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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. Su angustia
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 7. Llegada de Bernabé a Roma
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 19. Satisfacción de Pedro
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
  46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
  47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
  48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
  55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
  56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
  57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
  63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
  64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
  65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
  77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
  83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
  84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
  85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
  91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
  97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
  98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
  99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
  100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
  101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
  102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
  103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
  104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
  105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
  106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
  107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
  108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
  109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
  110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
  111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
  112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
  113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
  114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
  115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
  116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
  117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
  118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
  119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
  120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
  121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
  122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
  123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
  124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
  125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
  126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
  127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
  128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
  129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
  130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
  131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
  132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
  133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
  134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
  135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
  136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
  137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
  138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
  139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
  140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
  141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
  142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
  143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
  144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
  145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
  146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
  147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
  148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
  149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
  150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
  151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
  152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
  153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
  154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
  155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
  156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
  157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
  158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
  159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
  160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
  161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
  162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
  163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
  164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
  165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
  166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
  167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
  168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
  169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
  170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
  171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
  172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
  173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
  174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
  175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
  176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
  177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
  178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
  179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
  180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
  181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
  182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
  183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
  184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
  185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
  186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
  187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
  188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
  189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
  190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
  191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
  192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
  193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
  194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
  195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
  196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
  197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
  198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
  199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
  200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
  201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
  202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
  203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
  204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
  205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
  206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
  207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
  208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
  209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
  210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
  211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
  212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
  213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
  214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
  215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

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    TEXTOS — PSEUDO-CLEMENTE

    Índice de la obra

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    Reconocimientos y Homilías clementinas

    Siglos III–IV · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Ante-Nicene Fathers52 minPosición: 0% de esta parteParte 16 de 27 · Epístolas introductoriasPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CLEM-02

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
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    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 19. Satisfacción de Pedro
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
    40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
    46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
    47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
    48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
    55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
    56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
    57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
    63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
    64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
    65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
    77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
    83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
    84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
    85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
    91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
    97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
    98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
    99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
    100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
    101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
    102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
    103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
    104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
    105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
    106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
    107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
    108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
    109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
    110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
    111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
    112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
    113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
    114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
    115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
    116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
    117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
    118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
    119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
    120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
    121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
    122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
    123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
    124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
    125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
    126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
    127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
    128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
    129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
    130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
    131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
    132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
    133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
    134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
    135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
    136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
    137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
    138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
    139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
    140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
    141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
    142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
    143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
    144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
    145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
    146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
    147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
    148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
    149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
    150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
    151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
    152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
    153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
    154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
    155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
    156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
    157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
    158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
    159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
    160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
    161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
    162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
    163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
    164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
    165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
    166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
    167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
    168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
    169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
    170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
    171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
    172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
    173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
    174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
    175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
    176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
    177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
    178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
    179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
    180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
    181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
    182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
    183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
    184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
    185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
    186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
    187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
    188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
    189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
    190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
    191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
    192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
    193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
    194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
    195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
    196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
    197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
    198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
    199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
    200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
    201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
    202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
    203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
    204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
    205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
    206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
    207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
    208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
    209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
    210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
    211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
    212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
    213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
    214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
    215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

    Epístolas introductorias

    Epístola de Pedro a Santiago

    Pedro a Santiago, saludo

    [Pedro] a Santiago, señor y obispo de la santa Iglesia, bajo el Padre de todos, por Jesucristo, desea paz siempre.
    Comentario editorial · Una carta para explicar por qué los libros aparecen tarde
    En la carta de Pedro, los libros de sus «predicaciones» no deben entregarse a nadie sin una prueba previa, a la manera en que Moisés entregó sus libros a los Setenta (la «doctrina de la reserva», cap. I). Según Riddle, el objeto de esta epístola apócrifa es dar razón de la aparición tardía de las Homilías, y parece la parte más reciente de toda la literatura clementina. Con la epístola de Clemente a Santiago, que viene después, forma para él un prefacio y una autentificación ficticia de la colección. El «hombre que es mi enemigo» (cap. II) es, en palabras de Riddle, una de las insinuaciones antipaulinas más fuertes de toda la literatura.

    Capítulo I. Doctrina de la reserva

    Pedro a Santiago, I

    Conociendo, hermano mío, tu ardiente deseo de aquello que es para provecho de todos nosotros, te ruego y te suplico que no comuniques a ninguno de los gentiles los libros de mis predicaciones que te he enviado, ni a ninguno de nuestra propia tribu antes de prueba; sino que si alguno ha sido probado y hallado digno, entonces se los entregues, a la manera en que Moisés entregó sus libros a los Setenta que sucedieron en su cátedra. Por lo cual también el fruto de aquella cautela aparece aun hasta ahora. Pues sus compatriotas guardan en todas partes la misma regla de monarquía y de gobierno, sin poder en modo alguno pensar de otra manera, ni ser apartados del camino de las Escrituras que mucho indican. Pues, conforme a la regla que les fue entregada, se esfuerzan por corregir las discordancias de las Escrituras, si alguno, acaso por no conocer las tradiciones, queda confundido ante las diversas expresiones de los profetas. Por lo cual no encargan a nadie enseñar, si no ha aprendido antes cómo deben usarse las Escrituras. Y así tienen entre ellos un solo Dios, una sola ley, una sola esperanza.

    Capítulo II. Tergiversación de la doctrina de Pedro

    Pedro a Santiago, II

    Para que, por tanto, suceda lo mismo entre nosotros que a estos Setenta, entrega los libros de mis predicaciones a nuestros hermanos, con el mismo misterio de iniciación, para que adoctrinen a los que quieran tomar parte en la enseñanza; pues si no se hace así, nuestra palabra de verdad se rasgará en muchas opiniones. Y esto lo sé, no como profeta, sino como quien ya ve el comienzo de este mismo mal. Pues algunos de entre los gentiles han rechazado mi predicación legal, adhiriéndose a cierta predicación ilegal y frívola del hombre que es mi enemigo. Y estas cosas han intentado algunos mientras yo vivo aún, transformar mis palabras mediante ciertas interpretaciones diversas, para disolución de la ley; como si yo mismo fuera de tal parecer, pero no lo proclamara libremente, ¡lo cual Dios no permita! Pues tal cosa sería obrar en oposición a la ley de Dios que fue hablada por Moisés, y de la cual nuestro Señor dio testimonio en cuanto a su eterna permanencia; pues así habló: «El cielo y la tierra pasarán, pero ni una jota ni una tilde pasará de la ley.» Y esto lo ha dicho, para que todas las cosas se cumplieran. Pero estos hombres, profesando, no sé cómo, conocer mi pensamiento, emprenden explicar mis palabras, que han oído de mí, más inteligentemente que yo, que las dije, diciendo a sus catecúmenos que este es mi sentir, lo cual en verdad jamás pensé. Pero si, estando yo vivo todavía, osan tergiversarme así, ¡cuánto más osarán hacerlo los que vengan después de mí!

    Capítulo III. Iniciación

    Pedro a Santiago, III

    Por tanto, para que tal cosa no suceda, con este fin he rogado y te he suplicado que no comuniques los libros de mis predicaciones que te he enviado a nadie, sea de nuestra nación o de otra nación, antes de prueba; sino que si alguno, habiendo sido probado, ha sido hallado digno, entonces se los entregues, conforme a la iniciación de Moisés, por la cual entregó sus libros a los Setenta que sucedieron en su cátedra; a fin de que así guarden la fe, y entreguen en todas partes la regla de la verdad, explicando todas las cosas según nuestra tradición; no sea que, arrastrados ellos mismos por la ignorancia, inducidos a error por conjeturas según su propio entender, traigan a otros al mismo pozo de destrucción. Ahora bien, las cosas que me han parecido bien, te las he señalado con claridad; y lo que a ti te parezca bien, tú, mi señor, ejecuta de manera conveniente. Adiós.

    Capítulo IV. Una adjuración acerca de los receptores del libro

    Adjuración, IV

    1. Por tanto Santiago, habiendo leído la epístola, mandó llamar a los ancianos; y habiéndola leído ante ellos, dijo: «Nuestro Pedro nos ha encargado estricta y convenientemente acerca del establecimiento de la verdad, que no comuniquemos los libros de sus predicaciones, que nos han sido enviados, a cualquiera al azar, sino a uno que sea bueno y religioso, y que quiera enseñar, y que sea circuncidado, y fiel. Y no todos han de serle entregados de una vez; para que, si fuere hallado imprudente en los primeros, no se le confíen los otros. Por lo cual sea probado no menos de seis años. Y entonces, conforme a la iniciación de Moisés, el que ha de entregar los libros lo lleve a un río o a una fuente, que es agua viva, donde tiene lugar la regeneración de los justos, y hágale, no jurar—pues eso no es lícito—sino estar de pie junto al agua y adjurar, como nosotros mismos, cuando fuimos regenerados, fuimos hechos hacer para no pecar.»
    2. «Y diga: 'Pongo por testigos al cielo, a la tierra, al agua, en la cual todas las cosas se comprenden, y además de todos estos, también a aquel aire que todo lo penetra, y sin el cual no puedo respirar, que seré siempre obediente a aquel que me da los libros de las predicaciones; y esos mismos libros que él me diere, no los comunicaré a nadie de manera alguna, ya sea escribiéndolos, o dándolos por escrito, o dándolos a un escriba, ya sea yo mismo o por otro, o por cualquier otra iniciación, o treta, o método, o guardándolos descuidadamente, o poniéndolos delante de alguno, o concediéndole permiso de verlos, o de cualquier modo o manera comunicándolos a otro; a menos que yo averigüe que uno es digno, como yo mismo he sido juzgado, o aún más, y eso después de una probación de no menos de seis años; sino que a uno que sea religioso y bueno, elegido para enseñar, como yo los he recibido, así se los entregaré, haciendo estas cosas también según la voluntad de mi obispo.»
    3. «'Mas de otro modo, aunque fuere mi hijo o mi hermano, o mi amigo, o de otra manera en algún modo me perteneciere por parentesco, si fuere indigno, que no le otorgaré el favor, como no es justo; y no seré aterrorizado por maquinaciones ni ablandado por dádivas. Pero si aun alguna vez me pareciere que los libros de las predicaciones que me han sido dados no son verdaderos, no los comunicaré así, sino que los devolveré. Y cuando saliere fuera, los llevaré conmigo, cuantos de ellos posea. Pero si no quisiere llevarlos conmigo, no permitiré que estén en mi casa, sino que los depositaré en mi obispo, teniendo la misma fe, y procediendo de las mismas personas que yo. Pero si me sobreviniere estar enfermo, y en expectación de la muerte, y si fuere sin hijos, obraré de la misma manera. Mas si muriere teniendo un hijo que no sea digno, o que aún no sea capaz, obraré de la misma manera. Pues los depositaré en mi obispo, a fin de que si mi hijo, cuando crezca, fuere digno de la confianza, se los dé como legado de su padre, conforme a los términos de este compromiso.»
    4. «'Y que así lo haré, pongo de nuevo por testigos al cielo, a la tierra, al agua, en la cual todas las cosas están envueltas, y además de todos estos, al aire que todo lo penetra, sin el cual no puedo respirar, que seré siempre obediente a aquel que me da estos libros de las predicaciones, y observaré en todas las cosas lo que he comprometido, o aun algo más. A mí, por tanto, guardando este pacto, me cabrá parte con los santos; mas a mí, haciendo algo contrario a lo que he pactado, que el universo me sea hostil, y el éter que todo lo penetra, y el Dios que está sobre todo, a quien nadie es superior, a quien nadie es mayor. Pero si aun llegare yo a conocimiento de otro Dios, ahora juro por él también, sea o no sea, que no obraré de otro modo. Y además de todas estas cosas, si mintiere, seré maldito vivo y muerto, y seré castigado con castigo eterno.»
    «Y después de esto, participe de pan y sal con aquel que se los entrega.»
    Comentario editorial · Una adjuración con cielo, tierra, agua y aire
    Santiago ordena que el receptor de los libros sea probado seis años y que, junto a un río o una fuente de agua viva, adjure sin jurar, poniendo por testigos al cielo, la tierra, el agua y el aire. La edición inglesa nota que esta fórmula se parece a las fórmulas bautismales que Hipólito atribuye a los elcasaítas (Refutación, libro IX, 8–12; véase la Refutación en Eusebeia) y remite a Reconocimientos I, 45–48. Riddle, que recuerda que la literatura clementina se ha relacionado con esa secta ebionita, reconoce que el vínculo no está probado y que esta semejanza, mayor en las Homilías, le da algún apoyo.

    Capítulo V. La adjuración aceptada

    Adjuración, V

    Habiendo hablado así Santiago, los ancianos quedaron en agonía de terror. Entonces Santiago, percibiendo que tenían gran temor, dijo: «Oídme, hermanos y consiervos. Si diéremos los libros a todos indistintamente, y fueren corrompidos por hombres audaces, o pervertidos por interpretaciones, como habéis oído que algunos han hecho ya, quedará aun para los que buscan de verdad la verdad, andar siempre errantes. Por lo cual es mejor que estén con nosotros, y que los comuniquemos con todo el cuidado antedicho a los que quieran vivir piadosamente, y salvar a otros. Pero si alguno, después de tomar esta adjuración, obrare de otro modo, con razón incurrirá en castigo eterno. Pues ¿por qué no ha de ser destruido él mismo quien es causa de la destrucción de otros?» Los ancianos, pues, complacidos con los sentimientos de Santiago, exclamaron: «Bendito sea Aquel que, como previendo todas las cosas, os ha constituido graciosamente como nuestro obispo;» y cuando hubieron dicho esto, todos nos levantamos, y oramos al Padre y Dios de todos, a quien sea la gloria por los siglos. Amén.

    Epístola de Clemente a Santiago

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Encabezado · encabezado
    Epístola de Pedro a Santiago

    Clemente a Santiago, saludo

    [Clemente] a Santiago, señor, y obispo de obispos, que rige Jerusalén, la santa iglesia de los Hebreos, y las iglesias en todas partes excelentemente fundadas por la providencia de Dios, con los ancianos y diáconos, y el resto de los hermanos, paz sea siempre.

    Capítulo I. Martirio de Pedro

    Clemente a Santiago, I

    Séate conocido, mi señor, que Simón, quien, por causa de la fe verdadera, y del fundamento certísimo de su doctrina, fue apartado para ser fundamento de la Iglesia, y para este fin fue por Jesús mismo, con su boca veraz, nombrado Pedro, primicias de nuestro Señor, el primero de los apóstoles; a quien primero el Padre reveló al Hijo; a quien el Cristo, con razón, bendijo; el llamado, y elegido, y compañero de mesa y de jornadas de Cristo; el excelente y aprobado discípulo, quien, como el más apto de todos, fue mandado a iluminar la parte más oscura del mundo, a saber, el Occidente, y fue capacitado para lograrlo,—¿y hasta dónde alargo mi discurso, no queriendo indicar lo que es triste, lo cual sin embargo, por necesidad, aunque de mala gana, debo decirte?—él mismo, por razón de su inmenso amor hacia los hombres, habiendo llegado hasta Roma, clara y públicamente testificando, en oposición al maligno que le resistía, que ha de haber un buen Rey sobre todo el mundo, mientras salvaba a los hombres con su doctrina inspirada por Dios, él mismo, por violencia, trocó esta existencia presente por la vida.

    Capítulo II. Ordenación de Clemente

    Clemente a Santiago, II

    Pero por aquel tiempo, cuando estaba a punto de morir, estando los hermanos congregados, tomó de repente mi mano, y se levantó, y dijo en presencia de la iglesia: «Oídme, hermanos y consiervos. Puesto que, como he sido enseñado por el Señor y Maestro Jesucristo, cuyo apóstol soy, el día de mi muerte se acerca, impongo mis manos sobre este Clemente como vuestro obispo; y a él confío mi cátedra de discurso, incluso a él que ha viajado conmigo desde el principio hasta el fin, y así ha oído todas mis homilías—quien, en una palabra, habiendo tenido parte en todas mis pruebas, ha sido hallado firme en la fe; a quien he hallado, sobre todos los demás, piadoso, filántropo, puro, docto, casto, bueno, recto, magnánimo, y esforzándose generosamente en soportar la ingratitud de algunos de los catecúmenos. Por lo cual le comunico el poder de atar y desatar, de modo que respecto de todo lo que él ordenare en la tierra, sea decretado en los cielos. Pues él atará lo que deba ser atado, y desatará lo que deba ser desatado, como quien conoce la regla de la Iglesia. Por tanto oídle, sabiendo que quien contrista al presidente de la verdad, peca contra Cristo, y ofende al Padre de todos. Por lo cual no vivirá; y por tanto conviene que quien preside ocupe el lugar de un médico, y no abrigue la rabia de una bestia irracional.»

    Capítulo III. Nolo Episcopari

    Clemente a Santiago, III

    Mientras él así hablaba, me arrodillé ante él, y le supliqué, declinando el honor y la autoridad de la cátedra. Pero él respondió: «Sobre este asunto no me preguntes; pues me ha parecido bueno que así sea, y tanto más si tú lo declinas. Porque esta cátedra no tiene necesidad de un hombre presuntuoso, ambicioso de ocuparla, sino de uno piadoso en la conducta y profundamente versado en la palabra de Dios. Mas muéstrame uno mejor que tú, que haya viajado más conmigo, y haya oído más de mis discursos, y haya aprendido mejor las ordenanzas de la Iglesia, y no te forzaré a hacer bien contra tu voluntad. Pero no estará en tu poder mostrarme tu superior; pues tú eres la primicia escogida de las multitudes salvadas por mí. Sin embargo, considera además esto: que si no emprendes la administración de la Iglesia, por temor al peligro de pecado, puedes estar seguro de que pecas más, cuando tienes en tu poder ayudar a los piadosos, que están, por así decirlo, en el mar y en peligro, y no lo haces, proveyendo solo a tu propio interés, y no a la común ventaja de todos. Mas que te conviene del todo emprender el peligro, mientras yo no ceso de pedírtelo para ayuda de todos, bien lo entiendes. Pues cuanto antes consientas, tanto antes me aliviarás de la ansiedad.»

    Capítulo IV. La recompensa del premio

    Clemente a Santiago, IV

    «Mas yo también, oh Clemente, conozco las aflicciones y ansiedades, y peligros y reproches, que te están señalados de parte de las multitudes no instruidas; y estos podrás soportarlos noblemente, mirando a la gran recompensa de paciencia que Dios te otorga. Pero considera también esto conmigo con rectitud: ¿Cuándo tiene Cristo necesidad de tu ayuda? ¿Ahora, cuando el maligno ha jurado guerra contra su esposa; o en el tiempo por venir, cuando reinará victorioso, no teniendo necesidad de más ayuda? ¿No es evidente para cualquiera que tenga aun el menor entendimiento, que es ahora? Por tanto con toda buena voluntad apresúrate en el tiempo de la presente necesidad a hacer batalla al lado de este buen Rey, cuyo carácter es dar grandes recompensas después de la victoria. Toma, pues, la superintendencia con gozo; y tanto más a buen tiempo, porque has aprendido de mí la administración de la Iglesia, para seguridad de los hermanos que se han refugiado con nosotros.»

    Capítulo V. Una encomienda

    Clemente a Santiago, V

    «Sin embargo, deseo, en presencia de todos, recordarte, por causa de todos, las cosas pertenecientes a la administración. Te conviene, viviendo sin reproche, sacudir con la mayor seriedad todos los cuidados de la vida, no siendo ni fiador, ni abogado, ni envuelto en ningún otro negocio secular. Porque Cristo no desea nombrarte ni juez ni árbitro en negocios, ni negociador de los asuntos seculares de la vida presente, no sea que, confinado a los cuidados presentes de los hombres, no tengas ocio para separar por la palabra de verdad a los buenos de entre los hombres de los malos. Mas dejad que los discípulos desempeñen estos oficios unos a otros, y no aparten a ti de los discursos que pueden salvar. Pues como es malo para ti emprender cuidados seculares, y omitir el hacer lo que te ha sido mandado, así es pecado para todo laico, si no se asisten unos a otros aun en las necesidades seculares. Y si todos no entienden de disponer que tú estés sin cuidado respecto de las cosas en que debes estarlo, que lo aprendan de los diáconos; para que tengas el cuidado de la Iglesia siempre, tanto para administrarla bien, como para presentar las palabras de verdad.»

    Capítulo VI. El deber de un obispo

    Clemente a Santiago, VI

    «Ahora bien, si estuvieres ocupado con cuidados seculares, deberías engañar tanto a ti mismo como a tus oyentes. Pues no pudiendo, por causa de la ocupación, señalar las cosas que son provechosas, tanto tú deberías ser castigado, por no haber enseñado lo que era útil, como ellos, no habiendo aprendido, perecerían por razón de la ignorancia. Por tanto, preside tú sobre ellos sin ocupación, de modo que envíes a tiempo las palabras que pueden salvarlos; y así escúchente ellos, sabiendo que cuanto el embajador de la verdad atare en la tierra es atado también en el cielo, y cuanto desatare es desatado. Mas tú atarás lo que deba ser atado, y desatarás lo que deba ser desatado. Y estas, y cosas semejantes, son las que te atañen como presidente.»

    Capítulo VII. Deberes de los presbíteros

    Clemente a Santiago, VII

    «Y respecto de los presbíteros, toma estas instrucciones. Ante todas las cosas, unan en matrimonio temprano a los jóvenes, anticipándose a los enredos de las concupiscencias juveniles. Mas tampoco descuiden el matrimonio de los que ya son viejos; pues la concupiscencia es vigorosa aun en algunos ancianos. No sea, por tanto, que la fornicación halle lugar entre vosotros, y traiga sobre vosotros una verdadera pestilencia; tomad precaución, y buscad, no sea que en algún tiempo el fuego del adulterio se encienda secretamente entre vosotros. Pues el adulterio es cosa terrible en verdad, de tal índole que tiene el segundo lugar en cuanto al castigo, siendo el primero asignado a los que están en error, aun cuando sean castos. Por lo cual vosotros, como ancianos de la Iglesia, ejercitad a la esposa de Cristo en la castidad (por esposa entiendo el cuerpo de la Iglesia); pues si ella fuere hallada casta por su real Esposo, obtendrá el mayor honor; y vosotros, como invitados a las bodas, recibiréis gran encomio. Mas si ella fuere sorprendida habiendo pecado, ella misma será echada fuera; y vosotros sufriréis castigo, si en algún tiempo su pecado ha sido por vuestra negligencia.»

    Capítulo VIII. «¿Hacer bien a todos?»

    Clemente a Santiago, VIII

    «Por lo cual, ante todas las cosas, tened cuidado de la castidad; pues la fornicación ha sido señalada como cosa amarga en la estimación de Dios. Mas hay muchas formas de fornicación, como también el mismo Clemente os explicará. La primera es el adulterio: que un hombre no goce solo de su propia mujer, o una mujer no goce solo de su propio marido. Si alguno es casto, puede también ser filántropo, por causa de lo cual obtendrá misericordia eterna. Pues como el adulterio es un gran mal, así la filantropía es el mayor bien. Por lo cual amad a todos vuestros hermanos con ojos graves y compasivos, desempeñando para los huérfanos el papel de padres, para las viudas el de maridos, proveyéndoles sustento con toda bondad, concertando matrimonios para los que están en su plenitud, y para los que no tienen oficio, los medios de necesario sustento mediante empleo; dando trabajo al artífice, y limosna a los incapaces.»

    Capítulo IX. «Permanezca el amor fraternal.»

    Clemente a Santiago, IX

    «Mas yo sé que haréis estas cosas si fijáis el amor en vuestras mentes; y para su entrada hay solo un medio apto, a saber, el común participar del alimento. Por lo cual procurad ser con frecuencia huéspedes unos de otros, según podáis, para que no os falte. Pues es causa del bien obrar, y el bien obrar de la salvación. Por tanto todos vosotros presentad vuestras provisiones en común a todos vuestros hermanos en Dios, sabiendo que, dando cosas temporales, recibiréis cosas eternas. Mucho más alimentad al hambriento, y dad de beber al sediento, y vestid al desnudo; visitad a los enfermos; mostrándoos a los que están en prisión, ayudadles según podáis, y recibid a los extranjeros en vuestras casas con toda presteza. Sin embargo, para no hablar en detalle, la filantropía os enseñará a hacer todo lo que es bueno, como la misantropía sugiere el mal obrar a los que no quieren ser salvos.»

    Capítulo X. «Todo lo que es honesto.»

    Clemente a Santiago, X

    «Que los hermanos que tengan causas que resolver no sean juzgados por las autoridades seculares; sino que sean reconciliados por todos los medios por los ancianos de la iglesia, prestando pronta obediencia a ellos. Además, huid también de la avaricia, en cuanto es capaz, bajo pretexto de ganancia temporal, de privaros de las bendiciones eternas. Guardad cuidadosamente justas vuestras balanzas, vuestras medidas, vuestros pesos, y las cosas pertenecientes a vuestro tráfico. Sed fieles respecto de vuestros depósitos. Además, perseveraréis en hacer estas cosas, y cosas semejantes a estas, hasta el fin, si tenéis en vuestros corazones un recuerdo inerradicable del juicio que viene de Dios. Pues ¿quién pecaría, estando persuadido de que al fin de la vida hay un juicio señalado del Dios justo, que solo ahora es sufrido y bueno, para que los buenos disfruten en el futuro para siempre bendiciones indecibles; mas los pecadores, hallados como malos, obtengan una eternidad de castigo indecible. Y, en verdad, que estas cosas son así, sería razonable dudarlo, si no fuera que el Profeta de la verdad ha dicho y jurado que así será.»

    Capítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas

    Clemente a Santiago, XI

    «Por lo cual, siendo discípulos del verdadero Profeta, dejando a un lado la doblez de ánimo, de la cual viene el mal obrar, emprended con anhelo el bien obrar. Pero si alguno de vosotros duda de las cosas que he dicho que han de ser, confiéselo sin vergüenza, si cuida de su propia alma, y será satisfecho por el presidente. Mas si ha creído rectamente, sea su conversación con confianza, como huyendo del gran fuego de la condenación, y entrando en el eterno buen reino de Dios.»

    Capítulo XII. Deberes de los diáconos

    Clemente a Santiago, XII

    «Además, que los diáconos de la iglesia, andando con inteligencia, sean como ojos para el obispo, inquirando cuidadosamente en las acciones de cada miembro de la iglesia, averiguando quién está a punto de pecar, a fin de que, siendo detenido con amonestación por el presidente, acaso no cumpla el pecado. Que refrenen a los desordenados, para que no desistan de congregarse a oír los discursos, de modo que puedan contrarrestar por la palabra de verdad las ansiedades que caen sobre el corazón por todos lados, por medio de las casualidades mundanas y las malas comunicaciones; pues si permanecen largo tiempo en barbecho, se convierten en combustible para el fuego. Y que se enteren quiénes están sufriendo enfermedad corporal, y los traigan a la noticia de la multitud que no los conoce, para que los visiten, y suplan sus necesidades según el juicio del presidente. Sí, aunque hagan esto sin su conocimiento, no hacen nada malo. Estas cosas, pues, y cosas semejantes a estas, atiendan los diáconos.»

    Capítulo XIII. Deberes de los catequistas

    Clemente a Santiago, XIII

    «Que los catequistas instruyan, siendo primero instruidos; pues es una obra que atañe a las almas de los hombres. Porque el maestro de la palabra debe acomodarse a los varios juicios de los aprendices. Los catequistas deben ser, por tanto, doctos e irreprensibles, de mucha experiencia, y aprobados, como sabréis que es Clemente, quien ha de ser vuestro instructor después de mí. Pues sería demasiado para mí ahora entrar en detalles. Sin embargo, si sois de una sola mente, podréis alcanzar el puerto del descanso, donde está la pacífica ciudad del gran Rey.»

    Capítulo XIV. La nave de la Iglesia

    Clemente a Santiago, XIV

    «Pues todo el negocio de la Iglesia es semejante a una gran nave, que lleva a través de una violenta tormenta a hombres que son de muchos lugares, y que desean habitar la ciudad del buen reino. Sea, pues, Dios vuestro capitán de navío; y sea el piloto asemejado a Cristo, el segundo de a bordo al obispo, y los marineros a los diáconos, los contramaestres a los catequistas, la multitud de los hermanos a los pasajeros, el mundo al mar; los vientos contrarios a las tentaciones, persecuciones, y peligros; y toda suerte de aflicciones a las olas; los vientos de tierra y sus ráfagas a los discursos de los engañadores y falsos profetas; los promontorios y escollos a los jueces en altos puestos que amenazan cosas terribles; los encuentros de dos mares, y los lugares salvajes, a los hombres irracionales y a los que dudan de las promesas de la verdad. Que los hipócritas sean considerados como semejantes a piratas. Además, tened por nada sino pecados el fuerte remolino, y la Caribdis tartárea, y los naufragios asesinos, y los mortales hundimientos. Para que, por tanto, navegando con viento favorable, podáis llegar con seguridad al puerto de la ciudad esperada, orad de modo que seáis oídos. Mas las oraciones se hacen audibles por las buenas obras.»

    Capítulo XV. Incidentes de la travesía

    Clemente a Santiago, XV

    «Permanezcan, pues, quietos los pasajeros, sentados en sus propios lugares, no sea que por desorden ocasionen balanceo o escora. Que los contramaestres atiendan al pasaje. Que los diáconos no descuiden nada de lo que les está encomendado; que los presbíteros, como marineros, dispongan con esmero lo que es necesario para cada uno. Que el obispo, como segundo de a bordo, pondere vigilantemente las palabras del piloto solo. Que Cristo, el Salvador mismo, sea amado como piloto, y solo creído en las materias de que habla; y oren todos a Dios por una próspera travesía. Que los que navegan esperen toda tribulación, como viajando sobre un gran y turbulento mar, el mundo: a veces, en verdad, desanimados, perseguidos, dispersos, hambrientos, sedientos, desnudos, acorralados; y, de nuevo, a veces unidos, congregados, en descanso; pero también mareados, aturdidos, vomitando, es decir, confesando los pecados, como bilis que produce enfermedad,—me refiero a los pecados que proceden de la amargura, y a los males acumulados de las concupiscencias desordenadas, por cuya confesión, como por vómito, sois aliviados de vuestra enfermedad, alcanzando saludable seguridad por medio del cuidado.»

    Capítulo XVI. Trabajos y recompensa del obispo

    Clemente a Santiago, XVI

    «Mas sabed todos vosotros que el obispo trabaja más que todos vosotros; porque cada uno de vosotros sufre su propia aflicción, pero él la suya y la de cada uno. Por lo cual, oh Clemente, preside como ayudador de cada uno según tu capacidad, cuidando de los cuidados de todos. De donde sé que en tu emprendimiento de la administración, no confiero, sino que recibo, un favor. Mas cobra ánimo y sopórtalo generosamente, sabiendo que Dios te recompensará cuando entres en el puerto del descanso, el mayor de los bienes, una recompensa que no puede serte quitada, en proporción al mayor trabajo que has emprendido por la salvación de todos. De modo que, si muchos de los hermanos te odiaren a causa de tu excelsa justicia, su odio en nada te dañará, pero el amor del Dios justo te beneficiará grandemente. Por tanto esfuérzate por sacudir la alabanza que nace de la injusticia, y por alcanzar la alabanza provechosa que viene de Cristo a causa de la administración justa.»

    Capítulo XVII. Deberes del pueblo

    Clemente a Santiago, XVII

    Habiendo dicho esto, y más que esto, miró de nuevo a la multitud, y dijo: «Y vosotros también, mis amados hermanos y consiervos, estad sujetos al presidente de la verdad en todas las cosas, sabiendo esto: que quien le contrista no ha recibido a Cristo, con cuya cátedra él ha sido encomendado; y quien no ha recibido a Cristo será considerado como habiendo despreciado al Padre; por lo cual será echado fuera del buen reino. Por esta razón, esforzaos por venir a todas las asambleas, no sea que como desertores incurráis en la acusación de pecado por el desánimo de vuestro capitán. Por lo cual todos vosotros pensad antes que todo en las cosas que atañen a él, sabiendo esto: que el maligno, siendo tanto más hostil a causa de cada uno de vosotros, guerrea contra él solo. Esforzaos, pues, por vivir en afecto hacia él, y en bondad unos hacia otros, y por obedecerle, a fin de que él sea consolado y vosotros seáis salvos.»

    Capítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»

    Clemente a Santiago, XVIII

    «Mas algunas cosas debéis también vosotros considerar por vosotros mismos, por causa de que él no puede hablar abiertamente a causa de las maquinaciones. Tales como: si fuere hostil a alguno, no esperéis a que él hable; y no toméis parte con aquel hombre, sino seguid prudentemente la voluntad del obispo, siendo enemigos de aquellos de quienes él es enemigo, y no conversando con aquellos con quienes él no conversa, a fin de que cada uno, deseando teneros a todos como amigos, se reconcilie con él y sea salvo, escuchando su discurso. Mas si alguno permanece amigo de aquellos de quienes él es enemigo, y habla con aquellos con quienes él no conversa, él también es uno de aquellos que asolarían la iglesia. Pues, estando con vosotros en el cuerpo, pero no con vosotros en el juicio, está contra vosotros; y es mucho peor que los enemigos abiertos de fuera, puesto que con aparente amistad dispersa a los que están dentro.»

    Capítulo XIX. Instalación de Clemente

    Clemente a Santiago, XIX

    Habiendo hablado así, puso sus manos sobre mí en presencia de todos, y me obligó a sentarme en su propia cátedra. Y cuando estuve sentado, inmediatamente me dijo: «Te ruego, en presencia de todos los hermanos aquí, que siempre que yo parta de esta vida, como partir debo, envíes a Santiago, el hermano del Señor, una breve relación de tus razonamientos desde tu niñez, y de cómo desde el principio hasta ahora has viajado conmigo, oyendo los discursos predicados por mí en cada ciudad, y viendo mis obras. Y luego al fin no dejarás de informarle de la manera de mi muerte, como antes dije. Pues ese acontecimiento no le afligirá mucho, cuando sepa que piadosamente pasé por lo que me correspondía sufrir. Y recibirá el mayor consuelo cuando sepa, que no un hombre indocto, o ignorante de las palabras dadoras de vida, o no conociendo la regla de la Iglesia, será encomendado con la cátedra del maestro después de mí. Pues el discurso de un engañador destruye las almas de las multitudes que oyen.»

    Capítulo XX. Obediencia de Clemente

    Clemente a Santiago, XX

    De donde yo, mi señor Santiago, habiendo prometido como me fue ordenado, no he dejado de escribir en libros por capítulos la mayor parte de sus discursos en cada ciudad, los cuales ya te han sido escritos, y enviados por él mismo, como por señal; y así te los despaché, inscribiéndolos «Epítome de Clemente de los sermones populares de Pedro.» Sin embargo, comenzaré a exponerlos, como me fue ordenado.

    Homilía 1

    Capítulo I. Interrogantes juveniles

    Hom. 1, 1

    [Yo, Clemente], siendo ciudadano romano, aun desde mi más tierna juventud pude vivir castamente, apartando mi mente desde la niñez la concupiscencia que había en mí hacia el abatimiento y la aflicción. Pues tenía la costumbre de razonar —no sé de dónde originado— haciendo frecuentes cavilaciones acerca de la muerte: Cuando yo muera, ¿no existiré, ni nadie tendrá jamás recuerdo alguno de mí, mientras el tiempo ilimitado lleva todas las cosas de todos los hombres al olvido? ¿Y seré entonces sin ser, o sin conocimiento de los que existen; ni conociendo ni siendo conocido, ni habiendo sido ni siendo? ¿Y ha sido hecho el mundo alguna vez? ¿Y hubo algo antes de que fuese hecho? Porque si ha existido siempre, también continuará siendo; pero si ha sido hecho, también será disuelto. Y después de su disolución, ¿habrá algo de nuevo, a menos que, tal vez, silencio y olvido? ¿O tal vez habrá algo que no es posible concebir ahora?

    Capítulo II. El bien sacado del mal

    Hom. 1, 2

    Mientras cavilaba sin cesar sobre estas y semejantes cuestiones —no sé de dónde surgidas—, tuve tan amarga aflicción que, poniéndome pálido, me consumía; y, lo que era más terrible, si en algún momento deseaba apartar esta meditación como inútil, mi sufrimiento se hacía aún más severo; y me afligía por ello, no sabiendo que albergaba en mí un huésped hermoso, mi propio pensamiento, que había de ser para mí causa de una inmortalidad bienaventurada, como después supe por experiencia, y di gracias a Dios, Señor de todas las cosas. Pues fue por este pensamiento, que al principio me afligía, que me vi obligado a venir a la búsqueda y al hallazgo de las cosas; y entonces me compadecí de aquellos a quienes al principio, por ignorancia, me atreví a llamar bienaventurados.

    Capítulo III. Perplejidad

    Hom. 1, 3

    Desde mi niñez, pues, envuelto en tales razonamientos, para aprender algo cierto solía acudir a las escuelas de los filósofos. Pero no veía otra cosa que el levantar y el derribar de doctrinas, y contiendas, y búsqueda de victoria, y las artes de los silogismos, y la destreza de las suposiciones; y a veces prevalecía una opinión—como, por ejemplo, que el alma es inmortal, y a veces que es mortal. Si, por tanto, en algún momento prevalecía la doctrina de que es inmortal, me alegraba; y cuando prevalecía la doctrina de que es mortal, me entristecía. Y de nuevo, me desanimaba más porque no podía establecer ninguna de las dos doctrinas a mi satisfacción. Sin embargo, percibí que las opiniones sobre los asuntos en discusión se toman como verdaderas o falsas, según sus defensores, y no aparecen como realmente son. Percibiendo, pues, ya que la aceptación no depende de la naturaleza real de los asuntos discutidos, sino que las opiniones se prueban verdaderas o falsas según la habilidad de quienes las defienden, quedé aún más que nunca perplejo respecto de las cosas. Por lo cual gemí desde lo profundo de mi alma. Pues ni era capaz de establecer cosa alguna, ni podía sacudirme la consideración de tales cosas, aunque, como dije antes, lo deseaba. Porque aunque con frecuencia me ordenaba estar en paz, de un modo u otro pensamientos sobre estos asuntos, acompañados de un sentimiento de placer, venían a mi mente.

    Capítulo IV. Más perplejidad

    Hom. 1, 4

    Y de nuevo, viviendo en la duda, me decía a mí mismo: ¿Por qué me afano en vano, cuando la cuestión es clara, que si pierdo la existencia al morir, no conviene que me aflija ahora mientras existo? Por lo cual reservaré mi aflicción hasta aquel día, cuando, cesando de existir, no seré afectado por la aflicción. Pero si he de existir, ¿de qué me aprovecha ahora afligirme gratuitamente? E inmediatamente después de esto otro razonamiento me asaltó; pues decía: ¿No tendré algo peor que sufrir entonces que lo que me aflige ahora, si no he vivido piadosamente; y no seré entregado, según las doctrinas de algunos filósofos, a Piriflegetonte y al Tártaro, como Sísifo, o Ticio, o Ixión, o Tántalo, y castigado para siempre en el Hades? Pero de nuevo respondía, diciendo: Pero no existen tales cosas. Sin embargo, otra vez decía: ¿Y si las hay? Por tanto, decía yo, ya que la cuestión es incierta, el plan más seguro es para mí más bien vivir piadosamente. Pero ¿cómo podré, por causa de la justicia, someter los placeres corporales, mirando, como hago, a una esperanza incierta? Pues ni estoy plenamente persuadido de cuál es aquella cosa justa agradable a Dios, ni sé si el alma es inmortal o mortal. Ni puedo hallar doctrina alguna bien establecida, ni puedo abstenerme de tales disputas.

    Capítulo V. Una resolución

    Hom. 1, 5

    ¿Qué, pues, he de hacer, a no ser esto? Iré a Egipto, y me haré amigo de los hierofantes de los santuarios, y de los profetas; y buscaré y hallaré un mago, y lo persuadiré con grandes dádivas a que realice la evocación de un alma, lo que se llama nigromancia, como si fuera a consultarle acerca de algún negocio. Y la consulta tendrá por objeto aprender si el alma es inmortal. Pero la respuesta del alma de que es inmortal no me dará el conocimiento por su hablar ni por mi oír, sino solo por ser vista; de modo que, viéndola con mis propios ojos, pueda tener una seguridad suficiente y adecuada, por el hecho mismo de aparecer, de que existe; y nunca más las inciertas palabras del oído podrán derribar las cosas que los ojos han hecho suyas. Sin embargo, sometí este mismo plan a un cierto compañero que era filósofo; y él me aconsejó no aventurarme a ello, y esto por muchas razones. «Pues si», dijo él, «el alma no escucha al mago, vivirás con mala conciencia, como habiendo obrado contra las leyes que prohíben hacer estas cosas. Pero si lo escucha, entonces, además de vivir con mala conciencia, creo que los asuntos de la piedad no se te fomentarán por hacer este intento. Pues dicen que la Deidad se irrita con quienes perturban las almas después de su liberación del cuerpo.» Y yo, cuando oí esto, me volví ciertamente más remiso para emprender tal cosa, pero no abandoné mi plan original; sino que me afligí, como impedido en su ejecución.

    Capítulo VI. Noticias de Judea

    Hom. 1, 6

    Y, para no tratar de estas cosas en un largo discurso, mientras yo estaba ocupado con tales razonamientos y acciones, un cierto rumor, que tuvo su origen en la primavera, en el reinado de Tiberio César, creció gradualmente por todas partes y corrió por el mundo como verdaderamente las buenas nuevas de Dios, no pudiendo ahogar en silencio el consejo de Dios. Por tanto, por todas partes se hizo mayor y más sonoro, diciendo que cierto Uno en Judea, comenzando en la estación de primavera, predicaba a los judíos el reino del Dios invisible, y decía que quienquiera de ellos que reformase su manera de vivir lo gozaría. Y para que se creyese que Él profería estas cosas lleno de la Divinidad, obró muchos milagros maravillosos y señales por su mera orden, como habiendo recibido poder de Dios. Pues hizo oír a los sordos, ver a los ciegos, andar a los cojos, levantó a los encorvados, ahuyentó toda enfermedad, puso en fuga a todo demonio; e incluso leprosos llagados, con solo mirarlo desde lejos, eran enviados curados por Él; y los muertos traídos a Él eran resucitados; y no había nada que Él no pudiera hacer. Y a medida que avanzaba el tiempo, tanto más grande, por la llegada de más personas, y más fuerte se hacía—no digo ya el rumor, sino—la verdad de la cosa; pues ahora por fin había reuniones en varios lugares para consulta e investigación sobre quién podría ser el que había aparecido, y cuál era su propósito.

    Capítulo VII. El Evangelio en Roma

    Hom. 1, 7

    Y entonces, en el mismo año, en la estación de otoño, cierto hombre, de pie en un lugar público, gritó y dijo: «Varones de Roma, oíd. El Hijo de Dios ha venido a Judea, proclamando vida eterna a todos los que quieran, si viven según el consejo del Padre que lo envió. Por tanto, cambiad vuestra manera de vivir de lo peor a lo mejor, de lo temporal a lo eterno; pues sabed que hay un solo Dios, que está en los cielos, cuyo mundo vosotros habitáis injustamente ante sus justos ojos. Pero si sois cambiados, y vivís según su consejo, entonces, naciendo al otro mundo, y haciéndoos eternos, gozaréis de sus inefables bienes. Pero si sois incrédulos, vuestras almas, después de la disolución del cuerpo, serán arrojadas al lugar del fuego, donde, castigadas eternamente, se arrepentirán de sus obras inútiles. Pues para cada uno, el término del arrepentimiento es la vida presente.» Yo, por tanto, cuando oí estas cosas, me afligí, porque nadie entre tan grandes multitudes, oyendo tal anuncio, dijo: Iré a Judea, para saber si este hombre que nos dice estas cosas dice la verdad, que el Hijo de Dios ha venido a Judea, por causa de una esperanza buena y eterna, revelando la voluntad del Padre que lo envió. Pues no es pequeña cosa lo que dicen que Él predica: pues afirma que las almas de algunos, siendo ellas mismas inmortales, gozarán de bienes eternos; y que las de otros, siendo arrojadas al fuego inextinguible, serán castigadas para siempre.

    Capítulo VIII. Partida de Roma

    Hom. 1, 8

    Mientras hablaba así de otros, también me reprendía a mí mismo, diciendo: ¿Por qué culpo a otros, siendo yo mismo culpable del mismo crimen de negligencia? Pero me apresuraré a ir a Judea, habiendo arreglado primero mis asuntos. Y cuando así me decidí, hubo un largo tiempo de demora, siendo mis asuntos mundanos difíciles de arreglar. Por lo tanto, meditando más sobre la naturaleza de la vida, que al envolver a los hombres en esperanza tiende lazos a los que se apresuran, sí, y cuánto tiempo me habían robado mientras era sacudido por esperanzas, y que los hombres morimos mientras estamos así ocupados, dejé todos mis asuntos como estaban, y me apresuré a Portus; y llegando al puerto, y siendo embarcado en una nave, fui llevado por vientos contrarios a Alejandría en lugar de Judea; y detenido allí por el mal tiempo, me junté con los filósofos, y les conté acerca del rumor y de los dichos de aquel que había aparecido en Roma. Y ellos respondieron que en verdad nada sabían de aquel que había aparecido en Roma; pero acerca de Aquel que nació en Judea, y de quien se decía por el rumor que era el Hijo de Dios, habían oído de muchos que habían venido de allí, y habían aprendido respecto de todas las maravillas que Él hizo con una palabra.

    Capítulo IX. Predicación de Bernabé

    Hom. 1, 9

    Y cuando dije que deseaba poder encontrarme con alguno de los que lo habían visto, inmediatamente me llevaron a uno, diciendo: «Hay aquí uno que no solo lo conoce, sino que es también de aquella tierra, un hebreo, de nombre Bernabé, que dice ser él mismo uno de sus discípulos; y reside aquí cerca, y anuncia prontamente a quienes quieran los términos de su promesa.» Entonces fui con ellos; y cuando llegué, me quedé escuchando sus palabras con la multitud que estaba alrededor de él; y percibí que hablaba la verdad no con arte dialéctica, sino que exponía sencillamente y sin preparación lo que había oído y visto hacer y decir al Hijo de Dios manifestado. E incluso de la multitud que lo rodeaba produjo muchos testigos de los milagros y discursos que narraba.

    Capítulo X. Las cavilaciones de los filósofos

    Hom. 1, 10

    Pero mientras las multitudes estaban favorablemente dispuestas hacia las cosas que él tan sencillamente hablaba, los filósofos, impulsados por su saber mundano, se pusieron a reírse de él y a burlarse, reprochándole y vituperándole con excesiva presunción, haciendo uso del gran arsenal de silogismos. Pero él dejó de lado su charlatanería, y no entró en sus sutiles preguntas, sino que sin embarazo continuó con lo que estaba diciendo. Y entonces uno de ellos preguntó: ¿Por qué un mosquito, aunque sea tan pequeño y tenga seis patas, tiene también alas; mientras que un elefante, la mayor de las bestias, es sin alas y tiene solo cuatro patas? Pero él, después de que se le puso la pregunta, reanudando su discurso, que había sido interrumpido, como si hubiera respondido a la pregunta, reanudó su discurso original, haciendo uso solo de este prefacio después de cada interrupción: Tenemos el encargo solamente de anunciaros las palabras y los hechos prodigiosos de Aquel que nos envió; y en lugar de demostración lógica, os presentamos muchos testigos de entre vosotros mismos que están presentes, cuyos rostros recuerdo, como imágenes vivientes. Estos suficientes testimonios se dejan a vuestra elección el aceptarlos o no creerlos. Pero yo no cesaré de declararos lo que es para vuestro provecho; porque callar sería para mí una pérdida, y no creer es ruina para vosotros. Pero en verdad podría dar respuestas a vuestras frívolas preguntas, si las hicierais por amor a la verdad. Pero la razón de la diferente estructura del mosquito y del elefante no conviene decirla a quienes ignoran al Dios de todo.

    Capítulo XI. El celo de Clemente

    Hom. 1, 11

    Cuando dijo esto, todos, como de común acuerdo, prorrumpieron en carcajadas, tratando de silenciarlo y echarlo fuera, como a un loco bárbaro. Pero yo, viendo esto, y arrebatado, no sé cómo, de entusiasmo, no pude guardar silencio por más tiempo con justa indignación, sino que grité audazmente, diciendo: «Bien ha ordenado Dios que su consejo no pueda ser recibido por vosotros, previendo que sois indignos, como aparece manifiestamente a aquellos de los presentes que tienen mentes capaces de juzgar. Pues mientras ahora han sido enviados heraldos de su consejo, no haciendo ostentación de arte gramatical, sino exponiendo su voluntad con palabras sencillas y sin artificio, para que todo el que oiga pueda entender lo que se dice, y no con sentimiento envidioso, como si no quisiera ofrecerlo a todos; vosotros venís aquí, y además de no entender lo que es para vuestro provecho, para vuestro propio daño os reís de la verdad, la cual, para condenación vuestra, se asocia con los bárbaros, y a la que no queréis recibir cuando os visita, a causa de vuestra maldad y de la sencillez de sus palabras, para que no seáis convictos de ser meramente amantes de palabras, y no amantes de la verdad y amantes de la sabiduría. ¿Hasta cuándo aprenderéis a hablar, vosotros que no tenéis poder de hablar? Pues muchos dichos vuestros no valen una sola palabra. ¿Qué, pues, dirá vuestra multitud griega, estando de un mismo ánimo, si, como él dice, ha de haber un juicio? “¿Por qué, oh Dios, no nos proclamaste tu consejo?” ¿No se os dirá, si acaso sois tenidos dignos de alguna respuesta, esto? “Yo, conociendo antes de la fundación del mundo todos los caracteres que habían de ser, actué hacia cada uno por anticipación según sus merecimientos sin darlo a conocer; pero queriendo dar plena seguridad a los que han huido a mí de que esto es así, y explicar por qué desde el principio, y en las primeras edades, no permití que mi consejo fuese proclamado públicamente; ahora, en el fin del mundo, he enviado heraldos a proclamar mi voluntad, y ellos son insultados y escarnecidos por aquellos que no quieren ser beneficiados, y que rechazan obstinadamente mi amistad. ¡Oh, gran agravio! Los predicadores están expuestos al peligro incluso hasta la pérdida de la vida, y esto por los hombres que son llamados a la salvación.”»

    Capítulo XII. Reprensión de Clemente al pueblo

    Hom. 1, 12

    «Y este trato injusto dado a mis heraldos habría sido contra todos desde el principio, si desde el principio los indignos hubieran sido llamados a la salvación. Pues lo que ahora estos hombres hacen injustamente sirve para vindicación de mi justa presciencia: que bien hice en no elegir desde el principio exponer inútilmente al desprecio público la palabra digna de honor, sino que determiné reservarla, como cosa honorable, no ciertamente de aquellos que eran dignos desde el principio —pues a ellos también la comuniqué—, sino de aquellos, y de los tales como aquellos, indignos, como veis que son estos, —los que me odian y no quieren amarse a sí mismos. Y ahora, dejad de reíros de este hombre y oídme con respeto en cuanto a su anuncio, o que responda cualquiera de los oyentes que quiera. Y no ladréis como perros viciosos, ensordeciendo con clamor desordenado los oídos de los que han de salvarse, vosotros, injustos y aborrecedores de Dios, que pervertís el método salvador convirtiéndolo en incredulidad. ¿Cómo podréis alcanzar perdón, vosotros que despreciáis al que es enviado a hablaros de la divinidad de Dios? Y esto lo hacéis con un hombre a quien debisteis recibir por su buena voluntad hacia vosotros, aun cuando no dijera la verdad.»

    Capítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé

    Hom. 1, 13

    Mientras yo decía estas palabras, y otras en el mismo sentido, se levantó un gran tumulto entre la multitud; y algunos, compadeciéndose de Bernabé, simpatizaban conmigo; pero otros, insensatos, rechinaban terriblemente los dientes contra mí. Mas, como ya había caído la tarde, tomé a Bernabé de la mano y, por fuerza, lo conduje contra su voluntad a mi alojamiento, y lo obligué a permanecer allí, no fuera que alguno pusiera las manos sobre él. Y habiendo pasado varios días, y habiéndome instruido brevemente en la verdadera doctrina, tan bien como pudo en pocos días, dijo que debía apresurarse hacia Judea para la observancia de la fiesta, y también porque deseaba en lo futuro juntarse con los de su propia nación.

    Capítulo XIV. Partida de Bernabé

    Hom. 1, 14

    Pero claramente me pareció que estaba desconcertado. Pues cuando le dije: «Solo exponme las palabras que has oído del Hombre que ha aparecido, y yo las adornaré con mi discurso y predicaré el consejo de Dios; y si así lo haces, dentro de pocos días navegaré contigo, pues deseo grandemente ir a la tierra de Judea, y quizá habitaré contigo toda mi vida;» —cuando oyó esto, respondió: «Si deseas informarte de nuestros asuntos y aprender lo que es para tu provecho, navega conmigo de inmediato. Pero si no quieres, ahora te daré las señas de mi casa y de las de aquellos a quienes deseas encontrar, para que, cuando elijas venir, nos halles. Pues mañana partiré para mi casa.» Y cuando vi que no se dejaba persuadir, fui con él hasta el puerto; y habiendo sabido de él las señas que había prometido darme para encontrar las moradas, le dije: «Si no fuera que mañana he de cobrar una deuda que se me debe, de inmediato me haría a la vela contigo. Pero pronto te alcanzaré.» Y habiendo dicho esto, y habiéndolo encomendado a los que mandaban la nave, regresé afligido, recordándolo como a un amigo excelente y querido.

    Capítulo XV. Introducción a Pedro

    Hom. 1, 15

    Pero habiendo pasado algunos días, y no habiendo podido cobrar toda la deuda, por causa de la prisa descuidé el resto, como cosa que me estorbaba, y yo también me hice a la vela para Judea, y en quince días llegué a Cesarea de Estratón. Y cuando hube desembarcado y buscaba alojamiento, supe que uno llamado Pedro, que era el discípulo más estimado del Hombre que había aparecido en Judea y había hecho señales y prodigios, iba a tener al día siguiente una controversia verbal con Simón, un samaritano de Gitta. Cuando oí esto, rogué que me mostraran su alojamiento; y tan pronto como lo supe, me planté ante la puerta. Y los que estaban en la casa, viéndome, discutían la cuestión de quién era yo y de dónde había venido. Y he aquí que Bernabé salió; y tan pronto como me vio, me abrazó, gozándose grandemente y llorando. Y me tomó de la mano y me condujo adonde estaba Pedro, diciéndome: «Este es Pedro, de quien te hablé como del más grande en la sabiduría de Dios, y le he hablado de ti continuamente. Entra, pues, libremente, porque le he contado tus excelentes cualidades, sin falsedad; y, al mismo tiempo, le he manifestado tu intención, de modo que él también desea verte. Por tanto, le ofrezco un gran don cuando por mis manos te presento a él.» Diciendo así, me presentó y dijo: «Este, oh Pedro, es Clemente.»

    Capítulo XVI. Salutación de Pedro

    Hom. 1, 16

    Entonces el varón bendito, saltando hacia adelante tan pronto como oyó mi nombre, me besó; y haciéndome sentar, al punto dijo: «Nobilísimamente obraste al hospedar a Bernabé, heraldo de la verdad, para honra del Dios vivo, no avergonzándote magnánimamente ni temiendo el resentimiento de la multitud ruda. Bendito serás. Pues así como tú con todo honor hospedaste al embajador de la verdad, así también la verdad misma te constituirá a ti, que eres extranjero, ciudadano de su propia ciudad. Y así te gozarás grandemente, porque ahora has prestado un pequeño favor; me refiero a la bondad de las buenas palabras. Serás heredero de bendiciones que son eternas y que de ningún modo pueden serte arrebatadas. Y no te preocupes de detallarme tu manera de vivir; pues el veraz Bernabé nos ha detallado todo lo que a ti se refiere, haciendo mención favorable de ti casi cada día. Y para decirte brevemente, como a un amigo verdadero, lo que hay entre manos, viaja con nosotros, si nada te lo impide, participando de las palabras de verdad que voy a hablar de ciudad en ciudad, hasta la misma Roma. Y si deseas decir algo, habla.»

    Capítulo XVII. Preguntas propuestas

    Hom. 1, 17

    Entonces expuse mi propósito desde el principio, y cómo me había consumido en cuestiones difíciles, y todas las cosas que os manifesté al comienzo, de modo que no necesito escribir de nuevo las mismas cosas. Luego dije: «Me tengo por dispuesto a viajar con vos; pues esto, no sé cómo, lo deseo de buena gana. Sin embargo, deseo primero ser convencido acerca de la verdad, para saber si el alma es mortal o inmortal; y si, siendo eterna, ha de ser juzgada por las cosas que aquí ha hecho. También, si hay algo que sea justo y agradable a Dios; y si el mundo fue hecho, y para qué fin fue hecho; y si ha de ser disuelto; y si ha de ser disuelto, si será hecho mejor, o no será del todo.» Y para no mencionarlas en detalle, dije que deseaba aprender estas cosas, y las cosas que de estas se siguen. Y a esto respondió: «En breve te daré a conocer, oh Clemente, el conocimiento de las cosas que son; y aun ahora escucha.»

    Capítulo XVIII. Causas de la ignorancia

    Hom. 1, 18

    «La voluntad de Dios ha sido guardada en obscuridad de muchas maneras. En primer lugar, está la mala instrucción, la asociación perversa, la compañía terrible, los discursos indecorosos, el prejuicio injusto. De ahí provienen el error, luego la ausencia de temor, la incredulidad, la fornicación, la avaricia, la vanagloria; y otros diez mil males semejantes, que llenan el mundo como una cantidad de humo llena una casa, han obscurecido la vista de los hombres que habitan el mundo y no les han permitido levantar los ojos y llegar a conocer a Dios Creador por la delineación de sí mismo que Él ha dado, y saber lo que le es agradable. Por lo cual conviene a los amantes de la verdad, clamando interiormente desde sus pechos, pedir auxilio, con razón amante de la verdad, para que alguien que viva dentro de la casa llena de humo se acerque y abra la puerta, de modo que la luz del sol que está afuera sea admitida en la casa, y el humo del fuego que está dentro sea expulsado.»

    Capítulo XIX. El verdadero Profeta

    Hom. 1, 19

    «Ahora bien, al Hombre que es el auxiliador lo llamo el verdadero Profeta; y Él solo es capaz de iluminar las almas de los hombres, para que con nuestros mismos ojos podamos ver la vía de la salvación eterna. Pero de otro modo es imposible, como tú también sabes, puesto que dijiste hace un momento que toda doctrina se levanta y se derriba, y la misma es tenida por verdadera o falsa según el poder de quien la defiende; de modo que las doctrinas no aparecen como son, sino que toman la apariencia de ser o no ser verdad o falsedad de parte de quienes las defienden. Por esta causa todo el asunto de la religión necesitaba un verdadero profeta, para que nos dijera las cosas que son, como son, y cómo debemos creer acerca de todas las cosas. De suerte que es necesario primeramente probar al profeta por toda señal profética, y habiendo averiguado que es verdadero, creerle en adelante en todo, y no sentarse a juzgar cada uno de sus dichos, sino recibirlos como ciertos, siendo aceptados ciertamente por una fe en apariencia, pero con juicio seguro. Pues por nuestra prueba inicial, y por la averiguación estricta de todas las cosas, todo es recibido con recta razón. Por lo cual, antes que todas las cosas, es necesario buscar al verdadero Profeta, porque sin Él es imposible que alguna certeza venga a los hombres.»

    Capítulo XX. Satisfacción de Pedro con Clemente

    Hom. 1, 20

    Y, al mismo tiempo, me satisfizo exponiéndome quién es Él y cómo se le encuentra, y presentándomelo como verdaderamente hallable, mostrando que la verdad es más manifiesta al oído por el discurso del profeta que las cosas que se ven con el ojo; de modo que me quedé asombrado, y me maravillé de que nadie vea las cosas que todos buscan, aunque las tenga delante. Sin embargo, habiendo escrito, por orden suya, este discurso acerca del Profeta, hizo que el volumen os fuera enviado desde Cesarea de Estratón, diciendo que tenía de vos el encargo de enviar sus discursos y sus hechos año por año. Así, en el primerísimo día, comenzando solo por lo referente al profeta de la verdad, me confirmó en todo respecto; y luego habló así: «De aquí en adelante atiende a las discusiones que tienen lugar entre mí y los de la parte contraria; y aun si yo quedo en desventaja, no temo que tú dudes jamás de la verdad que te ha sido entregada, sabiendo bien que yo parezco ser vencido, pero no la doctrina que nos ha sido entregada por el Profeta. Sin embargo, espero no quedar en desventaja en nuestras indagaciones con hombres que tienen entendimiento —quiero decir, amantes de la verdad, que son capaces de conocer qué discursos son especiosos, artificiosos y agradables, y cuáles son sin artificio y simples, confiando solo en la verdad que se transmite por medio de ellos.»

    Capítulo XXI. Convicción invariable

    Hom. 1, 21

    Cuando hubo hablado así, respondí: «Ahora doy gracias a Dios; pues así como deseaba ser convencido, así Él me lo ha concedido. Sin embargo, por lo que a mí respecta, estad vos tan libre de ansiedad que yo jamás dudaré; tanto así, que si vos mismo quisierais alguna vez apartarme de la doctrina profética, no podríais, tan bien sé yo lo que he recibido. Y no penséis que es cosa grande lo que os prometo de que jamás dudaré; pues ni yo mismo, ni hombre alguno que haya oído vuestro discurso acerca del Profeta, puede jamás dudar de la verdadera doctrina, habiendo primero oído y entendido cuál es la verdad del anuncio profético. Por lo cual tened confianza en el dogma querido por Dios; pues toda arte de maldad ha sido vencida. Pues contra la profecía, ni las artes de los discursos, ni los artificios de los sofismas, ni los silogismos, ni ninguna otra invención pueden prevalecer en nada; esto es, si el que ha oído al verdadero Profeta es realmente deseoso de la verdad y no atiende a ninguna otra cosa bajo pretexto de la verdad. De suerte que, mi señor Pedro, no os mostréis desconcertado, como si hubieseis presentado el mayor bien a una persona insensata; pues lo habéis presentado a uno sensible al favor, y que no puede ser apartado de la verdad que le ha sido confiada. Pues sé que es una de aquellas cosas que uno desea recibir pronto y no alcanzar lentamente. Por tanto, sé que no debo despreciar, por causa de la rapidez con que la he obtenido, lo que me ha sido confiado, lo que es incomparable y lo que solo es seguro.»

    Capítulo XXII. Acción de gracias

    Hom. 1, 22

    Cuando hube hablado así, Pedro dijo: «Doy gracias a Dios, tanto por vuestra salvación como por mi satisfacción. Pues verdaderamente me agrada saber que comprendéis cuál es la grandeza de la profecía. Puesto que, entonces, como decís, si yo mismo quisiera alguna vez —lo que Dios no permita— transferiros a otra doctrina, no podré persuadiros, comenzad desde mañana a asistirme en las discusiones con los adversarios. Y mañana tengo una con Simón Mago.» Y habiendo hablado así, y habiendo él mismo participado del alimento en privado, me ordenó que participara también; y habiendo bendecido el alimento, y habiendo dado gracias después de saciarse, y habiéndome dado cuenta de este asunto, prosiguió diciendo: «Que Dios os conceda en todas las cosas ser hecho semejante a mí y, habiendo sido bautizado, participar de la misma mesa conmigo.» Y habiendo hablado así, me ordenó ir a descansar; pues ya ciertamente mi naturaleza corporal exigía sueño.
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