Rec. III, 68
Y cuando hubo hablado largamente sobre el bautismo, despidió a la multitud y se retiró a su lugar acostumbrado de morada; y allí, mientras los doce estaban en pie a su alrededor (a saber, Zaqueo y Sofonías, José y Miqueas, Eleazar y Finees, Lázaro y Eliseo, yo, Clemente, y Nicodemo, Niceta y Aquila), se dirigió a nosotros en estos términos: [«Consideremos, hermanos míos, lo que es justo; pues es nuestro deber llevar alguna ayuda a las naciones que son llamadas a salvación. Vosotros mismos habéis oído que Simón ha partido, queriendo anticiparse a nuestro viaje. A él deberíamos haber seguido paso a paso, para que, dondequiera que intente subvertir a alguno, pudiéramos refutarlo inmediatamente. Pero, puesto que me parece injusto abandonar a los que ya se han convertido a Dios y prodigar nuestro cuidado a los que están todavía lejos, pienso que es justo que yo me quede tres meses con los de esta ciudad que se han vuelto a la fe, y que los fortalezca; y, sin embargo, que no descuidemos a los que están todavía lejos, no sea que, si se infectan por largo tiempo con el poder de una doctrina perniciosa, sea más difícil recobrarlos. Por tanto, deseo (solo, empero, si vosotros también lo juzgáis justo) que en lugar de Zaqueo, a quien acabamos de ordenar obispo, sea sustituido Benjamín, hijo de Saba; y en lugar de Clemente (a quien he resuelto tener siempre junto a mí, porque, viniendo de los gentiles, tiene un gran deseo de oír la palabra de Dios), sea sustituido Ananías, hijo de Safra; y en lugar de Niceta y Aquila, que se han convertido hace poco a la fe de Cristo, Rubelo, hermano de Zaqueo, y Zacarías, el constructor. Deseo, pues, completar el número de doce sustituyendo a estos cuatro por los otros cuatro, para que Simón sienta que yo, en ellos, estoy siempre con él.»]