Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 215 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. Su angustia
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 7. Llegada de Bernabé a Roma
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 19. Satisfacción de Pedro
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
  46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
  47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
  48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
  55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
  56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
  57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
  63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
  64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
  65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
  77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
  83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
  84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
  85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
  91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
  97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
  98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
  99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
  100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
  101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
  102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
  103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
  104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
  105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
  106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
  107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
  108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
  109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
  110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
  111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
  112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
  113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
  114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
  115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
  116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
  117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
  118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
  119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
  120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
  121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
  122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
  123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
  124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
  125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
  126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
  127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
  128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
  129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
  130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
  131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
  132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
  133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
  134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
  135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
  136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
  137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
  138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
  139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
  140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
  141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
  142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
  143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
  144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
  145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
  146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
  147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
  148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
  149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
  150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
  151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
  152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
  153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
  154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
  155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
  156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
  157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
  158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
  159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
  160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
  161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
  162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
  163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
  164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
  165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
  166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
  167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
  168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
  169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
  170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
  171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
  172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
  173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
  174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
  175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
  176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
  177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
  178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
  179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
  180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
  181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
  182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
  183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
  184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
  185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
  186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
  187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
  188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
  189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
  190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
  191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
  192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
  193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
  194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
  195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
  196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
  197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
  198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
  199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
  200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
  201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
  202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
  203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
  204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
  205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
  206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
  207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
  208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
  209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
  210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
  211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
  212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
  213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
  214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
  215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — PSEUDO-CLEMENTE

    Índice de la obra

    Estás en la parte 3. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Reconocimientos y Homilías clementinas

    Siglos III–IV · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Ante-Nicene Fathers41 minPosición: 0% de esta parteParte 3 de 27 · Capítulo 62. La necedad de la predicaciónPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CLEM-02

    Leer por sesiones · 215 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. Su angustia
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 7. Llegada de Bernabé a Roma
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 19. Satisfacción de Pedro
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
    40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
    46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
    47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
    48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
    55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
    56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
    57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
    63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
    64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
    65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
    77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
    83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
    84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
    85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
    91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
    97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
    98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
    99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
    100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
    101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
    102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
    103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
    104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
    105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
    106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
    107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
    108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
    109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
    110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
    111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
    112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
    113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
    114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
    115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
    116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
    117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
    118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
    119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
    120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
    121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
    122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
    123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
    124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
    125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
    126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
    127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
    128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
    129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
    130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
    131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
    132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
    133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
    134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
    135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
    136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
    137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
    138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
    139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
    140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
    141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
    142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
    143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
    144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
    145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
    146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
    147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
    148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
    149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
    150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
    151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
    152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
    153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
    154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
    155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
    156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
    157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
    158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
    159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
    160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
    161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
    162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
    163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
    164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
    165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
    166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
    167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
    168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
    169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
    170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
    171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
    172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
    173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
    174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
    175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
    176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
    177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
    178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
    179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
    180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
    181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
    182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
    183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
    184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
    185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
    186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
    187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
    188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
    189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
    190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
    191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
    192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
    193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
    194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
    195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
    196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
    197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
    198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
    199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
    200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
    201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
    202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
    203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
    204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
    205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
    206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
    207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
    208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
    209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
    210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
    211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
    212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
    213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
    214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
    215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

    Capítulo 62. La necedad de la predicación

    Rec. I, 62

    [«Por tanto, Caifás, mirándome de nuevo, y a veces en tono de advertencia y a veces en tono de acusación, dijo que debía en lo sucesivo abstenerme de predicar a Cristo Jesús, no fuera que lo hiciera para mi propia destrucción, y no fuera que, engañado yo mismo, engañara también a otros. Además, me acusó de presunción, porque, aunque yo era un indocto, un pescador y un rústico, me atrevía a asumir el oficio de maestro. Mientras decía estas cosas, y otras muchas semejantes, respondí que yo incurría en menor peligro si, como él decía, este Jesús no fuera el Cristo, porque yo lo recibía como maestro de la ley; pero que él estaba en terrible peligro si este es el mismo Cristo, como ciertamente lo es: porque yo creo en Aquel que ha aparecido; pero ¿para quién, que nunca ha aparecido, reserva él su fe? Mas si yo, un hombre indocto y sin instrucción, como decís, un pescador y un rústico, tengo más entendimiento que los ancianos sabios, esto, dije, tanto más debe infundiros terror. Pues si yo disputara con alguna erudición y ganara a vosotros, hombres sabios y doctos, parecería que había adquirido este poder por largo estudio, y no por gracia del poder divino; pero ahora, cuando, como he dicho, nosotros, hombres sin destreza, convencemos y vencemos a vosotros, sabios, ¿quién que tenga sentido no percibe que esto no es obra de sutileza humana, sino de voluntad y don divinos?»]

    Capítulo 63. Llamamiento a los judíos

    Rec. I, 63

    [«Así discutimos y dimos testimonio; y nosotros, que éramos hombres indoctos y pescadores, enseñamos a los sacerdotes acerca del único Dios del cielo; a los saduceos, acerca de la resurrección de los muertos; a los samaritanos, acerca de la santidad de Jerusalén (no que entráramos en sus ciudades, sino que disputábamos con ellos en público); a los escribas y fariseos, acerca del reino de los cielos; a los discípulos de Juan, que no permitieran que Juan les fuera piedra de tropiezo; y a todo el pueblo, que Jesús es el Cristo eterno. Al fin, sin embargo, les advertí que, antes de que saliéramos a los gentiles para predicarles el conocimiento de Dios Padre, ellos mismos debían reconciliarse con Dios recibiendo a su Hijo; pues les mostré que de ningún otro modo podían salvarse, a menos que por la gracia del Espíritu Santo se apresuraran a ser lavados con el bautismo de la triple invocación y recibieran la Eucaristía de Cristo el Señor, en quien solo debían creer acerca de las cosas que Él enseñó, para que así merecieran alcanzar la salvación eterna; pero que de otra manera era del todo imposible que se reconciliaran con Dios, aun si encendieran mil altares y mil aras excelsas para Él.»]

    Capítulo 64. El templo ha de ser destruido

    Rec. I, 64

    ["Pues nosotros —dije— hemos averiguado fuera de toda duda que Dios está mucho más descontento con los sacrificios que ofrecéis, habiendo ya pasado el tiempo de los sacrificios; y porque no queréis reconocer que el tiempo de ofrecer víctimas ha pasado ya, por eso el templo será destruido, y la abominación de la desolación se alzará en el lugar santo; y entonces el Evangelio será predicado a los gentiles para testimonio contra vosotros, para que vuestra incredulidad sea juzgada por su fe. Pues el mundo entero, en diversos tiempos, padece bajo varias enfermedades, ya extendiéndose de modo general por todos, ya afectando de modo especial. Por tanto, necesita un médico que lo visite para su salvación. Nosotros, pues, os damos testimonio y os declaramos lo que ha estado oculto para cada uno de vosotros. A vosotros toca considerar lo que es para vuestro provecho."]

    Capítulo 65. Gamaliel apacigua el tumulto

    Rec. I, 65

    [«Cuando hube hablado así, toda la multitud de los sacerdotes estaba enfurecida, porque les había predicho la ruina del templo. Viendo esto Gamaliel, príncipe del pueblo —que era secretamente hermano nuestro en la fe, pero que por consejo nuestro permanecía entre ellos—, porque estaban grandemente airados y movidos de intenso furor contra nosotros, se levantó y dijo: Hechos 5:35-39] "Callad un poco, varones de Israel, porque no percibís la prueba que pende sobre vosotros. Por tanto, apartaos de estos hombres; y si aquello en que se ocupan es de consejo humano, pronto acabará; pero si es de Dios, ¿por qué queréis pecar sin causa y no prevalecer en nada? Pues ¿quién puede vencer la voluntad de Dios? Ahora, pues, puesto que el día declina hacia la tarde, yo mismo disputaré mañana con estos hombres, en este mismo lugar, en vuestra audiencia, para poder oponerme abiertamente y refutar claramente todo error." Con este discurso suyo su furor se calmó en cierta medida, especialmente por la esperanza de que al día siguiente seríamos públicamente convictos de error; y así despidió al pueblo pacíficamente.»

    Capítulo 66. Se reanuda la discusión

    Rec. I, 66

    Ahora bien, cuando hubimos llegado a nuestro Santiago, mientras le referíamos todo lo que se había dicho y hecho, cenamos y permanecimos con él, pasando toda la noche en súplica a Dios Todopoderoso, para que el discurso de la próxima disputación mostrara la verdad indudable de nuestra fe. Por tanto, al día siguiente, Santiago, el obispo, subió con nosotros al templo, y con toda la iglesia. Allí hallamos una gran multitud que nos había estado esperando desde la medianoche. Por tanto, tomamos posición en el mismo lugar que antes, a fin de que, de pie en una altura, pudiéramos ser vistos por todo el pueblo. Entonces, obtenido un profundo silencio, Gamaliel, quien, como hemos dicho, era de nuestra fe, pero que por dispensación permanecía entre ellos, para que si en algún momento intentaran algo injusto o malvado contra nosotros, pudiera ya refrenarlos con consejo hábilmente adoptado, ya advertirnos a nosotros para que estuviéramos en guardia o lo desviáramos; — él, pues, como si actuara contra nosotros, mirando primero a Santiago, el obispo, se dirigió a él de esta manera:—

    Capítulo 67. Discurso de Gamaliel

    Rec. I, 67

    ["Si yo, Gamaliel, no considero reproche ni para mi erudición ni para mi vejez aprender algo de niños e indoctos, si acaso hay algo que sea de provecho o de seguridad adquirir (pues quien vive razonablemente sabe que nada hay más precioso que el alma), ¿no debería ser esto objeto de amor y deseo para todos: aprender lo que no saben y enseñar lo que han aprendido? Porque es certísimo que ni la amistad, ni el parentesco, ni el poder excelso deben ser más preciosos para los hombres que la verdad. Por tanto, vosotros, oh hermanos, si sabéis algo más, no os retraigáis de exponerlo ante el pueblo de Dios aquí presente, y también ante vuestros hermanos; mientras todo el pueblo oirá de buena gana y en perfecto silencio lo que digáis. Pues ¿por qué no habría de hacer esto el pueblo, cuando ve que incluso yo, igualmente con ellos, estoy dispuesto a aprender de vosotros, si acaso Dios os ha revelado algo más? Pero si en algo sois deficientes, no os avergoncéis de igual modo de ser instruidos por nosotros, para que Dios supla cuanto falte por una y otra parte. Mas si ahora os agita algún temor por causa de algunos de los nuestros cuyos ánimos están prevenidos contra vosotros, y si por temor a su violencia no os atrevéis a hablar abiertamente vuestros sentimientos, para libraros de este temor os juro abiertamente por Dios Todopoderoso, que vive para siempre, que no permitiré que nadie ponga las manos sobre vosotros. Puesto que, pues, tenéis a todo este pueblo por testigos de este mi juramento, y tenéis el pacto de nuestro sacramento como prenda adecuada, que cada uno de vosotros, sin vacilación alguna, declare lo que ha aprendido; y nosotros, hermanos, escuchemos con avidez y en silencio."]

    Capítulo 68. La regla de fe

    Rec. I, 68

    [«Estas palabras de Gamaliel no agradaron mucho a Caifás; y, teniéndolo bajo sospecha, según parecía, comenzó a insinuarse con astucia en las discusiones; pues, sonriendo ante lo que había dicho Gamaliel, el príncipe de los sacerdotes preguntó a Santiago, príncipe de los obispos, que el discurso acerca de Cristo no se tomara sino de las Escrituras; "para que sepamos", dijo, "si Jesús es verdaderamente el Cristo o no". Entonces dijo Santiago: "Primero hemos de inquirir de qué Escrituras especialmente hemos de derivar nuestra discusión". Entonces aquel, con dificultad, vencido al fin por la razón, respondió que debía derivarse de la ley; y después hizo mención también de los profetas.»]

    Capítulo 69. Las dos venidas de Cristo

    Rec. I, 69

    [«A este comenzó nuestro Santiago a mostrarle que todo cuanto dicen los profetas lo han tomado de la ley, y que cuanto han hablado está conforme con la ley. Hizo también algunas declaraciones acerca de los libros de los Reyes: de qué modo, cuándo y por quiénes fueron escritos, y cómo deben usarse. Y tras haber discurrido amplísimamente acerca de la ley, y haber sacado a la luz con una exposición clarísima todo cuanto en ella hay acerca de Cristo, mostró con abundantísimas pruebas que Jesús es el Cristo, y que en Él se cumplen todas las profecías que se referían a su humilde advenimiento. Pues mostró que están predichas dos venidas suyas: una en humillación, la cual ya ha realizado; la otra en gloria, la cual se espera que se realice, cuando venga a dar el reino a los que creen en Él y observan todo lo que Él ha mandado. Y cuando hubo enseñado con claridad al pueblo acerca de estas cosas, añadió también esto: que si un hombre no es bautizado en agua, en el nombre de la triple bienaventuranza, como enseñó el verdadero Profeta, no puede recibir la remisión de los pecados ni entrar en el reino de los cielos; y declaró que esta es la prescripción del Dios ingénito. A lo cual añadió también esto: "No penséis que hablamos de dos Dioses ingénitos, ni que uno se divide en dos, ni que el mismo se hace varón y hembra. Antes bien hablamos del Hijo unigénito de Dios, no nacido de otra fuente, sino inefablemente originado de sí mismo; y del mismo modo hablamos del Paráclito". Y después de haber hablado también algunas cosas acerca del bautismo, durante siete días sucesivos persuadió a todo el pueblo y al sumo sacerdote de que debían apresurarse a recibir en seguida el bautismo.»]

    Capítulo 70. Tumulto levantado por Saulo

    Rec. I, 70

    [«Y cuando las cosas estaban en tal punto que habían de venir y ser bautizados, uno de nuestros enemigos, entrando en el templo con unos pocos hombres, comenzó a gritar y a decir: "¿Qué pretendéis, oh varones de Israel? ¿Por qué os dejáis arrastrar tan fácilmente? ¿Por qué sois llevados de cabeza por hombres miserabilísimos, engañados por Simón, un mago?". Mientras hablaba así, y añadía más cosas del mismo tenor, y mientras Santiago el obispo lo refutaba, comenzó a excitar al pueblo y a levantar un tumulto, para que el pueblo no pudiera oír lo que se decía. Por tanto, comenzó a confundirlo todo a gritos, y a deshacer lo que con mucho trabajo se había dispuesto, y al mismo tiempo a reprochar a los sacerdotes y a enfurecerlos con denuestos e injurias, y, como un loco, a excitar a todos al homicidio, diciendo: "¿Qué hacéis? ¿Por qué vaciláis? ¡Oh perezosos e inertes! ¿Por qué no les echamos mano y despedazamos a todos estos?". Dicho esto, él primero, tomando un tizón encendido del altar, dio ejemplo de golpear. Entonces también otros, viéndole, se dejaron arrebatar con igual prontitud. Entonces se produjo un tumulto de una y otra parte, de los que golpeaban y de los golpeados. Se derrama mucha sangre; hay una huida confusa, en medio de la cual aquel enemigo atacó a Santiago y lo arrojó de cabeza desde lo alto de las gradas; y suponiéndolo muerto, no se cuidó de infligirle más violencia.»]

    Capítulo 71. Huida a Jericó

    Rec. I, 71

    [«Pero nuestros amigos lo levantaron, pues eran a la vez más numerosos y más fuertes que los otros; mas, por su temor de Dios, prefirieron dejarse matar por una fuerza inferior antes que matar a otros. Y al llegar la tarde, los sacerdotes cerraron el templo, y nosotros volvimos a casa de Santiago, y pasamos allí la noche en oración. Luego, antes del amanecer, bajamos a Jericó, en número de cinco mil hombres. Después de tres días, vino a nosotros, de parte de Gamaliel, a quien antes mencionamos, uno de los hermanos, trayéndonos secretas noticias de que aquel enemigo había recibido de Caifás, el príncipe de los sacerdotes, el encargo de prender a todos cuantos creían en Jesús, y de ir a Damasco con sus cartas, y de que allí también, valiéndose del auxilio de los incrédulos, había de hacer estragos entre los fieles; y que se apresuraba a Damasco principalmente por esto, porque creía que Pedro había huido allí. Y unos treinta días después, se detuvo en el camino al pasar por Jericó, yendo hacia Damasco. En aquel tiempo estábamos ausentes, pues habíamos salido a los sepulcros de dos hermanos que cada año se blanqueaban por sí mismos, milagro por el cual se refrenaba la furia de muchos contra nosotros, porque veían que nuestros hermanos eran tenidos en memoria delante de Dios.»]
    Comentario editorial · El «enemigo» que derriba a Santiago
    El texto no da el nombre del hombre que irrumpe en el templo (I, 70), arroja a Santiago por las gradas y, según el mensajero de Gamaliel, recibe de Caifás el encargo de ir a Damasco con cartas para prender a los creyentes (I, 71). Según la edición inglesa, una nota marginal de uno de los manuscritos dice que era Saulo, y el capítulo 71 lo confirma; remite a para la comisión de Damasco. Riddle ve aquí un intento evidente de desacreditar a Pablo, aunque la supresión del nombre le parece significativa.

    Capítulo 72. Pedro enviado a Cesarea

    Rec. I, 72

    [«Mientras, pues, permanecíamos en Jericó y nos entregábamos a la oración y al ayuno, el obispo Santiago me mandó llamar y me envió aquí a Cesarea, diciendo que Zaqueo le había escrito desde Cesarea que un tal Simón, mago samaritano, estaba pervirtiendo a muchos de los nuestros, afirmando que él era Stans, es decir, en otras palabras, el Cristo y el gran poder del Dios Altísimo, superior al Creador del mundo; al mismo tiempo que hacía muchos milagros, y hacía dudar a algunos, y a otros los arrastraba a su partido. Me informó de todo cuanto se había averiguado acerca de este hombre por parte de quienes antes habían sido o compañeros suyos o discípulos, y que después se habían convertido a Zaqueo. "Muchos, pues, hay, oh Pedro", dijo Santiago, "por cuya salvación conviene que vayas y refutes al mago, y enseñes la palabra de verdad. Por tanto, no tardes; ni te aflija el partir solo, sabiendo que Dios, por medio de Jesús, irá contigo y te ayudará, y que pronto, por su gracia, tendrás muchos compañeros y simpatizantes. Y cuida de enviarme por escrito cada año una relación de tus dichos y hechos, y especialmente al fin de cada siete años". Con estas palabras me despidió, y en seis días llegué a Cesarea.»]

    Capítulo 73. Recibido por Zaqueo

    Rec. I, 73

    [«Cuando entré en la ciudad, nuestro amadísimo hermano Zaqueo salió a mi encuentro; y, abrazándome, me condujo a este alojamiento en el que él mismo se hospedaba, preguntándome acerca de cada uno de los hermanos, especialmente acerca de nuestro honorable hermano Santiago. Y cuando le dije que aún estaba cojo de un pie, como al punto me preguntara la causa de ello, le referí todo lo que ahora os he detallado: cómo habíamos sido llamados por los sacerdotes y por Caifás, el sumo sacerdote, al templo, y cómo Santiago, el arzobispo, en pie sobre lo alto de las gradas, durante siete días seguidos había mostrado a todo el pueblo, a partir de las Escrituras del Señor, que Jesús es el Cristo; y cómo, cuando todos asentían a que fueran bautizados por él en el nombre de Jesús, un enemigo hizo todas aquellas cosas que ya he mencionado, y que no necesito repetir.»]

    Capítulo 74. Simón Mago desafía a Pedro

    Rec. I, 74

    [«Cuando Zaqueo hubo oído estas cosas, me contó a su vez los hechos de Simón; y entre tanto, el propio Simón —no sé cómo oyó de mi llegada— me envió un mensaje, diciendo: "Disputemos mañana en presencia del pueblo". A lo cual respondí: "Así sea, como te plazca". Y esta promesa mía se conoció en toda la ciudad, de modo que también tú, que llegaste aquel mismo día, supiste que yo había de tener una discusión con Simón al día siguiente, y, habiendo hallado mi morada según las indicaciones que habías recibido de Bernabé, viniste a mí. Mas de tal modo me regocijé con tu venida, que mi ánimo, movido no sé cómo, se apresuró a exponerte con prontitud todas las cosas, y en especial aquello que es el punto principal de nuestra fe, acerca del verdadero Profeta, lo cual por sí solo, no lo dudo, es fundamento suficiente para toda nuestra doctrina. Luego, en segundo lugar, te expliqué el sentido más secreto de la ley escrita, por sus varios capítulos, en la medida en que había ocasión de explicarlo; ni te oculté los bienes de las tradiciones. Pero lo que resta, comenzando desde mañana, lo oirás día tras día en conexión con las cuestiones que se suscitarán en la discusión con Simón, hasta que, por el favor de Dios, lleguemos a aquella ciudad de Roma a la cual creemos que se dirige nuestro viaje.»]
    Declaré entonces que le debía toda gratitud por lo que me había contado, y prometí que haría con la mayor prontitud todo cuanto él mandara. Luego, después de tomar alimento, me ordenó descansar, y él también se retiró a descansar.

    Reconocimientos, libro II

    Capítulo 1. El poder de la costumbre

    Rec. II, 1

    Cuando amaneció el día que se había fijado para la discusión con Simón, Pedro, levantándose al primer canto del gallo, nos despertó también a nosotros, pues dormíamos en el mismo aposento, trece en total; de los cuales, después de Pedro, era primero Zaqueo, luego Sofonio, José y Miqueas, Eliesdro, Finees, Lázaro y Eliseo; después de estos, yo (Clemente) y Nicodemo; luego Niceta y Áquila, que antes habían sido discípulos de Simón y se habían convertido a la fe de Cristo bajo la enseñanza de Zaqueo. De las mujeres no había ninguna presente. Como la luz vespertina aún duraba, nos sentamos todos; y Pedro, viendo que estábamos despiertos y que le prestábamos atención, habiéndonos saludado, comenzó al punto a hablar de este modo:—
    [«Confieso, hermanos, que me admiro del poder de la naturaleza humana, la cual veo apta y adecuada para todo cuanto se le exige. Pero esto se me ocurre decir de lo que he hallado por experiencia: que, pasada la media noche, despierto por mi propia voluntad y ya no me vuelve el sueño. Esto me sucede por esta razón: he formado el hábito de traer a la memoria las palabras de mi Señor, que oí de Él mismo; y por el anhelo que tengo hacia ellas, fuerzo mi mente y mis pensamientos a despertarse, para que, al despertar a ellas, y al recordarlas y ordenarlas una a una, pueda retenerlas en la memoria. De aquí, pues, que mientras deseo guardar con todo deleite en mi corazón los dichos del Señor, me ha sobrevenido el hábito de la vigilia, aun cuando no haya nada en lo que desee pensar. Así, de un modo inexplicable, cuando se establece una costumbre, la antigua se muda, con tal de que no se la fuerce más allá de la medida, sino cuanto admite la medida de la naturaleza. Pues no es posible estar del todo sin sueño; de otro modo la noche no habría sido hecha para el descanso.»]

    Capítulo 2. La reducción del sueño

    Rec. II, 2

    Entonces yo, al oír esto, dije: [«Muy bien has dicho, oh Pedro; pues una costumbre es reemplazada por otra. Pues cuando estaba en el mar, al principio me sentí afligido, y todo mi organismo se desordenó, de modo que me parecía como si hubiera sido golpeado, y no podía soportar el vaivén y el tumulto del mar; pero después de unos días, cuando me hube acostumbrado, comencé a soportarlo tolerablemente, de suerte que me alegraba de tomar alimento por la mañana inmediatamente junto con los marineros, mientras que antes no era mi costumbre comer nada antes de la hora séptima. Ahora, pues, por sola la costumbre que entonces adquirí, el hambre me recuerda en aquel tiempo en que solía comer con los marineros; lo cual, sin embargo, espero abandonar, una vez que se haya formado otra costumbre. Creo, por tanto, que también tú has adquirido el hábito de la vigilia, como afirmas; y has querido en un momento oportuno explicárnoslo, para que nosotros tampoco rehusemos quitarnos y prescindir de una parte de nuestro sueño, a fin de poder recibir los preceptos de la doctrina viva. Pues cuando el alimento está digerido y la mente está bajo el influjo del silencio de la noche, aquellas cosas que se enseñan a su tiempo permanecen en ella.»]

    Capítulo 3. Necesidad de cautela

    Rec. II, 3

    Entonces Pedro, complaciéndose al oír que yo había entendido el propósito de su prefacio, que lo había hecho para nuestro provecho, y elogiándome, sin duda con ánimo de alentarme y estimularme, comenzó a pronunciar el siguiente discurso: Me parece oportuno y necesario tener alguna consideración acerca de las cosas que están próximas, es decir, acerca de Simón. Pues desearía saber de qué carácter y de qué conducta es. Por lo cual, si alguno de vosotros tiene algún conocimiento de él, no deje de informarme; pues importa saber estas cosas de antemano. Porque si tenemos el encargo de que, cuando entremos en una ciudad, aprendamos primero quién es en ella digno, [] para comer con él, ¡cuánto más propio es que averigüemos quién o qué clase de hombre es aquel a quien se han de confiar las palabras de inmortalidad! Pues debemos ser cuidadosos, sí, sumamente cuidadosos, de no echar nuestras perlas delante de los cerdos. []

    Capítulo 4. Prudencia al tratar con los adversarios

    Rec. II, 4

    [«Mas también por otras razones importa que yo tenga algún conocimiento de este hombre. Pues si sé que en aquellas cosas de las que no puede dudarse que son buenas es irreprensible e intachable —es decir, si es sobrio, misericordioso, recto, manso y humano, cualidades que nadie duda que son buenas—, entonces parecerá conveniente que, sobre quien posee estas buenas virtudes, se confiera lo que le falta de fe y de conocimiento; y así su vida, que en lo demás es digna de aprobación, sea enmendada en aquellos puntos en que parezca imperfecta. Pero si permanece envuelto y manchado en pecados que manifiestamente son tales, no me corresponde hablarle en absoluto de las cosas más secretas y sagradas del conocimiento divino, sino más bien protestar y hacerle frente, para que cese de pecar y limpie sus acciones de vicio. Mas si se insinúa y nos lleva a hablar lo que él, mientras obra mal, no debería oír, será nuestro deber esquivarlo con cautela. Pues no responderle nada no parece propio, por causa de los oyentes, no sea que acaso piensen que rehusamos la contienda por falta de capacidad para responderle, y así su fe quede dañada por entender mal nuestro propósito.»]

    Capítulo 5. Simón Mago, un adversario formidable

    Rec. II, 5

    Cuando Pedro nos hubo hablado así, Niceta pide permiso para decirle algo; y, habiéndoselo concedido Pedro, dice: [«Con tu venia, te ruego, mi señor Pedro, que me oigas a mí, que estoy muy ansioso por ti y temo que, en la contienda que traes entre manos con Simón, parezcas superado. Pues muy frecuentemente sucede que quien defiende la verdad no alcanza la victoria, ya sea porque los oyentes están prevenidos, o porque no tienen gran interés en la causa mejor. Mas, sobre todo esto, el propio Simón es orador veementísimo, ejercitado en el arte dialéctica y en las mallas de los silogismos; y, lo que es peor que todo, está grandemente versado en el arte mágica. Y, por tanto, temo no sea que, hallándose tan fuertemente fortificado por todas partes, se piense que defiende la verdad, mientras alega falsedades, en presencia de quienes no lo conocen. Pues ni nosotros mismos habríamos podido escapar de él y convertirnos al Señor, si no hubiera sido porque, siendo sus ayudantes y partícipes de sus errores, comprobamos que era un embaucador y un mago.»]

    Capítulo 6. Simón Mago: su maldad

    Rec. II, 6

    Cuando Niceta hubo hablado así, Áquila, pidiendo que se le permitiera hablar, prosiguió de la manera siguiente: [«Recibid, os lo ruego, excelentísimo Pedro, la prenda de mi amor hacia vos; pues ciertamente también yo estoy sumamente inquieto por vuestra causa. Y no nos culpéis por esto, pues ciertamente el preocuparse por cualquiera proviene del afecto; mientras que ser indiferente no es menos que odio. Pero pongo a Dios por testigo de que siento por vos, no porque os sepa más débil en la disputa —pues ciertamente nunca estuve presente en disputa alguna en la que intervinierais—, sino porque conozco bien las impiedades de este hombre, pienso en vuestra reputación, y al mismo tiempo en las almas de los oyentes, y sobre todo en los intereses de la verdad misma. Porque este mago es vehemente hacia todas las cosas que desea, y malvado sin medida. Pues en todas las cosas lo conocemos bien, ya que desde la niñez hemos sido ayudantes y ministros de su maldad; y si el amor de Dios no nos hubiera rescatado de él, aún ahora estaríamos ocupados en las mismas malas obras con él. Pero un cierto amor innato hacia Dios hizo que su maldad nos fuera odiosa, y el culto de Dios atractivo para nosotros. De donde pienso también que fue obra de la divina Providencia que nosotros, habiendo sido hechos primero sus compañeros, llegáramos a conocer de qué manera o por qué arte efectúa los prodigios que parece obrar. Pues ¿quién hay que no se asombre de las maravillas que hace? ¿Quién no pensaría que era un dios bajado del cielo para la salvación de los hombres? Por mi parte, confieso, si no lo hubiera conocido íntimamente y no hubiera tomado parte en sus obras, fácilmente me habría dejado arrastrar con él. De donde no fue gran cosa para nosotros separarnos de su compañía, sabiendo como sabíamos que depende de artes mágicas y de malvados artificios. Pero si también vos mismo queréis saber todo acerca de él —quién es, qué es y de dónde viene, y cómo maquina lo que hace—, entonces escuchad.»]

    Capítulo 7. Simón Mago: su historia

    Rec. II, 7

    [«El padre de este Simón fue Antonio, y su madre Raquel. De nación es samaritano, de una aldea de los getones; de profesión mago, pero sumamente instruido en la literatura griega; deseoso de gloria y jactancioso por encima de todo el género humano, de modo que desea que se le crea un poder excelso, que está por encima de Dios Creador, y que se le tenga por el Cristo, y que se le llame el Excelso. Y usa este nombre como dando a entender que jamás puede ser disuelto, afirmando que su carne está tan compacta por el poder de su divinidad que puede durar eternamente. De aquí, por tanto, se le llama el Excelso, como si no pudiera caer por corrupción alguna.»]

    Capítulo 8. Simón Mago: su historia

    Rec. II, 8

    [«Pues después que Juan el Bautista fue muerto, como vos mismo también sabéis, cuando Dositeo había divulgado su herejía, con otros treinta discípulos principales, y una mujer, que era llamada Luna —de donde también estos treinta parecen haber sido designados con referencia al número de los días, según el curso de la luna— este Simón, ambicioso de gloria maligna, como hemos dicho, va a Dositeo y, fingiendo amistad, le ruega que, si alguno de aquellos treinta muriera, él lo sustituya inmediatamente en el lugar del muerto; porque era contrario a su regla o exceder el número fijado, o admitir a alguno que fuera desconocido o aún no probado; de donde también los demás, deseando hacerse dignos del lugar y del número, se afanan en todo por agradar, según las instituciones de su secta, cada uno de los que aspiran a ser admitidos en el número, esperando que pueda ser considerado digno de ser puesto en el lugar del difunto, cuando, como hemos dicho, alguien muere. Por tanto, Dositeo, siendo muy instado por este hombre, introdujo a Simón cuando ocurrió una vacante entre el número.»]

    Capítulo 9. Simón Mago: su profesión

    Rec. II, 9

    [«Pero no mucho después se enamoró de aquella mujer a quien llaman Luna; y nos confió todas las cosas a nosotros como amigos: cómo era mago, y cómo amaba a Luna, y cómo, deseoso de gloria, no quería gozarla sin gloria, sino que esperaba con paciencia hasta poder gozarla honrosamente; sin embargo, si también nosotros conspiráramos con él para el logro de sus deseos. Y prometió que, como recompensa de este servicio, haría que nos invistieran con los más altos honores, y que los hombres nos creyeran dioses; "Solo, empero, con la condición", dice, "de que vosotros confiráis el primer lugar a mí, Simón, que por arte mágica soy capaz de mostrar muchas señales y prodigios, por medio de los cuales se establezca mi gloria o nuestra secta. Porque soy capaz de hacerme invisible a los que quieren apoderarse de mí, y de nuevo visible cuando quiero ser visto. Si quiero huir, puedo excavar a través de las montañas y pasar a través de las rocas como si fueran barro. Si me arrojara de cabeza desde una montaña elevada, sería llevado ileso a la tierra, como si estuviera sostenido; atado, puedo soltarme y atar a los que me habían atado; encerrado en prisión, puedo hacer que las barreras se abran por sí mismas; puedo animar estatuas, de modo que los que ven supongan que son hombres. Puedo hacer que nuevos árboles broten de repente y produzcan renuevos en el acto. Puedo arrojarme al fuego y no quemarme; puedo cambiar mi semblante, de modo que no se me reconozca; pero puedo mostrar a la gente que tengo dos rostros. Me transformaré en oveja o en cabra; haré crecer barba a niños pequeños; ascenderé volando por el aire; exhibiré abundancia de oro, y haré y desharé reyes. Seré adorado como Dios; se me asignarán públicamente honores divinos, de modo que se erija una imagen mía, y sea adorado y venerado como Dios. ¿Y qué necesidad hay de más palabras? Cuanto deseo, eso podré hacer. Pues ya he logrado muchas cosas a modo de experimento. En una palabra", dice, "una vez, cuando mi madre Raquel me ordenó ir al campo a segar, y vi una hoz allí tendida, le ordené que fuera y segara; y segó diez veces más que las otras. Últimamente, produje muchos renuevos de la tierra, y los hice echar hojas y producir fruto en un momento; y la montaña más cercana la perforé con éxito."]

    Capítulo 10. Simón Mago: su engaño

    Rec. II, 10

    [«Pero cuando habló así de la producción de renuevos y de la perforación de la montaña, yo quedé confundido por esto, porque quería engañar incluso a nosotros, en quienes parecía depositar confianza; pues sabíamos que aquellas cosas eran desde los días de nuestros padres, que él representaba como hechas por sí mismo recientemente. Nosotros, entonces, aunque oímos estas atrocidades de él, y peores que estas, seguimos sus crímenes y permitimos que otros fueran engañados por él, diciendo también muchas mentiras en su favor; y esto antes de que él hiciera ninguna de las cosas que había prometido, de modo que, mientras aún no había hecho nada, algunos lo tenían por Dios.»]

    Capítulo 11. Simón Mago, a la cabeza de la secta de Dositeo

    Rec. II, 11

    [«Mientras tanto, al principio, tan pronto como fue contado entre los treinta discípulos de Dositeo, comenzó a depreciar al propio Dositeo, diciendo que no enseñaba pura ni perfectamente, y que esto era resultado no de mala intención, sino de ignorancia. Pero Dositeo, cuando percibió que Simón lo depreciaba, temiendo que su reputación entre los hombres pudiera oscurecerse (pues él mismo era tenido por el Excelso), movido de rabia, cuando se reunieron como de costumbre en la escuela, tomó una vara y comenzó a golpear a Simón; pero de repente la vara pareció pasar a través de su cuerpo, como si hubiera sido humo. Ante lo cual Dositeo, asombrado, le dice: "Dime si eres el Excelso, para que te adore". Y cuando Simón respondió que lo era, entonces Dositeo, comprendiendo que él mismo no era el Excelso, cayó y lo adoró, y cedió su propio lugar de jefe a Simón, ordenando a toda la fila de los treinta hombres que le obedecieran; él mismo tomó el lugar inferior que Simón ocupaba antes. No mucho después de esto murió.»]

    Capítulo 12. Simón Mago y Luna

    Rec. II, 12

    [«Por tanto, después de la muerte de Dositeo, Simón tomó a Luna para sí; y con ella anda todavía, como veis, engañando a multitudes, y afirmando que él mismo es cierto poder que está por encima de Dios Creador, mientras que Luna, que está con él, ha sido bajada de los cielos superiores, y que ella es la Sabiduría, madre de todas las cosas, por quien, dice, contendiendo griegos y bárbaros, pudieron en cierta medida ver una imagen de ella; pero de ella misma, tal como es, como moradora con el primero y único Dios, fueron totalmente ignorantes. Proponiendo estas y otras cosas del mismo tipo, ha engañado a muchos. Pero debo también declarar esto, que recuerdo haber visto yo mismo. Una vez, cuando esta Luna suya estaba en cierta torre, una gran multitud se había reunido para verla, y estaba de pie alrededor de la torre por todos lados; pero ella fue vista por todo el pueblo inclinarse hacia delante, y mirar por todas las ventanas de aquella torre. Muchas otras maravillas hizo y hace; de modo que los hombres, asombrados de ellas, piensan que él mismo es el gran Dios.»]

    Capítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia

    Rec. II, 13

    [«Ahora bien, cuando Niceta y yo le pedimos una vez que nos explicara cómo podían efectuarse estas cosas por arte mágica, y cuál era la naturaleza de aquella cosa, Simón comenzó a explicárnoslo así como a sus asociados. "He hecho", dijo, "el alma de un niño, inmaculada y violentamente asesinada, e invocada con adjuraciones inefables, para que me asista; y por ella se hace todo lo que yo mando". "Pero", dije yo, "¿es posible que un alma haga estas cosas?" Él respondió: "Quiero que sepáis esto: que el alma del hombre ocupa el lugar siguiente después de Dios, una vez que es liberada de las tinieblas de su cuerpo. E inmediatamente adquiere presciencia: por lo cual es invocada para la nigromancia". Entonces respondí: "¿Por qué, pues, las almas de las personas que son asesinadas no se vengan de sus asesinos?" "¿No recuerdas", dijo, "que te dije que, cuando sale del cuerpo, adquiere conocimiento del futuro?" "Lo recuerdo", dije. "Pues bien", dijo, "tan pronto como sale del cuerpo, sabe inmediatamente que hay un juicio venidero, y que cada uno sufrirá castigo por los males que ha hecho; y por eso no quieren vengarse de sus asesinos, porque ellas mismas están soportando tormentos por sus propias malas obras que hicieron aquí, y saben que castigos más severos las aguardan en el juicio. Además, no les es permitido por los ángeles que las presiden salir, ni hacer cosa alguna". "Entonces", repliqué, "si los ángeles no les permiten venir aquí, ni hacer lo que les plazca, ¿cómo pueden las almas obedecer al mago que las invoca?" "No es", dijo, "que concedan indulgencia a las almas que están dispuestas a venir; sino que cuando los ángeles presidentes son conjurados por uno mayor que ellos, tienen la excusa de nuestra violencia que los conjura, para permitir que salgan las almas que invocamos; pues no pecan los que sufren violencia, sino nosotros que les imponemos necesidad". En esto Niceta, no pudiendo contenerse por más tiempo, respondió apresuradamente, como en verdad yo también estaba a punto de hacer, solo que yo deseaba primero obtener información de él sobre varios puntos; pero, como dije, Niceta, anticipándose a mí, dijo: "¿Y no temes tú el día del juicio, que haces violencia a los ángeles, e invocas almas, y engañas a los hombres, y negocias para ti el honor divino de parte de los hombres? ¿Y cómo nos persuades de que no habrá juicio, como algunos de los judíos confiesan, y de que las almas no son inmortales, como muchos suponen, aunque las ves con tus propios ojos, y recibes de ellas la confirmación del juicio divino?"]

    Capítulo 14. Simón Mago afirma ser Dios

    Rec. II, 14

    [«A estas palabras suyas Simón palideció; pero después de un poco, recobrándose, respondió así: "No penséis que soy un hombre de vuestra raza. No soy ni mago, ni amante de Luna, ni hijo de Antonio. Pues antes de que mi madre Raquel y él se unieran, ella, aún virgen, me concibió, estando en mi poder ser pequeño o grande, y aparecer como hombre entre los hombres. Por tanto, os he elegido primero a vosotros como amigos, con el propósito de probaros, para poder colocaros primero en mis lugares celestiales e inefables cuando os haya probado. Por tanto, he fingido ser hombre, para poder averiguar más claramente si guardáis entero afecto hacia mí". Pero cuando oí eso, juzgándolo ciertamente un miserable, aunque maravillándome de su descaro; y avergonzándome por él, y al mismo tiempo temiendo que intentara algún mal contra nosotros, hice señas a Niceta para que fingiera un poco junto conmigo, y le dije: "No te enojes con nosotros, hombres corruptibles, oh Dios incorruptible, sino más bien acepta nuestro afecto, y nuestro ánimo dispuesto a conocer quién es Dios; pues hasta ahora no sabíamos quién eres, ni percibíamos que eres aquel a quien buscábamos".»]

    Capítulo 15. Simón Mago afirmó haber hecho un niño de aire

    Rec. II, 15

    [«Mientras hablábamos estas y semejantes palabras con semblantes apropiados a la ocasión, este hombre vanísimo creyó que estábamos engañados; y estando por ello tanto más envanecido, añadió también esto: "Ahora os seré propicio, por el afecto que me tenéis como a Dios; porque me amasteis cuando no me conocíais, y me buscabais en la ignorancia. Pero no quisiera que dudéis de que esto es ser verdaderamente Dios, cuando uno es capaz de hacerse pequeño o grande como le plazca; pues yo soy capaz de aparecer a los hombres de cualquier manera que me plazca. Ahora, pues, comenzaré a desplegaros lo que es verdad. En cierta ocasión, yo, por mi poder, convirtiendo el aire en agua, y el agua a su vez en sangre, y solidificándola en carne, formé una nueva criatura humana —un niño— y produje una obra mucho más noble que la de Dios Creador. Porque Él creó al hombre de la tierra, pero yo del aire, asunto mucho más difícil; y de nuevo lo deshice y lo devolví al aire, pero no hasta haber colocado su retrato e imagen en mi dormitorio, como prueba y memorial de mi obra". Entonces comprendimos que hablaba de aquel niño, cuyo alma, después de haber sido asesinado por violencia, usaba para aquellos servicios que requería.»]

    Capítulo 16. Simón Mago: la desesperanza de su caso

    Rec. II, 16

    Pero Pedro, oyendo estas cosas, dijo con lágrimas: [«Mucho me maravillo de la infinita paciencia de Dios y, por otro lado, de la audacia de la temeridad humana en algunos. Pues ¿qué razón más puede encontrarse para persuadir a Simón de que Dios juzga a los injustos, ya que él se persuade a sí mismo de que emplea la obediencia de las almas para el servicio de sus crímenes? Pero, en verdad, él es engañado por demonios. Sin embargo, aunque él está seguro por estas mismas cosas de que las almas son inmortales y son juzgadas por las obras que han hecho, y aunque piensa que realmente ve aquellas cosas que nosotros creemos por fe; aunque, como dije, es engañado por demonios, piensa que ve la sustancia misma del alma. ¿Cómo tal hombre, digo, será llevado a confesar o que obra inicuamente mientras ocupa una posición tan mala, o que ha de ser juzgado por las cosas que ha hecho, quien, conociendo el juicio de Dios, lo desprecia, se muestra enemigo de Dios y se atreve a cometer cosas tan horrendas? Por lo cual es cierto, hermanos míos, que algunos se oponen a la verdad y religión de Dios, no porque les parezca que la razón no puede de ningún modo estar de acuerdo con la fe, sino porque están o envueltos en exceso de maldad, o impedidos por sus propios males, o envanecidos por la hinchazón de su corazón, de modo que ni siquiera creen aquellas cosas que piensan que ven con sus propios ojos.»]

    Capítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios

    Rec. II, 17

    [«Pero, en la medida en que el afecto innato hacia Dios Creador parecía bastar para la salvación de los que lo amaban, el enemigo se afana por pervertir este afecto en los hombres y por volverlos hostiles e ingratos para con su Creador. Pues pongo por testigos al cielo y a la tierra de que, si Dios permitiera al enemigo enfurecerse tanto cuanto desea, todos los hombres habrían perecido hace ya mucho tiempo; mas, por su misericordia, Dios no se lo consiente. Pero si los hombres volvieran su afecto hacia Dios, todos sin duda serían salvos, aun cuando por algunas faltas parecieran ser corregidos para justicia. Mas ahora la mayor parte de los hombres se han hecho enemigos de Dios, en cuyos corazones ha entrado el maligno, y ha apartado hacia sí el afecto que Dios Creador había implantado en ellos para que lo tuvieran hacia Él. Pero en cuanto a los demás, que por un tiempo parecieron vigilantes, el enemigo, apareciéndose en una fantasía de gloria y esplendor y prometiéndoles ciertas cosas grandes y poderosas, ha hecho que su mente y su corazón se extravíen lejos de Dios; y sin embargo, es por alguna justa razón por lo que se le permite realizar estas cosas.»]

    Capítulo 18. La responsabilidad de los hombres

    Rec. II, 18

    A esto respondió Áquila: [«¿Cómo, pues, tienen culpa los hombres si el maligno, transformándose en resplandor de luz, 2 Corintios 11:14] promete a los hombres cosas mayores que las que el mismo Creador ofrece?» Entonces Pedro respondió: [«Pienso,»] dice [«que nada hay más injusto que esto; y ahora escucha mientras te digo cuán injusto es. Si tu hijo, a quien criaste y alimentaste con todo cuidado y llevaste a la edad viril, fuera ingrato contigo, te abandonara y se fuera a otro, a quien tal vez haya visto más rico, y le mostrara a él el honor que te debía a ti, y por esperanza de mayor provecho negara su nacimiento y te rehusara tus derechos paternos, ¿te parecería esto justo o perverso?»] Entonces respondió Áquila: [«Es manifiesto a todos que eso sería perverso.»] Entonces dijo Pedro: [«Si dices que esto sería perverso entre los hombres, ¿cuánto más lo es tratándose de Dios, que, sobre todos los hombres, es digno de honor por parte de los hombres; cuyos beneficios no solo disfrutamos, sino por cuyo medio y poder comenzamos a existir cuando no existíamos, y de quien, si queremos, alcanzaremos ser para siempre en bienaventuranza! Para que, por tanto, los infieles se distingan de los fieles, y los piadosos de los impíos, se ha permitido al maligno usar aquellas artes por las cuales se prueban los afectos de cada uno hacia el verdadero Padre. Pero si en verdad hubiera algún Dios extraño, ¿sería justo abandonar a nuestro propio Dios, que nos creó, y que es nuestro Padre y nuestro Hacedor, para pasarnos a otro?»] [«Dios no lo permita.»] dijo Áquila. Entonces dijo Pedro: [«¿Cómo, pues, diremos que el maligno es la causa de nuestro pecado, cuando esto se hace por permisión de Dios, para que sean probados y condenados en el día del juicio aquellos que, seducidos por mayores promesas, han abandonado su deber hacia su verdadero Padre y Creador; mientras que los que han guardado la fe y el amor de su propio Padre, aun con pobreza, si así les ha acontecido, y con tribulación, podrán gozar de dones celestiales y dignidades inmortales en su reino. Pero expondremos estas cosas más cuidadosamente en otro momento. Entretanto, deseo saber qué hizo Simón después de esto.»]

    Capítulo 19. Comienza la disputa

    Rec. II, 19

    Y Niceta respondió: [«Cuando él percibió que lo habíamos descubierto, habiendo hablado entre nosotros acerca de sus crímenes, lo dejamos y fuimos a Zaqueo, contándole aquellas mismas cosas que ahora os hemos contado a vosotros. Pero él, recibiéndonos con suma bondad, e instruyéndonos acerca de la fe de nuestro Señor Jesucristo, nos inscribió en el número de los fieles.»] Cuando Niceta hubo terminado de hablar, Zaqueo, que había salido un poco antes, entró diciendo: [«Es tiempo, oh Pedro, de que procedas a la disputa; pues una gran multitud, reunida en el atrio de la casa, te aguarda, y en medio de ella está Simón, sostenido por muchos acompañantes.»] Entonces Pedro, al oír esto, ordenándome que me retirara para orar (pues yo aún no había sido lavado de los pecados que había cometido por ignorancia), dijo a los demás: [«Hermanos, oremos para que Dios, por su indecible misericordia mediante su Cristo, me ayude al salir en pro de la salvación de los hombres que han sido creados por Él.»] Habiendo dicho esto, y habiendo orado, salió al atrio de la casa, en el cual estaba reunida una gran multitud de gente; y cuando los vio a todos mirándolo atentamente en profundo silencio, y a Simón el Mago de pie en medio de ellos como abanderado, comenzó de la manera siguiente.

    Capítulo 20. El reino de Dios y su justicia

    Rec. II, 20

    Paz sea a todos vosotros, que estáis dispuestos a dar la mano derecha a la verdad: pues cuantos le son obedientes parecen ciertamente conferir algún favor a Dios, cuando en realidad son ellos mismos quienes obtienen de Él el don de su mayor largueza, andando en sus sendas de justicia. Por lo cual, el primer deber de todos es investigar la justicia de Dios y su reino; [] su justicia, para que se nos enseñe a obrar rectamente; su reino, para que sepamos cuál es la recompensa destinada al trabajo y a la paciencia; en cuyo reino hay, ciertamente, una concesión de bienes eternos a los buenos, mas para los que han obrado contra la voluntad de Dios, una digna imposición de penas en proporción a las obras de cada uno. Os conviene, por tanto, mientras estáis aquí —es decir, mientras estáis en la vida presente—, averiguar la voluntad de Dios, mientras hay también ocasión de hacerla. Porque si alguno, antes de enmendar sus obras, quiere investigar cosas que no puede descubrir, tal investigación será necia e ineficaz. Pues el tiempo es breve, y el juicio de Dios se ocupará de las obras, no de las cuestiones. Por tanto, antes que nada, investiguemos esto: qué o de qué manera debemos obrar para merecer alcanzar la vida eterna.

    Capítulo 21. La justicia, camino hacia el reino

    Rec. II, 21

    [«Pues si ocupamos el breve tiempo de esta vida con cuestiones vanas e inútiles, sin duda iremos a la presencia de Dios vacíos y desprovistos de buenas obras, cuando, como he dicho, nuestras obras sean traídas a juicio. Porque cada cosa tiene su propio tiempo y lugar. Este es el lugar, este el tiempo de las obras; el mundo venidero, el de las recompensas. Para que, pues, no nos enredemos alterando el orden de los lugares y de los tiempos, investiguemos, en primer lugar, qué es la justicia de Dios; para que, como personas que van a emprender un viaje, nos llenemos de buenas obras como de abundante provisión, y así podamos llegar al reino de Dios como a una ciudad muy grande. Porque para los que piensan rectamente, Dios es manifiesto incluso por las obras del mundo que Él ha hecho, usando el testimonio de su creación; Romanos 1:20] y, por tanto, puesto que no debe haber duda acerca de Dios, solo nos queda investigar acerca de su justicia y de su reino. Pero si nuestra mente nos sugiere hacer alguna indagación sobre cosas secretas y ocultas antes de investigar las obras de justicia, debemos darnos a nosotros mismos una razón: porque si obrando bien mereciéremos alcanzar la salvación, entonces, yendo a Dios castos y limpios, seremos llenos del Espíritu Santo y conoceremos todas las cosas secretas y ocultas, sin discusiones capciosas; mientras que ahora, aun si alguno pasara toda su vida investigando estas cosas, no solo no podrá hallarlas, sino que se envolverá en mayores errores, porque no entró primero por el camino de la justicia ni se esforzó por llegar al puerto de la vida.»
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la parte 3 de 27