiento de qué espectáculo verá Roma, cuando Pablo se levante súbitamente de aquel depósito, juntamente con Pedro, y sea levantado al encuentro del Señor. [] ¡Qué rosa enviará Roma a Cristo! [] ¡Qué dos coronas tendrá la ciudad en torno suyo! ¡Con qué cadenas de oro será ceñida! ¡Qué fuentes poseerá! Por tanto admiro la ciudad, no por el mucho oro, no por las columnas, no por el otro aparato de allí, sino por estas columnas de la Iglesia. [] ¡Ojalá me fuera dado ahora echarme en torno ([περιχυθἥναι]) del cuerpo de Pablo, y quedar arrobado a la tumba, y ver el polvo de aquel cuerpo que «completó lo que faltaba» después de «Cristo» [], que llevó «las marcas» ([στίγματα],) [] que sembró el Evangelio en todas partes! ¡Sí, el polvo de aquel cuerpo por el cual corría de acá para allá por todas partes! ¡El polvo de aquel cuerpo por el cual habló Cristo, y la Luz resplandeció más brillante que cualquier relámpago, y la voz brotó, más terrible que cualquier trueno para los demonios! Por el cual profirió aquella voz bienaventurada, diciendo, «Desearía yo mismo ser anatema, por mis hermanos» [], por el cual habló «ante reyes, y no se avergonzó!» [] por el cual llegamos a conocer a Pablo, ¡por el cual también al Maestro de Pablo! No es tan terrible para nosotros el trueno, como lo era aquella voz para los demonios. Pues si se estremecían ante sus ropas [], mucho más ante su voz. Ésta los llevó cautivos, ésta purificó al mundo, ésta puso fin a las enfermedades, expulsó el vicio, levantó la verdad a lo alto, tuvo a Cristo cabalgando sobre ella, y por todas partes anduvo con Él; y lo que los Querubines eran, eso era la voz de Pablo; pues así como Él estaba sentado sobre aquellas Potestades, así lo estaba sobre la lengua de Pablo. ¡Pues se había hecho digna de recibir a Cristo, por hablar sólo aquellas cosas que eran aceptas a Cristo, y volar como los Serafines a altura indecible! Pues ¿qué más sublime que aquella voz que dice, «Porque estoy persuadido de que ni Ángeles, ni Principados, ni Potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra criatura, podrá separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús?» [] ¿Qué alas no te parece tener este discurso?
¿Qué ojos? [] Fue debido a esto que dijo, «pues no ignoramos sus maquinaciones.» [] Debido a esto los demonios huían no sólo al oírlo hablar, sino incluso al ver sus vestiduras. Ésta es la boca, cuyo polvo desearía ver, por la cual Cristo dijo las cosas grandes y secretas, y mayores que en su propia persona, (pues así como obró, así también habló cosas mayores por los discípulos, ) por la cual el Espíritu dio aquellos oráculos admirables al mundo. Pues ¿qué bien no efectuó aquella boca? Expulsó demonios, desató pecados, amordazó tiranos, tapó bocas de filósofos, ganó al mundo para Dios, persuadió a los salvajes a aprender sabiduría, alteró todo el orden entero de la tierra. También las cosas del Cielo disponía del modo que le placía [], atando a quien quería, y desatando en el otro mundo, «según el poder que le fue dado.» [] Y no es sólo aquella boca, sino también el corazón cuyas cenizas desearía ver; al que un hombre no haría mal en llamar el corazón del mundo, y una fuente de innumerables bendiciones, y un principio y elemento de nuestra vida. Pues el espíritu de vida era suministrado por entero desde él, y era distribuido por los miembros de Cristo, no como enviado por arterias, sino por una libre elección de buenas obras. Este corazón era tan grande, que abarcaba ciudades enteras, y pueblos, y naciones. «Pues mi corazón», dice, «se ha ensanchado.» [] Y sin embargo, aun un corazón así de grande, esta misma caridad que lo ensanchaba muchas veces lo estrechaba y oprimía. Pues dice, «En mucha tribulación ([θλίψεως]) y angustia ([συνοχἥς]) del corazón os escribí.» [] Desearía ver aquel corazón aun después de su disolución; el cual ardía por cada uno que se perdía, el cual padecía dolores de parto por segunda vez con los hijos que habían resultado abortos [], el cual vio a Dios, ( «pues los limpios de corazón,» dice Él, «verán a Dios,» ) [] el cual se hizo Sacrificio, ( «pues sacrificio para Dios es un corazón contrito,» ) [] el cual era más alto que los cielos, más ancho que el mundo, más brillante que el rayo del sol, más cálido que el fuego, más fuerte que el diamante, el cual emitía ríos, ( «pues ríos,» dice, «de agua viva fluirán de su vientre,» ) [] en el cual había una fuente que brotaba, y regaba, no la faz de la tierra, sino las almas de los hombres; de donde no sólo ríos, sino aun fuentes de lágrimas, manaban día y noche; el cual vivía la vida nueva, no ésta nuestra, (pues «vivo,» dice, «ya no yo, sino que Cristo vive en mí,» [] así el corazón de Pablo era Su corazón, y una tabla del Espíritu Santo, y un libro de la gracia); el cual temblaba por los pecados de otros, (pues temo, dice, no sea que de alguna manera «haya trabajado en vano entre vosotros; [] no sea que como la serpiente engañó a Eva; [] no sea que al llegar os halle no tales como quisiera;» ) [] el cual a la vez temía por sí mismo, y también estaba confiado (pues temo, dice, «no sea que, después de haber predicado a otros, yo mismo venga a ser reprobado,» [] Y, «Estoy persuadido de que ni ángeles ni potestades podrán separarnos;» ) [aludiendo a Romanos 9:3] el cual fue tenido por digno de amar a Cristo como ningún otro hombre lo amó: el cual despreció la muerte y el infierno, y sin embargo fue quebrantado por las lágrimas de los hermanos, (pues dice, «¿qué hacéis, llorando y quebrantando mi corazón?» ) [] ¡el cual era sumamente sufrido, y sin embargo no podía soportar estar ausente de los Tesalonicenses por espacio de una hora! [1 Tesalonicenses 2:17; 3:10] Desearía ver el polvo de las manos que estuvieron en cadenas; por cuya imposición era suministrado el Espíritu; por las cuales fueron escritos los divinos escritos, (pues «mirad cuán grande carta os he escrito con mi propia mano:» [y de nuevo, «La salutación de mí, Pablo, con mi propia mano,» ) 1 Corintios 16:21] de aquellas manos a cuya vista la serpiente «cayó en el fuego.» [] Desearía ver el polvo de aquellos ojos que fueron cegados gloriosamente, y que recobraron la vista de nuevo para la salvación del mundo; que aun en el cuerpo fueron tenidos por dignos de ver a Cristo; que veían las cosas terrenas, y no las veían; que veían las cosas que no se ven; que no veían el sueño; que velaban a medianoche; que no eran afectados como lo son los ojos.
Desearía también ver el polvo de aquellos pies, que corrieron por el mundo y no se cansaron; que fueron atados en el cepo cuando la prisión tembló; que anduvieron por partes habitables o inhabitadas; que caminaron en tantos viajes. ¿Y por qué necesito hablar de partes sueltas? Desearía ver la tumba, donde está depositada la armadura de justicia, la armadura de la luz, los miembros que ahora viven, pero que en vida fueron hechos muertos; y en todos los cuales vivía Cristo; que estaban crucificados al mundo, que eran miembros de Cristo, que estaban vestidos de Cristo, que eran templo del Espíritu, edificio santo, «atados en el Espíritu,» [] remachados al temor de Dios, que tenían las marcas de Cristo. Este cuerpo es un muro para aquella Ciudad, más seguro que todas las torres, y que miles de almenas. Y con él está el de Pedro. Pues lo honró mientras vivía. Pues «subió a ver a Pedro,» [] y por tanto, aun después de partir, la gracia se dignó darle la misma morada con él. Desearía ver al León espiritual. Pues como un león que exhala (Gr. que envía,) [] fuego ([πὕρ ἀφιεὶς]) sobre las manadas de zorras, así se abalanzó sobre la estirpe de los demonios y filósofos, y como el estallido de algún rayo fue lanzado contra la hueste del diablo. [] Pues ni siquiera llegaba a poner en orden de batalla contra él, ya que le temía y temblaba tanto, que si veía su sombra, y oía su voz, huía aun a distancia. Y así entregó al fornicador, aunque a distancia, y de nuevo lo arrebató de sus manos []; y así también a otros, para que aprendieran «a no blasfemar.» [] Y considera cómo envió a sus propios vasallos contra él, animándolos, haciéndolos ágiles. Y en un momento dice a los Efesios, «No luchamos contra sangre y carne, sino contra principados y potestades.» [] Luego también coloca nuestro premio en los lugares celestiales. Pues no luchamos por cosas de la tierra, dice, sino por el Cielo, y las cosas en los Cielos. Y a otros, dice, «¿No sabéis que juzgaremos a los Ángeles? ¿Cuánto más las cosas de esta vida?» [] Pongamos, pues, todo esto en el corazón, y mantengámonos noblemente; porque Pablo era un hombre, partícipe de la misma naturaleza que nosotros, y que tenía todo lo demás en común con nosotros. Pero porque mostró tan gran amor hacia Cristo, subió por encima de los Cielos, y estuvo con los Ángeles. Y así, si también nosotros nos sacudiéramos un poco, y encendiéramos en nosotros aquel fuego, podremos emular a aquel santo varón. Pues si esto fuera imposible, nunca habría clamado en voz alta, y dicho, «Sed imitadores de mí, como yo lo soy de Cristo.» [] No lo admiremos, pues, solamente, o seamos golpeados por él solamente, sino imitémoslo, para que también nosotros, cuando partamos de aquí, seamos tenidos por dignos de verlo, y de compartir la gloria indecible; la cual Dios conceda que todos alcancemos por la gracia y amor hacia los hombres de nuestro Señor Jesucristo, por Quien, y con Quien, sea gloria al Padre, con el Espíritu Santo, ahora y siempre. Amén.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Los editores de Oxford recuerdan que en la discusión pelagiana se citaron estas homilías: Agustín, en su réplica a Juliano, aduce contra él un pasaje de la décima, sobre Romanos 5:14, junto con otros textos de Crisóstomo sobre el pecado de Adán, y el prefacio concluye de esa colección que Crisóstomo no sostuvo doctrina pelagiana alguna sobre el pecado original. Como lectura de Pablo, la Catholic Encyclopedia cuenta este comentario entre los mejores y más importantes de Crisóstomo, junto con los de los Salmos y Mateo.