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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. Su angustia
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 7. Llegada de Bernabé a Roma
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 19. Satisfacción de Pedro
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
  46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
  47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
  48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
  55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
  56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
  57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
  63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
  64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
  65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
  77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
  83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
  84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
  85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
  91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
  97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
  98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
  99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
  100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
  101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
  102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
  103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
  104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
  105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
  106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
  107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
  108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
  109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
  110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
  111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
  112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
  113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
  114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
  115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
  116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
  117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
  118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
  119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
  120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
  121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
  122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
  123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
  124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
  125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
  126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
  127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
  128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
  129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
  130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
  131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
  132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
  133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
  134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
  135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
  136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
  137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
  138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
  139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
  140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
  141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
  142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
  143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
  144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
  145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
  146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
  147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
  148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
  149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
  150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
  151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
  152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
  153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
  154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
  155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
  156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
  157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
  158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
  159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
  160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
  161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
  162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
  163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
  164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
  165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
  166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
  167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
  168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
  169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
  170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
  171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
  172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
  173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
  174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
  175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
  176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
  177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
  178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
  179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
  180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
  181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
  182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
  183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
  184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
  185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
  186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
  187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
  188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
  189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
  190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
  191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
  192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
  193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
  194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
  195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
  196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
  197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
  198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
  199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
  200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
  201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
  202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
  203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
  204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
  205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
  206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
  207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
  208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
  209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
  210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
  211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
  212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
  213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
  214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
  215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

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    TEXTOS — PSEUDO-CLEMENTE

    Índice de la obra

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    Pseudo-Clemente

    Reconocimientos y Homilías clementinas

    Texto base: versión inglesa de las Ante-Nicene Fathers, vol. 8 (edición americana de A. Cleveland Coxe, Buffalo, 1886, sobre la de Edimburgo): los Reconocimientos, de Thomas Smith; las Homilías I–V, de Smith, VI–XII, de Peter Peterson, y XIII–XX, de James Donaldson · prefacio de Rufino, diez libros de Reconocimientos, epístolas introductorias y veinte Homilías

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del ANF; no del griego ni del latín de Rufino, y sin traductor humano

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    Lectura por partes · ≈ 41 min · Comentarios editoriales opcionales

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
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    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 19. Satisfacción de Pedro
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
    40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
    46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
    47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
    48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
    55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
    56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
    57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
    63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
    64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
    65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
    77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
    83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
    84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
    85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
    91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
    97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
    98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
    99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
    100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
    101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
    102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
    103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
    104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
    105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
    106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
    107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
    108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
    109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
    110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
    111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
    112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
    113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
    114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
    115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
    116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
    117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
    118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
    119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
    120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
    121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
    122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
    123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
    124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
    125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
    126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
    127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
    128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
    129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
    130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
    131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
    132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
    133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
    134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
    135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
    136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
    137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
    138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
    139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
    140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
    141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
    142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
    143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
    144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
    145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
    146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
    147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
    148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
    149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
    150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
    151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
    152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
    153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
    154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
    155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
    156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
    157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
    158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
    159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
    160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
    161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
    162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
    163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
    164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
    165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
    166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
    167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
    168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
    169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
    170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
    171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
    172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
    173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
    174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
    175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
    176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
    177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
    178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
    179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
    180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
    181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
    182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
    183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
    184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
    185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
    186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
    187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
    188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
    189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
    190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
    191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
    192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
    193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
    194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
    195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
    196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
    197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
    198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
    199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
    200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
    201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
    202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
    203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
    204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
    205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
    206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
    207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
    208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
    209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
    210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
    211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
    212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
    213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
    214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
    215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    «Yo, Clemente, que nací en la ciudad de Roma»: así empieza el libro I de los Reconocimientos, y las Homilías abren casi igual. Es el relato de un joven que no sabe si la vida acaba con la muerte, recorre las escuelas de los filósofos sin hallar respuesta, oye hablar de un profeta en Judea, encuentra a Pedro y lo sigue de ciudad en ciudad, mientras el mago Simón le va a la zaga y su familia, dispersa desde la infancia, vuelve a reunirse. Es una novela con tesis, y dos de sus versiones —los Reconocimientos y las Homilías clementinas— se leen aquí juntas. Ninguna es de Clemente de Roma.
    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa publicada en 1886 en el volumen 8 de las Ante-Nicene Fathers, en la edición americana de A. Cleveland Coxe sobre la de Edimburgo de Roberts y Donaldson (Buffalo, Christian Literature Publishing Co.; la noticia general de la literatura pseudoclementina es de M. B. Riddle). La versión castellana es automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y no ha sido revisada por un traductor humano. No se tradujo del griego ni del latín de Rufino, sino del inglés.

    Ficha de la obra

    AutorDesconocido. Las novelas ponen como narrador a Clemente de Roma; la crítica habla de un «Pseudo-Clemente» o de varios autores (Smith, Riddle y Wikipedia coinciden en que no puede decirse quién)
    ContenidoPrefacio de Rufino y diez libros de Reconocimientos; las Epístolas introductorias (de Pedro a Santiago, la adjuración, de Clemente a Santiago); veinte Homilías
    LenguaReconocimientos: solo se conservan en el latín de Rufino de Aquilea; el griego se perdió. Homilías: griego
    FechaDiscutida. Riddle: en su forma actual, quizá de la primera mitad del siglo III, con una base común de la segunda mitad del II. Wikipedia: el consenso actual las sitúa hacia mediados del siglo IV, quizá en Siria. Rufino traduce hacia 406
    GéneroNovela «de tesis» (Smith la llama novela filosófica y teológica; Riddle, Tendenz-Romance): diálogos, disputas con Simón Mago y reencuentro familiar
    EstructuraReconocimientos: diez libros con capítulos numerados en arábigos. Homilías: veinte homilías con capítulos en romanos. Los títulos de capítulo son los de la edición inglesa
    ExtensiónUnas 220 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés; no del griego ni del latín
    FuenteAnte-Nicene Fathers, vol. 8 (1886), tal como lo recogen CCEL y New Advent

    La fuente y su traducción

    Los Reconocimientos los tradujo al inglés Thomas Smith, que firma también las dos noticias introductorias. En las Homilías, según el propio volumen, los libros I–V son de Smith, VI–XII de Peter Peterson y XIII–XX de James Donaldson; New Advent atribuye a Smith las dos obras enteras. El volumen no dice quién tradujo las epístolas introductorias. El epub de partida es el cuerpo del texto del volumen: no trae las notas a pie, muchas de ellas de Riddle, de donde salen casi todos los datos de las notas de comentario que siguen, con el enlace a la sección de CCEL.
    Los Reconocimientos se conservan solo en el latín de Rufino de Aquilea, que los dedica al obispo Gaudencio en el prefacio con que se abre el texto: el inglés de Smith traduce ese latín. De las Homilías hay dos manuscritos: el de París, que editó Cotelerio y se interrumpe a mitad del capítulo 14 de la homilía XIX, y el de la Biblioteca Ottoboniana de Roma, completo, que Dressel editó en 1853 (noticia de Smith; la nota de Riddle en el lugar de la ruptura lo repite). Del volumen entra aquí todo lo que es de la novela y nada más.

    Dos recensiones de una misma novela

    Riddle ordena el volumen como la serie de Edimburgo, con los Reconocimientos delante, y advierte que probablemente no puede probarse que sean la forma más antigua; las Homilías, cita de Lechler, presentan en cualquier caso la forma más desarrollada doctrinalmente y más importante históricamente. Su tabla de correspondencias, que él mismo declara inexacta, dice cómo se reparten los mismos episodios:
    ReconocimientosHomilías
    II–II
    II–IIIIII
    —IV–VII
    IVVIII–IX
    VX, XV
    VIXI
    VIIXII–XIII
    VIII–IXXIV–XV
    —XVI–XIX
    XXX
    Según Riddle, la hipótesis más probable es que las dos novelas sean elaboraciones independientes de un escrito más antiguo que se ha perdido; que todo el conjunto es de origen judeocristiano o ebionita; y que la discusión crítica, muy viva desde el siglo XIX, no ha terminado.
    Lo que viene de la edición. La numeración de los capítulos, sus títulos, las comillas y los corchetes que enmarcan los discursos directos son los de la edición inglesa. Las referencias bíblicas entre corchetes son de la edición; aquí se resuelven contra el texto bíblico del sitio. Las epístolas introductorias van delante de las Homilías, como en el volumen.
    Defectos de la traducción castellana y del epub, conservados. El cotejo con el inglés de partida da exactamente los mismos 1 110 encabezados y 1 091 párrafos, un largo de 0,996 veces el del original y ningún párrafo sin traducir. Quedan dos defectos del epub, no de la traducción: el encabezado del libro IV de los Reconocimientos se quedó en latín («Recognitiones (Libro IV)», que aquí va como «Reconocimientos, libro IV»), y el epub repite el rótulo «Epístola de Pedro a Santiago» encima de la segunda carta, que es la de Clemente (lo explica una nota visible en su lugar). Al final del epub hay un artículo ajeno sobre el poeta Commodiano, de la colección de Calibre; no es de la obra y no se reproduce.

    Reconocimientos: prefacio de Rufino

    Escrito por Rufino de Aquilea, y dirigido al obispo Gaudentio
    Texto de la fuenteRufino de Aquilea · Prefacio a los Reconocimientos · Prefacio
    A ti, en verdad, oh Gaudentio, gloria escogida de nuestros doctores, corresponde tal vigor de ingenio, sí, tal gracia del Espíritu, que cuanto dices aun en el curso de tu predicación diaria, cuanto expones en la iglesia, debería ser conservado en libros y transmitido a la posteridad para su instrucción. Pero nosotros, a quienes la cortedad de ingenio hace menos prontos, y a quienes ya la vejez hace lentos e inactivos, aunque después de muchas demoras, al fin te presentamos la obra que un día la virgen Silvia, de venerable memoria, nos encomendó: que tradujéramos a Clemente a nuestra lengua, y que tú después por derecho hereditario nos demandaste; y así contribuimos al uso y provecho de nuestro pueblo, con no pequeño botín, según pienso, tomado de las bibliotecas de los griegos, para alimentar con sustento extranjero a quienes no podemos con el propio. Pues lo extranjero suele parecer a la vez más agradable y, a veces, también más provechoso. En suma, casi todo lo que trae sanidad a nuestros cuerpos, que se opone a las enfermedades y neutraliza los venenos, es extranjero. Pues Judea nos envía Lacryma balsami, Creta Coma dictamni, Arabia su flor de las especias, la India cosecha su mies de nardo; las cuales, aunque nos llegan en condición algo más quebrantada que cuando dejan sus campos nativos, conservan entera la dulzura de su olor y su virtud curativa. Recibe, pues, alma mía, a Clemente que vuelve a ti; recíbelo ya con vestidura romana. Y no te maravilles si acaso el rostro florido de la elocuencia luce en él menos que de ordinario. No importa, con tal de que el sentido conserve el mismo sabor. Por tanto, transportamos a nuestra tierra mercancía extranjera con gran trabajo. Y no sé con cuán agradecidos semblantes me reciban mis compatriotas, trayéndoles ricos despojos de Grecia y abriendo tesoros escondidos de sabiduría con la llave de nuestra lengua. Mas quiera Dios conceder a tus oraciones que ningún ojo maléfico ni rostro lívido nos salga al encuentro, no sea que, por un género extremo de prodigio, mientras aquellos de quienes se toma no envidian, aquellos sobre quienes se otorga se duelan. Verdaderamente es justo exponerte el plan de nuestra traducción a ti, que has leído estas obras también en griego, no sea que acaso en algunas partes pienses que no se guardó el orden de la traducción. Supongo que sabes que hay dos ediciones en griego de esta obra de Clemente — las [᾿Αναγνώσεις], es decir, Recognitions; y que hay dos colecciones de libros, que difieren en algunos puntos, pero en muchos conteniendo la misma narración. En fin, la última parte de esta obra, en la que está la relación acerca de la transformación de Simón, se halla contenida en una de las colecciones, pero no está en absoluto en la otra. Hay también en ambas colecciones algunas disertaciones acerca de Dios ingénito y del Engendrado, y sobre algunos otros asuntos que, por no decir más, están más allá de nuestra comprensión. Estas, por tanto, como superiores a nuestras fuerzas, he preferido reservarlas para otros, antes que presentarlas en estado imperfecto. Pero en lo demás, hemos puesto nuestro empeño, en cuanto pudimos, en no apartarnos ni de los sentimientos ni siquiera del lenguaje y los modos de expresión; y esto, aunque hace el estilo de la narración menos ornado, la hace más fiel. La epístola en la que el mismo Clemente, escribiendo a Santiago el hermano del Señor, le informa de la muerte de Pedro y de que le había dejado a él como sucesor en su cátedra y en su enseñanza, y en la que se trata también todo el asunto del orden eclesiástico, no la he antepuesto a esta obra, tanto porque es de fecha más tardía como porque ya la he traducido y publicado. Pero no creo fuera de lugar explicar aquí lo que en aquella carta parecerá acaso a algunos ser una contradicción. Pues algunos preguntan: Puesto que Lino y Cleto fueron obispos en la ciudad de Roma antes de este Clemente, ¿cómo pudo el propio Clemente, escribiendo a Santiago, decir que la cátedra de la enseñanza le fue entregada por Pedro? Ahora bien, sobre esto hemos oído esta explicación: que Lino y Cleto fueron ciertamente obispos en la ciudad de Roma antes de Clemente, pero durante la vida de Pedro: es decir, que ellos asumieron el cuidado del episcopado, y que aquel cumplía el oficio del apostolado; como se halla que aconteció también en Cesarea, donde, estando él mismo presente, tenía sin embargo a Zaqueo, ordenado por él mismo, como obispo. Y de este modo ambas afirmaciones parecerán verdaderas: tanto que estos obispos son contados antes de Clemente, como que, con todo, Clemente recibió la sede de maestro a la muerte de Pedro. Mas veamos ahora cómo Clemente, escribiendo a Santiago el hermano del Señor, comienza su narración.
    Comentario editorial · Rufino, Gaudencio y lo que no se tradujo
    Rufino, presbítero de Aquilea, dedica el libro al obispo Gaudencio y recuerda que la virgen Silvia le encargó traducir a Clemente. Dice que dejó fuera disertaciones sobre Dios ingénito y Engendrado que juzga superiores a sus fuerzas, y que no antepuso la carta de Clemente a Santiago, por ser más tardía y porque ya la había traducido. Riddle, editor del volumen, anota que no se puede saber cuánto omitió y que quizá pesó más la apariencia de herejía que la dificultad; la carta aludida sería la que precede a las Homilías. Fechas que discrepan: Wikipedia da la traducción hacia 406 (en otro apartado, «hacia 400»); Smith pone la muerte de Rufino en 410 y el artículo de Wikipedia sobre Rufino, en 411.

    Reconocimientos, libro I

    Capítulo 1. Primeros años de Clemente; sus dudas

    Rec. I, 1

    [Yo, Clemente], que nací en la ciudad de Roma, fui desde mi más tierna edad amante de la castidad; mientras la inclinación de mi ánimo me tenía atado como con cadenas de ansiedad y tristeza. Pues un pensamiento que había en mí —no sé de dónde originado— me llevaba sin cesar a considerar mi condición mortal y a discurrir cuestiones como estas: si habrá para mí vida alguna después de la muerte, o si he de ser del todo aniquilado; si no existí antes de nacer, y si no habrá recuerdo alguno de esta vida después de la muerte, y así la inmensidad del tiempo consignará todas las cosas al olvido y al silencio; de suerte que no solo cesemos de ser, sino que no quede memoria de que alguna vez fuimos. Esto también revolvía en mi mente: cuándo fue hecho el mundo, o qué había antes de que fuese hecho, o si ha existido desde la eternidad. Pues parecía cierto que, si había sido hecho, debía estar condenado a disolución; y si se disuelve, ¿qué ha de haber después?— a menos, acaso, que todas las cosas queden sepultadas en el olvido y en el silencio, o que haya algo que la mente del hombre no puede ahora concebir.

    Capítulo 2. Su angustia

    Rec. I, 2

    Mientras revolvía sin cesar en mi mente estas y otras preguntas semejantes, sugeridas no sé de qué modo, me consumía asombrosamente por el exceso de tristeza; y, lo que era peor, si en algún momento pensaba en desechar tales cuidados por considerarlos de poca utilidad, las olas de la ansiedad se alzaban tanto más sobre mí. Pues tenía en mí aquel compañero excelentísimo que no me dejaba reposar: el deseo de la inmortalidad; porque, como mostró el resultado posterior y lo dirigió la gracia de Dios Todopoderoso, esta inclinación de la mente me llevó a la búsqueda de la verdad y al reconocimiento de la luz verdadera; y de aquí vino a suceder que, en poco tiempo, compadecí a aquellos a quienes antes, en mi ignorancia, creía felices.

    Capítulo 3. Su descontento con las escuelas de los filósofos

    Rec. I, 3

    Teniendo, pues, desde mis primeros años tal inclinación de ánimo, el deseo de aprender algo me llevó a frecuentar las escuelas de los filósofos. Allí vi que no se hacía otra cosa sino afirmar y contradecir doctrinas sin fin, trabar disputas y discutir las artes de los silogismos y las sutilezas de las conclusiones. Si en algún momento prevalecía la doctrina de la inmortalidad del alma, me alegraba; si en algún momento era impugnada, me retiraba triste. Con todo, ninguna de las dos doctrinas tenía poder de verdad sobre mi corazón. Solo comprendía esto: que las opiniones y definiciones de las cosas se tenían por verdaderas o falsas no conforme a su naturaleza y a la verdad de los argumentos, sino en proporción al talento de quienes las sostenían. Y era tanto más atormentado en el fondo de mi corazón, cuanto que ni podía apoderarme de ninguna de aquellas cosas que se decían firmemente establecidas, ni podía deponer el deseo de investigar; antes, cuanto más me esforzaba por descuidarlas y despreciarlas, tanto más ávidamente, como he dicho, un deseo de este género, insinuándose en mí secretamente como con una especie de placer, se apoderaba de mi corazón y de mi mente.

    Capítulo 4. Su creciente inquietud

    Rec. I, 4

    Hallándome, pues, en estrecho para el descubrimiento de las cosas, me decía a mí mismo: ¿Por qué nos fatigamos en vano, si el fin de las cosas es manifiesto? Pues si después de la muerte ya no he de existir, mi tormento presente es inútil; pero si ha de haber para mí vida después de la muerte, guardemos para aquella vida los afanes que le corresponden, no sea que me sobrevengan cosas más tristes que las que ahora sufro, a menos que haya vivido piadosa y sobriamente; y, según las opiniones de algunos filósofos, sea arrojado a la corriente del Flegetonte que rueda en tinieblas, o al Tártaro, como Sísifo y Ticio, y al castigo eterno en las regiones infernales, como Ixión y Tántalo. Y de nuevo me respondía a mí mismo: Pero estas cosas son fábulas; o si así es, pues el asunto está en duda, mejor es vivir piadosamente. Mas de nuevo ponderaba conmigo mismo: ¿Cómo he de refrenarme de la concupiscencia del pecado, estando incierto acerca de la recompensa de la justicia?— y tanto más cuanto que no tengo certeza de qué sea la justicia, ni de qué es lo que agrada a Dios; y no puedo averiguar si el alma es inmortal, y de tal condición que tenga algo que esperar; ni sé con certeza qué ha de ser el porvenir. Con todo, no puedo descansar de pensamientos de esta clase.

    Capítulo 5. Su designio de probar la inmortalidad del alma

    Rec. I, 5

    ¿Qué haré, pues? Esto haré. Iré a Egipto, y allí cultivaré la amistad de los hierofantes o profetas que presiden los santuarios. Luego ganaré con dinero a un mago, y le rogaré que, por lo que llaman el arte nigromántico, me traiga un alma de las regiones infernales, como si deseara consultarla sobre cierto negocio. Pero esta será mi consulta: si el alma es inmortal. Ahora bien, la prueba de que el alma es inmortal quedará puesta fuera de duda, no por lo que ella diga, ni por lo que yo oiga, sino por lo que vea: pues viéndola con mis ojos, tendré para siempre la convicción segurísima de su inmortalidad; y ninguna falacia de palabras ni incertidumbre del oído podrá ya perturbar la persuasión producida por la vista. Sin embargo, comuniqué este proyecto a cierto filósofo con quien tenía intimidad, el cual me aconsejó que no me aventurara a ello; [«pues,»] dijo, [«si el alma no obedeciera la llamada del mago, en adelante vivirás con mayor desesperanza, pensando que no hay nada después de la muerte y también por haber intentado cosas ilícitas. Pero si te parece ver algo, ¿qué religión o qué piedad puede nacerse en ti de cosas ilícitas e impías? Pues dicen que este género de tratos es odioso a la Divinidad, y que Dios se opone a quienes inquietan a las almas después de su separación del cuerpo.»] Cuando oí esto, quedé ciertamente vacilante en mi propósito; pero de ningún modo pude ni deponer mi anhelo ni desechar el pensamiento angustioso.

    Capítulo 6. Oye hablar de Cristo

    Rec. I, 6

    Para no hacer largo el relato, mientras era sacudido por estas olas de mi pensamiento, cierto rumor que tuvo su origen en las regiones de Oriente en el reinado de Tiberio César llegó poco a poco hasta nosotros; y cobrando fuerza a medida que pasaba por cada lugar, como un buen mensaje enviado por Dios, iba llenando el mundo entero y no permitía que la voluntad divina quedase oculta en silencio. Pues se extendió por todas partes, anunciando que había en Judea cierta persona que, comenzando en primavera, predicaba el reino de Dios a los judíos, y decía que lo recibirían quienes observaran los preceptos de sus mandamientos y su doctrina. Y para que su palabra fuese creída digna de crédito y llena de la Divinidad, se decía que realizaba muchas obras poderosas, señales maravillosas y prodigios con su sola palabra; de modo que, como quien tiene poder de Dios, hacía oír a los sordos, ver a los ciegos y mantenerse erguidos a los cojos, y expulsaba de los hombres toda dolencia y a todos los demonios; es más, que incluso resucitaba a personas muertas que le eran traídas; que sanaba también a los leprosos mirándolos desde lejos; y que no había absolutamente nada que le pareciera imposible. Estas y otras cosas semejantes se confirmaron con el paso del tiempo, no ya por rumores frecuentes, sino por los testimonios claros de personas que venían de aquellas regiones; y día a día la verdad del asunto se daba a conocer más.

    Capítulo 7. Llegada de Bernabé a Roma

    Rec. I, 7

    Al fin comenzaron a celebrarse reuniones en diversos lugares de la ciudad, y a discutirse este asunto en las conversaciones, y a ser motivo de asombro quién podría ser este que había aparecido y qué mensaje había traído de Dios a los hombres; hasta que, aproximadamente en el mismo año, cierto hombre, de pie en un lugar muy concurrido de la ciudad, hizo proclamación al pueblo, diciendo: [«Oídme, oh ciudadanos de Roma. El Hijo de Dios está ahora en las regiones de Judea, prometiendo vida eterna a todo el que quiera oírle, pero con la condición de que ordene sus acciones según la voluntad de Aquel por quien ha sido enviado, es decir, de Dios Padre. Por tanto, convertíos de las cosas malas a las buenas, de las cosas temporales a las eternas. Reconoced que hay un solo Dios, gobernador del cielo y de la tierra, ante cuya justa presencia vosotros, injustos, habitáis su mundo. Pero si os convertís y obráis conforme a su voluntad, entonces, viniendo al mundo venidero y hechos inmortales, gozaréis de sus inefables bendiciones y recompensas.»] Ahora bien, el hombre que decía estas cosas al pueblo era de las regiones de Oriente, de nación hebreo, de nombre Bernabé, quien decía que él mismo era uno de sus discípulos, y que había sido enviado para este fin: para declarar estas cosas a quienes quisieran oírlas. Cuando oí estas cosas, comencé, con el resto de la multitud, a seguirlo y a escuchar lo que tenía que decir. Verdaderamente percibí que no había en el hombre artificio dialéctico alguno, sino que exponía con sencillez y sin artimaña alguna de palabra las cosas que había oído del Hijo de Dios o que había visto. Pues no confirmaba sus afirmaciones con la fuerza de los argumentos, sino que presentaba, de entre la gente que estaba en pie a su alrededor, muchos testigos de los dichos y maravillas que relataba.

    Capítulo 8. Su predicación

    Rec. I, 8

    Ahora bien, en la medida en que el pueblo comenzó a asentir de buena gana a las cosas que se decían con sinceridad y a acoger su sencillo discurso, los que se tenían por doctos o filósofos comenzaron a reírse del hombre, a mofarse de él y a arrojarle los garfios de los silogismos como fuertes brazos. Pero él, sin atemorizarse, considerando sus sutilezas como meros delirios, ni siquiera los juzgó dignos de respuesta, sino que prosiguió con valentía el asunto que se había propuesto. Al fin, habiéndole propuesto alguien esta cuestión mientras hablaba: por qué el mosquito ha sido formado de tal modo que, siendo una criatura pequeña y teniendo seis patas, tiene además alas; mientras que el elefante, aunque es un animal inmenso y no tiene alas, solo tiene cuatro patas; él, sin prestar atención a la pregunta, continuó su discurso, que había sido interrumpido por la inoportuna objeción, añadiendo solamente esta advertencia en cada interrupción: [«Tenemos el encargo de declararos las palabras y las obras maravillosas de Aquel que nos ha enviado, y de confirmar la verdad de lo que hablamos, no con argumentos artificiosamente ideados, sino con testigos presentados de entre vosotros mismos. Pues reconozco a muchos que están en medio de vosotros, de quienes recuerdo haber oído juntamente con nosotros las cosas que hemos oído y haber visto lo que hemos visto. Mas quede a vuestra elección recibir o rechazar las nuevas que os traemos. Porque no podemos callar lo que sabemos que es para vuestro provecho, pues si callamos, ¡ay de nosotros!; pero para vosotros, si no recibís lo que hablamos, destrucción. Podría ciertamente responder con mucha facilidad a vuestras necias objeciones, si preguntarais por amor a la verdad —me refiero a la diferencia entre un mosquito y un elefante—; pero ahora sería absurdo hablaros de estas criaturas, cuando el mismo Creador y Hacedor de todas las cosas os es desconocido.»]

    Capítulo 9. Intervención de Clemente en favor de Bernabé

    Rec. I, 9

    Cuando hubo hablado así, todos, como a una, con voz ruda levantaron un grito de burla, para avergonzarlo y hacerlo callar, gritando que era un bárbaro y un loco. Al ver que las cosas marchaban de este modo, lleno, no sé de dónde, de cierto celo, e inflamado de entusiasmo religioso, no pude guardar silencio, sino que grité con toda audacia, [«Con toda justicia oculta Dios Todopoderoso su voluntad de vosotros, a quienes previó indignos del conocimiento de sí mismo, como es manifiesto a los verdaderamente sabios por lo que ahora estáis haciendo. Porque cuando veis que han venido entre vosotros predicadores de la voluntad de Dios, porque su discurso no hace alarde del conocimiento del arte gramatical, sino que con lenguaje sencillo y sin pulimento os presentan los mandatos divinos, para que todos los que oyen puedan seguir y comprender las cosas que se dicen, os burláis de los ministros y mensajeros de vuestra salvación, no sabiendo que es para condenación vuestra, de vosotros que os tenéis por hábiles y elocuentes, el que hombres rústicos y bárbaros tengan el conocimiento de la verdad; mientras que, cuando ella ha venido a vosotros, ni siquiera se la recibe como huésped, siendo así que, si vuestra intemperancia y concupiscencia no se opusieran, debía ser ciudadana y natural. Así quedáis convictos de no ser amigos de la verdad ni filósofos, sino seguidores de jactanciosos y vanos habladores. Pensáis que la verdad no habita en palabras sencillas, sino en ingeniosas y sutiles, y producís incontables miles de palabras que no valen lo que una sola. ¿Qué pensáis, pues, que será de vosotros, toda esta multitud de griegos, si ha de haber, como él dice, un juicio de Dios? Pero ahora dejad de reíros de este hombre para vuestra propia destrucción, y que cualquiera de vosotros que quiera me responda; pues, en verdad, con vuestros ladridos molestáis los oídos aun de los que desean salvarse, y con vuestro clamor desviáis hacia la caída de la infidelidad las mentes que están preparadas para la fe. ¿Qué perdón puede haber para vosotros, que os burláis y hacéis violencia al mensajero de la verdad cuando os ofrece el conocimiento de Dios? Pues aunque nada de verdad os trajera, aun así, por la bondad de sus intenciones hacia vosotros, debierais recibirlo con gratitud y acogida.»]

    Capítulo 10. Trato con Bernabé

    Rec. I, 10

    Mientras yo insistía en estos y semejantes argumentos, se suscitó una gran agitación entre los circunstantes: unos, movidos a piedad como hacia un extranjero, aprobaban mi discurso como conforme a ese sentimiento; otros, petulantes y necios, excitaban la ira de sus indisciplinadas mentes tanto contra mí como contra Bernabé. Pero como el día declinaba hacia la tarde, asiendo a Bernabé por la mano derecha, lo conduje, aunque de mala gana, a mi casa; y allí lo hice permanecer, no fuera que alguno de la turba grosera pusiera las manos sobre él. Mientras estuvimos así en contacto durante unos pocos días, lo escuché con gusto disertar sobre la palabra de verdad; sin embargo, apresuraba su partida, diciendo que debía a toda costa celebrar en Judea un día festivo de su religión que se acercaba, y que allí permanecería en lo futuro con sus compatriotas y hermanos, dando a entender claramente que estaba horrorizado por la injuria que se le había hecho.

    Capítulo 11. Partida de Bernabé

    Rec. I, 11

    Al fin le dije: [«Solo exponme la doctrina de aquel hombre que dices que ha aparecido, y yo arreglaré tus dichos en mi lengua y predicaré el reino y la justicia de Dios Todopoderoso; y después, si lo deseas, navegaré también contigo, pues estoy deseosísimo de ver Judea, y tal vez permanezca contigo siempre.»] A esto respondió: [«Si en verdad deseas ver nuestro país y aprender las cosas que deseas, embárcate conmigo ahora mismo; o, si algo te retiene ahora, te dejaré indicaciones para mi morada, de modo que cuando te plazca venir puedas hallarme fácilmente; porque mañana emprenderé mi viaje.»] Cuando lo vi decidido, bajé con él al puerto y tomé cuidadosamente las indicaciones que me dio para encontrar su morada. Le dije que, de no ser por la necesidad de cobrar algún dinero que se me debía, no me demoraría en absoluto, sino que lo seguiría prontamente. Dicho esto, lo encomendé a la bondad de los que tenían a cargo la nave y regresé triste; pues estaba poseído del recuerdo del trato que había tenido con un huésped excelente y un amigo escogido.

    Capítulo 12. Llegada de Clemente a Cesarea y presentación a Pedro

    Rec. I, 12

    Habiendo hecho entonces una pausa de unos pocos días, y habiendo en cierta medida terminado el negocio de cobrar lo que se me debía (pues descuidé muchas cosas por mi deseo de apresurarme, para no verme impedido en mi propósito), me hice a la vela directamente hacia Judea, y después de quince días desembarqué en Cesarea de Estratón, que es la ciudad más grande de Palestina. Cuando hube desembarcado y buscaba un albergue, supe por la conversación de la gente que un tal Pedro, discípulo muy aprobado de Aquel que apareció en Judea y mostró muchas señales y milagros obrados divinamente entre los hombres, iba a sostener al día siguiente una discusión de palabras y cuestiones con un tal Simón, samaritano. Al oír esto, pedí que me mostraran su alojamiento; y habiéndolo hallado, y estando ante la puerta, informé al portero quién era yo y de dónde venía; y he aquí que Bernabé, saliendo, apenas me vio se precipitó en mis brazos, llorando de alegría, y tomándome de la mano me condujo adentro, a Pedro. Habiéndomelo señalado desde lejos, [«Este,»] dijo él, [«es Pedro, de quien te hablé como el más grande en la sabiduría de Dios, y a quien también le he hablado constantemente de ti. Entra, pues, como alguien bien conocido por él; pues conoce bien todo el bien que hay en ti y se ha informado cuidadosamente de tu propósito religioso, por lo cual también desea mucho verte. Por tanto, hoy te presento a él como un gran don.»] Al mismo tiempo, presentándome, dijo: [«Este, oh Pedro, es Clemente.»]

    Capítulo 13. Su cordial acogida por Pedro

    Rec. I, 13

    Pero Pedro, con suma bondad, apenas oyó mi nombre, corrió inmediatamente hacia mí y me besó. Luego, habiéndome hecho sentar, dijo: [«Hiciste bien en recibir como huésped a Bernabé, predicador de la verdad, sin temer en nada la furia del pueblo insensato. Serás bendito. Pues así como has considerado digno de todo honor al embajador de la verdad, así la verdad misma te recibirá a ti como peregrino y extranjero, y te inscribirá como ciudadano de su propia ciudad; y entonces habrá gran gozo para ti, porque, impartiendo un pequeño favor, serás escrito heredero de bendiciones eternas. Ahora, pues, no te tomes la molestia de explicarme tu pensamiento; pues Bernabé me ha informado con fiel palabra de todas las cosas acerca de ti y de tus disposiciones, casi diariamente y sin cesar, trayendo a la memoria el recuerdo de tus buenas cualidades. Y para señalarte brevemente, como a amigo ya de una misma mente con nosotros, cuál es tu mejor camino: si nada te lo impide, ven con nosotros y oye la palabra de la verdad, que hemos de hablar en todo lugar hasta llegar incluso a la ciudad de Roma; y ahora, si deseas algo, habla.»]

    Capítulo 14. Relato que hace de sí mismo

    Rec. I, 14

    Habiéndole detallado qué propósito había concebido desde el principio, y de qué modo había estado distraído con vanas indagaciones, y todas aquellas cosas que al principio te manifesté a ti, mi señor Santiago, de modo que no necesito repetir ahora las mismas, de grado acepté viajar con él; [«pues eso,»] dije yo, [«es justamente lo que más ardientemente deseaba. Pero primero quisiera que se me expusiera el plan de la verdad, para saber si el alma es mortal o inmortal; y si inmortal, si será llevada a juicio por las cosas que hace aquí. Además, deseo saber cuál es la justicia que agrada a Dios; luego, además, si el mundo fue creado, y por qué fue creado, y si ha de disolverse, y si ha de ser renovado y hecho mejor, o si después de esto no habrá mundo alguno; y, por no mencionarlo todo, quisiera que se me dijera cuál es el caso respecto de estas y cosas semejantes.»] A esto respondió Pedro: [«Te impartiré brevemente el conocimiento de estas cosas, oh Clemente; por tanto, escucha.»]

    Capítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia

    Rec. I, 15

    [«La voluntad y el consejo de Dios han estado ocultos a los hombres por muchas razones; primero, ciertamente, por la mala instrucción, las malas compañías, los malos hábitos, la conversación inútil y las presunciones injustas. Por causa de todas estas cosas, digo, primero el error, luego el desprecio, después la infidelidad y la malicia, también la codicia y la vana jactancia, y otros males semejantes, han llenado toda la casa de este mundo, como un enorme humo, e impiden a los que habitan en ella ver rectamente a su Fundador y percibir qué cosas le agradan. ¿Qué conviene, pues, a los que están dentro, sino con un clamor salido de lo íntimo de sus corazones invocar la ayuda de Aquel que es el único no encerrado en la casa llena de humo, para que se acerque y abra la puerta de la casa, de modo que se disipe el humo que hay dentro y entre la luz del sol que brilla fuera?»]

    Capítulo 16. Continúa la instrucción: el verdadero Profeta

    Rec. I, 16

    [«Aquel, por tanto, cuya ayuda se necesita para la casa llena de las tinieblas de la ignorancia y del humo de los vicios, es, decimos, el que es llamado el verdadero Profeta, el único que puede iluminar las almas de los hombres, de modo que con sus ojos puedan ver claramente el camino de la salvación. Porque de otro modo es imposible obtener el conocimiento de las cosas divinas y eternas, a menos que se aprenda de aquel verdadero Profeta; porque, como tú mismo afirmaste hace poco, la creencia de las cosas y las opiniones de las causas se estiman en proporción al talento de sus defensores: de ahí que una misma causa se juzgue ahora justa, ahora injusta; y lo que parecía verdadero, pronto se vuelve falso por la afirmación de otro. Por esta razón, el crédito de la religión y de la piedad exigía la presencia del verdadero Profeta, para que Él mismo nos dijera respecto de cada particular cómo está la verdad y nos enseñara cómo hemos de creer acerca de cada cosa. Y por tanto, antes que todo, las credenciales del profeta mismo deben examinarse con todo cuidado; y cuando una vez hayas comprobado que es profeta, te corresponde desde entonces creerle en todo, y no discutir más los particulares que enseña, sino tener las cosas que dice como ciertas y sagradas; las cuales, aunque parecen recibirse por fe, sin embargo se creen sobre la base de la probación previamente instituida. Porque cuando una vez, al comienzo, la verdad del profeta queda establecida mediante examen, el resto ha de oírse y sostenerse sobre la base de la fe por la cual ya está establecido que es maestro de verdad. Y así como es cierto que todas las cosas que pertenecen al conocimiento divino deben sostenerse según la regla de la verdad, así es indudable que de ninguno sino de Él solo puede saberse qué es lo verdadero.»]

    Capítulo 17. Pedro le pide que sea su acompañante

    Rec. I, 17

    Habiendo hablado así, me expuso de modo tan abierto y claro quién era aquel Profeta, y cómo podía ser hallado, que me parecía tener delante de los ojos y tocar con la mano las pruebas que aducía acerca de la verdad profética; y quedé presa de intenso asombro al ver cómo nadie ve, aunque las tenga delante de los ojos, las cosas que todos buscan. Por lo cual, por su mandato, reduciendo a orden lo que me había hablado, compilé un libro acerca del verdadero Profeta, y te lo envié desde Cesarea por su mandato. Pues dijo que había recibido de ti el encargo de enviarte cada año una relación de sus dichos y hechos. Mientras tanto, al comienzo del discurso que me dirigió el primer día, cuando me hubo instruido muy cumplidamente acerca del verdadero Profeta, y de muchísimas cosas además, añadió también esto: [«Mira,»] dijo él, [«en lo futuro, y asiste a las discusiones que, cuando surja alguna necesidad, sostendré con los que contradicen; contra los cuales, cuando dispute, aunque parezca ser vencido, no temeré que seas llevado a dudar de las cosas que te he expuesto; porque, aun si pareciera ser derrotado, no por eso parecerán inciertas las cosas que el verdadero Profeta nos ha entregado. Sin embargo, espero que tampoco seremos vencidos en las disputas, con tal de que nuestros oyentes sean razonables y amigos de la verdad, capaces de discernir la fuerza y el alcance de las palabras, y de reconocer qué discurso procede del arte sofística, no conteniendo la verdad, sino una imagen de la verdad; y qué es aquello que, expresado sencillamente y sin artificio, apoya todo su poder no en la apariencia y el ornato, sino en la verdad y la razón.»]

    Capítulo 18. Provecho que saca de la instrucción de Pedro

    Rec. I, 18

    A esto respondí: [«Doy gracias a Dios Todopoderoso, porque he sido instruido como deseaba y quería. En todo caso, puedes confiar en mí hasta el punto de que jamás podré llegar a dudar de las cosas que he aprendido de ti; de modo que, aun si tú mismo quisieras en algún momento trasladar mi fe del verdadero Profeta, no podrías, porque he bebido con todo mi corazón lo que has hablado. Y para que no pienses que te prometo una gran cosa cuando digo que no puedo ser apartado de esta fe, tengo por cierto que quienquiera que haya recibido este relato del verdadero Profeta no podrá jamás después ni siquiera dudar de su verdad. Y por tanto estoy confiado respecto de esta doctrina enseñada por el cielo, en la cual todo el arte de la malicia queda vencido. Porque contra esta profecía no puede sostenerse arte alguno, ni las sutilezas de los sofismas y del silogismo; sino que todo el que oye hablar del verdadero Profeta, por necesidad, ha de anhelar inmediatamente la verdad misma, y no sufrirá después, bajo pretexto de buscar la verdad, diversos errores. Por lo cual, oh señor mío Pedro, no estés más inquieto por mí, como si yo fuera uno que no sabe lo que ha recibido y cuán grande don se le ha conferido. Ten por seguro que has concedido un favor a uno que conoce y entiende su valor; ni puedo ser fácilmente engañado por esta razón, porque parece que he obtenido rápidamente lo que tanto deseaba; pues puede ser que uno que desea obtenga rápidamente, mientras que otro ni siquiera lentamente alcanza las cosas que desea.»]

    Capítulo 19. Satisfacción de Pedro

    Rec. I, 19

    Entonces Pedro, cuando me oyó hablar así, dijo: [«Doy gracias a mi Dios, tanto por tu salvación como por mi propia paz; pues me alegro muchísimo al ver que has comprendido cuál es la grandeza de la virtud profética, y porque, como tú dices, ni siquiera yo mismo, si quisiera (¡lo cual Dios no permita!), podría apartarte hacia otra fe. Ahora, de aquí en adelante comienza a estar con nosotros, y mañana asiste a nuestras discusiones, pues he de tener una contienda con Simón el Mago.»] Cuando hubo hablado así, se retiró a tomar alimento con sus amigos; pero a mí me ordenó comer solo; y después de la comida, cuando hubo cantado alabanzas a Dios y dado gracias, me dio cuenta de este proceder, y añadió: [«Que el Señor te conceda ser hecho semejante a nosotros en todas las cosas, para que, recibiendo el bautismo, puedas reunirte con nosotros en la misma mesa.»] Habiendo hablado así, me ordenó ir a descansar, pues a esta hora tanto la fatiga como el tiempo del día llamaban al sueño.

    Capítulo 20. Aplazamiento de la discusión con Simón Mago

    Rec. I, 20

    [«Simón aplaza la discusión hasta el día undécimo del mes presente, es decir, de aquí a siete días, pues dice que entonces tendrá más tiempo para el certamen. Pero a mí me parece que su aplazamiento también nos es ventajoso, para que puedan reunirse más, que sean o bien oyentes o jueces de nuestra disputa. No obstante, si te parece bien, ocupemos el intervalo discutiendo entre nosotros las cosas que, suponemos, pueden entrar en la controversia; de modo que cada uno de nosotros, sabiendo qué cosas han de proponerse y qué respuestas han de darse, pueda considerar consigo mismo si todas están bien, o si un adversario podrá hallar algo que objetar o dejar a un lado las cosas que alegamos contra él. Pero si las cosas que habremos de decir son manifiestamente inexpugnables por todos lados, entraremos con confianza en el examen. Y ciertamente esta es mi opinión: que ante todo debe inquirirse cuál es el origen de todas las cosas, o cuál es la causa inmediata que pueda llamarse causa de todas las cosas que existen; luego, respecto de todas las cosas que existen, si han sido hechas, y por quién, por medio de quién y para quién; si han recibido su subsistencia de uno, de dos o de muchos; y si han sido tomadas y formadas de ninguna cosa previamente subsistente, o de alguna; luego, si hay alguna virtud en las cosas más altas o en las más bajas; si hay algo que sea mejor que todo, o algo que sea inferior a todo; si existen movimientos o no; si las cosas que se ven fueron siempre y serán siempre; si han venido a la existencia sin creador y pasarán sin destructor. Si, digo, la discusión comienza con estas cosas, pienso que lo que se ha de inquirir, discutido con diligente examen, se averiguará fácilmente. Y una vez averiguadas estas cosas, el conocimiento de las que siguen se hallará fácilmente. He expuesto mi opinión; ten a bien indicar qué piensas del asunto.»]

    Capítulo 21. Ventaja del aplazamiento

    Rec. I, 21

    A esto respondió Pedro: [«Dile a Simón, entretanto, que haga lo que le plazca, y que tenga por cierto que, concediéndolo la divina Providencia, siempre nos hallará dispuestos.»] Entonces Zaqueo salió a comunicar a Simón lo que se le había dicho. Pero Pedro, mirándonos y advirtiendo que yo estaba entristecido por el aplazamiento del certamen, dijo: [«Quien cree que el mundo es gobernado por la providencia del Dios Altísimo, no debe, oh Clemente, amigo mío, tomarlo a mal, de cualquier modo que sucedan las cosas particulares, estando seguro de que la justicia de Dios guía a un desenlace favorable y adecuado aun aquellas cosas que parecen superfluas o contrarias en cualquier asunto, y especialmente hacia quienes le adoran más íntimamente; y por tanto, quien está seguro de estas cosas, como he dicho, si algo ocurre contrario a su expectación, sabe apartar el pesar de su mente por ello, teniendo por incuestionable en su mejor juicio que, por el gobierno del Dios bueno, aun lo que parece contrario puede convertirse en bien. Por lo cual, oh Clemente, que ni siquiera ahora te entristezca este aplazamiento del mago Simón: pues creo que ha sido dispuesto por la providencia de Dios para tu provecho; para que yo pueda, en este intervalo de siete días, exponerte sin distracción alguna el método de nuestra fe, y el orden de manera continua, según la tradición del verdadero Profeta, el único que conoce el pasado tal como fue, el presente tal como es y el futuro tal como será: cosas que ciertamente fueron dichas con claridad por Él, pero no escritas con claridad; tanto, que cuando se leen no pueden entenderse sin un expositor, a causa del pecado que ha crecido con los hombres, como dije antes. Por tanto, te explicaré todas las cosas, para que en las que están escritas percibas con claridad cuál es la mente del Legislador.»]

    Capítulo 22. Repetición de las instrucciones

    Rec. I, 22

    Cuando hubo dicho esto, comenzó a exponerme punto por punto los capítulos de la ley que parecían estar en cuestión, desde el principio de la creación hasta aquel momento en que yo vine a él en Cesarea, diciéndome que el aplazamiento de Simón había contribuido a que yo aprendiera todas las cosas ordenadamente. [«En otras ocasiones»], dijo, [«hablaremos más por extenso de los puntos particulares de los que ahora hemos hablado brevemente, según la ocasión de nuestra conversación los traiga ante nosotros; de modo que, conforme a mi promesa, puedas alcanzar un conocimiento pleno y perfecto de todo. Puesto que, pues, por este aplazamiento tenemos hoy tiempo, quiero repetirte de nuevo lo ya hablado, para que se recuerde mejor en tu memoria.»] Entonces comenzó de este modo a refrescar mi recuerdo de lo dicho: [«¿Recuerdas, oh amigo Clemente, el relato que te hice de la edad eterna, que no conoce fin?»] Entonces dije yo: [«Jamás, oh Pedro, retendré cosa alguna, si puedo perder u olvidar eso.»]

    Capítulo 23. Continúa la repetición

    Rec. I, 23

    Entonces Pedro, habiendo oído mi respuesta con agrado, dijo: [«Te felicito porque has respondido así, no porque hables de estas cosas con facilidad, sino porque profesas que las recuerdas; pues las verdades más sublimes se honran mejor por medio del silencio. Sin embargo, para dar crédito a las cosas que recuerdas acerca de las que no han de decirse, dime qué retienes de aquellas de las que hablamos en segundo lugar, que pueden decirse fácilmente, para que, advirtiendo tu tenacidad de memoria, pueda señalarte con mayor prontitud y abrirte libremente las cosas de las que deseo hablar.»] Entonces yo, al percibir que se alegraba de la buena memoria de sus oyentes, dije: [«No solo tengo presente tu definición, sino también aquel prefacio que se antepuso a la definición; y de casi todas las cosas que has expuesto conservo íntegro el sentido, aunque no todas las palabras; porque lo que has hablado se ha hecho, por así decir, nativo de mi alma e innato. Pues me has tendido una copa dulcísima en mi sed excesiva. Y para que no supongas que te ocupo con palabras, olvidado de las cosas, ahora traeré a la memoria lo que se dijo, en lo cual el orden de tu discurso me ayuda grandemente; porque el modo en que las cosas que dijiste se seguían por consecuencia unas de otras y estaban dispuestas de manera equilibrada hace que se recuerden fácilmente por las líneas de su orden. Pues el orden de los dichos es útil para recordarlos: cuando comienzas a seguirlos punto por punto en sucesión, si algo falta, al punto el sentido lo busca; y cuando lo ha hallado, lo retiene; o en todo caso, si no puede descubrirlo, no habrá renuencia en pedirlo al maestro. Pero, para no demorar en conceder lo que me pides, ensayaré brevemente lo que me entregaste acerca de la definición de la verdad.»]

    Capítulo 24. Continúa la repetición

    Rec. I, 24

    Siempre hubo, hay ahora y siempre habrá aquello por lo cual subsiste la primera Voluntad engendrada desde la eternidad; y de la primera Voluntad procede una segunda Voluntad. Después de estas vino el mundo; y del mundo vino el tiempo; de este, la multitud de los hombres; de la multitud, la elección de los amados, de cuya unidad de ánimo se edifica el pacífico reino de Dios. Pero lo restante, que debe seguir a estas cosas, prometiste decírmelo en otro momento. Después de esto, cuando hubiste explicado la creación del mundo, indicaste el decreto de Dios, [«que Él, por su propia benevolencia, anunció en presencia de todos los primeros ángeles»], y que ordenó como ley eterna para todos; y cómo estableció dos reinos —quiero decir el del tiempo presente y el del futuro—, y señaló tiempos a cada uno, y decretó que se esperara un día del juicio, que Él determinó, en el cual ha de hacerse una separación de las cosas y de las almas: de modo que los malvados serán ciertamente entregados al fuego eterno por sus pecados; pero los que han vivido según la voluntad de Dios Creador, habiendo recibido bendición por sus buenas obras, resplandecientes con la luz más clara, introducidos en una morada eterna y permaneciendo en incorrupción, recibirán dones eternos de bendiciones inefables.
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