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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. Su angustia
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 7. Llegada de Bernabé a Roma
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 19. Satisfacción de Pedro
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
  46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
  47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
  48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
  55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
  56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
  57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
  63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
  64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
  65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
  77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
  83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
  84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
  85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
  91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
  97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
  98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
  99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
  100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
  101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
  102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
  103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
  104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
  105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
  106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
  107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
  108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
  109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
  110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
  111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
  112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
  113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
  114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
  115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
  116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
  117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
  118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
  119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
  120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
  121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
  122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
  123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
  124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
  125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
  126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
  127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
  128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
  129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
  130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
  131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
  132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
  133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
  134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
  135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
  136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
  137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
  138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
  139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
  140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
  141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
  142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
  143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
  144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
  145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
  146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
  147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
  148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
  149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
  150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
  151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
  152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
  153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
  154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
  155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
  156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
  157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
  158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
  159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
  160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
  161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
  162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
  163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
  164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
  165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
  166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
  167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
  168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
  169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
  170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
  171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
  172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
  173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
  174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
  175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
  176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
  177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
  178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
  179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
  180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
  181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
  182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
  183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
  184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
  185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
  186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
  187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
  188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
  189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
  190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
  191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
  192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
  193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
  194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
  195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
  196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
  197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
  198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
  199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
  200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
  201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
  202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
  203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
  204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
  205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
  206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
  207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
  208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
  209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
  210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
  211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
  212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
  213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
  214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
  215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

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    TEXTOS — PSEUDO-CLEMENTE

    Índice de la obra

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    Reconocimientos y Homilías clementinas

    Siglos III–IV · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Ante-Nicene Fathers54 minPosición: 0% de esta parteParte 20 de 27 · Homilía 6Publicado el Actualizado el Ref. ESC-CLEM-02

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
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    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
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    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
    40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
    46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
    47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
    48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
    55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
    56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
    57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
    63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
    64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
    65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
    77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
    83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
    84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
    85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
    91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
    97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
    98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
    99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
    100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
    101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
    102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
    103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
    104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
    105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
    106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
    107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
    108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
    109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
    110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
    111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
    112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
    113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
    114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
    115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
    116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
    117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
    118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
    119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
    120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
    121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
    122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
    123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
    124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
    125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
    126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
    127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
    128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
    129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
    130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
    131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
    132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
    133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
    134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
    135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
    136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
    137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
    138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
    139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
    140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
    141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
    142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
    143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
    144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
    145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
    146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
    147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
    148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
    149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
    150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
    151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
    152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
    153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
    154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
    155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
    156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
    157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
    158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
    159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
    160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
    161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
    162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
    163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
    164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
    165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
    166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
    167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
    168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
    169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
    170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
    171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
    172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
    173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
    174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
    175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
    176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
    177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
    178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
    179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
    180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
    181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
    182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
    183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
    184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
    185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
    186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
    187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
    188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
    189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
    190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
    191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
    192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
    193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
    194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
    195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
    196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
    197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
    198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
    199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
    200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
    201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
    202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
    203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
    204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
    205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
    206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
    207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
    208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
    209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
    210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
    211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
    212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
    213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
    214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
    215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

    Homilía 6

    Capítulo I. Clemente se encuentra con Apión

    Hom. 6, 1

    Y al tercer día, cuando vine con mis amigos al lugar señalado en Tiro, hallé a Apión sentado entre Anubión y Atenodoro, esperándonos, junto con muchos otros hombres doctos. Pero de ningún modo desanimado, los saludé, y me senté frente a Apión. Y al poco tiempo comenzó a hablar:—
    «Deseo partir del punto siguiente, y llegar con toda rapidez de una vez a la cuestión. Antes de que tú, hijo mío Clemente, te unieras a nosotros, mi amigo Anubión aquí presente, y Atenodoro, que ayer estaban entre los que te oyeron discurrir, me referían lo que dijiste de las numerosas acusaciones falsas que yo presenté contra los dioses cuando te visitaba en Roma, en el tiempo en que fingías amor, cómo los acusé de pederastia, lascivia y numerosos incestos de toda clase. Pero, hijo mío, deberías haber sabido que no hablaba en serio cuando escribí tales cosas acerca de los dioses, sino que ocultaba la verdad, por mi amor hacia ti. Esa verdad, sin embargo, si así te place, puedes oírla de mí ahora.»

    Capítulo II. Los mitos no deben tomarse literalmente

    Hom. 6, 2

    «Los más sabios de los antiguos, hombres que con arduo trabajo habían aprendido toda la verdad, mantenían oculto el camino del conocimiento de aquellos que eran indignos y no tenían gusto por las lecciones de las cosas divinas. Pues no es realmente cierto que de Urano y su madre Ge nacieran doce hijos, como los cuenta el mito: seis hijos, Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto, Cronos; y seis hijas, Tea, Temis, Mnemósine, Deméter, Tetis y Rea. Ni que Cronos, con el cuchillo de adamante, mutilara a su padre Urano, como decís, y arrojara la parte al mar; ni que Afrodita brotara de las gotas de sangre que fluyeron de ella; ni que Cronos se asociara con Rea, y devorara a su hijo primogénito Plutón, porque cierta sentencia de Prometeo lo llevó a temer que un hijo nacido de él se hiciera más fuerte que él mismo, y lo despojara de su reino; ni que devorara del mismo modo a Poseidón, su segundo hijo; ni que, cuando Zeus nació después, su madre Rea lo ocultara, y cuando Cronos lo pidió para devorarlo, le diera una piedra en su lugar; ni que esta, cuando fue devorada, oprimiera a los que habían sido devorados antes, y los obligara a salir, de modo que Plutón, que fue devorado primero, saliera primero, y después de él Poseidón, y luego Zeus; ni que Zeus, como cuenta la historia, preservado por la astucia de su madre, ascendiera al cielo, y despojara a su padre del reino; ni que castigara a los hermanos de su padre; ni que descendiera a desear a mujeres mortales; ni que se asociara con sus hermanas, e hijas, y cuñadas, y fuera culpable de vergonzosa pederastia; ni que devorara a su hija Metis, para que de ella hiciera nacer a Atenea de su propio cerebro (y de su muslo diera a luz a Dioniso, de quien se dice que fue despedazado por los Titanes); ni que celebrara un banquete en las bodas de Peleo y Tetis; ni que excluyera a Eris (la discordia) del matrimonio; ni que Eris, por su parte, así deshonrada, maquinara una ocasión de disputa y discordia entre los comensales; ni que tomara una manzana de oro de los jardines de las Hespérides, y escribiera en ella 'A la más bella.' Y luego fabulan cómo Hera, Atenea y Afrodita hallaron la manzana, y disputando por ella, acudieron a Zeus; y él no lo decidió por ellas, sino que las envió por medio de Hermes al pastor Paris, para que se juzgara su belleza. Pero no hubo tal juicio de las diosas; ni Paris dio la manzana a Afrodita; ni Afrodita, siendo así honrada, lo honró a su vez, dándole a Helena por esposa. Pues el honor otorgado por la diosa jamás habría podido dar pretexto para una guerra universal, y eso para la ruina de aquel que era honrado, él mismo casi emparentado con la raza de Afrodita. Pero, hijo mío, como dije, tales historias tienen un sentido peculiar y filosófico, que puede exponerse alegóricamente de tal modo que tú mismo escucharías con asombro.» Y yo dije: «Os ruego que no me atormentéis con la demora.» Y él dijo: «No temáis; pues no perderé tiempo, sino que comenzaré de inmediato.»

    Capítulo III. Apión procede a interpretar los mitos

    Hom. 6, 3

    «Hubo una vez un tiempo en que nada existía sino el caos y una mezcla confusa de elementos desordenados, que estaban todavía simplemente amontonados. Esto lo atestigua la naturaleza, y grandes hombres han opinado que fue así. De entre esos grandes hombres te traeré a aquel que los superó a todos en sabiduría, Homero, donde dice, con referencia a la masa confusa original: "Mas ojalá todos os volváis agua y tierra"; dando a entender que de estas cosas tuvieron origen todas las cosas, y que todas las cosas retornan a su primer estado, que es el caos, cuando las sustancias acuosas y terrosas se separan. Y Hesíodo en la Teogonía dice: "Ciertamente el caos fue lo primero que llegó a ser". Ahora bien, por "llegó a ser" evidentemente quiere decir que el caos vino a la existencia, como teniendo un principio, y que no existió siempre sin principio. Y Orfeo compara el caos a un huevo, en el cual estaba la mezcla confusa de los elementos primordiales. Este caos, que Orfeo llama huevo, es supuesto por Hesíodo, como teniendo un principio, producido de una materia infinita, y originado de la siguiente manera.»

    Capítulo IV. Origen del caos

    Hom. 6, 4

    «Esta materia, de cuatro clases y dotada de vida, era un abismo entero e infinito, por así decirlo, en corriente eterna, llevada sin orden, y formando de vez en cuando innumerables pero ineficaces combinaciones (que por lo tanto disolvía de nuevo por falta de orden); madura, en verdad, pero no capaz de ser ligada de modo que generara una criatura viviente. Y una vez sucedió que este mar infinito, que así era por su propia naturaleza impulsado con un movimiento natural, fluyó de manera ordenada de lo mismo a lo mismo (sobre sí mismo), como un remolino, mezclando las sustancias de tal modo que de cada una fluyó hacia el centro del universo (como en el embudo de un molde) precisamente aquello que era más útil y adecuado para la generación de una criatura viviente. Esto fue arrastrado hacia abajo por el remolino que todo lo arrastra, atrajo hacia sí el espíritu circundante, y habiendo sido concebido de tal modo que era muy fecundo, formó una sustancia separada. Pues así como una burbuja suele formarse en el agua, así todo lo que estaba alrededor contribuyó a la concepción de este globo esférico. Entonces salió a la luz, después de haber sido concebido en sí mismo, y fue llevado hacia arriba por el espíritu divino que lo rodeaba, quizá la cosa más grande jamás nacida; una obra de artesanía, por así decirlo, que tenía vida en sí, concebida de aquel abismo entero e infinito, en forma semejante a un huevo, y tan veloz como un pájaro.»

    Capítulo V. Explicación de Crono y Rea

    Hom. 6, 5

    «Ahora bien, debes pensar en Crono como el tiempo (chronos), y en Rea como el fluir (rheon) de la sustancia acuosa. Pues todo el cuerpo de la materia fue llevado de un lado a otro durante algún tiempo, antes de dar a luz, como un huevo, el cielo esférico que todo lo abarca (ouranos), que al principio estaba lleno de médula productora, de modo que podía producir de sí mismo elementos y colores de toda clase, mientras que de la única sustancia y del único color producía toda clase de formas. Pues como el huevo de un pavo real parece tener un solo color, mientras que potencialmente tiene en sí todos los colores del animal que ha de ser, así este huevo viviente, concebido de la materia infinita, cuando es puesto en movimiento por la materia subyacente y siempre fluyente, produce muchas formas diferentes. Pues dentro de la circunferencia se forma una criatura viviente, que es a la vez masculina y femenina, por la destreza del espíritu divino que mora en él. A esto Orfeo lo llama Fanes, porque cuando apareció (phaneis) el universo resplandeció desde él, con el lustre del más glorioso de los elementos, el fuego, perfeccionado en la humedad. Ni esto es increíble, pues en las luciérnagas la naturaleza nos da a ver una luz húmeda.»

    Capítulo VI. Fanes y Plutón

    Hom. 6, 6

    «Este huevo, pues, que fue la primera sustancia, calentándose un poco, fue roto por la criatura viviente que estaba dentro, y entonces tomó forma y salió algo; tal como Orfeo también habla de ello, donde dice: "cuando el huevo espacioso fue roto", etc. Y así, por el gran poder de aquello que apareció (phaneis) y salió, el globo alcanzó coherencia y mantuvo el orden, mientras que él mismo tomó asiento, por así decirlo, en la cumbre del cielo, difundiendo allí, en inefable misterio, luz a través de las edades sin fin. Pero la materia productora dejada dentro del globo separó las sustancias de todas las cosas. Pues primero su parte inferior, como las heces, se hundió por su propio peso; y a esto lo llamaron Plutón por su gravedad, su peso y la gran cantidad (polu) de materia subyacente, llamándolo rey del Hades y de los muertos.»

    Capítulo VII. Poseidón, Zeus y Metis

    Hom. 6, 7

    «Cuando, pues, dicen que esta sustancia primordial, aunque sumamente inmunda y tosca, fue devorada por Crono, es decir, por el tiempo, esto debe entenderse en un sentido físico, como que se hundió hacia abajo. Y el agua que se juntó después de este primer sedimento, y flotó sobre la superficie de la primera sustancia, la llamaron Poseidón. Y luego lo que quedó, lo más puro y noble de todo, pues era fuego translúcido, lo llamaron Zeus, por su naturaleza ardiente (zeousa). Ahora bien, puesto que el fuego asciende, este no fue tragado, ni hecho descender por el tiempo o Crono; sino que, como dije, la sustancia ígnea, puesto que tiene vida en sí y naturalmente asciende, voló directamente hacia arriba, al aire, que por su pureza es muy inteligente. Por su propio calor, pues, Zeus—es decir, la sustancia ardiente—atrae hacia arriba lo que queda en la humedad subyacente, a saber, aquel espíritu fortísimo y divino al que llamaron Metis.»

    Capítulo VIII. Palas y Hera

    Hom. 6, 8

    «Y este, cuando hubo alcanzado la cumbre del éter, fue devorado por este (mezclándose la humedad con el calor, por así decir); y causando en él aquella palpitación incesante, engendró la inteligencia, a la que llaman Palas por este palpitar (pallesthai). Y esta es la sabiduría artística, por la cual el artífice etéreo forjó el mundo entero. Y desde el Zeus que todo lo invade, es decir, desde este éter muy caliente, el aire (aer) se extiende hasta nuestra tierra; y a este lo llaman Hera. Por lo cual, puesto que ha venido debajo del éter, que es la sustancia más pura (así como una mujer, en cuanto a pureza, es inferior), cuando los dos fueron comparados para ver cuál era mejor, ella fue con razón considerada hermana de Zeus, por su origen de la misma sustancia, pero esposa suya, por ser inferior como una esposa.»

    Capítulo IX. Artemisa

    Hom. 6, 9

    «Y a Hera la entendemos como una feliz templanza de la atmósfera, y por eso es muy fecunda; pero Atenea, como llaman a Palas, era tenida por virgen, porque a causa del intenso calor nada podía producir. Y de manera semejante se explica Artemisa: pues la toman como la profundidad más baja del aire, y por eso la llamaron virgen, porque nada podía soportar a causa del frío extremo. Y aquella composición turbada y ebria que surge de los vapores superiores e inferiores la llamaron Dioniso, como perturbadora del intelecto. Y el agua bajo la tierra, que en naturaleza es ciertamente una, pero que fluye por todos los caminos de la tierra y se divide en muchas partes, la llamaron Osiris, como cortada en pedazos. Y entienden a Adonis como las estaciones favorables, a Afrodita como la unión y la generación, a Deméter como la tierra, a la Doncella (Proserpina) como las semillas; y a Dioniso algunos lo entienden como la vid.»

    Capítulo X. Todas estas historias son alegóricas

    Hom. 6, 10

    «Y debo pedirte que consideres todas estas historias como encarnando alguna alegoría semejante. Mira a Apolo como el sol errante (peri-polôn), hijo de Zeus, que también era llamado Mitra, como completando el período de un año. Y estas dichas transformaciones del Zeus que todo lo invade deben ser consideradas como los numerosos cambios de las estaciones, mientras que sus innumerables esposas debes entenderlas como años o generaciones. Pues el poder que procede del éter y pasa a través del aire se une con todos los años y generaciones por turno, y continuamente los varía, y así produce o destruye las cosechas. Y los frutos maduros son llamados sus hijos, atribuyéndose la esterilidad de algunas estaciones a uniones ilícitas.»

    Capítulo XI. Clemente ya ha oído todo esto antes

    Hom. 6, 11

    Mientras Apión alegorizaba de esta manera, yo quedé sumido en mis pensamientos, y parecía no seguir lo que decía. Así que interrumpió su discurso y me dijo: «Si no sigues lo que digo, ¿por qué he de hablar yo?» Y respondí: «No supongas que no entiendo lo que dices. Lo entiendo a fondo; y tanto más cuanto que no es esta la primera vez que lo oigo. Y para que sepas que no ignoro estas cosas, resumiré lo que has dicho, y añadiré en su orden, tal como las he oído de otros, las interpretaciones alegóricas de aquellas historias que has omitido.» Y Apión dijo: «Hazlo.»

    Capítulo XII. Epítome de la explicación de Apión

    Hom. 6, 12

    Y respondí: «No hablaré por ahora particularmente de aquel huevo viviente, que fue concebido por una feliz combinación de la materia infinita, y del cual, cuando fue roto, saltó el Fanes masculino-femenino, como algunos dicen. Poco digo de todo eso, hasta el punto en que este globo roto alcanzó coherencia, quedando en él algo de su materia medular; y recorreré brevemente la descripción de lo que en él tuvo lugar por obra de esta materia, con todo lo que siguió. Pues de Crono y Rea nacieron, como dices—es decir, por el tiempo y la materia—primero Plutón, que representa el sedimento que se depositó; y luego Poseidón, la sustancia líquida del medio, que flotaba sobre el cuerpo más pesado de abajo; y el tercer hijo—es decir, Zeus—es el éter, y es el más alto de todos. No fue devorado; sino que, siendo un poder ígneo, y ascendiendo naturalmente, voló hacia arriba como de un salto hasta el éter más alto.»

    Capítulo XIII. Crono y Afrodita

    Hom. 6, 13

    «Y las ataduras de Crono son la ligazón del cielo y la tierra, como he oído alegorizar a otros; y su mutilación es la separación y división de los elementos; pues todos fueron cortados y separados, según sus respectivas naturalezas, para que cada clase pudiera disponerse por sí misma. Y el tiempo ya no engendra nada; sino que las cosas que han sido engendradas por él, por una ley de la naturaleza, producen sus sucesores. Y la Afrodita que surgió del mar es la sustancia fecunda que nace de la humedad, con la cual el cálido espíritu, mezclándose, causa aquel deseo sexual y perfecciona la belleza del mundo.»

    Capítulo XIV. Peleo y Tetis, Prometeo, Aquiles y Políxena

    Hom. 6, 14

    «Y el banquete nupcial, en el que Zeus celebró la fiesta con ocasión de las bodas de la nereida Tetis y el hermoso Peleo, tiene en sí esta alegoría: para que sepas, Apión, que no eres el único de quien he oído esta clase de cosas. El banquete, pues, es el mundo, y los doce son estos puntales celestes de las Parcas, llamados el Zodíaco. Prometeo es la previsión (prometheia), por la cual todas las cosas surgieron; Peleo es la arcilla (pelos), es decir, aquello que fue recogido de la tierra y mezclado con Nereis, o el agua, para producir al hombre; y de la mezcla de los dos, es decir, agua y tierra, el primer vástago no fue engendrado, sino formado completo, y llamado Aquiles, porque nunca puso los labios (cheile) al pecho. Aún en la flor de la vida, es muerto por una flecha mientras deseaba tener a Políxena, es decir, algo distinto de la verdad y extraño (xene) a ella, robándole la muerte por una herida en su pie.»

    Capítulo XV. El juicio de Paris

    Hom. 6, 15

    «Luego Hera, Atenea y Afrodita, y Éride, y la manzana, y Hermes, y el juicio, y el pastor, tienen algún sentido oculto como el siguiente:—Hera es la dignidad; Atenea, la virilidad; Afrodita, el placer; Hermes, el lenguaje, que interpreta (hermeneutikos) el pensamiento; el pastor Paris, la pasión irracional y brutal. Ahora bien, si en la flor de la vida la razón, ese pastor del alma, es brutal, no atiende a su propia ventaja, no quiere tener nada que ver con la virilidad y la templanza, elige solo el placer y da el premio a la lujuria únicamente, pactando que ha de recibir a cambio de la lujuria lo que pueda deleitarla: quien así juzga incorrectamente elegirá el placer para su propia destrucción y la de sus amigos. Y Éride es el despecho envidioso; y las manzanas de oro de las Hespérides son quizá las riquezas, por las cuales ocasionalmente personas templadas como Hera son seducidas, y varoniles como Atenea se vuelven envidiosas, de modo que hacen cosas que no les convienen, y la belleza del alma como Afrodita es destruida bajo la apariencia de refinamiento. Para hablar brevemente, en todos los hombres las riquezas provocan la mala discordia.»

    Capítulo XVI. Hércules

    Hom. 6, 16

    «Y Hércules, que mató a la serpiente que conducía y guardaba las riquezas, es la verdadera razón filosófica que, libre de toda maldad, vaga por todo el mundo, visitando las almas de los hombres y castigando a todo lo que encuentra—a saber, hombres como leones feroces, o ciervos tímidos, o jabalíes salvajes, o hidras multiformes; y así con todos los demás trabajos fabulosos de Hércules: todos tienen una referencia oculta al valor moral. Pero estos ejemplos deben bastar, pues todo nuestro tiempo sería insuficiente si hubiéramos de repasar cada uno.»

    Capítulo XVII. Son censurables quienes inventaron tales historias

    Hom. 6, 17

    «Ahora bien, puesto que estas cosas pueden ser expuestas de manera clara, provechosa y sin perjuicio de la piedad, de modo abierto y directo, me maravillo de que llames sensatos y sabios a aquellos que las ocultaron bajo enigmas torcidos y las recubrieron con historias inmundas, y así, como impulsados por un espíritu maligno, engañaron a casi todos los hombres. Pues o estas cosas no son enigmas, sino crímenes reales de los dioses, en cuyo caso no deberían haber sido expuestas al desprecio, ni sus necesidades deberían haber sido puestas ante los hombres como modelos; o las cosas falsamente atribuidas a los dioses fueron expuestas en alegoría, y entonces, Apión, aquellos a quienes llamas sabios erraron, en que, ocultando bajo historias indignas cosas en sí mismas dignas, llevaron a los hombres al pecado, y eso no sin deshonrar a aquellos a quienes creían dioses.»

    Capítulo XVIII. Lo mismo

    Hom. 6, 18

    «Por lo cual no supongas que eran sabios, sino más bien espíritus malignos, capaces de cubrir acciones honrosas con historias perversas, para que quienes desean imitar a sus superiores emulen estas hazañas de los llamados dioses, de las que ayer en mi discurso hablé tan libremente—a saber, sus parricidios, sus asesinatos de sus hijos, sus incestos de toda clase, sus adulterios desvergonzados e incontables impurezas. Los más impíos de ellos son los que quieren que estas historias sean creídas, para no avergonzarse cuando hacen lo semejante. Si hubieran estado dispuestos a obrar con reverencia, deberían, como dije hace un momento, incluso si los dioses realmente hicieran las cosas que se cantan de ellos, haber velado sus indecencias bajo historias más decentes, y no, por el contrario, como dices que hicieron, cuando las hazañas de los dioses eran honrosas, vestirlas con formas perversas e indecentes, que, aun interpretadas, solo pueden ser entendidas con mucho trabajo; y cuando eran entendidas por algunos, ellos en verdad conseguían por su mucho esfuerzo el privilegio de no ser engañados, que podrían haber tenido sin el esfuerzo, mientras que los que eran engañados quedaban totalmente arruinados. (A aquellos, empero, que remontan las alegorías a una fuente más honrosa no me opongo; como, por ejemplo, a quienes explican una alegoría diciendo que fue la sabiduría la que brotó de la cabeza de Zeus.) En conjunto, me parece más probable que hombres perversos, robando a los dioses su honor, se atrevieron a promulgar estas historias injuriosas.»

    Capítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente

    Hom. 6, 19

    «Tampoco hallamos que la alegoría poética acerca de alguno de los dioses sea coherente consigo misma. Para no ir más lejos que la formación del universo, los poetas dicen ora que la naturaleza fue la primera causa de toda la creación, ora que lo fue la mente. Pues, dicen, el primer movimiento y la mezcla de los elementos procedieron de la naturaleza, pero fue la previsión de la mente la que los ordenó. Aun cuando afirman que fue la naturaleza la que formó el universo, no pudiendo demostrarlo en absoluto a causa de las huellas de designio en la obra, entretejen la previsión de la mente de tal manera que pueden atrapar incluso a los más sabios. Pero nosotros les decimos: Si el mundo surgió de naturaleza que se mueve a sí misma, ¿cómo llegó a tener proporción y forma, las cuales no pueden venir sino de una sabiduría superintendente, y solo pueden ser comprendidas por el conocimiento, que es el único que puede rastrear tales cosas? Si, por otra parte, es por la sabiduría como todas las cosas subsisten y mantienen el orden, ¿cómo puede ser que esas cosas surgieran del azar que se mueve a sí mismo?»

    Capítulo XX. Aquellos dioses eran realmente magos malvados

    Hom. 6, 20

    «Entonces, aquellos que optaron por hacer alegorías deshonrosas de las cosas divinas —como, por ejemplo, que Zeus devoró a Metis— cayeron en un dilema, porque no vieron que quienes, en estas historias sobre los dioses, enseñaban indirectamente la física, negaban la existencia misma de los dioses, reduciendo toda clase de dioses a meras representaciones alegóricas de las diversas sustancias del universo. Y así es más probable que los dioses que estas personas celebran hayan sido una suerte de magos malvados, que en realidad eran hombres malvados, pero que mediante la magia asumían diversas formas, cometían adulterios y quitaban la vida, y así, a los hombres antiguos que no entendían la magia, parecían dioses por las cosas que hacían; y los cuerpos y las tumbas de estos hombres pueden verse en muchas ciudades.»

    Capítulo XXI. Sus tumbas aún se ven

    Hom. 6, 21

    «Por ejemplo, como ya he mencionado, en los montes del Cáucaso se muestra la tumba de un tal Crono, un hombre, y un monarca feroz que mató a sus hijos. Y el hijo de este hombre, llamado Zeus, se volvió peor que su padre; y habiendo sido declarado por el poder de la magia gobernante del universo, cometió muchos adulterios, e infligió castigo a su padre y a sus tíos, y así murió; y los cretenses muestran su tumba. Y en Mesopotamia yacen enterrados un tal Helios en Atir, y una tal Selene en Carras. Un tal Hermes, un hombre, yace enterrado en Egipto; Ares en Tracia; Afrodita en Chipre; Esculapio en Epidauro; y las tumbas de muchos otros de tales personas se pueden ver.»

    Capítulo XXII. Por tanto, sus contemporáneos no los consideraron dioses

    Hom. 6, 22

    «Así, para los hombres de recto entendimiento, está claro que se admitía que eran mortales. Y sus contemporáneos, sabiendo que eran mortales, cuando morían ya no les prestaban más atención; y fue el paso del tiempo lo que los revistió de la gloria de los dioses. Y no hay que maravillarse de que quienes vivieron en tiempos de Esculapio y Hércules fuesen engañados, o los contemporáneos de Dionisio o de cualquier otro de los hombres de aquel tiempo, cuando incluso Héctor en Ilión y Aquiles en la isla de Leuce son adorados por los habitantes de aquellos lugares; y los opuntios adoran a Patroclo, y los rodios a Alejandro de Macedonia.»

    Capítulo XXIII. Los egipcios rinden honores divinos a un hombre

    Hom. 6, 23

    «Además, entre los egipcios hasta el día de hoy, un hombre es adorado como dios antes de su muerte. Y esto es en verdad una pequeña impiedad, que los egipcios den honores divinos a un hombre en vida; pero lo más absurdo de todo es que adoran aves, reptiles y toda clase de bestias. Pues la masa de los hombres ni piensa ni hace nada con discreción. Pero mirad, os ruego, lo más vergonzoso de todo: aquel que entre ellos es padre de dioses y de los hombres, se dice por ellos que tuvo comercio con Leda; y muchos de ellos ponen en público una pintura de esto, escribiendo encima el nombre de Zeus. Para castigar este insulto, yo desearía que pintaran a su propio rey actual en tan viles abrazos como los que se han atrevido a hacer con Zeus, y lo expusieran en público, para que por la ira de un monarca temporal, y este mortal, aprendieran a rendir honor donde se debe. Esto os digo, no porque yo mismo conozca ya al Dios verdadero; pero me alegra decir que, aunque no sé quién es Dios, creo que al menos sé claramente qué es Dios.»

    Capítulo XXIV. Lo que no es Dios

    Hom. 6, 24

    «Y en primer lugar, pues, los cuatro elementos originales no pueden ser Dios, porque tienen una causa. Ni puede ser Dios esa mezcla, ni esa composición, ni esa generación, ni ese globo que rodea el universo visible; ni las heces que confluyen en el Hades, ni el agua que flota sobre ellas; ni la sustancia ígnea, ni el aire que se extiende desde ella hasta nuestra tierra. Pues los cuatro elementos, si estuvieran fuera unos de otros, no habrían podido mezclarse para generar vida animal sin algún gran artífice. Si siempre han estado unidos, aun en este caso están ajustados por una mente artística a lo que se requiere para los miembros y partes de los animales, de modo que puedan conservar sus proporciones respectivas, tengan una forma claramente definida, y que todas las partes internas alcancen la cohesión apropiada. Del mismo modo, también las posiciones adecuadas para cada uno son determinadas, y de manera muy hermosa, por la mente artífice. En resumen, en todas las demás cosas que un ser viviente debe tener, este gran ser del mundo no carece en nada.»

    Capítulo XXV. El universo es producto de la mente

    Hom. 6, 25

    «Así, nos vemos reducidos a la suposición de que hay un artífice no engendrado, que reunió los elementos, si estaban separados; o, si estaban juntos, los mezcló artísticamente para generar vida, y perfeccionó una sola obra a partir de todo. Pues no puede ser que una obra completamente sabia pueda hacerse sin una mente que sea mayor que ella. Ni servirá decir que el amor es el artífice de todas las cosas, o el deseo, o el poder, o cualquier cosa semejante. Todas estas cosas son susceptibles de cambio y transitorias en su misma naturaleza. Ni puede ser Dios aquello que es movido por otro, mucho menos lo que es alterado por el tiempo y la naturaleza, y puede ser aniquilado.»

    Capítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea

    Hom. 6, 26

    Mientras yo decía estas cosas a Apión, Pedro se acercó desde Cesarea, y en Tiro la gente se agolpaba, apresurándose a salir a su encuentro y a unirse en una expresión de gratitud por su visita. Y Apión se retiró, acompañado únicamente por Anubión y Atenodoro; pero los demás nos apresuramos a encontrar a Pedro, y yo fui el primero en saludarlo a la puerta, y lo conduje hacia la posada. Cuando llegamos, despedimos a la gente; y cuando se dignó preguntar qué había sucedido, no oculté nada, sino que le conté las calumnias de Simón, y las formas monstruosas que había tomado, y todas las enfermedades que había enviado tras el festín sacrificial, y que algunos de los enfermos seguían allí en Tiro, mientras que otros habían seguido con Simón a Sidón justo cuando yo llegaba, esperando ser curados por él, pero que yo había oído que ninguno de ellos había sido curado por él. También conté a Pedro la controversia que había tenido con Apión; y él, por su amor hacia mí, y deseando alentarme, me alabó y me bendijo. Luego, habiendo cenado, se entregó al descanso que las fatigas de su viaje hacían tan necesario.

    Homilía 7

    Capítulo I. Pedro se dirige al pueblo

    Hom. 7, 1

    [Y] al cuarto día de nuestra estancia en Tiro, Pedro salió al amanecer, y le salieron al encuentro no pocos de los moradores de los alrededores, con muchísimos de los habitantes de la misma Tiro, que gritaban y decían: «¡Dios, por medio de ti, ten misericordia de nosotros; Dios, por medio de ti, sánanos!» Y Pedro se puso de pie sobre una piedra alta, para que todos pudieran verlo; y habiéndolos saludado de manera piadosa, comenzó así:—

    Capítulo II. Razón del poder de Simón

    Hom. 7, 2

    «Dios, que creó los cielos y todo el universo, no carece de ocasión para la salvación de los que han de ser salvados. Por lo cual, nadie, en males aparentes, le acuse precipitadamente de falta de bondad para con el hombre. Pues los hombres no conocen el desenlace de las cosas que les suceden; es más, sospechan que el resultado será malo; pero Dios sabe que resultarán bien. Así sucede en el caso de Simón. Él es un poder de la mano izquierda de Dios, y tiene autoridad para hacer daño a los que no conocen a Dios, de modo que ha podido envolveros en enfermedades; pero por estas mismas enfermedades, que han sido permitidas que vengan sobre vosotros por la buena providencia de Dios, vosotros, buscando y hallando a aquel que puede curar, habéis sido compelidos a someteros a la voluntad de Dios con ocasión de la curación del cuerpo, y a pensar en creer, para que de esta manera tengáis vuestras almas así como vuestros cuerpos en estado saludable.»

    Capítulo III. El remedio

    Hom. 7, 3

    «Ahora se me ha dicho que, después de haber sacrificado un buey, os dio un banquete en medio del foro, y que vosotros, arrebatados por el mucho vino, os hicisteis amigos no solo de los demonios malvados, sino también de su príncipe, y que de esta manera la mayoría de vosotros fuisteis presa de estas enfermedades, atrayendo sin saberlo sobre vosotros con vuestras propias manos la espada de la destrucción. Pues los demonios jamás habrían tenido poder sobre vosotros, si no hubierais cenado primero con su príncipe. Porque así desde el principio fue dada una ley por Dios, el Creador de todas las cosas, a cada uno de los dos príncipes, el de la mano derecha y el de la izquierda, de que ninguno de los dos tuviera poder sobre nadie a quien quisiera beneficiar o dañar, a menos que primero se hubiera sentado a la misma mesa con ellos. Así, pues, cuando participasteis de carne ofrecida a los ídolos, os hicisteis siervos del príncipe del mal; de igual manera, si cesáis de estas cosas y huís a refugiaros en Dios mediante el buen Príncipe de su mano derecha, honrándolo sin sacrificios, haciendo todo lo que Él quiere, sabed de verdad que no solo serán sanados vuestros cuerpos, sino que también vuestras almas se volverán saludables. Pues solo Él, destruyendo con su mano izquierda, puede vivificar con su derecha; solo Él puede herir y levantar a los caídos.»

    Capítulo IV. La Regla de Oro

    Hom. 7, 4

    «Por tanto, así como entonces fuisteis engañados por el precursor Simón, y así quedasteis muertos en vuestras almas para Dios, y fuisteis heridos en vuestros cuerpos; así ahora, si os arrepentís, como he dicho, y os sometéis a las cosas que son agradables a Dios, podréis obtener nuevas fuerzas para vuestros cuerpos y recuperar la salud de vuestra alma. Y las cosas que son agradables a Dios son estas: orar a Él, pedirle, reconociendo que Él es el dador de todas las cosas, y que da con una ley que discierne; abstenerse de la mesa de los demonios, no probar carne muerta, no tocar sangre; ser lavados de toda impureza; y lo demás en una palabra—como han oído los judíos temerosos de Dios, oíd también vosotros, y sed de una sola mente en muchos cuerpos; que cada hombre se proponga hacer a su prójimo las cosas buenas que desea para sí mismo. Y todos podéis descubrir lo que es bueno manteniendo con vosotros mismos una conversación como la siguiente: No os gustaría ser asesinados; no asesinéis a otro hombre: no os gustaría que vuestra esposa fuera seducida por otro; no cometáis adulterio: no os gustaría que os robaran alguna de vuestras cosas; no robéis nada de otro. Y así, entendiendo por vosotros mismos lo que es razonable, y haciéndolo, os volveréis amados de Dios y obtendréis curación; de lo contrario, en la vida que ahora es, vuestros cuerpos serán atormentados, y en la venidera, vuestras almas serán castigadas.»

    Capítulo V. Pedro parte hacia Sidón

    Hom. 7, 5

    Después de que Pedro pasó unos días enseñándoles de esta manera y curándolos, fueron bautizados. Y después de eso, todos se sentaron juntos en las plazas con cilicio y ceniza, afligiéndose por las otras obras maravillosas y arrepintiéndose de sus pecados anteriores. Y cuando los de Sidón lo oyeron, hicieron lo mismo, y enviaron a rogar a Pedro, ya que no podían venir ellos mismos a causa de sus enfermedades. Y Pedro no pasó muchos días en Tiro; pero cuando hubo instruido a todos sus habitantes, y los hubo librado de toda clase de enfermedades, y fundado una iglesia, y puesto sobre ella como obispo a uno de los ancianos que estaban con él, partió hacia Sidón. Pero cuando Simón oyó que Pedro venía, huyó inmediatamente a Beirut con Apión y sus amigos.

    Capítulo VI. Pedro en Sidón

    Hom. 7, 6

    Y al entrar Pedro en Sidón, trajeron a muchos en camillas y los pusieron delante de él. Y les dijo: «No penséis, os ruego, que puedo hacer algo para curaros, yo que soy un hombre mortal, sujeto yo mismo a muchos males. Pero no me negaré a mostraros el camino por el cual debéis ser salvados. Pues he aprendido del Profeta de la verdad las condiciones preordenadas por Dios antes de la fundación del mundo; es decir, las malas obras que, si los hombres las hacen, Él ha ordenado que sean dañados por el príncipe del mal, y de la misma manera las buenas obras por las cuales ha decretado que quienes han creído en Él como su Médico tengan sus cuerpos sanados y sus almas establecidas en seguridad.»

    Capítulo VII. Los dos caminos

    Hom. 7, 7

    «Conociendo, pues, estas obras buenas y malas, os doy a conocer como dos caminos, y os mostraré por cuál se pierden los viajeros y por cuál se salvan, siendo guiados por Dios. El camino de los perdidos, pues, es ancho y muy liso: los arruina sin molestarlos; pero el camino de los salvados es estrecho, escabroso, y al fin salva, no sin mucho trabajo, a quienes lo han recorrido. Y estos dos caminos están presididos por la incredulidad y la fe; y recorren el camino de la incredulidad aquellos que han preferido el placer, por causa del cual han olvidado el día del juicio, haciendo lo que no agrada a Dios, y no cuidando de salvar sus almas por la palabra, y no han buscado con afán su propio bien. Verdaderamente no saben que los consejos de Dios no son como los consejos de los hombres; pues, en primer lugar, Él conoce los pensamientos de todos los hombres, y todos deben dar cuenta no solo de sus acciones, sino también de sus pensamientos. Y es mucho menor el pecado de quienes se esfuerzan por entender bien y caen, que el de aquellos que no se esfuerzan en absoluto tras las cosas buenas. Porque ha placido a Dios que quien yerra en el conocimiento del bien, como los hombres cuentan los errores, sea salvado después de ser levemente castigado. Pero quienes no han tenido cuidado alguno de conocer el mejor camino, aunque hayan hecho innumerables otras buenas obras, si no han permanecido en el servicio que Él mismo ha señalado, incurren en la acusación de indiferencia, y son severamente castigados, y completamente destruidos.»

    Capítulo VIII. El servicio designado por Dios

    Hom. 7, 8

    «Y este es el servicio que Él ha designado: adorarle solo a Él, y confiar solo en el Profeta de la verdad, y ser bautizados para la remisión de los pecados, y así por este puro bautismo nacer de nuevo para Dios por el agua salvadora; abstenerse de la mesa de los demonios, es decir, de la comida ofrecida a los ídolos, de los cadáveres, de los animales que han sido sofocados o capturados por fieras, y de la sangre; no vivir ya más impuramente; lavarse después del acto conyugal; que las mujeres por su parte guarden la ley de la purificación; que todos sean sobrios, dados a las buenas obras, absteniéndose de la maldad, esperando la vida eterna del Dios todopoderoso, y pidiendo con oración y súplica continua que puedan alcanzarla.» Tal fue el consejo de Pedro también a los hombres de Sidón. Y en pocos días muchos se arrepintieron y creyeron, y fueron sanados. Y Pedro, habiendo fundado una iglesia, y puesto sobre ella como obispo a uno de los ancianos que estaban con él, salió de Sidón.

    Capítulo IX. Simón ataca a Pedro

    Hom. 7, 9

    Apenas hubo llegado a Berito, sobrevino un terremoto; y la multitud, corriendo hacia Pedro, dijo, «Ayúdanos, pues tememos que todos perezcamos por completo.» Entonces Simón se atrevió, junto con Apión, Anubión y Atenodoro, y los demás de sus compañeros, a clamar contra Pedro ante el pueblo en público: «¡Huid, amigos, de este hombre! Es un mago; creednos, él fue quien causó este terremoto: nos envió estas enfermedades para aterrarnos, como si él mismo fuera Dios.» Y muchas acusaciones falsas de este tenor lanzaron Simón y sus amigos contra Pedro, como contra uno que podía hacer cosas superiores al poder humano. Pero apenas el pueblo le concedió un momento de quietud, Pedro, con sorprendente audacia, soltó una pequeña risa y dijo, «Amigos, confieso que puedo, si Dios quiere, hacer lo que estos hombres dicen; y aún más: estoy dispuesto, si no creéis lo que digo, a volcar vuestra ciudad de arriba abajo.»

    Capítulo X. Simón es expulsado

    Hom. 7, 10

    Y el pueblo tuvo miedo, y prometió hacer cuanto él mandara. «Que ninguno de vosotros, pues,» dijo Pedro, «ni converse con estos hechiceros, ni tenga nada que ver con ellos.» Y apenas oyó el pueblo este mandato conciso, tomaron palos y los persiguieron hasta expulsarlos del todo fuera de la ciudad. Y los que estaban enfermos y poseídos por demonios vinieron y se arrojaron a los pies de Pedro. Y él, viendo todo esto, y deseoso de librarlos de su terror, les dijo:—

    Capítulo XI. El camino de la salvación

    Hom. 7, 11

    «Si yo fuera capaz de causar terremotos y hacer todo lo que quisiera, os aseguro que no destruiría a Simón y a sus amigos (pues no he sido enviado para destruir a los hombres), sino que lo haría mi amigo, para que ya no estorbara, con sus calumnias contra mi predicación de la verdad, la salvación de muchos. Pero si me creéis, él mismo es un mago; es un calumniador; es ministro de maldad para los que no conocen la verdad. Por tanto, tiene poder para traer enfermedades sobre los pecadores, teniendo a los propios pecadores que lo ayudan en su poder sobre ellos. Pero yo soy siervo de Dios, Creador de todas las cosas, y discípulo de su Profeta, que está a su diestra. Por lo cual, siendo yo su apóstol, predico la verdad: para servir al hombre bueno ahuyento las enfermedades, pues soy su segundo mensajero, ya que primero viene la enfermedad, pero después la curación. Por aquel mago malhechor, pues, fuisteis heridos con la enfermedad porque os rebelasteis contra Dios. Por mí, si creéis en Él, seréis curados: y así, habiendo experimentado que Él puede, podréis volveros a las buenas obras y salvar vuestras almas.»

    Capítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis

    Hom. 7, 12

    Mientras decía estas cosas, todos cayeron de rodillas ante sus pies. Y él, levantando las manos al cielo, oró a Dios y los sanó a todos con solo su sencilla oración. Y no permaneció muchos días en Berito; mas después de haber acostumbrado a muchos al servicio del único Dios, y de haberlos bautizado, y de haber puesto sobre ellos un obispo de entre los ancianos que estaban con él, se fue a Biblos. Y cuando llegó allí, y supo que Simón no los había esperado ni un día, sino que había partido en seguida a Trípolis, permaneció allí solo unos pocos días; y después de haber sanado a no pocos y de haberlos ejercitado en las Escrituras, siguió la pista de Simón a Trípolis, prefiriendo perseguirlo antes que huir de él.

    Homilía 8

    Capítulo I. Llegada de Pedro a Trípolis

    Hom. 8, 1

    [Ahora bien], cuando Pedro entraba en Trípolis, las gentes de Tiro y Sidón, Berito y Biblos, deseosas de instruirse, y muchas de los alrededores, entraron con él; y no fueron pequeñas las multitudes de la ciudad misma que deseaban verlo. Por tanto, salieron a nuestro encuentro en los arrabales los hermanos que habían sido enviados por él para averiguar tanto otros pormenores acerca de la ciudad como lo relativo a los manejos de Simón, y para venir a explicarlos. Ellos lo recibieron y lo condujeron a casa de Marón.

    Capítulo II. La solicitud de Pedro

    Hom. 8, 2

    Pero él, estando ya en la misma puerta de su alojamiento, se volvió y prometió a las multitudes que al día siguiente conversaría con ellas sobre asuntos de religión. Y cuando hubo entrado, los precursores asignaron alojamiento a los que habían venido con él. Y los huéspedes y anfitriones no quedaron por debajo del deseo de los que buscaban hospitalidad. Pero Pedro, sin saber nada de esto, preguntado por nosotros si quería tomar alimento, dijo que él no tomaría nada hasta que los que habían venido con él estuvieran acomodados. Y al asegurarle nosotros que ya estaba hecho, pues todos los habían recibido con avidez por el afecto que le tenían, de suerte que se afligían sin medida los que no tenían huéspedes a quienes hospedar,—Pedro, oyendo esto, y complacido de su ardiente filantropía, los bendijo y salió, y habiéndose bañado en el mar, tomó alimento con los precursores; y luego, llegada la tarde, durmió.

    Capítulo III. Una conversación interrumpida

    Hom. 8, 3

    Pero al despertar hacia el segundo canto del gallo, nos halló despiertos. Éramos en total dieciséis, a saber: el propio Pedro, y yo Clemente, Nicetas y Áquila, y los doce que nos habían precedido. Habiéndonos, pues, saludado, dijo, «Hoy, no estando ocupados con los de afuera, tenemos libertad para ocuparnos unos de otros. Por lo cual os contaré lo que sucedió después de vuestra partida de Tiro; y vosotros relatadme minuciosamente cuáles han sido aquí los manejos de Simón.» Mientras, pues, nos respondíamos mutuamente con relatos por ambas partes, entró uno de nuestros amigos y anunció a Pedro que Simón, al saber de su llegada, se había marchado a Siria, y que las multitudes, pensando que aquella sola noche era como un año, y no pudiendo esperar la cita que él había fijado, estaban ante las puertas conversando unos con otros en grupos y círculos acerca de la acusación lanzada por Simón, y de cómo, habiendo levantado sus expectativas y prometido que acusaría a Pedro cuando llegara de muchos males, había huido de noche al saber de su llegada. «Sin embargo,» dijo él, «están deseosos de oíros; y no sé de dónde les ha llegado un rumor según el cual vais a dirigirles la palabra hoy. Para que, pues, no sean despachados sin razón cuando estén muy fatigados, vos mismo sabéis lo que es propio que hagáis.»

    Capítulo IV. Muchos son los llamados

    Hom. 8, 4

    Entonces Pedro, maravillado del afán de las multitudes, respondió, «Ved, hermanos, cómo se cumplen manifiestamente las palabras de nuestro Señor. Pues recuerdo su dicho: 'Muchos vendrán del oriente y del occidente, del norte y del sur, y se reclinarán en el seno de Abraham, de Isaac y de Jacob'. 'Pero muchos', dijo también, 'son los llamados, y pocos los escogidos'. La venida, pues, de estos llamados se cumple. Mas en cuanto que no es de ellos mismos, sino de Dios que los ha llamado y los ha hecho venir, solo por esta razón no tienen recompensa, puesto que no es de ellos mismos, sino de Aquel que ha obrado en ellos. Pero si, después de ser llamados, hacen cosas excelentes, pues esto es de ellos mismos, entonces por esto tendrán recompensa.»

    Capítulo V. La fe, don de Dios

    Hom. 8, 5

    «Pues aun los hebreos que creen a Moisés, y no observan las cosas dichas por él, no se salvan, a menos que observen las cosas que les fueron dichas. Porque su creer a Moisés no fue de su propia voluntad, sino de Dios, que dijo a Moisés: 'He aquí, yo vengo a ti en columna de nube, para que el pueblo me oiga hablarte y te crea para siempre'. Puesto que, por tanto, tanto a los hebreos como a los que son llamados de entre los gentiles, el creer en los maestros de la verdad es de Dios, mientras que las acciones excelentes se dejan a cada uno para que las haga por su propio juicio, la recompensa se otorga con justicia a los que obran bien. Pues no habría habido necesidad de Moisés, ni de la venida de Jesús, si por sí mismos hubieran entendido lo que es razonable. Tampoco hay salvación en creer en los maestros y llamarlos señores.»

    Capítulo VI. Ocultamiento y revelación

    Hom. 8, 6

    «Pues por esta razón Jesús está oculto a los judíos, que han tomado a Moisés como su maestro, y Moisés está oculto a los que han creído en Jesús. Pues, habiendo una sola enseñanza por ambos, Dios acepta al que ha creído a cualquiera de estos. Mas creer a un maestro es para hacer las cosas dichas por Dios. Y que esto es así lo dice nuestro Señor mismo: 'Te doy gracias, Padre del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños de pecho'. Así, Dios mismo ha ocultado a un maestro a algunos, como quien conoce de antemano lo que deben hacer, y lo ha revelado a otros, que ignoran lo que deben hacer.»

    Capítulo VII. Moisés y Cristo

    Hom. 8, 7

    «Ni, por tanto, son condenados los hebreos a causa de su ignorancia de Jesús, por razón de Aquel que lo ha ocultado, si, haciendo las cosas mandadas por Moisés, no odian a Aquel a quien no conocen. Ni son condenados los de entre los gentiles, que no conocen a Moisés, por razón de Aquel que lo ha ocultado, con tal de que estos también, haciendo las cosas dichas por Jesús, no odien a Aquel a quien no conocen. Y a algunos no les aprovechará llamar señores a los maestros, pero no hacer las obras de siervos. Pues por esto nuestro Jesús mismo dijo a uno que a menudo lo llamaba Señor, pero no hacía ninguna de las cosas que Él prescribía: '¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?'. Pues no es el decir lo que aprovechará a alguno, sino el hacer. Por todos los medios, pues, hay necesidad de buenas obras. Además, si alguno ha sido tenido por digno de reconocer a ambos como predicadores de una sola doctrina, ese hombre ha sido contado como rico en Dios, entendiendo tanto las cosas antiguas como nuevas en el tiempo, y las nuevas como antiguas.»

    Capítulo VIII. Una gran congregación

    Hom. 8, 8

    Mientras Pedro hablaba así, las multitudes, como si hubieran sido llamadas por alguien, entraron en el lugar donde Pedro estaba. Entonces él, viendo una gran multitud, como la corriente suave de un río que fluye mansamente hacia él, dijo a Marón, «¿Tenéis aquí algún lugar más capaz de contener a la muchedumbre?» Entonces Marón lo condujo a un huerto al aire libre, y las multitudes lo siguieron. Pero Pedro, de pie sobre la base de una estatua que no era muy alta, apenas hubo saludado a la multitud con piadosa apostura, sabiendo que muchos de la muchedumbre que estaba cerca eran atormentados con demonios y con muchos sufrimientos de larga data, y oyéndolos gritar con lamento, y caer ante él en súplica, los reprendió y les mandó que guardaran silencio; y prometiéndoles curación después del discurso, comenzó a hablar de esta manera:—

    Capítulo IX. «Vindicad los caminos de Dios ante los hombres.»

    Hom. 8, 9

    «Al comenzar a disertar sobre el culto de Dios ante quienes del todo ignoran toda cosa, y cuyos ánimos han sido corrompidos por las acusaciones de nuestro adversario Simón, he creído necesario hablar ante todo de la inculpabilidad del Dios que ha hecho todas las cosas, partiendo de la ocasión oportunamente ofrecida por Él según su providencia, para que se sepa con cuánta razón muchos son poseídos por muchos demonios y sometidos a extraños sufrimientos, para que en esto aparezca la justicia de Dios; y para que aquellos que por ignorancia lo culpan, aprendan ahora, por el bien hablar y el bien obrar, qué sentimientos deben tener, y se retiren de su anterior acusación, atribuyendo a la ignorancia la causa de su malvada presunción, a fin de que sean perdonados.»

    Capítulo X. La ley original

    Hom. 8, 10

    «Mas así está la cosa. El único Dios bueno, habiendo hecho bien todas las cosas, y habiéndolas entregado al hombre, que fue hecho a su imagen, aquel que había sido hecho alentando de la divinidad de Aquel que lo hizo, siendo verdadero profeta y conociendo todas las cosas, para honra del Padre que le había dado todas las cosas, y para salvación de los hijos nacidos de él, como padre genuino que conserva su afecto hacia los hijos nacidos de él, y deseando que ellos, para su provecho, amen a Dios y sean amados por Él, les mostró el camino que conduce a su amistad, enseñándoles con qué obras de los hombres se complace el único Dios y Señor de todos; y habiéndoles exhibido las cosas que le son agradables, fijó una ley perpetua para todos, que ni puede ser abrogada por enemigos, ni es viciada por impío alguno, ni está oculta en lugar alguno, sino que puede ser leída por todos. A ellos, pues, por la obediencia a la ley, todas las cosas les eran en abundancia,—los más hermosos frutos, plenitud de años, ausencia de dolor y de enfermedad, otorgados sin temor, con toda salubridad del aire.»

    Capítulo XI. Causa de la caída del hombre

    Hom. 8, 11

    «Mas ellos, porque al principio no tenían experiencia de los males, siendo insensibles al don de los bienes, fueron arrastrados a la ingratitud por la abundancia de alimento y de lujos, de suerte que incluso pensaron que no hay Providencia, puesto que no habían obtenido con trabajo previo los bienes como recompensa de la justicia, en cuanto que ninguno de ellos había caído en sufrimiento alguno ni enfermedad, ni en ninguna otra necesidad; de modo que, como es usual en los hombres afligidos a causa de una transgresión malvada, deberían buscar al Dios que puede sanarlos. Mas inmediatamente después de su desprecio, que procedía de la intrepidez y del lujo seguro, les sobrevino un justo castigo, como siguiéndose de una cierta armonía dispuesta, quitándoles los bienes por haberles dañado, e introduciendo en su lugar los males, como provechosos.»

    Capítulo XII. Metamorfosis de los ángeles

    Hom. 8, 12

    «Pues de los espíritus que habitan el cielo, los ángeles que moran en la región más baja, afligidos por la ingratitud de los hombres hacia Dios, pidieron que se les permitiera entrar en la vida de los hombres, para que, haciéndose realmente hombres, con mayor trato pudieran convencer a los que habían obrado con ingratitud hacia Él, y someter a cada uno al castigo adecuado. Cuando, pues, su petición fue concedida, se metamorfosearon en toda naturaleza; pues, siendo de una sustancia más divina, pueden asumir fácilmente cualquier forma. Así se convirtieron en piedras preciosas, y en hermosa perla, y en la más bella púrpura, y en oro escogido, y en toda materia que se tiene en la mayor estima. Y cayeron en manos de unos y en el regazo de otros, y se dejaron robar por ellos. Se cambiaron también en bestias y reptiles, y en peces y aves, y en cuanto les plugo. Estas cosas también las cantan los poetas entre vosotros, por razón de la intrepidez, tal como acontecieron, atribuyendo a uno los muchos y diversos hechos de todos.»

    Capítulo XIII. La caída de los ángeles

    Hom. 8, 13

    «Mas cuando, habiendo asumido estas formas, convencieron de codiciosos a los que las robaron, y se cambiaron a sí mismos en la naturaleza de los hombres, a fin de que, viviendo santamente y mostrando la posibilidad de vivir así, sometieran a castigo a los ingratos, sin embargo, habiéndose hecho hombres en todos los respectos, participaron también de la concupiscencia humana, y siendo sometidos a ella cayeron en cohabitación con mujeres; y envueltos con ellas, y hundidos en la impureza y del todo vaciados de su primer poder, no pudieron volver a la primera pureza de su propia naturaleza, sus miembros apartados de su sustancia ígnea: pues el fuego mismo, extinguido por el peso de la concupiscencia, y cambiado en carne, hollaron el impío camino hacia abajo. Pues ellos mismos, atados con las ataduras de la carne, fueron constreñidos y fuertemente ligados; por lo cual ya no han podido ascender a los cielos.»

    Capítulo XIV. Sus descubrimientos

    Hom. 8, 14

    «Pues tras el comercio, cuando se les pedía que mostraran lo que antes eran, y no pudiendo ya hacerlo, por no poder hacer nada más después de su mancilla, deseando sin embargo complacer a sus amantes, en lugar de sí mismos mostraron las entrañas de la tierra; quiero decir, los metales escogidos: oro, bronce, plata, hierro y cosas semejantes, con todas las piedras más preciosas. Y junto con estas piedras encantadas, entregaron las artes de las cosas concernientes a cada uno, e impartieron el descubrimiento de la magia, y enseñaron la astronomía, y las virtudes de las raíces, y todo cuanto era imposible de ser hallado por la mente humana; también la fundición del oro y de la plata, y cosas semejantes, y las diversas tinturas de los vestidos. Y todas las cosas, en suma, que sirven para el adorno y deleite de las mujeres, son descubrimientos de estos demonios atados en carne.»

    Capítulo XV. Los gigantes

    Hom. 8, 15

    «Pero de su ilícito comercio brotaron hombres espurios, de estatura mucho mayor que los hombres ordinarios, a quienes después llamaron gigantes; no aquellos gigantes de pies de dragón que guerrearon contra Dios, como cantan esos mitos blasfemos de los griegos, sino salvajes en sus costumbres, y mayores que los hombres en tamaño, por cuanto habían nacido de ángeles; pero menores que los ángeles, por cuanto habían nacido de mujeres. Por tanto Dios, sabiendo que se habían embrutecido hasta la brutalidad, y que el mundo no bastaba para saciarlos (pues fue creado según la proporción de los hombres y del uso humano), para que por falta de alimento no se volvieran, contra naturaleza, a comer animales, y aun así parecieran sin culpa, como habiéndose atrevido a esto por necesidad, el Dios Todopoderoso hizo llover sobre ellos maná, adecuado a sus variados gustos; y gozaron de todo lo que quisieron. Pero ellos, a causa de su naturaleza bastarda, no complaciéndose con la pureza del alimento, anhelaron solo el sabor de la sangre. Por lo cual probaron primero la carne.»

    Capítulo XVI. Canibalismo

    Hom. 8, 16

    «Y los hombres que estaban con ellos allí por primera vez se apresuraron a hacer lo mismo. Así, aunque no nacemos ni buenos ni malos, nos convertimos en lo uno o en lo otro; y habiendo formado hábitos, con dificultad somos apartados de ellos. Pero cuando faltaron los animales irracionales, estos hombres bastardos probaron también carne humana. Pues no fue un paso largo hasta el consumo de carne semejante a la suya, habiendo probado primero la carne en otras formas.»

    Capítulo XVII. El diluvio

    Hom. 8, 17

    «Pero con el derramamiento de mucha sangre, el aire puro, contaminado con vapor impuro y enfermando a quienes lo respiraban, los hizo propensos a enfermedades, de modo que desde entonces los hombres murieron prematuramente. Pero la tierra, siendo por estos medios grandemente contaminada, primero se llenó de criaturas mortíferas que lanzan veneno. Así pues, yendo todas las cosas de mal en peor, a causa de estos demonios brutales, Dios quiso desecharlos como una mala levadura, no sea que cada generación proveniente de una semilla malvada, siendo semejante a la anterior e igualmente impía, dejara vacío de hombres salvados el mundo venidero. Y con este propósito, habiendo advertido a cierto hombre justo, con sus tres hijos, junto con sus mujeres y sus hijos, que se salvaran en un arca, envió un diluvio de agua, para que, destruido todo, el mundo purificado fuera entregado a aquel que se salvó en el arca, para un segundo comienzo de la vida. Y así sucedió.»

    Capítulo XVIII. La ley a los supervivientes

    Hom. 8, 18

    «Puesto que, por tanto, las almas de los gigantes fallecidos eran mayores que las almas humanas, por cuanto también excedían a sus cuerpos, ellos, como raza nueva, fueron llamados también con un nombre nuevo. Y a los que sobrevivieron en el mundo se les prescribió de parte de Dios, por medio de un ángel, una ley sobre cómo debían vivir. Pues siendo bastardos de raza, del fuego de los ángeles y de la sangre de las mujeres, y por tanto propensos a desear una cierta raza propia, fueron anticipados por una cierta ley justa. Pues cierto ángel les fue enviado por Dios, declarándoles su voluntad y diciendo: —»

    Capítulo XIX. La ley a los gigantes o demonios

    Hom. 8, 19

    "Estas cosas parecen bien al Dios que todo lo ve: que no os enseñoreéis de hombre alguno; que no molestéis a nadie, a menos que alguno por su propia voluntad se os someta, adorándoos y sacrificando y derramando libaciones, y participando de vuestra mesa, o realizando cualquier otra cosa que no debe, o derramando sangre, o probando carne muerta, o saciándose con lo desgarrado por las bestias, o con lo cortado, o con lo estrangulado, o con cualquier otra cosa inmunda. Pero a aquellos que se acogen a mi ley, no solo no los tocaréis, sino que además los honraréis y huiréis de su presencia. Porque todo lo que les plazca, siendo justo, respecto de vosotros, eso seréis obligados a sufrir. Pero si alguno de los que me adoran se extravía, ya cometiendo adulterio, ya practicando magia, ya viviendo impuramente, o haciendo cualquier otra de las cosas que no me agradan, entonces tendrán que sufrir algo de vuestras manos o de las de otros, según mi orden. Pero sobre ellos, cuando se arrepientan, yo, juzgando su arrepentimiento, si es digno de perdón o no, dictaré sentencia. Estas cosas, pues, debéis recordar y cumplir, sabiendo bien que ni siquiera vuestros pensamientos podrán ocultarse de Él."

    Capítulo XX. Cautivos voluntarios

    Hom. 8, 20

    «Habiéndoles encargado esto, el ángel se retiró. Pero vosotros aún ignoráis esta ley: que todo el que adora a los demonios, o les sacrifica, o participa con ellos de su mesa, quedará sujeto a ellos y recibirá de ellos todo castigo, como quien está bajo señores malvados. Y vosotros que, por ignorancia de esta ley, habéis sido corrompidos junto a sus altares y os habéis saciado con alimentos ofrecidos a ellos, habéis caído bajo su poder y no sabéis de qué modo habéis sido perjudicados en todo respecto de vuestros cuerpos. Pero debéis saber que los demonios no tienen poder sobre nadie, a menos que primero sea su compañero de mesa; pues ni siquiera su jefe puede hacer cosa alguna contra la ley que Dios les impuso, por lo cual no tiene poder sobre nadie que no lo adore; pero tampoco puede nadie recibir de ellos ninguna de las cosas que desea, ni ser dañado en nada por ellos, como podéis aprender por lo siguiente.»

    Capítulo XXI. Tentación de Cristo

    Hom. 8, 21

    «Pues una vez el rey del tiempo presente vino a nuestro Rey de justicia, sin usar violencia, porque esto no estaba en su poder, sino induciendo y persuadiendo, porque el ser persuadido está en poder de cada uno. Acercándose, pues, a Él, como rey de las cosas presentes, dijo al Rey de las cosas futuras: "Todos los reinos del mundo presente están sujetos a mí; también el oro y la plata y todo el lujo de este mundo están bajo mi poder. Por tanto, póstrate y adórame, y te daré todas estas cosas." Y esto lo decía sabiendo que, después de adorarlo, tendría poder también sobre Él, y así le arrebataría la gloria y el reino futuros. Pero Él, que todo lo sabía, no solo no lo adoró, sino que no quiso recibir ninguna de las cosas que le eran ofrecidas por él. Pues se comprometió con los suyos a que de allí en adelante no era lícito siquiera tocar las cosas entregadas a aquel. Por tanto respondió y dijo: "Temerás al Señor tu Dios, y solo a Él servirás."

    Capítulo XXII. La cena de bodas

    Hom. 8, 22

    «Sin embargo, el rey de los impíos, esforzándose por atraer a su propio consejo al Rey de los piadosos, y no pudiendo, cesó en sus esfuerzos, emprendiendo perseguirlo por el resto de su vida. Pero vosotros, ignorando la ley preordenada, estáis bajo su poder por las malas obras. Por lo cual estáis contaminados en cuerpo y alma, y en la vida presente sois tiranizados por sufrimientos y demonios, pero en la venidera tendréis vuestras almas para ser castigadas. Y esto no lo sufrís vosotros solos por ignorancia, sino también algunos de nuestra nación, quienes, habiendo sido puestos por las malas obras bajo el poder del príncipe de la maldad, como personas invitadas a una cena por un padre que celebra las bodas de su hijo, no han obedecido. Pero en lugar de aquellos que por preocupación desobedecieron, el Padre que celebra las bodas de su Hijo nos ha ordenado, por medio del Profeta de la verdad, ir a las encrucijadas de los caminos, es decir, a vosotros, y revestiros con el vestido nupcial limpio, que es el bautismo, que es para la remisión de los pecados por vosotros cometidos, y traer a los buenos a la cena de Dios por el arrepentimiento, aunque al principio quedaron fuera del banquete.»

    Capítulo XXIII. Despedida de la asamblea

    Hom. 8, 23

    «Si, pues, queréis ser vestidura del Espíritu divino, apresuraos primero a despojaros de vuestra baja presunción, la cual es un espíritu inmundo y una vestidura inmunda. Y no podéis despojaros de ella de otro modo, sino siendo primero bautizados en buenas obras. Y así, siendo puros en cuerpo y en alma, gozaréis del reino eterno futuro. Por tanto, no creáis en los ídolos, ni participéis con ellos de la mesa impura, ni cometáis homicidio, ni adulterio, ni odiéis a quienes no es lícito odiar, ni robéis, ni os lancéis a obras malas; puesto que, privados de la esperanza de los bienes futuros en la vida presente, quedaréis sujetos a demonios malvados y sufrimientos terribles, y en el mundo venidero seréis castigados con fuego eterno. Ahora, pues, lo dicho es suficiente para hoy. Por lo demás, los que de vosotros estáis afligidos con dolencias, quedaos para la curación; y de los otros, los que queráis, id en paz.»

    Capítulo XXIV. Curación de los enfermos

    Hom. 8, 24

    Cuando hubo hablado así, todos permanecieron, unos para ser sanados y otros para ver a los que obtenían curación. Pero Pedro, con solo imponerles las manos y orar, los sanó; de modo que los que fueron curados al instante se alegraron muchísimo, y los que miraban se maravillaron en extremo, bendijeron a Dios y creyeron con firme esperanza, y con los que habían sido sanados se marcharon a sus casas, habiendo recibido el encargo de reunirse temprano al día siguiente. Y cuando se hubieron ido, Pedro permaneció allí con sus compañeros, tomó alimento y se reanimó con el sueño.
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