Hom. 16, 10
Y Pedro dijo: «No extravían, sino que convencen y sacan a la luz la disposición malvada contra Dios que se oculta como una serpiente en cada uno. Pues las Escrituras yacen delante de cada uno como muchos tipos diversos. Cada uno, pues, tiene su propia disposición como cera, y examinando las Escrituras y hallando en ellas todo, moldea su idea de Dios según su deseo, imponiéndoles, como dije, su propia disposición, que es como cera. Puesto que, pues, cada uno halla en las Escrituras la opinión que desea tener respecto de Dios, por esta razón él, Simón, moldea de ellas las formas de muchos dioses, mientras nosotros moldeamos la forma de Aquel que verdaderamente existe, llegando al conocimiento del verdadero tipo a partir de nuestra propia forma. Pues ciertamente el alma dentro de nosotros está revestida de Su imagen para la inmortalidad. Si abandono al padre de esta alma, ella también me abandonará a juicio justo, dando a conocer la injusticia por el acto mismo de atreverse; y como procede de uno que es justo, justamente me abandonará; y así, en lo que al alma respecta, yo seré, después del castigo, destruido, habiendo abandonado la ayuda que de ella viene. Pero si hay otro dios, que primero se revista de otra forma, de otra figura, para que por la nueva figura del cuerpo yo pueda reconocer al nuevo dios. Pero si cambiase la figura, ¿cambiaría con ello la sustancia del alma? Pero si la cambiara también, entonces ya no soy yo mismo, habiendo llegado a ser otro tanto en figura como en sustancia. Que cree, pues, otros, si hay otro. Pero no lo hay. Pues si lo hubiera habido, habría creado. Pero puesto que no ha creado, entonces, como inexistente, deje a Aquel que realmente existe. Pues no es nadie, salvo solo en la opinión de Simón. No acepto otro dios alguno sino a Aquel solo que me creó.»