Hom. 10, 9
«¡Oh las mentes de los hombres desdichados, que temen cosas más muertas que los muertos! Pues no puedo llamarlos siquiera muertos a los que nunca vivieron, a no ser que sean tumbas de hombres antiguos. Porque a veces una persona, al visitar lugares desconocidos, no sabe si los templos que ve son monumentos de muertos, o si pertenecen a los llamados dioses; pero al preguntar y oír que pertenecen a los dioses, los adora, sin avergonzarse de que, si no lo hubiera sabido al preguntar, los habría pasado de largo como monumentos de un muerto, a causa de la estricta semejanza. Sin embargo, no es necesario que aduzca muchas pruebas respecto de semejante superstición. Pues fácil es para cualquiera que quiera entender que eso, un ídolo, es nada, a no ser que haya alguno que no vea. Sin embargo, oíd ahora al menos que no oye, y entended que no entiende. Porque las manos de un hombre muerto lo hicieron. Si, pues, el hacedor está muerto, ¿cómo puede ser que lo hecho por él no se disuelva? ¿Por qué, entonces, adoráis la obra de un mortal, enteramente insensata? Mientras que los que tienen razón no adoran animales, ni procuran propiciarse los elementos que han sido hechos por Dios —me refiero al cielo, al sol, a la luna, al relámpago, al mar y a todas las cosas que hay en ellos—, juzgando rectamente que no se deben adorar las cosas que Él ha hecho, sino reverenciar al Hacedor y Sustentador de ellas. Pues en esto ellos mismos también se regocijan: en que nadie les atribuya a ellos la honra que corresponde a su Hacedor.»