Rec. VI, 1
Pero apenas comenzó el día a hacer avanzar la aurora sobre las tinieblas que se retiraban, Pedro, habiendo ido al huerto a orar, y volviendo de allí y viniendo a nosotros, como excusa por despertar y venir a nosotros un poco más tarde de lo acostumbrado, dijo esto: [«Ahora que la primavera ha alargado el día, ciertamente la noche es más corta; por tanto, si uno desea ocupar alguna porción de la noche en el estudio, no debe guardar las mismas horas de vigilia en todas las estaciones, sino emplear la misma cantidad de tiempo en dormir, sea la noche más larga o más corta, y ser sumamente cuidadoso de no recortar del período que suele tener para el estudio, y así añadir a su sueño y disminuir su tiempo de vigilia. Y esto también ha de observarse: no sea que, si el sueño se interrumpe mientras el alimento aún no está digerido, la masa no digerida cargue la mente y, por la exhalación de los espíritus crudos, haga confuso y turbado el sentido interior. Conviene, pues, que también esa parte sea cuidada con suficiente descanso, para que, cumplidas suficientemente las cosas que se le deben, el cuerpo pueda en las demás cosas prestar a la mente el servicio debido.»]
Rec. VI, 2
Cuando hubo dicho esto, como ya muchísimos se habían reunido en el lugar acostumbrado del huerto para oírle, Pedro salió; y habiendo saludado a las multitudes en su manera habitual, comenzó a hablar así: Puesto que, en verdad, así como la tierra descuidada por el cultivador produce necesariamente espinas y abrojos, así vuestro sentido, por un largo descuido, ha producido una abundante cosecha de opiniones nocivas de las cosas y de dogmas de falsa ciencia, hay necesidad ahora de mucho cuidado en cultivar el campo de vuestra mente, para que la palabra de verdad, que es el verdadero y diligente labrador del corazón, lo cultive con instrucciones continuas. Es, por tanto, parte vuestra prestarle obediencia y podar las ocupaciones superfluas y las ansiedades, no sea que un crecimiento nocivo ahogue la buena semilla de la palabra. Pues puede ser que una diligencia breve y fervorosa repare el descuido de mucho tiempo; porque el tiempo de la vida de cada uno es incierto y, por tanto, hemos de apresurarnos a la salvación, no sea que acaso la muerte repentina sorprenda a quien se retrasa.
Rec. VI, 3
Y con tanto mayor empeño debemos esforzarnos por esto: para que, mientras hay tiempo, sean cortados los vicios acumulados de la mala costumbre. Y no podréis hacerlo de otro modo sino enojándoos con vosotros mismos a causa de vuestras acciones inútiles y viles. Pues esta es la ira justa y necesaria, por la cual cada uno se indigna consigo mismo y se acusa por aquellas cosas en que ha errado y obrado mal; y por esta indignación se enciende en nosotros un cierto fuego que, aplicado como a un campo estéril, consume y quema las raíces del vil placer, y hace el suelo del corazón más fértil para la buena semilla de la palabra de Dios. Y creo que tenéis causas suficientemente dignas de ira, de las cuales puede encenderse ese fuego justísimo, si consideráis a qué errores os ha arrastrado el mal de la ignorancia, y cómo os ha hecho caer y precipitaros de cabeza en el pecado, de qué bienes os ha apartado y a qué males os ha empujado, y, lo que es más importante que todo lo demás, cómo os ha hecho reos de castigos eternos en el mundo venidero. ¿No está encendido dentro de vosotros el fuego de la más justa indignación por todas estas cosas, ahora que la luz de la verdad ha resplandecido sobre vosotros? ¿Y no se levanta dentro de vosotros la llama de esa ira que es agradable a Dios, para que todo brote sea quemado y destruido desde la raíz, si acaso ha germinado dentro de vosotros algún retoño de mala concupiscencia?
Rec. VI, 4
De ahí que también Aquel que nos ha enviado, cuando vino y vio que todo el mundo había caído en la maldad, no dio inmediatamente paz al que estaba en el error, no fuera a confirmarlo en el mal; sino que puso el conocimiento de la verdad frente a las ruinas de su ignorancia, para que, si acaso los hombres se arrepintieran y miraran la luz de la verdad, pudieran con razón dolerse de haber sido engañados y arrastrados a los precipicios del error, y encendieran el fuego de una ira saludable contra la ignorancia que los había engañado. Por esta causa, pues, dijo: "He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cómo quisiera que ya estuviera encendido!" [] Hay, por tanto, una cierta lucha que hemos de librar en esta vida; pues la palabra de verdad y de conocimiento separa necesariamente a los hombres del error y de la ignorancia, como a menudo hemos visto que la carne putrefacta y muerta del cuerpo es separada por el cuchillo cortante de su conexión con los miembros vivos. Tal es el efecto que produce el conocimiento de la verdad. Pues es necesario que, por causa de la salvación, el hijo, por ejemplo, que ha recibido la palabra de verdad, sea separado de sus padres incrédulos; o también que el padre sea separado de su hijo, o la hija de su madre. Y de esta manera surge la batalla del conocimiento y la ignorancia, de la verdad y el error, entre parientes y allegados creyentes e incrédulos. Y por eso Aquel que nos ha enviado dijo también: "No he venido a meter paz en la tierra, sino espada." []
Rec. VI, 5
Pero si alguno dice: ¿Cómo parece justo que los hombres sean separados de sus padres? Te diré cómo. Porque si permanecieran con ellos en el error, no les harían ningún bien, y ellos mismos perecerían con ellos. Es, pues, justo, y muy justo, que el que ha de salvarse sea separado del que no ha de salvarse. Pero observa también esto: que esta separación no proviene de los que entienden rectamente; pues ellos desean estar con sus parientes, hacerles bien y enseñarles cosas mejores. Sino que es el vicio propio de la ignorancia el no soportar tener cerca la luz de la verdad, que la refuta; y por eso la separación se origina de ellos. Porque los que reciben el conocimiento de la verdad, por estar lleno de bondad, desean, si es posible, compartirlo con todos, como dado por el Dios bueno; sí, incluso con los que los odian y persiguen: pues saben que la ignorancia es la causa de su pecado. Por lo cual, en suma, el Maestro mismo, cuando era llevado a la cruz por los que no lo conocían, rogó al Padre por sus asesinos, y dijo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen." [] Los discípulos también, a imitación del Maestro, aun cuando ellos mismos sufrían, de igual manera oraron por sus asesinos. [] Pero si se nos enseña a orar incluso por nuestros asesinos y perseguidores, ¿cómo no habremos de soportar las persecuciones de padres y parientes, y orar por su conversión?
Rec. VI, 6
Consideremos luego, con cuidado, en segundo lugar, qué razón tenemos para amar a nuestros padres. Por esta causa, se dice, los amamos: porque parecen ser los autores de nuestra vida. Pero nuestros padres no son autores de nuestra vida, sino medios de ella. Pues no otorgan la vida, sino que procuran el medio de que entremos en esta vida; mientras que el único y solo autor de la vida es Dios. Si, por tanto, quisiéramos amar al Autor de nuestra vida, sepamos que es Él a quien hay que amar. Pero entonces se dice: No podemos conocerlo; pero a ellos los conocemos y tenemos en afecto. Sea así: no puedes conocer qué es Dios, pero muy fácilmente puedes conocer lo que Dios no es. Pues ¿cómo puede alguien dejar de saber que la madera, o la piedra, o el bronce, u otra materia semejante, no es Dios? Pero si no quieres aplicar tu mente a considerar las cosas que fácilmente podrías aprehender, es cierto que estás impedido en el conocimiento de Dios, no por imposibilidad, sino por indolencia; pues si lo hubieras querido, aun desde esas imágenes inútiles habrías podido ser puesto en el camino del entendimiento.
Rec. VI, 7
Pues es cierto que esas imágenes se hacen con herramientas de hierro; pero el hierro se labra con fuego, y ese fuego se apaga con agua. Pero el agua es movida por el espíritu; y el espíritu tiene su comienzo de Dios. Pues así dice el profeta Moisés: "En el principio hizo Dios el cielo y la tierra. Pero la tierra era invisible y desordenada; y las tinieblas estaban sobre el abismo: y el Espíritu de Dios estaba sobre las aguas." [] El cual Espíritu, como mano del Creador, por mandato de Dios separó la luz de las tinieblas; y después de aquel cielo invisible produjo este visible, para hacer de los lugares más altos morada de los ángeles, y de los más bajos, de los hombres. Por vuestra causa, pues, por mandato de Dios, el agua que estaba sobre la faz de la tierra se retiró, para que la tierra produjera frutos para vosotros; y en la tierra también introdujo venas de humedad, para que de ella brotaran fuentes y ríos para vosotros. Por vuestra causa se mandó que produjera seres vivientes, y todas las cosas que pudieran servir para vuestro uso y deleite. ¿No es para vosotros que soplan los vientos, para que la tierra, concibiendo por ellos, produzca frutos? ¿No es para vosotros que caen las lluvias y cambian las estaciones? ¿No es para vosotros que sale el sol y se pone, y la luna sufre sus cambios? Para vosotros el mar ofrece su servicio, para que todas las cosas os estén sujetas, ingratos como sois. Pues por todas estas cosas, ¿no habrá un justo castigo de venganza, porque, más allá de todo, ignoráis al dador de todas ellas, a quien debéis reconocer y reverenciar sobre todo?
Rec. VI, 8
Pero ahora os conduzco al entendimiento por los mismos caminos. Pues veis que todas las cosas son producidas de las aguas. Pero el agua fue hecha al principio por el Unigénito; y el Dios Todopoderoso es la cabeza del Unigénito, por quien llegamos al Padre en el orden que hemos expuesto arriba. Pero cuando hayáis llegado al Padre aprenderéis que esta es su voluntad: que nazcáis de nuevo por medio de las aguas, que fueron creadas primero. Pues el que es regenerado por el agua, habiendo llenado la medida de las buenas obras, es hecho heredero de Aquel por quien ha sido regenerado en incorrupción. Por lo cual, con mentes preparadas, acercaos como hijos a un padre, para que vuestros pecados sean lavados, y quede probado ante Dios que la ignorancia fue su única causa. Pues si, después de aprender estas cosas, permanecéis en la incredulidad, la causa de vuestra destrucción os será imputada a vosotros mismos, y no a la ignorancia. ¿Y suponéis que podéis tener esperanza ante Dios, aun si cultiváis toda piedad y toda justicia, pero no recibís el bautismo? Más bien, será digno de mayor castigo el que hace buenas obras no bien; pues el mérito sobreviene a los hombres por las buenas obras, pero solo si se hacen como Dios manda. Ahora bien, Dios ha ordenado que todo el que lo adora sea sellado por el bautismo; pero si os negáis, y obedecéis a vuestra propia voluntad antes que a la de Dios, sois sin duda contrarios y hostiles a su voluntad.
Rec. VI, 9
Pero quizá diréis: ¿Qué contribuye el bautismo de agua al culto de Dios? En primer lugar, porque lo que ha agradado a Dios se cumple. En segundo lugar, porque, cuando sois regenerados y nacéis de nuevo del agua y de Dios, la fragilidad de vuestro nacimiento anterior, que tenéis por los hombres, es cortada, y así al fin podréis alcanzar la salvación; pero de otro modo es imposible. Pues así nos ha testificado el verdadero Profeta con juramento: "En verdad os digo que si un hombre no nace de nuevo del agua, no entrará en el reino de los cielos." Apresuraos, pues; porque hay en estas aguas un cierto poder de misericordia que fue llevado sobre ellas al principio, y reconoce a los que son bautizados bajo el nombre del triple sacramento, y los rescata de los castigos futuros, presentando como don a Dios las almas que son consagradas por el bautismo. Acoged, pues, a estas aguas, porque ellas solas pueden apagar la violencia del fuego futuro; y el que demora en acercarse a ellas, es evidente que el ídolo de la incredulidad permanece en él, y por él es impedido de apresurarse a las aguas que confieren la salvación. Pues seáis justos o injustos, el bautismo os es necesario en todo respecto: para el justo, para que la perfección se cumpla en él, y nazca de nuevo para Dios; para el injusto, para que se le conceda el perdón de los pecados que ha cometido en la ignorancia. Por tanto, todos deben apresurarse a nacer de nuevo para Dios sin demora, porque el fin de la vida de cada uno es incierto.
Rec. VI, 10
Pero cuando hayáis sido regenerados por el agua, mostrad por las buenas obras la semejanza en vosotros de aquel Padre que os ha engendrado. Ahora conocéis a Dios, honradlo como a padre; y su honra es que viváis según su voluntad. Y su voluntad es que viváis de tal modo que no sepáis nada de asesinato ni adulterio, que huyáis del odio y de la codicia, que dejéis a un lado la ira, la soberbia y la jactancia, que aborrezcáis la envidia, y que consideréis todas estas cosas enteramente inadecuadas para vosotros. Hay verdaderamente una cierta observancia peculiar de nuestra religión, que no se impone tanto a los hombres, cuanto que es buscada por todo adorador de Dios a causa de su pureza. A causa de la castidad, digo, de la cual hay muchas formas, pero primero, que cada uno tenga cuidado de "no acercarse a mujer menstruosa"; pues esto la ley de Dios lo considera detestable. Pero aunque la ley no hubiera dado admonición alguna acerca de estas cosas, ¿acaso nos revolcaríamos de buena gana, como escarabajos, en la inmundicia? Pues debemos tener algo más que los animales, como hombres racionales y capaces de sentidos celestiales, cuyo principal estudio debe ser guardar la conciencia de toda mancha del corazón.
Rec. VI, 11
Además, es bueno, y tiende a la pureza, también lavar el cuerpo con agua. Lo llamo bueno, no como si fuera aquel bien primero de la purificación de la mente, sino porque esto del lavado del cuerpo es la secuela de aquel bien. Pues así también nuestro Maestro reprendió a algunos de los fariseos y escribas, que parecían mejores que otros, y se separaban del pueblo, llamándolos hipócritas, porque purificaban solo aquellas cosas que eran vistas por los hombres, pero dejaban manchados y sórdidos sus corazones, que solo Dios ve. A algunos, pues, de ellos— no a todos— dijo: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero lo de dentro está lleno de inmundicia. Fariseos ciegos, limpiad primero lo de dentro, y lo de fuera quedará también limpio." [] Pues verdaderamente, si la mente es purificada por la luz del conocimiento, cuando ya está limpia y clara, entonces necesariamente tiene cuidado de lo que está fuera del hombre, es decir, de su carne, para que también sea purificada. Pero cuando lo de fuera, la limpieza de la carne, es descuidada, es cierto que no hay cuidado alguno de la pureza de la mente y de la limpieza del corazón. Así, pues, sucede que el que está limpio por dentro es sin duda limpiado también por fuera, pero no siempre el que está limpio por fuera es también limpiado por dentro— a saber, cuando hace estas cosas para agradar a los hombres.
Rec. VI, 12
Pero esta clase de castidad ha de observarse también en esto: que la unión sexual no debe tener lugar a la ligera y por mero placer, sino por causa de engendrar hijos. Y puesto que esta observancia se halla incluso entre algunos de los animales inferiores, sería una vergüenza que no la observaran los hombres, racionales y adoradores de Dios. Pero hay además esta otra razón por la que la castidad debe ser observada por los que mantienen el verdadero culto de Dios, en aquellas formas de ella de que hemos hablado, y otras semejantes: que se observa estrictamente incluso entre los que aún están retenidos por el diablo en el error, pues incluso entre ellos hay en algún grado la observancia de la castidad. ¿Pues qué? ¿No observaréis vosotros, ahora que estáis reformados, lo que observabais cuando estabais en el error?
Rec. VI, 13
Pero quizá alguno de vosotros dirá: ¿Debemos, pues, observar todas las cosas que hacíamos cuando adorábamos ídolos? No todas. Pero todo lo que se hacía bien, eso debéis observarlo aun ahora; porque, si algo se hace rectamente por los que están en el error, es cierto que eso se deriva de la verdad; mientras que, si algo no se hace rectamente en la verdadera religión, eso es, sin duda, tomado prestado del error. Pues lo bueno es bueno, aunque lo hagan los que están en el error; y lo malo es malo, aunque lo hagan los que siguen la verdad. ¿O seremos tan necios que, si vemos a un adorador de ídolos ser sobrio, nos negaremos a ser sobrios, no sea que parezcamos hacer lo mismo que hace el que adora ídolos? No es así. Sino que sea este nuestro estudio: que si los que yerran no cometen asesinato, nosotros ni siquiera nos airiemos; si ellos no cometen adulterio, nosotros ni siquiera codiciemos la mujer ajena; si ellos aman a sus prójimos, nosotros amemos incluso a nuestros enemigos; si ellos prestan a los que tienen medios de pagar, nosotros demos a aquellos de quienes no esperamos recibir nada. Y en todas las cosas, nosotros, que esperamos la herencia del mundo eterno, debemos superar a los que conocen solo el mundo presente; sabiendo que, si sus obras, comparadas con las nuestras, se hallan semejantes e iguales en el día del juicio, habrá confusión para nosotros, porque somos hallados iguales en nuestras obras a los que son condenados a causa de la ignorancia, y no tenían esperanza del mundo venidero.
Rec. VI, 14
[«Y verdaderamente la confusión es nuestra digna porción, si no hemos hecho más que aquellos que son inferiores a nosotros en conocimiento. Pero si es confusión para nosotros ser hallados iguales a ellos en obras, ¿qué será de nosotros si el examen que ha de tener lugar nos halla inferiores y peores que ellos? Oíd, pues, cómo nuestro verdadero Profeta nos ha enseñado acerca de estas cosas; porque, con respecto a los que descuidan oír las palabras de la sabiduría, habla así: "La reina del sur se levantará en el juicio con esta generación, y la condenará, porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón; y he aquí, uno mayor que Salomón está aquí, y no lo oyen." Pero con respecto a los que rehusaron arrepentirse de sus malas obras, habló así: "Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque se arrepintieron por la predicación de Jonás; y he aquí, uno mayor que Jonás está aquí." Veis, pues, cómo condenó a los que habían sido instruidos en la ley, aduciendo el ejemplo de los que vinieron de la ignorancia gentil, y mostrando que los primeros no eran siquiera iguales a los que parecían vivir en el error. De todas estas cosas, pues, queda probada la afirmación que propuso: que la castidad, que se observa hasta cierto punto incluso por los que viven en el error, debe ser mantenida mucho más pura y estrictamente, en todas sus formas, como mostramos arriba, por nosotros que seguimos la verdad; y tanto más cuanto que a nosotros se nos asignan recompensas eternas por su observancia.»]
Rec. VI, 15
Cuando hubo dicho estas cosas, y otras semejantes, despidió a la multitud; y habiendo cenado, según su costumbre, con sus amigos, se fue a dormir. Y mientras de este modo enseñaba la palabra de Dios durante tres meses enteros, y convertía a multitudes a la fe, al fin me ordenó ayunar; y después del ayuno me confirió el bautismo de agua siempre manante, en las fuentes que se hallan junto al mar. Y cuando, por la gracia de la regeneración divinamente conferida sobre mí, hubimos celebrado gozosamente la fiesta con nuestros hermanos, Pedro ordenó a los que habían sido designados para ir delante de él que se dirigieran a Antioquía y allí esperaran tres meses más. Y habiendo partido ellos, él mismo condujo a las fuentes, que, como he dicho, están cerca del mar, a los que habían recibido plenamente la fe del Señor, y los bautizó; y celebrando la Eucaristía con ellos, nombró como obispo suyo a Maro, que lo había hospedado en su casa y que ya era perfecto en todas las cosas; y con él ordenó al mismo tiempo doce presbíteros y diáconos. Instituyó asimismo el orden de las viudas y dispuso todos los servicios de la Iglesia; y les encargó a todos que obedecieran en todo a su obispo Maro, en cuanto les mandara. Y así, dispuestas convenientemente todas las cosas, cuando se cumplieron los tres meses, nos despedimos de los que estaban en Trípolis y partimos para Antioquía.