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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. Su angustia
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 7. Llegada de Bernabé a Roma
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 19. Satisfacción de Pedro
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
  46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
  47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
  48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
  55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
  56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
  57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
  63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
  64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
  65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
  77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
  83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
  84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
  85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
  91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
  97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
  98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
  99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
  100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
  101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
  102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
  103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
  104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
  105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
  106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
  107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
  108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
  109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
  110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
  111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
  112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
  113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
  114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
  115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
  116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
  117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
  118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
  119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
  120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
  121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
  122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
  123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
  124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
  125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
  126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
  127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
  128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
  129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
  130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
  131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
  132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
  133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
  134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
  135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
  136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
  137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
  138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
  139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
  140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
  141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
  142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
  143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
  144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
  145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
  146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
  147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
  148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
  149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
  150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
  151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
  152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
  153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
  154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
  155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
  156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
  157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
  158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
  159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
  160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
  161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
  162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
  163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
  164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
  165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
  166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
  167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
  168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
  169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
  170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
  171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
  172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
  173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
  174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
  175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
  176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
  177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
  178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
  179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
  180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
  181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
  182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
  183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
  184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
  185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
  186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
  187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
  188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
  189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
  190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
  191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
  192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
  193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
  194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
  195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
  196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
  197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
  198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
  199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
  200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
  201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
  202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
  203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
  204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
  205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
  206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
  207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
  208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
  209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
  210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
  211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
  212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
  213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
  214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
  215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

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    TEXTOS — PSEUDO-CLEMENTE

    Índice de la obra

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    Reconocimientos y Homilías clementinas

    Siglos III–IV · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Ante-Nicene Fathers41 minPosición: 0% de esta parteParte 14 de 27 · Reconocimientos, libro XPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CLEM-02

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
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    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
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    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
    40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
    46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
    47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
    48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
    55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
    56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
    57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
    63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
    64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
    65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
    77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
    83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
    84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
    85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
    91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
    97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
    98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
    99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
    100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
    101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
    102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
    103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
    104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
    105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
    106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
    107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
    108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
    109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
    110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
    111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
    112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
    113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
    114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
    115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
    116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
    117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
    118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
    119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
    120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
    121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
    122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
    123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
    124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
    125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
    126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
    127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
    128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
    129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
    130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
    131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
    132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
    133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
    134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
    135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
    136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
    137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
    138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
    139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
    140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
    141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
    142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
    143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
    144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
    145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
    146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
    147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
    148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
    149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
    150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
    151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
    152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
    153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
    154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
    155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
    156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
    157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
    158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
    159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
    160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
    161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
    162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
    163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
    164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
    165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
    166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
    167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
    168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
    169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
    170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
    171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
    172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
    173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
    174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
    175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
    176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
    177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
    178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
    179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
    180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
    181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
    182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
    183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
    184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
    185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
    186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
    187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
    188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
    189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
    190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
    191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
    192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
    193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
    194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
    195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
    196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
    197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
    198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
    199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
    200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
    201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
    202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
    203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
    204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
    205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
    206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
    207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
    208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
    209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
    210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
    211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
    212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
    213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
    214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
    215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

    Reconocimientos, libro X

    Capítulo 1. Prueba

    Rec. X, 1

    Pero por la mañana, después de la salida del sol, yo Clemente, y Niceta y Aquila, junto con Pedro, vinimos al aposento en que mi padre y mi madre dormían; y hallándolos aún dormidos, nos sentamos ante la puerta, cuando Pedro se dirigió a nosotros en estos términos: [«Escuchadme, amadísimos consiervos: sé que tenéis gran afecto por vuestro padre; por tanto temo que le instéis demasiado pronto a tomar sobre sí el yugo de la religión, cuando todavía no está preparado para ello; y a esto quizá consienta, por su afecto hacia vosotros. Pero esto no es de fiar; pues lo que se hace por causa de los hombres no es digno de aprobación, y pronto se deshace. Por tanto me parece que debéis permitirle vivir por un año según su propio juicio; y durante ese tiempo podrá viajar con nosotros, y mientras instruimos a otros, él podrá oír con sencillez; y al oír, si tiene algún propósito recto de reconocer la verdad, él mismo pedirá tomar sobre sí el yugo de la religión; o si no le place tomarlo, podrá permanecer como amigo. Pues los que no lo toman de corazón, cuando comienzan a no poder soportarlo, no solo arrojan aquello que habían tomado, sino que, a modo de excusa, por así decirlo, de su debilidad, comienzan a hablar mal del camino de la religión, y a maldecir a aquellos a quienes no han podido seguir ni imitar.»]

    Capítulo 2. Una dificultad

    Rec. X, 2

    A esto respondió Niceta: [«Mi señor Pedro, nada digo contra tus rectos y buenos consejos; pero deseo decir una cosa, para aprender con ello algo que no sé. ¿Qué si mi padre muriera dentro del año durante el cual recomiendas que se le difiera? Bajará al infierno desamparado, y así será atormentado para siempre.»] Entonces dijo Pedro: [«Abrazo tu bondadoso propósito hacia tu padre, y te perdono en lo que respecta a las cosas que ignoras. Pues ¿supones que, si alguno es tenido por haber vivido rectamente, será salvo inmediatamente? ¿No piensas que debe ser examinado por Aquel que conoce los secretos de los hombres, en cuanto a cómo ha vivido rectamente, si acaso según la regla de los gentiles, obedeciendo sus instituciones y leyes; o por causa de la amistad de los hombres; o meramente por costumbre, o por cualquier otra causa; o por necesidad, y no por causa de la rectitud misma, y por amor de Dios? Pues los que han vivido rectamente, solo por amor de Dios y de su justicia, llegarán al descanso eterno, y recibirán la perpetuidad del reino celestial. Porque la salvación no se alcanza por fuerza, sino por libertad; y no por el favor de los hombres, sino por la fe de Dios. Además, debes considerar que Dios es presciente, y sabe si este hombre es uno de los suyos. Pero si Él sabe que no lo es, ¿qué haremos respecto de aquellas cosas que han sido determinadas por Él desde el principio? Pero en lo que puedo, doy consejo: cuando él esté despierto, y nos sentemos juntos, entonces vosotros, como si quisierais aprender algo, haced una pregunta acerca de aquellas materias que conviene que él aprenda; y mientras hablamos unos con otros, él recibirá instrucción. Pero esperad primero a ver si él mismo pregunta algo; pues si lo hace, la ocasión del discurso será más oportuna. Pero si no pregunta nada, pongamos por turnos preguntas unos a otros, queriendo aprender algo, como he dicho. Tal es mi juicio, decid cuál es el vuestro.»]

    Capítulo 3. Una sugerencia

    Rec. X, 3

    Y cuando hubimos encomiado su recto consejo, yo Clemente dije: [«En todas las cosas, el fin por lo general mira hacia atrás al principio, y el resultado de las cosas es semejante a su comienzo. Espero, por tanto, respecto de nuestro padre también, ya que Dios por vuestro medio ha dado un buen principio, que Él otorgará también un fin adecuado al principio, y digno de Él mismo. Sin embargo, hago esta sugerencia: que si, como has dicho, comenzamos a hablar, en presencia de mi padre, como con el propósito de discutir algún asunto, o de aprender algo unos de otros, tú, mi señor Pedro, no debes ocupar el lugar de quien tiene algo que aprender; pues si él ve esto, más bien se ofenderá. Porque él está convencido de que tú conoces plenamente todas las cosas, como en verdad las conoces. ¿Cómo será, pues, si te ve fingir ignorancia? Esto, como he dicho, más bien le dañará, ignorando él tu designio. Pero si nosotros, hermanos, mientras conversamos entre nosotros, tenemos alguna duda, que tú des una solución adecuada a nuestra indagación. Pues si él ve que aun tú vacilas y dudas, entonces verdaderamente pensará que nadie tiene conocimiento de la verdad.»]

    Capítulo 4. Libre indagación

    Rec. X, 4

    A esto respondió Pedro: [«No nos preocupemos de esto; y si en verdad conviene que él entre por la puerta de la vida, Dios dará una oportunidad adecuada; y habrá un principio de Dios, y no de hombre. Y por tanto, como he dicho, que viaje con nosotros, y oiga nuestras discusiones; pero porque os vi con prisa, por eso dije que debía buscarse la oportunidad; y cuando Dios la dé, cumplid mi consejo en lo que diré.»] Mientras así hablábamos, un muchacho vino a decirnos que nuestro padre estaba ya despierto; y cuando nos disponíamos a entrar a él, él mismo vino a nosotros, y saludándonos con un beso, después que nos hubimos sentado de nuevo, dijo: [«¿Está permitido a uno hacer una pregunta, si lo desea; o se exige silencio, a la manera de los pitagóricos?»] Entonces dijo Pedro: [«No obligamos a los que vienen a nosotros ni a guardar silencio continuamente, ni a hacer preguntas; sino que los dejamos libres para hacer lo que quieran, sabiendo que aquel que está ansioso por su salvación, si siente dolor en alguna parte de su alma, no sufre que esté en silencio. Pero el que descuida su salvación, ninguna ventaja se le confiere si es obligado a preguntar, excepto solo esto: que puede parecer diligente y solícito. Por lo cual, si deseas obtener alguna información, pregunta.»]

    Capítulo 5. El bien y el mal

    Rec. X, 5

    Entonces el anciano dijo: Hay un dicho muy prevalente entre los filósofos griegos, en el sentido de que no hay en realidad ni bien ni mal en la vida del hombre; sino que los hombres llaman a las cosas buenas o malas según les parecen, prejuiciados por el uso y la costumbre de la vida. Pues ni siquiera el homicidio es realmente un mal, porque libera al alma de las ataduras de la carne. Además, dicen que aun los jueces justos dan muerte a los que cometen crímenes; pero si supieran que el homicidio es un mal, los justos no harían eso. Tampoco dicen que el adulterio sea un mal; pues si el marido no lo sabe, o no le importa, no hay, dicen, mal en ello. Pero tampoco, dicen, es el hurto un mal; pues quita lo que uno no posee a otro que lo tiene. Y, en verdad, debería tomarse libre y abiertamente; pero en que se haga secretamente, eso es más bien una reprensión de la inhumanidad de aquel a quien secretamente se le quita. Pues todos los hombres deberían tener el uso común de todas las cosas que hay en este mundo; pero por injusticia uno dice que esto es suyo, y otro que aquello es suyo, y así se causa división entre los hombres. En fin, cierto hombre, el más sabio entre los griegos, sabiendo que estas cosas son así, dice que los amigos deben tener todas las cosas en común. Ahora, en todas las cosas sin duda se incluyen las esposas. Dice también que, así como el aire y la luz del sol no pueden dividirse, tampoco deberían dividirse otras cosas, que son dadas en este mundo a todos para ser poseídas en común, sino que deberían poseerse así. Pero quise decir esto, porque deseo volverme al bien obrar, y no puedo obrar bien si primero no aprendo qué es el bien; y si puedo entender eso, percibiré con ello qué es el mal, es decir, lo opuesto al bien.

    Capítulo 6. La autoridad de Pedro

    Rec. X, 6

    [«Pero querría que uno de vosotros, y no Pedro, respondiera a lo que he dicho; pues no es decoroso tomar palabras e instrucción de su mano, con preguntas; sino que cuando él da una sentencia sobre cualquier asunto, esa debe mantenerse sin replicar de nuevo. Y por tanto, tengámoslo como árbitro; de modo que si en algún tiempo nuestra discusión no llega a un término, él declare lo que le parece bien, y así dé un fin indudable a los asuntos dudosos. Y ahora, por tanto, podría creer, contento con su sola opinión, si expresara alguna opinión; y esto es lo que haré al fin. Mas quiero ver primero si es posible por discusión hallar lo que se busca. Mi deseo, pues, es que Clemente comience primero, y muestre si hay algún bien o mal en la sustancia o en las acciones.»]

    Capítulo 7. El argumento de Clemente

    Rec. X, 7

    A esto respondí: [«Puesto que en verdad deseas aprender de mí si hay algún bien o mal en la naturaleza o en el acto, o si no es más bien que los hombres, prejuiciados por la costumbre, piensan que algunas cosas son buenas, y otras malas, por cuanto han hecho una división entre sí de las cosas comunes, que deberían, como dices, ser tan comunes como el aire y la luz del sol; pienso que no debo traer ante ti declaraciones de ningún otro lugar que de aquellos estudios en los que estás bien versado, y que sostienes, para que lo que diga lo recibas sin vacilación. Asignas ciertos límites de todos los elementos y de los cuerpos celestes, y estos, dices, se encuentran en algunos sin daño, como en los matrimonios; pero en otros se unen dañosamente, como en los adulterios. Y dices que algunas cosas son generales a todos, pero otras no pertenecen a todos, y no son generales. Mas para no hacer una larga discusión, hablaré brevemente del asunto. La tierra que está seca necesita de la adición y mezcla del agua, para poder producir frutos, sin los cuales el hombre no puede vivir: esta es, por tanto, una conjunción legítima. Por el contrario, si el frío de la escarcha se mezcla con la tierra, o el calor con el agua, una conjunción de esta clase produce corrupción; y esto, en tales cosas, es adulterio.»]

    Capítulo 8. Males admitidos

    Rec. X, 8

    Entonces mi padre respondió: [«Pero así como la nocividad de una conjunción inarmónica de elementos o estrellas se delata inmediatamente, así también debería mostrarse inmediatamente que el adulterio es un mal.»] Entonces yo: [«Dime primero esto: si, como tú mismo has confesado, los males se producen de la mezcla incongruente e inarmónica; y después de eso indagaremos en el otro asunto.»] Entonces mi padre dijo: [«La naturaleza de las cosas es como dices, hijo mío.»] Entonces respondí: [«Puesto que, pues, deseas aprender de estas cosas, mira cuántas cosas hay que nadie duda que sean males. ¿Piensas que la fiebre, el fuego, la sedición, la caída de una casa, el homicidio, las prisiones, los tormentos, los dolores, los lutos, y cosas semejantes, son males?»] Entonces dijo mi padre: [«Es verdad, hijo mío, que estas cosas son malas, y muy malas; o, en todo caso, ¡quien niegue que son males, que las sufra!»]

    Capítulo 9. Existencia del mal según los principios astrológicos

    Rec. X, 9

    Entonces respondí: [«Puesto que, por tanto, he de tratar con uno que es versado en la ciencia astrológica, trataré el asunto contigo según esa ciencia, para que, tomando mi método de aquellas cosas con las que estás familiarizado, puedas asentir más prontamente. Escucha, pues, ahora: confiesas que aquellas cosas que hemos mencionado son males, como las fiebres, los incendios, y cosas semejantes. Ahora bien, estas, según tú, se dice que son producidas por estrellas malignas, como el húmedo Saturno y el ardiente Marte; pero las cosas contrarias a estas son producidas por estrellas benignas, como el templado Júpiter y la húmeda Venus. ¿No es así?»] Mi padre respondió: [«Es así, hijo mío; y no puede ser de otra manera.»] Entonces dije: [«Puesto que dices, por tanto, que las cosas buenas son producidas por estrellas buenas — por Júpiter y Venus, por ejemplo — veamos cuál es el producto cuando alguna de las estrellas malas se mezcla con las buenas, y entendamos que eso es malo. Pues tú estableces que Venus hace los matrimonios, y si tiene a Júpiter en su configuración hace los matrimonios castos; pero si Júpiter no está en aspecto, y Marte está presente, entonces pronuncias que los matrimonios son corrompidos por el adulterio.»] Entonces dijo mi padre: [«Así es, en efecto.»] Entonces respondí: [«Por tanto, el adulterio es un mal, visto que se comete por la mezcla de estrellas malas; y, para decirlo en una palabra, todas las cosas que dices que las estrellas buenas sufren por la mezcla de estrellas malas, indudablemente han de pronunciarse males. Aquellas estrellas, por tanto, por cuya mezcla hemos dicho que se producen las fiebres, las configuraciones, y otros males semejantes — aquellas, según tú, obran también homicidios, adulterios, hurtos, y también producen hombres altivos y estólidos.»]

    Capítulo 10. Cómo progresar

    Rec. X, 10

    Entonces mi padre dijo: [«En verdad has mostrado breve e incomparablemente que hay males en las acciones; pero aún quisiera aprender esto: ¿cómo juzga Dios justamente a los que pecan, como dices, si el génesis los compele a pecar?»] Entonces respondí: [«Temo hablaros de algo, padre mío, porque me corresponde guardaros todo honor; de lo contrario, tendría una respuesta que daros, si fuese conveniente.»] Entonces dice mi padre: [«Habla lo que se te ofrezca, hijo mío; pues no eres tú, sino el método de la indagación, quien hace el agravio; como una mujer modesta a un hombre incontinente, si se indigna por su seguridad y su honra.»] Entonces respondí: [«Si no nos atenemos a los principios que hemos reconocido y confesado, y si aquellas cosas que han sido definidas se deshacen siempre por el olvido, parecerá que tejemos el lienzo de Penélope, deshaciendo lo que hemos hecho. Y por tanto, no debemos asentir con demasiada facilidad antes de haber examinado diligentemente la doctrina propuesta; o si una vez hemos asentido y la proposición ha sido aceptada, debemos mantener lo que una vez se ha determinado, para poder proseguir nuestras indagaciones acerca de otros asuntos.»] Y mi padre dijo: [«Dices bien, hijo mío; y sé por qué dices esto: porque en la discusión de ayer sobre las causas naturales mostraste que alguna potestad maligna, transfiriéndose al orden de los astros, excita las concupiscencias de los hombres, provocándolos de varios modos a pecar, pero no compeliéndolos ni produciendo los pecados.»] A esto respondí: [«Bien está que lo recordéis; y sin embargo, aunque lo recordáis, habéis caído en error.»] Entonces dijo mi padre: [«Perdóname, hijo mío; porque aún no tengo mucha práctica en estas cosas: pues en verdad tus discursos de ayer, por su verdad, me forzaron a asentir; sin embargo, en mi conciencia quedan, por así decirlo, algunos restos de fiebres que por un poco me retienen de la fe, como de la salud. Pues estoy turbado, porque sé que muchas cosas, sí, casi todas, me han acontecido conforme al génesis.»]

    Capítulo 11. Prueba de la astrología

    Rec. X, 11

    Entonces respondí: Os diré, pues, padre mío, cuál es la naturaleza de la ciencia de la matemática, y obrad vos conforme a lo que os diga. Id a un matemático y decidle primero que tales y tales males os han sobrevenido en tal tiempo, y que deseáis saber de él de dónde, o cómo, o por cuáles estrellas os han sobrevenido. Sin duda os responderá que un Marte maligno o Saturno ha regido vuestros tiempos, o que alguno de ellos ha sido periódico; o que alguno os ha mirado diametralmente, o en conjunción, o centralmente; o alguna respuesta semejante os dará, añadiendo que en todas estas cosas alguno no estaba en armonía con el maligno, o estaba invisible, o en la figura, o más allá de la división, o eclipsado, o no estaba en contacto, o se hallaba entre las estrellas oscuras; y muchas otras cosas semejantes os responderá según sus propias razones, y descenderá a pormenores. Después de él, id a otro matemático y decidle lo contrario: que tal y tal bien os ha sucedido en aquel tiempo, mencionándole el mismo tiempo, y preguntadle de qué partes de vuestro génesis os ha venido este bien; y cuidad, como he dicho, de que los tiempos sean los mismos acerca de los cuales preguntasteis respecto de los males. Y cuando le hayáis engañado en cuanto a los tiempos, ved qué figuras os inventará para mostrar que los bienes debían haberos sobrevenido en aquellos mismos tiempos. Pues es imposible que los que tratan del génesis de los hombres no hallen en cualquier cuarto, como ellos dicen, de los cuerpos celestes, algunas estrellas favorablemente colocadas y otras desfavorablemente; porque el círculo está igualmente completo en toda parte, según la ciencia de la matemática, admitiendo causas diversas y varias, de las cuales pueden tomar ocasión para decir lo que les plazca.

    Capítulo 12. La astrología desconcertada por el libre albedrío

    Rec. X, 12

    Pues, como suele acontecer cuando los hombres ven sueños desfavorables y no pueden sacar de ellos nada cierto, cuando algún suceso ocurre, entonces adaptan lo que vieron en el sueño a lo que ha ocurrido; así también es la ciencia de la matemática. Porque antes de que algo acontezca, nada se declara con certeza; pero después de que algo ha acontecido, recogen las causas del suceso. Y así, a menudo, cuando han errado y la cosa ha resultado de otro modo, echan la culpa a sí mismos, diciendo que fue tal o cual estrella la que se opuso, y que no la vieron; no sabiendo que su error no procede de su impericia en el arte, sino de la inconsistencia de todo el sistema. Pues no saben cuáles son aquellas cosas que, en verdad, deseamos hacer, pero respecto de las cuales no damos rienda a nuestros deseos. Mas nosotros, que hemos aprendido la razón de este misterio, conocemos la causa, pues, teniendo libre albedrío, a veces nos oponemos a nuestros deseos y a veces cedemos a ellos. Y por tanto, el resultado de las acciones humanas es incierto, porque depende del libre albedrío. Pues un matemático puede ciertamente indicar el deseo que produce una potestad maligna; pero si la realización o el resultado de este deseo ha de cumplirse o no, nadie puede saberlo antes de la consumación de la cosa, porque depende del libre albedrío. Y por esto los astrólogos ignorantes han inventado para sí la habladuría de los períodos climatéricos como refugio en las incertidumbres, como ayer mostramos cumplidamente.

    Capítulo 13. Admitida la gente

    Rec. X, 13

    [«Si tenéis algo que queráis decir a esto, hablad.»] Entonces mi padre: [«Nada puede ser más verdadero, hijo mío, que lo que has afirmado.»] Y mientras así hablábamos entre nosotros, alguien nos informó de que una gran multitud de gente estaba fuera, reunida para oír. Entonces Pedro mandó que los dejasen entrar, pues el lugar era grande y conveniente. Y cuando hubieron entrado, Pedro nos dijo: [«Si alguno de vosotros lo desea, que hable al pueblo y diserte acerca de la idolatría.»] A lo que yo, Clemente, respondí: Vuestra gran benignidad, mansedumbre y paciencia para con todos nos anima, de modo que nos atrevemos a hablar en vuestra presencia y a preguntar lo que nos plazca; y por tanto, como he dicho, la mansedumbre de vuestra disposición invita y anima a todos a abrazar los preceptos de la doctrina que salva. Esto no lo he visto jamás antes en ningún otro, sino solo en vos, en quien no hay envidia ni indignación. ¿O qué pensáis?

    Capítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal

    Rec. X, 14

    Entonces Pedro dijo: [«Estas cosas no provienen solo de envidia o indignación; sino que a veces hay en algunas personas una vergüenza, no sea acaso que no puedan responder plenamente a las cuestiones que se les propongan, y así evitan descubrir su falta de habilidad. Pero nadie debe avergonzarse de esto, porque no hay hombre que deba profesar que lo sabe todo; pues solo hay Uno que conoce todas las cosas, aquel que también hizo todas las cosas. Porque si nuestro Maestro declaró que no sabía el día ni la hora cuyos signos incluso Él predijo, y lo refirió todo al Padre, ¿cómo consideraremos deshonroso confesar que ignoramos algunas cosas, cuando en esto tenemos el ejemplo de nuestro Maestro? Solo profesamos esto: que conocemos aquellas cosas que hemos aprendido del verdadero Profeta; y que esas cosas nos han sido entregadas por el verdadero Profeta, las cuales Él juzgó suficientes para el conocimiento humano.»]

    Capítulo 15. Revelación de Clemente

    Rec. X, 15

    Entonces yo, Clemente, proseguí hablando así: [«En Trípoli, cuando disputabais contra los gentiles, señor mío Pedro, me admiré grandemente de vos, pues aunque fuisteis instruido por vuestro padre según la usanza de los hebreos y en las observancias de vuestra propia ley, y jamás fuisteis contaminado por los estudios de la ciencia griega, argüisteis tan magnífica e incomparablemente; y aun tocasteis algunas cosas acerca de las historias de los dioses, que suelen declamarse en los teatros. Pero como advertí que sus fábulas y blasfemias no os son tan bien conocidas, disertaré sobre ellas en vuestra presencia, repitiéndolas desde el principio, si os place.»] Entonces dice Pedro: [«Proseguid; hacéis bien en ayudar a mi predicación.»] Entonces dije: [«Hablaré, pues, porque me lo mandáis, no para enseñaros, sino para hacer público cuáles necias opiniones tienen los gentiles acerca de los dioses.»]

    Capítulo 16. [«Ojalá todo el pueblo de Dios fuese profeta.» ]

    Rec. X, 16

    Pero cuando yo estaba a punto de hablar, Niceta, mordiéndose el labio, me hizo señas de que callara. Y cuando Pedro lo vio, dijo: [«¿Por qué reprimís su disposición liberal y su índole noble, para hacerle callar por mi honor, que nada es? ¿O no sabéis que, si todas las naciones, después de haber oído de mí la predicación de la verdad y de haber creído, se entregaran a la enseñanza, ganarían para mí mayor gloria, si es que me tenéis por deseoso de gloria? Pues ¿qué cosa tan gloriosa como preparar discípulos para Cristo, no los que callen y se salven solos, sino los que hablen lo que han aprendido y hagan bien a otros? Deseo, en verdad, que tanto tú, Niceta, como tú, amado Áquila, me ayudéis en la predicación de la palabra de Dios, y tanto más cuanto que aquellas cosas en que los gentiles yerran os son bien conocidas; y no solo vosotros, sino todos los que me oyen, deseo, como he dicho, que oigan y aprendan de modo que puedan también enseñar: pues el mundo necesita muchos auxiliadores por los cuales los hombres sean llamados del error.»] Cuando hubo hablado así, me dijo: [«Prosigue, pues, Clemente, con lo que has comenzado.»]

    Capítulo 17. Cosmogonía de los gentiles

    Rec. X, 17

    Y al punto repliqué: Viendo que cuando disputabais en Trípoli, como he dicho, disertasteis mucho acerca de los dioses de los gentiles de manera provechosa y convincente, deseo exponer en vuestra presencia las ridículas leyendas acerca de su origen, tanto para que no ignoréis la falsedad de esta vana superstición, cuanto para que los oyentes presentes conozcan el carácter vergonzoso de su error. Dicen, pues, los sabios que hay entre los gentiles que lo primero de todas las cosas fue el caos; que este, solidificando durante largo tiempo sus partes exteriores, se hizo a sí mismo límites y una suerte de fundamento, recogiéndose, por así decirlo, a la manera y forma de un huevo enorme, dentro del cual, en el curso de largo tiempo, como dentro de la cáscara del huevo, fue nutrido y vivificado cierto animal; y que después, roto aquel enorme globo, salió una cierta clase de hombre de doble sexo, al que llaman masculofemenino. A este lo llamaron Fanes, por aparecer, porque cuando apareció, dicen, entonces también brilló la luz. Y de este, dicen, fueron producidos la sustancia, la prudencia, el movimiento y la unión carnal, y de estos fueron hechos los cielos y la tierra. Del cielo dicen que fueron producidos seis varones, a los que llaman Titanes; y de igual manera, de la tierra seis hembras, a las que llamaron Titánides. Y estos son los nombres de los varones que brotaron del cielo: Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto y Cronos, que entre nosotros se llama Saturno. De igual modo, los nombres de las hembras que brotaron de la tierra son estos: Tea, Rea, Temis, Mnemósine, Tetis y Hebe.

    Capítulo 18. Familia de Saturno

    Rec. X, 18

    De todos estos, el primogénito del cielo tomó por esposa a la primogénita de la tierra; el segundo a la segunda, y de igual modo todos los demás. El primer varón, pues, que se casó con la primera hembra, fue por causa de ella arrastrado hacia abajo; mas la segunda hembra subió hacia arriba, a causa de aquel con quien se casó; y así cada uno, obrando en su orden, permaneció en los lugares que le tocaron por suerte nupcial. De su unión afirman que brotaron otros innumerables. Pero de estos seis varones, el que se llama Saturno recibió en matrimonio a Rea y, habiendo sido advertido por cierto oráculo de que el que naciese de ella sería más poderoso que él mismo y lo arrojaría de su reino, determinó devorar a todos los hijos que le naciesen. Primero, pues, le nace un hijo llamado Aides, que entre nosotros se llama Orco; y a este, por la razón que acabamos de decir, lo tomó y devoró. Después de él engendró un segundo hijo, llamado Neptuno; y a este lo devoró de igual modo. Por último, engendró al que llaman Júpiter; mas a este, su madre Rea, compadecida, lo apartó de su padre por estratagema cuando estaba a punto de devorarlo. Y primero, en verdad, para que no se advirtiese el llanto del niño, hizo que ciertos Coribantes golpearan címbalos y tambores, para que con el sonido ensordecedor no se oyese el llanto del infante.

    Capítulo 19. Sus destinos

    Rec. X, 19

    Pero cuando él comprendió por la disminución de su vientre que la criatura había nacido, la reclamó para devorarla; entonces Rea le presentó una gran piedra y le dijo que aquello era lo que ella había parido. Y él la tomó y la tragó; y la piedra, una vez devorada, empujó e hizo salir a los hijos que antes había tragado. Por tanto, Orco, saliendo primero, descendió y ocupa las regiones inferiores, es decir, las infernales. El segundo, estando por encima de él —aquel a quien llaman Neptuno—, es arrojado sobre las aguas. El tercero, que sobrevivió por el artificio de su madre Rea, lo puso sobre una cabra y lo envió al cielo.

    Capítulo 20. Hechos de Júpiter

    Rec. X, 20

    Pero basta ya de fábulas de viejas y de la genealogía de los gentiles; pues sería cosa sin fin si expusiera todas las generaciones de los que llaman dioses y sus malvadas acciones. Mas a modo de ejemplo, omitiendo lo demás, detallaré las maldades solo de aquel a quien tienen por el más grande y el principal, y a quien llaman Júpiter. Pues dicen que posee el cielo, como superior a los demás; y él, en cuanto creció, se casó con su propia hermana, a la que llaman Juno, en lo cual en verdad al punto se asemeja a una bestia. Juno da a luz a Vulcano; pero, según cuentan, Júpiter no fue su padre. Sin embargo, por el propio Júpiter ella fue madre de Medea; y habiendo recibido Júpiter el oráculo de que uno que naciese de ella sería más poderoso que él y lo expulsaría de su reino, la tomó y la devoró. De nuevo Júpiter produjo a Minerva de su cerebro, y a Baco de su muslo. Después de esto, habiéndose enamorado de Tetis, dicen que Prometeo le advirtió de que, si yacía con ella, el que naciese de ella sería más poderoso que su padre; y por temor de esto, la dio en matrimonio a un tal Peleo. Luego tuvo trato con Perséfone, que era su propia hija, habida de Ceres; y de ella engendró a Dionisio, que fue despedazado por los Titanes. Mas llamando a la memoria, se dice, que quizás su propio padre Saturno podría engendrar otro hijo que fuese más poderoso que él y lo expulsase del reino, fue a la guerra contra su padre, junto con sus hermanos los Titanes; y habiéndolos vencido, al fin arrojó a su padre a prisión, le cortó los genitales y los arrojó al mar. Pero la sangre que manó de la herida, mezclada con las olas y convertida en espuma por el continuo batir, produjo a aquella a quien llaman Afrodita, y que entre nosotros se llama Venus. Del trato con ella, que era así su propia hermana, dicen que este mismo Júpiter engendró a Cipris, quien, dicen, fue madre de Cupido.

    Capítulo 21. Un catálogo infame

    Rec. X, 21

    Hasta aquí en cuanto a sus incestos; ahora hablaré de sus adulterios. Deshonró a Europa, esposa de Océano, de quien nació Dodoneo; a Helena, esposa de Pandión, de quien Museo; a Eurínome, esposa de Asopo, de quien Ogigias; a Hermíone, esposa de Océano, de quien las Gracias, Talia, Eufrósine, Aglaya; a Temis, su propia hermana, de quien las Horas, Eurinomía, Dice, Irene; a Temisto, hija de Ínaco, de quien Arcas; a Idea, hija de Minos, de quien Asterión; a Fenisa, hija de Alfión, de quien Endimión; a Ío, hija de Ínaco, de quien Épafo; a Hipodamia e Isíone, hijas de Dánao, de las cuales Hipodamia fue esposa de Oleno, e Isíone de Orcómeno o Crises; a Carme, hija de Fénix, de quien nació Britomartis, que fue servidora de Diana; a Calisto, hija de Licaón, de quien Orcas; a Libe, hija de Munantio, de quien Belo; a Latona, de quien Apolo y Diana; a Leandia, hija de Eurimedonte, de quien Corón; a Lisítea, hija de Eveno, de quien Héleno; a Hipodamia, hija de Belerofonte, de quien Sarpedón; a Megaclite, hija de Macario, de quien Tebe y Locro; a Níobe, hija de Foroneo, de quien Argos y Pelasgo; a Olimpíade, hija de Neoptólemo, de quien Alejandro; a Pirra, hija de Prometeo, de quien Helmeteo; a Protogenia y Pandora, hijas de Deucalión, de las cuales engendró a Etelio, y Doro, y Melera, y Pándoro; a Taicrucia, hija de Proteo, de quien nació Ninfeo; a Salamis, hija de Asopo, de quien Saracón; a Taígete, Electra, Maya, Plútide, hijas de Atlas, de las cuales respectivamente engendró a Lacedemón, Dárdano, Mercurio y Tántalo; a Ftía, hija de Foroneo, de quien engendró a Aqueo; a Conia, hija de Aramno, de quien engendró a Lacón; a Calcea, una ninfa, de quien nació Olimpo; a Caridia, una ninfa, de quien Alcano; a Cloris, que fue esposa de Ámpico, de quien nació Mopso; a Cotonia, hija de Lesbo, de quien Polimedes; a Hipodamia, hija de Aniceto; a Crisogenia, hija de Peneo, de quien nació Tiseo.

    Capítulo 22. Vil transformación de Júpiter

    Rec. X, 22

    Hay también innumerables adulterios suyos, de los cuales no resultó descendencia, que sería tedioso enumerar. Pero entre los que hemos mencionado, violó a algunas transformándose, como mago. En resumen, sedujo a Antíope, hija de Nicteo, convertido en sátiro, y de ella nacieron Anfión y Zeto; a Alcmena, transformado en su marido Anfitrión, y de ella nació Heracles; a Egina, hija de Asopo, transformado en águila, de la cual nació Éaco. Asimismo deshonró a Ganimedes, hijo de Dárdano, transformado en águila; a Mantea, hija de Foco, transformado en osa, de quien nació Arctos; a Dánae, hija de Acrisio, transformado en oro, de quien Perseo; a Europa, hija de Fénix, transformado en toro, de quien nacieron Minos, Radamanto y Sarpedón; a Eurimedusa, hija de Aqueloo, transformado en hormiga, de quien Mirmidón; a Talia, la ninfa, transformado en buitre, de quien nacieron los Palicos, en Sicilia; a Imandra, hija de Geneano, en Rodas, transformado en lluvia; a Casiopea, transformado en su marido Fénix, y de ella nació Anquino; a Leda, hija de Testio, transformado en cisne, de quien nació Helena; y de nuevo la misma, transformado en estrella, y de ella nacieron Cástor y Pólux; a Lamia, transformado en avefría; a Mnemósine, transformado en pastor, de quien nacieron las nueve Musas; a Némesis, transformado en ganso; a Sémele cadmea, transformado en fuego, y de ella nació Dioniso. De su propia hija Ceres engendró a Perséfone, a quien también él mismo deshonró, transformado en dragón.

    Capítulo 23. ¿Por qué un dios?

    Rec. X, 23

    También cometió adulterio con Europa, esposa de su propio tío Océano, y con su hermana Eurínome, y castigó al padre de ellas; y cometió adulterio con Plute, hija de su propio hijo Atlas, y condenó a Tántalo, a quien ella le dio a luz. De Larisa, hija de Orcómeno, engendró a Ticio, a quien también consignó al castigo. Se llevó a Día, esposa de su propio hijo Ixión, y lo sometió a castigo perpetuo; y a casi todos los hijos que brotaron de sus adulterios dio muertes violentas; y en verdad los sepulcros de casi todos ellos son bien conocidos. Sí, el sepulcro de este mismo parricida, que destruyó a sus tíos y deshonró a sus esposas, que fornicó con sus hermanas, este mago de muchas transformaciones, se muestra entre los cretenses, quienes, aunque conocen y reconocen sus horribles e incestuosas obras, y las cuentan a todos, sin embargo no se avergüenzan de confesarlo como dios. De donde me parece admirable, sí, sobremanera admirable, cómo aquel que sobrepasa a todos los hombres en maldad y crímenes ha recibido aquel nombre santo y bueno que está sobre todo nombre, siendo llamado padre de dioses y de hombres; a no ser que acaso aquel que se goza en los males de los hombres haya persuadido a las almas desdichadas a conceder honra sobre todos los demás a aquel a quien vio sobresalir sobre todos los demás en crímenes, a fin de atraer a todos a la imitación de sus malas obras.

    Capítulo 24. Necedad del politeísmo

    Rec. X, 24

    Pero también los sepulcros de sus hijos, que son tenidos entre estos los gentiles como dioses, se señalan abiertamente, uno en un lugar y otro en otro: el de Mercurio en Hermópolis; el de la Venus chipriota en Chipre; el de Marte en Tracia; el de Baco en Tebas, donde se dice que fue despedazado; el de Heracles en Tiro, donde fue quemado con fuego; el de Esculapio en Epidauro. Y todos estos son mencionados, no solo como hombres que han muerto, sino como hombres malvados que han sido castigados por sus crímenes; y sin embargo son adorados como dioses por hombres necios.

    Capítulo 25. Hombres muertos divinizados

    Rec. X, 25

    Pero si prefieren argüir y afirmar que estos son más bien los lugares de su nacimiento que de su sepultura o muerte, los hechos antiguos serán convictos por los que están a mano y son aún recientes, puesto que hemos mostrado que adoran a aquellos que ellos mismos confiesan que fueron hombres, y que murieron, o más bien que fueron castigados; como los sirios adoran a Adonis, y los egipcios a Osiris; los troyanos, a Héctor; Aquiles es adorado en Leucóneso, Patroclo en el Ponto, Alejandro el Macedonio en Rodas; y muchos otros son adorados, unos en un lugar y otros en otro, de quienes no dudan que fueron hombres muertos. De donde se sigue que sus predecesores también, cayendo en un error semejante, confirieron honra divina a hombres muertos, que quizá habían tenido algún poder o alguna habilidad, y especialmente si habían aturdido a hombres estólidos con fantasías mágicas.

    Capítulo 26. Metamorfosis

    Rec. X, 26

    [«De aquí se ha añadido ahora también que los poetas adornan las falsedades del error con elegancia de palabras y con dulzura de lenguaje persuaden que los mortales han sido hechos inmortales; más aún, dicen que los hombres son transformados en estrellas, árboles, animales, flores, aves, fuentes y ríos. Y si no pareciera pérdida de palabras, podría incluso enumerar casi todas las estrellas, árboles, fuentes y ríos que afirman haber sido hechos de hombres; sin embargo, a modo de ejemplo, mencionaré al menos uno de cada clase. Dicen que Andrómeda, hija de Cefeo, fue convertida en estrella; Dafne, hija del río Ladón, en árbol; Jacinto, amado de Apolo, en flor; Calisto en la constelación que llaman Osa; Progne y Filomela, con Tereo, en aves; que Tisbe en Cilicia se disolvió en una fuente; y Píramo, en el mismo lugar, en un río. Y afirman que casi todas las estrellas, árboles, fuentes y ríos, flores, animales y aves, fueron en un tiempo seres humanos.»]

    Capítulo 27. Inconsistencia de los politeístas

    Rec. X, 27

    Pero Pedro, cuando oyó esto, dijo: [«Según ellos, pues, antes de que los hombres fuesen transformados en estrellas y en las otras cosas que mencionas, el cielo estaba sin estrellas, y la tierra sin árboles ni animales; y no había ni fuentes, ni ríos, ni aves. Y sin estas cosas, ¿cómo vivieron aquellos mismos hombres que después fueron transformados en ellas, puesto que es evidente que, sin estas cosas, los hombres no podían vivir sobre la tierra?»] Entonces respondí: Pero ni siquiera son capaces de observar el culto de sus propios dioses de manera consecuente; pues cada uno de aquellos a quienes adoran tiene algo dedicado a sí mismo, de lo cual sus adoradores deben abstenerse: como dicen que el olivo está dedicado a Minerva, la cabra a Júpiter, las semillas a Ceres, el vino a Baco, el agua a Osiris, el carnero a Amón, el ciervo a Diana, el pez y la paloma al demonio de los sirios, el fuego a Vulcano; y para cada uno, como he dicho, hay algo especialmente consagrado, de lo cual los adoradores están obligados a abstenerse, para honra de aquellos a quienes está consagrado. Pero si uno se abstuviera de una cosa, y otro de otra, al honrar a uno de los dioses, incurren en la ira de todos los demás; y por tanto, si quisieran conciliarlos a todos, deberían abstenerse de todas las cosas para honra de todos, de modo que, condenados por sí mismos con justa sentencia antes del día del juicio, perecerían de muerte miserable por inanición.

    Capítulo 28. Apoyos del gentilismo

    Rec. X, 28

    [«Pero volvamos a nuestro propósito. ¿Qué razón hay, sí, más bien, qué locura posee las mentes de los hombres, que adoren y veneren como a un dios a un hombre a quien no solo saben impío, malvado, profano— quiero decir Júpiter— incestuoso, parricida, adúltero, sino que incluso lo proclaman públicamente como tal en sus cantos en los teatros? O si por medio de estas obras ha merecido ser un dios, entonces también, cuando oyen de cualesquiera asesinos, adúlteros, parricidas, incestuosos, deberían adorarlos también como dioses. Pero no puedo entender por qué veneran en él lo que execran en otros.»] Entonces Pedro respondió: [«Puesto que dices que no puedes entenderlo, aprende de mí por qué veneran en él la maldad. En primer lugar, es para que, cuando ellos mismos hagan obras semejantes, sepan que serán aceptos a él, en tanto que no han hecho sino imitarlo en su maldad. En segundo lugar, porque los antiguos dejaron estas cosas hábilmente compuestas en sus escritos y elegantemente injertadas en sus versos. Y ahora, con la ayuda de la educación juvenil, puesto que el conocimiento de estas cosas se adhiere a sus tiernas y simples mentes, no puede sin dificultad ser arrancado de ellas y desechado.»]

    Capítulo 29. Alegorías

    Rec. X, 29

    Cuando Pedro hubo dicho esto, Niceta respondió: [«No supongas, mi señor Pedro, sino que los hombres doctos de los gentiles tienen ciertos argumentos plausibles con los que apoyan aquellas cosas que parecen reprensibles y vergonzosas. Y esto lo digo no como queriendo confirmar su error (pues lejos esté de mí que tal cosa venga jamás a mi pensamiento); sin embargo, sé que hay entre los más inteligentes de ellos ciertas defensas con las que acostumbran sostener y colorear aquellas cosas que parecen absurdas. Y si te place que exponga algunas de ellas— pues en cierta medida estoy familiarizado con ellas— haré como me ordenes.»] Y cuando Pedro le hubo dado permiso, Niceta procedió como sigue.

    Capítulo 30. Cosmogonía de Orfeo

    Rec. X, 30

    Toda la literatura entre los griegos que está escrita sobre el tema del origen de la antigüedad se basa en muchas autoridades, pero especialmente en dos, Orfeo y Hesíodo. Ahora bien, sus escritos se dividen en dos partes según su significado, a saber, la literal y la alegórica; y la multitud vulgar ha acudido en tropel a la literal, pero toda la elocuencia de los filósofos y hombres doctos se gasta en admiración de la alegórica. Es, pues, Orfeo quien dice que al principio hubo caos, eterno, ilimitado, no producido, y que de él fueron hechas todas las cosas. Dice que este caos no era ni tiniebla ni luz, ni húmedo ni seco, ni caliente ni frío, sino que era todas las cosas mezcladas juntas, y era siempre una masa informe; pero que al fin, como a la manera de un huevo enorme, sacó y produjo de sí mismo cierta forma doble, que había sido forjada a través de inmensos períodos de tiempo, y que llaman masculofemenina, forma concreta de la mezcla contraria de tal diversidad; y que este es el principio de todas las cosas, que vino de la materia pura, y que, saliendo, efectuó una separación de los cuatro elementos, e hizo el cielo de los dos elementos que son primeros, fuego y aire, y la tierra de los otros, tierra y agua; y de estos dice que todas las cosas ahora nacen y son producidas por una participación mutua de ellos. Hasta aquí Orfeo.

    Capítulo 31. Cosmogonía de Hesíodo

    Rec. X, 31

    Pero a esto añade Hesíodo que, después del caos, el cielo y la tierra fueron hechos inmediatamente, de los cuales dice que fueron producidos aquellos once (y a veces también habla de ellos como doce), de los cuales hace seis varones y cinco hembras. Y estos son los nombres que da a los varones: Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto, Cronos, que también es llamado Saturno. También los nombres de las hembras son: Tea, Rea, Temis, Mnemósine, Tetis. Y estos nombres los interpretan así alegóricamente. Dicen que el número es once o doce: que el primero es la naturaleza misma, a la que también querrían que se llamara Rea, de Fluyente; y dicen que los otros diez son sus accidentes, que también llaman cualidades; sin embargo añaden un duodécimo, a saber, Cronos, que entre nosotros es llamado Saturno, y a él lo toman por el tiempo. Por tanto, afirman que Saturno y Rea son el tiempo y la materia; y estos, cuando se mezclan con humedad y sequedad, calor y frío, producen todas las cosas.

    Capítulo 32. Interpretación alegórica

    Rec. X, 32

    Ella, por tanto (Rea, o la naturaleza), se dice, produjo, por así decirlo, cierta burbuja que había estado acumulándose durante mucho tiempo; y esta, recogida gradualmente del espíritu que estaba en las aguas, se hinchó, y siendo por algún tiempo empujada sobre la superficie de la materia, de la cual había salido como de un seno, y endurecida por el rigor del frío, y siempre creciendo por adiciones de hielo, al fin se desprendió y se hundió en lo profundo, y arrastrada por su propio peso, descendió a las regiones infernales; y porque se hizo invisible fue llamada Hades, y también es nombrada Orco o Plutón. Y puesto que fue hundida desde lo alto hasta lo bajo, dio lugar a que el elemento húmedo fluyera junto; y la parte más grosera, que es la tierra, quedó al descubierto por la retirada de las aguas. Dicen, por tanto, que esta libertad de las aguas, que antes estaba restringida por la presencia de la burbuja, fue llamada Neptuno después de que la burbuja alcanzara el lugar más bajo. Después de esto, cuando el elemento frío había sido succionado hacia las regiones inferiores por la concreción de la burbuja helada, y los elementos seco y húmedo se habían separado, no habiendo ya impedimento, el elemento cálido se precipitó por su fuerza y ligereza hacia las regiones superiores del aire, siendo llevado arriba por viento y tormenta. Esta tormenta, por tanto, que en griego se llama [καταιγίς], la llamaron égida — es decir, una cabra; y al fuego que ascendió a las regiones superiores lo llamaron Júpiter; por lo cual dicen que ascendió al Olimpo cabalgando sobre una cabra.

    Capítulo 33. Alegoría de Júpiter, etc.

    Rec. X, 33

    Ahora bien, los griegos quieren que este Júpiter sea llamado así por su vivir, o dar vida, pero los nuestros por su dar auxilio. Dicen, pues, que esta es la sustancia viviente, la cual, colocada en las regiones superiores, y atrayendo hacia sí todas las cosas por la influencia del calor, como por la circunvolución del cerebro, y ordenándolas mediante la moderación de cierta templanza, se dice que de su cabeza produjo la sabiduría, a quien llaman Minerva, la cual fue llamada [᾿Αθήνη] por los griegos a causa de su inmortalidad; la cual, porque el padre de todo creó todas las cosas por su sabiduría, se dice también que fue producida de su cabeza, y del lugar principal de todo, y se la representa como habiendo formado y adornado el mundo entero por la mezcla regulada de los elementos. Por tanto, las formas que fueron impresas en la materia, para que el mundo fuese hecho, porque están constreñidas por la fuerza del calor, se dice que son mantenidas unidas por la energía de Júpiter. Y puesto que hay suficientes de estas, y no necesitan que nada nuevo se les añada, sino que cada cosa es reparada por el fruto de su propia semilla, se dice que las manos de Saturno están atadas por Júpiter; porque, como he dicho, el tiempo ya no produce de la materia nada nuevo: antes el calor de las semillas restaura todas las cosas según sus especies; y ningún nacimiento de Rea— es decir, ningún aumento de la materia que fluye— asciende más. Y por tanto llaman a aquella primera división de los elementos la mutilación de Saturno, porque ya no puede producir un mundo.

    Capítulo 34. Otras alegorías

    Rec. X, 34

    [«Y de Venus proponen una alegoría de este tenor. Cuando, dicen, el mar fue puesto debajo del aire, y cuando el resplandor de los cielos brilló más agradablemente, reflejándose en las aguas, la hermosura de las cosas, que aparecía más bella desde las aguas, fue llamada Venus; y ella, ello, uniéndose con el aire como con su propio hermano, para producir la belleza, que pudiera ser objeto de deseo, se dice que dio a luz a Cupido. De este modo, por tanto, como hemos dicho, enseñan que Cronos, que es Saturno, es alegóricamente el tiempo; Rea es la materia; Aides— es decir, Orco— es la profundidad de las regiones infernales; Neptuno es el agua; Júpiter es el aire— es decir, el elemento del calor; Venus es la hermosura de las cosas; Cupido es el deseo, que está en todas las cosas, y por el cual se propaga la posteridad, o incluso la razón de las cosas, que da deleite cuando se contempla con sabiduría. Hera— es decir, Juno— se dice que es aquel aire intermedio que desciende del cielo a la tierra. A Diana, a quien llaman Proserpina, le entregan el aire inferior. Dicen que Apolo es el Sol mismo, que recorre el cielo; que Mercurio es la palabra, por la cual se da razón de todo; que Marte es el fuego desenfrenado, que consume todas las cosas. Pero para no demorarte enumerándolo todo, los que tienen inteligencia más abstrusa acerca de tales cosas piensan que dan razones justas y bellas, aplicando esta clase de alegoría a cada uno de sus objetos de culto.»]

    Capítulo 35. Inutilidad de estas alegorías

    Rec. X, 35

    Cuando Niceta hubo hablado así, Aquila respondió: Quienquiera que haya sido el autor e inventor de estas cosas, me parece que ha sido muy impío, puesto que cubrió aquellas cosas que parecen agradables y decentes, e hizo que el ritual de su superstición consistiera en observancias viles y vergonzosas, puesto que aquellas cosas que están escritas según la letra son manifiestamente indecorosas y viles; y toda la observancia de su religión consiste en esto: en que por tales crímenes e impiedades puedan enseñar a los hombres a imitar a los dioses a quienes adoran. Porque en estas alegorías, ¿qué provecho puede haber para ellos? Pues aunque están forjadas de modo que sean decentes, no se deriva de ellas ningún uso para el culto, ni para la enmienda de las costumbres.
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