Introducción y criterios de esta edición
Acompañamiento editorial
| Autor | Desconocido. Las novelas ponen como narrador a Clemente de Roma; la crítica habla de un «Pseudo-Clemente» o de varios autores (Smith, Riddle y Wikipedia coinciden en que no puede decirse quién) |
| Contenido | Prefacio de Rufino y diez libros de Reconocimientos; las Epístolas introductorias (de Pedro a Santiago, la adjuración, de Clemente a Santiago); veinte Homilías |
| Lengua | Reconocimientos: solo se conservan en el latín de Rufino de Aquilea; el griego se perdió. Homilías: griego |
| Fecha | Discutida. Riddle: en su forma actual, quizá de la primera mitad del siglo III, con una base común de la segunda mitad del II. Wikipedia: el consenso actual las sitúa hacia mediados del siglo IV, quizá en Siria. Rufino traduce hacia 406 |
| Género | Novela «de tesis» (Smith la llama novela filosófica y teológica; Riddle, Tendenz-Romance): diálogos, disputas con Simón Mago y reencuentro familiar |
| Estructura | Reconocimientos: diez libros con capítulos numerados en arábigos. Homilías: veinte homilías con capítulos en romanos. Los títulos de capítulo son los de la edición inglesa |
| Extensión | Unas 220 000 palabras en esta edición |
| Traducción | Castellana, automática y directa del inglés; no del griego ni del latín |
| Fuente | Ante-Nicene Fathers, vol. 8 (1886), tal como lo recogen CCEL y New Advent |
| Reconocimientos | Homilías |
|---|---|
| I | I–II |
| II–III | III |
| — | IV–VII |
| IV | VIII–IX |
| V | X, XV |
| VI | XI |
| VII | XII–XIII |
| VIII–IX | XIV–XV |
| — | XVI–XIX |
| X | XX |
A ti, en verdad, oh Gaudentio, gloria escogida de nuestros doctores, corresponde tal vigor de ingenio, sí, tal gracia del Espíritu, que cuanto dices aun en el curso de tu predicación diaria, cuanto expones en la iglesia, debería ser conservado en libros y transmitido a la posteridad para su instrucción. Pero nosotros, a quienes la cortedad de ingenio hace menos prontos, y a quienes ya la vejez hace lentos e inactivos, aunque después de muchas demoras, al fin te presentamos la obra que un día la virgen Silvia, de venerable memoria, nos encomendó: que tradujéramos a Clemente a nuestra lengua, y que tú después por derecho hereditario nos demandaste; y así contribuimos al uso y provecho de nuestro pueblo, con no pequeño botín, según pienso, tomado de las bibliotecas de los griegos, para alimentar con sustento extranjero a quienes no podemos con el propio. Pues lo extranjero suele parecer a la vez más agradable y, a veces, también más provechoso. En suma, casi todo lo que trae sanidad a nuestros cuerpos, que se opone a las enfermedades y neutraliza los venenos, es extranjero. Pues Judea nos envía Lacryma balsami, Creta Coma dictamni, Arabia su flor de las especias, la India cosecha su mies de nardo; las cuales, aunque nos llegan en condición algo más quebrantada que cuando dejan sus campos nativos, conservan entera la dulzura de su olor y su virtud curativa. Recibe, pues, alma mía, a Clemente que vuelve a ti; recíbelo ya con vestidura romana. Y no te maravilles si acaso el rostro florido de la elocuencia luce en él menos que de ordinario. No importa, con tal de que el sentido conserve el mismo sabor. Por tanto, transportamos a nuestra tierra mercancía extranjera con gran trabajo. Y no sé con cuán agradecidos semblantes me reciban mis compatriotas, trayéndoles ricos despojos de Grecia y abriendo tesoros escondidos de sabiduría con la llave de nuestra lengua. Mas quiera Dios conceder a tus oraciones que ningún ojo maléfico ni rostro lívido nos salga al encuentro, no sea que, por un género extremo de prodigio, mientras aquellos de quienes se toma no envidian, aquellos sobre quienes se otorga se duelan. Verdaderamente es justo exponerte el plan de nuestra traducción a ti, que has leído estas obras también en griego, no sea que acaso en algunas partes pienses que no se guardó el orden de la traducción. Supongo que sabes que hay dos ediciones en griego de esta obra de Clemente — las [᾿Αναγνώσεις], es decir, Recognitions; y que hay dos colecciones de libros, que difieren en algunos puntos, pero en muchos conteniendo la misma narración. En fin, la última parte de esta obra, en la que está la relación acerca de la transformación de Simón, se halla contenida en una de las colecciones, pero no está en absoluto en la otra. Hay también en ambas colecciones algunas disertaciones acerca de Dios ingénito y del Engendrado, y sobre algunos otros asuntos que, por no decir más, están más allá de nuestra comprensión. Estas, por tanto, como superiores a nuestras fuerzas, he preferido reservarlas para otros, antes que presentarlas en estado imperfecto. Pero en lo demás, hemos puesto nuestro empeño, en cuanto pudimos, en no apartarnos ni de los sentimientos ni siquiera del lenguaje y los modos de expresión; y esto, aunque hace el estilo de la narración menos ornado, la hace más fiel. La epístola en la que el mismo Clemente, escribiendo a Santiago el hermano del Señor, le informa de la muerte de Pedro y de que le había dejado a él como sucesor en su cátedra y en su enseñanza, y en la que se trata también todo el asunto del orden eclesiástico, no la he antepuesto a esta obra, tanto porque es de fecha más tardía como porque ya la he traducido y publicado. Pero no creo fuera de lugar explicar aquí lo que en aquella carta parecerá acaso a algunos ser una contradicción. Pues algunos preguntan: Puesto que Lino y Cleto fueron obispos en la ciudad de Roma antes de este Clemente, ¿cómo pudo el propio Clemente, escribiendo a Santiago, decir que la cátedra de la enseñanza le fue entregada por Pedro? Ahora bien, sobre esto hemos oído esta explicación: que Lino y Cleto fueron ciertamente obispos en la ciudad de Roma antes de Clemente, pero durante la vida de Pedro: es decir, que ellos asumieron el cuidado del episcopado, y que aquel cumplía el oficio del apostolado; como se halla que aconteció también en Cesarea, donde, estando él mismo presente, tenía sin embargo a Zaqueo, ordenado por él mismo, como obispo. Y de este modo ambas afirmaciones parecerán verdaderas: tanto que estos obispos son contados antes de Clemente, como que, con todo, Clemente recibió la sede de maestro a la muerte de Pedro. Mas veamos ahora cómo Clemente, escribiendo a Santiago el hermano del Señor, comienza su narración.
Comentario editorial · Rufino, Gaudencio y lo que no se tradujo
Rec. I, 1
Rec. I, 2
Rec. I, 3
Rec. I, 4
Rec. I, 5
Rec. I, 6
Rec. I, 7
Rec. I, 8
Rec. I, 9
Rec. I, 10
Rec. I, 11
Rec. I, 12
Rec. I, 13
Rec. I, 14
Rec. I, 15
Rec. I, 16
Rec. I, 17
Rec. I, 18
Rec. I, 19
Rec. I, 20
Rec. I, 21
Rec. I, 22
Rec. I, 23
Rec. I, 24