Rec. X, 1
Pero por la mañana, después de la salida del sol, yo Clemente, y Niceta y Aquila, junto con Pedro, vinimos al aposento en que mi padre y mi madre dormían; y hallándolos aún dormidos, nos sentamos ante la puerta, cuando Pedro se dirigió a nosotros en estos términos: [«Escuchadme, amadísimos consiervos: sé que tenéis gran afecto por vuestro padre; por tanto temo que le instéis demasiado pronto a tomar sobre sí el yugo de la religión, cuando todavía no está preparado para ello; y a esto quizá consienta, por su afecto hacia vosotros. Pero esto no es de fiar; pues lo que se hace por causa de los hombres no es digno de aprobación, y pronto se deshace. Por tanto me parece que debéis permitirle vivir por un año según su propio juicio; y durante ese tiempo podrá viajar con nosotros, y mientras instruimos a otros, él podrá oír con sencillez; y al oír, si tiene algún propósito recto de reconocer la verdad, él mismo pedirá tomar sobre sí el yugo de la religión; o si no le place tomarlo, podrá permanecer como amigo. Pues los que no lo toman de corazón, cuando comienzan a no poder soportarlo, no solo arrojan aquello que habían tomado, sino que, a modo de excusa, por así decirlo, de su debilidad, comienzan a hablar mal del camino de la religión, y a maldecir a aquellos a quienes no han podido seguir ni imitar.»]
Rec. X, 2
A esto respondió Niceta: [«Mi señor Pedro, nada digo contra tus rectos y buenos consejos; pero deseo decir una cosa, para aprender con ello algo que no sé. ¿Qué si mi padre muriera dentro del año durante el cual recomiendas que se le difiera? Bajará al infierno desamparado, y así será atormentado para siempre.»] Entonces dijo Pedro: [«Abrazo tu bondadoso propósito hacia tu padre, y te perdono en lo que respecta a las cosas que ignoras. Pues ¿supones que, si alguno es tenido por haber vivido rectamente, será salvo inmediatamente? ¿No piensas que debe ser examinado por Aquel que conoce los secretos de los hombres, en cuanto a cómo ha vivido rectamente, si acaso según la regla de los gentiles, obedeciendo sus instituciones y leyes; o por causa de la amistad de los hombres; o meramente por costumbre, o por cualquier otra causa; o por necesidad, y no por causa de la rectitud misma, y por amor de Dios? Pues los que han vivido rectamente, solo por amor de Dios y de su justicia, llegarán al descanso eterno, y recibirán la perpetuidad del reino celestial. Porque la salvación no se alcanza por fuerza, sino por libertad; y no por el favor de los hombres, sino por la fe de Dios. Además, debes considerar que Dios es presciente, y sabe si este hombre es uno de los suyos. Pero si Él sabe que no lo es, ¿qué haremos respecto de aquellas cosas que han sido determinadas por Él desde el principio? Pero en lo que puedo, doy consejo: cuando él esté despierto, y nos sentemos juntos, entonces vosotros, como si quisierais aprender algo, haced una pregunta acerca de aquellas materias que conviene que él aprenda; y mientras hablamos unos con otros, él recibirá instrucción. Pero esperad primero a ver si él mismo pregunta algo; pues si lo hace, la ocasión del discurso será más oportuna. Pero si no pregunta nada, pongamos por turnos preguntas unos a otros, queriendo aprender algo, como he dicho. Tal es mi juicio, decid cuál es el vuestro.»]
Rec. X, 3
Y cuando hubimos encomiado su recto consejo, yo Clemente dije: [«En todas las cosas, el fin por lo general mira hacia atrás al principio, y el resultado de las cosas es semejante a su comienzo. Espero, por tanto, respecto de nuestro padre también, ya que Dios por vuestro medio ha dado un buen principio, que Él otorgará también un fin adecuado al principio, y digno de Él mismo. Sin embargo, hago esta sugerencia: que si, como has dicho, comenzamos a hablar, en presencia de mi padre, como con el propósito de discutir algún asunto, o de aprender algo unos de otros, tú, mi señor Pedro, no debes ocupar el lugar de quien tiene algo que aprender; pues si él ve esto, más bien se ofenderá. Porque él está convencido de que tú conoces plenamente todas las cosas, como en verdad las conoces. ¿Cómo será, pues, si te ve fingir ignorancia? Esto, como he dicho, más bien le dañará, ignorando él tu designio. Pero si nosotros, hermanos, mientras conversamos entre nosotros, tenemos alguna duda, que tú des una solución adecuada a nuestra indagación. Pues si él ve que aun tú vacilas y dudas, entonces verdaderamente pensará que nadie tiene conocimiento de la verdad.»]
Rec. X, 4
A esto respondió Pedro: [«No nos preocupemos de esto; y si en verdad conviene que él entre por la puerta de la vida, Dios dará una oportunidad adecuada; y habrá un principio de Dios, y no de hombre. Y por tanto, como he dicho, que viaje con nosotros, y oiga nuestras discusiones; pero porque os vi con prisa, por eso dije que debía buscarse la oportunidad; y cuando Dios la dé, cumplid mi consejo en lo que diré.»] Mientras así hablábamos, un muchacho vino a decirnos que nuestro padre estaba ya despierto; y cuando nos disponíamos a entrar a él, él mismo vino a nosotros, y saludándonos con un beso, después que nos hubimos sentado de nuevo, dijo: [«¿Está permitido a uno hacer una pregunta, si lo desea; o se exige silencio, a la manera de los pitagóricos?»] Entonces dijo Pedro: [«No obligamos a los que vienen a nosotros ni a guardar silencio continuamente, ni a hacer preguntas; sino que los dejamos libres para hacer lo que quieran, sabiendo que aquel que está ansioso por su salvación, si siente dolor en alguna parte de su alma, no sufre que esté en silencio. Pero el que descuida su salvación, ninguna ventaja se le confiere si es obligado a preguntar, excepto solo esto: que puede parecer diligente y solícito. Por lo cual, si deseas obtener alguna información, pregunta.»]
Rec. X, 5
Entonces el anciano dijo: Hay un dicho muy prevalente entre los filósofos griegos, en el sentido de que no hay en realidad ni bien ni mal en la vida del hombre; sino que los hombres llaman a las cosas buenas o malas según les parecen, prejuiciados por el uso y la costumbre de la vida. Pues ni siquiera el homicidio es realmente un mal, porque libera al alma de las ataduras de la carne. Además, dicen que aun los jueces justos dan muerte a los que cometen crímenes; pero si supieran que el homicidio es un mal, los justos no harían eso. Tampoco dicen que el adulterio sea un mal; pues si el marido no lo sabe, o no le importa, no hay, dicen, mal en ello. Pero tampoco, dicen, es el hurto un mal; pues quita lo que uno no posee a otro que lo tiene. Y, en verdad, debería tomarse libre y abiertamente; pero en que se haga secretamente, eso es más bien una reprensión de la inhumanidad de aquel a quien secretamente se le quita. Pues todos los hombres deberían tener el uso común de todas las cosas que hay en este mundo; pero por injusticia uno dice que esto es suyo, y otro que aquello es suyo, y así se causa división entre los hombres. En fin, cierto hombre, el más sabio entre los griegos, sabiendo que estas cosas son así, dice que los amigos deben tener todas las cosas en común. Ahora, en todas las cosas sin duda se incluyen las esposas. Dice también que, así como el aire y la luz del sol no pueden dividirse, tampoco deberían dividirse otras cosas, que son dadas en este mundo a todos para ser poseídas en común, sino que deberían poseerse así. Pero quise decir esto, porque deseo volverme al bien obrar, y no puedo obrar bien si primero no aprendo qué es el bien; y si puedo entender eso, percibiré con ello qué es el mal, es decir, lo opuesto al bien.
Rec. X, 6
[«Pero querría que uno de vosotros, y no Pedro, respondiera a lo que he dicho; pues no es decoroso tomar palabras e instrucción de su mano, con preguntas; sino que cuando él da una sentencia sobre cualquier asunto, esa debe mantenerse sin replicar de nuevo. Y por tanto, tengámoslo como árbitro; de modo que si en algún tiempo nuestra discusión no llega a un término, él declare lo que le parece bien, y así dé un fin indudable a los asuntos dudosos. Y ahora, por tanto, podría creer, contento con su sola opinión, si expresara alguna opinión; y esto es lo que haré al fin. Mas quiero ver primero si es posible por discusión hallar lo que se busca. Mi deseo, pues, es que Clemente comience primero, y muestre si hay algún bien o mal en la sustancia o en las acciones.»]
Rec. X, 7
A esto respondí: [«Puesto que en verdad deseas aprender de mí si hay algún bien o mal en la naturaleza o en el acto, o si no es más bien que los hombres, prejuiciados por la costumbre, piensan que algunas cosas son buenas, y otras malas, por cuanto han hecho una división entre sí de las cosas comunes, que deberían, como dices, ser tan comunes como el aire y la luz del sol; pienso que no debo traer ante ti declaraciones de ningún otro lugar que de aquellos estudios en los que estás bien versado, y que sostienes, para que lo que diga lo recibas sin vacilación. Asignas ciertos límites de todos los elementos y de los cuerpos celestes, y estos, dices, se encuentran en algunos sin daño, como en los matrimonios; pero en otros se unen dañosamente, como en los adulterios. Y dices que algunas cosas son generales a todos, pero otras no pertenecen a todos, y no son generales. Mas para no hacer una larga discusión, hablaré brevemente del asunto. La tierra que está seca necesita de la adición y mezcla del agua, para poder producir frutos, sin los cuales el hombre no puede vivir: esta es, por tanto, una conjunción legítima. Por el contrario, si el frío de la escarcha se mezcla con la tierra, o el calor con el agua, una conjunción de esta clase produce corrupción; y esto, en tales cosas, es adulterio.»]
Rec. X, 8
Entonces mi padre respondió: [«Pero así como la nocividad de una conjunción inarmónica de elementos o estrellas se delata inmediatamente, así también debería mostrarse inmediatamente que el adulterio es un mal.»] Entonces yo: [«Dime primero esto: si, como tú mismo has confesado, los males se producen de la mezcla incongruente e inarmónica; y después de eso indagaremos en el otro asunto.»] Entonces mi padre dijo: [«La naturaleza de las cosas es como dices, hijo mío.»] Entonces respondí: [«Puesto que, pues, deseas aprender de estas cosas, mira cuántas cosas hay que nadie duda que sean males. ¿Piensas que la fiebre, el fuego, la sedición, la caída de una casa, el homicidio, las prisiones, los tormentos, los dolores, los lutos, y cosas semejantes, son males?»] Entonces dijo mi padre: [«Es verdad, hijo mío, que estas cosas son malas, y muy malas; o, en todo caso, ¡quien niegue que son males, que las sufra!»]
Rec. X, 9
Entonces respondí: [«Puesto que, por tanto, he de tratar con uno que es versado en la ciencia astrológica, trataré el asunto contigo según esa ciencia, para que, tomando mi método de aquellas cosas con las que estás familiarizado, puedas asentir más prontamente. Escucha, pues, ahora: confiesas que aquellas cosas que hemos mencionado son males, como las fiebres, los incendios, y cosas semejantes. Ahora bien, estas, según tú, se dice que son producidas por estrellas malignas, como el húmedo Saturno y el ardiente Marte; pero las cosas contrarias a estas son producidas por estrellas benignas, como el templado Júpiter y la húmeda Venus. ¿No es así?»] Mi padre respondió: [«Es así, hijo mío; y no puede ser de otra manera.»] Entonces dije: [«Puesto que dices, por tanto, que las cosas buenas son producidas por estrellas buenas — por Júpiter y Venus, por ejemplo — veamos cuál es el producto cuando alguna de las estrellas malas se mezcla con las buenas, y entendamos que eso es malo. Pues tú estableces que Venus hace los matrimonios, y si tiene a Júpiter en su configuración hace los matrimonios castos; pero si Júpiter no está en aspecto, y Marte está presente, entonces pronuncias que los matrimonios son corrompidos por el adulterio.»] Entonces dijo mi padre: [«Así es, en efecto.»] Entonces respondí: [«Por tanto, el adulterio es un mal, visto que se comete por la mezcla de estrellas malas; y, para decirlo en una palabra, todas las cosas que dices que las estrellas buenas sufren por la mezcla de estrellas malas, indudablemente han de pronunciarse males. Aquellas estrellas, por tanto, por cuya mezcla hemos dicho que se producen las fiebres, las configuraciones, y otros males semejantes — aquellas, según tú, obran también homicidios, adulterios, hurtos, y también producen hombres altivos y estólidos.»]
Rec. X, 10
Entonces mi padre dijo: [«En verdad has mostrado breve e incomparablemente que hay males en las acciones; pero aún quisiera aprender esto: ¿cómo juzga Dios justamente a los que pecan, como dices, si el génesis los compele a pecar?»] Entonces respondí: [«Temo hablaros de algo, padre mío, porque me corresponde guardaros todo honor; de lo contrario, tendría una respuesta que daros, si fuese conveniente.»] Entonces dice mi padre: [«Habla lo que se te ofrezca, hijo mío; pues no eres tú, sino el método de la indagación, quien hace el agravio; como una mujer modesta a un hombre incontinente, si se indigna por su seguridad y su honra.»] Entonces respondí: [«Si no nos atenemos a los principios que hemos reconocido y confesado, y si aquellas cosas que han sido definidas se deshacen siempre por el olvido, parecerá que tejemos el lienzo de Penélope, deshaciendo lo que hemos hecho. Y por tanto, no debemos asentir con demasiada facilidad antes de haber examinado diligentemente la doctrina propuesta; o si una vez hemos asentido y la proposición ha sido aceptada, debemos mantener lo que una vez se ha determinado, para poder proseguir nuestras indagaciones acerca de otros asuntos.»] Y mi padre dijo: [«Dices bien, hijo mío; y sé por qué dices esto: porque en la discusión de ayer sobre las causas naturales mostraste que alguna potestad maligna, transfiriéndose al orden de los astros, excita las concupiscencias de los hombres, provocándolos de varios modos a pecar, pero no compeliéndolos ni produciendo los pecados.»] A esto respondí: [«Bien está que lo recordéis; y sin embargo, aunque lo recordáis, habéis caído en error.»] Entonces dijo mi padre: [«Perdóname, hijo mío; porque aún no tengo mucha práctica en estas cosas: pues en verdad tus discursos de ayer, por su verdad, me forzaron a asentir; sin embargo, en mi conciencia quedan, por así decirlo, algunos restos de fiebres que por un poco me retienen de la fe, como de la salud. Pues estoy turbado, porque sé que muchas cosas, sí, casi todas, me han acontecido conforme al génesis.»]
Rec. X, 11
Entonces respondí: Os diré, pues, padre mío, cuál es la naturaleza de la ciencia de la matemática, y obrad vos conforme a lo que os diga. Id a un matemático y decidle primero que tales y tales males os han sobrevenido en tal tiempo, y que deseáis saber de él de dónde, o cómo, o por cuáles estrellas os han sobrevenido. Sin duda os responderá que un Marte maligno o Saturno ha regido vuestros tiempos, o que alguno de ellos ha sido periódico; o que alguno os ha mirado diametralmente, o en conjunción, o centralmente; o alguna respuesta semejante os dará, añadiendo que en todas estas cosas alguno no estaba en armonía con el maligno, o estaba invisible, o en la figura, o más allá de la división, o eclipsado, o no estaba en contacto, o se hallaba entre las estrellas oscuras; y muchas otras cosas semejantes os responderá según sus propias razones, y descenderá a pormenores. Después de él, id a otro matemático y decidle lo contrario: que tal y tal bien os ha sucedido en aquel tiempo, mencionándole el mismo tiempo, y preguntadle de qué partes de vuestro génesis os ha venido este bien; y cuidad, como he dicho, de que los tiempos sean los mismos acerca de los cuales preguntasteis respecto de los males. Y cuando le hayáis engañado en cuanto a los tiempos, ved qué figuras os inventará para mostrar que los bienes debían haberos sobrevenido en aquellos mismos tiempos. Pues es imposible que los que tratan del génesis de los hombres no hallen en cualquier cuarto, como ellos dicen, de los cuerpos celestes, algunas estrellas favorablemente colocadas y otras desfavorablemente; porque el círculo está igualmente completo en toda parte, según la ciencia de la matemática, admitiendo causas diversas y varias, de las cuales pueden tomar ocasión para decir lo que les plazca.
Rec. X, 12
Pues, como suele acontecer cuando los hombres ven sueños desfavorables y no pueden sacar de ellos nada cierto, cuando algún suceso ocurre, entonces adaptan lo que vieron en el sueño a lo que ha ocurrido; así también es la ciencia de la matemática. Porque antes de que algo acontezca, nada se declara con certeza; pero después de que algo ha acontecido, recogen las causas del suceso. Y así, a menudo, cuando han errado y la cosa ha resultado de otro modo, echan la culpa a sí mismos, diciendo que fue tal o cual estrella la que se opuso, y que no la vieron; no sabiendo que su error no procede de su impericia en el arte, sino de la inconsistencia de todo el sistema. Pues no saben cuáles son aquellas cosas que, en verdad, deseamos hacer, pero respecto de las cuales no damos rienda a nuestros deseos. Mas nosotros, que hemos aprendido la razón de este misterio, conocemos la causa, pues, teniendo libre albedrío, a veces nos oponemos a nuestros deseos y a veces cedemos a ellos. Y por tanto, el resultado de las acciones humanas es incierto, porque depende del libre albedrío. Pues un matemático puede ciertamente indicar el deseo que produce una potestad maligna; pero si la realización o el resultado de este deseo ha de cumplirse o no, nadie puede saberlo antes de la consumación de la cosa, porque depende del libre albedrío. Y por esto los astrólogos ignorantes han inventado para sí la habladuría de los períodos climatéricos como refugio en las incertidumbres, como ayer mostramos cumplidamente.
Rec. X, 13
[«Si tenéis algo que queráis decir a esto, hablad.»] Entonces mi padre: [«Nada puede ser más verdadero, hijo mío, que lo que has afirmado.»] Y mientras así hablábamos entre nosotros, alguien nos informó de que una gran multitud de gente estaba fuera, reunida para oír. Entonces Pedro mandó que los dejasen entrar, pues el lugar era grande y conveniente. Y cuando hubieron entrado, Pedro nos dijo: [«Si alguno de vosotros lo desea, que hable al pueblo y diserte acerca de la idolatría.»] A lo que yo, Clemente, respondí: Vuestra gran benignidad, mansedumbre y paciencia para con todos nos anima, de modo que nos atrevemos a hablar en vuestra presencia y a preguntar lo que nos plazca; y por tanto, como he dicho, la mansedumbre de vuestra disposición invita y anima a todos a abrazar los preceptos de la doctrina que salva. Esto no lo he visto jamás antes en ningún otro, sino solo en vos, en quien no hay envidia ni indignación. ¿O qué pensáis?
Rec. X, 14
Entonces Pedro dijo: [«Estas cosas no provienen solo de envidia o indignación; sino que a veces hay en algunas personas una vergüenza, no sea acaso que no puedan responder plenamente a las cuestiones que se les propongan, y así evitan descubrir su falta de habilidad. Pero nadie debe avergonzarse de esto, porque no hay hombre que deba profesar que lo sabe todo; pues solo hay Uno que conoce todas las cosas, aquel que también hizo todas las cosas. Porque si nuestro Maestro declaró que no sabía el día ni la hora cuyos signos incluso Él predijo, y lo refirió todo al Padre, ¿cómo consideraremos deshonroso confesar que ignoramos algunas cosas, cuando en esto tenemos el ejemplo de nuestro Maestro? Solo profesamos esto: que conocemos aquellas cosas que hemos aprendido del verdadero Profeta; y que esas cosas nos han sido entregadas por el verdadero Profeta, las cuales Él juzgó suficientes para el conocimiento humano.»]
Rec. X, 15
Entonces yo, Clemente, proseguí hablando así: [«En Trípoli, cuando disputabais contra los gentiles, señor mío Pedro, me admiré grandemente de vos, pues aunque fuisteis instruido por vuestro padre según la usanza de los hebreos y en las observancias de vuestra propia ley, y jamás fuisteis contaminado por los estudios de la ciencia griega, argüisteis tan magnífica e incomparablemente; y aun tocasteis algunas cosas acerca de las historias de los dioses, que suelen declamarse en los teatros. Pero como advertí que sus fábulas y blasfemias no os son tan bien conocidas, disertaré sobre ellas en vuestra presencia, repitiéndolas desde el principio, si os place.»] Entonces dice Pedro: [«Proseguid; hacéis bien en ayudar a mi predicación.»] Entonces dije: [«Hablaré, pues, porque me lo mandáis, no para enseñaros, sino para hacer público cuáles necias opiniones tienen los gentiles acerca de los dioses.»]
Rec. X, 16
Pero cuando yo estaba a punto de hablar, Niceta, mordiéndose el labio, me hizo señas de que callara. Y cuando Pedro lo vio, dijo: [«¿Por qué reprimís su disposición liberal y su índole noble, para hacerle callar por mi honor, que nada es? ¿O no sabéis que, si todas las naciones, después de haber oído de mí la predicación de la verdad y de haber creído, se entregaran a la enseñanza, ganarían para mí mayor gloria, si es que me tenéis por deseoso de gloria? Pues ¿qué cosa tan gloriosa como preparar discípulos para Cristo, no los que callen y se salven solos, sino los que hablen lo que han aprendido y hagan bien a otros? Deseo, en verdad, que tanto tú, Niceta, como tú, amado Áquila, me ayudéis en la predicación de la palabra de Dios, y tanto más cuanto que aquellas cosas en que los gentiles yerran os son bien conocidas; y no solo vosotros, sino todos los que me oyen, deseo, como he dicho, que oigan y aprendan de modo que puedan también enseñar: pues el mundo necesita muchos auxiliadores por los cuales los hombres sean llamados del error.»] Cuando hubo hablado así, me dijo: [«Prosigue, pues, Clemente, con lo que has comenzado.»]
Rec. X, 17
Y al punto repliqué: Viendo que cuando disputabais en Trípoli, como he dicho, disertasteis mucho acerca de los dioses de los gentiles de manera provechosa y convincente, deseo exponer en vuestra presencia las ridículas leyendas acerca de su origen, tanto para que no ignoréis la falsedad de esta vana superstición, cuanto para que los oyentes presentes conozcan el carácter vergonzoso de su error. Dicen, pues, los sabios que hay entre los gentiles que lo primero de todas las cosas fue el caos; que este, solidificando durante largo tiempo sus partes exteriores, se hizo a sí mismo límites y una suerte de fundamento, recogiéndose, por así decirlo, a la manera y forma de un huevo enorme, dentro del cual, en el curso de largo tiempo, como dentro de la cáscara del huevo, fue nutrido y vivificado cierto animal; y que después, roto aquel enorme globo, salió una cierta clase de hombre de doble sexo, al que llaman masculofemenino. A este lo llamaron Fanes, por aparecer, porque cuando apareció, dicen, entonces también brilló la luz. Y de este, dicen, fueron producidos la sustancia, la prudencia, el movimiento y la unión carnal, y de estos fueron hechos los cielos y la tierra. Del cielo dicen que fueron producidos seis varones, a los que llaman Titanes; y de igual manera, de la tierra seis hembras, a las que llamaron Titánides. Y estos son los nombres de los varones que brotaron del cielo: Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto y Cronos, que entre nosotros se llama Saturno. De igual modo, los nombres de las hembras que brotaron de la tierra son estos: Tea, Rea, Temis, Mnemósine, Tetis y Hebe.
Rec. X, 18
De todos estos, el primogénito del cielo tomó por esposa a la primogénita de la tierra; el segundo a la segunda, y de igual modo todos los demás. El primer varón, pues, que se casó con la primera hembra, fue por causa de ella arrastrado hacia abajo; mas la segunda hembra subió hacia arriba, a causa de aquel con quien se casó; y así cada uno, obrando en su orden, permaneció en los lugares que le tocaron por suerte nupcial. De su unión afirman que brotaron otros innumerables. Pero de estos seis varones, el que se llama Saturno recibió en matrimonio a Rea y, habiendo sido advertido por cierto oráculo de que el que naciese de ella sería más poderoso que él mismo y lo arrojaría de su reino, determinó devorar a todos los hijos que le naciesen. Primero, pues, le nace un hijo llamado Aides, que entre nosotros se llama Orco; y a este, por la razón que acabamos de decir, lo tomó y devoró. Después de él engendró un segundo hijo, llamado Neptuno; y a este lo devoró de igual modo. Por último, engendró al que llaman Júpiter; mas a este, su madre Rea, compadecida, lo apartó de su padre por estratagema cuando estaba a punto de devorarlo. Y primero, en verdad, para que no se advirtiese el llanto del niño, hizo que ciertos Coribantes golpearan címbalos y tambores, para que con el sonido ensordecedor no se oyese el llanto del infante.
Rec. X, 19
Pero cuando él comprendió por la disminución de su vientre que la criatura había nacido, la reclamó para devorarla; entonces Rea le presentó una gran piedra y le dijo que aquello era lo que ella había parido. Y él la tomó y la tragó; y la piedra, una vez devorada, empujó e hizo salir a los hijos que antes había tragado. Por tanto, Orco, saliendo primero, descendió y ocupa las regiones inferiores, es decir, las infernales. El segundo, estando por encima de él —aquel a quien llaman Neptuno—, es arrojado sobre las aguas. El tercero, que sobrevivió por el artificio de su madre Rea, lo puso sobre una cabra y lo envió al cielo.
Rec. X, 20
Pero basta ya de fábulas de viejas y de la genealogía de los gentiles; pues sería cosa sin fin si expusiera todas las generaciones de los que llaman dioses y sus malvadas acciones. Mas a modo de ejemplo, omitiendo lo demás, detallaré las maldades solo de aquel a quien tienen por el más grande y el principal, y a quien llaman Júpiter. Pues dicen que posee el cielo, como superior a los demás; y él, en cuanto creció, se casó con su propia hermana, a la que llaman Juno, en lo cual en verdad al punto se asemeja a una bestia. Juno da a luz a Vulcano; pero, según cuentan, Júpiter no fue su padre. Sin embargo, por el propio Júpiter ella fue madre de Medea; y habiendo recibido Júpiter el oráculo de que uno que naciese de ella sería más poderoso que él y lo expulsaría de su reino, la tomó y la devoró. De nuevo Júpiter produjo a Minerva de su cerebro, y a Baco de su muslo. Después de esto, habiéndose enamorado de Tetis, dicen que Prometeo le advirtió de que, si yacía con ella, el que naciese de ella sería más poderoso que su padre; y por temor de esto, la dio en matrimonio a un tal Peleo. Luego tuvo trato con Perséfone, que era su propia hija, habida de Ceres; y de ella engendró a Dionisio, que fue despedazado por los Titanes. Mas llamando a la memoria, se dice, que quizás su propio padre Saturno podría engendrar otro hijo que fuese más poderoso que él y lo expulsase del reino, fue a la guerra contra su padre, junto con sus hermanos los Titanes; y habiéndolos vencido, al fin arrojó a su padre a prisión, le cortó los genitales y los arrojó al mar. Pero la sangre que manó de la herida, mezclada con las olas y convertida en espuma por el continuo batir, produjo a aquella a quien llaman Afrodita, y que entre nosotros se llama Venus. Del trato con ella, que era así su propia hermana, dicen que este mismo Júpiter engendró a Cipris, quien, dicen, fue madre de Cupido.
Rec. X, 21
Hasta aquí en cuanto a sus incestos; ahora hablaré de sus adulterios. Deshonró a Europa, esposa de Océano, de quien nació Dodoneo; a Helena, esposa de Pandión, de quien Museo; a Eurínome, esposa de Asopo, de quien Ogigias; a Hermíone, esposa de Océano, de quien las Gracias, Talia, Eufrósine, Aglaya; a Temis, su propia hermana, de quien las Horas, Eurinomía, Dice, Irene; a Temisto, hija de Ínaco, de quien Arcas; a Idea, hija de Minos, de quien Asterión; a Fenisa, hija de Alfión, de quien Endimión; a Ío, hija de Ínaco, de quien Épafo; a Hipodamia e Isíone, hijas de Dánao, de las cuales Hipodamia fue esposa de Oleno, e Isíone de Orcómeno o Crises; a Carme, hija de Fénix, de quien nació Britomartis, que fue servidora de Diana; a Calisto, hija de Licaón, de quien Orcas; a Libe, hija de Munantio, de quien Belo; a Latona, de quien Apolo y Diana; a Leandia, hija de Eurimedonte, de quien Corón; a Lisítea, hija de Eveno, de quien Héleno; a Hipodamia, hija de Belerofonte, de quien Sarpedón; a Megaclite, hija de Macario, de quien Tebe y Locro; a Níobe, hija de Foroneo, de quien Argos y Pelasgo; a Olimpíade, hija de Neoptólemo, de quien Alejandro; a Pirra, hija de Prometeo, de quien Helmeteo; a Protogenia y Pandora, hijas de Deucalión, de las cuales engendró a Etelio, y Doro, y Melera, y Pándoro; a Taicrucia, hija de Proteo, de quien nació Ninfeo; a Salamis, hija de Asopo, de quien Saracón; a Taígete, Electra, Maya, Plútide, hijas de Atlas, de las cuales respectivamente engendró a Lacedemón, Dárdano, Mercurio y Tántalo; a Ftía, hija de Foroneo, de quien engendró a Aqueo; a Conia, hija de Aramno, de quien engendró a Lacón; a Calcea, una ninfa, de quien nació Olimpo; a Caridia, una ninfa, de quien Alcano; a Cloris, que fue esposa de Ámpico, de quien nació Mopso; a Cotonia, hija de Lesbo, de quien Polimedes; a Hipodamia, hija de Aniceto; a Crisogenia, hija de Peneo, de quien nació Tiseo.
Rec. X, 22
Hay también innumerables adulterios suyos, de los cuales no resultó descendencia, que sería tedioso enumerar. Pero entre los que hemos mencionado, violó a algunas transformándose, como mago. En resumen, sedujo a Antíope, hija de Nicteo, convertido en sátiro, y de ella nacieron Anfión y Zeto; a Alcmena, transformado en su marido Anfitrión, y de ella nació Heracles; a Egina, hija de Asopo, transformado en águila, de la cual nació Éaco. Asimismo deshonró a Ganimedes, hijo de Dárdano, transformado en águila; a Mantea, hija de Foco, transformado en osa, de quien nació Arctos; a Dánae, hija de Acrisio, transformado en oro, de quien Perseo; a Europa, hija de Fénix, transformado en toro, de quien nacieron Minos, Radamanto y Sarpedón; a Eurimedusa, hija de Aqueloo, transformado en hormiga, de quien Mirmidón; a Talia, la ninfa, transformado en buitre, de quien nacieron los Palicos, en Sicilia; a Imandra, hija de Geneano, en Rodas, transformado en lluvia; a Casiopea, transformado en su marido Fénix, y de ella nació Anquino; a Leda, hija de Testio, transformado en cisne, de quien nació Helena; y de nuevo la misma, transformado en estrella, y de ella nacieron Cástor y Pólux; a Lamia, transformado en avefría; a Mnemósine, transformado en pastor, de quien nacieron las nueve Musas; a Némesis, transformado en ganso; a Sémele cadmea, transformado en fuego, y de ella nació Dioniso. De su propia hija Ceres engendró a Perséfone, a quien también él mismo deshonró, transformado en dragón.
Rec. X, 23
También cometió adulterio con Europa, esposa de su propio tío Océano, y con su hermana Eurínome, y castigó al padre de ellas; y cometió adulterio con Plute, hija de su propio hijo Atlas, y condenó a Tántalo, a quien ella le dio a luz. De Larisa, hija de Orcómeno, engendró a Ticio, a quien también consignó al castigo. Se llevó a Día, esposa de su propio hijo Ixión, y lo sometió a castigo perpetuo; y a casi todos los hijos que brotaron de sus adulterios dio muertes violentas; y en verdad los sepulcros de casi todos ellos son bien conocidos. Sí, el sepulcro de este mismo parricida, que destruyó a sus tíos y deshonró a sus esposas, que fornicó con sus hermanas, este mago de muchas transformaciones, se muestra entre los cretenses, quienes, aunque conocen y reconocen sus horribles e incestuosas obras, y las cuentan a todos, sin embargo no se avergüenzan de confesarlo como dios. De donde me parece admirable, sí, sobremanera admirable, cómo aquel que sobrepasa a todos los hombres en maldad y crímenes ha recibido aquel nombre santo y bueno que está sobre todo nombre, siendo llamado padre de dioses y de hombres; a no ser que acaso aquel que se goza en los males de los hombres haya persuadido a las almas desdichadas a conceder honra sobre todos los demás a aquel a quien vio sobresalir sobre todos los demás en crímenes, a fin de atraer a todos a la imitación de sus malas obras.
Rec. X, 24
Pero también los sepulcros de sus hijos, que son tenidos entre estos los gentiles como dioses, se señalan abiertamente, uno en un lugar y otro en otro: el de Mercurio en Hermópolis; el de la Venus chipriota en Chipre; el de Marte en Tracia; el de Baco en Tebas, donde se dice que fue despedazado; el de Heracles en Tiro, donde fue quemado con fuego; el de Esculapio en Epidauro. Y todos estos son mencionados, no solo como hombres que han muerto, sino como hombres malvados que han sido castigados por sus crímenes; y sin embargo son adorados como dioses por hombres necios.
Rec. X, 25
Pero si prefieren argüir y afirmar que estos son más bien los lugares de su nacimiento que de su sepultura o muerte, los hechos antiguos serán convictos por los que están a mano y son aún recientes, puesto que hemos mostrado que adoran a aquellos que ellos mismos confiesan que fueron hombres, y que murieron, o más bien que fueron castigados; como los sirios adoran a Adonis, y los egipcios a Osiris; los troyanos, a Héctor; Aquiles es adorado en Leucóneso, Patroclo en el Ponto, Alejandro el Macedonio en Rodas; y muchos otros son adorados, unos en un lugar y otros en otro, de quienes no dudan que fueron hombres muertos. De donde se sigue que sus predecesores también, cayendo en un error semejante, confirieron honra divina a hombres muertos, que quizá habían tenido algún poder o alguna habilidad, y especialmente si habían aturdido a hombres estólidos con fantasías mágicas.
Rec. X, 26
[«De aquí se ha añadido ahora también que los poetas adornan las falsedades del error con elegancia de palabras y con dulzura de lenguaje persuaden que los mortales han sido hechos inmortales; más aún, dicen que los hombres son transformados en estrellas, árboles, animales, flores, aves, fuentes y ríos. Y si no pareciera pérdida de palabras, podría incluso enumerar casi todas las estrellas, árboles, fuentes y ríos que afirman haber sido hechos de hombres; sin embargo, a modo de ejemplo, mencionaré al menos uno de cada clase. Dicen que Andrómeda, hija de Cefeo, fue convertida en estrella; Dafne, hija del río Ladón, en árbol; Jacinto, amado de Apolo, en flor; Calisto en la constelación que llaman Osa; Progne y Filomela, con Tereo, en aves; que Tisbe en Cilicia se disolvió en una fuente; y Píramo, en el mismo lugar, en un río. Y afirman que casi todas las estrellas, árboles, fuentes y ríos, flores, animales y aves, fueron en un tiempo seres humanos.»]
Rec. X, 27
Pero Pedro, cuando oyó esto, dijo: [«Según ellos, pues, antes de que los hombres fuesen transformados en estrellas y en las otras cosas que mencionas, el cielo estaba sin estrellas, y la tierra sin árboles ni animales; y no había ni fuentes, ni ríos, ni aves. Y sin estas cosas, ¿cómo vivieron aquellos mismos hombres que después fueron transformados en ellas, puesto que es evidente que, sin estas cosas, los hombres no podían vivir sobre la tierra?»] Entonces respondí: Pero ni siquiera son capaces de observar el culto de sus propios dioses de manera consecuente; pues cada uno de aquellos a quienes adoran tiene algo dedicado a sí mismo, de lo cual sus adoradores deben abstenerse: como dicen que el olivo está dedicado a Minerva, la cabra a Júpiter, las semillas a Ceres, el vino a Baco, el agua a Osiris, el carnero a Amón, el ciervo a Diana, el pez y la paloma al demonio de los sirios, el fuego a Vulcano; y para cada uno, como he dicho, hay algo especialmente consagrado, de lo cual los adoradores están obligados a abstenerse, para honra de aquellos a quienes está consagrado. Pero si uno se abstuviera de una cosa, y otro de otra, al honrar a uno de los dioses, incurren en la ira de todos los demás; y por tanto, si quisieran conciliarlos a todos, deberían abstenerse de todas las cosas para honra de todos, de modo que, condenados por sí mismos con justa sentencia antes del día del juicio, perecerían de muerte miserable por inanición.
Rec. X, 28
[«Pero volvamos a nuestro propósito. ¿Qué razón hay, sí, más bien, qué locura posee las mentes de los hombres, que adoren y veneren como a un dios a un hombre a quien no solo saben impío, malvado, profano— quiero decir Júpiter— incestuoso, parricida, adúltero, sino que incluso lo proclaman públicamente como tal en sus cantos en los teatros? O si por medio de estas obras ha merecido ser un dios, entonces también, cuando oyen de cualesquiera asesinos, adúlteros, parricidas, incestuosos, deberían adorarlos también como dioses. Pero no puedo entender por qué veneran en él lo que execran en otros.»] Entonces Pedro respondió: [«Puesto que dices que no puedes entenderlo, aprende de mí por qué veneran en él la maldad. En primer lugar, es para que, cuando ellos mismos hagan obras semejantes, sepan que serán aceptos a él, en tanto que no han hecho sino imitarlo en su maldad. En segundo lugar, porque los antiguos dejaron estas cosas hábilmente compuestas en sus escritos y elegantemente injertadas en sus versos. Y ahora, con la ayuda de la educación juvenil, puesto que el conocimiento de estas cosas se adhiere a sus tiernas y simples mentes, no puede sin dificultad ser arrancado de ellas y desechado.»]
Rec. X, 29
Cuando Pedro hubo dicho esto, Niceta respondió: [«No supongas, mi señor Pedro, sino que los hombres doctos de los gentiles tienen ciertos argumentos plausibles con los que apoyan aquellas cosas que parecen reprensibles y vergonzosas. Y esto lo digo no como queriendo confirmar su error (pues lejos esté de mí que tal cosa venga jamás a mi pensamiento); sin embargo, sé que hay entre los más inteligentes de ellos ciertas defensas con las que acostumbran sostener y colorear aquellas cosas que parecen absurdas. Y si te place que exponga algunas de ellas— pues en cierta medida estoy familiarizado con ellas— haré como me ordenes.»] Y cuando Pedro le hubo dado permiso, Niceta procedió como sigue.
Rec. X, 30
Toda la literatura entre los griegos que está escrita sobre el tema del origen de la antigüedad se basa en muchas autoridades, pero especialmente en dos, Orfeo y Hesíodo. Ahora bien, sus escritos se dividen en dos partes según su significado, a saber, la literal y la alegórica; y la multitud vulgar ha acudido en tropel a la literal, pero toda la elocuencia de los filósofos y hombres doctos se gasta en admiración de la alegórica. Es, pues, Orfeo quien dice que al principio hubo caos, eterno, ilimitado, no producido, y que de él fueron hechas todas las cosas. Dice que este caos no era ni tiniebla ni luz, ni húmedo ni seco, ni caliente ni frío, sino que era todas las cosas mezcladas juntas, y era siempre una masa informe; pero que al fin, como a la manera de un huevo enorme, sacó y produjo de sí mismo cierta forma doble, que había sido forjada a través de inmensos períodos de tiempo, y que llaman masculofemenina, forma concreta de la mezcla contraria de tal diversidad; y que este es el principio de todas las cosas, que vino de la materia pura, y que, saliendo, efectuó una separación de los cuatro elementos, e hizo el cielo de los dos elementos que son primeros, fuego y aire, y la tierra de los otros, tierra y agua; y de estos dice que todas las cosas ahora nacen y son producidas por una participación mutua de ellos. Hasta aquí Orfeo.
Rec. X, 31
Pero a esto añade Hesíodo que, después del caos, el cielo y la tierra fueron hechos inmediatamente, de los cuales dice que fueron producidos aquellos once (y a veces también habla de ellos como doce), de los cuales hace seis varones y cinco hembras. Y estos son los nombres que da a los varones: Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto, Cronos, que también es llamado Saturno. También los nombres de las hembras son: Tea, Rea, Temis, Mnemósine, Tetis. Y estos nombres los interpretan así alegóricamente. Dicen que el número es once o doce: que el primero es la naturaleza misma, a la que también querrían que se llamara Rea, de Fluyente; y dicen que los otros diez son sus accidentes, que también llaman cualidades; sin embargo añaden un duodécimo, a saber, Cronos, que entre nosotros es llamado Saturno, y a él lo toman por el tiempo. Por tanto, afirman que Saturno y Rea son el tiempo y la materia; y estos, cuando se mezclan con humedad y sequedad, calor y frío, producen todas las cosas.
Rec. X, 32
Ella, por tanto (Rea, o la naturaleza), se dice, produjo, por así decirlo, cierta burbuja que había estado acumulándose durante mucho tiempo; y esta, recogida gradualmente del espíritu que estaba en las aguas, se hinchó, y siendo por algún tiempo empujada sobre la superficie de la materia, de la cual había salido como de un seno, y endurecida por el rigor del frío, y siempre creciendo por adiciones de hielo, al fin se desprendió y se hundió en lo profundo, y arrastrada por su propio peso, descendió a las regiones infernales; y porque se hizo invisible fue llamada Hades, y también es nombrada Orco o Plutón. Y puesto que fue hundida desde lo alto hasta lo bajo, dio lugar a que el elemento húmedo fluyera junto; y la parte más grosera, que es la tierra, quedó al descubierto por la retirada de las aguas. Dicen, por tanto, que esta libertad de las aguas, que antes estaba restringida por la presencia de la burbuja, fue llamada Neptuno después de que la burbuja alcanzara el lugar más bajo. Después de esto, cuando el elemento frío había sido succionado hacia las regiones inferiores por la concreción de la burbuja helada, y los elementos seco y húmedo se habían separado, no habiendo ya impedimento, el elemento cálido se precipitó por su fuerza y ligereza hacia las regiones superiores del aire, siendo llevado arriba por viento y tormenta. Esta tormenta, por tanto, que en griego se llama [καταιγίς], la llamaron égida — es decir, una cabra; y al fuego que ascendió a las regiones superiores lo llamaron Júpiter; por lo cual dicen que ascendió al Olimpo cabalgando sobre una cabra.
Rec. X, 33
Ahora bien, los griegos quieren que este Júpiter sea llamado así por su vivir, o dar vida, pero los nuestros por su dar auxilio. Dicen, pues, que esta es la sustancia viviente, la cual, colocada en las regiones superiores, y atrayendo hacia sí todas las cosas por la influencia del calor, como por la circunvolución del cerebro, y ordenándolas mediante la moderación de cierta templanza, se dice que de su cabeza produjo la sabiduría, a quien llaman Minerva, la cual fue llamada [᾿Αθήνη] por los griegos a causa de su inmortalidad; la cual, porque el padre de todo creó todas las cosas por su sabiduría, se dice también que fue producida de su cabeza, y del lugar principal de todo, y se la representa como habiendo formado y adornado el mundo entero por la mezcla regulada de los elementos. Por tanto, las formas que fueron impresas en la materia, para que el mundo fuese hecho, porque están constreñidas por la fuerza del calor, se dice que son mantenidas unidas por la energía de Júpiter. Y puesto que hay suficientes de estas, y no necesitan que nada nuevo se les añada, sino que cada cosa es reparada por el fruto de su propia semilla, se dice que las manos de Saturno están atadas por Júpiter; porque, como he dicho, el tiempo ya no produce de la materia nada nuevo: antes el calor de las semillas restaura todas las cosas según sus especies; y ningún nacimiento de Rea— es decir, ningún aumento de la materia que fluye— asciende más. Y por tanto llaman a aquella primera división de los elementos la mutilación de Saturno, porque ya no puede producir un mundo.
Rec. X, 34
[«Y de Venus proponen una alegoría de este tenor. Cuando, dicen, el mar fue puesto debajo del aire, y cuando el resplandor de los cielos brilló más agradablemente, reflejándose en las aguas, la hermosura de las cosas, que aparecía más bella desde las aguas, fue llamada Venus; y ella, ello, uniéndose con el aire como con su propio hermano, para producir la belleza, que pudiera ser objeto de deseo, se dice que dio a luz a Cupido. De este modo, por tanto, como hemos dicho, enseñan que Cronos, que es Saturno, es alegóricamente el tiempo; Rea es la materia; Aides— es decir, Orco— es la profundidad de las regiones infernales; Neptuno es el agua; Júpiter es el aire— es decir, el elemento del calor; Venus es la hermosura de las cosas; Cupido es el deseo, que está en todas las cosas, y por el cual se propaga la posteridad, o incluso la razón de las cosas, que da deleite cuando se contempla con sabiduría. Hera— es decir, Juno— se dice que es aquel aire intermedio que desciende del cielo a la tierra. A Diana, a quien llaman Proserpina, le entregan el aire inferior. Dicen que Apolo es el Sol mismo, que recorre el cielo; que Mercurio es la palabra, por la cual se da razón de todo; que Marte es el fuego desenfrenado, que consume todas las cosas. Pero para no demorarte enumerándolo todo, los que tienen inteligencia más abstrusa acerca de tales cosas piensan que dan razones justas y bellas, aplicando esta clase de alegoría a cada uno de sus objetos de culto.»]
Rec. X, 35
Cuando Niceta hubo hablado así, Aquila respondió: Quienquiera que haya sido el autor e inventor de estas cosas, me parece que ha sido muy impío, puesto que cubrió aquellas cosas que parecen agradables y decentes, e hizo que el ritual de su superstición consistiera en observancias viles y vergonzosas, puesto que aquellas cosas que están escritas según la letra son manifiestamente indecorosas y viles; y toda la observancia de su religión consiste en esto: en que por tales crímenes e impiedades puedan enseñar a los hombres a imitar a los dioses a quienes adoran. Porque en estas alegorías, ¿qué provecho puede haber para ellos? Pues aunque están forjadas de modo que sean decentes, no se deriva de ellas ningún uso para el culto, ni para la enmienda de las costumbres.