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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. Su angustia
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 7. Llegada de Bernabé a Roma
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 19. Satisfacción de Pedro
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
  46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
  47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
  48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
  55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
  56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
  57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
  63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
  64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
  65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
  77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
  83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
  84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
  85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
  91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
  97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
  98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
  99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
  100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
  101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
  102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
  103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
  104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
  105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
  106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
  107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
  108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
  109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
  110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
  111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
  112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
  113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
  114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
  115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
  116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
  117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
  118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
  119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
  120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
  121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
  122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
  123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
  124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
  125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
  126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
  127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
  128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
  129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
  130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
  131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
  132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
  133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
  134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
  135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
  136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
  137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
  138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
  139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
  140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
  141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
  142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
  143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
  144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
  145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
  146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
  147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
  148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
  149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
  150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
  151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
  152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
  153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
  154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
  155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
  156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
  157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
  158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
  159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
  160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
  161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
  162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
  163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
  164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
  165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
  166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
  167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
  168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
  169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
  170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
  171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
  172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
  173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
  174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
  175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
  176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
  177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
  178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
  179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
  180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
  181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
  182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
  183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
  184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
  185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
  186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
  187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
  188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
  189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
  190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
  191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
  192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
  193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
  194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
  195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
  196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
  197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
  198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
  199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
  200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
  201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
  202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
  203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
  204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
  205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
  206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
  207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
  208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
  209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
  210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
  211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
  212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
  213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
  214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
  215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

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    TEXTOS — PSEUDO-CLEMENTE

    Índice de la obra

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    Reconocimientos y Homilías clementinas

    Siglos III–IV · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Ante-Nicene Fathers53 minPosición: 0% de esta parteParte 23 de 27 · Homilía 12Publicado el Actualizado el Ref. ESC-CLEM-02

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
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    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
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    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
    40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
    46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
    47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
    48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
    55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
    56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
    57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
    63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
    64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
    65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
    77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
    83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
    84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
    85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
    91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
    97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
    98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
    99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
    100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
    101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
    102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
    103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
    104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
    105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
    106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
    107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
    108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
    109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
    110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
    111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
    112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
    113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
    114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
    115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
    116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
    117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
    118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
    119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
    120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
    121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
    122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
    123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
    124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
    125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
    126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
    127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
    128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
    129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
    130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
    131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
    132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
    133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
    134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
    135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
    136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
    137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
    138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
    139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
    140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
    141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
    142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
    143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
    144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
    145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
    146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
    147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
    148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
    149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
    150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
    151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
    152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
    153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
    154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
    155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
    156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
    157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
    158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
    159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
    160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
    161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
    162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
    163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
    164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
    165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
    166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
    167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
    168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
    169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
    170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
    171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
    172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
    173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
    174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
    175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
    176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
    177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
    178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
    179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
    180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
    181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
    182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
    183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
    184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
    185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
    186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
    187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
    188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
    189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
    190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
    191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
    192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
    193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
    194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
    195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
    196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
    197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
    198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
    199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
    200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
    201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
    202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
    203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
    204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
    205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
    206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
    207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
    208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
    209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
    210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
    211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
    212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
    213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
    214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
    215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

    Homilía 12

    Capítulo I. Dos grupos

    Hom. 12, 1

    [Por tanto], partiendo de Trípolis de Fenicia para ir a Antioquía de Siria, el mismo día llegamos a Ortasia y allí nos detuvimos. Y por estar cerca de la ciudad que habíamos dejado, habiendo oído casi todos la predicación anteriormente, nos detuvimos allí solo un día, y partimos hacia Antarado. Y como había muchos que viajaban con nosotros, Pedro, dirigiéndose a Niceto y Áquila, dijo: «Puesto que la gran multitud de los que viajan con nosotros atrae sobre nosotros no poca envidia al entrar de ciudad en ciudad, he pensado que necesariamente debemos disponer las cosas de modo que ni, por una parte, estos se aflijan por verse impedidos de acompañarnos, ni, por otra, nosotros, por ser tan conspicuos, caigamos bajo la envidia de los malvados. Por lo cual deseo que vosotros, Niceto y Áquila, vayáis delante de mí en dos grupos separados y entréis secretamente en las ciudades gentiles.»

    Capítulo II. Amor de los predicadores y de sus convertidos

    Hom. 12, 2

    «Sé, en verdad, que os aflige el que se os mande hacer esto, al quedar separados de mí por un espacio de dos días. Quiero, pues, que sepáis que nosotros, los que persuadimos, os amamos a vosotros, los persuadidos, mucho más de lo que vosotros nos amáis a nosotros, que os hemos persuadido. Por tanto, amándonos unos a otros como lo hacemos, al no hacer sin razón lo que deseamos, proveamos, en cuanto esté en nosotros, a la seguridad. Pues prefiero, como también vosotros sabéis, ir a las ciudades más notables de las provincias, permanecer algunos días y disertar. Y por ahora id delante a la vecina Laodicea, y después de dos o tres días, en cuanto dependa de mi elección, os alcanzaré. Y recibidme vosotros solos a las puertas, a causa de la confusión, para que así entremos con vosotros sin tumulto. Y de allí, de manera semejante, después de algunos días de estancia, otros en vuestro lugar irán por turno a los lugares de más allá, preparándonos alojamiento.»

    Capítulo III. Sumisión

    Hom. 12, 3

    Cuando Pedro hubo hablado así, se vieron obligados a asentir, diciendo: «No nos aflige del todo, señor mío, hacer esto por ser mandato vuestro; en primer lugar, ciertamente, porque habéis sido elegido por la providencia de Dios, como digno de pensar y aconsejar bien en todas las cosas; y además de esto, por lo general sólo estaremos separados de vos dos días por la necesidad de precederos. Y eso ciertamente sería mucho tiempo sin ver vuestro rostro, oh Pedro, si no considerásemos que más afligidos estarán los que son enviados mucho más adelante, a quienes se ordena esperaros más tiempo en cada ciudad, angustiados por verse privados por más tiempo de la vista de vuestro anhelado semblante. Y nosotros, aunque no menos angustiados que ellos, no nos oponemos, porque nos lo ordenáis para provecho.» Así, habiendo hablado, se adelantaron, teniendo el encargo de que en la primera etapa exhortaran a la multitud que los acompañaba a entrar en las ciudades separados unos de otros.

    Capítulo IV. El gozo de Clemente

    Hom. 12, 4

    Cuando, pues, se hubieron ido, yo, Clemente, me alegré grandemente de que me hubiera ordenado quedarme con él. Entonces respondí y dije: «Doy gracias a Dios de que no me hayáis enviado lejos, como habéis hecho con los demás, pues de pena habría muerto.» Pero él dijo: «¿Y qué? Si alguna vez hubiera necesidad de que fueseis enviado por causa de la enseñanza, ¿moriríais por estar separado de mí un poco de tiempo, y eso con un propósito ventajoso? ¿No os impondríais más bien el deber de soportar las cosas que se os disponen por necesidad, y os someteríais de buen grado? ¿Y no sabéis que los amigos están presentes unos a otros en sus memorias, aunque estén separados corporalmente, mientras que algunos, estando presentes en cuerpo, se alejan de sus amigos en el alma, por falta de memoria?»

    Capítulo V. El oficio de servicio de Clemente

    Hom. 12, 5

    Entonces respondí: «No penséis, señor mío, que soportaría ese dolor neciamente, sino con buena razón. Pues teniéndoos a vos, señor mío, en lugar de todo —padre, madre, hermanos, parientes—, vos que sois el medio por el cual, mediante Dios, tengo la verdad salvadora, teniéndoos en lugar de todo, tengo el mayor consuelo. Y además de esto, temiendo mi natural concupiscencia juvenil, estaba preocupado de que, al ser dejado por vos (siendo aún joven, y teniendo ahora tal resolución que me sería imposible abandonaros sin incurrir en la ira de Dios), fuera vencido por la concupiscencia. Pero, puesto que es mucho mejor y más seguro para mí permanecer con vos, cuando mi mente se aplica con buena razón a la veneración, por eso ruego que pueda quedarme siempre con vos. Además, recuerdo que dijisteis en Cesarea: 'Si alguno desea viajar conmigo, viaje piadosamente'. Y por [piadosamente] queríais decir que los que se dedican al culto de Dios no deben afligir a nadie por causa de Dios, como dejando a los padres, a una esposa apegada, o a otros cualesquiera. Por lo cual soy en todos los respectos un compañero de viaje idóneo para vos, a quien, si me concedierais el mayor favor, permitiríais desempeñar las funciones de un siervo.»

    Capítulo VI. La frugalidad de Pedro

    Hom. 12, 6

    Entonces Pedro, al oírlo, sonrió y dijo: «¿Qué pensáis, pues, oh Clemente? ¿No pensáis que por la misma necesidad estáis colocado en el puesto de mi siervo? Pues, ¿quién cuidará de aquellas muchas túnicas espléndidas, con todos mis cambios de anillos y sandalias? ¿Y quién preparará aquellos manjares agradables y artísticos, que, siendo tan variados, necesitan muchos cocineros hábiles, y todas aquellas cosas que se procuran con gran afán y se preparan para el apetito de hombres afeminados como para alguna gran bestia salvaje? Sin embargo, quizá habéis tenido tal elección sin comprender ni conocer mi manera de vivir: que uso solamente pan y aceitunas, y rara vez hierbas; que este es mi único manto y capa que llevo; y no tengo necesidad de nada de eso, ni de ninguna otra cosa, pues aun en esto abundo. Porque mi mente, viendo todos los bienes eternos que hay allí, no mira ninguna de las cosas que hay aquí. Sin embargo, acepto vuestra buena voluntad; y os admiro y os alabo, porque vos, hombre de costumbres refinadas, habéis sometido tan fácilmente vuestra manera de vivir a vuestras necesidades. Pues nosotros, desde nuestra niñez, tanto yo como Andrés, mi hermano, que también es mi hermano en cuanto a Dios, no sólo criados en condición de huérfanos, sino también acostumbrados a trabajar por la pobreza y la desgracia, soportamos fácilmente las incomodidades de nuestros viajes actuales. Por lo cual, si quisierais obedecerme, permitiríais que yo, hombre trabajador, cumpla la parte de siervo para con vos.»

    Capítulo VII. «No ser servido, sino servir.»

    Hom. 12, 7

    Pero yo, al oír esto, caí temblando y llorando, de que tal palabra fuera dicha por un hombre a quien todos los hombres de esta generación son inferiores en punto de conocimiento y piedad. Mas él, viéndome llorar, preguntó la causa de mis lágrimas. Entonces dije: «¿En qué he pecado para que me hayáis hablado tal palabra?» Entonces Pedro respondió: «Si fuera malo de mi parte hablar de ser vuestro siervo, vos fuisteis el primero en faltar al pedir ser mío.» Entonces dije: «Los casos no son paralelos; pues hacer esto a mí ciertamente me conviene bien; pero es terrible que vos, el heraldo de Dios y que salváis nuestras almas, me hagáis esto a mí.» Entonces Pedro respondió: «Estaría de acuerdo con vos, si no fuera porque nuestro Señor, que vino para la salvación de todo el mundo, siendo el único noble sobre todos, se sometió a la condición de siervo, para persuadirnos de que no nos avergoncemos de realizar los ministerios de siervos para con nuestros hermanos, por muy bien nacidos que seamos.» Entonces dije: «Si pienso venceros en argumento, soy necio. Sin embargo, doy gracias a la providencia de Dios, porque he sido considerado digno de teneros a vos en lugar de padres.»

    Capítulo VIII. Historia familiar

    Hom. 12, 8

    Entonces Pedro preguntó: «¿Estáis, pues, realmente solo en vuestra familia?» Entonces respondí: «Hay ciertamente muchos y grandes hombres, siendo del linaje de César. Por lo cual el propio César dio una esposa de su propia familia a mi padre, que era su hermano de leche; y de ella nacimos tres hijos, dos antes que yo, que eran gemelos y muy semejantes entre sí, como me dijo mi padre. Pero apenas conozco ni a ellos ni a nuestra madre, sino que llevo conmigo una imagen oscura de ellos, como entre sueños. El nombre de mi madre era Matidia, y el de mi padre, Fausto; y de mis hermanos uno se llamaba Faustino, y el otro Faustiniano. Luego, después de nacer yo, su tercer hijo, mi madre vio una visión —así me dijo mi padre— la cual le decía, que si no se llevaba inmediatamente a sus hijos gemelos, y dejaba la ciudad de Roma para el destierro por doce años, ella y ellos debían morir por un destino que todo lo destruye.»

    Capítulo IX. Los perdidos

    Hom. 12, 9

    Por tanto, mi padre, amando a sus hijos, proveyéndolos convenientemente para el viaje con siervos y siervas, los embarcó y los envió a Atenas con ella para ser educados, y me retuvo solo a mí de sus hijos consigo para su consuelo; y por esto estoy muy agradecido, de que la visión no me hubiera ordenado también a mí partir con mi madre de la ciudad de Roma. Luego, después de transcurrir un año, mi padre envió dinero a ellos a Atenas, y al mismo tiempo para saber cómo les iba. Pero los que fueron con este encargo no regresaron. Y al tercer año, estando mi padre angustiado, envió a otros del mismo modo con provisiones, y regresaron al cuarto año con la noticia de que no habían visto ni a mi madre ni a mis hermanos, ni que jamás hubieran llegado a Atenas, ni habían hallado rastro alguno de ninguno de los que partieron con ellos.

    Capítulo X. El buscador perdido

    Hom. 12, 10

    Entonces mi padre, al oír esto, y quedando estupefacto de excesivo dolor, y no sabiendo adónde ir en busca de ellos, solía llevarme consigo y bajar al puerto, y preguntar a muchos dónde alguno de ellos había visto u oído de un naufragio hacía cuatro años. Y uno señalaba un lugar, y otro otro. Entonces preguntaba si habían visto el cuerpo de una mujer con dos niños arrojados a la orilla. Y cuando le decían que habían visto muchos cadáveres en muchos lugares, mi padre gemía ante la noticia. Pero, con las entrañas anhelantes, hacía preguntas irrazonables, para intentar registrar tan gran extensión de mar. Sin embargo, era perdonable, porque, por el afecto hacia aquellos a quienes buscaba, se alimentaba de vanas esperanzas. Y al fin, poniéndome bajo tutores, y dejándome en Roma cuando yo tenía doce años, él mismo, llorando, bajó al puerto, se embarcó y partió en la búsqueda. Y desde aquel día hasta hoy no he recibido carta suya, ni sé si está vivo o muerto. Pero más bien sospecho que está muerto en alguna parte, o vencido por el dolor, o perecido en un naufragio. Y la prueba de ello es que ya hace veinte años que no he oído noticia verdadera alguna acerca de él.

    Capítulo XI. Las aflicciones de los justos

    Hom. 12, 11

    Pero Pedro, al oír esto, lloró por compasión, e inmediatamente dijo a los caballeros que estaban presentes: «Si algún adorador de Dios hubiera sufrido estas cosas, como las que ha sufrido el padre de este hombre, inmediatamente habría atribuido la causa de ello a su culto a Dios, achacándolo al maligno. Así también es la suerte de los desgraciados gentiles el sufrir; y nosotros, adoradores de Dios, no lo sabemos. Pero con buena razón los llamo desgraciados, porque aquí están atrapados, y la esperanza que es vuestra no la alcanzan. Pues los que en el culto de Dios sufren aflicciones, las sufren para la expiación de sus transgresiones.»

    Capítulo XII. Una excursión de placer

    Hom. 12, 12

    Cuando Pedro hubo hablado así, uno de nosotros se atrevió a invitarle, en nombre de todos, a que al día siguiente, muy de mañana, navegara a Arado, una isla de enfrente, distante, supongo, no del todo treinta estadios, con el fin de ver dos columnas de madera de vid que había allí, y que eran de muy gran grosor. Por lo tanto, el indulgente Pedro consintió, diciendo: «Cuando dejéis la barca, no vayáis muchos juntos a ver las cosas que deseáis ver; pues no quiero que la atención de los habitantes se vuelva hacia vosotros.» Y así navegamos, y en poco tiempo llegamos a la isla. Luego, desembarcando de la barca, fuimos al lugar donde estaban las columnas de madera de vid, y junto con ellas contemplamos varias de las obras de Fidias.

    Capítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado

    Hom. 12, 13

    Pero Pedro solo no consideró que valiera la pena mirar las cosas que allí había; sino que, fijándose en cierta mujer sentada afuera ante las puertas, mendigando constantemente para su sustento, le dijo: «Oh mujer, ¿acaso tienes algún miembro defectuoso, para que te sometas a tal deshonra —quiero decir, la de mendigar—, y no trabajes más bien con las manos que Dios te ha dado, y procures tu alimento diario?» Pero ella, gimiendo, respondió: «¡Ojalá tuviera manos capaces de trabajar! Pero ahora conservan sólo la forma de manos, estando muertas e inutilizadas por mi manera de roerlas.» Entonces Pedro le preguntó: «¿Cuál es la causa de que sufras tan terriblemente?» Y ella respondió: «Debilidad de alma; y nada más. Pues si tuviera el ánimo de un hombre, había un precipicio o una charca desde donde me habría arrojado, y habría podido descansar de mis atormentadoras desgracias.»

    Capítulo XIV. Bálsamo en Galaad

    Hom. 12, 14

    Entonces dijo Pedro: «¿Qué, pues? ¿Supones, oh mujer, que los que se destruyen a sí mismos quedan libres de castigo? ¿No son las almas de los que así mueren castigadas con un castigo peor en el Hades por su suicidio?» Pero ella dijo: «¡Ojalá estuviera persuadida de que las almas se hallan realmente vivas en el Hades! Entonces amaría la muerte, haciendo poco caso del castigo, con tal de ver, aunque fuera por una hora, a mis anhelados hijos.» Entonces dijo Pedro: «¿Qué es lo que te aflige? Me gustaría saberlo, oh mujer. Pues si me lo informas, en pago de este favor te haré ver que las almas viven en el Hades; y en lugar de precipicio o charca, te daré un remedio, para que puedas vivir y morir sin tormento.»

    Capítulo XV. La historia de la mujer

    Hom. 12, 15

    Entonces la mujer, no entendiendo lo que se decía ambiguamente, complacida con la promesa, comenzó a hablar así: «Si hablara de mi familia y de mi patria, no supongo que pudiera persuadir a nadie. Pero, ¿qué os importa a vos saber esto, salvo únicamente la razón por la cual en mi angustia he entorpecido mis manos royéndolas? Sin embargo, os daré cuenta de mí misma, en cuanto está en vuestro poder oírla. Yo, siendo de muy noble nacimiento, por disposición de cierto hombre con autoridad, llegué a ser esposa de un hombre que era pariente suyo. Y primero tuve dos hijos gemelos, y después otro hijo. Pero el hermano de mi marido, estando completamente loco, se enamoró de mí, desdichada, que amaba en extremo la castidad. Y yo, no queriendo ni consentir a mi amante ni exponer a mi marido el amor que su hermano me tenía, razoné así: que ni me mancillara cometiendo adulterio, ni deshonrara el lecho de mi marido, ni pusiera en guerra a hermano contra hermano, ni sometiera a toda la familia, que es grande, al reproche de todos, como he dicho. Razoné que lo mejor para mí era dejar la ciudad por algún tiempo con mis hijos gemelos, hasta que cesara el impuro amor de aquel que me halagaba para mi deshonra. Al otro hijo, sin embargo, lo dejé con su padre, para que le quedara de consuelo.»

    Capítulo XVI. El naufragio

    Hom. 12, 16

    Sin embargo, para que las cosas se dispusieran así, resolví fabricar un sueño, en el sentido de que alguien se me aparecía de noche y me hablaba así: 'Oh mujer, deja inmediatamente la ciudad con tus hijos gemelos por algún tiempo, hasta que te ordene volver aquí de nuevo; de lo contrario, morirás miserablemente de inmediato, con tu marido y todos tus hijos.' Y así lo hice. Pues tan pronto como conté el falso sueño a mi marido, él, alarmado, me envió por barco a Atenas con mis dos hijos, y con esclavos, criadas y abundancia de dinero, para educar a los niños, hasta que, dijo, plazca al dador del oráculo que vuelvas a mí. Pero, ¡desdichada de mí!, mientras navegaba con mis hijos, fui impulsada por la furia de los vientos a estas regiones, y, habiéndose deshecho la nave en la noche, naufragué. Y habiendo muerto todos los demás, mi desdichada persona sola fue arrojada por una gran ola y lanzada sobre una roca; y mientras estaba sentada en ella en mi miseria, me impidió, por la esperanza de hallar vivos a mis hijos, arrojarme al abismo entonces, cuando fácilmente podría haberlo hecho, teniendo el alma embriagada por las olas.

    Capítulo XVII. La búsqueda infructuosa

    Hom. 12, 17

    Pero cuando amaneció, grité en voz alta y aullé miserablemente, y miré alrededor, buscando los cadáveres de mis desdichados hijos. Entonces los habitantes se compadecieron de mí, y viéndome desnuda, primero me vistieron y luego sondearon el abismo, buscando a mis hijos. Y cuando no hallaron nada de lo que buscaban, algunas de las mujeres hospitalarias vinieron a mí para consolarme, y cada una contó sus propias desgracias, para que yo pudiera obtener consuelo de la ocurrencia de desgracias semejantes. Pero esto sólo me afligió más, pues dije que yo no era tan malvada como para poder consolarme con las desgracias de otras. Y así, cuando muchas me pidieron que aceptara su hospitalidad, cierta mujer pobre con mucha insistencia me obligó a entrar en su cabaña, diciéndome: 'Ten ánimo, mujer, pues mi marido, que era marinero, también murió en el mar, cuando aún estaba en la flor de su juventud; y desde entonces, aunque muchos me han pedido en matrimonio, he preferido vivir como viuda, lamentando la pérdida de mi marido. Pero tendremos en común todo lo que ambas podamos ganar con nuestras manos.'

    Capítulo XVIII. Problemas sobre problemas

    Hom. 12, 18

    «Y para no alargar con detalles innecesarios, fui a vivir con ella, movida por su amor hacia su marido. Y no mucho después, mis manos quedaron debilitadas por habérmelas roído; y la mujer que me había acogido, enteramente presa de alguna enfermedad, está postrada en la casa. Desde entonces, la compasión que antes tenían las mujeres ha decaído, y yo y la mujer de la casa quedamos ambas desamparadas. Durante largo tiempo he estado sentada aquí, como veis, mendigando; y cuanto recojo lo llevo a mi compañera de sufrimiento para nuestro sustento. Baste esto acerca de mis asuntos. Por lo demás, ¿qué impide que cumpláis vuestra promesa de darme la droga, para que yo se la dé también a ella, que desea morir; y así yo también, como dijisteis, pueda escapar de la vida?»

    Capítulo XIX. Evasiones

    Hom. 12, 19

    Mientras la mujer así hablaba, Pedro parecía estar en suspenso a causa de muchas reflexiones. Pero yo me acerqué y dije: «Hace mucho tiempo que ando buscándote. Y ahora, ¿qué es lo que se está tratando?» Pero Pedro me ordenó que abriera paso y le esperara junto a la barca; y como no había réplica cuando él mandaba, hice lo que se me ordenaba. Pero Pedro, como después me relató todo el asunto, herido en su corazón por una leve sospecha, preguntó a la mujer, diciendo: «Dime, oh mujer, tu familia, y tu ciudad, y los nombres de tus hijos, y de inmediato te daré la droga.» Pero ella, constreñida y no queriendo hablar, aunque ansiosa por obtener la droga, dijo astutamente una cosa por otra. Y así dijo que era efesia y su marido siciliano; y de igual modo cambió los nombres de los tres hijos. Entonces Pedro, suponiendo que ella decía la verdad, dijo: «¡Ay! Oh mujer, pensé que este día había de traerte gran gozo, sospechando que eres cierta persona en quien yo estaba pensando, y cuyos asuntos he oído y conozco con exactitud.» Mas ella le conjuró, diciendo: «Dime, te lo ruego, para que yo sepa si hay entre las mujeres alguna más desdichada que yo.»

    Capítulo XX. Relato de Pedro sobre el asunto

    Hom. 12, 20

    Entonces Pedro, no sabiendo que ella había hablado falsamente, por compasión hacia ella, comenzó a decirle la verdad: «Hay un joven que está a mi servicio, sediento de los discursos sobre la religión, ciudadano romano, que me contó cómo, teniendo padre y dos hermanos gemelos, ha perdido de vista a todos ellos. Pues,» dice él, «mi madre, según me refirió mi padre, habiendo visto una visión, dejó por un tiempo la ciudad de Roma con sus hijos gemelos, para no perecer por un hado funesto, y habiéndose ido con ellos, no puede ser hallada; y su marido, el padre del joven, habiendo ido en su busca, tampoco puede ser hallado.»

    Capítulo XXI. Una revelación

    Hom. 12, 21

    Mientras Pedro así hablaba, la mujer, que había escuchado con atención, se desmayó como en un estupor. Pero Pedro se acercó a ella, la sostuvo y la exhortó a contenerse, persuadiéndola a confesar qué le sucedía. Mas ella, sin fuerzas en el resto del cuerpo, como por embriaguez, volvió la cabeza, no pudiendo soportar la grandeza del gozo esperado, y restregándose el rostro: «¿Dónde,» dijo ella, «está este joven?» Y él, viendo ya todo el asunto, dijo: «Dime primero; pues de otra manera no puedes verle.» Entonces ella dijo con vehemencia: «Soy la madre de ese joven.» Entonces dijo Pedro: «¿Cuál es su nombre?» Y ella dijo: «Clemente.» Entonces Pedro dijo: «Es el mismo, y fue él quien me habló hace un momento, a quien ordené que me esperara en la barca. Y ella, cayendo a los pies de Pedro, le suplicó que se apresurara a ir a la barca. Entonces Pedro, “Si quieres ponerte de acuerdo conmigo, lo haré.” Entonces ella dijo: “Haré cualquier cosa; solo muéstrame a mi único hijo. Pues me parecerá ver en él a mis dos hijos que murieron aquí.” Entonces Pedro dijo: “Cuando le veas, estate quieta, hasta que partamos de la isla.” Y ella dijo: “Lo haré.”»

    Capítulo XXII. Lo perdido encontrado

    Hom. 12, 22

    Pedro, por tanto, la tomó de la mano y la condujo a la barca. Pero yo, cuando le vi conduciendo a la mujer de la mano, reí, y acercándome, me ofrecí a conducirla yo en lugar de él, para honrarle. Mas tan pronto como toqué su mano, ella dio un grito maternal, y me abrazó violentamente, y me besó con ansia como a su hijo. Pero yo, ignorante de todo el asunto, la aparté de mí como a una loca. Sin embargo, por mi respeto a Pedro, me contuve.

    Capítulo XXIII. Recompensa de la hospitalidad

    Hom. 12, 23

    Pero Pedro dijo: «¡Ay! ¿Qué haces, hijo mío Clemente, apartando a tu verdadera madre?» Mas yo, al oír esto, lloré, y cayendo junto a mi madre, que había caído, la besé. Pues tan pronto como se me dijo esto, recordé de alguna manera su apariencia indistintamente. Entonces grandes multitudes acudieron corriendo para ver a la mujer mendiga, diciéndose unos a otros que su hijo la había reconocido, y que él era un hombre de consideración. Luego, cuando querríamos haber partido de la isla de inmediato con mi madre, ella nos dijo: «Hijo mío tan deseado, es justo que me despida de la mujer que me hospedó, la cual, siendo pobre y enteramente debilitada, yace en la casa.» Y Pedro, oyendo esto, y toda la multitud que estaba presente, admiraron la buena disposición de la mujer. E inmediatamente Pedro ordenó a algunos que fueran y trajeran a la mujer en su lecho. Y tan pronto como el lecho fue traído y colocado, Pedro dijo, a oídos de toda la multitud: «Si soy heraldo de la verdad, para fe de los presentes, para que conozcan que hay un solo Dios, que hizo el mundo, levántese ella enseguida sana.» Y mientras Pedro aún hablaba, la mujer se levantó curada, y cayó ante Pedro, y besó a su querida compañera, y le preguntó qué significaba todo aquello. Entonces ella le refirió brevemente todo el asunto del reconocimiento, con asombro de los oyentes. Luego también mi madre, viendo a su huésped curada, suplicó que ella misma también pudiera obtener curación. Y poniendo él su mano sobre ella, la curó también.

    Capítulo XXIV. Todo bien dispuesto

    Hom. 12, 24

    Y entonces Pedro, habiendo disertado acerca de Dios y del servicio que se le debe, concluyó así: «Si alguno desea aprender estas cosas con exactitud, venga a Antioquía, donde he resuelto permanecer algún tiempo, y aprenda las cosas que atañen a su salvación. Pues si estáis acostumbrados a dejar vuestra patria por causa del comercio o de la guerra, y a venir a lugares lejanos, no debéis ser reacios a caminar tres días de viaje por causa de la salvación eterna.» Luego, tras el discurso de Pedro, presenté a la mujer que había sido curada, en presencia de toda la multitud, con mil dracmas para su sustento, encargándola a cierto hombre bueno, que era el principal de la ciudad, y que de buen grado se hizo cargo gozosamente. Además, habiendo distribuido dinero entre muchas otras mujeres, y agradecido a quienes en algún momento habían consolado a mi madre, navegué hacia Antarado, junto con mi madre, Pedro y el resto de nuestros compañeros; y así proseguimos hacia nuestro alojamiento.

    Capítulo XXV. Filantropía y amistad

    Hom. 12, 25

    Y cuando llegamos y participamos del alimento, y dimos gracias según nuestra costumbre, habiendo aún tiempo, dije a Pedro: «Mi señor Pedro, mi madre ha hecho una obra de filantropía al acordarse de la mujer que la hospedó.» Y Pedro respondió: «¿Has pensado, oh Clemente, verdaderamente que tu madre hizo una obra de filantropía respecto del trato a la mujer que la acogió después de su naufragio, o has dicho esta palabra por halagar grandemente a tu madre? Pero si has hablado de verdad, y no por halago, me parece que no sabes cuál es la grandeza de la filantropía, que es el afecto hacia cualquier hombre en cuanto hombre, aparte de la persuasión física. Mas ni siquiera me atrevo a llamar filántropa a la huésped que recibió a tu madre después de su naufragio; pues fue impulsada por la compasión, y persuadida a convertirse en bienhechora de una mujer que había naufragado, que estaba afligida por sus hijos —una extranjera, desnuda, desamparada, y que deploraba grandemente sus desgracias. Cuando, por tanto, ella estaba en tales circunstancias, ¿quién que la viera, aunque fuera impío, podría no compadecerla? De modo que no me parece que ni siquiera la mujer que recibió a la extranjera haya hecho una obra de filantropía, sino que fue movida a asistirla por compasión ante sus innumerables desgracias. Y ¿cuánto más es cierto de tu madre, que cuando estaba en circunstancias prósperas y recompensó a su huésped, hizo una acción, no de filantropía, sino de amistad! Pues hay mucha diferencia entre amistad y filantropía, porque la amistad nace de la reciprocidad. Pero la filantropía, aparte de la persuasión física, ama y beneficia a todo hombre en cuanto hombre. Si, por tanto, mientras compadecía a su huésped, también hubiera compadecido y hecho bien a sus enemigos que la han injuriado, sería filántropa; pero si, por una parte es amiga u hostil, y por otra parte es hostil o amiga, tal persona es amiga o enemiga de alguna cualidad, no del hombre en cuanto hombre.»

    Capítulo XXVI. Qué es la filantropía

    Hom. 12, 26

    Entonces respondí: «¿No piensas, pues, que incluso la que recibió a la extranjera fue filántropa, al hacer bien a una extranjera a quien no conocía?» Entonces Pedro dijo: «Compasiva, ciertamente, puedo llamarla, pero no me atrevo a llamarla filántropa, así como no puedo llamar a una madre filotécnica, pues es inducida a tener afecto por ellos por sus dolores y por su crianza. Así como el amante se complace con la compañía y el goce de su amada, y el amigo con la reciprocidad de la amistad, así también el compasivo con la desgracia. Sin embargo, el compasivo está cerca del filántropo, en que es impulsado, aparte de buscar recibir algo, a hacer la bondad. Pero todavía no es filántropo.» Entonces dije: «¿Con qué obras, entonces, puede alguien ser filántropo?» Y Pedro respondió: «Puesto que veo que estás ansioso por oír cuál es la obra de la filantropía, no me opondré a decírtelo. Filántropo es el hombre que hace bien incluso a sus enemigos. Y que es así, escucha: La filantropía es masculino-femenina; y la parte femenina de ella se llama [compasión], y la parte masculina se llama amor al prójimo. Mas todo hombre es prójimo de todo hombre, y no meramente este o aquel; pues el bueno y el malo, el amigo y el enemigo, son igualmente hombres. Conviene, por tanto, que quien practica la filantropía sea imitador de Dios, haciendo bien a los justos y a los injustos, como Dios mismo concede su sol y sus cielos a todos en el mundo presente. Pero si quieres hacer bien a los buenos, mas no a los malos, o incluso castigarlos, emprendes hacer la obra de juez, no te esfuerzas por mantenerte en la filantropía.»

    Capítulo XXVII. Quién puede juzgar

    Hom. 12, 27

    Entonces dije: «Entonces incluso Dios, quien, como nos enseñas, ha de juzgar en algún momento, no es filántropo.» Entonces dijo Pedro: «Afirmas una contradicción; pues porque ha de juzgar, precisamente por eso es filántropo. Porque quien ama y compadece a los que han sido agraviados, venga a los que los han agraviado.» Entonces dije: «Si, entonces, yo también hago bien a los buenos, y castigo a los malhechores por injuriar a los hombres, ¿no soy filántropo?» Y Pedro respondió: «Si junto con el conocimiento tuvieras también autoridad para juzgar, harías esto justamente, por haber recibido autoridad para juzgar a los que Dios hizo, y por tu conocimiento que infaliblemente justifica a algunos como justos, y condena a algunos como injustos.» Entonces dije: «Has hablado recta y verdaderamente; pues es imposible que alguien que no tiene conocimiento juzgue rectamente. Porque a veces algunas personas parecen buenas, aunque perpetran maldad en secreto, y algunas personas buenas son consideradas malas por la acusación de sus enemigos. Pero incluso si uno juzga, teniendo poder de torturar y examinar, ni aun así debería juzgar del todo justamente. Pues algunas personas, siendo asesinos, han soportado las torturas, y han salido como inocentes; mientras que otros, siendo inocentes, no han podido soportar las torturas, sino que han confesado falsamente contra sí mismos, y han sido castigados como culpables.»

    Capítulo XXVIII. Dificultad de juzgar

    Hom. 12, 28

    Entonces dijo Pedro: «Estas cosas son ordinarias: ahora oye lo que es mayor. Hay algunos hombres cuyos pecados o buenas obras son en parte propios, y en parte de otros; pero es justo que cada uno sea castigado por sus propios pecados, y recompensado por sus propios méritos. Mas es imposible para cualquiera, excepto un profeta, que solo tiene omnisciencia, saber respecto de las cosas hechas por alguien, cuáles son propias, y cuáles no; pues todas se ven como hechas por él.» Entonces dije: «Querría aprender cómo algunas de las malas o buenas acciones de los hombres son propias, y algunas pertenecen a otros.»

    Capítulo XXIX. Sufrimientos de los buenos

    Hom. 12, 29

    Entonces Pedro respondió: «El profeta de la verdad ha dicho: 'Es necesario que vengan las cosas buenas, y bienaventurado, dijo, aquel por quien vienen; de igual modo es necesario que vengan las cosas malas, pero ¡ay de aquel por quien vienen.' Pero si las cosas malas vienen por medio de hombres malos, y las cosas buenas son traídas por hombres buenos, es necesario que en cada hombre sea propio ser bueno o malo, y procediendo de lo que se ha propuesto, para que venga el bien o el mal subsiguiente, lo cual, siendo de su propia elección, no es dispuesto por la providencia de Dios para venir de él. Siendo así, este es el juicio de Dios: que aquel que, como en un combate, atraviesa toda desgracia y es hallado sin mancha, es considerado digno de la vida eterna; pues los que por su propia voluntad perseveran en la bondad, son tentados por los que perseveran en el mal por su propia voluntad, siendo perseguidos, odiados, calumniados, asaltados, golpeados, engañados, acusados, torturados, deshonrados —sufriendo todas estas cosas por las cuales parece razonable que se enfurezcan y se exciten a la venganza.»

    Capítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos

    Hom. 12, 30

    «Pero el Maestro, sabiendo que los que hacen estas cosas injustamente son culpables por sus pecados anteriores, y que el espíritu de maldad obra estas cosas por medio de los culpables, ha aconsejado compadecer a los hombres, como hombres, y como instrumentos de la maldad por el pecado; y este consejo lo ha dado a sus discípulos como quien reclama filantropía, y, en cuanto está en nosotros, absolver a los malhechores de la condenación, para que, por así decirlo, los sobrios ayuden a los ebrios, mediante oraciones, ayunos y bendiciones, no resistiendo, no vengándose, no sea que los obliguen a pecar más. Pues cuando una persona es condenada por alguien a sufrir, no es razonable que se enoje con aquel por cuyo medio viene el sufrimiento; porque debe razonar que, si no le hubiera maltratado, sin embargo, puesto que había de ser maltratado, habría tenido que sufrirlo por medio de otro. ¿Por qué, entonces, debería yo enojarme con el dispensador, cuando de todos modos estaba condenado a sufrir? Pero además, si hacemos estas mismas cosas a los malos con pretexto de venganza, nosotros que somos buenos hacemos precisamente lo que hacen los malos, excepto que ellos lo hacen primero, y nosotros segundo; y, como he dicho, no deberíamos enojarnos, sabiendo que en la providencia de Dios, los malos castigan a los buenos. Por tanto, aquellos que se amargan contra sus castigadores, pecan, como desdeñando a los mensajeros de Dios; pero los que los honran, y se oponen a quienes piensan injuriarlos, son piadosos hacia Dios que así lo ha decretado.»

    Capítulo XXXI. «Pero no fue esa su intención.»

    Hom. 12, 31

    A esto respondí: «Los que, por tanto, obran mal no son culpables, porque hacen mal a los justos por juicio de Dios.» Entonces Pedro dijo: «En verdad pecan gravemente, porque se han entregado al pecado. Por lo cual, sabiendo esto, Dios escoge de entre ellos a algunos para castigar a quienes se arrepintieron justamente de sus pecados anteriores, a fin de que las cosas malas hechas por los justos antes de su arrepentimiento les sean perdonadas por medio de este castigo. Pero a los malvados que castigan y desean maltratarlos, y no quieren arrepentirse, se les permite maltratar a los justos para colmar su propio castigo. Pues sin la voluntad de Dios, ni siquiera un gorrión puede caer en un lazo. Así, hasta los cabellos de los justos están contados por Dios.»

    Capítulo XXXII. La regla de oro

    Hom. 12, 32

    «Pero es justo quien, por amor a lo razonable, lucha contra la naturaleza. Por ejemplo, a todos es natural amar a quienes los aman. Pero el justo procura también amar a sus enemigos y bendecir a quienes lo calumnian, y aun orar por sus enemigos, y compadecerse de quienes le hacen mal. Por lo cual también se abstiene de obrar mal, y bendice a quienes lo maldicen, perdona a quienes lo golpean, se somete a quienes lo persiguen, saluda a quienes no lo saludan, comparte lo que tiene con quienes no tienen, persuade al que está airado contra él, concilia a su enemigo, exhorta al desobediente, instruye al incrédulo, consuela al que llora; si es afligido, soporta; si es tratado con ingratitud, no se enoja. Y habiéndose entregado a amar a su prójimo como a sí mismo, no teme la pobreza, sino que se hace pobre repartiendo sus bienes con quienes nada tienen. Pero tampoco castiga al pecador. Pues quien ama a su prójimo como a sí mismo, así como sabe que cuando ha pecado no desea ser castigado, tampoco castiga a los que pecan. Y así como desea ser alabado, bendecido y honrado, y que todos sus pecados le sean perdonados, así hace con su prójimo, amándolo como a sí mismo. En una palabra, lo que desea para sí, lo desea también para su prójimo. Porque esta es la ley de Dios y de los profetas, esta es la doctrina de la verdad. Y este amor perfecto hacia todo hombre es la parte masculina de la filantropía, pero la parte femenina de ella es la compasión; es decir, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar al enfermo, acoger al extranjero, mostrarse y ayudar hasta el extremo de sus fuerzas al que está en la cárcel; y, en suma, compadecerse del que está en desgracia.»

    Capítulo XXXIII. Temor y amor

    Hom. 12, 33

    Pero yo, al oír esto, dije: «Estas cosas, en verdad, son imposibles de hacer; pero hacer bien a los enemigos soportando todas sus insolencias, no creo que pueda estar en la naturaleza humana.» Entonces Pedro respondió: «Has dicho la verdad; pues la filantropía, siendo causa de inmortalidad, es dada por mucho.» Entonces dije: «¿Cómo, pues, es posible obtenerla en la mente?» Entonces Pedro respondió: «Oh amado Clemente, el modo de obtenerla es este: si alguien se persuade de que los enemigos, maltratando por un tiempo a quienes odian, llegan a ser causa para ellos de liberación del castigo eterno; e inmediatamente los amará ardientemente como a bienhechores. Pero el modo de obtenerla, oh querido Clemente, es uno solo, y es el temor de Dios. Pues quien teme a Dios no puede, ciertamente, amar desde el principio a su prójimo como a sí mismo; porque tal mandato no se le ocurre al alma. Pero por el temor de Dios puede hacer las obras de quienes aman; y así, mientras hace las obras del amor, la esposa Amor es, por así decirlo, llevada al esposo Temor. Y así esta esposa, dando a luz pensamientos filantrópicos, hace inmortal a su poseedor, como imagen exacta de Dios, que no puede estar sujeta en su naturaleza a la corrupción.» Así, mientras nos exponía la doctrina de la filantropía, habiendo caído la tarde, nos dispusimos a dormir.

    Homilía 13

    Capítulo I. Viaje a Laodicea

    Hom. 13, 1

    [Ahora] al amanecer entró Pedro y dijo: «Clemente, su madre Matidia y mi esposa deben subir inmediatamente al carro.» Y así lo hicieron al punto. Y mientras nos apresurábamos por el camino a Balaneas, mi madre me preguntó cómo estaba mi padre; y dije: «Mi padre fue en busca de ti y de mis hermanos gemelos Faustino y Faustiniano, y ahora no aparece por ninguna parte. Pero supongo que ha de haber muerto hace mucho, ya sea pereciendo en un naufragio, ya perdiendo el camino, o consumido por el dolor.» Cuando ella oyó esto, rompió en lágrimas y gimió de dolor; pero la alegría que sentía por haberme encontrado mitigó en cierto grado lo penoso de sus recuerdos. Y así bajamos todos juntos a Balaneas. Y al día siguiente fuimos a Palto, y de allí a Gabala; y al día siguiente llegamos a Laodicea. Y he aquí que, ante las puertas de la ciudad, Nicetas y Áquila salieron a nuestro encuentro y, abrazándonos, nos llevaron a nuestro alojamiento. Y Pedro, viendo que la ciudad era hermosa y grande, dijo: «Bien vale la pena quedarnos aquí algunos días; pues, por lo general, un lugar populoso es el más capaz de proporcionarnos a los que buscamos.» Nicetas y Áquila me preguntaron quién era aquella mujer extraña; y dije: «Mi madre, a quien Dios, por medio de mi señor Pedro, me ha concedido reconocer.»

    Capítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia

    Hom. 13, 2

    Al decir yo esto, Pedro les hizo un relato resumido de todos los incidentes: cómo, cuando ellos se habían adelantado, yo, Clemente, le había explicado mi linaje, el viaje emprendido por mi madre con sus hijos gemelos bajo el falso pretexto del sueño; y además, el viaje emprendido por mi padre en su busca; y luego cómo el propio Pedro, después de oír esto, fue a la isla, se encontró con la mujer, la vio mendigar y le preguntó la razón de hacerlo; y entonces averiguó quién era, su modo de vida, el sueño fingido y los nombres de sus hijos: es decir, el nombre que yo llevaba, que había quedado con mi padre, y los nombres de los gemelos que viajaban con ella y que, según suponía ella, habían perecido en el abismo.

    Capítulo III. Reconocimiento de Nicetas y Áquila

    Hom. 13, 3

    Cuando Pedro hubo dado este relato resumido, Nicetas y Áquila dijeron asombrados: «¿Es esto en verdad cierto, oh Soberano y Señor del universo, o es un sueño?» Y Pedro dijo: «Si no estamos dormidos, ciertamente es verdad.» Ante esto esperaron un poco en profunda meditación, y luego dijeron: «Somos Faustino y Faustiniano. Desde el comienzo de vuestra conversación nos mirábamos el uno al otro y conjeturábamos mucho acerca de nosotros mismos, si lo que se decía se refería o no a nosotros; pues reflexionábamos que muchas coincidencias ocurren en la vida. Por lo cual permanecimos en silencio mientras nuestros corazones latían con fuerza. Pero cuando llegaste al final de tu relato, vimos claramente que tus palabras se referían a nosotros, y entonces confesamos quiénes éramos.» Y al decir esto, bañados en lágrimas, se precipitaron a ver a su madre; y aunque la encontraron dormida, estaban ansiosos por abrazarla. Pero Pedro se lo impidió, diciendo: «Permitidme que os lleve y os presente a vuestra madre, no sea que, a causa de su grande y súbita alegría, pierda la razón, como está adormecida y su espíritu está retenido por el sueño.»

    Capítulo IV. La madre no debe tomar alimento con su hijo; se expone la razón

    Hom. 13, 4

    Tan pronto como mi madre hubo dormido bastante, despertó, y Pedro al punto comenzó primero a hablarle de la verdadera piedad, diciendo: «Quiero que sepas, oh mujer, el género de vida que implica nuestra religión. Adoramos a un solo Dios, que hizo el mundo que ves; y guardamos su ley, que tiene por principales mandamientos adorarlo a Él solo, santificar su nombre, honrar a nuestros padres, ser castos y vivir piadosamente. Además de esto, no vivimos con todos indiscriminadamente; ni tomamos nuestro alimento de la misma mesa que los gentiles, en cuanto no podemos comer con ellos, porque viven impuramente. Pero cuando los hemos persuadido a tener pensamientos verdaderos y a seguir una recta conducta, y los hemos bautizado con una invocación tres veces bendita, entonces moramos con ellos. Pues ni siquiera si se tratara de nuestro padre, madre, esposa, hijo, hermano o cualquier otro que tenga por naturaleza derecho a nuestro afecto, podemos aventurarnos a tomar nuestras comidas con él; porque nuestra religión nos obliga a hacer distinción. No consideréis, por tanto, un insulto que tu hijo no tome su alimento contigo, hasta que llegues a tener las mismas opiniones y adoptes el mismo género de conducta que él sigue.»

    Capítulo V. Matidia desea ser bautizada

    Hom. 13, 5

    Cuando oyó esto, dijo: «¿Qué me impide, pues, ser bautizada hoy? Porque antes de verte me aparté de los llamados dioses, inducida por el pensamiento de que, aunque les sacrificaba mucho casi cada día, no me socorrían en mis necesidades. Y en cuanto al adulterio, ¿qué necesidad hay de que diga algo? Pues ni siquiera cuando era rica fui arrastrada a este pecado por el lujo, y la pobreza que siguió no ha podido forzarme a él, puesto que me aferro a mi castidad como a la mayor belleza, por causa de la cual caí en tan gran aflicción. Pero de ningún modo imagino que tú, mi señor Pedro, ignores que la mayor tentación surge cuando todo se presenta radiante. Y por tanto, si fui casta en mi prosperidad, no me entrego en mi abatimiento a los placeres. Sí, en verdad, no has de suponer que mi alma se haya librado ya de la aflicción, aunque haya recibido alguna medida de consuelo por el reconocimiento de Clemente. Pues la tristeza que siento por la pérdida de mis dos hijos se precipita sobre mí y arroja su sombra en cierta medida sobre mi alegría; porque me duelo no tanto porque perecieron en el mar, sino porque fueron destruidos, en alma y cuerpo, sin poseer la verdadera piedad hacia Dios. Además, mi marido, su padre, según he sabido por Clemente, partió en busca de mí y de sus hijos, y durante tantos años no se ha tenido noticia de él; y, sin duda, ha de haber muerto. Pues el desdichado, amándome como me amaba en castidad, amaba a sus hijos; y por eso el anciano, privado de todos nosotros, que le éramos queridos por encima de todo, murió con el corazón enteramente destrozado.»

    Capítulo VI. Los hijos se dan a conocer a la madre

    Hom. 13, 6

    Los hijos, al oír hablar así a su madre, no pudieron ya, en obediencia a la exhortación de Pedro, contenerse, sino que levantándose la abrazaron, derramando sobre ella lágrimas y besos. Pero ella dijo: «¿Qué significa esto?» Y Pedro respondió: «Recobra valientemente los ánimos, oh mujer, para que goces de tus hijos; porque estos son Faustino y Faustiniano, tus hijos, que, dijiste, habían perecido en el abismo. Pues cómo están vivos, después de haber muerto en tu opinión en aquella noche tan desastrosa, y cómo uno de ellos lleva ahora el nombre de Nicetas y el otro el de Áquila, ellos mismos podrán decírtelo; pues nosotros, lo mismo que tú, aún tenemos que aprenderlo.» Cuando Pedro habló así, mi madre se desmayó por su excesiva alegría, y estuvo a punto de morir. Pero cuando la reanimamos, se incorporó y, volviendo en sí, dijo: «Tened la bondad, queridos hijos míos, de contarnos lo que os sucedió después de aquella noche desastrosa.»

    Capítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió

    Hom. 13, 7

    Y Nicetas, que en adelante ha de llamarse Faustino, comenzó a hablar. «En aquella misma noche en que, como sabes, la nave se deshizo, fuimos recogidos por unos hombres que no temían seguir el oficio de ladrones en el mar. Nos pusieron en una barca y nos llevaron a lo largo de la costa, unas veces remando y otras enviando por provisiones, y al fin nos condujeron a Cesarea de Estratón, y allí nos atormentaron con hambre, miedo y golpes, para que no divulgáramos temerariamente nada que ellos no quisieran que dijéramos; y, además, cambiando nuestros nombres, lograron vendernos. La mujer que nos compró era una prosélita de los judíos, persona del todo digna, de nombre Justa. Nos adoptó como a hijos suyos y nos crió celosamente en toda la erudición de los griegos. Pero nosotros, haciéndonos prudentes con los años, nos sentíamos fuertemente apegados a su religión, y prestamos gran atención a nuestra cultura, a fin de que, disputando con las demás naciones, pudiéramos convencerlas de su error. Hicimos también un estudio cuidadoso de las doctrinas de los filósofos, especialmente de los más ateos —quiero decir, las de Epicuro y Pirrón—, a fin de poder refutarlas mejor.»

    Capítulo VIII. Nicetas estuvo a punto de ser engañado por Simón el Mago

    Hom. 13, 8

    «Fuimos criados junto con un tal Simón, mago; y a consecuencia de nuestra amistosa relación con él, estuvimos en peligro de ser extraviados. Pues hay un rumor acerca de cierto hombre: que, cuando él aparezca, la multitud de los que han sido piadosos vivirá libre de muerte y de dolor en su reino. Sin embargo, madre, este asunto se explicará más plenamente a su debido tiempo. Pero cuando estábamos a punto de ser extraviados por Simón, un amigo de nuestro señor Pedro, de nombre Zaqueo, vino a nosotros y nos advirtió que no nos dejáramos extraviar por el mago; y cuando Pedro llegó, nos llevó a él para que nos diera plena información y nos convenciera respecto de las cosas que atañen a la piedad. Por lo cual te rogamos, madre, que participes de esas bendiciones que nos han sido concedidas, para que nos reunamos en torno a la misma mesa. Esta es, pues, la razón, madre, por la que pensabas que estábamos muertos. En aquella noche desastrosa habíamos sido recogidos en el mar por piratas, pero tú supusiste que habíamos perecido.»

    Capítulo IX. La madre pide el bautismo para sí y para su hospedera

    Hom. 13, 9

    Cuando Faustino hubo dicho esto, nuestra madre cayó a los pies de Pedro, rogándole y suplicándole que mandara buscar a su hospedera y a ella, y las bautizara inmediatamente, para que, dice ella, no pase ni un solo día después de la recuperación de mis hijos sin que yo tome alimento con ellos. Cuando nos unimos a nuestra madre en la misma petición, Pedro dijo: «¿Qué podéis imaginar? ¿Acaso soy yo el único sin corazón, de modo que no desee que toméis vuestras comidas con vuestra madre, bautizándola hoy mismo? Pero sin embargo le corresponde ayunar un día antes de ser bautizada. Y es solo un día, porque, en su sencillez, dijo algo en favor de sí misma que consideré indicio suficiente de su fe; de lo contrario, su purificación habría de durar muchos días.»

    Capítulo X. Matidia valora debidamente el bautismo

    Hom. 13, 10

    Y dije: «Dinos qué fue lo que ella dijo que manifestó su fe.» Y Pedro dijo: «Su petición de que su hospedera y bienhechora fuera bautizada con ella. Pues no habría suplicado que se concediera esto a aquella a quien ama, si no hubiera sentido primero ella misma que el bautismo era un gran don. Y por esta razón condeno a muchos que, después de ser bautizados y afirmar que tienen fe, no hacen nada digno de fe; ni instan a aquellos a quienes aman —me refiero a sus esposas, o hijos, o amigos— a que sean bautizados. Pues si hubieran creído que Dios concede la vida eterna con las buenas obras mediante la aceptación del bautismo, instarían sin demora a los que aman a que se bautizaran. Pero alguno de vosotros dirá: "Los aman y cuidan de ellos". Eso es un disparate. Pues, ¿acaso no, con toda certeza, cuando los ven enfermos, o llevados por el camino que termina en la muerte, o soportando cualquier otra prueba, se lamentan por ellos y los compadecen? Así, si creyeran que el fuego eterno aguarda a quienes no adoran a Dios, no cesarían de amonestarlos ni de sentirse profundamente afligidos por ellos como incrédulos, si los vieran desobedientes, estando plenamente seguros de que el castigo les aguarda. Pero ahora enviaré a buscar a la hospedera y le preguntaré si acepta deliberadamente la ley que se proclama por medio de nosotros; y así, según el estado de su ánimo, haremos lo que deba hacerse.»

    Capítulo XI. Matidia ha ayunado sin quererlo un día

    Hom. 13, 11

    «Pero, como vuestra madre tiene verdadera confianza en la eficacia del bautismo, que ayune al menos un día antes de ser bautizada.» Mas ella juró: «Durante los dos últimos días, mientras relataba a la mujer todos los sucesos relacionados con el reconocimiento, no pude, a causa de mi excesivo gozo, probar alimento alguno: solo ayer tomé un poco de agua.» La mujer de Pedro dio testimonio de su declaración con juramento, diciendo: «En verdad no probó nada.» Y Áquila, a quien en adelante debe llamarse Faustiniano, dijo: «Nada impide, pues, que sea bautizada.» Y Pedro, sonriendo, respondió: «Mas no es ayuno bautismal el que no se ha hecho por causa del bautismo mismo.» Y Faustino respondió: «Quizá Dios, no queriendo separar a nuestra madre de nuestra mesa ni un solo día después de nuestro reconocimiento, ha dispuesto de antemano el ayuno. Pues así como ella fue casta en los tiempos de su ignorancia, haciendo lo que la verdadera religión inculcaba, así también ahora quizá Dios ha dispuesto que ayune un día antes, en atención al verdadero bautismo, para que, desde el primer día de reconocernos, pueda tomar sus alimentos con nosotros.»

    Capítulo XII. La dificultad resuelta

    Hom. 13, 12

    Y Pedro dijo: «Que la maldad no tenga dominio sobre nosotros, hallando pretexto en la Providencia y en vuestro afecto por vuestra madre; antes bien, perseverad hoy en vuestro ayuno, y yo me uniré a vosotros en él, y mañana será bautizada. Y, además, esta hora del día no es idónea para el bautismo.» Entonces todos convinimos en que así fuera.

    Capítulo XIII. Pedro sobre la castidad

    Hom. 13, 13

    Aquella misma tarde disfrutamos todos del beneficio de la instrucción de Pedro. Tomando ocasión de lo que había sucedido a nuestra madre, nos mostró cómo los frutos de la castidad son buenos, mientras que los del adulterio son desastrosos y naturalmente acarrean destrucción a todo el linaje, si no con prontitud, al menos lentamente. «Y hasta tal punto,» dice, «agradan a Dios las obras de castidad, que en esta vida concede algún pequeño favor por causa de ella, aun a quienes están en el error; pues la salvación en el otro mundo se otorga solo a quienes han sido bautizados por su confianza en Él, y que obran casta y rectamente. Esto vosotros mismos lo habéis visto en el caso de vuestra madre: que los frutos de la castidad son al fin buenos. Pues quizá habría sido arrebatada si hubiera cometido adulterio; pero Dios, apiadándose de ella por haberse conducido castamente, la rescató de la muerte que la amenazaba y le devolvió a sus hijos perdidos.»

    Capítulo XIV. Continúa el discurso de Pedro

    Hom. 13, 14

    «Pero alguien dirá: "¡Cuántos han perecido por causa de la castidad!" Sí; mas fue porque no percibieron el peligro. Pues la mujer que percibe que está enamorada de alguien, o que es amada por alguien, debe huir inmediatamente de toda relación con él, como huiría de un fuego ardiente o de un perro rabioso. Y esto es exactamente lo que hizo vuestra madre, pues amaba de verdad la castidad como un bien: por lo cual fue preservada y, junto con vosotros, obtuvo el pleno conocimiento del reino eterno. La mujer que desea ser casta debe saber que es envidiada por la maldad, y que, a causa del amor, muchos la acechan. Si, pues, permanece santa mediante una firme persistencia en la castidad, obtendrá la victoria sobre todas las tentaciones y se salvará; mientras que, aun si hiciera todo lo recto y, no obstante, cometiera una sola vez el pecado de adulterio, deberá ser castigada, como dijo el profeta.»

    Capítulo XV. Continúa el discurso de Pedro

    Hom. 13, 15

    «La esposa casta que hace la voluntad de Dios es una buena reminiscencia de su primera creación; pues Dios, siendo uno, creó una mujer para un hombre. Es también aún más casta si no olvida su propia creación, y tiene ante sus ojos el castigo futuro, y no ignora la pérdida de los bienes eternos. La mujer casta se complace en quienes desean salvarse, y es ejemplo piadoso para los piadosos, pues es el modelo de una vida buena. La que desea ser casta corta toda ocasión de calumnia; mas si es calumniada como por un enemigo, aunque sin darle pretexto alguno, es bienaventurada y vengada por Dios. La mujer casta anhela a Dios, ama a Dios, agrada a Dios, glorifica a Dios; y a los hombres no ofrece ocasión alguna de calumnia. La mujer casta perfuma a la Iglesia con su buena reputación, y la glorifica con su piedad. Es, además, la alabanza de sus maestros y una ayuda para ellos en su castidad.»

    Capítulo XVI. Continúa el discurso de Pedro

    Hom. 13, 16

    «La mujer casta está adornada con el Hijo de Dios como con un esposo. Está vestida de luz santa. Su hermosura reside en un alma bien ordenada; y es fragante con ungüento, es decir, con buena reputación. Está ataviada con hermosas vestiduras, es decir, con la modestia. Lleva consigo perlas preciosas, es decir, palabras castas. Y es radiante, porque su mente ha sido brillantemente iluminada. Hacia un hermoso espejo mira, pues mira hacia Dios. Hermosos afeites usa, a saber, el temor de Dios, con el cual amonesta a su alma. Hermosa es la mujer, no porque tenga cadenas de oro sobre sí, sino porque ha sido liberada de las concupiscencias transitorias. La mujer casta es grandemente deseada por el gran Rey; ha sido cortejada, vigilada y amada por Él. La mujer casta no ofrece ocasiones de ser deseada, salvo por su propio marido. La mujer casta se aflige cuando es deseada por otro. La mujer casta ama a su marido de corazón, lo abraza, lo consuela y le agrada, le sirve como esclava y le es obediente en todas las cosas, salvo cuando desobedecería a Dios. Pues la que obedece a Dios es, sin ayuda de guardianes, casta en el alma y pura en el cuerpo.»

    Capítulo XVII. Continúa el discurso de Pedro

    Hom. 13, 17

    «Necio es, pues, todo marido que aparta a su mujer del temor de Dios; pues la que no teme a Dios no teme a su marido. Si no teme a Dios, que ve lo invisible, ¿cómo será casta en su elección oculta? ¿Y cómo será casta la que no acude a la asamblea a oír palabras que hacen casta? ¿Y cómo podrá obtener amonestación? ¿Y cómo será casta sin guardianes, si no está informada acerca del juicio venidero de Dios, y si no está plenamente convencida de que el castigo eterno es la pena por el breve placer? Por lo cual, por el contrario, oblígala, aun contra su voluntad, a venir siempre a oír la palabra que hace casta; sí, incítala a hacerlo.»

    Capítulo XVIII. Continúa el discurso de Pedro

    Hom. 13, 18

    «Mucho mejor es si la tomas de la mano y vienes, a fin de que tú mismo llegues a ser casto; pues desearás ser casto para experimentar el pleno fruto de un matrimonio santo, y no vacilarás, si lo deseas, en llegar a ser padre, en amar a tus propios hijos y en ser amado por tus propios hijos. El que desea tener una esposa casta es también él casto, le da lo debido a una esposa, come con ella, la acompaña, va con ella a la palabra que hace casta, no la aflige, no riñe con ella precipitadamente, no se hace odioso a ella, le proporciona todos los bienes que puede, y cuando no los tiene, suple la falta con caricias. La esposa casta no espera ser acariciada, reconoce a su marido como su señor, sobrelleva su pobreza cuando es pobre, pasa hambre con él cuando tiene hambre, viaja con él cuando viaja, lo consuela cuando está afligido, y si tiene una gran dote, se sujeta a él como si no tuviera nada. Mas si el marido tiene una mujer pobre, cuente su castidad como una gran dote. La esposa casta es sobria en su comer y beber, para que la saciedad del cuerpo, así mimado, no arrastre el alma a deseos ilícitos. Además, jamás permanece a solas con jóvenes, y desconfía de los viejos; se aparta de la risa desordenada, se entrega a Dios solamente; no se deja extraviar; se deleita en escuchar palabras santas, pero se aparta de las que no se pronuncian para producir castidad.»

    Capítulo XIX. Fin del discurso de Pedro

    Hom. 13, 19

    «Dios me es testigo: un solo adulterio es tan malo como muchos asesinatos; y lo terrible en ello es esto: que el horror y la impiedad de sus asesinatos no se ven. Pues, cuando se derrama sangre, el cadáver queda tendido, y todos quedan impresionados por la naturaleza terrible del suceso. Pero los asesinatos del alma causados por el adulterio, aunque son más espantosos, como no son vistos por los hombres, no hacen que los osados sean un ápice menos ardientes en su impulso. Sabe, oh hombre, cuyo es el aliento que te mantiene en vida, y no querrás que sea contaminado. Solo por el adulterio es contaminado el aliento de Dios. Y por eso arrastra al fuego a quien lo ha contaminado; pues se apresura a entregar a su ofensor al castigo eterno.»

    Capítulo XX. Pedro se dirige a Matidia

    Hom. 13, 20

    Mientras Pedro decía esto, vio a la buena y casta Matidia llorando de gozo; mas pensando que estaba afligida por haber sufrido tanto en tiempos pasados, dijo: «Ten ánimo, oh mujer; pues mientras muchos han sufrido muchos males a causa del adulterio, tú has sufrido a causa de la castidad, y por eso no moriste. Pero si hubieras muerto, tu alma se habría salvado. Dejaste tu ciudad natal de Roma a causa de la castidad, mas por ella hallaste la verdad, la diadema del reino eterno. Soportaste peligro en el abismo, pero no moriste; y aun si hubieras muerto, el propio abismo te habría servido, muriendo a causa de la castidad, como bautismo para la salvación de tu alma. Fuiste privada de tus hijos por un poco; pero estos, los verdaderos vástagos de tu marido, han sido hallados en mejores circunstancias. Cuando pasabas hambre, mendigabas alimento, pero no mancillaste tu cuerpo con fornicación. Expusiste tu cuerpo a la tortura, pero salvaste tu alma; huiste del adúltero, para no mancillar el lecho de tu marido: mas, a causa de tu castidad, Dios, que conoce tu huida, llenará el lugar de tu marido. Afligida y dejada en desamparo, fuiste por breve tiempo privada de marido e hijos, pero de todos estos habrías tenido que ser privada, tarde o temprano, por la muerte, suerte preordenada del hombre. Mas mejor es que hayas sido privada de ellos voluntariamente a causa de la castidad, que haber perecido involuntariamente después de un tiempo, simplemente a causa de los pecados.»

    Capítulo XXI. Continúa el mismo tema

    Hom. 13, 21

    «Mucho mejor es, pues, que tus primeras circunstancias hayan sido angustiosas. Pues cuando así es, no te afligen tan profundamente, porque esperas que pasarán, y producen gozo mediante la expectación de circunstancias mejores. Pero, sobre todo, deseo que sepas cuánto agrada a Dios la castidad. La mujer casta es elección de Dios, complacencia de Dios, gloria de Dios, hija de Dios. Tan grande bien es la castidad, que si no existiera la ley de que ni siquiera una persona justa debe entrar en el reino de Dios sin bautizarse, quizá aun los gentiles errantes podrían haberse salvado únicamente a causa de la castidad. Por lo cual me aflijo en gran manera por aquellos errantes que son castos porque rehúyen el bautismo, eligiendo así ser castos sin buena esperanza. Por lo cual no se salvan; pues el decreto de Dios está claramente establecido: que una persona no bautizada no puede entrar en su reino.» Cuando dijo esto, y mucho más, nos entregamos al sueño.
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