Rec. VIII, 39
Cuando Pedro hubo hablado así, al punto la multitud comenzó a hacer sitio al anciano. Y cuando este se adelantó, comenzó de este modo: Aunque no recuerdo las palabras del discurso que el joven pronunció ayer, sí tengo presente su contenido y su orden; y por eso juzgo necesario, en atención a quienes no estuvieron presentes ayer, traer a la memoria lo dicho y repetirlo todo brevemente, para que, si algo se me ha escapado, me lo recuerde el que pronunció el discurso, que ahora está presente. Este era, pues, el contenido de la discusión de ayer: que todas las cosas que vemos, en cuanto consisten en cierta proporción, arte, forma y especie, han de creerse hechas por un poder inteligente; pero si es la mente y la razón la que las ha formado, se sigue que el mundo es gobernado por la providencia de la misma razón, aunque las cosas que se hacen en el mundo puedan parecernos no del todo rectamente hechas. Pero se sigue que, si Dios y la mente es el creador de todas las cosas, ha de ser también justo; pero si es justo, necesariamente juzga. Si juzga, es necesario que los hombres sean juzgados según sus obras; y si cada uno es juzgado según sus obras, habrá en algún tiempo una separación justa entre los justos y los pecadores. Esto, pienso, fue la sustancia de todo el discurso.
Rec. VIII, 40
[«Si, por tanto, puede mostrarse que la mente y la razón crearon todas las cosas, se sigue que todo lo que viene después es también regido por la razón y la providencia. Pero si una naturaleza sin inteligencia y ciega produce todas las cosas, la razón del juicio queda sin duda derribada; y no hay fundamento para esperar castigo del pecado ni recompensa del bien obrar donde no hay juez. Puesto que, entonces, todo el asunto depende de esto y de este punto capital pende, no lo toméis a mal si deseo que esto se discuta y trate algo más plenamente. Porque en esto, por así decir, está cerrada la primera puerta hacia todo lo que se propone, y por eso deseo ante todo que se me abra. Ahora, pues, oíd cuál es mi doctrina; y si alguno de vosotros lo desea, que me responda; porque no me avergonzaré de aprender, si oigo lo que es verdad, ni de asentir al que habla rectamente. El discurso, pues, que pronunciasteis ayer, que afirmaba que todas las cosas consisten por arte, medida y razón, no me persuade plenamente de que la mente y la razón hayan hecho el mundo; porque tengo muchas cosas que puedo mostrar que consisten por competente medida, forma y especie, y que, sin embargo, no fueron hechas por mente y razón. Además, veo que muchas cosas se hacen en el mundo sin orden, consecuencia ni justicia, y que nada puede hacerse sin el curso del génesis. Esto lo probaré clarísimamente después, a partir de mi propio caso.»]
Rec. VIII, 41
Cuando el anciano hubo hablado así, Aquila respondió: [«Puesto que tú mismo propusiste que cualquiera que lo desee tenga ocasión de responder a lo que digas, mi hermano Niceta me permite conducir hoy el argumento.»] Entonces el anciano: [«Prosigue, hijo mío, como te plazca.»] Y Aquila respondió: [«Prometiste que mostrarías que hay muchas cosas en el mundo que tienen forma y especie dispuestas por igual razón, las cuales, sin embargo, es evidente que no fueron hechas por Dios como su Creador. Ahora, pues, como has prometido, señala esas cosas.»] Entonces dijo el anciano: [«He aquí que vemos el arco en el cielo tomar forma circular, completado en toda proporción, y tener apariencia de realidad, lo cual tal vez ni la mente pudo construir ni la razón describir; y, sin embargo, no es hecho por mente alguna. He aquí que he expuesto todo en una palabra: ahora respóndeme.»]
Rec. VIII, 42
Entonces dijo Aquila: Si algo se expresa a partir de un tipo y una forma, al punto se entiende que proviene de la razón y que no pudo hacerse sin mente; puesto que el tipo mismo, que expresa figuras y formas, no fue hecho sin mente. Por ejemplo, si se aplica cera a un anillo grabado, toma la impronta y la figura del anillo, el cual ciertamente carece de sentido; pero entonces el anillo, que expresa la figura, fue grabado por la mano de un artífice, y fueron la mente y la razón las que dieron el tipo al anillo. Así, pues, también el arco se expresa en el aire; porque el sol, imprimiendo sus rayos en las nubes en el proceso de rarefacción, y fijando el tipo de su circularidad en la humedad nubosa, como en cera blanda, produce la apariencia de un arco; y esto, como he dicho, se efectúa por la reflexión del resplandor del sol sobre las nubes, reproduciendo desde ellas el resplandor de su círculo. Ahora bien, esto no sucede siempre, sino solo cuando se presenta la oportunidad por la rarefacción de las nubes humedecidas. Y, en consecuencia, cuando las nubes de nuevo se condensan y unen, la forma del arco se disuelve y desaparece. Finalmente, el arco nunca se ve sin sol y nubes, así como la imagen no se produce a menos que haya el tipo, y cera, o algún otro material. Ni es maravilloso que Dios el Creador hiciera en el principio los tipos, de los cuales puedan ahora expresarse formas y especies. Pero esto es semejante a aquello: que en el principio Dios creó elementos insensibles, de los cuales pudiera servirse para formar y desarrollar todas las demás cosas. Pero aun los que forman estatuas primero hacen un molde de barro o cera, y de él se produce la figura de la estatua. Y después se produce también una sombra de la estatua, la cual sombra lleva siempre la forma y la semejanza de la estatua. ¿Qué diremos, pues? ¿Que la estatua insensible forma una sombra acabada con tan diligente cuidado como la estatua misma? ¿O que el acabado de la sombra ha de atribuirse sin vacilar a aquel que también ha modelado la estatua?
Rec. VIII, 43
[«Si, pues, te parece que esto es así, y que lo dicho sobre este asunto es suficiente, pasemos a indagar otras cosas; o si piensas que algo falta todavía, repasémoslo de nuevo.»] Y el anciano dijo: [«Desearía que repasaras esto de nuevo, puesto que hay muchas otras cosas que veo hechas de manera semejante: pues los frutos de los árboles se producen del mismo modo, bellamente formados y admirablemente redondeados; y la apariencia de las hojas se forma con inmensa gracia, y la verde membrana está tejida con arte exquisito: además, las pulgas, ratones, lagartos y cosas semejantes, ¿diremos que estas son hechas por Dios? Por tanto, de estos objetos viles se deriva una conjetura acerca de los superiores: que de ningún modo están formados por el arte de la mente.»] [«Infieres bien,»] dijo Aquila, [«en cuanto a la contextura de las hojas y en cuanto a los animales pequeños, que de estos se retira la creencia respecto de las criaturas superiores; pero que no te engañen estas cosas, para que pienses que Dios, trabajando por así decir solo con dos manos, no pudo completar todo lo que está hecho; sino recuerda cómo mi hermano Niceta te respondió ayer, y verdaderamente te descubrió el misterio antes de tiempo, como un hijo que habla con su padre, y explicó por qué y cómo se hacen las cosas que parecen inútiles.»]
Rec. VIII, 44
Entonces el anciano: [«Querría oír de ti por qué esas cosas inútiles son hechas por la voluntad de aquella mente suprema.»] [«Si,»] dijo él, [«te es plenamente manifiesto que en ellas hay obra de mente y de razón, entonces no vacilarás en decir también por qué fueron hechas, y en declarar que han sido hechas rectamente.»] A esto respondió el anciano: [«No soy capaz, hijo mío, de decir que esas cosas que parecen formadas por arte sean hechas por la mente, a causa de otras cosas que vemos hacerse injusta y desordenadamente en el mundo.»] [«Si,»] dice Aquila, [«las cosas que se hacen desordenadamente no te permiten decir que se hacen por la providencia de Dios, ¿por qué las que se hacen ordenadamente no te obligan a decir que se hacen por Dios, y que la naturaleza irracional no puede producir una obra racional? Pues es cierto, y no lo negamos en absoluto, que en este mundo unas cosas se hacen ordenadamente y otras desordenadamente. Las cosas, por tanto, que se hacen racionalmente, cree que se hacen por providencia; pero las que se hacen irracional y desordenadamente, cree que acontecen naturalmente y suceden por accidente. Pero me admiro de que los hombres no perciban que, donde hay sentido, las cosas pueden hacerse ordenada y desordenadamente; pero donde no hay sentido, no puede hacerse ni lo uno ni lo otro; porque la razón hace el orden, y el curso del orden produce necesariamente algo desordenado, si algo contrario acontece para turbar el orden.»] Entonces el anciano: [«Eso mismo quiero que me muestres.»]
Rec. VIII, 45
Dice Aquila: Lo haré sin demora. Dos signos visibles se muestran en el cielo: uno del sol, otro de la luna; y a estos siguen otras cinco estrellas, cada una describiendo su propia órbita separada. Estos, por tanto, los ha puesto Dios en el cielo, con los cuales se regula la temperatura del aire según las estaciones, y se guarda el orden de las vicisitudes y alternancias. Pero por medio de los mismos signos, si en algún tiempo se envía plaga y corrupción sobre la tierra por los pecados de los hombres, el aire se turba, la pestilencia se trae sobre los animales, el tizón sobre las cosechas, y un año destructivo en todo sentido sobre los hombres; y así es que por unos mismos medios el orden es a la vez guardado y destruido. Pues es manifiesto aun para los incrédulos e inexpertos que el curso del sol, que es útil y necesario al mundo, y que está asignado por la providencia, se guarda siempre ordenadamente; pero los cursos de la luna, en comparación con el curso del sol, parecen a los inexpertos desordenados e inestables en sus crecimientos y menguantes. Porque el sol se mueve en períodos fijos y ordenados: de él proceden las horas, de él el día cuando sale, de él también la noche cuando se pone; de él se cuentan los meses y los años, de él se producen las variaciones de las estaciones; mientras, subiendo a las regiones superiores, templa la primavera; pero cuando llega a la cima del cielo, enciende los calores del verano; de nuevo, descendiendo, produce el temple del otoño; y cuando retorna a su círculo más bajo, nos deja el rigor del frío invernal desde la atadura helada del cielo.
Rec. VIII, 46
Pero sobre estos asuntos discurriremos más extensamente en otro momento. Ahora, entretanto, observamos que, aunque él es aquel buen servidor para regular los cambios de las estaciones, sin embargo, cuando se inflige castigo a los hombres según la voluntad de Dios, arde con más furor y abrasa el mundo con fuegos más vehementes. De manera semejante también el curso de la luna, y aquel cambio que parece desordenado a los inexpertos, está adaptado al crecimiento de las cosechas, del ganado y de todas las criaturas vivientes; pues por sus crecimientos y menguantes, por cierto maravilloso artificio de la providencia, todo lo que nace se nutre y crece; sobre lo cual podríamos hablar más extensamente y desenvolver el asunto en detalle, pero el método de la cuestión propuesta nos llama de nuevo. Sin embargo, con los mismos instrumentos con que se producen, todas las cosas se nutren y se acrecientan; mas cuando, por alguna causa justa, se cambia la regulación del orden establecido, surgen corrupción y enfermedad, para que el castigo venga sobre los hombres por la voluntad de Dios, como hemos dicho arriba.
Rec. VIII, 47
Pero quizá diréis: ¿Qué hay del hecho de que, en ese castigo común, cosas semejantes acontezcan a los piadosos y a los impíos? Es verdad, y lo confesamos; pero el castigo redunda en ventaja de los piadosos, para que, siendo afligidos en la vida presente, vengan más purificados al futuro, en el cual se les prepara descanso perpetuo, y para que al mismo tiempo aun los impíos saquen algún provecho de su castigo, o bien para que sobre ellos recaiga la justa sentencia del juicio futuro; puesto que en los mismos castigos los justos dan gracias a Dios, mientras los injustos blasfeman. Por tanto, puesto que la opinión de las cosas se divide en dos partes: que unas cosas se hacen por orden y otras contra el orden, debe creerse, por las cosas que se hacen según orden, que hay providencia; pero respecto de las que se hacen contra el orden, debemos indagar sus causas de quienes las han aprendido por enseñanza profética: pues los que se han familiarizado con el discurso profético saben cuándo, y por qué razón, han ocurrido tizón, granizo, pestilencia y cosas semejantes en cada generación, y por qué pecados han sido enviadas como castigo; de donde han sobrevenido al género humano causas de tristeza, lamentaciones y duelos; de donde también ha seguido la enfermedad del temblor, y que esta ha sido desde el principio el castigo del parricidio.
Rec. VIII, 48
[«Pues en el principio del mundo no existía ninguno de estos males, sino que tuvieron su origen en la impiedad de los hombres; y de allí, con el constante aumento de las iniquidades, se ha acrecentado también el número de los males. Mas por esta razón la divina providencia ha decretado un juicio respecto de todos los hombres, porque la vida presente no era tal que a cada uno se le pudiera tratar según sus merecimientos. Aquellas cosas, por tanto, que fueron bien y ordenadamente dispuestas desde el principio, cuando no existían causas de mal, no han de juzgarse por los males que han sobrevenido al mundo a causa de los pecados de los hombres. En fin, como indicio de las cosas que existían desde el principio, se hallan algunas naciones que son ajenas a estos males. Pues los Seres, porque viven castamente, se ven libres de todos ellos; porque entre ellos es ilícito allegarse a una mujer después que ha concebido, o mientras está en su purificación. Allí nadie come carne impura, nadie conoce cosa alguna de sacrificios; todos son jueces para sí mismos según justicia. Por esta razón no son castigados con aquellas plagas de que hemos hablado; viven hasta una extrema vejez y mueren sin enfermedad. Pero nosotros, miserables como somos, morando por así decir con serpientes mortíferas Ezequiel 2:6] —quiero decir, con hombres malvados—, necesariamente sufrimos con ellos las plagas de las aflicciones en este mundo, pero abrigamos esperanza por el consuelo de los bienes venideros.»
Rec. VIII, 49
[«Si,»] dijo el anciano, [«aun los justos son atormentados a causa de las iniquidades de otros, Dios, como quien prevé esto, debería haber mandado a los hombres no hacer aquellas cosas de las que se siguiera necesariamente que los justos fuesen afligidos con los injustos; o, si las hicieran, debería haber aplicado al mundo alguna corrección o purificación.»] [«Dios,»] dijo Aquila, así lo mandó, y dio preceptos por medio de los profetas sobre cómo deben vivir los hombres; pero aun estos preceptos los despreciaron: sí, y si alguno deseaba observarlos, a este lo afligían con diversas injurias, hasta que lo apartaban de su propósito de observancia y lo arrastraban a la turba de la infidelidad, haciéndolo semejante a ellos mismos.
Rec. VIII, 50
Por lo cual, en suma, al principio, cuando toda la tierra había sido manchada con pecados, Dios trajo un diluvio sobre el mundo, el cual decís que sucedió en tiempos de Deucalión; y en aquel tiempo salvó a cierto hombre justo, con sus hijos, en un arca, y con él la estirpe de todas las plantas y animales. Y aun los que nacieron de ellos, después de un tiempo, volvieron a hacer obras semejantes a las de sus predecesores; pues aquellas cosas que les habían acontecido fueron olvidadas, de modo que sus descendientes ni siquiera creyeron que el diluvio hubiera tenido lugar. Por lo cual Dios decretó también que no hubiera otro diluvio en el mundo presente, pues de otro modo habría habido uno en cada generación, conforme a la cuenta de sus pecados por causa de su incredulidad; sino que más bien concedió que ciertos ángeles que se complacen en el mal dominaran sobre las distintas naciones— y a ellos se les dio poder sobre los hombres individuales, pero solo con esta condición: si alguno se hubiera sometido primero a ellos pecando— hasta que viniera Aquel que se complace en el bien, y por Él se completara el número de los justos, y por el aumento del número de hombres piadosos en todo el mundo se reprimiera en cierta medida la impiedad, y se diera a conocer a todos que todo lo bueno es hecho por Dios.
Rec. VIII, 51
Pero por la libertad de la voluntad, todo hombre, mientras no cree en las cosas venideras, por las malas obras se precipita en males. Y estas son las cosas del mundo que parecen hacerse contra el orden, las cuales deben su existencia a la incredulidad. Por tanto, la dispensación de la divina providencia debe ser admirada también por esto: concedió a aquellos hombres del principio, que andaban por el buen camino de la vida, gozar de bienes incorruptibles; pero cuando pecaron, por el pecado dieron a luz el mal. Y a todo bien se une el mal como por cierta alianza pactada de parte del pecado, puesto que en verdad la tierra ha sido contaminada con sangre humana, y se han encendido altares a los demonios, y han contaminado el aire mismo con el humo inmundo de los sacrificios; y así, al fin, los elementos, corrompidos primero, han entregado a los hombres la culpa de su corrupción, como las raíces comunican sus cualidades a las ramas y al fruto.
Rec. VIII, 52
Observad, pues, en esto, como he dicho, con cuánta justicia la divina providencia acude en ayuda de las cosas viciadas: que, puesto que los males que habían derivado su origen del pecado estaban asociados a los bienes de Dios, Él asignara dos jefes a estos dos departamentos. Y en consecuencia, a Aquel que se complace en el bien le ha encomendado el orden de las cosas buenas, para que lleve a los que creen en Él a la fe de su providencia; pero a aquel que se complace en el mal, le ha entregado las cosas que se hacen sin orden e inútilmente, de las cuales, por supuesto, la fe en su providencia entra en duda; y así se ha hecho una división justa por un Dios justo. De aquí, por tanto, es que, mientras el curso ordenado de las estrellas produce fe en que el mundo fue hecho por la mano de un artífice, por otra parte, la perturbación del aire, la brisa pestilente, el fuego descontrolado del rayo, arrojan duda sobre la obra de la providencia. Pues, como hemos dicho, todo bien tiene unido su correspondiente mal contrario; como el granizo es opuesto a las lluvias fecundantes, la corrupción del tizón está asociada al rocío suave, los torbellinos de las tormentas están unidos a los vientos suaves, los árboles infructíferos a los fructíferos, las hierbas nocivas a las útiles, los animales salvajes y destructivos a los mansos. Pero todas estas cosas están ordenadas por Dios, porque la elección de la voluntad de los hombres se ha apartado del propósito del bien y ha caído en el mal.
Rec. VIII, 53
[«Por tanto, esta división se mantiene en todas las cosas del mundo; y así como hay hombres piadosos, también los hay impíos; así como hay profetas, también hay falsos profetas; y entre los gentiles hay filósofos y falsos filósofos. También las naciones árabes, y muchas otras, han imitado la circuncisión de los judíos para servicio de su impiedad. Así también el culto de los demonios es contrario al culto divino, el bautismo al bautismo, las leyes a la ley, los falsos apóstoles a los apóstoles, y los falsos maestros a los maestros. Y de aquí es que entre los filósofos unos afirman la providencia, otros la niegan; algunos sostienen que hay un solo Dios, otros que hay más de uno: en resumen, la cosa ha llegado a esto: que mientras los demonios son expulsados por la palabra de Dios, por la cual se declara que hay providencia, el arte mágica, para confirmación de la infidelidad, ha encontrado modos de imitar esto por sus contrarios. Así se ha descubierto el método de contrarrestar el veneno de las serpientes con encantamientos, y la realización de curaciones contrarias a la palabra y al poder de Dios. El arte mágica ha encontrado también ministerios contrarios a los ángeles de Dios, poniendo la invocación de las almas y las ficciones de los demonios en oposición a estos. Y, para no alargar el discurso con una enumeración más extensa, no hay nada absolutamente que favorezca la creencia en la providencia, que no tenga, por otra parte, algo preparado para la incredulidad; y por eso, quienes no conocen esa división de las cosas, piensan que no hay providencia, a causa de aquellas cosas del mundo que son discordantes consigo mismas. Pero tú, padre mío, como hombre sabio, elige de esa división la parte que conserva el orden y favorece la creencia en la providencia, y no sigas solamente aquella parte que va contra el orden y anula la creencia en la providencia.»]
Rec. VIII, 54
A esto respondió el anciano: [«Muéstrame un camino, hijo mío, por el cual pueda establecer en mi mente uno u otro de estos dos órdenes, uno de los cuales afirma y el otro niega la providencia.»] [«Para quien tiene un juicio recto,»] dice Aquila, [«la decisión es fácil. Pues esto mismo que dices, orden y desorden, puede ser producido por un artífice, pero no por la naturaleza insensible. Porque supongamos, a modo de ilustración, que una gran mole fuera arrancada de una roca alta y arrojada de cabeza, y que al chocar contra el suelo se rompiera en muchos pedazos: ¿podría de algún modo suceder que, entre aquella multitud de fragmentos, se hallara siquiera uno que tuviera alguna figura y forma perfecta?»] El anciano respondió: [«Es imposible.»] [«Pero,»] dijo Aquila, [«si está presente un estatuario, él puede, con su mano diestra y su mente razonable, formar la piedra cortada de la montaña en la figura que le plazca.»] El anciano dijo: [«Eso es verdad.»] [«Por tanto,»] dice Aquila, [«cuando no hay mente racional, no puede formarse figura alguna de la masa; pero cuando hay una mente que diseña, puede haber tanto forma como deformidad: por ejemplo, si un artesano corta de la montaña un bloque al que desea dar una forma, primero debe cortarlo informe y tosco; luego, martillándolo y tallándolo gradualmente según la regla de su arte, expresa la forma que ha concebido en su mente. Así, pues, de la informidad o deformidad, por la mano del artesano se alcanza la forma, y ambas proceden del artesano. De igual manera, por tanto, las cosas que se hacen en el mundo son realizadas por la providencia de un artífice, aunque puedan no parecer del todo ordenadas. Y por eso, porque estos dos caminos te han sido dados a conocer, y has oído sus divisiones, huye del camino de la incredulidad, no sea que acaso te lleve a aquel príncipe que se complace en los males; pero sigue el camino de la fe, para que llegues a aquel Rey que se complace en los hombres buenos.»]
Rec. VIII, 55
A esto respondió el anciano: [«Pero ¿por qué fue hecho aquel príncipe que se complace en el mal? ¿Y de qué fue hecho? ¿O no fue hecho?»] Aquila dijo: [«El tratamiento de ese asunto pertenece a otro momento; pero para que no te vayas del todo sin respuesta a esto, daré algunas indicaciones también sobre este tema. Dios, previendo todas las cosas antes de la creación del mundo, sabiendo que los hombres que habrían de existir se inclinarían algunos ciertamente al bien, pero otros a lo contrario, asignó a los que escogieran el bien a su propio gobierno y su propio cuidado, y los llamó su herencia peculiar; pero entregó el gobierno de los que se apartaran al mal a aquellos ángeles que, no por su sustancia, sino por oposición, no quisieron permanecer con Dios, corrompidos por el vicio de la envidia y de la soberbia. A aquellos, por tanto, los hizo príncipes dignos de súbditos dignos; mas los entregó de tal modo a aquellos ángeles, que no tienen poder de hacer contra ellos lo que quieran, a menos que traspasen los límites que les fueron asignados desde el principio. Y este es el límite asignado: que, a menos que uno haga primero la voluntad de los demonios, los demonios no tienen poder sobre él.»]
Rec. VIII, 56
Entonces el anciano dijo: [«Lo has expuesto excelentemente, hijo mío. Solo queda ahora que me digas de dónde es la sustancia del mal: pues si fue hecha por Dios, el fruto malo muestra que la raíz está en falta; porque parece que ella también es de naturaleza mala. Pero si esta sustancia era coeterna con Dios, ¿cómo puede lo que era igualmente no producido y coeterno estar sujeto a lo otro?»] [«No fue siempre,»] dijo Aquila; [«pero tampoco se sigue necesariamente, si fue hecha por Dios, que su Creador deba ser pensado tal como es aquello que ha sido hecho por Él. Pues en verdad Dios hizo la sustancia de todas las cosas; pero si una mente razonable, que ha sido hecha por Dios, no se aquieta en las leyes de su Creador, y va más allá de los límites de la templanza que le fueron prescritos, ¿cómo recae esto sobre el Creador? O si hay alguna razón más alta que esta, no la conocemos; pues no podemos conocer nada perfectamente, y especialmente acerca de aquellas cosas por cuya ignorancia no hemos de ser juzgados. Pero aquellas cosas por las que hemos de ser juzgados son facilísimas de entender, y se despachan casi en una palabra. Pues casi toda la regla de nuestras acciones se resume en esto: que lo que no queremos sufrir, no lo hagamos a otros. Pues así como no querrías ser matado, debes guardarte de matar a otro; y así como no querrías que tu propio matrimonio fuera violado, no debes mancillar el lecho ajeno; no querrías ser robado, pues tampoco debes robar; y todo asunto de las acciones de los hombres se comprende dentro de esta regla.»]
Rec. VIII, 57
Entonces el anciano: [«No tomes a mal, hijo mío, lo que voy a decir. Aunque tus palabras son poderosas, no pueden llevarme a creer que algo pueda hacerse al margen de la Génesis. Pues sé que todas las cosas me han sucedido por la necesidad de la Génesis, y por tanto no puedo ser persuadido de que el hacer bien o el hacer mal esté en nuestro poder; y si no tenemos nuestras acciones en nuestro poder, no se puede creer que haya un juicio venidero por el cual o bien se inflijan castigos a los malos, o bien se otorguen recompensas a los buenos. En suma, puesto que veo que estás iniciado en esta clase de saber, te expondré unas pocas cosas del arte misma.»] [«Si,»] dice Aquila, [«deseas añadir algo de esa ciencia, mi hermano Clemente te responderá con todo cuidado, pues él se ha dedicado más plenamente a la ciencia de las matemáticas. Porque yo puedo sostener por otras vías que nuestras acciones están en nuestro propio poder; pero no debo presumir de aquellas cosas que no he aprendido.»]
Rec. VIII, 58
Cuando Aquila hubo hablado así, entonces yo, Clemente, dije: [«Mañana, padre mío, hablarás como te plazca, y con gusto te escucharemos; pues supongo que también te será grato tener que habértelas con quienes no ignoran la ciencia que profesas.»] Cuando, por tanto, se hubo acordado entre el anciano y yo que al día siguiente sostendríamos una discusión sobre la Génesis —si todas las cosas se hacen bajo su influencia, o si hay algo en nosotros que no sea hecho por la Génesis, sino por el juicio de la mente— Pedro se levantó y comenzó a hablar en este sentido: A mí me parece sumamente admirable que los hombres hagan difíciles con pensamientos y palabras recónditos cosas que fácilmente pueden descubrirse; y especialmente aquellos que se creen sabios y que, queriendo comprender la voluntad de Dios, tratan a Dios como si fuera un hombre, sí, como si fuera algo menos que un hombre: pues nadie puede conocer el propósito o la mente de un hombre a menos que él mismo revele sus pensamientos; y tampoco puede nadie aprender una profesión a menos que durante largo tiempo sea instruido por un maestro. ¡Cuánto más debe ser que nadie pueda conocer la mente o la obra del Dios invisible e incomprensible, a menos que Él mismo envíe un profeta a declarar su propósito y exponer el modo de su creación, en la medida en que a los hombres es lícito aprenderlo! Por tanto, me parece ridículo cuando los hombres juzgan el poder de Dios por vías naturales, y piensan que esto es posible y aquello imposible para Él, o esto mayor y aquello menor, mientras lo ignoran todo; los cuales, siendo hombres injustos, juzgan al Dios justo; inexpertos, juzgan al artífice; corruptos, juzgan al incorruptible; criaturas, juzgan al Creador.
Rec. VIII, 59
Pero no quisiera que penséis que, al decir esto, quito el poder de juzgar acerca de las cosas; sino que doy consejo de que nadie camine por lugares desviados y se precipite en errores sin fin. Y por tanto aconsejo no solo a los sabios, sino ciertamente a todos los hombres que tienen deseo de conocer lo que les es ventajoso, que busquen al verdadero Profeta; pues solo Él conoce todas las cosas, y sabe qué busca cada hombre y de qué modo. Porque Él está dentro de la mente de cada uno de nosotros, pero en aquellos que no tienen deseo del conocimiento de Dios y de su justicia, está inoperante; mas obra en aquellos que buscan lo que es provechoso para sus almas, y enciende en ellos la luz del conocimiento. Por lo cual buscadle ante todo; y si no le halláis, no esperéis aprender nada de ningún otro. Pero pronto es hallado por aquellos que diligentemente le buscan por amor de la verdad, y cuyas almas no son poseídas por la maldad. Pues Él está presente con los que le desean en la inocencia de sus espíritus, los cuales soportan con paciencia y sacan suspiros del fondo de sus corazones por amor de la verdad; pero abandona las mentes malévolas, [], porque como profeta conoce los pensamientos de cada uno. Y por tanto, nadie piense que puede hallarle por su propia sabiduría, a menos que, como hemos dicho, vacíe su mente de toda maldad y conciba un deseo puro y fiel de conocerle. Pues cuando alguien se ha preparado de este modo, Él mismo, como profeta, viendo una mente preparada para Él, por su propia voluntad se ofrece a su conocimiento.
Rec. VIII, 60
Por tanto, si alguno desea aprender todas las cosas, no puede hacerlo discutiéndolas una por una; pues, siendo mortal, no podrá rastrear el consejo de Dios ni escrutar la inmensidad misma. Pero si, como hemos dicho, desea aprender todas las cosas, busque al verdadero Profeta; y cuando le haya hallado, no trate con Él por medio de preguntas, disputas y argumentos; sino que si Él ha dado alguna respuesta o pronunciado algún juicio, no puede dudarse de que ello es cierto. Y por tanto, ante todas las cosas, búsquese al verdadero Profeta, y agárrense sus palabras. Respecto a estas, solo esto debe ser discutido por cada uno: que se cerciore de si son verdaderamente sus palabras proféticas; es decir, si contienen fe indudable de las cosas venideras, si señalan tiempos definidos, si conservan el orden de las cosas, si no relatan como últimas las cosas que son primeras, ni como primeras las que fueron hechas últimas, si no contienen nada sutil, nada compuesto por el arte mágica para engañar, o si no han transferido a sí mismas cosas que fueron reveladas a otros, y las han mezclado con falsedades. Y cuando, habiendo sido discutidas todas estas cosas con recto juicio, se establezca que son palabras proféticas, entonces deben ser creídas de inmediato acerca de todas las cosas sobre las que han hablado y respondido.
Rec. VIII, 61
Porque consideremos con diligencia la obra de la divina providencia. Pues mientras los filósofos han introducido ciertas palabras sutiles y difíciles, de modo que ni siquiera los términos que emplean en sus discursos puedan ser conocidos y entendidos por todos, Dios ha mostrado que quienes se tenían por forjadores de palabras son del todo inhábiles en lo que toca al conocimiento de la verdad. Porque el conocimiento de las cosas que imparte el verdadero Profeta es sencillo, llano y breve; conocimiento del que están enteramente ignorantes esos hombres que andan por lugares desviados y por las pedregosas dificultades de las palabras. Por tanto, para las mentes modestas y sencillas, cuando ven cumplirse lo que fue predicho, es suficiente, y más que suficiente, que reciban certísimo conocimiento de la certísima presciencia; y en lo demás queden en paz, habiendo recibido conocimiento evidente de la verdad. Porque todas las demás cosas se tratan por opinión, en la cual nada puede haber firme. Pues ¿qué discurso hay que no pueda ser contradicho? ¿Y qué argumento existe que no pueda ser derribado por otro argumento? Y de aquí proviene que, con disputación de esta clase, los hombres jamás pueden llegar a un fin de conocimiento y doctrina, sino que hallan el fin de su vida antes que el fin de sus cuestiones.
Rec. VIII, 62
[«Y, por tanto, puesto que entre estos filósofos hay cosas inciertas, debemos acudir al verdadero Profeta. A Él quiso Dios Padre que todos lo amasen, y por ello se ha dignado extinguir por completo aquellas opiniones que tuvieron origen en los hombres, y acerca de las cuales nada hay semejante a la certeza, para que Él, el verdadero Profeta, fuese más buscado, y para que Aquel a quien ellos habían oscurecido mostrase a los hombres el camino de la verdad. Pues por esto también hizo Dios el mundo, y por Él el mundo está lleno; de donde también Él está cerca en todo lugar de los que lo buscan, aunque sea buscado en los confines más remotos de la tierra. Pero si alguno lo busca no puramente, ni santamente, ni fielmente, Él está ciertamente dentro de él, porque está en todas partes, y se halla dentro de las mentes de todos los hombres; mas, como hemos dicho antes, está dormido para los incrédulos, y se le tiene por ausente de aquellos por quienes no se cree su existencia.»] Y cuando Pedro hubo dicho esto, y más en el mismo sentido, acerca del verdadero Profeta, despidió a la multitud; y aunque rogó con gran vehemencia al anciano que se quedase con nosotros, nada pudo lograr; sino que también él se marchó, para volver al día siguiente, según se había convenido. Y después de esto, también nosotros, con Pedro, nos fuimos a nuestro alojamiento, y gozamos de nuestra acostumbrada comida y descanso.