Hom. 14, § 1–3
Romanos VIII. 12, 13
«Así que, hermanos, somos deudores, no a la carne, para vivir según la carne. Porque si vivís según la carne, moriréis; mas si por el Espíritu mortificáis las obras del cuerpo, viviréis.»
Después de mostrar cuán grande es la recompensa de la vida espiritual, y que hace que Cristo more en nosotros, y que vivifica nuestros cuerpos mortales, los alza al cielo y hace más fácil el camino de la virtud, introduce a continuación oportunamente una exhortación con este fin. «Por tanto» debemos «no vivir según la carne.» Pero no es esto lo que dice; lo formula de un modo mucho más impresionante y enérgico, diciendo: «somos deudores al Espíritu.» Porque al decir: «somos deudores, no a la carne,» indica esto. Y este es un punto que él prueba en todas partes: que lo que Dios ha hecho por nosotros no es materia de deuda, sino de pura gracia. Pero después de esto, lo que nosotros hacemos ya no es materia de ofrenda voluntaria, sino de deuda. Pues cuando dice: «Por precio habéis sido comprados; no os hagáis siervos de los hombres» []; y cuando escribe: «No sois vuestros» []; y de nuevo en otro pasaje les recuerda estas mismas cosas con estas palabras: Si (la mayoría de los manuscritos omiten «si») Uno murió por todos, luego todos murieron, para que ya no vivan para sí mismos. [] Y es para establecer esto que dice también aquí: «Somos deudores;» y como ha dicho que no somos «deudores a la carne,» para que no se piense otra vez que habla contra la naturaleza de la carne, no deja de hablar, sino que prosigue: «para vivir según la carne.» Porque hay muchas cosas que le debemos, como darle comida, abrigo y descanso, medicina en la enfermedad, vestido y mil otras atenciones. Para impedir, pues, que supongáis que es este cuidado el que quiere abolir cuando dice: «No somos deudores a la carne,» lo explica diciendo: «para vivir según la carne.» Porque el cuidado que quiero abolir, dice, es el que conduce al pecado, así como quiero que tenga lo que le es saludable. Y esto lo muestra más adelante. Pues cuando dice: «No proveáis para los deseos de la carne,» no se detiene ahí, sino que añade: «para satisfacer sus concupiscencias.» [] Y esta instrucción nos da también aquí, queriendo decir: Que se le muestre atención, en verdad, porque esto se lo debemos; pero no vivamos según la carne, es decir, no la hagamos señora de nuestra vida. Porque debe ser seguidora, no guía; y no es ella la que debe regir nuestra vida, sino que debe recibir las leyes del Espíritu. Habiendo definido, pues, este punto, y habiendo probado que somos deudores al Espíritu, para mostrar a continuación por qué beneficios somos deudores, no habla de los pasados (cosa que sirve de prueba muy patente de su juicio), sino de los que habían de venir; aunque también los primeros bastaban para el propósito. Sin embargo, no los expone en el presente caso, ni menciona siquiera aquellas bendiciones inefables, sino las cosas venideras. Porque un beneficio conferido de una vez para siempre, por lo común, no arrastra tanto a los hombres como uno que se espera y ha de venir. Tras añadir esto, pues, primero se sirve de los dolores y males que provienen de vivir según la carne para infundirles temor, con las siguientes palabras: «Porque si vivís según la carne, moriréis,» dando a entender con ello aquella muerte inmortal, el castigo y la venganza en el infierno. O más bien, si se mirara esto con exactitud, tal hombre está muerto aun en esta vida presente. Y esto os lo hemos aclarado en el último discurso. «Mas si por el Espíritu mortificáis las obras del cuerpo, viviréis.» Veis que no es de la esencia del cuerpo de lo que discurrimos, sino de las obras de la carne. Porque no dice: «si por el Espíritu mortificáis» la esencia «del cuerpo,» sino «las obras» de él, y no todas las obras, sino las que son malas. Y esto resulta claro en lo que sigue: porque si hacéis esto, «viviréis,» dice. Y ¿cómo es posible en la naturaleza de las cosas que esto sea así, si sus palabras se aplicaran a todas las obras? Porque ver y oír y hablar y caminar son obras del cuerpo; y si mortificamos éstas, lejos de vivir, tendremos que sufrir el castigo de un homicida. ¿Qué clase de obras, pues, quiere que mortifiquemos? Las que tienden a la maldad, las que van tras el vicio, a las que no hay otra manera de mortificar sino por el Espíritu. Porque matándote a ti mismo puedes poner fin a las otras. Y esto no tienes derecho a hacerlo. Pero a éstas (puedes ponerles fin) sólo por el Espíritu. Pues si Éste está presente, todas las olas se calman, las pasiones se acobardan bajo Él, y nada puede levantarse contra nosotros. Así veis cómo funda sus exhortaciones en las cosas venideras, como dije antes, y muestra que somos deudores no sólo por lo que ya se ha hecho. Porque la ventaja del Espíritu no es sólo ésta, que nos ha librado de nuestros pecados anteriores, sino que nos hace inexpugnables contra los futuros y nos considera dignos de la vida inmortal. Luego, para exponer también otra recompensa, prosigue:
Hom. 14, § 4–7
Ver. 14. «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.»
Ahora bien, éste es de nuevo un honor mucho mayor que el primero. Y por esto no dice meramente: Cuantos viven «por el Espíritu de Dios,» sino «cuantos son guiados por el Espíritu de Dios,» para mostrar que quiere que Él ejerza sobre nuestra vida el poder que un piloto ejerce sobre una nave, o un auriga sobre una yunta de caballos. Y no es sólo el cuerpo, sino también el alma misma, la que él quiere poner bajo riendas de esta clase. Pues ni siquiera a ésta la quiere independiente, sino que coloca también su autoridad bajo el poder del Espíritu. Porque, para que no se vuelvan negligentes en su conducta después del bautismo por la confianza en el Don de la Pila, viene a decir que, aun suponiendo que recibas el bautismo, si después no estás dispuesto a ser «guiado por el Espíritu,» pierdes la dignidad que se te ha otorgado y la preeminencia de tu adopción. Por esto no dice: Cuantos han recibido el Espíritu, sino «cuantos son guiados por el Espíritu,» es decir, cuantos viven conforme a esto toda su vida, «éstos son hijos de Dios.» Y como esta dignidad había sido dada también a los judíos —pues dice: «Yo dije: Dioses sois, y todos vosotros hijos del Altísimo» []; y también: «Crié hijos y los engrandecí» []; y asimismo: «Israel es mi primogénito» []; y Pablo también dice: «De los cuales es la adopción» []—, afirma a continuación la gran diferencia entre el honor último y el primero. Pues aunque los nombres son los mismos, quiere decir, las cosas no son las mismas. Y de estos puntos da una clara demostración introduciendo una comparación que toma de las personas que así progresan ([κατορθούντων]), de lo que se les dio y de lo que había de venir. Y primero muestra qué fue lo que recibieron los de antaño. ¿Qué fue, pues, esto? «Un espíritu de servidumbre:» y así prosigue,
Ver. 15. «Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor.»
Luego, sin detenerse a mencionar aquello que se contrapone a la servidumbre, es decir, el espíritu de libertad, nombra lo que es mucho mayor: el de adopción, con lo cual al mismo tiempo introduce el otro, diciendo: «Mas habéis recibido el Espíritu de adopción.»
Hom. 14, § 8
Pero esto es claro. Mas lo que pueda ser el espíritu de servidumbre no es tan claro, y hay necesidad de hacerlo más evidente. Y lo que dice está tan lejos de ser claro, que en realidad es muy desconcertante. Porque el pueblo de los judíos no recibió el Espíritu. ¿Qué quiere decir entonces aquí? Es a la letra a lo que da este nombre, pues era espiritual, y por eso llamó también espiritual a la Ley, al agua de la Roca y al Maná. «Porque comieron,» dice, «del mismo manjar espiritual, y todos bebieron de la misma bebida espiritual.» [] Y a la Roca le da este nombre cuando dice: «Porque bebían de la Roca espiritual que los seguía.» Ahora bien, es porque todos los ritos que entonces se realizaban estaban por encima de la naturaleza por lo que los llama espirituales, y no porque los que entonces participaban de ellos recibieran el Espíritu. ¿Y en qué sentido eran aquellas letras letras de servidumbre? Poned ante vosotros toda la economía, y tendréis una visión clara también de esto. Porque las recompensas estaban para ellos al alcance de la mano, y el premio seguía inmediatamente, siendo a un tiempo proporcionado y como una especie de ración diaria que se da a los siervos domésticos, y los terrores abundantes llegaban a su colmo ante sus ojos; sus purificaciones concernían a los cuerpos, y su continencia se extendía sólo a las acciones. Pero con nosotros no es así, pues hasta la imaginación y la conciencia quedan purgadas. Porque no dice «No matarás» solamente, sino que ni siquiera te airarás; y asimismo no es «No cometerás adulterio,» sino que no mirarás con impureza. De modo que no ha de ser por temor del castigo presente, sino por deseo hacia Él mismo, de donde han de venir tanto nuestra virtud habitual como todas y cada una de nuestras buenas obras. Tampoco promete una tierra que mana leche y miel, sino que nos hace coherederos con el Unigénito, haciéndonos mantener por todos los medios apartados de las cosas presentes, y prometiendo dar sobre todo cosas que son dignas de la aceptación de los hombres hechos hijos de Dios; nada, es decir, de sensible o corpóreo, sino todas espirituales. Y así ellos, aun teniendo el nombre de hijos, no eran sino como esclavos; pero nosotros, como libertados, hemos recibido la adopción y aguardamos el Cielo. Y con ellos hablaba Él por medio de otros; con nosotros, por Sí mismo. Y todo lo que ellos hacían era por impulso del temor, pero lo espiritual se hace por un deseo vehemente y anhelante. Y esto lo muestran por el hecho de traspasar los mandamientos. Ellos, como jornaleros y obstinados, jamás dejaban de murmurar; pero éstos todo lo hacen por agradar al Padre. Así también ellos blasfemaban cuando se les hacían beneficios; pero nosotros damos gracias aun en los peligros. Y si hay necesidad de castigarnos a unos y otros por nuestros pecados, aun en este caso la diferencia es grande. Porque no es siendo apedreados, marcados y mutilados por los sacerdotes, como ellos, como somos corregidos, sino que nos basta ser arrojados de la mesa de nuestro Padre y quedar fuera de su vista por algunos días. Y con los judíos el honor de la adopción era sólo de nombre, pero aquí la realidad siguió también: la purificación del Bautismo, la dádiva del Espíritu, la provisión de las demás bendiciones. Y hay además otros varios puntos que muestran nuestra excelsa nobleza y la baja condición de ellos. Después de indicar todo esto, pues, hablando del Espíritu, del temor y de la adopción, da una prueba nueva de que tenemos el Espíritu de adopción. ¿Cuál es ésta? Que «clamamos: Abba, Padre.» Y cuán grande sea esto, lo saben los iniciados (St. Cyr. Jer. Cat. 23, §11, p. 276, O.T.), a quienes con razón se les manda usar esta palabra primero en la Oración de los iniciados. ¿Acaso, se dirá, no llamaban también ellos Padre a Dios? ¿No oyes a Moisés cuando dice: «Abandonaste al Dios que te engendró?» [, Septuaginta] ¿No oyes a Malaquías reprochándoles y diciendo que «un solo Dios os formó,» y «un solo Padre tenéis todos?» [, Septuaginta] Sin embargo, aun cuando se usen estas palabras y otras además, no hallamos en ninguna parte que ellos llamen a Dios por este nombre ni que oren en este lenguaje. Pero todos nosotros, sacerdotes y laicos, gobernantes y gobernados, tenemos orden de orar así. Y éste es el primer lenguaje que proferimos después de aquellos dolores maravillosos y de aquel modo extraño e inusitado de parto. Si en otros casos ellos lo llamaron así, fue sólo por su propio sentir. Pero los que están en estado de gracia lo hacen movidos por la operación interior del Espíritu. Porque así como hay un Espíritu de Sabiduría, mediante el cual los que eran insensatos se hicieron sabios, y esto se muestra en su enseñanza; y un Espíritu de Poder, por el cual los débiles resucitaron muertos y expulsaron demonios; y también un Espíritu de don de sanidad, un Espíritu de profecía y un Espíritu de lenguas, así también hay un Espíritu de adopción. Y así como conocemos el Espíritu de profecía en que quien lo tiene predice las cosas venideras, no hablando por su propio sentir, sino movido por la Gracia; así también es el Espíritu de adopción, por el cual quien está dotado de Él llama a Dios Padre, como movido por el Espíritu. Queriendo expresar esto como un descenso muy verdadero, usó también la lengua hebrea, pues no dice solamente «Padre,» sino «Abba, Padre,» nombre que es señal especial de los hijos verdaderos para con sus padres. Después de mencionar, pues, la diversidad que resulta de su conducta, la que resulta de la gracia que se había dado y la que proviene de su libertad, presenta otra demostración de la superioridad que acompaña a esta adopción. ¿De qué clase es ésta?
Hom. 14, § 9–12
Ver. 16. «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.»
Porque no es sólo del lenguaje, dice, de donde hago mi aserción, sino de la causa de la cual nace el lenguaje; puesto que es por sugestión del Espíritu como hablamos así. Y esto lo ha expresado en otro pasaje con palabras más claras, a saber: «Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, el cual clama: Abba, Padre.» [] ¿Y qué es eso de que «el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu?» El Consolador, quiere decir, con aquel Don que se nos ha dado. Porque la voz no es del Don solamente, sino también del Consolador que dio el Don, pues Él mismo nos ha enseñado, por medio del Don, a hablar así. Pero cuando el «Espíritu da testimonio,» ¿qué lugar queda ya para la duda? Porque si fuera un hombre, un ángel, un arcángel o cualquier otra potestad semejante quien prometiera esto, habría motivo para que algunos dudaran. Pero cuando es la Esencia Altísima la que otorga este Don y «da testimonio» con las mismas palabras que nos mandó usar en la oración, ¿quién dudará ya de nuestra dignidad? Pues ni aun cuando el Emperador elige a uno y proclama a oídos de todos el honor que se le hace, se atreve nadie a contradecir.
Ver. 17. «Y si hijos, también herederos.»
Observad cómo va engrandeciendo el Don poco a poco. Porque como es posible ser hijos y no llegar a ser herederos (pues de ninguna manera todos los hijos son herederos), añade además esto: que somos herederos. Pero los judíos, además de no tener la misma adopción que nosotros, fueron también arrojados de la herencia. Porque «A los malvados los destruirá miserablemente, y arrendará la viña a otros labradores» []; y antes de esto dijo que «muchos vendrán del Oriente y del Occidente, y se sentarán con Abraham; mas los hijos del Reino serán echados fuera.» (ib. 8:11, 12.) Pero ni aun aquí se detiene, sino que asienta algo aún mayor que esto. ¿Qué puede ser, pues? Que somos herederos de Dios; y así añade: «herederos de Dios.» Y lo que es todavía más: que no somos simplemente herederos, sino también «coherederos con Cristo.» Observad cuánto afán tiene de acercarnos al Maestro. Porque como no todos los hijos son herederos, muestra que nosotros somos a un tiempo hijos y herederos; y luego, como no todos los herederos lo son de una herencia muy grande, muestra que también tenemos este punto a favor, pues somos herederos de Dios. Y de nuevo, como era posible ser heredero de Dios, pero de ningún modo «coheredero con» el Unigénito, muestra que también tenemos esto. Y considerad su sabiduría. Porque después de condensar en breve la parte ingrata, cuando decía lo que sucedería a los que «viven según la carne,» por ejemplo, que «morirán,» al llegar a la parte más consoladora, lleva su discurso a un gran espacio y lo expande sobre la recompensa de los premios, mostrando también que los dones son múltiples y grandes. Porque si aun el ser hijo es una gracia indecible, ¡considerad cuán grande cosa es ser heredero! Y si esto es grande, mucho más lo es ser «coheredero.» Luego, para mostrar que el Don no es sólo de gracia, y para dar al mismo tiempo credibilidad a lo que dice, prosigue: «Si es que padecemos juntamente con Él, para que juntamente seamos glorificados.» Si, quiere decir, somos partícipes con Él en lo doloroso, mucho más lo seremos en lo bueno. Pues Aquel que otorgó tales bendiciones a quienes no habían hecho bien alguno, ¿cómo, al verlos trabajar y padecer tanto, hará otra cosa que darles mayor retribución? Habiendo mostrado, pues, que la cosa era cuestión de retorno, para hacer que los hombres dieran crédito a lo dicho y para impedir que alguno dudara, muestra además que tiene la virtud de un don. Lo uno lo mostró para que lo dicho ganara crédito aun entre los que dudaban, y para que los que lo reciben no se avergonzaran de estar recibiendo siempre la salvación gratuitamente; y lo otro, para que veáis que Dios supera los trabajos con sus recompensas. Y lo uno lo ha mostrado con las palabras: «Si es que padecemos juntamente con Él, para que juntamente seamos glorificados.» Y lo otro, al proseguir para añadir:
Hom. 14, § 13–14
Ver. 18. «Los padecimientos del tiempo presente no son dignos de compararse con la gloria que ha de ser revelada en (Gr. [εἰς]) nosotros.»
En lo que precede exige del hombre espiritual la corrección de sus costumbres (Mar. y 6 manuscritos pasiones), cuando dice: «No sois deudores de vivir según la carne»; de modo que tal hombre, por ejemplo, debe estar por encima de la concupiscencia, de la ira, del dinero, de la vanagloria y del rencor. Pero aquí, habiéndoles recordado todo el don, tanto el ya dado como el venidero, y habiéndolo elevado a lo alto con esperanzas, y colocado cerca de Cristo, y mostrado que es coheredero del Unigénito, lo conduce ya con confianza incluso a los peligros. Porque vencer las malas pasiones que hay en nosotros no es lo mismo que soportar pruebas, azotes, hambre, saqueos, cadenas, prisiones y ejecuciones. Porque estas últimas exigen mucho más de un ánimo noble y vigoroso. Y observad cómo a la vez aquieta y enciende el ánimo de los combatientes. Porque después de haber mostrado que las recompensas eran mayores que los trabajos, exhorta a mayores esfuerzos y, sin embargo, no deja que se ensoberbezcan, como si aún fueran aventajados por las coronas dadas en pago. Y en otro pasaje dice: «Porque nuestra leve tribulación, que es solo por un momento, produce un peso de gloria muchísimo más excelente y eterno» []: y era a las personas de mayor profundidad a las que entonces hablaba. Aquí, sin embargo, no concede que las aflicciones sean leves; pero aun así mezcla consuelo con ellas mediante la compensación que las cosas buenas venideras ofrecen, con las palabras: «Pues considero que los padecimientos de este tiempo presente no son dignos de compararse», y no dice con el descanso ([ἄ] [νεσιν]) venidero, sino con algo mucho mayor: «con la gloria que ha de venir». Porque no se sigue que donde hay descanso haya gloria; pero sí se sigue que donde hay gloria hay descanso. Luego, como había dicho que ha de venir, muestra que ya es. Porque no dice la que ha de ser, sino «la que ha de ser revelada en nosotros», como si ya existiera pero no revelada. Como también en otro lugar dijo con palabras más claras: «Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios». Ten, pues, buen ánimo en ello. Porque ya ha sido preparada y aguarda tus trabajos. Pero si te aflige que haya de venir todavía, que esto mismo te regocije más bien. Porque es debido a ser grande e inefable, y a superar nuestra condición presente, que está guardada allí. Y así no ha puesto simplemente «los padecimientos de este tiempo presente», sino que habla de modo que muestra que no es solo en calidad, sino también en cantidad, como la otra vida lleva la ventaja. Porque estos padecimientos, cualesquiera que sean, están ligados a nuestra vida presente; pero los bienes venideros se extienden por siglos sin fin. Y como no tenía manera de dar una descripción particular de estos, ni de ponerlos ante nosotros con palabras, les da un nombre a partir de lo que parece ser especialmente objeto de deseo entre nosotros: «gloria». Porque la cumbre de los bienes y la suma de ellos, esto parece ser. Y para urgir al oyente también de otra manera, da elevación a su discurso con la mención de la creación, ganando dos puntos con lo que dice a continuación: el desprecio de las cosas presentes y el deseo de las venideras; y un tercero además de estos, o más bien el primero, es mostrar cómo el género humano es cuidado por parte de Dios y en qué honor tiene Él nuestra naturaleza. Y además de esto, todas las doctrinas de los filósofos, que ellos habían fabricado para sí acerca de este mundo, como una especie de telaraña o montículo de niño, las derriba con esta sola doctrina. Pero para que estas cosas queden en luz más clara, escuchemos las propias palabras del Apóstol.
Hom. 14, § 15–16
Ver. 19, 20. «Porque la espera anhelante de la creación aguarda,» dice, «la revelación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sometida a la vanidad, no de buena gana, sino por causa de aquel que la sometió en esperanza.»
Y el sentido es algo de este tenor. La creación misma está en medio de sus dolores, aguardando y esperando estos bienes de los que acabamos de hablar. Porque «espera anhelante» ([ἀ] [ποκαραδοκία], mirando afuera) implica esperar intensamente. Y así su discurso se vuelve más enfático, y personifica a todo este mundo como también hacen los profetas, cuando presentan a los ríos batiendo palmas, y a las colinas saltando, y a los montes brincando; no para que los imaginemos vivos, ni les atribuyamos potencia alguna de raciocinio, sino para que aprendamos la grandeza de las bendiciones, tan grandes como para alcanzar también a las cosas sin sentido. Lo mismo hacen muchas veces también en el caso de las cosas aflictivas, pues presentan a la vid lamentándose, y también al vino, y a los montes, y a los artesonados del Templo aullando; y en este caso también es para que entendamos la extremidad de los males. Es, pues, en imitación de estos que el Apóstol hace aquí de la criatura una persona viva, y dice que gime y está con dolores de parto: no porque oyera gemido alguno transmitido de la tierra y del cielo hacia él, sino para mostrar la sobreabundante grandeza de los bienes venideros; y el deseo de verse libre de los males que ahora las invadían. «Porque la criatura fue sometida a la vanidad, no de buena gana, sino por causa de aquel que la sometió.» ¿Qué significa «la creación fue sometida a la vanidad»? Que se volvió corruptible. ¿Por qué causa, y con qué motivo? Por causa de ti, oh hombre. Porque puesto que tú tomaste un cuerpo mortal y sujeto al sufrimiento, la tierra también recibió una maldición, y produjo espinas y abrojos. Pero que el cielo, cuando haya envejecido junto con la tierra, ha de cambiar después a una porción mejor ([λἥξιν] v. p. 384) óyelo del Profeta en sus palabras: «Tú, oh Señor, desde el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permanecerás; y todos ellos envejecerán como un vestido, y tú los doblarás como un manto, y serán mudados.» [] Isaías también declara lo mismo, cuando dice: «Mirad a los cielos de arriba, y a la tierra de abajo, porque los cielos son como un firmamento de humo, y la tierra envejecerá como un vestido, y los que en ella habitan perecerán de igual manera.» []. Ahora veis en qué sentido la creación está «en esclavitud a la vanidad», y cómo ha de ser librada de su estado arruinado. Porque el uno dice: «Tú los doblarás como un vestido, y serán mudados»; e Isaías dice: «y los que en ella habitan perecerán de igual manera», no queriendo decir, por supuesto, un perecer total. Porque ni los que en ella habitan, es decir, el género humano, padecen tal cosa, sino una temporal, y mediante ella son mudados a un estado incorruptible []; y así, por tanto, será la criatura. Y todo esto lo mostró de paso, con su dicho «de igual manera» [], que Pablo también dice más adelante. Por ahora, sin embargo, habla de la esclavitud misma, y muestra por qué razón se volvió tal, y nos da a nosotros mismos como la causa de ello. ¿Y qué, pues? ¿Fue tratada con dureza por causa de otro? De ningún modo, porque fue hecha por causa mía. ¿Qué injusticia se le hace, entonces, a la que fue hecha por amor a mí, cuando padece estas cosas para mi corrección? O, en verdad, no hay necesidad de plantear en absoluto la cuestión de derecho e injusticia en el caso de cosas carentes de alma y de sensibilidad. Pero Pablo, puesto que la había hecho una persona viva, no usa ninguno de estos temas que he mencionado, sino otro género de lenguaje, como deseando consolar al oyente con la mayor ventaja. ¿Y de qué género es este? ¿Qué tienes que decir?, quiere decir. Fue maltratada por causa tuya, y se volvió corruptible; sin embargo, no se le ha hecho injusticia alguna. Porque incorruptible será por causa tuya otra vez. Este es, pues, el sentido de «en esperanza». Pero cuando dice que fue «no de buena gana» que fue sometida, no es para mostrar que está dotada de juicio que lo dice, sino para que aprendas que todo ello es llevado a cabo por el cuidado de Cristo, y esto no es logro propio suyo. Y ahora di: ¿en qué esperanza?
Hom. 14, § 17–22
Ver. 21. «Que la criatura misma también será librada de la esclavitud de la corrupción.»
Ahora bien, ¿qué es esta creación? No tú solo, sino también aquello que es inferior a ti, y que no participa de razón ni de sentido, esto también será partícipe de tus bendiciones. Porque «será librada», dice, «de la esclavitud de la corrupción»; es decir, ya no será corruptible, sino que acompañará la hermosura dada a tu cuerpo; así como cuando este se volvió corruptible, aquella se volvió corruptible también; así ahora, hecho este incorruptible, aquella lo seguirá también. Y para mostrar esto prosigue. ([εἰς]) «A la libertad gloriosa de los hijos de Dios.» Es decir, por causa de su libertad. Porque como una nodriza que cría al hijo del rey, cuando este ha llegado al poder de su padre, goza ella misma de los bienes junto con él, así también es la creación, quiere decir. Veis cómo en todo el hombre lleva la delantera, y que es por causa suya que todas las cosas son hechas. Ved cómo consuela al que lucha, y muestra el inefable amor de Dios hacia los hombres. Porque ¿por qué, diría él, te afliges en tus tentaciones? Tú padeces por ti mismo, la creación por ti. Ni solo consuela, sino que también muestra que lo que dice es digno de confianza. Porque si la creación, que fue hecha enteramente por ti, está «en esperanza», mucho más debes tú estarlo, por medio del cual la creación ha de llegar al disfrute de aquellos bienes. Así también los hombres (3 manuscritos padres), cuando un hijo ha de presentarse al llegar a una dignidad, visten aun a los siervos con un vestido más brillante, para gloria del hijo; así también vestirá Dios a la criatura con incorrupción para la libertad gloriosa de los hijos.
Ver. 22. «Porque sabemos que toda la creación gime y está con dolores de parto a una hasta ahora.»
Observad cómo avergüenza al oyente, diciendo casi: No seas tú peor que la creación, ni halles placer en descansar en las cosas presentes. No solo no debemos apegarnos a ellas, sino aun gemir por la tardanza de nuestra partida de aquí. Porque si la creación hace esto, mucho más debes tú hacerlo, honrado como eres con la razón. Pero como esto no bastaba todavía para forzar su atención, prosigue.
Ver. 23. «Y no solo ellos, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos gemimos dentro de nosotros.»
Es decir, habiendo gustado de las cosas venideras. Porque aun si alguno fuera del todo duro como piedra, quiere decir, lo que ya se le ha dado basta para levantarlo, y apartarlo de las cosas presentes, y darle alas hacia las cosas venideras de dos maneras: tanto por la grandeza de las cosas que se dan, como por el hecho de que, grandes y numerosas como son, no son sino primicias. Porque si las primicias son tan grandes que por ellas somos librados aun de nuestros pecados, y alcanzamos la justicia y la santificación, y que los de aquel tiempo expulsaban demonios, y resucitaban muertos por su sombra [], o prendas [], considera cuán grande debe ser el todo. Y si la creación, desprovista como está de mente y de razón, y aunque en ignorancia de estas cosas, con todo gime, mucho más debemos nosotros. Luego, para no dar a los herejes asidero alguno, ni parecer que desacredita nuestro mundo presente, gemimos, dice, no por hallar falta en el sistema presente, sino por deseo de aquellas cosas mayores. Y esto lo muestra con las palabras: «Aguardando la adopción.» ¿Qué dices, déjame oír? ¿Insistías en ello a cada paso, y clamabas en alta voz que ya éramos hechos hijos, y ahora colocas este bien entre las esperanzas, escribiendo que nos es necesario aguardarlo? Ahora es para corregir esto con lo que sigue que dice: «a saber, la redención de nuestro cuerpo.» Es decir, la gloria perfecta. Nuestra suerte, en verdad, está en incertidumbre hasta nuestro último aliento, puesto que muchos de nosotros que éramos hijos nos hemos vuelto perros y prisioneros. Pero si partimos con una buena esperanza, entonces el don es inconmovible, y más claro, y mayor, no teniendo ya mudanza alguna que temer de la muerte y del pecado. Entonces, por tanto, será segura la gracia, cuando nuestro cuerpo sea librado de la muerte y de sus incontables dolencias (o pasiones). Porque esta es redención plena ([ἀ] [πολύτρωσις]), no una redención tan solo, sino tal que nunca volveremos a nuestra antigua cautividad. Para que no te quedes perplejo al oír tanto de gloria sin alcanzar conocimiento distinto de ella, en parte expone a tu vista las cosas venideras, poniendo ante ti la mudanza de tu cuerpo (Gr. cambiando tu cuerpo), y junto con ella la mudanza de toda la creación. Y esto lo ha puesto en luz más clara en otro pasaje, donde dice: «Quien mudará nuestro cuerpo vil, para que sea hecho semejante a su Cuerpo glorioso.» [] Y en otro lugar otra vez escribe y dice: «Mas cuando esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria.» [] Pero para mostrar que con la corrupción del cuerpo la constitución de las cosas de esta vida también llegará a su fin, escribió otra vez en otro lugar: «Porque la apariencia de este mundo pasa.» []
Hom. 14, § 23–26
Ver. 24. «Porque en esperanza fuimos salvos,» dice.
Ahora bien, como se había detenido en la promesa de las cosas venideras, y esto parecía doler al oyente más débil, si las bendiciones son todas materia de esperanza; después de probar antes que son más seguras que las cosas presentes y visibles, y de discurrir largamente sobre los dones ya dados, y de mostrar que hemos recibido las primicias de aquellos bienes, para que no busquemos nuestro todo en este mundo, y seamos traidores a la nobleza que la fe nos da, dice: «Porque en esperanza fuimos (Gr. fuimos) salvos.» Y esto es lo que quiere decir. No hemos de buscar nuestro todo en esta vida, sino tener también esperanza. Porque este es el único don que aportamos a Dios, creyéndole en lo que prometió que ha de venir, y por este solo camino fuimos salvos. Si, pues, perdemos esta esperanza, hemos perdido todo lo que era de nuestra propia contribución. Porque te hago esta pregunta, diría él: ¿No eras tú responsable de incontables pecados? ¿No eras desesperado? ¿No estabas bajo sentencia? ¿No estaban todos desanimados acerca de tu salvación? ¿Qué, pues, te salvó? Fue tu esperar en Dios solo, y confiar en Él sobre sus promesas y dones, y nada más tenías que aportar. Si fue esto, pues, lo que te salvó, retenlo firme ahora también. Porque aquello que te otorgó tan grandes bienes, con toda certeza no te engañará en lo tocante a las cosas venideras. Porque al hallarte muerto, y arruinado, y prisionero, y enemigo, te hizo sin embargo amigo, e hijo, y hombre libre, y justo, y coheredero, y te otorgó cosas tan grandes como nadie jamás esperó: ¿cómo, después de tal munificencia y apego, te traicionará en lo que ha de seguir? No me digas: ¡esperanzas otra vez! ¡expectativas otra vez! ¡fe otra vez! Porque de esta manera fuiste salvo desde el principio, y esta dote fue la única que aportaste al Esposo. Retenla, pues, firme y guárdala: porque si exiges tener todo en este mundo, has perdido aquel bien obrar tuyo, por el cual te volviste resplandeciente, y por esto prosigue a decir: «Pero esperanza que se ve no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo todavía?»
Ver. 25.— «Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos.»
Es decir, si has de esperarlo todo en este mundo, ¿qué necesidad hay de esperanza? ¿Qué es, pues, la esperanza? Es confiar en los bienes venideros. ¿Qué gran exigencia te impone entonces Dios, cuando Él mismo te da bienes enteros de sus propios tesoros? Una sola cosa, la esperanza, te pide, para que también tú tengas algo propio que aportar a tu salvación. Y esto insinúa en lo que prosigue: «Porque si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos.» Así como Dios corona al que soporta trabajos, penalidades e innumerables fatigas, así corona también al que espera. Pues el nombre de la paciencia pertenece al trabajo duro y a la mucha constancia. Mas aun esto lo ha concedido al hombre que espera, para consolar al alma fatigada. Y luego, para mostrar que en esta tarea ligera gozamos de ayuda abundante, prosigue:
Hom. 14, § 27–30
Ver. 26. «Asimismo el Espíritu también ayuda nuestras flaquezas.»
Porque una cosa es tuya, la paciencia; pero la otra procede de los suministros del Espíritu, que también te unge (Gr. te unge) para esta esperanza, y por ella aligera de nuevo tus trabajos. Luego, para que sepas que esta gracia no te asiste solo en tus trabajos y peligros, sino que incluso en las cosas aparentemente más fáciles obra contigo, y en toda ocasión lleva su parte en la alianza, pasa a decir:
«Porque no sabemos qué hemos de pedir como conviene.»
Y esto lo dijo para mostrar la gran solicitud del Espíritu por nosotros, y también para instruirles a no tener por cierto que son deseables las cosas que a la razón humana lo parecen. Porque como era verosímil que ellos, flagelados, expulsados y padeciendo agravios sin número, buscasen un respiro y pidiesen a Dios este favor, creyéndolo provechoso, de ningún modo —dice— supongáis que lo que a vosotros os parece bien lo sea en realidad. Pues necesitamos del auxilio del Espíritu aun para hacer esto. Tan débil es el hombre, y tal nada es por sí mismo. Por esto dice: «Porque no sabemos qué hemos de pedir como conviene.» Para que el discípulo no se avergonzara de su ignorancia, no dice: vosotros no sabéis, sino: «nosotros no sabemos.» Y que no dijo esto solo por parecer moderado lo muestra claramente con otros pasajes. Porque él deseaba incesantemente ver Roma en sus oraciones. Mas el tiempo en que lo obtuvo no fue al punto cuando lo deseaba. Y por «la espina» que le fue dada «en la carne» [], es decir, los peligros, suplicó muchas veces a Dios, y del todo no tuvo éxito. Y así Moisés, que en el Antiguo Testamento ruega ver Palestina [], y Jeremías cuando intercedió por los judíos [], y Abraham cuando intercedió por el pueblo de Sodoma. «Mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.» Esta afirmación no es clara, a causa de haber cesado muchas de las maravillas que entonces solían acontecer. Por lo cual es preciso que os informe del estado de cosas de aquel tiempo, y de este modo se aclarará el resto del asunto. ¿Cuál era, pues, el estado de cosas entonces? Dios daba en aquellos días a todos los bautizados ciertos dones excelentes, y el nombre que estos tenían era espíritus. Porque «los espíritus de los profetas», dice, «están sujetos a los profetas» []. Y uno tenía don de profecía y predecía lo venidero; otro de sabiduría, y enseñaba a muchos; otro de curaciones, y sanaba a los enfermos; otro de milagros, y resucitaba a los muertos; otro de lenguas, y hablaba idiomas diversos. Y con todos estos había también un don de oración, que también era llamado espíritu, y el que lo tenía oraba por todo el pueblo. Pues como ignoramos mucho de lo que nos conviene y pedimos lo que no conviene, el don de oración venía a alguna persona particular de aquel tiempo, y lo que era provechoso para todos, para toda la Iglesia por igual, él era el encargado de pedirlo en nombre de todos, e instructor de los demás. Espíritu, pues, es el nombre que da aquí a la gracia de este carácter, y al alma que recibe la gracia, intercede ante Dios y gime. Porque el que era tenido por digno de tal gracia, puesto en pie con mucha compunción y con muchos gemidos mentales postrándose ante Dios, pedía lo provechoso para todos. Y de esto es símbolo el diácono de hoy cuando ofrece las oraciones por el pueblo. Esto es, pues, lo que Pablo quiere decir cuando dice: «el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.»
Hom. 14, § 31–34
Ver. 27. «Mas el que escudriña los corazones.»
Ved que no habla del Consolador, sino del corazón espiritual. Porque si no fuera así, debería haber dicho: «El que escudriña» el Espíritu. Mas para que aprendáis que el lenguaje se refiere a un hombre espiritual, que tiene el don de oración, prosigue: «Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el sentir del Espíritu», es decir, del hombre espiritual.
«Porque intercede por los santos según la voluntad de Dios.»
No quiere decir que informe a Dios como si ignorara, sino que esto se hace para que aprendamos a orar por lo conveniente y a pedir a Dios lo que le agrada. Porque esto es lo que significa «según Dios». Y esto fue con miras a consolar a los que acudían a Él y darles instrucción excelente. Porque el que suministraba los dones y daba además bendiciones sin número era el Consolador. Por eso dice: «Todas estas cosas las obra uno y el mismo Espíritu» []. Y esto acontece para instrucción nuestra, y para mostrar el amor del Espíritu, condesciende aun a esto. Y de aquí que el que ora sea escuchado, porque la oración se hace «según la voluntad de Dios».
Hom. 14, § 35
Ved de cuántos puntos les instruye en el amor que se les mostró y el honor que se les hizo. Y ¿qué hay que Dios no haya hecho por nosotros? Hizo el mundo corruptible por nosotros, y de nuevo por nosotros incorruptible. Permitió que sus Profetas fueran maltratados por nuestra causa, los envió al cautiverio por nosotros, los dejó caer en el horno y padecer males sin número. Más aún, los hizo profetas por nosotros, y también a los Apóstoles los hizo por nosotros. Entregó por nosotros a su Unigénito, castiga al diablo por nosotros, nos ha sentado a su Diestra, fue vituperado por nosotros. «Porque los vituperios de los que te vituperaban», dice, «cayeron sobre mí». [] Y aun así, cuando retrocedemos tras tan gran favor, no nos deja, sino que de nuevo ruega, y por causa nuestra incita a otros a rogar por nosotros, para mostrarnos su favor. Así sucedió con Moisés. Pues a él le dice: «Déjame que los borre» [], para empujarlo a suplicar en favor de ellos. Y ahora hace lo mismo. Por eso dio el don de oración. Pero esto lo hace no como quien necesita de súplicas, sino para que nosotros, al ser salvados sin esfuerzo, no nos volvamos indiferentes. Por esta causa dice a menudo que se reconcilia con ellos por David, y por éste y aquél, para establecer de nuevo esto mismo: que la reconciliación se haga con toda formalidad. Aun así habría parecido más amante de los hombres si les hubiera dicho por sí mismo, y no por este o aquel profeta, que cesaba de estar airado. Pero la razón de no atenerse a eso fue que este motivo de reconciliación no se convirtiera en ocasión de tibieza. Por lo cual también a Jeremías le dijo: «No ruegues por este pueblo, porque no te oiré» [], no porque quisiera detener su oración (pues anhela ardientemente nuestra salvación), sino para aterrarlos; y esto, viéndolo también el profeta, no cesó de orar. Y para que veas que no fue por deseo de apartarlo de ello, sino para avergonzarlos, que dijo esto, oye lo que dice. «¿No ves lo que éstos hacen?» [Ezequiel 8:6, no verbalmente de la Septuaginta] Y cuando dice a la ciudad «Aunque te laves con lejía y uses mucho jabón (gr. hierba), aún estás manchada delante de mí» [], no es para arrojarlos a la desesperación que habla así, sino para despertarlos a penitencia. Porque como en el caso de los ninivitas, al dar la sentencia sin límite y no presentar buena esperanza, los atemorizó más y los llevó a penitencia, así hace aquí también, para despertarlos y hacer al profeta más venerado, a fin de que al menos de este modo le oigan. Luego, como seguían en estado de locura incurable, y no se corregían ni aun cuando los demás eran llevados cautivos, primero los exhorta a permanecer allí. Mas cuando no se atuvieron a esto, sino que desertaron a Egipto, esto ciertamente se lo permitió, pero les exige no desertar a la irreligión además de a Egipto. [] Y cuando tampoco en esto obedecieron, envía al profeta con ellos, para que al fin no sufrieran naufragio total. [] Porque como no le seguían cuando llamaba, entonces Él los sigue para disciplinarlos e impedir que se precipiten más en el vicio, como un padre lleno de afecto hace con el hijo que toma todo tratamiento con el mismo mal genio, llevándolo consigo a todas partes y siguiéndolo. Esta fue la razón por la cual envió no solo a Jeremías a Egipto, sino también a Ezequiel a Babilonia, y no rehusaron ir. Porque cuando hallaron que su Maestro amaba al pueblo sobremanera, ellos mismos continuaron haciendo lo mismo. Como si un siervo sensato se compadeciera de un hijo intratable al ver a su padre llorando y lamentándose por él. ¿Y qué no sufrieron por ellos? Fueron aserrados, expulsados, vituperados, apedreados, padecieron innumerables agravios. Y después de todo esto volvían corriendo a ellos. Samuel, por ejemplo, no cesó de llorar por Saúl, miserablemente ultrajado como fue por él, e irreparablemente injuriado. [] Con todo, no guardaba memoria de ninguna de estas cosas. Y por el pueblo de los judíos, Jeremías compuso las Lamentaciones por escrito. Y cuando el general de los persas le dio libertad para habitar seguro y con entera libertad donde quisiera, prefirió por encima de habitar en su casa la aflicción del pueblo y su dura permanencia en tierra extraña. [] Así Moisés dejó el palacio y el género de vida que allí había, y se apresuró a estar entre sus calamidades. Y Daniel permaneció por veinte días seguidos sin comer, mortificándose con el más severo ayuno, para reconciliar a Dios con ellos. [] Y los tres Jóvenes también, estando en el horno, y en fuego tan fiero, elevaron una súplica por ellos. Porque no era por sí mismos que se dolían, pues estaban salvos; sino que, considerando que entonces era el tiempo de la mayor libertad de palabra, por eso oraban en su favor; de ahí también dijeron: «Con corazón contrito y espíritu humilde seamos aceptados». [Cánt. v. 16] Por ellos Josué también rasgó sus vestiduras. [] Por ellos Ezequiel también se lamentó y lloró cuando los vio talados. [] Y Jeremías dijo: «Dejadme, lloraré amargamente». [] Y antes de esto, cuando no se atrevía a orar abiertamente por la remisión de su triste estado, pidió un tiempo limitado, cuando dice: «¿Hasta cuándo, oh Señor?» [] Pues llena de afecto está toda la raza de los santos. Por lo cual también san Pablo dice: «Vestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad de ánimo». [] Ves la estricta propiedad de la palabra, y cómo quiere que seamos continuamente misericordiosos. Pues no dice: «mostrad misericordia» solamente, sino vestíos de ella, para que así como nuestro vestido está siempre con nosotros, así lo esté la misericordia. Y no dice meramente misericordia, sino «entrañas de misericordia», para que imitemos el afecto natural de los parientes.
Hom. 14, § 36
Pero nosotros hacemos justamente lo contrario: si alguno viene a pedirnos un solo centavo, lo insultamos, lo maltratamos, lo llamamos impostor. ¿No te estremeces, hombre, y te sonrojas al llamarlo impostor por pan? Pues aun suponiendo que tal persona practique el engaño, merece ser compadecida por ello, porque está tan apremiada por el hambre que se ve forzada a adoptar semejante carácter. Esto, pues, es un reproche a nuestra crueldad. Porque como no tuvimos corazón para dar con prontitud, ellos se ven obligados a practicar muchas artes para engañar a nuestra inhumanidad y ablandar nuestra dureza. Ahora bien, si fuera oro y plata lo que te pidiera, habría alguna razón en tus sospechas. Pero si lo que viene a pedirte es alimento necesario, ¿por qué mostrarte sabio tan a destiempo y tomar cuenta tan exacta de él, acusándolo de ociosidad y pereza? Porque si hemos de hablar así, no es a otros sino a nosotros mismos a quienes debemos dirigirnos. Cuando, pues, vayas a Dios a pedir perdón por tus pecados, trae entonces a la memoria estas palabras, y sabrás que mereces que Dios te diga estas cosas mucho más que el pobre por ti. Y, sin embargo, Dios nunca te ha dicho palabras como estas: «Apártate, pues eres un impostor: siempre vienes a la iglesia y oyes mis leyes, pero fuera pones el oro, el placer ([ἐ][πιθυμίαν]), la amistad y, en fin, cualquier cosa por encima de mis mandamientos. Y ahora te haces humilde, pero cuando acaban tus oraciones eres audaz, cruel e inhumano. Vete, pues, y no vuelvas más a mí.» Sí, esto y más que esto merecemos que se nos diga; pero aun así Él nunca nos ha reprochado de semejante manera, sino que es longánimo, cumple todo por su parte y nos da más de lo que pedimos. Traed, pues, esto a la memoria, y aliviemos la pobreza de los que nos piden; y si nos engañan, no seamos demasiado exactos en ello. Porque tal salvación es la que nosotros mismos necesitamos: una con perdón, con benignidad ([φιλανθρωπίας]), con mucha misericordia junto con ello. Pues no es posible, ciertamente no lo es, que si se examinara estrictamente nuestra condición, nos salvemos jamás; antes bien, forzosamente seríamos castigados y del todo arruinados. No seamos, pues, jueces amargos de los demás, no sea que también a nosotros se nos pida cuenta estricta. Porque tenemos pecados demasiado grandes para alegar excusa alguna. Y por tanto mostremos más misericordia hacia los que han cometido pecados inexcusables, para que también nosotros atesoremos de antemano para nosotros la misericordia semejante. Y aun siendo tan generosos como podamos, nunca podremos aportar tal amor hacia los hombres como el que necesitamos de la mano de un Dios que ama a los hombres. ¿Cómo, pues, no es monstruoso que, necesitando nosotros mismos tantas cosas, seamos tan exactos con nuestros consiervos y hagamos cuanto podemos contra nosotros? Porque de este modo no demuestras tanto que él sea indigno de tu liberalidad, como que tú lo eres del amor de Dios hacia los hombres. Pues el que trata con excesiva exactitud a su consiervo, con tanta más seguridad hallará el mismo trato de parte de Dios. No hablemos contra nosotros mismos; antes bien, aunque vengan por ociosidad o por malicia, demos. Porque también nosotros cometemos muchos pecados por malicia, o más bien todos los cometemos por malicia, y sin embargo Dios no nos llama al punto a castigo, sino que nos da un tiempo fijado para penitencia, criándonos día a día, disciplinándonos, enseñándonos, proveyéndonos de todas las demás cosas, para que también nosotros emulemos esta misericordia suya. Reprimamos, pues, esta crueldad; arrojemos este espíritu brutal, beneficiando con ello a nosotros mismos más que a otros. Pues a éstos les damos dinero, pan y vestido, pero para nosotros atesoramos de antemano gloria muy grande, y tal que no hay palabras para expresarla. Porque recibimos de nuevo nuestros cuerpos incorruptibles, y somos glorificados juntamente y reinamos juntamente con Cristo. Y cuán grande sea esto lo veremos de aquí —o más bien no hay medio de hacérnoslo ver claramente ahora—. Mas, partiendo de nuestros bienes presentes, y obteniendo de ellos al menos una escasa noticia de ello, me esforzaré, en cuanto sea capaz, por poneros ante los ojos lo que he venido diciendo. Dime, pues: si cuando hubieras envejecido y vivieras en pobreza, y alguien te prometiera de repente hacerte joven y devolverte a la flor de la vida, y hacerte muy fuerte y hermoso sobremanera, y te diera el reino de toda la tierra por mil años, un reino en estado de la más profunda paz, ¿qué no elegirías hacer o sufrir para alcanzar esta promesa? (4 manuscritos y Sav. Mar. objetan.) Mira, pues: Cristo no promete esto, sino mucho más que esto. Porque la distancia entre vejez y juventud no se compara con la diferencia entre corrupción e incorrupción, ni la de un reino y pobreza con la de la gloria presente y la futura; antes bien la diferencia es la de sueños y realidad. O más bien todavía no he dicho nada al propósito, puesto que no hay lenguaje capaz de presentaros la grandeza de la diferencia entre los bienes venideros y los presentes. Y en cuanto al tiempo, no hay lugar para la idea de diferencia. ¿Pues qué modo hay de comparar con nuestro estado presente una vida que no tiene límite? Y en cuanto a la paz, dista tanto de cualquier paz presente como la paz difiere de la guerra; y en cuanto a la incorrupción, es tanto mejor como una perla clara es mejor que un terrón de barro. O más bien, por grande que sea lo que uno diga, nada puede ponéroslo delante. Pues aun si comparara la hermosura de nuestros cuerpos de entonces con la luz del rayo de sol o con el relámpago más brillante, aún no diría nada digno de aquel resplandor. Ahora bien, por tales cosas ¿qué dinero hay tan grande que no valga la pena darlo? ¿Qué cuerpos, o más bien qué almas no vale la pena entregar? Al presente, si alguno te llevara al palacio y, en presencia de todos, te diera ocasión de conversar con el rey, y te hiciera sentar a su mesa y participar de su comida, te llamarías el más feliz de los hombres. Mas cuando has de subir al Cielo y estar junto al Rey del universo mismo, y rivalizar con los ángeles en resplandor, y gozar aun de aquella gloria inefable, ¿vacilas en si debes dar dinero? Y si tuvieras que dejar la vida misma, debías saltar y exultar, y elevarte con alas de placer. Pero tú, para obtener un cargo ([ἀ][ρχὴν]) como un lugar de rapiña (pues llamar ganancia a cosa semejante no puedo), pones en peligro todo lo que tienes, y después de tomar prestado de otros, empeñarás, si es preciso, a tu mujer ya tus hijos sin vacilar.
Hom. 14, § 37
Pero cuando se te presenta el reino de los cielos, aquel oficio ([ἀ] [ρχἥς]) en el que nadie te relevará, y Dios te manda tomar no un rincón de la tierra, sino todo el cielo entero, ¿andas titubeando, renuente y boquiabierto tras el dinero, olvidando que si las partes de ese cielo que vemos son tan hermosas y deleitables, cuánto más lo serán el cielo superior y el cielo de los cielos? Pero ya que aún no tenemos medio de ver esto con los ojos del cuerpo, asciende con el pensamiento y, situándote por encima de este cielo, mira hacia aquel cielo más allá, hacia aquella altura sin límite, hacia aquella Luz cargada de temor, hacia las multitudes de los Ángeles, hacia las filas innumerables de los Arcángeles, hacia el resto de las Potestades incorpóreas. Y luego toma de nuevo la imagen (cf. Plat. Rep. vii. p. 516) que tenemos de ello, después de bajar de lo alto, y haz un bosquejo de la condición de un rey entre nosotros, con sus hombres de armadura de oro, sus parejas de mulas blancas orgullosamente enjoyadas de oro, sus carros engastados de piedras preciosas, sus cojines nivales ([στρωμνὴν] Poll. x. 41), las lentejuelas que revolotean alrededor del carro, los dragones bordados en las colgaduras de seda, los escudos con sus umbos de oro, las correas que suben de éstos al borde pasando por tantas gemas, y los caballos con jaeces dorados y frenos de oro. Pero cuando vemos al rey, inmediatamente perdemos de vista todo eso. Pues él solo atrae nuestros ojos hacia sí, hacia el manto de púrpura, la diadema, el trono, el broche, las sandalias, todo aquel esplendor de su aspecto. Después de reunir todas estas cosas con precisión, aparta de nuevo tu pensamiento de ellas hacia las cosas de arriba y hacia aquel día terrible en que Cristo viene. Porque entonces no verás parejas de mulas, ni carros de oro, ni dragones y escudos, sino cosas preñadas de un poderoso temor, que causan tal asombro que las mismas Potestades incorpóreas quedan estupefactas. Porque «las potestades de los cielos», dice, «serán sacudidas». [] Entonces todo el cielo se abre de par en par, las puertas de aquellos ámbitos se despliegan, y baja el Hijo Unigénito de Dios, no con veinte ni con cien hombres de guardia, sino con miles y miríadas de Ángeles y Arcángeles, Querubines y Serafines y otras Potestades; todo se llenará de temor y temblor, mientras la tierra estalla y los hombres que jamás han nacido, desde el nacimiento de Adán hasta aquel día, se levantan de la tierra y todos son arrebatados; [] cuando Él mismo aparece con una gloria tan grande que el sol, la luna y toda luz cualquiera quedan eclipsados, oscurecidos por aquel resplandor. ¿Qué lenguaje podrá ponernos delante aquella bienaventuranza, aquel brillo, aquella gloria? ¡Ay de mí, alma mía! Pues me sobreviene llanto y un gran gemido al reflexionar de qué bienes hemos caído, de qué bienaventuranza nos hemos extrañado. Porque extrañados estamos (hablo todavía de mi propio caso), a menos que hagamos alguna obra grande y admirable; no me hables, pues, ahora del infierno, porque más grave que cualquier infierno es la caída de esta gloria, y peor que innumerables castigos el alejamiento de aquella suerte. Pero seguimos boquiabiertos tras este mundo presente y no consideramos la astucia del diablo, que con cosas pequeñas nos despoja de aquellas grandes, nos da barro para arrebatarnos oro, o más bien para arrebatarnos el cielo; nos muestra una sombra para desposeernos de la realidad, y nos pone fantasmas en sueños (pues tal es la riqueza de este mundo), para que al amanecer nos pruebe que somos los más pobres de los hombres. Meditando estas cosas, aunque sea tarde, huyamos de este engaño y pasemos al lado de las cosas venideras. Pues no podemos decir que ignorábamos cuán expuesta a los accidentes está la vida presente, ya que cada día las cosas nos atruenan los oídos más fuertemente que una trompeta: la futilidad, la ridiculez, la vergüenza, los peligros, las trampas de la escena presente. ¿Qué excusa, pues, tendremos para perseguir con tanto empeño cosas tan sujetas a riesgos y cargadas de vergüenza, abandonando las cosas que no fallan, que nos harán gloriosos y radiantes, y entregándonos por entero a la esclavitud del dinero? Porque la servidumbre a estas cosas es peor que cualquier cautiverio. Y esto lo saben los que han sido tenidos por dignos de alcanzar su libertad de ella. Para que también vosotros sintáis esta hermosa libertad, romped las ataduras, saltad fuera del lazo. Y no haya oro guardado en vuestras casas, sino aquello más precioso que millones de dinero: la limosna y el amor hacia el hombre, vuestro tesoro. Pues esto nos da confianza ante Dios, pero lo otro nos cubre de profunda vergüenza y hace que el diablo sople con violencia ([σφοδρὸν πνεἵν]) sobre nosotros.
¿Por qué, pues, armas a tu enemigo y lo haces más fuerte? Arma tu diestra contra él, traslada todo el esplendor de tu casa a tu alma, guarda toda tu fortuna en tu mente, y en lugar de un cofre y una casa, que el cielo custodie tu oro. Pongamos todos nuestros bienes alrededor de nosotros mismos; porque somos mucho mejores que los muros y más dignos que el pavimento. ¿Por qué, pues, con descuido de nosotros mismos, derrochamos toda nuestra atención en aquellas cosas que, cuando nos vayamos, ya no podemos alcanzar, y a menudo, aun mientras estamos aquí, no podemos retener, cuando podríamos tener tales riquezas que nos hallen no solo en esta vida, sino también en aquella, en las circunstancias más holgadas? Porque el que lleva consigo sus campos, su casa y su oro en el alma, dondequiera que aparezca, aparece con toda esta riqueza. ¿Y cómo es posible lograr esto?, se preguntará. Es posible, y con la mayor facilidad. Pues si los transfieres al cielo por la mano del pobre, los transferirás enteros a tu propia alma. Y si después te sobreviene la muerte, nadie te los quitará, sino que partirás para ser rico también en el mundo venidero. Éste era el género de tesoro que tenía Tabita. Por eso no era su casa la que proclamaba su riqueza, ni los muros, ni las piedras, ni las columnas, sino los cuerpos de las viudas provistos de vestido, sus lágrimas derramadas, la muerte que huía y la vida que volvía. Hagámonos también nosotros tesoros semejantes, edifiquémonos casas semejantes. De este modo tendremos a Dios por Colaborador y nosotros mismos seremos coadjutores con Él. Porque Él mismo trajo a los pobres del no ser al ser, y tú impedirás que, después de haber sido traídos a la vida y al ser, perezcan de hambre y otras angustias, cuidándolos y enderezándolos, sosteniendo en todas partes el Templo de Dios. ¿Qué puede igualarse a esto en utilidad y en gloria? O si aún no has alcanzado una noción clara del gran adorno que te otorgó cuando te mandó socorrer la pobreza, considera esto contigo mismo. Si te hubiera dado un poder tan grande que pudieras levantar de nuevo el cielo si cayera, ¿no creerías que tal honor te sobrepasa con mucho? Mira: ahora te ha tenido por digno de un honor mayor. Pues aquello que en su estimación es más precioso que los cielos, te ha confiado repararlo. Porque de todas las cosas visibles no hay nada en la estimación de Dios igual al hombre. Pues para él hizo el cielo, la tierra y el mar, y halla más placer en morar con él que en el cielo. Y sin embargo, nosotros, aun sabiendo esto, no prestamos atención ni cuidado a los templos de Dios; sino que, dejándolos en descuido, nos proveemos casas espléndidas y grandes para nosotros. Por eso carecemos de todos los bienes y somos más mendigos que los más pobres, porque nos enorgullecemos de estas casas que no podemos llevar con nosotros al partir, y abandonamos las únicas que podríamos trasladar con nosotros mismos. Pues los cuerpos de los pobres, después de la disolución, necesariamente han de resurgir; y Dios, que ha dado este encargo, los sacará adelante, alabará a quienes los cuidaron y los tratará con admiración ([θαυμάσεται]), porque cuando estaban a punto de arruinarse unas veces por hambre, otras por desnudez y frío, éstos los repararon por todos los medios a su alcance. Pero aun con todas estas alabanzas puestas delante, todavía nos demoramos y rehusamos emprender esta honorable tarea. Y Cristo, en verdad, no tiene dónde alojarse, sino que anda como forastero, desnudo y hambriento, y tú levantas casas fuera de la ciudad, baños, terrazas y cámaras sin número, en vanidad irreflexiva; y a Cristo no le das ni siquiera parte de una choza, mientras que para grajos y buitres engalanas las cámaras altas. ¿Qué puede ser peor que semejante insania? ¿Qué más grave que tal locura? Porque es locura en su último grado, o más bien no hay nombre que le cuadre, úsese el que se use. Sin embargo, si así lo queremos, es posible rechazar este mal, por tenaz que sea; y no solo posible, sino incluso fácil; y no solo fácil, sino aún más fácil librarse de esta peste que de los padecimientos del cuerpo, porque el Médico es mucho más grande. Atraigámoslo, pues, hacia nosotros, invitemos su ayuda en el intento, y aportemos nuestra parte, quiero decir, la buena voluntad y el empeño. Pues Él no exigirá nada más, sino que si solo halla esto, otorgará todo lo que le corresponde. Aportemos, pues, nuestra parte, para que en este mundo gocemos de una salud auténtica y alcancemos los bienes venideros, por la gracia y el amor hacia los hombres, etc.