Hom. 16, § 1–5
Rom. IX. 1
«Digo la verdad en Cristo, no miento, dándome testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo.»
¿No os pareció ayer que había dicho yo cosas grandes y desmedidas acerca del amor de Pablo hacia Cristo? Y grandes eran ciertamente, demasiado grandes para expresarlas con palabras. Sin embargo, lo que habéis oído hoy está tan por encima de aquellas cosas, como aquellas cosas estaban por encima de las nuestras. Y yo no pensaba que pudieran ser superadas; pero cuando llegué a lo que se ha leído hoy, me pareció mucho más glorioso que todo lo anterior. Y que él mismo era consciente de esto, lo muestra por su exordio. Pues como quien va a entrar en cosas mayores que aquellas, y por lo mismo expuestas a no ser creídas por la mayoría, usa primero una fuerte aseveración acerca del asunto del que va a hablar; lo cual muchos acostumbran hacer cuando van a decir algo que la mayoría no cree, y de lo que ellos tienen en su propia mente la mayor certeza. Por eso dice: «Digo la verdad en Cristo, no miento, y mi conciencia da testimonio,»
Vers. 2, 3. «Que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo.»
¿Qué dices, oh Pablo? ¿De Cristo, tu Amado, de quien ni reino ni infierno, ni cosas visibles ni inteligibles, ni otro mundo por grande que fuera, te separaría, es de Él de quien ahora querrías ser anatema? ¿Qué ha sucedido? ¿Has cambiado, has abandonado aquel amor? No, responde, no temas. Antes bien, lo he hecho aún más intenso. ¿Cómo, pues, querrías ser anatema, y buscas una separación y un alejamiento a tal distancia, que después de ella no sea posible encontrar otra más lejana? Porque lo amo sobremanera, puede responder. ¿Cómo, dirás, y de qué manera? Pues las cosas parecen un enigma. O más bien, si queréis, aprendamos qué es el anatema, y luego le preguntaremos sobre estos puntos, y entenderemos este indecible y extraordinario amor. ¿Qué es, pues, el anatema? Oye sus propias palabras: «Si alguno no ama a nuestro Señor Jesucristo, sea anatema.» [anatema, 1 Corintios 16:22] Es decir, sea apartado de todos, removido de todos. Pues como en el caso de una cosa consagrada ([ἀ] [νάθημα]), que se aparta para Dios, nadie se atrevería siquiera a tocarla con la mano ni aun a acercarse a ella; así también, al hombre que es apartado de la Iglesia, cortándolo de todos y removiéndolo tan lejos como es posible, lo llama con este nombre ([ἀ] [νάθεμα]) en un sentido contrario, denunciando así con mucho temor a todos los hombres que se aparten de él y huyan de él. Porque a la cosa consagrada, nadie, por respeto a ella, se atreve a acercarse. Pero de aquel que es cortado, todos los hombres se separan por un sentimiento enteramente opuesto. Y así la separación es la misma, y tanto el uno como el otro quedan igualmente removidos de la multitud. Sin embargo, el modo de la separación no es el mismo, sino que en este caso es lo contrario de lo que es en aquel. Pues de lo uno se apartan por estar consagrado a Dios; de lo otro por estar enajenado de Dios y cortado de la Iglesia. Esto es, pues, lo que Pablo quiere decir cuando dice: «Desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo.» Y no dice meramente que estaría dispuesto, sino que, usando un término más fuerte, dice incluso: «Desearía» (o pediría [ηὐχόμην]). Pero si lo que dice te turba en tu ([ἀ] [σθενέστερον]) debilidad, considera el estado real del caso, no solo que deseaba ser separado, sino también la causa por la cual lo deseaba, y entonces verás la grandeza de su amor. Porque él incluso circuncidó [a Timoteo, Hechos 16:3], y no prestamos atención a lo que se hizo, sino a la intención de ello y a la causa de ello, y por eso lo admiramos más. Y no solo circuncidó a una persona, sino que incluso se rasuró y sacrificó [], y con todo, ciertamente no afirmamos por eso que fuera judío, sino que precisamente por esto mismo lo tenemos por perfectamente libre de judaizar, y limpio de ello, y genuino adorador de Cristo. Así como cuando lo ves circuncidando y sacrificando, no por eso lo condenas como judaizante, sino que por esto mismo tienes la mejor razón para coronarlo como enteramente ajeno al judaísmo; así, cuando veas que ha deseado ser anatema, no te turbes, sino que por este mismo motivo dale la más alta alabanza, cuando sepas la causa por la cual desea esto. Pues si no examinamos atentamente las causas, llamaremos a Elías homicida, y a Abraham no solo homicida, sino asesino de su hijo. Y a Finees y a Pedro los acusaremos igualmente de asesinato. Ni es solo en el caso de los santos, sino también en el del Dios del universo, que quien no se atiene a esta regla sospechará diversas cosas indecorosas. Ahora bien, para evitar que esto suceda en todos los casos de este género, reunamos la causa, y la intención, y el tiempo, y todo lo que milita en favor de lo que así se hace, y de este modo investiguemos las acciones. Y esto debemos hacerlo ahora también en el caso de esta alma bienaventurada. Ahora bien, ¿cuál es la causa? Es Jesús mismo, que es tan amado. Y sin embargo no dice por Él; pues lo que dice es: Desearía yo ser anatema de Él por mis hermanos. Y esto proviene de su humildad de ánimo. Pues no quiere hacerse conspicuo, como si dijera algo grande y estuviera haciendo un favor a Cristo con esto. Por lo cual también dijo «mis parientes,» para ocultar su alto designio ([πλεονέκτημα] [)]. Pues para ver que lo deseaba todo por causa de Cristo, oye lo que viene después. Después de hablar de los parientes, prosigue:
Hom. 16, § 6–10
Vers. 4, 5. «A quienes pertenecen la adopción, y la gloria, y los pactos, y la promulgación de la Ley, y el servicio de Dios, y las promesas; de quienes son los padres, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén.»
¿Y qué es esto? —pregunta alguno. Pues si con miras a la fe de otros estaba dispuesto a hacerse anatema, debería haber deseado también esto en favor de los gentiles. Pero si lo desea solo en favor de los judíos, es prueba de que no lo deseaba por causa de Cristo, sino por su parentesco con ellos. Pero, en realidad, si hubiera orado solo por los gentiles, esto no habría sido igualmente claro. Mas puesto que es solo por los judíos, es prueba clara de que es solo por la gloria de Cristo por lo que está tan empeñado. Y sé que lo que voy a decir os parecerá una paradoja. Sin embargo, si no armáis alboroto, pronto me esforzaré por dejarlo claro. Pues lo que ha dicho no lo ha dicho desnudamente; sino que, como todos hablaban y acusaban a Dios, de que después de ser tenidos por dignos del nombre de hijos, y de recibir la Ley, y de conocerlo a Él más que todos los hombres, y de gozar de tan gran gloria, y de servirlo más que todo el mundo, y de recibir las promesas, y de proceder de padres que eran sus amigos, y —lo que era lo más grande de todo— de haber sido antepasados del mismo Cristo (pues este es el sentido de las palabras, «de los cuales, según la carne, vino Cristo» ), ahora son desechados y deshonrados; y en su lugar son introducidos hombres que nunca lo habían conocido, de entre los gentiles. Ahora bien, puesto que decían todo esto y blasfemaban contra Dios, Pablo, al oírlo, y herido en el corazón, y apenado por la gloria de Dios, deseaba ser anatema, si hubiera sido posible, para que ellos fueran salvos, y esta blasfemia fuera puesta fin, y Dios no pareciera haber engañado a la descendencia de aquellos a quienes prometió los dones. Y para que veas que fue por dolor de esto —para que la promesa de Dios no pareciera caer por tierra, la que dijo a Abraham: «Daré esta tierra a ti y a tu descendencia,» — pronunció este deseo, prosigue:
Vers. 6. «No como si la palabra de Dios hubiera fallado.»
Para mostrar que tenía ánimo (Mar. y 4 manuscritos: deseaba) para soportar todas estas cosas por la palabra de Dios, es decir, la promesa hecha a Abraham. Pues como Moisés parecía abogar por los judíos, y sin embargo lo hacía todo por la gloria de Dios (pues dice: «No sea que digan: Porque no pudo salvarlos, los sacó para destruirlos en el desierto» []; detén tu ira), así también Pablo: Para que no digan (quiere decir) que la promesa de Dios ha caído por tierra, y que nos ha defraudado de aquello que nos aseguró, y que esta palabra no se ha cumplido en obra, desearía yo ser anatema. Por esto, pues, no habló de los gentiles (pues a ellos no se les habían hecho promesas por Él, ni lo habían adorado, por lo cual tampoco nadie blasfemaba contra Él por causa de ellos), sino que fue por los judíos, que habían recibido la promesa y habían estado en más estrecha relación con Él que otros, por quienes expresó este deseo. ¿Ves que si lo hubiera expresado por los gentiles, no se habría mostrado que hacía esto tan puramente por la gloria de Cristo? Mas puesto que estaba dispuesto a hacerse anatema en favor de los judíos, quedó entonces del todo evidenciado que era solo por causa de Cristo por lo que deseaba esto. Y por esta causa dice:
«A quienes pertenecen la adopción, y la gloria, y el servicio de Dios, y las promesas.»
Hom. 16, § 11
Pues la Ley, quiere decir, que habla de Cristo, procede de allí, y todos los pactos hechos con ellos, y Él mismo vino de ellos, y los padres que recibieron las promesas eran todos de ellos. Y sin embargo, lo contrario ha resultado: han caído de todos sus bienes. Por eso, quiere decir, estoy apenado, y si fuera posible separarme de la compañía en torno a Cristo, y ser hecho un extraño, no del amor de Él (lejos esté de él; pues todo esto lo hacía por amor), sino de todo aquel goce y gloria, yo aceptaría aquella suerte, con tal de que mi Maestro no fuera blasfemado, para que no tuviera que oír a algunos decir que todo ha sido puro aparato escénico: promete a unos, y da a otros. Nació de una raza, y salvó a otra. A los antepasados de los judíos hizo las promesas, y sin embargo ha abandonado a sus descendientes, y ha puesto a hombres que nunca en tiempo alguno lo conocieron, en sus bienes. Ellos se afanaron en la práctica de la Ley, y en la lectura de los Profetas, mientras que hombres que han venido apenas ayer de los altares e ídolos paganos han sido puestos por encima de ellos. ¿Qué previsión hay en todo esto? Pues bien, para que estas cosas no se digan de mi Maestro, quiere decir, aunque se digan injustamente, yo perdería de buena gana incluso el reino y aquella gloria inefable, y sufriría cualesquiera padecimientos, considerando como el mayor consuelo posible no oír ya blasfemado a Aquel a quien tanto anhelo. Pero si aún te resistes a admitir esta explicación, considera que muchos padres en muchos momentos han hecho otro tanto por sus hijos, y han elegido separarse de ellos y verlos más bien en honra, teniendo su honra por más querida que su compañía. Mas puesto que estamos tan faltos de amor como este (Bacon, N. O. Aph. lib. 2, §7), ni siquiera podemos formar idea de lo que aquí se quiere decir. Pues hay algunos tan enteramente indignos aun de oír el nombre de Pablo, y que se hallan a tal intervalo y distancia de aquella vehemencia suya, que se imaginan que dice esto de la muerte temporal. Quienes, diría yo, son tan ignorantes de Pablo como los ciegos de los rayos del sol, o mucho más aún. Pues el que moría cada día, y se ponía delante peligros espesos como una tempestad de nieve, y luego decía: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre?» y aún insatisfecho con lo que había dicho, y después de subir por encima del cielo y del cielo de los cielos, y recorrer los Ángeles y Arcángeles, y todos los órdenes superiores de seres, y abarcar de una vez cosas presentes, cosas venideras, cosas visibles, cosas inteligibles, cosas penosas y cosas buenas, que estaban de una y otra parte, y sin dejar nada fuera, y ni aun así saciado, sino incluso forjando otra creación no existente, ¿cómo iba él, por decir algo grande después de todas aquellas cosas, a mencionar una muerte temporal? No es así, ciertamente no lo es. Mas tal noción es propia de gusanos que anidan en su estercolero. Pues si hubiera dicho esto, ¿en qué sentido desearía él ser anatema de Cristo? Porque la muerte [] de aquel género lo habría unido más estrechamente con la compañía de Cristo, y le habría hecho gozar más de aquella gloria. Sin embargo, hay algunos que se atreven a decir cosas diferentes de estas, aún más ridículas. No era entonces, dicen, la muerte lo que deseaba tener, sino ser un tesoro, una cosa consagrada, de Cristo. ¿Y quién, aun de los más inútiles e indolentes, no desearía esto? ¿Y de qué manera era probable que esto fuera en favor de sus parientes? Dejemos, pues, estas fábulas y naderías (pues ya no vale más la pena responder a estas cosas que a niños que balbucean en el juego), y volvamos a las palabras mismas, deleitándonos en este océano mismo de amor, y nadando allí sin temor en toda dirección, y reflexionando sobre la indecible llama de amor — o, más bien, diga uno lo que diga, nada dirá digno del asunto. Pues no hay océano tan ancho, ni llama tan intensa como esta. Y ningún lenguaje puede exponerla como merece, sino que solo la conoció quien de verdad la alcanzó. Y ahora permitidme presentaros de nuevo las palabras mismas.
Hom. 16, § 12–13
«Porque desearía yo mismo ser anatema.» ¿Qué significa el «yo mismo»? Significa: yo, que he sido maestro [] de todos, que he acumulado innumerables buenas obras, que espero innumerables coronas, que lo deseé a Él tanto que valoro su amor por encima de todas las cosas, que todos mis días ardo por Él, y tengo todas las cosas [] en segundo lugar respecto del amor de Él. Pues no era solo el ser amado por Cristo lo que le importaba, sino también el amarlo a Él sobremanera. Y esto último era lo que más le importaba ([τούτου μάλιστα ἦν]). De modo que solo a esto miraba, y todas las cosas las tomaba con ánimo ligero. Pues mantenía un solo fin a la vista en todas las circunstancias: el cumplimiento de este excelente amor. Y esto es lo que desea. Mas puesto que las cosas no habían de tomar este curso, ni él había de hacerse anatema, intenta luego entrar en una defensa contra los cargos, y así derribar lo que se rumoreaba entre todos. Y antes de entrar abiertamente en su defensa contra estos, siembra de antemano algunas semillas de ella. Pues cuando dice: «a quienes pertenecen la adopción, y la gloria, y la promulgación de la Ley, y el servicio de Dios, y las promesas,» no hace sino decir que Dios quería ciertamente que ellos fueran salvos, y esto lo mostró por sus tratos anteriores, y por haber Cristo nacido de ellos, y por lo que prometió a los Padres. Pero ellos, por su propio temple ingobernable, arrojaron lejos de sí el beneficio. Y esta es también la razón de que ponga por escrito cosas que exponen el don de Dios, no encomios de ellos. Pues la adopción provino de su gracia; y lo mismo la gloria, y las promesas, y la Ley. Después de tomar, pues, todas estas cosas en consideración, y de reflexionar cuán empeñado había estado Dios, juntamente con su Hijo, en la salvación de ellos, alza la voz en alto, y dice: «Quien es bendito por los siglos. Amén.»
Así, él mismo ofrece acción de gracias por todos los hombres al Unigénito de Dios. ¿Y qué, dice, si otros blasfeman? Aun así, nosotros, que conocemos sus misterios, su inefable Sabiduría y su gran Providencia sobre nosotros, sabemos bien que no debe ser blasfemado, sino glorificado, pues es digno. Y no contento con saberlo él mismo, se esfuerza luego por usar argumentos y por emplear un modo de hablar más incisivo contra ellos. Y no dirige su puntería contra ellos sin antes despojarlos de una sospecha que tenían. Para que no pareciera, pues, que se dirigía a ellos como a enemigos, más adelante dice «Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios por Israel es que sean salvos.» [] Y aquí, junto con otras observaciones, ordenó las cosas de modo que no pareciera que iba a decir lo que iba a decir por enemistad contra ellos. Por eso no rehúsa llamarlos incluso parientes y hermanos. Pues aunque fue por causa de Cristo que dijo lo que dijo, aun así se esfuerza por atraer ([ἐπισπᾶται]) su ánimo también hacia él, y allana el camino a lo que ha de decir, y se libra de toda sospecha por lo que había de decirse contra ellos, y entonces entra por fin en el asunto que la mayoría de ellos esperaba. Porque muchos, como ya he dicho, querían saber cuál era la razón por la que los que habían recibido la promesa quedaron cortos de ella, mientras que los que ni siquiera habían oído de ella se salvaron antes que ellos. Por tanto, para aclarar esta dificultad, presenta la respuesta antes de la objeción. Pues para impedir que alguno dijera: ¿Qué? ¿Eres tú más solícito por la gloria de Dios que Dios mismo por la suya? ¿Y necesita Él tu ayuda para que su palabra no caiga por tierra? En respuesta a estas cosas dice: No dije esto como si la Palabra de Dios hubiera caído por tierra, sino para mostrar mi amor por Cristo. Pues habiendo tenido las cosas este desenlace, no nos faltan palabras en defensa de Dios, ni para mostrar cuán firme se mantuvo su promesa. Dios dijo a Abraham: «A ti y a tu simiente daré la tierra.» Y: «En tu simiente serán bendecidas todas las naciones de la tierra.» [] Veamos, pues, dice, de qué clase es esta simiente. Porque no todos los que son de él son su simiente. De donde dice: «Porque no todos los que son de Israel son Israel.»
Hom. 16, § 14–19
Ver. 7. «Ni por ser simiente de Abraham son todos hijos.»
Ahora bien, cuando llegues a saber de qué clase es la simiente de Abraham, verás que la promesa es dada a su simiente, y sabrás que la palabra no ha caído por tierra. ¿De qué clase es, pues, la simiente? No es palabra mía, quiere decir, sino que el propio Antiguo Testamento se explica a sí mismo diciendo lo siguiente: «En Isaac te será llamada simiente.» [] ¿Qué es «En Isaac?» Explícalo.
Ver. 8. «Esto es: no los que son hijos de la carne son hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa son contados como simiente.»
Y observad el juicio y la profundidad de la mente de Pablo. Pues al interpretar, no dice: «los que son hijos de la carne, éstos no son» hijos de Abraham, sino «hijos de Dios:» mezclando así las cosas anteriores con las presentes, y mostrando que incluso Isaac no era meramente hijo de Abraham. Y lo que quiere decir es algo de este tenor: cuantos han nacido como nació Isaac, ésos son hijos de Dios y de la simiente de Abraham. Y por eso dijo: «en Isaac te será llamada simiente.» Para que uno aprenda que los que han nacido según el modo de Isaac, ésos son en el sentido más verdadero hijos de Abraham. ¿De qué modo nació Isaac entonces? No según la ley de la naturaleza, no según el poder de la carne, sino según el poder de la promesa. ¿Qué se quiere decir, pues, con el poder de «la promesa?»
Ver. 9. «En este tiempo vendré, y Sara tendrá un hijo.»
Esta promesa, pues, y palabra de Dios fue la que formó a Isaac y lo engendró. Porque ¿qué importa que el vientre fuera su instrumento y el seno de una mujer? Puesto que no fue el poder del vientre, sino la fuerza de la promesa, la que engendró al niño. Así también nosotros somos engendrados por las palabras de Dios. Pues en la piscina del agua son las palabras de Dios las que nos engendran y nos forman. Porque es siendo bautizados en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo como somos engendrados. Y este nacimiento no es de naturaleza, sino de la promesa de Dios. [] Porque así como después de anunciar primero el nacimiento de Isaac, lo cumplió entonces; así también el nuestro lo había anunciado antes, muchos siglos antes, por todos los Profetas, y después lo llevó a cumplimiento. ¡Ya sabéis cuán grande lo ha presentado, y cómo, habiendo prometido una cosa grande, la proveyó con abundantísima facilidad! [Oseas 2:1, etc.] Pero si los judíos dijeran que las palabras «En Isaac te será llamada simiente» significan esto: que los nacidos de Isaac debían serle contados por simiente, entonces también los edomitas, y todo aquel pueblo, deberían ser denominados hijos suyos, puesto que su antepasado Esaú era hijo suyo. Pero ahora tan lejos están de ser llamados hijos, que son los más grandes extranjeros posibles. Veis, pues, que no son los hijos de la carne los hijos de Dios, sino que aun en la naturaleza misma la generación por medio del bautismo desde lo alto fue bosquejada de antemano. Y si me hablas del vientre, yo a mi vez he de hablarte del agua. Pero así como en este caso todo es del Espíritu, así en el otro todo era de la promesa. Porque el vientre estaba más helado que cualquier agua a causa de la esterilidad y de la vejez. Adquiramos, pues, conocimiento preciso de nuestra propia nobleza, y mostremos una vida digna de ella. Porque en ella nada hay carnal ni terreno: por tanto, que tampoco lo haya en nosotros. Porque no fue ni el sueño, ni la voluntad de la carne [], ni los abrazos, ni el frenesí del deseo, sino «el amor de Dios hacia los hombres,» lo que obró el todo. [] Y así como en aquel caso fue cuando la edad estaba fuera de toda esperanza, así también en éste fue cuando la vejez de los pecados había venido sobre nosotros, que Isaac brotó de repente en juventud, y todos nosotros llegamos a ser hijos de Dios y simiente de Abraham. []
Hom. 16, § 20
Ver. 10. «Y no sólo esto; sino que también cuando Rebeca concibió de uno, de nuestro padre Isaac.»
Hom. 16, § 21
El asunto en cuestión era importante. Por eso recurre a varios argumentos, y se esfuerza por todos los medios por resolver la dificultad. Pues si ya era extraño y nuevo para ellos ser desechados después de tan grandes promesas, mucho más extraño es que nosotros vengamos a sus bienes, quienes no esperábamos nada semejante. Y el caso era el mismo que si el hijo de un rey, a quien se le hubieran hecho promesas de que sucedería en el poder que tenía, fuera arrojado al nivel de hombres despreciables, y en su lugar un condenado, y uno cargado de males innumerables, después de ser sacado de la prisión, viniera al poder que propiamente era del otro. Pues quiere decir: ¿qué tienes que decir? ¿Que el hijo es indigno? Bien, pero también este hombre es indigno, y mucho más. Por tanto, él debería o bien haber sido castigado junto con el primero, o bien haber sido honrado junto con él. Ahora bien, algo de este género fue lo que aconteció a los judíos y a los gentiles, o algo mucho más extraño que esto. Ahora bien, que todos eran indignos lo ha mostrado arriba, donde dice: «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.» [] Pero lo nuevo es que, siendo todos indignos, los gentiles fueron salvados solos. Y junto a esto hay otra dificultad que alguno puede plantear, dice. Si Dios no tenía intención de cumplirles las promesas, ¿por qué hacerlas en absoluto? Porque los hombres que no conocen el futuro, y muchas veces son engañados, prometen incluso a los indignos que tendrán sus larguezas. Pero Aquel que conoce de antemano las cosas venideras tanto como las presentes, y tiene claro conocimiento de que se harán indignos de las promesas, y por tanto no recibirán ninguna de las cosas especificadas — ¿por qué habría de prometer en absoluto? Ahora bien, ¿cuál es el modo de Pablo de enfrentar todo esto? Es mostrando cuál es el Israel a quien hizo la promesa. Porque una vez mostrado esto, queda al mismo tiempo demostrado el hecho de que las promesas se cumplieron todas. Y para señalar esto dijo: «Porque no todos los que son de Israel son Israel.» Y por eso no usa el nombre de Jacob, sino el de Israel, que era señal de la virtud de aquel varón justo, y de un don de lo alto, y de haber visto a Dios. [] Sin embargo, «todos,» dice, «pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.» [] Ahora bien, si todos pecaron, ¿cómo es que unos se salvan y otros perecen? Es porque no todos estuvieron dispuestos a venir a Él, puesto que por su parte todos fueron salvados, pues todos fueron llamados. Sin embargo, no establece esto todavía por un rato, sino que lo enfrenta desde una posición ventajosa, y desde otros ejemplos, presentando ante ellos otra cuestión, y como en el caso anterior enfrenta una dificultad muy grande, con otra dificultad. Pues cuando estaba discutiendo cómo por ser Cristo justificado disfrutaron todos los demás de aquella justicia, trajo el caso de Adán, diciendo: «Porque si por la transgresión de un hombre reinó la muerte, mucho más los que reciben la abundancia de la gracia reinarán en vida.» []. Y el caso de Adán, ciertamente, no lo aclara, sino que a partir de él aclara el Suyo (o el suyo propio), y muestra que era más razonable que Aquel que murió en favor de ellos tuviera poder sobre ellos a su voluntad. Porque que habiendo uno pecado todos fueran castigados, no parece ser tan muy razonable a la mayoría de los hombres. Pero que habiendo Uno obrado rectamente todos fueran justificados, es a la vez más razonable y más propio de Dios. Y sin embargo no ha resuelto la dificultad que planteó. Pues cuanto más oscuro permanecía aquel punto, tanto más era reducido a silencio el judío. Y la dificultad de su posición pasaba al otro, y ésta se hacía más clara a partir de ella (Mar. y 4 manuscritos: que aquélla). Así también en este pasaje, es planteando otras dificultades como enfrenta las cuestiones planteadas, en cuanto que era contra judíos contra quienes contendía. Por eso no se toma trabajo en resolver los ejemplos que nos ha presentado. Pues no era responsable de ellos como en la lucha contra los judíos. Sino que a partir de ellos hace su propio asunto más claro en todo. ¿Por qué te sorprendes, quiere decir, de que algunos de los judíos se salvaran, y otros no se salvaran en este tiempo? Pues de antiguo, en los tiempos del patriarca, uno puede ver que esto sucede. Porque ¿por qué fue llamado Isaac solamente la simiente, siendo que él era también padre de Ismael, y de varios otros? «Pero era de una madre que era esclava.» ¿Y qué tiene esto que ver con su padre? Aun así no seré capcioso. Que este hijo sea puesto a un lado por causa de su madre. ¿Qué diremos de los nacidos de Cetura? ¿No eran libres, y de una madre que era libre? ¿Cómo es que no fueron honrados con la misma preferencia que Isaac? ¿Y por qué hablo de éstos? Pues Rebeca era incluso la única esposa de Isaac, y habiendo dado a luz dos hijos los dio a luz ambos para Isaac; aun así los así nacidos, aunque del mismo padre y de la misma madre, y fruto del mismo parto, siendo ambos de un padre y una madre, y gemelos además, no gozaron de la misma suerte. Y aquí no tienes la esclavitud de la madre para explicarlo, como en el caso de Ismael, ni puedes decir que uno fue engendrado de este vientre y el otro de uno diferente, como en el caso de Cetura y Sara, puesto que en este caso tuvieron la misma hora en común para su nacimiento. Por eso Pablo, para dar un ejemplo más claro, dice que esto no sucedió sólo en el caso de Isaac, «sino que también cuando Rebeca concibió de uno, de nuestro padre Isaac.»
Hom. 16, § 22–25
Ver. 11-13. «Porque no habiendo aún nacido los hijos, ni habiendo hecho bien ni mal, para que el propósito de Dios según la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama, se le dijo a ella: el mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.»
¿Cuál fue, pues, la causa por la que uno fue amado y el otro aborrecido? ¿Por qué fue que uno servía y el otro era servido? Fue porque uno era malvado y el otro bueno. Y, sin embargo, no habiendo nacido aún los hijos, uno fue honrado y el otro condenado. Pues cuando aún no habían nacido, Dios dijo: «el mayor servirá al menor.» ¿Con qué intención dijo esto Dios? Porque Él no espera, como hace el hombre, a ver por el desenlace de sus actos al bueno y al que no lo es, sino que aun antes de éstos conoce quién es el malvado y quién no lo es. Y esto tuvo lugar también en el caso de los israelitas, de un modo aún más admirable. ¿Por qué, dice, hablo de Esaú y de Jacob, de los cuales uno era malvado y el otro bueno? Pues en el caso de los israelitas, el pecado pertenecía a todos, puesto que todos adoraron al becerro. Y sin embargo, unos recibieron misericordia, y otros no.
Ver. 15. «Porque tendré misericordia, dice, del que tendré misericordia, y me compadeceré del que me compadeceré.» []
Esto puede verse también en el caso de los que son castigados, pues ¿qué dirías de Faraón, que fue castigado y tuvo que pagar tan pesada pena? Dices que fue endurecido y desobediente. ¿Era, pues, él solo tal, y ni siquiera una persona más? ¿Cómo es, pues, que fue tan severamente castigado? Y aun en el caso de los judíos, ¿por qué llamó pueblo a aquel que no era pueblo, o por qué no contó a todos dignos de igual honor? «Porque si fueren» (dice) «como la arena del mar, aun así un remanente será salvo.» [] ¿Y por qué ha de ser sólo un remanente? Veis con qué dificultad ha llenado el asunto. Y con gran propiedad. Pues cuando tienes poder para arrojar a tu adversario en perplejidad, no presentes al punto la respuesta, porque si se descubre que él mismo es responsable de la misma ignorancia, ¿por qué tomar peligros innecesarios sobre ti mismo? ¿Por qué hacerlo más audaz, atrayéndolo todo sobre ti mismo? Ahora dime, oh judío, que tienes tantas preguntas perplejas y no eres capaz de responder a ninguna de ellas, ¿cómo es que vienes a molestarnos a causa del llamamiento de los gentiles? Yo, sin embargo, tengo una buena razón para darte de por qué los gentiles fueron justificados y tú fuiste desechado. ¿Y cuál es la razón? Es que ellos son de fe, tú de las obras de la Ley. Y es debido a esta obstinación tuya que has sido entregado en todo sentido (Mar. y varios manuscritos: todos). Pues, «ignorando ellos la justicia de Dios, y procurando establecer su propia justicia, no se han sujetado a la justicia de Dios.» [] La aclaración, pues, de todo el pasaje, para dar el sentido completo sumariamente, es aquí presentada por aquel bienaventurado. Pero para que esto sea más claro, investiguemos también las cosas que dice una por una; sabiendo esto: que lo que el bienaventurado Pablo se proponía era mostrar con todo lo que decía que sólo Dios conoce quiénes son dignos, y ningún hombre lo sabe, aun si pareciera saberlo muy bien, sino que en este juicio suyo hay no pocas aberraciones. Porque Aquel que conoce los secretos de los corazones, Él sólo conoce con certeza quiénes merecen corona, y quiénes castigo y venganza. De ahí que a muchos de los que los hombres estiman buenos, Él los convence y castiga, y a los sospechados de malos los corona, después de mostrar que no es así; formando así su juicio no según el parecer de nosotros los esclavos, sino según su propia decisión aguda e incorrupta, y no esperando el desenlace de las acciones para mirar desde ahí al malvado y al que no lo es. Pero para que no hagamos el asunto más oscuro, vayamos de nuevo a las mismísimas palabras del Apóstol.
Hom. 16, § 26–27
Ver. 10. «Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno.»
Podría, quiere decir, haber mencionado además a los hijos de Cetura, pero no lo hago. Para obtener la victoria desde un terreno ventajoso, traigo a colación a los nacidos de un mismo padre y de una misma madre. Porque ambos descendían de Rebeca y de Isaac, el legítimo, el elegido, el hijo honrado sobre todos, de quien dijo: «En Isaac te será llamada descendencia,» que vino a ser «padre de todos nosotros;» pero si él fue nuestro padre, entonces sus hijos deberían haber sido nuestros padres; mas no fue así. Ves cómo esto no sucede sólo en el caso de Abraham, sino también en el de su propio hijo, y cómo en todos los casos la fe y la virtud son lo que resalta y da su carácter al verdadero parentesco. De aquí aprendemos que no es sólo por el modo del nacimiento, sino por ser dignos de la virtud del padre, que los hijos son llamados hijos de él. Porque si sólo dependiera del modo del nacimiento, entonces Esaú debería haber gozado de lo mismo que Jacob. Pues él también nació de un seno como muerto, y su madre era estéril. Pero esto no era lo único que se requería, sino también el carácter, hecho que nos aporta no poca instrucción práctica. Y no dice que uno sea bueno y otro malo, y que por eso el primero fue honrado; no sea que este tipo de argumento se vuelva contra él: «¿Qué, acaso los de los gentiles son hombres buenos más bien que los de la circuncisión?» Pues aunque la verdad del asunto fuera así, todavía no lo declara, porque habría parecido molesto. Sino que ha echado todo sobre el conocimiento de Dios, y esto nadie se atrevería a contradecir, por muy frenético que estuviera. «Porque los hijos, no habiendo aún nacido,» dice, «se le dijo a ella: El mayor servirá al menor.» Y muestra que el noble nacimiento según la carne de nada sirve, sino que debemos buscar la virtud del alma, que Dios conoce aun antes de sus obras. Porque «los hijos,» dice, «no habiendo aún nacido, ni habiendo hecho bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, se le dijo a ella que el mayor serviría al menor:» porque esto era señal de la presciencia, que fueron elegidos desde el mismo nacimiento. Para que la elección hecha según la presciencia, fuese manifiestamente de Dios, desde el primer día Él vio y proclamó quién era bueno y quién no. No me digas, pues, que has leído la Ley (quiere decir) y los Profetas, y que has sido siervo por tanto tiempo. Porque el que sabe probar el alma, sabe quién es digno de ser salvado. Cede, pues, ante lo incomprensible de la elección. Porque sólo Él sabe coronar con rectitud. Cuántos, por ejemplo, parecían mejores que San Mateo, a juzgar por la exhibición de obras entonces visibles. Pero el que conoce las cosas no declaradas, y es capaz de probar la aptitud de la mente, conocía la perla aunque yacía en el lodo, y pasando por alto a otros, y complaciéndose en la belleza de ésta, la eligió, y añadiendo a la nobleza innata del libre albedrío la gracia de Sí mismo, la hizo aprobada. Porque si en el caso de estas artes que son perecederas, y ciertamente en otras materias, los buenos jueces no se basan en los motivos por los que los ignorantes forman su decisión, al seleccionar de lo que se les presenta; sino que por puntos que ellos mismos conocen bien, muchas veces desprecian lo que los ignorantes aprueban, y deciden sobre lo que ellos desprecian: y los domadores de caballos a menudo hacen esto con los caballos, y así los jueces de piedras preciosas, y los artífices en otras artes: mucho más el Dios que ama al hombre, la Sabiduría infinita, que sólo tiene un conocimiento claro de todas las cosas, no permitirá las conjeturas de los hombres, sino que por su propia Sabiduría exacta e infalible dictará sentencia sobre todos los hombres. Por eso eligió al publicano, al ladrón y a la ramera; pero deshonró a sacerdotes, ancianos y gobernantes, y los echó fuera. Y esto se puede ver sucediendo también en el caso de los mártires. Muchos, en consecuencia, de los que habían sido totalmente desechados, fueron coronados en el tiempo de la prueba. Y, por otra parte, algunos que habían sido tenidos por grandes por muchos, tropezaron y cayeron. No llames, pues, al Creador a juicio, ni digas: ¿Por qué uno es coronado y otro castigado? Porque Él sabe hacer estas cosas con exactitud. Por lo cual también dice: «A Jacob amé, y a Esaú aborrecí.» Que fue con justicia, tú ciertamente lo sabes por el resultado; pero Él mismo, aun antes del resultado, lo sabía claramente. Porque no es una mera exhibición de obras lo que Dios busca, sino una nobleza de elección y un talante obediente ([γνώμην εὐγνώμονα]) además. Porque un hombre de esta clase, si alguna vez peca por sorpresa, se recuperará rápidamente. Y si incluso permaneciera largo tiempo, por casualidad, en un estado de vicio, no será pasado por alto, sino que Dios, que conoce todas las cosas, lo sacará de allí prontamente. Y así, aquel que está corrompido en esto, aunque parezca hacer algunas cosas buenas, perecerá, porque las hace con mala intención. De aquí que incluso David, después de cometer asesinato y adulterio, como lo hizo arrastrado por sorpresa, y no por práctica habitual de maldad, lo lavó prontamente. El fariseo, sin embargo, que no había perpetrado ningún crimen de este tipo [], y que incluso tenía buenas obras de qué jactarse, lo perdió todo por el mal espíritu que eligió.
Hom. 16, § 28–37
Ver. 14. «¿Qué diremos, pues? ¿Hay injusticia en Dios? No sea.»
De aquí que no exista tal cosa en el caso de nosotros y de los judíos. Y luego continúa con otra cosa, más clara que ésta. ¿Y de qué índole es?
Ver. 15. Porque dice a Moisés: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.
Aquí de nuevo añade fuerza a la objeción, dividiéndola en dos y respondiendo a ella, y planteando otra dificultad nueva. Pero para hacer más claro lo que he dicho, es preciso explicarlo. Dios, quiere decir, dijo que «el mayor servirá al menor,» antes del parto. ¿Entonces qué? «¿Es Dios injusto?» De ningún modo. Escucha ahora lo que sigue también. Porque en aquel caso la virtud o el vicio podrían ser lo decisivo. Pero aquí hubo un pecado en el que todos los judíos participaron, el del becerro de oro, y aún así algunos fueron castigados, y otros no fueron castigados. Y por eso dice: «Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.» [Éxodo 33:19: obsérvese el contexto] Pues no es tuyo saber, oh Moisés, quiere decir, cuáles son dignos de mi amor hacia el hombre, sino déjame esto a Mí. Pero si Moisés no tenía derecho a saber, mucho menos lo tenemos nosotros. Y por eso no citó el pasaje simplemente, sino que también trajo a nuestra memoria a quién fue dicho. Porque es a Moisés, quiere decir, a quien le está hablando, para que al menos por la dignidad de la persona hiciese modesto al objetor. Habiendo dado entonces una solución a las dificultades planteadas, la divide en dos, presentando otra objeción además, como sigue:
Ver. 16, 17. «Así que no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra.»
Así como en el primer caso, quiere decir, algunos fueron salvados y otros castigados, así también aquí. Este hombre fue reservado para este mismo propósito. Y luego urge de nuevo la objeción.
Ver. 18, 19. «Por tanto, del que quiere tiene misericordia, y al que quiere endurece. Me dirás entonces: ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad?»
Mira qué empeño pone en embarazar el asunto de todas las maneras posibles. Y la respuesta no la produce inmediatamente, siendo útil no hacerlo así, sino que primero tapa la boca al que disputa, diciendo lo siguiente:
Ver. 20. «Antes bien, oh hombre, ¿quién eres tú para que repliques contra Dios?»
Esto lo hace para abatir la curiosidad inoportuna del objetor y su excesivo afán de indagar, y para ponerle freno, y enseñarle a conocer qué es Dios y qué es el hombre, y cuán incomprensible es su presciencia, y cuán por encima de nuestra razón está, y cuán obligatoria es la obediencia a Él en todos los puntos. Así, cuando ha dado este paso preparatorio en su oyente, y ha acallado y suavizado su espíritu, entonces con gran felicidad introduce la respuesta, habiendo hecho que lo que dice sea fácil de admitir por él. Y no dice que sea imposible responder a preguntas de esta clase, sino que (5 manuscritos: No, ¿sino qué? Que) es presuntuoso plantearlas. Porque nuestro deber es obedecer lo que Dios hace, no ser curiosos aunque no conozcamos la razón de ello. Por lo cual dijo: «¿Quién eres tú para que repliques contra Dios?» ¡Ves cuán livianamente lo trata, cómo abate su espíritu hinchado! «¿Quién eres tú?» ¿Eres acaso partícipe de su poder? [compárese Job 38] ¿No? ¿Acaso estás sentado como juez sobre Dios? ¡Pues en comparación con Él ni siquiera puedes tener ser! ¡Ni este ni aquel tipo de ser, sino absolutamente ninguno! Porque la expresión «¿quién eres tú?» lo anonada mucho más que «tú eres nada.» Y toma otros caminos para mostrar más su indignación en la pregunta, y no dice: «¿Quién eres tú que» respondes «a Dios?» sino «que replicas contra,» es decir, que contradices y que te opones. Porque el decir que las cosas deben ser así, y no deben ser asá, es lo que hace un hombre que «replica contra.» Mira cómo los espanta, cómo los aterroriza, cómo los hace temblar en lugar de preguntar y curiosear. Esto es lo que hace un excelente maestro: no sigue en todo la fantasía de sus discípulos, sino que los conduce a su propia mente, y arranca los espinos, y luego echa la semilla, y no responde en todos los casos inmediatamente a las preguntas que se le hacen.
Hom. 16, § 38–39
Ver. 20, 21. «Dirá la cosa formada al que la formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿No tiene potestad el alfarero [Leed Jeremías 18:1-10] sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?»
Aquí no es para eliminar el libre albedrío que dice esto, sino para mostrar hasta qué punto debemos obedecer a Dios. Porque en lo que respecta a llamar a Dios a juicio, debemos estar tan poco dispuestos a ello como lo está el barro. Pues debemos abstenernos no sólo de contradecir o preguntar, sino incluso de hablar o pensar en ello del todo, y volvernos como aquella materia sin vida, que sigue las manos del alfarero y se deja arrastrar a donde a él le plazca. Y éste es el único punto al que aplicó la ilustración, no, es decir, a ninguna enunciación de la regla de vida, sino a la completa obediencia y silencio que se nos impone. Y esto debemos observarlo en todos los casos: que no hemos de tomar las ilustraciones enteras, sino que, tras seleccionar lo bueno de ellas, y aquello para lo cual fueron introducidas, dejemos lo demás de lado. Como, por ejemplo, cuando dice: «Se agazapó, se echó como león;» [] tomemos la parte indómita y temible, no la brutalidad, ni ninguna de las otras cosas propias de un león. Y también, cuando dice: «Los encontraré como osa a la que han quitado los cachorros» [], tomemos la venganza. Y cuando dice: «nuestro Dios es fuego consumidor» [], el poder destructor ejercido en el castigo. Así también aquí debemos entresacar el barro, el alfarero y los vasos. Y cuando continúa diciendo: «¿No tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?» no supongas que esto lo dice Pablo como una explicación de la creación, ni como implicando una necesidad sobre la voluntad, sino para ilustrar la soberanía y la diferencia de las dispensaciones; porque si no lo tomamos de este modo, se seguirán varias incongruencias, pues si aquí estuviera hablando de la voluntad, y de los que son buenos y los que no lo son, Él mismo sería el Hacedor de éstos, y el hombre quedaría libre de toda responsabilidad. Y a este paso, se mostrará que Pablo está en desacuerdo consigo mismo, ya que siempre concede el principal honor al libre albedrío. No hay, pues, otra cosa que quiera hacer aquí, salvo persuadir al oyente a rendirse enteramente a Dios, y a no llamarlo jamás a cuentas por nada. Porque así como el alfarero (dice) de la misma masa hace lo que le place, y nadie se lo impide; así también cuando Dios, de la misma raza de los hombres, castiga a algunos y honra a otros, no seas tú curioso ni entrometido en esto, sino adora solamente e imita al barro. Y así como éste sigue las manos del alfarero, así tú también la mente del que así ordena las cosas. Porque Él no hace nada al azar o por mera casualidad, aunque tú ignores el secreto de su Sabiduría. Sin embargo, permites que el otro, de la misma masa, haga cosas diversas, y no hallas falta; pero a Él le exiges cuentas de sus castigos y honores, y no le permites saber quién es digno y quién no lo es; sino que, puesto que la misma masa es de la misma sustancia, afirmas que hay las mismas disposiciones. ¡Y cuán monstruoso es esto! Y sin embargo, ni siquiera es del alfarero de quien dependen la honra y la deshonra de las cosas hechas de la masa, sino del uso que hacen de ellas quienes las manejan; así también aquí depende del libre albedrío. Aun así, como dije antes, hay que tomar esta ilustración con un solo sentido, que es que uno no debe oponerse a Dios, sino rendirse a su incomprensible Sabiduría. Porque los ejemplos deben ser mayores que el tema, y que las cosas por causa de las cuales se aducen, para así atraer mejor al oyente. Pues si no fueran mayores y no se elevaran muy por encima de él, no podría atacar como debe, ni avergonzar a los objetores. Sin embargo, su obstinación inoportuna la silenció de este modo con una superioridad conveniente. Y luego introduce su respuesta. ¿Y cuál es la respuesta?
Hom. 16, § 40
Ver. 22, 23, 24. «¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira, y dar a conocer su poder, soportó con mucha longanimidad los vasos de ira preparados para destrucción; y para dar a conocer las riquezas de su gloria sobre los vasos de misericordia, que él preparó de antemano para gloria, a nosotros, a quienes ha elegido, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles?»
Hom. 16, § 41
Lo que quiere decir es algo así. Faraón era un vaso de ira, es decir, un hombre que por su propia dureza de corazón había encendido la ira de Dios. Porque después de disfrutar de mucha longanimidad, no se hizo mejor, sino que permaneció sin mejorar. Por lo cual lo llama no sólo «vaso de ira,» sino también «preparado para destrucción.» Es decir, plenamente preparado, pero por su propio ser. Pues ni Dios había omitido nada de lo que pudiera recuperarlo, ni él omitió nada de lo que lo arruinaría y lo pondría más allá de todo perdón. Sin embargo, aunque Dios sabía esto, «lo soportó con mucha longanimidad,» queriendo llevarlo al arrepentimiento. Porque si no hubiera querido esto, no habría sido tan longánime. Pero como no quiso usar la longanimidad para arrepentirse, sino que se preparó plenamente para la ira, lo usó para la corrección de otros, haciendo que mediante el castigo infligido sobre él se hicieran mejores, y de esta manera manifestando su poder. Pues que no es deseo de Dios que su poder se dé a conocer así, sino de otra manera, a saber, por sus beneficios y bondades, lo había mostrado arriba de todas las maneras posibles. Pues si Pablo no quiere aparecer poderoso de este modo ( «no para que nosotros aparezcamos aprobados,» dice, «sino para que vosotros hagáis lo que es honesto,» ) [], mucho menos Dios. Pero después de haber mostrado longanimidad, para llevarlo al arrepentimiento, y él no se arrepintió, lo sufrió por largo tiempo, para mostrar a la vez su bondad y su poder, aunque aquel hombre no tuviera intención de ganar nada de esta gran longanimidad. Así como castigando a este hombre, que continuó incorregible, mostró su poder, así también teniendo piedad de los que habían cometido muchos pecados pero se arrepintieron, manifestó su amor hacia el hombre. Pero no dice amor hacia el hombre, sino gloria, para mostrar que ésta es especialmente la gloria de Dios, y por esto se esforzaba sobre todas las cosas. Pero al decir: «que él preparó de antemano para gloria,» no quiere decir que todo sea obra de Dios. Pues si así fuera, nada impediría que todos los hombres fueran salvados. Pero está exponiendo de nuevo su presciencia, y eliminando la diferencia entre judíos y gentiles. Y sobre este tema de nuevo funda una defensa de su afirmación, que no es pequeña. Porque no fue sólo en el caso de los judíos que algunos hombres perecieron y otros fueron salvados, sino que también con los gentiles sucedió esto. Por lo cual no dice: todos los gentiles, sino «de los gentiles,» ni: todos los judíos, sino «de los judíos.» Así como Faraón se convirtió en vaso de ira por su propia iniquidad, así también éstos se convirtieron en vasos de misericordia por su propia disposición a obedecer. Porque aunque la mayor parte es de Dios, ellos también contribuyeron algo de sí mismos. Por lo cual no dice: vasos de buenas obras, ni vasos de denuedo ([παρρησίας]), sino «vasos de misericordia,» para mostrar que todo es de Dios. Pues la frase «no es del que quiere, ni del que corre,» aunque aparezca en el curso de la objeción, no obstante, si fuera dicha por Pablo, no crearía dificultad. Porque cuando dice «no es del que quiere, ni del que corre,» no nos priva del libre albedrío, sino que muestra que no todo es propio de uno, pues requiere la gracia de arriba. Porque es obligatorio para nosotros querer, y también correr; pero no confiar en nuestros propios trabajos, sino en el amor de Dios hacia el hombre. Y esto lo ha expresado en otra parte. «Pero no yo, sino la gracia que fue conmigo.» [] Y bien dice: «Que él preparó de antemano para gloria.» Pues como los reprochaban con esto, que eran salvados por gracia, y pensaban avergonzarlos, él más que de sobra deshace esta insinuación. Porque si la cosa traía gloria incluso a Dios, mucho más a ellos mediante los cuales Dios era glorificado. Pero observa su paciencia y sabiduría inefables. Porque cuando tenía en su poder aducir, como ejemplo de los castigados, no a Faraón, sino a algunos de los judíos que habían pecado, y así hacer su discurso mucho más claro, y mostrar que donde había los mismos padres y los mismos pecados, algunos perecieron y otros recibieron misericordia, y persuadirlos a no dudar, incluso si algunos de los gentiles eran salvados mientras los judíos perecían; para no hacer su discurso molesto, la exhibición del castigo la saca del extranjero, para no verse obligado a llamarlos «vasos de ira.» Pero a los que obtuvieron misericordia los saca del pueblo de los judíos. Y además, también ha hablado de manera suficiente en favor de Dios, porque aunque sabía muy bien que la nación se estaba preparando como vaso de destrucción, con todo contribuyó con todo lo de su parte: su paciencia, su longanimidad, y no meramente longanimidad, sino «mucha longanimidad;» y sin embargo, no tuvo la intención de declararlo simplemente contra los judíos. ¿De dónde son, pues, algunos vasos de ira y otros de misericordia? De su propio libre albedrío. Dios, sin embargo, siendo muy bueno, muestra la misma bondad a ambos. Pues no fue sólo a los que estaban en estado de salvación a quienes mostró misericordia, sino también a Faraón, en lo que dependía de Él. Porque de la misma longanimidad disfrutaron tanto ellos como él. Y si él no fue salvado, fue enteramente por su propia voluntad; pues, en lo que respecta a Dios, se hizo tanto por él como por los que fueron salvados. Habiendo dado, pues, a la pregunta aquella respuesta que estaba provista por los hechos, para dar a su discurso la ventaja de otro testimonio a su favor, introduce también a los profetas haciendo las mismas declaraciones de antemano. Porque Oseas, dice, antiguamente puso esto por escrito, como sigue:
Hom. 16, § 42–50
Ver. 25. «Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo; y amada, a la que no era amada.»
Aquí, para impedir que dijeran: "Nos engañas con razonamientos especiosos", cita como testigo a Oseas, que clama y dice: «Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo.» [] ¿Quiénes son, pues, los no-pueblo? Evidentemente, los gentiles. ¿Y quién la no-amada? Los mismos. Dice, sin embargo, que llegarán a ser a un tiempo pueblo, amada e hijos de Dios.
Ver. 26. «Porque aun serán llamados,» dice, «hijos del Dios viviente.»
Pero si alguien afirmara que esto se dijo de los judíos que creyeron, aun así el argumento se mantiene. Porque si en quienes, después de tantos beneficios, se endurecieron y se enajenaron, y habían perdido su ser de pueblo, se obró un cambio tan grande, ¿qué impide que aun los que no estaban enajenados tras ser acogidos por Él, sino que eran originariamente extraños, sean llamados y, con tal que obedezcan, sean tenidos por dignos de las mismas bendiciones? Después de acabar con Oseas, no se contenta con él solo, sino que introduce también a Isaías tras él, sonando en armonía con él.
Ver. 27. «Porque Isaías,» dice, «clama acerca de Israel.»
Es decir, habla abiertamente y sin disimulo alguno. ¿Por qué, pues, nos acusáis, cuando ellos de antemano declararon lo mismo con fuerza mayor que la de una trompeta? ¿Y qué clama Isaías? «Aunque el número de los hijos de Israel sea como la arena del mar, un resto será salvo.» []
¿Veis que tampoco él dice que todos hayan de salvarse, sino los que sean dignos? Porque no miro a la multitud, quiere decir, ni me angustia una raza tan difundida, sino que salvo solo a los que se hacen dignos de ello. Y no menciona la «arena del mar» sin razón, sino para recordarles la antigua promesa de la que ellos mismos se habían hecho indignos. ¿Por qué, pues, os turbáis, como si la promesa hubiera fallado, cuando todos los Profetas muestran que no todos han de salvarse? Luego menciona también el modo de la salvación. Observad la exactitud del Profeta y el juicio del Apóstol: ¡qué testimonio ha citado, cuán sumamente apropiado! Porque no solo nos muestra que los que han de salvarse son algunos y no todos, sino que añade también el modo como han de salvarse. ¿Cómo, pues, han de salvarse, y cómo los tendrá Dios por dignos del beneficio?
Ver. 28. «Él consumará la obra y la abreviará en justicia,» dice, «porque el Señor hará una obra breve sobre la tierra.» [, Septuaginta]
Lo que quiere decir, pues, es algo de este tenor. No hay necesidad de dar un rodeo, ni de trabajos, ni del fastidio de las obras de la Ley, porque la salvación es por un camino muy breve. Tal es, en efecto, la fe: encierra la salvación en pocas y breves palabras. «Porque si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.» [] Ahora veis qué significa esto: «el Señor hará una palabra breve (lit. LXX) sobre la tierra.» Y lo verdaderamente admirable es que esta breve palabra trae consigo no solo salvación, sino también justicia.
Hom. 16, § 51–54
Ver. 29. «Y como dijo antes Isaías: Si el Señor de Sabaoth no nos hubiera dejado simiente, habríamos sido como Sodoma, y habríamos llegado a ser semejantes a Gomorra.» []
Aquí muestra de nuevo otra cosa: que ni siquiera esos pocos se salvaron por sus propios recursos. Pues también ellos habrían perecido y habrían corrido la suerte de Sodoma, es decir, habrían tenido que sufrir una destrucción total (porque ellos, los de Sodoma, fueron destruidos de raíz y rama, sin dejar ni el más pequeño resto de sí mismos); y también ellos, quiere decir, habrían sido como aquellos si Dios no hubiera usado de mucha bondad con ellos y no los hubiera salvado por la fe. Y esto sucedió también en el caso de la cautividad visible: la mayor parte fue llevada cautiva y pereció, y solo unos pocos se salvaron.
Ver. 30, 31. «¿Qué diremos, pues? Que los gentiles, que no iban tras la justicia, han alcanzado la justicia, es decir, la justicia que es por la fe. Pero Israel, que iba tras la ley de justicia, no ha alcanzado la ley de justicia.»
Aquí está por fin la respuesta más clara. Pues como había utilizado una prueba tanto de los hechos ( «porque no todos los que son de Israel son Israel» ) como del caso de los antepasados Jacob y Esaú, y de los profetas Oseas e Isaías, da además la respuesta más decisiva, después de añadir primero a la perplejidad. Los puntos discutidos son, pues, dos: uno, que los gentiles alcanzaron, y otro, que lo alcanzaron sin ir tras ello, es decir, sin esforzarse por ello. Y de nuevo en el caso de los judíos hay también dos dificultades del mismo género: una, que Israel no alcanzó; la otra, que aun esforzándose no alcanzó. Por lo cual también su modo de hablar es más enérgico. Pues no dice que tuvieron, sino que «alcanzaron la justicia.» Porque lo especialmente nuevo e insólito es que los que iban tras ella no la alcanzaron, y los que no iban tras ella la alcanzaron. Y parece condescender con ellos al decir «iban tras.» Pero después asesta el golpe de lleno. Porque como tenía una respuesta fuerte que darles, no temió hacer la objeción un poco más dura. Por eso tampoco habla de la fe ni de la justicia que de ella se sigue, sino que muestra que, aun antes de la fe, en su propio terreno fueron vencidos y condenados. Pues tú, oh judío, dice, no has hallado ni siquiera la justicia que era por la Ley. Porque la has transgredido y te has hecho reo de la maldición. Pero estos que no vinieron por la Ley, sino por otro camino, han hallado una justicia mayor que esta: la que es por la fe. Y esto lo había dicho también antes. «Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no delante de Dios» []: mostrando así que la otra justicia era mayor que esta. Antes, pues, dije que había dos dificultades, pero ahora se han convertido incluso en tres cuestiones: que los gentiles hallaron justicia, y la hallaron sin ir tras ella, y hallaron una mayor que la de la Ley. Estas mismas dificultades se sienten de nuevo en el caso de los judíos con una perspectiva contraria: que Israel no halló, y aun esforzándose no halló, y no halló ni siquiera la menor. Habiendo, pues, sumido al oyente en perplejidad, procede a dar una respuesta concisa y le dice la causa de todo lo dicho. ¿Cuál es, pues, la causa?
Hom. 16, § 55–60
Ver. 32. «Porque no la buscaron por la fe, sino como si fuera por las obras de la Ley.»
Esta es la respuesta más clara del pasaje; si la hubiera dicho inmediatamente al empezar, no habría conseguido tan fácil audiencia. Pero como la establece después de muchas perplejidades, preparaciones y demostraciones, y tras innumerables pasos preparatorios, al fin la ha hecho más inteligible y también más fácilmente admitida. Pues esta, dice, es la causa de su ruina: «Porque no fue por la fe, sino como si fuera por las obras de la Ley,» que quisieron ser justificados. Y no dice «por las obras,» sino «como si fuera por las obras de la Ley,» para mostrar que ni siquiera tenían esta justicia.
«Porque tropezaron en la piedra de tropiezo;»
Ver. 33. «Como está escrito: He aquí pongo en Sión una piedra de tropiezo y roca de escándalo; y todo el que crea en Él no será avergonzado.»
Veis de nuevo cómo la osadía viene de la fe y el don es universal; pues no se dice esto solo de los judíos, sino también de todo el género humano. Porque todo el que, sea judío, griego, escita, tracio o cualquier otra cosa, crea, gozará del privilegio de una gran osadía. Pero lo admirable en el Profeta es que predice no solo que creerán, sino también que no creerán. Pues tropezar es no creer. Como en el pasaje anterior señala a los que perecen y a los que se salvan, donde dice: «Si el número de los hijos de Israel fuere como la arena del mar, el resto se salvará. Y: Si el Señor de Sabaoth no nos hubiera dejado simiente, habríamos sido como Sodoma.» Y: «Ha llamado no solo de los judíos, sino también de los gentiles;» así también aquí da a entender que unos creerán y otros tropezarán. Pero el tropiezo viene de no atender, de andar con la boca abierta tras otras cosas. Puesto que ellos atendían a la Ley, tropezaron en la piedra, «Y piedra de tropiezo y roca de escándalo» la llama por la índole y el fin de los que no creen.
¿Os queda, pues, claro el lenguaje empleado? ¿O todavía le falta mucho en claridad? Pienso, ciertamente, que para los que habéis estado atentos es fácil tener una visión clara. Pero si se le ha escapado a alguno de la memoria, podéis reuniros en privado y aprender lo que fue. Y por esto me he extendido más en esta parte explicativa del discurso, para no verme obligado a interrumpir la continuidad del contexto y estropear así la claridad de las afirmaciones. Y por esta misma causa también pondré aquí fin a mi discurso, sin deciros nada sobre los puntos más inmediatamente prácticos, como suelo hacer, no sea que con tanto decir cause una nueva confusión en vuestras memorias. Es tiempo ya de llegar a la conclusión debida, cerrando el discurso con la doxología al Dios de todo. Hagamos, pues, una pausa tanto yo, que hablo, como vosotros, que oís, y ofrezcamos gloria a Él. Porque suyo es el reino, y el poder, y la gloria, por los siglos de los siglos. Amén.