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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. Su angustia
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 7. Llegada de Bernabé a Roma
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 19. Satisfacción de Pedro
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
  46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
  47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
  48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
  55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
  56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
  57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
  63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
  64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
  65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
  77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
  83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
  84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
  85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
  91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
  97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
  98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
  99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
  100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
  101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
  102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
  103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
  104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
  105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
  106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
  107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
  108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
  109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
  110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
  111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
  112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
  113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
  114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
  115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
  116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
  117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
  118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
  119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
  120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
  121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
  122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
  123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
  124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
  125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
  126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
  127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
  128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
  129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
  130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
  131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
  132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
  133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
  134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
  135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
  136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
  137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
  138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
  139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
  140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
  141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
  142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
  143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
  144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
  145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
  146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
  147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
  148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
  149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
  150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
  151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
  152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
  153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
  154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
  155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
  156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
  157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
  158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
  159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
  160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
  161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
  162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
  163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
  164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
  165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
  166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
  167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
  168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
  169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
  170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
  171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
  172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
  173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
  174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
  175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
  176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
  177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
  178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
  179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
  180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
  181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
  182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
  183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
  184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
  185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
  186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
  187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
  188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
  189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
  190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
  191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
  192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
  193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
  194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
  195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
  196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
  197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
  198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
  199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
  200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
  201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
  202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
  203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
  204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
  205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
  206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
  207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
  208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
  209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
  210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
  211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
  212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
  213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
  214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
  215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

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    TEXTOS — PSEUDO-CLEMENTE

    Índice de la obra

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    Reconocimientos y Homilías clementinas

    Siglos III–IV · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Ante-Nicene Fathers48 minPosición: 0% de esta parteParte 7 de 27 · Capítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconosPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CLEM-02

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    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 19. Satisfacción de Pedro
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
    40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
    46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
    47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
    48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
    55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
    56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
    57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
    63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
    64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
    65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
    77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
    83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
    84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
    85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
    91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
    97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
    98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
    99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
    100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
    101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
    102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
    103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
    104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
    105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
    106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
    107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
    108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
    109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
    110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
    111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
    112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
    113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
    114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
    115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
    116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
    117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
    118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
    119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
    120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
    121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
    122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
    123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
    124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
    125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
    126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
    127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
    128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
    129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
    130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
    131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
    132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
    133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
    134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
    135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
    136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
    137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
    138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
    139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
    140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
    141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
    142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
    143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
    144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
    145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
    146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
    147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
    148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
    149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
    150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
    151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
    152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
    153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
    154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
    155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
    156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
    157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
    158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
    159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
    160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
    161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
    162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
    163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
    164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
    165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
    166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
    167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
    168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
    169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
    170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
    171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
    172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
    173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
    174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
    175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
    176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
    177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
    178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
    179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
    180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
    181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
    182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
    183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
    184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
    185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
    186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
    187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
    188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
    189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
    190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
    191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
    192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
    193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
    194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
    195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
    196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
    197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
    198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
    199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
    200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
    201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
    202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
    203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
    204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
    205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
    206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
    207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
    208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
    209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
    210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
    211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
    212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
    213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
    214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
    215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

    Capítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos

    Rec. III, 66

    Ante este anuncio, todo el pueblo lloró, oyendo que iba a dejarlos; y Pedro, compadeciéndose de ellos, derramó también lágrimas; y levantando los ojos al cielo, dijo: [«A Ti, oh Dios, que has hecho el cielo y la tierra, y todas las cosas que en ellos hay, derramamos la oración de súplica, para que consueles a los que a Ti recurren en su tribulación. Pues por razón del afecto que te tienen, me aman a mí, que les he declarado tu verdad. Por lo cual, guárdalos con la diestra de tu compasión; pues ni Zaqueo ni ningún otro hombre puede serles guardián suficiente.»] Cuando hubo dicho esto, y más en el mismo sentido, impuso las manos sobre Zaqueo y oró para que pudiera desempeñar irreprensiblemente el deber de su episcopado. Entonces ordenó doce presbíteros y cuatro diáconos, y dijo: [«Os he ordenado a este Zaqueo como obispo, sabiendo que tiene temor de Dios y es experto en las Escrituras. Debéis, por tanto, honrarlo como a quien ocupa el lugar de Cristo, obedeciéndole para vuestra salvación, y sabiendo que cuanto honor y cuanta injuria se le haga, redunda en Cristo, y de Cristo en Dios. Oídlo, pues, con toda atención, y recibid de él la doctrina de la fe; y de los presbíteros las admoniciones de vida; y de los diáconos el orden de la disciplina. Tened un cuidado religioso de las viudas; asistid con vigor a los huérfanos; tened piedad de los pobres; enseñad a los jóvenes la modestia; —y, en una palabra, sosteneos unos a otros según lo exijan las circunstancias; adorad a Dios, que creó el cielo y la tierra; creed en Cristo; amaos unos a otros; sed compasivos con todos; y cumplid la caridad no solo de palabra, sino en acto y en obra.»]

    Capítulo 67. Invitación al bautismo

    Rec. III, 67

    Cuando les hubo dado estos y semejantes preceptos, hizo proclamación al pueblo, diciendo: [«Puesto que he resuelto quedarme tres meses con vosotros, si alguno lo desea, sea bautizado; para que, despojado de sus males anteriores, pueda en lo por venir, como consecuencia de su propia conducta, llegar a ser heredero de las bendiciones celestiales, como recompensa de sus buenas obras. Quien quiera, pues, venga a Zaqueo y déle su nombre, y oiga de él los misterios del reino de los cielos. Asista a ayunos frecuentes y pruébese en todas las cosas, para que al fin de estos tres meses pueda ser bautizado en el día de la fiesta. Pero cada uno de vosotros será bautizado en aguas siempre corrientes, invocándose sobre él el nombre de la triple bienaventuranza; siendo primero ungido con óleo santificado por la oración, para que, así, consagrado por estas cosas, alcance finalmente la percepción de las cosas santas.»]

    Capítulo 68. Doce enviados delante de él

    Rec. III, 68

    Y cuando hubo hablado largamente sobre el bautismo, despidió a la multitud y se retiró a su lugar acostumbrado de morada; y allí, mientras los doce estaban en pie a su alrededor (a saber, Zaqueo y Sofonías, José y Miqueas, Eleazar y Finees, Lázaro y Eliseo, yo, Clemente, y Nicodemo, Niceta y Aquila), se dirigió a nosotros en estos términos: [«Consideremos, hermanos míos, lo que es justo; pues es nuestro deber llevar alguna ayuda a las naciones que son llamadas a salvación. Vosotros mismos habéis oído que Simón ha partido, queriendo anticiparse a nuestro viaje. A él deberíamos haber seguido paso a paso, para que, dondequiera que intente subvertir a alguno, pudiéramos refutarlo inmediatamente. Pero, puesto que me parece injusto abandonar a los que ya se han convertido a Dios y prodigar nuestro cuidado a los que están todavía lejos, pienso que es justo que yo me quede tres meses con los de esta ciudad que se han vuelto a la fe, y que los fortalezca; y, sin embargo, que no descuidemos a los que están todavía lejos, no sea que, si se infectan por largo tiempo con el poder de una doctrina perniciosa, sea más difícil recobrarlos. Por tanto, deseo (solo, empero, si vosotros también lo juzgáis justo) que en lugar de Zaqueo, a quien acabamos de ordenar obispo, sea sustituido Benjamín, hijo de Saba; y en lugar de Clemente (a quien he resuelto tener siempre junto a mí, porque, viniendo de los gentiles, tiene un gran deseo de oír la palabra de Dios), sea sustituido Ananías, hijo de Safra; y en lugar de Niceta y Aquila, que se han convertido hace poco a la fe de Cristo, Rubelo, hermano de Zaqueo, y Zacarías, el constructor. Deseo, pues, completar el número de doce sustituyendo a estos cuatro por los otros cuatro, para que Simón sienta que yo, en ellos, estoy siempre con él.»]

    Capítulo 69. Disposiciones aprobadas por todos los hermanos

    Rec. III, 69

    Habiendo, pues, apartado a mí, Clemente, y a Niceta y Aquila, dijo a aquellos doce: [«Quiero que pasado mañana salgáis hacia los gentiles y sigáis las huellas de Simón, para que me informéis de todos sus pasos. También inquiriréis diligentemente los sentimientos de cada uno, y les anunciaréis que yo vendré a ellos sin demora; y, en suma, en todos los lugares instruid a los gentiles para que esperen mi venida.»] Cuando hubo dicho estas cosas, y otras en el mismo sentido, dijo: [«Vosotros también, hermanos míos, si tenéis algo que decir sobre estas cosas, hablad, no sea acaso que no sea justo lo que me parece bien a mí solo.»] Entonces todos, aplaudiéndole a una voz, dijeron: [«Te rogamos más bien que dispongas todo según tu propio juicio, y que ordenes lo que te parezca bien; pues pensamos que esta es la obra perfecta de piedad, si cumplimos lo que mandas.»]

    Capítulo 70. Partida de los doce

    Rec. III, 70

    Por tanto, el día señalado, cuando se hubieron ordenado delante de Pedro, dijeron: [«No pienses, oh Pedro, que es pequeño dolor para nosotros vernos privados del privilegio de oírte durante tres meses; pero, puesto que es bueno para nosotros hacer lo que ordenas, obedeceremos de muy buena gana. Conservaremos siempre en nuestros corazones el recuerdo de tu rostro; y así partimos diligentemente, como nos has mandado.»] Entonces él, habiendo derramado una oración al Señor por ellos, los despidió. Y cuando aquellos doce que habían sido enviados delante se hubieron ido, Pedro entró, según costumbre, y se puso en pie en el lugar de la disputa. Y se había reunido una multitud de gente, aun en mayor número que de ordinario; y todos con lágrimas lo contemplaban, por razón de lo que habían oído de él el día anterior, que estaba a punto de partir a causa de Simón. Entonces, viéndolos llorar, él también se conmovió de modo semejante, aunque se esforzaba por ocultar y contener sus lágrimas. Pero el temblor de su voz y la interrupción de su discurso delataban que estaba afligido por una emoción semejante.

    Capítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida

    Rec. III, 71

    Sin embargo, frotándose la frente con la mano, dijo: [«Tened buen ánimo, hermanos míos, y consolad vuestros corazones afligidos por medio del consejo, refiriendo todas las cosas a Dios, cuya sola voluntad ha de cumplirse y preferirse en todas las cosas. Pues supongamos por un momento que, por razón del afecto que os tenemos, obráramos contra Su voluntad y nos quedáramos con vosotros: ¿no es Él capaz, enviándome la muerte, de decretarme una separación más larga de vosotros? Y, por tanto, es mejor para nosotros llevar a cabo esta separación más breve con Su voluntad, como aquellos a quienes está prescrito obedecer a Dios en todas las cosas. Por lo cual, también vosotros debéis obedecerle con semejante sumisión, en cuanto que me amáis por ninguna otra razón sino a causa de vuestro amor a Él. Como amigos de Dios, pues, aquietáos a Su voluntad; pero juzgad también vosotros mismos lo que es justo. ¿No habría parecido malvado que, cuando Simón os engañaba, yo hubiera sido detenido por los hermanos en Jerusalén y no hubiera venido a vosotros, y eso aunque teníais entre vosotros a Zaqueo, hombre bueno y elocuente? Así ahora considerad también que sería malvado que, cuando Simón ha salido a asaltar a los gentiles, que están enteramente sin defensor, yo fuera detenido por vosotros y no lo siguiera. Por lo cual, procuremos que no realicemos, por un afecto irrazonable, la voluntad del maligno.»]

    Capítulo 72. Más de diez mil bautizados

    Rec. III, 72

    [«Entretanto, permaneceré con vosotros tres meses, como prometí. Sed constantes en oír la palabra; y al fin de ese tiempo, si algunos son capaces y quieren seguirnos, pueden hacerlo, si el deber lo admite. Y cuando digo si el deber lo admite quiero decir que nadie, por su partida, debe entristecer a alguien que no debe ser entristecido, como dejando a padres que no deben ser dejados, o a una esposa fiel, o a cualquier otra persona a la que esté obligado a dar consuelo por amor de Dios.»] Entretanto, disputando y enseñando día tras día, llenó el tiempo señalado con el trabajo de la enseñanza; y cuando llegó el día de la fiesta, más de diez mil fueron bautizados.

    Capítulo 73. Noticias de Simón

    Rec. III, 73

    Pero en aquellos días se recibió una carta de los hermanos que habían ido delante, en la que se detallaban los crímenes de Simón: cómo, yendo de ciudad en ciudad, engañaba a multitudes y en todas partes difamaba a Pedro, para que, cuando él llegara, nadie le prestara oído. Pues afirmaba que Pedro era mago, hombre impío, injurioso, astuto, ignorante y que profesaba cosas imposibles. [«Porque,»] dice él, [«afirma que los muertos han de resucitar, lo cual es imposible. Pero si alguno intenta refutarlo, es eliminado por él mediante asechanzas secretas, por medio de sus servidores. Por lo cual, yo también,»] dice él, [«cuando lo hube vencido y triunfado sobre él, huí por miedo de sus asechanzas, no fuera que me destruyera con encantamientos o tramara mi muerte con intrigas.»] Daban a entender también que se detenía principalmente en Trípolis.

    Capítulo 74. Despedida de Cesarea

    Rec. III, 74

    Pedro, pues, ordenó que la carta fuera leída al pueblo; y después de leerla, se dirigió a ellos y les dio instrucciones completas sobre todo, pero especialmente que obedecieran a Zaqueo, a quien había ordenado obispo sobre ellos. También encomendó los presbíteros y los diáconos al pueblo, y no menos el pueblo a ellos. Y entonces, anunciando que pasaría el invierno en Trípolis, dijo: [«Os encomiendo a la gracia de Dios, estando a punto de partir mañana, con la voluntad de Dios. Pero durante los tres meses enteros que él pasó en Cesarea, con fines de instrucción, todo lo que disertó en presencia del pueblo durante el día, lo explicó más plena y perfectamente por la noche, en privado, a nosotros, como a los más fieles y enteramente aprobados por él. Y al mismo tiempo me mandó, porque entendió que yo guardaba cuidadosamente en mi memoria lo que oía, poner por escrito cuanto pareciera digno de recordarse y enviártelo a ti, señor mío Santiago, como también lo hice, en obediencia a su mandato.»]

    Capítulo 75. Contenido de los despachos de Clemente a Santiago

    Rec. III, 75

    El primer libro, pues, de los que te envié antes, contiene una relación del verdadero Profeta y de la peculiar inteligencia de la ley, según lo que enseña la tradición de Moisés. El segundo contiene una relación del principio: si hay un principio o muchos, y que la ley de los Hebreos conoce qué es la inmensidad. El tercero, sobre Dios y las cosas que por Él han sido ordenadas. El cuarto, que aunque hay muchos que son llamados dioses, no hay sino un solo Dios verdadero, según los testimonios de las Escrituras. El quinto, que hay dos cielos, de los cuales uno es aquel firmamento visible que ha de pasar, pero el otro es eterno e invisible. El sexto, sobre el bien y el mal; y que todas las cosas están sujetas al bien por el Padre; y por qué, y cómo, y de dónde es el mal, y que coopera con el bien, pero no con buena intención; y cuáles son las señales del bien, y cuáles las del mal; y cuál es la diferencia entre la dualidad y la conjunción. El séptimo, qué cosas trataron los doce apóstoles en presencia del pueblo en el templo. El octavo, sobre las palabras del Señor que parecen contradictorias, pero no lo son; y cuál es su explicación. El noveno, que la ley que ha sido dada por Dios es justa y perfecta, y que sola puede hacer puro. El décimo, sobre el nacimiento carnal de los hombres, y sobre la generación que es por el bautismo; y cuál es la sucesión de la simiente carnal en el hombre; y cuál es la razón de su alma, y cómo la libertad de la voluntad está en ella; la cual, no siendo ingénita, sino hecha, no pudo ser inconmovible respecto del bien. Sobre estas varias materias, pues, todo lo que Pedro disertó en Cesarea, según su mandato, como he dicho, te lo he enviado escrito en diez volúmenes. Pero al día siguiente, como se había determinado, partimos de Cesarea con algunos hombres fieles que habían resuelto acompañar a Pedro.

    Reconocimientos, libro IV

    Capítulo 1. Alto en Dora

    Rec. IV, 1

    Habiendo salido de Cesarea en camino a Trípolis, hicimos nuestra primera parada en una pequeña ciudad llamada Dora, porque no estaba lejos; y casi todos los que habían creído por la predicación de Pedro apenas podían soportar verse separados de él, sino que caminaban con nosotros, mirándolo una y otra vez, abrazándolo una y otra vez, conversando con él una y otra vez, hasta que llegamos a la posada. Al día siguiente llegamos a Tolemaida, donde nos detuvimos diez días; y cuando un número considerable había recibido la palabra de Dios, indicamos a algunos de ellos que parecían particularmente atentos y deseaban retenernos más tiempo para instrucción, que podían, si así lo disponían, seguirnos a Trípolis. Obrábamos de la misma manera en Tiro, y en Sidón, y en Berito, y anunciábamos a los que deseaban oír más discursos que habíamos de pasar el invierno en Trípolis. Por tanto, como todos los que estaban ansiosos seguían a Pedro de cada ciudad, éramos una gran multitud de elegidos cuando entramos en Trípolis. A nuestra llegada, los hermanos que habían sido enviados delante nos salieron al encuentro ante las puertas de la ciudad; y tomándonos a su cargo, nos condujeron a los diversos alojamientos que habían preparado. Entonces surgió un alboroto en la ciudad, y una gran concurrencia de personas deseosas de ver a Pedro.

    Capítulo 2. Recepción en casa de Marón

    Rec. IV, 2

    Y cuando hubimos llegado a la casa de Marón, en la cual se había hecho preparación para Pedro, él se volvió a la multitud y les dijo que les hablaría pasado mañana. Por tanto, los hermanos que habían sido enviados delante asignaron alojamientos a todos los que habían venido con nosotros. Luego, cuando Pedro entró en la casa de Marón, y se le pidió que tomara alimento, respondió que de ninguna manera lo haría, hasta haber averiguado si todos los que lo habían acompañado estaban provistos de alojamiento. Entonces supo por los hermanos que habían sido enviados delante, que los ciudadanos los habían recibido no solo hospitalariamente, sino con toda bondad, por razón de su amor hacia Pedro; hasta tal punto, que varios estaban contrariados porque no había huéspedes para ellos; pues todos habían hecho tales preparativos que, aun si hubieran venido muchos más, todavía habría habido falta de huéspedes para los anfitriones, no de anfitriones para los huéspedes.

    Capítulo 3. La huida de Simón

    Rec. IV, 3

    Entonces Pedro se alegró mucho, y alabó a los hermanos, y los bendijo, y les rogó que permanecieran con él. Luego, cuando se hubo bañado en el mar, y hubo tomado alimento, se fue a dormir al anochecer; y levantándose, como de costumbre, al canto del gallo, mientras todavía ardía la luz de la noche, nos halló a todos despiertos. Éramos en total dieciséis, a saber: Pedro y yo, Clemente, Niceta y Aquila, y aquellos doce que nos habían precedido. Saludándonos, pues, como solía, Pedro dijo: «Puesto que hoy no estamos ocupados con otros, ocupémonos de nosotros mismos. Yo os contaré lo que sucedió en Cesarea después de vuestra partida, y vosotros me contaréis las obras de Simón aquí.» Y mientras la conversación proseguía sobre estas materias, al amanecer entraron algunos de los de la casa y dijeron a Pedro que Simón, cuando oyó de la llegada de Pedro, partió en la noche, camino de Siria. Dijeron también que las multitudes pensaban que el día que había dicho que iba a interponerse era un tiempo muy largo para su afecto, y que estaban aguardando con impaciencia ante la puerta, conversando entre sí sobre las cosas que deseaban oír, y que esperaban verlo de todos modos antes del tiempo señalado; y que a medida que el día se hacía más claro, las multitudes aumentaban, y que confiaban con seguridad, fuera lo que fuese lo que presumieran, en que oirían un discurso de él. «Ahora, pues,» dijeron ellos, «instrúyenos para decirles lo que te parezca bien; porque es absurdo que tan gran multitud se haya reunido, y se vaya con tristeza, sin que se les devuelva respuesta alguna. Pues no considerarán que son ellos los que no han esperado el día señalado, sino que más bien pensarán que tú los menosprecias.»

    Capítulo 4. La mies es mucha

    Rec. IV, 4

    Entonces Pedro, lleno de admiración, dijo: Veis, hermanos, cómo se cumple toda palabra del Señor dicha proféticamente. Pues recuerdo que Él dijo: "La mies en verdad es mucha, mas los obreros pocos; rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies". [] He aquí, por tanto, que se cumplen las cosas que están predichas en misterio. Y como también dijo: "Muchos vendrán del oriente y del occidente, del norte y del sur, y se reclinarán en el seno de Abrahán, de Isaac y de Jacob"; esto también, como veis, se cumple de igual manera. Por lo cual os ruego, consiervos y colaboradores míos, que aprendáis diligentemente el orden de la predicación y los caminos de las absoluciones, para que podáis salvar las almas de los hombres, las cuales por el poder secreto de Dios reconocen a quién deben amar, aun antes de ser enseñadas. Pues veis que estos hombres, como buenos siervos, anhelan a aquel de quien esperan que les anuncie la venida de su Señor, para poder cumplir su voluntad cuando la hayan aprendido. El deseo, por tanto, de oír la palabra de Dios y de inquirir su voluntad, lo tienen de Dios; y este es el comienzo del don de Dios, que se da a los gentiles, para que por él puedan recibir la doctrina de la verdad.

    Capítulo 5. Moisés y Cristo

    Rec. IV, 5

    Pues así también fue dado al pueblo de los Hebreos desde el principio, que amaran a Moisés y creyeran su palabra; de donde también está escrito: "El pueblo creyó a Dios, y a Moisés su siervo". [] Lo que, por tanto, fue don peculiar de Dios para con la nación de los Hebreos, vemos ahora que se da también a los que son llamados de entre los gentiles a la fe. Pero el modo de las obras está puesto en el poder y la voluntad de cada uno, y esto es suyo propio; mas el tener afecto hacia un maestro de la verdad, esto es don del Padre celestial. Y la salvación está en esto: en que hagáis la voluntad de aquel de quien habéis concebido amor y afecto por el don de Dios; no sea que se os dirija aquella palabra suya que habló: "¿Por qué me llamáis: Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?" [] Es, por tanto, el don peculiar otorgado por Dios a los Hebreos, que crean a Moisés; y el don peculiar otorgado a los gentiles es que amen a Jesús. Pues esto también insinuó el Maestro, cuando dijo: "Te confieso, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños". Con lo cual ciertamente se declara que el pueblo de los Hebreos, que estaba instruido en la ley, no lo conoció; pero el pueblo de los gentiles ha conocido a Jesús, y lo venera; por cuya causa también serán salvos, no solo conociéndolo, sino también haciendo su voluntad. Pero el que es de los gentiles, y que tiene de Dios el creer a Moisés, debe también tener de su propio propósito el amar también a Jesús. Y a su vez, el hebreo, que tiene de Dios el creer a Moisés, debe tener también de su propio propósito el creer en Jesús; de modo que cada uno de ellos, teniendo en sí algo del don divino y algo de su propio esfuerzo, sea perfecto por ambos. Porque de tal hombre habló nuestro Señor, como de un rico: "Que saca de sus tesoros cosas nuevas y viejas". []

    Capítulo 6. Una congregación

    Rec. IV, 6

    «Pero basta ya de estas cosas, porque el tiempo apremia, y la religiosa devoción del pueblo nos invita a dirigirles la palabra.» Y cuando así hubo hablado, preguntó dónde había un lugar adecuado para la discusión. Y Marón dijo: «Tengo una sala muy espaciosa que puede contener más de quinientos hombres, y hay también un jardín dentro de la casa; o si te place estar en algún lugar público, todos lo preferirían, porque no hay nadie que no desee al menos ver tu rostro.» Entonces Pedro dijo: «Muéstrame la sala, o el jardín.» Y cuando hubo visto la sala, entró a ver también el jardín; y de repente toda la multitud, como si alguien los hubiera llamado, se precipitó a la casa, y de allí irrumpió en el jardín, donde Pedro estaba ya de pie, escogiendo un lugar apto para la discusión.

    Capítulo 7. Los enfermos sanados

    Rec. IV, 7

    Pero cuando vio que las multitudes se habían derramado, como aguas de un gran río, sobre el paso estrecho, subió a una columna que se alzaba casualmente cerca del muro del jardín, y primero saludó al pueblo de manera religiosa. Pero algunos de los presentes, que habían estado largo tiempo atormentados por demonios, se arrojaron al suelo, mientras los espíritus inmundos suplicaban que se les permitiera siquiera por un día permanecer en los cuerpos de que habían tomado posesión. Mas Pedro los increpó, y les mandó salir; y salieron sin demora. Después de estos, otros que estaban afligidos por enfermedades de larga duración pidieron a Pedro que recibieran curación; y él prometió que rogaría al Señor por ellos tan pronto como terminara su discurso de instrucción. Y tan pronto como prometió, fueron liberados de sus enfermedades; y ordenó que se sentaran aparte, con los que habían sido liberados de los demonios, como tras la fatiga del trabajo. Entretanto, mientras esto sucedía, se reunió una vasta multitud, atraída no solo por el deseo de oír a Pedro, sino también por el rumor de las curaciones que se habían realizado. Mas Pedro, haciendo señas con la mano al pueblo para que guardara silencio, y asentando a las multitudes en tranquilidad, comenzó a hablarles como sigue:—

    Capítulo 8. La providencia vindicada

    Rec. IV, 8

    Paréceme necesario, al comienzo de un discurso sobre el verdadero culto de Dios, instruir ante todo a los que aún no han adquirido conocimiento alguno de la materia, en que la divina providencia, por la cual el mundo es regido y gobernado, debe ser tenida por irreprensible. Además, la razón de la presente empresa, y la ocasión ofrecida por aquellos a quienes el poder de Dios ha sanado, sugieren este asunto como comienzo, a saber: mostrar que con buena razón muchísimas personas están poseídas de demonios, para que así aparezca la justicia de Dios. Pues la ignorancia se hallará que es la madre de casi todos los males. Mas ahora vengamos a la razón.

    Capítulo 9. El estado de inocencia, estado de gozo

    Rec. IV, 9

    Cuando Dios hubo hecho al hombre a su propia imagen y semejanza, injertó en su obra un cierto aliento y olor de su divinidad, para que los hombres, hechos partícipes de su Unigénito, pudieran ser por Él también amigos de Dios e hijos de adopción. Por lo cual también Él mismo, como el verdadero Profeta, sabiendo con qué acciones se complace el Padre, los instruyó de qué manera podían obtener ese privilegio. En aquel tiempo, por tanto, había entre los hombres un solo culto de Dios: una mente pura y un espíritu incorrupto. Y por esta razón toda criatura guardaba un pacto inviolable con el género humano. Pues por razón de su reverencia al Creador, ninguna enfermedad, ni desorden corporal, ni corrupción de alimentos, tenía poder sobre ellos; de donde sucedió que una vida de mil años no caía en la fragilidad de la vejez.

    Capítulo 10. El pecado, causa del sufrimiento

    Rec. IV, 10

    Mas cuando los hombres, llevando una vida exenta de aflicción, comenzaron a pensar que la continuación de los bienes les era concedida no por la divina liberalidad, sino por el azar de las cosas, y a aceptar como deuda de la naturaleza, no como don de la bondad de Dios, el gozar sin esfuerzo alguno de las delicias de la complacencia divina,— los hombres, llevados por estas cosas a pensamientos contrarios e impíos, vinieron al fin, por instigación de la ociosidad, a pensar que la vida de los dioses era suya por naturaleza, sin trabajos ni méritos de su parte. De ahí pasan de mal en peor, a creer que ni el mundo es gobernado por la providencia de Dios, ni hay lugar alguno para las virtudes, pues sabían que ellos mismos poseían la plenitud del descanso y las delicias, sin la asignación de obras previas, y sin trabajos eran tratados como amigos de Dios.

    Capítulo 11. El sufrimiento salutífero

    Rec. IV, 11

    Por el justísimo juicio de Dios, por tanto, los trabajos y las aflicciones son asignados como remedio a los hombres que languidecen en la vanidad de tales pensamientos. Y cuando el trabajo y las tribulaciones vinieron sobre ellos, fueron excluidos del lugar de las delicias y de la amenidad. También la tierra comenzó a no producirles nada sin trabajo; y entonces, volviéndose en ellos los pensamientos, fueron advertidos de buscar la ayuda de su Creador, y con oraciones y votos pedir la protección divina. Y así sucedió que el culto de Dios, que habían descuidado por razón de su prosperidad, lo recobraron por su adversidad; y sus pensamientos hacia Dios, que la indulgencia había pervertido, la aflicción los corrigió. Así, pues, la divina providencia, viendo que esto era más provechoso para el hombre, les quitó los caminos de la benignidad y de la abundancia, como dañosos, e introdujo el camino de la vejación y la tribulación.

    Capítulo 12. Traducción de Enoc

    Rec. IV, 12

    Mas para mostrar que estas cosas se hicieron por causa de los ingratos, trasladó a la inmortalidad a cierto hombre de la primera raza, porque vio que no era olvidadizo de su gracia y porque esperaba invocar el nombre de Dios; mientras que los demás, que fueron tan ingratos que no pudieron ser enmendados ni corregidos ni aun por trabajos y tribulaciones, fueron condenados a una muerte terrible. Sin embargo, entre ellos halló también a cierto justo con su casa, [] a quien preservó, habiéndole ordenado construir un arca, en la cual él y los que se le mandó llevar consigo pudieran escapar cuando todas las cosas fuesen destruidas por el diluvio: a fin de que, cortados los malvados por el desbordamiento de las aguas, el mundo recibiese una purificación; y aquel que había sido preservado para la continuación de la raza, purificado por el agua, reparase de nuevo el mundo.

    Capítulo 13. Origen de la idolatría

    Rec. IV, 13

    Mas cuando todas estas cosas se hicieron, los hombres volvieron de nuevo a la impiedad; y por esta causa fue dada por Dios una ley para instruirlos en la manera de vivir. Pero con el paso del tiempo, el culto de Dios y la justicia fueron corrompidos por los incrédulos y los malvados, como mostraremos más plenamente en su momento. Además, se introdujeron religiones perversas y erráticas, a las que la mayor parte de los hombres se entregó, con ocasión de fiestas y solemnidades, instituyendo libaciones y banquetes, siguiendo flautas, y caramillos, y cítaras, y diversas clases de instrumentos musicales, y entregándose a toda clase de embriaguez y lujo. De aquí nació toda clase de error; de aquí inventaron bosques y altares, ínfulas y víctimas, y tras la embriaguez se agitaban como con emociones de locura. Por este medio se dio poder a los demonios para entrar en mentes de esta índole, de modo que parecían danzar como insensatos y delirar como bacantes; de aquí se inventaron el crujir de dientes y los bramidos desde lo profundo de sus entrañas; de aquí un rostro terrible y un aspecto feroz en los hombres, de suerte que aquel a quien la embriaguez había subvertido y un demonio había instigado, era creído por los engañados y los errantes como lleno de la Divinidad.

    Capítulo 14. Dios es a la vez bueno y justo

    Rec. IV, 14

    De aquí que, habiéndose introducido en el mundo tantas religiones falsas y erráticas, hemos sido enviados, como buenos mercaderes, trayéndoos el culto del Dios verdadero, transmitido por los padres y preservado; cuyas semillas esparcimos entre vosotros con estas palabras, y dejamos a vuestra elección escoger lo que os parezca recto. Pues si recibís aquellas cosas que os traemos, no solo podréis vosotros mismos escapar de las incursiones del demonio, sino también expulsarlas de otros; y al mismo tiempo obtendréis los premios de los bienes eternos. Pero aquellos que rehúsen recibir las cosas que nosotros decimos, estarán sujetos en la vida presente a diversos demonios y desórdenes de enfermedades, y sus almas, después de su partida del cuerpo, serán atormentadas para siempre. Pues Dios no es solo bueno, sino también justo; porque si fuera siempre bueno, y nunca justo para dar a cada uno según sus obras, la bondad se hallaría ser injusticia. Pues sería injusticia que los impíos y los piadosos fueran tratados por Él de igual modo.

    Capítulo 15. Cómo obtienen los demonios poder sobre los hombres

    Rec. IV, 15

    Por tanto, los demonios, como acabamos de decir, una vez que han podido, por medio de las oportunidades que se les ofrecen, introducirse mediante acciones viles y malvadas en los cuerpos de los hombres, si permanecen en ellos largo tiempo por la negligencia de estos, porque no buscan lo que es provechoso para sus almas, necesariamente los obligan en lo sucesivo a cumplir los deseos de los demonios que moran en ellos. Pero lo peor de todo es que, al fin del mundo, cuando aquel demonio sea entregado al fuego eterno, necesariamente el alma que le obedeció, será con él atormentada en los fuegos eternos, juntamente con su cuerpo, que ella ha contaminado.

    Capítulo 16. Por qué desean poseer a los hombres

    Rec. IV, 16

    Ahora bien, que los demonios deseen ocupar los cuerpos de los hombres, esta es la razón. Son espíritus que tienen su propósito vuelto a la maldad. Por tanto, mediante el comer y el beber inmoderados y la lujuria, incitan a los hombres al pecado, pero solo a aquellos que albergan el propósito de pecar; los cuales, mientras parecen desear simplemente satisfacer los antojos necesarios de la naturaleza, dan oportunidad a los demonios de entrar en ellos, porque por el exceso no guardan moderación. Pues mientras se guarda la medida de la naturaleza y se conserva la moderación legítima, la misericordia de Dios no les da libertad para entrar en los hombres. Pero cuando o bien la mente cae en la impiedad, o bien el cuerpo se llena de carne o bebida inmoderadas, entonces, como invitados por la voluntad y el propósito de los que así se descuidan a sí mismos, reciben poder contra los que han quebrantado la ley impuesta por Dios.

    Capítulo 17. El Evangelio da poder sobre los demonios

    Rec. IV, 17

    Ved, pues, cuán importante es el conocimiento de Dios y la observancia de la religión divina, que no solo protege de los asaltos del demonio a los que creen, sino que también les da mando sobre los que dominan a otros. Y por tanto es necesario que vosotros, que sois de los gentiles, os acojáis a Dios y os guardéis de toda impureza, para que los demonios sean expulsados y Dios habite en vosotros. Y al mismo tiempo, por medio de oraciones, encomendaos a Dios y pedid su auxilio contra la desvergüenza de los demonios; pues "todo lo que pidáis, creyendo, lo recibiréis". [] Pero aun los propios demonios, en la medida en que ven crecer la fe en un hombre, en esa medida se apartan de él, residiendo solo en aquella parte en la que algo de infidelidad aún permanece; mas de los que creen con fe plena, se apartan sin demora alguna. Pues cuando un alma ha llegado a la fe de Dios, obtiene la virtud del agua celestial, con la cual extingue al demonio como una chispa de fuego.

    Capítulo 18. Este poder es proporcional a la fe

    Rec. IV, 18

    Hay, por tanto, una medida de fe, la cual, si es perfecta, expulsa perfectamente al demonio del alma; mas si tiene algún defecto, algo de parte del demonio permanece aún en la porción de infidelidad; y es la mayor dificultad para el alma entender cuándo o cómo, ya sea plenamente o menos plenamente, ha sido expulsado de ella el demonio. Pues si permanece en algún rincón, cuando halla oportunidad, sugiere pensamientos a los corazones de los hombres; y estos, no sabiendo de dónde vienen, creen las sugestiones de los demonios como si fueran las percepciones de sus propias almas. Así a unos les sugieren seguir el placer con ocasión de la necesidad corporal; excusan el apasionamiento de otros por el exceso de bilis; disfrazan la locura de otros por la vehemencia de la melancolía; y aun atenúan la necedad de algunos como resultado de la abundancia de flema. Pero aun si esto fuera así, ninguna de estas cosas podría ser dañosa para el cuerpo, sino por el exceso de carnes y bebidas; porque, cuando estas se toman en cantidades excesivas, su abundancia, que el calor natural no basta a digerir, se cuaja en una especie de veneno, y este, fluyendo por los intestinos y todas las venas como una cloaca común, hace los movimientos del cuerpo malsanos y viles. Por lo cual ha de alcanzarse en todas las cosas la moderación, para que ni se dé lugar a los demonios, ni el alma, poseída por ellos, sea entregada junto con ellos a ser atormentada en los fuegos eternos.

    Capítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría

    Rec. IV, 19

    Hay también otro error de los demonios, que sugieren a los sentidos de los hombres, a saber, que piensen que las cosas que sufren las sufren de parte de los que son llamados dioses, a fin de que de este modo, ofreciendo sacrificios y dones, como para aplacarlos, fortalezcan el culto de la religión falsa, y eviten a nosotros, que nos interesamos por su salvación, para que no sean librados del error; mas esto lo hacen, como he dicho, sin saber que estas cosas les son sugeridas por los demonios, por temor de que sean salvados. Está, pues, en poder de cada uno, ya que el hombre ha sido hecho poseedor del libre albedrío, el oírnos a nosotros para vida, o a los demonios para destrucción. También a algunos, los demonios, apareciéndose visiblemente bajo diversas figuras, a veces lanzan amenazas, a veces prometen alivio de los sufrimientos, para infundir en aquellos a quienes engañan la opinión de que son dioses, y para que no se sepa que son demonios. Pero no están ocultos para nosotros, que conocemos los misterios de la creación, y por qué razón se permite a los demonios hacer esas cosas en el mundo presente; cómo les es permitido transformarse en las figuras que les plazca, y sugerir pensamientos malvados, e introducirse, por medio de carnes y bebidas consagradas a ellos, en las mentes o cuerpos de los que de ellas participan, y forjar sueños vanos para fomentar el culto de algún ídolo.

    Capítulo 20. Necedad de la idolatría

    Rec. IV, 20

    Y sin embargo, ¿quién puede hallarse tan insensato como para dejarse persuadir a adorar a un ídolo, ya sea hecho de oro o de cualquier otro metal? ¿A quién no le es manifiesto que el metal es justamente aquello que al artífice le plugo? ¿Cómo, pues, puede pensarse que la divinidad esté en aquello que no existiría en absoluto si el artífice no lo hubiera querido? ¿O cómo pueden esperar que las cosas futuras les sean declaradas por aquello en lo que no hay percepción de las cosas presentes? Pues aunque adivinaran algo, no por ello habrían de ser tenidos al punto por dioses; porque una cosa es la adivinación y otra la divinidad. Pues también las pitonisas parecen adivinar, y sin embargo no son dioses; y, en suma, son expulsadas de los hombres por los cristianos. ¿Y cómo puede ser Dios aquello que es puesto en fuga por un hombre? Mas acaso diréis: ¿Qué hay de sus curaciones, y de que muestran cómo uno puede ser curado? Según este principio, los médicos deberían ser también adorados como dioses, pues curan a muchos; y en la medida en que uno es más hábil, tanto más curará.

    Capítulo 21. Oráculos paganos

    Rec. IV, 21

    De donde es evidente que ellos, puesto que son espíritus demoníacos, saben algunas cosas a la vez más rápidamente y más perfectamente que los hombres; pues no son retardados en su aprendizaje por la pesadez de un cuerpo. Y por tanto, ellos, como espíritus, saben sin demora y sin dificultad lo que los médicos alcanzan tras largo tiempo y con mucho trabajo. No es admirable, por tanto, si saben algo más que los hombres; mas esto ha de observarse: que lo que saben no lo emplean para la salvación de las almas, sino para su engaño, a fin de adoctrinarlas por este medio en el culto de la religión falsa. Pero Dios, para que el error de tan gran engaño no quedara oculto, y para que Él mismo no pareciera ser causa de error al permitirles tan grande licencia para engañar a los hombres por medio de adivinaciones, curaciones y sueños, ha provisto, por su misericordia, a los hombres de un remedio, y ha hecho patente la distinción entre la falsedad y la verdad a los que desean conocer. Esta es, pues, la distinción: lo que es dicho por el Dios verdadero, ya sea por profetas o por diversas visiones, es siempre verdadero; mas lo que es predicho por los demonios no es siempre verdadero. Es, por tanto, una señal evidente de que no son dichas por el Dios verdadero aquellas cosas en las que en algún momento hay falsedad; pues en la verdad nunca hay falsedad. Pero en el caso de los que dicen falsedades, puede haber ocasionalmente una ligera mezcla de verdad, para dar, por así decirlo, condimento a las falsedades.

    Capítulo 22. Por qué a veces se cumplen

    Rec. IV, 22

    Mas si alguno dice: ¿Qué utilidad tiene que se les permita aun a veces decir verdad, y que por ello se introduzca tanto error entre los hombres? Tome esta respuesta: Si nunca se les hubiera permitido decir verdad alguna, entonces no predecirían nada en absoluto; y si no predijeran, no se sabría que son demonios. Pero si no se supiera que hay demonios en este mundo, la causa de nuestra lucha y contienda nos quedaría oculta, y sufriríamos abiertamente lo que se hace en secreto; es decir, si se les concediera poder solo de obrar contra nosotros, y no de hablar. Mas ahora, puesto que a veces dicen verdad y a veces falsedad, debemos reconocer, como he dicho, que sus respuestas son de demonios, y no de Dios, en quien nunca hay falsedad.

    Capítulo 23. El mal no está en la sustancia

    Rec. IV, 23

    Mas si alguno, procediendo con más curiosidad, pregunta: ¿Qué utilidad tuvo, pues, el que Dios hiciera estas cosas malas, que habrían de tener tan grande tendencia a subvertir las mentes de los hombres? A quien propone tal cuestión respondemos que ante todo hemos de indagar si hay mal alguno en la sustancia. Y aunque bastaría decirle que no conviene que la criatura juzgue al Creador, sino que juzgar la obra de otro pertenece a quien es de igual destreza o igual poder; con todo, yendo directamente al punto, decimos absolutamente que no hay mal en la sustancia. Y si esto es así, entonces en vano se culpa al Creador de la sustancia.

    Capítulo 24. Por qué permite Dios el mal

    Rec. IV, 24

    Mas me saldréis al encuentro diciendo: Aun si ha llegado a esto por la libertad de la voluntad, ¿acaso ignoraba el Creador que aquellos a quienes creaba iban a caer en el mal? No debió, por tanto, haber creado a aquellos que, preveía, se desviarían del camino de la justicia. Ahora bien, decimos a los que hacen tales preguntas que el propósito de afirmaciones de la índole que hacemos es mostrar por qué la maldad de los que aún no eran no prevaleció sobre la bondad del Creador. Pues si, queriendo llenar el número y la medida de su creación, hubiera tenido miedo de la maldad de los que habían de ser, y, como quien no hallara otro camino de remedio y cura sino solo este, a saber, abstenerse de su propósito de crear, no fuera que la maldad de los que habían de ser se le atribuyese a Él; ¿qué otra cosa mostraría esto sino sufrimiento indigno y debilidad indecorosa de parte del Creador, que temiera de tal modo las acciones de los que aún no eran, que se abstuviera de su creación propuesta?

    Capítulo 25. Los seres malos se convierten en bien

    Rec. IV, 25

    Pero, dejando a un lado estas cosas, consideremos con empeño esto: que Dios, el Creador del universo, previendo las futuras diferencias de su creación, previó y proveyó diversos rangos y diferentes oficios a cada una de sus criaturas, según los movimientos peculiares que se producían de la libertad de la voluntad; de suerte que, siendo todos los hombres de una sola sustancia en cuanto al modo de la creación, hubiera sin embargo diversidad de rangos y oficios, según los movimientos peculiares de las mentes, producidos por el libre albedrío. Por tanto, previó que habría faltas en sus criaturas; y el método de su justicia exigía que el castigo siguiera a las faltas, por causa de la enmienda. Convenía, por tanto, que hubiera ministros del castigo, y sin embargo que la libertad de la voluntad los arrastrara a ese orden. Además, aquellos que habían emprendido las contiendas por los premios celestiales debían también tener enemigos que vencer. Así, por tanto, ni aun aquellas cosas que se piensa que son malas están carentes de utilidad, puesto que los vencidos adquieren sin quererlo premios eternos para aquellos por quienes son vencidos. Mas baste esto sobre estos puntos, pues con el paso del tiempo se revelarán cosas aún más secretas.

    Capítulo 26. Ángeles malvados seductores

    Rec. IV, 26

    Ahora pues, ya que todavía no comprendéis cuán grande oscuridad de ignorancia os rodea, de momento deseo explicaros de dónde comenzó en este mundo la adoración de los ídolos. Y por ídolos me refiero a esas imágenes sin vida que adoráis, ya sean de madera, de barro, de piedra, de bronce o de cualquier otro metal: de estas el comienzo fue de esta manera. Ciertos ángeles, habiendo abandonado el curso de su orden propio, comenzaron a favorecer los vicios de los hombres, y en cierta medida a prestar ayuda indigna a su lujuria, para que por estos medios pudieran entregarse más a sus propios placeres; y luego, para no parecer inclinados por propia voluntad a servicios indignos, enseñaron a los hombres que los demonios podían, mediante ciertas artes— es decir, mediante invocaciones mágicas— ser hechos obedecer a los hombres; y así, como de un horno y taller de maldad, llenaron todo el mundo con el humo de la impiedad, retirándose la luz de la piedad.

    Capítulo 27. Cam, el primer mago

    Rec. IV, 27

    Por estas y otras causas, un diluvio fue traído sobre el mundo, como ya hemos dicho, y diremos de nuevo; y todos los que estaban sobre la tierra fueron destruidos, excepto la familia de Noé, que sobrevivió, con sus tres hijos y sus esposas. Uno de estos, llamado Cam, descubrió desgraciadamente el acto mágico, y transmitió su instrucción a uno de sus hijos, que se llamaba Mesraim, del cual desciende la raza de los egipcios, babilonios y persas. A este, las naciones que entonces existían lo llamaron Zoroastro, admirándolo como el primer autor del arte mágica; bajo cuyo nombre existen también muchos libros sobre este tema. Él, pues, estando mucho y frecuentemente atento a las estrellas, y deseando ser estimado como un dios entre ellos, comenzó a sacar, por así decir, ciertas chispas de las estrellas, y a mostrarlas a los hombres, para que los rudos e ignorantes se asombraran, como con un milagro; y deseando aumentar esta estimación de él, intentó estas cosas una y otra vez, hasta que fue incendiado y consumido por el demonio mismo, a quien importunó con demasiada insistencia.

    Capítulo 28. La torre de Babel

    Rec. IV, 28

    Pero los hombres necios de entonces, cuando deberían haber abandonado la opinión que habían concebido de él, en tanto que la habían visto refutada por su castigo mortal, lo ensalzaron aún más. Pues levantando un sepulcro en su honor, llegaron al extremo de adorarlo como amigo de Dios, y como a uno que había sido llevado al cielo en un carro de relámpago, y de adorarlo como si fuera una estrella viviente. De ahí también que su nombre fuera llamado Zoroastro después de su muerte— es decir, estrella viviente — por aquellos que, después de una generación, habían aprendido a hablar la lengua griega. En fin, por este ejemplo, aún ahora muchos adoran a los que han sido heridos por el rayo, honrándolos con sepulcros y adorándolos como amigos de Dios. Pero este hombre nació en la decimocuarta generación, y murió en la decimoquinta, en la cual fue construida la torre, y las lenguas de los hombres fueron divididas en muchas.

    Capítulo 29. La adoración del fuego de los persas

    Rec. IV, 29

    Primero entre ellos se nombra a cierto rey Nimrod, a quien la arte mágica había sido transmitida como por un destello, a quien los griegos llamaron también Nino, y de quien la ciudad de Nínive tomó su nombre. Así, pues, supersticiones diversas y erráticas tomaron su comienzo de la arte mágica. Pues, como era difícil apartar al género humano del amor de Dios y apegarlo a imágenes sordas y sin vida, los magos hicieron uso de esfuerzos más altos, para que los hombres fueran vueltos a un culto errático, mediante señales entre las estrellas, y movimientos traídos como desde el cielo, y por la voluntad de Dios. Y los que habían sido engañados primero, recogiendo las cenizas de Zoroastro— quien, como hemos dicho, fue quemado por la indignación del demonio, a quien había importunado demasiado— las llevaron a los persas, para que fueran conservadas por ellos con vigilancia perpetua, como fuego divino caído del cielo, y fueran adoradas como un Dios celestial.

    Capítulo 30. La adoración de los héroes

    Rec. IV, 30

    Por un ejemplo semejante, otros hombres en otros lugares construyeron templos, erigieron estatuas, instituyeron misterios, ceremonias y sacrificios, a aquellos a quienes habían admirado, ya por algunas artes o por virtud, o al menos a quienes habían tenido en muy gran afecto; y se alegraron, por medio de todas las cosas pertenecientes a los dioses, de transmitir su fama a la posteridad; y esto especialmente porque, como ya hemos dicho, parecían estar apoyados por ciertas fantasías del arte mágica, de modo que por la invocación de demonios algo parecía hacerse y moverse por ellos para engaño de los hombres. A estos añaden también ciertas solemnidades y banquetes de borrachera, en los que los hombres podían entregarse con toda libertad; y los demonios, introducidos en ellos en el carro de la repleción, podían mezclarse con sus mismas entrañas, y ocupando allí un lugar, podían atar los actos y pensamientos de los hombres a su propia voluntad. Tales errores, pues, habiendo sido introducidos desde el comienzo, y habiendo sido ayudados por la lujuria y la embriaguez, en las que los hombres carnales se deleitan principalmente, la religión de Dios, que consistía en continencia y sobriedad, comenzó a hacerse rara entre los hombres, y a ser casi abolida.

    Capítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad

    Rec. IV, 31

    Pues mientras al principio, los hombres que adoraban a un Dios justo y que todo lo ve, ni se atrevían a pecar ni a hacer daño a sus vecinos, persuadidos de que Dios ve las acciones y movimientos de cada uno; cuando el culto religioso se dirigió a imágenes sin vida, de las cuales estaban seguros de que eran incapaces de oír, de ver o de moverse, comenzaron a pecar licenciosamente y a avanzar hacia todo crimen, porque no tenían temor de sufrir nada de manos de aquellos a quienes adoraban como dioses. De ahí estalló la locura de las guerras; de ahí los saqueos, las rapiñas, las cautividades, y la libertad reducida a esclavitud; cada uno, como podía, satisfacía su lujuria y su codicia, aunque ningún poder puede satisfacer la codicia. Pues como el fuego, cuanto más combustible recibe, tanto más extensamente se enciende y se fortalece, así también la locura de la codicia se hace mayor y más vehemente por medio de las cosas que adquiere.

    Capítulo 32. Invitación

    Rec. IV, 32

    Por tanto, comenzad ahora con mejor entendimiento a resistiros a vosotros mismos en aquellas cosas que no deseáis rectamente; si es que de algún modo podéis reparar y restaurar en vosotros aquella pureza de religión e inocencia de vida que al principio fueron otorgadas al hombre por Dios, para que con ello también la esperanza de bendiciones inmortales os sea restaurada. Y dad gracias al generoso Padre de todos, por Aquel a quien Él ha constituido Rey de la paz y tesoro de honores inefables, para que incluso en el tiempo presente vuestros pecados sean lavados con el agua de la fuente, o del río, o incluso del mar: invocándose sobre vosotros el triple nombre de la bienaventuranza, para que con él no solo sean expulsados los espíritus malignos, si alguno habita en vosotros, sino también para que, cuando hayáis abandonado vuestros pecados, y hayáis creído en Dios con entera fe y entera pureza de mente, podáis expulsar también de otros los espíritus y demonios malvados, y podáis librar a otros de sufrimientos y enfermedades. Pues los demonios mismos conocen y reconocen a los que se han entregado a Dios, y a veces son expulsados por la mera presencia de tales, como visteis hace poco, cómo, cuando solo os habíamos dirigido la palabra de saludo, al instante los demonios, por respeto a nuestra religión, comenzaron a gritar, y no pudieron soportar nuestra presencia ni siquiera por un poco.

    Capítulo 33. El cristiano más débil es más poderoso que el demonio más fuerte

    Rec. IV, 33

    ¿Es, pues, que nosotros somos de otra naturaleza y superior, y por eso los demonios nos temen? No, nosotros somos de una y la misma naturaleza que vosotros, pero diferimos en religión. Pero si vosotros también queréis ser como nosotros, no lo envidiamos, sino que más bien os exhortamos, y deseamos que estéis seguros de que cuando la misma fe y religión e inocencia de vida estén en vosotros como están en nosotros, tendréis igual y el mismo poder y virtud contra los demonios, mediante Dios que recompensa vuestra fe. Pues como el que tiene soldados bajo su mando, aunque él sea inferior y ellos superiores a él en fuerza, sin embargo 'dice a este: Ve, y va; y a otro: Ven, y viene; y a otro: Haz esto, y lo hace'; y esto puede hacerlo, no por su propio poder, sino por el temor a César; así todo fiel manda a los demonios, aunque parezcan mucho más fuertes que los hombres, y esto no por medio de su propio poder, sino por medio del poder de Dios, que los ha puesto en sujeción. Pues incluso eso de lo que acabamos de hablar, que César es tenido en temor por todos los soldados, y en todos los campamentos, y en todo su reino, aunque él es un solo hombre, y quizá débil respecto de la fuerza corporal, esto no se efectúa sino por el poder de Dios, que inspira temor a todos, para que estén sujetos a uno.

    Capítulo 34. La tentación de Cristo

    Rec. IV, 34

    Esto queremos que sepáis con certeza: que un demonio no tiene poder contra un hombre, a menos que uno se someta voluntariamente a sus deseos. De donde incluso aquel que es el príncipe de la maldad, se acercó a Aquel que, como hemos dicho, es designado por Dios Rey de la paz, tentándolo, y comenzó a prometerle toda la gloria del mundo; porque sabía que cuando había ofrecido esto a otros, para engañarlos, ellos lo habían adorado. Por tanto, impío como era, y olvidado de sí mismo, lo cual es en verdad la peculiaridad especial de la maldad, presumió que sería adorado por Aquel por quien sabía que iba a ser destruido. Por eso nuestro Señor, confirmando la adoración de un solo Dios, le respondió: 'Escrito está: Adorarás al Señor tu Dios, y a Él solo servirás.' Y él, aterrorizado por esta respuesta, y temiendo que la verdadera religión del único y verdadero Dios fuera restaurada, se apresuró al instante a enviar a este mundo falsos profetas, y falsos apóstoles, y falsos maestros, que hablarían ciertamente en nombre de Cristo, pero cumplirían la voluntad del demonio.

    Capítulo 35. Falsos apóstoles

    Rec. IV, 35

    Por tanto, observad la mayor cautela: que no creáis a ningún maestro, a menos que traiga de Jerusalén el testimonio de Santiago, el hermano del Señor, o de quienquiera que venga después de él. Pues nadie, a menos que haya subido allí, y allí haya sido aprobado como maestro apto y fiel para predicar la palabra de Cristo,— a menos, digo, que traiga un testimonio de allí, debe ser recibido de ninguna manera. Pero que no busquéis en este tiempo profeta ni apóstol, además de nosotros. Pues hay un solo verdadero Profeta, cuyas palabras predicamos los doce apóstoles; porque Él es el año acepto de Dios, teniéndonos a los apóstoles como sus doce meses. Pero por qué razón fue hecho el mundo mismo, o qué diversidades han ocurrido en él, y por qué nuestro Señor, viniendo para su restauración, ha elegido y enviado a nosotros doce apóstoles, se explicará más extensamente en otro momento. Entretanto Él nos ha mandado salir a predicar, y a invitaros a la cena del Rey celestial, que el Padre ha preparado para las bodas de su Hijo, y que os demos vestiduras de boda, es decir, la gracia del bautismo; la cual quienquiera que obtenga, como una túnica sin mancha con la que ha de entrar a la cena del Rey, debe cuidarse de que no esté manchada en parte alguna por el pecado, y así sea rechazado como indigno y réprobo.

    Capítulo 36. Las vestiduras sin mancha

    Rec. IV, 36

    [«Pero las maneras en que esta vestidura puede ser manchada son estas: Si alguno se aparta de Dios Padre y Creador de todo, recibiendo otro maestro además de Cristo, que solo es el fiel y verdadero Profeta, y que nos ha enviado a los doce apóstoles a predicar la palabra; si alguno piensa de manera no digna acerca de la sustancia de la Divinidad, que excede todas las cosas;— estas son las cosas que incluso contaminan fatalmente la vestidura del bautismo. Pero las cosas que la contaminan en las acciones son estas: homicidios, adulterios, odios, avaricia, mala ambición. Y las cosas que contaminan a la vez el alma y el cuerpo son estas: participar de la mesa de los demonios, es decir, probar cosas sacrificadas, o sangre, o un cadáver estrangulado, y si hay cualquier otra cosa que haya sido ofrecida a los demonios. Sea, pues, este el primer paso para vosotros de tres; el cual paso produce treinta mandamientos, y el segundo sesenta, y el tercero cien, como os expondremos más plenamente en otro momento.»]

    Capítulo 37. La congregación despedida

    Rec. IV, 37

    Cuando hubo hablado así, y les había encargado venir al mismo lugar a buena hora del día siguiente, despidió a las multitudes; y como no querían irse, Pedro les dijo: [«Hacedme este favor a causa de la fatiga del viaje de ayer; y ahora idos, y reuníos a buena hora mañana.»] Y así se fueron con alegría. Pero Pedro, mandándome retirarme un poco para orar, después ordenó que se extendieran los lechos en la parte del jardín que estaba cubierta de sombra; y cada uno, según costumbre, reconociendo el lugar de su propio rango, tomamos alimento. Luego, como aún quedaba una porción del día, conversó con nosotros acerca de los milagros del Señor; y cuando llegó la tarde, entró en su dormitorio y se durmió.
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