Trigg cuenta que hacia 248 o 249 Ambrosio envió a Orígenes un tratado titulado Discurso verdadero, de un Celso ya muerto. Orígenes lo tenía por el Celso amigo del satírico Luciano de Samósata, y Trigg considera plausible esa identificación; el escrito sería de fines del siglo II y podría llamarse una «antiapología», una respuesta pagana a los alegatos cristianos. Empezaba acusando a los cristianos de formar una sociedad secreta ilegal y terminaba reprochándoles su negativa a adorar al emperador; para Trigg era, en la práctica, un alegato a favor de la persecución. Roma acababa de celebrar el milenio de su fundación (247), el Imperio atravesaba una crisis grave, y algunos intelectuales paganos culpaban a los cristianos, favorecidos por Filipo el Árabe. Ambrosio, escarmentado por su último roce con la persecución, vio el peligro de que circulara. Eusebio llama a Celso «el epicúreo» y dice que Orígenes le respondió en ocho libros (Historia eclesiástica VI, 36, 2). Orígenes empieza negando que hiciera falta:
Y no sé, piadoso Ambrosio, por qué has deseado que yo escriba una respuesta a las falsas acusaciones que Celso dirige contra los cristianos, y a sus imputaciones contra la fe de las Iglesias en su tratado; como si los hechos mismos no ofrecieran una refutación manifiesta, y la doctrina una mejor respuesta que cualquier escrito, puesto que ella tanto deshace las falsas afirmaciones como no deja a las acusaciones credibilidad ni validez alguna.
Pelikan escribe que la primera apología del cristianismo (la de Cuadrato), la más brillante (la de Orígenes) y la más erudita (la de Eusebio) se redactaron en griego. Señala además que una de las dificultades principales de los paganos cultos con los cristianos era la exégesis alegórica.
Celso comparaba a los cristianos con los fieles de los cultos orientales, que acogen a cualquiera sin examen, y les atribuía el lema «no examines, cree». Orígenes responde que si todos pudieran dejar los negocios y dedicarse a la filosofía no habría que usar otro método; pero eso es imposible:
A lo cual hemos de responder que, si fuera posible que todos abandonaran los negocios de la vida y se dedicaran a la filosofía, ningún otro método debería adoptarse, sino solamente este. Porque también en el sistema cristiano se hallará que hay —por no hablar con arrogancia alguna— al menos tanta investigación acerca de los artículos de la fe, y tanta explicación de los dichos oscuros que aparecen en los escritos proféticos, y de las parábolas de los Evangelios, y de otras cosas incontables, que fueron narradas o realizadas con significado simbólico (como ocurre en los demás sistemas). Pero puesto que el camino aludido es imposible, en parte por las necesidades de la vida, en parte por la debilidad de los hombres, pues sólo muy pocos se entregan con empeño al estudio, ¿qué método mejor podría idearse para auxiliar a la multitud que el que Jesús entregó a los gentiles?
La respuesta tiene dos partes. Una afirma que dentro del cristianismo hay tanto examen de los artículos de la fe y de los dichos oscuros de profetas y parábolas como en cualquier escuela; la otra, que para la multitud que no puede dedicarse al estudio lo mejor es lo que Jesús entregó a los gentiles. En un libro posterior Celso se burla de que los cristianos invitan a pecadores, ignorantes y niños. Orígenes responde distinguiendo a quién se invita a qué:
Ahora bien, en respuesta a tales afirmaciones, decimos que no es lo mismo invitar a los que están enfermos en el alma a ser curados, y a los que están sanos al conocimiento y estudio de las cosas divinas. Nosotros, sin embargo, teniendo ambas cosas a la vista, al principio invitamos a todos los hombres a ser sanados, y exhortamos a los que son pecadores a venir a la consideración de las doctrinas que enseñan a los hombres a no pecar, y a los que están privados de entendimiento a las que engendran sabiduría, y a los que son niños a elevarse en su pensamiento hasta la madurez, y a los que son simplemente desdichados a la buena fortuna, o — que es el término más apropiado — a la bienaventuranza. Y cuando los que se han vuelto hacia la virtud han progresado, y han mostrado que han sido purificados por la palabra, y han llevado, cuanto pueden, una vida mejor, entonces, y no antes, los invitamos a participar en nuestros misterios. Porque hablamos sabiduría entre los perfectos.
Celso exhortaba a los cristianos a ayudar al rey con todas sus fuerzas, a servir en su ejército y a asumir cargos. Orígenes responde que sí ayudan, pero a su manera:
A esto respondemos que, cuando la ocasión lo requiere, sí prestamos ayuda a los reyes, y una ayuda, por así decirlo, divina, revestidos de toda la armadura de Dios. Y lo hacemos en obediencia al precepto del apóstol: Ruego, pues, ante todas las cosas, que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia; y cuanto más sobresale alguno en piedad, tanto más eficaz ayuda presta a los reyes, mayor incluso que la de los soldados, que salen a combatir y a matar a cuantos enemigos pueden. Y a aquellos enemigos de nuestra fe que nos exigen tomar las armas por la república y matar hombres, podemos responder: ¿Acaso no mantienen las manos limpias de sangre quienes son sacerdotes en ciertos santuarios, y quienes asisten a ciertos dioses, según vosotros los contáis, a fin de ofrecer con manos inmaculadas y exentas de sangre humana los sacrificios prescritos a vuestros dioses; y aun cuando la guerra está sobre vosotros, jamás alistan a los sacerdotes en el ejército? Si, pues, esa es una costumbre digna de alabanza, cuánto más lo será que, mientras otros se ocupan en la batalla, éstos también se ocupen como sacerdotes y ministros de Dios, manteniendo sus manos puras y luchando en oraciones a Dios por los que combaten en causa justa, y por el rey que reina con justicia, para que todo lo que se opone a los que obran rectamente sea destruido. Y como por nuestras oraciones vencemos a todos los demonios que incitan a la guerra, conducen a la violación de los juramentos y perturban la paz, somos de este modo mucho más útiles a los reyes que los que salen al campo a combatir por ellos. Y sí tomamos parte en los asuntos públicos, cuando junto a las oraciones piadosas unimos ejercicios de abnegación y meditaciones, que nos enseñan a despreciar los placeres y a no dejarnos arrastrar por ellos. Y ninguno combate mejor por el rey que nosotros. Cierto es que no combatimos bajo sus órdenes, aunque él lo requiera; pero combatimos en su favor, formando un ejército especial —un ejército de piedad—, ofreciendo nuestras oraciones a Dios.
Y sobre los cargos públicos añade que en cada ciudad hay otra organización, fundada por el Verbo de Dios, que son las Iglesias; que a los poderosos en palabra y de vida irreprensible se les pide que las gobiernen y a los que ambicionan el gobierno se los rechaza, y que los cristianos eluden los cargos públicos no para escapar de sus deberes, sino para reservarse a un servicio «más divino y más necesario»: la salvación de los hombres (VIII, 75). Sobre estos pasajes, el compendio Persecución y martirio y el siglo III ofrecen el contexto de la relación de los cristianos con el Imperio.
Trigg interpreta el libro como una defensa no solo de la encarnación sino de la gracia: Orígenes corrige la lectura que Celso hace de Platón sobre la posibilidad de conocer a Dios y añade que «la naturaleza humana no basta en modo alguno para buscar a Dios y hallarlo en su naturaleza pura, si no la ayuda el Dios a quien se busca». Una vez que la encarnación nos da a conocer a Cristo según la carne, dice Trigg, podemos avanzar con su ayuda a conocerlo como Logos y, por él, al Padre. Trigg ve en el interés renovado por el Discurso verdadero un anuncio de la hostilidad que traería Decio en 249.
El Contra Celso dejó de ser la última obra fechable de Orígenes en 2012. Entre las homilías sobre los Salmos del códice de Múnich, Trigg destaca una en que Orígenes dice que había pensado que Dios asignó los ángeles a cada pueblo cuando se confundieron las lenguas en Babel, y que, tras examinar el asunto con más cuidado, cambió de opinión. Él mismo había escrito aquella opinión en el Contra Celso. Lorenzo Perrone, según Trigg, deduce de ello que las homilías son posteriores, de poco antes de su arresto, y las considera su última obra conocida.
Trigg, que ha traducido las homilías de Múnich, explica que de Orígenes se conservan homilías en griego, ahora muy aumentadas con las veintinueve del códice de Múnich, y casi doscientas más en traducciones latinas de Jerónimo y de Rufino; todas fueron predicadas después de 234, en Cesarea, y son, dice, las primeras transcripciones que tenemos de predicación cristiana. Eusebio cuenta que, ya pasados los sesenta años, Orígenes consintió por primera vez que se tomaran por escrito sus discursos públicos:
En este tiempo, al extenderse la fe y proclamarse nuestra doctrina con audacia ante todos, Orígenes, que, según dicen, pasaba de los sesenta años y había adquirido gran facilidad por su larga práctica, permitió muy apropiadamente que sus discursos públicos fueran tomados por estenógrafos, cosa que nunca antes había consentido.
Según Trigg, Ambrosio fue probablemente quien sostuvo el equipo que las tomó. La estructura es la misma en todas: una introducción (prooimion), una explicación línea por línea del salmo, siempre aplicada a la vida de los oyentes, y un final abreviado y elevado, a modo de exhortación, que acaba en una doxología. Como pastor, dice Trigg, Orígenes previene contra la ira, la codicia y el desenfreno, pide ayudar a los pobres, se pone él mismo como primer ejemplo y no quiere que los fieles se desanimen por sus caídas. Usa imágenes de la vida de Cesarea (el teatro, el vino, la entrada al puerto, la lucha de los niños) y no le falta humor: pregunta a quien se resiste a la lectura figurada si cree que los ángeles tienen utensilios de cocina para el maná o una orquesta de metales para la trompeta del juicio, y sugiere a quien toma a la letra la promesa de que las serpientes no harán daño que pruebe a pisar una cobra. Trigg apunta además que Orígenes habla de los judíos como quien no los siente una amenaza, y que nombra de continuo a Basílides, Valentín y Marción. Tampoco era, añade en su biografía, un predicador capaz de dominar a su congregación como Crisóstomo o Agustín: en algunas homilías se queja de que no escuchan.
Hacia 233–235 (Koetschau propone 233 o 234) escribió en Cesarea, para Ambrosio y para Tatiana, el tratado Sobre la oración. Responde a quienes juzgan inútil orar si Dios lo sabe todo. Una de sus primeras respuestas es el ejemplo de Jesús:
Si Jesús ora y no ora en vano, si obtiene sus súplicas mediante la oración y acaso no las habría recibido sin oración, ¿quién de nosotros ha de descuidar la oración?
La segunda mitad del tratado comenta el Padrenuestro petición por petición. Cuando llega al «pan necesario», Orígenes rechaza que se pida pan material y lo lee como el alimento del alma, el Verbo, que se da a cada uno según su capacidad (XVII). El texto griego completo depende de un solo manuscrito, el B.8.10 del Trinity College de Cambridge, según la ficha del sitio.
Cuando Maximino el Tracio subió al trono (235) y mandó matar a los jefes de las iglesias, Orígenes escribió Sobre el martirio para Ambrosio y para el presbítero Protocteto, a quienes la persecución había traído «penalidades inusuales» (Eusebio, VI, 28). McGuckin anota que la posición de Orígenes ante el martirio era huir cuando se puede (Mateo 10, 23) y aceptarlo con firmeza una vez detenido. Eusebio dice que se conservan cartas suyas al emperador Filipo y a su mujer Severa, y una a Fabiano, obispo de Roma, y a otros jefes de iglesias «acerca de su ortodoxia» (VI, 36, 3–4). En 249 Decio derrocó a Filipo y desató una persecución. Eusebio cuenta lo que sufrió Orígenes:
Pero cuántas y cuán grandes cosas sobrevinieron a Orígenes en la persecución, y cuál fue su resultado final —al desplegar el demonio del mal todas sus fuerzas y luchar contra el hombre con todo su artificio y poder, asaltándolo más que a todos los demás contra quienes contendió en aquel tiempo—, y cuáles y cuántas cosas soportó por la palabra de Cristo, prisiones y torturas corporales y tormentos bajo el collar de hierro y en el calabozo; y cómo durante muchos días, con los pies estirados cuatro espacios en el cepo, soportó pacientemente las amenazas del fuego y cuantas otras cosas le infligieron sus enemigos; y cómo terminaron sus sufrimientos, esforzándose ansiosamente su juez con todas sus fuerzas por no poner fin a su vida; y qué palabras dejó después de estas cosas, llenas de consuelo para los que necesitaban ayuda, lo muestran con verdad y exactitud muchísimas de sus epístolas.
Trigg añade que sus perseguidores no quisieron matarlo, con la esperanza de que una retractación suya valiera más que su muerte, y que Orígenes sobrevivió con la salud quebrantada y murió al año o poco más de ser liberado. Eusebio dice que murió a los sesenta y nueve años, en tiempos de Galo (VII, 1); Jerónimo repite la edad, nombra a Galo y a Volusiano y añade que lo enterraron en Tiro (Sobre los varones ilustres 54). Trigg comenta que una muerte inequívoca de mártir habría favorecido más su fama póstuma. En aquella persecución murieron en la cárcel, tras confesar su fe, los obispos Alejandro de Jerusalén y Babilas de Antioquía (Eusebio, VI, 39, 2–4).
Dos hallazgos modernos han añadido textos suyos. En 1941 un escondite de libros en una antigua cantera de Tura, cerca de El Cairo, devolvió papiros de Orígenes y de Dídimo el Ciego, según Trigg y McGuckin. De Orígenes eran: el Diálogo con Heráclides, una homilía sobre la bruja de Endor, partes del Comentario a Romanos, el discurso Sobre la Pascua y fragmentos del Contra Celso. En 2012 la Biblioteca Estatal de Baviera anunció que su archivera Marina Molin Pradel había identificado veintinueve homilías griegas sobre los Salmos en el códice Monacensis Graecus 314, del siglo XII; Lorenzo Perrone dio la identificación por segura, entre otras razones porque la lista de homilías de la carta 33 de Jerónimo las contiene todas, y publicó la edición crítica en 2015. Trigg las traduce en 2020 y las considera, con Perrone, la última obra conocida de Orígenes.
Entre su muerte y el año 393 se conservan testimonios de lectores muy distintos, casi ninguno neutral. Los principales:
| Lector | Qué hizo o dijo | Dónde consta |
|---|---|---|
| Alejandro de Jerusalén y Teoctisto de Cesarea | Defienden ante Demetrio que un laico capaz predique con permiso del obispo; Alejandro llama «padres» a Panteno y a Clemente, por quienes conoció a Orígenes | Eusebio, VI, 14, 8–9 y VI, 19, 17–18 |
| Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia | Según Jerónimo, pidió su visita con todos los obispos de Capadocia y lo retuvo mucho tiempo | Jerónimo, Varones ilustres 54 |
| Gregorio (Teodoro), su alumno | Le dirige el Panegírico, hacia 238 según el ANF | Panegírico a Orígenes; Eusebio, VI, 30 |
| Pánfilo y Eusebio de Cesarea | Escriben una Apología en su defensa; solo se conserva el libro I, en latín de Rufino | Eusebio, VI, 33, 4; Jerónimo, Apología contra Rufino I, 8 |
| Metodio, obispo de Olimpo | Lo combate, según Sócrates, y después lo elogia en el Xenón; Eusebio le reprocha en su Apología haber escrito contra él | Sócrates, VI, 13; Jerónimo, Apología contra Rufino I, 11 |
| Eustacio de Antioquía y Apolinar | Lo acusan de cosas distintas, según Sócrates | Sócrates, VI, 13 |
| Atanasio | Lo cita como testigo de la coeternidad del Hijo | Defensa de la definición nicena § 27 |
| Dídimo el Ciego | Escribió comentarios a Sobre los principios en que lo alaba y llama sofistas a sus detractores | Sócrates, IV, 25 |
| Basilio y Gregorio Nacianceno | Compilan la Filocalia; Gregorio la envía a Teodoro de Tiana hacia 382 | Carta 115 de Gregorio; Basilio, Sobre el Espíritu Santo 29, 73 |
| Gregorio de Nisa | Rechaza la preexistencia de las almas «en el sentido de Orígenes» | La hechura del hombre XXVIII–XXIX, con las notas del NPNF |
| Jerónimo | Traduce muchas de sus obras; dice haber vertido «setenta libros» | Apología contra Rufino I, 8 |
Sócrates Escolástico, historiador del siglo V, resume en un capítulo la situación de Orígenes entre sus lectores y toma partido:
Personas de carácter despreciable, y destituidas de capacidad para alcanzar eminencia por sí mismas, a menudo procuran llamar la atención denigrando a quienes los superan. Y primero Metodio, obispo de una ciudad de Licia llamada Olimpo, padeció esta dolencia; después Eustacio, que por breve tiempo presidió la iglesia de Antioquía; tras él Apolinar; y por último Teófilo. Este cuarteto de detractores ha calumniado a Orígenes, pero no por los mismos motivos, habiendo hallado uno una causa de acusación contra él, y otro otra distinta; y así cada uno ha demostrado que aquello a lo que no puso objeción, lo ha aceptado plenamente. Pues como uno ha atacado una opinión en particular, y otro ha hallado falta en otra, es evidente que cada uno ha admitido como verdadero lo que no ha impugnado, dando una aprobación tácita a lo que no ha atacado. Metodio, en efecto, cuando en varios lugares había vituperado a Orígenes, después, como retractándose de todo lo que había dicho antes, expresa su admiración por el hombre, en un diálogo que tituló Xenón. Mas afirmo que de la censura de estos hombres resulta mayor elogio para Orígenes. Pues quienes han investigado cuanto juzgaban digno de reprobación en él, y sin embargo nunca le han acusado de sostener opiniones malsanas respecto de la santa Trinidad, de este modo muestran del modo más claro que dan testimonio de su piedad ortodoxa; y al no reprocharle en este punto, lo encomian con su propio testimonio.
Sócrates sostiene así que cada detractor de Orígenes aprobaba, por no atacarlo, lo que dejaba intacto, y que ninguno lo había acusado de enseñar mal sobre la Trinidad. Es un argumento de defensor. Eusebio sabía que no todos eran amigos: en el libro VI de su Apología reprochaba a Metodio haber escrito contra Orígenes, según cuenta Jerónimo (Apología contra Rufino I, 11). El propio Jerónimo, que había traducido muchas obras de Orígenes, replica a Rufino que la Apología que este tradujo como obra de Pánfilo es en realidad de Eusebio, el «portaestandarte del partido arriano», y que Rufino cambió en ella lo que ofendería a los romanos (I, 8); es la acusación de un adversario y no se puede comprobar, porque el original se perdió. Hefele recuerda un dato del Occidente: el sínodo romano de 496 reprochó a Eusebio haber escrito con Pánfilo una defensa de Orígenes, aunque añadía que «muchos de sus libros han de leerse», y León Magno daba por sentado que Orígenes había sido justamente anatematizado por la preexistencia de las almas (Carta 35).
La Filocalia reúne pasajes de Orígenes sobre la inspiración y el estilo de la Escritura, sobre cuándo sirve la filosofía, sobre los nombres de Dios, extractos del Contra Celso y, en el capítulo XXI, el tratado del libre albedrío. Gregorio Nacianceno la envió a un amigo con una nota breve:
Anticipas la Fiesta, y las cartas, y, lo que es mejor aún, el tiempo con tu afán, y nos otorgas una fiesta preliminar. Tal es lo que Vuestra Reverencia nos da. Y nosotros, a cambio, te damos lo más grande que tenemos, nuestras oraciones. Pero para que tengas algo pequeño con qué recordarnos, te enviamos el volumen de la Filocalia de Orígenes, que contiene una selección de pasajes útiles para estudiantes de literatura. Dígnate aceptarlo, y danos una prueba de su utilidad, ayudado por la diligencia y el Espíritu.
La nota del NPNF fecha la carta hacia la Pascua de 382 y dice que acompañaba una copia de la Filocalia «editada por él mismo y San Basilio». Lubac recoge un dicho que atribuye a Jerónimo y que repitieron Sulpicio Severo, Vicente de Lerins y, desde Casiodoro, muchos medievales: cuando Orígenes hacía bien las cosas nadie las hacía mejor, y cuando las hacía mal, nadie peor.
Agustín, en el catálogo de Sobre las herejías, enumera dos grupos de «origenistas». El primero, dice, se llama así por un Orígenes distinto del conocido; el segundo sigue «al Comentarista Adamantino», y Agustín copia de Epifanio que rechazan la resurrección de los muertos, hacen criaturas a Cristo y al Espíritu Santo y toman por alegorías el paraíso y los cielos. Teske, que traduce y anota la obra, observa que Epifanio, que combatió a Orígenes en la primera controversia, «difícilmente es un testigo imparcial», y que Epifanio incluyó el origenismo en su Panarion hacia 374–376 (63–64). Agustín añade su propio juicio: los defensores de Orígenes dicen que enseñó una sola sustancia en la Trinidad y no negó la resurrección, pero hay otras enseñanzas que la Iglesia no acepta, y sobre todo la purificación y el retorno del alma racional, con el diablo y sus ángeles restituidos al reino de Dios.
La crisis estalló en Palestina entre 392 y 394, según las fuentes que cita el sitio. Epifanio de Salamina y Juan de Jerusalén se enfrentaron por Orígenes, Rufino quedó con Juan, y Jerónimo, que había sido admirador de Orígenes, cambió de bando en 393 y escribió Contra Juan de Jerusalén (Teske). Clark cuenta lo que siguió: Rufino llegó a Italia, su amigo Macario le pidió que tradujera Sobre los principios, los amigos romanos de Jerónimo se alarmaron y le enviaron una copia, Rufino se defendió ante el papa Anastasio y en la Apología contra Jerónimo, y Jerónimo contestó con dos libros y después con un tercero cuando obtuvo el texto entero. Clark recuerda también que Siricio aprobó la profesión de fe de Rufino, y que su sucesor Anastasio, desde 399, condenó los escritos de Orígenes, aunque dijo no saber quién era Orígenes. Rufino siguió traduciendo hasta su muerte, hacia 410. Teske, por su parte, resume el desenlace con Crouzel: la primera disputa nació de una lectura unilateral, hecha a menudo por sucesores hostiles, que separó ciertas especulaciones del conjunto y olvidó su carácter hipotético.
En Egipto el asunto se mezcló con otro. Sócrates y Sozomeno cuentan que los monjes simples creían que Dios tiene forma humana, que Teófilo, obispo de Alejandría, predicó lo contrario y que los monjes se amotinaron:
Cuando los ascetas egipcios se enteraron de esto, abandonaron sus monasterios y vinieron a Alejandría, donde provocaron un tumulto contra el obispo, acusándolo de impiedad y amenazándolo con matarlo. Teófilo, dándose cuenta del peligro, tras alguna reflexión recurrió a este expediente para librarse de la muerte con que se le amenazaba. Fue a los monjes y, en tono conciliador, les dirigió estas palabras: ‘Al veros, contemplo el rostro de Dios.’ La expresión de esta sentencia moderó la furia de aquellos hombres, y respondieron: ‘Si verdaderamente admites que el semblante de Dios es como el nuestro, anatematiza el libro de Orígenes; pues algunos, sacando argumentos de ellos, se oponen a nuestra opinión. Si no haces esto, espera ser tratado por nosotros como impío y enemigo de Dios.
Sozomeno cuenta la misma escena y la misma respuesta de Teófilo (VIII, 11). Cuando Teófilo se enemistó después con cuatro monjes a los que había protegido, los llamados Monjes Altos, usó contra ellos los libros de Orígenes: escribió a los obispos, hizo que Epifanio reuniera un sínodo en Chipre que prohibió leerlos y reunió el suyo (Sócrates, VI, 9–10). Los monjes huyeron a Constantinopla, donde los acogió Juan Crisóstomo, y Teófilo, con permiso del emperador, convocó contra Juan el sínodo de La Encina. Sócrates dice que, cuando Teófilo llegó, «ya no se hacía mención de Orígenes» y que todos presentaban otras acusaciones (VI, 15). Más tarde, preguntado por qué leía lo que había condenado, Teófilo contestó con esta comparación:
el odio que se le tenía aumentó enormemente por la desvergüenza con que continuó leyendo las obras de Orígenes. Y cuando se le preguntó por qué favorecía así lo que había condenado públicamente, respondió: 'Los libros de Orígenes son como un prado esmaltado de flores de toda clase. Si, por tanto, encuentro entre ellos una hermosa, la recojo; pero lo que me parece espinoso, lo salto por encima, como aquello que me pincharía.
Sulpicio Severo, que recoge el ambiente de Alejandría en el relato de su amigo Postumiano, confirma que los obispos habían decretado en sínodos que nadie leyera ni poseyera libros de Orígenes, que los partidarios de este decían que lo censurable eran interpolaciones de herejes, y que a Postumiano le dio que pensar que Jerónimo, tenido antes por seguidor de Orígenes, lo condenara ahora por entero (Diálogos I, 6–7). Las tesis que se discuten son las que hemos visto: el diablo, las almas, los cuerpos. En Occidente, Orosio llevó a Agustín una lista de siete errores que atribuía a Orígenes y a Basilio de Cesarea y que enseñaban unos españoles, los dos Avitos. A la primera, que las cosas ya existían hechas en la sabiduría de Dios antes de hacerse, Agustín contestó que eso es hablar sin sobriedad, porque supone que se hicieron antes de ser hechas. Teske concluye que el origenismo que Orosio denunciaba era el que Jerónimo había atacado, llevado a España por Avito.
El Oriente conoció una segunda ola a partir de 520, que Hefele narra con ayuda de Cirilo de Escitópolis. Cuatro monjes de la Nueva Laura, con Nono a la cabeza, eran origenistas y los expulsó el abad Agapeto, hasta que su sucesor Menas los readmitió; san Sabas fue a Constantinopla en 530 a pedir al emperador la expulsión de los origenistas; murió en 531; el origenismo se extendió con dos monjes cultos, Domiciano y Teodoro Ascidas, a quienes Justiniano hizo obispos hacia 537. Hacia 542 el patriarca Efrén de Antioquía reunió un sínodo que anatematizó las tesis de Orígenes. Y en 543 Justiniano envió al patriarca Menas una carta con veinticuatro pasajes de Orígenes y diez anatemas, según Hefele. El sitio publica los nueve anatemas y la fórmula final. El último dice:
Si alguien dice o piensa que el castigo de los demonios y de los hombres impíos es solo temporal, y un día tendrá fin, y que tendrá lugar una restauración ([ἀποκατάστασις]) de los demonios y de los hombres impíos, sea anatema.Anatema a Orígenes y a aquel Adamantio, que expuso estas opiniones juntamente con su nefanda y execrable y perversa doctrina, y a todo aquel que piense así, o defienda estas opiniones, o que en cualquier modo, en adelante, en cualquier tiempo, presumiere protegerlas.
Diez años después, el capítulo 11 del Segundo Concilio de Constantinopla pone a Orígenes en una lista:
Si alguno no anatematiza a Arrio, Eunomio, Macedonio, Apolinar, Nestorio, Eutiques y Orígenes, así como sus impíos escritos, como también a todos los demás herejes ya condenados y anatematizados por la Santa Iglesia Católica y Apostólica, y por los antedichos cuatro santos Sínodos, y [si alguno no anatematiza igualmente] a todos aquellos que han sostenido y sostienen o que en su impiedad persisten en sostener hasta el fin la misma opinión que esos herejes recién mencionados: sea anatema.
Los quince anatemas contra Orígenes, que el sitio publica a continuación, no son seguros como actas del concilio. Hefele sostiene que se trata de una copia ampliada de los diez anatemas del emperador que el sínodo permanente de Constantinopla (la synodos endemousa) adoptó en 543, y da, entre otras razones, estas: las actas del quinto concilio mencionan a Orígenes solo en el canon 11, el papa Vigilio, Pelagio y Gregorio Magno hablan largamente de los decretos de ese concilio sin aludir a uno contra Orígenes, y es muy improbable que lo redactara un concilio en el que Teodoro Ascidas, origenista notorio, tuvo la mayor influencia. Hefele añade que Evagrio Escolástico, que da un artículo de las acusaciones, confunde los dos sínodos. Percival, que edita las actas en el NPNF, cree que sería temerario dar una respuesta dogmática y que, aun siendo de 543, el capítulo 11 los hizo suyos en la práctica. Los halló Lambeck en un manuscrito de Viena que los titula «Cánones de los 165 santos Padres del quinto sínodo».
Trigg ve en Justiniano a un adversario que «carecía no solo de simpatía sino de verdadera comprensión de Orígenes», cuyo pensamiento conocía por fragmentos sacados de contexto de Sobre los principios. Trigg se pregunta además en qué medida se atribuyeron a Orígenes ideas de otros, y escribe que en ambas controversias lo que Orígenes había presentado como resultado de una indagación abierta se trató como enunciado doctrinal absoluto; ese estilo era más propio de Evagrio Póntico, que sostuvo muchas ideas de Orígenes pero sin justificación racional. Clark, que estudió las dos controversias, propone otra lectura: «Orígenes» fue en ellas una palabra clave para preocupaciones teológicas muy distintas, y no hay ni una identidad personal estable que pueda llamarse así ni un conjunto uniforme de doctrinas que pueda llamarse origenismo. Muchos de los argumentos, añade, no versaban sobre teología sino sobre lealtades personales.
Hacia 434, Vicente de Lerins escribió su Conmonitorio para enseñar a distinguir la fe de la Iglesia de las novedades. Cuando quiere un ejemplo de lo que ocurre si el maestro yerra, escoge a Orígenes. Lo describe como un hombre del que cualquiera creería todo: de linaje ilustrado por el martirio, formado en la pobreza, de ingenio agudísimo y erudición casi universal, que sabía hebreo, que escribió más que nadie y a quien ningún maestro «usó jamás más pruebas tomadas de la Escritura» (cap. 17, § 43). Luego añade:
Me faltaría tiempo para referir, aun en muy pequeña medida, las excelencias de este varón, todas las cuales, no obstante, no sólo contribuyeron a la gloria de la religión, sino que también acrecentaron la magnitud de la prueba. Pues, ¿quién en el mundo abandonaría a la ligera a un varón de tan grande ingenio, de tan grande doctrina, de tan grande influencia, y no adoptaría más bien aquel dicho: que preferiría equivocarse con Orígenes antes que estar en lo cierto con otros?
Vicente juzga que Orígenes cayó en el error «siguiendo temerariamente la inclinación de su propio ingenio» (§ 44) y que su caso es una prueba que Dios permite a la Iglesia (). Y recoge la objeción de los defensores:
Pero alguno dirá: los libros de Orígenes han sido corrompidos. No lo niego; es más, lo concedo de buen grado. Pues que así es, ha llegado hasta nosotros de palabra y por escrito, no sólo de parte de los católicos, sino también de los herejes. Pero la cuestión es que, aunque él mismo no lo sea, los libros publicados bajo su nombre son una gran prueba, los cuales, abundando en muchas blasfemias dañinas, son leídos y saboreados, no como si fuesen de otro, sino creyendo que son suyos; de suerte que, aunque no hubiera error en el pensamiento original de Orígenes, la autoridad de Orígenes se muestra como causa eficaz para inducir a los hombres a abrazar el error.
Lubac, en su estudio de la exégesis medieval, observa que desde los primeros años del siglo V el mundo latino leyó a Orígenes, y que lo leyó con avidez a pesar de la disputa que duró hasta la muerte de Rufino en 411. Lubac cita al autor del Praedestinatus, que lo llama «nuestro Orígenes, tratadista católico, que lucha contra las herejías y vence»; al poeta Sedulio, que apoya su autoridad en «Orígenes, gran experto en la ley divina»; a Sidonio Apolinar, que lo junta con Jerónimo y Agustín; a Cesáreo de Arlés, que copió páginas enteras de sus homilías para predicar, y a Gregorio Magno, que sacó gran provecho de ellas sin aludir a los anatemas. Lubac escribe que, junto con Agustín, Orígenes iba a ser «el doctor del sentido espiritual de la historia», y que en hermenéutica, exégesis y espiritualidad fue «el gran maestro» de la Edad Media. McGuckin recuerda que Jerónimo tradujo en 380 catorce homilías sobre Jeremías y otras tantas sobre Ezequiel, en 383 dos sobre el Cantar y en 389 treinta y nueve sobre Lucas, y que de los manuscritos medievales latinos que conservan versiones de Orígenes hay una cantidad enorme; cita a Leclercq y a Lubac como quienes lo han mostrado.
Lubac recoge también las objeciones medievales. Beda opone a «los seguidores de Orígenes» un versículo de Proverbios (2, 19); Rabano Mauro, otro («una vez muerto el impío, no hay más esperanza»); Remigio de Auxerre invoca la opinión unánime de los Padres; Roberto Pullen y Abelardo rechazan por detestable la salvación de los demonios; Arnoldo de Bonneval habla de su «doctrina platónica», y Pedro Comestor exclamaba en sus sermones: «¡No creáis al dogmatizador Orígenes!». McGuckin añade que Abelardo siguió la teología de la cruz de Orígenes cuando rechazó la teoría del rescate.
Lo que sostienen hoy, punto por punto, los estudiosos que usa este perfil:
| Punto | Quién lo dice |
|---|---|
| La subordinación del Hijo en Orígenes es de las personas de una divinidad graduada, y no la de Arrio | Hanson |
| Los pasajes más discutidos de Sobre los principios no se conocen en griego, y los testigos hostiles pesan mucho | McGuckin, Trigg, Hanson |
| La preexistencia incorpórea que condenó el quinto concilio no figura en sus escritos | Blosser |
| «Orígenes» y «origenismo» fueron en las controversias nombres de preocupaciones diversas | Clark; Teske, citando a Crouzel |
| Justiniano conoció a Orígenes por fragmentos sacados de contexto | Trigg |
| La apocatástasis del diablo no consta en los textos conservados | Lubac |
Trigg añade que Agustín, aunque tuvo interés al principio y afinidades reales con él, nunca conoció bien las obras de Orígenes y se volvió cada vez más hostil a sus ideas. Hanson recuerda que Marcelo de Ancira reprochaba a Orígenes haber imitado a Platón hasta en el título del tratado y que, según ese adversario, Eusebio de Cesarea y otros estaban bajo su «influencia nefasta». Pelikan subraya que, incluso en sus especulaciones, un teólogo como Orígenes se sabía responsable ante el depósito de la revelación cristiana y ante la autoridad permanente de la Iglesia, y que sus opiniones personales hay que situarlas en el desarrollo de lo que la Iglesia ha creído, enseñado y confesado.
Los hallazgos de Tura (1941) y de Múnich (2012) ampliaron el archivo. Para Trigg, en su biografía, el Contra Celso era la última obra fechable de Orígenes; hoy lo son las homilías sobre los Salmos, que corrigen en un detalle lo que dijo en el Contra Celso.
Nota de lectura · Fuentes de este perfil y sus límites
Primarios. Los pasajes de Eusebio (Historia eclesiástica VI y VII, 1), de Gregorio (Panegírico a Orígenes), de Jerónimo (Sobre los varones ilustres 54 y la Apología contra Rufino), de Sócrates, de Atanasio, de Basilio, de Gregorio Nacianceno, de Agustín (La ciudad de Dios), de Vicente de Lerins, de los concilios y de las obras de Orígenes (Sobre los principios, Comentario a Juan, Contra Celso, Sobre la oración, Carta a Africano, Carta a Gregorio) se copian de los escritos que el sitio ya publica, con el traductor y la edición que cada uno indica. Casi todos son traducciones del inglés (ANF y NPNF); Sobre los principios se lee en el latín de Rufino por la versión de Crombie y, en III, 1 y IV, 1–3, en el griego de la Filocalia. Las citas de Sulpicio Severo, de Sozomeno y de Metodio vienen de los escritos del sitio. Lo que Agustín dice en Sobre las herejías y contra los priscilianistas y origenistas viene de la traducción y las notas de Teske (The Works of Saint Augustine I/18), que tienen derechos: se resume o se cita en breve.
Estudios. Para la biografía se usaron Trigg (Origen, 1998, que sigue la reconstrucción de Nautin), McGuckin (Origen of Alexandria: Master Theologian of the Early Church) y la introducción de Trigg a su traducción de las homilías sobre los Salmos de Múnich. Para la teología y la historia de las doctrinas, Hanson (The Search for the Christian Doctrine of God), Bigg (The Christian Platonists of Alexandria), Blosser (Become Like the Angels), Pelikan (The Christian Tradition, vol. 1), Lubac (Medieval Exegesis, vol. 1), Heine (Reading the Old Testament with the Ancient Church) y el artículo de Slade sobre el mito de las escuelas de Alejandría y de Antioquía. Para las controversias, Clark (The Origenist Controversy), la introducción de Teske a los textos de Agustín y Hefele (A History of the Christian Councils, vol. 4), junto con las notas de Percival en el volumen 14 de los NPNF. Los estudiosos que aparecen dentro de estos libros (Nautin, Crouzel, Edwards, Perrone, Rondeau, Pace, Daley, Leclercq, Cirilo de Escitópolis) se mencionan solo como los recogen Trigg, McGuckin, Blosser, Teske, Lubac y Hefele.
Límites. La biblioteca no trae el texto de Porfirio ni el de Celso, que se conocen por Eusebio y por Orígenes. La Apología de Pánfilo y Eusebio se perdió, salvo el libro I en el latín de Rufino, que no se consultó. Epifanio, Cirilo de Escitópolis y Metodio contra Orígenes se leen a través de Agustín, Hefele, Sócrates y Jerónimo. El libro XV del Comentario a Mateo, donde Orígenes comenta Mateo 19, 12, no figura en la edición del sitio; lo que se dice de él viene de Trigg. El Diálogo con Heráclides y las homilías de Múnich se citan por Trigg y McGuckin. No se leyeron las demás traducciones modernas que hay en la biblioteca (las homilías sobre Génesis y Éxodo de Heine, sobre Josué de White, sobre Lucas de Lienhard, sobre Isaías de Lauro, los escritos sobre Ezequiel de Pearse), por lo que lo dicho de las homilías depende de Trigg. Las fechas son las de Eusebio, Jerónimo, Trigg y McGuckin, que difieren hasta en dos años; allí donde se dan varias, se dicen todas. Ningún pasaje se cotejó con el griego ni con el latín originales.
- Los escritos de Orígenes en el sitio: Sobre los principios, con el griego y el latín de Rufino en paralelo donde existen; Contra Celso; Comentario a Juan y a Mateo; Sobre la oración; Cartas y Filocalia.
- Sus contemporáneos y testigos: Eusebio, Historia eclesiástica VI; Gregorio Taumaturgo; Clemente de Alejandría; Dionisio de Alejandría.
- La polémica: Jerónimo, Apología contra Rufino y Sobre los varones ilustres; Sócrates y Sozomeno; Vicente de Lerins; los concilios ecuménicos, Constantinopla II.
- Los temas: subordinacionismo, generación eterna, apocatástasis, el Logos antes de Nicea, la formación del canon.
- El contexto: el siglo III, persecución y martirio y la hermenéutica de la Iglesia antigua.