Hom. 20, § 1–2
Rom. XII. 1
«Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro servicio racional.»
Hom. 20, § 3
Tras haber disertado largamente sobre el amor de Dios hacia el hombre, y señalado su indecible solicitud por nosotros y su inefable bondad, que ni siquiera puede escudriñarse, lo presenta luego con miras a persuadir a los que han recibido el beneficio a mostrar una conducta digna del don. Y aunque es una persona tan grande y buena, no rehúsa suplicarles, y no por goce alguno que él mismo hubiera de obtener, sino por lo que ellos habrían de ganar. ¿Y por qué extrañarse de que no rehúse suplicar, cuando incluso pone delante de ellos las misericordias de Dios? Pues, quiere decir, como de aquí tenéis esas innumerables bendiciones, de las misericordias de Dios, reverenciadlas, moveos a compasión por ellas. Porque ellas mismas toman actitud de suplicantes, para que no mostréis conducta indigna de ellas. Os ruego, pues, quiere decir, por las mismas cosas por las cuales fuisteis salvos. Como si alguno que quisiera hacer que una persona que ha recibido grandes bondades mostrara gratitud, trajera al bienhechor mismo como suplicante. ¿Y qué suplicas? Déjame oír. «Que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, aceptable a Dios, que es vuestro servicio racional.» Porque habiendo dicho sacrificio, para que nadie pensara que les mandaba matarse, añadió inmediatamente (en el orden griego) «vivo.» Luego, para distinguirlo del judío, lo llama «santo, aceptable a Dios, vuestro servicio racional.» Porque el de ellos era material, y tampoco muy aceptable. Pues Él dice: «¿Quién ha requerido esto de vuestras manos?» [] Y en varios otros pasajes claramente los desecha. Porque no era esto, sino esto junto con lo otro, lo que esperaba que se le presentara. Por lo cual dice: «El sacrificio de alabanza me glorificará.» Y otra vez: «Alabaré el nombre de mi Dios con cántico, y esto le agradará más que un becerro que echa cuernos y pezuñas.» [] Y así en otro lugar lo rechaza, y dice: «¿Comeré yo carne de toros, o beberé sangre de machos cabríos?» [] y prosigue con: «Ofrece a Dios sacrificio de alabanza, y paga tus votos al Altísimo.» [Salmo 49:14] Así también Pablo aquí nos manda «presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo.» ¿Y cómo puede el cuerpo, se dirá, llegar a ser sacrificio? Que el ojo no mire cosa mala, y se ha convertido en sacrificio; que tu lengua no hable nada inmundo, y se ha hecho ofrenda; que tu mano no haga obra sin ley, y se ha hecho holocausto. O más bien, esto no basta, sino que debemos tener también buenas obras: que la mano haga limosna, la boca bendiga a los que nos contrarían, y el oído halle ocio siempre para las lecturas de la Escritura. Porque el sacrificio no admite cosa impura: el sacrificio es primicia de las demás acciones. Ofrezcamos, pues, de nuestras manos, y pies, y boca, y todos los demás miembros, una primicia a Dios. Tal sacrificio es agradable, como el de los judíos era incluso inmundo, pues, «sus sacrificios,» dice, «son para ellos como pan de luto.» [] No así los nuestros. Aquél presentaba muerta la cosa sacrificada: éste hace viva a la cosa sacrificada. Pues cuando hayamos mortificado nuestros miembros, entonces podremos vivir. Porque la ley de este sacrificio es nueva, y así la clase de fuego es maravillosa. Porque no necesita leña ni materia debajo; sino que nuestro fuego vive por sí mismo, y no consume la víctima, sino más bien la vivifica. Éste era el sacrificio que Dios buscaba antiguamente. Por lo cual el Profeta dice: «El sacrificio de Dios es un espíritu quebrantado.» [] Y los tres Niños ofrecen éste cuando dicen: «En este tiempo no hay príncipe, ni profeta, ni guía, ni holocausto, ni lugar para sacrificar delante de Ti, ni para alcanzar misericordia. No obstante, en un corazón contrito y en un espíritu humilde seamos aceptos.» [] Y observa cuán grande es la exactitud con que usa cada palabra. Pues no dice: ofreced [ποιήσατε] [, Septuaginta] vuestros cuerpos como sacrificio, sino «presentad» ([παραστήσατε], véase más abajo) ellos, como si hubiera dicho: nunca jamás tengáis interés alguno en ellos.
Los habéis entregado a otro. Pues aun los que proporcionan (la misma palabra) caballos de guerra no tienen ya interés en ellos. Y tú también has presentado tus miembros para la guerra contra el diablo y para aquella temible formación de batalla. No los rebajes a usos egoístas. Y muestra también otra cosa con esto: que hay que hacerlos aprobados, si uno quiere presentarlos. Pues no es a un ser mortal a quien los presentamos, sino a Dios, Rey del universo; no solo para la guerra, sino para que se siente en ellos el Rey mismo. Porque Él no rehúsa ni siquiera sentarse sobre nuestros miembros, sino que aun lo desea grandemente. Y lo que ningún rey, que solo es consiervo nuestro, elegiría hacer, eso elige el Señor de los Ángeles. Puesto que, pues, es a la vez cosa que ha de presentarse (es decir, como para uso de un Rey) y es sacrificio, límpialo de toda mancha, ya que si tiene mancha, ya no será sacrificio. Pues ni el ojo que mira con lascivia puede ser sacrificado, ni puede presentarse la mano que es avara y rapaz, ni los pies que van cojos y a los teatros, ni el vientre que es esclavo de la molicie y enciende concupiscencias tras los placeres, ni el corazón que tiene ira y amor de rameras, ni la lengua que profiere cosas inmundas. Por eso hemos de espiar por todos lados las manchas de nuestro cuerpo. Porque si a los que ofrecían los sacrificios antiguos se les mandaba mirar por todos lados, y no se les permitía ofrecer un animal «que tenga algo superfluo o falto, o que sea sarnoso o roñoso» [], mucho más nosotros, que no ofrecemos animales irracionales, sino a nosotros mismos, debemos mostrar mayor exactitud y ser puros en todo respecto, para que también podamos decir como Pablo: «Yo estoy ya a punto de ser ofrecido, y el tiempo de mi partida está cercano.» [] Porque él era más puro que cualquier sacrificio, y por eso habla de sí mismo como «pronto a ser ofrecido.» Pero esto se logrará si matamos al hombre viejo, si mortificamos nuestros miembros que están sobre la tierra, si crucificamos el mundo para nosotros. De esta manera ya no necesitaremos cuchillo, ni altar, ni fuego; o más bien, los necesitaremos todos, pero no hechos de mano, sino que todos ellos nos vendrán de arriba, fuego de arriba, y también cuchillo, y nuestro altar será la anchura del Cielo. Pues si cuando Elías ofreció el sacrificio visible, una llama que descendió de arriba consumió toda el agua, la leña y las piedras, mucho más se hará esto sobre ti. Y si tienes en ti algo relajado y secular, y sin embargo ofreces el sacrificio con buena intención, el fuego del Espíritu descenderá, y a la vez consumirá esa mundanidad y perfeccionará (así Field: manuscritos «llevarán arriba» ) todo el sacrificio. Mas ¿qué es «servicio racional ([λογικὴ])?» Significa ministerio espiritual, conducta conforme a Cristo. Como, pues, el que ministra en la casa de Dios, y oficia, de cualquier condición que sea, entonces se recoge [συστέλλεται] Ezequiel 44:19, y se hace más digno; así nosotros debemos estar dispuestos toda nuestra vida como quien sirve y ministra. Y esto será así, si cada día le traes sacrificios (3 manuscritos «a ti mismo como sacrificio» ), y te haces sacerdote de tu propio cuerpo y de la virtud de tu alma; como, por ejemplo, cuando ofreces sobriedad, cuando limosna, cuando bondad y longanimidad. Pues al hacer esto ofreces «un servicio racional» (o culto, [λατρείαν]), es decir, uno sin nada corpóreo, grosero, visible. Habiendo, pues, levantado al oyente con los nombres otorgados, y habiendo mostrado que cada hombre es sacerdote de su propia carne por su conducta, menciona también el camino por donde podemos lograr todo esto. ¿Cuál es, pues, el camino?
Hom. 20, § 4–7
Ver. 2. «Y no os amoldéis a este mundo; antes bien transformaos por la renovación de vuestra mente.»
Porque la figura de este mundo es rastrera y sin valor, y solo por un tiempo; no tiene nada de elevado, ni de duradero, ni de recto, sino que está enteramente pervertida. Si quieres, pues, caminar rectamente (o con rectitud [ὀρθά]), no te figures según la figura de esta vida presente. Porque en ella no hay nada permanente ni estable. Y por esto la llama figura ([σχῆμα]); y así en otro pasaje, «la figura de este mundo pasa.» [] Porque no tiene duración ni fijeza, sino que todo en ella es por una temporada; y por eso la llama este siglo (o mundo, gr. αἰών), indicando con la palabra siglo su sujeción a la desgracia, y con la palabra figura su insustancialidad. Pues habla de riquezas, o de gloria, o de hermosura corporal, o de lujo, o de cualquier otra de sus cosas aparentemente grandes: es solo figura, no realidad; una apariencia y una máscara, no sustancia alguna permanente (ὑπόστασις). Mas «no te figures tú según esto, sino transfórmate,» dice, «por la renovación de tu mente.» No dice: cambia la figura, sino «transfórmate» ([μεταμορφοῦ]), para mostrar que los caminos del mundo son figura, pero la virtud no es figura, sino una especie de forma real, con una hermosura natural propia, que no carece de los artificios y figuras de las cosas exteriores, las cuales no bien aparecen cuando ya se desvanecen. Porque todas estas cosas, aun antes de salir a luz, se están disolviendo. Si, pues, desechas la figura, llegarás prontamente a la forma. Porque nada hay más débil que el vicio, nada envejece tan fácilmente. Luego, como es probable que siendo hombres pequen cada día, consuela a su oyente diciendo: «renuévate» de día en día. Esto es lo que hacemos con las casas: las reparamos constantemente a medida que envejecen; haz tú lo mismo contigo. ¿Has pecado hoy? ¿Has envejecido tu alma? No desesperes, no desmayes, sino renuévala con el arrepentimiento, y las lágrimas [Hilario sobre el Salmo 119], y la confesión, y con la práctica de cosas buenas. Y nunca dejes de hacer esto. ¿Y cómo hemos de hacerlo?
«Para que comprobéis (las cosas más convenientes [διαφέροντα], y conozcáis) cuál sea la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.»
O bien quiere decir con esto: renovaos, para que aprendáis qué es lo más conveniente para vosotros y cuál es la voluntad de Dios. O más bien: que podéis renovaros así si aprendéis las cosas convenientes y lo que Dios quiere. Porque si ves esto y sabes distinguir la naturaleza de las cosas, estás en posesión de todo el camino de la virtud. ¿Y quién, se dirá, ignora qué es lo conveniente y cuál es la voluntad de Dios? Los que se turban con las cosas de este mundo, los que consideran las riquezas cosa envidiable, los que tienen en poco la pobreza, los que van tras el poder, los que están con la boca abierta tras la gloria exterior, los que se creen grandes hombres cuando levantan casas hermosas, compran sepulcros costosos, mantienen rebaños de esclavos y llevan consigo un gran enjambre de eunucos; éstos no saben qué les conviene, ni cuál es la voluntad de Dios. Porque ambas cosas son una sola. Pues Dios quiere lo que nos conviene, y lo que Dios quiere, eso también nos conviene. ¿Cuáles son, entonces, las cosas que Dios quiere? Vivir en pobreza, en humildad de ánimo, en desprecio de la gloria; en continencia, no en molicie; en tribulación, no en comodidad; en tristeza, no en disipación y risa; en todos los demás puntos sobre los cuales nos ha dado leyes. Mas la generalidad aun piensa que estas cosas son de mal agüero; tan lejos están de tenerlas por convenientes y por voluntad de Dios. Por eso jamás pueden acercarse siquiera a los trabajos por causa de la virtud. Porque los que ni siquiera saben lo que puede ser la virtud, sino que reverencian el vicio en su lugar, y toman para su lecho a la ramera en lugar de la esposa modesta, ¿cómo podrán mantenerse aparte del mundo presente? Por lo cual debemos ante todo tener una justa estima de las cosas, y aun si no seguimos la virtud, alabar la virtud, y aun si no evitamos el vicio, estigmatizar el vicio, para que así al menos tengamos los juicios incorruptos. Porque así, a medida que avanzamos en el camino, podremos apoderarnos de las realidades. Por esto, pues, te manda también renovarte, «para que compruebes cuál es la voluntad de Dios.» Pero aquí me parece que ataca también a los judíos, que se aferran a la Ley. Porque la antigua economía era voluntad de Dios, pero no el propósito último, sino permitida a causa de su debilidad. Mas la perfecta y agradable es la nueva conducta. Así también cuando la llamó «servicio racional,» fue para ponerla en contraste con aquella otra (v. nota p. 496) por lo que le dio tal nombre.
Hom. 20, § 8–10
Ver. 3. «Digo, pues, por la gracia que me ha sido dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.»
Después de haber dicho arriba: «Os ruego por las misericordias», aquí dice de nuevo: «por la gracia». Observa la humildad de ánimo del maestro, observa un espíritu del todo subyugado. Quiere decir que en ningún respecto es digno de que se confíe en tal exhortación y consejo. Pero una vez toma consigo las misericordias de Dios, otra su gracia. No es palabra mía, diría, la que hablo, sino una de Dios. Y no dice: Porque os digo por la sabiduría de Dios, o: porque os digo por la Ley dada por Dios, sino: «por la gracia», recordándoles así continuamente los beneficios que se les han hecho, para hacerlos más sumisos y mostrar que aun por esto estaban obligados a obedecer lo que aquí se dice. «A cada cual que está entre vosotros.» No a éste o aquél meramente, sino al gobernante y al gobernado, al esclavo y al libre, al ignorante y al sabio, a la mujer y al hombre, al joven y al viejo. Porque la Ley es común a todos por ser del Señor. Y con esto hace también su lenguaje inofensivo, poniendo las lecciones que da a todos, aun a los que no caen bajo ellas, para que los que sí caen bajo ellas acepten con más gusto tal reprensión y corrección. ¿Y qué dices? Déjame oír. «Que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener.» Aquí nos presenta la madre de las buenas obras, que es la humildad de ánimo, a imitación de su propio Maestro. Pues así como Él, cuando subió al monte y iba a dar un tejido de preceptos morales, tomó esto como primer comienzo e hizo de ello el fundamento, con las palabras: «Bienaventurados los pobres en espíritu» []; así también Pablo, habiendo pasado ya de las partes doctrinales a las de índole más práctica, nos ha enseñado la virtud en términos generales exigiéndonos el admirable sacrificio; y estando a punto de dar un retrato más particular de ella, comienza por la humildad de ánimo como por la cabeza, y nos dice: «que no tenga de sí mismo más alto concepto que el que debe tener» (porque ésta es su voluntad), (muchos manuscritos omiten esto), «sino que piense con cordura». Mas lo que quiere decir es esto. Hemos recibido sabiduría no para usarla para hacernos altivos, sino para hacernos sobrios de mente. Y no dice: para ser humilde de ánimo, sino para sobriedad, entendiendo aquí por sobriedad ([σωφροσύνη]) no aquella virtud que se opone a la lascivia, ni el estar libre de intemperancia, sino estar sobrio y sano de mente. Y el nombre griego de ella significa guardar la mente a salvo. Para mostrar, pues, que el que no es así modesto ([μετριάζοντα]) tampoco puede ser sobrio, es decir, no puede estar asentado y sano de mente (porque tal persona está desconcertada, y fuera de sí, y más loca que cualquier frenético), llama a la humildad de ánimo sobriedad de mente.
«Conforme a la medida de fe que Dios ha repartido a cada uno.» Pues, habiendo hecho que muchos se ensoberbecieran sin razón por los dones recibidos, tanto entre éstos como entre los corintios, mira cómo pone al descubierto la causa de la enfermedad y poco a poco la va quitando. Porque después de decir que pensemos con sobriedad, prosigue: «conforme a la medida de fe que Dios ha repartido a cada uno», llamando aquí don a la fe: y al emplear la palabra «repartió», consuela al que tuvo menos y humilla al que tuvo la parte mayor. Porque si Dios lo repartió y no es logro tuyo, ¿por qué te engríes? Y si alguno dijera que aquí la fe no significa el don, esto solo mostraría aún más que humillaba a los vanos jactanciosos. Porque si aquello que es causa del don (así Field con la mayoría de los manuscritos; Vulg. «Si la fe por la cual se obran milagros es causa del don»), esa fe por la cual se obran los milagros, procede ella misma de Dios, ¿con qué motivo te engríes tú? Si Él no hubiera venido, o no se hubiera encarnado, tampoco las cosas de la fe habrían prosperado. Y de aquí provienen todos los bienes. Pero si es Él quien la da, Él sabe cómo reparte. Porque Él hizo todas las cosas y cuida por igual de todas. Y así como su dar procedió de su amor hacia los hombres, así también la cantidad que da. Porque ¿acaso Aquel que mostró su bondad en lo principal, que es el dar del don, iba a descuidarte a ti en cuanto a la medida? Pues si hubiera querido deshonrarte, entonces no se los habría dado en absoluto. Pero si lo que tenía ante los ojos era salvarte y honrarte (y para esto vino y repartió tan grandes bendiciones), ¿por qué te turbas y te agitas, y conviertes tu sabiduría en necedad, haciéndote más despreciable que quien lo es por naturaleza? Porque ser necio por naturaleza no es motivo de queja; pero ser necio por la sabiduría es a un tiempo privarse de excusa y correr a un castigo mayor.
Hom. 20, § 11
Tales son, pues, los que se enorgullecen de su sabiduría y caen en el exceso del desatino. Porque el desatino, más que todas las cosas, hace al hombre necio. Por eso el Profeta llama con este nombre al bárbaro. Pero «el necio», dice, «hablará necedades» []. Mas para que veas la necedad de éste por sus propias palabras, oye lo que dice: «Sobre las estrellas del cielo levantaré mi trono, y seré semejante al Altísimo» []. «Tomaré el mundo como un nido, y como huevos abandonados los arrebataré» []. ¿Qué puede haber más necio que estas palabras? Y toda expresión de lengua soberbia atrae inmediatamente sobre sí este reproche. Y si yo te presentara todas las expresiones de los desatinados, no podrías distinguir si las palabras son de un desatinado o de un necio. Tan enteramente idénticos son este defecto y aquél. Y otro de nación extraña dice también: «Yo soy Dios y no hombre» []; y otro además: ¿Acaso puede Dios salvaros o libraros de mi mano? []. Y el egipcio también: «No conozco al Señor, ni dejaré ir a Israel» []. Y el necio del Salmista es de este carácter, pues «dijo en su corazón: No hay Dios» []. Y Caín: «¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?» []. ¿Puedes ahora distinguir si las palabras son de los desatinados o de los necios? Porque el desatino, saliéndose de los debidos límites, y siendo un apartarse de la razón (de donde su nombre, desatino [ἀ] [πόνοια]), hace a los hombres a la vez necios y vanagloriosos. Pues asimismo, «el principio de la sabiduría es el temor del Señor» [], así entonces el principio de la necedad es ciertamente no conocer al Señor. Si, pues, el conocer es sabiduría, y el no conocerle necedad, y esta ignorancia proviene de la altivez ([ὑ] [περηφανία]) (porque el principio de la altivez es el no conocer al Señor), entonces la altivez es el colmo de la necedad. Tal fue Nabal, si no para con Dios, al menos para con el hombre, habiendo quedado sin sentido por su desatino. Pero después murió de miedo. Pues cuando uno cae de la medida de la sabiduría, se vuelve al punto cobarde y audaz ([θρασυδειλοὶ] Ar. Eth. iii.), habiéndose debilitado su alma. Porque así como el cuerpo, cuando pierde su tono propio y queda fuera de condición, es presa de cualquier enfermedad, así también el alma, cuando ha perdido su grandeza natural y su humildad de ánimo, habiendo adquirido un hábito endeble ([ἕ] [ξιν]), se vuelve temerosa, así como audaz e irracional, y pierde sus facultades de conciencia de sí. Y el que ha perdido éstas, ¿cómo va a conocer las cosas que están por encima de él? Porque como el que está poseído de frenesí, cuando las ha perdido, no conoce ni siquiera lo que tiene delante; y el ojo, cuando se oscurece, entenebrece todos los demás miembros; así sucede con este desatino. Por lo cual éstos son más miserables que los locos, o que los necios por naturaleza. Pues como ellos mueven a risa, y como ellos son malhumorados. Y están fuera de sí como los otros, pero no son compadecidos como ellos. Y están fuera de sí, como éstos, pero no son excusados, como éstos, sino que son solamente odiados. Y mientras tienen los defectos de unos y otros, se ven privados de la excusa de unos y otros, siendo ridículos no solo por sus palabras, sino también por toda su apariencia. Porque, dime, ¿para qué endureces tu cuello? O ¿por qué andas de puntillas? ¿Por qué frunces las cejas? ¿Por qué sacas el pecho? No puedes hacer blanco o negro un solo cabello [], y caminas con paso tan altivo como si pudieras mandarlo todo. Sin duda quisieras tener alas, ¡y no andar sobre la tierra en absoluto! Sin duda quisieras ser un prodigio. ¿Pues no te has hecho ya prodigioso, tú que eres hombre e intentas volar? O más bien, volando desde dentro, ¿y estás hinchado en todos los miembros? ¿Cómo he de llamarte para librarte de tu desatino? ¿Te llamaré ceniza, y polvo, y humo, y vana agitación? A la verdad he descrito tu inutilidad, pero aún no he captado la imagen exacta que quería. Porque quiero poner ante mí su hinchazón, y toda su vacuidad. ¿Qué imagen, pues, encontraré que cuadre con todo esto? A mí me parece semejante a la estopa ardiendo. Porque parece hincharse al encenderse, y levantarse; pero cuando se le aplica un leve toque de la mano, toda se derrumba, y resulta ser más despreciable que la ceniza más pura. De esta clase son las almas de estos hombres; esa su vacua hinchazón, hasta el más común ataque puede humillarla y derribarla. Pues el que se comporta con desatino por fuerza ha de ser persona enteramente débil, ya que la altura que tiene no es sólida, sino que, así como las burbujas se rompen con facilidad, así estos hombres son con facilidad deshechos. Pero si no lo crees, dame un hombre audaz y desatinado, y lo hallarás más cobarde que una liebre aun en la circunstancia más trivial. Porque así como la llama que se levanta de palos secos no bien se enciende cuando se convierte en polvo, mientras que los leños duros no se encienden con facilidad por naturaleza, y luego mantienen su llama ardiendo largo tiempo; así las almas severas y firmes no se encienden ni se apagan con facilidad; pero estos hombres sufren ambas cosas en un solo instante. Ya que, pues, sabemos esto, practiquemos la humildad de ánimo. Porque no hay nada tan poderoso como ella, puesto que es más fuerte que una roca y más dura que el diamante, y nos coloca en una seguridad mayor que la de torres, ciudades y murallas, por ser demasiado alta para cualquiera de las máquinas de guerra del diablo. Como, pues, el desatino hace a los hombres presa fácil aun de los sucesos ordinarios, siendo, como decía, más fácil de romper que una burbuja, y rasgándose más pronto que una tela de araña, y disolviéndose más rápidamente que el humo; para que, pues, caminemos sobre la roca fuerte, dejemos aquello y tomemos esto. Pues así en esta vida presente hallaremos descanso, y en el mundo venidero tendremos toda bendición, por la gracia y amor hacia los hombres, etc.
Hom. 21, § 1–5
Romanos XII. 4, 5
«Porque así como en un cuerpo tenemos muchos miembros, y no todos los miembros tienen la misma función; así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y cada uno miembros unos de otros.»
De nuevo usa el mismo ejemplo que con los corintios, y para calmar la misma pasión. Porque grande es el poder de la medicina, y la fuerza de esta comparación para corregir esta enfermedad de la altivez. ¿Por qué (quiere decir) te engríes? O ¿por qué otro se desprecia a sí mismo por completo? ¿No somos todos un solo cuerpo, grandes y pequeños? Cuando, pues, en el número total no somos sino uno, y miembros unos de otros, ¿por qué con tu altivez te separas? ¿Por qué avergüenzas a tu hermano? Porque así como él es miembro tuyo, así también tú lo eres de él. Y por esto vuestros títulos de honor son tan iguales. Pues ha expuesto dos cosas que podrían abatir su espíritu altivo: una, que somos miembros unos de otros, no solo el pequeño del grande, sino también el grande del pequeño; y otra, que todos somos un solo cuerpo. O más bien, son tres puntos, pues muestra que el don era uno de gracia. «Por tanto, no seas altivo.» Porque te fue dado por Dios; no lo tomaste, ni lo hallaste siquiera. De ahí también que, cuando toca los dones, no dice que uno recibió más y otro menos, sino ¿qué? diferentes. Pues sus palabras son: «teniendo, pues, dones», no menores y mayores, sino «diferentes». ¿Y qué si no estás destinado al mismo oficio? Aun así el cuerpo es el mismo. Y comenzando con los dones, termina con una buena obra (4 manuscritos pl.); y así, después de mencionar la profecía, el ministerio y cosas semejantes, concluye con la misericordia, la diligencia y el socorro. Pues como era probable que algunos fueran virtuosos y no tuvieran profecía, muestra cómo también esto es un don, y mucho mayor que el otro (como muestra en la Epístola a los Corintios), y tanto mayor cuanto que éste tiene recompensa, y aquél está desprovisto de retribución. Porque todo es cuestión de don y gracia. Por lo cual dice:
Vers. 6. «Teniendo, pues, dones diferentes según la gracia de Dios que nos es dada, ya sea profecía, profeticemos conforme a la proporción de la fe.»
Como, pues, ya los había consolado suficientemente, desea también hacer que rivalicen entre sí y trabajen con más empeño, mostrando que son ellos mismos quienes dan motivo para recibir más o menos. Porque dice, sí, que es dado por Dios (como cuando dice: «según Dios ha repartido a cada uno la medida de fe»; y también: «según la gracia que nos ha sido dada») [], para someter a los altivos. Pero dice también que los comienzos estriban en ellos mismos, para despertar a los indolentes. Y esto lo hace también en la Epístola a los Corintios, para producir ambas emociones. Pues cuando dice: «Codiciad con ardor los dones» [], muestra que ellos mismos eran la causa de las diferencias en lo que se daba. Mas cuando dice: «Todas estas cosas las obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como Él quiere» [], está probando que quienes lo han recibido no deben ensoberbecerse, usando así todo camino abierto ante él para calmar su desorden. Y esto hace aquí también. Y de nuevo, para despertar a los que se han adormecido, dice: «Ya sea profecía, profeticemos conforme a la proporción de la fe». Porque aunque es una gracia, no se derrama al azar, sino que, dándole su medida según los recipientes, deja fluir tanta cuanta halle capaz el vaso de fe que se trae.
Hom. 21, § 6–9
Vers. 7. «O ministerio, ocupémonos en nuestro ministerio.»
Aquí menciona una cosa comprensiva. Pues aun el apostolado se llama ministerio, y toda obra espiritual es ministerio. Es, ciertamente, nombre de un oficio peculiar (a saber, el diaconado); sin embargo, se usa en sentido general. «O el que enseña, en la enseñanza.» Mira con qué indiferencia los coloca: primero lo pequeño y después lo grande, dándonos de nuevo la misma lección: no hincharse ni ensoberbecerse.
Vers. 8. «O el que exhorta, en la exhortación.»
Y ésta es también una especie de enseñanza. Pues «si tenéis alguna palabra de exhortación», dice, «hablad al pueblo» []. Luego, para mostrar que no es gran bien seguir la virtud si esto no se hace con la regla debida, prosigue: «El que da» ([μεταδιδοὺς], imparte), «hágalo con sencillez». Porque no basta dar, sino que debemos hacerlo también con munificencia, pues esto responde constantemente al nombre de sencillez. Puesto que aun las vírgenes tenían aceite; sin embargo, como no tenían suficiente, fueron excluidas de todo. «El que preside» (A.V. gobierna, [προἵστάμενος],) «con diligencia»; porque no basta emprender la defensa. «El que hace misericordia, con alegría.» Porque no basta hacer misericordia, sino que conviene hacerla con largueza y espíritu no mezquino, o más bien no solo con espíritu no mezquino, sino con uno alegre y gozoso, pues el no ser mezquino no equivale a alegrarse. Y este mismo punto lo insistió muy fuertemente al escribir también a los Corintios. Pues para moverlos a tal largueza dijo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra con abundancia, también segará con abundancia []. Pero para corregir su ánimo añadió: «No con tristeza ni por necesidad» []. Porque la lluvia de la misericordia debe tener ambas cosas: no mezquindad y placer. ¿Y por qué te lamentas al dar limosna? (Aristót. Eth. N. ii. 3 y iv. 1.) ¿Por qué te afliges al mostrar misericordia, y pierdes la ventaja de la buena obra? Pues si te afliges no haces misericordia, sino que eres cruel e inhumano. Porque si te afliges, ¿cómo podrás levantar al que está en tristeza? Pues ya es mucho si no sospecha mal alguno, aun cuando tú das con gozo. Porque como nada parece a los hombres tan deshonroso como el recibir de otros, a menos que con un rostro sumamente alegre quites la sospecha y muestres que tú recibes más bien que das, abatirás al receptor antes que levantarlo. Por esto dice: «El que hace misericordia, con alegría.» Porque ¿quién que recibe un reino tiene el semblante triste? ¿Quién que recibe el perdón de sus pecados continúa con mirada abatida? No mires, pues, el gasto del dinero, sino el aumento que proviene de ese gasto. Porque si el que siembra se alegra aun sembrando con incertidumbre de la cosecha, mucho más debe hacerlo el que cultiva el Cielo. Porque de este modo, aunque des poco, estarás dando mucho; así como, por mucho que des con semblante triste, habrás hecho tu mucho poco. Así la viuda superó muchos talentos con las dos blancas, porque su espíritu era grande. ¿Y cómo es posible, se podrá decir, que quien vive en suma pobreza y vacía todo lo suyo, haga esto con ánimo pronto? Pregunta a la viuda, y oirás de qué modo, y sabrás que no es la pobreza la que hace estrechas las circunstancias, sino el temperamento del hombre, que produce tanto esto como lo contrario. Porque es posible, aun en la pobreza, ser magnánimo ([μεγαλόψυχον]), y en las riquezas ser mezquino. De ahí que en el dar busque la sencillez, y en el hacer misericordia la alegría, y en el patrocinar la diligencia. Pues no solo con dinero quiere que prestemos toda asistencia a los necesitados, sino con palabras, y obras, y en persona, y de cualquier otro modo. Y después de mencionar la principal clase de auxilio ([προστασίαν]), la que consiste en la enseñanza, a saber, y en la exhortación (pues ésta es la más necesaria, porque nutre el alma), pasa a la que se hace por medio del dinero, y todos los demás medios; luego, para mostrar cómo pueden practicarse rectamente, introduce a la madre de ellas, el amor.
Hom. 21, § 10–14
Vers. 9. Pues «el amor sea sin fingimiento», dice.
Si tienes esto, no sentirás la pérdida de tu dinero, el trabajo de tu persona, la fatiga de tus palabras, tu molestia y tu ministerio, sino que lo soportarás todo con valentía, ya sea con la persona, con el dinero, con la palabra o con cualquier otra cosa con que hayas de asistir a tu prójimo. Así pues, no pide solo el dar, sino el darlo con sencillez; ni el auxiliar, sino con diligencia; ni el dar limosna, sino con alegría; del mismo modo, también el amor no lo exige solo, sino sin fingimiento. Puesto que esto es lo que es el amor. Y si un hombre tiene esto, todo lo demás se sigue. Pues el que hace misericordia lo hace con alegría (porque se da a sí mismo); y el que auxilia, auxilia con diligencia (porque se auxilia a sí mismo); y el que imparte, lo hace con largueza (porque lo otorga a sí mismo). Luego, como hay un amor aun para las cosas malas, como el de los intemperantes, el de quienes están de un mismo ánimo por el dinero, y por causa del pillaje, y por las orgías y los banquetes de bebedores, lo limpia de todas estas cosas diciendo: «Aborreced ([ἀ] [ποστυγοὕντες]) lo que es malo.» Y no dice simplemente refrenarse de ello, sino odiarlo, y no meramente odiarlo, sino odiarlo sobremanera. Pues esta palabra [ἀ] [πὸ] tiene a menudo en él fuerza intensiva, como cuando habla de «ardiente expectación, aguardando» (completa) «la redención». Pues como muchos que no hacen cosas malas todavía tienen deseo de ellas, por eso dice: «Aborreced». Porque lo que quiere es purificar el pensamiento, y que tengamos una enemistad, un odio y una guerra poderosos contra el vicio. Pues no pienses, quiere decir, porque dije: «Amaos unos a otros», que quiero decir que lleguéis hasta cooperar aun en acciones malas unos con otros; porque la ley que estoy estableciendo es justo lo contrario. Pues os tendría como extraños no solo de la acción, sino incluso de la inclinación hacia el vicio; y no meramente extraños de esta misma inclinación, sino con una aversión y un odio excesivos hacia él. Y no se contenta con solo esto, sino que también introduce la práctica de la virtud: «Apegaos a lo que es bueno.»
No habla solo del hacer, sino también de la disposición. Pues esto lo indica el mandato de «apegarse» a ello. Así Dios, cuando unió al hombre con la mujer, dijo: «Porque se apegará a su mujer» []. Luego menciona las razones por las cuales debemos amarnos unos a otros.
Vers. 10. «Amaos los unos a los otros con amor fraternal.»
Sois hermanos, quiere decir, y habéis nacido de los mismos dolores. Por lo cual, aun por esto debéis amaros unos a otros. Y esto dijo Moisés a los que contendían en Egipto: «Sois hermanos, ¿por qué os hacéis mal unos a otros?» []. Así, cuando habla de los de afuera, dice: «Si es posible, en cuanto de vosotros dependa, vivid en paz con todos los hombres» []. Pero cuando habla de los suyos, dice: «Amaos los unos a los otros con amor fraternal». Porque en el otro caso exige abstenerse de contiendas, de odio y de aversión; pero aquí exige amar, y no meramente amar, sino el amor de parientes. Pues no solo ha de ser vuestro «amor sin fingimiento», sino también intenso, cálido y ardiente. Porque, ¿a qué propósito amarías sin fraude y no amar con ardor? De ahí que diga: sed afectuosos unos para con otros, es decir, sed amigos, y amigos ardientes. No esperes a ser amado por otro, sino lánzate tú mismo a ello, y sé el primero en comenzar. Pues así cosecharás también el premio de su amor. Habiendo, pues, mencionado la razón por la que debemos amarnos unos a otros, nos dice también el modo en que el afecto puede hacerse inmutable. Por lo cual prosigue: «En cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros.» Porque éste es el modo en que se produce el afecto, y también, una vez producido, permanece. Y no hay nada que haga tantos amigos como el empeño sincero por sobrepujar al prójimo en honrarlo. Pues lo que antes mencionó procede del amor, y el amor del honor, como también la honra procede del amor. Luego, para que no honremos solamente, busca algo más, cuando dice:
Hom. 21, § 15–19
Vers. 11. «No seáis perezosos en el celo.»
Porque esto también engendra amor cuando, con la honra, mostramos también prontitud para proteger; como no hay nada que haga a los hombres tan amados como la honra y la solicitud. Porque amar no basta, sino que debe haber también esto; o más bien, esto también procede del amar, así como el amar tiene su calor de esto, y se confirman el uno al otro. Porque hay muchos que aman en la mente, pero no extienden la mano. Y por esto usa todos los medios para edificar el amor. ¿Y cómo llegaremos a ser «no perezosos en el celo»?
«Fervientes en espíritu.» Mira cómo en cada caso aspira a grados más altos; pues no dice «dad» solamente, sino «con largueza»; ni «gobernad», sino hacedlo «con diligencia»; ni «haced misericordia», sino hacedla «con alegría»; ni «honrad», sino «preferíos unos a otros»; ni «amad», sino hacedlo «sin fingimiento»; ni os abstengáis de «lo malo», sino «aborrecedlo»; ni os atengáis a «lo bueno», sino «apegaos» a ello; ni «amad», sino hacedlo «con afecto fraternal»; ni seáis celosos, sino sedlo sin pereza; ni tengáis el «Espíritu», sino tenedlo «ferviente», esto es, que estéis cálidos y despiertos. Porque si tenéis esas cosas antedichas, atraeréis el Espíritu a vosotros. Y si Éste mora con vosotros, os hará igualmente buenos para esos propósitos, y todas las cosas serán fáciles por el Espíritu y el amor, mientras sois hechos arder por ambos lados. ¿No ves los toros (Hannibal. ap. Liv. xxii. 16) que llevan una llama sobre el lomo, cómo nadie es capaz de resistirles? Así tú también serás más de lo que el diablo puede soportar, si tomas esas dos llamas. «Sirviendo al Señor.» Porque es posible servir a Dios en todos estos modos; en que cuanto haces a tu hermano pasa a tu Maestro, y, como si Él mismo hubiera sido beneficiado, te contará tu recompensa en consecuencia. ¡Mira a qué altura ha elevado el espíritu del hombre que obra estas cosas! Luego, para mostrar cómo puede encenderse la llama del Espíritu, dice:
Vers. 12. «Gozosos en la esperanza, pacientes en la tribulación, constantes en la oración.»
Todas estas cosas son leña para aquel fuego. Porque cuando había exigido el gasto de dinero y el trabajo de la persona, y el gobernar, y el celo, y la enseñanza, y otras ocupaciones laboriosas, de nuevo provee al luchador de amor, del Espíritu, mediante la esperanza. Porque no hay nada que haga el alma tan valerosa y emprendedora para cualquier cosa como una buena esperanza. Luego, aun antes de los bienes esperados, da otra recompensa nuevamente. Pues como la esperanza es de cosas venideras, dice: «pacientes en la tribulación». Y antes de las cosas venideras, en esta vida presente ganarás un gran bien [véase sobre Romanos 5:4, p. 397] de la tribulación: el hacerte robusto y probado. Y después de esto les ofrece otra ayuda, cuando dice: «constantes en la oración». Cuando, pues, el amor hace fáciles las cosas, y el Espíritu asiste, y la esperanza aligera, y la tribulación te hace probado y apto para soportar todo noblemente, y tienes junto con éstas otra muy grande arma, a saber, la «oración» y los auxilios que provienen de la oración, ¿qué mayor pesadumbre puede haber en lo que está ordenando? Ciertamente ninguna. Ves cómo en todos los sentidos da al luchador apoyo firme y muestra que los mandatos son perfectamente fáciles. Considera de nuevo cómo vindica la limosna, o mejor dicho no la limosna absolutamente, sino la hecha a los santos. Pues arriba, cuando dice: «el que hace misericordia con alegría», nos hace dadivosos para con todos. Aquí, sin embargo, es en favor de los fieles que habla. Y por eso pasa a decir:
Hom. 21, § 20–21
Vers. 13. «Compartiendo con las necesidades ([χρείαις], al. [μνείαις], memorias) de los santos.»
No dice: Dad, sino «compartid con las necesidades de los santos,» para mostrar que ellos reciben más de lo que dan, que es materia de mercancía, porque es una comunidad. ¿Tú traes dinero? Ellos te traen confianza ante Dios. «Dados (gr. persiguiendo) a la hospitalidad.» No dice haciéndolo, sino «dados» a ello, para instruirnos a no esperar a los que lo pidan, y ver cuándo vendrán a nosotros, sino a correr hacia ellos y entregarnos a hallarlos.
Hom. 21, § 22
Así hizo Lot, así Abraham. Porque pasaba todo el día en ello, aguardando esta hermosa presa; y cuando la veía, se lanzaba sobre ella, corría a su encuentro, se postraba en tierra y decía: «Señor mío, si he hallado gracia en tus ojos, no pases de delante de tu siervo.» [] No como hacemos nosotros, que si acaso vemos a un extranjero o a un pobre, arrugamos el ceño y no nos dignamos siquiera hablarle. Y si tras mil ruegos nos ablandamos y mandamos al criado darles una bagatela, creemos haber cumplido del todo nuestro deber. Pero aquél no hizo así, sino que tomó la forma de suplicante y de siervo, aunque no sabía a quién iba a recibir bajo su techo. Pero nosotros, que tenemos clara noticia de que es a Cristo a quien recibimos, no nos hacemos mansos ni aun por esto. Mas él ruega, e implora, y se arrodilla ante ellos, mientras nosotros insultamos a los que vienen a nosotros. Y aquél lo hacía todo por sí mismo y con su mujer, mientras que nosotros no lo hacemos ni siquiera por medio de nuestros criados. Y si quieres ver la mesa que les puso, también allí verás gran esplendidez; pero la esplendidez no procedía del exceso de riqueza, sino de las riquezas de una voluntad pronta. ¿Cuántos ricos no había entonces? Sin embargo, nadie hizo nada semejante. ¿Cuántas viudas había en Israel? Y ninguna mostró hospitalidad a Elías. ¿Cuántos ricos no había en tiempos de Eliseo? Pero sólo la sunamita recogió los frutos de la hospitalidad; como también Abraham, a quien, además de su largueza y ánimo pronto, con razón hay que admirar especialmente, por esto: que sin saber quiénes eran los que habían venido, obró así. No seas, pues, tampoco tú curioso, puesto que por Cristo lo recibes. Y si siempre eres tan escrupuloso, muchas veces dejarás pasar a un hombre de estima y perderás tu recompensa de él. Y, sin embargo, el que recibe a uno que no es de estima no es censurado, sino incluso recompensado. Porque «el que recibe a un profeta en nombre de profeta, recibirá recompensa de profeta.» [] Pero el que por esta escrupulosidad inoportuna deja pasar al que debería admirar, sufrirá castigo. No te ocupes, pues, de las vidas y hechos de los hombres. Porque éste es el colmo de la mezquindad: por un pan, andar escudriñando toda la vida de un hombre. Porque si éste es un asesino, si es un ladrón o lo que sea, ¿por eso te parece que no merece un pan y unas monedas? ¡Y, sin embargo, tu Maestro hace que aun el sol salga sobre él! ¿Y tú lo juzgas indigno de alimento siquiera por un día? Te pondré además otro caso. Aun si estuvieras absolutamente cierto de que está cargado de innumerables iniquidades, ni aun así tendrías excusa para privarlo del sustento de este día. Porque tú eres siervo de Aquel que dijo: «No sabéis de qué espíritu sois.» [] Eres siervo de Aquel que sanó a los que lo apedreaban, o mejor, que fue crucificado por ellos. Y no me digas que él mató a otro, pues aunque estuviera a punto de matarte a ti mismo, ni aun entonces deberías descuidarlo cuando padece hambre. Porque eres discípulo de Aquel que deseó la salvación aun de los que lo crucificaban, que dijo sobre la misma Cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» [] Eres siervo de Aquel que sanó al que lo golpeaba, que sobre la Cruz misma coronó al hombre que lo había escarnecido. ¿Y qué puede igualar esto? Porque ambos ladrones al principio lo escarnecieron. Sin embargo, a uno de ellos le abrió el Paraíso. Y llora por los que estaban a punto de matarlo, y se turba y confunde al ver al traidor, no porque iba a ser crucificado, sino porque él se perdía. Se turbó, pues, conociendo de antemano el suplicio y el castigo posterior al suplicio. Y aunque conocía su maldad, lo soportó hasta la última hora, y no apartó al traidor, sino que incluso lo besó. Tu Maestro besa, y con sus labios recibe al que estaba a punto de derramar su preciosa Sangre. ¿Y tú consideras al pobre indigno siquiera de un pan, y no reverencias la Ley que Cristo estableció? Con esto muestra que no debemos apartarnos no sólo de los pobres, sino ni siquiera de los que nos llevarían a la muerte. No me digas, pues, que fulano me ha hecho grave daño; considera más bien lo que Cristo hizo junto a la Cruz misma, queriendo enmendar con su beso al traidor por el cual estaba a punto de ser entregado.
Y mira con cuánta fuerza para avergonzarlo. Porque dice: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?» [] ¿A quién no habría ablandado? ¿A quién no habría hecho ceder este discurso? ¿Qué bestia? ¿Qué diamante? Pero no aquel miserable. No digas, pues, que tal mató a tal y por eso me aparto de él. Porque aun si estuviera a punto de hundirte una espada y de clavar su mano en tu misma garganta, ¡besa esa misma diestra!, pues también Cristo besó aquella boca que obró su muerte. Por tanto, tampoco tú odies, sino llora y compadece al que maquina contra ti. Porque tal persona merece compasión de nuestra parte, y lágrimas. Somos siervos de Aquel que besó aun al traidor (no dejaré de insistir en esto continuamente), y le habló palabras más suaves que el beso. Pues ni siquiera dijo: Oh traidor vil y malvado, ¿es ésta la recompensa que devuelves por tan gran beneficio?, sino con qué palabras: «Judas;» usando su propio nombre, que es más propio de quien se lamenta y lo llama, que de quien está airado contra él. Y no dice: tu Maestro, tu Señor y Bienhechor, sino: «el Hijo del Hombre.» Porque aunque no fuera ni Maestro ni Señor, con Uno que se muestra tan suave, tan sinceramente afectado hacia ti, que aun te besa en el momento de la traición, y cuando el beso era precisamente la señal de la traición, ¿es con Él con quien representas el papel de traidor? ¡Bendito eres, Señor! ¡Qué humildad de ánimo, qué paciencia nos has dado como ejemplos! Y con él se portó así. Pero con los que vinieron a Él con palos y espadas, ¿no fue igualmente? ¿Qué puede haber más suave que las palabras que les dirigió? Pues teniendo poder para aniquilarlos a todos en un instante, no hizo nada semejante, sino que, como expostulando ([ἐ] [ντρεπτικὥς]), les habló con estas palabras: «¿Por qué habéis salido como contra un ladrón, con espadas y palos?» [] Y habiéndolos hecho caer de espaldas [], como seguían insensibles, se entregó luego voluntariamente, y se contuvo mientras los veía poner esposas en sus santas manos, teniendo poder para confundirlo todo al instante y derribarlos. Pero tú, aun después de esto, ¿tratas con fiereza al pobre? Y aunque fuera culpable de diez mil pecados, la indigencia y el hambre bastarían para ablandar un alma por embotada que estuviera. Pero tú te muestras embrutecido, imitando la rabia de los leones. Mas ellos jamás prueban los cadáveres. Pero tú, mientras lo ves como un verdadero cadáver ([τεταριχευμένον] lit. salado, o, momia) por las angustias, saltas sobre él ahora que está caído, desgarras su cuerpo con tus insultos, acumulas tormenta tras tormenta, y haces que quien huye al puerto para refugiarse se estrelle contra una roca, y provocas un naufragio más angustioso que los del mar. ¿Y cómo dirás a Dios: Ten misericordia de mí, y le pedirás remisión de los pecados, cuando insultas a quien no ha pecado, y le pides cuentas por este hambre y gran necesidad, y dejas atrás a todas las fieras por tu crueldad? Porque ellas, apremiadas por el vientre, echan mano del alimento que necesitan. Pero tú, cuando nada te empuja ni te obliga, devoras a tu hermano, lo muerdes y desgarras, si no con los dientes, con palabras que muerden más cortantes. ¿Cómo recibirás, pues, la sagrada Ofrenda ([προσφορὰν]), cuando has teñido de púrpura tu lengua en sangre humana? ¿Cómo darás el beso de paz, con la boca atiborrada de guerra? Es más: ¿cómo gozarás de todo alimento común, cuando estás recogiendo tanto veneno? No alivias la pobreza, ¿por qué la haces aún más abrumadora? No levantas al caído, ¿por qué también lo derribas? No quitas el abatimiento, ¿por qué lo aumentas? No das dinero, ¿por qué añades palabras injuriosas? ¿No has oído qué castigo sufren los que no alimentan al pobre? ¿A qué condenación están destinados? Porque Él dice: «Apartaos al fuego preparado para el diablo y sus ángeles.» [] Si, pues, los que no alimentan son condenados así, ¿qué castigo sufrirán los que además de no alimentar, insultan? ¿Qué castigo padecerán? ¿Qué infierno? Para no encender males tan grandes contra nosotros mismos, mientras está en nuestro poder, corrijamos también esta mala queja y pongamos freno a la lengua. Y estemos tan lejos de insultar, que hasta los invitemos, de palabra y de obra, a fin de que, atesorando para nosotros mucha misericordia, alcancemos los bienes prometidos. Que Dios nos conceda alcanzarlos a todos, por la gracia y amor hacia los hombres, etc.