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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. Su angustia
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 7. Llegada de Bernabé a Roma
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 19. Satisfacción de Pedro
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
  46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
  47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
  48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
  55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
  56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
  57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
  63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
  64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
  65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
  77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
  83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
  84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
  85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
  91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
  97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
  98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
  99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
  100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
  101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
  102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
  103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
  104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
  105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
  106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
  107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
  108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
  109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
  110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
  111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
  112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
  113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
  114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
  115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
  116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
  117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
  118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
  119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
  120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
  121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
  122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
  123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
  124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
  125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
  126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
  127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
  128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
  129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
  130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
  131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
  132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
  133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
  134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
  135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
  136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
  137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
  138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
  139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
  140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
  141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
  142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
  143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
  144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
  145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
  146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
  147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
  148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
  149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
  150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
  151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
  152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
  153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
  154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
  155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
  156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
  157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
  158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
  159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
  160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
  161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
  162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
  163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
  164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
  165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
  166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
  167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
  168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
  169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
  170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
  171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
  172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
  173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
  174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
  175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
  176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
  177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
  178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
  179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
  180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
  181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
  182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
  183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
  184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
  185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
  186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
  187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
  188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
  189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
  190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
  191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
  192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
  193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
  194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
  195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
  196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
  197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
  198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
  199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
  200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
  201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
  202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
  203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
  204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
  205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
  206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
  207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
  208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
  209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
  210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
  211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
  212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
  213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
  214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
  215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

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    TEXTOS — PSEUDO-CLEMENTE

    Índice de la obra

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    Reconocimientos y Homilías clementinas

    Siglos III–IV · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Ante-Nicene Fathers41 minPosición: 0% de esta parteParte 11 de 27 · Capítulo 4. Planteamiento de la cuestiónPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CLEM-02

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    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
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    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
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    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
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    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
    40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
    46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
    47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
    48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
    55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
    56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
    57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
    63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
    64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
    65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
    77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
    83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
    84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
    85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
    91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
    97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
    98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
    99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
    100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
    101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
    102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
    103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
    104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
    105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
    106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
    107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
    108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
    109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
    110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
    111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
    112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
    113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
    114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
    115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
    116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
    117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
    118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
    119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
    120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
    121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
    122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
    123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
    124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
    125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
    126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
    127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
    128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
    129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
    130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
    131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
    132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
    133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
    134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
    135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
    136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
    137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
    138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
    139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
    140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
    141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
    142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
    143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
    144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
    145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
    146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
    147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
    148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
    149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
    150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
    151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
    152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
    153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
    154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
    155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
    156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
    157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
    158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
    159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
    160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
    161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
    162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
    163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
    164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
    165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
    166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
    167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
    168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
    169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
    170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
    171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
    172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
    173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
    174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
    175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
    176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
    177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
    178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
    179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
    180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
    181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
    182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
    183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
    184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
    185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
    186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
    187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
    188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
    189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
    190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
    191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
    192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
    193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
    194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
    195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
    196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
    197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
    198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
    199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
    200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
    201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
    202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
    203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
    204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
    205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
    206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
    207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
    208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
    209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
    210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
    211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
    212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
    213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
    214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
    215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

    Capítulo 4. Planteamiento de la cuestión

    Rec. VIII, 4

    Entonces Pedro comenzó a decir: [«Los que hablan la palabra de verdad y que iluminan las almas de los hombres me parecen semejantes a los rayos del sol, que, una vez que han salido y se han mostrado al mundo, ya no pueden ocultarse ni esconderse, mientras que no tanto son vistos por los hombres, cuanto que ofrecen vista a todos. Por eso, bien dijo Uno a los heraldos de la verdad: 'Vosotros sois la luz del mundo, y una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder; ni tampoco se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa'. Mateo 5:14-15]» Entonces dijo el anciano: [«Habló bien, quienquiera que sea. Pero que uno de vosotros exponga qué, según su opinión, debe seguirse, para que dirijamos nuestro discurso a un fin determinado. Porque, para hallar la verdad, no basta derribar las cosas que se dicen del otro lado, sino que también uno mismo debe presentar aquello a lo que el que está del otro lado pueda oponerse. Por tanto, para que ambas partes estén en igualdad de condiciones, me parece correcto que cada uno de nosotros enuncie primero qué opinión sostiene. Y, si os place, yo comenzaré primero. Digo, pues, que el mundo no es gobernado según la providencia de Dios, porque vemos que en él se hacen muchas cosas injusta y desordenadamente; pero digo que es la génesis la que hace y regula todas las cosas.»]

    Capítulo 5. Se concede libertad de discusión

    Rec. VIII, 5

    Cuando Pedro estaba a punto de responder a esto, Niceta, adelantándose, dijo: [«¿Permitiría mi señor Pedro que yo responda a esto? Y que no se juzgue atrevimiento que yo, un joven, tenga un encuentro con un anciano, sino más bien que converse como un hijo con un padre.»] Entonces dijo el anciano: [«No solo deseo, hijo mío, que expongas tus opiniones; sino que también si alguno de tus compañeros, si alguno incluso de los circunstantes, piensa que sabe algo, que lo declare sin vacilar: lo oiremos con gusto; pues es por la contribución de muchos como las cosas desconocidas se descubren más fácilmente.»] Entonces Niceta respondió: [«No consideres que he obrado precipitadamente, padre mío, por haber interrumpido el discurso de mi señor Pedro; sino que quise honrarlo al hacerlo. Porque es un hombre de Dios, lleno de todo conocimiento, que no ignora siquiera las letras griegas, porque está lleno del Espíritu de Dios, a quien nada es desconocido. Pero como a él le conviene hablar de cosas celestiales, yo responderé acerca de aquellas cosas que pertenecen a las habladurías de los griegos. Pero después que hayamos disputado al modo griego, y hayamos llegado a aquel punto en que no aparece salida alguna, entonces él mismo, como lleno del conocimiento de Dios, nos revelará abierta y claramente la verdad sobre todas las cosas, de modo que no solo nosotros, sino también todos los que nos rodean como oyentes, aprendan el camino de la verdad. Y por eso ahora que se siente como árbitro; y cuando uno de nosotros ceda, entonces, tomando él la cuestión, dé un juicio incuestionable.»]

    Capítulo 6. Se expone la otra parte de la cuestión

    Rec. VIII, 6

    Cuando Niceta hubo hablado así, los que se habían reunido conversaban entre sí: [«¿Es este aquel Pedro de quien oímos, el discípulo más aprobado de Aquel que apareció en Judea y obró muchas señales y milagros?»] Y se quedaron mirándolo con gran temor y veneración, como confiriendo al Señor el honor de su buen siervo. Lo cual, observándolo Pedro, les dijo: [«Oigamos con toda atención, manteniendo un juicio imparcial de lo que cada uno diga; y después de su encuentro nosotros también añadiremos lo que parezca necesario.»] Y cuando Pedro hubo dicho esto, la muchedumbre se regocijó. Entonces Niceta comenzó a hablar así: [«Has sentado, padre mío, que el mundo no es gobernado por la providencia de Dios, sino que todas las cosas están sujetas a la génesis, ya sean las cosas que se refieren a las disposiciones, ya las que se refieren a las acciones de cada uno. A esto podría responder inmediatamente; pero como es justo guardar orden, también nosotros exponemos lo que sostenemos, como tú mismo pediste que se hiciera. Digo que el mundo es gobernado por la providencia de Dios, al menos en aquellas cosas que necesitan su gobierno. Pues Él es el único que tiene todas las cosas en su mano, el que también hizo el mundo; el Dios justo, que en algún tiempo dará a cada uno según sus obras. Ahora, pues, tenéis nuestra posición; continúa como te plazca, ya derribando la mía, ya estableciendo la tuya, para que yo salga al encuentro de tus afirmaciones. O si quieres que hable primero, no vacilaré.»]

    Capítulo 7. Se despeja el camino

    Rec. VIII, 7

    Entonces el anciano respondió: [«Si te place, hijo mío, hablar primero, o si prefieres que yo hable, no importa, especialmente con quienes discuten con espíritu amistoso. Sin embargo, habla tú primero, y yo oiré con gusto; y deseo que puedas incluso seguir las cosas que yo diga, y oponerles las contrarias, y de la comparación de ambas mostrar la verdad.»] Niceta respondió: [«Si lo deseas, puedo incluso exponer tu lado del argumento, y luego responderle.»] Entonces el anciano: [«Muéstrame primero cómo puedes saber lo que aún no he hablado, y así creeré que puedes seguir mi lado del argumento.»] Entonces Niceta: [«Tu secta es manifiesta, aun por la proposición que has sentado, para los que son versados en doctrinas de esta clase; y su consecuencia es cierta. Y porque no ignoro cuáles son las proposiciones de los filósofos, sé lo que se sigue de las cosas que has propuesto; especialmente porque he frecuentado la escuela de Epicuro con preferencia a los demás filósofos. Pero mi hermano Aquila ha atendido más a los pirronistas, y nuestro otro hermano a los platónicos y aristotélicos; por tanto, tienes que habértelas con oyentes instruidos.»] Entonces dijo el anciano: [«Bien y lógicamente nos has informado cómo percibiste las cosas que se siguen de las declaraciones enunciadas. Pero yo profesé algo más que la doctrina de Epicuro; pues introduje la génesis, y afirmé que es la causa de todas las acciones de los hombres.»]

    Capítulo 8. Los instintos

    Rec. VIII, 8

    Cuando el anciano hubo dicho esto, yo Clemente le dije: [«Oye, padre mío: si mi hermano Niceta te lleva a reconocer que el mundo no es gobernado sin la providencia de Dios, podré responderte en la parte que queda acerca de la génesis; pues conozco bien esta doctrina.»] Y cuando hube hablado así, mi hermano Aquila dijo: [«¿De qué sirve que lo llamemos padre, cuando se nos manda no llamar padre a nadie en la tierra?»] [] Entonces, mirando al anciano, dijo, [«No lo tomes a mal, padre mío, que haya reprendido a mi hermano por llamarte padre, pues tenemos un precepto de no llamar a nadie con ese nombre.»] Cuando Aquila dijo eso, toda la asamblea de los circunstantes, así como el anciano y Pedro, se echó a reír. Y cuando Aquila preguntó la razón de que todos rieran, le dije: [«Porque tú mismo haces precisamente lo que censuras en otro; pues llamaste al anciano padre.»] Pero él lo negó, diciendo: [«No me doy cuenta de haberlo llamado padre.»] Entretanto Pedro se sintió movido por ciertas sospechas, como nos dijo después; y mirando a Niceta, dijo, [«Continúa con lo que has propuesto.»]

    Capítulo 9. Lo simple y lo compuesto

    Rec. VIII, 9

    Entonces Niceta comenzó así: [«Todo lo que es, o es simple o compuesto. Lo que es simple carece de número, división, color, diferencia, aspereza, lisura, peso, ligereza, cualidad, cantidad, y por tanto carece de fin. Pero lo que es compuesto, o se compone de dos, o de tres, o incluso de cuatro elementos, o en todo caso de varios; y las cosas compuestas pueden también, por necesidad, dividirse.»] El anciano, oyendo esto, dijo: [«Hablas excelentemente y con erudición, hijo mío.»] Entonces Niceta prosiguió: [«Por tanto, aquello que es simple, y que carece de todas aquellas cosas por las cuales lo que subsiste puede disolverse, es sin duda incomprensible e infinito, sin conocer principio ni fin, y por ende es uno y solo, y subsiste sin autor. Pero lo que es compuesto está sujeto a número, diversidad y división, — es necesariamente compuesto por algún autor, y es una diversidad reunida en una sola especie. Lo que es infinito es, por tanto, en cuanto a bondad, un Padre; en cuanto a poder, un Creador. Ni el poder de crear puede cesar en el Infinito, ni la bondad quedar quieta; sino que Él es impulsado por la bondad a cambiar las cosas existentes, y por el poder a ordenarlas y fortalecerlas. Por consiguiente, algunas cosas, como hemos dicho, son cambiadas y compuestas de dos o tres, algunas de cuatro, otras de más elementos. Pero puesto que nuestra investigación actual es acerca del método del mundo y de su sustancia, la cual, según se acuerda, está compuesta de cuatro elementos, a los cuales pertenecen todas aquellas diez diferencias que hemos mencionado arriba, comencemos por estos grados inferiores y ascendamos a los superiores. Pues se nos ofrece un camino hacia las cosas intelectuales e invisibles desde las que vemos y palpamos; como se contiene en las instrucciones aritméticas, donde, cuando se investiga acerca de las cosas divinas, ascendemos de los números inferiores a los superiores; pero cuando se expone el método referente a las cosas presentes y visibles, el orden se dirige de los números superiores a los inferiores. ¿No es así?»]

    Capítulo 10. La creación implica providencia

    Rec. VIII, 10

    Entonces el anciano dijo: [«Lo estás siguiendo sumamente bien.»] Entonces Niceta: Ahora, pues, debemos investigar acerca del método del mundo; cuya primera investigación se divide en dos partes. Porque se pregunta si ha sido hecho o no. Y si no ha sido hecho, él mismo debe ser aquel No engendrado del cual son todas las cosas. Pero si ha sido hecho, acerca de esto nuevamente la cuestión se divide en dos partes: si fue hecho por sí mismo, o por otro. Y si ciertamente fue hecho por sí mismo, entonces sin duda se excluye la providencia. Si no se admite la providencia, en vano se incita la mente a la virtud, en vano se mantiene la justicia, si no hay nadie que dé al justo según sus méritos. Pero incluso el alma misma no parecerá ser inmortal, si no hay disposición de la providencia para recibirla después de su salida del cuerpo.

    Capítulo 11. Providencia general o especial

    Rec. VIII, 11

    Ahora bien, si se enseña que hay providencia, y que el mundo fue hecho por ella, nos salen al paso otras cuestiones que deben discutirse. Porque se preguntará: ¿De qué modo actúa la providencia, ya sea generalmente hacia el todo, o especialmente hacia las partes, o generalmente también hacia las partes, o ambas cosas, generalmente hacia el todo y especialmente hacia las partes? Pero por providencia general entendemos esto: como si Dios, al hacer al principio el mundo, hubiera dado un orden y señalado un curso a las cosas, y hubiera cesado de cuidarse ulteriormente de lo que se hace. Pero la providencia especial hacia las partes es de esta clase: que Él ejerce providencia sobre algunos hombres o lugares, pero no sobre otros. Pero la general sobre todos, y al mismo tiempo especial sobre las partes, es de esta manera: si Dios hizo todas las cosas al principio, y ejerce providencia sobre cada individuo incluso hasta el fin, y da a cada uno según sus obras.

    Capítulo 12. La oración es incompatible con el génesis

    Rec. VIII, 12

    Por tanto, aquella primera proposición, que declara que Dios hizo todas las cosas en el principio, y habiendo impuesto un curso y orden a las cosas, no se ocupa más de ellas, afirma que todas las cosas se hacen según la génesis. A esto, pues, responderemos primero; y especialmente a los que adoran a los dioses y defienden la génesis. Ciertamente, estos hombres, cuando sacrifican a los dioses y les oran, esperan obtener algo en oposición a la génesis, y así anulan la génesis. Pero cuando se ríen de los que incitan a la virtud y exhortan a la continencia, y dicen que nadie puede hacer ni padecer nada sino lo que le está decretado por el destino, ciertamente cortan de raíz todo culto a la Divinidad. Pues ¿por qué adorar a aquellos de quienes nada puedes obtener que el método de lo decretado no permita? Baste esto por ahora, en oposición a estos hombres. Pero digo que el mundo es hecho por Dios, y que en algún tiempo ha de ser destruido por Él, para que aparezca aquel mundo que es eterno, y que es hecho para este fin, para que sea siempre, y para que reciba a los que, en el juicio de Dios, son dignos de él. Pero que hay otro mundo invisible, que contiene dentro de sí a este mundo visible, — después que hayamos terminado nuestra discusión acerca del mundo visible, llegaremos también a él.

    Capítulo 13. Es necesario un Creador

    Rec. VIII, 13

    Ahora, entretanto, que este mundo visible ha sido hecho, muchísimos varones sabios entre los filósofos lo atestiguan. Pero para que no parezca que usamos afirmaciones como testigos, como si las necesitáramos, investiguemos, si os place, acerca de sus principios. Que este mundo visible es material, es suficientemente evidente por el hecho de que es visible. Pero todo cuerpo recibe una de dos [Differentiæ]; pues o es compacto y sólido, o dividido y separado. Y si el cuerpo del que fue hecho el mundo era compacto y sólido, y ese cuerpo fue partido y dividido en diversas especies y partes según sus diferencias, necesariamente debe entenderse que hubo alguien que separara el cuerpo que era compacto y sólido, y lo dividiera en muchas partes y formas diversas; o si toda esta masa del mundo fue compuesta y compactada de diversas y dispersas partes de cuerpos, aun así debe entenderse que hubo alguien que reuniera en uno las partes dispersas, y revistiera estas cosas con sus diferentes especies.

    Capítulo 14. Modo de la creación

    Rec. VIII, 14

    Y, en verdad, sé que varios de los filósofos fueron más bien de esta opinión: que Dios el Creador hizo divisiones y distinciones a partir de un solo cuerpo, al que llaman Materia, que sin embargo constaba de cuatro elementos, mezclados en uno por cierta templanza de la divina providencia. Pues pienso que es vano lo que algunos han dicho: que el cuerpo del mundo es simple, es decir, sin ninguna conjunción; puesto que es evidente que lo que es simple no puede ser cuerpo, ni puede mezclarse, propagarse o disolverse; todo lo cual, vemos, acontece a los cuerpos del mundo. Porque ¿cómo podría disolverse si fuera simple, y no tuviera dentro de sí aquello de lo que podría resolverse y dividirse? Pero si los cuerpos parecen componerse de dos, o tres, o incluso de cuatro elementos,— ¿quién que tenga siquiera una pequeña porción de sentido no percibe que debe haber habido alguien que reunió varios en uno, y guardando la medida de la templanza, hizo un cuerpo sólido de partes diversas? A este alguien, por tanto, llamamos Dios, el Creador del mundo, y lo reconocemos como el autor del universo.

    Capítulo 15. Teorías de la Creación

    Rec. VIII, 15

    Porque los filósofos griegos, investigando los comienzos del mundo, han ido unos por un camino y otros por otro. En resumen, Pitágoras dice que los números son los elementos de sus comienzos; Calístrato, que las cualidades; Alcmeón, que las contrariedades; Anaximandro, que la inmensidad; Anaxágoras, que las igualdades de las partes; Epicuro, que los átomos; Diodoro, que las [ἀμερῆ], es decir, cosas en las que no hay partes; Asclepio, que los [ὄγκοι], que podemos llamar tumores o hinchazones; los geómetras, que los fines; Demócrito, que las ideas; Tales, que el agua; Heráclito, que el fuego; Diógenes, que el aire; Parménides, que la tierra; Zenón, Empédocles, Platón, que el fuego, el agua, el aire y la tierra. Aristóteles introduce además un quinto elemento, al que llamó [ἀκατονόμαστον]; es decir, aquello que no puede ser nombrado; sin duda indicando a Aquel que hizo el mundo, al unir los cuatro elementos en uno. Así pues, ya sean dos, o tres, o cuatro, o más, o innumerables elementos, de los que consta el mundo, en toda suposición se muestra que hay un Dios, que recogió muchos en uno, y de nuevo los condujo, una vez recogidos, a diversas especies; y con esto se prueba que la máquina del mundo no podría haber subsistido sin un hacedor y un ordenador.

    Capítulo 16. El mundo hecho de la nada por un Creador

    Rec. VIII, 16

    Pero de este hecho también, que en la conjunción de los elementos, si uno falta o está en exceso, los demás se aflojan y caen, se muestra que tomaron su comienzo de la nada. Porque si, por ejemplo, falta la humedad en un cuerpo, tampoco lo seco se mantendrá; pues lo seco se alimenta de la humedad, como también lo frío del calor; en lo cual, como hemos dicho, si uno falta, todo se disuelve. Y en esto dan indicaciones de su origen, de que fueron hechos de la nada. Ahora bien, si se prueba que la materia misma ha sido hecha, ¿cómo se pensará que sus partes y sus especies, de las que consta el mundo, son no hechas? Pero acerca de la materia y sus cualidades no es este el momento de hablar: baste con haber enseñado esto, que Dios es el Creador de todas las cosas, porque ni, si el cuerpo del que consta el mundo era sólido y unido, podría ser separado y distinguido sin un Creador; ni, si fue recogido en uno de partes diversas y separadas, podría ser recogido y mezclado sin un Hacedor. Por tanto, si Dios se muestra tan claramente como el Creador del mundo, ¿qué lugar hay para que Epicuro introduzca átomos, y afirme que no solo los cuerpos sensibles, sino incluso las mentes intelectuales y racionales, están hechas de corpúsculos insensibles?

    Capítulo 17. La doctrina de los átomos es insostenible

    Rec. VIII, 17

    Pero dirás, según la opinión de Epicuro, que las sucesiones de átomos que vienen en curso incesante, y se mezclan unos con otros, y se conglomeran a través de periodos ilimitados e interminables de tiempo, se hacen cuerpos sólidos. No trato esta opinión como una pura ficción, y además mal ideada; pero examinémosla, sea cual fuere su carácter, y veamos si lo que se dice puede sostenerse. Pues dicen que aquellos corpúsculos, que llaman átomos, son de diferentes cualidades: que unos son húmedos, y por tanto pesados, y tienden hacia abajo; otros secos y terrosos, y por tanto todavía pesados; pero otros ígneos, y por tanto siempre empujan hacia arriba; otros fríos e inertes, y siempre permanecen en el medio. Puesto que unos, por ser ígneos, tienden siempre hacia arriba, y otros, por ser húmedos y secos, siempre hacia abajo, y otros mantienen un curso medio y desigual, ¿cómo podrían encontrarse y formar un solo cuerpo? Porque si alguien arroja desde una altura, por ejemplo, pequeños trozos de paja y trozos de plomo del mismo tamaño, ¿podrán las pajas ligeras mantener el ritmo de los trozos de plomo, aunque sean iguales en tamaño? No; los más pesados llegan al fondo mucho más deprisa. Así también los átomos, aunque sean iguales en tamaño, al ser desiguales en peso, los más ligeros nunca podrán mantener el paso de los más pesados; y si no pueden mantener el paso, ciertamente tampoco pueden mezclarse ni formar un solo cuerpo.

    Capítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo

    Rec. VIII, 18

    Luego, en segundo lugar, si son llevados sin cesar de un lado a otro, y siempre vienen, y se añaden a cosas cuya medida ya está completa, ¿cómo puede sostenerse el universo, cuando nuevos pesos se amontonan siempre sobre pesos tan vastos? Y esto también pregunto: Si esta extensión del cielo que vemos fue construida por la concurrencia gradual de los átomos, ¿cómo no se derrumbó mientras estaba en construcción, si es que la cima abierta de la estructura no estaba apuntalada y atada por ningún soporte? Porque así como los que construyen cúpulas circulares, si no atan el remate de la parte superior central, todo cae de una vez; así también el círculo del mundo, que vemos reunido en una forma tan graciosa, si no fue hecho de una vez, y bajo la influencia de un solo impulso de la energía divina por el poder de un Creador, sino por átomos que gradualmente concurren y lo construyen, no como la razón exigía, sino como un resultado fortuito aconteció, ¿cómo no cayó y se desmenuzó antes de poder ser reunido y sujetado? Y además, pregunto esto: ¿Cuál es el pavimento sobre el que se asientan los cimientos de una masa tan inmensa? Y de nuevo, eso que llamas pavimento, ¿sobre qué descansa? Y de nuevo ese otro, ¿qué lo sostiene? Y así sigo preguntando, ¡hasta que la respuesta llega a la nada y al vacío!

    Capítulo 19. Más dificultades de la teoría atómica

    Rec. VIII, 19

    Pero si alguien dice que átomos de cualidad ígnea, unidos entre sí, formaron un cuerpo, y como la cualidad del fuego no tiende hacia abajo, sino hacia arriba, que la naturaleza del fuego, que siempre empuja hacia arriba, sostiene la masa del mundo colocada sobre ella; a esto respondemos: ¿Cómo podrían átomos de cualidad ígnea, que siempre buscan el lugar más alto, descender a lo más bajo, y hallarse en el lugar más bajo de todos, de modo que formen un fundamento para todo; cuando más bien las cualidades más pesadas, es decir, las terrosas o acuosas, siempre preceden a las más ligeras, como hemos dicho? De ahí también afirman que el cielo, como estructura superior, está compuesto de átomos ígneos, que son más ligeros y siempre vuelan hacia arriba. Por tanto, el mundo no puede tener fundamentos de fuego, ni de ninguna otra cosa: ni puede haber asociación o compactación de los átomos más pesados con los más ligeros, es decir, de los que siempre son llevados hacia abajo, con los que siempre vuelan hacia arriba. Así queda suficientemente demostrado que los cuerpos del mundo se consolidan por la unión de átomos; y que los cuerpos insensibles, aunque pudieran por cualquier medio concurrir y unirse, no podrían dar formas y medidas a los cuerpos, formar miembros, ni efectuar cualidades, ni expresar cantidades; todas las cuales, por su exactitud, atestiguan la mano de un Hacedor, y muestran la operación de la razón, razón que yo llamo el Verbo, y Dios.

    Capítulo 20. Testimonio de Platón

    Rec. VIII, 20

    Pero alguien dirá que estas cosas las hace la naturaleza. Ahora bien, en esto la controversia es sobre un nombre. Porque mientras es evidente que es obra de la mente y de la razón, lo que tú llamas naturaleza, yo lo llamo Dios Creador. Es evidente que ni las especies de los cuerpos, dispuestas con distinciones tan necesarias, ni las facultades de las mentes, pudieron ni pueden ser hechas por una obra irracional e insensata. Pero si consideras a los filósofos como testigos adecuados, Platón testifica acerca de estas cosas en el Timeo, donde, en una discusión sobre la hechura del mundo, pregunta si ha existido siempre, o tuvo un principio, y decide que fue hecho. 'Porque', dice él, 'es visible y palpable, y corpóreo; pero es evidente que todas las cosas de este tipo han sido hechas; y lo que ha sido hecho tiene sin duda un autor, por quien fue hecho. Sin embargo, a este Hacedor y Padre de todo, es difícil descubrirlo; y una vez descubierto, es imposible declararlo al vulgo.' Tal es la declaración de Platón; pero aunque él y los otros filósofos griegos hubieran elegido guardar silencio sobre la hechura del mundo, ¿no sería manifiesto para todos los que tienen entendimiento? Porque ¿qué hombre hay, teniendo siquiera una partícula de sentido, que, al ver una casa que tiene todas las cosas necesarias para usos útiles, su techo modelado en forma de globo, pintado con esplendor variado y figuras diversas, adornado con luces grandes y espléndidas; quién, digo, al ver tal estructura, no pronunciaría de inmediato que fue construida por un artífice sapientísimo y poderoso? Y así, ¿quién puede ser hallado tan insensato que, al contemplar la fábrica del cielo, percibir el esplendor del sol y de la luna, ver los cursos y la hermosura de las estrellas, y sus caminos asignados por leyes y periodos fijos, no clamará que estas cosas están hechas, no tanto por un artífice sabio y racional, como por la sabiduría y la razón misma?

    Capítulo 21. Teoría mecánica

    Rec. VIII, 21

    Pero si prefieres tener las opiniones de otros de los filósofos griegos —y estás familiarizado con la ciencia mecánica—, sin duda conoces cuál es su dictamen acerca de los cielos. Pues suponen una esfera, igualmente redondeada en toda dirección, que mira indiferentemente a todos los puntos, y a distancias iguales en todas direcciones desde el centro de la tierra, y tan estable por su propia simetría, que su igualdad perfecta no le permite caer hacia ningún lado; y así la esfera se sostiene, aunque no esté apoyada por ningún puntal. Ahora bien, si la fábrica del mundo realmente tiene esta forma, la obra divina es evidente en ella. Pero si, como otros piensan, la esfera está colocada sobre las aguas, y es sostenida por ellas, o flota en ellas, aun así se muestra en ella la obra de un gran artífice.

    Capítulo 22. Movimientos de las estrellas

    Rec. VIII, 22

    Pero para que la afirmación no parezca dudosa respecto de cosas que no son manifiestas a todos, vengamos a aquellas de las que nadie es ignorante. ¿Quién dispuso los cursos de las estrellas con tan gran razón, ordenó sus salidas y puestas, y asignó a cada una cumplir el circuito de los cielos en tiempos ciertos y regulares? ¿Quién asignó a algunas acercarse siempre al ocaso, y a otras volver al orto? ¿Quién puso medida a los cursos del sol, para que marcara, con sus diversos movimientos, horas, días, meses y mudanzas de estaciones?— para que distinguiera, por la medida segura de su curso, ahora invierno, luego primavera, verano y después otoño, y siempre, con las mismas mudanzas del año, completara el círculo con variedad, sin confusión? ¿Quién, digo, no pronunciará que el director de tal orden es la misma sabiduría de Dios? Y estas cosas las hemos dicho según las relaciones que nos dieron los griegos respecto de la ciencia de los cuerpos celestes.

    Capítulo 23. La providencia en las cosas terrenales

    Rec. VIII, 23

    Pero ¿qué hay de aquellas cosas que vemos en la tierra, o en el mar? ¿No se nos enseña claramente que no solo la obra, sino también la providencia, de Dios está en ellas? Pues como hay en la tierra montañas elevadas en ciertos lugares, el objeto de esto es que el aire, comprimido y confinado por ellas por disposición de Dios, sea forzado y expelido en vientos, por los cuales los frutos germinen, y el calor del verano sea moderado cuando las Pléyades arden, encendidas con el resplandor del sol. Pero tú dices aún: ¿Por qué ese resplandor del sol, para que se requiera moderación? ¿Cómo, pues, madurarían los frutos necesarios para los usos de los hombres? Pero observa también esto: que en el eje meridiano, donde el calor es mayor, no hay gran acumulación de nubes, ni abundante caída de lluvia, para que no se produzca enfermedad entre los habitantes; pues las nubes acuosas, si son afectadas por el calor rápido, tornan el aire impuro y pestilente. Y la tierra, recibiendo la lluvia cálida, no proporciona nutrición a las mieses, sino destrucción. En esto, ¿quién puede dudar de que hay obra de la providencia divina? En resumen, Egipto, que es abrasado con el calor de Etiopía, en su vecindad, para que su aire no sea incurablemente viciado por los efectos de las lluvias, sus llanuras no reciben lluvia suministrada de las nubes, sino, por así decirlo, una lluvia terrenal del desbordamiento del Nilo.

    Capítulo 24. Ríos y mares

    Rec. VIII, 24

    ¿Qué diremos de las fuentes y los ríos, que fluyen con movimiento perpetuo hacia el mar? Y, por la divina providencia, ni su abundante suministro falta, ni el mar, aunque reciba tan grandes cantidades de agua, experimenta aumento alguno, sino que tanto los elementos que contribuyen a él como los que son así contribuidos permanecen en la misma proporción. Pero me dirás: El agua salada consume naturalmente el agua dulce que se vierte en ella. Bien, en esto se manifiesta la obra de la providencia: que hizo salado aquel elemento en el que convirtió los cursos de todas las aguas que había provisto para el uso de los hombres. De modo que a través de tan grandes espacios de tiempo el cauce del mar no se ha llenado, ni ha producido un diluvio destructor para la tierra y los hombres. Ni nadie será tan insensato como para pensar que esta tan gran razón y tan gran providencia ha sido dispuesta por una naturaleza irracional.

    Capítulo 25. Plantas y animales

    Rec. VIII, 25

    Pero ¿qué diré de las plantas, y qué de los animales? ¿No es la providencia la que ha ordenado que las plantas, cuando decaen por vejez, sean reproducidas por los retoños o las semillas que ellas mismas han producido, y los animales por propagación? Y por una cierta maravillosa dispensación de la providencia, la leche se prepara en las ubres de las madres para los animales antes de que nazcan; y tan pronto como nacen, sin nadie que los guíe, buscan el depósito de alimento provisto para ellos. Y no solo se producen machos, sino también hembras, para que por medio de ambos se perpetúe la raza. Pero para que esto no parezca, como algunos piensan, hecho por un cierto orden de la naturaleza, y no por disposición del Creador, Él, como prueba e indicación de su providencia, ha ordenado que unos pocos animales conserven su estirpe en la tierra de un modo excepcional: por ejemplo, la corneja concibe por la boca, y la comadreja pare por la oreja; y algunas aves, como las gallinas, a veces producen huevos concebidos del viento o del polvo; otros animales convierten el macho en hembra, y cambian de sexo cada año, como las liebres y las hienas, a las que llaman monstruos; otros brotan de la tierra, y obtienen de ella sus cuerpos, como los topos; otros de las cenizas, como las víboras; otros de la carne putrefacta, como las avispas de la carne de caballo, las abejas de la carne de buey; otros del estiércol de vaca, como los escarabajos; otros de las hierbas, como el escorpión de la albahaca; y de nuevo, hierbas de los animales, como el perejil y el espárrago del cuerno del ciervo o de la cabra.

    Capítulo 26. Germinación de las semillas

    Rec. VIII, 26

    ¿Y qué ocasión hay para mencionar más ejemplos en los que la divina providencia ha ordenado que la producción de animales se efectúe de varias maneras, quedando superado aquel orden que se piensa asignado por la naturaleza, del cual se podría evidenciar no un curso irracional de las cosas, sino uno dispuesto por su propia razón? Y en esto, ¿no se muestra una obra plena de la providencia, cuando las semillas sembradas son preparadas por medio de la tierra y del agua para el sustento de los hombres? Pues cuando estas semillas son confiadas a la tierra, el suelo ordeña sobre las semillas, como de sus ubres, la humedad que ha recibido en sí por la voluntad de Dios. Porque hay en el agua un cierto poder del espíritu dado por Dios desde el principio, por cuya operación la estructura del cuerpo que ha de ser comienza a formarse en la semilla misma, y a desarrollarse por medio del tallo y de la espiga; pues el grano de semilla, hinchado por la humedad, aquel poder del espíritu que ha sido hecho residir en el agua, corriendo como sustancia incorpórea a través de ciertos pasajes estrechos de las venas, excita a las semillas al crecimiento, y forma las especies de las plantas que crecen. Por medio, pues, del elemento húmedo en el que está contenido e innato aquel espíritu vital, se causa que no solo sea revivido, sino que también se reproduzca una apariencia y forma en todo semejante a las semillas que habían sido sembradas. Ahora bien, ¿quién que tenga siquiera una partícula de sentido pensará que este método depende de la naturaleza irracional, y no de la sabiduría divina? Por último, estas cosas se hacen también en semejanza del nacimiento de los hombres; pues la tierra parece ocupar el lugar del vientre, en el cual la semilla, al ser echada, es formada y nutrida por el poder del agua y del espíritu, como hemos dicho arriba.

    Capítulo 27. El poder del agua

    Rec. VIII, 27

    Pero también en esto se ha de admirar la providencia divina: que nos permite ver y conocer las cosas creadas, pero ha dejado en secreto y ocultamiento el modo y la manera en que han sido hechas, para que no queden al alcance del conocimiento de los indignos, sino que se manifiesten a los dignos y fieles cuando lo hayan merecido. Mas para probar con hechos y ejemplos que nada de la sustancia de la tierra se comunica a las semillas, sino que todo depende del elemento del agua y del poder del espíritu que hay en ella, supongamos, por ejemplo, que se coloca en una artesa muy grande un peso de cien talentos de tierra, y que en ella se siembran varias clases de semillas, sea de hierbas o de arbustos, y que se suministra agua suficiente para regarlas, y que se tiene ese cuidado durante varios años, y que las semillas que se recogen se guardan, por ejemplo, las de trigo o cebada y otras clases por separado de año en año, hasta que las semillas de cada clase lleguen a un peso de cien talentos; luego arránquense también los tallos con sus raíces y pésense; y después de sacar todo esto de la artesa, pésese la tierra: devolverá aún su peso de cien talentos sin merma. ¿De dónde, pues, diremos que ha venido todo aquel peso y toda la cantidad de semillas y tallos diversos? ¿No aparece manifiestamente que ha venido del agua? Porque la tierra retiene entero lo que es suyo, pero el agua que se ha derramado por todas partes no aparece en ningún lugar, a causa de la poderosa virtud de la condición divina, que por la sola especie del agua prepara las sustancias de tantas semillas y arbustos, forma sus especies y conserva la clase multiplicando el aumento.

    Capítulo 28. El cuerpo humano

    Rec. VIII, 28

    De todas estas cosas pienso que se desprende con suficiente y abundante evidencia que todas las cosas son producidas, y que el universo subsiste por un sentido ordenador y no por la operación irracional de la naturaleza. Mas vengamos ya, si os place, a nuestra propia sustancia, es decir, a la sustancia del hombre, que es un mundo pequeño, un microcosmos, en el mundo grande; y consideremos con qué razón está compuesta: y por esto especialmente comprenderéis la sabiduría del Creador. Pues aunque el hombre consta de sustancias diferentes, una mortal y otra inmortal, sin embargo, por la hábil disposición del Creador, su diversidad no impide su unión, y eso aunque las sustancias sean diversas y ajenas entre sí. Porque la una es tomada de la tierra y formada por el Creador, pero la otra es dada de sustancias inmortales; y sin embargo el honor de su inmortalidad no queda violado por esta unión. Ni tampoco, como algunos piensan, consta de razón, concupiscencia y pasión, sino que más bien tales afecciones parecen estar en él, para que por ellas pueda moverse hacia cada una de estas direcciones. Porque el cuerpo, que consta de huesos y carne, toma su comienzo de la semilla del hombre, la cual, extraída de la médula por el calor, es conducida al útero como a un suelo, al que se adhiere, y poco a poco es humedecida por la fuente de la sangre, y así se convierte en carne y huesos, y es formada a semejanza de aquel que inyectó la semilla.

    Capítulo 29. Simetría del cuerpo

    Rec. VIII, 29

    Y advierte en esto la obra del Artífice: cómo ha insertado los huesos como columnas, sobre las cuales la carne pudiera sostenerse y ser llevada. Y además, cómo se guarda una medida igual a uno y otro lado, es decir, el derecho y el izquierdo, de modo que pie responde a pie, mano a mano, e incluso dedo a dedo, para que cada uno concuerde en perfecta igualdad con el otro; y también ojo a ojo, y oreja a oreja, las cuales no solo son adecuadas y se corresponden mutuamente, sino que además están formadas aptas para los usos necesarios. Las manos, por ejemplo, están hechas de tal modo que son aptas para el trabajo; los pies para caminar; los ojos, protegidos por cejas centinelas, para cumplir el oficio de la vista; las orejas, tan formadas para el oído que, como un címbalo, hacen vibrar el sonido de la palabra que cae sobre ellas y lo envían adentro, y lo transmiten incluso al entendimiento del corazón; mientras que la lengua, al golpear contra los dientes al hablar, desempeña el papel de arco de vihuela. También los dientes están formados, unos para cortar y dividir el alimento y entregarlo a los interiores; y estos, a su vez, lo machacan y muelen como un molino, para que sea más convenientemente digerido cuando pase al estómago; de donde también se llaman muelas.

    Capítulo 30. Aliento y sangre

    Rec. VIII, 30

    Las narices también están hechas para recoger, inspirar y expeler el aire, a fin de que, con la renovación del aliento, el calor natural que hay en el corazón sea, por medio de los pulmones, ora calentado, ora enfriado, según la ocasión lo exija; mientras que los pulmones están hechos para permanecer en el pecho, a fin de que con su blandura mitiguen y fomenten el vigor del corazón, en el cual parece residir la vida; la vida, digo, no el alma. ¿Y qué diré de la sustancia de la sangre, la cual, saliendo como un río de una fuente y llevada primero por un solo cauce, y difundiéndose luego por innumerables venas como por canales, riega todo el territorio del cuerpo humano con corrientes vitales, suministrada por la actividad del hígado, que está colocado en el lado derecho, para efectuar la digestión del alimento y convertirlo en sangre? Pero en el lado izquierdo está colocado el bazo, que atrae a sí, y de algún modo limpia, las impurezas de la sangre.

    Capítulo 31. Los intestinos

    Rec. VIII, 31

    ¡Qué razón se emplea también en los intestinos, que están dispuestos en largos y circulares repliegues, para que lleven gradualmente los desechos del alimento, de modo que ni dejen súbitamente vacíos los lugares ni sean estorbados por el alimento tomado después! Pero están hechos como una membrana, para que las partes que están fuera de ellos reciban gradualmente la humedad, la cual, si se derramara de repente, vaciaría las partes internas; y no impedidos por una piel gruesa, que haría seca la parte exterior y perturbaría toda la fábrica del hombre con una sed angustiosa.

    Capítulo 32. Generación

    Rec. VIII, 32

    Además, la forma femenina y la cavidad de la matriz, muy adecuada para recibir, nutrir y vivificar el germen, ¿quién no creerá que ha sido hecha tal como es por la razón y la previsión? Porque solo en aquella parte de su cuerpo difiere la mujer del varón, en la cual el feto, una vez colocado, es guardado y alimentado. Y a su vez el varón difiere de la mujer únicamente en aquella parte de su cuerpo en la que está la facultad de inyectar la semilla y propagar el género humano. Y en esto hay una gran prueba de la providencia, por la necesaria diferencia de los miembros; pero más aún en esto: que bajo una semejanza de forma se halla diversidad de uso y variedad de oficio. Pues varones y mujeres tienen igualmente pechos, pero solo los de la mujer se llenan de leche, para que, tan pronto como hayan dado a luz, el infante encuentre el alimento que le conviene. Mas si vemos los miembros dispuestos en el hombre con tal método, que en todo lo demás se advierte semejanza de forma y solo hay diferencia en aquellos en que su uso exige diferencia, y no vemos nada superfluo ni nada que falte en el hombre, ni en la mujer nada deficiente o excesivo, ¿quién no reconocerá, por todas estas cosas, la operación de la razón y la sabiduría del Creador?

    Capítulo 33. Correspondencias en la creación

    Rec. VIII, 33

    Concuerda con esto también la razonable diferencia de los demás animales, estando cada uno adecuado a su propio uso y servicio. Lo atestigua asimismo la variedad de los árboles y la diversidad de las hierbas, que varían tanto en forma como en jugos. Lo afirma también el cambio de las estaciones, distinguidas en cuatro períodos, y el círculo que cierra el año con ciertas horas, días, meses, sin desviarse un solo punto de la cuenta señalada. De aquí, en fin, que la edad misma del mundo se compute por una cuenta cierta y fija, y por un número determinado de años.

    Capítulo 34. Tiempo de la creación del mundo

    Rec. VIII, 34

    [«Pero diréis: ¿cuándo fue hecho el mundo? ¿Y por qué tan tarde? Esto mismo habrías podido objetar aunque hubiera sido hecho antes. Pues podrías decir: ¿Y por qué no también antes de esto? Y así, remontándoos por edades sin medida, aún podríais preguntar: ¿Y por qué no más pronto? Mas ahora no discutimos esto, por qué no fue hecho antes, sino si fue hecho en absoluto. Porque si es manifiesto que fue hecho, es necesariamente obra de un Artífice poderoso y supremo; y si esto es evidente, debe dejarse a la elección y al juicio del sabio Artífice cuándo le pluguiera hacerlo; a no ser que penséis que toda esta sabiduría, que ha construido la inmensa fábrica del mundo y ha dado a los diversos objetos sus formas y sus géneros, asignándoles una disposición no solo conforme a la belleza, sino también convenientísima y necesaria para sus usos futuros, a no ser, digo, que penséis que solo esto se le ha escapado: elegir una estación conveniente para tan magnífica obra de creación. Sin duda tiene una cierta razón y causas evidentes de por qué, cuándo y cómo hizo el mundo; pero no sería propio que estas se descubrieran a quienes se resisten a inquirir y entender las cosas que están puestas ante sus ojos y que dan testimonio de su providencia. Pues aquellas cosas que se guardan en secreto y están ocultas dentro de los sentidos de la Sabiduría, como en un tesoro real, no se abren a nadie sino a los que han aprendido de Él, con quien estas cosas están selladas y guardadas. Es Dios, por tanto, quien hizo todas las cosas, y Él mismo no fue hecho por nadie. Pero los que hablan de naturaleza en lugar de Dios y declaran que todas las cosas fueron hechas por la naturaleza, no advierten el error del nombre que usan. Porque si piensan que la naturaleza es irracional, es sumamente necio suponer que una criatura racional pueda proceder de un creador irracional. Pero si es la Razón —es decir, el Logos— por la que parece que todas las cosas fueron hechas, cambian el nombre sin propósito cuando hacen afirmaciones acerca de la razón del Creador. Si tenéis algo que decir a estas cosas, padre mío, hablad.»]

    Capítulo 35. Una contienda de hospitalidad

    Rec. VIII, 35

    Cuando Niceta hubo hablado así, el anciano respondió: [«Tú, en verdad, hijo mío, has llevado tu argumento con sabiduría y vigor; tanto, que no creo que el tema de la providencia pueda tratarse mejor. Pero como ya es tarde, deseo decir mañana algunas cosas en respuesta a lo que has argumentado; y si en ellas puedes satisfacerme, me confesaré deudor de tu favor.»] Y cuando el anciano dijo esto, Pedro se levantó. Entonces uno de los presentes, hombre principal de los laodicenses, pidió a Pedro y a nosotros que se le diera al anciano otras ropas en lugar de las viles y rotas que llevaba. A este hombre Pedro y nosotros lo abrazamos; y alabándolo por su honrosa y excelente intención, dijimos: [«No somos tan necios e impíos que no otorguemos las cosas necesarias para los usos corporales a aquel a quien hemos confiado palabras tan preciosas; y esperamos que las recibirá de buen grado, como un padre de sus hijos, y también confiamos en que compartirá con nosotros nuestra casa y nuestra vida.»] Mientras decíamos esto, y aquel hombre principal de la ciudad se esforzaba por quitarnos al anciano con la mayor urgencia y con muchas lisonjas, mientras nosotros con más empeño nos afanábamos por retenerlo con nosotros, todo el pueblo gritó que se hiciera más bien lo que al propio anciano pluguiera; y cuando se obtuvo silencio, el anciano, con juramento, dijo: [«Hoy no me quedaré con nadie, ni tomaré nada de nadie, no sea que la elección de uno venga a ser dolor del otro; después podrán ser estas cosas, si así parece bien.»]

    Capítulo 36. Disposiciones para mañana

    Rec. VIII, 36

    Y cuando el anciano hubo dicho esto, Pedro dijo al hombre principal de la ciudad: [«Puesto que has mostrado tu buena voluntad en nuestra presencia, no es justo que te vayas triste; pero aceptaremos de ti favor por favor. Muéstranos tu casa y prepárala, para que la discusión que ha de tenerse mañana se celebre allí, y para que sea admitido todo el que quiera estar presente para oírla.»] Cuando el hombre principal de la ciudad oyó esto, se alegró grandemente; y todo el pueblo también lo oyó con gusto. Y cuando la multitud se hubo dispersado, señaló su casa; y el anciano también se dispuso a partir. Pero yo mandé a uno de mis servidores que siguiera en secreto al anciano y averiguara dónde se hospedaba. Y cuando volvimos a nuestro alojamiento, contamos a nuestros hermanos todos nuestros tratos con el anciano; y así, como de costumbre, cenamos y nos fuimos a dormir.

    Capítulo 37. [«Forma de las sanas palabras que de mí habéis oído.» ]

    Rec. VIII, 37

    Pero al día siguiente Pedro se levantó temprano y nos llamó, y fuimos juntos al lugar secreto en que habíamos estado el día anterior, a fin de orar. Y cuando, después de la oración, volvíamos de allí al lugar señalado, nos exhortó por el camino, diciendo: [«Oídme, consiervos amadísimos: es bueno que cada uno de vosotros, según su capacidad, contribuya al provecho de los que se acercan a la fe de nuestra religión; y por tanto, no rehuyáis instruir a los ignorantes y enseñar según la sabiduría que os ha sido otorgada por la providencia de Dios, pero de modo que solo unáis la elocuencia de vuestro discurso a aquellas cosas que habéis oído de mí y que os han sido confiadas. Mas no habléis nada que sea vuestro y que no os haya sido confiado, aunque os parezca que es verdad; sino presentad aquellas cosas, como he dicho, que yo mismo he recibido del verdadero Profeta y os he entregado, aunque parezcan de menor autoridad. Pues así sucede a menudo que los hombres se apartan de la verdad, mientras creen que han hallado, por sus propios pensamientos, una forma de verdad más verdadera y poderosa.»]

    Capítulo 38. La casa del hombre principal

    Rec. VIII, 38

    A estos consejos de Pedro asentimos de buen grado, diciéndole que no haríamos nada sino lo que le agradara. Entonces dijo: [«Para que, pues, os ejercitéis sin peligro, conduzca cada uno de vosotros la discusión en mi presencia, sucediéndose uno a otro, y cada cual aclarando sus propias cuestiones. Ahora, pues, ya que Niceta disertó suficientemente ayer, conduzca hoy la discusión Aquila; y después de Aquila, Clemente; y luego yo añadiré algo, si el caso lo exigiere.»] Mientras tanto, hablando de este modo, llegamos a la casa; y el dueño de la casa nos recibió y nos condujo a una sala, dispuesta a manera de teatro y hermosamente construida. Allí encontramos grandes multitudes esperándonos, que habían venido durante la noche, y entre ellas al anciano que había discutido con nosotros ayer. Entramos, pues, teniendo a Pedro en medio de nosotros, mirando por todas partes si podíamos ver al anciano en alguna parte; y cuando Pedro lo vio escondido en medio de la multitud, lo llamó, diciendo: [«Puesto que posees un alma más esclarecida que la mayoría, ¿por qué te escondes y te ocultas por modestia? Ven más bien acá, y expón tus sentimientos.»]
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