Hom. 12, 25
Y cuando llegamos y participamos del alimento, y dimos gracias según nuestra costumbre, habiendo aún tiempo, dije a Pedro: «Mi señor Pedro, mi madre ha hecho una obra de filantropía al acordarse de la mujer que la hospedó.» Y Pedro respondió: «¿Has pensado, oh Clemente, verdaderamente que tu madre hizo una obra de filantropía respecto del trato a la mujer que la acogió después de su naufragio, o has dicho esta palabra por halagar grandemente a tu madre? Pero si has hablado de verdad, y no por halago, me parece que no sabes cuál es la grandeza de la filantropía, que es el afecto hacia cualquier hombre en cuanto hombre, aparte de la persuasión física. Mas ni siquiera me atrevo a llamar filántropa a la huésped que recibió a tu madre después de su naufragio; pues fue impulsada por la compasión, y persuadida a convertirse en bienhechora de una mujer que había naufragado, que estaba afligida por sus hijos —una extranjera, desnuda, desamparada, y que deploraba grandemente sus desgracias. Cuando, por tanto, ella estaba en tales circunstancias, ¿quién que la viera, aunque fuera impío, podría no compadecerla? De modo que no me parece que ni siquiera la mujer que recibió a la extranjera haya hecho una obra de filantropía, sino que fue movida a asistirla por compasión ante sus innumerables desgracias. Y ¿cuánto más es cierto de tu madre, que cuando estaba en circunstancias prósperas y recompensó a su huésped, hizo una acción, no de filantropía, sino de amistad! Pues hay mucha diferencia entre amistad y filantropía, porque la amistad nace de la reciprocidad. Pero la filantropía, aparte de la persuasión física, ama y beneficia a todo hombre en cuanto hombre. Si, por tanto, mientras compadecía a su huésped, también hubiera compadecido y hecho bien a sus enemigos que la han injuriado, sería filántropa; pero si, por una parte es amiga u hostil, y por otra parte es hostil o amiga, tal persona es amiga o enemiga de alguna cualidad, no del hombre en cuanto hombre.»